Nuestros cursos:

Nuestros cursos:

1 El conocimiento social
y sus elementos clave

1.1. Realidad social y conocimiento

El objetivo principal de este manual es ofrecer una guía clara sobre las piezas fundamentales y los criterios esenciales para el desarrollo del proyecto de investigación y la presentación de protocolos y tesis de posgrado en Administración y Políticas Públicas. Sin embargo, resulta igualmente importante aprovechar esta oportunidad para enmarcar y puntualizar algunos de los elementos clave que orientan el proceso de investigación social en general y, en particular, el campo de la administración y las políticas públicas. Así, la primera aproximación se centra en la definición de la realidad social y en la comprensión del universo que constituye su conocimiento.

Hay que partir del hecho de que el desarrollo del ser humano implicó la ruptura con el orden natural al que están sujetos los seres vivos. Sin embargo, para garantizar su supervivencia en condiciones inciertas, construyó un orden sociocultural. Este orden se refleja en una realidad social que se ha desarrollado a lo largo del tiempo, por medio del establecimiento de formas o condiciones que regulan el comportamiento humano. Además, esta realidad también se manifiesta en la manera en que los individuos y los grupos humanos asimilan esos aspectos a partir de percepciones y valores (Bonilla-Castro y Rodríguez, 2013).

En este sentido, la realidad social es una conceptualización fundamental que ha sido abordada desde diversas perspectivas teóricas. La gran mayoría sostiene que está constituida por las relaciones, estructuras y dinámicas que las personas construyen en interacción dentro de un contexto determinado; asimismo, resalta que la realidad social no es algo dado, fijo o inmutable, sino un proceso dinámico que está continuamente produciéndose, y cuyas estructuras son moldeadas por los intereses, valores y significados que la propia sociedad imprime en su desarrollo.

La realidad social se refiere, por lo tanto, al conjunto de fenómenos, prácticas, instituciones, relaciones y representaciones que existen en la vida social de un determinado grupo social. A diferencia de una visión puramente naturalista, la realidad social es entendida como un producto socialmente construido, que refleja los significados, las normas, las creencias y los conflictos de una comunidad. Además, se reconoce que es el resultado de interacciones y estructuras de poder que determinan cómo las personas experimentan y comprenden el mundo que las rodea. En este sentido, la realidad social no es solo un conjunto de hechos, sino también un campo de proyectos sociales, donde los significados y las experiencias continuamente evolucionan y se transforman.

Siguiendo a Sergio Bagú (1980), lo que distingue y define la esencia del ser humano es su capacidad de establecer contacto con otros. Esta interacción recíproca y constante, fruto de su desarrollo mental y de la conciencia, le permite dar forma y orientación a su realidad social. La intergénesis humana –el proceso por el cual las personas se construyen y desarrollan mutuamente, de manera continua y recíproca– constituye no solo la condición fundamental de la vida, sino también la única vía para la reproducción humana. Este mismo proceso es, además, la base del conocimiento social. Así, la vida humana y su comprensión social conforman una unidad inseparable, y sus componentes solo pueden entenderse como partes complementarias de un mismo proceso.

En este sentido, como reflexionaba Hugo Zemelman (1987), la realidad social puede entenderse como una articulación de procesos objetivados, es decir, las acciones y relaciones que los seres humanos construyen a través de su interacción con otros. Estos procesos se manifiestan en fenómenos, hechos y formas de convivencia concretas que reflejan las conductas y prácticas reales de los individuos. Esta red de interacciones está configurada por diversas dimensiones de la existencia social, tales como la económica, la política, la lingüística, la histórica, la cultural, entre otras, que buscan satisfacer las necesidades humanas y sociales. A partir de estas dimensiones, se estructuran las condiciones materiales de subsistencia, las formas de vida y la manera en que se organizan los seres humanos. En síntesis, “la realidad se concibe como un movimiento articulado de procesos heterogéneos” (Zemelman, 1987, p. 41).

Es crucial identificar estos principios subyacentes para poder comprender y explicar adecuadamente el funcionamiento de la realidad social, ya que estos no se encuentran entrelazados de manera predeterminada, sino que requieren de un proceso de reconstrucción para comprender cómo se articulan concretamente los diversos procesos. Esto conduce al segundo aspecto fundamental: el conocimiento.

El conocimiento no es más que la integración de diversas experiencias parciales sobre un objeto que lleva a cabo un sujeto cognoscente. Se trata de un proceso psíquico que ocurre en la mente humana y que permite a una persona orientarse dentro de su realidad social. Además, el conocimiento es también un producto colectivo y social, compartido por múltiples individuos (Villoro, 2008). Así, su distinción radica en la capacidad que brinda al ser humano para orientar su vida social y material. En otras palabras, un elemento esencial para que los seres humanos puedan estar y actuar en el mundo es la interpretación de los fenómenos, la cual solo es posible mediante el conocimiento de la sociedad (Sáez, 2008). Dicho de otro modo:

El proceso de conocer ocurre mediante la relación que se establece entre un sujeto que conoce y un objeto conocido. El conocimiento es un modo más o menos organizado de concebir el mundo y de dotarlo de características que resultan en primera instancia de la experiencia personal del sujeto que conoce. El conocimiento que una persona adquiere de la realidad diferirá en función de cómo aborde dicha realidad (Batthyány y Cabrera, 2011, p. 12).

De esta forma, no se puede hablar de una única forma de conocimiento ni de una sola manera en que el ser humano manifiesta su conciencia para llevar a cabo los procesos y las relaciones que dan sentido a su realidad; más bien existen diversas formas o tipos de conocimiento, siendo las dos principales el sentido común y el conocimiento científico. El primero de estos, también conocido como conocimiento cotidiano, empírico, vulgar o espontáneo, se adquiere de manera no planificada y sin el uso de métodos específicamente diseñados. Este tipo de conocimiento se genera principalmente mediante la práctica diaria del ser humano, y ha permitido a la humanidad acumular una rica y diversa experiencia a lo largo de su historia (Rojas, 2010). Pero, además, como menciona Karel Kosik:

La práctica utilitaria inmediata y el sentido común correspondiente ponen a los hombres en condiciones de orientarse en el mundo, de familiarizarse con las cosas y manejarlas, pero no les proporciona una comprensión de las cosas y de la realidad (1976, p. 26).

Por otro lado, el conocimiento científico requiere un enfoque más riguroso para identificar regularidades en los fenómenos, describirlos, comprenderlos, explicarlos o predecirlos. Este conocimiento se obtiene mediante procedimientos metódicos, con la intención de validar sus resultados, y a través de la reflexión, el razonamiento lógico y una búsqueda intencionada. Para ello, se delimitan los objetos de estudio y se estructuran modelos de investigación que guían todo el proceso (Batthyány y Cabrera, 2011).

El sentido común se refiere a una percepción inmediata de la realidad, que se presenta como una entidad concreta, pero a su vez caótica. Concreta en el sentido de que las percepciones muestran que la realidad está ahí, pero caótica porque no revela los procesos ni las tendencias que la organizan y le dan sentido. Como señala Jaime Osorio, esta visión “elude la mediación central referida a los problemas sobre cómo nos paramos frente a la realidad social, cómo la interrogamos, cómo leemos e interpretamos sus respuestas e incluso cómo se construyen el dato y la información” (2016, p. 12). En contraste, el conocimiento científico, de acuerdo con el mismo Osorio, tiene como objetivo trascender lo inmediato para alcanzar lo que no es visible, ya que lo inmediato suele operar de manera distorsionada. Por ejemplo,

si nos atenemos a lo que vemos, es el Sol que se mueve alrededor de la Tierra. Pero el conocimiento científico nos indica que más allá de esta percepción, que se observa, es la Tierra la que gira en torno al Sol (2016, p. 56).

Esto no implica que el conocimiento científico se oponga de manera absoluta al conocimiento común, sino que, como lo menciona Raúl Rojas (2010), el conocimiento científico lo supera en cuanto que va mucho más allá de la simple descripción o del establecimiento de tendencias empíricas elementales de los fenómenos. Estas, en última instancia, representan solo una descripción de las manifestaciones de los procesos, pero no revelan sus conexiones internas, que están ocultas a la observación directa y solo pueden ser descubiertas mediante el pensamiento abstracto (conceptos, hipótesis, leyes, teorías). Ya que, como lo explica Giovanni Sartori (2013), el conocimiento empírico, o la empiria, consiste en “hacer una experiencia tangible, táctil, directa de algo. De modo que un conocimiento empírico puede definirse en general como el conocimiento que se afinca en la experiencia, que refleja y recoge su material de la experiencia” (p. 36).

De esta manera, se puede afirmar que el conocimiento científico de la realidad social constituye una forma de conceptualizar y articular las relaciones entre los diferentes procesos objetivados que se desarrollan entre los seres humanos. En otras palabras, es un esfuerzo por confrontar estas relaciones desde el marco de un razonamiento lógico y sistemático. Debido a la heterogeneidad de los procesos que configuran los dominios o segmentos de la realidad, su comprensión exige abordar un todo complejo, cuya complejidad emana de las diferencias estructurales y sus parámetros específicos, tales como los niveles de análisis, los ritmos temporales y las distribuciones espaciales de cada proceso (Zemelman, 1987).

En este contexto, la realidad social posee un orden, o más precisamente, múltiples órdenes. Algunos de estos órdenes son inmediatos y perceptibles a simple vista, aunque suelen ser engañosos, mientras que otros son más profundos y requieren un proceso de construcción y develamiento. En definitiva, la realidad está estructurada, y una de las tareas del conocimiento es desentrañar esa organización, así como identificar sus leyes subyacentes. Conocer, entonces, no significa aprehenderlo todo ni explicarlo todo, ya que el conocimiento está limitado ante una realidad que es inabarcable, siempre cambiante y que se recrea constantemente; conocer implica un esfuerzo por desentrañar los elementos que estructuran y organizan la realidad social, permitiendo así su explicación (Osorio, 2016).

En consecuencia, se entiende que el conocimiento científico está organizado, lo que lo convierte en el primer requisito de toda ciencia; entonces, esforzarse por conocer lo social y la realidad social implica reconocer que ambas están organizadas. Así pues, la realidad social no es producto del azar, ni el conocimiento de ella lo es. Tal como señala Bagú (1980), “ni lo social es un azar, ni lo conocemos por azar” (p. 11).

1.2. Las ciencias sociales: una definición general

Aunque se ha señalado que la realidad social y el conocimiento científico son dos caras de la misma moneda, el conocimiento científico ha logrado una autonomía relativa respecto a su condición, lo que permite construir su propia realidad social con el fin de autodeterminar su reconocimiento y validez. Este proceso es lo que distingue a la ciencia como una forma paradigmática de conocimiento que se caracteriza por ser un conjunto de principios, medios y objetos que permiten comprender el mundo y, al mismo tiempo, proporcionar la base para autodefinirse como la forma más confiable y precisa de conocimiento sobre la realidad.

