Culturas políticas e imaginarios en pugna en la Mendoza lencinista (1918-1928)
Andrés Abraham[1]
Introducción
El presente capítulo propone un análisis de las distintas representaciones en torno a la democracia y la soberanía popular presentes en las culturas políticas en pugna en el escenario político de Mendoza durante los tres lustros que siguieron a la sanción de la ley Sáenz Peña.
Conforme advierten los estudiosos del tema, en las culturas políticas anidan imágenes compartidas del presente, representaciones anticipadas de futuro e igualmente “una lectura común y normativa del pasado histórico que connota, positiva o negativamente, los grandes períodos” (Berstein, 1992, p. 391). Cada cultura propone así una “visión de mundo” relativa al orden político deseable, en la cual se imbrican concepciones de la historia, objetivos de acción del momento presente y anticipaciones prospectivas para el futuro mediato e inmediato, aspectos que condicionan lineamientos de acción de grupos de interés en la vida política.
Para el período en cuestión, coexistieron en el espacio mendocino cuatro culturas políticas, pasibles de ser identificadas a partir de sus fundamentos ideológicos e igualmente de las siglas partidarias, como liberal-conservadora, radical/lencinista, radical/yrigoyenista y socialista. Cabe aclarar que la alusión a las denominaciones partidarias es orientadora y apunta únicamente a nominalizarlas, pues la configuración de las matrices de cada una fue más allá de la mera adscripción identitaria a un partido político determinado y buscó interpelar a un espectro de actores de la escena política y de electores más amplio. Asimismo, entendemos que los núcleos esenciales de tales culturas se mantuvieron en el tiempo, más allá de los cambios de dirigentes, las cooptaciones entre partidos, las confluencias momentáneas o las mutaciones de denominaciones partidarias.[2]
En el fondo, se trata de cuatro cosmovisiones en pugna, subyacentes a las luchas electorales y políticas del período, que sirvieron de base a diagnósticos, disputas o marcos de acción político-partidarios e, igualmente, a debates en torno a diversos tópicos y cuestiones de orden público. Configuraron paradigmas desde los cuales se posicionaron la mayor parte de los actores del espectro político-partidario, con su correspondiente correlato en el plano institucional. Entre 1918 y 1928 una de ellas (la radical-lencinista) manifestó pretensiones de hegemonía, en tanto sus sostenedores ocuparon el gobierno provincial y desde allí procuraron imponerla como visión predominante, batallando contra las posiciones alternativas.
Nos proponemos, entonces, abordar las notas salientes y las representaciones presentes en cada una de las culturas políticas e igualmente elucidar las percepciones de cada una acerca del orden político ideal y la democracia en la provincia.
Junto con el aporte de nueva evidencia empírica a partir de fuentes escasamente trabajadas, buscamos poner en diálogo las representaciones de cada cultura con el derrotero político-institucional de la provincia, que ha sido explorado en sus aspectos formales, pero respecto del cual es preciso recuperar relieves y matices, indispensables para comprender el entramado de disputas entre las fuerzas políticas que compitieron por el voto popular en los primeros lustros de la democracia ampliada. En el marco de ese proceso –en el cual operaron en carriles paralelos la efectivización de la ampliación del sufragio y la trasmutación de los partidos políticos– se pusieron en danza distintas nociones de democracia y representación política, que dan cuenta de la falta de univocidad de tales categorías –nodales para el orden político– en las mentalidades de los actores del espacio mendocino.
Bajo tal premisa, abrevamos en distintas publicaciones de la prensa partidaria del período, en vistas a recuperar argumentos y disputas de sentido que dichas fuentes traslucen en relación a distintos temas relevantes, discutidos en la tribuna política de entonces. A partir de tales indagaciones, nos interesa dar cuenta de la estrecha imbricación entre los partidos, el sistema electoral y las prácticas políticas con los imaginarios y el repertorio de líneas de acción brindado por las culturas políticas contendientes, factores que tuvieron un impacto clave en la esfera estatal y signaron la relación político-institucional entre el oficialismo y las oposiciones del período.
La ampliación democrática en Mendoza y la legislación electoral entre 1912 y 1932
La reforma electoral impulsada por el presidente Roque Sáenz Peña entre 1910 y 1912 en el Congreso nacional dio lugar a un giro copernicano en la forma de concebir el sistema político y la legitimidad de los elencos de gobierno. Este proceso tuvo lugar también en Mendoza, donde la elite local manifestó un temprano alineamiento para con el programa reformista del primer mandatario e impulsó el estricto cumplimiento de sus postulados, llegando al extremo de extrapolar el contenido íntegro de la ley 8.871 en el ordenamiento electoral provincial (Abraham, 2021).
Con posterioridad a esa reforma, hubo cuestiones que volvieron a debatirse en el marco de una Convención Constituyente que a principios de 1916 sancionó una nueva carta magna provincial. A poco de entrar en vigencia la nueva Constitución, el gobierno del liberal reformista Francisco Álvarez impulsó un proyecto de ley electoral, que obtuvo media sanción del Senado. Pero, merced al obstruccionismo de la Unión Cívica Radical (UCR), el proyecto permaneció sin tratamiento en Diputados a lo largo del año 1917, hasta que el arribo de la intervención federal encabezada por Eufrazio Loza disolvió la Legislatura (Micale, 1997). Finalmente, el radicalismo lencinista –que se hizo del poder en marzo de 1918 –promovió a fines de 1919 una nueva ley electoral provincial, promulgada en enero de 1920, la cual rigió –con algunas modificaciones– hasta el año 1932.
Amén del extendido consenso en torno al libre sufragio y la necesidad de brindar amplias garantías a la libertad del elector, hubo cuestiones en torno de las cuales la elite y los dirigentes políticos del período manifestaron discrepancias. Las instancias de reforma electoral y constitucional fueron la tribuna en la cual se discutieron principios, mecanismos o ideas-fuerza relativas a la normativa electoral en particular, pero también al orden político en general. Los debates allí suscitados sirven de puntapié para esbozar perfiles de las culturas políticas que –con mayor o menor preponderancia– tuvieron incidencia clave en la vida política provincial a lo largo de las siguientes tres décadas, hasta el ascenso del peronismo en 1946.[3]
Como bien han señalado los estudios sobre dicha convención, hubo diversos tópicos en disputa –como el laicismo o el sistema electoral– en torno a los cuales se posicionaron los partidos con representación de convencionales, pero también aquellos que se habían abstenido de postular candidatos a la misma, como el civitismo o la UCR comandada por José Néstor Lencinas (Pérez Guilhou, 1977; Egües, 2008). Asimismo, advertimos idas y venidas en relación con el tópico de la representación en los cuerpos colegiados que evidencian la incertidumbre reinante en la propia elite dirigente respecto de quiénes ocuparían el rol de oficialismo y quiénes el de oposición y qué alcances institucionales tendría la acción de contralor de esta última.[4]
Los posicionamientos antes señalados dan pauta de la existencia de visiones contrapuestas en torno al orden político provincial y a los instrumentos necesarios para llevar a buen puerto la democracia ampliada inaugurada en 1912, cuyo síntoma fueron las disputas en torno a principios y mecanismos a consagrar en la normativa electoral para hacer efectiva la soberanía popular. Tales cuestiones no quedaron saldadas, pues amén de los consensos circunstanciales que permitieron reformar el marco normativo, hubo planteos disruptivos y desacuerdos a lo largo del período.
