Una comparación de los cuidados familiares en dos generaciones de mujeres
Laura Champalbert, Liliana Findling y Elsa López
Escuchar a las mujeres de hoy en distintas etapas de la vida cuando hablan del cuidado de sus seres queridos es presenciar un diálogo entre cuatro generaciones: son madres e hijas interpelando a sus antecesoras pero también interrogándose sobre quiénes las van a suceder en esa difícil, apenas visible e invalorada tarea de cuidar.
Las dos generaciones femeninas que se han estudiado en esta investigación tienen rasgos esenciales en común: ambas se hacen cargo del cuidado de hijos y padres o de familiares vulnerables con la naturalidad de una herencia recibida, que se debe transmitir porque parece inherente a la capacidad de dar vida. La maternidad es un después transformador en las trayectorias vitales de estas mujeres, siempre potenciales cuidadoras de las personas de su entorno. Sin embargo, en el registro y en la conciencia de este mandato, que ambas cohortes hacen suyo, en las formas del cuidado y en la transmisión del deber, se advierten diferencias que permiten apreciar cambios que no solo pueden atribuirse a contextos socioeconómicos, sino a cómo debe ejercerse ese cuidado.
Maternidad y trabajo
Las entrevistadas de la primera generación, nacidas entre 1940 y 1955, más escolarizadas que sus madres, entraron temprano al mercado de trabajo generalmente en puestos administrativos o asociados a funciones tradicionalmente femeninas, pero lo abandonaron con la llegada de los hijos. Así, algunas de las que volvieron al mercado de trabajo fueron las que quedaron como jefas del hogar por abandono o separación del varón.
Las mujeres de sectores medio bajos conservaron sus empleos porque debían contribuir al sostenimiento del hogar por necesidad y no por elección. Aceptaron sin queja la doble imposición de trabajo doméstico y extradoméstico, tal vez con la esperanza de que una mejora económica llegara por el lado del cónyuge y les permitiera quedarse exclusivamente en el hogar.
En algunas mujeres de niveles medios se perfila el deseo de haber podido compatibilizar hijos y permanencia en la actividad económica; entre ellas el trabajo apuntaba a satisfacer una vocación o desarrollar habilidades sin que implicara necesariamente lograr autonomía; las que pudieron hacerlo fueron profesionales, con ayudas domésticas pagas y su aporte remunerativo al hogar solventaba casi exclusivamente estas ayudas extradomésticas.
En general, las mujeres de esta generación asumieron la tarea doméstica y la atención de los hijos como un acuerdo tácito casi razonable, mientras el cónyuge proveía los recursos económicos.
En cambio, para la generación siguiente que hoy promedia los 38 años, el trabajo o la profesión constituyen un valor de realización personal casi tan importante como la maternidad. Por un lado, la llegada de los hijos se demora para terminar estudios o asegurar la mejor inserción en el mercado de trabajo; por otro, las más jóvenes hacen uso de licencias prolongándolas todo lo posible para sostener su trabajo extra doméstico y, en todo caso, ajustan la cantidad de horas, combinan jornadas de medio tiempo y se resignan a actividades precarias, informales y/o mal remuneradas con tal de no perder la continuidad laboral y a la vez estar presentes en el cuidado de sus hijos.
El cumplimiento de esta doble prioridad parece ser la meta de estas mujeres, como si se propusieran completar un camino que muchas de sus madres dejaron inconcluso. Coinciden con ellas en que deben y quieren estar presentes en el cuidado de sus hijos, especialmente en los primeros años de vida, pero no parecen dispuestas a renunciar al trabajo elegido porque es otra forma de realización personal valorable que contribuye a su identidad; una de las entrevistadas así lo ejemplifica: “Para mí el trabajo es muy importante, no me imagino ser una mina sin laburo”. Para las mujeres que provienen de niveles socioeconómicos menos favorecidos, la importancia del trabajo remunerado sigue midiéndose en los mismos términos que los vividos por sus madres o abuelas: “es el sustento”, lo que se gana para asegurar el bienestar de la familia.
Independientemente del nivel social, generalmente las mujeres jóvenes concuerdan con la generación anterior en que los niños deben ser cuidados en su propio hogar, al menos en los dos o tres primeros años de vida, desconfían de guarderías por la capacitación de su personal, temen exponer a los bebés a enfermedades infecciosas o a situaciones que vulneren su autoestima. Muy pocas optan por instituciones de cuidado infantil y prefieren recurrir a madres y suegras para el cuidado a tan temprana edad y, cuando esto no es posible, a hermanas o familiares y, en última, y desesperada instancia, a niñeras si puedan solventarlas.
Las diferencias entre ambas cohortes se ponen de manifiesto entre las más jóvenes en el replanteo a sus cónyuges acerca de una distribución equitativa de las tareas domésticas y el cuidado de los hijos.