En este sentido, la ciencia puede definirse como un “conjunto de conocimientos obtenidos mediante la observación y el razonamiento, sistemáticamente estructurados, a partir de los cuales se deducen principios y leyes generales” (Batthyány y Cabrera, 2011, p. 9). Desde una perspectiva procedimental, “por ciencia debemos entender un tipo específico de conocimiento lógicamente trabado, caracterizado por determinados procedimientos y protocolos intersubjetivamente establecidos, es decir, un saber que se distingue por un método” (Castro et al., 2016, p. 25). Este enfoque otorga a la ciencia atributos que le permiten añadir “precisión y control racional a procedimientos cognitivos ya usados para resolver problemas de la vida práctica cotidiana” (Villoro, 2008, p. 21).

Sin embargo, más allá de estos aspectos, el distintivo principal de la ciencia radica en su autodeterminación. La ciencia se constituye como “un conjunto de saberes compartible por una comunidad epistémica determinada: teorías, enunciados que las ponen en relación con un dominio de objetos, enunciados de observación comprobables intersubjetivamente; todo ello constituye un cuerpo de proposiciones fundadas en razones objetivamente suficientes” (Villoro, 2008, p. 222). Esta capacidad de autoafirmación es lo que otorga a la ciencia su singularidad y su lugar en el panorama del conocimiento.

En este sentido, y tomando en cuenta el Informe de la Comisión Gulbenkian para la reestructuración de las ciencias sociales, coordinado por Immanuel Wallerstein (2007), se puede señalar que la visión clásica de la ciencia, predominante desde hace varios siglos, se consolidó sobre dos premisas fundamentales. La primera es el modelo newtoniano, que establece una asimetría entre el pasado y el presente, plasmada en la formulación de leyes que rigen sistemas estables y reversibles a lo largo del tiempo. La segunda premisa es el dualismo cartesiano defendido por René Descartes en los siglos XVII y XVIII, que propone una distinción clara entre la naturaleza y los seres humanos, entre la materia y la mente, entre el mundo físico y el mundo social. A partir de estos fundamentos, la ciencia comenzó a definirse como la búsqueda de leyes naturales universales que permanecen constantes en todo tiempo y espacio.

Esta distinción se fue acentuando a medida que se buscaba mayor legitimidad y prioridad para la investigación científica de las leyes naturales, lo que dio lugar a que el trabajo experimental y empírico adquiriera una relevancia creciente. En consecuencia, se fue relegando, e incluso oponiendo, a otras formas de conocimiento y verdades que resultaban imposibles de poner a prueba, tales como aquellas propias del conocimiento especulativo, como ocurrió con la filosofía, que en su momento fue desacreditada bajo este mismo enfoque:

Desde Galileo, la ciencia aparece como una realidad propia y autónoma, independiente de la filosofía y con un método propio. La ciencia moderna ya no pretende, como Aristóteles o la escolástica medieval, encontrar la esencia de las cosas, sino que se presenta como un saber de los fenómenos (propiedades empíricas y observables de las cosas) a los que intenta reducir a leyes (Castro et al., 2016, p. 26).

Finalmente, este proceso condujo a una clara división jerárquica del conocimiento en el inicio del siglo XIX, que separó las ciencias naturales como un conocimiento “cierto” (ciencia) del conocimiento considerado imaginado o incluso imaginario (lo que no era ciencia). Así, “el triunfo de la ciencia fue consagrado por la lingüística: el término ciencia, sin adjetivo calificativo, pasó a ser identificado principalmente (y a menudo exclusivamente) con la ciencia natural” (Wallerstein, 2007, pp. 7-8). En consecuencia, el concepto genérico de “ciencia” se asoció con las ciencias naturales, en una versión positivista demasiado apegada a la convicción de que el conocimiento de lo real es idéntico a determinar la materialidad física y mensurable de los fenómenos (Sáez, 2008). Esta visión consagró a la ciencia como “el único saber legítimo, dictaminando que lo empírico es lo único susceptible de conocimiento” (Castro et al., 2016, p. 26).

A medida que la ciencia ganó reconocimiento por su utilidad práctica al ofrecer verdades sobre hechos comprobables, se definió que el conocimiento de la naturaleza y los fenómenos físicos correspondiera a la ciencia, no solo en términos epistemológicos, sino también en cuanto a la organización del emergente proceso de institucionalización y disciplinarización moderna del conocimiento científico, especialmente con el resurgimiento de las universidades a principios del siglo XIX en Europa.[1] Este proceso resultó en un distanciamiento aún mayor respecto de la condición humana y la realidad social como objetos de atención, lo que delegó inicialmente su estudio a la filosofía, las artes y las humanidades, con todo el enfoque especulativo y contemplativo que estas disciplinas conllevan.

Sin embargo, en un contexto político en el que ya no bastaba con controlar el conocimiento sobre la naturaleza, sino también sobre el mundo humano, y en el que cobró fuerza la creación de estructuras institucionales especializadas y autónomas de conocimiento universitario, que se presentaron como ramas o disciplinas, se consolidó la ciencia newtoniana, particularmente la física, como el modelo que seguir. Así fue como la física logró un triunfo sobre la filosofía y alcanzó un notable prestigio social en el ámbito del conocimiento. En este contexto, la ciencia fue proclamada como “el descubrimiento de la realidad objetiva utilizando un método que nos permitía salir fuera de la mente, mientras se decía que los filósofos no hacían más que meditar y escribir sus meditaciones” (Wallerstein, 2007, p.14).

Impulsadas por la urgente necesidad social de estudiar y comprender, de manera organizada y racionalizada (es decir, exacta o positiva), las reglas del orden y el cambio social de la época, surgieron las ciencias sociales modernas. Con ello, las áreas de conocimiento disciplinario dejaron de ser únicamente dos esferas generales separadas y emergió una tercera, orientada a las realidades sociales. Inicialmente situada entre las ciencias y las humanidades y la filosofía, esta nueva área de estudio terminó por alinearse con las ciencias naturales conforme se consolidaba el conocimiento científico. Esto dio paso al intento por formular leyes generales sobre la sociedad, utilizando un método empírico y experimental para descubrir una realidad social objetiva, recortándola, parcelándola y segmentándola en diversos objetos de estudio. Así se constituyeron disciplinas autónomas dentro del estudio social, base de su organización institucional en las universidades europeas a partir del siglo XIX y, más tarde, de la investigación científica en el siglo XX. Por consiguiente:

La creación de las múltiples disciplinas de ciencia social fue parte del intento general del siglo XIX de obtener e impulsar el conocimiento “objetivo” de la “realidad” con base en descubrimientos empíricos (lo contrario de la “especulación”). Se intentaba “aprender” la verdad, no inventarla o intuirla (Wallerstein, 2007, p.16).

Así, el proyecto científico de las ciencias sociales modernas se destacó por su oposición a la especulación abstracta y se fundamentó en el estudio de las leyes que rigen los fenómenos sociales a partir de la observación y el resto de los métodos de las ciencias naturales. En este contexto, se adoptó desde la sociología, a través de Auguste Comte, el modelo de la física como referencia para integrar el conocimiento social a una estructura común con las demás disciplinas de su época (Sáez, 2008). Bajo esta premisa, las ciencias sociales reivindican la existencia de objetos de estudio autónomos tanto como disciplinas sociales se establecen, lo cual justifica la formulación de categorías, conceptos y teorías, y el desarrollo de métodos y técnicas de investigación que buscan dar cuenta del ámbito particular de cada disciplina (Osorio, 2020).

De este modo, tras dos siglos de existencia y en un mundo y una realidad humana siempre en constante transformación, las ciencias sociales modernas se caracterizan por reiteradas reestructuraciones y cambios en su composición. Frente a esto, una aproximación global para describirlas puede sintetizarse como un conjunto de conocimientos, campos y disciplinas científicas que estudian los diferentes aspectos, dimensiones y expresiones de la vida colectiva de los seres humanos, con el fin de comprender su entorno, formular explicaciones sobre su vida en sociedad y diseñar soluciones a los contextos y problemas sociales desde una multiplicidad de ángulos y enfoques.

En este sentido, en el ámbito de las ciencias sociales, se incluyen disciplinas clásicas como la sociología, la ciencia política, la economía, la antropología, la historia, la geografía y el derecho, así como otros campos de conocimiento más recientes que rechazan la parcelación y el aislamiento disciplinario. Estas últimas buscan trascender la tradicional organización del conocimiento mediante enfoques multidisciplinarios, interdisciplinarios o transdisciplinarios (Morin, 2020). Entre ellas se encuentran áreas como la demografía, las relaciones internacionales, las ciencias de la comunicación, el urbanismo, los estudios del desarrollo, la psicología social, las ciencias de la educación, el trabajo social, los estudios regionales, la salud pública y colectiva, el turismo, las ciencias de la administración, los negocios internacionales, entre otras áreas.

En resumen, como señalan Bonilla-Castro y Rodríguez (2013), la realidad natural y la social son entidades distintas. La primera está regida por leyes que buscan relaciones causales entre fenómenos, mientras que la segunda se construye a partir de normas de comportamiento, que son negociadas o impuestas y que varían según el tiempo y la cultura, que en su origen son esencialmente diferentes de las leyes naturales. La realidad social, al ser un producto humano, no está sujeta a leyes inmutables, sino a tendencias institucionalizadas que pueden cambiar y que representan intereses sociales de grupos específicos. Así, la realidad social es inherentemente incierta y transformable, lo que la diferencia de las leyes naturales, que se asumen inmodificables. Cuando se conceptualizan las leyes sociales como si tuvieran las mismas características de las leyes naturales, se “reifica” la realidad social, porque se ignora que es un producto cultural y que, como tal, puede ser cuestionado y modificado por los grupos cuyo comportamiento regula.

1.3. La administración y las políticas públicas como campo de conocimiento social

Hasta mediados del siglo XX, las políticas públicas se concebían como variables dependientes de la política, esta última entendida como la capacidad de las instituciones del Estado para decidir sobre los asuntos de la vida en sociedad, en el contexto de las relaciones de poder y dominación que prevalecen en él, y las confrontaciones entre ciudadanos y gobierno; lo que además se constituyó como objeto de estudio de la llamada “ciencia política”. Esta concepción asumía, por ende, que las políticas públicas eran meramente el resultado o la consecuencia directa de la política. Aunque desde finales del siglo XIX había surgido el estudio de la administración pública, y con él la noción de la política y administración como esferas diferenciadas, fue recién a mediados del siglo XX cuando surgieron las llamadas “ciencias de las políticas” (policy sciences) como esfera independiente.[2] Este nuevo campo de conocimiento, que integra la administración pública y las políticas públicas, surgió como resultado de la reorganización del saber científico en el ámbito universitario impulsada por la búsqueda de nuevas bases de legitimación para la reconstrucción del Estado nación, la revitalización de la economía y el mercado y la conformación de un nuevo orden global en el contexto de la posguerra y la reconstrucción posbélica.