En el apartado que sigue, nos proponemos reconstruir los imaginarios gestados por las distintas culturas políticas desde la asunción al poder de la UCR en 1918, aspectos que dan cuenta de la continuidad de la disputa entre nociones contrapuestas de la democracia y del margen de acción que correspondía asignar a oficialismo y oposición/es en el orden político provincial.
Culturas políticas en tensión durante el decenio lencinista (1918-1928)
Los imaginarios sobre el orden político y la democracia gestados en el seno de las culturas políticas locales continuaron en tensión luego de la reforma constitucional de 1916. De la mano del radicalismo lencinista se abrió paso en 1918 un nuevo estilo y programa políticos que impulsaron una transformación en la forma de concebir la acción de los poderes públicos, la legitimidad de los elencos gobernantes y los fundamentos de la representación en el poder legislativo.
La prensa partidaria local fue la vía de difusión de las representaciones gestadas por los actores contendientes de las respectivas culturas en el sistema político local y de sus argumentos y justificativos a la hora de manifestar su vocación por representar la voluntad popular.
Es sabido que, a lo largo del período en cuestión, la prensa escrita cumplió un rol clave en el escenario político, incidiendo tanto en las coyunturas preelectorales como en la agenda pública e institucional. Como bien ha señalado Macor (2014) los diarios fueron protagonistas activos de la esfera pública y gestaron una suerte de competencia por la definición de las orientaciones de la política estatal, canalizando además las disputas ideológicas y la justificación de las orientaciones de las respectivas culturas políticas. Por otro lado, la prensa escrita fue clave por entonces como instrumento de pedagogía cívica, al ser el medio principal del electorado tanto para informarse como para tomar posición frente a cuestiones polémicas de la agenda pública.
En los años veinte el periodismo de Mendoza logró un singular crecimiento, tanto en calidad, periodicidad y variedad de estilos, como en cantidad de órganos de prensa, entre los que se cuentan aquellos que se proclamaban independientes, otros dependientes de entidades comerciales o gremiales y también periódicos que respondían a las líneas partidarias –o bien a alguna de las facciones, como en el caso del radicalismo–, [5] lo que da cuenta de una amplia variedad de empresas editoriales. Asimismo, en cuanto al alcance territorial, corresponde destacar que, junto a la existencia de diarios provinciales, hubo publicaciones editadas en los departamentos (Oviedo, 2010).
A continuación, proponemos un acercamiento a distintas publicaciones de los principales medios prensa partidaria de la época, que respondían a las culturas políticas contendientes por entonces, para elucidar qué representaciones se articularon en torno a la democracia y a la legitimidad de sus competidores a la hora de aspirar a representar la voluntad popular.
La cultura política radical-lencinista
La trayectoria del radicalismo mendocino está vinculada a la figura de José Néstor Lencinas (1859-1920), caudillo radical que se sumó a la agrupación en 1891 y construyó en su seno un liderazgo con singulares características (Olguín, 1961). En el marco del ideario radical, Lencinas reivindicó la tradición de Leandro Alem y batalló retóricamente contra el régimen. Presentó a la UCR como un movimiento redentor, que venía a barrer con las inequidades y la enajenación de los sectores populares, excluidos durante largo tiempo de la vida política y de los beneficios de la actividad económica por los personeros de la oligarquía vitivinícola local (Rodríguez, 1979). Merced a la consagración del voto obligatorio y la limpieza del sufragio, desde 1914 el partido abandonó la vía revolucionaria y se inclinó por la acción proselitista, entreviendo la posibilidad de conquistar con el favor popular el poder para llevar a cabo su plan de regeneración política y reparación institucional.[6]
Con el triunfo en los comicios de 1918, el radicalismo gestó una visión de democracia sustentada en la legitimidad incontestable que daba a sus mandatarios el voto popular. En ese marco, se colocaba a la acción proselitista y a la nueva etapa de gobierno como continuación de los objetivos trazados por la UCR en sus orígenes –cuando lucharon contra el fraude mediante la abstención y la revolución– viéndose transmutados en un inédito programa de reforma política y social que reencauzaría la obra de gobierno hacia los destinos prefijados de la nacionalidad.
La misión trascendente del partido iba más allá de las personas de sus dirigentes y se entrelazaba con el sentir del propio pueblo mendocino. Al cumplirse un año de gestión de Lencinas, desde el diario oficialista La Palabra se advertía que la acción del caudillo tendría respaldo amplio del pueblo, que estaba en “unidad espiritual” con sus dirigentes
El pueblo de Mendoza, en todas y en cada una de sus reuniones, alienta con su actitud, que es un plebiscito grande y solemne, a sus representantes en el radicalismo y en el gobierno. Convencido, sin duda, de que […] podrá realizarse el gobierno ejemplar que al pueblo le ha sido prometido y que la opinión pública reclama.[7]
Como contrapartida, se presentaba a los conservadores como impostores y se les negaba la posibilidad de aspirar a la representación de la voluntad popular, incluso como minoría en la Legislatura, en tanto seguían aferrados a hábitos y concepciones perimidas, procurando perpetuar los vicios de origen y los múltiples atropellos cometidos contra el pueblo. Al respecto, desde las columnas de la prensa oficial se planteaba que a los conservadores y a los populares no podía dárseles siquiera el nombre de partido, pues no eran más que “tres o cuatro docenas” de dirigentes “sin historia y sin memoria”, que juntos conformaban fracciones “aisladas, esporádicas, sin arraigo y sin más radio de acción que el que cada afiliado tiene dentro del círculo de sus amistades personales”.[8]
De modo similar, se anatematizaba a los socialistas, destacando su escaso arraigo en el sentir y los intereses del pueblo mendocino. Desde el diario La Montaña se los acusaba de mistificadores y se les negaba autoridad moral para hablar en nombre de los trabajadores, pues desde la óptica radical no eran más que
un conglomerado que, a simple título de propaganda política, se ha abrogado un derecho de representación del cual virtualmente carecen, pues no ha sabido interpretarlo jamás. Siempre han hecho lo mismo nuestros señores socialistas. Mientras se ha tratado de vituperar al Partido Radical y a sus hombres negándoles virtudes, falseándoles méritos e inventándole vicios, el tiempo y la paciencia han sobrado para producir los más estupendos mamotretos de literatura parlamentaria. […] mientras ellos desfogan en estas ridículas bagatelas su irreductible sectarismo político, el gobierno radical, inspirado en una verdadera misión de argentinismo práctico, provee por sus propios medios a las más imperiosas necesidades del país, conduciéndolo por las vías del bienestar civil y económico a sus más altos destinos.[9]
El argumento central era que la prédica socialista no se traducía luego en hechos concretos, mientras que el radicalismo cumplía su misión “cerca del pueblo” y daba a este “leyes que le favorecen”, mejorando las condiciones de vida del obrero gracias a un programa “superior”, que se proponía llevarlo “hacia positivas y reales emancipaciones a base de su misma capacidad individual para el trabajo”, incorporándolo como factor de progreso en la economía provincial, sin pervertirlo con “incitaciones virulentas y contrarias a todo orden preestablecido”.[10]
¿Cuál era la visión que se tenía acerca de la democracia? En relación con ese término, se planteaba que había sido malinterpretado, tanto por “los gobiernos oprobiosos del régimen” como por el partido socialista, que a pesar de presentarse como “sostenedor de los principios modernistas” se convirtió “en el más acérrimo defensor de las viejas oligarquías”. Como contrapartida, el relato radical colocaba su propia gestión como hito de instauración y estabilización del concepto en la conciencia pública, “sobre la base de los hechos efectivos” que daban pie a su concreción en la práctica:[11]
Desde que el partido Radical, tras una lucha esforzada y tenacísima contra los vicios de los viejos sistemas subió al poder, pudo constatarse que las prácticas de gobierno iban a sufrir una variante fundamental, encauzándose, por derroteros hasta entonces desconocidos, hacia los fines ideales de la reforma política y social. Y, efectivamente, a medida que el tiempo fue pasando y que los hechos sucesivos vinieron a traducir el pensamiento de los nuevos mandatarios, el radicalismo demostró que la democracia no era palabra vana y que su principio activo iba a incorporarse definitivamente a las leyes morales que regulan la vida pública de la nación.[12]
