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3 Segunda generación

Caló, el ladrón que se enfrentó a los narcos

Presentación y fama. Mi familia nunca conformó una banda

Caló pertenece a la segunda generación de ladrones que comenzó a participar en el ambiente cuando este estaba en plena transformación, ligada en parte a la expansión del rubro narco. Una etapa de transición en la cual los narcos empezaron a ganar terreno; terreno que, al mismo tiempo, pareciera comenzaron a perder los ladrones. Fue uno de los líderes de los Porongas, un grupo de jóvenes, en su gran mayoría varones, algunes hermanes entre sí, otres vinculades por lazos de amistad, que a principios del año 2000 se juntaban para jugar al fútbol, sentarse en la esquina a consumir gaseosa, bebidas alcohólicas, marihuana o cocaína, o simplemente pasar el rato. Algunes, a veces, salían a robar, intercalando esas actividades con changas o con ir a la escuela. Otres andaban a los tiros. Pero había una cosa que no hacían, o al menos así lo relataron: no vendían drogas. En un momento en que se estaba produciendo una transición del mundo choro al mundo narco, algunes jóvenes como Caló prefirieron no involucrarse.

Caló es muy conocido en La Retirada, y, al igual que la del Gringo, su fama trascendió las fronteras del barrio y apareció más de una vez en los diarios de la ciudad como el líder de una banda que se enfrentó a los Gatica y los Montero. “Con los Arrieta tras las rejas, a los Gatica solo les quedaba desatar la última ofensiva contra los Porongas”, rezaba una crónica policial del año 2004 del diario La Capital. Esa rivalidad fue explicada en los medios de comunicación locales como una disputa territorial por mercados ilegales, y la caracterizaron en términos bélicos, como si se tratara de una guerra, en cuanto enfrentamiento violento entre dos o más grupos. Proliferaron noticias al respecto.

Cuando lo conocí a Caló, estaba preso en la cárcel de Piñero. Le pedí a mi compañero Francisco que me lo presentara. Francisco y Caló se habían conocido años atrás en el marco del Programa de la Secretaría de Seguridad Comunitaria, en el cual ambos trabajamos. Por ese entonces, Caló llevaba varios años en prisión, con algunas intermitentes salidas. Una tarde fuimos con Francisco a visitarlo a la cárcel de Piñero, una localidad cercana a Rosario, donde se encontraba alojado.

Previamente nos habíamos comunicado con Coria, quien, en ese momento, se desempeñaba como funcionario en la Secretaría de Asuntos Penitenciarios del Ministerio de Seguridad provincial, para que nos autorizara el ingreso a la cárcel. A Coria lo conocía de la facultad siendo estudiantes y, además, habíamos trabajado juntes en una pasantía, en la cual íbamos a distintas cárceles de la provincia y asistíamos jurídicamente a personas presas y condenadas durante el cumplimiento de la pena. Le conté que queríamos entrevistar a un preso en el marco de un proyecto de investigación y mencioné su nombre y apellido. Su respuesta inmediata fue “Caló, qué pibito que quieren entrevistar ustedes, eh”. Se rio y me pidió que presentara una nota por escrito, y, al mismo tiempo, me aclaró que ya estábamos autorizades. Registré en mi cuaderno de campo esas primeras visitas a Caló en la cárcel:

Por casualidad coincidimos con Coria el primer día que fuimos a ver a Caló en prisión, había ido a hacer una recorrida por el penal. Al llegar a la guardia de la entrada, nos presentamos y preguntamos por él o el director de la unidad –tal como me había recomendado–. Fue como utilizar una palabra mágica, ya que, luego de consultar telefónicamente con la Dirección, inmediatamente nos hicieron entrar, sin más preguntas ni miramientos, ni siquiera tuvimos que presentar la nota que habíamos preparado.
Ya dentro de la cárcel, nos encontramos con Coria, quien nos presentó al director del penal y le dijo que éramos de la facultad y que veníamos a entrevistar al preso Romano, nombrando a Caló por su apellido. Para esa época, de acuerdo a datos de la defensa pública, había alojadas allí cerca de setecientas personas. Sin embargo, el director rápidamente supo de quién se trababa. Se acomodó para hablar, como quien va a realizar una advertencia importante, y, dirigiéndose principalmente a Francisco, nos dijo: “Miren, yo les voy a explicar cómo es Romano. Es un preso complicado, porque tiene problemas internos con otros presos y también tiene problemas externos por bandas. Acá tenemos muchos presos de los Gatica, así que, cuando entró, lo tuvimos meses en la celda de ingreso, que no tiene las condiciones necesarias para estar alojado, porque solo es para estar unos días, pero tuvimos que dejarlo ahí por su seguridad. Con el tiempo negociamos con él y con los internos del pabellón doce para que se aloje ahí y hasta ahora lo viene llevando bien, pero, les repito, es un preso complicado”. Francisco le contestó que no se preocupara, que lo conocíamos del barrio, a él y a su familia, que solo queríamos entrevistarlo para un proyecto de la universidad.
Terminada la conversación, Coria nos acompañó hasta el módulo donde se encuentra el pabellón doce. Cuando llegamos a la entrada del pabellón, nos presentó al personal penitenciario que estaba en la guardia y se fue a buscar a Caló. Minutos después, llegaron a donde estábamos, Caló le pedía a Coria unas salidas para atender su adicción a las drogas, a lo que este le respondía que eso no dependía de él, sino de que la jueza lo autorizase. Nos saludamos. Coria se fue y nos quedamos solamente Caló, Francisco y yo, en un cuarto al lado de la guardia, sin luz, sin mesa y sin sillas. Uno de los penitenciarios me alcanzó una silla, mientras que Caló y Francisco permanecieron parados durante toda la charla. Le pedimos que le sacaran las esposas, pero eso no sucedió en ningún momento.
Francisco le preguntó si se acordaba de él. Caló dijo que no, se lo notaba aún un poco molesto por la respuesta de Coria y, de algún modo, nosotres habíamos llegado hasta ahí de la mano de ese funcionario. Francisco le recordó que lo había conocido en el barrio cuando estaba prófugo y le nombró a su mamá, a su tía y a un primo. Entonces Caló miró fijo a Francisco unos segundos y le dijo “Ah, sí, es cierto, sí, ya me acuerdo de vos, sí, sí”, recién en ese momento noté que se relajó un poco.
Francisco me presentó, le contó que yo estaba escribiendo la historia de La Retirada, que mi idea era contarla a partir de las historias de les pibes del barrio y que a él le parecía importante que yo lo conociera. Inmediatamente se entusiasmó con la propuesta, dijo que le encantaba, que hacía tiempo estaba buscando escribir su historia, pero que él no confiaba en nadie. “Muchos vinieron a querer escribir mi historia, pero yo no confío en nadie, vinieron muchos periodistas, pero yo les digo que no; pero en ustedes confío”, afirmó, mirándonos a los ojos. Le expliqué, entonces, que le garantizaba anonimato y confidencialidad, que ni su nombre, ni el nombre del barrio iba a figurar en ningún lado, por su seguridad, y porque no quería perjudicarlo en nada. Estuvo de acuerdo, pero al mismo tiempo mencionó que en algunas cosas sí quería que figurara su nombre: “…para que se sepa la verdad de La Retirada y de mi familia”, sin aclarar, ni precisar demasiado. Nos saludamos afectuosamente y quedamos en volver la próxima semana.
Y así fue. Luego de pasar las distintas guardias, llegamos a la entrada del pabellón doce. Ahí nos atendió personal penitenciario y nos avisaron que se estaba terminando de cambiar. Minutos después llegó Caló, esta vez sin esposas. Estaba recién bañado, perfumado y vestido de manera muy prolija, y llevaba unos papeles en sus manos. En el camino hacia el cuarto en que habíamos tenido nuestro primer encuentro, nos comentó que había leído una nota nuestra en internet, que con algunas cosas estaba de acuerdo; pero que con otras no, y que quería charlar sobre eso. Se trataba de una ponencia que habíamos presentado cuando trabajábamos en la Secretaría de Seguridad Comunitaria del Ministerio de Seguridad provincial.
Llegamos al cuarto sin luz, sin mesa y sin sillas, Caló dijo que no quería que charláramos ahí: “Los guardias o los otros presos pueden escuchar”. Por tanto le pidió al personal penitenciario que nos abriera “la sala donde atienden los profesionales”; “Ahí vamos a estar más cómodos”, mencionó. Uno de los guardias obedeció rápidamente y abrió la puerta de una oficina, que estaba en el primer piso, y en la cual había una mesa, varias sillas y luz. Entramos les tres, el penitenciario se fue y Caló cerró la puerta. Sin la presencia de Coria como autoridad del penal, el vínculo de Caló con les penitenciaries pareciera ser significativamente diferente, no hizo falta que les pidiéramos que le sacaran las esposas ya que llegó sin ellas desde su pabellón y él mismo gestionó un lugar más tranquilo, seguro y cómodo para nuestra conversación.
Cuando el penitenciario se retiró, comenzó a pedirnos explicaciones enérgicamente, nos preguntó desconfiado “¿Cómo es eso que dice la nota que pertenecen al Ministerio de Seguridad? Con la policía no quiero saber nada”. Francisco le volvió a explicar y a recordar cómo fue que lo había conocido, que trabajábamos en el barrio con el programa de la Secretaría de Seguridad Comunitaria, tal como se mencionaba en la ponencia. Caló también nos preguntó quiénes éramos y qué queríamos; “…porque, si es algo de Coria o de la cárcel, me niego rotundamente, no quiero saber nada”. Le aclaramos que no y le expliqué que no teníamos nada que ver con Coria, que yo solo lo conocía de la facultad, que lo había contactado para que nos autorizase el ingreso y que justo habíamos coincidido con él en el día de nuestra primera visita. Las respuestas parecieron convencerlo; luego de un rato, su tono cambió, expresó nuevamente que confiaba en nosotres y que le interesaba nuestra propuesta. “Está bien, así hay que hacer las cosas [refiriéndose al pedido de nuestro ingreso gestionado a través de las autoridades de la cárcel], les voy a contar mi historia porque quiero que se sepa lo que pasó en La Retirada, que no hubo una guerra y que mi familia nunca fue una banda”.

Coincidir en el penal con Coria en nuestra primera visita nos había facilitado el ingreso a la cárcel. Sin embargo, había complicado las cosas con Caló, que nos exigió explicaciones y aclaraciones sobre nosotres y nuestra propuesta. Estas acusaciones, sospechas y desconfianzas muestran tensiones y tiranteces al interior de la cárcel tanto con las autoridades y el personal penitenciario, como con la Policía y el Ministerio de Seguridad, que pusieron en peligro nuestro vínculo con Caló. Al mismo tiempo, recuperar el conocimiento previo entre Caló y Francisco colaboró en la construcción de confianza necesaria para querer contarnos su historia.

Caló no es un preso más. Las autoridades del penal lo conocen e identifican perfectamente, no solo por su nombre y apellido, sino también por su apodo. Es una persona conocida dentro y fuera del ambiente, en el barrio y en la cárcel; ocupa un lugar importante en esa trama de relaciones sociales. Esa fama, de la que por momentos pretende desprenderse o distanciarse, produce efectos diversos en distintos contextos o situaciones. Tanto es así que en nuestras conversaciones se preocupó, una y otra vez, por intentar dejar en claro que ni su madre ni su padre habían formado parte del ambiente, que eran personas solidarias, decentes y trabajadoras. Insistió en que su familia nunca había integrado una banda, como apareció varias veces en las crónicas policiales de los diarios locales, y que ni su madre ni su padre eran delincuentes. Se esforzó, en cambio, por exhibir una serie de marcadores ligados a los valores morales del mundo del trabajo y a la solidaridad vinculada a la Iglesia católica.

Caló: Mi papá jamás pisó una comisaría, jamás tuvo antecedentes, ni [detenciones] por averiguación de identidad, solo pisó por mí, por mi hermano. Mi vieja fue la catequista del barrio, ellos cocinaban en el comedor de la parroquia y les llevaban la comida a las casas de los ancianos que no podían ir. Mi papá es pintor, trabajó para varias empresas, pintó montones de edificios y me enseñó el oficio. Mi mamá trabajó un tiempo limpiando casas y, cuando nacieron mis hermanos y yo, mi mamá se quedó en casa cuidándonos y solo trabajó mi papá.

El esfuerzo por dejar a salvo la buena reputación de su madre y su padre, destacando formas convencionales de construir prestigio, como el cartel de trabajador, pone de manifiesto el peso de su propia reputación, que sabe que no es buena, que es una mala fama, y que lo excede, hasta alcanzar a varies integrantes de su familia.

