El Diario de Paraná en la construcción de una legitimidad en Entre Ríos (1914-1946)
Nicolás Daniel Motura[1]
Introducción
Desde finales del siglo XIX, en un contexto de creciente escolarización y de formación de una opinión calificada acerca de los temas de actualidad, la prensa se constituyó en el campo de batalla por el monopolio de la opinión pública y el vehículo privilegiado para apuntalar trayectorias.[2]
Liberales, conservadores y católicos, se ocuparon de defender y responder a las posiciones de sus adversarios, fijando posiciones e intentando influir en el público lector. Surgieron entonces publicaciones que buscaron satisfacer a las comunidades de lectores, con los que establecieron –en términos de Verón (1987 y 2004)– contratos de lectura, en los que puede identificarse un prodestinatario, o fortalecedor de una creencia compartida, un paradestinatario, al que se busca influir con las ideas de uno y un antidestinatario, blanco de las críticas y ataque.
En mayo de 1914, a pocos meses del triunfo radical en la provincia de Entre Ríos, en la ciudad de Paraná[3] vio la luz El Diario para defender sus principios. Su rol ambiguo, de juez y parte, le permitió no solo sostener los posicionamientos de la Unión Cívica Radical (UCR) local, sino también oficiar de órgano de control del accionar de propios y extraños. Esta condición nos permite afirmar que el medio se constituyó en un verdadero actor, que incidió en la vida política provincial, inclusive después del desplazamiento de la UCR y el ascenso del peronismo.
En el presente capítulo nos adentramos en las representaciones acerca de lo político –y, en particular, la democracia– construidas a través de las páginas de El Diario. Damos cuenta de esa relación compleja entre prensa y política, tomando como puerta de entrada ciertos momentos especialmente significativos del periodo 1914-1946. Entendemos al periódico como lugar donde se materializan los discursos sociales, concebidos “como todo lo que se dice y se escribe en un estado de sociedad, todo lo que se imprime, todo lo que se habla públicamente o se representa […] Todo lo que se narra y argumenta, si se considera que narrar y argumentar son los dos grandes modos de puesta en discurso” (Angenot, 2012, p. 21).
Partimos del supuesto de que El Diario contribuyó a crear una idea de democracia, que se asimilaba al radicalismo en el gobierno, en momentos donde su misma existencia era cuestionada a nivel nacional e internacional (Halperín Donghi, 2003). No obstante, esa representación no se correspondía acabadamente con las condiciones consideradas desde el derecho y el campo politológico como necesarias para la existencia de un régimen democrático (Dahl, 1971; Habermas, 1998). En esto mucho tienen que ver los avatares del contexto político y social de aquellos días, como así también de las características intrínsecas de las culturas políticas del período de entreguerras.
El Diario de Paraná y el establecimiento de un contrato de lectura
El elenco radical de la provincia, consagrado en las elecciones de 1914, se presentaba como el garante de las libertades conculcadas por los conservadores durante las décadas que le precedieron. Para ello, además de garantizar la libertad de sufragio y elecciones competitivas, debieron crear las condiciones para el desarrollo de una opinión pública libre de presiones y garante de la pluralidad de voces.
Fue en este escenario que nació El Diario con la intención de imitar en la formación de opinión a publicaciones como El Argentino (1890-1896) o La Época (1915-1930) (Gallo, 2006). Promotor de candidaturas, crítico de los opositores y defensor de ciertas iniciativas, durante varias décadas se convirtió en la publicación oficial del radicalismo. En sus orígenes se sostuvo por el aporte de sus militantes y por un sistema de suscripciones, tendiente a llegar al público radical en su mayoría.
Más allá de su filiación partidaria, el matutino tomó relevancia propia como espacio de sociabilidad y reunión.[4] Sus oficinas fueron escenario de verdaderos debates, en donde se delinearon y defendieron las primeras ideas que el radicalismo entrerriano llevó adelante en sus casi tres décadas de gobierno. Entre los primeros miembros y directores podemos señalar a Luis Lorenzo Etchevehere,[5] José Castro, Eduardo Laurencena, Miguel Ruiz, Ricardo Pereyra Rosas, Enrique Pérez Colman, Herminio Quirós, Filiberto Reula, Antonio Sagarna, Ernesto Sammartino, Raúl Uzal, Aníbal Vázquez, Juan Zacchi, José Tomás Zapata, entre otros (Vázquez, 1970). Muchos de ellos utilizaron al medio como trampolín para sus futuras trayectorias políticas.
Si tuviéramos que posicionarlo ideológicamente, se ubicaría en el espectro liberal-reformista (Zimmerman, 1995; Botana, 2010). Su defensa de las libertades civiles y políticas, junto a la concepción de cambio gradual y progresivo, contraria al espíritu revolucionario pregonado por socialistas y anarquistas, fueron un distintivo que perduraría a lo largo del tiempo.
Para comprender el rol político que desempeñó El Diario, debemos inscribir su accionar en el contexto abierto con la sanción de la ley electoral nacional en 1911 y la provincial de 1913, a partir de las cuales el radicalismo entrerriano debió prepararse para competir en elecciones limpias y competitivas frente a un rival que disponía de todos los recursos públicos para torcer los resultados a su favor. Estas leyes, al garantizar el voto secreto, universal y obligatorio para todos los ciudadanos varones, permitieron que fuera la voluntad de las mayorías la que decidiese qué gobierno conduciría el país y la provincia.
Esta situación provocó un doble efecto al interior de los partidos políticos. En el espectro conservador, el faccionalismo se acrecentó favoreciendo la dispersión y la consecuente pérdida del poder (Castro, 2012; Motura, 2022a). Por el contrario, el radicalismo rápidamente se adaptó a los nuevos tiempos, construyendo una maquinaria electoral que con el tiempo se mostró casi imbatible (Gallo y Sigal, 1963; Rock, 1977; Persello, 2007; Motura, 2021). Pese a que estaba claro que el radicalismo no llegaba al gobierno para cambiar el modelo económico ni el orden social establecido, encontró una dura resistencia en los sectores dominantes. La mayoría de los proyectos girados por el Ejecutivo o la bancada radical fueron bloqueados o rechazados por la oposición (Mustapic, 1984; Halperín Donghi, 2000).