Si bien el mérito correspondía al partido en su totalidad como fuerza nacional, adquiría un énfasis especial en la provincia cuyana, de la mano del caudillo lugareño:
En todos los actos de su gobierno, el doctor Lencinas demuestra clara y permanentemente su propósito patriótico de levantar el nivel moral y material del pueblo que lo llevara al poder, mejorando su estado, solidaridad, su economía y fomentando su ilustración. De ahí que en sólo cuatro meses de administración haya podido desarrollar una labor tan intensa como la suya, resolviendo problemas que aseguran el progreso futuro de la provincia en todos los órdenes de su actividad.[13]
En ese marco, Lencinas era presentado como el único garante en los hechos del apuntalamiento de la novel democracia:
Así se hace la verdadera democracia; educando al pueblo, mejorando su condición y proveyendo a su independencia económica para que pueda, a su vez, como fuerza libre y consciente, concurrir a cimentar y sostener el alto prestigio de la nacionalidad argentina.[14]
Como puede verse, la democracia no tenía que ver únicamente con fines o ideales, sino que se corporizaba en actos de gobierno orientados al progreso, surgidos de su programa de reforma política, económica y social. Por ejemplo, La Montaña daba cuenta de la existencia de un “plan progresista de gobierno” en los departamentos mendocinos, presentando al oficialismo como “gobierno del pueblo y para el pueblo”, que “auscultando los anhelos de los gobernados y penetrándose de lo que más precisan” había promovido obras públicas indispensables para los lugareños, a contramano de los tiempos del “viejo régimen”, cuando los gobernantes de dedicaban más “a hacer politiquería que sana y eficaz administración”.[15]
En 1919, con motivo de la efeméride patria del 9 de julio, un editorial de La Palabra definía la democracia como “el gobierno de leyes sin reyes”. Advertía que al hacer de las leyes una expresión de la voluntad popular, el gobierno encauzaba los intereses del pueblo, erigiéndolos en “piedra angular” sobre los que reposaría “el organismo de las instituciones y de los poderes públicos”. Asimismo, contraponía tal concreción con la idea “simbólica” de democracia, debatida por políticos e intelectuales de entonces en “polémicas estériles e inconducentes”, señalando que en realidad lo esencial eran “los principios y virtudes” emergentes de su práctica.[16]
Bajo esta última premisa, se advertía el verdadero significado del vocablo en el marco del programa de gobierno, de la simbología y de la acción política del oficialismo:
Lo que en el radicalismo se entiende por el simbolismo ‘democracia’, en el concepto de nueva política y nuevas orientaciones cívicas, no es la materialidad de lo que se denomina en el léxico de las propagandas, la alpargata, el saco y la indumentaria obrera, como norma de vida política y social, ni de reformas de leyes convencionales, que son tan leyes como cualesquiera otras: lo que se entiende y debe entenderse por esos objetos, es sencillez y austeridad de costumbres, en el poder y fuera del poder; efectividad en los derechos de la igualdad social, que son la base fundamental de la representación del pueblo en los poderes públicos y memoria perenne, en la mente de las clases pudientes; dirigentes y poderes públicos, de las necesidades de la clase obrera, que tiene derechos imperiosos a la existencia, al bienestar, a la cultura y a los beneficios públicos.[17]
Luego, como horizonte futuro, se dejaba en claro la tónica reparadora que la democracia debía adquirir desde lo social:
El día que el proletariado deje de serlo, fundando su emancipación social en su independencia económica, y ésta en el trabajo intensivo de la propiedad subdividida y del trabajo personal bien remunerado, se habrá conseguido democratizar las costumbres populares y extender la práctica de la democracia a la economía social.[18]
Finalmente, en clara reivindicación de la trayectoria del partido, expresaba que la democracia constituía un emblema “de batalla” para el partido a la vez que un “signo de austeridad y sencillez” de sus hombres, el cual servía de norte clarividente para hacer realidad su programa desde las esferas del poder, “sin personalismos ni alusiones, sin espíritu de crítica ni alcance alguno subalterno”, enaltecido además con el “propósito educativo” de las costumbres “morales y políticas” de sus dirigentes e igualmente del “estímulo a la disciplina de un partido que ha forjado en el llano las armas con que debe defender la democracia en el gobierno”.[19]
La cultura política radical-intransigente
La facción disidente del lencinismo –denominada UCR de Mendoza y luego Partido Radical Intransigente– adquirió notoriedad en junio de 1919, al alzarse con la minoría en ambas cámaras de la Legislatura. Los seguidores de Yrigoyen en la provincia reivindicaron el programa político y las banderas del partido a nivel nacional pero cuestionaron duramente el personalismo del lencinismo, rechazando actos como su intentona de sacar de en medio con un juicio político falseado al vicegobernador.[20] Asimismo, entre los tópicos salientes de su programa, plantearon la separación de partido y gobierno (denunciando el peso excesivo de los elementos de los comités lencinistas en las distintas dependencias de la administración).
Respecto del gobierno, un editorial del órgano alineado con esa agrupación advertía que el Ejecutivo era “una ficción encubierta con las formas de la constitución”, donde los ministros se movían “de rodillas”, todo ello con aval de una legislatura obsecuente gracias a la mayoría oficialista que respaldaba “todos los atentados” en vez de ser “garantía contra las extralimitaciones del poder ejecutivo”. Este sistema se imponía por la falta de contralor del poder judicial, perseguido sin tregua por las “horcas caudinas” del oficialismo. Frente a tal estado de cosas, se cuestionaba la “resignación de la enorme masa ciudadana que no comulga con el lencinismo” a la hora de soportar sus atropellos y advertía el peligro de continuar bajo el imperio “de la chusma fanatizada y del doctorado” que se sometía dócil al “cacicazgo” del gobernador y a su afán de “predominio personal absoluto”. Finalmente, a modo de clamor, llamaba al pueblo a esgrimir su voto con inteligencia, para “reintegrar a la provincia” al pleno goce de sus libertades y reencauzarla en la senda del progreso moral y material, de la cual el lencinismo la había desviado.[21]
Otra referencia posterior de ese diario advertía que el oficialismo engañaba al pueblo, pues su actuación redundaba siempre en beneficio unilateral para los propios lencinistas, mientras la inmensa mayoría de la población quedaba sin amparo de garantías elementales de justicia y de equidad. En esa línea, advertía que el pueblo era para ellos “un obstáculo, una traba” pues el rumbo político no lo marcaba el elemento sano sino los “inservibles” y los “matones”, apoyados desde el partido por personajes surgidos “de todos los antros”, que aportaban a la función pública el contingente “de sus taras morales, de sus vicios” y cuyo fin era “llenar el estómago” aunque fuera “chapoteando el lodo”.[22]
Por otra parte, en el plano de las ideas, los intransigentes negaron carácter democrático al lencinismo, señalando como prueba de ello los diversos obstáculos puestos por el oficialismo a la prensa independiente, al igual que el atropello a las libertades, a los demás poderes republicanos y a los principios constitucionales. Esgrimían también, como fundamento, la escasa publicidad de los actos públicos y distintos actos “vandálicos” cometidos en diversas áreas de la administración. Bajo tales premisas, denunciaban que la provincia estaba bajo la égida de un “grupo de mandones” caracterizados por la “mediocridad” y la “escasez cultural”, lejos de las cualidades nobles de las debían estar dotados quienes aspirasen a los puestos públicos.[23]
La cultura política del espectro liberal-conservador
La derrota de 1918 y la posterior dispersión de la dirigencia y las bases colocaron a los actores del espectro liberal-conservador en una situación de debilidad, agravada por las abstenciones electorales y el faccionalismo interno. Hasta 1931 ninguna de sus figuras logró ganar una elección en la provincia, siendo barridos por el lencinismo o bien por alguna de las facciones radicales disidentes (Lacoste, 1991). La apoteosis de Lencinas y la continuidad de sus seguidores en el poder significaron un profundo desafío para los hombres enrolados en esta corriente, incapaces en principio de comprender tanto las nuevas reglas de la democracia como los motivos fehacientes del apoyo popular hacia el caudillo radical y sus adláteres.