Los Romano migraron desde la ciudad de Goya, provincia de Corrientes, hace más de cuarenta años. Primero se radicaron en La Sexta, otro barrio de zona sur de la ciudad. Fueron trasladados a La Retirada a fines de la última dictadura cívico-militar, pero, a diferencia de los Arrieta, se resistieron a permanecer solo con un terreno y una casilla de chapa y cartón. Milagros, la mamá de Caló, conocía a un cura y, a partir de algunas gestiones, consiguió una casa de material en la parte de “adelante” del barrio, de un Plan de Viviendas del Arzobispado.

Mario, el papá de Caló, cuando llegó a la ciudad trabajó muchos años en el Frigorífico Swift. Después se desempeñó como pintor hasta que se jubiló. Milagros trabajó limpiando casas y escuelas. Tuvieron cinco hijos varones, entre ellos Caló, y tres mujeres. Tres de sus hijos varones estuvieron presos –Caló y su hermano menor Edgardo seguían detenidos en el momento del trabajo de campo– y dos fallecieron como consecuencia de heridas ocasionadas por disparos de armas de fuego.

Conocí a Mario y a Milagros tiempo después de la agresión que sufrió él por parte de jóvenes pertenecientes a la tercera generación. Se habían mudado de La Retirada a otra zona de la ciudad y nos invitaron a su nueva casa para charlar sobre Caló. Mario, como consecuencia de las heridas, tenía algunas dificultades para hablar y complicaciones en la vista, pero, de todos modos, también se sumó a la charla. Lo primero que remarcaron con firmeza fue que intentaron transmitirles buenos ejemplos a sus hijos, que no entendían por qué habían terminado presos, por qué habían terminado muertos. Mario les había enseñado a los varones el oficio de pintor y los había llevado varias veces a pintar con él; lo repitió una y otra vez en un tono de voz muy bajo, casi para sí mismo.

Mario: ¿Por qué tienen que estar presos? Si yo nunca les mostré un mal ejemplo. Si yo lo único que hice en mi vida fue trabajar para que mis hijos estudien, para que se sepan ganar la vida.
Milagros: Todos saben pintar. Cuando eran chiquitos, salían a vender porque yo hacía pastelitos y los vendíamos en el Swift. Él [Mario] los llevaba a las cuatro de la mañana y ellos vendían mil pastelitos por día.
Mario: Yo llevaba mil pastelitos por día, en el Swift. Mis hijos vendían todos los pastelitos.
Milagros: Yo no sé, siempre les decimos “¿Por qué tienen ustedes que estar presos encima por robo, si ustedes saben trabajar? Si ustedes nos vieron a nosotros trabajar.

Milagros y Mario, al mismo tiempo que se esforzaron por mostrar valores ligados al mundo del trabajo, que de algún modo dejara a salvo su reputación y sus obligaciones de crianza, rechazaron cierta fama que circulaba en los medios de comunicación locales, en los cuales les caracterizaban como una banda y les ubicaban enfrentades a los Gatica y los Montero. La insistencia de Caló en que su madre y su padre no eran delincuentes y el esfuerzo de Milagros y Mario en distanciarse y diferenciarse del ambiente permiten comprender cómo, en este caso, en el ámbito familiar la vinculación con actividades delictivas no parece producir prestigio social, sino todo lo contrario, importa una fuente de vergüenza.

Existen dos mundos en conflicto, con valores morales diferentes. El “mundo familiar”, por un lado, y el “mundo de las amistades” o de les pares, por el otro. Así como el desempeño de Caló en el ambiente lo ubicaba cada vez más en una mejor posición en relación con sus pares, en el ámbito familiar era motivo de problemas y sufrimiento; su madre y su padre sentían vergüenza por el comportamiento de él y de sus hermanos. En el ámbito familiar, respecto al vínculo con su madre y su padre, resulta más valioso vincularse a actividades convencionales como el trabajo o el estudio. No obstante, entre pares, entre sus amigues e incluso entre sus hermanes, el cartel de delincuente, el cartel de tiratiros, el involucramiento en esas actividades sí parecían producir efectos positivos, no solo en términos económicos, sino también como formas de hacerse respetar y ser conocidos y reconocidos; y, al mismo tiempo, constituían modos de diversión y esparcimiento. Las experiencias ligadas al trabajo formal e informal, aunque productivas en sus vínculos familiares, les resultaban, en cambio, aburridas, poco atractivas y humillantes.

Diferentes formas de hacerse cartel: andar en la calle, la escuela, los primeros robos y las primeras changas

Caló terminó la primaria en una escuela confesional del barrio y comenzó la secundaria en una del centro. En segundo año, abandonó sus estudios. Ese momento resultó crucial para él en su involucramiento de manera más intensa con el ambiente. “Ahí se me fue todo de las manos, empecé a delinquir, empecé a consumir, la junta tuvo mucho que ver y la droga terminó de ponerme el sello ahí, de marcarme, de dejarme marcado para toda la vida, se lamentó.

Corría el año 1999; por ese entonces, Caló, con dieciséis años de edad, empezó a andar en la calle, a juntarse en la esquina con otres jóvenes, a consumir drogas –especialmente marihuana y cocaína–. Relató los primeros robos más bien como travesuras, iban junto a sus amigues a un polideportivo municipal cercano y les sacaban las gorritas –viseras– a otres jóvenes. Con el tiempo se juntaron entre varies y compraron su primer revólver. Revólver en mano, empezaron a ir a robar en el centro de la ciudad.

Intercalaba estas actividades con el trabajo de pintor junto a su padre. Iba a trabajar por compromiso, de manera obligada, para que su madre y su padre se sintieran bien, pero no le gustaba.

Era el típico hijo del patrón, a mí no me gustaba lijar. ¿Cómo yo, Caló, iba a estar lijando?, ¿entendés? Entonces, cuando mi viejo me mandaba a lijar, yo le decía al otro pibe que estaba con nosotros, lo mandaba a lijar a él. Mi papá se re calentaba [se enojaba mucho], me miraba y me decía “Agarra el rodillo y ponete a pintar”.

Los relatos relacionados con estos trabajos distan en la valoración que hizo de los robos en los que había participado. Ambas experiencias fueron narradas de manera distinta. Caló prefería salir a robar, le resultaba mucho más redituable y atractivo. Sin embargo, esas actividades le traían conflictos en su casa: por ejemplo, no podía justificar el ingreso de ese dinero. Recordó como “el peor día de su vida” la primera vez que su madre lo fue a buscar a una comisaría. Sintió vergüenza al ser descubierto por su familia, dejando en evidencia esos dos mundos en conflicto, organizados por valores morales distintos.

Eugenia: ¿Y te acordás la primera vez que caíste detenido? ¿Cómo fue?
Caló: Sí me acuerdo, saliendo de los bailes.
E: ¿Cuántos años tenías?
C: Tenía diecisiete años, era menor. Miles de veces me sacaba la madre de algún amigo, para que no se entere mi vieja, hasta que me llevaron y me tenía que buscar alguien de mi familia, mi vieja o mi viejo, y ahí saltó la bronca. Ese día fue mi vieja y fue el peor día de mi vida.
E: ¿Cómo fue que te llevaron?
C: Quisimos robar en el camino del baile, en el centro cuando estábamos volviendo al barrio. Íbamos caminando con otros chicos del barrio porque era típica en ese tiempo, salíamos del baile y arrasábamos con todo, éramos banda [mucha] de gente; y el que quedaba, quedaba engarronado.[1]
E: ¿Entonces ese día te detuvieron?
C: Sí, y al otro día me tuvo que ir a buscar mi vieja. Qué no me dijo mi vieja ese día, me trataban de hablar, todo….

Al mismo tiempo que participar en actividades ligadas al ambiente era fuente de orgullo y generaba respeto y admiración entre sus pares, le traía conflictos y problemas con su madre y su padre. Resaltó Caló:

Por más que sea quien era yo en la calle, el respeto que a mí me tenían todos, yo iba a mi casa y no le faltaba el respeto a mi madre, ni a mi padre, no podía ir con montones de plata. Compraba ropa y droga, después ya invertíamos: comprábamos armas.

La puesta en juego de variados criterios de legitimidad de ambas actividades –robar y trabajar– de acuerdo a contextos e interacciones diferentes apareció de manera frecuente en los relatos de jóvenes de las tres generaciones del ambiente.

El mundo del delito y el mundo del trabajo aparecen como esferas en conflicto, con valoraciones morales distintas y a veces contradictorias. Hay autores que cuestionan ideas preestablecidas sobre la relación de mutua exclusión entre el mundo del trabajo y el del delito. En su estudio sobre el delito amateur, Gabriel Kessler señala las dificultades que encuentran jóvenes de sectores populares para construir identidades a través de vías tradicionales, como el trabajo (Kessler, 2002, 2004). Recupera una serie de transformaciones ocurridas en el mercado de trabajo en Argentina en los años noventa, señaladas por Oscar Altamir y Luis Beccaria (1999). Las personas jóvenes, con menor nivel educativo y calificación, que intentaban incorporarse al mercado de trabajo por esos años se encontraban, la mayoría de las veces, con puestos precarios, volátiles, de corta duración, mal remunerados, sin cobertura social y protección ante el despido; cuestiones que contribuyeron a configurar trayectorias laborales inestables y precarias, con una alta rotación entre puestos distintos, intercalados por períodos de desempleo o subempleo (Kessler, 2004).

Este autor entiende que esas transformaciones en el mercado de trabajo influyeron de manera particular en la configuración de la acción de jóvenes de sectores populares. Esto es, provocaron que “el trabajo” perdiera sus atributos tradicionales y se convirtiera en un mero instrumento de provisión de ingresos junto a otros como el delito. Señala así un pasaje de la “lógica del trabajador” –en la cual la legitimidad de los recursos obtenidos está en el origen del dinero, fruto del trabajo honesto, en una ocupación respetable y reconocida socialmente– a una “lógica del proveedor” –en la que la legitimidad de los recursos está dada por su utilización para satisfacer necesidades, independientemente del origen del dinero–. No obstante, reconoce, al mismo tiempo, que para les jóvenes de sectores populares el “trabajo legal” seguía siendo, a pesar de las desfavorables condiciones laborales, un modo legítimo de ascenso social y la principal forma de construcción de respeto y dignidad (Kessler, 2004).

Para les jóvenes del ambiente, ni participar en actividades ilegales –como salir a robar– ni el trabajo “legal” –como el oficio de pintor– revestían un carácter meramente instrumental. Al contrario, tal vez a diferencia de lo que sostiene Gabriel Kessler, la participación alternada en esas actividades les permitía legitimarse ante unes u otres, según de quién se tratase, dando cuenta de efectos productivos en diversos sentidos: orgullo, admiración, vergüenza y humillación. No se trata, entonces, de “individuos aislados… y sin horizonte” (Pita, 2010), sino que están inmersos en densas tramas de relaciones sociales superpuestas, en espacios sociales específicos. Así, participar en determinadas actividades puede resultar ilegítimo en un campo y valioso en el otro.

Sin embargo, el mundo del delito apareció como más atractivo y deseable. Los modos de relatar sus experiencias escolares y laborales contrastaban con las formas de narrar sus primeros robos y tiroteos. Estos últimos estaban cargados de adrenalina, emoción y de la posibilidad de puesta en juego del coraje y la valentía. La participación en actividades delictivas les resulta así un modelo más atractivo, frente a otras opciones disponibles o posibles, que, si bien pueden generar efectos positivos en determinados contextos, no son las más interesantes y deseadas.

Esta búsqueda de emociones, de puesta en peligro, es un elemento que algunes autores han destacado. El campo de los estudios de la criminología crítica y cultural inglesa recupera una lectura novedosa acerca del delito, ligada a las emociones. Entre ellos, los estudios de Jock Young acentúan la naturaleza sensual del delito y la transgresión y señalan el flujo de adrenalina que implica estar en el límite, la toma voluntaria de riesgos ilícitos y la dialéctica del miedo y del placer como dimensiones significativas (Young, 2003/2008).

En nuestra región, Sergio Tonkonoff (2003), en su estudio sobre jóvenes que salen a robar de caño [armados] en el contexto argentino, también destaca cierta fascinación por el riesgo y la aventura. Por su parte, Pedro de Oliveira (2004) analiza la adhesión de jóvenes a redes de criminalidad en las favelas de Río de Janeiro y advierte que una variable, poco considerada en estos procesos, es la posibilidad de pensar estas redes como configuraciones sociales que permiten incluir algún tipo de excitación o desafío. La aventura y el riesgo aparecen como motivaciones para salir a robar de caño o para participar de las redes de criminalidad. De modo similar, podemos comprender algunas de las dimensiones de la participación de les jóvenes en el ambiente.

