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4 El peronismo en plural

Debates y disputas en la definición de su cultura política (Córdoba, 1946-1947)

Rebeca Camaño Semprini[1]

Introducción

Al preguntarse cómo y por qué emerge una cultura política, Serge Berstein (1998) afirma que su nacimiento corresponde a las respuestas dadas por una sociedad a los grandes problemas y crisis de su historia, respuestas con fundamento suficiente como para que se inscriban en el tiempo y atraviesen generaciones. Desde esta perspectiva, pensar al peronismo como uno de los intentos de dar solución a la crisis del sistema político inaugurada en la década del treinta[2] abre la puerta a entender su proceso de construcción partidaria como el escenario en el que se disputó no solo la distribución de cargos y recursos, sino fundamentalmente el modelo de partido que se buscaba cimentar y, con él, cuáles serían las representaciones acerca de lo político que definirían su identidad. Abordar este proceso como la emergencia de una nueva cultura política nos habilita a preguntarnos sobre los sentidos en disputa en esos años de génesis y consolidación del peronismo.

Centramos, entonces, nuestra mirada en las fuerzas políticas que apoyaron la fórmula peronista en las elecciones de febrero de 1946 y que accedieron al poder de la provincia de Córdoba en mayo de ese año hasta la intervención federal de los tres poderes, decidida en junio de 1947. Entendemos que tanto el laborismo[3] como el radicalismo renovador[4] buscaron instalar como los propios del movimiento peronista sus respectivas lecturas del pasado y futuro, valores, modelos de sociedad y sistema político ideales y los medios para alcanzarlos.

Para dar cuenta de esto, a partir de los diarios de sesiones legislativas y los discursos y comunicados reproducidos por la prensa reconstruimos las dimensiones de análisis enunciadas y mostramos la disputa entre las distintas alas del peronismo con el fin de evidenciar las pluralidades que lo habitaban y cómo cada una de ellas buscaba constituirse tanto en factor de identificación –hacia el interior y exterior del partido– como en guía u orientación de la conducta política de los peronistas.

La llegada al poder: ruptura de pactos y represión

Como es sabido, la fórmula peronista para las elecciones de febrero de 1946 fue sostenida por la Unión Cívica Radical Junta Renovadora (UCR-JR), el Partido Laborista (PL) y agrupaciones de origen conservador e independiente que tenían como ámbito de actuación, fundamentalmente, el nivel local. En Córdoba, el radicalismo renovador – reunido en convención, en enero de 1946– eligió presidente al militar retirado Argentino Auchter, quien designó como miembros de la mesa directiva a Felipe Gómez del Junco, Raúl Bustos Fierro, José Maldonado Lara, Leonardo Obeid, Raúl Casal, Luis Pereyra, Daniel Rodríguez, Amado Curchod y Juan Urrestarazu. El PL, fundado en noviembre de 1945, tuvo como presidente y secretario general a los dirigentes sindicales Hernán Jofre y Federico de Uña. Entre los vocales, se encontraban el ingeniero Ramón Asís, el dirigente ferroviario Osvaldo Amelotti, el tranviario Ramón Mansilla y el secretario general del sindicato de propietarios de camiones, Pío Giraudi (Tcach, 2006).

Pese a que en las elecciones provinciales –realizadas en conjunto con las nacionales– la mayoría de los sufragantes votó con la boleta del PL, la representación obtenida en las cámaras legislativas fue exigua, como consecuencia de su relegación al momento de componer las listas de candidatos a diputados y senadores. Los laboristas también se habían visto forzados a aceptar la candidatura a la gobernación de Auchter y conformarse con la vicegobernación para Ramón Asís. Ambos concertaron una distribución equitativa de los cargos públicos, atendiendo a quiénes habían obtenido la mayoría de los votos en cada distrito. Sin embargo, a mediados de marzo, ese acuerdo fue desconocido por la Convención de la UCR-JR de Córdoba capital, al designarse al industrial Martín Ferreyra como candidato a intendente (para unas elecciones que finalmente nunca tuvieron lugar, vale aclarar). Concomitantemente, el gobernador electo decidía excluir a los laboristas del gabinete ministerial, integrado por Osvaldo Rodríguez (Gobierno), Maldonado Lara (Hacienda) y Horacio Ahumada (Obras Públicas). Ante esto, los laboristas denunciaron que los radicales renovadores daban cabida dentro del peronismo y proclamaban como candidatos a “representantes genuinos de las fuerzas oligárquicas cordobesas”.[5]

Dada la proximidad de la asunción del gobierno provincial, en mayo fue enviado a Córdoba el vicepresidente electo, Hortensio Quijano. Su pretensión de que el laborismo reconociera la preeminencia del radicalismo renovador se vio frustrada y el 17 de mayo los legisladores laboristas no dieron quorum en la Asamblea Legislativa. Auchter se vio obligado a jurar como nuevo gobernador de Córdoba ante el Supremo Tribunal de Justicia. A la tarde, cuando el vicegobernador electo por el PL intentaba jurar simbólicamente ante el pueblo en la plaza San Martín, la policía irrumpió de manera violenta. Los laboristas se concentraron entonces frente a su local partidario, donde Asís afirmó: “la actitud de un hombre que no sabe cumplir con su palabra de honor, que falta a los pactos que hiciera con nosotros, nos llevó a una situación insostenible. Me refiero al traidor máximo Argentino Auchter”.[6] Poco después fueron reprimidos, incluso el propio Asís y legisladores provinciales y nacionales (Tcach, 2006).

