Estefanía Cirino y Lara Encinas
Características de las mujeres entrevistadas
Las veinticinco entrevistadas se clasifican en dos grupos: la primera generación, de 11 mujeres, tiene una edad media de 64 años (nacidas entre 1940 y 1955) y la segunda, por 14, de 38 años (nacidas entre 1970 y 1985). Según nivel socioeconómico, 14 mujeres pertenecen a niveles medios (MM) y 11 a estratos medio-bajos (MB). Entre las de más edad, siete están jubiladas y las demás son empleadas domésticas, administrativas, docentes y/o encargadas de edificios. Las entrevistadas de la cohorte joven trabajan como empleadas administrativas (4), empleadas domésticas (2) venta de tortas y artesanías caseras (1) diseñadora gráfica (1) gestora cultural (1), odontóloga (1), investigadora (1) peluquera (1) y en la docencia (2). Tienen en común haber ingresado al mercado de trabajo antes del nacimiento de sus hijos. En algunos casos, quienes se dedicaron a su cuidado a tiempo completo, abandonaron el trabajo pero volvieron a él en cuanto sus hijos crecieron. Esta pausa en la trayectoria laboral ha sido más frecuente en las mujeres de la primera generación, aunque las de estratos medio bajos y las jefas de hogar (por separación de sus parejas) de esa cohorte siguieron con sus actividades económicas.
En lo que se refiere a las mujeres de la segunda generación, las interrupciones en sus recorridos laborales no han sido tan frecuentes, ya que transcurridas las licencias por maternidad, el regreso a sus trabajos ha sido lo habitual.
La mayoría de las entrevistadas de ambas generaciones mantiene su vínculo conyugal: seis están casadas y otras ocho unidas de hecho; estas últimas pertenecen a la segunda generación; tres están divorciadas, dos separadas y una es soltera. La viudez (5) solo aparece en la primera generación. El nivel educativo de las entrevistadas supera el secundario completo (19). En los sectores medios seis son universitarias, cuatro completaron estudios terciarios y dos los abandonaron. En los sectores medio bajos, dos no terminaron el secundario, tres registran primaria completa y una –de la primera generación– primaria incompleta. Casi la mitad de las entrevistadas son propietarias de su vivienda (cinco de la primera generación y siete de la segunda), seis alquilan y, otras siete habitan en viviendas prestadas por familiares, de las cuales tres pertenecen a la cohorte más joven de estratos medios. Viven en su mayoría (18) en barrios del GBA (primer cordón) y siete en la Ciudad Autónoma de Buenos Aires. Una gran mayoría posee cobertura de salud: las que trabajan actualmente tienen afiliación a las obras sociales de sus gremios o cuentan con servicios de salud prepagos. Las jubiladas están cubiertas por el PAMI.
Los cuidados de las mujeres de la primera generación (1940-1955)
Cuidar a los hijos es una tarea que se relaciona directamente con la situación socioeconómica del hogar, la cantidad de hijos, las trayectorias laborales de las mujeres, la inserción de los padres en el mercado de trabajo y el desarrollo de instituciones educativas encargadas de la instrucción y socialización de los niños. A ello se agrega el marco socio-histórico y las prácticas culturales.
La asistencia a los demás opera hoy en un marco de mayor individualización y democratización de las relaciones familiares. En las últimas décadas, las mujeres han aumentado sus años de escolarización y permanecen en el mercado de trabajo afectando las relaciones familiares. Por ello aparece con mayor peso los conceptos de conciliación o corresponsabilidad en el cuidado, lo que supone el desarrollo de estrategias que permitan mantener un equilibrio entre las actividades domésticas, el cuidado y la inserción en el mercado de trabajo.
Las entrevistadas explican que previamente a casarse y tener hijos habían trabajado en tareas administrativas, la mayoría de ellas una vez egresadas de la escuela secundaria. Solo una de las once mujeres cursó estudios universitarios de grado y posgrado, aunque los interrumpió por la llegada de los hijos o por el cuidado de los padres. El abandono del mercado de trabajo para dedicarse al hogar y al cuidado de los niños estaba basado en el cumplimiento del ideal de la maternidad y la unión legal, así lo explica Gladys (60 años, MM): “Renuncié cuando estaba a punto de tener familia y me quisieron tomar otra vez pero yo no tenía con quién dejar a mis hijos, entonces por acuerdo con mi marido habíamos decidido que lo mejor era que yo criara a mis hijos y de ahí en más dejé de trabajar y por más que me presentaron una propuesta para volver a trabajar, me negué”.
