Liliana Findling, Laura Champalbert, Estefanía Cirino
y María Paula Lehner
En los últimos años se advierte mayor interés por conocer la organización social del cuidado. Si bien las necesidades de asistencia varían a lo largo del ciclo vital, se vuelven más apremiantes en los extremos de la vida –la infancia y la vejez– o cuando se padece alguna enfermedad.
En muchos países como la Argentina la ausencia de políticas de cuidado a nivel estatal es notoria y está marcada por la inercia de las instituciones, lo cual obliga a las familias a asumir el trabajo de cuidado de las personas dependientes o a mercantilizar –comprar en el mercado– esas tareas (Costa, 2012). Este modelo de provisión de bienestar familista se basa en que las familias –y especialmente las mujeres– nunca fallan (Flaquer, 2000), provocando consecuencias para la vida cotidiana de aquellas que brindan la provisión de asistencia.
Carrasco (2001), parafraseando a Adam Smith, define al cuidado como la mano invisible que regula la vida cotidiana y permite que el mundo siga funcionando. Desde esta perspectiva, el cuidado se conceptualizó como una actividad compleja para la que se requieren ciertas habilidades como empatía, paciencia, dedicación, esfuerzo físico y emocional (Tobío et al., 2010; Hoschschild, 2008). El cuidado abarca tareas en ocasiones poco agradables, repetitivas y agotadoras, pero impostergables para el bienestar de las personas e imprescindibles para el funcionamiento de los hogares (Carrasquer et al., 1998; Hochschild, 2008). Cuidar permite satisfacer necesidades que no siempre pueden ser mercantilizadas porque suponen relaciones sociales y afectivas que difícilmente se puedan escindir de la tarea misma (Carrasco, 2001).
Con la intención de captar la heterogeneidad del trabajo reproductivo que realizan las mujeres, Carrasco (1998) clasificó las tareas según dos ejes: cotidianidad/acontecimiento y rigidez/flexibilidad. Estas características establecen los límites para llevar a cabo las tareas de cuidado como parte del trabajo reproductivo. Cuanto más cotidianas y rígidas sean esas tareas, mayor será la exclusividad de las mujeres como responsables de las mismas y éstas constituyen el núcleo duro del trabajo de reproducción.
La manera en la que los adultos mayores resuelven sus modalidades de residencia aparece íntimamente relacionada con las redes de apoyo y soporte intrafamiliar y tiene implicaciones directas sobre el bienestar de las personas. La literatura señala los límites poco precisos de las familias y la importancia de las redes de apoyo en el funcionamiento de las economías domésticas de los adultos mayores, más allá de los límites del hogar (Puga, 2005).
Las entrevistadas y los cuidados en la vejez
La mitad de las entrevistadas de ambas generaciones atendieron a sus madres y todas recuerdan el cuidado brindado a sus abuelas. En cambio, cuando se trata de los varones (tanto de padres como de abuelos), la mayoría indica que éstos fueron asistidos por sus esposas, salvo cuando éstas fallecieron antes que ellos, en cuyo caso la tarea recayó en hijas y /o nietas.
Los relatos de las entrevistadas hilvanan las historias de cuatro generaciones de mujeres en las que destaca la presencia femenina en el cuidado; junto a abuelas, madres, hijas y nietas desfilan también tías, hermanas, amigas y vecinas, lo cual permite observar que estas mujeres tienen más en común de lo que pueden suponer aunque entre ellas medie una distancia de casi un siglo.
Amor y deber, reciprocidad y responsabilidad femenina atraviesan las relaciones intergeneracionales aunque cambien las formas del cuidado y se justifique aliviar la carga física y emocional de las mujeres con alternativas que van desde la ayuda paga, generalmente provista también por mujeres, a las instituciones especializadas como último recurso ante situaciones casi desesperadas.
Las experiencias de vida de las dos generaciones de mujeres estudiadas reflejan cómo y porqué cuidan, cuidaron y cuidarán y la angustia y el conflicto que muchas soportan o han soportado cuando la demanda de dos obligaciones simultáneas de cuidado se hizo presente: hijos de poca edad versus padres enfermos o ancianos.
Cómo esperan ser cuidadas en la vejez es un planteo que las sorprende y, en alguna medida las asusta, sobre todo a las mujeres mayores.
Ayer y hoy, las que cuidaron y las que cuidan: ¿cómo y por qué lo hacen?
Las entrevistadas de más edad, Susana (77 años), Rosana (61 años) y María Emilia (66 años) no tuvieron que cuidar a sus padres porque éstos fueron asistidos por sus esposas y sus madres, a su vez, murieron relativamente jóvenes, sin enfermedades que les causaran deterioros prolongados. Elena (71 años) perdió a su madre cuando tenía tres años y a otras dos de ellas, la distancia geográfica les impidió cuidar a sus padres, que quedaron acompañados por familiares muy cercanos. Elena (71 años) comenta: “No hizo falta cuidarlo [al padre], cuando se sintió mal mi hija, que vive allá [en Tucumán], lo llevó con ella” y Aurora (62 años), se lamenta: “otra cosa que me tortura porque yo tengo a mi madre lejos en Uruguay, somos un montón de hermanos pero, una también es hija, mi mamá es súper agradecida, cuando yo voy me quedo pocos días, lo que pueda, y dice ‘ay, m’hija qué trabajo que te doy, tan lejos y pa venir a verme’”.
Cuando el padre tuvo un problema de salud a los 78 años, Gloria (61 años) dice: “Ahí dejé de trabajar y me quedé con él, lo acompañé a hacerse los estudios a Capital, a ver dónde lo operaban, ver otros médicos, tomé un poco las riendas de su salud, lo operaron y habrá durado una semanita más, después estuve apuntalando el ánimo de mi mamá, acompañándola”.