Ya en la antesala de los comicios de gobernador de 1918 dan cuenta de la idea subyacente relativa a que el radicalismo había usurpado la representación y falseaba su carácter mayoritario, en tanto no representaba a todo el pueblo sino únicamente al pueblo bajo, la “chusma de alpargatas”.[24]
Una vez llegado Lencinas a la gobernación, tales apreciaciones se ratificaron, poniendo en cuestión la legitimidad esgrimida por los nuevos detentadores del poder. Por ejemplo, el diario La Tarde advertía que los gobiernos radicales en el país no podían atribuirse la representación de la voluntad popular, pues “de los 7 millones de habitantes del país, votaron por el radicalismo 350.594”, lo que se aproximaba “al 5% del total”, cifra que se podía extrapolar de manera similar en la provincia.[25]
En ese marco, se preguntaba retóricamente el matutino dónde estaba la voluntad popular, para responder luego de que, en los hechos, el oficialismo había tenido “la mayoría relativa de los votantes y nada más”. Luego aseguraba que la mayor parte de los simpatizantes de la UCR eran analfabetos y que ese partido no había recibido apoyo de “propietarios, industriales ni comerciantes”, quienes eran los que tributaban y contribuían al progreso del país. A partir de esa premisa, advertía que el radicalismo no representaba en absoluto la voluntad popular, porque aquellos que no habían votado al radicalismo eran “la mayoría”, además de ser los únicos verdaderamente libres a la hora de votar, por ser “los que tienen capital e independencia”.[26]
Otra publicación posterior de ese diario construyó, en forma de imperativo imaginario, el perfil del votante radical, insinuando su ineptitud moral y su falta de rectitud de conciencia. Bajo la consigna “Deben votar por el lencinismo” enumeraba a quienes se inclinarían en las urnas en favor de dicho partido:
Todo ciudadano que haya perdido la noción del deber; todos los que miren con simpatía la actual bancarrota de la provincia; aquellos que deseen la continuación de los ladrones públicos en el gobierno; los que miren con beneplácito y aplauso el apaleamiento de los periodistas y el amordazamiento de la prensa; los que estén de acuerdo en que no haya jueces independientes y justos; los que deseen la despoblación de Mendoza por el sistema de deportaciones; los que miren como cosa muy natural el sistema de atropellar los negocios e industrias particulares […], los que quieran el reinado de una policía mazorquera […], aquellos que no teniendo en qué caerse muertos les importe un comino la liquidación y desaparición del Banco de la Provincia; y por fin, deben votar por el lencinismo todos los ciudadanos que deseen ser gobernados por el mulataje, la ignorancia, la mala fe, la ineptitud, el latrocinio y el compadraje. ¡Esos deben votar por el lencinismo![27]
En lo que respecta al origen social de las bases de apoyo del radicalismo, hubo apreciaciones relativas a la falta de moral o de buenas costumbres tanto de estas como de quienes habían asumido el gobierno. Por ejemplo, desde El Autonomista se advertía que la democracia era ante todo una cuestión de “buena fe”, de la cual no podían ser depositarios los mandatarios radicales ni sus sostenedores:
En la democracia republicana el gobierno surge de la voluntad popular. La entidad social delega en sus mandatarios la guarda de sus intereses, fijando los límites de la gestión gubernativa en la carta fundamental. Empero, como el pueblo carece de los medios adecuados para exigir el fiel cumplimiento del mandato, la base de todo buen gobierno debe radicar en la fé que inspira el ciudadano investido de tan augusta función. Así, no sería explicable el acatamiento a las decisiones comiciales cuando son adversas al partido de gobierno, si pudiendo resistirlas por disponer éste del ejército y la armada, las respeta en homenaje al juramento de cumplir y hacer cumplir la constitución y las leyes. […]. De aquí esa exigencia imperiosa en las democracias de que sus gobernantes sean probos, honestos y leales.
Cuando estos violan el juramento, surge la discordia, los derechos se conculcan y nace el caos social. La inmoralidad viniendo de lo alto se infiltra con rapidez en la masa popular, haciendo presa en la sociedad la demagogia, azote de los pueblos desmoralizados. La mala fé de los gobernantes hace la mala fé de los gobernados, trayecto como presente el régimen de la mentira en las relaciones públicas y privadas.[28]
La interpretación acerca de la democracia se anclaba también en una lectura de la historia reciente. A modo de autocrítica, desde las páginas de este periódico de orientación conservadora se postulaba que en los años del “régimen” el país no había progresado porque la democracia había quedado sujeta a la acción inorgánica de figuras que no respondían a ningún ideal de gobierno, civilización ni cultura. Luego, en clara invectiva contra el personalismo, se reconocía que no habían existido partidos propiamente dichos, sino “fuerzas artificiales y tres o cuatro hombres” que velaban únicamente por sus propios intereses, dejando al margen las tendencias políticas, económicas e intelectuales de “la masa”.[29] Sin embargo, aseguraban que con el surgimiento de la UCR no se había modificado tal estado de cosas, sino todo lo contrario:
El partido radical, que se decía y se sigue diciendo el partido de la democracia, ha propendido en todo tiempo no a elevar la cultura del pueblo para ponerlo al nivel de los dirigentes, sino que acható a cuanto hombre bueno y honesto que se revelaba de valer intelectual, para llevar su nivel al de las masas. Así entendió la democracia.
