El Partido Vanguardia Popular (Costa Rica) y la Guerra Fría en el Caribe (1948-1955)
Sofía Cortés Sequeira
Introducción
Este capítulo explora el posicionamiento del Partido Vanguardia Popular (PVP) de Costa Rica, frente a la intensificación de violencia política en Costa Rica, América Central y el Caribe, en el marco del inicio de la Guerra Fría en la región, en particular, en el periodo que va de la Guerra Civil de 1948 en Costa Rica hasta 1955, cuando el entonces expresidente Rafael Ángel Calderón Guardia (1940-1944), en conjunto con las fuerzas de los dictadores de Venezuela y de Nicaragua, invadió Costa Rica con el objetivo de derrocar al presidente José Figueres Ferrer (1953-1958).
El capítulo se interesa, en especial, por ubicar el debate en torno a la vía armada o la vía institucional para enfrentar a las férreas dictaduras que se consolidaron en el Caribe, así como a la persecución y violencia anticomunista tras finalizar la guerra civil en Costa Rica. Como se verá, producto de los altos niveles de autoritarismo y violencia política estatal que se profundizaron en la región desde la segunda mitad de la década de 1940, y que llevó a la organización de redes de opositores que intentaron derrocar por la vía armada a las dictaduras del área, así como de la adopción de la teoría etapista de la revolución y su política de alianzas de frentes populares, los comunistas costarricenses entraron en el debate sobre la estrategia armada o institucional para enfrentar este adverso escenario desde la década de 1940, mucho antes de la Revolución cubana y de la expansión de la llamada “nueva izquierda” en la década de 1960.
El capítulo se divide en tres apartados, en los cuales se da seguimiento a esta discusión. En el primero, se presenta un breve esbozo del desarrollo del PVP durante la década de 1940 y sus vínculos y lecturas sobre la situación política en la región centroamericana y caribeña. En el segundo, se explora el debate en torno a la vía pacífica o armada para enfrentar la persecución posterior a la guerra civil de 1948, y sus debates sobre la Legión del Caribe y la participación de Figueres en la dinámica de complots regionales. En el tercero, se da seguimiento a este debate en el contexto de la caída de Jacobo Árbenz en Guatemala y la posterior invasión a Costa Rica en 1955.
1. Contra el “aventurerismo político”
Al iniciar la década de 1940, bajo el gobierno populista de Calderón Guardia, el PVP experimentó un importante crecimiento político y electoral, basado en la expansión del movimiento obrero organizado en sindicatos comunistas, que a su vez fungieron como soporte de las principales reformas sociales impulsadas por el gobierno, que propiciaron una alianza formal entre ambas fuerzas políticas en 1943, conocida como el “Bloque de la Victoria” o “caldero-comunismo”. En este contexto, en las elecciones de 1944, los comunistas se convirtieron en una importante fuerza política en la Asamblea Legislativa, cuyos diputados actuaban en bloque con la bancada de gobierno.[1]
La política de alianzas de los comunistas con el Partido Republicano Nacional (PRN) de Calderón respondió, en parte, a la aplicación local de la estrategia global de Frentes Populares y la teoría de la “revolución por etapas” promulgada por la Unión Soviética en el marco de la Segunda Guerra Mundial, que orientaba a los partidos comunistas a buscar alianzas con las fuerzas democráticas de la burguesía nacional en la lucha global en contra del fascismo. Dicha política emanó del VII Congreso del Partido Comunista de la Unión Soviética (PCUS) en 1935, espacio en el que los comunistas costarricenses participaron bajo la representación de Rodolfo Guzmán Rodríguez.[2] Esta estrategia fue acompañada, a su vez, por la divulgación de la “teoría de la revolución por etapas” y la “transición pacífica al socialismo”. Esta teoría sostenía que en América Latina no había condiciones aún para emprender una revolución socialista, ya que no se había desarrollado plenamente el capitalismo moderno, sino que la región estaba en una etapa “premoderna”, “feudal”, oligárquica e imperialista. Por lo tanto, primero había que transitar a una etapa “democrático-burguesa”, en alianza con los elementos progresistas y democráticos de las burguesías nacionales en contra de las oligarquías conservadoras, que permitiera superar la condición de atraso de la economía y política latinoamericana y las llevara a la modernidad capitalista, para después pensar en las posibilidades de una revolución socialista. Esto implicaba que los comunistas debían participar dentro de los marcos institucionales, buscando alianzas con las fuerzas democráticas de la burguesía nacional para combatir a las “oligarquías feudales” y modernizar económicamente a sus países. La transición al socialismo no sería entonces producto de un evento violento, sino de la consecución y la secuencia natural de las etapas.[3]