La trayectoria de Tattú, quien pertenece a la misma generación que Caló, también permite iluminar los efectos variados de distintas acciones, prácticas y actividades –robar, tirar tiros, trabajar de manera legal–, en cuanto la participación en unas u otras colabora –o no– para la producción de diferentes carteles, que en distintos contextos y situaciones serán fuentes de honor o vergüenza. Detengámonos entonces en su trayectoria. A los doce años de edad, Tattú empezó a juntarse en la esquina con otres jóvenes del barrio, andar en la calle; para experimentar y por curiosidad sobre lo que le contaban sus amigues, comenzó a consumir marihuana y cocaína y, finalmente, a aspirar POXIRAN.

En ese tiempo, alternaba entre ir a la escuela del barrio y estar en la esquina con amigues. Unos años después, comenzaron los primeros robos. Al principio dentro de La Retirada, en avenidas cercanas al barrio y, algunas veces, en el centro de la ciudad. Empezó robando bicicletas junto a otres jóvenes del barrio; “Salíamos armados con cuchillo o con un arma [de fuego] el que podía comprar una, salíamos en banda [en grupo] a robar, cuatro o seis, así en banda”. Con el paso del tiempo, ya participaba con armas de fuego en robos en negocios y fábricas de ropa, ropa que luego vendía en el barrio.

Intercalaba esas actividades con trabajar y estudiar. Estuvo tres años trabajando bajo un plan social de ciento cincuenta pesos, por el cual realizaba tareas de mantenimiento de plazas y parques para la municipalidad. Su papá lo llevó a trabajar con él en una fábrica de aceites, actividad que le resultaba sumamente aburrida. Estudió una tecnicatura en Electrónica. Aprendió a tatuar y, durante algunos años, se dedicó a hacerlo profesionalmente. Amante del rock, participaba de múltiples actividades: iba a recitales, tatuaba, consumía drogas, robaba, trabajaba y estudiaba.

Entonces, no siempre resulta productivo ubicar el “delito” y el “trabajo legal” como polos o pares opuestos, sino más bien como múltiples espacios sociales yuxtapuestos y en algunos puntos en conflicto por los cuales les jóvenes transitan en determinados momentos, y que generan diferentes efectos de acuerdo a contextos y situaciones particulares. Lo que no quita que, por momentos o en determinadas circunstancias, sí sean mundos ubicados por les propies jóvenes como polos opuestos; así, por ejemplo, el relato del rescate de Tattú que mencioné en el capítulo anterior estuvo asociado al tajante abandono de todas las actividades ligadas al ambiente.

Aunque, al mismo tiempo, les jóvenes, especialmente de la segunda generación, mencionaron el salir a robar como salir a laburar, como una forma de generar ingresos para satisfacer necesidades, y a los robos más importantes, como trabajos entregados. El mundo del trabajo y el del delito ponen de manifiesto conflictos porque son organizados por valores morales distintos, que a veces se ligan de algún modo, y en otras oportunidades son ubicados por les jóvenes como polos opuestos, como recurso argumental que les resulta útil para explicar, justificar, valorar, ponderar su participación alternada, a veces discontinua, entre ambos mundos, a lo largo del tiempo.

¿Guerra narco? Las broncas entre los Gatica, los Montero y los Porongas

Sorteadas las desconfianzas y acusaciones iniciales, en nuestros primeros encuentros en la cárcel, Caló insistió en que quería contarnos su historia para dejar en claro que en La Retirada no había habido una guerra por la venta de drogas. Rechazaba así las explicaciones acerca de una serie de enfrentamientos con armas de fuego entre Gatica, Montero y Porongas, que se produjeron a fines de los años noventa y se extendieron hasta mediados de la primera década del 2000, producto de los cuales murieron varies jóvenes –en su gran mayoría, varones– pertenecientes a distintos grupos, entre elles uno de les hermanes de Caló. En los medios de comunicación locales, se construyó, alrededor de estos sucesos, un discurso bélico relacionado a una supuesta disputa territorial por la venta de drogas. La mayor parte de las muertes que ocurrieron durante esos años en el barrio fueron inmediatamente vinculadas con esta imagen de “guerra”, aun cuando hubieran estado involucradas personas que no integraban ninguno de estos grupos ni participaran ni estuvieran ligadas al ambiente.

Durante esos años se acumularon crónicas policiales sobre estas muertes en las páginas de los principales diarios de la ciudad. El origen del cartel de Caló, en términos de fama –de ser conocido dentro y fuera del ambiente–, se liga a estos enfrentamientos. Tanto es así que, años después de estos acontecimientos, sigue apareciendo en los medios locales por estos mismos motivos. Sin embargo, Caló rechazó algunos aspectos de esa fama: “Yo quiero que se sepa que en La Retirada no hubo una guerra por la venta de drogas”, se esforzó en resaltar desde el primer momento.

Varias veces se quejó de que en los diarios mencionaron a sus hermanos, a su padre y a él como integrantes de una banda que vendía drogas. “Mi padre no tiene antecedentes penales y ninguno de nosotros tenemos antecedentes de drogas, tenemos antecedentes de delinquir, eso sí”. Recordemos que en el ambiente la referencia a delinquir es utilizada solo para los delitos de robo; delincuentes son los ladrones. En cambio, quienes se dedican a vender drogas son narcos o transeros.

Al preguntarle, entonces, a Caló acerca del origen de su fama y de la de Los Porongas, él fue categórico:

Nosotros nos hicimos famosos por no permitir que esa gente [refiriéndose a los Gatica y los Montero] venda droga en el barrio, por enfrentarnos un montón de veces con la gente esa, a esta gente no se le enfrentaba nadie, porque iban y hacían desastre, mataban gente y nosotros no lo dejábamos entrar a La Retirada.

Existe un relato producido por diversos actores –periodistas, autoridades judiciales o políticas, policías, entre otros–, que tiene un intenso y extendido uso y se ha tornado parte del sentido común, que ubica a los enfrentamientos entre Porongas, Montero y Gatica como una guerra comercial, una disputa por el territorio para la venta de drogas; y, simultáneamente, se evidencia un esfuerzo de Caló por plantear que, en realidad, lo que sucedió fue otra cosa. No niega su participación en los enfrentamientos, pero sí la caracterización, la clasificación y la explicación que se produjeron sobre esos sucesos, precisamente porque elles no eran narcos, sino que se autodefinían como ladrones y tiratiros.

De este modo, al mismo tiempo que se diferencia y se distancia del mundo narco, Caló remarca su orgullo de ladrón. El distanciamiento y la diferenciación en relación con los sentidos sociales que circulan sobre estas muertes permiten comprender el universo simbólico que comparten –no sin tensiones– jóvenes de esta segunda generación. Las actividades ligadas al mercado de drogas ilegalizadas son valoradas de manera diferente, y, en consecuencia, no siempre resulta productivo en términos de prestigio social participar en ellas; a veces, incluso, resultan rechazadas.

A su vez, Caló y otres jóvenes de su grupo procuraron otras caracterizaciones, motivos y sentidos al explicar el origen de la bronca entre Gatica, Montero y Porongas, vinculados a muestras de valentía y coraje ligadas a demostraciones de cierta masculinidad, lo que refiere a un aspecto productivo de la violencia en términos de obtención de prestigio social. Los Porongas se animaron a enfrentarse a los Montero y los Gatica, grupos con mayor poder, debido a sus vínculos con la policía, pero también por tener acceso a más y mejores armas de fuego y municiones. Los Porongas demostraron así su valentía, y esto es valorado de manera positiva al interior del ambiente.

Entre las personas que viven en La Retirada, se habla de manera frecuente de estas muertes, aun sin que se pregunte especialmente sobre ellas, y circulan diversas versiones acerca del origen de la bronca entre los Gatica, los Montero y los Porongas. Varias personas del barrio que no participan en el ambiente ni están vinculadas o son cercanas a él en su mayoría aceptaban y reproducían la narrativa bélica vinculada a una disputa territorial por el mercado de drogas ilegalizadas. Otres, en cambio, más cercanos al ambiente, especialmente al mundo del choreo, la rechazaban y precisaban otros motivos y significados.

Algunes jóvenes cercanes a los Porongas relataron que el conflicto comenzó “por un problema de polleras”; es decir, atribuyeron el origen de la bronca a que un joven de los Porongas le había robado la novia a un joven perteneciente a los Montero, lo que fue interpretado como una falta de respeto. Otres jóvenes de la segunda generación señalaron que la bronca empezó porque los Porongas mejicanearon a los Gatica y a los Montero. Con mejicanear, hacen referencia a robarles droga, dinero o armas de fuego a los narcos. Además, mencionaron que les exigían a los traficantes parte de la ganancia por la venta de marihuana y cocaína en el barrio; “Para vender droga en un barrio, hay que pagar, si querés venir y arruinar mi barrio, tenés que pagar”, sentenciaron.[2]

En una de nuestras conversaciones en la cárcel, le pregunté a Caló por el origen de la bronca entre los Porongas, los Gatica y los Montero; si bien en los encuentros previos habíamos estado rondando el tema, no me animaba a preguntárselo directamente. No se rehusó a responder; al contrario, dijo que íbamos a ser les primeres en saberlo, ya que él nunca había querido contárselo a nadie, a pesar de que varies periodistas habían querido entrevistarlo en más de una oportunidad.

Caló: Nosotros primero tuvimos problemas con la banda de los Gatica, que son todos parientes del Abel. El Abel es tío o primo, con ellos estuvimos enfrentados hasta que dieron el brazo a torcer y muchos se fueron del barrio y quedamos nosotros. Después se levantó el Abel y ellos vinieron con todo. Entonces, todo surgió porque nosotros, ya metidos en la adicción y en la droga a full, con mis compañeros no tuvimos otra mejor idea que ir y robarles a unas personas que vendían droga sin saber que era hermano del Abel Montero; y ahí viene todo el problema, porque a ellos nadie los había tocado. Nadie le había robado la droga, por un poco de droga empezó todo esto, toda la guerra que se armó ahí en La Retirada. No por la droga en sí, sino por el solo hecho de meterse ahí, de robarle ahí, porque a nadie le daba para ir a meterse ahí, y nosotros no lo hicimos por querer fama, lo hicimos porque queríamos drogarnos. No medimos los riesgos, sin saber que era de esta persona, del Abel.
Eugenia: ¿Y si hubieran sabido que era él?
C: No es que le teníamos miedo, en ese tiempo no traficaba el Abel, delinquía y era respetado en el ambiente, por eso, si nosotros sabíamos que era él, nosotros por respeto no hubiéramos ido. Pero no medimos las consecuencias, ellos viven en El Obús, y bajaban todos a La Retirada, con todo, con un arsenal, era impresionante vivir así. Y yo en un tiro me metí y no me podía echar marcha atrás, y estaba en peligro mi vida, la vida de mi familia. Nosotros quisimos un montón de veces dialogar con esta gente. Ellos no eran tan poderosos como ahora, se manejaban en carro, en caballo, en bicicleta, solamente tenían buenas armas y mataban muy sarpado.

Según Caló, el origen de la bronca está relacionado a que mejicanearon a los narcos, se animaron a ir a robarles en su propio territorio, y, con esas acciones y actitudes, los Porongas no solo pusieron en tela de juicio la reputación ligada a la valentía de los Montero y los Gatica, sino que, además, les disputaban poder y autoridad en su propio barrio. Frente a esto, la respuesta no tardó en llegar. Los Montero y los Gatica se hicieron respetar también a los tiros.

La primera muerte de esta larga saga fue perpetrada por los Porongas, y la primera víctima fue uno de los Gatica; más precisamente, Fabio, el hermano mayor de Caló, mató a Víctor Ciprés, un carteludo de los Gatica. A los pocos días, en venganza de esa muerte, un joven de los Gatica hirió mortalmente a Leandro, otro de los hermanos de Caló. A Leandro lo mataron para vengar la muerte de Víctor Ciprés. Estas muertes se transformaron en un hito en la historia de ambos grupos y suelen ser contadas y relatadas detalladamente una y otra vez. Leo, un joven cercano a los Porongas perteneciente a la segunda generación, que participa de un taller de carpintería en el Galpón de Emprendedores, fue una de las personas que relató esa muerte.

Leo: Primero, el hermano de Caló mató a uno de los Gatica, y uno de los Gatica a los pocos días mató a otro hermano de Caló. El de los Gatica que mataron era un carteludo de acá, matan a ese y ahí se empezó a armar la guerra. Mataban a uno cada tanto, iban a tirar tiros allá, de allá venían a tirar tiros acá, era más para hacerse ver quién era más carteludo, no era una guerra narco por el territorio como dicen los medios, mentira, si estos pibes [los Porongas] nunca vendieron drogas, ¿me entendés? Nunca anduvieron en la movida de la droga, siempre anduvieron robando.