El origen de este campo del conocimiento se remonta a Estados Unidos, especialmente con los planteamientos del sociólogo y politólogo Harold Lasswell, a través del célebre texto The Policy Sciences, que apareció en 1951, cuya influencia ha sido notable, particularmente en la cultura anglosajona. Desde sus inicios, este campo jugó un papel crucial en las decisiones políticas de aquella época desde las corrientes positivistas en las ciencias sociales, contribuyendo al entendimiento del nuevo rol y los retos del Estado de bienestar, asociado a la política económica intervencionista-keynesiana. Este enfoque se orientó a constituir un saber experto inter y multidisciplinario, dirigido a la planificación racional del gobierno y a la formación de regímenes democráticos liberales (Cardozo, 2020). En este contexto, se desarrollaron teorías y modelos científicos racionales que buscaban aumentar la efectividad y eficiencia en el ejercicio del “arte de gobernar”. Las políticas públicas, entendidas como “los caminos que se escogen para resolver problemas que se consideran competencia del Estado” (Ordóñez-Matamoros, 2024, p. 35), se establecieron como el objeto de estudio central en este campo emergente.

Como señala André-Noël Roth Deubel (2016), este campo científico jugó un papel clave en la construcción del Estado de bienestar (Welfare State), concebido como un modelo de Estado capaz de intervenir de manera racional, eficaz y eficiente en la sociedad. Se esperaba que estos estudios proporcionaran a los gobiernos los conocimientos y las herramientas científicos necesarios para alcanzar sus objetivos de manera eficiente. En este contexto, acompañaron y legitimaron la creación del Estado de bienestar durante aproximadamente tres décadas. Este periodo constituye la primera etapa de los estudios sobre políticas públicas, alineada con una concepción del Estado que sostenía que, a través de una acción pública estatal adecuada, racional y eficiente, era posible resolver o mitigar cualquier problema social.

Este periodo marcó la consolidación de la administración pública como un campo del conocimiento, dado que se estableció una alianza entre el saber experto y la acción pública, sirviendo el primero como instrumento para la ingeniería social de la planificación centralizada de la economía –la faceta keynesiana del Estado– y para el desarrollo de las políticas sociales (educación, vivienda, seguridad social, empleo y salud) propias del Estado de bienestar. En este contexto, se desarrollaron diversas perspectivas –entre las más destacadas, se encuentra la de Charles Jones (1970)– que abordaron las distintas etapas del proceso o ciclo de las políticas públicas (agenda, formulación, toma de decisiones, implementación e impactos), el cual se convirtió en la principal caja de herramientas para el análisis del objeto de estudio del campo. Además, durante este periodo se llevaron a cabo estudios sobre las burocracias globales, instituciones intergubernamentales y multilaterales que cobraron relevancia en el periodo posbélico y en el proceso de reconstrucción global, dentro del movimiento de la administración del desarrollo.

Sin embargo, durante el último tercio del siglo XX, se hizo evidente la crisis del Estado de bienestar y del paradigma keynesiano, lo que desencadenó grandes transformaciones sociales, económicas y políticas a nivel global. Estos cambios impulsaron a muchos países de distintas regiones a llevar a cabo reformas estatales, iniciar transformaciones institucionales y dar paso al surgimiento de nuevas tendencias ideológicas y culturales que alteraron la relación entre el Estado, los gobiernos y la sociedad. Este nuevo contexto reformuló el campo de la administración y las políticas públicas, dirigiendo su atención hacia las dificultades y los fracasos en la implementación de las políticas del periodo posbélico, y desarrollando progresivamente el diseño y la ejecución de políticas que, dentro del contexto de la mundialización y la disolución del modo de regulación estatal keynesiano, dieron lugar al nuevo Estado de competencia transnacional (Hirsch, 2000; Robinson, 2021).

La reconfiguración de la forma de Estado implicó un cambio profundo en su modo de intervención y relación con la sociedad. Por un lado, las políticas públicas intervencionistas, propias del Estado de bienestar, fueron consideradas ineficientes y, por tanto, debían transformarse; por otro, fueron señaladas como la causa principal de los problemas de la época, lo que promovió y facilitó la autorregulación y liberalización del mercado, ampliando su esfera de participación en la vida pública. El mercado comenzó a ser percibido como un mecanismo más idóneo y racional que las prescripciones estatales, especialmente en cuanto a la orientación eficiente del gasto público (Roth Deubel, 2016). Con ello, surgieron procesos, mecanismos y modelos de gestión privada en el sector público, participación ciudadana en la toma de decisiones y colaboración entre actores públicos y diversos sectores y niveles de la sociedad. Estas dinámicas dieron paso a lo que posteriormente se conocería como la nueva gestión pública, el gerencialismo, el gobierno abierto, la gobernanza y el neoinstitucionalismo. El objetivo de estas propuestas era recuperar la legitimidad perdida de las administraciones públicas frente a la ciudadanía, al tiempo que se enfrentaba el creciente déficit público.

En este contexto, se priorizaron políticas de reforma y ajuste fiscal sobre la expansión de las prestaciones sociales, que habían sido parte del acuerdo de posguerra (Cardozo, 2020). Para autores como Carlos Aguilar (2017), esto implicó rescatar el carácter público de las políticas, entendiendo que se debía promover la intervención de actores fuera del ámbito gubernamental, tales como sindicatos, organizaciones de la sociedad civil, empresas, iglesias y asambleas vecinales, entre otros.

Paralelamente a esta tendencia hegemónica global, y por diversas razones, surgieron respuestas y reconsideraciones sobre el papel que debía desempeñar el Estado de competencia transnacional. Esto llevó a un retorno, en distintos grados, del rol del aparato estatal como principal interventor, promotor y gestor del desarrollo económico, los asuntos públicos y el bienestar social, moderando el predominio del mercado. Entre las experiencias más destacadas como modelos o formas alternativos contemporáneos de participación y acción del Estado, se encuentran la denominada Tercera Vía, que se implementó en países como Reino Unido y Alemania a fines del siglo XX; el Consenso de Pekín, que ha sostenido a China durante casi dos décadas; la nueva socialdemocracia que lideran actualmente los países nórdicos (Suecia, Noruega, Finlandia y Dinamarca); y el neodesarrollismo latinoamericano del siglo XXI.

Esta serie de ajustes en las funciones del Estado y en los sistemas políticos y de gobierno, dentro del proceso de desarrollo de la sociedad, trajo consigo transformaciones significativas en la arquitectura institucional y en su gestión. Estos cambios impactaron directamente en el campo de la administración y las políticas públicas, lo que afectó la composición de sus intereses y ejes temáticos, el ajuste de su mercado laboral, la actualización y renovación de su vínculo con otros campos de conocimiento y disciplinas científicas, así como su ubicación en la organización del conocimiento institucional. En diversos momentos, este campo se ha definido como un subcampo cercano a la ciencia política, en otros, como parte de las ciencias administrativas, e incluso, en ocasiones, se ha vinculado con el área de las ciencias jurídicas (Cardozo, 2020).

Sin embargo, el cambio más significativo en la trayectoria del campo estuvo marcado por el desarrollo de diversos enfoques[3] que respondieron tanto a la construcción de distintos corpus ontológicos, epistemológicos, metodológicos y teóricos, como a las distintas realidades y dinámicas locales, nacionales, regionales y globales. Estos enfoques se vieron influenciados por la variabilidad en los tiempos (corto, mediano y largo plazo) y las dimensiones temporales (época, estabilidad, crisis y coyuntura) en las que operaron los diferentes procesos sociopolíticos, así como por las distintas modalidades y grados de intervención estatal y gubernamental. Siguiendo diversos estudios sobre el tema (Ordóñez-Matamoros, 2024; Roth Deubel, 2008; Roth Deubel, 2021; Fontaine, 2015), es posible identificar grosso modo la vigencia y convergencia de al menos cuatro enfoques principales en la actualidad.

El primer enfoque es el neopositivismo, que se apoya principalmente en los aportes de la teoría neoclásica de la economía. De este se derivan las perspectivas neorracionalistas, fundamentadas en la teoría de la elección racional y sus desarrollos posteriores en el neoinstitucionalismo. Este enfoque privilegia la experticia profesional y las generalizaciones y se basa en modelos y técnicas de investigación cuantitativos. El segundo enfoque es el cognitivo, que amplía los factores explicativos al incorporar las ideas y rescatar la relevancia de los debates ideológicos y valorativos. A este le sigue la perspectiva interpretativa y participativa, que otorga gran importancia a los discursos de los actores involucrados. En este marco, se empieza a considerar que, para entender las políticas públicas, no basta con los datos objetivos o la realidad positiva del mundo en que vivimos; también es relevante comprender los sistemas de creencias en los cuales están inscritos los actores. Este enfoque busca (re)establecer un diálogo o una deliberación entre el conocimiento especializado de los expertos, los saberes locales o profanos de la ciudadanía y los actores políticos. En otras palabras, busca establecer relaciones de causalidad medibles y reproducibles a partir de datos más subjetivos o cualitativos, que se transformen en indicadores medibles, con el fin de objetivar las ideas y creencias.

El tercer enfoque es la teoría crítica, y el cuarto, el constructivismo. Ambos enfoques rompen con la perspectiva neopositivista tradicional en el análisis de políticas públicas y la metodología investigativa cuantitativa, que se centra en los datos objetivos. En cambio, reivindican un giro argumentativo o narrativo a través del uso de métodos cualitativos para el análisis, dando una importancia crucial a los elementos subjetivos. Estos enfoques “maximizan” la relevancia de los discursos, las ideas y la política, los cuales ya habían sido introducidos de manera complementaria –o en forma más moderada– en el enfoque cognitivo. A partir de estos enfoques, se desarrolla una perspectiva deliberativa que busca conjugar la reflexión desde la teoría democrática, legitimando en particular el carácter situado –es decir, no generalizable– de este tipo de análisis. Además, promueven una participación más directa de la ciudadanía, reconociendo la importancia de los conocimientos comunitarios, la retórica y las emociones en los procesos de políticas públicas, ampliando los espacios de deliberación pública para incluir la participación directa de los actores afectados por los asuntos públicos.

