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Pandemia y crisis de los modernos saberes sociales disciplinarios

Jaime Osorio

Introducción

Las múltiples crisis que agobian a las sociedades también alcanzan a los saberes modernos en ciencias sociales. La presencia de problemas que rebasan las fronteras de cualquier disciplina y las dificultades epistémicas de estos saberes para enfrentar una situación inédita han puesto de manifiesto las limitaciones como han sido conformadas y el frágil piso que las fundamenta. En este escrito se pasa revista a algunos de estos problemas y se formula una propuesta para superarlos.

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Un gran número de crisis agobian la vida de la naturaleza y la vida en sociedad en nuestro tiempo. Estas crisis no solo ponen en entredicho la situación de saberes, como los sociales, que toman forma dando la espalda a la naturaleza y al medio ambiente. Ellas también ponen de manifiesto los límites de esos saberes disciplinarios, las llamadas “ciencias sociales”. Las fronteras que las caracterizan y los fundamentos en que reposan han sido rebasados por los procesos en curso, haciendo tangibles sus limitaciones en cuanto recursos de reflexión. Por ello aquí se sostiene que nuestro tiempo, con sus convulsiones, también ha develado una larga crisis, poco o nada mencionada, la de los modernos saberes sociales.

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Las ciencias sociales emergen bajo el supuesto de que la sociedad y sus procesos constituyen una dimensión de la vida que poco o nada tiene que ver con los procesos y problemas que acontecen en el mundo físico y natural. La vida en sociedad reclama un piso donde desarrollarse, y eso es lo que proporciona la naturaleza. Hay una ruptura entre la materia del mundo, inerte, o de la floresta y los animales, con vida, pero sin alma y razón, con el mundo de los humanos, generadores además de cultura. Desde esa ruptura tomará forma el homo sapiens como culminación de la creación –o de la evolución– y del universo, en disposición de dominar el mundo y la naturaleza, esta última asumida como proveedora infinita de recursos y, al mismo tiempo, de basurero, mientras más avanza la industrialización y el supuesto desarrollo. Los saberes antropocéntricos permean así toda reflexión. Desde estas coordenadas, la creciente destrucción del medio ambiente toma forma y se acelera con el hambre desenfrenada despertada en el capitalismo por recursos naturales, materias primas y por desechos y contaminación. El capitaloceno se constituye en la etapa que culmina la brutal ruptura de la humanidad con su entorno, así como su destrucción, propiciada por el animal humano depredador que conforma el capitalismo.

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Recuperar una reflexión que integre el devenir humano al devenir de la naturaleza y del medio ambiente implica mucho más que simplemente agregar estos últimos a la reflexión de los saberes sociales existentes. Implica reformular teorías y conceptos donde la ruptura pueda ser suturada desde sus cimientos (Bellamy Foster, 2020).

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Establecida la ruptura con el medio ambiente, las ciencias sociales también reclaman el supuesto de que existen objetos de estudio autónomos, tantos como disciplinas sociales emergen, las que justifican desde esas premisas la formulación de categorías, conceptos y teorías, y que desarrollan métodos y técnicas de investigación, con los que postulan dar cuenta del delimitado espacio particular de cada disciplina. A la economía, la ciencia política y la sociología, entre las primeras, se sumarán más tarde nuevas disciplinas, como resultado del surgimiento o descubrimiento de nuevos territorios que reclaman saberes específicos, como la psicología social y la antropología social.

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Entre algunos supuestos que subyacen a estos saberes, es relevante señalar que en ellos terminará prevaleciendo un sesgo empirista, una tendencia de enorme fuerza en los saberes modernos. Se asumen objetos de estudio en cuanto cosas (Pérez Soto, 2009). La economía abandona su dimensión política, que dio origen a la economía política, para –bajo predominio neoclásico– hacer del mercado y los equilibrios entre oferta y demanda su objeto de atención central. El Estado, los “hechos sociales”, o pueblos primitivos y su cultura serán algunas de las dimensiones “cosista” en los objetos de los saberes modernos.

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Prosiguiendo tendencias presentes en las ciencias naturales, en este caso la dimensión reduccionista, las ciencias sociales asumirán de manera fundamental al individuo como la célula o el átomo para explicar la vida en sociedad. Ello implicará asumir al individuo como una entidad con existencia social propia, en tanto la sociedad será concebida como un simple agregado de individuos y, por tanto, sin sustancia ni vida (Popper, 1967).

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Para cuando se asumen perspectivas sistémicas en las ciencias sociales, estas tendrán por lo general una impronta propia de los sistemas de la biología o de la astronomía, en donde órganos o cuerpos celestes diversos se relacionan para el funcionamiento de una entidad mayor. Un problema con estas perspectivas es que asumen modelos de sistemas donde tiende a prevalecer la armonía y en donde la historia a escala humana es irrelevante, lo que propicia miradas con serias dificultades para pensar el cambio en las sociedades y los conflictos sociales (Osorio, 2012).

