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Prólogo

Gabriel Feltran

Mucho tiempo fue necesario para que este libro fuese escrito. De ladrones a narcos es el principal resultado del largo trabajo etnográfico de Eugenia Cozzi –que, de esta forma, consolida su trayectoria de investigación empírica iniciada hace más de una década–, quien ya aportó también con otros textos muy relevantes al debate académico sobre delito, violencia y desigualdades urbanas. Con este libro, Eugenia Cozzi pasa necesariamente a estar al lado de referencias centrales para pensar el conflicto urbano, la violencia y el crimen en Argentina y en América Latina.

El tiempo para que esta obra fuese escrita es mucho mayor, sin embargo, que el tiempo de la investigación realizada por Eugenia; para que un libro así haya salido a la luz, fueron necesarios al menos setenta años de maduración del campo de estudio sobre el conflicto violento en América Latina. Las referencias con las cuales este texto dialoga van de la criminología y de la sociología urbana norteamericanas a las etnografías francesas e inglesas, pasando por los ya maduros análisis del pensamiento latinoamericano sobre el conflicto y la violencia, sobre todo desarrollados en Argentina, México, Colombia y Brasil.

Para que esas distintas contribuciones teóricas fueran articuladas con coherencia, pasaron décadas, incluso porque la violencia letal latinoamericana es específica y necesita ser pensada de modo diferente a todas las tradiciones de pensamiento del norte global, aunque pueda nutrirse de ellas. Y porque las especificidades de cada país, cada región, cada localidad importan mucho más de lo que se piensa. En América Latina se concentran, además, las mayores tasas de homicidio del mundo, muy desigualmente distribuidas y muy claramente administradas. Al contrario de lo que se piensa –y Eugenia Cozzi inicia su trabajo analítico por ahí–, los ambientes marginales no tienen nada de desorganizados. Contra las teorías de la desorganización social y de las ventanas rotas, la autora demuestra cómo las formaciones sociales en los ambientes delictivos son estrictamente reguladas, inclusive por regímenes normativos alternativos al estatal y con él coexistentes.

Las diferentes matrices de pensamiento ganan, de esta manera, síntesis en la etnografía de Eugenia Cozzi; su investigación nos permite conocer el universo del crimen en Rosario en su cotidianidad y aprender mucho sobre nuestros propios ambientes de estudio, trabajo y activismo. El mundo del crimen se revela simultáneamente, desde la perspectiva tomada por la autora, como un universo relacional (el mundo del crimen no es un submundo separado de la vida social que lo contiene, sino que se construye con sus mismos parámetros), contextualizado (el crimen es apenas uno de los ambientes cotidianos por los cuales circulan los “criminales”, inmersos en muchas otras esferas de sentido), histórico (el crimen no comenzó ayer, su construcción actual llevó generaciones) y político (el crimen es producción de orden local, comunitario, y su violencia debe ser tratada en los términos de violencia ordenadora). Por estas características, categorías propias de la antropología política, como autoridad, legitimidad y, sobre todo, poder, pueblan los argumentos del libro de Eugenia.

No se trata de juzgar moralmente el delito, ni de denunciar el “problema social” que lo causa. Nos paramos en otro lugar. Se trata aquí de comprender su construcción histórica, social, política, embebida en las transformaciones sociales concretas vividas en la Argentina contemporánea. Dinámicas macroeconómicas, cambios políticos y contextuales son notables, pero siempre desde la perspectiva cotidiana de los actores y del paso de generaciones entre ellos. Se trata de un modo de pensar con el cual gobiernos latinoamericanos deberían aprender, si quisieran producir alguna política de seguridad que efectivamente se caracterice por ampliar el derecho a la seguridad en los barrios populares.

Configurado por múltiples aristas, es claro que el mundo del crimen en Rosario, donde se desarrolla el trabajo de campo y de donde parte la navegación analítica de Eugenia, es asimismo un lugar donde ganar dinero y ocupar la vida. El ambiente está atravesado, como lo están también los barrios ricos de nuestras ciudades, por los mercados legales e ilegales. La tesis central del libro – la transformación de los ladrones en narcos– está directamente vinculada con las transformaciones de los mercados ilegales transnacionales; pero el análisis del libro es todo menos economicista. Al contrario, es por las disputas de poder y honra, de reconocimiento, autoridad y respeto –del respeto bueno y el respeto malo, tal como lo pasamos a concebir a partir de la lectura– por las que De ladrones a narcos conecta territorios que, al lector poco habituado con estos temas, pueden parecerle desconectados. Rosario es parte de espacios más amplios –argentinos, latinoamericanos y mundiales– de la operación de los mercados de cocaína, cuyo rasgo actual es ser globales.