En simultáneo, con el propósito de lograr la unidad requerida para ejercer el gobierno que debía asumir al mes siguiente, Perón ordenó la caducidad de las autoridades partidarias pertenecientes al movimiento peronista triunfante en febrero y su organización dentro del Partido Único de la Revolución Nacional (PURN) bajo la dirección de la Junta Ejecutiva Nacional. Integrada por los legisladores electos que se desempeñaban como presidentes de bloques y miembros de mesas directivas de ambas cámaras legislativas nacionales, fue la encargada de formar juntas provinciales, hasta tanto el nombre definitivo, su carta orgánica y sus autoridades fueran establecidos, mediante elecciones internas y un congreso partidario.[7] En junio se anunció que, dentro del nuevo partido, se le daría al laborismo la representación que le correspondía por su importancia y que su programa sería sostenido como base de la obra por cumplir por el gobierno que presidía Perón (Mackinnon, 2002). No obstante, al momento de constituirse la Junta Ejecutiva provincial, que fue nombrada directamente por la Junta nacional desde Buenos Aires, se integró solo a representantes del sector moderado del laborismo y de la UCR JR. Detrás de esta composición se ha encontrado el doble objetivo de desplazar al sector más independiente del laborismo y recortarle poder a Auchter en cuanto caudillo del peronismo cordobés (Tcach, 2006).

Esta puja entre autoridades partidarias y gubernamentales se revelaron en varias estrategias. Mientras los laboristas desplazados refundaron el PL (en septiembre de 1946), el radicalismo renovador, encabezado por Auchter, rechazó la injerencia de la Junta Ejecutiva provincial en la gestión política y administrativa de la provincia –pretendida por Amelotti–[8] y buscó dilatar la reorganización partidaria. Simultáneamente, desde el laborismo dirigido por el senador nacional, se impulsó la creación de la Federación de Agrupaciones Obreras Políticas, como brazo político del PURN en el movimiento obrero, lo cual puede interpretarse como un asalto a la base social del PL (Tcach, 2006). Así, cuando, a mediados de enero de 1947, llegó la noticia del cambio de denominación por Partido Peronista (PP), la organización partidaria estaba aún en ciernes.

El 18 de enero de 1947 arribaron a Córdoba tres delegados del Consejo Superior: Héctor Cámpora, Alcides Montiel y Oscar Albrieu, bajo cuyo padrinazgo se realizó semanas después una reunión a puertas cerradas en la que participaron los miembros de la ex Junta Provincial del PURN, legisladores vinculados a Auchter y el propio gobernador. En ella se resolvió constituir la Junta Provincial del PP sobre la base del predominio de la ex UCR-JR, con los radicales Enrique Martínez Luque e Isidoro Varea como presidente y secretario general, respectivamente. Es decir, se marginó tanto al laborismo de Asís como al de Amelotti, en aras de fortalecer al exradicalismo renovador (Tcach, 2006).

Según las instrucciones del presidente del Consejo Superior del PP, Alberto Teisaire, la nueva Junta Provincial tenía como principal tarea la conformación de un padrón de afiliados peronistas para los comicios de convencionales constituyentes del PP. Los elegidos para integrar el Congreso General Constituyente del partido tendrían a su cargo redactar la Carta Orgánica de la agrupación, determinar su nombre definitivo y elegir las autoridades directivas. Además, en estas elecciones, se jugaría la suerte de los precandidatos a diputados nacionales, senadores y diputados provinciales para los comicios de marzo de 1948 (Mackinnon, 2002).

En una clara alusión a quienes todavía se reconocían como laboristas, desde los sectores alineados con el gobernador, se advertía:

No ha de olvidarse que la inscripción equivale al compromiso moral de prestar al Partido y a los gobiernos del mismo surgidos toda la cooperación de que uno es capaz y le sea posible dentro de su respectiva esfera de acción […] Es preciso, entonces, despojarse de cualquier duda o vínculo circunstancial con situaciones particulares o de banderías, e ir al Peronismo sin otro pensamiento que el Peronismo.[9]

En ese contexto, las dos vertientes laboristas decidieron aunar esfuerzos e integrarse al PP como núcleo laborista (Tcach, 2006). La renuncia a su autonomía estructural no implicaba resignar aquello que les daba identidad, sino que buscaban extenderlo al resto del peronismo cordobés:

Llamamos a actuar con toda decisión, con la más decidida colaboración a todos los laboristas de la provincia, para realizar la inscripción desde nuestras filas en el peronismo, para que una gran unidad de anhelos, en una sola común idealidad, formemos el partido que habrá de respaldar como fuerza civil y democrática, la acción del presidente de la República en cumplimiento de sus promesas postuladas y sus deberes ineludibles.[10]

Entendían que triunfar en los comicios internos les permitiría garantizar al pueblo “que se ha de concluir con las deshonestidades en el gobierno, porque habrá entonces una masa partidaria organizada y firme que hará marcar el paso a los que injusta e innoblemente, burlan la revolución nacional y al líder general Perón”.[11] Los sucesos posteriores rebatieron esta proyección.

Como veremos en los siguientes apartados, en este proceso de construcción partidaria no se disputaron únicamente cargos y recursos, sino que estuvieron en discusión aquellas representaciones acerca de lo político que definirían la identidad del peronismo mediterráneo.

