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Paisanos a los muros

Apuntes para pensar el perfil socio-profesional de los guardias de la cárcel en una prisión de la campaña bonaerense (Argentina, 1856-1919)

Gustavo Federico Belzunces

Introducción

Durante la segunda mitad del siglo XIX se materializó la construcción de cárceles acorde con las demandas de modernizar el castigo. El año 1877 marcó un punto de inflexión para el castigo estatal en la provincia de Buenos Aires con la puesta en funcionamiento de la Penitenciaría de Buenos Aires, que colocó al Estado nacional en la vanguardia de las nuevas ideas punitivas. Esta fuerte impronta penal, se completó en el interior bonaerense, con la inauguración de la cárcel de Mercedes, que junto a las de San Nicolás y Dolores se constituyeron en las tres cárceles de encausados para sus respectivos departamentos judiciales. Con la federalización de la Ciudad de Buenos Aires y su penitenciaría, en el año 1882, la provincia de Buenos Aires comenzó a construir su propia cárcel de castigo y corrección en Sierra Chica, que empezó a funcionar como presidio y penitenciaría desde 1885.

Las preocupaciones por el profesionalismo de los guardias concentraron la atención de las y los historiadores, pero pocos estudios profundizaron en otros problemas asociados a la fuerza. En general, con algunas excepciones más circunscriptas a estudios de los guardias de las prisiones federales, las investigaciones que tuvieron como objeto el conocimiento de la vida en las cárceles lo hicieron analizando las penurias que los reos afrontaron entre sus muros. Sin embargo, no incorporaron del todo a los guardias en la vida de estas instituciones, apareciendo, más bien, en menciones marginales. Entre ellas, se suele afirmar que los guardias compartieron el mismo mundo cultural que los presos, entendiendo que tuvieron el mismo origen social, y que carecieron de formación profesional. Sin embargo, no contamos con ningún estudio en profundidad que demuestre esta afirmación, que sostenemos más con indicios, que con fuentes asociadas al problema.

En este capítulo, nos proponemos analizar el perfil socio-profesional de los guardias de la cárcel de Mercedes entre 1856 y 1919. El marco temporal que nos proponemos analizar se inicia con el año de funcionamiento de la primera cárcel departamental y culmina con los límites que nos impone nuestra principal fuente de análisis. En efecto, el cuerpo documental de este trabajo lo constituyen los libros de Altas y Bajas de la Guardia de Cárcel de Mercedes, de cuales contamos con un libro del año 1880 y otro que toma las altas y bajas del personal de guardia entre 1894 y 1919. En ellos, nos encontramos con valiosa información sobre el origen de los guardias, sus datos filiatorios y sus jerarquías, así como los años de ingreso y egreso a la fuerza. Para su contraste con los presos, estudiamos los libros de Entradas y Salidas de la Cárcel de Mercedes entre 1904-1906, en donde es posible estudiar los datos filiatorios de los presos. El cuadro se completa con fuentes de información cualitativa, como los legajos de los jueces de paz de apreciable información, porque estuvieron a cargo del reclutamiento de los guardias hasta fines del siglo XIX. El Registro Oficial de la Provincia de Buenos Aires contiene información sobre normas y presupuestos que nos permitió tener una idea más general de las características de este cuerpo armado. Finalmente, el estudio de la prensa local también nos aportó algunos indicios valiosos sobre la fuerza.

Las fuentes con las que contamos nos permitirán un acercamiento detallado al perfil social de los guardias y los presos a modo de poder compararlos. Su estudio en la cárcel de Mercedes puede resultar un buen ejemplo para comprender la constitución de esta fuerza en las prisiones de la campaña que prácticamente no contemplan trabajos historiográficos en este espacio. Además, esta cárcel fue objeto de ciertas expectativas punitivas al haber sido inaugurada por el presidente Avellaneda en marzo de 1877 (Belzunces, 2020). De este modo, indagamos en el perfil social y profesional de una fuerza que no perteneció a una institución marginal en el concierto del castigo civilizado de la campaña bonaerense del período, sino a una institución que se presentó como una avanzada modernizadora del Estado sobre un espacio siempre bajo sospecha de barbarie por las élites del siglo XIX.

En este trabajo, suponemos que la necesidad de conformar un cuerpo de guardias para esta institución no se acompañó de las urgencias por su profesionalismo. Las preocupaciones de las autoridades estatales estuvieron más asociadas a garantizar cierta disciplina para su uso miliciano al servicio del gobernador, que a una formación específica para sus funciones. La falta de profesionalismo y el origen social de los guardias, se suelen presentar como causales de complicidades y violencias en la vida entre muros. Aquí, sin discutir en profundidad sus efectos sobre la vida en la cárcel, nos proponemos dilucidar su perfil social. Suponemos que, con algunos matices, las características sociales de los guardias se correspondieron con las de los paisanos rurales bonaerenses. Al igual que con el resto de las fuerzas militares, el cuerpo para la custodia de los criminales y presos comunes de la cárcel de Mercedes lo pusieron los trabajadores pobres de la campaña.

Hacia la formación del cuerpo guardia de la cárcel

Las primeras cárceles de los departamentos judiciales funcionaron en las antiguas alcaidías, en general, pequeñas casas donde también solían cumplir sus funciones los jueces de paz. Este fue el destino de los presos, cuando en 1856 se formó el Departamento Centro de Justicia con sede en la Villa de Mercedes. Los encausados de todos los juzgados de paz correspondientes a su jurisdicción pasaron a alojarse en la casa del juez de paz, una pequeña arquitectura con dos habitaciones que hacían de celdas con rejas a la calle (Belzunces, 2020). Naturalmente, el arribo de presos de todos los juzgados fue colapsando rápidamente los espacios de esta pequeña cárcel, cuando los tiempos de los procesos judiciales no se comenzaron a corresponder con la capacidad de esta simple arquitectura.

Los reclamos por “una cárcel para los presos del Departamento” tuvieron sus primeros efectos cuando en 1867 se iniciaron los trabajos para construir un edificio municipal que, entre otras funciones, contemplaría una cárcel para el juez de paz. Iniciadas las obras, todos los presos fueron trasladados a una casa alquilada y refaccionada para cumplir funciones de cárcel, cuyas seis habitaciones fueron las respectivas celdas. Cuando en 1869 culminó la construcción del nuevo edificio municipal, los presos del juzgado de paz fueron trasladados a la nueva alcaidía, quedando en la casa alquilada los reos correspondientes al Departamento Judicial. Su suerte cambió nuevamente cuando, en 1877, el presidente Avellaneda anunció el ingreso de nuestro país en la modernización punitiva inaugurando la cárcel de Mercedes. Una arquitectura penal para “más de doscientas plazas”, con un muro de circunvalación que garantizaba su seguridad.