Ha cometido el crimen, en un país libre, de enseñar y de imponer a los ciudadanos la abdicación de su propia personalidad, para que sólo sobresalga y flote entre esa multitud lo menos ponderable, lo más nocivo. El ignorante, el matón, el canalla y el compadrito es lo que queda al frente de ese partido de la democracia, que procura mantener en el alma del pueblo los sentimientos más bajos, manteniendo vivos resabios de la primitiva incultura, porque sólo con ello puede ser el inspirador y director de multitudes.[30]
Junto con la elevación de la “canalla social”, se denunciaba que de la mano de Lencinas y sus hombres se estaban dejando de lado los principios elementales de la moral y las buenas costumbres en la actividad de gobierno, pues en sus funcionarios predominaban los “malos instintos”, algo que era fruto de su origen social, que hacía aflorar en sus conductas “atavismos” nocivos, propios de la “barbarie”. Frente a ese escenario, el matutino hacía un llamado abierto al pueblo educado y consciente, capaz de discernir “lo bueno”, para desenmascarar el canto de sirena de la retórica radical:[31]
¿Es que no vé la mentira en la acción, de las bellas palabras con que fue hipnotizada? Es a ese pueblo que nos dirigimos, es a él a quien queremos tocar en su alma para que se dé cuenta que ya hemos sido bastante tiempo juguete de la innata perversidad de los que escalaron los puestos públicos, es a él a quien esperamos ver muy pronto en la varonil y airada postura del orador romano, repetirle a los mistificadores de la actualidad, ¿Hasta cuándo, radicales, abusarán de nuestra paciencia?[32]
Finalmente, otro de los tópicos centrales del imaginario liberal-conservador tenía que ver con la pérdida de derechos y libertades individuales. Un dirigente juvenil –Gilberto Suárez Lago– tuvo oportunidad de asistir a una convención del partido conservador en La Plata, en representación del Partido Autonomista local. En ese marco, se presentó a la audiencia como el portavoz de un pueblo que vivía “bajo el régimen del terror” y manifestó que el país se precipitaba en “la ignominia de una tiranía analfabeta”. En relación a su provincia, advertía que había dejado de ser un “emporio de riqueza y progreso” para convertirse de la mano del radicalismo en “un feudo, sin más ley que la voluntad que la que emana del cerebro desequilibrado de un gobernante convertido en amo y al cual sus partidarios denominan ‘El gaucho’ para elogiarle”. Sobre las causas de tal estado de cosas postulaba que era un régimen sostenido en “el miedo colectivo”, sensación que daba cauce a “la obra demagógica de su gobierno desorbitado”.[33]
Posteriormente, relataba el dirigente diversos atropellos institucionales del gobierno mendocino y advertía que su nota distintiva era avasallar a los hombres honestos, a los jueces, a la prensa independiente, a las maestras e igualmente a las familias patricias. En la misma línea, se lamentaba de la pérdida de los valores morales, aseverando que con el ascenso del radicalismo al poder la obsecuencia se había convertido en “una virtud”, “la malversación de los caudales públicos” en “acto natural de gobierno”, el ser honrado en “un crimen”, pensar en “un delito” y el ser “hidalgo y poseer altivez” –o bien ser “caballero, estudioso” y “amar la libertad”– era un riesgo que podía llevar a “poner en peligro la vida”.[34]
Como solución llamaba Suárez Lago a la organización de un gran partido nacional conservador, dotado de un programa sólido, que hiciera en primer lugar “obra cultural”, educando a los ciudadanos en “la libertad subjetiva” y en la resistencia “a la tiranía”. Finalmente, a modo de aforismo, parafraseaba al sociólogo comprovinciano Agustín Álvarez para asegurar que todo gobierno que actuara con violencia habría de sufrir violencia y que quien edificaba “por la fuerza” construía “sobre arena”.[35]
La cultura política socialista
La acción del socialismo como agrupación provincial se remonta a 1914, cuando diversos centros existentes en la provincia se agruparon en torno a la Federación Socialista de Mendoza (Lacoste, 1993). Desde entonces, terciaron en elecciones provinciales y departamentales e integraron la aludida convención constituyente de 1915-16. Su prédica supo denunciar los atropellos de los gobiernos liberales y la situación de explotación en que eran mantenidos los sectores obreros en la provincia, principalmente en la industria vitivinícola. En esta última tarea cupo un rol clave a su principal órgano de prensa, el periódico El Socialista (Schmid, 2013).
Con la llegada del radicalismo a la gobernación los socialistas entrevieron la instauración de una farsa que buscaba aprovecharse del pueblo no para resolver sus necesidades sino para canalizar sus propios intereses parciales. En ese marco, denunciaban que la UCR estaba regida por “falsos aristócratas”, que buscaban apuntalar el capitalismo y favorecer a la oligarquía vitivinícola en contra del bienestar del pueblo. Como contrapartida, llamaban al ciudadano a combatir esa falacia mediante el voto y la reflexión:
Debe despertar de ese aletargamiento o indiferencia hacia los actos de gobierno y protestar contra ellos. Esgrimir su voto con inteligencia, procurando destruir esos gobiernos que son enemigos del pueblo. Hay que desterrar para siempre de nuestro país estos partidos que son instrumentos del capitalismo, considerarlos como a los peores enemigos y nombrar gobiernos propios, que sean la verdadera expresión de la mayoría de los pobladores, pero no de la mayoría en rebaño que sigue de tras del amo […] sino de la mayoría que sabe pensar y se guía por su propio conocimiento.[36]
En relación con el elenco gobernante, los seguidores de Justo advertían que la realidad política no había cambiado de la mano de la UCR, pues la política “mezquina y subalterna” de los conservadores continuaba ofreciendo, “bajo la era radical y reparadora, las mismas características despreciables de todos los tiempos”. Advertían luego que el radicalismo era un partido “sin un programa inteligente de bien público”, carente de “ideas modernas de gobierno” e incapaz de dar una orientación “inteligente” a la economía y a la política. Asimismo, aseguraban que de la mano de Lencinas eran “los elementos peores” de esa fuerza los que imponían su voluntad y promovían sus intereses en detrimento de la comunidad.[37]
En lo que respecta al influjo del lencinismo sobre los sectores populares, se advertía que la retórica radical en relación con los obreros era falaz, pues el gobierno desconocía derechos elementales como el de huelga y reunión. En ese marco, se advertía que poco podía esperar el pueblo obrero de la provincia de tales mandatarios y se lamentaba de que muchos trabajadores hubieran apoyado a la UCR con su voto, creyendo “ingenuamente” en “la eficacia de sus promesas”.[38]
La crítica socialista postulaba que el pueblo era “víctima” de la manipulación de un partido que recurría a “sofismas” vulgares y erigía “pequeños déspotas en miniatura”, halagando a “las masas ignorantes y pobres de espíritu” con “promesas engañosas, incapaz de cumplirlas en la práctica”, asegurando que sus dirigentes hacían primar sus intereses subalternos y se alejaban del bien público, porque nunca tuvieron “ideas ni propósitos sanos”.[39] Tal caracterización evidenciaba, además, una crítica feroz a las inconsistencias y el accionar disruptivo del partido gobernante:
Hoy como ayer, asistimos a la farsa mayor que registra la historia política del país bajo esta regeneración (léase de estómago) que tanto se vanagloria de haber sido elegido por el voto consciente del soberano (léase vino), […] que se cree con facultades suficientes para estropearlo y violarlo todo: leyes, Constitución (ésta era su programa), derecho de reunión, libertad individual, en fin, todo lo que constituye el legado sagrado de la verdadera democracia que crearon los hombres que nos dieron libertad y patria, que invocan y rememoran a cada instante, haciendo como los fanáticos católicos, invocando a su dios para todas las venganzas que en sus malvados instintos forjan en mal de sus enemigos.[40]