Desde el primer minuto, entonces, El Diario se constituyó en una herramienta para apuntalar al Partido Radical frente a la opinión pública y, una vez en el gobierno, para defenderlo de los ataques de sus opositores. Sin embargo, la inviabilidad económica de una publicación estrictamente partidaria llevó a que en 1919 se organizara una sociedad empresaria con recursos privados.[6] En la década de 1920, El Diario adoptó un tono más comercial y reemplazó a una parte de sus redactores militantes por otros con un perfil más profesional. La ampliación de los consumos culturales y los mayores niveles de alfabetización, obligaron a elaborar y difundir contenidos de acuerdo con el gusto de una ciudadanía cada vez más demandante (Saítta, 1998; Karush, 2013). A pesar de estos cambios, en su plantilla de columnistas se mantuvo a aquellos de extracción radical, dándole al matutino una impronta ideológica particular:
Creemos sin vacilaciones […] en la obra recíprocamente complementaria de laborar por el bien de Entre Ríos, y en el nivel tan sereno y elevado que ha de permitirnos sin la menor violencia el planteo de toda disidencia […] todo ello en un afán de continuado estímulo que entra en la inclinación troncal, de nuestro programa de actuación propia y filiación política.[7]
Este viraje permitió continuar con la misión para la que fue creado, la de defender los principios del radicalismo, pero también posibilitó ampliar el alcance de su público lector hacia sectores no necesariamente afines al oficialismo. La selección del contenido, el modo de tratamiento de la información, así como el énfasis de determinadas noticias por sobre otras, nos permiten afirmar que la intencionalidad perseguida por El Diario iba mucho más allá de la simple promoción de un conjunto de ideas. Buscaba influir en el sistema político, seleccionando qué conflictos atender, qué informaciones difundir y qué jerarquías establecer.
Resulta ilustrativa la actitud adoptada por el oficialismo ante el auge del comunismo y el fascismo en el contexto de la primera posguerra. La responsabilidad de ser gobierno, en el marco de una política obrerista encabezada por Yrigoyen y por Alvear, hizo que la pluma de los redactores del matutino omitiera deliberadamente opiniones respecto a determinados temas. Esto es patente en el tratamiento que hace El Diario de las sucesivas manifestaciones obreras del período 1916-1922, que apenas son mencionadas.[8]
Pero el temor a un “complot maximalista”[9] tras los episodios de la Semana Trágica de 1919 y de la Patagonia Trágica de 1920-1922, obligaron al radicalismo local –y a casi todas las fuerzas políticas– a adoptar una postura de condena hacia el comunismo durante la década de 1920 (Lvovich, 2003). La circulación de ideas autoritarias, muy en boga por aquellos días en el viejo continente, puso en tela de juicio el rol del Estado y las bondades de la democracia republicana (Halperin Donghi, 2004). Una intelectualidad provincial,[10] con estrechos vínculos nacionales e internacionales, miró con buenos ojos el auge de las experiencias totalitarias y pujó por su aplicación (Lvovich, 2003; Echeverría, 2009).
El Diario, autoerigido como paladín de los principios democráticos, rechazó una y otra vez este tipo de regímenes, en pos de la defensa de la ley Sáenz Peña y la libertad de expresión. Como actor político (Borrat, 1989; Kircher, 2005) construyó una narrativa ligada a la tradición liberal-reformista, que también se replicó en otros espacios provinciales.[11] Esta persistencia es notoria si uno analiza el periodo de entreguerras, donde se observan ciertas continuidades en el discurso:
El programa fijado en nuestro primer número será el que llevaremos hasta el artículo final del postrero. Las publicaciones de la prensa diaria precisamente se prestigian por su constancia, mejor diremos por su persistencia en el desenvolvimiento de lo que constituye su ideal y su finalidad.[12]
En tanto medio de expresión del radicalismo entrerriano, El Diario, buscó delimitar –bajo el rótulo de cultura cívica– los rasgos más salientes de un electorado que le era favorable elección tras elección. Esta operación discursiva, impulsada desde las mismas entrañas del gobierno provincial, se reforzaba con la labor entusiasta de los intelectuales de provincia[13] a través de las instituciones educativas y culturales instaladas a lo largo y lo ancho del territorio (Ríos, 2008; Velázquez, 2015).
La historia provincial, herramienta mediante la cual se establecía un encadenamiento de sentido con el presente, ofrecía ejemplos que reforzaban el relato que el Estado quería difundir. La figura de Urquiza era asociada a la entrerrianía. Entendemos por tal a la compleja articulación de imágenes positivas que vinculaban características geográficas (lo rural y lo insular) con la cultura y la política de la provincia. Valores como la pureza, la tranquilidad y lo nativo/autóctono (asociado a lo rural) junto a la autonomía y la no-conflictividad (lo insular) fueron difundidos una y otra vez por los medios oficiales y la intelectualidad de provincia.[14]
Su apelación constante sintetizaba todos los aspectos que el oficialismo decía encarnar: un fuerte sentimiento de autonomía y de respeto de los preceptos constitucionales.
¡Cómo destaca Entre Ríos en el concierto de nuestros Estados! Es un Estado señero. Desde la hora de la organización nacional tuvo esta posición, y la mantiene con títulos cada vez más claros y sólidos. Puede afirmarse que los hijos de la tierra de Urquiza, los herederos del Pronunciamiento, no se durmieron nunca sobre los lauros y la gloria. […] Es aquí donde se mantienen, como en reducto inexpugnable, las fuerzas vivas del orden, de la libertad y de la democracia.[15]
Esta “excepcionalidad entrerriana”,[16] esgrimida una y otra vez en las páginas de El Diario, servía como fundamento del a veces contradictorio accionar de este elenco en relación con otras provincias y al propio Partido Radical:[17]
Entre Ríos nos tiene habituados, es cierto, a tales actitudes. Allí los adversarios se respetan y se guardan las consideraciones que los caballeros se deben entre sí. Los desacuerdos se limitan a las ideas, o si se quiere a las pasiones, pero no abren abismos ni siembran la anarquía, con el agravio irreparable.[18]
Entre la democracia real y la ideal. La construcción de una legitimidad discursiva
De acuerdo con Robert Dahl (1971), para ser considerada como tal la democracia debe reunir ciertas condiciones.[19] Entre ellas, la posibilidad de elecciones competitivas en donde todos los actores políticos tengan reales posibilidades de triunfo y de permanencia en el poder una vez electos. En un contexto signado por la persistencia de ciertas prácticas del Ancien Régime como el clientelismo, el uso de las policías para intimidar a los opositores y de los recursos públicos para torcer los comicios, entre otras, muchos de los elementos de la democracia deliberativa (Habermas, 1998), permanecieron en suspenso o lisa y llanamente fueron vulnerados. Hombres y mujeres formados en una cultura política diferente a la inaugurada por la ley Sáenz Peña, debieron aprender a convivir con los procedimientos y las formas que podían despojarlos de sus posiciones de privilegio, sin caer en la tentación de caer en las trampas de la política criolla.[20]
En los casi treinta años en los que el radicalismo entrerriano estuvo al frente del gobierno se llevaron adelante casi un centenar de elecciones de todo tipo: nacionales, provinciales, municipales, partidarias, en donde la cúpula del gobierno debió mostrar que los procedimientos aplicados en Entre Ríos se ajustaban al derecho.