Con carteludo, señalan a una persona de peso en este espacio social, ya sea por su coraje y valentía o por acumular muertes en su haber, elementos que consolidan su cartel de tiratiros y, por lo tanto, la convierten en un blanco codiciado para demostrar coraje y ascender en la escala de prestigio al interior del ambiente. Parafraseando a Maurice Godelier (1986), Fabio, el hermano de Caló, se animó a enfrentar a un “gran guerrero”, y así su cartel de tiratiros se vio fortalecido; pero, al mismo tiempo, la reacción no se hizo esperar. El hecho de que algún joven hiciera uso de esa violencia contra alguno de les integrantes de la otra junta [grupo] parece habilitar y, en algunos casos, obligar al resto de les jóvenes a abrir fuego contra ese agresor, lo que evidencia nuevamente la fragilidad de estas formas de construcción de prestigio y poder.

Los grupos miden su poder a través de las muertes todo el tiempo. Se refuerza así esta idea de que el cartel es relacional; es decir, se construye a partir de la exacción del poder que tiene el otre contra quien se enfrenta. Las muertes resultan moneda de intercambio para demostrar coraje y valentía e ir acumulando valor al interior del ambiente. Leo precisó a qué se refería con carteludo, como un valor que se puede quitar, ligado a formas de acumular poder. Además, al diferenciarse y distanciarse de jóvenes de la tercera generación del ambiente, permitió comprender las reglas y los códigos de este universo simbólico:

Eugenia: ¿El tipo de violencia que te hace carteludo, es contra otro pibe o contra cualquiera?
Leo: Contra los que tienen más cartel, ese te hace más carteludo, pero hay quienes que, si te tienen que tirar, no les importa si hay una criatura [niñe], no les importa nada, ¿entendés? Eso se perdió; antes, si vos andabas con una criatura, se respetaba, no le tirabas. Ponele yo me crucé con uno que tenía bronca, justo estaba yo, estábamos probando una escopeta, en el medio de la calle, cuando miré así, había uno que nos habíamos agarrado a los tiros hacía un par de días. Venía con el hijo, la mujer y le dije “Si quiero te mato, como yo no soy un sarpado, te dejo pasar, pero, por donde te enganche a vos solo, te mato. Entonces esas cosas antes se veían, si estabas con una criatura no te tiraban, o sea, había ese respeto, que no se puede meter a una criatura en un problema grande, pero hoy en día se perdió, con esta generación que empezó ahora.
E: ¿Cómo te parece que pasó eso?
L: Ellos [se refiere a los Payeros, pertenecientes a la tercera generación] lo perdieron cuando le tiraron un tiro al padre que iba con el hijo, con el nenito, y se murió el nenito.[3] Entonces ahí se perdió todo, lo que pasa es que todo se pierde cuando hay algo que se genera, como esto, antes no se veía eso; y, sin embargo, ahora cuando pasó eso se empezó a ver.

Bajo la referencia del respeto, Leo está hablando de un mundo de reglas y códigos muy claros. Aparecen así criterios de legitimidad –e ilegitimidad– de los usos de la violencia. No resulta valioso, deseable, aceptable desplegar violencia contra familiares de jóvenes del ambiente, especialmente niñes y mujeres. Tampoco el resto de les niñes, mujeres y adultes del barrio son blancos válidos o deseables. Estos usos no convierten a la persona en un carteludo, ni le permite subir en la escala de prestigio; lo ubica, en cambio, como un sarpado, un cachivache o un atrevido.

¿Los carteles de sarpado, cachivache, atrevido resultan fijos?; es decir, ¿una vez que se traspasan ciertos límites, no hay posibilidad de reparación del daño producido por el acto o de redención de la persona por el error cometido? ¿Se trata de estatus fijos? O, en cambio, ¿son, al igual que el carteludo, móviles, inestables, dinámicos, frágiles, que se adquieren, pero que también se pueden perder o rechazar? Pareciera que funcionan más bien de este segundo modo; es decir, son carteles que se tienen que ir acumulando o rechazando todo el tiempo, porque siempre existe peligro de perderlos o de obtenerlos. Y a veces resulta más difícil rechazar ciertos carteles; por ejemplo, cuando son fabricados, consolidados o amplificados por actores que interactúan en el ambiente, como les periodistas.

Los medios de comunicación contribuyen a crear, consolidar o amplificar los carteles y las famas de estos dos grupos y del barrio. La muerte de Víctor Ciprés salió en una primera nota muy escueta en el diario La Capital, en el mes de abril del año 2001, titulada “Vecinos de La Retirada a los tiros: un muerto y tres heridos” (La Capital, abril de 2001), en la cual se detallaba que se desconocían los motivos de las disputas. Al día siguiente, el mismo diario le dedicó una página entera al episodio. En la crónica se mencionó que Fabio Romano estaba detenido, acusado de ser el autor de los disparos mortales, y se caracterizó el hecho con ribetes cinematográficos “por la violencia y la conmoción que causó en la barriada (La Capital, abril de 2001). Tiempo después, Fabio fue condenado por homicidio y estuvo seis años preso.

En el momento en que sucedieron estas dos muertes, Caló tenía diecinueve años y cumplía una condena por robo. Mario y Milagros contaron que, un domingo, Mario y su hijo Fabio estaban yendo a visitar a Caló a la alcaldía y, cuando pasaron por la cortada donde solían juntarse los Gatica, Víctor Ciprés le intentó arrebatar el bolso que Fabio llevaba con comida para su hermano. Fabio se resistió y le quiso responder, pero Mario lo calmó y siguieron su camino. Al regreso de la visita, los Gatica volvieron a molestar a Fabio y esta vez él reaccionó. Mario contó:

Yo no sé si ellos lo molestaban porque sabían que era hermano de Matías [Caló] o por otra cosa. Mi hijo se puso a hablar con ellos para que no le falten más el respeto; entonces el pibe este, Víctor, sacó un arma y le pegó un tiro en las piernas a Fabio, después le apuntó en la cabeza y le pidió la billetera. Entonces, él le sacó la billetera y se la dio, cuando se la dio, mi hijo también sacó un arma y le pegó un tiro.

Milagros, la mamá de Caló, interrumpió a Mario en su relato y, lamentándose, mencionó con tristeza: Ahí fue la desgracia de todos nosotros, vinieron todos los Gatica, nosotros no sabíamos quiénes eran, vinieron todos, nos querían quemar la casa, y así fue que se vengaron por uno de mis hijos, tomaron venganza con mi hijo Leandro”. Según el relato familiar, Fabio, intentando defenderse, había matado a un carteludo de los Gatica, y, en venganza, en respuesta a esa muerte, otro joven de los Gatica había herido mortalmente a Leandro.

Leandro no estaba involucrado en las actividades de sus hermanos, trabajaba junto a su padre y le gustaba jugar a la pelota, portaba cartel de trabajador. Lo mataron en el mes de mayo del año 2001, estaba jugando al fútbol al fondo de La Retirada y un joven de veintiséis años de edad, integrante de los Gatica, salió de detrás del arco y le disparó por la espalda, hiriéndolo en el brazo y en la nuca. Estuvo agonizando varias semanas y, finalmente, falleció.

Para la familia Romano, esta muerte es considerada como sumamente injusta, tanto Caló como Mario y Milagros reiteraron que Leandro no andaba en nada”, valoración que es compartida en el barrio. El despliegue de violencia contra varones –jóvenes y adultos– decentes del barrio no resulta aceptado y es cuestionado. Cuando el que muere es un joven decente, esa muerte es interpretada como injusta y severamente reprochada. No son blancos válidos, ni deseables, ya que tampoco resultan redituables para escalar en la jerarquía del ambiente; no estamos frente a preciados carteludos.

La decencia de los varones jóvenes está ligada a no participar del ambiente, a no andar en la joda y solo involucrarse en actividades convencionales, como trabajar o ir a la escuela. Andar en la joda significa participar en variadas actividades: andar a los tiros –disparar con armas de fuego–, andar en la calle –pasar varias horas en diversos lugares en los espacios públicos del barrio, tales como la esquina, la plaza, la cortada–, salir a robar, participar en mercados ilegales, y consumir bebidas alcohólicas o drogas.

Pero hay otro elemento en el relato familiar que explica la valoración de injusta que se le dio a esa muerte. Tanto Caló como su padre resaltaron que el joven le había disparado a Leandro por la espalda, cuando estaba desarmado, jugando a la pelota, sin posibilidad de defenderse. Esta forma de matar que se inscribe en la venganza de la muerte de Víctor Ciprés en poco colabora a generar prestigio y respeto al interior de ambiente; lejos de demostrar coraje y valentía, es más bien una señal de cobardía y debilidad. Al mismo tiempo, permite comprender cómo las reputaciones trascienden a las personas; estas no son individuales, sino que pesan también sobre otres tan solo por ser parte de la misma familia o grupo. Los Gatica molestaron a Fabio porque era hermano de Caló, mencionó Mario; del mismo modo, Leandro se tornó un blanco posible, por más que no estuviera en nada, solo por el hecho de ser hermano de Fabio. Se evidencian así las dificultades para ser solo un individuo en esta densa trama de relaciones sociales.

Los Porongas no fueron las únicas personas del barrio que se enfrentaron a los Gatica y a los Montero. Varios jóvenes varones de la segunda generación tuvieron situaciones de enfrentamientos similares. Sin embargo, ninguno de ellos obtuvo celebridad, ni cierto poder diferencial relativo o autoridad como resultado de esos enfrentamientos. Aunque no sean historias de éxito o de total éxito, muchos jóvenes las cuentan una y otra vez, lo que permite comprender las valoraciones en relación con las muertes y los enfrentamientos existentes y posibles en el ambiente.

El día que lo conocimos a Tattú, al mismo tiempo que propugnaba que les jóvenes aprendieran otras formas de hacerse respetar en el barrio, contó con cierto orgullo –y mucho detalle– que, en el año 2000, cuando tenía tan solo dieciocho años de edad, él se había enfrentado con los Gatica. Según su relato, la bronca se había originado porque Robertito, un joven de los Gatica, hijo de Juan Alberto, el traficante más grande de los Gatica”, le robó una bicicleta y la vendió; “Era una de las primeras bicicletas que habían salido con cambio en el manubrio, y yo era el único que la tenía acá en el barrio, todos la querían, pero nadie se atrevía a sacármela”, detalló. Ese día había dejado la bicicleta en la casa de una vecina para ir a aspirar pegamento en un baldío al fondo de La Retirada, y, cuando regresó a buscarla, ya por la noche, le avisaron que Robertito se la había llevado.

Ese robo significó para Tattú mucho más que la pérdida material, su orgullo de ladrón había sido dañado: “Yo no lo iba a soportar, imaginate que le roben a un choro, el choro es choro, no quiere que le roben, es lo peor que puede haber”, remarcó. Hasta ese momento tenía cierto vínculo con los Gatica porque vivían cerca, entonces decidió ir hasta la casa de elles a pedirles que le devolvieran la bicicleta. Al llegar, Robertito le dijo en tono burlón que había salido a robar con la bicicleta y la había perdido; “‘Pero ¿cómo perdiste mi bici y no perdió nadie con mi bici? ¿No cayó nadie?’, les pregunté”,[4] recordó Tattú. A Tattú no lo conformó la respuesta y fue hasta su casa a buscar un arma.

En ese tiempo estaba desarmado, tenía un [revolver] 38 que lo había perdido, tenía un [revolver] 22 que lo había vendido, después tenía otro fierro [arma de fuego] que era un lechucero, que lo había cambiado por una caja de tatuar, en ese tiempo estaba empezando a tatuar también. Bueno, como no tenía arma, le saqué un cuchillo de cocina a mi vieja.

Cuchillo en mano, volvió a la cuadra donde vivían los Gatica para exigirles la devolución de la bicicleta.

Fui y me planté en la cuadra de ellos, una cuadra que nadie entraba y que era famosa porque los traficantes les pegaban a todos. Así que me planté y empecé a reclamar mi bicicleta, hice un quilombo [lío] bárbaro, lo llamé al loco [se refiere a Robertito], ahí nomás le empecé a decir “Si ustedes son todos unos transeros, traficantes, qué me venís a decir vos que saliste a robar con la bicicleta, si nunca robaste”.

Empezaron a discutir y se pelearon a golpes de puño, de ahí nació la bronca. Según contó Tattú, su cartel se empezó a elevar en la escala de prestigio del ambiente, porque les hizo frente en su propio territorio, “a los que más miedo les tenían todos en el barrio”. Tiempo después de este episodio, un joven ligado a los Gatica le disparó a Tattú y lo hirió en su pierna.

