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5 El otro lado del ambiente

Periodistas y policías

La policía y las fuerzas de seguridad no son los únicos actores sociales que integran la densa trama de relaciones que constituye el ambiente, hay otros que también operan e inciden en su configuración, aunque de formas diferentes. Me refiero a abogades, integrantes de otras burocracias penales –tanto de la administración de justicia penal, como del servicio penitenciario–, autoridades políticas, periodistas, entre otres. Especialmente les policías y periodistas –y medios de comunicación–, con sus prácticas y valoraciones, colaboran en la producción, consolidación, difusión o amplificación de reputación, fama, prestigio y poder en el interior del ambiente, así como moldean las experiencias de las personas que participan en él.

Producción, consolidación o difusión de la fama en el ambiente. Periodistas de policiales

A mediados del año 2017, dos periodistas de renombre de policiales de la ciudad de Rosario publicaron un libro de investigación periodística que contó con la difusión de los principales medios de comunicación –locales y nacionales– y rápidamente alcanzó récord de ventas. En el libro reconstruían, especialmente a través del análisis de expedientes judiciales, la historia de los Montero y les ubicaban como una de las bandas ligadas al rubro narco más importante de la región, esto a pesar de que, en el mismo período, hubiera evidencia de grupos vinculados a este mercado ilegal de mayor magnitud, con relación al caudal y alcance de sus transacciones.[1] Les señalaban, a su vez, como protagonistas de la “guerra narco rosarina” y les atribuían gran parte de responsabilidad de lo que se caracterizó por ese entonces como “crisis de seguridad” en la provincia de Santa Fe; llegaron incluso a mencionarles como “una amenaza para el Estado”.

Sin embargo, cuatro años antes, esta célebre banda había comenzado a perder su estatus de protegida y, en consecuencia, su poder. En el año 2013, dos jóvenes hirieron mortalmente al Flaco Montero, el hijo del Viejo Abel, a la salida de un local bailable, quien, en el momento de su muerte, tenía tan solo veintisiete años de edad. Varies de los Montero fueron detenides e investigades por el delito de asociación ilícita, en el fuero penal provincial, en el marco de lo que se conoció como “megacausa ‘Los Montero’”, que se había iniciado para investigar la muerte de una persona del ambiente ligada a elles. En dicha causa, el juez interviniente procesó a treinta y seis personas por el delito de asociación ilícita, y entre les enjuiciades había más de diez policías. No es un dato menor que la investigación se haya realizado en el fuero provincial, ya que, en la provincia de Santa Fe, los delitos vinculados al mercado de drogas ilegalizadas son de competencia del fuero federal. Este grupo se había convertido por ese entonces en el principal objetivo de las políticas de persecución penal del Ministerio de Seguridad provincial, junto a algunos operadores judiciales pertenecientes a ese fuero (Gañan, 2017). Autoridades policiales, políticas y judiciales provinciales les caracterizaron como “la banda más importante y peligrosa de la ciudad y del país”.

Héctor fue el primer detenido de los Montero, en su vivienda en una localidad cercana a Rosario. El Viejo Abel fue arrestado a mediados del año 2015, en la zona sudoeste de la ciudad, cuando circulaba en un precario carro tirado por un caballo; “El supuesto jefe de la organización más mentada del país andaba como una ciruja desarmado”, rezó una crónica periodística de ese momento (El Ciudadano, mayo de 2015). Meses después, el Tobi, quien había permanecido un tiempo prófugo, fue detenido por policías federales en la Ciudad de Buenos Aires. Parecía así que el trato diferencial que los Montero habían sabido conseguir al trabajar con la policía empezaba a resquebrajarse, a mermar, haciendo cada vez más frágil su poder; de algún modo, habían dejado de ser intocables. Para la fecha de publicación del mencionado libro, la mayoría de las personas que integraba este grupo permanecían detenidas, y estaba a punto de iniciarse el juicio oral.

Los dos periodistas, luego de haber participado en programas de televisión y publicado notas en los principales diarios de la ciudad y el país, se preparaban para presentar su exitoso libro en la ciudad de Rosario. La cita era en el imponente y majestuoso edificio que fuera la sede central del Banco de la Nación Argentina, devenido luego en el Espacio Cultural Universitario, de la Universidad Nacional de Rosario, donde se realizan diversas actividades culturales y académicas, como congresos, presentación de libros, conferencias, recitales, y está ubicado en el centro histórico de la ciudad.

El lugar estaba colmado de público, y, en una de las sillas, estaba sentada Loreley, la viuda del Flaco Montero. Ella y el Flaco Montero tenían hijes en común y llevaban varios años separades al momento de su muerte; a pesar de esto, ella se presentaba como su viuda. Cuando el coordinador del panel intentó pasarles la palabra a los autores, Loreley, quien hasta ese momento había permanecido en silencio y cuya presencia había pasado casi desapercibida, interrumpió a los gritos e increpó fuertemente a los dos periodistas.

La interrupción de la viuda fue registrada en sus celulares por personas que estaban asistiendo a la presentación y rápidamente fue noticia –a nivel local y nacional–. En dichos videos puede observarse cómo Loreley acusó a los periodistas de escribir sobre su familia sin pedirles permiso y sobre su marido muerto, el padre de sus hijes, sin que él pudiera defenderse. Remarcó que les mencionaron en el libro como una familia narco a pesar de que su marido no había tenido “ninguna causa en la Justicia Federal”. “A mi marido nunca se le probó nada, él no puede defenderse, ustedes quieren enriquecerse a costa de mi familia”, detalló a los gritos muy enojada. Algunas personas del público intentaban calmarla, mientras que otras la increpaban y pretendían echarla de la sala. Las autoridades del lugar decidieron, entonces, suspender la presentación. El libro no volvió a presentarse en la ciudad.

Loreley se arriesgó a concurrir a ese otro ámbito en el que podía resultar humillada para intentar dejar a salvo su nombre y el de su familia; y, además, lo hizo recurriendo al lenguaje del “mundo del derecho”, el cual le resulta cercano por su propia experiencia. Su principal defensa fue que el Flaco, al momento de su muerte, no tenía ninguna causa judicial en el fuero penal federal ligada al mercado de drogas ilegalizadas, que no habían podido probarle ningún delito. Esgrimió, al mismo tiempo, una fuerte acusación a jueces y fiscales del fuero provincial intervinientes en la megacausa iniciada contra elles, así como a periodistas que habían difundido esa investigación judicial.

Periodistas y medios de comunicación resultan actores claves en la producción y consolidación de determinadas famas y reputaciones al interior del ambiente. Una mirada sobre la cobertura de los principales medios gráficos locales –Rosario 12, La Capital y El Ciudadano– durante los años 2001- 2014 permite inferir el rol que jugaron estos en la conformación, consolidación, amplificación o difusión de la fama de algunos grupos y personas del ambiente, en desmedro de otres. A la vez, periodistas y medios de comunicación cuentan con mayores posibilidades para construir e imponer sentidos y significados para estigmatizar y homogenizar las imágenes sobre el ambiente y sus protagonistas en relación con otros actores sociales.

Tal como analizan algunos estudios sobre procesos de criminalización o etiquetamiento en la sociología norteamericana (Becker, 2009; Matza, 1981), no todas las personas, los actores y los grupos sociales tienen el mismo poder en la definición y asignación de etiquetas. Los medios de comunicación se encuentran entre los actores sociales con mayor poder y posibilidades de éxito en la asignación de etiquetas y divulgación de determinadas famas. En el contexto argentino, varies autores coinciden en que estos tienen mejores posibilidades de definir y construir sentido y significados sobre los fenómenos sociales. Sentidos y significados que circulan de manera extendida e inciden en la configuración de trayectorias individuales, y que, a la vez, son apropiados, interpretados, utilizados o rechazados por las personas involucradas, a través de mediaciones ligadas a su pertenencia social, sus experiencias y su historia (Isla y San Martín, 2009).

Periodistas y medios de comunicación colaboraron con la producción, consolidación y divulgación del cartel narco de los Montero, cartel que pesa, además, sobre toda la familia y sus allegades. Sin lugar a dudas, la producción de ese cartel no fue realizada en el vacío, sino que estuvo sustentada por sucesos y prácticas que les involucran directamente. Sin embargo, se trató de una imagen recortada que les ubicó como la banda “narco” más importante del país, aunque solo se dedicaran al mercado local, junto a otros grupos de similares características. Solo en unas pocas notas, algunes periodistas problematizaron el lugar y la posición asignados a los Montero en este mercado ilegal en el contexto local y regional.

Los Montero fueron construides como el principal “enemigo público”, y la prensa desempeñó un rol decisivo en su consagración como tal. La construcción de la figura de “enemigo público” no está determinada ni por la estadística, ni por la gravedad de los delitos que cometan, sino que está ligada a “la significación que alcanza para una sociedad determinada a través de los relatos y leyendas que lo toman como protagonista” (Aguirre, 2003: 12), y genera efectos –positivos y negativos– en las biografías de las personas. Esto es, se trata de un enemigo al cual le son fácilmente atribuibles todos los males y, como consecuencia, se lo puede tornar el blanco principal de la persecución penal y la estigmatización pública, lo que, en momentos de pérdida de poder y protección, genera más problemas que ventajas.

Loreley impugnó públicamente esa mala fama de los Montero, en un momento, además, en que estaban perdiendo poder, ya que la mayor parte de sus integrantes estaban en prisión, esperando el inicio del juicio oral. Ella no fue la única persona ligada al ambiente que rechazó o cuestionó el cartel o la fama en algún momento. El Gringo Arrieta también intentó despegarse de algunos aspectos del cartel narco haciendo referencia a que elles no eran una banda, sino simplemente “una cooperativa de distribución”. Caló, por su parte, se esforzó por diferenciarse del rubro narco e insistió en que los Porongas eran ladrones y no narcos. Es que el cartel puede tener valor positivo o negativo dependiendo de los contextos, y por eso las personas lo ponen a jugar cuando incrementa el valor positivo y, en cambio, pretenden desprenderse de él cuando afecta su reputación o cuando su valor es más bien negativo.

Jóvenes pertenecientes a las tres generaciones del ambiente, por momentos, en algunas situaciones o frente a algunas personas pretenden diferenciarse, desprenderse o distanciarse del cartel, intentan correrse, sacarse esa etiqueta de encima y desligarse así de esa valoración negativa. A veces, “el cartel te quema”, no dejaban de reconocer. En cambio, en otros casos, algunes jóvenes toman esa fama divulgada o amplificada, por salir publicadas sus historias y andanzas –aunque de manera recortada y sesgada– en los diarios de la ciudad, como un recurso para producir prestigio. La fama, y más aún cuando esta trasciende los límites del barrio, puede causar efectos diversos, en distintas situaciones, momentos y contextos: así, puede ser utilizada como fuente de prestigio y reconocimiento entre pares; o, por el contrario, ser rechazada por generar conflictos, problemas y dificultades, en el ámbito familiar o al momento de buscar trabajo, por ejemplo.

De todas maneras, la fama no es solo resultado del hacer de periodistas. Las prácticas, acciones y valoraciones de las personas que participan del ambiente resultan materia fértil para que periodistas construyan o produzcan determinadas narrativas o relatos. Ese hacer cotidiano de estes actores del campo de la comunicación se liga, a su vez, con la producción de un discurso mediático que les trasciende, que adquiere lógicas de circulación propias y autónomas de los sujetos que lo producen, pero a la vez se diferencia de él. Tanto las narrativas o los relatos, como el discurso mediático, que es en parte efecto de ese hacer, colaboran o contribuyen en la producción, consolidación, difusión o ampliación de la fama de algunos grupos o personas del ambiente (Cozzi, 2013b). Así sucedió con los Porongas, los Arrieta, los Gatica y los Montero.

Por el contrario, la fama de muches otres jóvenes de las tres generaciones que participan del ambiente no trascendió los límites de La Retirada, a pesar de realizar actividades similares a las de quienes sí adquirieron celebridad. Tattú, por ejemplo, no obtuvo fama, a diferencia de Caló, y esto aun teniendo una importante posición en el ambiente, que le permitió, por ejemplo, realizar trabajos entregados.

