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4 Tercera generación

Los de la Capilla, los Topos y los Payeros

Presentación y fama. Él tiene un montón de historias, le pegaron unos tiros hace poco

La expansión de las actividades ligadas al mercado de drogas ilegalizadas estaba consolidada al momento en que jóvenes de la tercera generación empezaron a participar en el ambiente. La organización a mayor escala de la producción, el tráfico y la venta de drogas, especialmente de cocaína, colaboró en la configuración de variados puestos y roles, relacionados a diversos eslabones de esa cadena. Se establecieron, como consecuencia, nuevas jerarquías y carteles, mientras que las formas ilegales tradicionales, como el robo, persistían y convivían con las convencionales, como el trabajo legal –formal e informal–. Para estes jóvenes, esas jerarquías formaban parte del mundo conocido.

A varies de elles, les conocí a finales del año 2010 y principios del año 2011, cuando trabajaba en la Secretaría de Seguridad Comunitaria. Así conocí a Los de la Capilla y a los Topos, a quienes volví a ver en el año 2014. Los de la Capilla eran un grupo de jóvenes que se juntaban [permanecían cotidianamente varias horas junto a otres jóvenes] en una esquina del barrio, frente a una escuela, ya que todes vivían cerca de allí. Cuando les conocí, tenían entre dieciséis y veinte años de edad e intercalaban su tiempo entre pasar el rato en la esquina, ir a la escuela, trabajar, salir a robar o andar a los tiros contra otres jóvenes del barrio. Nos los presentaron docentes de la escuela en donde se juntaban que les conocían porque habían sido estudiantes allí.

Comenzaron a juntarse en esa esquina siendo niñes para compartir juegos. Vivían en la misma zona del barrio que los Porongas y conocieron a Caló por ese entonces. Relataron en una de nuestras charlas:

Los Porongas hacían respetar el barrio, si entraba alguien de otro barrio, lo sacaban de vuelo, le robaban y se iban, a eso lo veíamos siempre, y si nosotros veíamos a uno, cuando éramos chicos, que no era del barrio, que era de la bronca de ellos, íbamos y le avisábamos a ellos y ellos lo sacaban de vuelo, lo agarraban a cañonazos. Andaban con una itaka así grande [señalaba con los brazos el tamaño del arma] todo el día, andaban cuidando el barrio.

Varies fueron a la escuela primaria en el barrio y la mayoría abandonó el secundario. Siendo más grandes, algunes comenzaron a robar y andar a los tiros contra otres jóvenes del barrio, “ahí empezaron los problemas y las broncas”. Además, tuvieron diversos trabajos formales e informales. Algunes trabajaron varios años en una distribuidora de gaseosas y cerveza del barrio. Otres, como peones en la industria de la construcción.

Este grupo tenía relaciones de amistad con los Topos, que se juntaban a unas cuadras de allí, en la misma parte del barrio. Un joven que también participaba del programa nos les presentó a principios del año 2011. Por ese entonces, paraban[1] en una esquina donde funcionaba un salón de videojuegos, donde escuchaban cumbia romántica alternando con rock nacional. Los Topos era un grupo de jóvenes sumamente numeroso y con una composición heterogénea; sin embargo, les unía ese lugar de encuentro para fumar, tomar bebidas alcohólicas o gaseosas, consumir drogas –marihuana y cocaína– o pasar el rato. Todos eran varones, de muy variadas edades, que iban desde los quince hasta los treinta y cinco años de edad. Algunos de ellos ya habían sido padres.

Los más grandes trabajaban en empleos informales e inestables, como peones en la industria de la construcción; principalmente, como albañiles o pintores. Otros, los menos, tenían empleos registrados en fábricas cercanas a La Retirada. Solían jugar al fútbol en los descampados ubicados en esa misma zona del barrio, que habían limpiado y en los que habían colocado arcos y funcionaban como canchitas. Algunos, por lo general los más jóvenes, a veces salían a robar fuera del barrio o sobre la autopista que lo delimita. Algunos de ellos, en ocasiones, andaban a los tiros contra otros grupos del barrio o de barrios cercanos, con quienes tenían bronca.

No fue tarea sencilla contactar nuevamente a les jóvenes que había conocido a fines del año 2010 y principios del año 2011; era difícil encontrarles en los lugares donde habitualmente estaban: la esquina, la plaza, la cortada. En esos años, varies habían sido detenides y estaban en prisión; y otres habían fallecido. Sin embargo, con el paso de las semanas, con una presencia sostenida en el barrio, fui encontrándome con algunes.

Jorgito, de los Topos, se acordaba de mí por el trabajo en la Secretaría de Seguridad Comunitaria y propuso ayudarme a contactar nuevamente al resto de les jóvenes del grupo. Una tarde nos esperó a Natalia y a mí en la esquina donde solían juntarse, había reunido a varios de sus amigos –a algunos ya los conocía; en cambio, a otros era la primera vez que los veía– y me pidió que les comentase la propuesta. Les conté, entonces, que esta vez estaba haciendo una investigación para escribir mi tesis, y que para eso quería conocer y contar las historias de les jóvenes de La Retirada. Uno de ellos, que no nos conocía de nuestro trabajo previo, afirmó: “Estas van a batir a la cana [denunciar a la policía]”. Jorgito intervino rápidamente: “Nada que ver, no les faltes el respeto a las pibas”. Al resto les gustaba la idea de contar su historia, y nos dijeron que podíamos pasar cuando quisiéramos. Durante ese año compartimos varias tardes de esquina.

Esta escena de nuestro (re)encuentro con este grupo permite destacar algunos aspectos propios del ambiente, que ya he ido señalando. Esto es, la importancia de tener cabida; es decir, los contactos adecuados para transitar ese espacio social. Jorgito no era un joven más en el grupo, tenía cierto liderazgo, y bastó su palabra para que el resto de los jóvenes nos permitiera permanecer con ellos en la esquina. A su vez, y, por otro lado, la acusación de quien no nos conocía previamente evidencia las dificultades en la construcción de confianza y las tensiones existentes en los vínculos entre la policía y les jóvenes del ambiente.

Tres años después, el grupo seguía siendo sumamente heterogéneo en cuanto a edades y actividades, pero seguía integrado exclusivamente por varones. Tenían un trato excesivamente respetuoso con nosotras, se llamaban la atención unos a otros si decían malas palabras delante de nosotras o si consumían marihuana: “No les falten el respeto a las pibas”, insistían los mayores. Cuando nos acercábamos a la esquina, no nos dejaban sentarnos en el piso y nos traían sillas.

En otra ocasión, iba caminando por la cuadra de enfrente de la escuela donde solían juntarse Los de la Capilla, me encontré con algunes de elles y nos quedamos charlando. Se acordaron del taller de capacitación en el que habían participado y preguntaron si estábamos dando otros talleres en el barrio. Les aclaré que no, que ahora venía por unos proyectos de investigación de la universidad y, al igual que a los Topos, les dije que quería conocer y contar historias de jóvenes del barrio.

Pablito, uno de elles, afirmó rápidamente: “Puedo escribir como cincuenta hojas con todo lo que tengo para contar”. Y agregó, señalando a Héctor –uno de les jóvenes que estaba con él–: “Él tiene un montón de historias, le pegaron unos tiros hace poco”. Inmediatamente, Héctor levantó su remera y nos mostró heridas por disparos de armas de fuego que tenía en el abdomen y nos señaló otra herida que tenía en el pie. También contaron que en esos años algunes de sus amigues habían sido asesinades y que otres estaban en prisión. Todes se mostraron contentes y entusiasmades de participar, y, durante todo ese año, también compartimos con elles la esquina, en varias oportunidades.

La fama de estos dos grupos, a pesar de ser conocidos en La Retirada, no trascendió los límites del barrio. La prensa local se ocupó poco de Los de la Capilla y los Topos. No había noticias en los diarios locales que los identificaran como grupos. Solo encontré algunas notas que mencionaban a algunes de sus integrantes, involucrades en algún hecho particular.

Los Topos y Los de La Capilla estaban enfrentados con los Payeros, un grupo de jóvenes que vivían y paraban en la parte de adelante del barrio, en la zona de los chalets. Si bien algunes compañeres de la Secretaría habían trabajado con elles, no les conocí en ese momento, sino hasta años después. Este grupo estaba integrado por jóvenes de una misma familia –tíes, hermanes, primes– a los cuales se le sumaban otres que no tenían lazos de parentesco, pero sí de amistad, y que, además, vivían en la misma zona del barrio.

Cuando retomé el trabajo de campo en La Retirada en el año 2014, ya no estaban varies de les jóvenes de este grupo con quienes se había trabajado. Al igual que con les jóvenes de los otros grupos, varies habían sido detenides y permanecían en la cárcel, y otres habían fallecido. Tattú me presentó a otres jóvenes que seguían viviendo ahí y participaban del taller de herrería en el Galpón de Emprendedores que él coordinaba. Les jóvenes se entusiasmaron rápidamente con la propuesta y pasamos varias tardes compartiendo mates y charlas en el taller o en la esquina durante el año 2014.

A diferencia de los Topos y Los de la Capilla, los medios de comunicación locales sí se ocuparon de los Payeros. A fines del año 2010, el grupo comenzó a ser mencionado en los medios de comunicación locales. En la primera noticia en la que aparecieron, fueron caracterizades como “una gavilla delictiva que por las calles de los pauperizados barrios de La Retirada y El Obús se hicieron un nombre cobrando peaje, robando e incursionando en el mejicaneo de pequeños vendedores de drogas” (La Capital, noviembre de 2010). De ahí en más, y durante los años 2011 y 2012, en las notas de los diarios de la ciudad sobre las muertes en las que aparecían involucrades, se hacía referencia a elles como los Payeros y eran caracterizades principalmente con calificaciones como “gavilla”, “banda, patota”, “grupo violento”, “atrevidos”, “sin códigos”, “rastreros”, “pendencieros”, “bravucones”, “sicarios”, “descontrolados que viven para matar gente”.

Las narrativas que construyen algunes periodistas –y algunos medios de comunicación– colaboran o contribuyen en la producción o consolidación de la fama de algunos grupos o jóvenes del ambiente. En ocasiones, esa fama es apropiada por les jóvenes porque resulta productiva en términos de cartel, ya que les genera prestigio. En otros contextos o situaciones, en cambio, les jóvenes pretenden desprenderse o distanciarse de algunos de sus aspectos y efectos.

Por el contrario, la fama de muches otres jóvenes que participan del ambiente no trasciende los límites de La Retirada, a pesar de realizar actividades similares a las de quienes sí adquieren celebridad. La fama de Tattú, por ejemplo, pero también de varies jóvenes de la tercera generación, no trascendió los límites del barrio, lo que permite comprender, en parte, el entusiasmo de elles con la propuesta de contar su historia, de ser escuchades y reconocides. Así pueden interpretarse la premura y el entusiasmo de Pablito al afirmar que podía escribir como cincuenta hojas con todo lo que tenía para contar”, mientras señalaba cómo Héctor “tenía mucho para contar” por haber recibido disparos de armas de fuego y además evidenciar las secuelas en su cuerpo.

Varies jóvenes solían hacer eso, levantarse las remeras y mostrar heridas de bala como prueba de las broncas en las que habían participado. El cartel disputado a los tiros también resulta significativo en la tercera generación. Es el propio cuerpo el que permite demostrar coraje y valentía. Los cuerpos de jóvenes del ambiente no funcionan solo como territorios en los cuales inscribir poder soberano y sembrar terror (Segato, 2013), como con la muerte del Pelado Ruiz, sino que también son exhibidos por elles como prueba de masculinidad y valentía. Les jóvenes ponen en juego un bien sumamente preciado, como lo es su propio cuerpo, para conseguir ser conocide y reconocide, para obtener cartel. “No le tengo miedo a la muerte, tengo miedo a ser olvidado” es la frase de una canción que tiene tatuada Brian de los Payeros en su antebrazo, la propia muerte aparece como una forma posible de hacerse cartel, y las secuelas ocasionadas por los disparos en sus cuerpos, como las muestras de valentía. Así se presentan, se exponen las marcas de balas, las cicatrices como forma de probar su hombría.

De manera similar al caso de hinchas de fútbol, las marcas en el cuerpo permiten hacer patente la prueba de valentía y coraje, no solo a través de los enfrentamientos armados, sino también mediante la exposición de las huellas de estos (las cicatrices, las secuelas de balas, en nuestro caso);

… el cuerpo, su fisonomía y las marcas del pasado impresas en él son el testimonio vivo de los combates acontecidos y, por ende, la prueba de que su portador pertenece al mundo masculino. La violencia es un modo específico de afirmación de la masculinidad a través de la resistencia en los combates corporales (Garriga Zucal, 2007: 23).

Sin embargo, las marcas en el cuerpo –no solo por secuelas de bala, sino también por cortes en los brazos como forma de protesta cuando estuvieron en prisión– no siempre son rasgos positivos. Para les jóvenes del ambiente, estas revelan en el presente un pasado o la participación en ciertas actividades – como robos o broncas– que resultan en algunos contextos más bien fuente de problemas o complicaciones. Por ejemplo, algunes jóvenes describieron dificultades a la hora de buscar un trabajo “legal” no solo por sus antecedentes penales, sino más bien por marcas y cicatrices en su piel, y relataron que, para evitar revelar su pasado ligado al ambiente, suelen ir a las entrevistas laborales con atuendos que permitan ocultar esas huellas.

En una charla con jóvenes de los Topos, estos mostraban cicatrices de cortes en sus brazos y grandes marcas en el abdomen: “Por esto [señalando las cicatrices] no nos dan trabajo, ni podemos andar mucho o andamos con remeras mangas largas en pleno verano”, señalaron. A su vez, Los de La Capilla contaron que a veces esas marcas en el cuerpo les traían problemas con la policía: “Si tenés tatuajes o estás cortado, te para la cana [policía], aunque no estés haciendo nada”. El cartel de tiratiros no siempre resulta un valor positivo para poner en juego, sino que depende de los distintos contextos en los cuales se lo quiera exhibir y con quiénes; es decir, en algunos contextos o circunstancias, no les sirve como plus de valor y por eso prefieren ocultarlo. El cartel resulta, tal como venimos señalando, relativo y relacional.

En una ocasión, en el taller de herrería que coordinaba Tattú, les pregunté a los Payeros cómo estaba el barrio, porque me había enterado por otres jóvenes que habían estado a los tiros ese día. En un primer momento, me contestaron que el barrio estaba bien, sin precisar demasiado. Les insistí y les pregunté más directamente si estaba tranquilo porque había escuchado que había habido tiros. Lucio, uno de los jóvenes, intentó eludir la respuesta y cambiar de tema. Tattú, en cambio, mencionó: “Me parece que Eugenia está hablando de los tiros de hoy”. Entonces, Lucio dijo “Ah, los tiros”, y otro joven intentó explicar lo que había sucedido: “Lo que pasa es que los de allá no se animan a venir para acá, porque los de acá están jugando al fútbol y ofrecen balas”. “¿Cómo les ofrecen balas? No entiendo”, señalé. Tattú, al ver mi cara de desconcierto, aclaró: “No es que le quieren regalar balas, los amenazan con dispararles. ¡Eh! Vos estás para los tiros, ¿Entendés? Eso es ofrecer tiros o balas”. Ofrecer balas es una forma, entonces, de invitar a participar en un enfrentamiento con armas de fuego para probar valentía y coraje.

A diferencia de las dos generaciones anteriores, en las cuales les jóvenes que participaban en el ambiente eran caracterizades como delincuentes [ladrones] o narcos, además de tiratiros, en la tercera son conocides y caracterizades especial y principalmente como esta última categoría, a pesar de que también participen de otras actividades ilegales, como robar o vender marihuana y cocaína. Tattú, al referirse a les jóvenes que actualmente participan del ambiente, mencionó en más de una oportunidad: “No tienen otra forma de ser famosos que a los tiros, y se creen que así se ganan el respeto del resto. Antes te hacías cartel de delincuente o de traficante, ahora de tiratiros”.