Algunas de las mujeres de estratos medios intentaron unir el deseo de ser madre con la permanencia en el trabajo porque el trabajo significaba satisfacer una vocación o desarrollar habilidades sin que ello implicara, necesariamente, lograr autonomía económica. Las mujeres que consiguieron permanecer eran, en general, profesionales que contaban con ayudas domésticas pagas: “Me encantaba trabajar, después tuve otro hijo, seguí trabajando de profesora” (Nina, 71 años, MM). Existe en este punto una diferencia entre las mujeres de niveles socioeconómicos medios y los medios-bajos, ya que las de menores recursos continuaron con sus trabajos, coincidentemente con sus parejas a fin de contribuir al mantenimiento económico del hogar. Esta situación permite comprender la doble tarea realizada, la de trabajadoras y la de amas de casa: “Siempre trabajamos, gracias a Dios mientras fueron chicos trabajábamos y vivíamos en el mismo lugar que trabajábamos, entonces eso me facilitó el poder cuidarlos a ellos y trabajar a la vez, porque en la panadería yo los tenía conmigo, estaban ellos en la vivienda y vos podías ir a cada rato a ver si estaban bien (Aurora, 62 años, MB)”.
Algunas entrevistadas que se separaron cuando sus hijos eran pequeños debieron volver a trabajar de manera remunerada, convirtiéndose en el sostén de su familia, dado que los padres de sus hijos no se hicieron cargo de la cuota alimentaria. Las mujeres separadas de sectores medios contrataron empleadas domésticas que se encargaban del cuidado de los niños o recibían ayuda de vecinas por algunas horas. Las que mantuvieron el vínculo familiar continuaron con trabajos temporarios, como por ejemplo, clases de apoyo escolar en el hogar.
Quienes se dedicaron al rol de madres y trabajadoras fuera del hogar se encargaban de las tareas de cuidado sin contar con ayudas externas: “Estaba ya para tener a G. y con M. chiquitito, mi marido se venía a trabajar a Munro, estaba toda la semana, yo estaba sola con mis hijos” (Aurora, 62 años, MB). “No había nadie, cuando llegamos de Tucumán eran pequeñitos, los llevaba al jardín, volvía rápido a trabajar por hora en un taller y me daban permiso de ir a buscarlos, darle la merienda y volver a trabajar otro poquito” (Elena, 71 años, MB). En ocasiones, dejaban a sus hijos solos en su casa y elegían esta modalidad ya que no les parecía una práctica insegura, aunque afirman que actualmente no hubiera sido posible hacerlo: “Ellos ya ayudaban viste, en casa, un poquito, hacían la cama, o esto, aquello, nos manejábamos con notitas, yo me la pasaba todos los sábados y los domingos, nada más que cocinando para toda la semana para sacarlos del apuro” (Susana, 77 años, MB).
En contraste, otras entrevistadas que reingresaron o se mantuvieron en el mercado de trabajo, contaron en alguna medida con la ayuda de familiares cercanos (madres, suegras) que colaboraron en las actividades puntuales del cuidado: “El nene iba a la escuela primaria, cerquita, casi enfrente de la casa de los abuelos y al lado vivía la madrina, entonces a veces cruzaban los abuelos a buscarlo al mediodía” (Rosana, 61 años, MM).
De todas maneras, es posible advertir la presencia de mandatos sociales que indican, según las entrevistadas, que les corresponde a las madres encargarse del cuidado de sus hijos: “Yo creo que la mamá tendría que tener un poco más de tiempo, porque nacen y están en la guardería, se pierde mucho contacto con la mamá, más unión, se crían muy artificial, sin nada” (Lucía, 60 años, MB).