Lecturas históricas acerca del peronismo

La lectura común del pasado señalada por Berstein como uno de los ingredientes fundamentales de toda cultura política incluye ciertos mitos fundacionales, referencias históricas, acontecimientos y fechas que son movilizados en defensa propia y a partir de los cuales se interpreta la realidad política del momento.[12]

Los distintos sectores reconstruían el devenir del peronismo e insertaban su emergencia dentro de una lectura de la historia nacional:

Es inútil querer tergiversar la verdad; es inútil querer dar cosas contra el aguijón, es inútil querer hacer creer que la higuera es un manzano; por más que den vueltas, tendrán que comprender que en este país, que en la República Argentina hubo una revolución el 4 de junio de 1943, hubo un 17 de octubre de 1945 y un 24 de febrero de 1946. Todo esto no ha pasado en vano.[13]

Si bien había una coincidencia en hacer suyas fechas clave como el 4 de junio de 1943, el 17 de octubre de 1945 y el 24 de febrero de febrero de 1946, pueden observarse diferencias en torno a qué jornada era más frecuentemente reivindicada y cómo se la vinculaba con el presente que se estaba viviendo.

Quienes habían formado parte de las administraciones de facto, enfatizaban en la continuidad entre la revolución de 1943 y la peronista: “somos continuadores de la Revolución”.[14] Esto se traducía en una permanente referencia al 4 de junio, en una identificación del peronismo como “depositario de los postulados de la Revolución de Junio”[15] y, paralelamente, en un cuestionamiento a aquellos que se habían sumado más tardíamente sin enfrentar consecuencias partidarias:

somos los únicos que desde el primer momento nos pusimos de pie ante el sabattinismo a partir del 4 de Junio de 1943, recibiendo la expulsión del Partido Radical (Comité Nacional) por nuestra actuación en la calle o cooperación con el Gobierno Revolucionario.[16]

Así, para quienes habían nutrido las filas de la UCR-JR, la revolución de junio –que había llegado “en buena hora para reparar los males pasados y presentes”–[17] no solo explicaba los orígenes del peronismo, sino también su llegada al poder: “Venimos de una revolución; el pueblo ha tenido fe en ella; por eso ocupamos estas bancas”.[18]

Para los laboristas, en cambio, aunque el 4 de junio había significado el inicio del movimiento revolucionario, era el 17 de octubre la fecha que había marcado la “repercusión trascendental” de su contenido social, económico y político y el 24 de febrero los resultados comiciales habían consagrado el “triunfo de la lucha político-social entablada por la restauración de la vida constitucional y recuperación institucional”.[19] En esa clave, el peronismo representaba “la reparación que habían esperado tantos años al influjo de promesas reiteradas por los partidos políticos, pero incumplidas”, “dolorosa experiencia” a la que el pueblo había sido sometido por “gobiernos de las viejas y nuevas oligarquías”.[20]

A estas efemérides sumaban una fecha ajena al calendario peronista nacional que, a diferencia de las demás, tenía una connotación negativa, el 17 de mayo de 1946, noche “inolvidable para nosotros los verdaderos laboristas”: [21]

Concluida la etapa electoral y efectuadas las elecciones que marcaron una fecha inolvidable en la historia argentina, afloraron a la luz pública los hombres que en Córdoba constituían la expresión más fiel de la ineptitud. Frente a esta circunstancia, el Partido Laborista, que había luchado por el triunfo de una causa justa y noble, por una causa que tenía sus entrañas en el pueblo, salió a la calle ese mismo 17 de mayo para manifestar al pueblo que en esta provincia la revolución había sido ya defraudada, porque cobijados bajo su bandera, se adueñaron de las funciones públicas, todos los elementos que constituían la resaca social y política del ambiente provincial.[22]

Por el contrario, quienes adherían al gobierno de Auchter minimizaban la trascendencia de esa jornada y preferían dar vuelta de página:

vivía la provincia de Córdoba […] un clima de descontento. Había un ambiente de perturbación producida por las pasiones de los dos grupos que habían llevado al gobierno a las actuales autoridades ejecutivas. Se habían producido incidencias internas y habían aflorado, habían surgido hasta la misma plaza pública. Estaba propicio el clima para hechos desagradables […] Este suceso desgraciado que ha venido a perturbar la labor de la Legislatura de Córdoba […] es uno de esos hechos que se producen comúnmente en la vida de los pueblos y que los vemos, no sólo en la Argentina, sino en el mundo entero y a los cuales no se les da mayor trascendencia que la que tiene […] no debe dársele más importancia que la que tiene para terminar de una vez con este asunto tan desagradable[23]

En lo que respecta al futuro, había una coincidencia en torno a que el camino para alcanzarlo era el peronismo, pero no existía consenso respecto a qué orden social y político se buscaba construir. Desde los distintos sectores se reivindicaba el Plan Quinquenal, la justicia social y el rol estatal, pero mientras desde el laborismo se hablaba en términos de socialdemocracia, Auchter aspiraba al establecimiento de una democracia cristiana[24] y algunos otros, aunque alineados con el gobernador, afirmaban: “vamos a la democracia social”.[25] Lo cierto es que, cualquiera fuera el futuro deseado, el adversario interno era homologado con el pasado.

Por sus postulados, el laborismo era equiparado al liberalismo y Auchter hablaba de éste en pretérito: “si todo lo dio de sí para edificar esos mundos hoy en ruinas, ya nada tiene que hacer con su duda sistemática y su concepto subjetivo del derecho y la libertad”.[26] Frente a ese pasado de individualismo liberal, el peronismo encarnaba la respuesta a las necesidades de la época:

Una nueva agrupación política, a la que pertenecemos y con la cual estamos absolutamente identificados, que, a diferencia de los partidos políticos anteriormente actuantes, no se encamina a la consecución de bienes y ventajas individuales, sino a lograr el bienestar colectivo.[27]

Consecuentemente, la obsolescencia del liberalismo se extendía a los partidos políticos:

En nuestro país, con la sanción de la ley electoral Sáenz Peña en 1912, y su efectivo cumplimiento recién en las elecciones del 24 de febrero de 1946, ha desaparecido prácticamente la razón de existencia de los partidos liberales que, teóricamente, habían ya caducado con la derrota del liberalismo. Anteriormente, los ciudadanos actuaban políticamente por medio de aglomeraciones, por cierto muy respetables, los partidos, sin otra finalidad, en el mejor de los casos, que la de reivindicar derechos políticos con la filosofía liberal que caracterizó esa época.[28]

Como corolario, quienes respondían al gobernador renegaban del pluralismo intrapartidario:

Los hombres que integran el bloque de la mayoría tienen un partido único: el Partido Único de la Revolución Nacional […] Las disidencias […] poco interesan al partido de la Revolución, porque ya lo ha dicho su jefe. El tren está en marcha y el que quiera quedarse que se quede a pie.[29]

Los verdaderos peronistas, que no pueden considerar conflicto lo que está sucediendo en Córdoba, sino la explosión de sentimientos egoístas avivados porque no se logran situaciones ventajosas personales, saben que llegada la hora de la cita, todos deben estar en un mismo núcleo, con una sola idea: la de trabajar desinteresada y honestamente por esa mejor justicia social, que proclama y realiza nuestro primer mandatario […] Apoyar ese hombre y secundar esa obra es más importante que detenerse a escuchar los rebuznos de los que salen al cruce de los caminos.[30]

En la vereda de enfrente, quienes se identificaban con el laborismo denunciaban las prácticas del pasado todavía imperantes en Córdoba de la mano del radicalismo renovador, quien encarnaba las “viejas mañas” y “viejas prácticas de la politiquería” (Tcach, 2006, p. 117). Si el adversario era el pasado, cada sector se consideraba a sí mismo como protagonista del futuro. “Nosotros […] somos el porvenir, somos el futuro esperanzado”[31] afirmaban los laboristas frente al “pasado ominoso”[32] encarnado en los ex radicales.

¿Quién habla en nombre del peronismo? La revolución en disputa

Ambos sectores buscaban homologarse con el peronismo y, mutuamente, identificar a su adversario interno con los extrapartidarios. Desde el laborismo se veía en los ex radicales renovadores a “inconsecuentes, desleales y traidores”.[33] Argumentaban que “los hombres que rigen los destinos de la provincia de Córdoba, no son ni han sido peronistas”,[34] sino “personas hechas y formadas en el cuño de las viejas prácticas imposibilitadas para adaptarse a la nueva realidad en marcha. Nosotros pretendemos representar la idea revolucionaria renovadora y creemos que únicamente los nuevos elementos son capaces de cristalizarla en hechos concretos”.[35]

Justamente por ello, sus antagonistas los calificaban como “arribistas”, “infiltrados”[36], llegados al poder “por un error lamentable del electorado peronista”.[37] Consideraban a los laboristas “extrañas intromisiones en el peronismo”[38] y los acusaban de boicotear la revolución:

hoy día a más de dos meses de haberse hecho cargo del gobierno no tiene aún el control absoluto sobre la administración pública, no tiene el control sobre las más importantes reparticiones de la Provincia y se halla saboteado en su acción de gobierno […] algunos de sus empleados están saboteando la obra de la revolución.[39]

Los laboristas traían a colación el pasado partidario de sus adversarios internos para denunciar “un inconfesado propósito de radicalizar el peronismo”. A la inversa, afirmaban: “el laborismo, fiel a su origen, se propone peronizar el país, contribuyendo así a que triunfe la revolución y no sea deslealmente desvirtuada”.[40] Esas trayectorias eran explicadas por la prensa afín al radicalismo renovador en términos de “conversos”: “ciudadanos que, a través de la historia de todas las agrupaciones, han pasado de las filas de un partido a otro cuyo ideario les ha parecido mejor. No son los especuladores de la política. Son los conversos por una sincera emoción”.[41]

Unos y otros pretendían identificarse con la totalidad del “verdadero peronismo” y excluir del “nosotros los peronistas” a sus antagonistas, calificándolos de traidores o igualándolos a los adversarios externos del peronismo. Mientras los laboristas declaraban “hemos y habremos de estar […] contra los traidores de afuera y los traidores de adentro de nuestras propias filas”,[42] desde el sector alineado con Auchter se afirmaba:

Si bien es cierto que en un año poco se puede hacer ante la sistemática contra, de los malos peronistas, que llegaron a la función pública, tampoco olvidemos de sus buenos colaboradores que inspirados en los nobles postulados de la justicia social del gobierno nacional, bien pronto darán sus frutos y los malos peronistas, derrotados ampliamente en su política de confusión, tomarán el camino que aleja a los malos donde impera la razón y los nobles sentimientos de argentinos.[43]

al peronismo de Córdoba se le han tendido arteras celadas desde hace un año. Se han arrimado al peronismo hombres sin crédito y sin conducta, que […] han conducido a esta Córdoba culta y digna, limpia y alta, a una situación de ridículo […] Es frente a esta situación que resulta de amenaza, que los peronistas de toda la provincia deben estar prevenidos. Oídos y ojos alertas, para que […] no nos sorprenda otra vez, la intromisión, en sus filas, de elementos perniciosos y perturbadores.[44]

En los comunicados, las intervenciones en la Legislatura y los discursos de los principales dirigentes aparecen algunas palabras clave que remiten a su mirada acerca de lo político y, en particular, del peronismo. Entre ellas, encontramos que “revolución” fue la más reiteradamente utilizada para hacer referencia al movimiento con el que buscaban homologarse.