El Pulpo, un joven cercano a los Porongas, conoce a Los de la Capilla desde que eran niñes. Él, junto a sus amigues, se juntaban en la misma zona del barrio y mandaban a les más jóvenes a hacer mandados para elles. Contó en una de nuestras charlas que, con el paso del tiempo, eses niñes crecieron y “empezaron a usar armas [de fuego] en el barrio”; “Nosotros solo usábamos los fierros para ir a robar”. De algún modo, el arma de fuego pasó de ser señalada como herramienta de trabajo para salir a robar a atributo de valor o máquina de hacer cartel. Sin embargo, las generaciones anteriores también participaron de las broncas a los tiros en el barrio, por lo que estas afirmaciones pueden interpretarse más bien como una construcción nostálgica de un pasado que les permite diferenciarse y distanciarse de los pibitos de ahora.

Otra de las formas de diferenciarse y distanciarse de los pibitos de ahora que utilizaron con frecuencia jóvenes de las dos primeras generaciones estuvo ligada a la idea de una cierta ruptura o pérdida de códigos por parte de les jóvenes de la tercera generación. Las personas de la primera y segunda generación les reprochan a les jóvenes de la tercera generación haber roto esas reglas o códigos y les caracterizan en consecuencia como atrevidos, que disparan por cualquier motivo, a cualquiera, en cualquier momento y lugar. En este reproche, al mismo tiempo, hay un esfuerzo por rescatar un pasado mítico en el cual estas cosas no sucedían, un tiempo pasado que fue mejor; es decir, se construye un relato que les permite diferenciarse y distanciarse de los pibitos, presentándoles como productores de un mundo caótico.

Sin embargo, en las tres generaciones existen reglas o códigos que regulan límites en los usos de la violencia en el ambiente. Límites que fueron también traspasados por les jóvenes de la primera y segunda generación. Al mismo tiempo, el mundo de los pibitos sigue siendo un mundo sumamente reglado, a través de un complejo conjunto de normas que establecen cómo, dónde –con una fuerte lógica territorial–, entre quiénes o contra quiénes y cuándo resulta plausible, deseable o productivo –y hasta en algunos casos obligatorio– realizar ese despliegue de violencia, lo que pone así en evidencia criterios de legitimidad e ilegitimidad de esos usos. Reglas y límites que se cumplen y se rompen, se respetan y se traspasan todo el tiempo, lo cual genera efectos diversos en términos de prestigio social y fama.

Formas de ejercicio de la violencia. Broncas, tiratiros y pérdida de códigos

Los hermanos Fernando y Rodri Montoya integraban el grupo de Los de la Capilla. Vivieron en La Retirada desde que nacieron, en los años 1991 y 1993, respectivamente. Eran hijos de don Rodrigo Montoya, un conocido e histórico referente social del barrio. Don Rodrigo, a los dieciséis años, llegó a La Retirada junto a su familia, durante los traslados forzosos de la última dictadura cívico-militar: “A nosotros nos dieron unas chapas y arreglate como puedas”, recordó. En esa época, trabajó en el frigorífico y en el puerto, también haciendo changas en la construcción.

Dos años después, don Rodrigo, a días de haber terminado el servicio militar obligatorio, sufrió una herida de arma de fuego en una pelea contra otro joven del barrio, que le ocasionó muchos problemas de salud posteriores. Sin embargo, luego de varias cirugías, pudo recuperarse. Diez años después, comenzó su actividad barrial. A principios de los años noventa, a través de la Iglesia católica, consiguió un permiso de Vialidad Nacional y construyó una huerta comunitaria a la vera de la Avenida de Circunvalación para colaborar con los comedores populares del barrio. Además, organizó una copa de leche.[2] Allí, veinte años después funcionaría el taller de la Secretaría de Seguridad Comunitaria en el que participarían sus hijos. Para ese entonces, don Rodrigo militará en el Partido Radical.

En varias oportunidades, se mostró preocupado por sus dos hijos menores. “Andan en la mala, van a terminar mal”, repitió insistentemente. Ambos jóvenes habían comenzado siendo niños a andar en la calle, a veces robaban y andaban a los tiros contra otres jóvenes del barrio. Intercalaban esas actividades con trabajos de corta duración, como repositores de supermercados o en la industria gastronómica. Un sábado del año 2014, nos invitaron a almorzar junto a sus amigues de Los de la Capilla en la huerta comunitaria de su padre.

Llegué con Natalia a La Retirada cerca de las doce del mediodía, pasamos buscar a los hermanos Montoya por donde suelen parar, para ir juntes hasta la huerta. Solo estaban Rodri y Fernando; “El resto de los pibes van a ir cayendo [llegando]”, nos dijeron. Algunes todavía dormían. Nancy era la novia de Rodri y siempre andaban juntos; me extrañó que no estuviera con él. Entonces, le pregunté a Rodri por ella y contó, sin dar mayores detalles, que la noche anterior se habían peleado y se había ido con el hijo de ambos a dormir a la casa de su madre, a unas cuadras de ahí. Rodri caminaba medio dolorido, sacó su moto, nos dijo que iba a buscar a alguien más y después iba.
Nos fuimos a pie con Fernando hasta la huerta que quedaba a tres cuadras de donde estábamos. En la entrada estaba sentado don Montoya, con otras dos personas que suelen ayudar en la institución. Nos hicieron pasar a un galpón donde se dan talleres de capacitación, estaba preparado un tablón cubierto con papel blanco. Don Rodrigo nos siguió, con cara de pocos amigos, y nos dijo que así no se hacían las cosas, que quien decide qué se hace en la huerta es él y no sus hijos, que la próxima vez le tenemos que preguntar a él. Agregó enojado: “Acá pasan muchas cosas, ustedes saben, yo les he dicho”. Le pedimos disculpas, le dijimos que tenía razón y que, si le parecía mejor suspender la comida, no había problemas. Nos dijo que no, que, ya que estábamos ahí y habíamos comprado las cosas, que la hiciéramos igual.
Sin embargo, insistió: “Acá están pasando cosas muy delicadas, ustedes ya saben, y yo no sé quiénes son los que vienen. Vienen los amigos de Fernando y Rodri. ¡Sí, amigos!”, dijo irónicamente. Fernando intervino: “Papá, ¿querés que nos vayamos?”. “No, ya está, quédense, tienen visita”, contestó don Rodrigo, y se fue aún enojado. Fernando me dijo por lo bajo: “Euge, ¿sabés lo que pasa? El Rodri ayer le pegó a Nancy”. Lo miré y no hice ningún comentario.
Al rato llegaron en dos motos Rodri, Nacho –también de Los de la Capilla– y su novia Lucila. Rodri se agarraba la cintura con dolor, entonces le pregunté qué le pasaba. “Dolores musculares”, me dijo. Fernando, Nahuel y Lucila se rieron. “No, mentira, Euge, ayer a la noche me agarré a las piñas con un pibe de los Topos. Se armó lío y nos agarramos a las piñas, ¿viste que ahora no es más con fierros [armas de fuego]? Desde que está gendarmería.[3] Ahora nos arreglamos a las piñas, antes era a los tiros”, agregó Fernando. Al rato llegó Robert, otro joven del barrio que se sumó al almuerzo, y contó que había dejado a su hijo en la casa de la tía de la mamá, que lo había invitado a comer. Robert es amigo tanto de los Topos, como de Los de la Capilla.
Cerca de la una de la tarde, llegó Francisco.[4] Don Rodrigo se puso muy contento cuando lo vio, lo hizo estacionar el auto dentro de la huerta, “para que Gendarmería pueda pasar por la calle”, y se lo llevó adentro para hablar, para “ponerse al día”. Fernando se ocupó de casi todo, de cocinar las hamburguesas, de organizar la mesa, mientras Rodri y Nacho iban y venían con las motos haciendo mandados: comprando vino, gaseosas, lechuga y tomate. Salió la primera tanda de hamburguesas y todes empezamos a comer.
En un momento, Rodri y Nacho se fueron a la esquina a fumar, y de a ratos se sumaba Fernando. Solo se quedó Robert charlando con nosotres, y nos contó qué había pasado la noche anterior. “Jorgito [uno de les líderes de los Topos] es un cagón [cobarde], nunca se mete en nada, pero les llena la cabeza a los demás para que salgan a pelear. La otra noche Jorgito y otro pibe insultaban a Rodri, Rodri se cansó y le tiró una puñalada al otro, pero no llegó a herirlo. Se juntaron varios para pegarle a Rodri y Nacho, que estaba mirando de lejos, tiró unos tiros al aire para asustarlos”. De ahí quedó la bronca entre los Topos y el Rodri, explicó. “Anoche, Jorgito le llenó la cabeza a este pibe para que le buscara pelea a Rodri y hubo piñas”, agregó.
Mientras el resto de les jóvenes permanecían en la esquina, don Rodrigo –que iba y venía– regresó al galpón y nos preguntó dónde estaban los pibes. “Están en la esquina, les contestamos. Salió y les exigió que entraran: “Tienen visita y la tienen que atender, ¿para qué los invitan si no?”. Seguimos comiendo hamburguesas y hablando de cosas del barrio. Poco después, Rodri llamó a Nancy por celular y le pidió que viniera a la huerta en que estábamos nosotres. Ella le dijo que no y empezaron a discutir. Rodri salió con un vaso de plástico que tenía vino en una mano y con el celular en la otra para seguir hablando por teléfono con Nancy en la esquina.
En eso, desde dentro del galpón, vimos pasar a Jorgito con otres jóvenes. Salimos y Francisco y yo lo saludamos. Jorgito se detuvo y nos saludó muy amable, como siempre. Nos preguntó qué estábamos haciendo, charlamos unos minutos y advertimos que uno de les jóvenes que estaba con Jorgito se adelantó y estaba increpando a Rodri. Parecía que discutían. Robert nos aclaró: “Con ese pibe se peleó anoche”.
El clima se empezó a poner cada vez más tenso. Jorgito y les demás que habían venido con él se acercaron al lugar de la discusión, sin meterse. Lo mismo hicieron Fernando, Robert y Nacho. La situación quedó más clara, el recién llegado había venido a buscar a Rodri para pelear. Se escuchó que otres gritaron “Mano a mano, que no se meta nadie”. Empezaron a insultarse a los gritos ambos grupos de jóvenes, pero sin participar directamente en la discusión. Rodri dejó el vaso en el piso y se sacó la campera.
“Acá se arma”, pensé; se me aceleró el corazón, podía sentir mis latidos, estaba muy asustada. Se empezó a juntar mucha gente –casi inmediatamente–, varones jóvenes que hinchaban para uno u otro grupo, pero también mujeres, hombres más grandes y niñes, muches niñes. Se comenzaron a dar las primeras piñas, la cantidad de gente que se acercaba era cada vez mayor. Le dije a Francisco que había que buscar a Montoya. Entré y no estaba en el galpón, tampoco en la entrada de la huerta, y comencé a desesperarme. Los dos grupos, cada vez más claramente diferenciados, se insultaban a los gritos y alentaban al propio. La pelea se puso cada vez más agresiva, Rodri se cayó al piso y su contrincante le empezó a pegar en el suelo.
En la puerta de la entrada a la huerta, estaban observando los dos compañeros de Montoya; les pregunté por don Rodrigo. Me dijeron que se había ido. Uno de ellos me dijo muy calmo: “Usted no se meta”. “Pero hay que pararlos”, le contesté. Mi preocupación era que empezaran a los tiros. Volví corriendo por adentro del galpón y salí a la calle. Rodri ya se había parado. Una mujer más grande –que resultó ser la tía del otro joven– estaba intentando separarlos, y Lucila, la novia de Nacho, también. La tía suplicaba: “Basta, ya está, ya se pelearon, ya se sacaron la bronca, ya está”. Ambas mujeres lograron separarlos, y Lucila metió a Rodri adentro del galpón, estaba ciego, parecía otra persona. “Mi hermano está afuera, tengo que salir”, gritó. Francisco lo retenía.
Los dos grupos se siguieron insultando a los gritos. Fernando estaba a la cabeza, pero todos gritaban e insultaban, hasta Jorgito participaba. Con Lucila logramos sacar a Fernando, le pedíamos que se calmara. Francisco también intervino y lo metimos en el galpón, detrás vinieron Robert y Nacho. Rodri y Fernando querían seguir la pelea, Lucila se puso en la puerta del galpón y no los dejó salir, los frenó hasta que ambos se calmaron. El grupo de los Topos se fue y todas las personas que se habían acercado a ver la pelea, también. Ya no quedaba nadie en la calle, el espectáculo había terminado.
Ya dentro del galpón, más tranquilos, Fernando y Rodri nos pidieron disculpas por habernos hecho presenciar la pelea. Entre los varones –incluido Francisco, discutían acerca de quién había ganado y coincidían en que Rodri había estado mejor que el otro joven, al igual que a la noche anterior. Rodri también presumía con su desempeño en las peleas: “No sé para qué me viene a buscar, si siempre sale perdiendo”. Las mujeres los escuchábamos sin aportar palabra, Natalia y yo habíamos quedado muy asustadas. Lucila nos dijo que ya no se asusta más: “Acá en el barrio, te tenés que acostumbrar”.
Robert me miró y dijo: “Alta historia tenés para contar en el libro, podés poner se volvió a las piñas”. Todes reímos. Aproveché para preguntarles: “Si no hubiera estado Gendarmería, ¿hubiera habido tiros? Todes dijeron que sí, y agregaron: “Nosotros no andamos enfierrados [armados] porque anda Gendarmería, el grupo de Jorgito no tiene fierros”. Según elles, todas las broncas que tienen los Topos son por la culpa de Jorgito. “Busca broncas, pero después manda a otros a pelear. Así le mataron a un compañero, Jacinto, que no tenía nada que ver, era trabajador, no andaba en nada”, aclaró Robert.
Al rato salimos a la vereda a seguir charlando. Llegó don Rodrigo en bicicleta y preguntó: “¿Qué pasó que están todos acá?”. Fernando le contó lo sucedido, que los Topos habían venido a pelear. Montoya, sin mediar palabra, casi sin frenar, siguió en dirección hacia donde estaban los otros. “Listo, si va don Rodrigo, se arregla todo”, comentaron les jóvenes. “Si Don Rodrigo hubiera estado acá, esto no pasaba”, señaló Robert. En ese momento, pasó una camioneta de Gendarmería. Les jóvenes afirmaron al unísono: “Estos son igual que la policía, vienen cuando el quilombo [lío] terminó. Deben tener un radar para evitar quilombos”, agregó Nacho. Todes reímos.
Volvimos a entrar al galpón y a sentarnos en la mesa. La conversación rondaba sobre lo mismo, quién había pegado más, quién había estado mejor. “Rodri se cayó porque le pusieron una trabada”, mencionó Fernando, “eso no me gustó”. “En el boxeo vos no le podés pegar al que está en el suelo, tenés que esperar que se levante, sumó Robert. “Además, la Marta [tía del joven con quien se había peleado] me quería separar a mí, me agarraba de los brazos y me pegaba. Yo le decía Doña, sepárelo a su pariente, no a mí”, dijo Rodri, ofuscado. “Sí, cualquiera, te quería separar a vos”, agregaron les demás.
Rodri volvió a salir con su moto y tardó en regresar. Don Rodrigo tampoco regresaba. Tiempo después volvió Rodri en moto. “Está todo bien, mi papá está hablando con ellos, no pasa nada”. Nos contó, además, que había pasado por la casa de Nancy y que sus padres lo habían echado. Aproveché y finalmente le pregunté qué había pasado. ¿Te portaste mal con ella?”. En su respuesta no hubo alarde, más bien vergüenza, o al menos así lo percibí. “, Euge, me levantó la mano, y yo también”. Bajó la cabeza y no dijo nada más. “Eso no se hace, Rodri”, dije casi sin pensar.
Al rato regresó don Rodrigo, se sentó y empezó a retar a sus hijos: “Ya no sé qué hacer con ustedes, son dos animales, no pueden invitar gente si tienen problemas”. Nos miró y nos pidió disculpas varias veces: “No sé cómo pedirles disculpas, les arruinaron la comida. Le dijimos que por nosotres no se preocupe. Rodri empezó a presumir nuevamente con el resultado de la pelea: “No sabés cómo quedó el otro, papá”. Don Rodrigo lo miró y le gritó: “A ver, ¿qué parte no entendés de que no me interesa que me cuentes eso? Cortala, Rodri, vos y tu hermano córtenla. Yo sé cómo van a terminar si no, córtenla. Son unos animales”, repitió. Nos pidió nuevamente disculpas y se fue.
La conversación volvió sobre los mismos temas, quién ganó, quién participó de la pelea, quién se metió. Francisco intervino: “Te vi bien en la pelea, cubriéndote la cara, golpes certeros, no como el otro, que daba golpes al aire. “Yo peleo bien, es difícil que me ganen”, le contestó Rodri. Tenía un golpe en el ojo. No paraba de ponerse hielo y una hamburguesa cruda para que no le quedase marca de que él también había recibido un golpe. A cada rato nos preguntaba si se notaba. Le decíamos que, con lentes y gorrita, zafaba, mientras reíamos.
Por momentos afirmaron que ya estaba, que la pelea quedaba ahí, mientras que minutos después pergeñaban cómo se la iban a devolver a la noche. “Ellos no saben con quién se metieron, todos quieren ser Rodri, pero Rodri hay uno solo”, afirmaba Rodri. Fernando, por su parte, decía que no quería irse a trabajar ahora, en ese tiempo trabajaba de cocinero en un bar del centro de la ciudad, y Robert señaló entusiasmado: “Ahora me quedo, por si pasa algo”.
Al rato Francisco saludó y se fue, con Natalia nos quedamos un poco más. En eso llegó otro joven que no conocíamos. Contó que había venido porque se enteró de las piñas. Rodri nos dijo: “¿Viste? A nosotros nos conoce todo el mundo, enseguida se enteran de todo, nos tienen envidia a nosotros, por eso nos buscan bronca”.
Fernando tenía que ir a trabajar, pero no tenía ganas, quería quedarse en el barrio con les pibes. Le insistimos para que fuera, que nos íbamos juntes en el colectivo, accedió y a las cinco de la tarde dejamos el galpón y nos fuimos para la parada de colectivo a tres cuadras de ahí. Todes les jóvenes nos acompañaron. Fuimos caminando, y a una cuadra, en la esquina donde suelen juntarse los Topos, estaban varies de elles reunides, eran muches. Nos dijeron: “Miren, ahí están todos”.
Seguimos hasta la esquina, nos despedimos y enseguida llegó el colectivo, Fernando se vino con nosotras. En el trayecto hacia el centro de la ciudad, me mostró una enorme publicidad de celular pegada en una pared y me preguntó: “¿Sabés, Euge, si me lo puedo comprar sin tarjeta en cuotas? Ando necesitando un celular así”. Le conteste que no sabía. Esa noche no hubo ni tiros, ni piñas.