Cabe destacar que las características políticas de Costa Rica, en particular la existencia de un régimen democrático y de un gobierno de corte populista, permitieron una aplicación más exitosa de la política de alianzas de Frentes Populares en la década de 1940, a diferencia del resto de América Central, donde predominaban las dictaduras y los regímenes autoritarios, que, desde la década de 1930, habían ilegalizado y perseguido ferozmente a los partidos comunistas de la región. Así, hasta 1948, el PVP era el único partido comunista centroamericano que operaba en la legalidad.[4] Dicha condición le permitió a su vez desempeñar un importante papel en la promoción y el acompañamiento de la organización del movimiento obrero en la región, en el marco de la Central de Trabajadores de América Latina (CTAL), que había sido fundada en México en 1938, bajo la presidencia de Vicente Lombardo Toledano, quien era a su vez partidario de una política de “unidad nacional” basada en una alianza entre el proletariado y la burguesía progresista.[5] En 1944 el PVP accedió a un puesto dentro del Comité Central del organismo regional, con el objetivo de colaborar en las labores de organización y apoyo al movimiento obrero de la región centroamericana.[6] Este puesto fue desempeñado por Guzmán, quien fungía a su vez como secretario general de la Central de Trabajadores Costarricenses (CTCR), fundada bajo el amparo de la CTAL en 1943. Asimismo, y en buena medida gracias a su vinculación con la CTAL, a lo largo de la década de 1940, los comunistas costarricenses construyeron y profundizaron sus vínculos con la mayoría de partidos comunistas de la región.[7]
Este accionar regional se vinculaba a una lectura atenta de la realidad centroamericana, bajo los marcos del etapismo revolucionario. La dirección vanguardista consideraba, y así instruyó a su militancia, que la situación centroamericana debía ser objeto de su preocupación, en un momento en que la mayoría de los países libraban cruentas luchas en contra de la casta político-militar que ostentaba el poder desde la década de 1930. Por razones de cercanía geográfica y cultural, la lucha en contra de Anastasio Somoza en Nicaragua era una de las que más ocupaba la atención de los comunistas costarricenses. Bajo la lógica etapista y pacifista, instaron a los revolucionarios nicaragüenses a abandonar “el aventurerismo político” y los intentos de derrocar mediante expediciones armadas al dictador, para abrazar una “política realista y científica”, y aprender a aprovechar las concesiones democráticas que Somoza parecía dispuesto a realizar, tales como su supuesta anuencia a no buscar la reelección, el proyecto de Ley de Código de Trabajo, la legalización del movimiento obrero y del Partido Socialista Nicaragüense (PSN), entre otras, para intentar ganar espacios en la sociedad y el sistema político, y desde ahí impulsar su democratización.[8]
Esta lectura de la realidad nicaragüense respondió a un periodo en el cual el somocismo intentó constituirse como un movimiento populista, entre 1944 y 1946, a través del impulso y la construcción de alianzas con un movimiento obrero sindical urbano, de corte oficialista. En este marco, el PSN, de corte comunista y con importantes vínculos con el PVP, optó por defender una “alianza táctica” con el régimen como vía para proteger del desarrollo del movimiento obrero y sus conquistas. No obstante, este impulso populista se agotó prontamente, entre 1947 y 1949, cuando Somoza decidió privilegiar sus alianzas con la burguesía terrateniente, descontenta con el avance en la organización sindical, y la represión por sobre los intentos de construcción de hegemonía.[9]
El conflicto nicaragüense se inscribió en una intensa dinámica que, desde finales de la década de 1930, se desarrolló en América Central y el Caribe, entre dos redes transnacionales, una de actores democráticos y la otra de actores autoritarios. Ambas redes conspiraron y actuaron una en contra de la otra a nivel regional, con el uso de los golpes de Estado, los complots y las invasiones armadas, lo que intensificó los conflictos al interior, y entre los países de la región. Lo anterior se entrelazó con la Guerra Fría y configuró lo que Nicolás Prados de Ortiz denominó como una “guerra fría caribeña”, marcada por el protagonismo y los antagonismos de los actores centroamericanos y caribeños que estaban en conflicto desde la década de 1930.[10]
De acuerdo con Aaron Coy Moulton y Prados de Ortiz, en la red de fuerzas democráticas o “revolucionarias”, sobresalieron los presidentes de Cuba, Carlos Prío Socarras (1948-1952), de Venezuela, Rómulo Betancourt Bello (1945-1948), de Guatemala, Juan José Arévalo Bermejo (1945-1951) y Jacobo Árbenz Guzmán (1950-1954), y de Costa Rica, José Figueres Ferrer, así como una serie de exiliados y opositores a las dictaduras de República Dominicana, Nicaragua, Cuba y Honduras. Mientras que la red de fuerzas “contrarrevolucionarias” o autoritarias estuvo comandada por los dictadores Marcos Pérez Jiménez (1948-1958) de Venezuela, Anastasio Somoza García (1937-1947 y 1950-1956) de Nicaragua, y Rafael Leónidas Trujillo (1930-1961) de República Dominicana, a quienes se les unieron el coronel golpista guatemalteco Carlos Castillo Armas (1954-1957) y el dictador cubano Fulgencio Batista y Zaldívar (1952-1959).[11]
A nivel regional, el triunfo de la revuelta popular en contra de la dictadura de Jorge Ubico en Guatemala se consolidó mediante un golpe cívico-militar perpetrado el 20 de octubre de 1944, encabezado por los militares Jacobo Árbenz Guzmán, Francisco Javier Arana Castro, y el político y empresario Jorge Toriello Garrido, quienes se pusieron al frente de un gobierno provisional que finalmente convocó a las primeras elecciones libres en la historia de Guatemala. Como indica Edelberto Torres Rivas, dado el fuerte conservadurismo de la política guatemalteca, dicho proceso pasó a ser conocido popularmente como “la revolución de octubre”, que, protagonizada mayoritariamente por jóvenes intelectuales y de clase media de la pequeña burguesía urbana, expresaba una voluntad modernizadora de la estructura económica del país, de la institucionalidad estatal, y de apertura democrática para la emergencia de nuevos actores sociales. De acuerdo con el mismo autor, el talante reformista y las iniciativas emprendidas por el nuevo gobierno democrático, encabezado por Arévalo, fueron similares a las impulsadas en Costa Rica por Calderón Guardia.[12]