A su vez, pareciera que a les jóvenes de la tercera generación les resulta más difícil lograr que su fama trascienda los límites de La Retirada. A diferencia de los Payeros, de los Topos y de Los de la Capilla, consiguieron que su fama resultara amplificada o difundida en los diarios locales; cuestión que permite comprender, en parte, el entusiasmo de muches de elles con la propuesta de contar su historia, de ser escuchades y reconocides también fuera del barrio. Sin embargo, en esta generación, al igual que en las anteriores, se destacan ciertas dificultades que puede acarrear la fama, tal como sucedió con la trayectoria de Érica, la Payera.

El nombre de Érica había sido mencionado en una nota del diario La Capital en la cual le atribuían la muerte de una joven del barrio que no participaba del ambiente.[2] Como relaté en el capítulo anterior, los esfuerzos y la necesidad de aclararle a la familia de la joven que ella no había estado vinculada con su muerte no solo pueden interpretarse como un intento para evitar una investigación judicial en su contra, sino que, además, evidencia efectos productivos negativos de esa fama heredada de sus parientes y consolidada o amplificada a través del hacer de periodistas de policiales. Su nombre trascendió las fronteras del barrio y fue colocado en las páginas del principal diario de la ciudad, pero no de cualquier modo, sino con un cartel de tiratiros que no deseaba sostener, y ligado a una muerte que no permite abonar al prestigio.

Periodistas –y medios de comunicación– no solo contribuyen con la consolidación y proliferación de la fama de algunas personas o grupos del ambiente en desmedro de otras (Cozzi, 2013b), sino que, además, colaboran –junto a otros actores sociales– en la construcción de determinadas narrativas y discursos que producen imágenes sobre distintas actividades y acciones ligadas al ambiente, que también generan efectos. Así, por ejemplo, la versión y explicación que se construyó en relación con los enfrentamientos producidos entre los Gatica, los Montero y los Porongas estuvo vinculada a una imagen de una caótica guerra narco; y las muertes fueron presentadas en los principales medios locales –y a veces las noticias llegaban a tener repercusión nacional, e incluso en el extranjero– como ligadas a una disputa territorial, sin reglas, por puntos de venta de drogas en la zona sur de la ciudad. De manera frecuente, les periodistas utilizaron la tradicional categoría policial ajuste de cuentas, a la que le anexaron la caracterización “por narcotráfico”, para clasificar y explicar estas muertes (Cozzi, 2021a).

La categoría ajuste de cuentas suele ser utilizada por la policía y operadores judiciales y, muchas veces, reproducida en los medios de comunicación haciendo referencia a deudas –materiales o morales– pendientes por reparto del motín, a disputas territoriales por mercados ilegales o a viejas rencillas entre “delincuentes”. Alrededor de esta categoría, está fuertemente presente la idea de que se matan entre elles y que, por lo tanto, no es necesaria ninguna intervención estatal, quitándoles valor e importancia. Es decir, significar de esta manera estas muertes es una forma de desjerarquizarlas, de reducir su importancia, de desinvestirlas de gravedad, pero, además, de eximir de responsabilizar al Estado por su ocurrencia (Cozzi, 2013a, 2016).

Durante esos años, se acumularon crónicas policiales en las páginas de los principales diarios de la ciudad que clasificaron y caracterizaron de ese modo a las muertes ocurridas en La Retirada en ese entonces. Al mismo tiempo, esas clasificaciones y caracterizaciones sobre estos acontecimientos comenzaron a adquirir cada vez más peso y una entidad que antes no tenían; tanto así que ese relato trascendió la sección de policiales de los diarios y se desplazó también hacia otras áreas –fundamentalmente, las de política y la ciudad–. Periodistas y escritores de renombre empezaron a hablar y escribir sobre estas cuestiones.[3]

A modo de ejemplo, en el mes de febrero del año 2004, en una revista de un cable de televisión local se publicó una investigación sobre las muertes en el barrio titulada “La droga pone las armas, los muertos son de La Retirada”. En el mes de mayo del mismo año, en un suplemento cultural del diario La Capital que salía semanalmente los domingos, se publicó una extensa investigación periodística, que ocupó varias páginas, sobre los muertes en La Retirada, que fue titulada “Guerra narco: Cosecha Roja, los enfrentamientos entre grupos delictivos de La Retirada ya tienen catorce muertos, historia de un conflicto sin fin”, acompañada con un mapa del barrio, en el cual aparecieron señalados los lugares donde ocurrieron los hechos. Días después, el mismo diario publicó una noticia llamada “Un mega operativo en una tierra de bandas. Fue para conjurar a grupos envueltos en una puja que causó catorce muertes, nadie implicado en ellas fue detenido”, en la que se dio cuenta de cómo ochenta policías ejecutaron unas veinte órdenes de allanamiento, detuvieron a catorce personas y secuestraron tres kilos de marihuana y cinco armas de fuego.

Les periodistas, con sus relatos, producen sentidos y significados, definen a algunas personas del ambiente, caracterizan y valoran sus acciones y prácticas. Sentidos y significados que circulan socialmente y que resulta preciso analizar porque, al ser aceptados, disputados o rechazados, se ponen en juego formas posibles o válidas de construir fama y prestigio social en el ambiente; es decir, de ser conocides y reconocides. El origen del cartel de Caló, en términos de fama –de ser conocido dentro y fuera del ambiente, se liga en parte a esta serie de enfrentamientos; tanto es así que, años después de estos acontecimientos, sigue apareciendo en los medios locales por esos mismos motivos. En el diario La Capital, en el mes de enero del año 2011, se publicó una noticia sobre una de sus fugas de la prisión. En la nota él fue mencionado nuevamente como el líder de los Porongas:

Se trata de Matías Romano, alias Caló, con celebridad ganada dentro y fuera del territorio por ser líder de Los Porongas, una de las pandillas rivales de Los Gaticas en la pelea por el control de la droga y los robos en ese sector sur de la ciudad.

Caló no se esforzó por desentenderse de los enfrentamientos con los Gatica y los Montero; sí lo hizo, en cambio, respecto a la explicación y caracterización construida sobre esos intercambios, no solo por les periodistas, sino también por la propia policía. Caló rechazó algunos aspectos de esa fama: “Yo quiero que se sepa que en La Retirada no hubo una guerra por la venta de drogas”, resaltó desde el primer momento. Se quejó varias veces de cómo en los diarios los mencionaron a él, a sus hermanos y a su padre como integrantes de una banda que vendía drogas: “Mi padre no tiene antecedentes penales y ninguno de nosotros tenemos antecedentes de drogas, tenemos antecedentes de delinquir [por robos], eso sí”. Al mismo tiempo que intentaba diferenciarse del rubro narco, reafirmaba su orgullo de ladrón.

Por otra parte, les periodistas y los medios de comunicación también contribuyen a producir, consolidar, amplificar o difundir la fama barrial. La Retirada es mencionada constantemente en los medios gráficos de la ciudad, especialmente en las páginas de policiales. Se acumulan noticias sobre muertes, heridos de armas de fuego, robos –principalmente en la autopista y en instituciones estatales del barrio– o venta de droga en el lugar y, en menor medida, referidas a reclamos sociales. A su vez, la notoriedad del barrio provocó que algunos eventos –de muertes o robos– sucedidos en barrios cercanos aparecieran en las noticias como si hubieran ocurrido en La Retirada.

Estas crónicas policiales conviven con algunas pocas notas realizadas por periodistas que pretenden levantar otros aspectos o temáticas sobre los barrios populares de la ciudad y disputar, de algún modo, esa imagen homogénea como lugar “lleno de delincuentes”, e intentan mostrar que también “pasan otras cosas”. Así, por ejemplo, en el caso de La Retirada, se pueden encontrar algunas notas que cuentan algún festejo ocurrido en el barrio o una maratón organizada por el Centro Deportivo Municipal.[4]

En el mes de julio del año 2008, Silvina Tamous, una periodista que por ese entonces trabajaba en el diario La Capital, publicó una extensa nota sobre La Retirada que tituló “Cómo es vivir en un barrio rosarino cargado de estigmas: dicen que el lugar es caliente, impenetrable y violento”. El eje de esta estaba centrado en destacar algunos aspectos de los barrios populares que no suelen ser noticia, como las muestras de solidaridad entre las personas que viven allí. Contó en la nota que vecines del barrio le detallaron que ese verano se había quemado una casa y sus habitantes estaban de vacaciones, y entonces decidieron entrar para apagar el fuego: “Entramos, apagamos el fuego, cerramos, nadie tocó nada y ellos están agradecidos porque recién se enteraron cuando volvieron”. A la vez, describió el barrio de manera heterogénea: “gente austera que estudia, trabaja y cría a sus hijos con dignidad y esfuerzo” convive con “un grupo minúsculo que vive del conflicto con la ley, rompe esa dinámica y provoca hechos policiales tan resonantes que condenan a la mayoría” (La Capital, julio de 2008). Sin embargo, la imagen que prevalece es la de barrio conflictivo, picante y peligroso.

En los últimos años, La Retirada comenzó a ser nombrada, además, como el epicentro del avance del fenómeno “narco” en la ciudad. El barrio fue caracterizado en los medios de comunicación locales, nacionales y extranjeros, así como en publicaciones expertas, como un “territorio gobernado por narcos” y, una vez más, como si las muertes en las que están involucrades especialmente jóvenes de la tercera generación fueran solo el resultado de una “guerra”, de una disputa territorial producto de una violencia instrumental, sin reglas, por el mercado de venta de drogas ilegalizadas (Cozzi, 2021).

Al igual que la fama que recae sobre personas o grupos del ambiente, la fama barrial resultó aceptada o reconocida por algunes de sus habitantes y, al mismo tiempo, rechazada o problematizada por otres. En este sentido, algunes jóvenes del ambiente resaltaron que en La Retirada no se vendía droga, que era un barrio de ladrones, distanciándose y diferenciándose así del barrio lindero El Obús, y, al mismo tiempo, destacando aquí también su orgullo de ladrones.

La fama barrial también produce efectos diversos para sus habitantes en distintos contextos, momentos o situaciones. Algunas veces permite colaborar en la producción de prestigio personal por vivir ahí; otras veces, en cambio, resulta una fuente de problemas y complicaciones. A su vez, se implementaron políticas, programas y acciones desde distintas áreas estatales que dieron cuenta de las imágenes que pesaban sobre el barrio. Así, por ejemplo, La Retirada fue uno de los barrios elegidos para los operativos de saturación de fuerzas de seguridad –en especial Gendarmería– en el marco de la intervención federal, a principios del año 2014, por considerarla “uno de los barrios más peligrosos del país”.

El tratamiento diferencial de personas, grupos y actividades ligados al ambiente. Policías y fuerzas de seguridad

Unos meses después del operativo de saturación de Fuerzas Federales en la ciudad de Rosario, me encontraba con jóvenes de la tercera generación en un centro comunitario en el barrio. Estaban terminando un taller de capacitación laboral en carpintería, y, mientras el capacitador y algunes jóvenes intentaban ordenar los materiales y herramientas, Pablo, Pedro y Facundo –otres jóvenes que también participan del espacio de formación– empezaron a simular un operativo de Gendarmería. La forma en que hicieron la simulación permite comprender, por un lado, cómo esas interacciones están totalmente incorporadas en la experiencia cotidiana de les jóvenes, y, por otro lado, en qué y cómo se diferencian las prácticas de la Policía provincial con las de Gendarmería. Transcribo un fragmento de mi cuaderno de campo:

Pablo y Pedro comenzaron a simular que iban en una moto. Facundo, con un palo de madera entre las manos, de manera muy violenta y agresiva, les ordenó que se bajaran y empezó a increparlos. “Alto ahí, paren, ¿tienen los papeles de la moto?, ¿tienen documentos? Por favor, vamos, vamos, que llegó Gendarmería”, les gritó mientras hacía gestos al golpearse, una y otra vez, en una de las manos con el palo de madera. El resto de les jóvenes miraban, se reían y le indicaban al supuesto gendarme cómo debía proceder.
Facundo les ordenó a Pablo y Pedro que se pusieran contra la pared y con el palo simulaba golpearlos en los tobillos, mientras les decía “Abran las piernitas, vamos, vamos”. Todes reían. “¿La Gendarmería los trata siempre así?”, les pregunté, entonces. Al unísono me contestaron que sí; “Pero ahora ya no andan tanto en el barrio”, agregó Pablo, que estaba con las piernas abiertas y contra la pared. Entonces, les consulté: “¿Y cómo sería si, en vez de pararlos Gendarmería, hubiese sido la policía?”. “Esas ratas se quedan con tu moto, te piden plata y, si no, te arman causa”, me contestó rápidamente Facundo. “Mirá, así”, me indicó, y, mientras seguía simulando que golpeaba a Pablo y Pedro en los tobillos, comenzó a cachearlos y, de manera humillante e insultante, les gritó arrastrando y alargando la última letra de cada palabra: “¡¡Eeeh, cacos!! ¡Dejen la moto, dejen los fierros, dejen la plata y mándense a mudar!”. Todes reímos.