Etnografías recientes en México, Colombia y Brasil, pero también en países pequeños de América Central y del Caribe, hacen coro del argumento de Eugenia Cozzi en este libro. Los mercados ilegales –sobre todo los de drogas y, más particularmente, el de cocaína– crecieron significadamente a partir de 1980, conectándose a flujos transnacionales de muchas otras mercaderías. Esos mercados pasaron a ser operados por las mismas formaciones sociales comunitarias, masculinas, conocidas de la literatura y desde ya hace mucho tiempo ordenadoras del cotidiano en los territorios urbanos pobres. Esas formaciones sociales, que también organizaron la pequeña marginalidad y la delincuencia juvenil en las últimas décadas, pasaron así a manejar más recursos.

El mercado local minorista, principalmente de cocaína, tuvo un cambio significativo en sus estructuras de poder, sea en Rosario, Buenos Aires, San Pablo, Cali, Bogotá, San Salvador, Ciudad de México o Monterrey. Los traficantes de drogas, antes estigmatizados en el universo marginal en el cual ladrones se criaban, pasaron a tener más valor en las comunidades, en muchos sentidos. Con más dinero y mejor reputación, los narcos comenzaron a poder regular más estrictamente las armas y la violencia, componiendo soberanías alternativas y coexistentes a la estatal. En las ciudades latinoamericanas, pero en muchos otros lugares del mundo también.

Una lectura economicista de ese fenómeno haría pensar que, por eso, todos estos lugares desarrollarían organizaciones criminales de modelo empresarial. Desde una lectura normativa, se tendería a pensar que esas organizaciones desafiarían al Estado de derecho y a las democracias. Lecturas macrosociológicas intentarían encuadrar todos los casos en términos de “marginalidad avanzada”, y lecturas periodísticas considerarían la necesidad de una cruzada institucional y moral contra el “crimen organizado”. Como estas últimas son constitutivas de la visión estatal sobre la seguridad, en América Latina, el “crimen organizado” pasaría entonces a ser el gran enemigo de la sociedad. Este relato no demoró en tener sus adeptos: según este enfoque, la actividad del “crimen organizado” se puede medir por las tasas de homicidio, de manera que “cuanto más crimen organizado, más homicidios” se tornó un presupuesto implícito en la literatura.

Y ocurrió lo peor: todos estos relatos simplificadores, cuando no simplemente errados, prosperaron abiertamente en los espacios públicos latinoamericanos. Ligados a estos, se encontraría, inclusive, una gran solución, difícil de ser pronunciada públicamente antes, ya muy difundida hoy en día y autoevidente para quienes la profesan: encarcelar a los pobres o, en un extremo, matarlos puede resolver nuestro problema de seguridad. Porque, desde esta perspectiva, sería de ellos, de los pobres y de sus formas de vida, aquellas formaciones comunitarias que nunca aceptaron plenamente la “democracia universal” que (no) hicimos llegar hasta ellos, de los que brota el “crimen organizado”.

Lo peor incluso puede empeorar: estos relatos no solo se fortalecieron, sino que se tornaron autoconfirmatorios. “Miremos el color de piel, el rostro de los presos, de los criminales… ¡Son todos pobres!, de modo que es de ahí mismo, de sus ambientes, de donde brota el crimen”. Las políticas de encarcelamiento y de punitivismo contemporáneo, así retroalimentadas, ganaron fuerza como cuadro normativo de las políticas de seguridad de la región, impulsando también el populismo punitivo. El Brasil de las últimas décadas, en este sentido, es ejemplar y apunta a esta tendencia.

Contra ese complejo de equivocaciones teóricas, metodológicas, analíticas y políticas, surge la narrativa analítica de Eugenia en este libro. No faltan datos para comprobar su tesis. Su trabajo de campo conducido con minucia nos lleva a los ambientes del delito, lo que ningún gráfico o tabla consigue hacer. Rosario es, sí, uno de los puntos del mercado transnacional de cocaína y uno de los lugares donde se mata con armas de fuego, pero eso no hace que la violencia en Rosario sea administrada de la misma forma que en San Pablo, donde la hegemonía del mundo del crimen compite con el Primer Comando de la Capital (PCC). Rosario tiene dinámicas de delito muy diferentes, inclusive, de las de Santa Fe. Tampoco el PCC se organiza como una empresa, o como un cártel, como los grupos criminales mexicanos. Sí, cada lugar es un lugar y ningún lugar está desconectado de los demás. Complejidades por comprender.