No obstante, la mayoría de las mujeres trata de conciliar trabajo y crianza de los hijos sin generar asperezas con su pareja. Las que pueden recurren a ayudas pagas; otras, en el intento, enfrentan los límites de sus propias fuerzas y colapsan. Lo cierto es que muchas ya no eluden la situación e intentan reelaborar un nuevo esquema de división del trabajo doméstico en un diálogo más directo y abierto que sus antecesoras, descartando ideas o presupuestos basados en que alguna tarea sea natural o propia de un determinado sexo.
Las entrevistadas reconocen avances en la intervención de los varones en el cuidado de los hijos y valoran contribuciones en tareas de cuidado cotidiano, como la alimentación o la limpieza del hogar, pero saben que están lejos de compartir en la misma medida cargas y responsabilidades. Sin embargo, no parecen dispuestas a retroceder en los beneficios del trabajo ni añoran la situación experimentada por las generaciones anteriores. Por ahora intentan evitar el conflicto y avanzan con estrategias de corto y mediano plazo: alivian cargas mediante ayudas remuneradas (las que pueden) y aceptan agradecidas la mano colaboradora de madres y suegras.
Hijos, trabajo y padres vulnerables
Todas las mujeres entrevistadas sienten responsabilidad sobre el cuidado de sus padres ancianos o enfermos y, a su vez, han sido testigos en su mayoría del cuidado proporcionado por sus madres a sus abuelas y abuelos. Cuando la distancia geográfica impidió la atención personal, el cuidado recayó en hermanas, nietas o nueras y provocó culpas o justificaciones.
El afecto, el deber y un sentido de reciprocidad por el cuidado recibido en la infancia forman parte del tramado de solidaridad intergeneracional y femenina, no se pone en duda y se transmite sin palabras pero con la fuerza de un mandato: en muchos casos dando ejemplo, en otros, con expectativas que se leen entre líneas.
Las mujeres de la generación mayor y de ambos estratos socioeconómicos recibieron de sus madres el ejemplo como enseñanza y mandato incorporando a progenitores envejecidos al núcleo familiar, los cuidaron brindándoles una atención que se anteponía, en ocasiones, a la de los hijos y al cónyuge. Estas mujeres también adoptaron como algo natural un orden jerárquico, implícito y tácito, de responsabilidades en el seno familiar: en primer lugar, las hijas mujeres, en segundo término aquellos de la familia que no formaron pareja y solo admitieron otras estrategias de cuidado cuando el parentesco era indirecto, como es el caso de las nueras.
Consecuentes con lo visto y aprendido en su niñez, revelan que el no haber cuidado a sus progenitores ni les pasaba por la cabeza; no es exagerado inferir por algunas de las expresiones que utilizan, que delegar el cuidado hubiera afectado su propia identidad. Pero algo cambió entre ellas. Estas mujeres, que hoy se encuentran en el umbral del envejecimiento, no quieren especular sobre lo que se les avecina pero, en algún momento, reflexionaron sobre sus experiencias y han tomado una posición tal vez sin darse cuenta. Por ahora solo es un atisbo que se lee en algunas respuestas a la pregunta ¿cómo quieren ser cuidadas en su vejez?
Pocas quieren pensarlo o reconocer que han pensado sobre ello, todas están seguras que su familia, en especial las hijas, cuidará de ellas y esperan que el afecto las rodee y las proteja. La mayoría aspira a conservar la autonomía, muchas se inclinan por ser atendidas en sus propias casas por cuidadores remunerados y, si llegara el caso, otras pocas prefieren ser institucionalizadas. Ninguna desea ni fantasea con integrarse en la familia de su progenie. Muy por el contrario, como si hubieran aprendido de su experiencia, se atreven a inaugurar un nuevo mandato. Exigen a sus hijas e hijos que no carguen con ellas y los conminan a institucionalizarlas si fuera necesario, convencidas de que cuidarlos en forma personal, como vieron hacerlo a sus madres y lo hicieron ellas mismas, es una forma de joderles la vida.
Las mujeres de la generación más joven consideran, como sus madres y abuelas, que la familia debe hacerse cargo de sus miembros envejecidos o enfermos y están dispuestas a hacerlo en su representación; sin embargo, la realidad cotidiana las enfrenta a situaciones no vividas por sus antecesoras y, en la voz de las que ya están atendiendo a progenitores mientras crían a sus hijos, se percibe claramente un malestar: por un lado, hablan de las demandas cruzadas a las que están expuestas y, de algún modo, cautivas y, por el otro, se ven obligadas a jerarquizar esas demandas: ¿hijos chicos versus padres dependientes? ¿Quiénes las necesitan más? ¿Cómo cuidar a todos y mantenerse en el mercado laboral?
