El caso de Roberto Alexander Hernández conocido como “el ladrón elegante”
Jorge Alberto Trujillo Bretón
Introducción
Nosotros somos hombres técnicos, que hemos estudiado un poco de medicina y otro poco de química para desarrollar nuestras facultades en nuestra decentísima industria, que ha recibido el prestigio inconcuso de Arsenio Lupin. John Raffles y de nuestro venerado Chucho el Roto.[1]
El 9 de marzo de 1989 fue asesinado Roberto Alexander Hernández, mejor conocido como El Raffles mexicano, aunque también era llamado El ladrón elegante y El Ladrón Manos de Seda, además de otros sobrenombres. Con una larga carrera delictiva tanto en México como en otros países -Estados Unidos, Inglaterra y Francia- y sobre quien, según Dolores Casas (2013), hubo necesidad, en su momento, de boletinar a la Interpol, al FBI y a la Scotland Yard. Su vida terminó en Guadalajara cuando un asesino serial conocido como el Mata-indigentes le disparó un balazo en la cabeza. Al momento de su muerte, El Raffles era un indigente quien con casi 90 años dormitaba en las calles céntricas de Guadalajara[2].
Roberto Alexander Hernández era oriundo de Tequila (Jalisco) y nacido el primer año del siglo XX, que adquirió tal cualidad por cometer sus robos con cuatro tipos de características: no empleaba la violencia, se disfrazaba, solo robaba a los ricos y, al menos, parte de su botín lo entregaba a los pobres. Fue una especie de Robin Hood moderno, o bien, un Chucho el Roto[3]. El llamado Raffles mexicano adquirió notoriedad en Guadalajara por haber robado en 1944 unas valiosas joyas a María Conesa, una famosa actriz, tiple y cómica española conocida en el medio artístico mexicano como La Gatita Blanca.
A Roberto Alexander Hernández le llamaban El Raffles, en alusión a un personaje literario del mismo nombre. Su autoría correspondió a Ernest William Hornung, quien escribió una novela titulada Arthur J. Raffles, un caballero ladrón, opuesto a las de su cuñado, Arthur Conan Doyle, autor de Sherlock Holmes. Según el profesor Benjamín Martínez, el primero en implantar el sistema dactiloscópico en México y quien admiraba a Hernández por no dejar sus huellas dactilares, fue quien hizo que se le nombrara como Raffles, por sus semejanzas con las características del personaje de Hornung.
Consiguientemente, el presente artículo tiene por propósito presentar una pequeña biografía de carácter delictiva del célebre ladrón que se basa teóricamente en una historio sociocultural del delito. Esta integra, como su nombre lo indica, lo social y lo cultural, para tratar de comprender y explicar tanto el delito como al delincuente en sus múltiples facetas (Trujillo Bretón, 2007). Al mismo tiempo, se apoya en la obra clásica Ladrones profesionales[4] de Edwin H. Sutherland (1993), quien para elaborarla se basó en la narración de Chic Conwell, un profesional del robo norteamericano nacido a fines del siglo XIX. A diferencia de este ladrón, sobre Roberto Alexander Hernández no se conoce que consumiera algún tipo de estupefacientes, aunque sí tenían, además de otras semejanzas, haber viajado por otros países en los que robaba y de simpatizar con las personas.
Por su parte, el mismo Sutherland describe las cualidades propias de un ladrón profesional, entre ellas: que el robo es su verdadero oficio ante el cual consagra toda su energía y su tiempo, sus acciones son preparadas minuciosamente, posee técnicas y métodos que lo difieren de otros criminales de profesión, es un viajero constante, y existe un espíritu de camaradería entre sus colegas (Sutherland, 1993: 37-38).
El ladrón del que trata este artículo no fue uno común, sino un individuo que pudo especializarse a la alta escuela, es decir convertirse en un ladrón profesional, cuya fama o celebridad lo llevó a adquirir notoriedad en el mundo del hampa, entre los grupos policiacos, en la prensa especializada y en la sociedad en general en el período conocido como la Posrevolución mexicana[5]. Para ello, entiendo el término de célebre para este caso como aquel que identifica a un hombre o a una mujer altamente reconocidos, en estos casos por sus delitos que impactaron a los lectores de los medios impresos y cuya fama pudiera ser de mediano a largo plazo. El criminal célebre trasciende a los delincuentes comunes por la reconstrucción que se hace de él y de sus delitos difundidos y magnificados en diversos medios como el cine, la novela, en revistas y diarios, logrando obtener una alta admiración por parte de la audiencia y de los lectores.
Aunque este artículo se centra en el robo infringido a María Conesa ocurrido en 1946 en Guadalajara, es alrededor de él que se va reconstruyendo algunos episodios de la biografía delictiva del Raffles, hasta los primeros años de la década de 1950, para después desaparecer hasta 1989, año en el que fue asesinado.
Metodológicamente, este artículo está apoyado en fuentes diversas como la nota roja de los diarios, revistas policiacas y en algún expediente judicial, es decir, se reconstruyó el imaginario social a través de la hemerografía de la época y por la realidad que emergió del discurso judicial contenido en los expedientes judiciales, en los que se recobra la palabra del implicado en estos robos. Imaginario y realidad social en los que sobresalen el propio ladrón y sus cómplices, sus víctimas y las acciones policíacas por detenerlo o extorsionarlo y su impacto en la prensa tapatía y aun en el cine mexicano.