Puede aseverarse una coincidencia entre los distintos sectores del peronismo en calificarlo como revolucionario. Sin embargo, los énfasis variaban. Las lecturas históricas que se hacían del peronismo, a las que ya hemos hecho referencia, se traducían en disímiles balances sobre la situación política del momento y, en particular, respecto al carácter revolucionario o no del peronismo mediterráneo. Para quienes provenían de la UCR-JR, pese a sus defectos, en Córdoba también estaba en marcha el movimiento revolucionario “y en la marcha se va corrigiendo y amoldándose a la situación política e institucional que se está estructurando en el país”.[45] Al respecto, señalaban:

Los que todavía tengan cerrados los ojos sobre lo que significa el movimiento peronista en el país, deben saber que el movimiento peronista no es una simple revolución, un cuartelazo más. El movimiento peronista […] es una profunda revolución social.[46]

[el peronismo] es un movimiento positivamente revolucionario. Lo es en la forma y en el fondo. Y tiene, incuestionablemente, una misión histórica que cumplir, y que está cumpliendo contra viento y marea. Aun contra la ineptitud o la inmoralidad, precisamente, de esos malos peronistas o antiperonistas, o quintacolumnistas dentro del partido, que desgraciadamente sorprenden la buena fe de los dirigentes y dañan al partido.[47]

Como puede verse, desde esta perspectiva, si la revolución había tenido problemas para anclar en Córdoba, los responsables eran los laboristas, por haberse infiltrado en el peronismo para llegar el poder y luego entorpecer su avance en la provincia:

El conflicto político que vive nuestra provincia por la ambiciones insaciables de algunos políticos encaramados en el poder luego de haberse amparado bajo la bandera sin mácula que es el peronismo colocándose abiertamente contra los postulados de la Revolución del 4 de Junio y que escudándose bajo la figura secular del Coronel Perón hoy detentan una posición en el poder público, cometiendo la mayor de las traiciones que pueden inferirse a nuestro líder, han logrado mediante sus embaucaciones (sic) dividir al peronismo cordobés […] Esos políticos resabiados, que titulándose peronistas no dejan de ser “Laboristas” no pueden considerarse correligionarios de los verdaderos y peronistas de corazón, en estos momentos de confusionismo es conveniente saber distinguir, los buenos argentinos que se cobijan en la bandera de Perón y de los que están en contra[48]

Por el contrario, desde la lectura del laborismo, la revolución del peronismo “no [había] llegado a Córdoba”[49] a causa del gobierno provincial. “Había sido ya defraudada” incluso antes de su arribo al poder, tal como intentaron denunciarlo el 17 de mayo de 1946 al salir a las calles cordobesas, y se había acentuado en los meses siguientes por los procedimientos y actitudes gubernamentales “que estaban absolutamente al margen del ideal revolucionario”.[50] Al respecto, señalaban:

después de aquellos históricos acontecimientos en Córdoba prevalece el desorden y la inmoralidad en la administración, la arbitrariedad y el atropello policial en la provincia; la inequidad en las actividades políticas oficiales; el servilismo al servicio de la especulación presupuestívora que en complicidad, tolera y ampara todas las indignidades[51]

Ante esta situación, los laboristas se autoerigían en “auténticos intérpretes de la revolución” y, como tales, se imponían “el deber de que [la población de Córdoba] la experimente en todos sus alcances”.[52] Desde su perspectiva, asegurar “el éxito de la obra revolucionaria” en la provincia requería “un gobierno de los más capaces, de los más honestos y de los más revolucionarios”. Consecuentemente, plateaban que asumir un cargo implicaba “ocupar una posición de lucha y acción revolucionaria”.[53]

En esos mismos términos, el vicegobernador Asís argumentaba los motivos de su renuncia en marzo de 1947. En sus fundamentos se sintetiza cabalmente la concepción laborista del peronismo, así como su intento de homologación consigo mismo y de eliminación del adversario interno, los radicales renovadores, encarnados en el titular del Ejecutivo provincial:

Confieso que he pensado detenidamente antes de asumir la para mí penosa actitud de relegar la investidura de Vice Gobernador de la Provincia, pero frente al dilema de aceptar los halagos del poder y la distinción de jerarquía que implica toda posición de mando, en un clima de asfixia e incomprensión de la hora revolucionaria en que vivimos o descender de tan alta función para convertirme en un simple soldado más de la causa del pueblo, encarnado en el peronismo de Córdoba para sumar mis esfuerzos a fin de que sean efectivos, de que Revolución sea una realidad en los ámbitos de la provincia no he vacilado un solo instante […] No cargaré, ante mi pueblo, con la tremenda responsabilidad de figurar incluido entre los integrantes de un gobierno que ha burlado al pueblo, a su líder y a un movimiento de tan vastas proyecciones históricas.[54]

Si el peronismo era revolucionario y el laborismo era el auténtico peronismo, entonces los radicales eran simultáneamente antirrevolucionarios y antiperonistas:

El Partido Laborista […] fuerza auténticamente revolucionaria al servicio de la Provincia y de la República [se incorpora] a las filas del nuevo partido […] para respaldar, leal y honestamente, la magna obra revolucionaria … obra a la que, desde su principio, se ha pretendido sabotear […] tenemos empeñada en Córdoba una lucha sin tregua, desde el 17 de mayo de 1946, en contra del Ejecutivo de la provincia, al que hemos calificado entonces de antirrevolucionario.[55]

En su “misión de voceros auténticos del pensamiento del general Perón” denunciaban ante el pueblo de la provincia “al gobierno de Córdoba como expresión del más crudo antiperonismo”, al tiempo que auguraban –de sus propias manos– un futuro promisorio: “con la esperanza puesta en la patria y en Perón decimos […] que no ha de transcurrir mucho tiempo para que se cumplan en Córdoba los postulados revolucionarios hoy conculcados”.[56]

Duelo de poderes, juicio político e intervención federal

Las diversas representaciones acerca de lo político elaboradas desde los distintos sectores del peronismo cordobés se tradujeron en ciertas conductas o prácticas políticas que afectaron el proceso de construcción partidaria y las relaciones tanto entre oficialismo y oposición como entre los poderes ejecutivo y legislativo.