A raíz de los sucesos guatemaltecos, Manuel Mora Valverde, secretario general del PVP, declaró que la tarea principal de su partido era colaborar con todas las fuerzas democráticas del istmo para democratizar la región y avanzar hacia una transformación “realista” de sus sociedades. Consideraba que el destino de Costa Rica estaba ligado al de América Central, ya que, si en la región predominaban los gobiernos autoritarios, entonces todas las políticas sociales recién conquistadas en la administración Calderón Guardia correrían peligro, porque, con el pretexto del anticomunismo, los dictadores podían intentar agredir y desestabilizar al país, al cual veían como una amenaza para sus intereses.[13]
En este escenario, Mora realizó un llamado a las fuerzas obreras de la región a encarar la política centroamericana sin romanticismo, con un profundo sentido de responsabilidad y alejándose de todo lo que oliera a “idealidades vacuas”. Así, la táctica de las fuerzas democráticas en contextos de gobiernos autoritarios debía consistir en utilizar “todas las rendijas a su alcance” para trabajar dentro de ellos y en contacto con las masas populares por construir gobiernos democráticos, o para intentar orientar a los gobiernos existentes hacia la democracia. Por esto, rechazó y condenó tajantemente a quienes aún consideraban el uso de la violencia mediante “invasiones descabelladas” en contra de las dictaduras de la región.[14]
En este mismo sentido, luego de que, en marzo de 1945, Arévalo asumiera la presidencia en Guatemala, los comunistas costarricenses advirtieron a las fuerzas que combatían a las dictaduras de Nicaragua, Honduras y El Salvador para que no pretendieran utilizar a las democracias de Costa Rica y Guatemala como “trampolines para lanzar sobre sus países románticas expediciones armadas”, estrategia que, según su criterio, ya estaba obsoleta. Asimismo, recalcaron que tenían que abandonar las posiciones del “todo o nada”, y aprender a aprovechar los portillos que ofreciera la dictadura, ya fuera libertad de prensa, de reunión, etc., para ensanchar las posibilidades democráticas para sus respectivos pueblos. Aclararon que con esto no instaban a una “capitulación” frente a las dictaduras, sino a aprender a aprovechar a su favor cada concesión que estas hicieran, por más mínima que fuera, para conseguir mejoras sociales, en lugar de perder el tiempo “en la emigración ideando fantásticos complots”. Finalmente sentenciaron con amargura: “Hay que decir con franqueza que la tendencia conspirativa se ha convertido en una especie de enfermedad centroamericana, y que deben comprenderlo para que puedan realizar algo positivo para sus respectivos pueblos”.[15]
Así, al igual que la mayoría de partidos comunistas latinoamericanos, el PVP utilizó las teorías de la transición pacífica al socialismo y la revolución por etapas como marcos de referencia para interpretar la realidad política centroamericana y caribeña, y de ahí construir sus estrategias de acción, lo que les llevó a condenar tempranamente la vía armada que otros sectores revolucionarios, como los que se organizaron en la Legión del Caribe desde 1944, llevaron adelante para combatir a las férreas dictaduras de la región, que, lejos de abrir portillos para la participación democrática, los cerraban cada vez más.
En este sentido, el final de la Segunda Guerra Mundial y el inicio de la Guerra Fría, a nivel regional y nacional, marcó una intensificación de la violencia política en contra de los comunistas y de las fuerzas democráticas latinoamericanas, y fortaleció a los elementos más conservadores y autoritarios,[16] lo que configuró un escenario político, social y cultural que chocó de frente con las posibilidades reales de implementar con éxito las teorías y estrategias soviéticas para la región. Como indica Torres Rivas, al analizar la Guatemala democrática de 1944 a 1954, la lectura del contexto y las estrategias emanadas del etapismo soviético no les permitió a las fuerzas comunistas comprender el comportamiento real de las burguesías de la región en este periodo, ni adecuar sus estrategias o políticas de alianzas a una realidad adversa a su existencia institucional.[17]
2. Guerra, persecución y lucha pacífica por la legalidad
La guerra civil de 1948 y la victoria de las fuerzas insurrectas en contra del gobierno de Teodoro Picado Michalsky (1944-1948) marcaron la inserción de Costa Rica dentro de los nuevos marcos del conflicto de la Guerra Fría. Tanto la guerra y la posguerra estuvieron caracterizadas por una fuerte violencia anticomunista. Asimismo, fue el primer conflicto centroamericano en el cual el gobierno de los Estados Unidos apoyó el derrocamiento de un gobierno democrático por la única razón de su alianza con los comunistas locales.[18] Tras la derrota militar en abril de 1948, el PVP y sus sindicatos fueron ilegalizados, sus miembros perseguidos, exiliados, procesados y encarcelados, y varios de sus dirigentes fueron asesinados de manera extrajudicial en mayo y diciembre de 1948.[19] La guerra marcó el final de las posibilidades reales de volver a aplicar la estrategia de alianzas de frentes populares en Costa Rica en la segunda mitad del siglo xx.