Desde su concepto de cuidado infantil, las entrevistadas más jóvenes quieren preservar a sus hijos de una visión prematura de los estragos de las enfermedades y la vejez; se sorprenden y descolocan ante la similitud de atenciones que deben repartir entre hijos y padres simultáneamente y, sobre todo, advierten cómo repercute esta situación en ellas mismas, sus relaciones familiares y su trabajo: agotamiento y quejas, reproches y peleas entre hermanas y hermanos, reclamos laborales por inasistencia o poco rendimiento.
Nuevamente se manifiesta entre las mujeres jóvenes que el cumplimiento de todas las obligaciones a las que se someten, por acuerdo, mandato o deseo, está en un punto de tensión máximo, en el cual los recursos económicos de las de estratos medios apenas alcanzan para aliviar con ayudas pagas algunas situaciones. Sin embargo, al proyectarse hacia su posible futuro, se advierte que ellas transmitirán de alguna manera la consigna de cuidado a sus descendientes sin cuestionar la preferencia por la vía femenina, porque aspiran a que mi hija me esté acompañando a afrontar eso.
A su vez, y en consonancia con la tendencia esbozada por la primera generación de entrevistadas, ninguna se imagina incorporando a sus progenitores a su propia familia. Parece que el cuidado incluirá respetar la autonomía de sus madres y padres supervisando ayudas pagas o haciendo las tareas domésticas en sus ámbitos habituales. Tampoco descartan la institucionalización a la que atribuyen nuevos sentidos como una mejor instancia para la sociabilidad entre pares y la atención profesional basándose en experiencias muy cercanas que contradicen aquello de depósitos para abandonar a los viejos.
No hay duda de que las mujeres seguirán cuidado y enseñando a sus hijas a ser cuidadoras aunque los contextos hayan variado con respecto a sus antecesoras, pero la mayoría ensayará nuevas estrategias de cuidado.
Cuidado personal y reproductivo
La observación sobre el autocuidado de las mujeres y el control reproductivo a través del tiempo ofrece elementos para ampliar el análisis hacia otros aspectos que identifican un proceso de cambio, con indicios de consolidación; esos aspectos permiten advertir también que se agudizan y extreman las dificultades que enfrentan las mujeres más jóvenes para mantener un efectivo cuidado personal.
En el relato de ambas generaciones sobre cómo se cuidan a sí mismas se destacan coincidencias, más claramente expresadas por las mujeres de estratos medios, que apuntan a una valoración del autocuidado, comportamientos preventivos rutinarios incorporados a temprana edad y transmitidos intergeneracionalmente.
La valoración del autocuidado es generalizada a nivel del discurso y se traduce en términos de nutrición, descanso, ejercicio, controles médicos y atención psicológica. Entre las mujeres de estratos medios bajos la valoración del autocuidado está asociada a la salud necesaria para cumplir con el trabajo doméstico y extra doméstico.
Entre las de niveles medios prima una concepción que no se limita al adecuado funcionamiento del cuerpo y de la mente sino al bienestar personal. En las más jóvenes se observa una postergación del propio cuidado que se registra como asignatura pendiente a causa de sus múltiples responsabilidades domésticas y laborales.
En mayor o menor medida, por un motivo u otro, todas las mujeres han asimilado como obligación de autocuidado el control médico preventivo (en especial el ginecológico), realizan actividades físicas e intentan seguir una dieta saludable. El descanso también figura en esta agenda, así como la atención psicológica. Las posibilidades económicas condicionan los medios que utilizan las mujeres para concretar el auto cuidado.
Los cuidados de la propia salud fueron asumidos por las mujeres de más edad en los inicios de su trayectoria vital. Las más jóvenes expresan que alguien les transmitió estos principios: “Tengo muy marcado los controles ginecológicos y me los hago”. Por otra parte, se sienten en falta, se descalifican o justifican cuando no los pueden cumplir porque según sus testimonios, no les alcanza el tiempo porque están condicionadas por las exigencias del mercado de trabajo. Los recursos económicos para solventar ayudas pagas en las tareas de cuidado familiar alivian el trabajo de algunas mujeres, pero no determina un mejor auto cuidado.
Las similitudes que se advierten en los relatos de todas las entrevistadas lleva a pensar que sienten cierto desamparo a la hora de cuidarse a sí mismas: Tendría que estar comiendo mejor pero…, debería dormir más pero…, sería bueno hacer ejercicio pero… Después del “pero” siempre está la falta de tiempo o el cansancio porque antes estuvieron ocupadas en su trabajo, las tareas domésticas o el cuidado de familiares.
Otro panorama se observa en los aspectos reproductivos: independientemente de la edad, el estrato socioeconómico o el método de regulación de la fecundidad está en manos femeninas. En este aspecto, y si bien las entrevistadas han sido bastante escuetas en sus relatos (solo una mencionó el aborto), podría inferirse que el control reproductivo forma parte de un legado de autocuidado intergeneracional.