Marita (61 años), en cambio, sostuvo a su madre en su larga vejez: “Yo a mi mamá la cuidé, era muy independiente, falleció con 99 años, vivía sola, cerca de casa, pero me hice cargo y la llevaba al médico, hasta que un día la quise traer a vivir conmigo y me contestó “te agradezco pero tenés que tener tu hogar, yo tengo el mío, tengo mi vida”, ella invitaba a sus amigas a tomar el té, la llevé a mi casa cuando tuvo alguna enfermedad, cuando estuvo grande aceptó tener una mujer que la cuide”.
Yenny (43 años), una entrevistada de la segunda generación, convive con su madre senil: “Ella no puede salir sola a la calle, en algunos momentos pierde la noción de donde está, ahora le dije que va a tener que ir a un hotel [geriátrico] porque yo y mi hermano nos vamos de vacaciones y ella no se va a quedar sola por más que diga lo que diga, pero bueno, se hace difícil, porque no entiende, uno siempre es la mala”. Pamela (33 años) también comparte la vivienda e intenta hacerse cargo de su padre: “mi papá tiene un problema, es alcohólico, no tiene donde vivir, no le alcanza el sueldo, por eso vive acá [la casa es del padre, aunque el crédito lo paga ella y su marido] él dice que no está enfermo, ya lo hablamos, si él no lo reconoce, yo no puedo hacer nada porque lo tiene que asumir él”.
A Lorena (39 años) le tocó cuidar a su papá porque “al estar mi mamá era la que le controlaba. Al morir mi mamá, en menos de un año viviendo solo a mi papá le agarró este ACV que lo dejó en silla de ruedas”. Entonces Lorena, embarazada, y su hermana con dos hijas, que vive lejos, “pensamos en un geriátrico que para mi papá siempre fue mala palabra, le dijimos que va a una clínica de rehabilitación. Ahora está en un geriátrico que es bastante costoso yo me empecé a dedicar porque soy la apoderada”.
Los recursos morales, afectivos y materiales del cuidado (Salazar Parreñas, 2001) parecen ser distintos para las mujeres de una u otra generación. Entre las de más edad, Marita (61 años) afirma que “no fue para mí ninguna carga, para nada, era mi mamá, la que hizo mucho también por nosotros, con sus virtudes y sus defectos como los tengo yo”. La noción de intercambio de cuidados está muy presente en las mujeres de la primera generación.
En cambio, algunas de las más jóvenes dan muestras de cansancio y agobio. Yenny (43 años) cuenta: “me vive peleando, me agota, ella se maneja sola empezó a revolear una silla, está como muy agresiva, bueno, cosas de su enfermedad” y Pamela (33 años) se sincera: “ayer justo hablé con mi guía [es evangelista] y le dije ‘yo no tengo paciencia’, la trato mal y me voy”. Algo parecido siente Lorena (39 años), aunque su padre esté institucionalizado: “A mí me pesa mucho. Yo lo veo como una obligación pero me recae a mí sola por estar cerca. Me gustaría que mi hermana que está lejos me saque trabajo”.
Embarazadas o con hijos muy chicos, las entrevistadas se hallan sometidas a un tironeo constante de demandas: “Lo que hago en ese momento es resignar: alguien me cuida el nene y yo me encargo de mi viejo. Pero la verdad me gustaría cambiar. En este preciso instante estoy muy complicada” (Lorena, 39 años). La enfermedad del padre enfrenta a Pamela (33 años) con la educación de sus hijos: “A mí no me importa, ya estoy enojada porque lo vivo desde que tengo cinco años pero están M. y V. ¡que mis hijos vean eso!”
Como hace notar Lorena (39 años), el cuidado de progenitores e hijos adquiere contornos abrumadoramente parecidos: “De repente yo me vi comprando pañales para mi hijo y para mi papá, poniéndole nombre a la ropa para mi hijo y para mi papá, yendo a turnos médicos con mi hijo y con mi papá”.
Al trabajo remunerado de las entrevistadas jóvenes se le suma otra demanda de cumplimiento: “Tal vez yo no le reclamaba tanto a mi hermana al punto de pelearnos cuando no tenía a mi hijo, pero el nene también se enferma bastante, entonces yo ahí ya tengo un problema con el trabajo” (Lorena, 39 años).
La experiencia de estas jóvenes mujeres, divididas entre el cuidado de hijos y el de mayores, sumado a las obligaciones laborales, coincide con el recuerdo que conservan las entrevistadas de la primera generación en cuanto al esfuerzo y el cansancio que sufrieron sus propias madres al cuidar a sus abuelas y abuelos. En esa época ellas eran hijas y desde esa perspectiva infantil o adolescente aún pueden leerse demandas implícitas y tal vez insatisfechas: “También vivía mi abuela con nosotros, cuando empezó a estar cada vez más viejita estaba en la cama todo el tiempo, la tenía que cuidar mi mamá, yo estaba en la Facultad y veía que mi mamá estaba muy agobiada” (Rosana, 61 años). Y Susana (77 años) recuerda: “Vivíamos cuando yo era bien chiquita con mis abuelos. Mi abuelito murió a los 62 años y quedó mi abuelita que vivió unos años más, quedó hemipléjica, así que vivió cuatro años sentada en un sillón. Yo para esto tendría 12 años, y mi mamá era siempre para la madre, atendiéndola hasta que falleció, la abuela la llamaba constantemente”.