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El sesgo cosista, derivado de raíces empiristas y del carácter experimental de las nuevas ciencias, tiene como correlato la pérdida de atención a las relaciones que operan en la vida en sociedad. Y con estas no nos referimos a las relaciones contingentes que pueden producirse al ingresar a un vagón del metro o las que pueden realizarse en un supermercado con las personas que cobran o que ayudan a poner en bolsas lo adquirido. Nos referimos a relaciones sociales con consecuencias en la existencia social de los que se relacionan, como las que operan en el ejercicio del poder político, entre quienes mandan y quienes obedecen, o en la esfera económica, entre quienes trabajan, sin apropiarse de lo producido, y quienes se lo apropian sin producirlo.

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Las ciencias sociales, acotadas a objetos de estudio autónomos, no generan la necesidad teórica de buscar explicaciones referidas al conjunto de la vida en sociedad o del sentido unitario que en ella subyace. Les basta a estos saberes con explicar las parcelas de realidad que sus objetos de estudio establecen. Un supuesto que subyace en esto es que, sumando los saberes de objetos autónomos de diversas disciplinas, se podrá conformar un rompecabezas que dé cuenta del sentido subyacente a la vida en sociedad. No es necesaria, por tanto, ninguna teoría que se ocupe de la explicación general de la vida en común.

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Ese supuesto es el que se hace presente cuando, enfrentados a procesos que rebasan un campo disciplinario, se propone como solución de parche organizar reflexiones inter, trans o multidisciplinarias. Investigadores de diversas disciplinas entran en diálogo para ofrecer perspectivas sobre temas y problemas que desbordan la disciplina de cada uno de los participantes. La formación, los lenguajes aprendidos en esas formaciones, la perspectiva de sociedad y de sus procesos que prevalecen constituyen obstáculos que entorpecen abrir horizontes a las disciplinas. La tendencia resultante caminará por lo inherente a los saberes disciplinarios, hablar desde parcelas sociales y por lo posible de hacer en esas condiciones, que es sumar parcelas, con discursos difíciles de integrar y que den como resultado nuevos saberes. Así se elaboran informes y documentos que no pueden ocultar el añadido y la costura, como el cubrecama que hacían las abuelas agregando pedazos de telas diversas.

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La perspectiva reduccionista en las ciencias sociales toma también otra dimensión, la de las especialidades. Si ya las disciplinas se constituyen en piezas de un rompecabezas que por simple sumatoria no puede resolver el sentido y la dinámica del conjunto de la vida en sociedad, la que escapa a la comprensión parcial de cada disciplina, con las especializaciones la tendencia fragmentadora se multiplica. La complejización de la vida en sociedad alienta la especialización. Y como esta tendencia avanza apropiándose de los tiempos de formación regular de la disciplina, tenemos especialistas que ni siquiera comprenden el lugar de su especialización en el seno de la disciplina en que se formaron. Qué decir de la comprensión de la dinámica de la sociedad en su conjunto. Así alcanza sentido la idea de que caminamos apresuradamente por la senda que conduce a la formación de analfabetos sabios.

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Cuando se asume que no existen –o que no es posible conocer– procesos que unifiquen la vida en sociedad, no es difícil entender por qué el conocimiento de lo social tiende a asumir la forma de parcelas con objetos autónomos de estudio, los que no mantienen vínculos sustantivos con los demás saberes sociales, también conformados con objetos autónomos de atención. Desde esta perspectiva, cada ciencia social desarrolla conceptos, categorías y cuerpos teóricos referidos a sus objetos, los que no requieren, por su independencia, establecer vínculos hacia otros objetos sociales de otros saberes. Las formulaciones teóricas así generadas son autorreferidas, por lo que no reclaman, desde su formulación, vínculos y aperturas para dialogar con otras disciplinas. Todo esfuerzo de diálogo interdisciplinar es forzar desde el exterior a teorías y perspectivas a buscar espacios comunes que no devienen de los procesos de sus objetos de estudio mismos ni de sus teorías.