Detenciones, golpes, insultos, cacheos y demás interacciones con la Policía y las Fuerzas de Seguridad son parte de las rutinas y trayectorias vitales de les jóvenes del barrio, participen o no del ambiente. Jóvenes pertenecientes a las tres generaciones contaron cómo fueron detenides, molestades, maltratades, cacheades y humillades en sus encuentros con la policía, y cómo esas prácticas funcionan a veces como formas de control que restringen su movilidad; especialmente, cuando intentan desplazarse por otras zonas de la ciudad. Como consecuencia, la circulación de les jóvenes por “fuera” del barrio resulta restringida por prácticas policiales de hostigamiento.

La situación con la que bromeaban y jugaban al cierre del taller, además de permitir diferenciar estilos y prácticas diversas entre Gendarmería y la Policía provincial, deja en evidencia cómo les jóvenes – especialmente varones– de sectores populares, participen o no del ambiente, constituyen un grupo social que tradicionalmente ha sido objeto específico de control, administración y gobierno policial; y lo ha sido a través de prácticas constituidas por una multiplicidad de formas de hostilidad, humillación y maltrato, como está documentado en una serie de estudios en el contexto argentino (tales como Cozzi, 2014a/2019a/2019b; Pita, 2019; Cozzi et al., 2015b; Plaza Schaefer, 2018; Montero, 2010; Kessler y Dimarco, 2013), e involucran formas de violencia(s) dotadas de mayor o menor intensidad represiva, tal como señalan María Victoria Pita (2010/2019) y Sofía Tiscornia (2008). Formas de violencia(s) algunas legales, otras ilegales, pero no siempre consideradas ilegítimas.

También se producen diferentes interacciones que suponen algún tipo de intercambio, negociación o arreglo –en algunos casos, más o menos forzados– entre policías y personas del ambiente, a partir de los cuales se persiguen, prohíben, permiten, toleran o promueven comportamientos de personas o grupos y el desarrollo de diversas actividades o prácticas (Cozzi, 2019a). Estos intercambios, negociaciones o arreglos se dan en el marco de una relación más o menos asimétrica de poder, y a veces resultan reprochados, cuestionados u objetados por jóvenes de las tres generaciones; en cambio, en otras oportunidades, son aprobados y, de algún modo, avalados. Es decir, son concebidos, definidos y valorados de manera diferente en distintas situaciones y momentos. Así como la fama te levanta o te quema, estos intercambios, en algunos casos, son una oportunidad y, en otros, son una condena.

Policías e integrantes de las Fuerzas de Seguridad son parte de esa densa trama de relaciones sociales que hacen al ambiente y tienen un rol clave en la forma en que se desenvuelven y desarrollan determinados mercados ilegales; por ejemplo, compra y venta de armas de fuego y municiones[5] o de drogas ilegalizadas. No resulta posible comprender acabadamente la configuración particular y específica de ciertos mercados ilegales sin tener en cuenta la “interacción decisiva”, en términos de Daniel Hirata (2014), entre personas que participan en estas actividades y las policías o fuerzas de seguridad, a través de la cual se permite, regula o evita, de diversas maneras, la circulación de mercancías (Hirata, 2018; Feltran, 2012; Hirata y Grillo, 2017/2019), por lo que la misma legalidad resulta objeto de intercambio (Pita, 2012; Pita y Pacecca, 2017; Misse 2007; Pires, 2013). Es decir, lo que se negocia –con diversos grados de limitada autonomía o libertad– es la aplicación o no de la ley, y eso tiene por efecto una distribución diferencial de la legalidad y la violencia (Pita, 2012). El desempeño diferencial de la policía sobre incluso otros grupos y sujetos sociales, actividades y contextos ha sido analizado por varies autores (Tiscornia, 2008; Misse, 2007; Montero, 2010; Telles, 2009; Fassin, 2016).

Diferentes formas de vincularse con la policía: arreglar y trabajar

Durante la investigación, las personas del barrio caracterizaron a la policía y sus prácticas de diferentes maneras. En algunos casos, mencionaban que la policía “está con los narcos” y molesta [detiene, insulta, humilla, golpea, hostiga] a jóvenes del barrio, participen o no del ambiente. Especialmente, jóvenes de la tercera generación afirmaron que les persiguen a elles, y no a los narcos. “La policía está con ellos [refiriéndose a los Montero] y nos tienen bronca a nosotros”, se quejaron Los de la Capilla. “La policía tendría que dejar de molestar a los guachos [jóvenes] y agarrar a los narcos, no estar con ellos”, sugirieron los Topos. Los narcos aparecieron, así, como protegidos por la policía y, en consecuencia, con una mejor posición al interior de este espacio social.

Los Montero fueron caracterizados por personas del ambiente como quienes comenzaron a vincularse de una manera novedosa con la policía; es decir, ya no se trataba de los arreglos para no ser detenides o permanecer en prisión, sino que “trabajaban con la policía”. Esto consistía en negociar previamente para no ser perseguides y así poder desarrollar determinada actividad ilegal sin problemas, casi sin consecuencias, o, directamente, participar de manera conjunta, compartiendo riesgos y ganancias. “Eran parte de la banda”, caracterizaron varias personas del ambiente, lo que les permitió contar con protección policial, construir cierto poder y, en consecuencia, ubicarse por encima del resto de los grupos del ambiente, aunque no de forma permanente.

Este modo de vincularse con la policía, inaugurado por los narcos, tal como ya conté en los capítulos anteriores, fue desaprobado por algunes jóvenes del ambiente, especialmente, entre quienes pertenecían a la primera y segunda generación, refiriéndolo como una “ruptura de códigos”. En cambio, cuando les jóvenes de la tercera generación comenzaron a participar en este espacio social, los Montero ya gozaban de cierta posición, y este modo de vincularse con la policía formaba parte de una experiencia posible.

Sin embargo, no todo pareciera ser mero sometimiento para les jóvenes de la tercera generación. Los relatos que refieren a ser molestades por la policía convivían, a su vez, con otros que daban cuenta de la participación en otro tipo de interacciones. Elles, además de ser hostigades, también arreglaban o trabajaban con la policía, al igual que en el caso de las generaciones previas (Cozzi, 2019a). La posibilidad de arreglar da cuenta de modalidades de vinculación entre policías y jóvenes. Esas modalidades de vinculación, tal como advierte María Victoria Pita, no siempre están signadas por un puro sometimiento sin agencia, sino que en algunos casos existe, con variados y limitados grados de libertad y autonomía, la posibilidad de negociar (cfr. Pita, 2012). Transcribo un fragmento de mi cuaderno de campo:

Una noche Tattú me llamó muy asustado. “Lo detuvieron a Brian y Paola [su novia], no aparecen por ningún lado, no sé qué hacer”, me dijo apenas atendí el teléfono. Lo tranquilicé, le pedí detalles de lo ocurrido y le dije que me iba a poner en contacto con la defensa pública. Según contó Tattú, Brian y Paola habían salido esa tarde en moto a robar cerca del barrio, cuando fueron detenides y llevados a una comisaría de la zona. A Paola la liberaron rápidamente por ser menor de edad, y ella avisó inmediatamente de lo sucedido a Mirta, la mamá de Brian. Mirta fue hasta la comisaría a buscarlo apenas supo de la detención. Al llegar vio cómo un policía se estaba yendo con la motocicleta de Brian. Se acercó y le dijo que esa motocicleta era de su hijo, que ella “tenía los papeles” para demostrarlo y a los gritos impidió que se la llevara. También le pidió al policía información sobre la detención de Brian. Ante los reclamos de Mirta, el policía guardó nuevamente la moto en la comisaría y le dijo que preguntara por su hijo en la guardia, que él no sabía nada. Allí, otro policía le comunicó que ya lo habían liberado, y otro resaltó: “En el libro está firmado su egreso”. Con el correr de las horas, Mirta seguía sin poder dar con su hijo; entonces, fue hasta la casa de Tattú a pedirle ayuda y él decidió llamarme.
Luego de hablar con Tattú, me comuniqué con el secretario del defensor público provincial, a quien conocía de la facultad. Le conté lo que había pasado, con todos los detalles que me había trasmitido Tattú. El secretario escuchó atentamente todo el relato y se mostró preocupado. Me dijo que se iba a comunicar con la fiscalía para averiguar qué había pasado y me pidió los datos de Brian. “Es importante moverse rápido”, remarcó al final de nuestra conversación. La noticia de la desaparición de Brian se hizo pública y varies referentes políticos y sociales de la ciudad exigieron en sus redes sociales su “aparición con vida”.[6]
Volví a llamar a Tattú, lo puse al tanto de las gestiones. “Che, Tattú, ¿Brian no estará amanecido[7] con algún amigo”, le pregunté antes de cortar la comunicación. Tattú se rio y me dijo: “No sé, lo único que sabemos es que no aparece por ningún lado, sus amigos no saben nada”. Al día siguiente, cerca del mediodía, Brian volvió a su casa; efectivamente, había pasado toda la noche en la casa de un amigo con quien se había encontrado apenas lo liberaron. Recién ahí se enteró de toda la movida que se había generado en su búsqueda, no llevaba consigo su celular.

El día anterior, Brian había arreglado con les policías de la comisaría. Había dejado su moto a cambio de que no le iniciaran una causa penal,[8] como hubiera legalmente correspondido al ser detenido junto a su novia; tal como sucedió, paradójicamente, luego de nuestras gestiones para dar con él. Según contó Tattú, Brian se enojó mucho con su mamá, porque, a partir de la intervención de la defensa pública y de la fiscalía, finalmente les policías “le tuvieron que abrir una causa por robo, para cubrirse”. Como se dijo, al arreglar con la policía, lo que se negocia es la no aplicación de la ley o su suspensión.

De manera similar, lo han relevado una serie de estudios sobre formas de interacción entre policías y vendedores ambulantes en ciudades de Argentina y Brasil. María Victoria Pita, Joaquín Gómez y Mariano Skliar advierten que estos arreglos suponen que la propia legalidad es objeto de negociación y es usada, la mayoría de las veces, como una amenaza extorsiva; es decir, la ley se aplicaría en caso de no avenirse al arreglo, que podía implicar un permiso y protección a cambio de un pago (Pita, Gómez y Skliar, 2017). En este sentido, se puede inferir que arreglo es una categoría que refiere a una relación de intercambio entre policías y comerciantes, en la cual, para no aplicar la ley, la policía establece el valor a ser pagado en contrapartida (Pires, 2013).

¿Cuáles son las diferentes posiciones de poder que configuran los términos de la negociación? Los relatos de ese tipo de negociaciones eran frecuentes entre les jóvenes de la tercera generación; sin embargo, se contaban como situaciones con menos margen de libertad y autonomía de los que parecían gozar las generaciones previas. Les de la tercera generación caracterizaron estas situaciones como casi obligadas o forzadas por parte de les policías, especialmente de quienes pertenecen al Comando Radioeléctrico.[9] Jóvenes de los Topos relataron sus encuentros con policías del Comando Radioeléctrico: Si vas a comprar droga y te cruzas con los del comando, tenés que darle la droga, no te queda otra”, contó uno de ellos. “Te dicen ‘Seguime, te llevan debajo del puente, ‘Bueno dame esto, esto y andá’, te sacan la droga y te dejan ir, no podés hacer nada”, se lamentó otro joven. Te agarran el revólver, te lo sacan, se lo quedan ellos y así no te llevan preso”, agregó.