Hasta la nueva cárcel departamental, las improvisadas arquitecturas que funcionaron desde 1856 para alojar a los presos de la justicia letrada, se mostraron muy vulnerables. Con paredes de adobe y rejas a la calle, las fugas de los reos, e incluso algunos “derrumbes”, no escaparon a la vida cotidiana (Levaggi, 2002; Belzunces, 2021). De este modo, al no contar más que con paredes endebles y simples rejas, su seguridad, en gran medida, estaba sostenida por los guardias.

Sin embargo, garantizar un cuerpo estable de custodia para la cárcel se mostró como una empresa problemática desde el inicio. En efecto, la demanda de brazos para una economía rural en expansión y la necesidad de paisanos para la guerra, en el proceso de formación estatal, generaron durante gran parte del siglo XIX un problema permanente de falta de hombres. Al mismo tiempo, la reconfiguración de las milicias en guardias nacionales durante la década de 1860 forjó presiones de “servicios” al Estado provincial sobre la población campesina avecinada que, además de sus tareas laborales, debían servir en la Guardia Nacional (Canciani, 2017). Fueron parte de estas obligaciones milicianas la custodia de las cárceles de la campaña, a cargo de los jueces de paz y de los jefes de milicia locales, a las cuales se destinaron paisanos de esta fuerza. Bajo condiciones muy precarias, los guardias recibieron un salario por su “servicio”, pero dependieron del “rancho” para su supervivencia. Los bajos salarios propiciaron las deserciones y las demandas por mejores condiciones de vida autorizando, desde sus primeros años de funcionamiento, que los mismos puedan conchabarse, intercalando los servicios en la cárcel con semanas de trabajo asalariado. Aun así, nuestras evidencias demuestran que los guardias se alimentaron de la comida de los presos e, incluso, hicieron uso de sus medicinas (Belzunces, 2018). Los conflictos militares y las malas condiciones de vida exacerbaron las dificultades para conseguir paisanos dispuestos a integrar la fuerza. A partir de la década de 1870, el reclutamiento por medios coercitivos, como los penados por “vagancia” o por desertar de otras fuerzas como la Policía, se volvió un mecanismo frecuente. En consecuencia, la condición de avecinado, propia de los primeros guardias, fue cediendo frente a las necesidades de reclutamiento. Sin embargo, el descontento de los guardias y su origen social, que en palabras del juez del Crimen era una fuerza “compuesta en su mayor parte por hombres vagos, sin ningún tipo de instrucción militar en su gran mayoría y autores de más de un delito”, los volvieron objeto de sospecha permanente ante las recurrentes fugas de los presos (Belzunces, 2018).

La cárcel de 1877 intentó resolver algunos de estos problemas, en la medida en que su seguridad no dependía únicamente de los guardias, ya que un gran muro de circunvalación protegió el edificio reemplazando sus paredes de adobe y las viejas rejas contiguas a la vía pública. Con la renovación edilicia, comenzaron las iniciativas para ordenar el cuerpo de guardias, aunque sus jerarquías conservaron continuidades. En efecto, así como el alcaide de la vieja cárcel siguió en funciones del nuevo edificio, también lo hizo el juez de Paz en el reclutamiento de los guardias.

Las intenciones de ordenar la fuerza, darle entidad y mayor disciplina tendrán su correlato con la creación del Batallón Guardia de Cárcel, en 1879, con un jefe, un segundo jefe, 27 oficiales, 95 clases y 362 soldados. Aunque, como en la cárcel de Dolores, este cuerpo no estuvo exento del reclutamiento de infractores a la ley de enrolamiento y “vagos” (Sedeillán, 2006-2007). Un año después, luego de la federalización de la ciudad de Buenos Aires, se organizó el Servicio de Guardia de las Cárceles de la campaña, mediante un decreto del 6 de octubre de 1880 con la firma de Bustillo (Rodríguez Méndez, 1989: 101-102). Este Servicio estará conformado por la confluencia de las fuerzas pertenecientes al Regimiento Guardia Provincial y el Batallón Guardia Provincial, que en las cárceles cumplían funciones de custodia y traslado de detenidos.

Posteriormente, en 1881, en el marco de un reordenamiento de las fuerzas provinciales luego de su derrota frente a las tropas del gobierno nacional, se incrementó el número de efectivos y se aprobó un reglamento para su personal. Según este reglamento, publicado en el Registro Oficial, la fuerza quedó conformada por cuatro compañías, cada una de ellas con un capitán, un teniente, un subteniente, un sargento 1°, un sargento 2°, un cabo 1°, un cabo 2° y 34 guardianes, todos bajo la dependencia del jefe de Policía. Naturalmente, una de ellas se destinó a la cárcel de Mercedes. Finalmente, en 1894, pasó a denominarse Cuerpo de Seguridad de Cárceles.

La creación del cuerpo de guardias y el reglamento venían a ordenar la fuerza y generar un marco para garantizar mayor disciplina. Sin embargo, por lo menos hasta el final del período que nos ocupa, su profesionalidad era una empresa que tendría que esperar. En efecto, desde la federalización de la ciudad de Buenos Aires y la restricción a las provincias de utilizar milicias, el gobernador de la provincia de Buenos Aires utilizó esta fuerza –bajo las denominaciones de gendarmes, policías, bomberos y guardias de la cárcel– en reiteradas ocasiones para protegerse de las intervenciones federales, las revoluciones radicales e incluso la represión de disturbios electorales y sociales. De este modo, la creación del cuerpo de guardias de la cárcel, si bien garantizó mayor ordenamiento de este y disciplina, conservó su utilización miliciana por el Poder Ejecutivo provincial. Como lo expresara un cronista del diario local El Oeste en febrero de 1905, quien luego de recordar que los batallones provinciales son ilegales, sentencia que el gobernador Ugarte los sostiene “disfrazados” de Guardia cárceles o gendarmes[1]. De este modo, su formación y entrenamiento, así como su armamento y su respectivo uniforme, reprodujeron las lógicas militares y milicianas, muy lejos de los objetivos específicos que esta fuerza debía tener en la reforma penal[2].

