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Prólogo

Guillermo O. Quinteros

Ciudad de Junín, provincia de Buenos Aires, Argentina. Mediados del siglo XX. Recién terminaba la Segunda Guerra Mundial. Un mundo en transformación, cuyos habitantes pensaban que la paz no iba a durar. Mientras tanto, en Argentina se ponía en marcha un experimento político que, parafraseando a Tulio Halperin Donghi, era lo más parecido a una revolución: el peronismo. La empresa del Ferrocarril General San Martín, junto con los talleres de la ciudad de Junín, se formó en dependencias y vías del exferrocarril Buenos Aires al Pacífico de capitales británicos, con la nacionalización operada en los años 1946-1948. El modelo de gestión había sido promovido por la empresa británica desde la fundación, y su dirección había estado a cargo de personal venido desde Inglaterra; sin embargo, todos los puestos inferiores a esta última estaban ocupados por argentinos. Eran tiempos de máquinas a vapor y vagones de pasajeros de madera, aunque en Europa y en los EE. UU. el recambio del material rodante y de tracción ya había comenzado antes de la guerra. El gobierno de Juan D. Perón compró los ferrocarriles y abrió así la etapa de gestión estatal.

El libro de Ana Sagastume es una versión nueva y más corta de su tesis de Doctorado en Historia, que conozco en detalle puesto que fui su director. Mientras cumplía con esa tarea, me propuse mantener distancia con todos los aspectos que ella trata, pero, en esta lectura –lo confieso–, la pierdo por completo. Tal vez muchos lectores tengan una experiencia y un sentimiento similares a los míos puesto que el ferrocarril como medio de transporte público y de carga, y también los trabajadores ferroviarios, siempre me produjeron una fascinación que no puedo explicar muy bien. Es algo visceral, excede lo racional de comprender la importancia que el medio pudo o puede tener en un país con pueblos y ciudades tan distantes entre sí. En mi caso, recuerdo a mi padre llevándonos a la estación del pueblo donde vivíamos –Facundo Quiroga, localidad Alfredo Demarchi– a tal o cual hora, para ver pasar el tren. Por entonces tenía unos cinco o seis años, y todavía recuerdo y vuelvo a sentir la conmoción que me provocaba el acercamiento a todo vapor de ese monstruo gigante negro, de ese enorme dragón sin alas que era la locomotora. ¡Una mezcla de terror y explosión de felicidad inexplicable! Mi padre me daba algunas explicaciones sobre el ferrocarril dado que había trabajado en él hasta que lo echaron por no afiliarse al Partido Justicialista, y supongo –no tuve oportunidad de preguntárselo– que no había cerrado el capítulo de ese viejo amor. Unos años después, el ferrocarril comenzó a ser mi medio de transporte, y siguió siéndolo en varias etapas de mi vida. Me tocó disfrutarlo y también padecerlo. Toda vez que veo una vía muerta en cualquier lugar del extenso territorio de la Argentina, se me cae una lágrima, porque, detrás de ese trozo de acero, hay una historia de esfuerzo, de trabajadores inmigrantes y argentinos, de abandono y despoblamiento, de desencuentros políticos, de falta de un horizonte común que seguir… 

El libro de Ana Sagastume trata de todo eso y mucho más, porque posee la virtud de que cada persona puede hacer una lectura distinta y más extensa de su texto. La autora sigue un objetivo y cumple con lo que promete, pero ello no quita que nosotros hagamos una lectura personal y le demos el espesor que nuestro vínculo con el ferrocarril nos sugiera. Es una historia de ferroviarios y de una parte de la historia del ferrocarril basada en testimonios orales. Una veintena de ferroviarios evocan los años en los que estuvieron activos. Con una notable sensibilidad, Ana los hizo rememorar, hablar y reflexionar sobre su pasado como trabajadores. Puede haber “fallos de la memoria”, sí, ausencia o demasiada memoria –como diría Paul Ricoeur–. Pero, en las grandes pinceladas de la historia, sus testimonios guardan relación con lo que han explicado los historiadores profesionales. En algunos puntos, en cambio, sus planteos y recuerdos son contradictorios con la bibliografía, y por ello deberían revisarse las afirmaciones que hasta ahora han circulado.

La originalidad del texto radica, a mi juicio, en que cada cuestión tratada no da por supuesto que el lector conoce el tema. Posiblemente, muchos de nosotros sepamos que, en las décadas del 70 y 80, los ferrocarriles argentinos mostraban signos de decadencia. Las razones pudieron ser macroeconómicas, estructurales, empresariales, gremiales, políticas, etc., pero en el libro se muestra el impacto de todas ellas en la experiencia individual cotidiana dentro de ese mundo de trabajo que era la empresa ferroviaria. Las consecuencias se manifestaron en las relaciones laborales entre los compañeros de trabajo, en las acciones colectivas frente a determinados hechos, en el ingreso del personal a la empresa, en la capacitación de los trabajadores, en la adaptación de los talleres a nuevas formas laborales, entre otras cuestiones.