Si bien los tipos de intercambios que estamos analizando se dan necesariamente en el marco de una relación asimétrica de poder, tal como lo plantea Michel Misse (2007), algunas personas o grupos están en una posición que les permite negociar las condiciones del intercambio desde un lugar de menor subordinación; otres, en cambio, lo hacen casi sin opción. No todas las personas o grupos que participan del ambiente están en las mismas condiciones para establecer los márgenes de la negociación con la policía; depende, en parte, de la posición –siempre inestable y cambiante– que ocupan en esta red de relaciones.

Los Montero lograron una posición en el ambiente, tienen dinero y bienes, y eso les permite construir una relación menos asimétrica que la de otros grupos; es decir, con una mejor posición en la negociación, al menos por un tiempo. En cambio, les jóvenes de los Topos –e incluso los Payeros cuando estaban cercanos a los Montero– se relacionaban con la policía, negociaban o arreglaban desde un lugar de mayor subordinación, porque esa era su posición al interior del ambiente. La ilegalidad y fragilidad ante la autoridad policial no significa lo mismo para todas las personas (Pita y Pacecca, 2017). Algunas personas o grupos logran una mejor posición, ya que poseen dinero y bienes, cuestiones que les permiten construir una relación menos asimétrica.

De igual modo, la Policía tampoco puede pensarse como un actor monolítico, sino que más bien existen tensiones, distintos niveles de poder y jerarquías profundamente marcadas al interior de dicha institución, que tiene líneas de mando, autoridad y subordinación. En consecuencia, no todes les policías están en las mismas condiciones para negociar con grupos y personas, sino que esto depende de su posición al interior de la fuerza. La subordinación, la autonomía o los mayores o menores grados de libertad son de unes y otres. Narcos, choros, pibitos y policías tienen posiciones de poder diferenciales para negociar.

Existen diferentes motivos por los cuales alguien puede ostentar una posición más ventajosa, tales como la antigüedad en la actividad o aspectos morales asociados a la persona. Por ejemplo, en el caso del Gringo Arrieta, esa mejor posición en la trama de relaciones del ambiente estuvo ligada claramente a su generosidad y su capacidad de negociación con diversos actores. En cambio, en otros casos, se vinculaba más bien a una mayor rentabilidad de la actividad que desarrollan, o a que mantienen relaciones de proximidad con la policía, lo que genera que sean vistes como detentores de otro tipo de poder, tal como sucede con los narcos. Todos estos motivos también han sido señalados por Lenin Pires (2010) al analizar las negociaciones entre policías y vendedores ambulantes en la Ciudad de Buenos Aires.

Al mismo tiempo que las personas del barrio se quejaban del hostigamiento especialmente hacia les jóvenes –ligades o no al ambiente, remarcaron la poca presencia o directamente ausencia de la policía en el barrio y se quejaron del escaso o nulo patrullaje. La policía no existe, nunca existió, en La Retirada nunca existió, remarcaron en más de una oportunidad. Durante el trabajo de campo fue sumamente infrecuente ver algún móvil policial circulando por La Retirada. Algunes habitantes recordaron que, para que la policía fuera al barrio, tenía que pasar algo grave: “Tiene que haber un muerto, por ejemplo, pero vienen, levantan el muerto, hacen un par de preguntas y se van”.

Tampoco les policías de la subcomisaría de La Retirada patrullan en el barrio y demoran en llegar cuando son solicitades, aunque solo deban transitar unas pocas cuadras. No suelen intervenir en los conflictos barriales, ni en las broncas y, muchas veces, obstaculizan la recepción de denuncias. Jóvenes de la tercera generación relacionaban estas prácticas con el miedo o, simplemente, con el desinterés. Los Topos relataron que les policías de la subcomisaría se “quedan encerrados” y no salen a caminar por el barrio por miedo a que les pase algo. Cuando les pregunté a qué le tenían miedo, dijeron que “tienen miedo de que los maten o que le roben el arma”. Los de la Capilla, en cambio, mencionaron que les policías no intervienen porque no les importa, “dejan que se maten entre ellos”.

De este modo, la expresión “Acá la policía no existe”, que se liga a la idea de que “los policías no se meten con los narcos” por mediar acuerdos o arreglos, hace referencia además a que les policías –especialmente de la subcomisaría del barrio, pero también de otras áreas de la Policía provincial–, no suelen intervenir en los enfrentamientos con armas de fuego que ocurren allí, ni para evitarlos –“Siempre llegan tarde”– ni para investigar lo sucedido y detener a quienes hubieran participado: “Solo levantan el cuerpo y ya”.[10]

La mayoría de las muertes ocurridas en La Retirada no suelen ser investigadas adecuadamente ni por la policía, ni por las burocracias judiciales –ya sea por los antiguos juzgados de instrucción o las actuales fiscalías de homicidios–. Esto es, no se avanza en la individualización de quienes participaron en el hecho, ni en la reconstrucción de lo sucedido; como consecuencia, pocas son las sanciones penales que siguen a estas muertes, lo que da cuenta de una marcada desatención policial y judicial.[11] Sin embargo, la no intervención en estas situaciones no pareció atribuirse, en líneas generales, a arreglos o acuerdos con personas o grupos, sino más bien a una cierta desatención vinculada a la forma en que eran clasificadas estas muertes, es decir, como ajuste de cuentas, por lo cual no es necesaria ninguna intervención estatal, o a lo que les jóvenes destacaban como desinterés. Transcribo un fragmento de mi cuaderno de campo:

Una tarde estaba con Natalia sentada en la vereda en frente de la casa de la familia de Tattú, ubicada en una cortada en el fondo del barrio. Estábamos bebiendo una gaseosa y charlando con unes jóvenes cercanes a los Payeros que participaban en el taller de herrería en el Galpón de Emprendedores que, por ese entonces, estaba intentando armar Tattú. De repente, uno de les jóvenes dijo con seguridad: “Esos son tiros”; nosotras no habíamos percibido ningún ruido particular. Al final de la cortada, a dos cuadras de donde estábamos sentades, vimos pasar dos jóvenes en una moto muy rápido. Sí, son tiros”, insistió excitado, les otres jóvenes asintieron y salieron todes corriendo para ver qué había pasado. Natalia y yo nos miramos sin saber qué hacer y decidimos ir detrás de elles.
Al llegar a la esquina, observamos cómo una señora retaba a unes niñes: “Ya les dije mil veces que se metan para adentro [de su casa], que no estén en la esquina, que le pueden pegar un tiro”. En muy poco tiempo, la esquina se había llenado de personas intentando saber, al igual que nosotras, qué había sucedido. Algunes dijeron que le habían pegado [disparado] a Brian de los Payeros. Volvimos con les jóvenes, amigues de Brian, al lugar donde estábamos y comentamos lo sucedido. Entonces les dije: “Estoy preocupada por Brian”. “No te preocupes, que, si les hubiera pasado algo, ya nos hubiéramos enterado”. Seguimos conversando. Al rato pasó por el lugar un patrullero del Comando Radioeléctrico de la Policía provincial, les jóvenes al verlo mencionaron entre risas: “Estos pasan cuando todo terminó”, Los que tiraron ya están tomando mates en su casa”. Tiempo después llegó Brian en bicicleta a la cortada, nos acercamos a saludarlo y comentó lo que había pasado. Según Brian, un joven de la bronca le había disparado, sin lograr herirlo.

Jóvenes de las tres generaciones señalaron de manera frecuente cómo la policía pasaba recién “cuando todo terminó” o que directamente no intervenía en las broncas; ya sea porque les policías decidieran no hacerlo por desinterés o porque les mismes jóvenes del ambiente se lo pedían. En una de las visitas a la cárcel, estaba conversando con Caló sobre cómo era la policía en el barrio; al igual que el resto, resaltó que la subcomisaría nunca existió: “Hacé de cuenta que no existe, nunca existió”.

Caló: Ya en el tiempo que nosotros nos agarrábamos a tiros y andábamos con los fierros en la mano, me venían a hablar [se refiere a policías de la subcomisaría], nos decían: “Pará, ¿qué pasa?. Le contestábamos “No, ustedes no se metan, váyanse para allá, métanse en la comisaría, que esto no es con ustedes, con ustedes no es el problema. Nos decían “Ah, está bien, si no es nosotros, todo bien. Te lo juro, se pegaban la vuelta y se iban. Se metían y cerraban la puerta de la comisaría, después que se agarraban a tiros todos, que se mataban, recién salían de nuevo.

Estas dos ideas, de algún modo contrapuestas, sobre las prácticas policiales evidencian cómo, al mismo tiempo que la policía hostiga a les jóvenes, desatiende sus victimizaciones; esto es, no suele intervenir en las agresiones que elles sufren, tanto en manos de otres jóvenes, como en los casos en que les policías o fuerzas de seguridad están involucrades (Cozzi, 2013a; Cozzi et al., 2015a; Cozzi et al., 2015b; CELS, 2016; CELS/UNR/Fundación Igualar, 2017). La desatención policial, judicial, política y social de las victimizaciones de quienes viven en barrios populares ha sido analizada por varies autores (Tiscornia, 2008; Pita, 2010; Eilbaum, 2012; Bermúdez, 2011; Fernández Patallo, 2008).

La subcomisaría de La Retirada era, además, caracterizada como un destino castigo para les policías; es decir, es una dependencia policial a la que mayormente destinan a policías que tuvieron mal desempeño o sobre quienes pesan sanciones administrativas. José, que vive en La Retirada hace más de treinta años y en su juventud estuvo ligado a la segunda generación del ambiente, describió:

Los policías que están acá son todos los que echan de otras comisarías, lo peor de lo peor va a La Retirada, porque el barrio está quemado, y los que están acá están todos arreglados con todos; si hasta en frente de la comisaría vendían droga, uno de los más grandes de acá, los Gaticas.

Tattú se lamentó que los comisarios que llegaban a La Retirada rápidamente “se corrompían o caían fácilmente en la coima”, y recordó, especialmente, a Rodó, “un comisario famoso”, tal como lo caracterizó. Este estuvo como jefe de la subcomisaría a fines de los años noventa. “Rodó salía a la calle y basureaba [molestaba y humillaba] a los pibes, los trataba mal, supuestamente iba a cambiar el barrio, iba a poner orden, pero al poco tiempo fue comprado por los Gaticas”, señaló Tattú. De acuerdo a su relato, Rodó les empezó a vender armas de fuego, “hasta granadas” y chalecos antibalas, y, “así, aumentó el poder de los traficantes, tenían vía libre para vender, para comprar, un desastre”.

Leo, joven de la segunda generación, cercano a los Porongas, también recordó al comisario Rodó. Estábamos conversando sobre cómo era la policía en el barrio y, de manera similar a les otros jóvenes del ambiente con quienes había hablado, Leo mencionó que esta “no se metía para nada”.

Yo me acuerdo que me he agarrado a tiros en la puerta de la comisaría, hasta le cagábamos a tiros [disparaban] la puerta nosotros y nunca se metió en nada, sí te iban a buscar cuando ya tenía una orden, ahí caían un montón, pero, si no, no, así en la calle casi no figuraban, uno solo era el que figuraba, que era el que le metía miedo a todos, Rodó, que le dicen el comisario Rodó. Ese fue uno de los carteludos acá, se paraba y, si te tenía que llevar, te llevaba, y, si te tenía que pegar, te pegaba, era bastante guapo, pero también tenía sus negocios, todo policía tuvo su negocio acá.