La Posrevolución mexicana en las décadas de 1940 a 1950
Las décadas de 1940 y 1950 son propias de lo que se identifica como Posrevolución mexicana y que enmarca los años en los que el famoso Raffles mexicano tuviera una importante carrera delictiva en Guadalajara, en la ciudad de México y en otras localidades. A nivel internacional, estas décadas se caracterizaron por el inicio y fin de la Segunda Guerra Mundial (1940-1945), el principio de la Guerra Fría (1947) que enfrentó ideológicamente a dos potencias como los Estados Unidos de Norteamérica y la Unión Soviética (1947-2001) bajo la amenaza constante de una guerra nuclear (Fontana, 2017; Pettina, 2018), mientras que a nivel nacional el Partido Revolucionario Mexicano (PRM), se transformó en 1946 en el Partido Revolucionario Institucional (PRI) con lo que inició la permanencia en el poder de un partido único o lo que podría llamarse una larga dictadura. Son los años en los que México, al igual que el resto de los países latinoamericanos, se convirtió en exportador de materias primas. No obstante, como señala Lorenzo Meyer (1985: 209-210), a partir de 1940 México entró en un proceso de desarrollo industrial muy avanzado, producto de la demanda generada a partir de la Segunda Guerra Mundial. Ello permitió que las ciudades alcanzaran primacía sobre las zonas rurales que llevó a una importante migración de los campesinos hacia las urbes y engrosaran el proletariado urbano.
Sobre todo, la década de 1950 corresponde al llamado “milagro mexicano” por considerarse que el país mantenía una estabilidad económica y política. Sin embargo, se encontraba subordinado a los intereses norteamericanos y, además, existía una fuerte represión contra los movimientos sociales, especialmente sindicales, favorecidos por la existencia del PRI que aglutinaba las más importantes corporaciones de obreros y campesinos a las que controlaba y la poca o nula influencia de las otras organizaciones políticas (Colmenares, 1985: 183-188).
Como parte del control social formal, México contó con un numeroso y complejo sistema carcelario, destacando entre ellos la tristemente célebre Islas Marías, una colonia penal ubicada en el océano Pacífico, la Penitenciaría de Lecumberri en la Ciudad de México y para el caso jalisciense se dispuso de la penitenciaría estatal conocida como “Oblatos”, todas donde el famoso Raffles mexicano estuvo recluido o relegado.
De Roberto Alexander Hernández al Raffles mexicano. Los inicios
Según Casas, Roberto Alexander Hernández nació en el pueblo de Tequila, Jalisco, el 9 de julio de 1901, es decir en pleno porfiriato. Sus padres fueron Mucio Alejandre y Modesta Hernández. Casas rescató de cronistas jaliscienses que el Raffles muy joven fue secuestrado en Tequila por una banda de delincuentes, que lo llevaron a Estados Unidos para instruirlo en actividades delictivas. Hacia 1920, cuando tenía 19 años, regresó a México y pero continuó con estas. Pronto fue detenido y sentenciado a prisión en la Ciudad de México donde compartió la celda con un preso alemán quien le enseñó el arte del disfraz y la planificación de fugas, los que llegaría a perfeccionar (Casas, 2013).
Más tarde, ya en libertad, cobraría notoriedad por su prolífica carrera delictiva que lo llevó a realizar incontables robos y estafas y su notoriedad se incrementaría con una fuga que realizó en la Ciudad de México, de la tristemente célebre prisión de Belén de la que se decía que era imposible evadirse. El Raffles se encontraba preso desde finales de 1931, pero el 13 de febrero de 1932 se fugó, aunque meses después fue nuevamente detenido, ahora en Torreón y logró convertirse en una celebridad antes de estar de vuelta en la Ciudad de México. Allí, le esperaría en 1933 una condena que lo llevaría a ser relegado en las Islas Marías. Si su celebridad se incrementaba por sus continuas fugas de aquellas prisiones que se decía que eran inexpugnables, esto también se explicaba por el uso de disfraces y maquillaje que lo llevaron a convertirse en celador, mujer, bailarín y más, logrando la perfección. Las fugas las planeaba hasta el mínimo detalle hasta quedar convencido de que no podía fallar (de Mauleón, 2008: 92-94 y 97).
El robo a la Gatita Blanca
En la nota publicada por El Informador el 22 de julio de 1945 se mencionó que Alexander Hernández había sido el autor del robo de las joyas propiedad de María Conesa, realizado la noche del 28 de septiembre de 1943 cuando esta se encontraba en Guadalajara actuando con su compañía en el teatro Degollado. El valor de las joyas robadas ascendía aproximadamente a la cantidad de 35 000 pesos[6]. Aunque la captura del Raffles había ocurrido una semana antes, la Jefatura de Policía de Guadalajara prefirió guardar sigilo para no entorpecer sus labores sobre el paradero de las joyas[7].
Según el diario, el robo ocurrió en la habitación número 230 del Hotel Francés y su denuncia fue realizada por el señor Juan Núñez ante las autoridades policiacas en la madrugada de ese día. Debido a la fama de María Conesa y el elevado valor de las joyas -en un segundo estimado se valoraban en más de 40,000 pesos- se iniciaron las investigaciones y participaron los jefes de la policía tapatía. El parte que rindió Raúl Mendiolea Cerecero al teniente coronel Torres Valdés bien se puede resumir en lo siguiente. Después de encontrarse con los agentes de la Comisión de Seguridad (policía secreta) entró en la habitación de Conesa donde no había ningún elemento de forzamiento a la puerta de ingreso ni violencia en su interior. Lo que sí encontró fue un pequeño veliz cuyas chapas fueron fracturadas, pues de su interior fueron extraídas las joyas. En una petaca-ropero se guardaban las joyas falsas o de imitación, al igual que en otros velices. El jefe de laboratorio pudo encontrar una sola huella dactilar que finalmente no fue de utilidad para descubrir al autor del robo.
De la entrevista realizada a María Conesa se obtuvo que había salido en la tarde de su habitación para ir a la iglesia y luego regresar al hotel. Posteriormente, se fue al Teatro Degollado a actuar y ya de regreso se dio cuenta del robo. Así también informó que tenía un novio llamado René Alfonso Lacayo, que formaba parte de la Compañía Lírica Internacional, con el cual se disgustó cuatro días antes del robo. Informó también que la llave de la habitación la facilitaba a una sirvienta personal y a un señor de nombre René Alfonso, ambos de confianza. Enseguida, la policía detuvo al novio de la Conesa, en una casa de asistencia. René Alfonso Lacayo, era un ciudadano salvadoreño, de 32 años, sin antecedentes policiacos en México, quien conocía a la Conesa desde hace ocho meses. Después de sufrir un duro interrogatorio y haber contado con el apoyo de sus compañeros de trabajo, no se pudo comprobar que tuviera algo que ver con el hurto, por lo que se le dio la libertad[8].