A pesar de la pluralidad de perspectivas que ha caracterizado al estudio de la administración y las políticas públicas, su objetivo ha permanecido constante a lo largo del tiempo, lo que evidencia su consolidación como un campo de conocimiento científico. Este sigue siendo el espacio dedicado al estudio de las soluciones a las necesidades de la vida pública, a través de acciones, procesos y medidas implementados por las instituciones del Estado y el gobierno. Estas soluciones se presentan como “respuestas diseñadas y aplicadas, a través de procesos políticos y técnicos, para resolver problemas que, por su relevancia, afectan a importantes sectores de la sociedad” (Cardozo, 2013, p. 40). Según Oszlak y O’Donnell (1995), esto implica la postura del Estado ante cuestiones socialmente problematizadas, es decir, aquellas que despiertan la atención, el interés o la movilización de ciertos grupos sociales. Estas cuestiones atraviesan un “ciclo vital” que va desde su problematización social hasta su eventual “resolución”. En este sentido, las políticas públicas se entienden como un conjunto de acciones y omisiones que reflejan una modalidad específica de intervención del Estado frente a esos problemas. Sin embargo, lo que hace peculiar y distintiva a la política pública es que es

un conjunto de acciones intencionales y causales, orientadas a la realización de un objetivo de interés/beneficio público cuyos lineamientos de acción, agentes, instrumentos, procedimientos y recursos se reproducen en el tiempo de manera constante y coherente (con las correcciones marginales necesarias), en correspondencia con el cumplimiento de funciones públicas que son de naturaleza permanente, o con la atención de problemas públicos cuya solución implica una acción sostenida. La estructura estable de sus acciones, que se reproduce durante un cierto tiempo es lo esencial y específico de ese conjunto de acciones de gobierno que llamamos política pública (Aguilar, 2017, p. 17).

Este campo también se ocupa de la profesionalización de la administración, organización, gestión y conducción de las funciones públicas, enfocándose en el desarrollo de saberes, habilidades, actitudes y valores que permiten abordar y resolver problemas y cuestiones apremiantes para la sociedad. En este sentido, se distingue de otros campos dentro de las ciencias sociales porque propone una relación estrecha entre el conocimiento científico y la formulación de políticas orientadas a la solución de problemas sociales concretos y a la gestión de asuntos públicos específicos, utilizando métodos, técnicas y herramientas rigurosos. Las repercusiones de este enfoque en las acciones públicas y su vínculo con el conocimiento experto para la gestión y organización gubernamental han permitido que, según Maria Camila Pinzón (2023), este campo sea reconocido como un ámbito práctico y de estudio.

En resumen, su propósito es proporcionar conocimientos científicos que faciliten la toma de decisiones orientadas a la solución de problemas de interés público, al tiempo que forma profesionalmente a quienes toman esas decisiones, capacitándolos en la manera más adecuada de enfrentar este reto.

1.4. Los cinco engranajes clave del conocimiento social

El conocimiento en las ciencias sociales se configura como un cuerpo dinámico que articula de manera coherente los elementos de la ontología, la epistemología, la metodología, las teorías y los conceptos, con el fin de comprender y explicar los desafíos y problemas sociales, con la intención de generar soluciones a ellos. En este sentido, a continuación, se definen y describen brevemente los aspectos más relevantes de estos elementos, con el propósito de ubicar su papel en el proceso de investigación y en la construcción del conocimiento social.

Cada uno de estos componentes del conocimiento actúa como un engranaje dentro de un complejo sistema que impulsa la producción de conocimiento en las ciencias sociales. Al igual que en un mecanismo, cuando todos los engranajes funcionan de manera coordinada, el proceso investigativo avanza de manera fluida y eficiente. Sin embargo, cualquier disfunción en uno de estos elementos puede generar distorsiones en los resultados, lo que hace crucial su integración de manera coherente, rigurosa y adecuada. Así, lo que se denomina como “el engranaje del conocimiento” se refiere a la interdependencia y la necesidad de que estos componentes funcionen conjuntamente para generar un conocimiento robusto, preciso y pertinente que pueda dar respuesta a los problemas sociales contemporáneos.

Dicho de otro modo, los cinco engranajes del conocimiento son esenciales para construir una visión comprensiva y precisa de la realidad social. Estos elementos no solo contribuyen de manera individual, sino que, cuando interactúan adecuadamente, permiten que el proceso de investigación sea más que la suma de sus partes, convirtiéndose en un esfuerzo multidimensional capaz de abordar los fenómenos y las realidades sociales.

1.4.1. Ontología

Una primera aproximación remite a la inherente e inevitable vinculación entre los aspectos ontológicos y epistémicos de la realidad social, la cual ha sido siempre un asunto problemático para la teoría y la filosofía de las ciencias sociales. Como menciona Venables (2016), el hecho de que la realidad social deba ser creída para poder existir plantea desafíos tanto ontológicos como epistémicos, los cuales se traducen en una serie de interrogantes relacionados con el estatus científico de las ciencias sociales, la delimitación de su objeto de estudio y el rol del científico e investigador, así como su grado de relación con la realidad y la manera en que la conoce.

En este contexto, Donatella della Porta y Michael Keating (2021) señalan que la ontología se refiere al objeto de estudio, es decir, a lo que se investiga o a aquello que puede ser conocido, así como a la manera en que se organiza y comprende el mundo material. Así pues, también se puede afirmar que lo que se observa está intrínsecamente vinculado con lo que se concibe como existente en el mundo, y sobre este “existente” versa la ontología (Retamozo, 2016). De esta manera, la importancia de reflexionar sobre la ontología y su papel en el proceso de conocimiento radica en la pregunta clave sobre lo que debe investigarse: ¿qué es lo que realmente se quiere conocer? Esta interrogante remite al proceso que va desde la “realidad bruta” hasta la definición precisa del objeto de investigación, lo cual implica una transición fundamental que, como indica Ralón (2018), requiere una profunda reflexión sobre los elementos constitutivos de la realidad y sobre cómo deben ser conceptualizados y definidos en el contexto del estudio.

En el caso particular del conocimiento sobre la realidad social, la ontología social ha sido objeto de diversas perspectivas que buscan desentrañar los componentes, las estructuras y las dinámicas que configuran la vida social. La ontología social, siguiendo la propuesta de Alexis Gros (2023), se ha centrado en construir un vocabulario conceptual general para especificar qué es la realidad social y qué hay en ella, abordando las formas en que los sujetos y la sociedad se relacionan entre sí, así como los mecanismos que estructuran esos vínculos y las interacciones dentro de un marco de múltiples dimensiones. La reflexión ontológica dentro de las ciencias sociales trata de entender cómo se constituyen estas realidades sociales y cómo se pueden conocer y representar de manera adecuada, lo que se vincula indudablemente con la epistemología. De forma sencilla, para algunos la única realidad es la de los individuos, mientras que para otros son las unidades sociales más amplias, definidas por su función en la organización material de la vida, como las clases sociales o la manera en que la sociedad está estructurada por sus instituciones. Además, hay quienes sostienen que la única realidad es aquella que se nombra por medio del lenguaje o las representaciones simbólicas.

Entre los enfoques clásicos de este tipo de reflexiones, se encuentra, por ejemplo, la visión de Durkheim, que define los “hechos sociales” como estructuras objetivas, como normas y leyes, que ejercen una influencia coercitiva sobre los individuos y que existen independientemente de su conciencia. Por otro lado, Weber enfoca la ontología social en la “acción social”, destacando la importancia de la subjetividad humana y la interpretación que los individuos hacen de sus interacciones dentro de un contexto social. Giddens, por su parte, en su teoría de la “estructuración social”, propone que las acciones individuales y las estructuras sociales están interrelacionadas y se producen y reproducen continuamente con la interacción humana.

Además, la fenomenología social, representada por Husserl y Schütz, enfatiza cómo los actores sociales construyen su realidad a partir de sus experiencias y percepciones subjetivas, mientras que los enfoques posestructuralistas y posmodernos, como los de Foucault o Derrida, subrayan que la realidad social está mediada por el poder, los discursos y el escepticismo, desafiando la idea de una realidad objetiva y fija. Finalmente, el marxismo presenta una ontología materialista, histórica y dialéctica centrada en la lucha de clases y la revolución.

Cada una de estas perspectivas ofrece un enfoque único para entender la realidad social, ya sea por medio de las estructuras objetivas (Durkheim), la acción y la interpretación (Weber), la interacción dinámica (Giddens), las experiencias subjetivas (fenomenología), el poder y el discurso (posestructuralismo) o las luchas de clases (marxismo), brindando una comprensión compleja y multifacética de la realidad social.

1.4.2. Epistemología

Por su parte, la epistemología en su esencia se ocupa de la manera en que los seres humanos conocen y comprenden el mundo que los rodea, así como el objeto material de estudio que se busca analizar. En otras palabras, se refiere a los procesos y fundamentos mediante los cuales se llegan a conocer las cosas. Tal como lo señalan Donatella della Porta y Michael Keating (2021), la epistemología aborda el cómo se conocen las cosas. Su origen etimológico proviene del griego episteme (‘conocimiento’) y logos (‘teoría’), lo que la posiciona formalmente como una rama de la filosofía que explora la naturaleza, las fuentes y los límites del conocimiento. En este sentido, la epistemología también es entendida como la teoría del conocimiento científico, ya que se enfoca en el examen de los principios y fundamentos que sustentan dicho conocimiento.

Además de esto, la epistemología puede definirse como el estudio crítico de la justificación del conocimiento: cómo llegamos a conocer algo y cómo justificamos la validez de ese conocimiento. Según Bernal (2010), esta disciplina es una rama del saber que reflexiona sobre la ciencia misma o sobre su producto: el conocimiento científico. La epistemología está intrínsecamente relacionada con la posibilidad de conocer el mundo, abordando las formas en que ese conocimiento es estructurado y adoptado por un sujeto que busca comprender un objeto de estudio específico. De esta manera, se centra en los orígenes, las formas y los alcances del conocimiento humano, como lo señalan Luis Castro, Miguel Ángel Castro y Julián Morales (2016).

En consecuencia, los supuestos epistemológicos son entendidos como aquellos principios fundamentales que guían la postura del investigador frente a su objeto de estudio y representan las bases sobre las cuales se construye el enfoque metodológico de la investigación (Sautu et al., 2005). En términos generales, la epistemología se define como

el análisis profundo del conocimiento científico, al estudiar sus presupuestos filosóficos, los orígenes del conocimiento, los valores implicados en su creación, la estructura lógica de las teorías, los métodos de investigación y las formas en que se interpretan y explican los resultados.

También incluye el estudio de la relación entre la teoría y lo empírico, la definición y validez del objeto de estudio, las estrategias de verificación y falsación, así como los contenidos y alcances de la explicación e interpretación de los fenómenos investigados (Batthyány y Cabrera, 2011; Sautu et al., 2005).

Una reflexión más profunda sobre el tema la presenta Hugo Zemelman (2021), quien, a través de lo que denomina “pensamiento epistémico”, aborda una postura o actitud en la que cada sujeto es capaz de construir frente a las circunstancias que desea conocer. La pregunta clave aquí es cómo se debe posicionar un sujeto frente a aquello que quiere conocer.