Los conflictos que presencié ese día permiten comprender las formas de ejercicio de la violencia, las reglas y los códigos que configuran y diferencian usos legitimados, permitidos, deseables, por un lado, e ilegitimados, rechazados, o poco redituables, por el otro. No todas las agresiones físicas –involucren armas de fuego o no– resultan productoras de reconocimiento social y respeto. Por el contrario, algunas están más vinculadas a fuentes de deshonor y vergüenza, ya que son interpretadas como muestras de cobardía, ya sea porque no se demuestra valentía contra otro que sí la tiene (por lo que resulta un cagón [cobarde]) o porque se realiza contra un blanco no permitido o no redituable (por lo que resulta un atrevido o un cachivache), por andar fuera de las reglas del ambiente.

Las distintas formas de narrar las situaciones de violencia que protagonizó Rodri (contra el joven de los Topos y contra Nancy, su novia) dan cuenta de esto. Solo en el primer caso, los incidentes se narran como una hazaña y se alardea con el desempeño de Rodri, sobre lo que se vuelve una y otra vez. La violencia que permite construir prestigio al demostrar valentía es, principalmente, entre pares, entre varones del ambiente, entre un otro que se la banca, que tiene cartel, vinculadas así a formas hegemónicas de masculinidad.

De manera similar señala Claudia Fonseca que “ningún hombre tiene vergüenza de relatar sus hazañas de guerra, la narración de esos incidentes hace crecer la gloria de sus protagonistas” (Fonseca, 2000: 33). En cambio, existen otros actos de violencia que no son admirados, sino más bien interpretados como cobardía; asaltar a alguien del barrio, ejercer violencia contra una persona anciana o una mujer embarazada son algunos de los ejemplos que menciona la autora. Esto según ella evidencia que “existen límites específicos al ejercicio de la violencia, revelados por las sanciones colectivas contra las personas que traspasan esos límites” (Fonseca, 2000: 36). No obstante, si bien aparecen como prohibidos por “la moralidad pública”, son todos acontecimientos, si no cotidianos, por lo menos comunes, a pesar de que las personas no se vanaglorian de ello. Al igual que les jóvenes del ambiente, al igual que Rodri con Nancy. Apelar, entonces, a la honra masculina es una manera moderadamente eficaz de evitar la violencia en estos contextos (Fonseca, 2000).

Entonces, tal como sucedía en las generaciones anteriores, el despliegue de violencia que genera reconocimiento se da, principalmente, entre jóvenes varones que participan del ambiente, que andan en la joda. En especial, entre quienes ya tienen cartel, ya que resulta ser la forma más efectiva de demostrar valentía y coraje. Por otra parte, lo que habilita el despliegue de violencia contra esos pares son situaciones interpretadas como faltas de respeto, que ponen en juego el honor; por ejemplo, insultos, miradas desafiantes, no saludarse, robarse entre sí.

En la pelea entre el joven de los Topos y Rodri de Los de la Capilla, resulta evidente contra quiénes y en qué situaciones es legítimo y esperable el despliegue de violencia. Rodri se vanagloria de que les demás se quieren hacer cartel peleando contra él, “Todos quieren ser Rodri, pero Rodri hay uno solo”, repetía sin cesar. A su vez, el origen de la pelea estuvo vinculado a insultos esgrimidos por parte de jóvenes de los Topos contra Rodri, quienes lo acusaron de cobarde, de que no se la bancaba.

La muerte de Jacinto, mencionada al pasar por Robert, también da cuenta de la vigencia de las reglas en el ambiente, aun entre les jóvenes de la tercera generación.Jacinto no tenía nada que ver, era trabajador, no andaba en nada”, se lamentó. Sin embargo, el rechazo explícito de esta muerte solo alcanzó a sus amigues cercanes y familiares, no fue cuestionada enérgicamente por otras personas de La Retirada. Jacinto, si bien era un trabajador, que no robaba ni andaba a los tiros, se juntaba con los Topos y compartía muchas tardes y noches en la esquina con elles, y eso lo convertía en un blanco válido o posible.

Mario estuvo con Jacinto en el momento en que lo mataron y nos contó que venían de un piquete[5] junto a su hermano y amigos. Llegaron al barrio a la madrugada y decidieron quedarse un rato en la esquina, a tomar merca [consumir cocaína], antes de volver a sus casas. En ese momento, se acercaron dos jóvenes en una motocicleta y les dispararon; “Lo mataron dos de la bronca nuestra”, lamentaron los Topos. Mario resultó gravemente herido y, a raíz de las secuelas por las heridas sufridas, tuvo que dejar su trabajo de cartero, ya que realizaba el reparto a pie. Jacinto falleció. El día siguiente de su muerte, los Topos juntaron dinero entre todes, blanquearon la pared que queda en frente de la esquina donde solían parar y escribieron en grandes y desprolijas letras negras: “Jacinto Siempre Presente”.

Esta muerte da cuenta de las dificultades, los riesgos y las complicaciones que trae aparejado ser un joven varón en el barrio, aun sin participar del ambiente. Esas dificultades no solo se vinculan a los modos en los que se disputan la masculinidad, sino también a que comparten ciertas formas propias de sociabilidad barrial, como el estar en la esquina con quienes sí andan a los tiros.

Les jóvenes del ambiente contaron que quienes les habían disparado a Jacinto, su hermano y su amigo eran jóvenes pertenecientes a los Payeros, era algo que se sabía en el barrio. Semanas después, Brian, un joven de ese grupo, fue detenido por la policía y tuvo que ir a tribunales, donde fue sometido a una interrogación respecto de la muerte de Jacinto. La fiscalía lo acusó de ser quien iba detrás en la moto, de haberse bajado y haber efectuado los disparos contra los jóvenes. Sin embargo, con posterioridad, les jueces intervinientes decidieron liberarlo y desvincularlo de la investigación porque no hubo testigos en la causa penal que pudieran acreditar esa versión de los hechos. Ninguno de los amigos del muerto que habían presenciado los disparos declaró en la causa y, luego de la detención de Brian, no hubo mayores avances en la investigación por la muerte de Jacinto.

Las muertes de les jóvenes del ambiente no suelen ser investigadas adecuadamente ni por la policía, ni por la fiscalía; como consecuencia, pocas son las sanciones de parte de las burocracias penales que siguen estas muertes (Cozzi et al., 2015a; Cozzi, 2016; Cozzi, Agusti y Torres, 2020). En la mayoría de los casos, los agresores siguen circulando por el barrio y se producen otras muertes o agresiones como formas de respuesta, ajustes o venganza.

Brian era amigo de los Payeros, paraba con elles, participa de las mismas broncas. Me lo presentó Tattú a mediados del año 2014, tenía dieciocho años de edad y era muy flaco. Lúcido en sus comentarios, hacía bromas y chistes todo el tiempo, con un humor ácido. En ese momento participaba en el taller en el Galpón de Emprendedores, pero también trabajaba como cuidacoches en el centro de la ciudad. Iba a una iglesia evangélica. A veces, salía a robar y en otras ocasiones andaba a los tiros.

En una tarde de taller con Tattú, nos pusimos a charlar con Brian sobre sus causas penales. Brian contó que tenía una condena condicional porque había firmado un [juicio] abreviado[6] por dos homicidios y cuatro robos, que tenía otra causa por homicidio, pero que “no tenían pruebas para acusar”. Le pregunté por esa última y, como me esperaba por los rumores que circulaban en La Retirada, efectivamente se trataba de la muerte de Jacinto, de modo que le pedí que relatara cómo había sido.

Entonces Brian contó:

Estábamos en mi casa comiendo un asado, con mi novia, el Serpiente y una pareja amiga y escuchamos balazos sobre mi casa. Nos dijeron que habían sido los de allá [señalando el lugar del barrio donde se juntan los Topos]. Nos fuimos en dos motos, estábamos re inflados, re cebados. Vimos que en la esquina había dos pibes sentados. Primero pasaron mis dos compañeros en la otra moto, los pibes se quedan mirando a la moto que pasa. Entonces, yo, que estaba con el Serpiente en la moto, apagué el motor para que no escuchen y me acerqué hasta estar enfrente de ellos y ahí les tiramos a los dos, desprevenidos, Jacinto murió y el otro pibe quedó mal herido. Al otro día nos enteramos que no habían sido esos pibes los que vinieron a tirar esa noche, sino que habían sido los pibes de El Obús, los soldados de los Montero.

Hasta ese momento su relato estaba cargado de astucia y alarde. Tattú y yo lo escuchamos con atención, en silencio, sin interrumpirlo, hasta que decidí preguntarle: “¿Brian, por qué tirarles a esos pibes, si en el barrio todes dicen que no andaban en nada?”. Su actitud cambió, se puso serio, incómodo. Me miró y dijo: “Sí, nada que ver esos pibes, no andaban en nada, no andaban a los tiros, nada, pero estábamos re inflados, ciegos, ¿qué querés?”, se justificó y cambió inmediatamente de tema.

Estas reglas o códigos no son rígidos, ni determinan en forma absoluta la acción; por el contrario, en numerosas ocasiones, no son respetados y son traspasados. Esto resulta una fuente de deshonor, te convierte en atrevido, sarpado, cachivache. Los Payeros son caracterizades en el barrio como pibes sin códigos, que le tiran a cualquiera, y su reputación es fuertemente cuestionada. Muchas personas jóvenes o adultas de La Retirada –vinculadas o no al ambiente– les mencionaban como les más atrevidos, afirmaban que, si alguien les molestaba o les miraban mal, iban y les tiraban tiros, sin importarles quiénes estuvieran, ya sea mujeres o niñes, y lo hacían a cualquier hora y en cualquier lugar. Para les jóvenes del ambiente, estas situaciones habilitaban actuar de la misma forma contra elles para repeler sus agresiones. Se menciona así cierta reciprocidad en la falta de códigos.

En el barrio les tenían miedo y nos recomendaban insistentemente que no nos acercásemos a elles, ni a la cuadra en donde se juntaban, porque nos a iban a robar o a faltar el respeto. Don Rodrigo Montoya, que circulaba por todas las zonas de La Retirada, respetado por todes, nos confesó que él les tenía miedo y les diferenciaba tanto del grupo al que pertenecían sus hijos, como de los Topos:

Los pibes de este lado de la plaza no tienen muertes [se refiere a Los de la Capilla y los Topos], los Payeros sí, tienen varias muertes, son pibes muy atrevidos. Te digo algo más; yo tengo un compadre que vive por esos lados, y a mí me da miedo de ir para allá, miedo que me tiren a mí, porque a esos pibes no los conozco, además tienen banca con los de enfrente [refiriéndose a los Montero].

Al mismo tiempo, les jóvenes de los Payeros esgrimen motivos para esas situaciones, intentan construir diversas explicaciones y justificaciones para que su cartel no sea dañado. Brian se ocupó de resaltar que Jacinto y sus amigos estaban en la esquina donde se juntan los Topos, es decir, en un espacio habilitado o posible para el despliegue de la violencia, el territorio del otro, lugar privilegiado para demostrar coraje y valentía. A su vez, de acuerdo a los rumores que habían recibido esa noche, se habían animado a ir hasta su casa a dispararles, en su territorio, y, en consecuencia, elles estaban re [muy] inflados, ciegos y por eso habían ido hasta la esquina donde paraban los Topos y les habían disparado a dos jóvenes “que no tenían nada que ver, que no andaban en nada”.

Inflados resulta un término local que condensa sentimientos, actitudes, valores y comportamientos que permiten comprender los códigos del ambiente. Estar inflados no está necesariamente vinculado al consumo de alcohol o drogas –aunque es probable que hayan estado consumiendo esa noche–, sino más bien a sentimientos de enojo, de rabia, de exacerbación porque el adversario se atrevió a venir a disparar a su territorio, poniendo en juego su valor, coraje y autoridad, humillándolos, faltándoles el respeto; y al mismo tiempo, se liga con una idea de estar fuera de sí, sacados, ciegos, lo que genera una pulsión de adrenalina. La violación de las reglas y sus posteriores justificaciones permiten tener más claro aún cuáles son esos códigos que organizan y de algún modo configuran el despliegue de la violencia, aun para jóvenes de la tercera generación.

Los golpes que Rodri le propinó a Nancy también evidencian diferenciaciones en los usos de la violencia. Rodri no nos contó de los golpes a su novia, solo los admitió cuando le pregunté especialmente, no había en este caso material para alardear; los tiros son un asunto de machos. Son los varones los principales protagonistas de las broncas, tanto agresores como agredidos son en su gran mayoría varones. Las mujeres, en principio, no son un blanco posible, deseable o habilitado para disputar cartel.

La producción social de masculinidad obedece a procesos diferentes a los de la femineidad; o, dicho de otro modo, las características de los géneros se construyen socialmente y las particularidades culturales asignadas a lo “masculino” y lo “femenino” fundamentan identidades de género, que crean sentimientos y sentidos de identificación diferenciados (Segato, 2010; Garriga Zucal, 2007; Sirimarco, 2009). La masculinidad configura un estatus que se alcanza, que se conquista, por lo que existe el riesgo constante de perderlo y, por lo tanto, es preciso asegurarlo, probarlo y restaurarlo permanentemente, en desmedro de otro, femenino, de cuya subordinación se vuelve dependiente (Segato, 2010).