Fueron también detenidas e interrogadas las sirvientas y algunos empleados que trabajaban en el hotel en el momento del robo y luego se procedió a hacer lo mismo con los huéspedes sin encontrar en ellos indicios o elementos de culpabilidad en el delito. La policía investigadora procedió a revisar todo el establecimiento, así como las instalaciones del Teatro Degollado, sin encontrar joya alguna. Uno de los huéspedes, de nombre Ricardo Stern, informó a la policía investigadora que entre 9:30 y 10 de la noche había observado a un individuo vestido de gris, tocado de un sombrero caído sobre los ojos y de estatura mediana que estaba hablando por teléfono apoyado en un pilar. Este hombre, posteriormente subió por las escaleras, al verlo un inglés le preguntó a un empleado a dónde iba este individuo por lo que aquel le ordenó a este, llamado Bonifacio Castañeda, que lo siguiera. Sin embargo, como observó que adelante del desconocido iba un huésped del cuarto 210, llamado Javier Durón, pensó que había entrado con él en dicha habitación. Interrogado, el señor Durón negó que aquel individuo ingresara a su cuarto, por lo que se dedujo que el ladrón aprovechó la ocasión para ingresar en la habitación de María Conesa y sustraer sus joyas.
El robo llevó a Mendiolea y a otros empleados de las Comisiones de Investigación a dejar la ciudad de Guadalajara en la búsqueda del supuesto ladrón visitando ciudades como León, San Francisco del Rincón, San Luis Potosí, Aguacalientes, Monterrey y otras, aunque de manera infructuosa, pues el mismo Raffles confesó días después de su detención que había partido a la Ciudad de México y una semana después a Mexicali.
Posterior a este robo, se sumaron otros en Guadalajara efectuados durante las convenciones de banqueros, de los Leones y la de Matemáticas, que se realizaron con un modus operandi semejante al empleado por el Raffles: sin violencia, sin forzadura de chapas y sin huellas. Entre los objetos robados se encontraban joyas, dinero, pequeños radios y otros objetos de valor realizados en diversos hoteles de lujo: Del Parque, Fénix e incluso el Francés.
El último robo realizado en esta ciudad fue llevado a cabo en el Hotel del Parque, que afectó a un grupo de mujeres norteamericanas que estaban de paso en Guadalajara, invitadas por el gobierno mexicano y cuya siguiente escala era la Ciudad de México para participar en cursos de verano. El producto de lo robado osciló entre los 7000 a 9000 pesos. Gracias a una niña, hija de una recamarera, que vio a un sospechoso, se pudo saber que este vestía al igual que el Raffles del Hotel Francés. Es decir, un traje gris, sombrero de ala caída a los ojos, estatura y complexión regular, por lo que se ordenó a todos los policías y guardias de comercio vigilaran los lugares céntricos, especialmente en los hoteles. De tal modo, uno de estos guardias apostado en las cercanías del Hotel Fénix pudo lograr su detención y derivarlo a la Policía, donde fue calificado primeramente como “sospechoso”.
En su detención, Roberto Alexander Hernández, quien dominaba el inglés y tenía cierta cultura, se defendió ante los policías alegando que era abogado y protestó por lo que consideraba un atropello. Sin embargo, las cosas no le salieron bien cuanto Agustín Navarro Hernández lo interrogó y revisó un portafolio en el que llevaba llaves maestras y una importante cantidad de dinero, además de algunos objetos de valor. Al ver que su interrogador lo presionaba cada vez más, el Raffles le ofreció una importante suma para que lo dejara en libertad, lo que no logró ni impidió que se iniciará una amplia investigación en la que terminó por aceptar los cargos por robo.
Con una declaración firmada, el jefe de la policía se trasladó a la Ciudad de México para rescatar las joyas robadas, pues el Raffles les señaló los nombres y lugares, además de los precios donde había hecho la venta. En virtud de que las personas que realizaron las compras no aceptaron los cargos, el Raffles fue llevado a la Ciudad de México para carearse con aquellos y resultado de ello se pudo rescatar la mayoría de las joyas. El Raffles también tuvo que regresar el importe de lo robado que tenía escondido en su domicilio de Hospital N° 982.
De regreso a Guadalajara, el Raffles fue entrevistado por reporteros del diario El Informador, quienes lo calificaron de “apariencia apacible, fino y moderado en sus modales, denotando aun en su aparente humildad, cierta satisfacción de ser considerado el mejor ratero del país” y confirmó que el mote del Raffles se lo debía al profesor Benjamín Martínez, quien fuera jefe de Laboratorios de la Jefatura de Policía de la Ciudad de México, cuando empezó a trabajar en la capital federal después de haber regresado de Estados Unidos. El apodo se debía a lo fino de su trabajo en la que no dejaba huellas ni forzaba con violencia las cerraduras.
Debido a un robo en una casa que realizó en Sacramento, California, en compañía de una joven norteamericana, fue detenido por las autoridades de aquel país y enviado a la prisión de San Quintín donde pasó 4 años internado. Después de este tropiezo, al salir de la prisión en 1930, se dirigió a la Ciudad de México donde reanudó con éxito su carrera delictiva hasta que fue nuevamente detenido y enviado a la cárcel de Belén. De esta logró fugarse, aprovechando el parecido que tenía con un celador, para lo cual se disfrazó con una cachucha y una cobija. No obstante, se manejó otra versión de que había escapado al escalar unas tapias que no habían logrado derribar.