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Son distintas las derivaciones cuando se asume que la vida en sociedad sí cuenta con una dinámica que la articula y organiza. Desde esta lógica un problema prioritario del conocimiento será formular hipótesis de cuál es la actividad unificante y articuladora, para de allí derivar el sentido y la dimensión de los saberes sociales que se ocupan de lo diverso. Esta es la significación de la categoría totalidad (Pérez Soto, 2009). Ella no debe ser confundida, como generalmente acontece, con la idea de buscar conocer o explicar todo. Sus objetivos son simultáneamente menos y más ambiciosos. La totalidad se plantea explicar las actividades y los procesos que unifican la vida en sociedad, desentrañar las dinámicas sociales que se convierten en ejes que articulan la (aparente) dispersión y autonomía con que se despliegan diversas dimensiones de la vida en común. Y vida en común no solo se refiere a que los humanos ocupamos un mismo espacio en un mismo tiempo y a que actuamos, por tanto, junto a otros. Lo que destaca es que los humanos no podemos resolver nuestra existencia aislados o solo en proximidad a otros, sino que lo hacemos en medio de un sinnúmero de relaciones sociales con otros humanos. Y por tanto es pertinente y necesario explicar dichas relaciones, que no pueden sino ser históricas. Las actividades y los procesos que otorgan sentido a la vida en común en un tiempo dado son distintos a los que operan como tales en otro.

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En nuestro tiempo, es la lógica del capital, la del valor que busca valorizarse, la actividad que articula y unifica la vida en común y la que le otorga sentido (Osorio, 2012). Ofrece por tanto respuestas, por ejemplo, al cómo se trabaja, a las formas como se reparte la producción social, lo que se privilegia en los saberes, lo que está permitido y lo no permitido, por qué millones hacen uso del transporte público en horas determinadas, por qué hay supermercados abarrotados de alimentos y cobijas y personas en las puertas que pasan hambre y frío, por qué existen tales y cuales necesidades y las maneras de satisfacerlas o no, las disrupciones emocionales y mentales que genera la febril vida social imperante, la desigualdad social, la pobreza en un mundo en que se produce riqueza social como nunca, entre otros procesos.

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Desde esta perspectiva, se podría sostener que no son ajenas a esa lógica varias, si no todas, las crisis que hoy azotan al planeta y a la humanidad. Elevados niveles de contaminación propiciados por el consumo de petróleo y derivados en la industria y el transporte en un mundo regido por una producción desaforada. Depredación de miles de hectáreas de bosques y selvas para incrementar la franja de tierras para monocultivos, destruyendo las cortinas naturales que limitan la transmisión de virus animales a los humanos (zoonosis). Drástica reducción de las actividades productivas y de servicio por la pandemia, lo que multiplica los signos de una crisis económica mundial. Carencias de infraestructura en salud, ante las restricciones en el gasto público propiciadas por el auge neoliberal, lo que eleva el número de muertes posibles de evitar. Y podríamos seguir con los temas de la crisis de las representaciones políticas, la pérdida de legitimidad de gobiernos, el hastío social que alienta protesta por todo el mundo, frente a un quehacer político que ha quedado desnudo en sus supuestos objetivos de operar para el bien común.

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No parece arbitrario señalar, por tanto, que existen y operan actividades que unifican las más diversas dimensiones de la vida en común. Desde esta perspectiva, más que de disciplinas –en cuanto parcelas autónomas–, es más apropiado hablar de que el despliegue de la vida en común en tiempos específicos presenta diversas dimensiones. Los saberes gestados en las diversas dimensiones solo alcanzan sentido pleno en cuanto diferencias dentro de la unidad en la que se encuentran inscritas, y favorecen y estimulan las interrelaciones entre ellas. Así el diálogo interdimensional o multidimensional pasa a ser constitutivo de las teorías mismas.

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Existen otras limitaciones en los saberes modernos que dificultan el diálogo, en momentos en que cada disciplina se encuentra rebasada y se hace ostensible la necesidad de reflexiones integrales. El peso de perspectivas empiristas que subyacen en los saberes modernos conduce a un derrotero en donde prevalece el supuesto de la transparencia de la realidad social. Desde una mirada que contenga los prejuicios, podemos recabar informaciones que nos permitan explicar aspectos de la vida en sociedad. La realidad social está disponible para ser develada. Solo basta afinar sentidos e instrumentos. El grito de guerra epistémico de todo empirismo es: “¡Hay que ir a la realidad!”. Empapados de realismo, podremos señalar, sin lugar a dudas, qué sucede. El testigo empirista es una prueba irrefutable de verdad: “¡Yo estuve allí!”, o “¡Yo lo vi!”.

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Esta perspectiva de conocimiento es cuando menos ingenua. La realidad social es menos transparente que lo que el empirismo supone. Cotidianamente vemos al sol “salir”, recorrer el cielo y “ocultarse”. Sabemos bien que esto que vemos no es lo que acontece. Es la Tierra la que gira en torno al Sol aproximadamente en 365 días (movimiento de traslación), y gira sobre su eje aproximadamente en 24 horas (movimiento de rotación), y es este último movimiento el que provoca aquella distorsión perceptiva. Cotidianamente, en otro clásico ejemplo, participamos del proceso de cambio de dinero por mercancías, operación que oculta relaciones entre humanos, bajo la apariencia del intercambio entre cosas, las que parecen contar con vida propia (Marx, 1973). La realidad social en el capitalismo opera con ficciones reales, que tergiversan lo que sucede (por ello ficción), pero que alcanzan consistencia social (por eso reales).