Designó a Rodó como un carteludo, como alguien de peso, que se hacía respetar, que “metía miedo a todos”, como otros carteludos del ambiente. El comisario Rodó fue parte de la densa trama de relaciones sociales que componen ese espacio social. En este punto resulta importante destacar que “la policía”, antes que la Policía qua institución, son policías (individuos) con un plus de poder que también integran el ambiente; es decir, este espacio social, tanto de ladrones como de narcos, incluye a policías.

Además, la forma de designarlo da cuenta de que Rodó no era un policía más, sino que era nombrado y recordado en el barrio. No solo Tattú y Leo mencionaron al comisario Rodó: varias personas del ambiente y demás habitantes recordaron, en más de una oportunidad, al célebre policía. Yo también quería conocerlo. Hablé entonces con una periodista de policiales y le pregunté cómo podía contactarlo; me dijo que iba a presentarme a Tartu, un policía retirado devenido en abogado penalista que seguro lo conocía. A las semanas me lo presentó y le conté que estaba escribiendo sobre La Retirada y quería conocer al comisario Rodó, porque muchas personas del barrio lo habían nombrado más de una vez. “No te preocupes, yo me encargo”, me dijo.

Pasó tanto tiempo desde esa conversación que ya había descartado la posibilidad de conocer al famoso comisario Rodó, pero un día Tartu me avisó que había logrado convencerlo para que accediera a una entrevista, solo tenía que llamarlo a su casa y combinar. El encuentro se dio semanas después, una mañana llegué a su casa, donde me esperaba junto a su esposa. Vivían en un barrio cercano a La Retirada, en una modesta vivienda de dos pisos. Ambos estaban jubilados, Rodó como oficial de Policía y su esposa como directora de una escuela del barrio.

La charla duró casi dos horas, el comisario me estaba esperando con su legajo personal y con una carpeta en la que guardaba algunos recortes de diarios en los que se lo mencionaba a él o a La Retirada. Entre ellas había varias notas de cómo había intentado rescatar a una joven que se estaba ahogando en un arroyo lindero de La Retirada: “El oficial se zambulló varias veces, hasta encontrar el cadáver de la joven, en una heroica actitud arriesgando su vida […] nadie se animaba a lanzarse al agua, hasta que arribó al lugar el oficial principal Rodo” (La Capital, febrero de 1994), rezaba la crónica, acompañada con la foto de él en el lugar de los hechos. Había también notas sobre premios y distinciones recibidas y agradecimientos publicados en la sección de carta de lectores o de opinión en los diarios locales. Su esposa nos preparó café, cortó pedazos de budín, y de a ratos se sentaba con nosotres a escuchar la charla.

Al empezar la conversación, Rodó abrió su legajo personal. “Mirá, ninguna falta administrativa, nada”, fue lo primero que señaló. Luego comenzó a repasar cada uno de los destinos que había tenido desde que egresó de la escuela de cadetes. De acuerdo a su legajo, el comisario Rodó había llegado a La Retirada por primera vez en el año 1985, cuando la subcomisaría era aún un destacamento policial. En esa oportunidad estuvo muy poco tiempo: “En esa época no era tan jodido, era un barrio pobre de trabajadores”, recordó.

Regresó un par de años después, ya como subcomisario, y se quedó por cuatro años. Le gustaba trabajar en La Retirada porque quedaba cerca de su casa; sin embargo, se lamentó de que el barrio había cambiado: “Había más gente y más conflicto, los conflictos empezaron a agudizarse porque ahí se empezaron a formar las grandes pandillas y bandas, ahí fue el comienzo de los Porongas y los Gatica”, recordó. Según el comisario Rodó, en ese momento, la transa era el consumo y venta de marihuana, todavía no había cocaína, y “se agarraban a los tiros y había muertes entre Porongas y Gaticas”.

Rodó volvió a La Retirada, por última vez, en el año 1999, por ese entonces como jefe,[12] cuando ya tenía cuarenta años de edad. Contó que había regresado al barrio porque el inspector de Zona[13] lo “mandó a llamar” y le dijo que tenían un “gran problema” con la subcomisaría de La Retirada y que su misión era “poner orden”.

Rodó: La situación era así, en esa época había un gran conflicto, porque la subcomisaría de La Retirada estaba toda deteriorada y no quería ir nadie, mandaban a los castigados. Había que estar ahí en el medio de la villa y, si no tenías un poco de carácter, te pasaban por arriba, estaba picante el asunto en esa época, o sea, mandaba más la delincuencia que los comisarios que estaban ahí. No había orden, vivían encerrados, iban, firmaban el libro y se piraban, no salían de la comisaría porque tenían miedo, y un poco también era porque la jefatura no le daba lo necesario para que ellos pudieran hacer su trabajo, mandaban la peor gente, mandaban los comisarios medio flojitos, no había móvil [patrullero], nada, arreglátela como puedas.

El relato de Rodó coincidía con el de otras personas del ambiente y demás habitantes de La Retirada, ligado a la idea de que “acá la policía no existe, nunca existió”; pero también con aquello que señalaron Tattú y Leo de que el famoso comisario había regresado al barrio para “poner orden. Según contó Rodó, su jefe le había pedido que volviera por esos motivos: “Yo te conozco, sos un tipo operativo, vos estuviste en La Retirada, ¿querés venir de jefe?”, le había propuesto para convencerlo.

A su regreso al barrio, ahora como autoridad máxima de la subcomisaría, se encontró con un panorama desolador: “Me quería morir, se me caía el alma, estaba todo abandonado, presos hacinados, la sala de guardia era un desastre, la comisaría estaba deteriorada, era el peor de los ranchos del croto [pobre] más croto, no teníamos móvil [patrullero], nada”. Al mismo tiempo, se quejó del personal policial que estaba en ese momento: “No servían para nada, eran borrachos, maleducados y vagos, lo único que hacían era ir, dormir la siesta y [después] se iban”. Frente a este escenario, por un lado, inició gestiones con sus jefes para mejorar la dependencia policial y recambiar el personal policial y, por otro lado, se contactó con empresaries y comerciantes de la zona también, para arreglar el edificio de la subcomisaría, y con diversas instituciones y referentes del barrio, para empezar a poner orden en La Retirada.

A pesar de haber sido convocado para poner orden, a él le interesó destacar todo el tiempo en nuestra conversación que él no era un policía mano dura. Una de las primeras cosas que señaló apenas comenzamos a conversar en su casa fue que él no había matado a nadie.

Yo tengo el gusto de decir que jamás maté a nadie, en mi vida maté a un hombre, y eso que nunca mandé a la tropa adelante en los procedimientos, siempre fui yo. Tuve enfrentamientos, muchos, mano a mano, me he defendido con bastón y escudo, pero nunca saqué la pistola, la Policía está para otra cosa, mano dura no.

En esta presentación, Rodó, al distanciarse y diferenciarse de la policía mano dura, muestra cierto rechazo a prácticas policiales violentas existentes y posibles, y, además, intenta demostrar valor, destreza y coraje al resaltar que él encabezaba los procedimientos y participaba de los enfrentamientos sin sacar nunca el arma reglamentaria, cuestiones valoradas positivamente en el ambiente y que hacen a la construcción del prestigio social.[14]

No había sido, según él, un policía mano dura, sino más bien uno constante; es decir, no se quedaba en la subcomisaría, sentado en el sillón, sino que recorría toda La Retirada, estaba al tanto de todo lo que pasaba en el barrio y conocía a “todos los delincuentes”; práctica esta última de la más antigua tradición policial que, a la vez, da cuenta de cómo el ambiente es un espacio social donde “todos se conocen”, en el cual las relaciones personales tienen un peso significativo; por eso resulta tan importante ser conocide, tener fama, en esa trama de relaciones.

Rodó también pretendió hacerse cartel al exhibir dentro de sus logros el haber sido una de las pocas personas que había conseguido “meter preso al Viejo Montero. Alardeó con la detención de un carteludo, casi como un trofeo, lo que da cuenta de que las valoraciones sobre las jerarquías del ambiente son compartidas entre policías, narcos y ladrones. Al mismo tiempo, es una forma de demostrar su valor y coraje.

Con cierto orgullo, mencionó que lo había detenido, como también a su hijo y a su mujer:

A todos los detuve, los tuve en cana [presos] a todos, pero la Justicia también era media lerda y los dejaba en libertad, yo te voy a mostrar recortes de diario, fue una historia muy jodida, yo los conocí a todos desde que nacieron, desde pibes.

En ese momento, abrió la carpeta con las noticias periodísticas y, mientras buscaba entre los papeles, seguía con su relato. Contó que, para esa época, los Montero y los Gatica habían “avanzado en su auge”, se empezaba a vender cocaína y, entonces, él comenzó a trabajar para detenerles. Ese trabajo lo “hacía a pulmón” y cuidándose de las traiciones de los “malos policías” que estaban con los narcos y les pasaban información de los operativos. Recordó Rodó:

Cuando yo sacaba una orden de allanamiento, me vendían; cuando yo pedía una orden arriba, no sé cómo se filtraba, y el tipo [se refiere a Abel Montero] ya sabía. Alguien los dejó crecer, tuvieron más auge porque tuvieron ayuda para crecer, los policías no los tocaban, o eran ineptos, o tenían miedo o estaban arreglados, yo los detuve a todos ellos.

Luego de encanar [detener] a varias personas de “El Obús, que eran rateros, ladronzuelos, ladrones de auto, de casas”, realizaron un primer procedimiento grande en frente de la casa de los Montero: Secuestramos trescientos proyectiles, dos pistolas nueve milímetros”.[15] Según Rodó, luego de este operativo, los Montero y los Gatica empezaron a verlo como un enemigo y a confrontarlo con falsas acusaciones y calumnias. Tiempo después de ese procedimiento, finalmente detuvieron a Abel Montero, que estaba siendo investigado por la muerte de otra persona del ambiente. “Hicimos un allanamiento grande con el Comando Radioeléctrico, nos metimos en El Obús”, recordó el comisario; sin embargo, “a pesar de todas las causas y las pruebas, gracias al trabajo de sus abogados no alcanzó a estar ni veinte días preso y salió en libertad”, se lamentó.

En su relato, intenta distanciarse de otras de las caracterizaciones que pesan sobre él. Es decir, se esfuerza en dejar claro no solo que él no arreglaba ni con los Montero y ni con los Gatica, sino también que había sido uno, a diferencia de otres policías, de les que sí les había perseguido y detenido. Si bien este esfuerzo puede interpretarse como un intento de limpiar su nombre y dejar a salvo su reputación, al mismo tiempo, permite iluminar formas posibles y existentes de vinculación entre policías y personas del ambiente, y, a la vez, también vincular el mayor auge de los Montero y los Gatica a este tipo de arreglos.

Rodó realizó una detallada descripción sobre el conflicto entre los Gatica, los Montero y los Porongas; caracterizó esos enfrentamientos como una disputa por el territorio para vender marihuana y cocaína, “eran conflictos por la venta de droga”. Comparte la explicación de “guerra narco” respecto a estos enfrentamientos reproducida por periodistas y medios de comunicación. No resulta casual que policías y periodistas compartan relatos similares sobre los acontecimientos, ya que les periodistas suelen recurrir a las fuentes policiales o a policías para escribir las noticias (Aguirre, 2005).

El comisario relató la muerte de Víctor Ciprés en manos del hermano de Caló y contó que, a los pocos días, detuvo al joven. Mientras hablaba sobre esta muerte, sacó de su carpeta un recorte de diario del año 2001 y me lo mostró; se titulaba “Denuncian a una pandilla que atemoriza al barrio La Retirada” (La Capital, junio de 2001), y en ella se señalaba que un grupo de mujeres denunció que los Gaticas actuaban “con complicidad policial” y acusaron directamente al comisario Rodó de conocerles y no detenerles. “Aquí tiene que venir un comisario que tenga lo que hay que tener para actuar contra esa familia que tiene atemorizado a todo el barrio” (La Capital, junio de 2001), rezaba la crónica. Mientras repasaba el contenido de la nota, Rodó explicó lo sucedido.