La violencia funciona como un modo específico de afirmación de masculinidad, “el hombre (o lo masculino) se caracteriza por la posesión de las cualidades masculinas: fuerza física, valentía”, señala José Garriga Zucal (2007: 23); o podemos más bien decir que en verdad la posesión de la fuerza física y valentía son cualidades que se presentan generizadas. Este autor afirma que la resistencia en los combates corporales es utilizada como prueba irrefutable de masculinidad, y el aguante –afirmación simbólica de la hombría– es un atributo de la masculinidad, que se transforma en su característica primordial, equiparando aguantador con macho (Garriga Zucal, 2007). Atributo que confiere honor y prestigio e instaura formas de actuar válidas para distinguir a los varones (Garriga Zucal, 2007).

Tanto Rita Segato como José Garriga Zucal plantean que lo femenino, en cuanto débil y subordinado, resulta ser el objetivo privilegiado para demostrar masculinidad, coraje y valentía. Rita Segato sostiene que la masculinidad se estructura sobre el mandato de la violación (acto real o fantasía), como economía de poder. Este mandato no es una práctica excluyente de los varones, ni son únicamente las mujeres quienes lo padecen; al decir de José Garriga Zucal (2007), no son ni cuerpos de varones, ni cuerpos de mujeres, sino posiciones de relación jerárquicamente dispuestas, todo lo feminizado puede ser violentado, en cuanto es concebido como débil y lugar privilegiado donde demostrar masculinidad. Mariana Sirimarco advierte de manera similar que desde la Roma clásica la masculinidad está asociada al papel activo en el plano de la sexualidad:

La penetración es una de las marcas de la virilidad, donde el sujeto masculino se estructura en torno a la capacidad de actuar como ser activo. El de la masculinidad deviene entonces en lenguaje violento de conquista y preservación activa de un valor, donde las alusiones a la violación o a la penetración del cuerpo del otro se instauran como movimiento o de adquisición de un status, siempre logrado a expensas de la disminución de ese otro de cuya subordinación se vuelve dependiente (Sirimarco, 2009: 69).

Sin embargo, no es lo que parece suceder en relación con las broncas en el ambiente, en ninguna de las tres generaciones. El otro contra el cual se debe desplegar violencia, contra quien se puede andar a los tiros en el espacio público, como prueba irrefutable de masculinidad, como lugar privilegiado donde demostrarla, no es un sujeto débil y subordinado, sino alguien que pertenece al ambiente y se la banca, que tiene un valor que se puede extraer para hacerse cartel, en su gran mayoría varones, aunque también algunas mujeres que son consideradas igualmente valiosas.

Desplegar violencia contra mujeres jóvenes –que no son consideradas valiosas porque no andan a los tiros–, contra varones jóvenes que no participan del ambiente, contra niñes o adultes del barrio no genera prestigio, sino más bien resulta una causa de deshonor y vergüenza, que convierte a quienes lo hacen en cachivaches o atrevidos, y los jóvenes no se vanaglorian de estas situaciones. Precisamente, por ser considerades débiles, no hay desafío, no tiene gracia, no hay nada en disputa, no hay contienda. Además, tampoco se gana; es decir, no se adquiere cartel, no se obtiene poder, ni se escala en la jerarquía del ambiente, no funcionan como moneda de intercambio para construir valor.

Esta violencia, que se da principalmente entre varones en el espacio público, a los tiros, y que permite tener cartel, que es entre iguales, sin subordinación, podría ser vista como un “duelo de honra” (Fonseca, 2000), en el cual ambas partes aceptan las reglas del intercambio, es decir, “las reglas del enfrentamiento” (Garriga Zucal, 2007). Ambes contrincantes tienen poder y, en alguna medida, los enfrentamientos implican apoderarse del poder que tiene el otro. En palabras de Claudia Fonseca, “el respeto es un privilegio de los fuertes” (Fonseca, 2000: 191); los únicos asesinatos “aceptables”, que son anunciados antes y reivindicados después –al igual que los tiros en el ambiente–, son siempre la consecuencia de un negocio de honra entre varones (Fonseca, 2000).

Rodri alardeó de los golpes cometidos contra el joven de los Topos; sin embargo, respondió con vergüenza y sin mucho detalle cuando le pregunté acerca de los golpes que le había propinado a Nancy. Golpes, además, que se dieron en un ámbito doméstico y en una relación desigual, asimétrica de poder, de subordinación y dominación.

No obstante, que no hubiera alarde no significa que este tipo de prácticas no ocurrieran; al contrario, fueron frecuentes los relatos sobre este tipo de violencia en las tres generaciones. Tampoco quiere decir que esta no esté de algún modo legitimada socialmente. Aunque no genere prestigio, en cuanto disputa de masculinidad, no significa que este tipo de violencia no esté legitimada en términos de dominación del ámbito privado.

Los tiros entre los varones (dominio por excelencia de lo masculino) se vinculan a un despliegue espectacular de violencia en el espacio público, en la calle; en cambio, el tipo de violencia contra las mujeres (o lo femenino), los golpes, las cuchilladas y los disparos, ocurre, en su gran mayoría, dentro de sus casas, en el ámbito doméstico. Rita Segato nos ayuda a pensar que los varones del ambiente andan a los tiros contra otros varones en el espacio público porque deben probar su masculinidad, y, en cambio, en el ámbito doméstico, despliegan violencia porque pueden hacerlo, algo más bien ligado a formas de dominación. En la calle deben hacerlo para mostrar hombría, en la casa pueden hacerlo, porque dominan el espacio doméstico.

Si bien podemos interpretar que los intentos de Rodri de eludir en su relato la violencia propinada por él contra Nancy se deben a que las mujeres (o lo femenino) –en cuanto débiles y subordinadas– no resultan blanco privilegiado –deseable, productivo, valioso– contra el cual los varones del ambiente deban probar su masculinidad, no es un dato menor que yo sea mujer y que fuera a mí a quien se lo contó o narró de esa manera, frente a mi mirada y mis preguntas que, de algún modo, censuraron esa práctica. Solo Francisco participó con los otros varones de la charla para evaluar la pelea con los Topos. Ni Natalia ni yo intervenimos, solo escuchamos. Lucila, la joven que logró separarlos, aun siendo del barrio y participar de algunas actividades con Los de la Capilla, tampoco emitió opinión. El hecho de que las mujeres (o lo femenino) sean desacreditadas como lugar privilegiado para demostrar masculinidad reafirma el régimen de estatus basado en el género, y con esto la subalternidad de lo femenino.

El uso de la violencia que genera prestigio es entre pares masculinos (o masculinizados) que pertenecen al ambiente, se la bancan y no se achican. Solo la masculinidad se disputa a los tiros, solo los varones del ambiente están habilitados a arreglar sus broncas a los tiros; las mujeres (o lo femenino), en principio, no están autorizadas o legitimadas. No están habilitadas para hacer uso de la violencia de ese modo, no disputan cartel a los tiros en el espacio público.

El ambiente es un mundo predominantemente masculino, característica que se repite en las tres generaciones. Solo algunas mujeres participan de algunas actividades ligadas a él. Los varones son quienes en su gran mayoría permanecen en el espacio público de la esquina, las mujeres no suelen hacerlo. No son bien vistas las que lo hacen, las que permanecen en la esquina o andan a los tiros.

En varias oportunidades charlamos con los jóvenes con quienes compartíamos a veces la esquina donde se juntaban sobre la ausencia de mujeres en ese espacio. Varios coincidían en que ese no era un lugar para las mujeres. Al consultarles por qué nosotras sí podíamos estar ahí, nos explicaban que con nosotras era distinto, sin dar mayores precisiones. En el grupo de Los de la Capilla, algunas mujeres –novias de los jóvenes del grupo– participaban de la esquina, pero abandonaban esa actividad cuando tenían hijes.

Nancy solía participar de la esquina con los varones. En el año 2013, quedó embarazada, tenía diecinueve años de edad. Nos contó que ella no quería tener hijes todavía, pero que Rodrigo había insistido mucho y que finalmente ella había accedido. A principios del año 2014, nació el hijo de ambos, y meses después se separaron. En un principio, Nancy siguió compartiendo las actividades con los varones del grupo, pero con el tiempo las fue abandonando.

Sin embargo, algunas mujeres jóvenes disputan su prestigio a los tiros en el espacio público, especialmente pertenecientes a la tercera generación. Cuando eso sucede, cuando las pibas participan de los tiros, aparecen masculinizadas. La asimetría en términos de género es entonces una cuestión de roles según estereotipos, que no necesariamente se corresponden con la condición biológica. En cambio, dicha asimetría puede ser pensada como lo masculino y lo femenino, para poder ubicar prácticas en términos de género que no necesariamente se corresponde con que la ejerzan varones o mujeres.

La participación de las mujeres en el ambiente. Érica, la Payera

Érica es muy conocida en La Retirada como una de las pocas mujeres que andaba a los tiros con sus tíos, sus primos y su hermano, todos varones. Pesaba sobre ella la misma caracterización que sobre el resto de los Payeros, era una atrevida. La describieron así: “Flaquita, chiquita y solo se mantiene en pie por las dos pistolas que lleva todo el tiempo en la cintura; es tremenda. Si te tiene que matar, te mata”. Quería conocerla, pero resultaba muy difícil dar con ella; algunes de sus amigues que iban al taller con Tattú me habían prometido presentármela, pero pasaban las semanas y eso no ocurría.

A fines del año 2014, estábamos con Natalia sentadas en una esquina charlando con unes jóvenes cercanes a los Payeros. En un momento, se acercó una joven, llevaba ropa de deportiva al igual que los varones y zapatillas. Saludó a todes, nos miró y nos preguntó: “¿Ustedes son las que me quieren conocer? ¿Ustedes estuvieron entrevistando a los pibes en el galpón? Yo soy Érica”. Le dije que sí, que nos habían hablado de ella, que era una de las pocas mujeres conocidas y nombradas del ambiente. Sí, la única”, contestó, pero para nuestra sorpresa se lamentó de esa situación. “No me gustaría ser conocida, no me gustaría tener ningún cartel de nada”, sentenció. Y agregó: “Cuando quieran, pasen y charlamos”. Saludó y se fue.

Días después, íbamos caminando por el barrio y la encontramos en otra esquina, con otres jóvenes. Estaban acondicionando el lugar –limpiando, buscando troncos que sirvieran de asiento para empezar a parar ahí, a la sombra de un frondoso árbol–. Saludó muy amablemente y preguntó: “¿Quieren hacer la entrevista ahora?”. Le dije que sí, y entonces empezó a dar órdenes al resto de les jóvenes para que estuviéramos cómodas y les pidió que se alejaran, ya que quería charlar tranquila con nosotras. Les jóvenes se quedaron a unos metros, y cada tanto Érica les retaba y les pedía que se callaran, que no hicieran ruido.

La Payera no solo es una de las pocas mujeres jóvenes que participan de ese modo en el espacio público, sino que, además, es alguien con cierta autoridad entre les jóvenes del ambiente. No obstante, el cartel de tiratiros le pesa; “No quisiera tener cartel de nada”, señaló con desgano cuando la conocimos. El cartel no siempre constituye un atributo positivo en cuanto a prestigio social; a veces, solo lo es en términos negativos, y resulta fuente de malestar y vergüenza.

Érica: Te juega mal ese cartel, te hacen mala gente, la gente misma te hace mala gente, habla mal de vos sin conocerte, te hace mala gente y a la vez te hacés odiar por la gente. La gente te nombra, vos sos nombrada, pero vos sos nombrada mal, no sos nombrada por buena gente, sos nombrada por mala gente, y te sentís mal, porque vos decís, la gente te nombra por esto, por lo otro, pero siempre te nombra mal.
Eugenia: ¿Cómo fue que empezaste a ser nombrada?
Érica: No me acuerdo, ¿vos sabés? Por mis parientes, yo era la única mujer, todos mis parientes son hombres. Una vez salí en [el diario] La Capital, una vez nomás, por una bronca que no hice yo, habían matado a Mariana, esa fue la primera vez que salí en el diario, habían puesto que yo había matado a la pibita esa, y no fue así, yo no estaba ese día, estaba en un quince [en una fiesta de cumpleaños de quince] y me enteré que le habían pegado [disparado] a una nena, pero no sabía quién era. Yo iba a la escuela con ella, me juntaba con ella y con el hermano, nunca tuve bronca con ellos. Aparte esa chica no era de tener bronca.
Eugenia: ¿Por qué dijeron que habías sido vos?
Érica: Porque dijeron que en la moto iba un pibe y una piba, después que iban dos pibes y así empezó el rumor, hasta que dijeron que había sido yo. Ahí me echaron la culpa a mí y yo me tuve que ir a presentar con la familia. Primero hablé con el hermano y le dije que quería hablar con el padre; después fui a hablar con el padre porque él va a la iglesia y yo en ese tiempo iba a la iglesia también. Hablé bien con el padre y también con los tíos y las tías. Me dijeron que estaba todo bien, que ya sabían que yo no había sido, que no me preocupe.

La Payera heredó el cartel de tiratiros de su familia –de su hermano, sus tíos y primos–, pero, a diferencia, por ejemplo, del Gringo Arrieta, esa herencia le resulta demasiado pesada, le genera un intenso malestar y muchas complicaciones. Así, cuando ocurrió una muerte en el barrio, rápidamente se la atribuyeron a ella, aun cuando ni siquiera había estado esa noche en La Retirada. A su vez, la necesidad de aclarar que nada tenía que ver con la muerte de Mariana da cuenta de cómo esta joven no era un blanco deseable, productivo, permitido o posible, era una mujer joven que no participaba del ambiente, que no tenía broncas y, además, era su amiga, habían ido juntas a la escuela.

Según Érica, el origen de la fama de los Payeros estuvo ligado a la muerte de su primo Petardo con tan solo once años de edad, en el año 2008, en manos de otres jóvenes del ambiente. Hasta ese momento no tenían mayores problemas en el barrio y les jóvenes del grupo tenían relaciones de amistad con Los de la Capilla y con los Topos; incluso algunes habían ido juntes a la escuela. Érica contó:

Ahí hicimos desastre, lo mataron y fuimos a la casa del loco que mató a mi primito y prendimos fuego la casa, un montón de cosas hicimos, mi primito era chiquito, lo mataron mal y fuimos a la casa, le prendimos fuego, todo. Yo habré tenido diez años, yo ahí no me enganchaba mucho, pero sabía de las broncas.

Ese episodio fue cubierto por los medios gráficos locales y fue la primera noticia que salió sobre los Payeros. Sin embargo, aún no se los identificaba como grupo, eso sucedería dos años después. Según relataba la crónica policial, el niño iba en una moto junto a su padre de treinta y dos años de edad y murió al recibir un balazo. Tres años después de esa muerte, corría el año 2011 y los Payeros tenían conflictos con casi todos los grupos del ambiente en La Retirada, entre ellos con Los de la Capilla y los Topos, y eran frecuentes los tiroteos, en distintos momentos del día. Como consecuencia de las broncas, los jóvenes de los Payeros tenían muchas dificultades para circular por el interior del barrio y permanecían la mayor parte del tiempo en una cuadra cercana a donde vivían.

Érica empezó a andar en la calle con el Serpiente, su hermano tres años mayor que ella, y a andar a los tiros en defensa de su familia; es decir, no solo heredó el cartel de tiratiros, sino también las broncas. Sabía usar armas porque sus tíos y su hermano le habían enseñado; recordó que un día, cuando su hermano estaba detenido en el IRAR (Instituto de Recuperación del Menor, institución estatal en donde se alojan jóvenes de entre 16 y 18 de edad acusades de cometer delitos), ella, con catorce años de edad, disparó por primera vez:

Me habían corrido de mi casa, aparecieron de frente y me tiraron y yo después agarré el fierro [arma de fuego] de mi hermano, un [revolver] 38 era, fui y les tiré a los que me corrieron, no los conocía, eran broncas de mis tíos.

La Payera se lamentó de tener muchas broncas heredadas de su familia. Contó que, cuando sus tíos y primos estaban presos, personas con quienes ellos tenían broncas venían a dispararle a su casa: “Mi casa está llena de balazos. Ahí vivía con su abuela y su abuelo, así que, en defensa de elles, cada vez que venían a dispararle, ella respondía la agresión: “Cada vez que venían a buscarnos, iba y los buscaba, no me quedaba atrás tampoco, porque ahí vivían mi abuelo y mi abuela nomás, y estaba yo nomás, nadie más”.