El perfil profesional de los guardias de la cárcel

Como mencionamos, el cuerpo de custodia de la cárcel tuvo una gran heterogeneidad en el origen de sus miembros, pero esta situación estuvo lejos de ser exclusiva de nuestra cárcel. Según el Censo Nacional de 1906, las cárceles provinciales presentaron distintas situaciones en el origen de los miembros de sus fuerzas penitenciarias. Las cárceles federales como la Penitenciaría de Buenos Aires y las propias de las provincias y los territorios nacionales, estuvieron custodiadas por miembros del ejército nacional, hasta la creación del cuerpo Guardia de Cárceles en 1911 (Olaeta y Canavessi, 2020). Cada provincia resolvió la custodia de sus cárceles de forma distinta, por medio de tropas del ejército, miembros del cuerpo de bomberos, agentes de policía, “vigilantes” o el propio cuerpo de Guardias de Cárceles; en las cárceles de mujeres algunas provincias simplemente declararon que “no hay custodia” o estaban a cargo de las religiosas. En el caso de la provincia de Buenos Aires, el Penal y Presidio de Sierra Chica declaró estar custodiado por un oficial y cincuenta hombres del cuerpo de Guardia de cárceles. Sin embargo, la cárcel de detenidos y la cárcel y penitenciaría de la ciudad capital de La Plata, así como las cárceles de encausados de la campaña de San Nicolás, Mercedes y Dolores manifestaron estar a cargo del Cuerpo de Bomberos de La Plata[3]. Los bomberos de la Provincia de Buenos Aires, no fueron solo un cuerpo orientado a cubrir urgencias civiles como los incendios, sino que portaron armas y tuvieron entrenamiento militar acorde con las necesidades milicianas del Gobernador. Entre otras obligaciones, cubrieron la custodia de las cárceles, sobre todo cuando los propios guardias eran movilizados a la ciudad de La Plata con fines políticos, como las posibles intervenciones federales, intimidatorios a sus opositores o, en ocasiones, mantener el “orden social” frente a posibles huelgas o disturbios. En efecto, en 1887 se creó el Cuerpo de Bomberos de La Plata con miembros de la policía y con entrenamiento militar. Sin embargo, en 1891 por decreto del Poder Ejecutivo, entregó sus materiales al cuerpo de Guardia Cárceles que pasará a cumplir ambas funciones, como bomberos y como custodia de las instituciones penales. En 1898, los materiales volverían a cargo de los bomberos, para fusionarse nuevamente con los guardias en 1899, funcionando con la denominación de Cuerpo de Bomberos y Guardianes de Cárceles, separándose recién en 1910 de sus funciones de custodia para constituirse como Cuerpo de Bomberos de la Provincia de Buenos Aires, aunque, en la práctica, su presencia en las cárceles continuó por algunos años más.

Para una imagen más precisa, registramos el perfil de los Guardias según su origen “profesional” en el año en que fueron dados de Alta en la fuerza, expresados en el siguiente cuadro.

Cuadro 1. Altas del cuerpo de Guardias de la cárcel de Mercedes
según su profesión, 1894-1919

Año

GuardianesAgentesBomberosSoldados

1894

8

1897

42

1898

99

1899

72

1900

1571

1901

1477

1902

5423

1903

5543

1904

731

1905

1622

1906

2522

1907

16241

1908

739

1909

425

1910

1028

1911

27

1912

5212

1913

471435

1914

511

1915

191

1916

20

1917

291

1918

125

1919

181

Total

4674037336

Fuente: Libro de Altas y Bajas de los Guardias de la Cárcel, Archivo Unidad 5 de Mercedes.

Según el libro de Altas que expresamos en este cuadro, de los 1213 Guardias que custodiaron la cárcel de Mercedes entre 1894 y 1919, el 38,5 % fueron registrados como guardianes, casi en paridad el 33 % como agentes de policía, el 28 % como soldados y solo el 0,5 % como bomberos. Como observamos, los bomberos constituyeron una minoría absoluta y se registraron recién a partir de 1917 cuando ya era una fuerza separada de los guardias, evidenciando que más allá de su institucionalidad, algunos de sus miembros fueron reclutados para custodiar las cárceles. Es posible entonces que los cuarenta hombres del cuerpo de bomberos de La Plata que fueron censados en 1906 como custodios de la cárcel de Mercedes, figuren en las altas de la fuerza como guardianes, o en su defecto, como agentes de policía de la cual dependían.

De todos modos, la heterogeneidad que observamos en el cuadro 1, nos indica una fuerza que estuvo lejos de ordenarse en un cuerpo específico de la institución, hasta los inicios de 1914. Estas categorías, en ocasiones utilizadas como sinónimos, evidencian que no tienen una clara delimitación en la fuerza, no es posible, en consecuencia, contar con una burocracia consolidada para la misma hasta, por lo menos, la segunda década del siglo XX. En efecto, si observamos la evolución de sus profesiones durante el período analizado, vemos que, hacia finales del siglo XIX, el origen de sus miembros vino de la policía. A partir de 1902, son reemplazados por soldados. Esta denominación no sabemos a qué responde, pero es poco posible que se trate de soldados del ejército como en las cárceles federales, más bien, nos inclinamos que se debe a ingresantes con formación militar provenientes de estas fuerzas militares. Finalmente, los guardianes, que superaron a los soldados en 1906, vuelven con fuerza en 1913 para constituirse en la única profesión de los paisanos que custodiaron la cárcel. El año 1915, marcó un pico muy contrastante con el resto de los años, que evidenció el ingreso masivo de nuevos guardias, el cual, especulamos, asociado a los finales del gobierno provincial de Ugarte[4]. Lo que parece suceder entonces, es que el gobernador trazó el inicio de un nuevo camino en la historia de la fuerza, conformada casi exclusivamente por guardianes, una fuerza que se mantuvo fiel a su gobierno en las diferentes coyunturas conflictivas. De este modo, podemos pensar que el cuerpo de Guardias de la cárcel tuvo una primera etapa entre 1854 y 1880 donde estuvo conformado por Guardias Nacionales y vagos enviados por los jueces de paz. En efecto, según el libro de Altas y Bajas de esta fuerza en 1880, de los 118 guardias que fueron relevados ese año, solo tres, todos en el mes de julio, arribaron a la fuerza en forma voluntaria, como el suizo Julio Hermingan y los argentinos, con el grado de sargento segundo, Teófilo Rocha e Inocencio Castro; uno, el italiano Rafael Paredes, de 20 años, lo hizo por orden del juez de paz; y, los 114 restantes, fueron enviados a cumplir sus servicios militares por los comandantes de Chivilcoy, Bragado y Salto. Le siguió una segunda etapa, en donde se comenzó a ordenar la fuerza con la publicación de un reglamento y la conformación específica como custodia de la institución. Sin embargo, como demostramos, su uso miliciano y su dependencia de la policía, conformaron una fuerza cuyos miembros tuvieron orígenes diversos. De este modo, muy lejos de su profesionalismo, los custodios de esta cárcel no contaron con una formación especializada. Podemos especular, que, a partir de 1915, se inició una nueva etapa donde la fuerza contará, casi exclusivamente, con guardianes como custodios de la cárcel, en parte, como consecuencia de su centralización en poder del gobernador; aunque, su formación profesional deberá esperar hasta la segunda mitad del siglo XX.