La distribución sexual del trabajo de cuidado de niños entre las parejas fue, en su mayoría, inequitativo, ya que las mujeres fueron las encargadas de las tareas del hogar y del cuidado de los hijos. En sus testimonios no aparecen críticas a la escasa ayuda de sus parejas, porque se entendía que estas tareas eran una responsabilidad femenina. Algunas de las mujeres que trabajaban fuera del hogar aludían a jornadas extenuantes y cierta irritación por la escasa ayuda brindada por sus cónyuges: “Yo tuve un marido que no me ayudaba en nada, no colaboraba en nada, yo corría todo el día, porque mis hijos iban al colegio, iban toda la semana al club, fútbol, patín, natación, yo tenía que dejar la comida al mediodía y después dejar la comida preparada para la noche porque no me colaboraba mucho (Gladys, 60 años, MM)”.
Y Aurora (62 años, MB) relata: “Mi marido es un tipo muy cómodo, hace poco en la casa, es como que si yo fuera sola, he trabajado mucho en mi vida y he criado a mis hijos, viste, pero bueno, tampoco sirve quejarse”.
Casi todas las mujeres consideran que hoy la situación es diferente ya que se reclama con mayor énfasis una distribución igualitaria del trabajo de cuidado.
Con respecto a la opinión sobre las guarderías o jardines de infantes, muchas entrevistadas decidieron mandar a sus hijos a esas instituciones a partir de los tres o cuatro años de edad: “Iban a un jardín sí, los llevaba, al mayor como vinimos de Uruguay en esa época no lo mandé a jardincito y fue solo a preescolar, en cambio al menor sí, fue desde los tres años” (Aurora, 62 años, MB). En esa época no existían muchas guarderías o salas maternales, por lo que algunas mujeres no podían considerar esa opción. No obstante, quienes conocían su existencia manifestaron que no las eligieron para llevar a sus hijos ya que querían dedicarse ellas al cuidado, sobre todo en las primeras etapas de sus vidas.
En referencia a la contratación de cuidadoras las entrevistadas coinciden en que la crianza de los niños debe estar a cargo de las madres: “No, niñera jamás, no jamás hubiese dejado, sí los mandé cuando tuvieron 3 años a un jardín, pero a sus tres horitas de jardín como cualquier chico” (Marita, 61 años, MM).
Los cuidados de las mujeres de la segunda generación (1970-1985)
La mayoría de las entrevistadas jóvenes ingresa y permanece en el mercado de trabajo luego de la unión conyugal y la llegada de sus hijos. Exceptuando algunos casos, estas mujeres extienden sus licencias luego de los tres meses para cuidar a sus hijos. En los primeros años de la crianza, las mujeres adaptan sus horarios de trabajo, de manera de combinar su tarea remunerada con el tiempo dedicado al cuidado. Así logran continuar con sus actividades y mantener la presencia maternal. En los sectores medio bajos es frecuente que las entrevistadas realicen labores precarias desempeñándolas dentro de sus hogares (elaborando alimentos, manualidades o artesanías). Aquellas que están separadas o divorciadas, independientemente de su nivel socioeconómico, sostienen trabajos de tiempo completo para afrontar el mantenimiento económico de su familia.
También para las jóvenes el estar presentes en el cuidado de sus hijos es una prioridad. Hablan de compartir, crecer con ellos, jugar, escuchar, llevarlos a un cumpleaños, leer juntos. Es por esto que deciden resignar otras actividades para pasar más tiempo con sus hijos. Si bien se vive como un “sacrificio que vale la pena”, las entrevistadas dan cuenta de los cambios que la maternidad implica en sus vidas como el descuido de la salud personal, la pérdida de intimidad con la pareja, los cambios en el cuerpo, la falta de tiempo personal. En lo que respecta al ámbito laboral, aplazan las posibilidades de un mayor crecimiento a cambio de la satisfacción de ser madres presentes. Así lo expresa Lorena (39 años, MM): “Es como que te volvés más doméstica y resignás un poco más de profesión, ¿en qué sentido? Que antes, bueno… mi carrera siempre fue súper importante, y ahora soy mamá”.
Las mujeres jóvenes admiten una mayor presencia de sus cónyuges en las tareas cotidianas de cuidado cuando se comparan con sus madres: “Hay una gran diferencia porque yo tengo a mi marido al lado y puedo contar con él por suerte siempre, pero mi mamá estaba sola y aparte, nada, yo tengo una mamá con quién apoyarme, mi mamá no tenía a su mamá, ni a su papá, no tenía a nadie, estaba sola, así que tengo una gran ventaja (Sara, 30 años, MB)”.