Rodo: ¿Sabés lo que pasó? Después que lo detengo al Poronguita [se refiere al hermano de Caló], los Porongas empezaron a decir que yo les daba las armas a los Gaticas y que le facilitaba el terreno para que vendan droga y con esas armas puedan hacer los altercados contra los Romano, que eran los Porongas. Se armó un escándalo, vino la prensa, vinieron hasta medios de Buenos Aires a hacerme una entrevista. Todo era mentira, eran cuatro o cinco minas [mujeres] que hicieron un desastre.

Ante estas acusaciones públicas, Rodó tuvo ganas de irse de La Retirada. Sin embargo, días después de esa denuncia, la gente del barrio pidió que se quedara: “Medio pueblo de La Retirada se levantó, tomó la plaza con carteles que decían RODÓ NO SE VA”. Nuevamente fue la prensa, y se publicó una desmentida en el mismo diario en el que había salido la nota anterior. “El comisario Rodó mencionó que las armas que detentan no fueron facilitadas por la policía y reseñó una serie de procedimientos en los que resultaron detenidos miembros de la pandilla” (La Capital, junio de 2001).

El comisario Rodó guardó la nota de desmentida en la misma carpeta, junto a una pequeña carta de lectores publicada en otro diario de la ciudad:

Respaldo de los vecinos, preocupados por las notas periodísticas aparecidas en medios gráficos de nuestra ciudad que denuncian el accionar del Comisario Rodó, desocupados y vecinos de La Retirada pretendemos mostrar la otra cara de la moneda, enalteciendo así la labor desarrollada por el comisario, que siempre actuó con gran predisposición hacia los vecinos, además de reducir sensiblemente el delito en nuestra zona (El Ciudadano, junio de 2001).

Antes de irme de su casa, me regaló una foto de él vestido con uniforme de gala de policía con una dedicatoria que decía “Suerte en tu vida, Comisario Rodó”. Me prestó, además, la carpeta con los recortes de diario: “Te va a servir para tu tesis, estoy contento que hayas venido, por lo menos alguien va a saber todo lo que hice en la vida”, me dijo.

El comisario Rodó integra esa trama de relaciones que hacen al ambiente y forma parte de las disputas por poder, allí está implicado o se pone también en juego su buen nombre y su reputación. El esfuerzo por distanciarse y diferenciarse de “los policías malos” que traicionan y trabajan con los narcos pasándoles información valiosa, armas de fuego o protección, de algún modo, le permite dejar a salvo su reputación, pero también muestra que se comparte un universo de sentidos, significados y prácticas; es decir, da cuenta de prácticas e intercambios posibles, existentes, permitidos o rechazados entre policías, narcos y ladrones.

Irrupción de fuerzas federales. Los policías son sin derecho y la Gendarmería es con derecho

La semana siguiente al desembarco de las Fuerzas Federales en la ciudad, regresé a La Retirada. Cuando arribé, eran cerca de las cinco de la tarde. Había varias camionetas de Gendarmería patrullando por las calles del barrio. Me bajé en la plaza y caminé hasta la casa de Pablito, joven cercano a Los de la Capilla. Cuando llegué estaba en la vereda Roqui, uno de los hermanos de Pablito, esperando que llegara su hermano con su bicicleta para poder ir hasta la casa de su novia, después se tomarían un colectivo para ir hasta el centro a cobrar un plan social. Me contó que estuvo “tirando curriculum”,[16] pero que todavía no había conseguido nada, y que, en cambio, Pablito sí estaba trabajando. Mientras hablábamos en la vereda, vimos pasar una camioneta de Gendarmería. Le pregunté a Roqui por la presencia de esa Fuerza de Seguridad, dijo que eran diferentes a la policía, “te paran, pero te tratan bien, con respeto”. Relató, además, que les gendarmes paraban a todas las personas que iban en moto y que habían secuestrado muchos vehículos por falta de papeles. Al mismo tiempo, reconoció que el barrio estaba tranquilo.
Llegó Pablito, y Roqui se fue en la bicicleta. Minutos después llegó de trabajar Leandro, el papá de ambos, también en bicicleta. Todes tienen motocicletas, pero ningune las usaba en esos días. Pablito me invitó a pasar a tomar unos mates al patio de su casa. Nos sentamos les tres en el patio y, mientras preparaban el mate, les pregunté por el barrio y por Gendarmería. “Hay cerca de cincuenta gendarmes en La Retirada y también andan patrullando en helicópteros, señaló Leandro entusiasmado y con cierta emoción. Mientras estábamos en el patio, un helicóptero sobrevolaba el barrio. “Esos helicópteros tienen una mira telescópica que puede ver si están robando o algo y les avisan a las camionetas que están patrullando”, me explicó mientras lo señalaba con uno de sus dedos. “Hay tres camionetas y seis autos y patrullan de día y de noche, agregó Pablito.
Leandro mencionó con tono quejoso: “Andan dando vueltas en la camionetas, van cuatro verdes [gendarmes] y paran a los pibes si los ven en la esquina y a todas las motos, eso perjudica a la gente que labura [trabaja] que no pueden salir en moto porque se las llevan, te piden un montón de papeles y pocos los tienen”. Pero al mismo tiempo reconoció que, para quienes “laburan, que no andan en ninguna [que no participa del ambiente]”, es mejor porque ahora pueden salir a la calle, a cualquier hora, con tranquilidad: “Los pibes que andan a los tiros están todos guardados [dentro de sus casas]”. Agregó, además: “Desde que están los gendarmes en el barrio, no hubo más corridas de motos, ni tiros por las noches, es todo un silencio total, hay mucha paz”. Señaló, a la vez, que a él les gendarmes lo saludan y no lo paran porque lo ven que va y viene de trabajar todos los días, y que no está todo el tiempo en la esquina. Pablito lo interrumpió a Leandro y aclaró que a él también lo saludaban y que tampoco lo pararon.
Seguimos un rato más la charla hasta que me fui; saludé a Leandro y Pablito me acompañó a la esquina a esperar el colectivo. En esos minutos de espera, les gendarmes pasaron en camionetas tres veces por donde estábamos. En un determinado momento, dos camionetas de Gendarmería se cruzaron en la esquina en dirección opuesta. Una mujer que también estaba esperando el colectivo murmuró “Estos se chocan”, y todes nos reímos. Agregó con un tono de voz más elevado, ya cuando las camionetas se habían ido: “Volvimos a la época de los militares”. Se quejó de que no podía ir a trabajar en su moto “por todos los operativos” que había y se lamentó de que gastaba mucho dinero y perdía tiempo yendo y viniendo en colectivo. Por esos días me llamó mucho la atención el intenso despliegue de gendarmes en el barrio y sus alrededores, sobre todo teniendo en cuenta que, durante el trabajo de campo, había observado muy poca o casi nula presencia policial en La Retirada.

Esta nota de campo que abre esta sección hace referencia a la llegada de Fuerzas Federales a Rosario a principios del año 2014 y muestra cómo la irrupción de Gendarmería constituyó un cambio abrupto en el servicio policial dentro de La Retirada; “Esto es algo que nunca se vio en el barrio”, mencionaron de manera extendida las personas que viven allí, ligadas o no al ambiente. No recordaron muchos operativos policiales grandes en el barrio, y ninguno de esa magnitud. En las conversaciones mantenidas durante el trabajo de campo, solo fueron mencionados tres grandes operativos policiales sucedidos en las últimas décadas en La Retirada, esto a pesar de su fama de barrio peligroso.

El primero, en el contexto de los sucesos del 19 y 20 diciembre del año 2001 que relaté en el primer capítulo. El segundo fue un operativo dispuesto por el Ministerio de Gobierno provincial en el año 2004. En ese momento, estaba en su nivel de mayor intensidad el enfrentamiento entre los Montero, los Gatica y los Porongas, y se había publicado la investigación periodística sobre la “guerra narco” en el Suplemento Señales del diario La Capital. Días después una mujer del barrio falleció alcanzada por una bala en la cabeza al salir de su casa. En respuesta a estos hechos, se dispuso un operativo de saturación policial en la zona. Las autoridades anunciaron la creación de un comité de emergencia para La Retirada y que cincuenta policías y ocho móviles patullarían el barrio. El tercero fue en el año 2013. Dos semanas después de la muerte del Flaco Montero, se realizaron una serie de allanamientos en el marco de la mencionada “megacausa Los Montero”, que fue caracterizada en los medios locales como uno de los operativos más importantes de los últimos tiempos.

En definitiva, para las personas que viven en La Retirada, la presencia en el barrio de gendarmes y policías de ese modo era algo sumamente novedoso. En los primeros momentos de la intervención federal, se podía observar por las calles del barrio una intensa presencia de gendarmes patrullando en camionetas y autos. El espacio de tiempo entre el paso de un móvil y el siguiente no superaba los diez minutos. También había gendarmes que, en grupo de a tres, recorrían a pie las calles del barrio, en las cuales la presencia policial había sido históricamente casi nula. Algunos días, sobrevolaban helicópteros.

Con el transcurso de los días, la presencia de gendarmes fue mermando, siguieron patrullando, pero con menor frecuencia. Además, se sumaron a las tareas camionetas pertenecientes a la Policía provincial. Hacia el final del primer mes de intervención federal, la presencia y el patrullaje de gendarmes en el barrio se redujeron de manera notoria, y en algunas partes era casi nula, permaneciendo algunas veces solo en los límites externos. Tiempo después les gendarmes fueron reemplazades por patrullas pedestres de policías provinciales, identificades con unos chalecos color naranja, denominadas por las autoridades del Ministerio de Seguridad como “Unidad Especial de Intervención Barrial”; sin embargo, en La Retirada se les conocía simplemente como “los caminantes”.

Aunque les gendarmes solo permanecieron en el barrio durante un par de semanas, su presencia resultó un elemento novedoso en la trama de relaciones del ambiente, que permitió evidenciar aún más las formas de hacer y vincularse con la Policía provincial, y, al mismo tiempo, dar cuenta de estilos y prácticas diversos entre policías y gendarmes.

Como vengo diciendo, con el desembarco de fuerzas de seguridad federales, de la noche a la mañana el barrio se llenó de gendarmes y policías; parecía, entonces, que iba a ser mucho más difícil encontrarnos con les jóvenes del ambiente. Sin embargo, algunes de elles volvieron a juntarse en la esquina, la cortada y la plaza. Muches jóvenes de la tercera generación reconocieron que, con la llegada de Gendarmería, el barrio estaba mucho más tranquilo, relacionando esa tranquilidad con la ausencia de tiros.

Al menos en los primeros momentos, la llegada de Gendarmería fue muy bien recibida en el barrio, aun por las personas ligadas al ambiente. Tanto Roqui y Leandro como Pablito reconocieron y festejaron que el barrio “estaba más tranquilo”. Esa caracterización surgió en la mayoría de las conversaciones en La Retirada por esos días. A su vez, esa sensación de mayor tranquilidad la vinculaban, principalmente, a la circunstancia de que dejaron de escucharse tiros; es decir, estaba relacionada a la ausencia de disparos de armas de fuego.

Roberta, una histórica referenta barrial, festejó la presencia de gendarmes. Cuando charlábamos acerca de cómo estaba el barrio, relató:

Ahora el barrio está más calmado, antes no eras dueña de sentarte en la vereda porque venían los tiros y chau, ahora está muy tranquilo, no se escuchan motos, no se escuchan tiros, los pibes están bien quietitos, guardados en sus casas.

De manera similar, jóvenes de la tercera generación, que solían andar a los tiros previo a la llegada de Gendarmería, comentaron en más de una oportunidad que las broncas estaban más tranquilas y que elles podían permanecer en la esquina, en el pasillo o en la plaza sin temor a que los otros grupos de jóvenes vinieran a dispararles: “Ahora te podés reunir en la esquina más tranquilo, porque sabés que la bronca no te va a venir a tirar tiros”, mencionó un joven de los Topos.

Tanto los Topos como Los de la Capilla reconocieron que les jóvenes de los Payeros no circulaban más armados por el barrio, ni los venían a molestar, y afirmaron que elles tampoco lo hacían. Una de esas tardes de esquina, uno de Los de la Capilla bromeó: “Se nos están oxidando los revólveres”. Otro agregó: “Vamos a tener que volver a las piñas y a la cuchillada”. Todes reímos.