Producto de su configuración regional y heterogénea, el radicalismo se encontró tensionado desde sus comienzos por diferentes tendencias. Durante la primera presidencia de Yrigoyen (1916-1922), estas disidencias no lograron articularse en una corriente unificada, dado que todavía el peligro conservador justificaba cierta unidad. Empero, cuando hacia la década de 1920 la UCR devino hegemónica, la disputa se trasladó al seno del partido gobernante.
El principismo y, con posterioridad, el antipersonalismo fueron los nombres que adoptó la corriente opositora dentro del radicalismo (Persello, 2007; Piñeiro, 2014). Lo que los unificaba era su rechazo a la figura de Yrigoyen, aunque también subyacían en sus expresiones dos lógicas contrapuestas de lo que la UCR debía ser: un partido político orgánico e impersonal o un movimiento atado a un líder carismático (Padoán, 2001; Aboy Carlés, 2001). En el discurso de sus protagonistas, la matriz identitaria del radicalismo entrerriano se sustentaba en el respeto del federalismo y la autonomía provincial y en el rechazo al liderazgo demagógico y despótico que Yrigoyen encarnaba. Una suerte de exterior constitutivo (Laclau, 1987) rescataba las virtudes republicanas frente a la demagogia y la corrupción representadas en el yrigoyenismo. Este posicionamiento hizo que el radicalismo provincial, comandado primero por Miguel Laurencena y luego por su hijo Eduardo, se encontrara permanentemente amenazado por el fantasma de la intervención federal (Reula, 1971).
Producto de las disidencias, en 1918 el radicalismo entrerriano sufrió su primera derrota electoral. Según la interpretación de El Diario, la principal causa había sido la mezquindad de ciertos elementos internos en conciliar posturas, privilegiando ciertos personalismos por sobre los intereses generales:
En comicios absolutamente legales, en buena lid, nuestros adversarios han obtenido el triunfo […] El momento reclama del partido la mayor serenidad. Debe tener serenidad para afrontar la adversa contingencia y considerar la derrota como un accidente natural, dentro de una democracia un tanto inorgánica, como la nuestra, que no ha hallado todavía el punto de estabilidad de sus tendencias cívicas.[21]
El traspié electoral, leído en clave de advertencia, marcó el comienzo de la lucha interna que caracterizaría a la próxima década. En la campaña para la gobernación de 1926, inició en Entre Ríos una etapa caracterizada por la férrea oposición al personalismo. El Diario como órgano de prensa oficial poco a poco fue hilvanando un discurso que buscó esmerilar la figura del viejo caudillo bonaerense, al que se le atribuyeron todos los males del país y de la provincia:
Se explica: para el radicalismo entrerriano, el gobierno comporta un mandato condicionado por las leyes fundamentales de la Nación y de la provincia; por la prédica constante del partido que reclamó libertad, honestidad, eficiencia y justicia […] Para el señor Irigoyen radicalismo significa la organización de la servidumbre y del renunciamiento en beneficio de su idolatría, de su petulancia y del apetito voraz de sus incondicionales.[22]
Esta oposición los llevó a apoyar abiertamente a la fórmula Leopoldo Melo-Vicente Gallo para las elecciones presidenciales de 1928. El triunfo aplastante de Yrigoyen con el 62% de los votos totales puso en una situación de incómoda debilidad al elenco provincial. La crispación entre los radicalismos llegó a tal punto que en una proclama donde se reconocía el triunfo yrigoyenista, se instaba a la militancia provincial “a no transigir, ni en la idea ni en la acción, con nada que no sea genuinamente institucional”.[23]
Con semejante resultado, el desencanto por la democracia fue en aumento. En la opinión pública se instalaba la idea de que por las urnas era imposible desplazar a Yrigoyen, por lo que empezaba a tomar fuerza un discurso autoritario que promovía la intervención castrense para salvar las instituciones (Potash, 1969; Rouquié, 1981).
Fueron, sin embargo, el cimbronazo económico de 1929 y la inacción del gobierno nacional sobrepasado por la crisis, los que ofrecieron la oportunidad para que el discurso autoritario comenzará a instalarse con miras a subvertir el orden institucional. En esa línea, El Diario adoptó una actitud de promoción al levantamiento armado:
La gravedad de la hora exige a todos los ciudadanos y las fuerzas vivas del país una definición categórica. Con la tiranía o contra la tiranía […] En la actualidad, nada interesa tanto cómo obtener un pronunciamiento viril del ejército contra la tiranía.[24]
Si bien pertenecía a la misma fuerza política del presidente, el gobernador Eduardo Laurencena (1926-1930), decidió apoyar el levantamiento militar del 6 de septiembre de 1930. Su adscripción antipersonalista le permitió sortear las intervenciones federales decretadas ese mismo año. Junto a San Luis, Entre Ríos fue la única provincia que mantuvo sus instituciones bajo el sello partidario, proscrito en el resto del país. Su comprobada filiación antiyrigoyenista constituyó el reaseguro de quienes ahora debían relegitimarse en un contexto caracterizado por la crisis económica y la inestabilidad institucional.
Consecuentemente, la provincia inició un nuevo ciclo de reformas que acentuaron el rol interventor del Estado en la economía. Fue durante las gestiones radicales de 1931-1943 que la provincia reformó su Constitución (1933), creó el Banco Provincial (1935), estructuró organismos de intervención, como las juntas reguladoras provinciales (Biaziso, 2015), y leyes que favorecieron la colonización y la mediación de los conflictos laborales (Biasizo, 2015; Leyes, 2019). Paralelamente, se puso en marcha una mutación identitaria en el radicalismo, que se encontraba en la siempre ambigua posición de ser gobierno en lo provincial y una aparente oposición en lo nacional.
