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8 Golpes de una tirana memoria

Conversación con Horacio Castellanos Moya

David Díaz Arias y Werner Mackenbach

Esta conversación tuvo lugar el 14 de octubre de 2022 por medios virtuales. En ella participaron Horacio Castellanos Moya (HC), Werner Mackenbach (WM), y David Díaz Arias (DDA). Por su trascendencia, la reproducimos completa:

   

WM: Les doy la más cordial bienvenida a este conversatorio en el marco de la Plataforma para el Diálogo Guerra Fría y Golpes de Estado en América Latina. A 70 años de la revolución boliviana de 1952, organizada por el Centro Regional Centroamérica y el Caribe de CALAS, con sede en el Centro de Investigaciones Históricas de América Central (CIHAC) de la Universidad de Costa Rica. CALAS son las siglas para el Maria Sibylla Merian Center for Latin American Studies, que es un proyecto de cooperación en investigación transatlántica que está integrado por un consorcio de cuatro universidades latinoamericanas y cuatro universidades alemanas. El propósito principal de CALAS es el fomento, la realización y la circulación de proyectos novedosos e innovadores de investigación en el área de las ciencias sociales y las humanidades, y en problemáticas vinculadas con la temática general del programa, que es afrontar las crisis: perspectivas transdisciplinarias desde América Latina”. El Centro Regional Centroamérica y el Caribe de CALAS ha invitado a esta plataforma Guerra Fría y Golpes de Estado en América Latina con el propósito de ofrecer un espacio para presentar y discutir experiencias individuales, análisis académicos, posicionamientos políticos y representaciones literarias y artísticas. En particular, este encuentro pretende recuperar la discusión sobre golpes de Estado en América Latina durante el período 19471990, para visualizar sus aplicaciones, sus efectos colaterales, el pensamiento económico y social que los motivó, sus impactos y sus efectos en el presente, pero también propone contribuir a una historia del concepto golpe de Estado, sus usos y abusos y sus interrelaciones con la historia política, social y militar latinoamericanas.

Me alegra mucho que me acompaña en este conversatorio el Dr. David Díaz Arias, que es el director del Centro de Investigaciones Históricas de América Central y cocoordinador del Centro Regional Centroamérica y el Caribe de CALAS, y, muy en particular, me complace que participa en esta conversación nuestro invitado especial: el escritor Horacio Castellanos Moya, quien es, sin duda, uno de los autores centroamericanos más destacados en la actualidad. Él ha trabajado como periodista en varios países latinoamericanos y ha sido invitado por diferentes instituciones internacionales; por ejemplo, estuvo en Fráncfort, Alemania, en el programa para escritores perseguidos, y también en el programa City of Asylum en Pittsburgh, Estados Unidos. También ha sido invitado por la Universidad de Tokio y por otras universidades y actualmente imparte clases en la Universidad de Iowa (Estados Unidos).

Hasta el momento, Horacio ha publicado trece novelas, varios libros de poesía y de cuentos, y también numerosos ensayos sobre varias temáticas, muchas veces vinculados con temáticas centroamericanas. Por su obra ha ganado varios premios; entre ellos el Premio Nacional de Novela de la Universidad Centroamericana José Simón Cañas, en El Salvador, el Northern California Book Award en Estados Unidos y también el Premio Iberoamericano de Narrativa Manuel Rojas en Chile.

Entre sus novelas hay una en particular sobre la que queremos hablar en este conversatorio; se trata de la novela Tirana memoria, publicada en el 2008. Pero, antes de comenzar este conversatorio, quisiera darle la palabra a David Díaz Arias.

DDA: Muchas gracias al Dr. Werner Mackenbach por esta introducción. Además, como él lo señaló, es muy satisfactorio compartir esta conversación con Horacio Castellanos Moya en torno a una novela tremendamente impactante y muy original, particularmente en lo que respecta a las formas en que explora el pasado y también las maneras en que lo reconstruye. Castellanos es, sin duda, uno de los escritores más originales de la región centroamericana, pero también es un escritor que ha incluso saltado de espacios geográficos no solo a nivel de su vida personal, sino también a nivel literario.