Como hemos visto, el 17 de mayo de 1946 Auchter inauguró su gobierno con la violación de los fueros parlamentarios de los representantes electos el 24 de febrero. Poco después impulsó la creación de la Secretaría Técnica de Gobierno, cuyo objetivo declarado era planificar la presentación de proyectos con los legisladores, pero que fue conceptuado por los opositores –internos y externos al peronismo– como un avance del poder ejecutivo sobre el legislativo (Tcach, 2006).

La coincidencia en torno al carácter antidemocrático del Ejecutivo derivó en una alianza del laborismo con la Unión Cívica Radical y el Partido Demócrata en el seno de la Legislatura. Si desde el laborismo esta maniobra fue concebida como parte de una estrategia destinada a lograr la democratización del peronismo para los sectores vinculados al gobernador significaron contubernio y, por lo tanto, traición.

Con la apertura de sesiones extraordinarias en noviembre quedó evidenciado el conflicto entre poderes. Los legisladores alineados con Auchter boicotearon el quorum y convocaron luego a otra asamblea con la intención de que fueran tratadas únicamente las iniciativas remitidas por el Poder Ejecutivo. Como también carecían del número necesario de legisladores, se encerró a senadores opositores en el recinto legislativo y se impidió el ingreso al vicegobernador Asís. Desde el laborismo esta maniobra se adjudicó al propósito de “desprestigiar al régimen parlamentario” (Tcach, 2006, pp. 133-134).

Por esos días, los senadores Federico de Uña y Carlos Rossini y el diputado Luis Atala suscribieron un comunicado en nombre del Partido Laborista en el que acusaban a Auchter, entre otros cargos, de deslealtad:

Solo Córdoba está dando el espectáculo vergonzoso y denigrante que ofrece el Poder Ejecutivo con su política de deslealtad, de traición y de aventurismo que viene realizando en todos los órdenes […] A ese plan de deslealtad y traición responde visiblemente la política del Ejecutivo provincial, política de deshonestidad, de desaciertos, de esterilidad.[57]

Eclosionado el duelo entre poderes, Auchter comenzó a elucubrar la intervención del legislativo, al que volvió objeto predilecto de sus críticas. En ese marco, en marzo de 1947 pronunció un discurso en Colonia Italiana, localidad del sudeste cordobés, en el que afirmó:

[que] el legislador debía ser un hombre superado, debía ser distinto en esencia y capacidad al hombre común; solo así se le reconocerá el derecho de hacer la ley que ha dar las normas a la sociedad para que ella encuentre por ese medio el camino a su perfección y a su progreso.[58]

Laboristas y opositores coincidieron en condenar las palabras del gobernador, consideradas lesivas de los privilegios parlamentarios. Atala llegó incluso a dudar de las facultades mentales del gobernador “porque es inadmisible que un hombre en su sano juicio pueda cometer una semejante irreverencia contra la Legislatura de Córdoba”.[59] Tiempo después, puso sobre la mesa la posibilidad de un juicio político:

pregunto si no es llegado el momento en que nosotros, los auténticos representantes del pueblo de Córdoba, seamos los que pongamos fin a toda esta anarquía, a todo este caos […] conceptúo que es llegado el momento que se traigan a este recinto todos los elementos de prueba, todos los elementos de juicio […] para que los representantes del pueblo juzguen si es llegado o no el momento de que el señor gobernador de la provincia pueda seguir gobernando, y en esa forma si ha llegado o no el momento del juicio político.[60]

Resulta interesante que este duelo entre poderes atravesó a todo el peronismo y también ex radicales renovadores cuestionaron abiertamente las expresiones del gobernador y otras afines, vertidas por el ministro de Gobierno. Al respecto, Peralta Serra inquirió:

¿No se da cuenta el Poder Ejecutivo que cuando agravia a los legisladores, que somos los auténticos representantes del pueblo, y al que defendemos, agravia a todos los sectores, porque somos carne del pueblo y porque lo representamos acá hasta en sus más mínimos intereses? En eso se diferencia nuestra posición con el Poder Ejecutivo. Nosotros formamos parte de un Cuerpo colegiado donde chocan las ideas políticas, y es lógico, entonces, que existan pasiones, porque quienes en este recinto se sientan, representan a las fuerzas peronistas, a la Unión Cívica Radical y al Partido Demócrata, y es entonces lógico que en todos los problemas tengan los diputados de los distintos sectores criterio ya formado, aunque de distintos aspectos, porque el enfoque político debe ser distinto. Si no, habría desaparecido la democracia […] El juicio político ya vendrá, señor presidente. Lo está exigiendo el pueblo. No han de pasar muchos días sin que tengamos que debatirlo. No podemos pasar por cómplices los miembros de este bloque de 13 diputados peronistas, de todos los desmanes cometidos en este primer año de gobierno. Estamos hartos. Ya hemos esperado un año, creemos que la paciencia se nos está acabando.[61]