La dura convivencia entre conservadores y radicales, y entre radicales yrigoyenistas y antipersonalistas, convirtió al gobierno provincial en un hábil negociador que adecuaría su discurso y práctica a la coyuntura. Este pragmatismo facilitó la reunificación partidaria en 1934 y la conformación de frentes electorales, que llegaron a incluir al Partido Comunista (Leyes, 2019).
En efecto, tras el viraje del VII Congreso de la Internacional Comunista, que propiciaba en las fuerzas de izquierda la formación de Frentes Populares para enfrentar las amenazas fascistas (Iñigo Carrera, 2000; Camarero, 2007), los radicales entrerrianos adoptaron una postura más contemplativa hacia el socialismo. La necesidad de conformar opciones competitivas frente a una coalición conservadora que detentaba los recursos nacionales y no escatimaba esfuerzos para retener el poder mediante el fraude, obligó al elenco provincial a aceptar la alianza con otras fuerzas políticas para conservar el distrito.
Así, amparados en el principio de la libre expresión, y pese a reconocer la existencia de “organizaciones antidemocráticas” en el territorio, los radicales entrerrianos permitieron que partidos como el comunista o el nacionalista, proscritos a nivel nacional, tuvieran personería jurídica siempre y cuando “la vida institucional, social y política de la Provincia, se desenvuelva con perfecta tranquilidad y no exista ningún riesgo de que sea alterada”.[25]
Esta actitud fue duramente criticada por el arco conservador, que no escatimaba en agravios y en el pedido de intervención federal, bajo la imputación de “sovietismo” dentro de las filas oficiales. Un episodio que revistió gran interés se produjo en 1937 cuando José María Rosa (padre) publicó en La Voz de Entre Ríos[26] una serie de notas periodísticas que alertaban sobre una “notable expansión” del comunismo en el territorio.[27]
El Diario, como portavoz del gobierno provincial, dedicó varias ediciones para desarmar las imputaciones del referente nacionalista.[28] Paralelamente, la provincia fue escenario de una intensa actividad antisemita y pronazi, que requirió de un posicionamiento por parte de los radicales. La Comisión de Actividades Antiargentinas[29] de la Legislatura Nacional dedicó especial atención a los acontecimientos locales, donde la comunidad alemana y judía era numerosa.[30]
Estos episodios obligaron al oficialismo a abandonar la neutralidad discursiva que solía esgrimir desde la década del veinte y principios del treinta. La opción por los republicanos durante la Guerra Civil Española (1936-1939) y la promoción abierta a favor de organizaciones aliadófilas como Acción Argentina deben ser leídas en clave de apoyo a los principios democráticos cuestionados tanto a nivel nacional como internacional, pero también como defensa de un gobierno provincial que supo sortear los avatares del período.
Fue precisamente a partir de las presidenciales de 1937, con la institucionalización del fraude electoral, que los radicales entrerrianos comenzaron a apelar a una política de aislamiento para desengancharse de la situación nacional, priorizando retener la provincia ante la avanzada demócrata. El temor a la intervención federal obligó a justificar discursivamente una actitud que atacaba las bases doctrinarias del radicalismo más combativo:
La elección del 5 de septiembre, a pesar del resultado adverso para el radicalismo y las instituciones democráticas, importa un título muy claro para el crédito y el orgullo de la Provincia. El gobierno, expresión legítima de la voluntad popular, garantizó fielmente los derechos de los partidos demostrando con su actitud respetuosa, digna y prescindente, que a sus hombres los inspira el invariable concepto de su responsabilidad y su prestigio.[31]
Esta estrategia de preservación condujo a tender puentes con diversos actores provinciales. Una alianza provechosa con el incipiente movimiento obrero a partir de una política intervencionista activa, las buenas relaciones con la Iglesia católica en la jefatura de Zenobio Guilland[32] y la existencia de elecciones locales competitivas con fuertes incentivos para los opositores configuraron un escenario de relativa estabilidad, que le permitió a los radicales de la provincia retener el poder en 1939 y 1943, respectivamente. No obstante, los escasos resultados económicos del gobierno, que no podía impedir la constante emigración de su fuerza laboral y el impacto de la II Guerra Mundial en la economía entrerriana, poco a poco fueron desgastando su “legitimidad de ejercicio” (Macor y Piazzesi, 2005; Hénchoz, 2013; Leyes, 2016).
El alineamiento político con el presidente Roberto Ortiz (1938-1941) también constituyó un error estratégico que el radicalismo entrerriano pagó caro en esa década: su repentina muerte y los escándalos de corrupción que se suscitaron durante su gestión terminaron salpicando a un gobierno provincial que había logrado mantenerse al margen de los designios nacionales frente a su electorado. El episodio de la venta de tierras del Palomar (1940), en donde estuvo implicado uno de los referentes del radicalismo local, Miguel Aguirrezabala, fue un claro ejemplo de ello (Luna, 1978; López, 2018).[33]
Paralelamente, las tensiones ideológicas entre el elenco político provincial –cada vez más alineado con el bando republicano y aliado– y los grupos nacionalistas locales –abiertamente nazi fascistas– fueron crispando la relación entre la cúpula radical, la intelectualidad de provincia y la Iglesia católica que, en la última década, había ganado en volumen y presencia con la creación del arzobispado de Paraná (Zanatta, 1996; Lida, 2015). Las acusaciones de coqueteos con el comunismo, dada la alianza tácita entre el partido y el gobierno provincial, eran esgrimidas una y otra vez por la bancada conservadora a los fines de promover la intervención federal (Alzari, 2014; Leyes, 2019).
En esa línea de no confrontación con el gobierno nacional, el golpe de 1943 fue, al igual que 1930, recibido con buenos ojos por los radicales provinciales.[34] Sin embargo, en esta ocasión el gobierno surgido de la revolución el día 11 de junio decidió interrumpir la experiencia iniciada en 1914, decretando la intervención y la clausura de El Diario.[35]
Fuera del poder, el matutino debió adaptarse a un nuevo contexto, en donde los recursos del erario provincial ya no estaban disponibles, mientras que las tensiones con el gobierno dictatorial fueron en aumento. Con la intervención federal de 1943 se iniciaba una etapa donde el radicalismo entrerriano se encontró en la encrucijada. Luego de casi treinta años de ser gobierno, tuvo que reorganizarse internamente para dar pelea desde el llano y sin los beneficios de los recursos públicos. Los máximos referentes del partido, como Eduardo Laurencena –electo en marzo de 1943 pero que no pudo asumir la gobernación por el golpe– se convirtieron en la cara visible de una oposición proscrita y cuestionada, puertas adentro.