Poco después fue localizado en la Ciudad de México por la policía y al intentar reaprenderlo se refugió en su domicilio de la calle Meade N° 11 y finalmente, pudo escapar. Después de desaparecer por un tiempo y dedicarse nuevamente al robo, fue entregado a la policía, según el Raffles, por su primo hermano, quien deseaba quedarse con un botín. Ya detenido, fue enviado a las Islas Marías a purgar una pena de 20 años de relegación. Allí, durante el primer año, se le asoció con una mujer identificada como Chole, la China, con la que explotó un restaurante en el que le fue económicamente muy bien. Al purgar su condena, regresó a la Ciudad de México e intentó ganarse la vida honradamente, pero los agentes de la policía del Servicio Secreto no se lo permitieron y empezaron a extorsionarlo. Estos incluso lo llegaron a robar en su propio domicilio en el que habitaba con su madre y una hija de tres años, por las que tenía un fuerte cariño. Presionado por los policías, tuvo que volver a delinquir. Al finalizar la entrevista que hicieron los reporteros, se les informó que el Raffles, sería enviado a la Penitenciaría del Estado de Jalisco[9].
Las otras versiones del robo a María Conesa
Años más tarde aparecieron otras versiones del robo a María Conesa, pero en esta ocasión fueron publicadas por una revista policial llamada Crímenes y Criminales que, aunque se equivocó al dar la fecha del robo, agregó datos que sirven de complemento para conocer otros detalles del delito y, sobre todo, quién era el Raffles. A esa publicación se sumaron más tarde la revista de detectives Alerta y el mismo diario El Informador.
Crímenes y criminales publicó que, en agosto de 1946 Roberto Alexander Hernández (a) “El Ladrón Elegante” (figura 1) fue detenido en Guadalajara después de haber robado en el Hotel Francés las valiosas joyas de María Conesa, “La Gatita Blanca”. Su detención se debió a la suspicacia de un velador de comercio de nombre Antonio Magdaleno Pérez, quien empezó a seguirlo en la noche por el centro de la ciudad, llegando a detenerlo[10]. A la vista del velador, el individuo sospechoso era “de aspecto distinguido, elegante y pulcro, que traía un envoltorio bajo el brazo”. Al observar que lo seguían, el Raffles apresuró su paso, lo cual azuzó al vigilante quien hizo lo mismo. A la entrada del Hotel Fénix, donde se hospedaba, fue alcanzado por su perseguidor quien lo interrogó y después de resistirse fue llevado a una demarcación de policía donde fue entregado al delegado de guardia y de ahí a las Comisiones de Seguridad. Al revisarse un portafolio que llevaba, se encontraron una serie de herramientas propias para cometer robos: llaves maestras, crucetas, chorlas, espadas y “santos niños”.
Después de ser interrogado por el jefe de policía, el teniente coronel Manuel Torres Valdés logró recuperar parte de lo robado a María Conesa en las habitaciones del Hotel Francés[11]. Según esta revista, las joyas estaban valoradas en 100 000 pesos.
Figura 1. El Raffles mexicano

Fuente: El Raffles, “El ladrón elegante” en Alerta, diciembre de 1948, núm. 15, p. 22.
Según el Código Penal de Jalisco de 1923, la pena de prisión ordinaria por robo sin violencia era solo de dos años de prisión por rebasar lo robado el valor de 500 pesos, más un mes adicional por cada 50 pesos que excediese ese monto, sin llegar a sobrepasar los 9 años de encierro[12], pena que seguramente le fue impuesta al Raffles.
Figura 2. Registro carcelario de Roberto Alexander Hernández

Fuente: El Raffles, “El ladrón elegante” en Alerta, diciembre de 1948, núm. 15, p. 23.
De acuerdo con Alerta, una revista de detectives, el Raffles, al que identificó como Roberto Hernández Alexander, manifestó que el 28 de septiembre de 1944, no en 1946 como lo afirmaba Crímenes y Criminales, se había introducido a la habitación 230 del Hotel Francés ocupada por María Conesa, empleando una llave que el día anterior había probado en la cerradura. De su intromisión, logró sustraer valiosas alhajas que luego vendió a diferentes personas de la ciudad de México, entre ellas un calendario azteca con brillantes, rubíes y un anillo de perlas y diamantes que le fueran comprados por 2500 pesos. Iniciado el proceso judicial contra el Raffles, María Conesa compareció ante el Juez Quinto de lo Criminal quien le entregó parte de lo robado, mientras que Roberto Alexander Hernández, fue enviado la Penitenciaría del Estado en la que intentó fugarse poco tiempo después por el método de escalamiento[13].
Figura 3. El Raffles mexicano, vestido de mujer

Fuente: El Raffles, “El ladrón elegante” en Alerta, diciembre de 1948, núm. 15, p. 22.
El diario El Informador en otra de sus publicaciones, calificaba al Raffles como “inteligente ladrón, poseedor de cierta cultura, de buenas maneras y que cuando gozaba de su libertad, gustaba de vestir bien”. Una vez en la penitenciaría había consumado otra intentona de fuga, disfrazándose de mujer (figura 3), logrando burlar la vigilancia de celadores y guardias, pero fue detenido a unas cuadras de la penitenciaría esperando el paso de un camión de pasajeros[14]. Otro conato por evadirse lo realizó a través de dos presos clasificados como peligrosos, pero en esa ocasión el método consistió en una horadación subterránea que estuvo cerca de tener éxito cuando se presentó el celador Rufino Sandoval Sánchez, “a quien ya le habían dado una cantidad de dinero, y quien le exigió otra más fuerte y como no tuviera de momento dinero, dicho celador los denunció ante el Jefe de Celadores”[15]. El celador acusado negó haber recibido algún peculio a cambio de permitir la fuga y, en cambio, sostuvo que fue agredido con puñal por uno de los compañeros del Raffles cuando los descubrió construyendo el túnel[16].