¿Cómo vieron cuidar a sus mayores y qué piensan al respecto?
Todas las entrevistadas advirtieron y registraron cómo se cuida a los adultos mayores en su etapa de deterioro y envejecimiento. Las estrategias de cuidado que observaron (y que emplearon o emplean, como se describe en el punto anterior) son tres: el anciano conviviendo en el ámbito familiar de sus descendientes; en su hogar asistido por un familiar y/o cuidadora paga; o internado en una institución geriátrica con supervisión de algún pariente o allegado. Como se verá, las entrevistadas no pasaron por alto estas experiencias y lo que piensan o pensaron sobre ellas va a influir en sus propias expectativas y demandas sobre la siguiente generación.
Las mujeres de mayor edad aseguran que el cuidado era (y sigue siendo) una responsabilidad familiar fuera de discusión y valoran negativamente al geriátrico como opción. El deber ser aparece con claridad en las palabras de Rosana (61 años): “Antes la familia era lo principal, no se le hubiera ocurrido en ningún momento ponerla en un geriátrico, era su mamá y la tenía que cuidar, era como la regla ¿no? Pero nunca se lo planteó ni lo charló con nosotros, quedó la abuela hasta que se le agotó su vida pero siempre con nosotros”.
En el mismo sentido se manifiesta Marita (61 años): “Yo me moría antes de poner a mi mamá en un geriátrico, ni se me pasaba por la cabeza, yo lo que hacía era lo mínimo que podía hacer por una madre”, y para Gloria (61 años), ayudar a su madre a cuidar a su abuelo constituyó “una enseñanza, no lo sentí como una obligación sino como devolver algo, creo que es eso ¿no? Devolver todo lo que ellos hicieron cuando éramos chicos”.
Con mayor flexibilidad y aprecio por otras modalidades de cuidado, pero con similar énfasis en comprometerse con la atención al adulto mayor, Aurora (61, años) relata: “A veces por situaciones de espacio no los podés tener con vos, pero ayudarlos en lo que se pueda, estar todo el tiempo lo más cerca de ellos” y María Emilia (66 años) lo confirma: “Yo pienso que el núcleo familiar es el soporte fundamental de las hermanas de mi madre que murieron todas ya viejas, más de 90, cada cual vivió sola en su casa, por ahí tenían una persona que vivía con ellas, pero consiguieron que fuera todo mucho más saludable”.
No sólo parece natural que el cuidado recaiga en los descendientes sino que se acepta un orden (implícito y tácito) de responsabilidades, como se desprende del relato de Marita (61 años) en la escala familiar: las hijas mujeres ocupan el primer lugar para cumplir con el deber de asistencia “es la mujer, mis hermanos me ayudaban sí, por ejemplo, capaz que no yo no podía sola me acompañaban con el auto a llevarla” y los que no formaron pareja en segundo término: “mis suegros estuvieron al cuidado de mis cuñados porque mi marido tiene un hermano y una hermana, los dos son solteros y vivieron con ellos siempre, mi marido los acompañó en un montón de cosas”. La respuesta de Rosana (61 años) revela que la estrategia de cuidado puede depender de esas normas no escritas, pero vigentes, de solidaridad familiar y jerárquica: “A mis suegros, si no los puede cuidar la hija y, no tengo más remedio, lo haría, pero si me dijeras entre cuidarlos yo y poner plata para un geriátrico, yo pondría plata, yo colaboraría pero primero está el rol de los hijos, si yo hubiese tenido que cuidar a mi mamá, a mi papá, hubiese sido diferente la situación”.
El rechazo a la institucionalización se manifiesta categórico en la observación de María Emilia (66 años): “Mis suegros eran mayores pero estaban bien y los pusieron en un geriátrico y los hicieron bolsa, vivían solos, tenían una señora que los ayudaba con la limpieza, el papá tenía un poco de Alzheimer, pero el hijo mayor, como se iba a ir a Europa y pensaba que así iban a estar mejor, los puso en un geriátrico, les cagó la vida”.
Las entrevistadas jóvenes han vivido situaciones de cuidado con sus respectivas abuelas semejantes a las de las mujeres de más edad, manteniéndose el mandato familiar de atención al anciano, la obligación femenina de hacerlo y la transmisión de conocimientos de madres a hijas, mientras el varón de la familia ocupa un lugar secundario de apoyo o, en todo caso, acompañante de la mujer que se hace cargo pero al que en ningún momento se le reprocha o se espera otra forma de actuar: “Mi abuela paterna, como la hija vivía muy cerca se quedó en la casa, tuvo la hija a mano que se encargaba, mi viejo estaba lejos, la llamaba, iba cada tanto pero la que se encargaba más fuertemente era mi tía” (Melina, 39 años).
Entre ambas generaciones se aprecia alguna diferencia de enfoque en lo que concierne a la opción de la institucionalización: si bien no puede concluirse que las mujeres más jóvenes la prefieran, parece que les genera menos angustia o culpa que a la generación mayor: “En esa época, cuando era chica, el geriátrico era mala palabra, mi abuelo con tres hijas, se dividían para tenerlo en la casa. Mi abuelo estuvo diez años con demencia senil, perfecto de motricidad pero muy mal mentalmente. Mi mamá trabajaba pero como estábamos nosotras, ya en la secundaria, lo cuidábamos, pero llegaba un momento que no podías ni dormir. Ahí decidieron, la que más insistió fue mi mamá que, por ser enfermera, conocía lo que era estar en un geriátrico pese al rechazo de mis tías, y estuvo bien ahí, nunca le faltó visita (Lorena, 39 años)”.