No impunemente un partido político puede subsistir en la dirección de un estado provincial entre las hostilidades del gobierno nacional y de sus posiciones adictas. Por eso, desde 1914 hasta el pronunciamiento del 4 del corriente, hemos visto la mutación de los partidos en el poder de las provincias, relevados unas veces por el sufragio, otras por intervención del poder central cuando no por la revolución. Entre Ríos permaneció ajena a esas transmutaciones, no obstante, su conocida e irreductible disidencia con la política de casi la totalidad de los presidentes que ha tenido la República en el mencionado período. Mientras otras situaciones locales se defendían con el fraude electoral, con la opresión y la violencia, en nuestra provincia esa defensa fincaba en la libertad de sufragio.[36]
Si bien no tenían un caudal electoral considerable, algunos grupos contestatarios en auge, como la Fuerza de Orientación Radical de la Joven Argentina (FORJA), poco a poco se fueron articulando con un sector del nacionalismo y nutriendo de cuadros formados al gobierno de la intervención. Un ejemplo de ello es Héctor Maya quien, en 1946, fue electo gobernador por el radicalismo renovador, aliado del laborismo (Ferro Piérola, 2019).
Es en ese proceso donde se produjo una reconversión del matutino. De órgano oficial del gobierno provincial pasó a la vereda de la oposición más virulenta. Ya sin la responsabilidad de tener que suavizar su discurso, comenzó a dirigir todos sus dardos hacia el accionar de un gobierno que, en un contexto ideológico nacional e internacional de efervescencia, era asociado a una dictadura, ilegítima y profundamente agresiva con la oposición y las minorías (Lvovich, 2003; López, 2005).
La conformación de una nueva fuerza política –el peronismo– alimentada desde el mismo seno del gobierno dictatorial, pronto contó con la simpatía de las segundas y terceras líneas del radicalismo. Tal como había sucedido décadas atrás entre conservadores y radicales, ante el ascenso de la figura de Juan Domingo Perón hacia 1944, se produjo una reconversión de figuras políticas emergentes dentro del escenario entrerriano (Ferro Piérola, 2020).
La simultaneidad de elecciones nacionales y provinciales en febrero de 1946, el poco tiempo disponible para los trabajos electorales y la merma de recursos que sufrió la maquinaria radical entre 1943 y 1946 explican el ajustado triunfo del laborismo.[37] Paradójicamente, ese electorado tan laudado durante las tres décadas de hegemonía en el gobierno decidía, ante la irrupción de una nueva fuerza política, darle la espalda al radicalismo.
Los partidos democráticos y la inteligencia argentina –unánimes en el repudio a la dictadura– no tuvieron medios ni tiempo para destruir la monstruosa patraña y el 24 de febrero se vino encima. Muchos, muchísimos hombres del pueblo, trabajadores auténticos, votaron por la democracia […] Pero, no puede negarse, muchos no pudieron emanciparse del colosal engaño y pusieron con sus manos la boleta que podría esclavizar e inferiorizar por muchísimo tiempo a este gran pueblo argentino.[38]
El ascenso y victoria del peronismo encontró a El Diario más abocado a su perfil comercial. El ubicarse en la oposición incrementó su potencial empresario, convirtiéndose en el periódico de mayor tirada de la región, y cristalizó un nuevo contrato de lectura que abarcaba a sectores mucho más amplios que los militantes radicales. Antifascistas, antiperonistas, liberales-reformistas e independientes, encontraron en las páginas de El Diario un espacio en donde reflejarse y proyectarse. Esto le valió el encono de los gobiernos peronistas y la clausura y persecución de sus redactores (Riani, 2020).
Aunque en 1947, con la asunción de Arturo Etchevehere a la dirección del diario y la concentración de las acciones en su familia, se iniciaba una nueva etapa del medio más abocada a su perfil empresarial y comercial, los resabios de décadas de militancia permanecieron latentes, convirtiendo al matutino en una referencia ineludible a nivel regional. Ese perfil le dio una impronta estética e ideológica particular, que influiría en la opinión pública entrerriana hasta finales del siglo XX.
A modo de cierre
El Diario tuvo en sus orígenes dos propósitos. Debía ser la palabra autorizada del radicalismo recientemente asumido en 1914, pero también convertirse en el resguardo de las libertades públicas, denunciando las desviaciones del poder político de turno. En ese rol ambiguo de juez y parte contribuyó a la elaboración de un discurso democrático en un contexto mundial caracterizado por el cuestionamiento a los principios del liberalismo y la soberanía popular. Esta necesidad de consolidar una narrativa se articulaba con otra, más amplia y abarcativa: la de consolidar una cultura política adaptada a los preceptos impuestos por la ley electoral Sáenz Peña, de la que los radicales se consideraban sus principales herederos.
Esta operación discursiva, emprendida desde el seno del gobierno, escondía varias intencionalidades. En primer lugar, apuntaba a una legitimación del nuevo elenco, frente a los conservadores desplazados del poder, que constantemente buscaban asociar a los radicales con los denominados “males de la política”. La puesta en escena ante las derrotas, así como ante el auge de liderazgos carismáticos –dentro y fuera de la UCR– analizados con en las páginas precedentes constituyen ejemplos del interés por proyectar una imagen de cultura democrática o –como se lo denominaba por aquellos días– de cultura cívica que se mantuvo a lo largo de tres décadas.
En segundo lugar, ponía en tela de juicio la personalización de la política. Pese al peso de algunos apellidos de vieja prosapia, en Entre Ríos la dirigencia provincial incluía a más de una figura y la exaltación del partido era la exaltación del grupo. La personalización iba en contra de la rotación política necesaria para retener el distrito en la larga duración[39] y de la estrategia de disputar espacios de poder en arenas políticas en simultáneo (municipio, provincia, nación, partidarios).
En tercer lugar, la ambigüedad del radicalismo entrerriano frente a los posicionamientos nacionales se explica por el instinto de supervivencia del elenco en el gobierno. La defensa de la concurrencia a los comicios ante el abstencionismo de la UCR nacional, la política de alianzas emprendida a lo largo de todo el período, las negociaciones con gobiernos fraudulentos y –aparentemente– antagónicos, junto a la aceptación de las interrupciones institucionales de 1930 y 1943, dan cuenta de una actitud pragmática frente a los acontecimientos, que requería de una justificación tanto puertas adentro como hacia la opinión pública en general. También son indicios de la persistencia de ciertas prácticas de la denominada política criolla que, si bien fueron suavizadas elección tras elección, se mantuvieron presentes durante todo el periodo analizado.