El pensamiento epistémico se entiende, por lo tanto, como el proceso mediante el cual se resuelve la relación entre el pensamiento y la realidad que se desea nombrar o comprender. Su centralidad radica en las preguntas, más que en los verbos o las definiciones que caracterizan el conocimiento sobre un aspecto de la realidad. Según Zemelman (2021), las categorías del pensamiento epistémico permiten construir una relación entre el pensamiento, las ideas y la realidad, a través de la formulación y construcción de un problema:

Permiten plantearme esto que, de manera abstracta, he llamado “colocarse frente a la realidad”. Pero, en términos más concretos, ¿qué es colocarse frente a la realidad? Significa construir una relación de conocimiento, la cual es el ángulo desde el que yo me comienzo a plantear los problemas susceptibles de teorizarse […]. Pero ¿qué significa, a su vez, esto? Significa que si yo me estoy colocando frente a las circunstancias que quiero estudiar sin precipitar un juicio en términos de construir un predicado ya predeterminado con contenido sobre aquello que no conozco, entonces estoy distanciándome de la posibilidad de anticipar nombres teóricos a un fenómeno que no conozco; y ese distanciamiento frente a la realidad para no precipitar juicios teóricos que se van a expresar en enunciados predicativos, es lo que en términos más amplios podríamos llamar “Problema” (pp. 238-239).

Dado que la realidad siempre se encuentra tanto dentro como fuera de los límites del conocimiento, para poder reconocer esa realidad que escapa a lo que comúnmente se considera como “lo real” en ámbitos como la economía, los sistemas políticos, entre otros, es necesario aplicar un razonamiento más profundo. Este razonamiento debe ser capaz de romper con los estereotipos, los preconceptos y lo evidente. Esta es precisamente la función que Zemelman atribuye al pensamiento epistémico, el cual consiste en plantear problemas a partir de lo que se observa, pero sin reducirlo o limitarlo a esta observación. En lugar de quedarse en lo inmediato, el pensamiento epistémico busca profundizar en la realidad y reconocer las potencialidades ocultas, aquellas que permitirán construir un conocimiento capaz de ofrecer posibilidades alternativas para la construcción de la sociedad.

En las ciencias sociales, existen diversas corrientes epistemológicas que orientan la forma en que se entiende el conocimiento y cómo se investigan los fenómenos sociales. A continuación, se presentan las principales corrientes, enfoques o perspectivas epistemológicas en las ciencias sociales:

  • Positivismo
  • Empirismo
  • Neopositivismo
  • Constructivismo
  • Marxismo
  • Teoría crítica
  • Estructuralismo
  • Posestructuralismo
  • Fenomenología
  • Humanismo
  • Pragmatismo

Es fundamental destacar la interrelación entre la ontología y la epistemología en el conocimiento y la investigación en ciencias sociales. Ambos aspectos, aunque diferenciados, están intrínsecamente conectados, ya que la manera en que se entiende lo que existe (ontología) va de la mano de cómo se conoce e interpreta esa realidad (epistemología). Cuando el investigador se enfrenta al desafío de conocer y explicar la realidad social, debe elegir una postura ontológica que guíe la definición de su objeto de estudio, así como un enfoque epistemológico que permita construir, validar y justificar el conocimiento generado. En este proceso, es esencial reflexionar sobre las implicaciones de cada corriente epistemológica, pues cada una no solo define el objeto de estudio, sino también los métodos, las técnicas y las formas de interpretar la información y los datos.

De este modo, al abordar los fenómenos sociales, se trata de determinar qué es lo que se investiga, pero también de cómo se puede acceder a ese conocimiento, cómo se justifica su validez y, finalmente, cómo contribuye a la construcción de nuevas formas de comprensión de la realidad. La elección entre las diferentes corrientes epistemológicas –como el positivismo, el constructivismo o el marxismo, entre otras– refleja, en última instancia, las distintas formas en que los seres humanos intentan comprender e interactuar con el mundo.

1.4.3. Metodología

Como se mencionó anteriormente, la ciencia se define como un conocimiento metódico acerca de la realidad, lo que implica que la ciencia no solo se basa en el conocimiento, sino también en un método. Esta palabra remite a un vocablo griego (meta, más allá’; odos, camino’) denotativo de Aristóteles aplicado a una vía para llegar al conocimiento verdadero siguiendo una secuencia de pasos, acciones o asimilaciones ordenadas (Moradiellos, 2017).

Asimismo, el concepto método hace referencia al camino, el procedimiento o la estrategia empleados para alcanzar un objetivo o conseguir un fin. Se trata de un modo específico de aproximarse a los objetos de estudio, de avanzar hacia ellos para descubrir su verdad inherente desde su comprensión. Por lo tanto, el método es “algo mucho más complejo que una simple secuencia unidimensional de pasos” (Marradi, 2007, p. 52), se trata de una serie de principios, preceptos o suposiciones secuenciales que permiten ordenar o guiar el proceso de conocimiento, lo que proporciona claros conceptos de los hechos, fenómenos o procesos por conocer. Por esta razón, el método se entiende como un “conjunto de procedimientos teóricos y observacionales utilizados para obtener conocimientos científicos” (Castro et al., 2016, p. 25).

Un aporte fundamental de ello en el campo de las ciencias sociales es la dualidad que destaca Juan Samaja (2004). De acuerdo con el autor, el método puede entenderse de dos formas complementarias: por un lado, como un conjunto de acciones orientadas al descubrimiento o la adquisición de nueva información, lo que denomina el “modo de descubrimiento”; por otro lado, puede ser visto como un conjunto de procedimientos dirigidos a la validación del conocimiento adquirido, lo que él denomina el “modo de validación”. Esta distinción subraya que, mientras que el proceso de descubrimiento se enfoca en generar nuevas ideas o teorías, el proceso de validación tiene como objetivo verificar la solidez y la fiabilidad de dichas ideas, asegurando que los hallazgos sean aplicables y relevantes en el contexto social y científico. De este modo, ambos aspectos del método trabajan en conjunto para avanzar en el conocimiento científico de manera rigurosa y coherente.

Existe una pluralidad de métodos a partir de los supuestos ontológicos y epistemológicos que responden a los distintos enfoques y paradigmas en ciencias sociales; los principales que hoy están presentes en el conocimiento de la realidad social –complementando la propuesta de Bernal (2010)– son los siguientes:

  • Dialéctico
  • Fenomenológico
  • Semiótico
  • Axiomático
  • Inductivo
  • Deductivo
  • Inductivo-deductivo
  • Hipotético-deductivo
  • Analítico
  • Sintético
  • Analítico-sintético
  • Histórico
  • Descriptivo
  • Comparativo

Derivado de ello, la encargada de estudiar y aplicar estos procedimientos o caminos es la metodología, comprendiendo, definiendo y sistematizando las acciones cognitivas necesarias para la producción del saber. La metodología permite a los investigadores y científicos seleccionar y aplicar los enfoques más adecuados según el objeto de estudio, asegurando que el proceso de investigación sea riguroso y eficiente. La metodología, por lo tanto, no solo describe los pasos que seguir en el proceso de investigación, sino que también justifica las elecciones realizadas en función de los objetivos de la investigación, los enfoques teóricos y las características del fenómeno social bajo estudio. Por consiguiente, la metodología es entendida como “la armadura interna del saber científico” (Castro et al., 2016, p. 27).

Es crucial señalar que, en las ciencias sociales, la metodología no es un proceso lineal ni rígido, sino que debe ser flexible y adaptativo, dado que las realidades sociales son complejas y multifacéticas, lo que requiere una constante reflexión sobre el cómo y el porqué de los métodos empleados. Entonces, una definición más amplia de la metodología es la que señala que esta

fija los criterios de construcción, verificación y demostración de aquello que estamos investigando. Es muy importante diferenciar la pura técnica como simple actividad mecánica, de la investigación en sí misma, en la que deben aparecer como elementos dominantes los criterios utilizados en el proceso demostrativo o de verificación. […]. El estudio de la metodología científica se aborda mediante la búsqueda de orientaciones epistemológicas, es decir, de los criterios comunes que guían los diferentes trabajos de investigación (Castro et al., 2016, p. 25).

Se puede decir que la metodología “está conformada por procedimientos o métodos para la construcción de la evidencia empírica” (Sautu et al., 2005, p. 37). Es decir, su función es adecuar los principios generales de las orientaciones teórico‐metodológicas a los requerimientos de la producción de la evidencia empírica, la cual a su vez está condicionada por la denominada “base empírica”, es decir, de dónde proviene la información o los datos y cómo es posible acceder a ellos (Sautu et al., 2005).

Para llevar a cabo los procedimientos que ordenan la relación entre la realidad y su conocimiento, es necesario recurrir a una serie de operaciones, reglas e instrumentos que facilitan la aplicación adecuada del método o los métodos correspondientes. A estos procedimientos se los denomina “técnicas de investigación”. Así, la metodología se encarga no solo del estudio de los métodos, sino también de la aplicación de estas técnicas, que permiten establecer la interacción entre el investigador y el objeto de estudio (Della Porta y Keating, 2021). Las técnicas de investigación son, por tanto, los procedimientos mediante los cuales se recogen los datos o la información empírica, lo que, a su vez, otorga validez a las ideas sobre el fenómeno investigado.

No obstante, la elección, el manejo y la interpretación de estas técnicas dependen de los enfoques epistemológicos y ontológicos subyacentes. En este sentido, la metodología puede entenderse como el campo que aborda no solo las técnicas y herramientas de investigación, sino también el modo en que se utilizan, asegurando que cada paso del proceso de investigación se sustente en una base teórica coherente. Entonces, es crucial tener en cuenta que, como señala Rojas (2013, p. 94), “cuando se realiza una investigación (teórica o empírica), la técnica debe adecuarse al método que se utiliza, lo cual presupone la existencia de una conexión entre ambos”.

Estas técnicas metodológicas se clasifican por la manera de representar las evidencias empíricas en cuantitativas y cualitativas. A continuación, se distinguen sus atributos de acuerdo con Sautu (2005).

1.4.3.1. Metodología cuantitativa

La investigación cuantitativa, cuyos medios fundamentales incluyen la encuesta y el análisis estadístico de datos secundarios, se basa en la premisa de que es posible y válido abstraer aspectos teóricamente relevantes de la realidad para analizarlos en su conjunto, con el objetivo de identificar regularidades y constantes que respalden generalizaciones teóricas sobre las cuales se diseñan modelos; por lo tanto, conceptos como “representatividad estadística”, “operacionalización”, “regularidades”, “pautas” y “generalidad” son centrales. Esta metodología se caracteriza por el uso extensivo del método experimental, que permite establecer relaciones causales y validar hipótesis en contextos controlados; además, busca proporcionar una comprensión generalizada, clasificable y medible de los fenómenos y hechos sociales.

1.4.3.2. Metodología cualitativa

La investigación cualitativa, cuyas herramientas predilectas son el enfoque etnográfico y el análisis de textos, se fundamenta en la idea de la unidad de la realidad, lo que la hace holística y le otorga fidelidad a la perspectiva de los actores involucrados en esa realidad. Este enfoque es propio de aquellos estudios que buscan comprender el funcionamiento global de un fenómeno, de los estudios que intentan describir o explicar un proceso en el que la generación, la emergencia y el cambio son aspectos clave para entender el tema en cuestión, así como de aquellos en los que el “lenguaje” es una parte constitutiva central del objeto de estudio; por tanto, “totalidad”, “tiempo”, “lenguaje”, “interacción” e “interconexión” son conceptos clave. Esta metodología se caracteriza por los análisis en los que la interacción mutua entre actores, la construcción de significados y el contexto en el que se desarrollan las acciones son fundamentales; además, prioriza, entre otras cosas, los estudios de caso basados en entrevistas no estructuradas, la observación, la narrativa y el análisis del discurso.