Esta experiencia influyó decididamente en la estrategia de cuidado que Lorena y su hermana emplearon con su propio padre: “como mi abuelo ya había estado en un geriátrico y veíamos cómo es, cómo los atienden, que tienen compañeros, que sociabilizan, desde que está en el geriátrico estuvo mucho mejor”.
¿Qué quiero para mí en la vejez y cómo quiero que me cuiden?
Las mujeres mayores recelan del asunto y les causa un cierto malestar esta pregunta, tal vez porque las precipita sobre un futuro no tan lejano sobre el cual no han hecho ninguna previsión, según Aurora (61 años): “Es un tema que mucho no lo pienso, no quiero pensar, que sea lo que Dios quiera”.
La mayoría de ellas manifiesta el temor que sienten a depender de otros y el deseo de mantener la autonomía el mayor tiempo posible: “Yo lo único que pido es poder valerme por mí misma hasta que llegue el momento de partir” (Gloria, 61 años). “Vivo sola, mientras pueda seguiré así y luego si necesito que alguien me cuide, pero en mi casa” (María Emilia, 66 años).
La estrategia de cuidado preferida por la mayoría de las mujeres de más edad es permanecer en su propia casa y aceptar ayudas asegurándose la independencia y el control de sus vidas. Dan por descontado que sus hijos velarán y respetarán sus deseos como argumenta Gloria (61 años): “Si mi mente no me lo permite o por una cuestión física, quisiera que mis hijos traten de dejarme en mi lugar, creo que cuando llegás a cierta edad querés estar en el lugar que conocés o reconocés, en tu casa con alguien, tampoco quiero que ellos se sientan obligados a estar al lado mío”; más risueña, Susana (77 años) dice: “Yo siempre digo, mientras yo me maneje por mí misma, y esto se lo digo a mis hijos en broma pero es en serio, que puedan tener que ayudarme a lo mejor, en hacerme un mandado, eso de acuerdo, lo tengo sin pedirlo”.
En la misma línea, algunas mujeres dejan en claro su rechazo a la institucionalización “Yo les dije que no me vayan a mandar al geriátrico jamás, muero de sólo pensarlo, tampoco enchufarme en la casa de alguno de ellos porque es un clavo para toda la familia” (María Emilia, 66 años). También suponen (como sus madres y abuelas) que van a ser cuidadas por sus hijos: “Pienso que a los adultos mayores que necesitan cuidados se los tienen que brindar los hijos, los que tienen hijos, no esperás que te cuiden a vos pero sí que te consideren por lo menos de alguna manera” (Susana, 77 años), y anticipan que, siguiendo la tradición, serán las hijas mujeres las que se harán cargo: “Pienso que será C. por ser mi hija y los demás hijos varones la acompañarán, capaz que se va a repetir mi historia, yo era la única mujer de cuatro hijos y a mí me pasa lo mismo con mis hijos varones, mis hermanos, si bien me acompañaron de alguna manera, la que me hice más cargo fui yo, era lo mínimo que podía hacer por una madre. Me gustaría ser cuidada con amor, con paciencia mínima ¿viste?, en mi casa (Marita 61 años)”.
Con humor, Aurora (61 años) ratifica: “Yo no tengo hijas mujeres y no creo que mis nueras se vayan a ocupar de la suegra [risas], por ahí sí, pero no me gustaría tampoco”. Esto sugiere que, si bien confían en el afecto de todos sus hijos, prevalece en términos prácticos el que pueden brindar las hijas, idea que respaldan en la experiencia familiar de cuidado y al papel que asumieron sus propios hermanos varones.
Algunas de las entrevistadas de la primera generación ya experimentaron ser cuidadas en el marco de las esas leyes no escritas de solidaridad familiar; por ejemplo, Gloria (61 años), que padeció cáncer, comenta: “Un poco me cuidaba mi pareja, mi hijo estaba en el Sur y vino, mis amigas estuvieron presentes, a quimioterapia generalmente me acompañaba mi cuñada, la que quedó viuda, ella para mí es como una hermana mayor, mi hija me ayudó con las curaciones cuando yo tuve un tiempo el drenaje, sí a pesar de que era chica, tendría 18, 19 años”; María Emilia (66 años), que estuvo internada por una lesión en la cabeza, informa que “me cuidaron mis hijas” y Elena (71 años), se siente reconfortada cuando su nieta le dijo ante un problema de salud, “si llegabas a una cirugía, yo te llevaba a mi casa”.
Es interesante observar la vehemencia con la que las mujeres de más edad rehúsan convertirse en una carga o dar trabajo, hasta el punto de exhortar a sus hijos a la internación geriátrica: “Pero si yo tengo que ser una carga para uno de mis dos hijos, los conmino, no los autorizo, quiero obligarlos a que me metan en un geriátrico, no quiero joderles la vida” (Susana, 77 años). En coincidencia se expresa Rosana (61 años): “Yo le tengo temor al dolor, al sufrimiento y a causar sufrimiento en tus seres queridos, la agonía de algo que se va perdiendo y que ya deja de ser la persona que conocías: es un cuerpo con una mente vacía. Entonces, si yo tuviera que estar en casa en esa situación no me gustaría que me cuiden ni mi marido ni mis hijos, que me metan en un lugar y que se encargue alguien que no padezca por mi sufrimiento”.