Como puede verse, se identificaba a los legisladores como los verdaderos representantes del pueblo y, consecuentemente, se negaba esta condición al Ejecutivo, al tiempo que se homologaba la democracia al cuerpo colegiado y, por contraposición, se insinuaba que la gobernación estaba siendo autoritaria. Crecía mientras tanto entre las filas peronistas la opinión favorable a un juicio político a Auchter, propuesta que finalmente fue presentada a principios de junio. En su defensa del proyecto, el diputado Atala afirmó:

nos vemos precisados los representantes del pueblo en esta Honorable Cámara, a buscar en la institución del juicio político, esa garantía que el abuso de poder y el evidenciado desconcepto que de la función pública tiene el ciudadano que detenta la primera magistratura de la Provincia ha hecho desaparecer, erigiéndose, si no en dictador, por carecer de condiciones para ello, en mandatario atrabiliario y despótico.[62]

La respuesta de Auchter fue la disolución por decreto de la Legislatura. Como el juicio político ya había sido aprobado, correspondía al vicegobernador asumir el Ejecutivo, pero en tanto la decisión había sido tomada por una asamblea formalmente disuelta, se dio un escenario de doble poder. La situación fue resuelta por Perón, al declarar intervenida la provincia. Restaba establecer si se trataría de una intervención amplia que afectaría a los tres poderes, opción propugnada por Auchter, o restringida al Poder Ejecutivo, tal como se proponía desde el laborismo. El 27 de junio la Cámara de Diputados de la Nación aprobó la intervención a los tres poderes de la provincia de Córdoba.

El senador nacional Felipe Gómez del Junco apoyaba a Auchter en los siguientes términos:

el gobernador prefirió, con toda valentía, señores senadores, violar la Constitución él también, como lo había hecho la Legislatura traidora, y hundir el barco para que las ratas se asfixien y se salven los que se tengan que salvar […] Es así como el gobernador Auchter, antes de entregar en forma indigna el gobierno a adversario, prefirió entregarlo al poder federal para que éste disponga y diga lo que el peronismo de Córdoba debe hacer en su provincia.[63]

A modo de epílogo

En septiembre de 1947 –con la provincia intervenida– se realizaron los comicios internos del Partido Peronista. Participaron en ellos –además de otras agrupaciones menores– las tres grandes franjas del peronismo cordobés: la Unión Provincial Peronista Labor y Renovación (cuyo tronco originario era la UCR-JR), la Federación de Agrupaciones Obreras Políticas (laborismo moderado) y el Núcleo Laborista (ex Partido Laborista). Las dos últimas presentaron numerosas denuncias y el laborismo advirtió que aprobar estas elecciones “significaría retrotraer a Córdoba a la era del fraude electoral y del desprestigio de las instituciones republicanas y democráticas”.[64] Sin embargo, el Consejo Superior Nacional las legitimó. Se dijo que había triunfado la lista oficialista Labor y Renovación, aunque el escrutinio nunca fue realizado. El veedor y senador nacional Demetrio Figueira trasladó a Buenos Aires toda la documentación, incluyendo las actas de los comicios. Sus resultados no se conocieron nunca (Tcach, 2006).

En las páginas precedentes hemos analizado el proceso de construcción partidaria del peronismo, entendiéndolo como el escenario en que se disputaron no solo cargos y recursos, sino fundamentalmente las representaciones acerca de lo político que definirían su identidad. Reconstruimos las distintas miradas acerca de los procesos históricos en que era inscripto el nacimiento del peronismo, los matices en las fechas e hitos reivindicados y cómo estas diferencias se plasmaban también en las lecturas realizadas sobre el momento político que se estaba viviendo. Influían asimismo en el significado que se le otorgaba al carácter revolucionario del peronismo y su marcha en la provincia. Dimos cuenta de cómo, pese al acuerdo en torno a que las banderas peronistas eran el camino para seguir, no había consenso acerca del orden deseado y cómo estas disidencias se tradujeron en posicionamientos y prácticas disímiles.

Resta para próximas investigaciones dilucidar cuáles de estas representaciones tuvieron suficiente fundamento como para inscribirse en el tiempo, atravesar generaciones, consolidarse como ingredientes de la cultura política peronista e influir en los comportamientos políticos de quienes se reconocen como peronistas.

Referencias bibliográficas

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Cabrera, M. (2010). “La investigación histórica y el concepto de cultura política”. En M. Pérez Ledesma y M. Sierra (Eds.). Culturas políticas: teoría e historia, (pp. 19-85). Institución Fernando el Católico.

Camaño Semprini, R. (2014). Peronismo y poder municipal. De los orígenes al gobierno en Río Cuarto (Córdoba, 1943-1955). Prohistoria.

Camaño Semprini, R. (2022). “En los intersticios del poder: los parlamentarios durante la construcción partidaria del peronismo (Córdoba, 1946-1952)”. Miríada: Investigación en Ciencias Sociales, 14 (18), 257-278.

Mackinnon, M. (2002). Los años formativos del Partido Peronista (1946-1950). Instituto Di Tella/Siglo XXI

Panebianco, A. (1990 [1982]). Modelos de partido. Organización y poder en los partidos políticos. Alianza.

Tcach, C. (2006 [1991]). Sabattinismo y peronismo. Partidos políticos en Córdoba (1943-1955). Biblos.

Tcach, C. (2016). “Movimientismos en perspectiva comparativa: peronismo y radicalismo yrigoyenista”. Perfiles latinoamericanos, 24 (48), 61-82.