De esta clasificación se derivan algunas técnicas y herramientas metodológicas, como se enlistan a continuación.

CuantitativasCualitativas

Métodos y modelos estadísticos

Encuestas

Matriz de datos

Pruebas y modelos psicométricos

Muestreos

Indicadores y métricas

Análisis de datos secundarios estadísticos

Cuestionarios

Entrevistas (estructuradas, semiestructuradas, en profundidad o interpretativas)

Estudios etnográficos

Observación participante y no participante

Análisis documental y audiovisual

Grupos focales y grupos de discusión

Análisis del discurso

Historias de vida o biografías

Acción participativa

Karina Batthyány y Mariana Cabrera (2011) planteaban si era posible utilizar ambos enfoques o clasificaciones de técnicas en una misma investigación y, aunque existen diversas posturas al respecto, en los últimos años ha surgido una perspectiva que considera viable, e incluso benéfica y provechosa, la combinación de ambos enfoques. Esta perspectiva ha sido denominada “metodología mixta”, y, como señalan Hernández Sampieri, Fernández Collado y Baptista Lucio (2014, p. 533), “la meta de la investigación mixta no es reemplazar ni a la investigación cuantitativa ni a la cualitativa, sino aprovechar las fortalezas de ambos enfoques, combinándolos de manera estratégica y tratando de minimizar sus debilidades potenciales”. Este tipo de metodología representa

un conjunto de procesos sistemáticos, empíricos y críticos de investigación que implican la recolección y el análisis de datos cuantitativos y cualitativos, así como su integración y discusión conjunta, para realizar inferencias producto de toda la información recabada (metainferencias) y lograr un mayor entendimiento del fenómeno bajo estudio (Hernández et al., 2014, p. 534).

La gran disyuntiva que aún persiste en el desarrollo de esta postura radica en la forma de procesar la interrelación entre las metodologías. Si bien existen diversas propuestas que profundizan y detallan los desafíos que surgen en este dilema, una de las más destacadas es la desarrollada conceptualmente por Eduardo Bericat (1998), quien propone las estrategias básicas de integración: la complementación, combinación y triangulación.

Complementación. Esta estrategia se basa en la intención de obtener dos imágenes distintas de la realidad social que interesa al investigador. Dado que cada metodología, A y B, ofrece perspectivas y características propias, y revela aspectos diferentes de la realidad, la investigación puede enriquecerse al aplicar ambas metodologías y sus respectivas técnicas de manera paralela. Su finalidad es estrictamente aditiva, ya que no busca la convergencia ni la confirmación de resultados, sino contar con dos visiones que, al combinarse, amplían la comprensión de los hechos y procesos. En este caso, se trata de la complementariedad de dos enfoques metodológicos distintos.
Combinación. La estrategia de combinación se basa en la idea de que los resultados obtenidos a través de una metodología A pueden mejorar la implementación de algún componente o fase de una investigación realizada con la metodología B, lo que, a su vez, eleva la calidad de los resultados obtenidos con la segunda metodología. Así, existe un vínculo metodológico entre ambas, una integración estricta de los enfoques. Las fortalezas de un método se utilizan para compensar las debilidades del otro, lo que enriquece el proceso de investigación en su conjunto.
Triangulación. A diferencia de las estrategias anteriores, la triangulación se distingue porque ambas metodologías, A y B, se orientan hacia el cumplimiento de un mismo objetivo de investigación. Es decir, ambas se organizan para abordar el mismo fenómeno social, con el fin de reforzar la validez de los resultados. Cuando dos metodologías diferentes conducen a resultados similares, se incrementa la confiabilidad de la interpretación del fenómeno y su resultado. En este caso, el componente integrador se basa en la posible convergencia o divergencia de los resultados obtenidos con cada metodología, a diferencia de la estrategia de combinación, que se enfoca en el enlace metodológico entre ambas.

En muchos de los casos, los investigadores están más preocupados por justificar y evidenciar la validez de su trabajo conforme a las reglas del método y las técnicas de investigación que en explorar las características que determinan la realidad que quieren conocer. Como mencionan Elssy Bonilla-Castro y Penélope Rodríguez (2013), a menudo se enseñan estos métodos como si fueran instrucciones que, seguidas cuidadosamente, permiten “ensamblar” la realidad que se estudia bajo la suposición de que, al cumplir con estas reglas, se garantiza la aceptación y validación dentro de la comunidad científica, sin importar que sus conocimientos y hallazgos trasciendan socialmente, lleguen a ser relevantes para el resto de la sociedad o contribuyan a una comprensión más amplia de la realidad. Con ello, se puede llegar a la falacia de pensar que el método reemplaza la capacidad crítica y reflexiva del investigador. El aprendizaje de técnicas y herramientas sofisticadas, como las estadísticas y los sistemas informáticos, no debe sustituir la formación integral que permite pensar, comprender y analizar la sociedad, considerando sus dimensiones históricas y las contradicciones entre los distintos grupos sociales. Por esta razón, la metodología en las ciencias sociales puede caer en un mecanicismo que coloca el instrumento como fin en sí mismo, dejando de lado la reflexión sobre la calidad de la información y los procesos de interpretación que realmente fundamentan el conocimiento producido.

En resumidas cuentas, si bien hay quienes utilizan frecuentemente métodos de investigación y técnicas de investigación como intercambiables, lo preferible es diferenciarlos. Así pues, continuando con los aportes de Ruth Sautu (2005), se puede distinguir al método como modo de hacer, un procedimiento, generalmente regular y ordenado. Mientras que las técnicas de investigación son las herramientas y habilidades de tipo instrumental que sirven para seleccionar, recolectar, procesar y analizar los datos que se realizan bajo una orientación definida; en otras palabras, la técnica permite acercarse un poco más a la etapa empírica de la investigación.

En síntesis, la metodología es una rama de la lógica que se ocupa de la aplicación de los principios de razonamiento a la investigación científica y filosófica; es el estudio de los métodos, desde sus fundamentos epistemológicos hasta los problemas de medición, observación o comprobación; además, es un sistema de métodos en una ciencia particular que discute los fundamentos epistemológicos del conocimiento, el papel de los valores, la idea de causalidad, el papel de la teoría y su vinculación con lo empírico, la definición y la validez o aceptabilidad del recorte de la realidad, el uso y el papel que juegan la deducción e inducción, cuestiones de verificación y falsación y los contenidos y alcances de la explicación e interpretación.

La metodología aborda el método que seguir (el procedimiento) y las herramientas y técnicas de investigación (los medios) apropiadas para aplicar a fin de concretar las etapas del procedimiento y la relación del sujeto de conocimiento con el objeto de estudio con la finalidad de construir la evidencia empírica del conocimiento e investigación. Es decir, la metodología de la investigación social es interpretada como la suma de los métodos y las técnicas desde donde se establece la unidad armónica entre teoría y práctica.

1.4.4. Teoría

Para Jaime Osorio (2016), estamos en una época en la que el discurso posmoderno da por sentada la desvalorización de la teorización y le da vuelo a un relativismo discursivo en el que “todo se vale”, una época en la que importa más la estética del discurso que su consistencia y capacidad explicativa de la realidad, predominan los llamados a “ir a la realidad concreta”, se mistifica el dato, se asume una postura empirista ingenua frente a la propia noción de “realidad” y se le otorga a la información un poder omnicomprensivo. Esta situación ha generado la necesidad urgente de restablecer el papel central de la teoría en el estudio de la realidad social, ya que, sin una adecuada interpretación teórica, como señalan Karina Batthyány y Mariana Cabrera, no es posible “despojarse del conocimiento común y del saber inmediato acerca del tema a investigar” (2011, p. 27).

No obstante, uno de los principales desafíos para recuperar la relevancia de la teoría es la dificultad para comprenderla, así como el complejo proceso de su conocimiento. Como señala Nélida Archenti (2007), la propia definición de “teoría” genera una paradoja, ya que está inevitablemente condicionada por la perspectiva teórica desde la cual se la aborda. Esto contribuye a que “teoría” sea visto como un concepto polisémico, dado que no existe una única interpretación de lo que significa. Sin embargo, lo que prevalece en este debate es que existen múltiples definiciones de “teoría”, cuya aparente arbitrariedad está, en realidad, limitada por el contexto teórico que la sustenta. De esta manera, adherirse a una definición particular de “teoría” implica, de alguna forma, adherirse a una corriente teórica específica.[4]

Dicho de otro modo, el desafío radica en su utilidad más que en su definición en sí misma, dado que los diferentes usos del término en diversos contextos de interacción dificultan una definición universal. Como bien apunta Archenti, el término “teoría” se transforma según el marco en el que se utilice, y es en este sentido en que su utilidad se vuelve más relevante que su posible definición.

A veces hace referencia al pensamiento de un autor o de una corriente de pensamiento (la teoría marxista, la teoría psicoanalítica), otras alude a la obra de diversos autores relativa a una temática en particular (la teoría de la democracia, la teoría de la dependencia), también refleja contenidos metodológicos (la teoría general, las teorías de alcance medio) y otras veces se lo equipara al concepto de paradigma, en tanto una visión, cosmovisión o forma de comprender la realidad social (2007, p. 61).

Muy a pesar de esto, hay indicios de un posible consenso respecto a la principal cualidad o atributo de la teoría, su capacidad para “abrir un camino que conduce más allá de las observaciones, apuntando a develar relaciones entre los fenómenos que no son objeto de la experiencia inmediata” (Archenti, 2007, p. 62). Puesto que, como advierten tanto Sergio Bagú (1997) como Hans Joas y Wolfgang Knöbl (2016), el proceso de creación científica no puede reducirse al empirismo absoluto, ya que, aunque el investigador se base en la experiencia para guiar su camino, las observaciones empíricas, incluso las más simples, siempre están impregnadas de afirmaciones teóricas. Así, la experiencia no puede considerarse un proceso aislado, sino que siempre está mediada por enunciados teóricos que influyen en la interpretación y construcción del conocimiento. Es decir, “la existencia de la teoría garantiza que los estudios de las ciencias sociales no se limiten a efectuar una mera descripción empírica y subjetiva de los hechos estudiados” (Sáez, 2008, p. 56).