Elena (71 años), cuyos nietos ya dieron muestras de apoyarla y teme su enojo ante sus palabras, expresa: “Yo creo que, aunque si escuchan esto P y L [nieto y nieta] se enojarían, preferiría ir a un geriátrico y no darle trabajo a ellos”. Esta voluntad de aceptar el geriátrico como opción para ellas mismas parece tener sustento en las experiencias vividas: “Yo vi que mi mamá hizo lo que pudo hasta cuando pudo [con su abuela] y estaba alteradísima, si me pasara a mí, yo quisiera que me pongan en un geriátrico” (Rosana, 61 años). Significa un cambio de expectativas o tal vez un permiso hacia sus propios descendientes, indicándoles, justificando otras alternativas de cuidado con los familiares envejecidos o con graves problemas de salud: “Si estoy completamente chiflada, bueno sí, que me internen” (María Emilia, 66 años).
Las entrevistadas de la segunda generación, con una realidad que les parece lejana y sin desconocer mandatos familiares y de género, piensan e imaginan caminos no convencionales a la hora de su propio envejecimiento y deterioro: “Teniendo una sola hija, qué responsabilidad tremenda, a veces fantaseo con la idea de que tengo que armar una red de amigos de mi edad y cuidarnos entre nosotros, no lo veo tan imposible. Esa cosa de varios viejos que se van a vivir juntos y viven su vida y que contratan gente pero que viven entre amigos. Yo haría una hippeada así, no soy hippie pero soy abierta a prácticas sociales como más descontracturadas, aparte acaricio la idea de que este compañero esté a mi lado, capaz vivimos en un lugar con muchos árboles, me agarrás optimista (Marina, 42 años)”. “Yo en los geriátricos confío plenamente. Podría empezar a pagar uno, viste que a veces se pagan las parcelas en los cementerios [risas]. Sí, el geriátrico es muy buena opción. Hay como un tabú y es esa tradición de “es para abandonar a los viejos”. Nada que ver, ya con mi abuelo los cumpleaños eran con guirnaldas, globos y gorritos en el geriátrico. Y a ver a mi papá va la familia y si no lo sacan, mi papá tuvo novia ahí. Si tenés buena salud podés vivir solo, pero cuando estás complicado con algo, estar en un geriátrico que tenga actividades (Lorena, 39 años)”.
No obstante, a la mayoría le gustaría, como a sus madres, abuelas y bisabuelas: “Tener a mi familia a mi lado, que mejor que mi familia no me va a cuidar nadie, me va a contener, mi vieja siempre dice lo mismo, o sea, vos podés tener amigas, pero yo soy tu mamá y te conozco mejor que nadie, y lo mismo pasaría con mi hija, entonces creo que me gustaría que mi familia me acompañe si está la posibilidad” (Rita, 33 años). “Me gustaría tener el amor de alguien, que mi hija esté para afrontar eso” (Pamela, 33 años).
Mañana o pasado mañana: ¿cómo cuidarán a sus mayores?
El futuro próximo de los ancianos está en manos de la generación joven y la mayor parte de las entrevistadas acepta con lucidez la tarea y el mandato. Por el amor y el cuidado recibidos en la infancia, consideran que tienen una deuda que debe saldarse a su vez, con cuidados: “A mi mamá la matás si la ponés en un geriátrico, porque mi vieja es hija de italianos, viene de esa escuela donde la hija es la que se ocupa, donde la familia es lo primero, y como obviamente yo vengo de esa escuela por ella, sería una mala hija si la internara. De ninguna manera, es una cuestión de mandato” (Camila, 36 años). “La cuidaría sí, si tu mamá dio todo cuando uno es joven o cuando uno es chico y se avocó a vos, te acompañó en todo, me parece que hago lo mismo que hiciste por mí cuando yo tenía que depender de vos, entonces si vos ahora dependés de mí porque estás enferma o viejo, sí seguro, lo haría” (Rita, 33 años).
El sistema del don permite visibilizar una forma de organización social caracterizada por la presencia de intercambios recíprocos promovida por la acción de dar-recibir-retribuir determinados bienes que circulan en la vida social (Martins y Bivar C. Campos, 2006).
Las entrevistadas son realistas y saben que deberán enfrentar no sólo demandas de cuidados sino también exigencias laborales y prevén que necesitarán contar con ayudas pagas: “Tendré que ver cómo hago en ese momento, me va a costar mucho en lo laboral porque no puedo dejar de hacerlo, la familia y ayuda contratada, yo creo” (Camila, 36 años). “Y, hasta ese momento no lo sé. No te puedo decir cómo, pero supongo que si fuese mi mamá, creo que estaría un poco yo y otro poco organizarme con mi hermana y quizás necesitaría de una persona, que me ayude” (Gisela, 40 años).
También como sus madres y abuelas, las más jóvenes consideran a la institucionalización como un recurso que debería ser utilizado en última instancia, justificable sólo cuando la enfermedad del adulto mayor resulte insostenible para el cuidador familiar y sus asistentes remuneradas: “Ahora si ella tuviese, no sé, Alzheimer y sí, la internaría, porque existen riesgos para ella, para la familia. No lo haría mientras tuviese una enfermedad donde yo pudiera hacerme cargo con una persona que me ayude en casa” (Gisela, 40 años). “Para mí una institución, siempre acompañados por la familia, como mi papá es alcohólico, yo no tengo la herramienta de cómo sacarlo a él de ese lugar, pero la va a tener una persona que estudió” (Pamela, 33 años). “Sí, el geriátrico es una opción pero no es la primera, también tiene que ser acompañado con amor, no sé si a mí me va a salir. Ojalá mis viejos no necesiten tanto pero yo a veces me pregunto si yo estoy preparada para eso” (Marina, 42 años).