Por otro lado, en el plano político los radicales eran presentados como “falsos demócratas” y “falsos apóstoles” de un “rebaño de inocentes”, advirtiendo que ni siquiera al nombre de radicales hacían honor.[41]
Otra publicación posterior apuntaba a desmitificar el supuesto bienestar de las clases populares esgrimido por el oficialismo mendocino como mérito. A modo de contestación a un editorial del diario radical La Montaña, que ensalzaba la obra de Lencinas y lo colocaba como paladín de la legislación obrera y de su bienestar en el país, desde el órgano socialista se postulaba que ello era una “mistificación” y que medidas como el salario mínimo y jornada de ocho horas no alcanzaban a la gran mayoría de los trabajadores, quienes continuaban vendiendo su fuerza “al precio de jornales irrisorios” y trabajando con horarios mucho más extensos.[42]
Por otro lado, el editorialista denunciaba que desde las altas esferas de gobierno se sostenía que las huelgas no tenían razón de ser en el país porque los sueldos obreros eran “más o menos elevados” y permitían “vivir con cierta comodidad”.[43] En vistas a desmentir tales argumentos, planteaba con cierto sarcasmo:
Señora ‘Montaña’: los trabajadores ganamos un sueldo ‘elevado’; un maestro de cualquier oficio $2.80 a $3.50 más o menos; un jornalero $1.30. La vida barata: azúcar, $0.80; fideos, $0.60; pan bazo $0.20; carne $0.65; leña, $0.30 los diez kilos; yerba $1.00; covachas para topos como viviendas $10.00; botines, gracias al impuesto radical no se usan; alpargatas, por ser radicales, $1.30; jabón, por economía no se usa; ropa, se está por inventar un medio para no usarla; útiles escolares para los hijos, un ojo de la cara, y así sucesivamente los precios; en fin, lo que se llama una vida barata, cómoda y alegre.[44]
Asimismo, se denunciaba que el gobierno radical acudía al reaseguro de las leyes “de residencia y social” cuando la situación se tornaba inmanejable, o bien, que recurría a la policía para proceder contra los huelguistas, reeditando lo que sucedía “en los peores tiempos de Figueroa Alcorta y demás asesinos de la clase obrera”. Bajo tal premisa, aseveraban los seguidores de Justo que el único interés de los radicales en materia obrera era “matar el germen de la verdadera revolución moderna”, esto es, la “revolución de clases” de los proletarios, que se imponía en los hechos por la difícil realidad social, merced a “el hambre y la miseria que reina en nuestros hogares”.[45]
En tal sentido, se planteaba que con la llegada del radicalismo al poder se había incrementado la mendicidad y la pobreza, sin que el gobierno hiciese nada para remediarlo, a pesar de ser una de sus promesas principales:
El pueblo elector, que tenía cifradas sus esperanzas en el partido que pregonara desde el llano que gobernaría en beneficio de las clases más necesitadas, va desengañándose en la práctica de que quienes tales bienandanzas prometían, no pasan de ser unos vulgares farsantes. […].
Mientras nuestros gobernantes se hallan entregados a los actos más ruines de la politiquería, las clases proletarias de nuestra provincia perecen, debido a la falta de ayuda por parte de los que debieran desarrollar una acción administrativa eficaz en beneficio del pueblo trabajador.[46]
Finalmente, auguraban que el pueblo tomase nota de la “lección” nefanda que daba el radicalismo, al que calificaban como “partido de corrupción y desgobierno”, para desplazarlo por la vía del voto en los siguientes comicios, concluyendo así con la farsa instaurada por quienes “a despecho del pueblo” habían enseñoreado la tiranía, el despilfarro y el vandalismo.[47]
Las diversas críticas del socialismo entroncaban, al igual que en el caso de los conservadores, en una crítica furibunda a la figura de Lencinas, a quien se lo presentaba como “un caudillo temerario, revoltoso y sin escrúpulos”, que tenía “una impaciencia loca por apoderarse del gobierno a las buenas o a las malas”, afán que lo había llevado a arrasar con las instituciones y las libertades.[48] Al respecto señalaban que bajo su mando:
no se ha dejado atropello político por cometer. Municipalidades intervenidas y disueltas, periodistas secuestrados y expulsados del territorio provincial; obreros deportados clandestinamente a Chile; diputados echados de la legislatura, dándolos por renunciantes cuando jamás pensaron en renunciar; policías bárbaras y prepotentes que machete en mano se proponen morigerar las costumbres […] y, por último, el senado que declara loco al vicegobernador radical para librarse de su presencia molesta, no obstante ser discreto y probo, y posiblemente el único cuerdo en aquel mundo político atacado de grave y peligrosa locura.[49]
En un sentido similar, se prevenía a los ciudadanos sobre el peligro de la empleomanía y el desorden administrativo pergeñados de la mano del radicalismo y sus dirigentes, quienes
Van a la lucha sin más programa que obtener el poder, desde donde se debe retribuir los servicios electorales, mediante la ubicación en los puestos pagos por el presupuesto. Y ese medio, empleado por los partidos de caudillos, es el más eficaz para corromper hasta los últimos resortes de la administración. Los empleados se consideran en sus puestos como ‘impuestos por la voluntad del pueblo’. No importa que nada sepan y que nada entiendan […], el empleado es un acreedor del partido, es inamovible mientras el partido dure en el poder.
[…] los empleados tienen que intervenir en política […] presionar a los contrarios políticos y hacer gauchadas a los de su banda.[50]
Frente a tal estado de cosas, postulaban que la salida estaba en manos del propio pueblo, al que era necesario darle tiempo para el aprendizaje cívico:
Con todos sus vicios y defectos, Mendoza es una provincia laboriosa y progresista, y merece un gobierno muy distinto al que le impuso el presidente Irigoyen. Habrá que reparar a la ‘reparación’ en Mendoza como en toda la república. Y estamos convencidos de que el sufragio universal, que en su primer ensayo caótico e inconsciente nos dio la ‘reparación’, en futuros y sucesivos ensayos orgánicos y conscientes se encargará a su vez de repararle. El voto inconsciente trajo el mal y el voto consciente traerá el remedio[51]
Desde la óptica socialista, la desnaturalización de la democracia promovida por la UCR debía ser combatida con actos responsables, respetando siempre la voluntad popular y haciendo “escuela” de civismo en el marco de la democracia. Bajo tal premisa, la dirigencia partidaria desmentía las acusaciones relativas al “sectarismo” y al supuesto carácter “violento” o revolucionario de su programa, según lo esgrimido por los corifeos de la UCR. Frente a ello, destacaban el carácter genuinamente democrático en la vida intrapartidaria y sus objetivos públicos de mejora de las condiciones de vida del pueblo a pesar de no detentar la mayoría electoral:
Ante todo somos demócratas, y entendemos por democracia el gobierno, de acuerdo con la voluntad de la mayoría del pueblo expresada libremente […]
Tal vez sea por causa de la ignorancia de las masas respecto a las doctrinas sociales que los partidos sustentan que no están las mayorías obreras con los partidos obreros, pero, a las mayorías, aún en el error, hay que respetarlas y lo que a lo sumo se puede hacer es tratar de desviarlas del error.[52]
Las culturas políticas y la idea de democracia en la Mendoza lencinista
La sanción de la ley Sáenz Peña y la puesta en marcha de un nuevo ordenamiento electoral a nivel provincial dieron curso a la ampliación de la participación política en Mendoza. Las nuevas reglas de juego impulsaron cambios en los partidos o agrupaciones políticas, dando lugar a mecanismos de adaptación a la nueva arena pública, signada por la preponderancia del voto popular como árbitro de las contiendas políticas.