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Para la teoría formulada por Marx, depurada de sesgos positivistas que se le han atribuido, la realidad social es inmediatamente una entidad opaca, llena de brumas, y es más lo que oculta y distorsiona que lo que devela, por lo que se requiere de un proceso reflexivo para organizar una explicación de los procesos que la constituyen, y de las distorsiones que propicia en su aparecer. En un mundo de hombres libres e iguales, como establece la ficción real del discurso burgués, ni la explotación ni el dominio pueden ser procesos perceptibles de manera inmediata. Como tampoco puede ser inmediata la desarticulación de la ficción real de un mundo social de hombres libres e iguales.

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Las ficciones de libertad se fortalecen cuando millones de trabajadores diariamente se aglomeran para abordar transportes públicos para dirigirse a sus centros de trabajo, sin que la policía los haya sacado de sus camas, ni los encamine a esas terminales de transporte. Todo se presenta como resultado de simples decisiones individuales. Y la ficción de igualdad se hace fuerte con leyes válidas para todos, así como derechos inherentes a todo ser humano. Y, con el sufragio y la ciudadanía, la igualdad alcanza mayor fuerza: el voto de Carlos Slim y sus iguales vale lo mismo que el voto del vigilante de Inbursa o del portero de Telmex y sus iguales. Con el apoyo de una teoría que atrapa y devela la actividad unificante en la vida en sociedad, descubrimos que ni somos libres ni somos iguales y que, por el contrario, formamos parte de un mundo social organizado en clases sociales, estrechamente relacionadas pero diferenciadas, porque unas se reproducen con la apropiación de plusvalía y otras con el salario, que es una forma brillante de ocultar el despojo de valor, y algunas de estas clases son además antagónicas, lo que propicia que los conflictos sociales sean inherentes a ese orden social y no el resultado de un algo exterior que resquebraja a la comunidad.

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Que una formulación teórica como la anterior no alcance mayor espacio en los programas de estudio de enseñanza media y superior no obedece a su débil capacidad explicativa ni a su inconsistencia frente a otros cuerpos teóricos que se privilegian. La disputa social y política que atraviesa a nuestras sociedades la convierte en un saber en entredicho como corpus general, y cuando mucho es asumido en parcelas conceptuales, desvirtuando o limitando su potencial heurístico.

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Si en el campo de los saberes, en los siglos que sentaban las bases para el dominio del capital, fue en la astronomía y en terrenos de la actual biología donde se dieron los más agudos enfrentamientos con el poder imperante, teniendo en Giordano Bruno, Galileo Galilei (Koyré, 1980) y Charles Darwin (Browne, 2007) a los principales nombres cuestionados, será en las ciencias sociales una vez establecidas en donde dichas disputas políticas tomarán forma principal. Lo que hoy estudiamos y lo que queda excluido, lo que se señala como ciencia, la bibliografía en los programas de estudio y lo que no, no son asuntos gratuitos, casualidades o algo meramente accidental.

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En tiempos donde el capitalismo en muy diversas dimensiones hace presentes sus límites como proyecto civilizatorio, y en que todo anuncia que nos conduce a catástrofes planetarias, donde las actuales son solo el comienzo, parece pertinente preguntarnos cómo y con qué conocimientos interpretamos la realidad social. Es un buen momento para esos interrogantes, por la crisis de saberes a la que asistimos. Quizás un tanto tardío. Pero seguro será mejor ahora que no plantearlos nunca.

Referencias

Bellamy Foster, J. (2020). The Return of Nature. Nueva York: Monthly Review Press.

Browne, J. (2007). La historia de El origen de las especies de Charles Darwin. Barcelona: Random House Mondadori / Debate.

Koyré, A. (1980). Estudios galileanos. México: Siglo XXI Editores.

Marx, K. (1973). El Capital, tomo I. México: Fondo de Cultura Económica.

Osorio, J. (2019). Coyuntura. Cuestiones teóricas y epistémicas. México: Ítaca/UAM.

Osorio, J. (2012). Estado, biopoder, exclusión. Análisis desde la lógica del capital. Barcelona: Anthropos/UAM.

Pérez Soto, C. (2009). Desde Hegel. Para una crítica radical de las ciencias sociales. México: Ítaca.

Popper, K. (1967). Conjeturas y refutaciones. El desarrollo del conocimiento científico. Barcelona: Paidós.



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