La decadencia del ferrocarril no se produjo de la noche a la mañana, sino que fue lenta, muy gradual. Los trabajadores parecen decir que, si no se cayó a pedazos de un día para otro, fue gracias a su compromiso para cumplir con los horarios, dejar el material rodante en condiciones de viajar, reemplazar piezas cuando no había abastecimiento de ellas, e incluso para pensar y diseñar proyectos de sustentabilidad de un medio de transporte tan necesario. En efecto, los intentos por sostener a esa enorme empresa fueron en gran medida un esfuerzo colectivo de los propios trabajadores, encabezados por los dirigentes que habían surgido en el seno mismo del ferrocarril. Todos ellos tenían la visión clara de quienes conocen al detalle cada mecha, cada tornillo, cada horario y cada balance empresarial. No eran improvisados, sabían lo que hacían.

Del vapor al diésel refleja la transición desde una locomotora que estaba cayendo en desuso a otra más ágil y moderna, que bien podría traducirse como el cambio de lo viejo por lo nuevo. Los signos de la decadencia comienzan a observarse antes de la nacionalización, cuando la gestión de los ingleses no renovaba la tecnología y tampoco tenía interés en hacerlo. Pero ese cambio resultaría en una paradoja. El testimonio de los entrevistados marca el contraste entre la gestión inglesa –muy eficaz con la tecnología del momento, aunque criticable en cuanto a las formas de relación entre el personal y los métodos implementados para lograr la eficiencia– y la empresa estatal, a la postre menos eficiente. Con esta última comenzaron a relajarse los métodos de producción, a notarse las deficiencias tecnológicas, la falta de inversión y el acceso de mano de obra innecesaria. La política y el gremialismo surgen en el relato como elementos disruptivos que contribuyen a la decadencia. No cabe duda de que hubo un gran voluntarismo por parte de los trabajadores. Todo parece indicar que fueron ellos quienes sostuvieron al ferrocarril como pudieron, hasta la claudicación definitiva de los “pedrazas” de los años 90. El incumplimiento de los horarios, los pequeños hurtos del taller, el exceso de mano de obra, la disminución de los salarios, etc., nada de ello parece haber sido importante. 

Los trabajadores de Junín ingresaban al ferrocarril y se capacitaban; estudiaban para poder ascender y responder mejor a los requerimientos; formaban, mientras tanto, una familia; contribuían de diversas maneras a la sociedad; disputaban los cargos dentro de la empresa; pensaban en cómo resolver determinados problemas técnicos… Por estas razones el ferrocarril era para ellos su vida, con el orgullo de pertenecer a una empresa en la cual la mayoría esperaba lo mismo. Entonces, ¿cómo no defenderla?, ¿cómo no poner voluntad para sostenerla? Por eso, más allá de los conflictos internos, las competencias y rivalidades, existía una suerte de sentimiento, compartido, de que eran invencibles. Sentían que voltear una empresa como la suya (¡los Talleres de Junín!) era prácticamente imposible. No imaginaban lo que iba a ocurrir tiempo después. 

Es necesario pensar en ello, porque la falta de una política estatal coherente y sostenida en el tiempo respecto de los FF. CC. parece haber sido la causa primordial de su decadencia. Esta es tan gradual que no se siente, pero, cuando se toma conciencia de su existencia, ya es tarde. 

Ahora que he leído esta nueva versión, mucho más distendido porque no siento la presión de mi labor profesional, puedo afirmar que he disfrutado del libro y espero que el lector también lo haga, aunque nos cause a todos un poco de dolor. Celebro la sensibilidad de la autora, que supo captar los matices, los sentimientos, los valores, el amor por el trabajo, y la ética fraternal y de la vida de cada uno de los entrevistados.

    

La Plata, abril de 2023



3 comentarios

  1. librolab 22/08/2023 21:16

    Se presentará “Del vapor al diesel”, un libro sobre memorias de ferroviarios: https://semanariodejunin.com.ar/nota/39395/se-presentara-del-vapor-al-diesel-un-libro-sobre-memorias-de-ferroviarios

  2. librolab 23/08/2023 17:00

    Entrevista con Ana Leticia Sagastume (UNNOBA Radio): https://www.facebook.com/photo/?fbid=811426757653385

  3. librolab 24/08/2023 15:09

    Entrevista con Ana Leticia Sagastume (Contacto Directo): https://www.facebook.com/contactodirecto.com.ar/videos/844152197227644

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