Finalmente, además de construir una tradición discursiva El Diario debía convertirse en una empresa rentable y autosustentable que no requiriera del auxilio permanente del erario provincial. Para ello, a lo largo de treinta años, seleccionó a redactores y periodistas que, sin perder su filiación política, les pusieron los puntos a los funcionarios de gobierno. Esta independencia, señalada una y otra vez a lo largo del período, le permitió cimentar un prestigio propio y un contrato de lectura que logró sobrevivir al desplazamiento del radicalismo en 1943. Luego de la derrota de 1946 y el advenimiento del peronismo, El Diario, como actor político, siguió catapultando trayectorias, pero se enfocó más en su perfil comercial. Es aquí donde comienza otra historia, que ameritaría un capítulo aparte en la historia de los medios locales.
Referencias bibliográficas
Aboy Carlés, G. (2001). Las dos fronteras de la democracia argentina: la reformulación de las identidades políticas de Alfonsín a Menem. Homo Sapiens.
Alonso, P. (2004) (Comp.). Construcciones impresas. Panfletos, diarios y revistas en la formación de los estados nacionales en América Latina, 1820-1920. Fondo de Cultura Económica.
Alzari A. (2014). La internacional entrerriana. Editorial Municipal de Rosario.
Andreetto, M. A. (2009). El periodismo de Entre Ríos. Academia Nacional de Periodismo.
Angenot, M. (2010). El discurso social: los límites históricos de lo pensable y lo decible. Siglo XXI.
Berstein, S. (1999). “La cultura política”. En J-P. Rioux y J-F. Sirinelli, Para una historia cultural, (pp. 389-406). Taurus.
Biaziso R. (2015). Economía de Entre Ríos en el período de intervencionismo conservador (1930 1945). Características y relevancia de la intervención estatal (nacional y provincial). Configuración territorial y sectorial de la estructura económica. EDUNER.
Borrat, H. (1989). “El periódico, actor del sistema político”. Anālisi: quaderns de comunicació i cultura, (12), 67-80.
Botana, N. (2010). “El arco republicano del Primer Centenario: regeneracionistas y reformistas, 1910-1930”. En J. Nun (Comp.). Debates de mayo, (pp. 119-136). Gedisa.
Cabrera, M. (2010). “La investigación histórica y el concepto de cultura política”. En M. Pérez Ledesma y M. Sierra (Eds.). Culturas políticas: teoría e historia, (pp. 19-85). Institución Fernando el católico.
Camarero, H. (2007). A la conquista de la clase obrera. Los comunistas y el mundo del trabajo en la Argentina, 1920-1935. Siglo XXI.
Castro, M (2012). El ocaso de la República Oligárquica. Poder, Política y Reforma Electoral, 1898-1912. Edhasa.
Chapman Quevedo, W. (2015). “El concepto de sociabilidad como referente del análisis histórico”. Investigación & Desarrollo, 23 (1), 1-37.
Dahl, R. (1971). Poliarquía. Participación y oposición. Tecnos.
Echeverría, O. (2009). Las voces del miedo. Los intelectuales autoritarios argentinos en las primeras décadas del siglo XX. Prohistoria.
Endelman Zapata V. (1996) El Diario de Paraná. Políticas de Conducción (1914-1994). [Tesina de Licenciatura en Comunicación Social]. Facultad de Ciencias de la Educación, Universidad Nacional de Entre Ríos.
Ferrari, M. (2008). Los políticos en la república radical: prácticas políticas y construcción del poder (1916-1930). Siglo XXI.
Ferro Piérola, M. (2019). “El gobierno de Héctor Domingo Maya: trayectorias políticas y perfiles profesionales del elenco estatal en la provincia de Entre Ríos (1946-1950)”. Revista de Estudios Marítimos y Sociales, 12 (15), 159-183.
Ferro Piérola, M. (2020). “Construyendo las elecciones de 1946 en Entre Ríos: resultados, candidatos y estrategias político-electorales del peronismo”. Ejes de Economía y Sociedad, 4 (6), 96-116.
Filiberti B. (2007). “Acerca de la prensa y la política en el espacio regional. El diario ‘La Capital’ de Rosario en los años 30”. Historia Regional, XX (25), 117-132.
Gallo, E. (2006). Prensa política. Historia del radicalismo a través de sus publicaciones periódicas 1890-1990. Instituto de Investigaciones Históricas Cruz del Sur.
Gallo, E. y Sigal, S. (1963). “La formación de los partidos políticos contemporáneos: la Unión Cívica Radical (1890-1916)”. Desarrollo Económico, (3), 173-230.
Habermas, J. (1994 [1962]) Historia y crítica de la opinión pública: la transformación estructural de la vida pública. Gustavo Gili.
Habermas, J. (1998). Facticidad y validez. Sobre el derecho y el Estado democrático de derecho en términos de teoría del discurso. Trotta.
Halperin Donghi, T. (2007 [2000]). Vida y muerte de la República Verdadera (1910-1930). Emecé.
Halperín Donghi, T. (2015 [2003]). La Argentina y la tormenta del mundo. Siglo XXI.
Iñigo Carrera, N. (2000). La estrategia de la clase obrera, 1936. La Rosa Blindada-PIMSA.
Henchoz, M. A. (2013). “La migración interna en el sudeste entrerriano hacia 1940”. Tiempo de Gestión, 9 (15), 29-44.
Karush, M. (2013). Cultura de clase. Radio y cine en la creación de una Argentina dividida (1920-1946). Ariel.
Kircher, M. (2005). “La prensa escrita: actor social y político, espacio de producción cultural y fuente de información histórica”. Revista de Historia, (10), 115-122.
Laclau E. y Mouffe C. (1987). Hegemonía y estrategia socialista. Hacia una radicalización de la democracia. Siglo XXI.
Leyes, R. (2016). “Caravanas de hombres marchaban: El éxodo obrero en Entre Ríos. 1925-1945”. Folia histórica del Nordeste, (27), 9-38.
Leyes, R. (2019). “Un espectro se cierne sobre Entre Ríos: una aproximación a la acción de los comunistas en la provincia, 1931-1943”. Estudios Sociales, 56 (1), 61-84.