Esta heterogeneidad en el origen de los guardias y sus usos milicianos demuestra que el proceso de centralización monopólica de la fuerza en el Estado Nacional fue más problemático, es decir, menos lineal. En consecuencia, podemos suponer que esta “falta de profesionalismo” de los guardias, no se debe a la precariedad de las instituciones provinciales, sino a las lógicas propias en que se construyó la institucionalidad del Estado de la provincia de Buenos Aires.

Perfil social de los guardias de la cárcel

Tal como argumentamos, nuestro análisis sobre los libros de Altas y Bajas de los Guardias de la Cárcel nos presenta una heterogeneidad de denominaciones. El perfil social que analizaremos aquí contempla su totalidad, ya que todos conformaron la guardia. Según nuestra fuente, registramos un total de 1358 guardias entre 1894 y 1919, con sus altas y bajas. Comencemos, entonces, por el análisis de sus datos filiatorios. En principio, los hombres que cumplieron con el servicio de guardia fueron solteros en un 77 %, sólo un 22 % de ellos estuvo casados, y el 1 % viudo[5]. El 60 % fue registrado como trigueño, sólo un 3 % como “negro-mulato” y el resto como blancos. El 75 % estuvo alfabetizado al momento de dar su alta en la fuerza, un porcentaje que, como en el resto de la población, se corresponde con los avances de la educación pública desde la segunda mitad del siglo XIX.

En cuanto a sus fluctuaciones, si dividimos nuestros datos por quinquenios entre 1899 y 1918 notamos algunos cambios. En el caso de los casados, registramos una leve tendencia a su aumento que, aunque no nos permite pensar en un cambio significativo de esta condición civil en la fuerza, vale la pena dar cuenta. En efecto, si entre 1899 y 1903 los casados representaron el 17,5 %, una cifra análoga a la de los guardias de 1880, luego, entre 1914 y 1918, lo hicieron con el 26,5 %. Esta leve suba de guardias registrados en esta condición puede representar una tendencia a la suba de más largo plazo que no podemos dilucidar con los datos que disponemos hasta el momento. Aunque si tomamos los tres últimos años podemos especular que se corresponden con esta impronta: en 1917 los casados representan el 38‍ %, en 1918 el 31 %, para elevarse esta cifra al 68 % en 1919.

El predominio de paisanos solteros, migrantes, estuvo asociado al reclutamiento de “vagos” para los ejércitos de línea. Aunque tenemos sobradas evidencias de que el reclutamiento de los guardias siguió estos métodos coercitivos hasta finales del siglo XIX, más disociados de las lógicas milicianas que le dieron origen a la fuerza, no lo podemos determinar con certeza; aunque es posible pensar que el aumento del número de casados se corresponda con una mayor estabilidad en la misma. Es decir, que se esté transformando en un ingreso laboral, bajo formas de reclutamientos voluntarios.

Más disruptivos se nos presentan los datos de la alfabetización de los guardias durante este período. Así, mientras que los analfabetos representaron el 33 % entre los años que van desde 1899 a 1908, esta cifra cae al 19 ‍%, entre 1909 y 1913, para derrumbarse al 8 % entre 1914 y 1918. Especulamos que los efectos de la educación pública explican este avance progresivo hacia la alfabetización total de los guardias, más que un celo por exigir instrucción educativa en su reclutamiento, aunque no lo descartamos.

El 87 % de los guardias estuvieron domiciliados en Mercedes, aunque el 13 % restante se registró con domicilio en un “cuartel”. No podemos determinar con estas fuentes a qué refiere con exactitud esa categoría, pero en otras evidencias se menciona como “cuartel” a los domiciliados que habitaron fuera del ejido de la ciudad, es decir, en los cuarteles rurales de Mercedes. Si esto es así, la totalidad de los guardias pasaron a vivir en esta ciudad al ingresar en la fuerza. Aun así, en algunos casos mencionan cuarteles numerados que parecen corresponderse con los regimientos. Para una mejor perspectiva, analicemos sus procedencias.

Si examinamos su lugar de nacimiento, aunque todos se domiciliaron en Mercedes, 328, el 28 % de los mismos fueron oriundos de esta ciudad. En otros términos, de los 1153 paisanos que registramos donde nacieron, 827 fueron oriundos de otros pagos y, en consecuencia, pasaron a vivir en Mercedes. Estas evidencias, nos permiten especular que la cárcel y su cuerpo de guardias contribuyeron a consolidar el desarrollo poblacional y económico de la ciudad, constituyéndose en una fuente de trabajo estable.

Sin embargo, aunque los mercedinos se destacaron, la mayoría de los guardias tuvieron procedencias diversas. El 50 % lo fue de la provincia de Buenos Aires, el 31 % de las provincias restantes, el 7 % de la ciudad de Buenos Aires (Capital Federal) y el 12 % fueron originarios de otros países. Sobre los nacidos en la provincia de Buenos Aires, el 70 % lo hicieron en los partidos de Mercedes (el 57 %), Chivilcoy y Luján. Las cercanías, entonces, fueron un atractivo lógico para reclutar hombres a esta fuerza. Es posible también que, hasta la primera década, estas cercanías geográficas en el reclutamiento estén asociadas a obligaciones milicianas de una parte de sus miembros, dada la naturaleza ambigua de la fuerza. Respecto de las otras provincias, se destacaron los cordobeses, puntanos y cuyanos, en ese orden. A excepción de los mendocinos, que lo hicieron en el quinquenio de 1914-1918 (al igual que los mercedinos), la mayoría de ellos fueron registrados entre 1899 y 1908. Solo a los fines comparativos, la provincia de Córdoba, con 72 paisanos, aportó casi los mismos guardias que la Capital Federal, con 82. El 12 % fueron extranjeros, entre ellos, se destacaron los españoles y los árabes, luego los italianos y los orientales, quienes, entre todos, representaron el 79,5 % de los mismos. Este porcentaje de extranjeros en la fuerza se encuentra por debajo de su representación poblacional en la zona oeste, que no fue menor del 20 %. Es decir que, si bien los 137 inmigrantes que integraron la Guardia no constituyeron un número marginal, no podemos deducir de ello que se conformaron en un auxilio central a los ingresos en la fuerza, como sería para la policía de capital (Gayol, 1996)[6].

Aun así, el 87 % de todos los guardias (unos 1155), se registraron como argentinos. Mientras que los de nacionalidad europea fueron solo del 7 %, y con valores del 3 % restante lo hicieron los americanos y asiáticos. Los guardias no presentaron ningún miembro de nacionalidad africana, en clara sintonía con los cambios demográficos de este período.