Los Payeros también advirtieron esa tranquilidad ligada a la ausencia de tiros. Una tarde de taller en el Galpón de Emprendedores, pocos días después del operativo de saturación de fuerzas federales, estábamos charlando acerca de cómo estaba el barrio con la llegada de gendarmes. Todes coincidían en que estaba más tranquilo. Brian contó cómo tuvieron que abandonar un intento de ir a tirar tiros. Relató que estaba yendo junto a otro joven de los Payeros, en una moto que habían robado, a tirarle tiros a un joven de los Topos con quien tenían broncas, pero que no pudieron hacerlo porque aparecieron unes gendarmes:

Ese día, si llegábamos, íbamos a hacer una masacre, salimos a la esquina y justo escuchamos la sirena, tuvimos que salir corriendo y dejamos la moto porque era robada, me metí en el pasillo, salimos de vuelo, tuvimos que descartar todo.

A la vez, mencionaron que con les gendarmes era distinto respecto a sus encuentros previos con la Policía provincial. “Los policías son sin derecho y los gendarmes son con derecho, señaló Héctor, uno de elles, para remarcar esas diferencias. Cuando le pregunté qué estaba queriendo decir con eso, el joven me explicó:

Mirá, la policía no era nada acá en el barrio, no hacía nada y no tienen derecho a hacerte nada porque también andan en la joda [participan de actividades ligadas al ambiente], están metidos ahí con los narcos, van, buscan plata y después vienen y te quieren pegar, no te pueden hacer nada; en cambio, los gendarmes tienen derecho a hacerte cualquier cosa, te pegan, te hacen lo que quieran.

Héctor remarcó las principales caracterizaciones que pesaban sobre la Policía provincial que desarrollé en el apartado anterior, y además detalló mayores atribuciones por parte de los gendarmes, lo que puede interpretarse también como un cierto reconocimiento de mayor autoridad.

Sin embargo, esta paz no duró demasiado y, con el paso de las semanas, aun con la presencia de Gendarmería –aunque mermada–, comenzaron a aparecer tibiamente algunos relatos de la existencia, nuevamente, de tiros. Al principio, se daban solo por la noche, de manera mucho más excepcional de lo que venía sucediendo, y velozmente se disolvía el conflicto por temor a la rápida y repentina respuesta de Gendarmería. Con el paso de las semanas, esos relatos se hicieron cada vez más frecuentes.

En otros barrios de la ciudad, la Gendarmería fue reemplazada por dos nuevas áreas de la Policía provincial creadas por decreto por el Ejecutivo provincial. Se trató de la Policía de Acción Táctica (PAT) y de la Policía Comunitaria (CELS/UNR/Fundación Igualar, 2017; Mistura et al., 2014; Cozzi et al., 2015b). La Retirada no fue priorizada para contar con el patrullaje de ninguna de estas áreas policiales nuevas, el patrullaje de Gendarmería fue reemplazado, a fines del mes de mayo de ese mismo año, por la llamada “Unidad Especial de Intervención Barrial”, perteneciente a la tradicional Policía provincial, conocida en el barrio como los caminantes”. Sin embargo, este patrullaje distó mucho del que venía realizando Gendarmería. Durante los días de semana, se les podía ver caminar en grupo de nueve policías aproximadamente por algunas calles del barrio o permaneciendo varias horas en la vereda de la subcomisaría; en cambio, durante los sábados y domingos, no solía vérseles. Varies habitantes de La Retirada –adultes y jóvenes– relataron que solo estaban en el barrio de lunes a viernes y hasta las siete de la tarde.

Además, sobre los caminantes pesaron caracterizaciones similares a las de la Policía provincial, previo a la llegada de Gendarmería. Es decir, se quejaban de que tenían miedo, de que no intervenían en los conflictos del barrio, especialmente en las broncas. Fueron policías pertenecientes a este cuerpo quienes estaban cuando el Viejo de los Topos le disparó en la pierna a Érica, la Payera. La joven responsabiliza a les caminantes de lo sucedido. Según contó Érica, esa tarde había decidido sentarse en la esquina porque pensó que no estaba en peligro ya que a unos metros estaban elles; sin embargo, les policías no evitaron la agresión.

Érica: […] cuando me pegaron a mí [me dispararon], los caminantes estaban a una cuadra, en la esquina, ellos vieron que la moto iba a pasar tirando, se quedaron mirando hasta que me pegaron y ahí recién salieron a correr y algunos caminantes se habían ido para otros lados, de los tiros se asustaron y se fueron [se ríe]. Estaban en la placita y vieron que venía la moto, había dado dos vueltas la moto, cuando me vieron, pegaron la vuelta, y ellos miraban nomás, no hicieron nada.
Eugenia: ¿Y con Gendarmería cómo era?
Érica: Era distinto, era mejor, Gendarmería andaba caminando y te revisaba todo, hacia la requisa como tenía que hacerla, bien, hacían el trabajo bien, como tendría que hacerlo la policía. Cuando estaba Gendarmería, estaba más calmado, no había fierros, no había droga, no había nada.
Eugenia: ¿Y ahora con los caminantes cambió algo?
Érica: No, es igual, a los caminantes no los respetan.
Eugenia: ¿Y vos por qué pensás que a Gendarmería sí la respetan y a los caminantes no?
Érica: Porque la policía, la que hay ahora son muy pendejos [jóvenes], andan con los celulares, con los audífonos, así, pasan caminando y no te dan bola, capaz pasan caminando y acá hay fierros y no hacen nada, pasan caminando nomás, te miran nada más. Gendarmería te revisaba, había una junta de cinco o seis y ya te revisaba, siempre, nunca podías tener nada encima.
Eugenia: ¿Y la policía cómo los trata?
Érica: La policía no te da mucha bola [no te presta atención].

Érica distingue entre el buen trabajo de la Gendarmería y liga la tranquilidad del barrio a esa labor; en cambio, se queja del mal trabajo de la policía provincial, por miedo o por desinterés. “La policía no te da bola”, se lamentó. De algún modo, asimiló la experiencia con los caminantes con sus experiencias previas con la Policía provincial. Estas mismas cuestiones surgieron en una conversación con jóvenes de los Topos. “Es lo mismo que antes, el otro día hubo tiros a la vuelta de la comisaría y no pasó nada”, mencionó uno de ellos. “Mirá, el domingo pasado hubo tiros y a la policía esa nueva, los caminantes que le dicen no le daban las patas para correr de acá para allá”, agregó, entre carcajadas, otro de les jóvenes.

Otres jóvenes de la tercera generación también contaron que les gendarmes les trataban mejor que la policía, “con respeto”, al menos en los primeros momentos de la intervención federal. Por ejemplo, jóvenes de Los de la Capilla relataron que les gendarmes les paraban y les pedían identificación, les decían “buenas noches”, “buenos días”, “por favor” y “gracias”; es decir, señalaron un trato mucho más cordial y respetuoso.

Sin embargo, junto a estas valoraciones positivas, con el paso del tiempo, también aparecieron otras miradas sobre el desempeño de Gendarmería en La Retirada, esta vez negativa. Personas jóvenes y adultas se quejaron de algunas de sus prácticas. Relataron que les gendarmes molestaban a les jóvenes del barrio, les paraban todo el tiempo y les requisaban, especialmente a los varones que solían reunirse cotidianamente en algunas esquinas del barrio. En este sentido, Don Montoya se lamentó del trato de les gendarmes hacia sus hijes, sus amigues y demás jóvenes de barrio, paran a los pibes que están en las esquinas o caminando y les piden el documento, todo el tiempo, si es de noche y paran a un pibe que sea menor de edad, lo mandan a la casa y a veces, aunque sean mayores les dicen que no pueden estar en las esquinas de noche y los disgregan, parece que volvimos a la época de los militares.

Roberta, por su parte, al mismo tiempo que festejaba la llegada de Gendarmería, se lamentó por algunas situaciones de maltrato hacia les jóvenes. Contó que, unos días antes, una noche, un joven estaba fumando un faso [cigarrillo de marihuana] en la esquina de su casa. Unes gendarmes se detuvieron y le ordenaron que lo apagara en su propio brazo.[17] Según Roberta, el joven se negó a hacerlo, se lo quitaron a la fuerza y lo obligaron a correr por la cuadra, aproximadamente durante media hora. Sin embargo, no valoró la actitud de les gendarmes de manera negativa; sino todo lo contrario, el pibe es un atrevido, dijo que no, que no, un atrevido, los gendarmes se tienen que hacer respetar, sentenció.

En esa conversación con Roberta también estaba su vecina Alcira, mamá de Martín, un joven de la segunda generación que está en sillas de ruedas, como consecuencia de una bala policial. Años atrás, el joven estaba robando cerca del barrio y un policía le disparó en la cintura, desde ese momento no puede caminar. Alcira contó que les gendarmes maltrataron a Martín, era de noche, lo agarraron de los pelos, lo hicieron pararse de su silla y sentarse en el suelo, lo revisaron todo y, además, lo golpearon. Roberta interrumpió el relato de su vecina y acotó ah no, son re atrevidos los gendarmes, eso no está bien.

Poco a poco, con el transcurso de las semanas, los relatos sobre hostigamiento y malos tratos hacia les jóvenes se hicieron más frecuentes, contrastando con las primeras valoraciones positivas de la cordialidad de les gendarmes. “Los gendarmes se comen el abuso, una cosa es hacerse respetar y otra es comerse el abuso, son re [muy] verdugos”, se quejó un joven de Los Topos. A medida que transcurrían los días de la ocupación, relatos como estos surgían cada vez con mayor frecuencia.

Por otra parte, la mayoría de las personas que viven en La Retirada coincidieron en que, a diferencia de la policía provincial, con la Gendarmería no se podía “arreglar, ni negociar”. Por estos motivos preferían circular en bicicletas y no en moto, cuando no tenían todos los papeles en regla, por ejemplo. Incluso jóvenes de la tercera generación mencionaron que con la Gendarmería no había arreglo posible. En una conversación con jóvenes de los Topos, les pregunté esto mismo, si se podía arreglar con elles, y todes contestaron que no. “No, no te dejaban ni que le contestes”, mencionó uno de elles. “Con que lo mires, te agarran a cachetazos enseguida”, agregó otro. “Sí, si te llega a agarrar Gendarmería, ¿sabés cómo te deja el lomo? Son guasos”, reforzó el primer joven.

A mediados del año 2014, cuando Gendarmería ya había dejado de tener una presencia importante en el barrio, pero seguía patrullando en la ciudad y en algunas zonas aledañas a La Retirada, Tattú me presentó a Luciano, quien vivía en el fondo del barrio y era amigo de los Payeros. El día que lo conocí, combiné con el joven para volver la siguiente semana y charlar un poco más tranquiles.

Eso hice. Fui con Natalia a buscarlo a su casa. Luciano tenía la cara golpeada, una venda le cubría la frente y rengueaba al caminar. Al verlo así, le preguntamos qué le había pasado, y dijo que había tenido un accidente con la moto. Pero, luego de un rato de charla, reveló que no había sufrido un accidente, sino que un día antes unes gendarmes lo habían golpeado: “Me engancharon robando, me frenaron, me agarraron en el campo, me pegaron para que tenga, terminé en el HECA,[18] me hicieron dos puntos”, mencionó mientras señaló con un dedo la venda en la frente.

Según el relato de Luciano, él estaba con un amigo intentando robarle una bicicleta a un señor en un descampado al fondo del barrio, cuando llegaron cuatro gendarmes. Su amigo logró escapar y fue a avisarle a la familia de Luciano lo que estaba sucediendo. Inmediatamente, sus tíos fueron hasta el lugar. Cuando llegaron, Luciano estaba inconsciente en el piso y un gendarme le estaba limpiando la sangre que tenía en la cara.