Debido a sus dos intentonas de fuga en la Penitenciaría de Jalisco, como castigo fue aislado en una celda. Luego se dedicó a la elaboración y comercialización de sweaters para hombres y mujeres. Además, con una cámara de su propiedad sacaba fotos que ofrecía a los presos de la Penitenciaría[17].
En una carta dirigida a su madre que fue interceptada por las autoridades penitenciarias admitió haber intentado sobornar a celadores y al director de ese establecimiento. Dice la misiva:
En Guadalajara se ven cosas grandes y maravillosas, pues habiendo burlado a la policía de Europa, a la de los Estados Unidos y otros lugares, de la penitenciaría de Guadalajara no ha podido huir, no obstante haber pagado ya fuertes sumas a los colaboradores y haber ofrecido veinte mil pesos al Mayor Taurino Barriga Rivas, actual director del Establecimiento mencionado quien lo tiene vigilado en forma especial de día y de noche.[18]
A mi juicio, dicha carta levanta suspicacias en su elaboración, pues el Raffles pudo ser obligado por las autoridades penitenciarias a escribirla para aprovechar su notoriedad en beneficio de quienes dirigían ese establecimiento.
El autor del reportaje concluyó que el peligroso y audaz Raffles mexicano:
[…] está convertido en un viejo decrépito y sin fuerzas. Podemos asegurar que el que fuera hasta hace poco, uno de los bandidos más audaces, pintoresco y de leyenda en América, ha dejado de serlo para convertirse en un viejo achacoso, visiblemente enfermo y preocupado, el que ha perdido hasta la facilidad de palabra que antes se le reconocía, así como su astucia.[19]
La policía en acción
El Informador publicó en 1950 otra nota sobre el Raffles en la que se le nombraba como Jesús Anaya Zúñiga y hacía alusión que en los últimos meses la policía había estado muy activa pues las llamadas “patrullas rojas” junto con el Servicio Secreto inspeccionaban cantinas y hoteles y vigilaban las calles y los coches. Ello se debió a que el martes 7 de febrero de 1950 el famoso ladrón había sido visto al ingresar a un cabaret de la avenida Álvaro Obregón acompañado de otros dos sujetos quienes escaparon a bordo de un automóvil azul oscuro con placas del estado de Sinaloa. Movilizada toda la policía, tanto la procedente de la Jefatura como el Servicio Secreto, la policía auxiliar y los guardias de comercio, además de solicitarse el apoyo de la policía de Tlaquepaque, se vigilaron todas las garitas y las carreteras a Aguascalientes y Ojuelos, para detener al Raffles quien todavía se encontraba prófugo. Finalmente, el Raffles no pudo ser detenido al menos en esas fechas.
De la Gaceta de Guaymas, El Informador reprodujo una nota en la que señalaba que el Raffles se hacía pasar por agente viajero y que debido a su ingenuidad había logrado realizar importantes estafas en el puerto de Mazatlán y se pensaba que después de ellos se había trasladado al norte del país, aunque el mismo diario dudaba que esto hubiera sido así y más bien hubiese viajado a Guadalajara, en donde tenía familiares[20].
Debido a que el Raffles continuó su prolífica carrera de ladrón profesional y las policías nacionales no lograban detenerlo, las cámaras de comercio del país no dudaron en boletinarlo ese mismo año y más cuando se había revelado también como un hábil estafador, pues en Saltillo y Coahuila se hizo pasar por agente vendedor de empresas comerciales e industriales realizando numerosos fraudes, además de robos en hoteles, lo que provocó que la Cámara de Comercio de Saltillo obtuviera copias de una fotografía del Raffles anexa a una ficha signalética que sirvieron para distribuirlas a otras cámaras como la de Guadalajara para que las distribuyeran entre sus afiliados[21].
El fantástico Raffles mexicano dice…
El 21 de agosto de 1954 la revista Policías y Deportes publicó en su número 3 la entrevista que lleva por nombre este apartado y el título de la exposición. La portada va acompañada de la fotografía del propio Raffles a una edad ya madura, vestido con el uniforme de la Penitenciaría y llevando entre sus manos una cámara fotográfica (figura 3)[22].
En la entrevista, el Raffles informó al semanario que era oriundo de Tequila, Jalisco, tenía poco más de 50 años y que llegó a cursar hasta el 5º grado de primaria para luego irse a la Ciudad de México en búsqueda de aventuras. Al considerar que su destino no se encontraba en la capital mexicana, se dirigió a los Estados Unidos en donde trabajó en una fábrica de sweaters, fue extra en la película del cine mudo llamada Ben Hur y dedicó además su tiempo en cometer ilegalidades que lo llevaron a prisión. Su interés por la aventura y el delito hizo que se trasladara a Europa, no especifica en que países, en donde repartió su tiempo entre eventos teatrales y actividades “del hampa a la alta escuela”[23]. De los centros de reclusión en los que llegó a estar internado recordaba a Sing Sing y San Quintín, además de otros, en los Estados Unidos, las Islas Marías y Lecumberri en México y la propia penitenciaría de Oblatos, de la cual una vez escapó disfrazado de mujer[24].
Figura 4. El Raffles mexicano en uniforme de preso

Fuente: Policía y Deportes, 21 de agosto de 1954.
Entre sus mejores recuerdos estaba el haber conocido al famoso falsificador, dibujante y pintor Enrico Sampietro quien fue su compañero de reclusión en la penitenciaría de Lecumberri y con quien trabó una importante amistad. A este lo reconocía como su maestro al enseñarle los conocimientos que tenía sobre dibujo, pintura y fotografía. Alfredo Héctor Donadieu, el verdadero nombre de Sampietro, se encontraba en México desde 1936[25] y dos años más tarde estaba recluido en la penitenciaría de la ciudad de México por los delitos de falsificación y asociación delictuosa. Sin embargo, logró por primera vez fugarse de este centro penitenciario[26]. Más tarde vuelve a ser detenido y enviado nuevamente a Lecumberri.