En las entrevistadas de la segunda generación se aprecia una revalorización del geriátrico como institución de salud tanto física como emocional, en la medida que proporciona al adulto mayor, un ámbito de socialización entre pares. No se advierte el prejuicio de depósito de personas y se subraya la complementariedad de la institución con el acompañamiento familiar. Alguna de ellas, como Marina (42, años), duda de estar a la altura de la situación: “Yo creo que me haría cargo de todo, seguro, porque es mi espíritu pero no sé si tendría la paciencia, mis papás son jóvenes pero necesito adquirir cierta templanza de espíritu que creo hoy no tengo, pero si sucediera mañana la saco de donde sea”. Al analizar la experiencia de su marido con el cuidado de su padre, Marina aporta una mirada que, soslayando mandatos y obligaciones morales, señala con agudeza que: “Hay que hacer el laburo de hijo previo durante toda la vida, de sacarles los reproches de encima y poder volver a vincularte cuando te necesiten desde este lugar de entrega total. Es difícil porque yo vi ahora de costadito que hay mucho reproche, capaz no te resulta tan fácil ponerte a disposición de un viejo que te maltrató, que no te cuidó nunca, y vos decís ¿por qué voy a cuidarlo a éste que nunca me cuidó? Necesitás tener un espíritu muy noble que lo veo en mi pareja y él se hizo cargo, él se fue a vivir con el papá, lo cuidó él solo, tiene cinco hermanos”.
Del Estado como proveedor de cuidados: ¿esperan o demandan?
No hay duda de que la mayoría de las entrevistadas de la primera o la segunda generación y de cualquier estrato socioeconómico, tiene conciencia de que el Estado debe brindar asistencia y cuidado a los adultos mayores y a la familia que se ocupa de ellos. Ese conocimiento de los derechos del ciudadano en la etapa de su ancianidad se manifiesta tanto en las palabras de Marita (61 años): “Debería hacerse cargo el Estado cuando no hay hijos o cuando no se hacen cargo”, como en las de Anabella (31 años): “Siempre el Estado puede hacer algo, es como que naturalizamos que el cuidado de adultos y ancianos es un problema de la familia”; ambas provienen de sectores medios coincidiendo con Aurora (62 años, nivel medio bajo): “Pienso que el Estado, como dicen las leyes, está”. En el marco legal vigente, los derechos están fuera de discusión y es un principio que subyace en las respuestas de las entrevistadas.
La indagación sobre el aporte del Estado a la problemática del cuidado se convierte en una evaluación de las mujeres de dos generaciones acerca de la asistencia que se brinda efectivamente, la que debería proporcionar según el sistema de seguridad social vigente y lo lejos que está, o no, de satisfacer una demanda que se intensifica con el envejecimiento demográfico.
Las mujeres de más edad situadas en los estratos socioeconómicos medio bajos valorizan la presencia del Estado y aprecian un mejoramiento progresivo de sus acciones a través del tiempo; Susana (77 años), por ejemplo, habla de su experiencia y la compara con las oportunidades que tuvieron sus padres: “Pero yo creo que ya hay parte del Estado que se ocupa, vos fijate que en la época de mi mamá no se conocían los centros de jubilados, los geriátricos no existían porque todos los viejos se morían en su casa, no sé si estoy equivocada pero pienso que el Estado hizo algo, nunca es bastante, nunca va a hacer todo tampoco, siempre uno necesita tener alguien que se ocupe si no tiene hijos, el otro día me ayudó mi vecina, siempre hay alguna mano solidaria”.
En el mismo sentido, pero poniendo el acento en lo que hoy en día sucede en las instituciones públicas, Aurora (62 años) responde: “Yo de momento no sé qué más se podría hacer, porque ya están los hogares de PAMI y todo eso, lo más que se podría hacer es que haya más controles, que se ocupen de ver que eso funcione bien. Que los viejitos no estén ahí todos sucios, pienso que el Estado, como dicen las leyes, está, pero si no se cumple es lo mismo que nada. El control tendría que ser para que haya más cuidados, bueno no solo con los viejitos, pasa en los hospitales, en todos lados”.
Otras mujeres, como Lucia (60 años), apuntan a falencias cuya índole hace fracasar las acciones de cuidado al no prestar atención a la formación del personal adecuado: “El Estado puede intervenir, pero qué pasa: en la institución el personal es de muy baja calidad, lamentablemente no están preparados para cuidar, no saben cómo manejar a una persona mayor, tampoco se dedican a instruir a las personas que trabajan con ellos. El Estado podría hacerlo, acá no existen esas cosas y, si hay, es todo particular, privado y cuesta una fortuna”.
En cambio, sus coetáneas económicamente más favorecidas, si bien dan por descontada la presencia del Estado, tienen una visión más negativa sobre la gestión que involucra a los adultos mayores. Tratando de mantener el optimismo, Marita (61 años) dice: “Pienso que el anciano está un poco olvidado y el Estado debería retribuir de alguna manera, porque están muy olvidados empezando por las jubilaciones, que son bajísimas, el Estado debe ocuparse y tengo fe en que va a cambiar, va a costar”; con cierta nostalgia, Nina (71 años), propone: “Y también si hubiera geriátricos o centros de día, muchos más, mi tía, que iba a un centro de jubilados en Vicente López, le fascinaba, hacía yoga, pintura, tenía un montón de amigos, vivían haciendo asado sobre el río, ella era feliz”, pero Gladys (60 años), es contundente al respecto: “Y, de los ancianos habría que mejorar muchísimo el control de los geriátricos porque, sacando los que cobran fortunas, los tratan muy mal, los cuidan mal, sería ideal que estuvieran con la familia y para eso también habría que pagarlo si la familia no tiene recursos”.