Tattú: Yo estaba en bicicleta, con mi cuñado, y cuando veo así, mi cuñado había desaparecido. Vi que los otros [los Gatica] estaban enfierrados [armados], entonces ¿qué hago? Yo estaba regalado [sin posibilidad de defensa], uno con una carabina, otro con una recortada, entonces obvio, me quiero ir, porque soldado que huye (entre risas) sirve para otra guerra, porque no tenía nada. Salté una zanja y sentí un tiro, de atrás me dieron, me pegó Pepino, un soldadito de ellos, le dieron un arma, el pibe quería cartel y se hizo cartel conmigo. Empecé a correr, corrí una cuadra y siguieron tirando, con una carabina recortada me dieron, llegué a mi casa, me até un buzo tipo Rambo en la pierna, agarré una cuchilla y salí de nuevo, era re [muy] tarado porque era corajudo, no me importaba nada, así que, cuando salgo, de vuelta me tiraban, se venían todos para el pasillo, me tiraban desde el pasillo. Salí la segunda vez y me desvanecí, por la sangre que perdía, como que me desmayé, se me puso todo negro, no podía hablar y me caí. En eso me agarró el hijo del Gringo Arrieta, me levantó en un auto y me llevó al hospital.

Escuché a Tattú contar esta anécdota a distintas personas, en diferentes ocasiones; siempre con el mismo nivel de detalle, y a veces le agregaba algún dato que lo tornaba aún más heroico. A pesar del riesgo del relato fantástico, siempre presente en el trabajo con narrativas, lo importante es que funciona para Tattú como una argumentación legítima en este universo simbólico que comparte. Permite comprender las valoraciones morales que circulan en este espacio social y, también, brinda pautas de las jerarquías del ambiente para esta segunda generación, en un momento de transición del mundo choro al mundo narco, que se estaba produciendo como efecto de la expansión del mercado de drogas ilegalizadas.

La referencia al orgullo de ladrón y el malestar que mostró Tattú porque un traficante le había robado a un ladrón evidencia que el cartel de ladrón aun resultaba más redituable que el de narco, en términos de honor y prestigio, y debía ser defendido a ultranza. Más aún, lo que parece haberle molestado a Tattú y que originó, según él, el conflicto con los Gatica y su pelea con Robertito no era solo que le habían robado a un ladrón, sino que los narcos se hacían los ladrones.

Además, los narcos quisieron hacerse cartel con él porque era corajudo y porque su cartel se había elevado cuando se animó a entrar en el territorio de los Gatica, lo que nadie se animaba a hacer. Nuevamente aparece la muerte, el uso de armas y la violencia como recursos válidos no solo para hacerse respetar, sino, también, para adquirir reconocimiento en el ambiente, para tener un nombre, para quedar ubicado en un mejor lugar en la escala de prestigio. Aunque en este caso esa fama no trascendiera los límites del barrio.

El uso de la violencia, el dar muerte o herir a otres que participan en el ambiente, que ya tienen cartel, no solo está vinculado a la demostración de coraje, sino que además funciona como un bien que regenera riqueza, en términos de valor de capital acumulado que se puede exhibir; y, además, permite obtener mayor poder sobre otres, aunque sea de manera frágil y momentánea; es decir, que se puede ganar y perder fácilmente. Reviste, entonces, un carácter inestable.

Varias personas del ambiente coincidieron en que los Montero y los Gatica comenzaron a hacerse fuertes y famoses porque empezaron a “matar a un montón de pibes”: “Acá en el barrio hicieron desastre”. La construcción de mayor poder de los Montero y los Gatica fue atribuida no solo a trabajar con la policía, a tener más y mejores armas de fuego y municiones. sino también a un despliegue de violencia de una manera que no había sido experimentada de ese modo hasta ese momento. “Mataban sarpado”, caracterizó Caló, traspasando límites y reglas compartidos en el ambiente, y, además, implementaron formas novedosas de matar.

La muerte del Pelado Ruiz de los Porongas en manos de los Montero constituyó un hito en relación con estas formas novedosas de matar, y, durante el trabajo de campo, las personas del barrio la mencionaron de manera frecuente. Se cuenta que, en el año 2004, los Montero habían secuestrado y mantenido en un rancho durante quince días a este joven. Durante el cautiverio, lo torturaron, “le largaban perros para que lo mordieran, lo ataron a un caballo y lo hicieron pasar por las vías del tren”, le cortaron partes de su cuerpo y, estando aún vivo, lo envolvieron en cal y lo enterraron. Días después, la policía encontró su cadáver mutilado en un descampado de la zona oeste de la ciudad.

Algunas personas del ambiente atribuyeron directamente el mayor poder posterior de los Montero a esta muerte. Leo relató:

Ellos se hicieron poderosos cuando lo mataron al Pelado Ruiz, fue un caso increíble, que entierren una persona viva, que la verdugueen tanto, nunca visto. El pibe este era muy atrevido, le tiraba siempre tiros a los Montero, muy atrevido, si te tenía que cagar a tiros, te cagaba a tiros, todo empezó así por berretines [otra forma de mencionar a las broncas], y este pibe todos los días los cagaba a tiros a los Montero, todo empezó por eso.

Tattú también recordó esta muerte y relató lo sucedido en términos de una especie de castigo ejemplar que, de algún modo, instauró un nuevo orden a partir del terror:

Tattú: El Pelado Ruiz robaba de caño [con armas de fuego], iba a las casas y las desvalijaba, me acuerdo porque yo también había robado con él. Era un personaje. Encaraba y él siempre los volvía locos a los Montero y los Gatica, pasaba por la cuadra y le aflojaba balas [les disparaba]. Entonces, ¿qué hace el Abel? Le pagó a un pibe, a un compañero, uno que se juntaba con los Poronga, que salían a robar juntos, no sé cuánta plata le dio para que lo entregue al Pelado Ruiz. Vino y le dijo que tenía un trabajo [robo] para hacer, una casa en un campo. Le dijo que no había que llevar armas porque ya tenían. Entonces lo llevan, me acuerdo porque me contaron los pibes, yo me juntaba mucho con ellos, lo llevan a una casa, entran y lo estaban esperando el Viejo Abel con todos sus secuaces. Y ahí lo entraron a verduguear, él siempre los tiroteaba.
Eugenia: ¿Y les robaba también?
Tattú: Sí, también, los agarraba a los soldaditos y les robaba; encima se metía en El Obús, les tiroteaba allá también, por eso se ensañaron tanto con él. Me contaron todo cómo fue, lo ataron en una silla, lo hicieron morder por un perro, le arrancaba los pedazos. Después lo ataron a un caballo y lo arrastraron por toda la vía. Ellos ya tenían varias muertes, pero no como lo que le hicieron al Pelado, con él hicieron desastre. Lo enterraron vivo, con cal; salió por la tele.

Al igual que el resto de las personas que viven en La Retirada, la mayoría de les jóvenes de las tres generaciones hicieron referencia a este suceso en alguna oportunidad, lo que da cuenta de cómo esa práctica que traspasó límites y rompió códigos generó efectos en el resto de les jóvenes del ambiente. Es el propio mundo de reglas que organizaba sus vidas el que fue puesto en crisis con esta muerte; aunque pueda resultar difícil comprender cuál es la lógica de esta nueva forma de violencia y crueldad, más que la pura destrucción, más que el terror, marcó, así, un cambio de época. Un nuevo orden que se instala a partir del terror; y ese terror –y la narración de él– tiene en algún punto un uso político. Tal vez, mirado con algo de distancia, pueda comprenderse mejor que, precisamente, estas formas novedosas de infundir terror y el ejercicio físico de la violencia más allá de lo aceptable por el grupo son lo que les permitió a los Montero imponerse en el ambiente; es decir, esa forma desbordada, más allá de lo tolerable, desafiando los límites, les permitió dominar y consolidar su poder, al menos por un tiempo. Se trató entonces de una violencia expresiva cuya finalidad fue exhibir y consolidar poder a través del terror y de un uso ejemplificador de la crueldad.

De manera similar, Rita Segato (2013) analiza una serie de asesinatos de mujeres en Ciudad Juárez (México). Sostiene que el cuerpo de esas mujeres asesinadas es utilizado para inscribir poder soberano y comunicar, además, un mensaje al resto de la comunidad. Resalta su calidad de violencia expresiva –más que instrumental–, cuya finalidad es la expresión del control absoluto de una voluntad sobre otra; de este modo, son el dominio, la soberanía y el control su universo de significación.

Para esta autora, la función de la ejemplaridad es central en las prácticas crueles, pues ella permite el ejercicio de la soberanía y el control territorial, que se expresa en su capacidad de acción irrestricta sobre los cuerpos, dando un mensaje de su ilimitada capacidad violenta y de sus bajos umbrales de sensibilidad humana (Segato, 2013). Puede entenderse, entonces, como una forma de (re)afirmar el poder soberano, que no se afirma si no es capaz de sembrar terror, si no es capaz de dirigirse a otres, para intentar señalar que su control sobre el territorio es total.

Durante el trabajo de campo, más allá del encuentro fugaz con el Gatica Miguel, no logré conocer a ningune de les integrantes ni de los Gatica ni de los Montero. Nadie accedió a presentármeles, cada vez que intentaba dar con elles; me recomendaban que no lo hiciera, que eran “muy peligrosos” y que “no servían para nada, no tenían códigos”. De alguna manera, estas recomendaciones dan cuenta de la inscripción del terror, y, al mismo tiempo, les permite a las personas del ambiente diferenciarse y distanciarse de elles y de sus prácticas.

A pesar de no haberles podido conocer personalmente, tanto los Gatica como los Montero fueron nombrados reiteradamente por personas –jóvenes y adultas– de La Retirada. A los Montero, la mayoría de las veces les mencionaron sin referirse a elles directamente, sino como “los de enfrente” o “la mafia de allá enfrente. Un joven de la tercera generación mencionó: Aquellos son narcotraficantes, tienen armas, son mafia”. Y agregó: “No te perdonan una, te usan y te matan como un perro, se hicieron conocidos matando gente. La construcción de su poder y autoridad parecía así estar ligada más al ejercicio de la violencia que a las otras dimensiones que aparecen en la trayectoria del Gringo Arrieta, vinculadas al intercambio de favores.

Sin embargo, a contrapelo de todos estos relatos centrados en el terror, Verónica, la trabajadora social del centro de salud municipal de La Retirada, me contó de la ayuda que había recibido una mujer que vivía en El Obús por parte de los Montero y, de alguna manera, ligó la autoridad de elles también a ese tipo de intercambios y a las posibilidades de ayuda y auxilio. A esta mujer, de manera accidental, se le había quemado su precaria casilla, en la que vivía junto a sus hijes. Recurrió al centro de salud en búsqueda de alguna respuesta habitacional que necesitaba de manera urgente. Verónica comenzó a llamar a las distintas áreas estatales de desarrollo social, tanto municipal como provincial, para intentar darle una solución a esta familia:

Los llevé a los de Promoción Social, me tenían a las vueltas, la chica, viendo mi desesperación, la chica que se le había quemado la casa, me agarró así [Verónica tomó mi brazo], me miró y me dijo “Dejá, Vero, mirá, yo voy a hablar con el Viejo Abel, voy a hablar con él, algo me va a dar, no te preocupes”. Yo sentí tipo Pablo Escobar, y pensé “Soy una perejila”.

Ambas reímos. Le pregunté, entonces, si eran frecuentes este tipo de relatos en el barrio. Me dijo que no, que solo le había pasado con esa vecina, y me aclaró que la posibilidad de ayuda podía estar relacionada con el hecho de que esta mujer vive “de aquel lado [refiriéndose a El Obús, el barrio donde viven los Montero]” y tiene cierta relación con elles, porque les conoce desde que era niña. “Capaz allá encontrás más de estas historias”, reflexionó.