En cuanto a su ocupación, de los 1261 guardias que tenemos registrados, el 89 % fueron reclutados como trabajadores sin calificación, de los cuales, el 86,5 % fueron jornaleros y solo el 2,5 % empleados. Apenas el 7 % presentó alguna calificación, entre los que se destacaron los panaderos (con solo 13 casos) y albañiles (10 casos), con pocos registros de peluqueros, pintores, telegrafistas, tipógrafos y carpinteros, entre otros. Los agentes del orden, representados por los militares, fueron solo el 2,5 % que, en casi su totalidad, lo hicieron entre 1897 y 1898. Finalmente, en valores muy marginales, 8 de ellos eran estudiantes; apenas 5 agricultores y 3 comerciantes. En suma, si abarcamos a los trabajadores calificados, empleados y jornaleros, los guardias de la cárcel fueron un cuerpo que durante este período se constituyó en un 96 % por paisanos asalariados de la campaña.

Finalmente, nos queda por explorar la edad de los reclutados a este cuerpo de custodia. Si tomamos los datos de 1898 a 1919, nos da un promedio de 28 años para todos los guardias que conformaron la fuerza, sin fluctuaciones significativas durante el período; lo cual la constituye en una fuerza relativamente joven, aunque con una edad lógica para estas instituciones. Sin embargo, si tomamos nuestros datos sobre los guardias de 1880, año en que se creó el cuerpo, su promedio de edad fue de 25 años. Esta cifra más baja que el promedio de sus años posteriores, responde a que el 31 % de los mismos, con 40 casos, fueron menores de 21 años. De ellos, el 30 %, tuvieron entre 16 y 18 años. Esta cifra tiene una tendencia a la baja en nuestros registros de los años posteriores. En efecto, sobre 1270 registros de la edad de los guardias entre 1894 y 1919, el 19 % fueron menores. De ellos, el 36 % (85 guardias) tuvieron entre 17 y 18 años, a excepción del guardián Fortunato Gutiérrez, un estudiante trigueño, domiciliado en Mercedes, que tuvo el alta en febrero de 1917 con sólo 15 años, para retirarse de la fuerza “por orden superior” cuatro meses después. El resto, naturalmente, tuvieron entre 19 y 21 años.

La presencia de los menores en los cuerpos armados constituyó la normalidad durante el siglo XIX, quienes desde los 16 años eran reclutados a las milicias locales o a los cuerpos armados como el Ejército, estos, además de ser plazas voluntarias para los jóvenes, se constituyeron en lugares de corrección donde los mismos eran destinados por comisarios, jueces de paz o defensores de menores (Conte, 2021). En definitiva, las obligaciones a las que estaban sujetos estos jóvenes los acercaron a las de los adultos, ya que participaron de las mismas actividades laborales que los guardias mayores de edad. En efecto, si analizamos los guardias menores de edad entre 1894 y 1919, el 86 % de ellos fueron trabajadores asalariados sin especialización, conformados por 196 jornaleros y 10 empleados. Solo el 10 % fueron trabajadores especializados, como panaderos, mecánicos, tipógrafos, telegrafistas o albañiles, entre otros. Siete de ellos fueron estudiantes y, aunque marginales, encontramos dos agricultores y un comerciante. En suma, la casi totalidad de estos menores que conformaron la guardia fueron trabajadores, solo el 24 % de ellos fueron analfabetos, una cifra muy similar a la de la totalidad de la fuerza. Finalmente, para completar el cuadro, analicemos el perfil de los guardias por jerarquía.

Los guardias según sus jerarquías

A los fines comparativos, tomamos los datos de aquellos que fueron dados de alta en la fuerza bajo la categoría de “guardianes”, cabos y sargentos, entre 1894 y 1919. De este modo, podremos determinar qué distancia social identificamos entre los mismos. Naturalmente, el número de guardias registrados en las tres categorías es muy disímil, así, mientras que los sargentos que identificamos fueron 28, los cabos fueron 53 y los “guardianes” 476. Por “guardianes” contemplamos a todos los guardias registrados con esta categoría, excluyendo, a los fines comparativos, otras denominaciones como los agentes o soldados. Para facilitar nuestro análisis, volcamos los datos filiatorios en el Cuadro 2.

Cuadro 2. Perfil social de los guardias según sus jerarquías, 1894-1919

Filiación

SargentosCabosGuardianes
Casos%Casos%Casos%

Estado

Casado

737 %918 %12128 %

Soltero

1263 %4282 %30972 %

Total

19100 %51100 %430100 %

Instrucción

Alfabeto

2095 %4486 %37487 %

Analfabeto

15 %714 %5613 %

Total

21100 %51100 %430100 %

Color

Blanco

1257 %1533 %15637 %

Trigueño

838 %3065 %25861 %

Negro-moreno-pardo

15 %12 %92 %

Total

21100 %46100 %423100 %

Edad

Edad
promedio

33 años29 años28 años

Menores

14 %713 %8518 %

Total

28100 %53100 %476100 %

Fuente: Libro de Altas y Bajas de los Guardias de la Cárcel, Archivo Unidad Penal nº 5 de Mercedes.

El cuadro parece mostrarnos que las diferencias entre los cabos y los guardianes son más bien mínimas, en consecuencia, no ameritan pensar que sus perfiles sufrieron una selección que esté asociada a su estado, instrucción, color de piel o edad de estos. Sin embargo, las diferencias en sus filiaciones entre los sargentos y los guardianes parecen más marcadas. En efecto, a medida que subimos en la escala de jerarquías, los sargentos tienen porcentajes más elevados de casados, instruidos y blancos. En el mismo sentido se muestran las evidencias relacionadas a la edad, donde los sargentos tienen en promedio cinco años más que los guardianes y cuatro más que los cabos, además de contar solo con un menor entre sus filas. Estas diferencias, sí, nos permiten suponer que, en lo posible, se priorizó a hombres casados, blancos, instruidos y adultos para conformar el cuerpo de sargentos a cargo de la fuerza. Decimos en lo posible porque, como demostramos, predominaron los solteros, trigueños y jóvenes entre los guardias reclutados.

Aun así, aunque en casos marginales, es posible pensar que esta fuerza pudo transformarse en un mecanismo de ascenso social para alguno de sus miembros. En efecto, siete analfabetos ascendieron al grado de cabo, mientras que Julián Díaz, un puntano, trigueño, de 49 años, llegó al grado de sargento, el 10 de febrero de 1901, también sin saber leer y escribir. Lo mismo podemos decir de los menores que, además de un sargento de 19 años, el 17 de octubre de 1907, Enrique Melevo, un porteño, jornalero, recibió el alta con el título de “distinguido” a sus 17 años. También, los morenos, que, siendo una minoría entre los guardianes, contaron con miembros en cada cargo, como Ubaldo Bausá, un negro de 45 años, carrero, que llegó al grado de sargento primero el 25 de julio de 1898.