Al estudiar los cotidianos del ambiente delictivo en Rosario, Eugenia Cozzi desarma la bomba de la generalidad del “crimen organizado” y con ello tira arena en la máquina crimen-seguridad que fomenta el punitivismo y llena las cárceles de pobres, deshaciendo el conjunto de lugares comunes que intentan imponer la clave del bien contra el mal para justificar nuestra “guerra” moral contra el crimen. Sin bien ni mal, sino con personas de carne y hueso, las historias de violencia letal en este libro tampoco son romantizadas. Estas apenas se tornan comprensibles, inscriptas en las historias personales, familiares y de grupos de amigos, inscriptas en la corporalidad de un joven llamado Viejo, de un hombre nativo llamado Gringo, y de tantos otros.

Los sujetos de esas historias dejan de ser víctimas o verdugos, o “excluidos”, y pasan a ser, justamente, parte del complejo relacional que entendemos por sociedad. Dejan de ser psicópatas o maníacos y pasamos a conocer la racionalidad estricta que los mueve. Cada sociedad es una, no hay reduccionismo generalista aquí. El problema del delito que parecía ser “de ellos”, durante la operación comprensiva conducida por Eugenia Cozzi, se torna nuestro problema. La comunidad política que estaba partida entre nosotros, los ciudadanos, y ellos, los delincuentes, es en este momento reunificada –utilizamos nosotros y ellos, asumiendo la misma lógica y los mismos valores que la autora nos muestra, apoyándose en los trabajos seminales de David Matza–. Es esta la operación política, producida sin ninguna palabra de orden, pero inscripta en el acto mismo de formular el problema que debemos comprender, que ese libro nos propicia.

Innovando también en términos metodológicos, la etnografía de Eugenia permite que podamos visualizar los números, las tasas, los datos cuantitativos que se producen sobre violencia y homicidios de manera opuesta a la usual: los datos no son vistos como la realidad positiva, tal cual son leídos habitualmente en la prensa o en las tesis de ciencia política norteamericana, sino que son representaciones que, bajo la luz etnográfica, auxilian en la inferencia analítica. Los números, por lo tanto, no son la base de la argumentación, sino la constatación de que los argumentos etnográficos parecen tener sentido en esferas más amplias, más allá del barrio, de la ciudad, de la región. Así es como los números deben ser usados, una lección más del libro de Eugenia Cozzi.

No es necesario denunciar a los policías corruptos y llamar de fascistas a los gobernantes o de psicópatas a los criminales. No es necesario tampoco romantizar el crimen, ni producir melodramas para que se “humanice” a los actores inscriptos en esos conflictos fuertes, brutales. Ellos ya son humanos y sus vidas ya son dramáticas, nos alcanza con conocerlas. No se trata, por lo tanto, de invertir el signo de la criminalización y defender a los sujetos criminales, como si estuviésemos en un juicio. Se trata, una vez más, de comprender los mecanismos causales de nuestra violencia social, porque no estamos en un juicio, sino en el universo argumentativo, formativo, transformador que es el pensamiento social. Y, si tenemos alguna esperanza en la resolución de estos conflictos, ella no vendrá de las armas, sino del pensamiento.

Llevó tiempo para que este libro fuese escrito, y el tiempo es una de sus principales categorías analíticas. Tiempo expresado en el pasaje de generaciones, que estructuran formalmente la mirada de Eugenia Cozzi sobre las transformaciones sociales de la Argentina contemporánea. Llevó tiempo para que este libro fuese escrito, y tal vez lleve todavía más tiempo para que las propuestas públicas contenidas en él, inscriptas en la narrativa analítica que lo conforma, sean comprendidas en el debate político latinoamericano. Los análisis de Eugenia Cozzi permanecerán eternizados en estas páginas, mientras tanto, De ladrones a narcos nos da la esperanza de que las nuevas generaciones de jóvenes periféricos no tengan que convivir con nosotros, investigadores, en trabajos sobre violencia, injusticia y muerte, sino de que convivan con nosotros en nuestras universidades, produciendo investigación y soluciones para nuestros conflictos. Saludo el coraje, la inteligencia y el trabajo serio de Eugenia Cozzi, manifiesto en cada una de estas páginas. Que el tiempo sea generoso con este libro, pero sobre todo con sus ideas.

            

São Carlos, 16 de abril de 2020.



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