La segunda generación de mujeres, si bien abunda en frases del estilo “no lo había pensado”, encaran sus demandas al Estado desde una óptica que abarca los cambios sociales producidos en las últimas décadas, tanto en la estructura familiar como en las condiciones habitacionales como resultado, en gran parte, de un nuevo contexto socio económico. Melina argumenta (39 años): “Sería importante que el Estado tienda a pensar y resolver eso, es necesario porque, si no, las personas mayores que necesitan este tipo de cuidados quedan en manos de los centros, porque además en otra época los abuelos estaban en las casas porque había posibilidad o, no sé, si tiene que ver con un cambio de paradigma, los cambios de cómo se maneja la economía. Creo que el lugar clásico es el geriátrico, que cada uno puede pagar con lo que le permita el bolsillo, no lo había pensado, pero pensándolo, sí me parece que sería importante más allá de lugares municipales como clubes, que eso es mientras están bien todavía, en un lugar de reunión, inclusive mejorar un poco el sistema del PAMI que es medio terrible”.
Las entrevistadas de estratos medios dejan al descubierto la incoherencia entre un Estado que se define como responsable del cuidado de los adultos mayores, amparando sus derechos, y una realidad que abunda en la falta de respeto hacia esos derechos. Los testimonios de Malena y Camila son elocuentes e ilustrativos al respecto: “El Estado tiene un mecanismo que sostiene desde la legalidad, pero tenés que ser Mandrake para leer la letra chica, mi amiga contrató una mina para la atención de su madre que se encarga de hacer lo burocrático; el PAMI te tiene que cuidar pero si vos no tenés el conocimiento, no te lo da, el PAMI posterga. El Estado debería mejorar eso, hay un engranaje lamentable, intentan hacerse cargo lo menos posible, hay algo de la vulnerabilidad de las personas y es más fácil ningunearlos y privarlos de sus derechos; el PAMI es una mentira, las prepagas son tremendas también, es muy complicado revertir eso en Argentina (Malena, 44 años)”.
Y Camila (36 años) indica: “PAMI es un desastre, muy mala atención, poco recurso, pocas posibilidades de elección. Ahora hemos tenido que hacer tomografías computadas por el tumor benigno de mi mamá, el último recurso era pagarlo, hasta que se encontró a un familiar que trabaja justo en no sé qué, pero si no era por eso era imposible hacerlo. Esto me obliga a mí a quejarme, ir y venir y enojarme continuamente porque ella tiene conocimientos de sus derechos”.
Varias entrevistadas resaltan ese costado casi perverso de tener servicios de atención pero obstaculizar burocráticamente el acceso a los mismos: “La mayor parte de la gente está muy sola, niños, abuelos, el papá de G. en PAMI tiene turno desde hace un año para la entrevista para ver si le dan un geriátrico” (Marina, 42 años); impedimentos y dificultades que no son exclusivas del ámbito público, como señala Anabella (31 años): “Yo tuve a mi hermano en internación psicológica y nos pusieron trabas para darnos un acompañante terapéutico, pagás una obra social que sale un huevo”.
El geriátrico es visto por la generación más joven como un lugar de cuidado del anciano que se beneficia con el contacto cotidiano de sus pares, manteniendo los lazos con su familia que lo acompaña y supervisa. No lo consideran depósito de personas como en otra época; por ejemplo, Pamela (33 años) ubicada en un estrato medio bajo responde sobre quién debería cuidar: “Para mí, una institución, siempre acompañados por la familia, siempre con alguien especializado, las herramientas las va a tener una persona que estudió, que sabe”.
Esta línea de pensamiento que aúna el cuidado de niños y de personas mayores es similar entre las entrevistadas de sectores medios como medio bajos, en sus demandas al Estado. Sin dudarlo, reclaman guarderías y geriátricos. Sara (30 años) y Antonia (42 años) de niveles socioeconómicos medio bajos manifiestan: “Algo de ayuda estaría bueno, un lugar donde uno pudiera dejar a sus hijos sabiendo que van a estar bien cuidados y los van a tratar bien, igual para los mayores porque en todos lados tenés que pagar y en los hospitales tratan de sacarlos para vaciar rápido las camas” (Sara, 30). “Sí, tendría que abrir guarderías y para los abuelos un buen geriátrico, porque los que hay no sirven, no los quieren a los abuelos” (Antonia, 42). Desde los niveles socioeconómicos medios, Melina (39 años) coincide: “Con el tema de los niños se han abierto un montón de salas en jardines ¿no? Y hoy día no podés escaparle con el tema de los ancianos”, mientras que Marina (42 años) se explaya e imagina alternativas en relación al cuidado de niños y ancianos:
Si es una “guardería” que es guardar o si es un espacio de contención en donde vos estimulás a los pibes, capaz que en la casa no reciben estímulo, o capaz sí, ¿por qué uno recurre a lugares privados? Porque el Estado no está cubriendo ese lugar ayuda: en el caso de los abuelos también, hay tanto abuelos que tienen saberes que podrían compartir con los niños, pero es difícil articular que abuelos y niños estén en el mismo espacio; el Estado tendría que lograr eso porque tantos abuelos jubilados podrían ser cuidadores.
Para concluir
Todas las entrevistadas han tenido alguna experiencia directa o indirecta con el cuidado de familiares por parentesco de sangre o político.