  1. Instituto de Investigaciones Sociales, Territoriales y Educativas (ISTE), Consejo de Investigaciones Científicas y Técnicas (CONICET). Facultad de Ciencias Humanas de la Universidad Nacional de Río Cuarto (UNRC).
  2. Sobre esta hipótesis, remitimos a Tcach (2016).
  3. Vale aclarar que identificamos como laboristas a quienes se asumían a sí mismos en tales términos, puesto que se dieron numerosos casos en que, aunque pertenecían al laborismo, habían tenido experiencia previa en las filas de la UCR. De hecho, el propio vicegobernador Asís provenía del radicalismo y había sido secretario de Obras Públicas de la municipalidad de Córdoba en 1945. También resulta ilustrativo que, de 29 candidatos a senadores por el peronismo, solo 6 eran representativos del sector obrero. Esto no fue óbice, sin embargo, para que hablaran desde –y en nombre de– el laborismo. Algunos otros, como Manuel Ávila, accedieron a su banca con la boleta laborista, pero en sus discursos no reivindicaban la identidad laborista y sus posicionamientos eran más cercanos a los del gobernador y demás radicales renovadores.
  4. Aunque en un principio no estuvo presente el objetivo de escindirse de la UCR, sino que pretendían “revivir la hora de los grandes triunfos del partido” (Tcach, 2006, p. 93), en sus discursos no reivindicaban este pasado radical. Es por una cuestión operativa que en nuestro texto optamos por hablar de este sector en término de ex radicales renovadores, para distinguirlos de aquellos otros peronistas que se reconocían laboristas.
  5. La Voz del Interior, 19/03/1946.
  6. Córdoba, 18/05/1946.
  7. Entre los miembros de la Junta Ejecutiva Nacional, se encontraba el senador nacional por Córdoba Osvaldo Amelotti, dirigente de la Unión Ferroviaria que había integrado desde su etapa fundacional la dirección del PL de Córdoba y se desempeñaba como segundo vicepresidente del Senado. Para impulsar el PURN en la provincia, Perón se apoyó tanto en él como en su par, el senador nacional Felipe Gómez del Junco (Tcach, 2006; Camaño Semprini, 2022).
  8. Dentro de la heterogénea composición del laborismo provincial, que incluía profesionales y políticos emigrados de otras extracciones partidarias, Amelotti era representante de la vertiente obrera sin gimnasia política previa (Blanco, 2016). A él respondía una de las tendencias que convivían dentro del laborismo mediterráneo, la más moderada. La otra era conducida por el vicegobernador Asís y por el dirigente de la Unión Obrera del Dulce Federico de Uña (Tcach, 2006). Para una reconstrucción y análisis exhaustivos del devenir del laborismo cordobés dentro de la organización partidaria peronista remitimos a Tcach (2006, pp. 100-130).
  9. La Voz de Río Cuarto, 27/05/1947.
  10. Córdoba, 27/04/1947.
  11. Córdoba, 27/04/1947.
  12. Citado en Cabrera (2010, p. 41).
  13. Cámara de Diputados. Diario de sesiones 1946, p. 2652.
  14. Cámara de Diputados. Diario de sesiones 1946, p. 37.
  15. La Voz de Río Cuarto, 25/05/1947.
  16. La Voz del Interior, 21/05/1946.
  17. Cámara de Diputados. Diario de sesiones 1946, p. 13.
  18. Cámara de Diputados. Diario de sesiones 1946, p. 14.
  19. Córdoba, 25/01/1947 y 24/03/1947.
  20. Córdoba, 25/01/1947.
  21. Córdoba, 18/05/1946.
  22. Córdoba, 14/03/1947.
  23. Cámara de Diputados. Diario de sesiones 1946, pp. 449-450.
  24. Córdoba, 02/05/1947.
  25. Cámara de Diputados. Diario de sesiones 1946, p. 543.
  26. Córdoba, 17/05/1947.
  27. Gobierno de Córdoba. Mensajes de Auchter, gobernador de Córdoba, 1946/47, p. 4.
  28. Córdoba, 02/05/1947.
  29. Cámara de Diputados. Diario de sesiones 1946, p. 476.
  30. La Voz de Río Cuarto, 01/04/1947.
  31. Córdoba, 25/01/1947.
  32. Córdoba, 25/01/1947.
  33. El Pueblo, 15/03/1947.
  34. El Pueblo, 13/05/1947.
  35. Córdoba, 23/05/1946.
  36. Justicia, 01/04/1947.
  37. La Voz de Río Cuarto, 29/05/1947.
  38. La Voz de Río Cuarto, 05/06/1947.
  39. Cámara de Diputados. Diario de sesiones 1946, p. 428.
  40. El Pueblo, 11/03/1947.
  41. La Voz de Río Cuarto, 07/01/1948.
  42. Córdoba, 23/05/1946.
  43. Justicia, 17/05/1947.
  44. La Voz de Río Cuarto, 13/06/1947.
  45. Cámara de Diputados. Diario de sesiones 1946, p. 428.
  46. Cámara de Diputados. Diario de sesiones 1946, p. 2641.
  47. La Voz de Río Cuarto, 25/01/1948.
  48. Justicia, 13/06/1947.
  49. Córdoba, 26/01/1947.
  50. Córdoba, 14/03/1947.
  51. Córdoba, 25/01/1947.
  52. Córdoba, 26/01/1947.
  53. Córdoba, 14/03/1947.
  54. Córdoba, 14/03/1947.
  55. El Pueblo, 13/05/1947.
  56. El Pueblo, 06/02/1947.
  57. El Pueblo, 09/11/1946.
  58. Cámara de Diputados. Diario de sesiones 1947, p. 294.
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  61. Cámara de Diputados. Diario de sesiones 1947, pp. 295-298.
  62. Cámara de Diputados. Diario de sesiones 1947, pp. 463-464.
  63. Justicia, 28/06/1947.
  64. Córdoba, 30/09/1947.


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