En este sentido, la teoría se presenta como un proceso del pensamiento que “consiste en poner de manifiesto lo oculto, dando nacimiento al descubrimiento científico”, adoptando tanto la forma de la explicación como la de la interpretación (Archenti, 2007, p. 62). De este modo, la teoría no solo sintetiza lo que ya se conoce, sino que también tiene la capacidad de “imaginar dinámicas básicas hasta entonces no sospechadas o apenas vagamente intuidas” (Bagú, 1997, p. 116). De acuerdo con esto, las teorías son

ideas, construcciones acerca de un aspecto o elemento de la realidad percibida (y culturalmente construida). Consiste en proposiciones (oraciones) acerca de cómo funciona una parte del mundo que con frecuencia postulan relaciones entre conceptos que se refieren a hechos o sucesos, y/o procesos (Sautu et al., 2005, p. 68).

Ahora bien, la teoría sobre la realidad social, también llamada teoría social, en términos específicos, se puede entender como un sistema de ideas que buscan explicar y comprender la vida social. Se trata de una visión sistemática y comprensible sobre cómo funciona el mundo, que va más allá de lo que se puede observar o medir directamente. La teoría social es, por tanto, un conjunto de proposiciones lógicamente interrelacionadas de las cuales se derivan implicaciones que sirven para explicar de manera sistemática el porqué y el cómo de ciertos fenómenos sociales (Sautu, 2005; Hernández et al., 2014). Es decir, la teoría social proporciona herramientas que permiten identificar y establecer patrones, uniformidades, estructuras, leyes y relaciones subyacentes en los comportamientos y procesos sociales.

Aunque esta noción de “teoría” se enfoca en su capacidad explicativa sobre ciertos aspectos de la realidad, es importante señalar que este proceso no depende únicamente de la teoría en su función de exponer y comprender, tarea atribuida a un conjunto de constructos o conceptos; más bien, depende de la interpretación o significación misma de estos conceptos, es decir, de cómo los conceptos seleccionados para el análisis contribuyen a dar sentido y estructuran la “lectura” de la realidad. De esta manera, la teoría no solo busca explicar, sino también interpretar y atribuir significado a los fenómenos sociales estudiados, es decir, es lo que define la posición del sujeto ante la realidad. En palabras de Zemelman, la teoría puede ser entendida “como la capacidad del ser humano de formular atributos a los fenómenos” (2021, p. 238).

Es importante entender que, aunque la teoría social es una abstracción, solo tiene sentido si se relaciona de manera directa con la realidad concreta. En otras palabras, la teoría no es una mera idea especulativa, sino que debe ser comprobada a través de la observación, la investigación, el análisis, la aplicación o su puesta en práctica en la realidad social. Es mediante la comprobación o su relación con la realidad empírica como las teorías pueden ser validadas o ajustadas, permitiendo que contribuyan efectivamente al conocimiento, la comprensión y la actuación en los procesos sociales y que se conviertan en un recurso para la conducción de la vida humana.

La teoría cumple un papel fundamental en la investigación al establecer las pautas generales que guían todo el proceso investigativo. Esto se debe a que la teoría influye directamente en la forma en que se concibe la realidad en estudio, proporcionando un marco que orienta la investigación. A través de este marco teórico, el investigador es capaz de identificar y desentrañar las características del objeto de estudio, comprendiendo sus diferentes aspectos y las relaciones que lo integran. Por ello, como plantea Villoro: “Una teoría es preferible a otra cuando explica un mayor número de elementos del explicandum (el hecho o situación por explicar), con términos más precisos y de manera que no entre en conflicto con otras teorías aceptadas” (2008, p. 34).

En resumen, la teoría social es una forma de interpretar el mundo social para poder actuar en él; es el resultado de un proceso de reflexión y análisis que busca dar cuenta de los fenómenos sociales, mediante “enunciados generales que sirvan para explicar los hechos de conocimiento” (Villoro, 2008, p. 24), representados a través de conceptos. Su pertinencia radica en su capacidad para proporcionar explicaciones coherentes y útiles de las realidades sociales, siempre que estas sean verificadas y puestas a prueba en contextos reales. La teoría social sirve como una herramienta interpretativa, pero además como un punto de partida para intervenir en la realidad social.

1.4.5. Conceptos

El lenguaje común es extraordinariamente rico en representaciones, manifestadas a través de miles de términos con los cuales cualquier hablante puede referirse al mundo y comunicar su pensamiento. Es, por tanto, considerado el instrumento primordial del ser humano para transmitir ideas y experiencias. No obstante, un análisis más detallado del lenguaje común revela que, a pesar de su flexibilidad y riqueza, presenta ciertos problemas que pueden entorpecer o inducir a error cuando se trata de pensar o comunicarse acerca del mundo. Así ocurre, por ejemplo, cuando una misma palabra o término puede referirse a varias cosas o realidades, o cuando una misma cosa o realidad puede expresarse utilizando distintas palabras o términos.

Esta imprecisión del lenguaje común, que constituye en gran parte su grandeza y capacidad de adaptarse a contextos diversos, requiere un uso cauteloso en situaciones que demandan mayor claridad y precisión. Por ello, la ciencia, especialmente la social, consciente de este riesgo, ha aspirado a construir conceptos que fuesen unívocos, que se encontraran perfectamente definidos y descargados de ambigüedades, sesgos subjetivos, dobles sentidos, polisemias, etcétera (Castro et al., 2016), y que se convirtieran en las herramientas fundamentales para organizar y expresar las ideas con las que los investigadores puedan comprender, analizar y explicar la realidad social.

Si bien existen diversas reflexiones y enfoques sobre el significado y la utilidad de los conceptos en la producción de conocimiento, en términos generales se puede reconocer que su papel central en la actividad científica radica en su “capacidad representativa –su dimensión ontoepistemológica– y en su funcionalidad metodológica, es decir, su estatus como engranaje de una construcción modeloteórica operativa” (Castro et al., 2016, p. 74). Esto significa que los conceptos son herramientas fundamentales que permiten organizar, categorizar y dar forma a los fenómenos que se investigan, facilitando la comprensión y el análisis de la realidad social desde distintas perspectivas.

La utilidad de los términos utilizados para clasificar el mundo social no radica en su correspondencia con la realidad, sino en su capacidad para explicarla (Della Porta y Keating, 2021); por ello son considerados representaciones parciales de la realidad, inherentemente impregnadas de intenciones teóricas que están presentes en los objetos de investigación. Estas representaciones permiten construir nuevos marcos con los que operar y desarrollar la base empírica del conocimiento (Castro et al., 2016), pues son “ideas abstractas que corresponden a formas diferentes de interpretar el mundo, y por lo tanto orientan y delimitan la dirección que tome la investigación (Bonilla-Castro y Rodríguez, 2013, p. 68).

Un ejemplo claro de cómo los conceptos están impregnados de intenciones teóricas es lo que expresa Hugo Zemelman al referirse a algunos conceptos clave en las ciencias sociales, como “poder”, “sujeto”, “masa social”, “dinámica” y “conflicto”. Según Zemelman, los conceptos por sí solos no tienen una significación única y precisa, sino que tienen múltiples interpretaciones según el enfoque teórico que se adopte. Así, muchos de estos conceptos son utilizados prácticamente en todos los textos de las ciencias sociales, aunque las interpretaciones teóricas puedan ser muy diferentes. Como menciona Zemelman:

El concepto de conflicto, por ejemplo, está presente en Marx y está presente en Parsons, por citar simplemente dos autores de referencia distantes entre sí teóricamente. En ambos se habla de conflicto, en ambos se habla de equilibrio, pero con significaciones muy diferentes porque los discursos teóricos son distintos (Zemelman, 2021, p. 238).

Este ejemplo muestra cómo un concepto puede adquirir diferentes significados según el enfoque teórico en el que se inscriba, lo que resalta la importancia de comprender que los conceptos no son neutrales ni universales, sino que están siempre teñidos de las intenciones y los presupuestos teóricos que los sustentan. Por ello los llama “conceptos teóricos”.[5] Esta dinámica de interpretación resalta cómo, en las ciencias sociales, el proceso de definir y utilizar conceptos no solo implica una descripción de la realidad, sino también una forma de organizarla, interpretarla y, en muchos casos, intervenirla.

Por otra parte, como subraya Sartori (2013), un concepto también es entendido como una unidad de pensar que se expresa lingüísticamente a través de un término. Es, en definitiva, el punto de partida para construir una representación estructurada del objeto de estudio. Gómez (2005) también enfatiza que, dado que los conceptos son unidades básicas del conocimiento científico, representan una herramienta de organización del pensamiento por medio de la cual se interpreta y organiza la realidad. De esta manera, los conceptos no son simplemente una serie de términos aislados, sino un conjunto de afirmaciones lingüísticas que sirven de puente entre el pensamiento abstracto y la observación empírica, lo que lleva a la idea de entenderlos como

los ladrillos de nuestro pensamiento y, a la vez, los instrumentos de nuestros juicios. De una u otra manera –y sea cual sea nuestra toma de posición filosófica–, a través de ellos representamos la realidad, la percibimos, la moldeamos, la pensamos, nos comunicamos mensajes sobre ella y la manipulamos, y todo ello con más o menos éxito de acuerdo con nuestros intereses pragmáticos (Castro et al., 2016, p. 75, cursivas del original).

En suma, los conceptos son construcciones que facilitan la interpretación y organización de los fenómenos sociales de manera estructurada, realizada por un sujeto cognoscente que pertenece a una comunidad científica específica; están históricamente condicionados y estrechamente relacionados con las estructuras sociales en las que se insertan y no son neutrales, más bien reflejan visiones particulares del mundo influenciadas por el contexto cultural, político e histórico en el que se desarrollan. Esta perspectiva implica que el conocimiento generado a través de ellos está marcado por las características y los intereses de las comunidades que los producen, lo que puede afectar tanto su interpretación como su aplicabilidad en diferentes contextos.

De acuerdo con Hugo Zemelman (2013), para seleccionar los conceptos de manera adecuada, es necesario realizar una reflexión crítica sobre los marcos teóricos utilizados como referencia. Este proceso implica analizar los conceptos no solo por su capacidad explicativa, sino también por el tipo de “fragmento” de la realidad que representan, ya que los conceptos influyen en la manera en que se entiende y estructura la realidad. En este sentido, es esencial diferenciar entre la función explicativa de un concepto, que describe un fenómeno, y su función epistemológica, que está relacionada con cómo el concepto contribuye a la construcción del conocimiento sobre esa realidad. Esta doble cualidad se puede expresar de la siguiente manera:

  • Desde su función explicativa, un concepto contribuye a comprender la realidad que se está investigando.
  • Desde su función epistemológica, un concepto no solo explica algo, sino que también estructura y moldea la manera en que se conoce y se entiende esa realidad.

Es decir, el concepto no solo ofrece información sobre la realidad, sino que también influye en cómo se percibe y organiza esa realidad tanto en la mente del investigador como en el proceso de investigación. De esta manera, el uso de los conceptos no debe ser superficial ni limitarse a su definición; más bien debe ser un ejercicio crítico, donde se cuestione y comprenda cómo los conceptos contribuyen a la construcción y visualización del mundo desde una perspectiva específica, orientada por los marcos teóricos adoptados.