Nuevamente se evidencian las dificultades de ser un individuo en esta densa trama de relaciones sociales, en la cual existe una serie de obligaciones que hay que cumplir para sostener y conservar lo heredado por ser parte de una familia, de un clan que tiene un nombre, una reputación, de los cuales resulta difícil escaparse. La noción de clan, expresada en el lenguaje del parentesco –específicamente en las sociedades denominadas “sin Estado”–, alude a un grupo corporado en el seno del cual rige cierta noción de responsabilidad colectiva. Se trata –siguiendo a Ernest Gellner– de individuos colectivos, o, mejor, de personas morales. Es característico de este tipo de agrupamiento que este se active como tal ante determinadas situaciones; esto es, no toda la vida social está regida por grupos de personas, más bien los grupos se activan ante determinados conflictos, ante ciertas obligaciones de cooperación y responsabilidad –y, en ese sentido, también lealtades– (Gellner, 1997). Importa atender a esto porque la activación para el conflicto habla de la capacidad de cohesión ante lo que ven como una amenaza exterior, y al mismo tiempo esto implica la producción de cierto “orden social”. Salir a responder por las broncas de sus tíos resulta una obligación que deriva del parentesco. Esos lazos conllevan obligaciones recíprocas de protección, lealtad y cuidado, todo lo cual la compromete a Érica al momento del enfrentamiento con otros clanes o grupos.

Tiempo después de la muerte de Jacinto, jóvenes de los Topos le dispararon a Érica, lo que le provocó una herida en un pie. El Viejo, un joven de los Topos, me contó que, “en memoria de su amigo muerto”, y por los reiterados tiros entre ambos grupos, una tarde fue con un amigo en moto hasta el lugar donde se juntaban los Payeros y le disparó a Érica. Según él, solo para asustarla, para amedrentarla: “Si la hubiera querido matar, lo hubiera hecho, porque estaba regalada [sola y desarmada, sin posibilidad de respuesta, ni defensa]”. Sin embargo, también reconoció que se alejó rápidamente porque había policías cerca del lugar donde se encontraba.

De una conversación con Érica, surgió su versión de lo sucedido. Ella contó que ese día se levantó tarde y había decidido sentarse en la esquina de su casa con su hermanastro y unes amigues. Explicó que no llevaba consigo armas de fuego, como solía hacer en ese tiempo, porque había visto que estaban los caminantes –policías del cuerpo de Policía barrial que se había instalado en el barrio por ese entonces–, y eso la había dejado tranquila. Sin armas, confiada por la presencia de los caminantes y acompañada por su hermanastro, caminó hasta el club a media cuadra de donde estaban; en ese trayecto fue sorprendida por el Viejo, quien le disparó por detrás. Recordó la Payera:

Yo, como vi que andaban los caminantes ¿viste esos que andan ahora?–, fui hasta el club, fui confiada, se ve que me habían visto, o no sé, le habrán dicho que estaba ahí, pasaron por atrás mío y me tiraron, me dispararon seis tiros, de los seis me pegó uno nomás, en el pie, y ahí me caí y me llevaron al hospital, ese día tuve mucha suerte, tuve tanto miedo.

Cuando charlamos con el Viejo sobre este episodio, le pregunté si le tiraba igual a la Payera aunque fuera mujer. Rápidamente, contestó que sí y argumentó que ella también tiraba tiros. Ese despliegue de violencia no es rechazado, porque, si bien es mujer, participa de los intercambios de honra, “como uno más”, como un par que se la banca, que no se queda atrás, según reconocían sus adversaries y ella misma. A su vez, algunes jóvenes de los Topos se referían a ella de una manera particular: “No es ni hombre ni mujer, es tortillera”, era una de las caracterizaciones que pesaban sobre ella. En cualquier caso, se la retiraba de su posición de mujer en cuanto sujeto débil y subordinado.

Érica debió salir en defensa y protección de sus abueles porque sus hermanos, tíos y primos (los varones de la familia) no podían hacerlo dado que estaban presos y algunos, muertos. A los efectos prácticos, funciona como hombre social que tiene que salir a defender a su familia, como lo hacen los otros jóvenes del ambiente, o, siguiendo a Julian Pitt-Rivers (1977), como “hombre subrogado”. Este autor describe a las viudas como “hombres subrogados”; es decir, solo en la viudez las mujeres alcanzan una posición de poder o de autoridad que corresponde a los varones, posición que acarrea tanto los atributos simbólicos masculinos, como ciertas obligaciones ligadas a ella. Érica está obligada al igual que sus parientes varones. De este modo, es esa trama densa de relaciones sociales la que la ubica en una posición estructural de varón, con sus atributos y obligaciones, lo que al mismo tiempo le genera profundo malestar.

Ruptura de códigos. Rastrillo Brian y el no robarse entre vecinos

La mención a la ruptura de códigos entre les jóvenes de la tercera generación también apareció ligada a cierta desregulación de la violencia en contextos de robo o en relación con la regla de no robarse entre vecinos. A diferencia de otres jóvenes, Brian solía robar en el barrio, o al menos eso decían sus amigues y conocides, por eso bromeaban con él mencionándolo como Rastrillo Brian y contaban las veces que lo había hecho. Rastrillo o rastrero, como vimos, es la forma de nombrar despectivamente a ladrones de poca monta que roban en el barrio a sus vecines, acciones fuertemente cuestionadas, ya que no son prácticas o actitudes que permitan demostrar coraje y valentía. Brian se ocupaba de aclarar una y otra vez que no era cierto, y, en ese intento de diferenciarse o distanciarse de esas acusaciones, se evidencia la ilegitimidad de esas prácticas.

Lo que no quiere decir que, en variadas ocasiones, les jóvenes no quiebren esos códigos. En esos casos, la construcción de justificaciones para tornar legítimo –aunque excepcional– ese despliegue de violencia revela la adscripción a ese mundo de reglas, aun entre les integrantes de la tercera generación.

Una tarde caminando con Natalia por el barrio, observamos que estaban en la esquina de un pasillo jóvenes amigues de los Payeros –les habíamos conocido meses atrás, pero no les habíamos vuelto a ver–, y decidimos acercamos. Llegamos a la esquina, saludamos y les pregunté si se acordaban de nosotras. Algunes de elles nos reconocieron: “Sí, ustedes son las chicas de la facultad. ¿Cómo andan?”. Otres nos veían por primera vez. Entre elles, estaba Federico, quien nos preguntó quiénes éramos, de qué se trataba nuestro trabajo en La Retirada. Le conté que queríamos reconstruir la historia de les jóvenes del barrio. “Claro, nos quieren hacer entrevistas”, le explicó otro de les jóvenes que estaba. Inmediatamente, empezaron a hacer bromas con muertes y robos.

Federico nos seguía haciendo todo tipo de preguntas, hasta que llegó un joven en moto a alta velocidad, se chocó contra la pared y se bajó. El recién llegado tenía un arma de fuego en la cintura y estaba un poco alterado, se acercó a Federico para decirle algo y mostrarle el arma. El resto de les jóvenes le dijeron al instante: “Eeeeh, pará, que están las chicas. Recién ahí se percató de nuestra presencia, nos miró y nos reconoció: “Sí, ustedes vinieron a hacernos una entrevista”, nos dijo. Seguía muy alterado. Se paró delante de nosotras, dándonos la espalda; entonces, le toqué el hombro y le pregunté: “¿Cómo andas? ¿Todo bien?”. Ahí el joven cambió su actitud y se puso a la par nuestra en la ronda a charlar. “Sí, estoy un poco escapado, ¿viste cómo es? Cuando viene la policía, rajo”, nos dijo.

En ese momento, de una de las calles perpendiculares al pasillo, apareció un joven más grande caminando en dirección a la esquina, y uno de les jóvenes advirtió: “Ahí viene la víctima”. El joven que había llegado en la moto le pidió a Federico que fuera a hablar: “Andá a hablar vos, Fede”. Federico no quería saber nada: “Yo no voy a ir”. “La víctima” que estaba llegando se acercó a les jóvenes y le dijo a Federico: “¿Puedo hablar un toque con vos?”. El joven que había llegado en la moto empezó a increpar al recién llegado: “Qué te pasa, qué te pasa, que querés hablar con los pibes”, de una manera muy violenta y amenazante. Ante esto le contestó “Todo bien, soy de acá, a Fede lo conozco, conozco a tu papá”. Federico se paró y, disculpándose, le dijo: “Pensé que eras Bebote, no sabía que eras vos, disculpanos”. “, ya sé, todo bien”, le contestó el recién llegado.
En ese momento, en la otra punta del pasillo, se estacionó una camioneta cuatro por cuatro, doble cabina, negra. Se bajaron varios hombres, que comenzaron a caminar en dirección a la esquina donde estábamos. Escuché el ruido de un arma cargándose, me pareció que había sido el joven que había llegado en la moto, que estaba muy nervioso. Nosotras estábamos paralizadas, sin saber qué hacer, sin entender del todo qué estaba pasando. La discusión era entre ellos tres, y el resto de les jóvenes miraban sin intervenir. Nosotras seguíamos paradas en la ronda, hasta que el joven que tenía el arma de fuego se dio vuelta, se acercó a nosotras y nos dijo: “Chicas, disculpen, mejor vayan, hablamos otro día, mejor váyanse, estamos ocupados”. “Está bien”, dijimos, saludamos y nos fuimos.
Salimos del pasillo y fuimos para la casa de Tattú a dos cuadras de ahí. Tattú recién había llegado de trabajar, estaba desempeñándose como herrero en una fábrica de la zona. Se había sentado en la puerta de su casa, nos hizo pasar y nos pusimos a charlar. Le contamos lo sucedido, estábamos muy asustadas. Nos dijo que ya se había enterado de lo que había pasado: “Los pibes le robaron a este loco fuera del barrio, pero el pibe resultó ser de La Retirada. Está mal robar en el barrio, ellos le robaron afuera, pero eran gente del barrio, ¿entendés?”. Al seguir viendo nuestras caras de susto, remarcó: “No se preocupen, ya están arreglando las cosas, no pasa nada, el chabón [joven] seguro vino a hablar con los pibes para que no lo tomen para la joda, los pibes le piden disculpas por haberse confundido y ya está”. Y agregó entre risas: “Tampoco le vas a preguntar a cada uno que vas a robar ‘Che, ¿de dónde sos?’”.

Los pedidos de disculpas a “la víctima”, el vecino robado, las justificaciones y las explicaciones de les jóvenes dan cuenta de su adscripción a ese sistema de reglas. No les gusta ser mencionades como rastreros, y eso además les trae problemas en el barrio; se esfuerzan entonces en explicar lo sucedido.

Una serie de estudios sobre delito juvenil que se produjeron en el contexto argentino, como lo son los trabajos de Alejandro Isla (2002), Daniel Míguez (2008), Gabriel Kessler (2002) y Sergio Tonkonoff (2001), entre otros, señalan un aumento en el uso de la violencia en situaciones de robo en los años noventa, y, con matices, lo vinculan a una cierta desprofesionalización del delito juvenil (Kessler y Gayol, 2002). Desprofesionalización que va acompañada de una ruptura o transformación de códigos y valores morales del mundo del delito tradicional, que es caracterizada precisamente por un uso indiscriminado de la violencia (Isla, 2002; Valdez Morales e Isla, 2003; Míguez, 2002; Kessler, 2004; Kessler y Gayol, 2002).

Gabriel Kessler distingue entre profesionalizados y novatos. Para los primeros, la muerte de la víctima en situaciones de robo aparece como una posibilidad legítima sobre todo cuando esta se resiste o contraataca, de forma que pone en riesgo la propia vida. En cambio, para los novatos, no funciona como último recurso dentro de un repertorio de acciones, sino más bien se presenta como resultado de accidentes o momentos de descontrol (Kessler, 2004). Daniel Míguez, a su vez, diferencia entre delincuentes profesionales y pibes chorros, y, dentro de esta última categoría, ubica a los vagos, e indica una tendencia hacia mayores cuotas de violencia en la comisión de delitos por parte de estos últimos, diferenciándose, así, del “código clásico” de los profesionales, en el cual aparecen criterios de orden moral y profesional que regulan la violencia (Míguez, 2002). Por su parte, Alejandro Isla identifica diferencias generacionales entre ladrones veteranos y pibes chorros; es precisamente lo que este autor llama “el uso innecesario y abusivo de la violencia” (Isla, 2003).

Sin embargo, esa regla también parece reinar en el mundo de los pibitos del ambiente. La utilización de la violencia en ocasión de robo resulta sumamente regulada, aun entre quienes podríamos definir como novatos o vagos; es decir, les jóvenes de menor edad, poco profesionales y caracterizades por estos autores como quienes no suelen respetar códigos establecidos en el mundo del delito tradicional. A la vez, en general, cuando se transgreden códigos o reglas, no hay alarde alrededor de estas prácticas, que resultan más bien fuente de vergüenza. Entonces, pareciera que no todo pasado fue mejor, que les jóvenes “de antes” también quebraban códigos, y que el presente no es un mundo perdido, el código de honra continúa vigente. Hay matices, las reglas se respetan y se rompen entre jóvenes de las tres generaciones y se construyen diversas justificaciones y explicaciones al respecto.

Participación de jóvenes de la tercera generación en el mercado de drogas ilegalizadas. De soldaditos y búnkeres

A pesar de la expansión y consolidación del mercado de drogas ilegalizadas en este período y de las noticias que salían sobre La Retirada en los medios locales, las personas jóvenes y adultas del barrio, vinculadas o no al ambiente, coincidieron en que ahí no se habían instalado búnkeres o en que los que habían intentado poner no habían permanecido demasiado tiempo. Resaltaron que, después de la peatonal del porro, durante varios años allí no se vendió droga, y que quienes querían conseguir sustancias tenían que ir a otros barrios a comprar. Los Arrieta, que la “habían movido en grande”, ya no participaban del negocio. Una década después, solo había transeros. La Retirada es un barrio de choros, mencionaron con cierto orgullo.

Jóvenes de los Topos señalaron con frecuencia:

Acá en el barrio no hay narcos, si sos narco tenés que tener auto, zapatillas nuevas. Acá en el barrio hay transeros, pero no como los del frente [se refieren a los Montero], narcos alta gama. Acá somos todos tiratiros, robamos, allá son todos narcos. Acá no hay narcos, no hay búnker.

La mayoría de les jóvenes pertenecientes al ambiente y otras personas –jóvenes y adultas– del barrio insistieron en diferenciar a La Retirada de otros lugares de la ciudad con relación al asentamiento de búnkeres. Mencionaron, en cambio, la reaparición de los tradicionales kiosquitos. “En el barrio se vende droga, pero no hay búnkeres, hay sí casas en las que se vende”, contaron jóvenes que participaban en un curso de capacitación laboral.

Durante todos los años en que realicé trabajo de campo en La Retirada, no observé ni identifiqué la existencia de búnkeres en el barrio, es decir, estas construcciones en las que se vendía droga a la vista de todes. Las pocas veces que presencié este tipo de intercambio, se dio en alguna esquina donde les jóvenes solían reunirse. Un sábado del año 2013, al mediodía, estábamos con los Topos, comiendo arroz con pollo y bebiendo vino con gaseosa en la vereda, en frente de la casa de Cristo y el Viejo. Después de almorzar, empezaron a juntar plata y mandaron mensajes con un celular; yo no entendía bien qué pasaba. Al rato llegaron tres mujeres jóvenes a bordo de una motocicleta y permanecieron a unos metros de donde estábamos sentades. Dos de los jóvenes se levantaron, se acercaron a las recién llegadas y se pusieron a hablar, dándonos la espalda. El Viejo me dijo por lo bajo: “Les vinieron a traer merca [cocaína], ¿viste el maneje?”. Minutos después regresaron los dos jóvenes y siguieron bebiendo cerveza; no consumieron cocaína delante de nosotras.