Asimismo, la guerra costarricense fue un escenario más de la disputa entre fuerzas democráticas y autoritarias en la región. La alianza de José Figueres Ferrer con la Legión del Caribe fue uno de los principales factores que pesaron en la victoria de las fuerzas insurrectas en contra del gobierno de Picado y de los comunistas. Ese apoyo le permitió a Figueres contar con un amplio contingente de armas, de combatientes experimentados, y de financiamiento. Por el carácter colindante de Costa Rica con respecto a la Nicaragua de Somoza, con quien tanto Picado como Calderón mantenían buenas relaciones, el país fue visto por la Legión como un objetivo relevante para, desde ahí, operar y alcanzar una de sus principales metas: derrocar a la dictadura somocista. Como indican Moulton, María Colores Ferrero y Matilde Eiroa, la participación de la Legión del Caribe en la guerra civil de 1948 fue su acción regional más importante y exitosa. El apoyo de Arévalo desde Guatemala para enviar hombres, armas y financiamiento fue fundamental.[20]
La Legión del Caribe era la principal red regional de exiliados y políticos centroamericanos y caribeños que operaba en contra de las principales dictaduras del área. Se fundó hacia 1944, en Colombia, cuando el expresidente liberal Eduardo Santos se reunió con exiliados dominicanos y nicaragüenses, y acordó financiar y apoyar su lucha en contra de los regímenes autoritarios de Somoza y Trujillo, que conspiraban contra él en conjunto con la extrema derecha colombiana. Entre los principales dirigentes de esta red, sobresalieron los exiliados dominicanos Juan Rodríguez, Miguel Ángel Ramírez y Horacio Ornes, el hondureño Jorge Ribas Montes, y el cubano Eufemio Fernández, así como los presidentes Prío Socarras, Betancourt, Arévalo, Árbenz y Figueres.[21]
De acuerdo con Prados Ortiz, si bien la Legión no tuvo una estructura o un cuerpo ideológico definido, varios de los principales partidos a los cuales se adscribían sus miembros en sus lugares de origen, tales como el Partido Revolucionario Cubano Auténtico (Cuba), el Partido Acción Democrática (Venezuela) o el Partido Liberación Nacional (Costa Rica), profesaban un ideario que podría calificarse como “nacional populista” que combinaba elementos programáticos de las izquierdas con el anticomunismo, y el internacionalismo, lo que les permitió elaborar una crítica moderada a las relaciones de dominación ejercidas por el imperialismo estadounidense a la región, al mismo tiempo que se posicionaban al lado de la potencia. Su principal público meta fueron las clases medias, y el tipo de discurso y programas políticos que elaboraron los colocó como firmes competidores de las izquierdas comunistas por su influencia en la clase obrera, una dinámica en la cual desarrollaron relaciones tanto de confrontación como de colaboración. En esta diversidad, a los legionarios los unió el objetivo común de conseguir regímenes democráticos y acabar con las dictaduras del Caribe.[22] Por su parte, Moulton precisa que el ideario antitotalitario de la Legión se desarrolló en el marco de la lucha global contra el fascismo de la primera mitad de la década de 1940, el cual vincularon a su propia lucha en contra de las dictaduras del área.[23]
Somoza y Trujillo interpretaron los sucesos en Costa Rica como una muestra del peligro rebelde en la región. Derrocar a los gobiernos de Guatemala y de Costa Rica se volvió un objetivo de primer orden para los dictadores, ya que los veían como las principales plataformas de operación de la Legión del Caribe. Para esto, apoyaron la fallida invasión de los exiliados costarricenses desde Nicaragua, liderados por el expresidente Calderón Guardia, para derrocar a Figueres en diciembre de 1948.[24]
El PVP, como fuerza aliada de los gobiernos de Calderón y de Picado, combatió militarmente en contra de las fuerzas de Figueres en la guerra civil de 1948, principalmente para defender las garantías sociales, así como la seguridad y la existencia de su partido. Es decir, su participación tuvo un carácter defensivo. Las mal armadas e improvisadas milicias comunistas fueron derrotadas por la superioridad militar de los combatientes de la Legión, y, tras el final de la guerra, comenzó un intenso periodo de represión y violencia política en su contra. Entre 1948 y 1949, sus dirigentes pasaron la mayor parte del tiempo en prisión.[25]
En junio de 1950, ya con la mayoría de sus dirigentes en libertad, el PVP realizó en la clandestinidad su VII Congreso Nacional con el objetivo de deliberar sobre su situación y la estrategia que habrían de seguir para poder sobrevivir en el nuevo escenario político. En su informe a ese congreso, Arnoldo Ferreto Segura, quien fungía como secretario general desde mayo de 1948 tras el exilio de Mora, reafirmó que, a pesar del estatus de ilegalidad en el que cayeron desde el final de la guerra, el partido defendía la tesis de transitar hacia la restauración del orden democrático por la vía pacífica, de abrir cauces legales para las luchas y las organizaciones populares, y de, en general, “forzar la legalidad”.[26]
No obstante, los comunistas costarricenses reconocieron que no todos sus militantes compartían esta estrategia, y que habían visto florecer luego de la derrota de 1948 una tendencia “aventurerista”, promovida por los calderonistas exiliados en Nicaragua, que buscaron derrocar mediante una incursión militar al gobierno de Figueres, y que había encontrado importantes apoyos entre las bases del PVP, por lo que aún luchaban en contra de esta tendencia a lo interno. Ferreto indicó que la estrategia calderonista se basaba en la falsa ilusión de un apoyo contundente de Somoza para derrocar al gobierno costarricense, y reafirmó que los comunistas por principios debían estar en contra del aventurerismo, el “putchismo” y el terrorismo, ya que un cambio democrático real y profundo únicamente podía provenir de un amplio y consciente movimiento de masas.[27] De esta manera, una vez en la ilegalidad, y tras el final de la guerra, los comunistas costarricenses rechazaron el uso de la violencia y asumieron la lucha pacífica para combatir y resistir la violencia que se ejercía en su contra, y para intentar abrir nuevos cauces legales y democráticos para su participación política.