En este sentido, dan cuenta de los cambios que perciben en relación a una mayor autonomía de las mujeres: “Mi mamá fue criada en una sociedad con pensamiento machista, viste, el hombre siempre tenía la razón, es lo que a mí me parece, las cosas cambiaron”, señala Yenny (43 años, MM). No obstante, si bien los varones se encargan de llevar y retirar a sus hijos del colegio, asistir a la consulta médica y a las reuniones de padres, la mayor responsabilidad del cuidado recae en las mujeres. Frente a esta situación, muchas entrevistadas expresan pocos malestares o incomodidades en relación al modo en que se organizan las tareas del cuidado. Tal es el caso de Melina (39 años, MM): “Él tenía ganas de ser padre, él la quiere, la extraña y quiere estar presente, entonces, día por medio está, después en los quehaceres cotidianos, ahora quedó un poco a mi cargo el asunto, pero yo sé y esto fue hablado, yo sé que es así, que si lo llamo para alguna cuestión médica, alguna cosa de C. [hija] que se necesite hacer, él responde”.
En contraste, otras mujeres subrayan que la falta de distribución equitativa del trabajo de cuidado ha derivado en situaciones de conflicto y discusiones con sus cónyuges. Marina (39 años, MM) detalla: “Antes de divorciarme del papá de S., él tuvo un trabajo de mucha responsabilidad y de golpe nos transformamos en algo más tradicional en la que yo estaba a cargo de llevarla, traerla, de hacer todo y él llegaba tarde, eso pasó muy poco tiempo y yo colapsé”. En este sentido, algunas de las entrevistadas reclaman una mayor colaboración de sus parejas en determinadas tareas de cuidado que siempre dependen de ellas como hacer los deberes del colegio: “Los nenes están martes y miércoles con el papá. Le pedí por favor, a duras penas lo hizo, que se ocupe él esos dos días de hacer la tarea, no salir a comprar corriendo la cartulina amarilla que pidió la seño, eso es otra cosa, eso se ocupa mamá, para todo eso y más”, advierte Camila (36 años, MM). Por otro lado, algunas entrevistadas expresan que los padres de sus hijos no asumen casi ninguna tarea de cuidado: “El padre es muy desordenado, o sea, está, no está, viene, va, entra, sale, aparece un día, no aparece un mes, una vez los dejó de ver como cuatro, cinco meses a los chicos”, relata Gisela (44 años, MM).
La mayoría de estas madres permanece en el mercado de trabajo. Como señala Torrado (2003), los cambios en el patrón de participación femenina a lo largo del ciclo vital evidencian el menor peso del matrimonio y la maternidad en el abandono del mercado de trabajo en comparación con la generación previa. El nivel socioeconómico de las entrevistadas es una variable que incide en los motivos que guían su accionar. Para algunas mujeres de estratos medio bajos el trabajo se asocia a la necesidad de contar con un ingreso. Sara (30 años, MB) dice: “A mí me encantaría poder quedarme en mi casa con mi hijo, sería para mí lo mejor, porque los años que uno pierde, después no los recupera más, pero bueno, tengo que trabajar”.
En las mujeres de sectores medios, trabajar es sinónimo de hacer “lo que me gusta”, “lo que amo hacer”, “lo que estudié”. Adicionalmente, asocian el trabajo extradoméstico con el crecimiento, la vitalidad, el aprendizaje en contraposición a las tareas domésticas, que pertenecen al terreno de lo monótono, aburrido y estanco. El modelo de mujer que se desempeña como madre y ama de casa tiempo completo no es deseable (Faur, 2014). A la satisfacción de hacer algo que les gusta se le suma la percepción del ingreso: “Para mí es un motor de vida, porque yo trabajo de lo que me gusta, logré inventarme un universo del que puedo también sacar una remuneración”, relata Melina (39 años, MM).
Algunas de las entrevistadas más jóvenes destacan las diferencias que perciben con sus madres, ya que ellas pudieron optar por seguir trabajando, ya sea por necesidad económica o búsqueda de desarrollo personal: “Noto una gran diferencia, a mí me gusta trabajar, porque me da independencia económica y porque también me siento ocupada en algo y en lo que me gusta porque realmente me gusta hacer eso, sí, hay diferencias en cómo me criaron a mí” (Soledad, 32 años, MB), y Rita (33 años, MM) agrega: “Y creo que estamos en una época distinta con relación a ellos [sus padres], me parece que la diferencia está en que yo seguí trabajando, de alguna manera me pude organizar”.