Tener cabida en el ambiente: trabajos entregados

Luego de la muerte de su hermano Leandro y ya en libertad, habiendo cumplido una condena de dos años y medio por robo, Caló empezó a participar en escruches y trabajos entregados. En el ambiente se llama escruches[5] a robos en casas o negocios, preferentemente cuando sus habitantes no están, y trabajos entregados –como ya mencioné–, a los robos que se organizan a partir de data [información] que trae alguna persona –que puede participar o no del ambiente, ser también policía o integrante de alguna fuerza de seguridad– sobre que en determinado lugar –una casa, un negocio, una fábrica– hay cierta cantidad de dinero disponible u objetos valiosos. Estos robos, que son mencionados como trabajos, requieren mayor organización y planificación, lo que muestra menos improvisación y cierta profesionalización en la actividad. En una de nuestras conversaciones, le pregunté a Caló cuánto había sido lo que más había obtenido en un robo, y me contó de estos trabajos entregados, diferenciándolos de los arrebatos o robos aleatorios que había realizado siendo más chico o que seguían llevando a cabo otres pares de su generación:

Eugenia: ¿Cuánto fue lo que más que sacaste en un robo?
Caló: Y sesenta mil pesos, cuando robamos un supermercado, ese fue un trabajo entregado. Éramos cuatro y sesenta para cada uno, sesenta mil para mí, para la otra persona y para la otra. Participamos varios, porque hay personas que entregan el trabajo [pasan la información], hay personas que te sacan en un auto, hay otras personas que te hacen trasbordo, son muchos.
E: ¿Y eso se organiza con tiempo?
C: Sí, se organiza con tiempo y está entregado. No era que agarrás al hilo [al azar] un supermercado. Esos trabajos los hacía con gente más grande, cuando estuve detenido o por ser Caló, iba a cualquier villa y, si no me conocían, decían “Aquel es fulano”, y ahí tenía contacto con un montón de gente, empecé a tener cabida en el ambiente, a tener contacto o conocer gente de otras bandas más grandes, más organizadas y que robaban plata de verdad. Iban a robar y sabían lo que iban a hacer, porque, un montón de veces, un montón de pibes salen a robar drogados y no saben lo que van a hacer, y nosotros en todo momento sabíamos que no íbamos a ir a matar, que íbamos a buscar la plata e irnos lo antes posible.

A los trabajos entregados, Caló no los hacía con sus amigues de los Porongas, sino que los realizaba con otras personas más experimentadas, que había conocido en su paso por comisarías y cárceles, y lo buscaban a él para laburar [robar]. Caló recibió esas invitaciones para realizar trabajos entregados o accedió a esas oportunidades “de hacer plata de verdad” gracias a su fama y a la posición que había empezado a tener en el ambiente. Para esa época, Matías Romano ya era Caló, salía con frecuencia en las crónicas policiales locales y era un cliente habitual de las burocracias penales. Relató, con cierto orgullo, que, cuando empezó a ser muy conocido, al ser detenido en una comisaría o en la Jefatura de Policía, se acercaban un montón de policías, “gente de uniforme, con muchas estrellas”, y lo hacían parar para sacarle fotos, como una especia de trofeo. Recordó que les policías se decían unes a otres “Ese es Caló”.

En sus inicios, Caló, con sus compañeres de los Porongas, robaban dos o tres motos por día y sobrevivían. Con el tiempo, conoció a “otra gente del ambiente y comenzó a “robar grande”: “Me empecé a contactar con gente más grande y más organizada y que robaban plata de verdad. Iban a robar y sabían lo que iban hacer, eran trabajos arreglados”. Como mencioné, la posibilidad de involucrarse en robos de mayor importancia estuvo ligada al contacto con personas más grandes del ambiente, a tener cabida. Ese tener cabida está relacionado a estar mejor posicionado en la red de relaciones sociales que configuran el ambiente.

De este modo, la importancia de tener cabida no solo se vincula al mercado de drogas ilegalizadas, como en la trayectoria del Gringo Arrieta, sino también a la posibilidad de participar en robos grandes. Queda en evidencia nuevamente la centralidad y el peso de las redes de relaciones, que facilitan la participación en determinados circuitos, como una las dimensiones del ambiente. Así, tener cabida refiere a contar con los contactos adecuados, obtenidos, en parte, por las formas de andar y hacer en este espacio social, por las formas de hacerse respetar, de sobresalir en actitudes revestidas de coraje, lealtad y valentía, y que permiten, como consecuencia, adquirir reconocimiento; pero, también, a partir de ciertos intercambios que generan determinadas obligaciones sociales.

El ambiente funciona como un espacio social en el cual pueden establecerse relaciones de intercambio, que permiten la participación en determinados circuitos o la obtención de ciertos bienes; por ejemplo, la posibilidad de adquirir fácilmente armas de fuego y municiones de manera ilegal. Cuando les pregunté a jóvenes pertenecientes a la tercera generación cómo hacían para comprar armas, mencionaron la importancia de tener cabida.

Siempre uno tiene cabida por Gálvez [ciudad lindera de Rosario], por el barrio El Potrero, por todos lados, tenés que tener un conocido que ande en los manejes y, bueno, le tenés que decir quiero una [arma] así, así, y va y se mueve y te trae. Son caras, una nueva está como dos mil pesos, tres mil pesos, y un treinta y ocho a este le costó una luca. Depende las cabidas que tengas, si vos conocés a alguien que tiene fierro, bueno, que te lo aguante [te lo preste] o le comprás, según con la persona que tratás.

Si no tenés cabida, no sos nada, ni nadie, no podés vender drogas, no podés robar grande, no podés comprar armas.

El cartel produce diversos efectos; es decir, permite tener cabida, facilita el ingreso en ciertos circuitos, como robos de plata de verdad; pero, al mismo tiempo, dificulta otros, como el mercado de trabajo –formal e informal–. La fama de Caló de líder de los Porongas, del ladrón que se enfrentó a los narcos, por momentos le jugaba a favor, se sentía muy poderoso, reconocido y respetado entre sus pares. Le permitía, además, conseguir ciertos trabajos dentro del ambiente. Sin embargo, con el paso del tiempo, esa fama le empezó a pesar y jugar en contra; “Por momentos la fama te quema”, se lamentó. Recordó con mucha tristeza la muerte de su hermano y de varies amigues de los Porongas, vinculadas a las broncas con los Gatica y los Montero, y cómo se le dificultaba salirse del ambiente y realizar otras actividades. Relató así las dificultades con las que se encontraba al intentar buscar un trabajo legal: “Con mis antecedentes no te dan trabajo o te quieren tratar como un esclavo, el cartel te quema”, sentenció.

Más aún, participar en el ambiente en determinados momentos se torna insoportable, tanto para les jóvenes, como para las personas de sus entornos más cercanos. Estos momentos de saturación están vinculados a diversas situaciones. Pueden deberse a un evento particular, a la muerte de una persona cercana o a haber resultado heride; o, a veces, al simple paso del tiempo, es decir, les jóvenes crecen, tienen hijes, y lo que resultaba atractivo, redituable y divertido deja de serlo.

Este tipo de relatos de cansancio, saturación y agotamiento por estar en riesgo permanente fueron frecuentes entre les jóvenes del ambiente en las tres generaciones. Jorge, un joven cercano a los Porongas que conocí en el taller de herrería, en el Galpón de Emprendedores, describió cierto hartazgo luego de haber sufrido una agresión que casi terminó con su vida, evento que habría generado además deseos de apartarse del ambiente.

Jorge: A mí me gustaba mucho andar a los tiros, me gustaba todo eso, andaba enfierrado para todos lados, hasta en el baño. A lo mejor no hacía nada, quería andar así, no salía a ningún lado. Me buscaba bronca solo, porque tenía un fierro en la cintura, si te tenían que matar, te mataban, ya era parte de la vida que tenía. Después me di cuenta que, en vez de ganar gente, me estaba haciendo odiar por todos. Cuando quise apartarme fue tarde, porque ya me había ganado toda la bronca.
Eugenia: ¿Hubo algún hecho, alguna situación en particular que hizo que vos quieras apartarte?
J: Sí, casi me matan, me pegaron un tiro, me dejaron tirado, no fue acá en el barrio, fue por robarle la droga a un narcotraficante, que andaba vendiendo. Me buscaron, los mismos amigos que tenía me entregaron y les dijeron dónde estaba. Me tiraron un par de tiros, no me mataron de casualidad. Me pegaron en la pierna, en la mano, y se pensaron que me mataban, hasta yo pensé que estaba muerto. Me tiraron como quince tiros, yo veía los fogonazos. Esto fue hace cuatro, cinco años atrás. Eran cinco y me vinieron a matar, en zona oeste, Villa Nueva, cerca del cementerio, allá también está lleno de narcos. Yo fui, le robé a un transero, y me vinieron a buscar los narcos por todos lados. De todos esos tiros, me pegaron uno solo en la mano, yo veo los fogonazos, me pegó acá en la mano, me saltó toda la sangre en la cara, rebotó una bala, me pego en la pierna y me hizo caer. Ellos dijeron lo recontra re matamos. Cuando yo abrí los ojos, no tenía nada, lo único que tenía era la herida en la pierna y en la mano. Ellos se fueron, Ya está, ya fue”, dijeron, y se fueron. Ni se acercaron a sacarme la pistola que yo tenía, ellos me vieron muerto.

Jorge abandonó por un tiempo todas las actividades ligadas al ambiente luego de este episodio. Regaló sus armas a sus amigues y se fue a vivir a otro barrio. Lo que puede interpretarse como un límite de lo soportable, como una valoración diferente del riesgo; “Hasta yo me vi muerto”, señaló. Al mismo tiempo, el relato de Jorge da cuenta del corrimiento de límites ligado a esta transición entre dos mundos que entran en conflicto, el mundo del choreo y el mundo de los narcos, y cómo los narcos empiezan a ganar terreno, un mundo nuevo, en el cual el despliegue de violencia se realiza de manera diferente, sarpada, y que genera cierta experiencia social vinculada al terror.

La saturación o el hartazgo también los experimentan personas que integran sus entornos más cercanos –amigues, familiares– o quienes habitan en lugares próximos. Les habitantes de La Retirada contaron que, por momentos, resulta insoportable “vivir entre tiros”. Estos intentos de les jóvenes que participan del ambiente de hacer frente a la humillación que sufren en diversos contextos sociales –el trabajo, la escuela, en algunas zonas de la ciudad–, de ennoblecer la propia imagen y de construir prestigio y honor suelen al mismo tiempo resultar destructivos para elles mismes, su entorno y el barrio en el que viven. Esa violencia que tanto les otorga prestigio y reconocimiento paradójicamente resulta también fuente de sufrimiento para sí, para su entorno más cercano, para su familia y amigues y para las personas de su barrio.

Participación de jóvenes de la segunda generación en el mercado de drogas ilegalizadas. Delincuentes sí, traficantes no

Caló se encargó de resaltar que ni él ni sus compañeres de los Porongas habían participado en las actividades ligadas al mercado de drogas ilegalizadas. Relató con cierto orgullo que los Porongas nunca habían vendido drogas en La Retirada, y recordó, una y otra vez, que elles no eran narcos, sino que eran delincuentes [ladrones], diferenciándose y distanciándose de los Montero y los Gatica, lo que muestra cierto rechazo a esas actividades. Al igual que lo hizo Tattú.

Sin embargo, tuvieron en varias oportunidades propuestas de los Gatica y los Montero para trabajar con elles. Caló contó que estos grupos solían “buscar gente de la delincuencia, le daban armas, drogas, dinero y se quedaban con ellos”; a pesar de estas invitaciones, él siempre se negó a participar. Cuando le pregunté por qué no había querido involucrarse en este mercado, contestó resignado: “¿Cómo yo me voy a involucrar con ellos? Si me mataron a mi hermano [Leandro] y a mi compañero [el Pelado Ruiz]; si no, capaz hoy estaría metido en ese mambo del narcotráfico”.

El argumento central para que Caló decidiera no vender droga era que los narcos habían matado a su hermano y a su compañero, remarcando ciertas obligaciones de lealtad para con sus muertos, más que una valoración negativa de la actividad que la tornara ilegítima, como en el caso de Tattú. Esta valoración negativa, señalada por Tattú y compartida por varias personas de la segunda generación, estuvo vinculada a dos órdenes de motivos: por un lado, a que no permitía demostrar coraje y valentía; y, por otro lado, a que podía generar daños a las personas derivados del consumo de sustancias, mencionados como “Envenenan a nuestros jóvenes” o “Arruinan a los pibes”.

Ya sea por lealtades para con sus muertos o por motivos más bien de orden moral –tales como la cobardía atribuida al accionar de los narcos o los problemas en la salud que entendían podría provocar el consumo de drogas–, ninguno de estes jóvenes se involucró en este mercado, o al menos así lo relataron al contar sus vidas. De todos modos, percibieron y sufrieron las transformaciones que se produjeron en este momento en las jerarquías al interior del ambiente. Tradicionalmente, los ladrones de caño o cañeros, quienes suelen salir a robar fuera del barrio, en especial en los trabajos grandes o trabajos entregados, se ubican en los primeros niveles de la jerarquía. Seguidos por los chorros que también lo hacen fuera del barrio, pero más bien en arrebatos o robos poco importantes e improvisados. Por último, se ubican los rastreros, caracterizados como ladrones de poca monta que robaban en el barrio o alrededores, prácticas que resultan severamente cuestionadas y les ubicaban, en consecuencia, en los niveles más bajos de la jerarquía.