Ferreto también advirtió del peligro que representaba “la línea aventurera” de Figueres y un eventual movimiento subversivo en contra del gobierno de Otilio Ulate Blanco (1949-1953), en la medida en que el primero aún conservaba un importante arsenal en su finca La Lucha, así como “fichas” en los ministerios Seguridad Pública y Gobernación. En este escenario aseguró que, aunque pareciera una paradoja, a pesar de ser oposición al gobierno de Ulate, los comunistas serían los primeros en defender la estabilidad y el orden constitucional ante cualquier intento desestabilizador por parte de Figueres.[28]
Si bien Figueres no tenía planes para agredir al gobierno de Ulate, sus compromisos regionales con la Legión del Caribe eran una fuente de preocupación e inestabilidad interna, especialmente su compromiso de apoyar una incursión armada en contra de Somoza. Hacia 1949, en aras de sumar apoyos entre los sectores políticos nacionales y de ganar la confianza de los Estados Unidos hacia su figura, Figueres decidió romper su compromiso con la Legión y desistir momentáneamente de apoyar cualquier intento de invasión a Nicaragua. Esto provocó un distanciamiento entre el liberacionista y un sector de los legionarios, pero no implicó el final de la Legión del Caribe, ni de la actividad conspirativa de Figueres en la región.[29]
En este marco el PVP realizó una valoración crítica de la Conferencia Interamericana por la Democracia y Libertad, llevada a cabo en mayo de 1950 en La Habana, que contó con la participación de varios costarricenses, incluido Figueres, quienes viajaron en un avión financiado por el gobierno de Prío Socarrás. Los vanguardistas creían que ese espacio tenía el objetivo real de coordinar acciones regionales para derrocar a las dictaduras de Trujillo, Somoza, Gálvez y Pérez Jiménez y a la junta militar salvadoreña, y convertir a Costa Rica en “un teatro centroamericano de operaciones”. Temían que para esto Figueres se dispusiera a derrocar a Ulate, y asegurarse así poder operar libremente desde el país, declararle la guerra a Nicaragua y comandar un ejército conjunto para la liberación del Caribe, con armas y aviones que vendrían desde Cuba.[30]
Los comunistas aclararon que, aunque también adversaban a los dictadores de la región, esta estrategia únicamente llevaría a “una gran tragedia centroamericana” y a una ocupación norteamericana que le daría la oportunidad perfecta al ejército estadounidense para “restaurar el orden” en la zona canalera. Nuevamente reafirmaron que “tales aventuras” únicamente le eran funcionales a los intereses del imperialismo yanqui, a los terratenientes y a los capitalistas reaccionarios, por lo que sospechaban que, en última instancia, y dada la cercanía de Figueres, Prío Socarrás y Betancourt con “la diplomacia yanqui”, era el Departamento de Estado el que estaba detrás de esa conferencia regional. Por su parte, reafirmaron que su partido continuaría aspirando a la acción revolucionaria de las masas para derrocar a las dictaduras y a su principal sostén, el imperialismo yanqui, y no a invasiones o golpes de Estado.[31]
Si bien esa dicha conferencia no era un espacio en sí mismo pensado para idear complots armados, sí era una iniciativa desplegada por los Estados Unidos en el marco de la “guerra fría cultural”, destinada a agrupar intelectuales progresistas de la izquierda no comunista que se adscribían a la llamada “tercera vía”. Estos proponían una política de contención al avance de la influencia comunista a partir del reforzamiento de las democracias liberales, y se mostraron contrarios al totalitarismo y al intervencionismo estadounidense como principal sostén de las dictaduras del área.[32]
A lo largo de la década de 1950, la actividad regional conspirativa de Figueres dentro de la Legión del Caribe fue una constante fuente de conflictos e inestabilidad política.[33] Tras el derrocamiento de Betancourt en Venezuela en 1948 y de Prío Socarrás en Cuba en 1952, los miembros de la red operaron incesantemente para derrocar a las dictaduras de esos dos países.[34]
El golpe perpetrado por Batista en contra de Prío Socarrás fue interpretado por los comunistas como un ejemplo más de que los “cuartelazos” no eran la vía para lograr superar un mal gobierno, como consideraban al de Prío. Según su criterio, el golpe de Batista había evitado la acción popular a través de las elecciones que iban a celebrarse en junio, donde correspondía manifestar el repudio generalizado a Prío Socarrás. Ahora, por la vía del cuartelazo, se había instalado una dictadura, y se había eliminado la democracia. Desde ese momento, y dada la cercanía del PVP con el Partido Socialista Popular de Cuba, dieron seguimiento a la lucha en contra del régimen de Batista.[35]
En octubre de 1952, tras una denuncia publicada en el diario La Nación sobre el aumento en la importación de armas al país, los vanguardistas vincularon esta información con los rumores sobre la existencia de un tráfico de armas en la región destinado a “promover aventuras armadas”, a cargo de Figueres y de Betancourt, quien se encontraba como asilado político en Costa Rica. Los comunistas criticaron que esto les daba a los gobiernos de Venezuela, Nicaragua, República Dominicana, Cuba y Colombia un fundado interés en interferir en la política costarricense, y, a pesar de que no tenían derecho alguno, su intervención sería inevitable si liderazgos locales como Figueres estaban “complicados en aventuras internacionales”, de las cuales las instituciones democráticas nunca salían bien paradas.[36]
Los vanguardistas llamaron a retirarle el estatus de refugiado a Betancourt, ya que sus actividades comprometían la seguridad nacional, a la vez que criticaron que su línea política “aventurera” y anticomunista impedía la unidad de las fuerzas democráticas en contra de la dictadura de Pérez Jiménez, y que engañaba al pueblo venezolano haciéndole creer en la posibilidad de instaurar la democracia mediante un golpe de Estado organizado desde el exterior, lo que llevaba a la inacción y a la inmovilización de los sectores populares.[37]