Si analizamos los orígenes, las diferencias parecen menos marcadas. El predomino de los argentinos alcanza a todas las jerarquías y no ameritan diferencias; también todos estuvieron domiciliados en Mercedes, aunque su lugar de nacimiento parece marcar algunos matices. Mientras que los guardianes fueron bonaerenses de nacimiento en un 74 %, los cabos lo fueron en un 54 %, siendo 42 % de los mismos originarios del resto de las provincias del país. Lamentablemente no contamos con datos para los sargentos, de manera de poder observar si este dato se constituye en una tendencia hacia la máxima jerarquía de la fuerza que examinamos.

Finalmente nos queda determinar el perfil de sargentos, cabos y guardianes según su ocupación, como expresamos en el Cuadro 3.

Cuadro 3. Ocupación de los guardias según sus jerarquías, 1894-1919

Ocupación

SargentosCabosGuardianes

Casos%Casos%Casos%
Trabajadores sin especialización1990 %3874 %36386 %
Trabajadores especializados210 %36 %4711 %
Productores autónomos12 %21 %
Comerciantes21 %
Estudiantes62 %
Agentes
del orden
918 %
Total21100 %51100 %420100 %

Fuente: Libro de Altas y Bajas de los Guardias de la Cárcel, Archivo Unidad 5 de Mercedes.

Nuevamente las diferencias no parecen demasiado significativas como para habilitarnos a pensar en algún criterio de selección que discrimine el acceso a las jerarquías de la fuerza según su pertenencia de clase. Todos fueron, por abrumadora mayoría, trabajadores, aunque los sargentos lo fueron en su totalidad. Es decir que los pocos comerciantes o productores autónomos que identificamos en los guardianes no accedieron a las jerarquías por tener ocupaciones más asociadas a los sectores medios de la sociedad, que al conjunto de los asalariados que conformaron la fuerza.

De este modo, podemos concluir que los sargentos pertenecieron a la misma clase social que los cabos y los guardianes. Para sus criterios de selección, no fueron las distinciones materiales las que predominaron, sino otras características en su filiación como el estado, el color, la edad o la instrucción. Como analizamos, ninguna de ellas parece determinante y, en todo caso, solo la edad establece una diferencia significativa para llegar a la jerarquía de sargento, donde los adultos fueron más prioritarios que los jóvenes, pero sin excluirlos. Claramente, el mando de un cuerpo armado responde a otros criterios más cualitativos que no podemos dar cuenta en este trabajo, como la disciplina, la capacidad de mando o la experiencia, en los que la edad también puede jugar a favor.

Perfil social de guardias y presos

Finalmente, comparamos el perfil de los guardias y presos, para saber si efectivamente “los guardias pertenecieron al mismo mundo social que los presos”. Para una mejor representación, que nos permita entender esta relación entre custodios y reos, tomamos una fracción de años en los que contamos con los datos de ambos, de manera de tener una imagen los más precisa posible de aquellos que convivieron en la prisión de Mercedes durante este tiempo. En consecuencia, comparamos los libros de Entradas y Salidas de Presos entre 1903 y 1906, con los mismos años que registramos en el libro de Altas y Bajas de los Guardias de la Cárcel de Mercedes[7]. Para no abrumar nuevamente con cifras, volcamos los datos en cuadros comparativos, donde representamos diferentes características de todos los guardias (independientemente de sus calificaciones o jerarquías) y presos que convivieron en este período. Comencemos entonces por sus filiaciones, representadas en el Cuadro 4.

Cuadro 4. Perfil social de los guardias y presos, 1903-1906
FiliacionesGuardiasPresos
Casos%Casos%
Estado
Casado3117 %35825 %
Soltero15482 %106773 %
Viudo21 %272 %
Total187100 %1452100 %
Instrucción
Alfabeto11561 %79455 %
Analfabeto7339 %65745 %
Total188100 %1451100 %
Color
Blanco4424 %74350 %
Trigueño12969 %71349 %
Negro137 %61 %
Total186100 %1462100 %
Edad
Edad promedio27 años30 años
Menores5027 %29922 %
Mayores13873 %105478 %
Total188100 %1353100 %

Fuente: Elaboración propia: Libros de Entradas y Salidas de Presos de la Cárcel de Mercedes 1903-1904 y Libro de Altas y Bajas de los Guardias de la Cárcel de Mercedes, del AUPM; Libros de Entradas y Salidas de Presos 1905-1906, del AHMSPB.

El cuadro nos dice que los guardias en relación con los presos que tuvieron que custodiar, entre 1903 y 1906, fueron levemente más instruidos y solteros. Sin embargo, otras variables se nos representan como más contrastantes; en efecto, los guardias fueron predominantemente trigueños, siendo los blancos la mitad con relación a los presos, también fueron más jóvenes y, en consecuencia, con una proporción mayor de menores. Al parecer, estos jóvenes trigueños y solteros que conformaron el cuerpo de guardias no dejaron de presentar continuidades con los paisanos perseguidos, detenidos y enviados a los cuerpos armados de línea durante todo el siglo XIX. Oriundos de otras comunidades y provincias, fueron objeto de persecución del Estado para recomponer los cuerpos armados necesitados de hombres frente a los permanentes conflictos militares. Ahora, presentados bajo formas voluntarias y, posiblemente, coercitivas a conformar la fuerza, sus miembros sostuvieron algunas de sus características. Este cuadro se nos presenta más claro si observamos su origen, representados en el Cuadro 5.

Cuadro 5. Origen de guardias y presos, 1903-1906

Orígenes

GuardiasPresos
Casos%Casos%
Nacionalidad
Argentino16889 %108074 %
Europeo116 %32622 %
Americano95 %463 %
Asiático101 %
Total188100 %1462100 %
Nacimiento
Capital Federal147 %483 %
Otras Provincias7339 %18613 %
Provincia Buenos Aires8344 %81556 %
Extranjeros1810 %40228 %
Total188100 %1451100 %
Domicilio
Mercedes13773 %756 %
Provincia Buenos Aires98983 %
Capital Federal161 %
Otras provincias101 %
Extranjeros51 %
Ambulante928 %
Cuartel5127 %

Total

188100 %1187100 %

Fuente: Elaboración propia: Libros de Entradas y Salidas de Presos de la Cárcel de Mercedes 1903-1904 y Libro de Altas y Bajas de los Guardias de la Cárcel de Mercedes, del AUPM; Libros de Entradas y Salidas de Presos 1905-1906, del AHMSPB.