¿Qué esperan o demandan del Estado?
La mayoría de las entrevistadas, sean de la primera o de la segunda generación, y sin que las diferencie el nivel socioeconómico, tiene conciencia de que el Estado debe brindar asistencia y cuidado a los adultos mayores y a sus familias. No dudan en afirmar que el Estado debe hacerse cargo de los que están solos y/o de los que carecen de recursos y saben que las leyes están y, por lo tanto, el Estado debe ejecutarlas.
Las mujeres de más edad, especialmente las situadas en estratos medios bajos, recuerdan una época en la que los derechos de los ancianos no existían (la que vivieron sus padres) y aprecian la presencia del Estado en instituciones creadas para ese fin como el PAMI o geriátricos.
Las entrevistadas del estrato medio señalan la incoherencia entre un Estado que asume el cuidado de los adultos mayores amparando sus derechos y una realidad que abunda en la falta de respeto a esos mismos derechos.
En el marco legal vigente, los derechos están fuera de discusión y es un principio que subyace en las respuestas de las entrevistadas cuando se refieren a personas mayores; por el contrario las respuestas son menos precisas cuando se trata el rol estatal en relación al cuidado de los niños.
Las críticas sobre el rol del Estado en cuanto a la problemática del cuidado que hacen las entrevistadas se refieren al fragmentado sistema de seguridad social que imposibilita satisfacer una creciente demanda ante el envejecimiento demográfico.
Aparecen entonces peticiones concretas: las mujeres de la primera generación piden supervisión e involucramiento efectivo para las instituciones que ya brindan asistencia, que haya más controles, que se ocupen de ver que eso funcione bien y alertan sobre la escasa capacitación del personal profesional y asistentes. Desearían mayor cantidad de geriátricos y centros de día así como montos de las jubilaciones más elevados.
Las más jóvenes formulan fuertes cuestionamientos sobre el funcionamiento actual de las instituciones estatales y de las instituciones de cuidado en general, incluyendo a las privadas. Se observa con desazón que sus mayores no están protegidos, muy dejados, que si los hijos no los acompañan sufren desamparo ante una burocracia indiferente o quedan librados a la mala atención.
Por otra parte, las mujeres jóvenes advierten sobre los cambios sociales producidos en las últimas décadas, tanto en la estructura familiar como en las condiciones habitacionales, como resultado de un nuevo contexto demográfico y socioeconómico en el que no existen familias extensas ni casas grandes que las alberguen, ni posibilidades de que alguno de los adultos en edad productiva no trabaje y se dedique solo al cuidado: tiene que ver con un cambio de paradigma.
En una línea de pensamiento que aúna a las mujeres de niveles medios y a las de medio-bajos, la cohorte más joven asocia niños y ancianos en una misma demanda concreta y definida al Estado: proporcionar instituciones de cuidado que sean garantes de buena atención, seguridad y acompañamiento, en las que puedan confiar para delegar tareas que están superando sus fuerzas: “Lugares donde uno pudiera dejar a sus hijos sabiendo que van a estar bien cuidados y los van a tratar bien, igual para los mayores”. En resumen, guarderías y geriátricos bien equipados, con personal capacitado, accesibles. Algunas mujeres profundizan y fundamentan la necesidad y el mutuo beneficio de tratar en conjunto la problemática de la niñez y la vejez porque el Estado no está cubriendo ese lugar de nido, de ayuda, en el caso de los abuelos también.
Todas las entrevistadas comparten la idea, el sentimiento y el valor moral de que el cuidado de los adultos mayores y de los niños es un compromiso entre familia y Estado y no se desligan de la responsabilidad de hacerlo. Las más jóvenes, en especial, saben o anticipan que ya no podrán cumplir con el mandato de cuidado porque las condiciones socioeconómicas han cambiado radicalmente y su situación en particular es doblemente exigida: ¿cómo cuidar cuando se tienen hijos pequeños y padres enfermos mientras se sostienen las tareas del hogar y se responde a los requerimientos del trabajo remunerado?
Las mujeres reclaman del Estado que asuma su parte, que no ponga trabas ni postergue lo que la ley reglamenta, que controle la gestión, que no abuse de la falta de conocimiento del adulto mayor o de la familia en situación de vulnerabilidad, que provea guarderías y geriátricos con personal capacitado y que se comprometa, como ellas, a velar por los derechos de niños y ancianos.
Para concluir, los resultados parecen indicar que a pesar de las transformaciones a nivel socio económico, demográfico y cultural ocurridas en la vida de las mujeres de ambas generaciones, lo que persiste es la responsabilidad femenina sobre el cuidado de niños y personas mayores.