Es difícil precisar en qué año se conocieron Sampietro y el Raffles durante la reclusión en la que coincidieron en la penitenciaría de la Capital, y el primero no lo menciona en la autobiografía. Quizás una pregunta importante sería saber si Sampietro llegó a enseñarle algunas de las técnicas de falsificación, pero al menos al Raffles no se le conocía por haberse dedicado a este especializado delito.
Además, el Raffles mostró interés por la novela que lo llevó a escribir un argumento titulado Las Murallas de Agua a fin de llevarlo al cine, título semejante a Los Muros de Agua de José Revueltas, reconocido novelista mexicano quien también llegó a estar relegado en ese centro penitenciario. En la entrevista afirmaba que tenía intenciones de regenerarse, pero estas se habían frustrado, pues después de haber sufrido una larga condena en las Islas Marías y al regresar a la Ciudad de México y haberse establecido en una casa de asistencia, agentes del Servicio Secreto lo visitaban regularmente para obligarlo a desistir de sus propósitos y dedicarse de nuevo al robo para entregarles importantes cantidades de dinero[27].
Antes de terminar la entrevista ratificó que tenía el firme propósito de ya no delinquir dado que así se lo había jurado a su madre y a su hija y tenía esperanza de que se le conmutara la pena y explicaba lo siguiente: “Yo nunca he sido asesino, si he robado y también he ayudado a quien lo ha necesitado, nunca le he quitado sus pertenencias a gente pobre, sino a los que tienen recursos de sobra para darlos a los pobres”[28]. Para Policías y Deportes, en su búsqueda de redimirse, el Raffles intentaba hacerlo desde su reclusión en la propia penitenciaría jalisciense al proponer ideas que pudiesen ayudar a mejorar la vida de los presos, como el establecimiento de una caja de ahorros que sirviera a estos para que una vez en libertad contaran con algunos recursos para reiniciar su vida[29].
Peripecias y amistades del Raffles en México
Roberto Alexander Hernández llegó a emplear una multitud de nombres falsos que se sumaron a sus disfraces para engañar a las autoridades policiacas que lo perseguían. Fue así como ocultó su identidad real bajo otros nombres como: Roberto Hernández, Vicente González, Roberto N. Alexander, Roberto Vicente Alejandrez, Vicente Hernández, Roberto Rubio Reyes, Roberto de Zaldo Peón Contreras y Jesús Anaya Zúñiga. Dichas identidades debían servir también para mimetizarse en la sociedad y engañar especialmente a los miembros de la élite para lograr sus objetivos económicos ilícitos.
El diario El Informador dio a conocer el 6 de febrero de 1933 que la prensa de la Ciudad de México y del puerto de Veracruz se habían ocupado de seguir al famoso Raffles mexicano. Sin embargo, para el diario tapatío aquellos no habían dado cuenta que el famoso ladrón había estado antes allí donde cometió un audaz robo en una casa de huéspedes. En esa ocasión, se apoderó de valiosas alhajas y dinero pertenecientes al señor Evaristo R. Huerta quien se desempeñaba como ayudante del Superintendente de la División de Guadalajara de Ferrocarriles. Para la persecución del Raffles, se nombró a Ángel Chaires quien era agente confidencial de dicha compañía ferrocarrilera y abandonó su empleo para obtener una credencial que lo acreditara como policía judicial del Distrito Federal y Territorios. Se dirigió al puerto de Veracruz donde pudo cerciorarse que el Raffles estuvo en dicha ciudad y lo vio en Guadalajara, aunque no se menciona como pudo lograr esto. En compañía de Antonio D. Talamantes, agente especial de los Ferrocarriles, pudieron encontrar, detener al Raffles y recuperar parte de lo robado. Esto consistía en una sortija con doce brillantes y un rubí, un par de pendientes con treinta turquesas y dos brillantes, un reloj pulsera de oro para hombre con quince joyas, un reloj “Veritas” 23 y una caja de oro cincelado. Las joyas robadas tenían un valor de 2,000 pesos[30].
El Raffles, según el detective Andrés Medina Navarro, tuvo varios procesos penales en la ciudad de México. Por ejemplo, en 1931 fue detenido por agentes secretos a los cuales en un primer momento logró engañar y escapar para luego volver a caer en sus manos. Sin embargo, en uno de estos procesos fue castigado con la pena de 9 años de relegación en las Islas Marías, en la que estaba como director del centro penitenciario Margarito Ramírez, quien fuera después gobernador de Quintana Roo y de Jalisco y con quien trabó buena amistad, al punto que le otorgó las concesiones de un restaurant y un taller fotográfico. Allí fue muy amigo de la famosa Madre Conchita, involucrada en el asesinato del Gral. Obregón y de Teresa Rojas (a) La Charra, quien era “una gran carterista, famosa por su habilidad para sacar las carteras en las aglomeraciones, principalmente a la entrada de los cines y teatros”. A esta ladrona le apodaban, al igual que el Raffles, Manos de Seda[31].
El Raffles tuvo la fortuna durante su estancia en las Islas María de recibir la visita del licenciado Miguel Alemán, futuro presidente de México, que ocupaba en ese momento el cargo de secretario de Gobernación y quien se interesó en conocerlo. El Raffles le expresó al licenciado que deseaba dedicarse a un trabajo honrado. Al poco tiempo, obtuvo su libertad y se dirigió a la ciudad de México a entrevistarse con Alemán que le sirvió para que aquel le diera una amplia carta de recomendación. Ello le permitió obtener un empleo en los Estudios Churubusco, aunque no le duró mucho el gusto, pues fue descubierta su verdadera identidad. Por ello, decidió regresar a Guadalajara, donde robó a la célebre María Conesa[32].