Con el trasfondo del nuevo marco normativo de la democracia ampliada, la escena política mendocina estuvo desde principios de siglo XX en constante tensión, tanto en el plano político-partidario como en el de los imaginarios sobre el orden político. Tal como hemos dado cuenta, hubo culturas políticas antitéticas que buscaron erigirse como predominantes, compitiendo con otras visiones/programas en relación a los mecanismos de representación más adecuados para canalizar la voluntad popular o bien en torno a formas de acción política y proselitismo, dando pie a disputas que cruzaron transversalmente las adscripciones e identidades partidarias y signaron la relación entre oficialismo y oposición/es a lo largo de todo el período.
Los discursos y representaciones analizados dan cuenta de ideas divergentes en torno al orden político en general y a las nociones angulares de representación política y democracia en particular. Como ha señalado Berstein (2003), podemos constatar que las culturas políticas se traducen en comportamientos frente a la política, los políticos y los procesos sociales, pero también conllevan en sí un posicionamiento respecto a la legitimidad del sistema político, sirviendo de sustento a la credibilidad y confianza en las instituciones que rigen la vida colectiva y al poder de quienes las gestionan en un momento dado.
En el caso de Mendoza, el período de la democracia ampliada fue un momento de reconfiguración del sistema político y redefinición del rol del Estado y de los valores subyacentes a la acción política. A medida que los nuevos principios de la legislación electoral se pusieron a prueba en comicios concretos y, luego, cuando se manifestó el estilo político del lencinismo en su calidad de oficialismo, se fueron gestando diagnósticos y debates que pusieron en cuestión los resultados de la ampliación del sufragio. Esto permite pensar en la democracia como un proceso complejo, signado por disputas de sentido y preferencias en torno a mecanismos o resguardos, tanto de parte de quienes detentaban el poder como de quienes aspiraban a conseguirlo.
En línea con lo señalado por Biset (2013) sobre las ontologías políticas, cabe pensar que los imaginarios gestados en el seno de cada una de las culturas abordadas en este trabajo tuvieron un carácter de diagnóstico o prognosis relativa a la dimensión de ideación de la política y, a la vez, se erigieron como patrones de índole performativa, en tanto fueron vertebradores de su acción en materia proselitista, partidaria e institucional.[53] Cabe pensar, entonces, que detrás de cada cultura hubo ideas y concepciones sobre el orden deseado, pero también repertorios de acción política concretos, que respondían asertivamente a diagnósticos, prejuicios o lecturas de la realidad político social y a las distintas coyunturas que interpelaban a su dirigencia.
Según hemos podido dar cuenta, el repertorio de representaciones y acciones del radicalismo lencinista, ensalzó el respaldo popular a su máximo líder como fundamento último de su tónica democrática como partido que aspiraba a representar la voluntad soberana. Bajo tal premisa, el veredicto del pueblo manifestado en las urnas se constituía en un mandato delegativo a las figuras del partido que resultaban consagrados en las urnas y ratificaba a Lencinas como único intérprete autorizado de esa voluntad popular desde la cúspide del poder. En la visión de dicha fuerza política, el pueblo era reivindicado como árbitro de los destinos de la provincia y reivindicado como propulsor del progreso económico. La democracia adquiría, así, un tinte social, debiendo verse acompañada en los actos de gobierno con medidas orientadas a concretar reivindicaciones laborales, salariales y mejora en las condiciones de vida de los sectores populares.
En el caso del socialismo, pudimos advertir que la preocupación central que subyace a su imaginario era la educación cívica y la emancipación de la conciencia del pueblo trabajador. Que el ciudadano fuera instruido y consciente era un presupuesto para la realización de la democracia y hasta tanto no se diera ese prerrequisito, esta iría por senderos desviados, facilitados por los engaños y manipulaciones de aquellos falsos redentores como los radicales, en complicidad con quienes buscaban mantener la situación de explotación y exclusión de ese pueblo trabajador. Dicha fuerza aspiraba a una democracia sustentada en la acción autónoma e informada del pueblo, lo que explica las recurrentes y sesudas críticas a las prácticas políticas tanto de los conservadores como de los lencinistas y a su escasa o nula preocupación por la instrucción elemental de los sectores populares, lo que va en línea por lo sostenido por dicha fuerza en el plano nacional, en el marco de sus diatribas contra la política criolla (Martínez Mazzola, 2010).
Por el lado de los conservadores, nuestra reconstrucción ha permitido identificar algunas ideas-fuerza clave que sustentaron su imaginario sobre la democracia y su legitimidad para aspirar a la representación popular. Entre otras cosas, se postulaba la necesidad de encauzar el orden político de la mano del gobierno de los mejores, esto es, los propios descendientes de las familias patricias que habían detentado los resortes de la vida política hasta la llegada del radicalismo, percibiéndose como los únicos dotados de saberes y experiencia suficiente para manejar los asuntos públicos, en tanto eran los más ilustrados y contaban con trayectoria al frente de la gestión de gobierno. Otra cuestión señera fue la necesidad de defender las libertades individuales y la libre concurrencia de los actores de la vida económica al progreso. Respecto de esto último, se clamaba por la defensa de los intereses del pueblo educado y consciente, al que se presentaba como factor de progreso y bienestar.
Por otra parte, en materia institucional los conservadores recelaban del enseñoramiento de los advenedizos, los inmorales y el bajo fondo social que prohijaba el lencinismo. Conforme a su crítica, de la mano de esa corriente política se habían perdido valores morales y la canallada se había apropiado de lo público. Sin embargo, no desconocieron la habilidad de los radicales a la hora de engañar al electorado para obtener su favor y poner un manto de dudas sobre quiénes eran los legítimos aspirantes a representar la voluntad popular. En ese marco, es posible validar lo que señala Padoan (2002) respecto a que la lucha entre radicales yrigoyenistas y conservadores en el orden nacional excedió lo meramente político y adquirió relevancia en el plano cultural, promoviendo en los conservadores la idea de que se erigía de cara a los radicales una frontera infranqueable, que era ante todo de tipo cultural: la de la “barbarie” o el “plebeyismo” (p. 38).
El análisis propuesto se ha articulado en torno a la construcción de imaginarios y representaciones sobre diversos tópicos de la vida política, siendo la más importante la idea de democracia, cuyos matices permiten diferenciar a los diversos contendientes político-partidarios. En torno a tal idea hubo puntos de coincidencia y divergencias, en los cuales podemos hallar también pistas para explicar el trasfondo de los diversos conflictos suscitados entre el oficialismo radical/lencinista y las oposiciones en el decenio 1918-1928.
Tanto en la perspectiva socialista como en la conservadora se observa un punto en común: la contracara de los postulados que apuntan a la educación del soberano era la acción del radicalismo lencinista que, detrás del argumento falaz del apoyo popular amplio, había burlado, corrompido y manipulado al pueblo usando artilugios que sacaban provecho de situaciones de desventaja de sus componentes (como el alcoholismo o el analfabetismo). Conforme a esa percepción, los sectores populares mendocinos no eran un electorado libre, porque tenían su conciencia obnubilada y por ello no podía reconocerse sin más la legitimidad esgrimida por el radicalismo lencinista.