Con la llegada de Gendarmería, en el año 2014, se realizaron más de ochenta allanamientos simultáneos en diferentes lugares de la ciudad, señalados como puntos de venta, y se llevaron detenidas a personas que estaban allí. En la prensa local, una casa ubicada en La Retirada era mencionada como uno de esos puntos. Unos días después de esa noticia, fui al barrio. Me encontré con Leandro y su hijo Pablito –joven cercano a Los de la Capilla–, nos pusimos a tomar mate en el patio de su casa y a charlar sobre las novedades del barrio, como solíamos hacer. Pregunté si habían allanado algún lugar de venta de droga en el barrio, y ambos afirmaron que en La Retirada no había búnkeres. Los pibes que estaban antes acá [se refiere a los Porongas] echaron a los narcos, y ahora no hay ningún narco”, remarcó Leandro.

Mencioné entonces que en el diario figuraba que habían allanado un búnker en el barrio y pregunté si sabían algo al respecto. Ante la insistencia, aclararon que en La Retirada no hay búnkeres, que no se vende droga, que algunas casas funcionan como un lugar de fraccionamiento y depósito, pero que no era el caso de la vivienda allanada. Contó Leandro:

Esa es la casa de Dilma, ¿viste en la otra esquina que está la tienda de ropa? Ahí. Pero ahí viven ellos, ahí no encontraron nada, esa gente fracciona la droga en otra casa. Los gendarmes tenían información vieja, allanaron lugares que ya no existen más.

Por su parte, Pablito aclaró:

Hay una casa que ya es conocida por todos y está marcada desde siempre como que ahí fraccionan, arman las bolsitas de merca [cocaína] que después venden los pibes en otros lados; pasa desapercibida como una casa de familia común, en la que pusieron a vivir a una amiga de la dueña. Entonces, como la mina [mujer] vive de arriba [sin gastos], no va a abrir la boca, y a ese lugar no lo allanaron.

La participación en el rubro narco es presentada por periodistas, personas expertas, policías, autoridades políticas y judiciales, referentes sociales, personas del ambiente y demás residentes de La Retirada como más redituable en términos económicos; es decir, permite un mayor margen de ganancia en relación con otras actividades ilegales, como el robo, o los trabajos legales –formales e informales– disponibles o posibles. Facilita acceder al consumo de bienes suntuosos y deseados: autos de alta gama, por ejemplo. Al mismo tiempo, es mencionada como una actividad más redituable en otros sentidos, les permite ser conocides y tener poder, ya sea por la disponibilidad de más y mejores armas de fuego y armamento, o conseguir cabida, por ejemplo, contar con prestigioses abogades y con protección policial.

Tattú, desde su presente de rescatado y ligado al evangelismo, reconoció algunas de las ventajas que les significaba a les jóvenes estar asociados a los narcos; sin dejar de mencionar, al mismo tiempo, cómo para él constituían un problema y una fuente de preocupación. Para Tattú el ambiente estaba corrompido, y ligó esa corrupción al avance del rubro narco. Detalló preocupado:

Antes el cartel de soldado era lo peor que vos podías tener en la calle, porque te iba mal en la calle y te iba mal en la cárcel, eso ahora cambió. Hoy en día se hace más poderoso el pibe que agarra un arma cuando el traficante lo avala, cuando están respaldados por el traficante.

Al preguntarle qué quería decir con tener el aval o el respaldo del narco, contestó:

Es así, Euge, si el pibito cae preso [es detenido por la policía], el traficante le paga un abogado y lo saca o va y arregla con la policía. Al traficante le sirve que el pibe tenga esas facilidades, si el traficante le da un arma, le da una bolsa [de cocaína], lo va a usar, y le compra zapatillas, le da de comer, ¿a quién va a seguir el pibe? ¿Soldado de quién va a ser?

No solo el acceso a drogas, armas de fuego, abogades y protección policial pareciera hacer más redituable esta actividad. Para Tattú, además, es un “camino rápido” y –en parte– más seguro que el robo para generar dinero.

Los Montero se aprovechan de los pibitos, les dan merca y plata y así los enganchan para que laburen para ellos. Los pibes tienen fierros, droga, plata, moto, auto, todo de un día para el otro. Hoy creo que tenemos más soldados que choros [ladrones] acá en la calle porque el traficante ha tomado mucho terreno y también por el tema de la seguridad, porque, si hoy vos salís a robar, corrés peligro, tenés que ir a poner el pecho y vos sabés que está jodido hoy en día por la cantidad de policías que hay; y sí, es más fácil cuidar un kiosquito y te pagan buena plata.

Según él, esto explicaba en parte por qué tantes jóvenes habían optado por vincularse a este mercado ilegal realizando diferentes tareas: algunes cuidan búnker, otres venden drogas, otres fraccionan y arman bolsitas [de cocaína]. Me contó del caso de un joven que había empezado a participar del taller de capacitación en herrería que él coordinaba. Tattú lo estaba animando para que fabricara un carro para que saliera a cirujear, pero, de un día para el otro, el joven dejó de participar en el taller. Había comenzado a trabajar en un búnker en un barrio cercano. “El traficante vino y le ofreció cinco mil pesos por semana. Cuando yo fui a hablar con él, me dijo Y viste que es plata, y yo necesito’. Se me fue de las manos”, se lamentó Tattú.

En este contexto participar como soldadito pareciera redituable en diversos sentidos. El aval o el respaldo del narco no solo permite acceder a buenes abogades y obtener arreglos favorables con la policía o conseguir mejores condiciones de detención, en caso de ser detenide; también es un canal para proveerse de armas de fuego y drogas, entre otras cosas. Presenta ventajas económicas en relación con las opciones laborales. Resultaba al mismo tiempo menos riesgoso que salir a robar.

A pesar de las ventajas, solo algunes de les jóvenes de la tercera generación que conocí durante la investigación participaban del mercado de drogas ilegalizadas; aun en un momento en el que este rubro creció y se extendió significativamente y se consolidaron algunas características incipientes de la etapa previa. Entre elles, algunes jóvenes de los Payeros habían comenzado a vincularse con los Montero, hacia fines del año 2011. Brian contó acerca de su vínculo con los Montero: “Yo los conozco a todos ellos, nos daban de todo, armas, plata y droga”, relató en una de nuestras charlas en el taller. Le pregunté si le pedían algo a cambio. Contestó que sí: “Nos pedían que fuéramos a apretar alguna bronca de ellos, que le vayamos a tirar tiros”.

En este nuevo modelo, las lealtades y obligaciones sociales se producen de manera diferente a cuando median lazos de familia o amistad. Esta relación entre narcos y soldaditos no pareciera estar regida por la lógica del don tal como la describimos en la primera generación (Mauss, 2009), ni por las obligaciones propias del parentesco. Tampoco estamos ante una simple relación laboral entre jefes y empleades, en la cual unes venden su fuerza de trabajo, en cuanto vínculo impersonal.

Se trata más bien de un tipo de dominación sumamente personalizado, de una compleja relación de intercambio que crea determinadas obligaciones sociales y, en consecuencia, constriñe a los soldaditos a prestar lealtad a los narcos. Los narcos les proveen vestimenta, comida, drogas, armas, protección, dinero, el contacto de un “buen abogado”; a cambio, les piden algunos favores y les exigen tareas, como cuidar puntos de venta, o intimidar a algunas personas, a lo que no se pueden negar. Hay una coerción moral que da lugar a la posibilidad de pedir un favor que no se va a poder evitar cumplir, coerción moral que produce lealtades. [7]

El vínculo cercano con los Montero les permitió a los Payeros ser más poderosos que el resto, tener mejores armas y contar con cierta protección policial. Les ubicó así por encima de Los de la Capilla y los Topos. “Tenían banca de los del frente”, señalaron jóvenes de ambos grupos. Sin embargo, se trata de un poder sumamente frágil, que se puede perder muy fácilmente, porque precisamente depende de que se mantenga el vínculo con quien les coloca en ese lugar de poder. “Si estás con los narcos, sos intocable, pero también te la pueden dar [te pueden disparar] cuando quieran”, solían remarcar les mismos jóvenes. Reconocieron, en parte, los efectos productivos del rubro narco, pero también admitieron sus riesgos y peligros.

Eso parece haber sucedido con los Payeros. Si bien durante un tiempo fueron más poderoses que el resto, luego empezaron a tener problemas con los Montero y, como consecuencia, algunes fueron asesinades y varies terminaron detenides y encarcelades. Cuando volví a contactarles en el año 2014, representaban el grupo más diezmado. Diversos fueron los motivos que se señalaron como productores de la bronca entre los Payeros y los Montero. Algunes mencionaron que los Payeros solían mejicanear los búnkeres de los Montero. Otres, que los Montero habían intentado abrir un búnker en la entrada del barrio, frente a la casa de los Payeros, pero que ellos lo habían desbaratado y tuvieron que cerrarlo.

Les jóvenes del ambiente caracterizaron los problemas que tenían los Payeros con los Montero como “una bronca más grande” de la que tenían con Los de la Capilla y los Topos, con quienes estaban en una situación de mayor paridad. Los Montero, en cambio, tenían más poder, mejores armas y una aceitada vinculación con la policía; romper con elles les generó pérdida de poder y protección. Varios jóvenes de los Payeros fueron muertos por soldaditos de los Montero. Uno de esos muertos fue Mambí, tío de Érica, uno de les líderes de los Payeros. Tenía diecisiete años cuando lo mataron.

Mambí era el joven al que sus amigues le habían realizado el mural con el que Brian se había sacado una foto “para la tapa del libro. Este era distinto a otros que había visto en el barrio; en una pared sin blanquear, estaba escrito con aerosol el nombre del joven muerto acompañado por la frase “Yo no miento, solo engaño, tomo, fumo y meto caño”.[8] También estaban los nombres de otres dos amigues fallecides.

Brian contó que esa frase la había escrito su amigo estando preso en el IRAR. Le pregunté qué significaba, y contestó de inmediato: “Que no vende a sus compañeros, que va de frente. A él lo mataron mal, porque lo entregaron y le pegaron por atrás, sin respetar reglas, ni códigos”, agregó. Ese homenaje tras su muerte deja traslucir una imagen de Mambí, destacando aspectos heroicos, iba de frente, un joven que no se achicaba aun frente a los poderosos narcos, lo que de algún modo selló su suerte. Además, se resaltaba su lealtad, no traicionaba a sus amigues. Dos cuestiones valoradas positivamente en el ambiente.

Algunas personas contaron que Mambí había ido a comprar drogas a El Obús y unes amigues, que en ese momento pateaban con los Montero, le habían disparado por la espalda; otras, en cambio, mencionaron que estes amigues lo habían engañado, convocándolo para venderle una supuesta moto y, mientras Mambí estaba desprevenido, le habían disparado por detrás. Al preguntarle a Brian por la muerte de su amigo, remarcó ambos aspectos:

Los pibes que lo mataron lo traicionaron, porque estaba todo bien con ellos y le pegaron por la espalda. Era sabido que le iban a pegar porque él iba de frente, no tenía miedo, él era un pibe que no temblaba con nadie, iba de frente con todos, y por eso era sabido que le iban a pegar y que le iban a pegar de atrás, nadie se iba animar a pegarle de frente a Mambí, hacía el trabajo para muchos, mató a una banda [a muchas personas], le pagaban, pero él iba y robaba todos los kioscos y nadie lo paraba, porque él era tiratiros y no quería ser bunquero, no quería cuidar un kiosco. Los narcos agarraron a un amigo de él, le pagaron para que lo matara y le dio un tiro por la espalda.

En el relato de Brian, al igual que en el mural a modo de homenaje, se realzan las actitudes de coraje, de no achicarse de Mambí; y, al mismo tiempo, se iluminan las valoraciones en relación con las jerarquías ligadas al mercado de drogas ilegalizadas. Mambí no quería ser bunquero, no quería cuidar un kiosco, que era uno de los puestos peor pagos y menos redituables en término de prestigio y de menor poder.

Caló también contó sobre lo sucedido con Mambí, resaltando las mismas dimensiones de su figura y detallando formas novedosas en los usos de la violencia en este período:

Caló: Lo mandó a matar Abel, es muy inteligente, cuando ve que alguien le puede estar disputando algo, lo manda a matar, eso pasó con Mambí. En un momento le tuvo miedo, porque Mambí no tenía problemas de entrar en El Obús y andar a los tiros en el barrio de El Abel, eso no le gustó y lo asustó, no lo podía permitir. Mambí iba por el barrio caminando con dos armas como si nada, había empezado a ponerse molesto, no tenía miedo. Entonces, le dijeron a otro pibe que quiso agarrar vuelo que lo mate, y lo mató. Y ahí tenés, empezaron a pagarle a guachos y ya no se ensucian más las manos, por diez lucas le matan a quien ellos quieran. Ponele te pagan a vos para matar, y, cuando vos ya empezaste a matar y a agarrar respeto, te tienen que hacer matar a vos, si no, vos vas a mandar más. No lo pueden controlar más y lo tienen que matar.

Según los relatos que circulan en el ambiente, cuando los Montero estaban construyendo su poder, se ocupaban de manera personal de las muertes; en cambio, con el paso del tiempo, con ese poder ya más consolidado, mandaban a otras personas a realizar esas tareas; como sucedió con Mambí. Esta forma de desplegar la violencia a través de otras personas resulta relativamente novedosa en relación con las generaciones anteriores. En ellas, en algunas ocasiones, las personas del ambiente también tercerizaron el uso de la violencia como forma de amedrentamiento, y, a su vez, en la tercera generación, en algunas situaciones las personas se siguen ocupando personalmente de estas tareas. Sin embargo, en este momento suelen predominar el mandar a otres a amenazar, apretar o matar.

El poder construido y consolidado por los Montero resulta igual de frágil. Todo el tiempo deben demostrar que gobiernan su territorio y no pueden permitir que alguien les dispute ese lugar, deben demostrar valentía y coraje, porque corren el riesgo permanente de perderlo. Mambí, de algún modo, logró disputarles su poder, y no podían permitirlo.

El relato heroico de Caló alrededor de Mambí es similar al de la figura de su compañero el Pelado Ruiz. Y, a su vez, estos relatos sobre Mambí se multiplicaban entre les jóvenes del ambiente; su fama trasciende su propia muerte. “Yo no lo conocí, pero lo sentí nombrar, era muy nombrado acá en el barrio, y hasta el día de hoy es muy respetado, era un pibe con códigos viejos, se hacía respetar”, decía un joven de los Topos.

En cambio, no sucedió lo mismo con les jóvenes que le habían disparado; es decir, en este caso, matar a un “gran guerrero”, parafraseando a Maurice Godelier (1986), no les había permitido subir en la escala de prestigio. Pesaba más la traición como disvalor, el matar por la espalda y el haberlo hecho “con la banca de los narcos”, todos aspectos que poco colaboran en la demostración del coraje y la valentía. Un joven de Los de la Capilla contó que quienes agredieron a Mambí eran sus amigues; vivían en El Obús, pero paraban con los Payeros en La Retirada, y lo traicionaron a pedido de los Montero.

Mambí ya estaba arriba, ya estaba bien parado, lo conocía todo el mundo, los otros no le llegaban ni a los talones, se cansaban de armar bolsas [de cocaína] ellos; y el pibe andaba robando, el pibe era chorro, y robaba bien, y los otros eran piernas de los traficantes. El loco, si tenía que ir y robarle, iba y le robaba. Los que lo traicionaron eran pibes que trabajaban para los Montero, eran soldados.

Otres jóvenes pertenecientes al grupo de Los de la Capilla caracterizaron al mismo Mambí como un “soldadito de los de enfrente”. Afirmaron que gracias a eso Mambí tenía buenas armas de fuego, “Los Montero le daban todo, pero un día le empezó a traer problemas, los ponía en riesgo y lo mandaron a matar”, recordaron. “Lo usaron como un perro y después lo mataron, son mafia”, se lamentaron. Estas formas de construir lealtades y obligaciones sociales entre narcos y soldaditos traen consigo riesgos y peligros.