Para organizar la gestión del cuidado, las entrevistadas cuentan con redes a las que atribuyen una gran importancia, porque implican un apoyo y ayuda tanto instrumental como afectiva. La familia más cercana es la primera opción: la madre, la suegra y la hermana son a quienes recurren más frecuentemente. Las razones para elegir estas ayudas se justifican en la experiencia de sus familiares en el cuidado de niños y en compartir valores sobre la educación: “Yo, por ejemplo, con mi suegra, cuando se lo dejo, sí, estoy tranquila”, relata Lorena (39 años, MM). Y Marina (42 años, MM) expresa: “Siempre mi madre tuvo el cuidado como yo quiero, súper presente, ¿viste? De verdad estar, de verdad leerle, de verdad escucharla, de verdad, no de la tele”.
La mayoría de las mujeres rechaza enviar a sus hijos al jardín maternal. Mencionan los riesgos de delegar el cuidado en una institución por el contagio de enfermedades, el abuso o la violencia. Temen que algo les suceda a sus hijos y prefieren cuidarlos ellas mismas, posponer el ingreso al jardín maternal o acudir a personas de la familia (Esquivel, Faur y Jelin, 2012).
No obstante, cuando no hay otras opciones, algunas mujeres envían a sus hijos a estas instituciones: Lorena (39 años, MM) destaca que el jardín maternal es una buena elección y lo prefiere antes que cualquier otra alternativa: “Me parece que el jardín maternal los activa, les hace bien. Él, por ser hijo único incluso, tiene relaciones con otros nenes de su edad, con otros adultos”.
El resto de las entrevistadas envía a sus hijos al jardín recién a partir de los dos años y medio o tres. Consideran que es una experiencia positiva, tal como lo expresa Gisela (40 años, MM): “Sí, la doble escolaridad es maravillosa porque mi hija está en actividad”. Rita (33 años, MM) afirma del mismo modo: “Me parece que ahora que ya está más grande, es una nena, que bueno, que ya los chicos empiezan a entender a relacionarse, a establecer otros vínculos, y me parece que desde lo social sí está bueno hacerlo, pero a partir de una cierta edad, dos años y medio”.
Cuando se trata de elegir la institución educativa a la que asistirán sus hijos, algunas entrevistadas de nivel medio lo asumen como una decisión importante que se resuelve en función de los intereses de cada familia. Así, Gisela (40 años, MM) relata: “Me dediqué un montón a buscar colegios, tuve muchas reuniones, busqué, pregunté y bueno” y Malena (44 años, MM) sostiene: “Los padres que eligen esa escuela somos gente que nos dedicamos al arte, intelectuales y que nos interesa que estén en una escuela inclusiva, donde por ahí hay chicos de zonas emergentes del barrio y que conviva con realidades distintas y donde haya una bajada de línea, donde haya lugar de juego, donde haya un lugar de estímulo a la literatura, estímulo a la mirada sobre los derechos humanos, con una línea de pensamiento bastante comprometida en lo social”.
La mayoría de las entrevistadas de sectores medios no se siente a gusto con la idea de contratar una cuidadora para atender a sus hijos, aunque algunas de ellas debieron buscar ayudas externas luego de no contar con la asistencia de familiares. Yenny (43 años, MM), considera esta ayuda como un “sostén” que le permite cumplir con su trabajo extradoméstico sin sacar a sus hijos de su hogar. A veces, su hijo mayor colabora con el cuidado de sus hermanos cuando la cuidadora se va. El resto de las entrevistadas no ve bien que los hijos se queden solos. En cambio, algunas mujeres jóvenes de nivel medio bajo deben aceptar esta solución por unas horas mientras ellas trabajan fuera de su casa.