Asimismo, criticaron vehemente la llamada “tercera línea” que adscribían tanto Figueres como Betancourt y que consistía en presentarse falsa y públicamente como antiimperialistas y nacionalistas “estratégicos” que intentaban ganarle la partida y “engañar” a los norteamericanos jugando con sus reglas “desde adentro”. Los vanguardistas juzgaron de ingenua y de oportunista esta tesis, ya que consideraban imposible engañar al Departamento de Estado y a las compañías norteamericanas, a quienes Figueres y Betancourt nunca criticaban abiertamente “por estrategia”, mientras que los norteamericanos fungían como el principal soporte político y económico de los regímenes dictatoriales que estos decían combatir. Así, para los vanguardistas el antiimperialismo y el nacionalismo de ambos se quedaban en la pura demagogia, y era utilizado solo para ganar el apoyo de los sectores populares a través del engaño. Por esto, advirtieron que esta postura era más peligrosa que el imperialismo abierto y explícito, ya que conducía al “engaño” de que el imperialismo podía ser derrotado “por las artimañas de los líderes”, y no por la acción consciente y organizada de las masas.[38]
Los comunistas costarricenses señalaron con preocupación que Betancourt tenía un gran peso en Figueres y su línea política, y pensaban que su plan era convertir a Costa Rica en una “plaza de armas” para invadir a Venezuela y a Cuba. En este estado de cosas, si Figueres llegaba a ganar las elecciones presidenciales de 1953, tal como lo tenía planeado, el mayor peligro era que involucrara al país en “aventuras internacionales”, producto de su “mente mesiánica”.[39] Una vez más reiteraron que la única opción para reconquistar la democracia en Venezuela, y en cualquier otro país de la región, era construir un amplio movimiento de masas que consiguiera en las calles del país su liberación nacional.[40]
Mientras tanto en Cuba, en julio de 1953, se produjo una importante acción armada en contra de los cuarteles militares en Santiago y Bayamo por parte de un grupo de jóvenes encabezado por Fidel Castro. Tras el fracaso de la acción, se incrementó la represión por parte del régimen de Batista. Los vanguardistas denunciaron la ola de terror desatada por la dictadura, y manifestaron su solidaridad con el pueblo cubano. Lamentaron que esa “aventura descabellada” fuera producto, a su criterio, de la “desesperación de los elementos que participaron en él”, quienes prefirieron jugarse la vida en lugar de seguir soportando la dictadura. Asimismo, utilizaron esta acción con un propósito aleccionador sobre los peligros de la línea “aventurera”, al advertir que, si bien la intención de los alzados no era esa, su acción únicamente sirvió para que la dictadura suprimiera “los pocos márgenes de libertad que quedaban” y justificara el aumento en la represión. En esta misma línea, salvaron la responsabilidad del Partido Socialista Popular, su homólogo comunista, y rescataron que este había “condenado en todos los tonos la tendencia golpista de otros partidos”.[41] Por su parte, las organizaciones comunistas como la Federación Obrera Bananera, la CGTC, el Comité Nacional de Partidarios de la Paz, y la Alianza de Mujeres Costarricenses, enviaron comunicados y pronunciamientos en solidaridad con los dirigentes sociales y obreros cubanos presos y perseguidos por la dictadura.[42]
Figueres ganó de forma holgada las elecciones presidenciales de 1953 y, en noviembre de ese año, dio inicio a su mandato. A pesar de que el liberacionista fue su adversario en la guerra civil y presidió la junta de gobierno que ilegalizó y persiguió a su partido y a sus sindicatos, los comunistas decidieron darle un voto de confianza al nuevo gobierno. Declararon que, si el nuevo presidente respetaba el orden constitucional, desarrollaba una política de tolerancia y de justicia social y se disponía a “poner en cintura” a las compañías extranjeras (especialmente a la United Fruit Company, con la cual se negociaba un nuevo contrato bananero), entonces contaría con el apoyo del pueblo costarricense. Únicamente se opondrían a aquellas medidas que consideraran perjudiciales para el pueblo, o antidemocráticas.[43]
Pero Figueres se involucró en el apoyo a las acciones armadas en contra del régimen de Batista, colaboración que tomaría fuerza luego de que, en 1954, las fuerzas de Prío Socarrás iniciaran diálogos en México con los exiliados por el asalto al cuartel Moncada, para conjuntar fuerzas en la lucha contra Batista, lo que posibilitó la vinculación y coordinación de las fuerzas de Fidel Castro con la Legión del Caribe.[44]
3. El derrocamiento de Árbenz y la invasión somocista (1954-1955)
Cuando Figueres asumió el poder en noviembre de 1953, los planes regionales para derrocar al gobierno democrático de Árbenz en Guatemala ya estaban en marcha. Desde la promulgación de la Reforma Agraria en 1952, los comunistas costarricenses venían advirtiendo sobre la inminente agresión que los dictadores del área y el Departamento de Estado planeaban en contra del gobierno guatemalteco, al que calificaron como un fiel y exitoso representante de las bondades de la revolución democrático-burguesa, acorde con la teoría etapista.[45] La llegada de Figueres al gobierno de Costa Rica puso al país una vez más en la mira de los dictadores, especialmente de Somoza y de Pérez Jiménez.[46]
A raíz de una serie de detenciones en el país por tráfico de armas que, supuestamente, iban a ser utilizadas para atentar contra Somoza, los vanguardistas enfatizaron una vez más que la democracia ni en Nicaragua ni en ningún país de la región iba a llegar como producto de un golpe de Estado. Por el contrario, esta era la herramienta predilecta de dictadores y tiranos. Acusaron que las tendencias “putchsitas” eran la causa fundamental del fracaso de la lucha de los grupos de la oposición en contra de las dictaduras, y que únicamente servían para hacerles el juego a los dictadores, ya que les permitía aumentar y justificar la represión en contra de los pueblos.[47]