Sin embargo, en esta etapa, los ladrones comenzaron a perder posiciones en relación con los narcos en diversos ámbitos. Tattú se refirió con cierta preocupación a estos cambios en el ambiente y mencionó al respecto:

Antes en las cárceles el traficante [narco] vivía mal y el choro [ladrón] vivía bien. Hoy en día el choro [ladrón] tiene que vivir aislado y el traficante [narco] es el que más piso tiene en la cárcel [más poder]. Se han invertido un poco los roles y fue tomando más poder el traficante, empezó a tomar más terreno, el traficante hoy maneja el juego. Antes el traficante no podía manejar al que robaba o al que tenía un arma [de fuego].

Caló también hizo referencia a cierta pérdida de poder y posiciones de los ladrones al interior del ambiente frente al avance de los narcos. Una de las veces que salió de estar preso, a fines del año 2012, percibió que el ambiente había cambiado demasiado. “Antes”, señaló Caló, “a la gente le daba vergüenza ser traficante; ahora es más redituable [en términos económicos y de poder] y fácil [en relación con los riesgos de la actividad] ser soldado, o matar a alguien o dejar que vendan drogas en tu casa”. En esta etapa de transición, había valoraciones diferenciales respecto a las actividades ligadas al mercado de drogas ilegalizadas y –en consecuencia– cambiaron los motivos que originaban vergüenza y producían desprestigio; esto es, ser narco no solo resulta una actividad más redituable, sino que, para algunas personas, dejó de ser algo que se debiera ocultar.

La referencia que hizo el director de la cárcel de Piñero acerca de las dificultades de encontrar un pabellón donde ubicar a Caló, ya que había varias personas presas vinculadas a los Gatica, también da cuenta del mayor peso del narco en el espacio carcelario. Caló, al ingresar a la cárcel, tuvo que pasar varias semanas en una celda de admisión, sin las condiciones adecuadas. A pesar de que exceda al objeto de este libro analizar las transformaciones al interior del ámbito carcelario, me interesa resaltar que, a diferencia de la generación anterior, de la mano de la expansión y transformación de este rubro, surgieron nuevas jerarquías y posiciones de poder al interior del ambiente que incidieron en la reconfiguración de los vínculos entre las personas que participan de él y las burocracias penales, entre ellas el servicio penitenciario.

A su vez, la expansión del rubro narco significó el paso de una organización comercial más bien artesanal o doméstica a un sistema de comercialización a mayor escala que implicó cierta profesionalización y un modelo de negocios más impersonal, con una mayor división del trabajo en su interior. Esa comercialización a mayor escala impactó en la forma de venta. Los modos de intercambio cara a cara, de manera directa con la persona que vendía, que caracterizó a la generación previa sufrió en esta etapa importantes transformaciones. Por un lado, de venderse en kiosquitos en las casas de las personas encargadas de la venta, se pasó a comercializar en puntos fijos de venta, denominados búnkeres, que empezaban a instalarse en diferentes barrios de la ciudad. Por otro lado, la venta comenzó a realizarse a través de empleades, mencionades como soldaditos; así, se complejizó la división del trabajo y, como consecuencia, emergieron nuevas categorías y jerarquías en relación con los diversos segmentos de la actividad. Metodología que parece estar consolidada en distintas partes de la ciudad cuando jóvenes de la tercera generación empezaron a participar en el ambiente.

El desarrollo local del mercado de drogas ilegalizadas estuvo ligado a transformaciones más generales y estructurales que impactaron en su configuración. Intentar aproximarse a esas transformaciones conlleva serios obstáculos y problemas. Una de las dificultades, sumada y vinculada en parte al carácter ilegal de la mayoría de las actividades y los intercambios involucrados en este mercado, se relaciona con que la información disponible suele ser no solo escasa, sino también fragmentaria, poco sustentable y, muchas veces, contradictoria, por lo que, en consecuencia, solo se pueden señalar trazos gruesos o tendencias de las diversas aristas que lo componen (Bergman, 2016; Corbelle, 2010; Rangugni, 2006; Touzé, 2008).

La investigación en la que se apoya este libro no tuvo por objeto avanzar en indagaciones sobre las transformaciones generales de este mercado. Menciono solo algunas de sus dimensiones más significativas. La mayoría de les autores señalan que en las últimas décadas, en algunas zonas de Argentina –entre ellas Rosario–, se produjo una cierta transformación y expansión en las actividades de producción, tráfico y comercialización, junto a una sostenida expansión, diversificación y masificación del consumo local de algunas sustancias ilegalizadas, especialmente cocaína y marihuana (Bergman, 2016; Calabrese, 2010; Corbelle, 2010; Epele, 2012; Saín, 2015; Touzé, 2008), y de bienes y servicios en general, en un particular contexto de recuperación económica (Bergman, 2016; Corbelle, 2010; Rangugni, 2006; Touzé, 2008; Tokatlian, 2017; Kessler, 2013).

La ciudad de Rosario por esos años experimentó una importante reactivación económica, vinculada especialmente a la agroindustria y el funcionamiento del puerto, con un evidente impacto en el sistema financiero, la industria de la construcción y el área de servicios. Siendo la principal ciudad portuaria del país, sin una fuerte presencia de empleo público y con sectores financieros e inmobiliarios que absorben las ganancias provenientes de la actividad agroportuaria, se constituyó como una ciudad fuertemente cuentapropista y muy activa económicamente, tanto para mercados legales como ilegales. La recuperación económica, acompañada del fortalecimiento del consumo interno, vio florecer actividades ligadas tanto a la economía formal, como a la informal e ilegal, entre las que se incluyen la venta de drogas ilegalizadas (Cozzi, 2020).

Argentina, desde hace varios años, viene siendo caracterizada en la región por los discursos oficiales y el saber experto como un país de tránsito, donde parte de la producción de cocaína proveniente principalmente de Bolivia, Colombia y Perú es introducida al país por vía terrestre, fluvial y aérea a través de las fronteras endeblemente controladas (Saín, 2015) y luego exportada especialmente a Europa (Bergman, 2016; Claus, González y Spekuljak, 2017).[6] Sin embargo, de acuerdo a algunos estudios, en la última década se produjo un desplazamiento de la última fase de producción del clorhidrato de cocaína, con la instalación de cocinas[7] en las que se procesa o se estira la pasta base que comenzó a importarse, en ciertas zonas de algunas ciudades del país, incluso Rosario, y con la proliferación de laboratorios que producen precursores químicos, lo que habría generado una expansión y transformación del mercado local (Saín, 2015; Rangugni, 2006; Touzé, 2008; Bergman, 2016).

En gran medida, estas modificaciones en la forma de producción de la cocaína, a principios y mediados de la primera década del 2000, se han atribuido a políticas prohibicionistas implementadas en la década anterior por la Secretaría de Programación para la Prevención de la Drogadicción y la Lucha contra el Narcotráfico (SEDRONAR), en la órbita del Estado nacional. Tales políticas prohibicionistas estuvieron centradas en un control efectivo de la exportación de precursores químicos necesarios para el procesamiento de la pasta base de cocaína, que hasta ese momento se exportaban en importantes cantidades a Bolivia y Perú (Rangugni, 2006). Las medidas de control más o menos efectivas en los años noventa se supone generaron la sustitución de la entrada de cocaína elaborada por la de pasta base y, como consecuencia, el traspaso de la última fase de producción a varias ciudades de nuestro país, entre ellas Rosario. Señala Victoria Rangugni (2006) que se produjo así una reterritorialización del circuito local de cultivo-producción-exportación de la cocaína.

Durante los años 2005 y 2006, se habrían instalado las primeras cocinas de cocaína en algunas áreas de la ciudad de Rosario. Los Montero fueron mencionados como pioneros en la instalación de cocinas –de cocción y estiramiento– de pasta base en La Retirada y El Obús, y en la apertura de búnkeres en los cuales empleaban a jóvenes del ambiente para las tareas de venta al por menor. En una tarde en el taller de herrería, Tattú señaló: “Las cosas fueron cambiando, antes cuando vos le ibas a comprar al Gringo, el que te vendía era el Gringo, cuando le ibas a comprar a los Montero, la que te vendía era la Roxi, y así; después te empezaron a vender les pibes.

Tattú: Los Montero son los primeros que empiezan a abrir búnkeres, normalmente no era así. Iba a comprar yo o compraba ella [señala a su pareja] y le comprábamos a la Roxi, vendía a cinco pesos.
Eugenia: ¿Ibas hasta El Obús?
T: Sí, hasta El Obús me iba a comprar.
E: ¿En una casa?
T: En la casa de ellos vendían, vos ibas a la casa, te hacían pasar y te vendían ahí. Y no era eso de los búnkeres, eso hace poquito.
E: ¿Cuándo empezó?
T: No sé, hace dos años debe ser.
E: ¿Acá en La Retirada hay búnkeres?
T: No, no hay, en La Retirada no hay movimiento de venta. Es medio raro, porque hubo algunos traficantes, pero no duraron mucho. Los que más movían eran los Gatica, que ahora no venden ellos. Ellos están ahora metidos en el negocio del Abel, manejan un poco los búnkeres de afuera, administran, van y cobran, cuentan la plata, ya no se queman vendiendo. Hay intermediarios de ellos, intermediarios que son los soldaditos, que más o menos manejan.
E: ¿Qué es soldadito?
T: Soldado es el que no corta ni pincha [sin poder], pero le dan la droga y lo tienen para el mandado, si tiene que hacer una cosa, si le tiene que pegar [disparar] a alguien, por ejemplo.

Los Montero fueron quienes, en un contexto de ampliación y transformación del rubro narco, produjeron una organización comercial a mayor escala que implicó una mayor y más compleja división del trabajo en su interior. No solo pasaron a vender en otras zonas de la ciudad, sino que, además, dejaron de ser elles quienes vendían de manera directa, abandonaron los intercambios cara a cara y comenzaron a emplear a otres jóvenes del ambiente para la venta al por menor y para otras actividades vinculadas a este mercado, a cambio de dinero, cocaína, marihuana, armas de fuego y municiones o protección. Si bien este tipo de prácticas también sucedían en momentos previos, aquí aparecieron de manera mucho más extendida. Tattú hizo referencia así a cierta delegación de las tareas de venta al por menor, “Ya no se queman vendiendo”, señaló. Algunas personas venden, otras protegen el punto de venta, otras pasan a cobrar las ganancias de la jornada y otras cuentan el dinero recaudado.

Por otro lado, y ligado a esto, este modo de comercialización a mayor escala implicó una división del trabajo más compleja y sofisticada, que generó diversos y novedosos puestos al interior de ese mercado y creó alternativas para les jóvenes del barrio, aunque subordinadas y muy mal pagas. Alternativas que se tradujeron o impactaron en (nuevas) jerarquías al interior del ambiente narcos, transeros, sicarios soldaditos y bunqueros, que se anexaron a las tradicionales en relación con los ladrones ladrones de caño y rastreros.

Las nuevas jerarquías ligadas a este mercado ubican a las personas en distintos niveles de poder, prestigio social y participación en la ganancia del negocio. En sus extremos se colocan, por un lado, el narco, traficante o narcotraficante –se trata del dueño de negocio, en nuestro caso, los Montero–, quien está en la cima de la estructura, participa del mayor margen de ganancia y da órdenes al resto, y, por otro lado, el soldadito, integrado también por sicarios y bunqueros, que es un mero empleado, que no corta ni pincha. Asimismo, se incluyen toda una serie de escalas intermedias entre ambos polos. Esto es, en el medio están les transas o transeros, que están por debajo de los narcos y son los que se encargan de la venta al por menor. En esta clasificación, el Gringo Arrieta se desempeñó como narco cuando estuvo ligado a este mercado, y en sus inicios el Abel Montero fue transero del Gringo.

Eugenia: ¿Qué diferencia hay entre un transero y un narco?
Tattú: El transero es el que te vende una bolsita [de cocaína], dos bolsitas [de cocaína]. El narco es el que viene con los pedazos y no distribuye solo acá, a todos lados, a Buenos Aires, Santa Fe, ahí está toda la mafia, están en otro lado [se refiere al Obús], acá [en La Retirada] no hay nada de eso. El narco es el que manda todo, después vienen sus allegados. Transero es el que vende, narco o narcotraficante son un par nomás, que consiguen traer de otros lados y venden a los que venden.