La fuga
En otra intentona por evadirse, uno de sus amigos que le ayudó a escapar de la penitenciaría Oblatos, Jesús Saldaña Hernández, procesado por robo y que trabajó por algún tiempo en el taller de cerrajería de dicha cárcel, fue acusado de haber protegido el escape del Raffles mexicano. Saldaña Hernández platicó con un par de agentes del Servicio Secreto a quienes les dio los pormenores de las circunstancias de esa fuga, en la cual tanto él como otras personas lo llevaron disfrazado de ranchero primero al kilómetro 22 de la carretera a Chapala, ocho días después a Cerritos, San Luis Potosí, más tarde a Ciudad Victoria, Tamaulipas y finalmente a Monterrey -Nuevo León- donde lo dejaron. El 13 de mayo de 1950, Saldaña fue declarado bien preso por el Juez Tercero de lo Criminal[33]. El Raffles había durado en prisión de 1945 a 1950.
Figura 5. El Raffles y sus entrevistadores en la Penitenciaría de Oblatos

Fuente: La Voz de los Altos, 13 de marzo de 1960, núm. 50, p. 7.
Sin embargo, el Raffles no debió durar mucho tiempo en libertad, pues el 19 de febrero de 1952 fue nuevamente detenido en la ciudad de México. El detective Andrés Medina Navarro, en entrevista para La Voz de los Altos, narró que en el hotel Regis fue sorprendido en los momentos en que robaba a un huésped norteamericano y entregado a agentes de la temible Dirección Federal de Seguridad. Además de ingresar a las habitaciones de los hoteles de primera clase, se decía que también lo hacía en fiestas de postín donde se introducía elegantemente vestido, aprovechaba el descuido de las damas asistentes abría sus bolsos y sustraía valiosas alhajas e importantes cantidades de dinero.
El 18 de febrero de 1952, dos años después de su última fuga, el Raffles fue detenido casualmente en la Ciudad de México en el Hotel Regis. En su declaración afirmó, como en otras ocasiones, que no podía dedicarse a una vida honesta, pues los propios policías lo presionaban para que volviera al robo y les diera dinero, amenazándolo que de no hacerlo lo denunciarían por sus delitos[34].
Aun cuando Raffles desapareció del escenario delictivo hasta el día de su muerte no lo hizo en el cine de oro mexicano, pues su nombre y su historia ya aparecía en 1943 en una película con el nombre de el Raffles mexicano, actuada por Josefina Escobedo, María Luisa Zea y Ramón Armengod, sin mencionarse al director y fue proyectada en una matinée en los cines Cuauhtémoc, Juárez y Jalisco de Guadalajara[35].
Conclusiones
Roberto Alexander Hernández, mejor conocido como el Raffles mexicano fue un ladrón profesional que durante la Posrevolución mexicana atrajo la atención de las policías nacionales y extranjeros por sus escandalosos latrocinios. Por ello, puede ser considerado como uno de los primeros ladrones trasnacionales mexicanos. El Raffles fue un ladrón resistente a la policía y a la prisión, es decir, nunca se rindió ni ante la persecución policiaca ni ante el encierro. Sus métodos para robar y escapar de la detención fueron tan originales como los que utilizó para fugarse de los centros penitenciarios. El Raffles no fue un ladrón común, ni realizaba robos famélicos, su educación y creatividad le sirvieron para atraer no solo la atención de la policía, sino también a los diarios y revistas policiacas y aun al cine mexicano. La difusión alcanzada por estos medios logró atraer la simpatía de un amplio público que lo convirtió en un ladrón celebre. El Raffles pudo ser un símbolo popular de resistencia durante los años caracterizados por la más alta corrupción en México (Niblo, 2008).
Es importante resaltar que, aunque el Raffles se vio inmiscuido con otros sujetos que conociera en prisión, que bien pudieron ser también ladrones como él, su notoriedad se dio más bien por actuar en solitario y no involucrarse necesariamente en bandas. La persecución que hacía la policía sobre él se presentaba de dos maneras: la primera para detenerlo y enviarlo a prisión para ser sentenciado y purgar la sentencia correspondiente a sus delitos; la segunda, por aquellos policías corruptos que vieron en el Raffles una manera de conseguir de manera fácil parte del botín. Eran integrantes de la fuerza que jugaban el doble juego de policías y ladrones.
Con el Raffles, el disfraz adquirió una especial importancia y notoriedad que se sumaba a su astucia, pues le permitía no sólo escapar de prisión, sino también insertarse en los grupos sociales de los que pudo sacar un provecho económico. Aun cuando Roberto Alexander Hernández fue asesinado en 1989, El Raffles mexicano y su leyenda se mantuvo por mucho tiempo viva al ser un ladrón celebre que pudo ser admirado sobre todo por las clases populares.
Fuentes de información
Repositorios consultados y abreviaturas
BPEJ. AHSTJJ: Biblioteca Pública del Estado de Jalisco, Archivo Histórico del Tribunal Superior de Justicia de Jalisco
BPEJ, FH: Biblioteca Pública del Estado de Jalisco, Fondo Hemeroteca.
Hemerografía
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Revista Mexicana: 1918.