En efecto, en abril de 1954, se concretó un fallido intento de asesinato en contra de Somoza, en el cual tanto Figueres como otros miembros de la Legión del Caribe habrían participado como actores intelectuales.[48] Los vanguardistas, si bien reiteraron su oposición a la estrategia golpista emprendida por “grupos aislados” de las masas, manifestaron su respeto hacia quienes habían emprendido tal sacrificio, aunque este había sido en vano.[49] No obstante, hicieron la salvedad de que, si el movimiento lograba cambiar su composición actual y atraer el apoyo de las masas, se abriría la posibilidad de un triunfo, ya que únicamente un amplio movimiento de masas podía vencer a la dictadura. Según su criterio, esto solo se lograría con la construcción y el impulso de un programa que satisficiera las necesidades del pueblo. Consideraban que la sola consigna de la caída de Somoza era insuficiente; debía lucharse también por el acceso a la tierra, por el pan y en contra del dominio imperialista. Era, en este aspecto programático, que todos los movimientos habían fracasado, desde Sandino hasta la oposición conservadora. Finalmente, sentenciaron que, “mientras los Chamorro y los Cuadra” (líderes conservadores) dirigieran el movimiento, esa rectificación no sería posible. [50]
La reacción somocista no se hizo esperar, y el dictador señaló al presidente Figueres como uno de los principales autores intelectuales del atentado, a la vez que, junto con Pérez Jiménez, intensificó los operativos para lograr derrocar al gobierno costarricense.[51] La agresiva reacción de los dictadores en contra de Figueres puso en estado de alarma a los vanguardistas, quienes denunciaron la irresponsabilidad del mandatario costarricense por poner el país en riesgo al prestar apoyo a los complotados nicaragüenses. La alerta aumentó tras el desembarco de tropas venezolanas en Panamá, movilizadas por Pérez Jiménez. Los comunistas condenaron entonces el que este o cualquier otro gobierno pusiera en riesgo la soberanía, la seguridad y la paz del país por prestar apoyo a grupos que promovían golpes de Estado y complots en contra de países vecinos. Reafirmaron que la democracia no era un artículo de exportación, sino que era una conquista de cada pueblo, que se debía luchar por ella “sin interferencias extrañas”, y de que la solidaridad internacional no debía consistir en apoyar a grupos conspirativos. Finalmente, y al margen de sus críticas a Figueres, los comunistas costarricenses hicieron un llamado a todos los sectores nacionales a deponer sus diferencias y a rechazar de forma unánime las amenazas de agresión en contra del país por parte de los dictadores.[52]
Durante el desfile del 1 de mayo de 1953, el secretario general de la Central General de Trabajadores Costarricenses, Rodolfo Guzmán, alertó sobre el peligro para el movimiento obrero y para las instituciones democráticas del país de una eventual invasión de Somoza o de Pérez Jiménez, a la vez que afirmó que, en ese escenario, llamarían a la unidad en la defensa de la soberanía nacional. A su vez, criticó que ni el gobierno ni sus funcionarios debían intervenir en “aventuras putchistas” en América Central, como también manifestó lo siguiente:
Los costarricenses no podemos hacernos cargo de la pesada cruz de redentores de otros pueblos. Estamos contra los regímenes de tiranía que agobian a muchos países del Caribe, pero deben ser los propios pueblos los que deben ajustar las cuentas a sus respectivos sistemas políticos de opresión.[53]
El PVP aclaró que su llamado a la unidad nacional no implicaba una adhesión a Figueres, sino una defensa de la soberanía nacional, ya que sería todo el pueblo costarricense el que sufriría las consecuencias de una eventual invasión somocista, asunto sobre el cual, según los vanguardistas, Figueres nunca se había detenido a pensar, ya que nunca le había consultado al pueblo antes de emprender sus aventuras en la región. Asimismo, calificaron las amenazas somocistas como un chantaje en contra de Costa Rica para que el país se plegara a los planes estadounidenses para derrocar a Árbenz, ya que Figueres había optado por la resistencia diplomática. Finalmente, llamaron al presidente a dejar de perseguir a los trabajadores y a practicar una política unitaria para enfrentar las amenazas externas.[54]
En junio de 1954, un golpe de Estado apoyado por los Estados Unidos, en conjunto con los dictadores de América Central y el Caribe, derrocó finalmente al gobierno democrático de Jacobo Árbenz en Guatemala y dio inicio a una feroz masacre en contra del pueblo guatemalteco y sus organizaciones sociales.[55] Si bien la caída de Árbenz era un peligro que los comunistas costarricenses habían vislumbrado desde la promulgación de la Reforma Agraria en 1952, su consumación causó un gran impacto en sus filas.[56] Los vanguardistas denunciaron que, en adelante, en América Central, para los Estados Unidos y la oligarquía reaccionaria, quien fuera patriota sería comunista, y moriría “frente al paredón”.[57] Para estos, la traición por parte de los altos mandos del ejército y la debilidad y el poco desarrollo del movimiento obrero organizado fueron los principales factores que provocaron la caída final de Árbenz.[58]
Tras el golpe en Guatemala, los rumores sobre una eventual invasión somocista a Costa Rica aumentaron. En efecto, tras la caída de Árbenz, Pérez Jiménez y Somoza siguieron operando para lograr derrocar a Figueres en Costa Rica, en coordinación con la oposición calderonista en el exilio. No obstante, a diferencia del caso guatemalteco, los Estados Unidos no dieron el visto bueno a una agresión en contra de Costa Rica, a quien consideraban un aliado estratégico en la región.[59]
En junio de 1954, un avión de la fuerza aérea venezolana voló sobre San José dejando caer panfletos en contra de Figueres y de Betancourt, y en julio se produjeron pequeños ataques vandálicos de grupos de exiliados calderonistas en poblados rurales, como en Vara Blanca y Sarapiquí. Luego de la acción de la aviación venezolana, Betancourt abandonó el país.[60] Asimismo, se hizo de conocimiento público la participación de exiliados calderonistas en el ejército invasor de Castillo Armas en Guatemala.[61]