A su vez, entre les soldaditos también existen posiciones diferenciadas en relación con las actividades que realizan. Es decir, entre quienes venden al interior del búnker, denominados bunquerosque son quienes se encuentran en el nivel más bajo de la jerarquía–, quienes cuidan el punto de venta, mencionades como soldaditos, y quienes se encargan de amedrentar o herir a otres, nombrades a veces como sicarios. Estos últimos están por encima del resto de los soldaditos en la escala de prestigio y poder, por encontrarse en un lugar de menor subordinación y en mejores condiciones para demostrar coraje y valentía.

Caló también explicó las nuevas funciones –que se traducen en jerarquías– producto de la mayor división de trabajo.

Caló: En el rubro narco, van por jerarquía, el que manda todo es el narcotraficante, y después vienen todas las personas allegados a ellos.
Eugenia: ¿Después están los transas?
C: Están los transas, que son los que venden. Después están las personas que, no sé cómo llamarle, hay personas que se encargan ahora, es todo modalidad nueva ahora, ahora hay personas que se encargan de los búnkeres. Yo tengo veinte búnkeres y a vos te dejo de encargado, que te encargues de que ese búnker esté bien, funcione bien.
E: De administrarlo.
C: Claro, de abastecerlo con la droga que le hace falta, o, si tiene que matar a alguien, lo tiene que matar. Podés estar vos, podés tener soldados. Lo agarrás y les das la orden “Andá a matar a fulano, van y lo matan. Si viene la orden de arriba, matar a tal persona, “Andá y busquen a tal persona, y lo amenazan.
Francisco: ¿Es un soldadito eso?
C: Los soldados hacen eso, sí.
F: ¿El que se encarga del búnker también es soldado o no?
C: También son soldados, pero son con más jerarquía. Los que cuidan los búnkeres.
E: ¿Son los más bajos de todos?
P: Los más bajos de todos son los que están adentro.
E: ¿Los que están adentro?
P: Los que están adentro y los que están afuera también. Siguen segundo. Esos son los más… diría lo más bajo que caen.
F: El encargado de ahí del búnker, que se encarga de administrarlo…
C: Claro, a tal hora viene y le dice “Vení que yo tengo las cien lucas [mil pesos] juntadas, pasá a buscarlas. Viene el transero, le abre el candado de afuera y se lleva la plata.

En igual sentido, relató Tattú:

El soldado es el más perejil [menos poder y prestigio]. El sicario tiene que ir a matar, te pagan por una vida. El sicario es más que el transero y más que el soldado. El sicario te tiene que venir, se tiene que asegurar, te pega y te va y te remata, ese es el sicario.

A los sicarios se les delega el despliegue de violencia; es decir, en algunas ocasiones, los narcos ya no matan o amedrentan a otres directamente, sino que les piden a otres jóvenes que lo hagan por ellos, a cambio de ciertos favores.

 

Estas posiciones o jerarquías, que indican diversas cuotas de poder, y eso hace al prestigio, no deben ser pensadas de manera rígida e inflexible o invariable; es decir, una misma persona en distintos momentos o circunstancias puede realizar cual o tal tarea y ubicarse así en diferentes posiciones jerárquicas. Son más bien posiciones o roles, que resultan cambiantes todo el tiempo, más que una construcción identitaria en una estructura. Algunas de esas posiciones están totalmente desprestigiadas –la de bunquero, por ejemplo–, y esto está relacionado a que se les ubica en un lugar de mayor subordinación, menor poder, menor margen de ganancia, y están en peores condiciones para demostrar valentía y coraje.

Recapitulando, en alguna medida, esta organización comercial a mayor escala vinculada a la producción, el tráfico y la venta –especialmente de cocaína colaboró en la configuración de variados puestos y roles, relacionados a diversos eslabones de esa cadena, con diversa participación en las ganancias del negocio. Se establecían nuevas jerarquías, con distintos niveles de poder y prestigio. Sin embargo, esto no significa que los intercambios directos en las casas de las personas que vendían dejaron de suceder en los momentos posteriores. Algunes jóvenes continúan vinculándose de este modo. Tampoco significa que las personas que integran la primera generación participaron siempre de manera directa en los intercambios ligados a este mercado. De hecho, el propio Gringo Arrieta comenzó vendiendo para otro. No obstante, en el primer caso, esos son los tipos de intercambio que prevalecen o dominan el mercado; en cambio, cuando les jóvenes de la segunda y, especialmente, de la tercera generación comenzaron a participar, mayormente lo realizaron bajo el nuevo esquema.

Los Montero habían iniciado vendiendo marihuana, pastillas y cocaína en el barrio, pero, con el transcurso del tiempo, empezaron a expandir su negocio y a hacerse más poderosos. Ese mayor poder fue atribuido no solo a tener cabida en el ambiente, sino también a los arreglos que hacían con la policía, y, especialmente, ligado a las formas novedosas con que desplegaron violencia entre les jóvenes del ambiente. Pero, además, la consolidación de su poder se dio en un contexto donde el mercado de drogas ilegalizadas estaba transformándose y expandiéndose.

Caló se lamentó en más de una oportunidad cómo antes se respetaba más al que delinquía, y que “ahora”, en cambio, se respetaba más a los narcos. Señaló que esto sucede por temor. Destacó:

Se respeta más a esa gente por temor, ustedes ya han visto cómo matan, alguien se opone a algo y ellos van y le matan el hermano, al padre, a quien sea. Hoy en la calle gana la ley del más fuerte.

Y porque los narcos cuentan con protección policial: “La policía va de la mano con ellos”, remarcó. Se asocia así el mayor respeto con el poder y la obediencia; es decir, un mayor poder que se adquiere a través del temor y de las vinculaciones con la policía, y que genera mayor sometimiento.

Tanto Tattú como Caló relataron con cierta nostalgia los cambios en el ambiente y la supuesta pérdida de poder de los ladrones. Sin embargo, en términos de prestigio, autoridad y respeto, parecerían conservarlo. Es decir, el respeto de los narcos está más relacionado al respeto malo –que señalaba Tattú– ligado al temor, al pasado de tiratiros de algunos narcos y a los riesgos que acarrea enfrentarse a ellos, por contar con mejores armas y por los mejores vínculos que suelen tener con la policía. Pero, al mismo tiempo, poco colabora en la demostración de coraje y valentía el hecho de estar protegides por policías y custodiades por soldaditos, valores sumamente apreciados en el ambiente. Se establecían nuevas jerarquías y carteles, mientras que las formas ilegales tradicionales (robos) persistían y convivían con las convencionales (trabajo legal). Así se diferenciaron trabajadores, choros, rastreros, tiratiros, narcos, transeros, sicarios, soldaditos y bunqueros, con distintos niveles de poder y prestigio.

Interacciones entre jóvenes de la segunda generación del ambiente y policías. Nunca quisimos trabajar con la policía

Caló se encargó de remarcar en nuestros encuentros que los Porongas nunca quisieron trabajar con la policía, a diferencia de los Montero y los Gatica. Al intentar diferenciarse y distanciarse de estes últimes y de sus prácticas, tanto el Gringo Arrieta, como Caló y demás jóvenes del ambiente mencionaron de manera reiterada que los Gatica y los Montero trabajaron con la comisaría del barrio y con otras áreas de la Policía provincial, y que eso los hacía más poderoses que el resto, ya que la protección policial les permitía desarrollar el negocio sin temor a ser perseguides o detenides, casi sin consecuencias, contar con información valiosa y acceder a más y mejores armas de fuego y municiones; si no fuera así, no hubieran podido acumular tanto poder.

Ese trabajar con la policía difería de los arreglos permitidos en el ambiente. No se trataba de negociar para evitar detenciones o para intentar mejor la situación legal, sino más bien de acordar previamente desarrollar sus actividades –principalmente ligadas al mercado de drogas ilegalizadas– sin ser molestades o perseguides, o ser avisados con antelación en caso de haber alguna orden de allanamiento o algún operativo de seguridad. En algunos casos, trabajaban juntes en el negocio, “eran parte de la banda, se repartían riesgos y ganancias”. Este modo de vincularse con la policía es rechazado y desaprobado entre jóvenes pertenecientes a las tres generaciones del ambiente, que lo mencionan como una ruptura de códigos.

Sin embargo, los motivos mencionados por Caló para evitar vincularse de ese modo con la policía fueron diferentes a los señalados por el Gringo Arrieta. La motivación principal no estaba ligada a una valoración negativa relacionada a cierto orgullo de ladrón o delincuente que no trabaja con la policía, como sí resultó central para el Gringo, sino que más bien se vinculó a la mala experiencia de amigues y compañeres del ambiente; es decir, pretendía más bien evitar los riesgos que conllevaba este tipo de vínculos.

Caló: No quise trabajar con la policía porque vi cómo terminaron un montón de amigos míos que trabajaron con ellos.
Eugenia: ¿Cómo terminaron?
C: Terminaron siendo víctimas de la policía. Cuando la policía te entrega un laburo [trabajo] de trescientas lucas, trescientas o cuatrocientas lucas, cuando se enteran que los delincuentes se llevaron esa plata, la misma policía va y le mete el caño [arma de fuego] a ellos; y los deja en cana [presos] si tienen suerte, si no, lo suben a un auto, lo matan y lo tiran.

La lógica que organiza las interacciones entre jóvenes y la policía está ligada en este caso a los riesgos y peligros que significa trabajar con ese actor estatal particular, riesgos y peligros que son conocidos en el ambiente, que son parte de la experiencia acumulada. Ya que, si trabajás con la policía –referido a realizar algún robo con algún dato que te pasó la policía–, podés terminar preso o muerto. En cambio, otro tipo de arreglos o vínculos que conllevan menos riesgos y peligros sí resultaron posibles o permitidos.

En este sentido, Caló tenía algún vínculo o relación con policías de la subcomisaría del barrio. Según él, en una oportunidad, cuando estaba prófugo y circulaba libremente por La Retirada, Rodó –un comisario famoso de esa subcomisaría– le mandó a decir con su hermano que estaba allí detenido que sabía que él estaba evadido de la cárcel [prófugo], pero que se quedará tranquilo porque, si no se metía con su personal, él no se iba a meter con él. Además, relató entre risas que días después estaba en la esquina, enfierrado [con un arma de fuego en la cintura] junto a otres jóvenes, y que pasó Rodó con otres policías que vieron que estaba armado, pero no hicieron nada. “Rodó me dijo ¿Cómo andas, Caló? ¿Todo bien, pibe?’. Y le dije ‘Sí, todo bien, todo tranquilo. Y siguió caminando”. Sin embargo, se ocupó de remarcar que él nunca trabajó con el comisario, que la buena relación que tenía con Rodó se debía a que él no permitía que se robara a personas que venían a trabajar al barrio, lo que también reconocieron residentes –jóvenes y adultes– de La Retirada. Aparecen así diversas formas de relacionarse con este actor estatal, algunas aprobadas, y otras, en cambio, rechazadas por personas del ambiente.


  1. Engarronado es un término utilizado en el ambiente que refiere no solo a una persona arrestada por la comisión de algún delito, sino, especialmente, a una persona a quien se le inició una causa penal en su contra como resultado de dicha detención.
  2. Este tipo de relatos circulaban incluso entre les jóvenes de la tercera generación; esto es, que los narcos les debían pagar a ladrones capos –con mayor peso– del barrio para poder vender drogas en La Retirada.
  3. Se trata de la muerte de une de les hijes más pequeñes de los Payeros, en manos de otres jóvenes del ambiente. Uno de los Payeros iba en moto con su hijo de once años de edad, cuando se cruzó con otro joven con quien tenía bronca. Este joven le disparó, hiriendo gravemente al niño que iba con él, quien finalmente murió. Todas las personas del barrio con las que hablé sobre esta muerte la describieron como sumamente injusta y reprochable.
  4. Caer o perder significa ser detenides por la policía.
  5. Este término proviene del mundo delictual antiguo y se refiere al robo (Gobello, 1999).
  6. Para muches lo sigue siendo, ya que el mercado interno es chico en comparación con los llamados países de consumo y también porque los niveles de producción resultan ínfimos en relación a los países productores.
  7. Bajo esta denominación se obscurecen y ocultan una multiplicidad de procesos y prácticas que conducen a la producción de clorhidrato de cocaína, así como consideraciones de orden geopolíticas. Un estudio precisa que la mayoría de los centros de elaboración, conocidos popularmente como cocinas, que se relacionan con el procesamiento de derivados de la hoja de coca, no realiza actividades de fabricación –nombre que se le asigna a las fases posteriores a la primera separación de la hoja de coca hasta llegar al clorhidrato de cocaína – propiamente dicha; sino que un número importante de ellos realiza actividades de adulteración – etapa en la que se mezcla el clorhidrato con sustancias de corte (xilocaína, cafeína, manitol) – y fraccionamiento (Corda, 2014).


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