Las mujeres y el Estado: acceso y demandas
El rol del Estado no está muy presente en el discurso de las entrevistadas. De las once entrevistadas de la primera generación, seis indican que la presencia estatal debería aparecer en el cuidado de las personas mayores (ver Capítulo IV). El resto de las mujeres mayores que se refieren al cuidado de niños piden aumentar el número de instituciones de cuidado. Gloria (61 años, MB) dice: “Me parece bien que haya guarderías o jardines maternales, para facilitar a las madres que trabajan, que haya más gratuitos o cooperadoras, porque privados encontrás, pero a veces no podés”.
Algunas entrevistadas demandan que el Estado mejore las condiciones de trabajo de las mujeres: “Las empresas tienen que darles menos horas de laburo a las mujeres que son madres con hijos chicos” (Nina, 71 años, MM).
Al indagar acerca de las opiniones de las mujeres de la segunda generación en relación al accionar del Estado referido al cuidado de niños, las entrevistadas de esta generación reclaman más y mejores servicios de cuidado para los niños sin hacer alusión alguna a su situación personal. La intervención del Estado aparece de un modo general pero advierten ciertas diferencias. Gimena (44 años, MB) indica: “No sé bien qué puede aportar el Estado, acá en provincia, yo no conseguí jornada completa, eso sería muy bueno para las mamás que trabajan. En el colegio de Capital hay jornada completa, yo ahí mandé a Pablo, al de 23 años y a mí me dio mucho más para que pueda trabajar, estudiar y hacer otras cosas”.
Sólo tres entrevistadas plantean que tener acceso a diversas prestaciones otorgadas por el Estado es un derecho. Anabella (31 años, MM) sostiene la importancia del papel del Estado en el cuidado de las personas, pese a que “naturalizamos que es un problema de la familia”.
Otras entrevistadas señalan que no corresponde exigirle al Estado el cuidado de niños dado que cada uno elige cómo formar su familia y responsabilizarse por los hijos que decidió tener.
A modo de conclusión
Frente a la necesidad de combinar el cuidado infantil con las responsabilidades del mercado de trabajo, las familias recurren a diferentes arreglos. La búsqueda de colaboración para el cuidado de los niños –ya sea en la familia cercana, en cuidadoras remuneradas o en instituciones educativas–, la reducción de la jornada de trabajo y las licencias laborales de distinto tipo, son algunas de las alternativas.
Las mujeres son las que asumen la principal responsabilidad en la crianza de sus hijos, aspecto que se relaciona con los roles de género y se sustenta en valores y creencias sobre la maternidad. Un factor importante es el nivel socioeconómico, que incide sobre las formas en las que se organiza el acceso a los recursos materiales.
Los cambios sociales, económicos y culturales que posibilitaron mayores niveles de educación y permanencia en el mercado de trabajo de las mujeres tuvieron efectos importantes en las maneras de concebir la maternidad, aunque puede observarse la persistencia de prácticas de crianza similares a las de sus madres en la etapa inicial de la vida de sus hijos.
Las mujeres de la segunda generación cuentan con el apoyo de sus familiares más próximos por la mayor supervivencia de las personas mayores, aspecto con el que no contaron las mujeres de la primera generación. A ello se agrega una mejor disposición y confianza intergeneracional en torno a los valores relativos a la crianza de los niños. Un papel limitado de los varones en las tareas domésticas, las dificultades de las mujeres para delegar actividades socialmente aceptadas como femeninas y sus sentimientos de culpa por no cumplir con los mandatos maternos de “buena madre y ama de casa”, atraviesa el discurso de las entrevistadas más jóvenes. Paralelamente dejan trascender cierta desvalorización sobre el ejercicio exclusivo del papel de guardianas del hogar (López y Findling, 2012).
Aun así, se observa un avance en la participación masculina en el cuidado de los hijos de las parejas jóvenes con respecto a las de la primera generación.
La construcción de una sociedad más igualitaria no sólo pasa por pensar políticas universales (para aquellos que participan en el mercado formal e informal de trabajo), sino en considerar que el cuidado de los hijos es un derecho de la ciudadanía.
Referencias bibliográficas
Esquivel, V., E. Faur y E. Jelin (2012) Las lógicas del cuidado infantil. Entre las familias, el Estado y el mercado. Buenos Aires, IDES.
Faur, E. (2014) El cuidado infantil en el siglo XXI. Buenos Aires, Siglo XXI.
López, E. y L. Findling (2012) Maternidades, paternidades, trabajo y salud. Buenos Aires, Biblos.