Sin diferencias generacionales, el cuidado es considerado una obligación moral de índole familiar y de carácter retributivo; algunas de las más jóvenes expresan que se trata de un mandato social que recae en las mujeres; a varias de las de más edad les parece natural e inherente a la condición femenina, como les resultara a su vez, a sus madres y a sus abuelas. Unas y otras parecen aceptar la función de cuidar sin discusión ni queja. Sólo una entrevistada se interrogó sobre la deuda de cuidado que se contrae en la infancia, especulando si no quedaba saldada cuando el hijo había sido “des” cuidado. Se advierte, en la mayoría de los casos, cierto reparto de deberes en el interior del grupo doméstico, y en las historias se deja entrever un modelo de familia de rasgos tradicionales Se insinúa una jerarquía (tácita, nunca hablada) de compromisos: primero las mujeres, si falta la esposa, la hija mujer, si ésta no puede, la nieta; en segundo lugar, les toca a los hijos que no tienen pareja y a los que están geográficamente más cerca. Cuanto más distante es el parentesco, la mujer puede permitirse estrategias de cuidado menos personales sin sentir que su entorno la juzga negativamente: puede ser mal visto que una hija interne a su madre, pero se comprende que una nuera lo haga con su suegra.
Las tareas del cuidado se transmiten de generación en generación y de mujer a mujer, así como la idea de que los cuidados recibidos en la infancia solo se pueden retribuir, en el caso de las hijas, con los mismos cuidados hacia los progenitores en su vejez. Esta premisa emerge con claridad en el relato de las madres que solo han tenido hijos varones, las cuales, resignadas, descartan que vayan a ser cuidadas por ellos, al menos como lo haría una hija mujer; en el mejor de los casos, trasladan esa confianza a la nieta, hija del hijo, si la hubiera.
La memoria de cuidados alcanza a abuelos y bisabuelos, memoria de mujeres que se han hecho cargo y en la cual los varones (esposos, padres, hijos, hermanos) acompañaron y acompañan desde lugares secundarios manteniendo cierta distancia con el adulto mayor envejecido o deteriorado: cuando algún varón lo baña o le da de comer, se lo destaca y se lo admira como excepción a la regla.
Ambas generaciones rechazan la institucionalización del adulto mayor, estimada como opción solo en casos extremos. La mayoría se inclina (cuando los medios económicos lo permiten) por una atención en el hogar del anciano, con ayudas pagas y presencia familiar vigilante y permanente.
Las más jóvenes que ya se están haciendo cargo de madres o padres enfermos o prematuramente envejecidos, se encuentran en una etapa de demandas de cuidado simultáneas, exclusivas y de alto contenido emocional y moral: hijos muy pequeños y padres vulnerables a los que se suma la exigencia laboral fuera del hogar. Al borde de sus fuerzas, más de una admite que, llegado el caso, deberá privilegiar el cuidado de los hijos. Vieron a sus madres cuidar a sus abuelas hasta el agotamiento (cuando ellas mismas eran chicas), pero sus madres se repartían en tareas y atención dentro del hogar, la mayor parte había abandonado el trabajo al casarse o al tener a sus hijos o nunca lo hizo en forma remunerada. La nueva generación de mujeres se da cuenta de que tres frentes abiertos de tamaña exigencia superan sus fuerzas y sabe que necesita una ayuda extra (inevitablemente paga), más allá de lo que puedan aportarle solidariamente amigas, parientes e incluso vecinas.
Si bien el rechazo hacia el geriátrico es más o menos generalizado, resulta significativo que a la hora de proyectar cómo deberían ser cuidadas si el deterioro por envejecimiento les tocara, varias de las mujeres de más edad expresan, con gran convicción, la necesidad de que sus hijos las internen en alguna institución de cuidado. Temen ser una carga de sufrimiento para sus seres queridos (incluso para sus hijas) y sacan a relucir, acuciadas por el recuerdo, sus propias experiencias con madres y abuelas. Alguna dijo “los conmino a mis hijos a internarme”, como si un nuevo mandato familiar se empezara a transmitir a la generación siguiente.
A las de más edad las asusta pensar en esa etapa de la vida que tal vez esté a la puerta y las más jóvenes la ven demasiado lejos; no obstante, un mismo deseo aúna a la mayoría: permanecer en su propio hogar todo el tiempo que puedan (en mutua atención, las que están en pareja) aceptando ayudas pagas o familiares, y sintiendo que sus hijas e hijos las acompañan. Algunas de las entrevistadas de la segunda generación se animan a imaginar modalidades alternativas como residir en comunidad con amigos pagando por atención médica y asistencial.
La memoria familiar de cuidados también tiene incidencia cuando se trata de pensar cómo serán los días en la ancianidad: si leemos las historias de estas mujeres a través del tiempo, mujeres que cuidaron, vieron cuidar y enseñaron a cuidar como si fuera un continuum deslizándose sobre cuatro generaciones, se advierte que lo que desean para el futuro está en función de lo que vivieron, positiva o negativamente en el pasado, independientemente de la modalidad que se utilizara para el cuidado.
La que vio que el geriátrico fue beneficioso para su abuelo y su padre, desea que su hija se esfuerce en elegir el más confortable para ella; la que experimentó en carne propia como hija la alteración emocional y física de su madre cuidando personalmente a su abuela, anhelará no ser una carga insoportable para sus descendientes y se conformará con que supervisen ayudas pagas en su domicilio o los exhortará a internarla.
Tal vez se siga transmitiendo, de generación en generación y de mujer en mujer, el mandato de cuidado, la consigna de no abandonar a los suyos y, especialmente, la obligación de retribuir a los que nos cuidaron en la infancia y nos prepararon para la vida adulta pero, no es posible desoír las voces de alerta que aparecen sobre los costos de cuidar y la imposibilidad de las mujeres de hacerse cargo, ellas solas, de hijos y padres, trabajo doméstico y trabajo remunerado.
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