A Eduardo Manuel Devoto, mi abuelo materno, le decían el Viejo por su pequeña estatura y su andar encorvado; a un joven que conocí en el barrio, le decían el Abuelo por los mismos motivos.
Ambos murieron durante la investigación, a ellos se lo dedico.
También a Uma, mi hija, que nació el año de la peste
y a quien acuné al mismo tiempo que reescribía este libro.