Eugenia: ¿Cómo fue?
Luciano: La víctima les dijo a los gendarmes que yo le había querido robar la bici. Entonces un gendarme me saca la bici y se la devolvió y le dijo al señor Bueno, andate”, y el señor se fue. Ahí pusieron la chata [la camioneta] y me empezaron a pegar con el palo, después de ahí culatazos acá [se toda la cabeza]. Me rompieron todo, me partieron la frente con un palo, con la cachiporra, me mareé y perdí el conocimiento. Cuando me desperté, ya estaba en el HECA.
E: ¿Quién te llevó al HECA?
L: Mis tíos en un remís. Me desmayaron, yo me preguntó, si yo estaba robando, ¿por qué no me llevan a la comisaría? No, me arrastraron hasta el campo y todos practicaron un poco de piña conmigo. Después hubo uno [gendarme], se ve que ya me vio en cualquiera, y me estaba limpiando toda la sangre que perdí. Me pegaron en el cuerpo, en las rodillas, me hicieron poner las rodillas así corte que el hueso este salga para fuera y me pegaban con la cachiporra.
E: Cuando llegaron tus tíos, ¿qué pasó?
L: Los milicos se rescataron, me sacaron las esposas, y me llevaron a mi casa, si no hubieran ido, soy finado, ya estaba oscureciendo, encima en el medio del campo, nadie iba a ver nada, pero la saqué barata porque no me mataron y no caí preso, pero que me rompieron todo, me rompieron todo, me arruinaron, me desfiguraron la cara, pero bueno, la saqué barata.

A Luciano le resultó extraño que, cuando le dieron el alta en el hospital, pudo irse directamente a su casa, ya que pensaba que iba a permanecer detenido por el intento de robo; sin embargo, para su sorpresa, no se le había iniciado ninguna causa penal. “Los gendarmes me hicieron devolverle la bicicleta al señor y me pegaron, pero no me hicieron causa, la policía te pega, se queda con tu fierro y, además, te arma causa”, detalló el joven. Las dificultades para negociar o arreglar con la Gendarmería resultó un dato relevante, marcando una diferencia más en la comparación con las prácticas de la Policía provincial.

Sin embargo, si bien les gendarmes no aparecieron participando de intercambios y arreglos con personas del ambiente, incluidos los narcos, como sí lo hacía la Policía provincial, algunas personas del barrio se mostraron preocupadas por lo que percibían como cierta tolerancia al desarrollo de actividades ligadas al mercado de drogas ilegalizadas. Por ejemplo, don Montoya se quejó sobre esta cuestión, al igual que otres referentes de La Retirada: “Les están pegando a los pibes por cualquier cosa y a los narcos no los tocan”. A su vez, algunas madres de jóvenes del barrio también expresaron cierta inquietud relacionada a esto: “Solo agarran a los pibes y los narcos siguen vendiendo droga como si nada”.

Algunes jóvenes del barrio, hijes de estas madres, coincidieron en parte con estas apreciaciones. No obstante, plantearon algunos matices. Remarcaron que “los narcos se cuidaban más” e incluso que algunos búnkeres habían cerrado y que otros, si bien seguían funcionando, lo hacían de manera diferente, esto es, la venta de sustancias se hacía durante menos horas en el día o solo durante la noche. “¿Viste el búnker de calle Almafuerte? Abrió un par de horas nomás y había cola de una cuadra de gente para comprar, se contaban entre sí jóvenes de los Topos.

Además, advirtieron que, con la llegada de Gendarmería a La Retirada, se había empezado nuevamente a vender droga en el barrio. Tattú, por ejemplo, contó que jóvenes de su generación que siempre habían robado, al ver que el barrio estaba más tranquilo y que “los pibitos se cuidaban”, habían empezado a vender drogas en sus casas. “Le venden al Abel acá en el barrio”, indicó. Cristo, junto a su hermano que había salido de la cárcel y estaba ligado a los Montero, también había comenzado a hacerlo en ese momento.

Recapitulando, aunque les gendarmes solo permanecieron en el barrio durante dos meses, su presencia resultó un elemento novedoso en la trama de relaciones del ambiente, que permitió evidenciar aún más las formas de hacer y vincularse de la Policía provincial, y, al mismo tiempo, dar cuenta de estilos y prácticas diversos y similares entre policías y gendarmes. Por un lado, en ambos casos les jóvenes –especialmente varones– de sectores populares, participaran o no del ambiente, resultaron objeto específico de control, administración y gobierno tanto de la Policía como de Gendarmería. Al mismo tiempo, la saturación de gendarmes en las primeras semanas evidenció aún más la poca presencia policial en La Retirada y la desatención de las violencias que sufren les mismes jóvenes.

Por otra parte, permitió comprender más claramente diversos tipos de intercambios, negociaciones o arreglos a partir de los cuales les policías persiguen, prohíben, permiten, toleran o promueven el comportamiento de personas o grupos o el desarrollo de diversas actividades o prácticas ligadas al ambiente. Si bien la Gendarmería no apareció siendo parte de esos intercambios, se les objetó cierta tolerancia a algunas actividades ligadas al mercado de drogas ilegales. Tanto la Policía como Gendarmería tienen un rol importante en la forma en que se desenvuelven y desarrollan determinados mercados ilegales; o, dicho de otro modo, esos mercados ilegales no son posibles si no hay intervención de las policías o fuerzas de seguridad, actores que además tienen el poder y la capacidad de transitar entre la legalidad y la ilegalidad. Por lo que podemos pensar que la Gendarmería, al igual que la Policía provincial, integran la densa trama de relaciones que compone el ambiente.


  1. Los Montero, a pesar de ostentar una posición de poder en el ambiente, tienen una participación menor en este mercado ilegal en la región; esto es, se les atribuye dedicarse a la producción –más precisamente, al procesamiento, estiramiento o fraccionamiento de pasta base de cocaína–, al tráfico y la venta –mayorista (o al por mayor) y minorista (o al menudeo)– en una escala local. Quienes se encargan de la exportación son otros grupos y personas, no participan del ambiente, aunque sí pueden tener vínculos con sus integrantes, ya que, si bien son mundos diferentes, están, de algún modo, imbricados.
  2. Solía suceder a menudo que en notas periodistas las muertes se atribuyeran a personas o grupos o a determinadas broncas del ambiente que eran conocidas fuera del barrio, aun en los casos en que ninguna de esas personas hubiera participado de esos sucesos. Así, por ejemplo, en tiempos del enfrentamiento entre los Montero, los Gatica y los Porongas, se pueden encontrar notas en que muertes ocurridas en La Retirada aparecen atribuidas a algunos de estos celebres grupos, pese a que ninguno de sus integrantes haya sido responsable de ellas.
  3. Sobre esto llamó la atención Sofía Tiscornia poniendo de manifiesto cómo ya hacia fines de los años ochenta noticias de este tipo trascendieron la sección policial, e incluso mencionó la creación en algunos diarios de una sección nueva destinada a temas de seguridad (Tiscornia, 1998).
  4. Es importante distinguir los medios de comunicación de les editores y periodistas que trabajan en ellos. Al interior de las redacciones, suele haber conflictos entre qué y cómo se publica. Osvaldo Aguirre recuperó en primera persona estas tensiones al interior de la sección de policiales del diario La Capital en el libro Notas en un diario (Aguirre, 2006).
  5. La policía suele ser mencionada como uno de los actores claves en la circulación ilegal de armas de fuego, chalecos antibalas y municiones en el ambiente.
  6. La desesperación de Mirta, el temor de Tattú y la preocupación del secretario estaban ligados a experiencias recientes vinculadas a dos casos resonantes, ocurridos en la ciudad por esos años. Por un lado, la desaparición seguida de muerte de Franco Casco, un joven oriundo de la Provincia de Buenos Aires, ocurrida a fines del año 2014. Franco fue detenido por policías provinciales y llevado a la Comisaría Séptima, lugar donde fue visto con vida por última vez. En el libro de guardia de la comisaría, figuraba su ingreso y egreso; sin embargo, su familia no lograba dar con él. Después de veintitrés días de búsqueda, su cuerpo fue encontrado sin vida en el río Paraná. Más de veinte policías fueron investigades en el fuero penal federal por el delito de desaparición forzada seguida de muerte, y, al momento de la publicación de este libro, se estaba tramitando el juicio oral.
    Por otro lado, la desaparición y muerte de Gerardo Escobar. Gerardo había salido a bailar con amigues y fue visto con vida por última vez a la salida de un local bailable de la ciudad. Una semana después, su cuerpo también fue encontrado sin vida en el río. Fueron investigades por su desaparición y muerte patovicas [personal de seguridad privada] del lugar donde fue visto por última vez, algunes de les cuales eran policías “haciendo adicionales [una especie de horas extras]”. Si bien fueron los únicos casos con esas características, se convirtieron en emblemáticos a través del activismo de familiares y organizaciones sociales y de derechos humanos. Tiempo después de estas muertes, algunes jóvenes de la tercera generación relataron cómo policías les amenazaron sugiriéndoles que les iba a pasar lo mismo que a Franco o Gerardo: “No jodan que van aparecer flotando en el río” (CELS, 2016; CELS/UNR/Fundación Igualar, 2017).
  7. La expresión amanecido refiere a pasar toda una noche sin dormir, o más de un día, consumiendo drogas y bebidas alcohólicas.
  8. Les jóvenes suelen movilizarse en motocicletas y no siempre cuentan con la documentación necesaria para circular de manera regular por la vía pública. En reiteradas ocasiones, con la entrega de una coima [dinero] al personal policial, subsanan la circunstancia de no contar con los papeles de la moto. A su vez, en otros casos, con la entrega de sus armas de fuego a la policía, cuando son aprehendides, evitan permanecer detenides o que inicie una causa penal en su contra.
  9. El Comando Radioeléctrico depende de la Agrupación Cuerpos de la Policía provincial y su tarea principal es el patrullaje de las jurisdicciones policiales para prestar asistencia ante cualquier situación que puede darse en la vía pública, ya sea actuando de oficio o por llamado al servicio del 911 (Bianciotto, 2014).
  10. Cuando se produce una muerte, la mayoría de las veces, las primeras actuaciones de investigación, entre las que se encuentra la identificación de testigues de lo sucedido, las realizan policías de la comisaría o subcomisaría del lugar donde ocurrió; también suele intervenir con posterioridad la División de Homicidios de la Policía provincial.
  11. Surge de un relevamiento de expedientes judiciales en los que se investigaban muertes ocurridas durante los años 2008-2012 en dos barrios de zona sur de la ciudad, uno de ellos La Retirada, que solo en el 20 % de la totalidad de los casos relevados había una condena; es decir, en el 80 % restante, ninguna persona había sido señalada judicialmente responsable por esa muerte (Cozzi et al., 2015b).
  12. Jefe” refiere a quien está a cargo de la comisaría o subcomisaría. La mayoría de las veces, esgrime el cargo de comisario (Bianciotto, 2014).
  13. Es quien tiene a cargo una zona de la ciudad; es decir, tiene a su cargo las comisarías, las subcomisarías y los destacamentos policiales que estén en esa zona (Bianciotto, 2014).
  14. José Garriga Zucal identificó valoraciones positivas similares con referencias al coraje y la valentía en su investigación con policías de la Provincia de Buenos Aires (Garriga Zucal, 2016).
  15. Me mostró una pequeña nota periodística titulada “Un arsenal ambulante en poder de un muchachito, tenía más balas que la policía” (La Capital, mayo de 2000), en la que se contaba sobre la detención de un joven de dieciocho años de edad, en una calle del barrio, “en una ronda de prevención del delito”. Este tenía una bolsa en que encontraron trescientas balas calibre nueve milímetros y cincuenta calibres treinta y ocho; también se mencionaba que la policía estaba buscando al Viejo Montero. Según Rodó, el detenido era yerno de Abel Montero.
  16. Expresión utilizada para mencionar la búsqueda de trabajo, se refiere a dejar Curriculum Vitae en lugares donde haya puestos de trabajo disponibles.
  17. Otres jóvenes también relataron que les obligaron a apagar los cigarrillos de marihuana en sus brazos o que se los hicieron tragar.
  18. Hospital de Emergencias Clemente Álvarez es un hospital municipal de alta complejidad.


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