En otro sentido, siguiendo las ideas de Luis Castro Nogueira, Miguel Ángel Castro Nogueira y Julián Morales (2016), Gómez (2005) y Sartori (2013), algunas corrientes de pensamiento, especialmente aquellas de corte positivista, proponen diversos tipos o clasificaciones de conceptos científicos en las ciencias sociales; una de ellas es la que distingue entre conceptos empíricos y teóricos.

1.4.5.1. Conceptos empíricos o términos de existencia

Un concepto empírico es un concepto que tiene referentes, es decir, en algún sentido, puede ser reducido a elementos observables; en otras palabras, estos conceptos pueden ser percibidos de alguna manera y evaluados (validados, invalidados o modificados) por medio de observaciones. Estos conceptos suelen ser denominados también “términos de existencia” o de “observación”, pues se asumen como algo evidente y se refieren a consideraciones experienciales, por lo general vagas. Ejemplos de este tipo de conceptos en distintas áreas del conocimiento social son “recursos renovables”, “oferta”, “demanda”, “densidad demográfica”, “autoridad”, “inflación”, “producto interno bruto”, “energías alternativas”, “eficiencia terminal”, “nivel de alfabetización”, “ansiedad”, “movilidad social”, “esperanza de vida”, “tasa de desempleo”, “informalidad” y “abstención electoral”.

1.4.5.2. Conceptos teóricos o idealizados

Los conceptos que no tienen referentes directos se consideran conceptos teóricos. Estos conceptos están asociados a una teorización y se definen según la función que desempeñan dentro de la teoría que los emplea. A diferencia de los conceptos empíricos, no se vinculan con un contenido empírico específico. En la filosofía y las ciencias sociales, existen numerosos términos teóricos que son difíciles de trasladar a referentes concretos. Estos conceptos se distinguen por el contenido teórico que representan, el cual alude al conjunto de propiedades y relaciones que comprenden, más que a lo que se observa directamente. En general, se trata de representaciones abstractas o modelos ideales que sirven para entender cómo deberían funcionar las estructuras o los procesos sociales bajo condiciones óptimas, aunque no siempre reflejan la realidad tal como es observada. Algunos ejemplos de estos conceptos en las ciencias sociales son “estructura social”, “hegemonía”, “poder”, “democracia”, “equilibrio general”, “salud”, “mercado”, “cambio climático”, “bienestar social”, “sostenibilidad”, “violencia”, “justicia social”, “desarrollo territorial” y “cambio social”.

1.4.5.3. Crítica a los tipos de conceptos

La clasificación entre conceptos empíricos y teóricos resulta controvertida, en algunos casos inviable y hasta refutable. Esto se debe a que ambos tipos de conceptos dependen en gran medida de los enfoques adoptados, los campos de conocimiento involucrados y, sobre todo, cómo se construyen y utilizan. Desde algunas perspectivas, especialmente en enfoques críticos y constructivistas, no es posible disociar la teoría de la realidad empírica y concreta, pues la construcción de la evidencia empírica depende en gran medida de la teoría misma. En este sentido, los conceptos no solo reflejan la realidad observable, sino que también son producto de las interpretaciones y construcciones teóricas que los enmarcan. Además, las ciencias sociales, en particular en sus enfoques más analíticos y especulativos, a menudo han mostrado que gran parte de sus conceptos carecen de una identificación empírica clara, evidenciando ambigüedades, equívocos y polisemia (Castro et al., 2016). Entonces, la rígida clasificación entre conceptos empíricos y teóricos puede resultar simplificadora, y no captar adecuadamente las complejidades y ambivalencias inherentes a los fenómenos sociales que se intentan estudiar.

Como bien menciona la propia Amparo Gómez (2005), la cuestión en juego no es que se considere que el contenido empírico de las ciencias sociales deba depender de la experimentación estricta y de teorías fuertes. Los recursos empíricos y teóricos pueden ser básicos, elementales, pero deben suponer alguna forma de investigación y teorización controlada.

Un ejemplo de lo que se quiere decir son los conceptos empíricos abordados desde distintas perspectivas teóricas, como “desarrollo social”, cuya definición empírica remite a la investigación y medición de la evolución de la población en intervalos determinados, en relación con factores como los niveles de bienestar y consumo, la accesibilidad y comunicación (distancia a la capital, número de autobuses, trenes, vehículos privados, centros educativos), etcétera, pero teóricamente la sociología lo define como “mejora cualitativa y cuantitativa, económica y social de la sociedad o de una zona determinada”. Otro ejemplo es el término “calidad de vida”, que se define teóricamente como “grado en que una sociedad posibilita la satisfacción de las necesidades materiales y no materiales de los miembros que la componen” y por extensión se refiere a la medición de variables como salud, renta, trabajo, vivienda, educación, ocio, etcétera. En resumen, estos conceptos se establecen por recurso a la investigación empírica y a teorías.

Por otra parte, existen otras caracterizaciones de los conceptos científicos que se distinguen por su función operativa dentro del proceso investigativo, es decir, por la manera en que contribuyen a la construcción del conocimiento y la operacionalización de la investigación. Entre las tipologías más destacadas en esta clasificación, se encuentran los conceptos métricos, comparativos, descriptivos, analíticos, clasificatorios, explicativos y normativos; cada uno de los cuales cumple una función específica y facilita el análisis de diferentes fenómenos sociales, de modo que permite una comprensión más precisa y contextualizada de la realidad que se estudia.

Como puede verse, esta diversidad de conceptos refleja la complejidad y la riqueza de las ciencias sociales, que requieren un amplio abanico de herramientas conceptuales para abordar los distintos niveles de análisis y las múltiples dimensiones de los fenómenos sociales. Por ello, Raúl Rojas (2013) sugiere las siguientes recomendaciones para la adecuada definición de los conceptos:

  • Evitar tautologías. Es decir, definir un concepto por sí mismo, ejemplo: los grupos marginados son los que se encuentran al margen de la sociedad.
  • Emplear un lenguaje claro y sencillo. Evitar términos o palabras poco comprensibles o que puedan dejar dudas sobre su significado.
  • Señalar los aspectos esenciales que caracterizan el fenómeno, el hecho o la situación que se define.
  • Precisar los límites del concepto.
  • La definición debe hacerse de forma afirmativa.
  • Los conceptos deben definirse de conformidad con la perspectiva teórica en la que se ubica la investigación.

1.4.6. En resumen

El conocimiento científico se distingue por tener como objeto de estudio un mundo real y objetivo, el cual puede ser comprendido y analizado desde diversas perspectivas. Este enfoque se basa en la ontología, que se refiere a la naturaleza del ser y la realidad que se busca entender. El conocimiento se asimila de manera consciente, lo que implica un proceso reflexivo y deliberado, y es esta reflexión la que se estudia dentro del campo de la epistemología, que se ocupa de las formas, los límites y los fundamentos del saber.

Para que este conocimiento se convierta en algo sistemático y estructurado, se requieren procedimientos y herramientas específicos, los cuales forman parte de la metodología. La metodología, entonces, establece los caminos y las técnicas para investigar, recolectar datos y analizar fenómenos, asegurando que el proceso de conocimiento sea riguroso, replicable y válido.

Mediante este proceso, las ideas que emergen son generalizadas y sistematizadas, lo que da lugar a teorías que pueden ser verificadas o refutadas a partir de pruebas empíricas. Estas teorías, a su vez, se organizan y representan mediante conceptos, que son las unidades de conocimiento utilizadas para explicar, comprender y compartir el significado de los fenómenos estudiados.


  1. Para Edgar Morin la disciplina es “una categoría organizadora dentro del conocimiento científico; instituye en este la división y la especialización del trabajo y responde a la diversidad de dominios que reciben a las ciencias. Si bien está englobada en un conjunto científico más vasto, una disciplina tiende naturalmente a la autonomía, por la delimitación de sus fronteras, el lenguaje que se crea, las técnicas que debe elaborar o utilizar, y eventualmente por las teorías que le son propias” (2020, p. 111).
  2. De acuerdo con Gonzalo Ordóñez-Matamoros (2024), este cambio otorgó nuevos significados y nociones, al mismo tiempo que fortaleció otras ya existentes. Por un lado, la política (en singular), que continuó siendo el objeto de estudio de la ciencia política, siguió centrándose en los determinantes de las relaciones de poder y las instituciones del Estado, es decir, en el cómo, el quiénes y el porqué del ejercicio del poder político y sus consecuencias. Junto a esta noción, emergen las políticas (en plural), las cuales se refieren a las políticas públicas, también conocidas como policy sciences, como un asunto práctico y un campo de conocimiento autónomo. Estas políticas hacen referencia al diseño de una acción colectiva intencional, y el curso que toma esta acción pública como resultado de las decisiones e interacciones por parte de los distintos actores involucrados en los asuntos públicos. En este sentido, las políticas representan trayectorias de acción orientadas a la solución de problemas, donde incluso la opción de no intervenir se considera una acción que debe ser tomada en cuenta y decidida, ya sea para implementarse o no. Finalmente, también se desarrolló el concepto de “política de las políticas públicas”, que alude a las relaciones de poder y dominación que se configuran en el proceso de interacción entre las acciones gubernamentales y la sociedad. A pesar de las diferencias conceptuales, es evidente que estas nociones están interrelacionadas y no pueden ser separadas, ya que el juego político y la acción pública son dos campos que se cruzan y se refuerzan mutuamente.
  3. Se toma el término de “enfoque” utilizado por Donatella della Porta y Michael Keating (2021), quienes consideran que es un término general, más amplio, que no se limita a la teoría o metodología, sino que incluye la epistemología o los aspectos de la teoría del conocimiento, los objetivos de la investigación (como la comprensión, la explicación o la evaluación normativa) y las “metateorías”, en las que se localizan teorías concretas; además, abarca premisas básicas sobre el comportamiento humano, bien sea el objeto de análisis del individuo o el grupo social y el papel de las ideas y los intereses.
  4. Es importante aclarar que teoría no es lo mismo que marco teórico.
  5. Asimismo, Zemelman aborda la distinción entre concepto y categoría. Como se mencionó anteriormente, los conceptos en las ciencias sociales por sí solos no tienen una correspondencia exacta con la realidad, sino hasta el momento en que son impregnados de intenciones teóricas. Sin embargo, en cuanto a las categorías, la diferencia clave radica en su flexibilidad y falta de precisión en su contenido. Zemelman destaca esta diferencia al señalar que las categorías, a diferencia de los conceptos que componen un corpus teórico, no tienen un contenido preciso ni estático, sino que se caracterizan por poseer múltiples contenidos. En sus palabras, “las categorías pueden ser posibilidades de contenido, pero no son contenidos demarcados, perfectamente identificables con una significación clara, unívoca, semánticamente hablando” (Zemelman, 2021, p. 238). Esta distinción subraya cómo las categorías funcionan como herramientas más amplias y flexibles dentro del proceso de análisis social.


Deja un comentario