Esa última crítica constituía también, aunque con matices, parte de la visión del radicalismo intransigente. Si bien esa fuerza abrevaba en el mismo programa de regeneración y reparación común al ideario del radicalismo, planteaba que el lencinismo había desnaturalizado los nobles fines y ensuciado las banderas de Alem e Yrigoyen con la conquista malsana de la voluntad popular y la erección de un gobierno tiránico, poco afecto a la Constitución y las leyes, que no hacía más que dislocar el orden político y económico local a la par que perseguía fines parciales y beneficios personales para sus dirigentes.
Como puede verse, existieron puntos de encuentro entre las distintas culturas políticas del espacio mendocino, aunque a nivel general cada cual modeló la democracia a su manera, poniendo el énfasis en cuestiones diversas que les permitían legitimar sus posiciones, dar sentido a la propia acción político-partidaria y esgrimir ante el electorado sus credenciales a la hora de aspirar a representar la voluntad popular.
Entendemos que las disputas y debates protagonizados por las culturas políticas a lo largo del período sirven de base para comprender cómo las respectivas representaciones se reconfiguraron luego en los años treinta, bajo un nuevo contexto político, acompañando las inflexiones de la democracia y las críticas a sus imperfecciones, en el marco de un clima de ideas que puso en cuestión los fundamentos del orden político inaugurado en 1912 (Cattaruzza, 2016). Finalmente, con el advenimiento de la democracia de masas la voluntad popular se erigió una vez más como eje rector de la vida política, aunque las disputas y cuestionamientos a la vocación hegemónica del oficialismo no cejaron, dando pie a debates que recuperaron algunos de los tópicos aquí analizados, lo que permite pensar en el imaginario democrático como algo en permanente tensión y necesidad de validación por parte de las culturas políticas de los espacios nacional y subnacionales.
Referencias bibliográficas
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- Instituto de Ciencias Humanas, Sociales y Ambientales (INCIHUSA), Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas (CONICET). Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad Nacional de Cuyo (UNCu).↵
- Un ejemplo de esto último es el caso del espectro liberal-conservador, donde se registraron escisiones, reunificaciones o cambios de nombre (Concentración Cívica y Partido Popular hasta 1917, Partido Conservador en 1917-18, Partido Autonomista en 1919-20 y Partido Liberal desde 1921), lo que da cuenta de un proceso interno complejo, que no viene al caso explicar, aunque sí es preciso señalar que se mantuvieron los fundamentos ideológicos liberal-conservadores y ciertos posicionamientos generales de base en relación al orden político, la economía o el orden social. ↵
- En un trabajo anterior (Abraham, 2022) hemos dado cuenta de la evolución de la legislación electoral local y del trasfondo de los sucesivos debates en cada instancia de reforma, elucidando los puntos de vista esgrimidos por los actores político-partidarios, así como las referencias y motivaciones subyacentes a la acción del oficialismo y las oposiciones en cada coyuntura. ↵
- Uno de los principales contrapuntos, que tuvo continuidad a lo largo del decenio, fue entre quienes bregaban por impulsar la proporcionalidad como sistema electoral para los cuerpos colegiados y quienes pretendían mantener la lista incompleta, vigente en la provincia desde 1912 (Abraham, 2022).↵
- Sobre las divisiones de la UCR en el período remitimos a Lacoste (1994). Identificamos como periódicos de inclinación partidaria a La Palabra, La Montaña (radical-lencinistas), La Tarde y El Autonomista (conservadores), El Socialista (socialista) y El Intransigente (radical anti-lencinista). Para un panorama general de la prensa mendocina, ver Oviedo (2010). ↵
- Sobre tales ideas-fuerza, angulares en el ideario radical de la época, véase Padoan (2002). ↵
- La Palabra, 06/03/1919.↵
- La Palabra, 21/03/1919.↵
- La Montaña, 03/07/1918.↵
- La Palabra, 21/06/1919.↵
- La Montaña, 09/07/1918.↵
- La Montaña, 09/07/1918.↵
- La Montaña, 09/07/1918.↵
- La Montaña, 09/07/1918.↵
- La Montaña, 04/07/1918.↵
- La Palabra, 09/07/1919.↵
- La Palabra, 09/07/1919.↵
- La Palabra, 09/07/1919.↵
- La Palabra, 09/07/1919.↵
- En agosto de 1918 el bloque radical impulsó una ley de dietas, que fue aprobada en la Legislatura, pero resultó vetada por el vicegobernador, a cargo de la gobernación por hallarse Lencinas de viaje. Una vez que Lencinas retomó su puesto, desautorizó el veto e impulsó la suspensión del vicegobernador y su expulsión del partido. Tiempo después, el funcionario fue destituido por un juicio político (Timmermann, 2013). En el interín, Álvarez migró al comité de los radicales intransigentes y más adelante, durante el gobierno de Carlos W. Lencinas, se sumó al Partido Liberal (conservador), fuerza desde la cual se convirtió en legislador provincial↵
- El Intransigente, 08/09/1919.↵
- El Intransigente, 10/09/1919.↵
- El Intransigente, 12/09/1919.↵
- En un trabajo anterior analizamos los componentes discursivos y simbólicos esgrimidos en el marco de esa contienda electoral de 1917-18, advirtiendo cómo desde el espectro conservador se recurrió a distintas evocaciones para denostar a Lencinas y su seguidores, entre ellos el recurso a neologismos como “gauchocracia” o “chusmocracia” para sintetizar el programa radical e igualmente la idea de que los dirigentes de ese partido eran émulos del bolcheviquismo y fomentaban el “odio” entre las clases sociales (Abraham, 2019). Asimismo, entre los calificativos utilizados por los conservadores para aludir al origen social de los simpatizantes lencinistas, Olguín (1961) enumera los de “gauchos”, “peones” y “plebe”, mientras que otro autor añade los términos “chusma de alpargata”, “descamisados”, “mal olientes”, “compadritos” y “apaches del suburbio” (Rodríguez, 1979, p. 57). ↵
- La Tarde, 23/04/1918.↵
- La Tarde, 23/04/1918.↵
- La Tarde, 20/06/1919.↵
- El Autonomista, 20/08/1919.↵
- El Autonomista, 26/08/1919.↵
- El Autonomista, 26/08/1919.↵
- El Autonomista, 26/08/1919.↵
- El Autonomista, 26/08/1919.↵
- El Autonomista, 02/09/1919.↵
- El Autonomista, 02/09/1919.↵
- El Autonomista, 02/09/1919.↵
- El Socialista, 25/08/1918.↵
- El Socialista, 29/09/1918.↵
- El Socialista, 29/09/1918.↵
- El Socialista, 29/09/1918.↵
- El Socialista, 29/09/1918.↵
- El Socialista, 29/09/1918.↵
- El Socialista, 06/10/1918.↵
- El Socialista, 06/10/1918.↵
- El Socialista, 06/10/1918.↵
- El Socialista, 06/10/1918.↵
- El Socialista, 27/10/1918.↵
- El Socialista, 27/10/1918.↵
- El Socialista, 07/09/1919.↵
- El Socialista, 07/09/1919.↵
- El Socialista, 07/09/1919.↵
- El Socialista, 03/11/1918.↵
- El Socialista, 14/09/1919.↵
- En el fondo, tales articulaciones vienen a tematizar ciertos tópicos del pensamiento político por medio de ideas y sentidos que no solamente explican y reflejan una realidad ya dada, sino que son factores constitutivos de la misma, abriendo a su vez nuevas dimensiones de indagación en el cruce entre instituciones y lenguajes políticos, que permiten alumbrar –con mayor o menor coherencia explicativa- el dispositivo político de una determinada época (Biset, 2013).↵