A diferencia del esquema en el que existen familias y estrechas relaciones de amistad, los soldaditos participan en este mercado ilegal de manera subordinada, sin lazos de parentesco o amistad, son solo “empleados” descartables. Las lealtades y obligaciones se compran y venden, y ser solo un individuo en esta densa trama de relaciones sociales acarrea severas dificultades. Podemos ubicar, entonces, dos polos: por un lado, los riesgos y las limitaciones derivados de la imposibilidad de individualidad, que, tal como vimos, es lo que le pasa a Érica; y, al mismo tiempo, los peligros y las dificultades de ser solo un individuo, no tener una familia, ni ser parte de una red, como el caso del soldadito. Entre Érica y el soldadito, se pueden identificar diferentes dificultades, peligros y riesgos de ser solo un individuo o ser parte de una familia o clan en este espacio social.

Ahora bien, las actividades vinculadas al rubro narco consolidadas en este tercer momento ¿son valoradas positivamente por quienes participan en el ambiente? ¿La venta de drogas resulta una actividad más redituable? ¿En qué términos? ¿Funcionan como fuentes atractivas de ingresos, poder, reconocimiento y prestigio para les jóvenes que participan del ambiente en este momento? ¿Qué pasa con otras opciones, como el trabajo legal –formal e informal–? ¿Compiten con las formas de criminalidad más tradicionales, como el robo? O, dicho de otro modo, ¿es cierto que ya no quedan ladrones porque todes les pibes quieren ser narcos?

Valoraciones de las actividades ligadas al mercado de drogas ilegalizadas. Se les dobló el caño, perdieron el honor

Las alternativas de ingresos vinculadas al ambiente resultan atractivas o redituables en relación con las características de las opciones laborales legales –formales e informales– disponibles o posibles para les jóvenes de sectores populares. En el mercado de trabajo legal, el tipo de empleo al que acceden, en general, es el más precario, de menos ingresos y en donde abundan las relaciones informales (Benassi, 2017). Si bien estes jóvenes comenzaron a participar en el ambiente en un contexto de reactivación económica y de recuperación del empleo, en general (Kessler, 2013) –y con muchas dificultades– obtienen puestos en las tareas menos calificadas, en el área de servicios, especialmente los vinculados al rubro gastronómico –en sus escasas y fluctuantes experiencias laborales, se desempeñaron como bacheres [lavacopas], repositores, mozes, cocineres, ayudantes de cocina, repartidores– o en la industria de la construcción –como ayudantes de albañil, o en tareas de pintura o herrería–. Algunes aspiraban a un empleo en el puerto porque significaba un trabajo más estable y mejor remunerado.

Los Topos caracterizaron sus experiencias laborales como humillantes y de explotación, más que como fuente de prestigio y validación: “Te tienen de esclavo”, se quejaron una y otra vez. “Nosotros estamos en la esquina porque queremos”, dijeron les más jóvenes del grupo, cuando les pregunté si trabajaban. Uno de elles agregó:

También por ahí no te quieren pagar lo que es la realidad del laburo, eso pasa mucho, que te quieren pagar monedas y laburás mucho, no te quieren pagar como corresponde. A mí también me pasó, yo iba a laburar por ciento cincuenta pesos, te agarraban como un esclavo; y, si tenés familia, tenés que agachar la cabeza, pero por ahí te llega el momento que explotás.

Estos relatos fueron frecuentes entre les jóvenes de la tercera generación. Las opciones laborales legales disponibles o posibles resultan poco atractivas, mal remuneradas, muchas veces aburridas y denigrantes. “No te dan trabajo o, si te dan, te tratan como si fueras un esclavo”, se quejaron con frecuencia les jóvenes en nuestras conversaciones. Sin embargo, la mayoría de elles alternaba entre distintos trabajos (legales, formales e informales) y el cartel de trabajador seguía siendo productivo en términos de prestigio social –en cuanto forma legítima de obtener ingresos o ascenso social– en determinados contextos y situaciones.

La trayectoria laboral de Huguito, un joven que se junta con Los de la Capilla, da cuenta de estas cuestiones. Él empezó a trabajar a los catorce años de edad en una distribuidora de Brahma.[9] Conocía al dueño porque lo llevaba a jugar a la pelota. “Un día le dije Mirá, Gerardo, yo quiero trabajar con vos. ¿Sí? Pero ¿vos te la aguantas?, me dijo. ¡Sí!, le contesté, y ahí empecé a trabajar”, recordó el joven. Su tarea consistía en repartir a pie cajas de gaseosas y cervezas en los negocios de la zona. En ese lugar trabajó durante cuatro años, siempre estuvo en negro.[10] Vos te cortás, te pasa algo, no hay nada, seguro de nada”, se lamentaba Huguito. Cuando le pregunté si le había gustado, primero me contestó que sí: “…porque es una cosa que yo sé hacer, como un albañil, bueno, yo sé eso, si yo voy a laburar de eso en otro lado ya sé”. Pero luego se quejó de las condiciones de trabajo:

Huguito: Me pagaba mal. Mirá, yo me acuerdo que me pagaba diez pesos nomás y vos ibas a la mañana hasta las doce y a la tarde te podías quedar hasta las nueve, me daba diez pesos y después subió diez pesos a la tarde y diez pesos a la mañana, tampoco nada. Y bueno, con eso siguió una banda [mucho], siguió, siguió, hasta que le subió cinco pesos nomás. Mirá que rata que es, con la plata que tiene… Iba a la casa, ¿viste? El hombre me invitaba a comer, todo, unos tocos así de plata tenían [señala con las manos la cantidad], y hacía gracias a nosotros más de cinco mil pesos por día decía… Y bueno, y después subió treinta pesos, quince a la tarde, quince a la mañana así, y después yo no fui nunca más. Me cansé, me tenían como un esclavo.

Este tipo de experiencias en poco colaboraban a ennoblecer la propia imagen en la escala social de prestigio, tal como advierte Claudia Fonseca (2000). Sin embargo, no solo las malas condiciones de trabajo hicieron que Huguito decidiera dejar ese empleo; contó, además, que dejó de realizarlo cuando empezó a “tener problemas” con los Payeros y ya no podía circular sin riesgos por distintas zonas del barrio.

Tiempo después de esta charla, encontré a Huguito caminando en La Retirada con una bolsa de plástico grande, repleta de ropa y perfumes. Estaba vendiendo esas cosas en el barrio. “Me las traen las mecheras[11] y yo se las vendo, ¿viste que te dije que a mí me gusta vender, que yo eso sé hacer?”, explicó. Sin embargo, hay una mercancía que nunca quiso vender. Durante ese tiempo Huguito no participó del mercado de drogas ilegalizadas. “Los narcos pudren el barrio”, sentenció cuando le pregunté por qué no vendía.

José, también perteneciente al grupo de Los de la Capilla, contó que le habían ofrecido ser transero, pero que no había aceptado porque no le gustaba esa actividad: “A mí no me gusta, tenés que estar vendiendo, prefiero robar antes que ser transero, le sacás plata a los pobres, nada que ver, te quieren dar cuatrocientos pesos por día, una pistola, merca y faso, ni ahí”. A pesar de que la vinculación en el mercado de drogas ilegalizadas era valorada como una actividad redituable o productiva y deseada por algunes jóvenes de la tercera generación, continuaba siendo fuertemente cuestionada y desaprobada en el barrio y en el ambiente. Convivían –de manera contradictoria y conflictiva– diversas valoraciones y evaluaciones morales sobre estas prácticas. Al mismo tiempo que aparecían valoradas positivamente, persistía fuertemente el rechazo por parte de personas adultas del barrio, y también por les propies jóvenes. La valoración negativa incluía, especialmente, a la venta de drogas en el barrio.

Los hermanos Mansilla, el Viejo y Cristo, solían parar en la esquina junto a otres jóvenes de los Topos, a metros de su casa, donde vivían con su mamá y sus hermanas. El Viejo era muy conversador, gracioso, carismático, y tenía un fuerte liderazgo en el grupo; Cristo, en cambio, era muy tímido, hablaba muy poco y también era muy querido entre sus amigos. Vivieron en La Retirada desde que nacieron, su familia había llegado al barrio en la época de los traslados forzosos durante la última dictadura cívico-militar. Ambos fueron a la escuela primaria en el barrio y abandonaron la escuela secundaria. Tenían dos hermanos varones mayores que estaban presos. Uno de ellos había estado ligado a los Montero.

El Viejo y Cristo pasaban muchas horas en la esquina junto a sus amigos, que solo abandonaban para ir a jugar al fútbol. El Viejo, con veintidós años de edad, solía alardear con que nunca había trabajado; sin embargo, en una oportunidad nos contó cómo junto a unos amigos había armado –y desarmado– escenarios para espectáculos a cambio de dinero, trabajo que le gustaba porque le permitía ir a recitales sin tener que pagar entradas. A veces, salía a robar fuera del barrio o andaba a los tiros contra los Payeros, actividad esta última que se acentuó luego de la muerte de su amigo Jacinto. Hasta ese momento, Cristo no participaba de esas actividades, ni de robar, ni de andar a los tiros, era tranquilo y no tenía broncas con nadie, solo compartía la esquina.

A fines del año 2014, entre Navidad y Año Nuevo, mataron al Viejo. Me enteré de su muerte en el barrio, cuando fui a saludar por las fiestas una tarde de diciembre de ese mismo año. No había leído ninguna noticia de lo sucedido en el diario. Lo asesinaron en un barrio cercano a La Retirada, en el cual vive uno de sus hermanos. Según nos dijeron sus amigues, el Viejo no tenía una bronca previa con les jóvenes que le dispararon. Había ido a la tarde a ese barrio, junto a su hermano Cristo, y discutieron con otres jóvenes de ahí, los motivos no parecen claros, y terminaron a los tiros.

Pocos días después de la muerte del Viejo, sus amigos de los Topos juntaron dinero, blanquearon nuevamente la pared donde decía “Jacinto Siempre Presente y pusieron los nombres de sus amigos muertos con la siguiente frase: “El dolor de haber perdido a dos grandes amigos no nos hará olvidar los buenos momentos que hemos compartido. Jacinto y El Viejo Presentes”. Después de esta muerte, los Topos dejaron de juntarse en la esquina habitual y empezaron a parar en frente, en la vereda de la vivienda de otro de los jóvenes. El grupo se redujo, algunes contaron que se dividió. Varios jóvenes se alejaron y otros tomaron otros rumbos. Algunos se mudaron de barrio.

La muerte del Viejo impactó fuertemente en la biografía de Cristo. Poco tiempo después, recuperó la libertad uno de sus hermanos que estaba preso. Meses después, según contaron, Cristo había empezado a vender cocaína y marihuana en su casa y su mamá y sus hermanos se habían mudado del barrio. Les jóvenes de los Topos, amigues de Cristo, dejaron de frecuentar su casa: “Ahora solo vamos para comprar faso, relataron.

A mediados del año 2015, volvimos a contactarnos con Cristo. Había cambiado mucho, parecía otra persona, ya no era el tímido joven que habíamos conocido, hablaba sin parar, de manera acelerada y se lo notaba irascible. Tenía broncas con varios grupos de jóvenes del barrio, inclusive con quienes antes eran sus amigues. Estaba todo el día enfierrado [portando un arma de fuego] y había participado en varios tiroteos contra otros grupos de jóvenes del barrio. Meses después, Cristo resultó herido en uno de esos tiroteos y, luego de estar unas semanas internado, falleció.

En uno de esos encuentros previos a su muerte, Cristo nos presentó a Hernán, su hermano mayor que había salido de prisión. Cristo ya no tenía la tranquilidad que lo caracterizaba, estaba muy alterado. Contó que ya no paraba en la esquina. “Tengo que estar siempre adentro de mi casa, ahora no puedo estar ni en la vereda, porque tengo broncas con todos los grupos del barrio”, se lamentó. Mostró la pared de su casa llena de agujeros por las balas recibidas y contó que esa semana se había tiroteado con dos jóvenes que antes eran amigos. “Mirá cómo tengo que andar”, dijo, mientras se levantaba la remera y mostraba una pistola que tenía en la cintura.

Tiempo después volvimos con Natalia al barrio de visita y me encontré con otros jóvenes de los Topos, tampoco paraban ya en la esquina donde solían hacerlo. Esa tarde los vimos reunidos en una esquina cercana y nos acercamos a saludarlos. Entre ellos estaba Robert, quien solo compartía la esquina con los Topos y con Los de la Capilla, pero que no participaba ni de robos ni de los tiros; solía hacer trabajos de pintura, pero estaba desempleado en ese momento. Robert estaba con un faso en una de sus manos y se lo pasó a uno de les jóvenes que no conocíamos. El joven, con timidez, declinó el convite. Robert se rio y dijo: Está todo bien, nos conocen”. Entonces, el joven aceptó el faso y se puso a fumar delante de nosotras. En numerosas ocasiones les jóvenes fumaron marihuana a nuestra vista; sin embargo, nunca consumieron cocaína en nuestra presencia, a pesar de que muches de elles lo hacían. Lo que permite identificar la existencia de valoraciones diferenciales con relación al consumo de determinadas sustancias, ligada a una mayor aceptación social del consumo de algunas de ellas, frente al rechazo de otras –como la cocaína–, lo que lo vuelve aún más clandestinizado; es decir, lo torna una práctica más bien privada, en cuanto no suele realizarse en público, frente a otras personas que no consumen.

Robert se mudó de La Retirada tiempo después de la muerte del Viejo, pero siempre vuelve al barrio porque sus amigues viven ahí. Le pregunté por el resto de los jóvenes de los Topos e inmediatamente dijo si sabía que el Viejo había fallecido. Le contesté que sí, que había visto a los pibes después de lo que pasó. Robert contó que ya no era lo mismo, que algunes “habían perdido el honor y que ya no se juntaban todos como antes. Cuando le pregunté por qué habían perdido el honor, respondió: “Porque agarraron otro camino”, dando a entender que estaban vendiendo drogas. “Se les dobló el caño [arma de fuego], dejaron de ser choros [ladrones] para ser narcos”, sentenció. El resto de les jóvenes que estaban con él en ese momento asintieron.

El rechazo de la actividad surgió claramente en las transformaciones que se produjeron en los Topos, luego de la muerte del Viejo y, especialmente, cuando Cristo empezó a vender drogas con su hermano Hernán, en su casa. Los Topos dejaron de juntarse en esa esquina –solo iban a comprar marihuana o cocaína a su amigo–; además, se distanciaron y se diferenciaron de Cristo. Según sus amigos, había perdido el honor, el buen nombre, porque realizaba una actividad mal vista, y eso generaba desprestigio y vergüenza. Pero, también, porque existían riesgos y peligros, podían resultar herides como consecuencia de los problemas de Cristo o de permanecer con él en la esquina.

Participación subordinada de les jóvenes en el mercado de drogas ilegalizadas. Quieren ser narcos y terminan siendo piernas de otros

El rechazo a las actividades ligadas al mercado de drogas ilegalizadas se evidencia también en las bromas y peleas en las cuales les jóvenes utilizaban los términos traficante, transero, bunquero o soldadito como insultos, iluminando aún más ese universo de sentido, de algún modo compartido.

En el año 2011, estábamos en un taller de capacitación en la huerta de Montoya con jóvenes pertenecientes al grupo de Los de la Capilla. En un recreo de la actividad, nos quedamos un rato en la vereda y pasó un joven en una moto, con una joven. Uno de les jóvenes del taller les gritó: “¡Eh, transero!”, y todes rieron. El joven que iba en la motocicleta se dio vuelta para mirar y gritó “¡Eh! ¡Gil, ¿qué te pasa?!”, y se fue. Al rato el joven volvió en la misma moto, pero ahora solo, se bajó y buscó a uno de les jóvenes del taller, lo increpó y le pidió explicaciones de por qué le había gritado transero. Tuvo que intervenir don Rodrigo: “¿Qué pasa acá? No vengas a buscar bronca a los pibes”. Siguieron discutiendo un poco más hasta que el joven se volvió a subir a su moto y se fue.