Los guardias fueron de nacionalidad argentina en casi su totalidad, nacidos en la provincia de Buenos Aires en aproximadamente la misma proporción que los paisanos de otras provincias y con pocos extranjeros. Como ya mencionamos, todos se domiciliaron en Mercedes y sus cuarteles rurales, o algunos presentaron el cuartel militar de origen, ya que fueron destinados a la custodia de la cárcel por sus jefes. En contraste, los presos destinados al tribunal de Mercedes y su cárcel por los jueces de Paz locales fueron originarios de los pueblos que conformaron el Departamento Judicial del Centro. En consecuencia, fueron nacidos en la provincia bonaerense y se domiciliaron en varios de sus pueblos. Sin embargo, aunque fueron argentinos por mayoría, presentaron un porcentaje casi cuatro veces mayor de europeos y tres veces mayor de extranjeros, que se corresponden con los mayores porcentajes de blancos entre los reos registrados, frente a sus guardias. Hasta aquí entonces, mientras que los presos expresaron la diversidad poblacional de sus pueblos de origen, los guardias presentaron características más uniformes, similares a la de los jornaleros migrantes bonaerenses y de las restantes provincias del país. Si observamos el Cuadro 6, completamos más claramente sus perfiles.

Cuadro 6. Ocupación de los guardias y presos, 1903-1906

Ocupaciones

GuardiasPresos
Casos%Casos%
Trabajadores sin especialización18297%100070%
Trabajadores especializados63%16311%
Productores autónomos1369%
Comerciantes705%
Hacendados81%
Estudiantes2
Agentes del orden564%

Total

188100%1453100%

Fuente: Elaboración propia: Libros de Entradas y Salidas de Presos de la Cárcel de Mercedes 1903-1904 y Libro de Altas y Bajas de los Guardias de la Cárcel de Mercedes, del AUPM; Libros de Entradas y Salidas de Presos 1905-1906, del AHMSPB.

En efecto, frente a los presos que tuvieron que custodiar entre 1903 y 1906, los guardias no sólo fueron más jóvenes, trigueños, provincianos y argentinos, sino también, más proletarios. Los guardias fueron todos jornaleros y, a diferencia de los presos, no presentaron entre sus miembros agricultores, hacendados, comerciantes, estudiantes o profesionales. Más aun, entre los asalariados, los presos tuvieron entre sus miembros casi cuatro veces más de trabajadores especializados que los guardias. Aunque conviene no exagerar estas diferencias, ya que, los presos, si bien presentaron mayor diversidad laboral, el 80% de los mismos también fueron trabajadores asalariados, y en su abrumadora mayoría, simples jornaleros.

Esta evidencia nos enfrenta a especular sobre las causales de permanencia de los guardias en la fuerza, frente a una realidad material que no los diferencia de la pobreza de sus custodiados. En principio, la inestabilidad de sus miembros no nos permite pensar en una fuerza consolidada, dado que las altas y bajas fueron permanentes hasta 1915. Si bien, al parecer, siempre se cubrieron las vacantes, los custodios no solían durar más de un año en el cargo. En parte, porque el origen de los guardias era diverso, con lo cual suponemos estuvieron sujetos a obligaciones militares. Ello pudo implicar que una parte de sus miembros, terminado su período de reclutamiento, solicitaban la baja, pero carecemos de mejor información para afirmarlo. Recién desde 1916 la fuerza parece reordenarse, al conformarse por altas de paisanos que se identificaron como miembros de la Guardia de cárcel, y no como soldados, agentes de policía o bomberos. Esta nueva conformación, aportó mayor estabilidad en la fuerza y, al parecer, respondió al cambio de autoridades en la gobernación provincial.

Sin embargo, otras razones pueden explicar la permanencia de los paisanos en la custodia de la cárcel. En efecto, uno de los temores frente a las dificultades de reclutamiento del ejército de línea, era el paso de los hombres de armas a otras fuerzas con mejores salarios y mejores condiciones de vida como los policías, los bomberos o los Guardias de la cárcel de las provincias (Quinterno, 2014: 299-301; Olaeta y Canavessi, 2020: 830). Además, los guardias de la cárcel no estaban sometidos a la rigurosidad de la vida militar, con bajas pagas, permanentes traslados y en condiciones de vida muy precarias (Quinterno, 2014). Podemos suponer entonces que, domiciliados en Mercedes por el tiempo que duró su reclutamiento o en forma permanente, las condiciones de vida de los guardias de la cárcel fueron relativamente mejores que las del ejército de línea, también conformado por paisanos pobres de entornos rurales de las provincias argentinas.

Conclusiones

Hacia finales del siglo XIX el cuerpo Guardia de Cárcel contaba con un reglamento específico y su historia de reclutamientos de penados parecía quedar atrás. Sin embargo, aunque mostrara mayores indicios de orden y disciplina, su formación profesional estuvo lejos de resolverse. Por lo menos hasta los inicios de 1914, la fuerza estuvo conformada con guardias de distintos perfiles profesionales, predominando los agentes de policía hasta 1902, para ser superados por “soldados” hasta 1914, y finalmente, predominar los “guardianes” recién desde esa fecha. Entre ellos, también cumplieron funciones de custodia el cuerpo de Bomberos de La Plata, que recién pasó a cumplir sus funciones específicas en 1910, aunque como observamos, participaron de la Guardia por unos años más. Con armamento y entrenamiento militar, los guardias fueron movilizados en varias ocasiones por los gobernadores de la provincia para resolver disputas políticas y sociales. Este uso miliciano, impidió una formación específica de sus miembros y explica, en parte, la falta de profesionalismo y la heterogeneidad de origen en las altas de sus agentes. Aunque es posible identificar mayor uniformidad en el origen de sus miembros al final de nuestro período de estudio, la formación profesional de sus agentes como política institucional del Estado provincial, no se intentará hasta los finales de la década de 1950.

El perfil social de los guardias se correspondió, casi en su totalidad, con los trabajadores rurales de la campaña bonaerense. Predominantemente solteros y trigueños, no desentonaron con los reclutados a otras fuerzas armadas provinciales y nacionales. La alfabetización progresiva de sus miembros especulamos que no respondió a criterios de selección asociados a la instrucción de los mismos, sino a los avances del Estado en la educación pública.