López C. (2005). “La revolución de 1943 en Entre Ríos y las medidas racistas y discriminatorias de la Intervención Zavalla: el caso de las escuelas e instituciones comunitarias hebreas”. X Jornadas Interescuelas/Departamentos de Historia. Escuela de Historia de la Facultad de Humanidades y Artes, Universidad Nacional de Rosario.
López, M. (1995) “La construcción de la nacionalidad y la identidad regional. Entre Ríos 1946-1955”. Ciencia, Docencia y Tecnología, 10 (1), 77-92
López I. (2018). La república del fraude y su crisis: política y poder en tiempos de Roberto M. Ortiz y Ramón S. Castillo (Argentina, 1938-1943). Prohistoria.
Lvovich D. (2003). Nacionalismo y antisemitismo en la Argentina. Javier Vergara.
Lvovich, D. (2020). “El Gran Miedo de 1919 a escala global: la Semana Trágica argentina y los archivos norteamericanos”. Estudios, (43), 159-172.
Lida M. (2015). Historia del catolicismo en la Argentina. Entre el siglo XIX y el XX. Siglo XXI.
Luna, F. (2011 [1978]). Alvear. Sudamericana.
Macor, D., y Piazzesi, S. (2005). “La cuestión de la legitimidad en la construcción del poder en la Argentina de los años treinta”. Cuadernos del Sur. Historia, (34), 9-34.
Macor, D. (2014). “Testigo y protagonista. Un diario de provincia en la construcción del campo de lo político. El Litoral, Santa Fe, 1918-1966”. Estudios Sociales, 46 (1), 313-331.
Mc Gee Deutch, S. (2005). Contrarrevolución en la Argentina (1900-1932). La Liga Patriótica Argentina. Universidad Nacional de Quilmes.
Motura, N. (2021). “De la concentración a la dispersión. Las derivas del conservadurismo entrerriano ante las reformas electorales (1870-1917)”. Historia Regional, XXXV (46), 1-22.
Motura, N. (2022a). “En torno a los orígenes del radicalismo entrerriano”. PolHis, (28), 27-54.
Motura, N. (2022b). “Una trayectoria exitosa en el Litoral argentino: el caso de Luis Lorenzo Etchevehere:(1875-1914)”. Coordenadas. Revista de Historia Local y Regional, 9 (1).
Mustapic, A. M. (1984). “Conflictos institucionales durante el primer gobierno radical: 1916-1922”. Desarrollo Económico, 24 (93), 85-108
Padoan, M. (2001). “Jesús, el templo y los viles mercaderes. Un examen de la discursividad yrigoyenista”. Prismas, 5 (5), 85-100.
Persello A. V. (2007). Historia del Radicalismo. Edhasa.
Piñeiro, E. (2014). Creyentes, herejes y arribistas. El radicalismo en la encrucijada, 1924-1943. Prohistoria.
Reula, F. (1971). Historia de Entre Ríos. Castellví.
Potash R. (1986 [1969]). El Ejército y la política en la Argentina. De Yrigoyen a Perón (1928-1945). Hyspamérica.
Riani J. (2020). El imperio del Quijote. La historia oculta de un diario que influyó en la política argentina. Fundación La Hendija.
Ríos, MC. (2008) “Rememoraciones en el Bicentenario. El mundo de los historiadores entrerrianos”. En: M. C. Ríos (Coord.) Entre Ríos. Identidades y patrimonios, (pp. 117-156). Dunken.
Rock, D. (2010 [1977]). El radicalismo argentino 1890-1930. Amorrortu.
Rouquié A. (1981). Poder militar y sociedad política en la Argentina. Emecé.
Sábato, H. (1998). La política en las calles, entre el voto y la movilización Buenos Aires, 1862-1880. Sudamericana.
Saítta S. (2013 [1998]). Regueros de tinta. El diario Crítica en la década de 1920. Siglo XXI.
Vázquez, A. (1970). Periódicos y Periodistas de Entre Ríos. Imprenta de Entre Ríos.
Velázquez, D. (2015). “Apuntes metodológicos en torno a la institucionalización y profesionalización de la historiografía en Entre Ríos, décadas de 1930 a 1970”. Hablemos de Historia. Cuestiones teóricas y metodológicas de la historia, (8), 53-63.
Verón, E. (1987). La palabra adversativa. En: E. Verón et al. El discurso político. Lenguajes y acontecimientos, (pp. 11-26). Hachette.
Verón, E. (2004). Cuando leer es hacer: la enunciación en el discurso de la prensa gráfica. En: E. Verón. Fragmentos de un tejido. Gedisa.
Zanatta L. (1996). Del estado liberal a la Nación Católica. Iglesia y Ejército en los orígenes del peronismo. 1930-1943. Universidad Nacional de Quilmes.
Zimmermann, E. A. (1995). Los liberales reformistas la cuestión social en la Argentina, 1890-1916. Sudamericana.