Años después estaba en la esquina donde se juntaban Los de la Capilla, con Robert, Rodri, Fernando y Nancy. Les pregunté si estaban trabajando. Nancy respondió que no. Fernando había entrado a trabajar de cocinero en un bar en el centro. Rodri, por su parte, había dejado su empleo de repositor en un supermercado de la zona meses atrás. “¿Y vos, Robert?”, le dije. Nancy me interrumpió y contestó por él: “Robert atiende búnker ahora, es bunquero”. Todes empezaron a reírse, menos Robert, que no se mostró muy contento con la broma. “Mirá vos, y yo que pensaba que el que robaba no vendía”, mencioné para intentar distender, y todes se siguieron riendo, ahora sí Robert incluido. “Es mentira, Euge. Qué pavadas dicen ustedes”, agregó Robert, y amagó con pegarle a Rodri, que se seguía riendo. Rodri esquivó el manotazo, le pidió que no se enojara y prosiguió la charla.

Rodri: Euge, el transero es transero, el choro es choro.

Robert: Pero a veces al choro se le da vuelta el caño, porque de choro muchos se pasan a transero, bah, a soldado, a atender un búnker, quieren ser narcos y terminan siendo piernas de otros.

Rodri: Sí, es verdad, a veces te quedás sorprendido que el que andaba robando anda vendiendo, para nosotros está mal eso.

Robert: Es más fácil, pero la ficha de transero yo no la pienso tener.

Eugenia: ¿Para ustedes es mejor ser choro que ser transero?

Robert: O un gil laburante.

E: ¿Y por qué está mal?
Robert: Porque nosotros estamos en ese vicio y a nosotros nos está arruinando, y nosotros vendiendo esa porquería arruinamos gente también.

Los puestos que están en la cima de la escala social de prestigio al interior del rubro narco –que permite tener poder, respaldo, mayores ganancias– no son accesibles para todes les jóvenes del ambiente. Robert mencionó al pasar: “Quieren ser narcos, pero terminan siendo soldados o piernas de otros. En varias oportunidades algunes jóvenes de la tercera generación caracterizaron la participación en este mercado más bien como una experiencia de humillación y explotación, muy cercanas a las que se dan en el mercado de trabajo legal –formal e informal– (Cozzi, 2021a).

Estas (nuevas) opciones disponibles o posibles aparecen como sumamente humillantes, peligrosas y más bien como fuentes de privación de estatus y experiencias de explotación. Una serie de estudios se han ocupado de la participación de jóvenes de sectores populares en mercados ilegales y, en especial, en el mercado de drogas ilegalizadas. Entre ellos se pueden mencionar los de Ana Paula Galdeano y Ronaldo Almeida (2018), Marcus Day (2014), Pedro de Oliveira (2008), Carlos Zamudio (2013), Phillipe Bourgois (2003), Vincenzo Ruggiero (2005) y Damián Zaitch (2008). En estos trabajos se señala que las alternativas vinculadas a la comercialización de drogas ilegales, atractivas, redituables no solo en términos económicos, sino también de prestigio, no resultan disponibles de manera igualitaria, por lo que la participación de les jóvenes suele ser subordinada y resultar más bien una experiencia de humillación y explotación, muy cercanas a las del mercado laboral.

Existen serias dificultades para lograr una autoimagen deseable, atractiva y con reconocimiento social a partir de las instituciones convencionales, especialmente el trabajo, pero también a partir de algunas actividades delictivas, como la venta de drogas. Esos materiales para construirse un nombre, una buena reputación que les permita contar con prestigio social se encuentran difícilmente accesibles o resultan poco atractivos, siendo las más de las veces experiencias de humillación, sometimiento y explotación. Al mismo tiempo, otras actividades accesibles y posibles funcionan como mecanismos grupales, creativos y significativos para la construcción de reconocimiento y respeto de quienes se encuentran excluides. Entre ellas, participar en las broncas y en los robos.

El robo, una de las tradicionales formas de hacerse cartel en el ambiente, no había perdido sus encantos. Jóvenes de la tercera generación describían detalladamente los robos que habían cometido y, a diferencia de la participación en los eslabones más débiles de la cadena del mercado de drogas ilegalizadas, esos relatos estaban cargados de adrenalina y excitación. Un día estábamos conversando con Brian de los Payeros sobre las broncas y el cartel de tiratiros en el ambiente:

Eugenia: ¿Y de qué otra forma pensás que podrías tener cartel? Qué se yo, ¿laburar te da cartel o no?
Brian: No, yo creo que no.
E: ¿Laburar para los narcos te da cartel?
B: Capaz que, si vendés drogas, sí, no sé.
E: ¿Pero tiene más cartel un choro o uno que trabaja para un narco?
B: Y un choro tiene más cartel porque el choro va y arriesga su vida, no su vida, sino la vida de una banda [mucha] de gente, porque va armado y va a todo ¿me entendés? Y un narco ponele está sentado en una casa mirando la tele [televisión] y tiene la plata fácil. Más cartel el que va y la busca, el que va a riesgo. Un narco está en su casa y tiene gente, ponele los soldaditos afuera que están armados y él puede estar mirando tele, tranquilo. O está con su familia cenando. Ponele un narco arregla con la policía, un choro no, un choro tiene bronca con la policía. Un narco vive más tranquilo que un choro, digamos.
E: ¿Y ser soldadito no te da cartel?
B: Yo digo que la verdad no. Te da cartel, pero te matan. O siempre hay uno que te mata, o te mata el mismo narco capaz. Porque capaz vos no le servís más y te manda a matar.

Brian no se definía como soldadito y negaba haberlo sido de los Montero, a pesar del vínculo que los unió, al menos por un tiempo; de hecho, bromeaba de manera despectiva sobre jóvenes del ambiente que se vinculaban de ese modo. Alardeaba, en cambio, con ser tiratiros y ladrón, actividades que sí dan prestigio. Entonces, se puede haber sido soldadito, pero no es algo de lo que se presume, porque se sabe que de algún modo eso desprestigia, el relato del coraje y el valor está con los choros.

Contó también, entre risas y muy orgulloso, que una vez con el Serpiente le fueron a tirar tiros al Flaco Montero, el hijo del Viejo Abel. Estaban sentados en la esquina –por ese entonces ya lo habían matado a Mambí–, y pasó el Flaco Montero en su auto de alta gama. Según Brian, el Flaco se les reía, y, entonces, el Serpiente sacó un arma de fuego y empezó a dispararle, y Brian hizo lo mismo. El Flaco tuvo que irse rápidamente. “No sabés cómo aceleró”, exclamó entre risas. Al rato vino el vuelto; según Brian, los Montero les tiraron con una ametralladora con silenciador; “Es peor porque no sentís el ruido de las balas”, recordó. Contó que se tiraron al piso y las balas les pasaban por todos lados.

En otra charla con Brian, en la que también participaron Pedro y Federico –de los Piolas, otro grupo de la tercera generación, con vínculos de amistad con los Payeros– en el taller que organizaba Tattú, surgieron algunas de estas cuestiones. Con Pedro y Federico, estábamos sentadas en la parte de adelante del galpón, tomando mates e intentando realizar una entrevista con el grabador encendido. En un momento, llegó Brian, tomó asiento y comenzó a molestar y a interrumpir la conversación. En el fondo estaba Tattú trabajando.

Eugenia: ¿Y alguna vez robaron algo grande?

Pedro: Yo lo más grande que robé fue a los búnkeres, en un búnker en otro lado.

E: ¿Qué robaste?

P: Droga, plata.

Federico: Fierros.

P: Yo eso lo hacía con mi vieja [mamá], porque mi vieja se ofrecía para vender droga, yo iba y como que nos autorrobábamos, yo le sacaba todo, mi vieja laburaba para el búnker. Ponele vos le decís al traficante “Quiero vender droga y después mi vieja me decía “El búnker queda en tal lado y yo iba y le sacaba todas las cosas, me las llevaba.

E: ¿Y nunca te sacaron a los tiros?

P: no.

E: ¿Y la droga la robabas para consumir o para vender?

P: Alguna vendía, alguna me tomaba [se ríe], me tomaba más de lo que vendía.

E: ¿Y ese era el búnker de tu barrio o de otros barrios?

P: De otros barrios, ahí atendía él, ¿o no, Fede? Mirá, el primer búnker que robé quedaba por Bulevar Segui y Avellaneda.

E: ¿Pero los búnkeres no están muy custodiados?

P: Algunos sí, algunos no.

F: Si vas con un par de pibes, los encañonás a los guachos [jóvenes] y le sacás los fierros, si no son nada.

E: ¿Y nunca les ofrecieron trabajar en un búnker?

P: No, porque a mí no me gustaba.

Brian: ¡Qué no! Eran re [muy] transeros estos [todos se ríen]. Yo les iba a comprar, “Tengo quince, pero dame veinte, y estos me decían “No, no, no, traeme los cinco que faltan, iba una vuelta y le quería quedar debiendo veinte centavos, tampoco, eran re [muy] ortivas, no te daban nada [todos se ríen].

P: Qué rata que es este, qué bolacero [exagerado].

E: Pero ¿por qué no está bueno laburar en un búnker, si tenés plata segura?

P: Sí, plata tenés.

B: ¿O no, Tattú, que estos manejaban un búnker, este de adentro y este de afuera, o no?

Tattú: Dejalos que le hagan la entrevista, ya tuviste la tuya vos, dejalos tranquilos y vení a laburar.

B: Me quedo escuchando nomás.

E: Si trabajás en búnker, ¿tenés plata segura?

P: Sí, por día capaz te hacés setecientos pesos, mi vieja cuando iba siempre tenía una banda de [mucha] plata, se hacía la que vendía un día o dos y después yo iba y sacaba todo.

E: ¿Entonces está bueno o no?

P: No, no es lindo, ser soldado no es lindo. Ser choro es lindo.

E: ¿Qué diferencias hay entre choros y transeros?

P: Al choro le tiene bronca el transero y al transero le tiene bronca el choro.

E: Pero ¿qué está más bueno, ser choro o transero?

P: Choro, porque trabajás para vos, no para otro.

B: Sos respetado si sos choro, si sos narco tenés problemas con todos.

E: Tenés fierro, tenés plata.

P: Pero, cuando caés preso y la pasás mal, caés preso y te violan si sos narco.

B: Como este, que tiene la cola hecha pelota.

P: Cayó en el IRAR y lo hicieron toser [lo abusaron].

F: No me violaron a mí.

Discuten entre ellos y lo echan a Brian para seguir con la entrevista.

E: Yo quiero entender la diferencia entre trabajo legal, como cortar el césped, y el trabajo ilegal, como chorear o estar en búnker.

P: Y si tenés un trabajo legal estás cuatro, cinco horas. En cambio, si salís a chorear, capaz en veinte minutos te hacés una banda de [mucha] plata.

E: ¿Y si sos soldado?

P: Ganás más plata, pero nadie te respeta, porque, por ser soldado, agarrás bronca con todos.

Las mejicaneadas, es decir, robar dinero, drogas o fierros a los narcos, era una de las actividades relatadas por les jóvenes con mayor emoción y placer. Al igual que Caló y Tattú, jóvenes de los Payeros mencionaron con cierto orgullo cómo habían desvalijado el búnker que habían intentado colocar los Montero enfrente de su casa. De manera similar, Pedro relataba los robos que hacía con su mamá en los puntos de venta donde ella trabajaba. Acciones que pueden interpretarse como formas de subvertir el orden desafiando o confrontando a aquelles que se encuentran en una jerarquía superior o por encima en las posiciones de poder. Además de ser fuente de prestigio, porque se revelan como una oportunidad para demostrar coraje y valentía.

En los eslabones más bajos, la subordinación es mayor, y el vínculo entre narcos y soldaditos puede pensarse más bien como una relación entre jefes y empleados en un contexto de trabajo –aunque más personalizado–, experiencia cercana al mundo del empleo legal, que en nada colabora para ennoblecer la propia imagen. En cambio, el robo, tradicional cartel del ambiente, sigue siendo preferido entre les jóvenes, aun de la tercera generación, frente al del soldadito, en cuanto actividad autónoma, sin patrón, sin subordinación.

En un sentido semejante, Claudia Fonseca (2000) destaca que, entre les moradores de barrios populares en el sur de Brasil, ser asalariado equivale a trabajar duro, ser mandado por un jefe, frecuentemente más joven y menos experimentado, casi siempre perteneciente a una clase social superior, y significa vivir de entre ocho y diez horas por día en la evocación constante de su inferioridad, lo que en nada contribuye a enaltecer la propia imagen. Advierte la autora que les moradores son perfectamente conscientes de que pueden aspirar solamente a esos trabajos manuales más bajos, en la escala convencional de prestigio. Frente a esto, la respuesta colectiva es la de desprestigiar los empleos denigradores y valorizar cualquier trabajo sin patrón. Prefieren ser trabajadores autónomos: “…si es para ser esclavo, mejor ser esclavo en casa” (Fonseca, 2001: 20). Algunes jóvenes del ambiente, en similar sentido, por momentos rechazan tanto las posibilidades legales –formales e informales–, como las ilegales de trabajo, y valorizan el andar sin patrón.


  1. Les jóvenes también referían de este modo al hecho de quedarse durante varias horas, siempre en el mismo lugar, consumiendo bebidas o drogas, compartiendo algún cigarrillo, o solo pasando el rato.
  2. La copa de leche, al igual que los comedores comunicatorios, es una importante tradición barrial en Argentina, que consiste en brindarles de manera gratuita desayunos o meriendas a les niñes del barrio.
  3. Se trata de los operativos de saturación en distintos barrios de la ciudad, entre ellos La Retirada, realizados en el marco del desembarco de fuerzas de seguridad federales en la ciudad de Rosario en abril del año 2014.
  4. Francisco había trabajado con Montoya y Los de la Capilla en los talleres de capacitación que desarrollamos desde la Secretaría de Seguridad Comunitaria, durante los años 2010 y 2011. Yo le había contado del almuerzo y se quiso sumar.
  5. El piquete es una forma de protesta social. En este caso, los jóvenes venían de cortar la autopista para reclamarle al Estado la entrada de subsidios, convocados por una organización social con trabajo barrial en La Retirada.
  6. El juicio abreviado está previsto en la legislación procesal y es un acuerdo entre una persona imputada por un delito, su defensa y la fiscalía mediante el cual la persona asume la autoría por el hecho a cambio de que se le imponga una pena menor. De este modo, se evita la realización del juicio oral y se pone fin al proceso penal.
  7. Este tipo de dominación se asemeja a la figura del patrón bondadoso y protector que analiza Lygia Sigaud (1996) en el mundo de los ingenios en Pernambuco (Brasil). El patrón conoce a sus empleades, les ayuda frente a determinadas necesidades, realiza presentes y atenciones y brinda servicios que no siempre pueden ser retribuidos; de este modo, coloca a les trabajadores en un lugar de deuda, por lo que quedan obligades con el patrón, y, por lo tanto, se empeñan en demostrar su gratitud y en ser leales. El patrón se torna así en acreedor en relación con obligaciones morales, y esa deuda moral resulta garantía de lealtad de les trabajadores. La obligación y la coacción moral son capaces de producir lealtad o colaborar en la producción de la lealtad.
  8. La frase es muy parecida a parte de la letra de la canción El pibe tuerca, de la banda de cumbia Pibes Chorros.
    Yo no miento, yo no engaño, fumo tomo y meto caño / Tomando mucho vino y aburrido / buscando algún autito que cortar / está todos los días el pibe tuerca en la esquina fumando y / esperando su momento para actuar. // No importa si hay que desarmar un chivo / no importa / si hay que desarmar un Ford / el pibe tuerca corta y te desarma cualquier fierro / en su desarmadero el tuerca vende lo mejor. // Yo no miento, yo no engaño, fumo tomo y meto caño.
  9. Una distribuidora de gaseosas y cervezas ubicada cerca del barrio.
  10. Trabajo en negro es la forma popularmente conocida para referirse a empleos informales, no registrados, y, por lo tanto, sin cobertura de salud, ni aportes jubilatorios.
  11. Con mecheras se refiere a mujeres –a veces también lo hacen algunos varones– que roban ropa, calzado y demás objetos en los negocios del centro de la ciudad y después los revenden en el barrio.


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