Tras la caída de la democracia guatemalteca, diversos grupos de exiliados políticos y guatemaltecos que huían de la represión del régimen de Castillo Armas encontraron asilo en Costa Rica. Esto hizo que los dictadores afirmaran con más ímpetu que la Costa Rica de Figueres se había convertido en un centro de conspiración comunista.[62] No obstante, en razón del apoyo estratégico de los Estados Unidos a Figueres, aún en julio de 1954 los comunistas no daban crédito a la posibilidad de una agresión somocista en contra de Costa Rica. Consideraban a Somoza como un “simple peón” de los Estados Unidos, que solo actuaba bajo sus órdenes y, a diferencia de Árbenz, Figueres le era funcional “al imperialismo”, por lo que los estadounidenses no darían la orden de derrocarlo. Creían que Somoza únicamente buscaba hacer desistir a Figueres de intentar nuevas acciones en su contra,[63] y los Estados Unidos pretendían chantajear a Figueres para obligarlo a recortar aún más las libertades al movimiento obrero, intensificar la represión en el país, ceder a las demandas de la UFCo en el marco de la renegociación del contrato bananero, así como militarizar el país a través de la venta de armas. Por esto, se opusieron a la compra de armamento a los Estados Unidos para preparar la defensa del territorio, y llamaron a rechazar “la militarización velada del país”. Finalmente, criticaron al calderonismo por hacerles el juego al gobierno y al imperialismo con su tendencia “putchista”.[64]
La evidencia, cada vez más contundente de una inminente invasión armada a Costa Rica, llevó a los comunistas a dar crédito a la información que tenía el gobierno y a desligarse de la estrategia calderonista.[65] En este escenario, criticaron enfáticamente al expresidente Calderón por su alianza con los dictadores, y advirtieron que, de llevarse a cabo con éxito un movimiento de ese tipo, el resultado no podría ser otro que la imposición de una dictadura, ya que a Calderón no le quedaría más remedio que acatar las órdenes de quienes lo apoyaron.[66] Al expresidente lo criticaron duramente por haber perdido el tiempo durante los últimos cinco años planeando golpes de Estado, en lugar de utilizar su prestigio para unir a la oposición y combatir por las vías democráticas a Figueres, así como por dejarse utilizar una vez más por Somoza.[67]
La invasión desde Nicaragua a Costa Rica, orquestada por Pérez Jiménez, Somoza y los calderonistas, se concretó el 7 de enero de 1955, pero fue rápida y eficientemente repelida por las fuerzas costarricenses, con un saldo de un fallecido en cada bando. La oposición de los Estados Unidos a los planes para derrocar a Figueres fue un factor crucial para que tal movida, a diferencia del caso guatemalteco, no prosperara.[68] Asimismo, como indica Bowman, la ausencia de un ejército nacional (abolido en diciembre de 1948) complicó los planes de la oposición de derrocar a Figueres por la vía armada y los obligó a formar alianzas con los dictadores y las fuerzas extranjeras para llevar adelante su gesta. Es decir, la ausencia de un ejército facilitó que los planes golpistas de la oposición en la década de 1950 no prosperaran.[69]
Tras la fallida invasión, el PVP lamentó que Calderón una vez más hubiera apostado por confiar en dictadores, y no en el pueblo costarricense, lo que lo llevó de nuevo a una situación de derrota y de aislamiento político. Por su parte, los comunistas costarricenses reafirmaron que seguirían buscando la unidad de las fuerzas democráticas en el país para derrotar a Figueres en elecciones, combatiendo “la aventura revolucionaria”, el golpe “putchista”, el terrorismo y “todas las formas de lucha desligadas del pueblo”.[70] A su vez, responsabilizaron a Figueres por no haber concedido aún una amnistía para los perdedores de la guerra, lo que había empujado a Calderón a la subversión y a la alianza con los dictadores.[71]
Como indica Ugalde, la invasión de 1955 tuvo como consecuencia que diversos sectores sociales políticos, entre estos la Iglesia católica, los comunistas y las organizaciones de mujeres, reclamaran con más fuerza al gobierno costarricense una amnistía general para los perdedores de la guerra civil de 1948, como una condición necesaria para evitar nuevos brotes de violencia política en el país. Una amnistía parcial fue dictada en diciembre de 1955, mientras que la amnistía total tuvo que esperar hasta 1962.[72] Los comunistas se apegaron férreamente a la vía pacífica, que encontraba sus bases tanto en la idiosincrasia costarricense, como en la teoría etapista del socialismo soviético para enfrentar este convulso escenario nacional y regional y resistir la violencia que era ejercida en su contra.
Conclusiones
Tras su participación en el VII Congreso del Partido Comunista de la Unión Soviética en 1935, el PVP se abocó a aplicar y promover la política de alianzas de Frentes Populares y las tesis de transición pacífica de la revolución por etapas. Las condiciones políticas en Costa Rica posibilitaron que, a diferencia del resto de la región centroamericana, los comunistas costarricenses pudieran aplicar con relativo éxito tales principios y estrategias, que se concretaron en la construcción del “Bloque de la Victoria” o “caldero-comunista” para las elecciones de 1944.
No obstante, la guerra civil de 1948 y el inicio de la Guerra Fría en Costa Rica destruyeron esas condiciones, y las organizaciones comunistas pasaron a ser ilegalizadas, perseguidas y objeto de una fuerte violencia política en su contra. A pesar de lo anterior, los comunistas rechazaron de forma tajante el uso de la violencia para enfrentar ese escenario y apostaron por la lucha pacífica por la consecución de pequeños espacios o vitrinas de legalidad desde donde poder seguir operando públicamente.
A nivel regional, ante el recrudecimiento de la represión y la violencia estatal en contra de los sectores populares y democráticos, los vanguardistas juzgaron duramente y se aislaron de las organizaciones revolucionarias de América Central y el Caribe que optaron por combatir por la vía armada a las feroces dictaduras desde mediados de la década de 1940. A su vez, el anticomunismo imperante de la Guerra Fría provocó que algunos de estos sectores revolucionarios que optaron por la vía armada adoptaran el anticomunismo dentro de su ideario político. En general, se mantuvieron dentro de los marcos de las tesis de la transición pacífica al socialismo y la revolución por etapas para interpretar las disputas entre actores políticos autoritarios y revolucionarios e idear sus estrategias de acción.
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