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- “Fue aprehendido el presunto autor de nueve homicidios” en El Informador (versión en línea), Guadalajara, Jalisco, 12 de abril de 1989, núm. 25624, p. 10-A.↵
- Jesús Arriaga, mejor conocido como Chucho el Roto, fue un célebre ladrón mexicano nacido en 1858 en Santa Ana Chiautempan (Tlaxcala) que en la segunda mitad del siglo XIX robaba a los ricos y ayudaba a los pobres. Dedicado al oficio de ebanistería, tuvo la desgracia de enamorarse de una joven llamada Matilde, mujer con quien tuvo una hija. El tío de la joven, Diego de Frisac, rico aristócrata de origen francés no permitió que Arriaga continuara viendo a su sobrina ni que conociera a la recién nacida. Arriaga huyó con su hija de nombre Dolores, a quien tuvo que devolver. Posteriormente, fue detenido por la policía, juzgado y sentenciado como culpable. Fue enviado a la cárcel de Belén de la ciudad de México, de donde logró fugarse en compañía de otros presos e iniciar una carrera de robos y estafas a la alta escuela, sin hacer correr ni una sola gota de sangre y repartiendo dinero entre los pobres, lo que le permitió ser reconocido como un bandido generoso. Por su forma de vestir fue identificado como un “roto”, es decir, un pobre que vestía elegantemente y de ahí su apodo como Chucho el Roto. Su trayectoria delictiva la realizó en compañía de otros delincuentes que conoció en la cárcel. Por su astucia, por emplear el disfraz, su generosidad y sus diversas hazañas logró atraer la atención de los medios periodísticos y con ello realzar su fama. Finalmente, al intentar fugarse por segunda ocasión de la prisión de San Juan de Ulúa fue detenido y al ser castigado con 300 azotes perdió la vida el 25 de marzo de 1885. Con su muerte, Chucho el Roto se convirtió en una leyenda popular. Ver Martínez (2019). ↵
- Explican Davies Downes y Paul Rock en Sociología de la desviación que los “criminólogos han colaborado con bastante frecuencia en la escritura de historias de vida de personas desviadas en un intento por comprender el papel que desempeña la violación de las normas de una sola persona”, tal es el caso de Edwin Sutherland con su informante Chic Conwell. Ver Downes y Rock (2011: 61).↵
- Aun cuando hay quien recorta el período conocido como Posrevolución mexicana de 1917 a 1940, otros historiadores lo extienden de 1917 a 1967 y lo caracterizan por la reconstrucción y la estabilidad que logró el país y que fue de la mano con el incremento del autoritarismo estatal que sufrió su peor momento con la represión del movimiento estudiantil de 1968. Ver Aguilar Casas y Pablo Serrano Álvarez (2012).↵
- “El ladrón de las joyas de la Conesa fue aprehendido” en El Informador (versión digital), Guadalajara, 22 de julio de 1945, núm. 9693, p. 3.↵
- Id.↵
- Id.↵
- El Informador, Guadalajara, 23 de julio de 1945, núm. 9694, p. 2.↵
- BPEJ, FH, “Por casualidad se detuvo al Raffles” en Crímenes y criminales, Guadalajara, 29 de agosto de 1946, núm. 1, p. 6.↵
- Id.↵
- Código penal del Estado de Jalisco, Guadalajara, Talleres tipográficos de Gallardo N. Álvarez del Castillo, 1923, p. 57.↵
- BPEJ, FH, “El ladrón elegante” en Alerta, Guadalajara, diciembre de 1948, núm. 15, pp. 7-8. ↵
- El Informador (biblioteca digital), Guadalajara,1 de agosto de 1946, núm. 10066, p. 2.↵
- Id.↵
- “El Raffles insiste en que fue delatado” en El Informador (biblioteca digital), Guadalajara, 8 de agosto de 1946, núm. 10, 0073, p. 6.↵
- BPEJ, FH, “La vida accidentada del delincuente Roberto Hernández El Raffles Mexicano” en La voz de los Altos, Tepatitlán, 28 de febrero de 1960, núm. 50, p. 7.↵
- BPEJ, FH, “Por casualidad se detuvo al Raffles” en Crímenes y criminales, Guadalajara, p. 8.↵
- Id.↵
- Roberto Hernández Alexander o Vicente Hernández Alexánder o Jesús Anaya Zúñiga, alias El Raffles mexicano en El Informador (versión oficial). Guadalajara, 9 de febrero de 1950, núm. 11350, p. 8.↵
- “Las cámaras de comercio boletinan al Raffles” en El Informador (versión en línea), Guadalajara, 5 de marzo de 1950, núm.11350.↵
- BPEJ, FH, “Firmes propósitos de regeneración abriga el Raffles Mexicano” en Policías y Deportes, Guadalajara, 31 de agosto de 1954, núm. 3, p. 9.↵
- Id.↵
- Idem.↵
- Las fechas referidas a la llegada de Sampietro a México no son muy claras, pero según Mario Ramírez Rancaño era francés y no italiano y llegó a México en agosto de 1934. En junio de 1937 fue detenido junto con sus socios por la policía de la Ciudad de México y encerrado en la penitenciaría de Lecumberri por la falsificación de cheques y dólares. Apoyado por el grupo sinarquista “La causa de la Fe”, logró fugarse el 19 de julio de 1938 a cambio de falsificar papel moneda para esa asociación político-religiosa. El 9 de abril de 1948 volvió a ser detenido. Al cumplir su condena fue expulsado de México en 1961. Ver Ramírez Ramcaño (2018). ↵
- Enrico Sampietro. El falsificador. Memorias de Enrico Sampietro, una novelesca aventura entre el crimen, la cárcel, el escape y la libertad que evoca al célebre Papillón, México, Ediciones Proceso, 2015, pp. 439, 446 y 448.↵
- BPEJ, FH, “Firmes propósitos de regeneración abriga el Raffles Mexicano” en Policías y Deportes, Guadalajara, Jal., 31 de agosto de 1954, núm., p. 9.↵
- Id.↵
- Id.↵
- “Raffles mexicano fue aprendido en el Puerto jarocho” en El Informador (versión digital), Guadalajara, 6 de febrero de 1932, núm. 5542, pp. 1 y 2.↵
- BPEJ, FH, Detective Andrés Medina Navarro, “La vida accidentada del delincuente Roberto Hernández Alexan “El Raffles mexicano”, en La Voz de Los Altos, Tepatitlán, Jalisco, 27 de marzo de 1960, núm. 52, p. 10. ↵
- Id.↵
- BPEJ, AHSTJ, Juzgado 3º. de lo Criminal, legajo 206, 1953-1961, caja 81, inv. 418131, Acusado J. Jesús Saldaña Hernández, 38 fs.↵
- “Fue capturado El Raffles” en El Informador (versión en línea), Guadalajara, Jal., 19 de febrero de 1952, núm. 12089, p. 1.↵
- Anuncio de la película “Raffles mexicano” en El Informador (versión digital), Guadalajara, 13 de junio de 1843, núm. 8927, p. 5.↵