Oriundos de la provincia de Buenos Aires y de los pueblos adyacentes a la cárcel de Mercedes, esta fuerza no necesitó, de una forma determinante, de los inmigrantes de ultramar para garantizar su reclutamiento, aunque tuvieron una presencia cercana al diez por ciento del total. En efecto, fueron argentinos y domiciliados en Mercedes, lo cual, aunque evidencia formas de reclutamiento en la ciudad, especulamos que consolidó el crecimiento de la población local, ya que, la mayoría de ellos, provenían de otras ciudades y provincias.

Al igual que en las labores y fuerzas militares del siglo XIX, el cuerpo de guardias no estuvo exento de menores, que conformaron cerca del veinte por ciento del total. Con obligaciones similares a las de los adultos, estos jóvenes jornaleros de la campaña también custodiaron las cárceles de encausados.

En efecto, la casi totalidad de los guardias fueron calificados como jornaleros, con pocos miembros entre sus filas de trabajadores calificados y escasos agricultores y comerciantes. Al parecer, fue una fuerza poco tentadora para las clases sociales medias y altas, que ya comenzaban a dejar las armas como instituciones de prestigio.

En cuanto al perfil ocupacional, no se nos presenta muy distinto cuando analizamos sus jerarquías, en consecuencia, también sus sargentos fueron trabajadores asalariados, presentando pocas diferencias con el resto de los guardias. Al parecer, los criterios de selección para acceder a este cargo estuvieron más bien orientados a buscar miembros de mayor edad, casados e instruidos, aunque también presentaron un mayor porcentaje de blancos. Lo que sí está claro es que la riqueza o, en otros términos, la clase social, no fue una condición de acceso al grado de sargento, aunque tampoco había muchas opciones distintas en una fuerza donde la casi totalidad de sus miembros eran jornaleros.

Finalmente, aunque guardias y presos fueron por mayoría proletarios, sus perfiles presentaron algunos contrastes. Mientras que la población carcelaria expresó la diversidad poblacional de los pueblos rurales desde donde provenían los presos, el perfil de los guardias se mostró más uniforme. Fueron jornaleros, migrantes bonaerenses y de las provincias restantes, predominantemente trigueños, argentinos, jóvenes y domiciliados en Mercedes. Frente a los presos que, aunque fueron en su mayoría jornaleros, presentaron una diversidad mayor de trabajadores calificados, con algunas ocupaciones propias de los sectores sociales medios de la campaña. También expresaron mejor las migraciones de ultramar, con un mayor número de europeos, y, en consecuencia, de blancos. Quizás, más asociado a las formas del reclutamiento militar, los guardias fueron más jóvenes que los presos; aunque, sus promedios de edad demuestran que los menores en la prisión no fueron nada excepcionales, sino parte de su vida institucional. Situación que no hace más que reflejar su integración laboral al mundo de los adultos, más allá de los muros carcelarios.

En definitiva, tal como hemos especulado con evidencias más cualitativas, la custodia de criminales y presos comunes estuvo a cargo de los paisanos pobres de la campaña. Pero esta definición no vale solo respecto de su perfil social, sino incluso en contraste con el de los propios presos que custodiaron, que, aunque también fueron en su mayoría jornaleros pobres, presentaron mayor diversidad en sus perfiles sociales. Esta conclusión nos confirmaría que presos y guardias compartieron el mismo mundo cultural y, en consecuencia, nos explicaría algunas de sus violencias y complicidades.

Sin embargo, aunque la cárcel estuvo habitada en su mayoría por paisanos pobres, otros dispositivos de diferenciación institucional hicieron su trabajo para marcar las jerarquías; como el uniforme (sujeto a recurrentes reclamos por su “mal estado”), las posibilidades de hacer “carrera profesional”, la conformación de identidades colectivas y la propia posición de los reos pagando sus penas, nos hacen suponer que los guardias no necesariamente se pensaron como iguales a los presos que tuvieron que custodiar. Claramente las fuentes que analizamos aquí nos impiden profundizar en estas cuestiones más simbólicas y culturales, con las cuales tendríamos un panorama más complejo de las relaciones entre vigilantes y vigilados. De lo que sí estamos seguros, es que los estudios sobre “la vida en las cárceles” no pueden prescindir de ninguna de las partes. Si queremos conocerla, así como estudiamos a los paisanos que padecieron las sombras de sus muros, también debemos conocer a aquellos que los vigilaron desde la intemperie de sus alturas.

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  1. Biblioteca Sarmiento de Mercedes, diario El Oeste, 1905.
  2. En otras palabras, la fuerza nació en manos de milicianos con obligaciones de servicio en la guardia de la cárcel y continuó, luego de su formal creación e instrumentación de un reglamento en 1881, como fuerza de custodia de las cárceles provinciales sujeta a usos y obligaciones milicianas, detrás de las fachadas de sus denominaciones. Esta utilización política obstaculizó su profesionalización, por un lado, porque conservó una gran heterogeneidad en el origen de sus miembros como argumentamos en las páginas siguientes, por el otro, porque no tuvieron una formación específica a sus tareas.
  3. Primer Censo Carcelario de la República Argentina, 31 de diciembre de 1906. Buenos Aires, Talleres Gráficos de la Penitenciaría Nacional.
  4. Según nuestras evidencias, podemos observar que la policía quedó, durante este período, sujeta a los poderes locales en varios conflictos donde la fuerza fue movilizada por el intendente de turno. En cambio, los Guardiacárceles, si bien intervinieron en estos conflictos locales a las órdenes del comisario, parecen despegarse hacia una fidelidad evidente a las órdenes del gobernador, como en las revoluciones radicales, pero sobre todo durante el dominio del gobierno provincial de Marcelino Ugarte. En efecto, los inicios de esta hegemonía del “ugartismo” tuvieron su origen en febrero de 1903, cuando instó a sus legisladores a tomar la legislatura provincial por la fuerza con el apoyo del Batallón de Guardiacárceles, conflicto del cual salió fortalecido, controlando el gobierno hasta 1917.
  5. Naturalmente, este porcentaje en el registro de guardianes solteros no contempla las uniones de hecho –es decir, de aquellos que no necesariamente estaban casados– muy comunes en la sociabilidad de la campaña.
  6. El bajo porcentaje de extranjeros estuvo también asociado a su excepción del servicio militar o miliciano, en consecuencia, sus ingresos fueron voluntarios. Aun así, no parece que fuera necesario estimular su ingreso como sí sucedió con la policía de la ciudad de Buenos Aires hasta los inicios del siglo XX.
  7. Libros de Entradas y Salidas de Presos de la Cárcel de Mercedes 1903-1904 y Libro de Altas y Bajas de los Guardias de la Cárcel de Mercedes, del Archivo de la Unidad Penitenciaria nº 5 de Mercedes; Libros de Entradas y Salidas de Presos 1905-1906, del Archivo Histórico y Museo del Servicio Penitenciario Bonaerense.


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