- Instituto de Humanidades y Ciencias Sociales del Litoral (IHUCSO), Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas (CONICET). Universidad Nacional del Litoral (UNL).↵
- Al respecto, remitimos a Sábato (1998), Alonso (2004) y Ferrari (2008).↵
- En pleno auge del modelo agroexportador, Entre Ríos tuvo un importante crecimiento poblacional y una diversificación de su estructura productiva, producto del aumento de la natalidad y de las oleadas inmigratorias. La provincia pasó de tener 116.136 habitantes en 1895 a 425.373 en 1914, siendo el cuarto distrito más poblado del país. La ciudad de Paraná, desde 1883 fue sede de las autoridades provinciales, situación que la catapultó a cabecera de provincia y contribuyó a elevar su estatus frente a otras localidades. Sede de la Escuela Normal de Maestros desde 1871 y, en la década de 1920, de la Facultad de Ciencias Económicas y Educacionales de la Universidad Nacional del Litoral, la metrópoli contó con una vida intelectual y social a la altura de otras capitales de provincia. La cantidad de diarios existentes a principios de siglo, daban cuenta de la creciente demanda cultural en una sociedad en formación. Al respecto, ver: Vázquez (1970) y Andreetto (2009).↵
- “La historiografía contemporánea, basada especialmente en los estudios de Maurice Agulhon, define la sociabilidad como ‘la aptitud de los hombres para relacionarse en colectivos más o menos estables, más o menos numerosos, y a las formas, ámbitos y manifestaciones de vida colectiva que se estructuran con este objetivo’ (Guereña, 2001, p. 17)”. Citado en: Chapman Quevedo (2015, p.10).↵
- Luis Lorenzo Etchevehere (1875-1935) fue el primer director de El Diario, al que debió renunciar prontamente por su consagración como vicegobernador en 1914. Considerado durante mucho tiempo como el fundador del medio, en realidad fue junto a otros militantes, parte del grupo que le dio origen. Este relato, difundido por su sucesor, Arturo Etchevehere volvió indisociable al matutino del apellido hasta nuestros días. Cf. Riani (2020) y Motura (2021).↵
- Respecto de la Sociedad Anónima Entre Ríos (SAER), ver: Endelman Zapata (1996) y Riani (2020).↵
- El Diario, 03/10/1914.↵
- La mayoría de las huelgas son tratadas de manera descriptiva, evitando opinar mucho al respecto. La excepción son los episodios ocurridos en la Semana Trágica de 1919 y otro acontecido en la ciudad de Villaguay en febrero de 1921, donde un obrero muere producto de la represión policial y patronal, apoyados por la Liga Patriótica. ↵
- El “complot maximalista” se enmarca en el “gran miedo” que se generó a finales de la década del diez y comienzos del veinte del siglo XX, tras la sucesión de protestas obreras –algunas bastante violentas– tanto a nivel nacional como internacional. En el seno de las elites, había un convencimiento de la inminencia de una revolución comunista en estas tierras, que obligaba a una actitud reaccionaria para evitarla. Cf. Mc Gee Deutsch (2005), Lvovich (2003, 2020).↵
- Los entrerrianos Juan Emiliano Carulla y los hermanos Julio y Rodolfo Irazusta, desde la tribuna de La Voz Nacional (1925) y La Nueva República (1927-1930), se convirtieron en firmes promotores de las iniciativas autoritarias. Cf. Echeverría (2009).↵
- Una situación similar es señalada por Filiberti (2007) y Macor (2014).↵
- El Diario, 03/10/1914.↵
- Ver Fiorucci (2013), Martínez (2013) y Pasolini (2013). ↵
- Al respecto, ver: López (1995), Chein (2015) y Velázquez (2015).↵
- El Diario, 07/01/1941.↵
- El Diario, 07/05/1931. ↵
- Además del desconocimiento de la autoridad de Yrigoyen durante los veinte, en la década del treinta el radicalismo local se autonomiza de las directivas del Comité Nacional de la UCR, participando en elecciones pese a la abstención decretada y acordando varias veces con el gobierno de la Concordancia.↵
- El Diario, 18/11/1931.↵
- Entre las condiciones señaladas por Dahl figuran: a) Elecciones libres, limpias y periódicas; b) Libertad de expresión; c) Fuentes de información independientes; d) Libertad de asociación.↵
- Por política criolla se entiende al conjunto de representaciones negativas en torno a los considerados males de la política –como el faccionalismo, el clientelismo y el personalismo– que impedían la conformación de partidos políticos orgánicos e institucionalizados a principios del siglo XX. Fue una expresión muy utilizada por socialistas y radicales para caracterizar de forma peyorativa a sus adversarios.↵
- El Diario, 10/03/1918.↵
- El Diario, 07/02/1925.↵
- El Diario, 24/04/1928.↵
- El Diario, 19/08/1930.↵
- El Diario, 24/07/1935.↵
- La Voz de Entre Ríos fue una publicación oficial del Partido Demócrata Nacional, que vio la luz entre septiembre de 1936 y enero de 1943. Abiertamente nacionalista y antiliberal, durante su corta existencia fue tribuna de los conservadores del Partido Demócrata Nacional (PDN) y contrapunto de El Diario. ↵
- Este episodio relatado a manera de crónica fue expuesto por Alzari (2014). ↵
- Ver las ediciones del 21 al 25 de marzo de 1937.↵
- Está comisión legislativa se creó con el propósito de investigar y combatir la penetración de ideologías extremistas en el país fundamentalmente aquellas de inspiración Nazi-fascista. Su periodo de actividad fue entre los años 1941 y 1943. En ese tiempo realiza una actividad febril que se plasma en cuatro informes disponibles en: https://apym.hcdn.gob.ar/comisiones-especiales/nazis/inventario/ .↵
- Los primeros resultados de la Comisión fueron expuestos a lo largo de las primeras semanas de septiembre de 1941.↵
- El Diario, 15/09/1937.↵
- Zenobio Guilland (1890-1962) fue el primer arzobispo de Paraná, en reemplazo de Julián P. Martínez, cuando la diócesis ascendió a la categoría en 1934. Fue partidario del peronismo en sus orígenes, del que se volvió ferviente promotor en la campaña de 1946. Hacia la década de 1950, cuando los desencuentros con la cúpula del gobierno se hicieron más evidentes, Guilland tomó distancia del movimiento apoyando abiertamente su destitución. Entre sus obras destacan el traslado del seminario de Paraná a la nueva sede en 1952, la creación de la diócesis de Gualeguaychú y Posadas en 1957, la arquidiócesis de Corrientes y la diócesis de Concordia. Participó en las reuniones preliminares del Concilio Vaticano II, pero falleció antes de sus sesiones.↵
- El escándalo del Palomar se destapó por la denuncia del senador Benjamín Villafañe en mayo de 1940, a raíz de la venta a precio vil de tierras destinadas a la ampliación del Colegio Militar. Los beneficios del sobreprecio fueron repartidos entre diputados y funcionarios del Ministerio de Guerra de la Nación. Entre ellos se encontraba el entrerriano Miguel Aguirrezabala, quien debió renunciar a sus cargos partidarios, cayendo en el ostracismo. ↵
- El Diario, 06/06/1943.↵
- El Diario, 16/06/1943. ↵
- El Diario, 17/06/1943.↵
- Las elecciones del 24 de febrero de 1946 dieron el triunfo al candidato Héctor Maya con el 42% de los sufragios, frente al 38% y el 19% de la UCR y el PDN respectivamente. El gobernador electo provenía de las filas del radicalismo forjista y había hecho su carrera política en el ámbito universitario de La Plata. Maya se convirtió en el gobernador más joven en asumir esa función en la provincia (34 años). ↵
- El Diario, 03/03/1946.↵
- Cabe señalar que entre 1914 y 1943, ningún gobernante repitió su mandato. La excepción hubiera sido Eduardo Laurencena, quien ganó en marzo de 1943, pero que no alcanzó a asumir por la intervención federal decretada por el gobierno dictatorial en junio de ese año.↵