Ese exilio, como se nota en su producción ficcional, ha alimentado tremendamente la narrativa de este escritor con quien vamos a conversar hoy y él ha sabido incrustar el peso de la experiencia centroamericana, de una experiencia tanto individual como social, en esos otros espacios donde él se ha movido y dentro de la ficción que ha creado. Por eso, para esta plataforma de CALAS, es una dicha contar con Castellanos para esta conversación.

WM: La novela Tirana memoria fue publicada en 2008. En ella se narran los acontecimientos ocurridos en El Salvador durante 1944, especialmente entre finales de marzo e inicios de mayo de ese año. Consultado por Castellanos Moya para la escritura de la novela, el teniente Mariano Castro Morán,[1] participante de los acontecimientos de 1944, ubica los sucesos mencionados en un relato más amplio de la historia salvadoreña, en la que, como él dice, no existe un año tan especial, tan memorable como el de 1944.

Cito brevemente de este libro testimonial:

En efecto, en el corto lapso de nueve meses tuvieron lugar cuatro acontecimientos muy destacados: uno, el golpe de Estado en abril, dos, la huelga general en mayo, tres, el golpe de Estado en octubre, cuatro, la invasión de salvadoreños provenientes de Guatemala en diciembre.

Horacio, la gran mayoría de tus novelas se refieren a un pasado más reciente en la historia centroamericana, muy en particular también de la historia salvadoreña. Esta novela, en cambio, aborda acontecimientos más remotos. ¿Por qué volver a ese pasado, en tu narrativa, en tu novelística?

HC: Muchas gracias, Werner y David, por invitarme a este evento. Es para mí un gusto estar con ustedes. ¿Por qué mi interés en ese golpe de Estado? En primer lugar, siempre he sentido mucha curiosidad por los golpes de Estado y especialmente por los de la historia salvadoreña: el golpe del 44, el del 31, el del 59, el del 72 y el del 79, que son cinco golpes de Estado que fungen como marcadores o como mojones históricos en el entendimiento de la historia del país en el siglo xx. En el caso del golpe del 44, tuve además interés por un motivo personal y familiar, pues mi padre se vio involucrado en ese golpe.

Mi padre fue condenado a muerte en ese momento, pero, por suerte, no fue capturado. Así que a mí me quedó la curiosidad sobre qué había pasado con el golpe y cómo habría sido la experiencia de mi padre, por lo que comencé a leer todo lo que encontré sobre ese acontecimiento. Al respecto, el libro que más me impresionó, por la exactitud cronológica de los eventos, fue el de Patricia Parkman.[2] Fue entonces cuando comencé a pensar en la posibilidad de escribir un libro sobre el golpe; por supuesto, no pensé en recrear lo que le ocurrió a mi padre, porque, a decir verdad, yo nunca hablé con mi padre sobre eso, porque él murió cuando yo tenía 13 años, de forma que nunca conversamos de su vida política. Yo no tenía edad para tener ningún interés en la política en aquel momento.

Cuando comencé a investigar sobre el golpe de 1944, encontré que había material de sobra para producir una ficción. En ese proceso de lectura, entendí que ese ha sido el único golpe de Estado en el que los salvadoreños tuvieron consenso con respecto a la necesidad de deshacerse de un dictador. Durante el siglo xx, El Salvador fue un país de dictaduras; de esas, la más larga fue la del general Maximiliano Hernández Martínez, que estuvo en el poder por doce años; si se comparan con la extensión de otras dictaduras en Honduras, Nicaragua o Guatemala, es una bicoca. Ciertamente, doce años no es mucho para los dictadores de esa época, pero me llamó mucho la atención que todos los sectores sociales estuvieron involucrados en ese golpe, en la derrota, en el derrocamiento del general Martínez, incluyendo sectores del ejército. Por supuesto que se alzaron con los nuevos oficiales que habían sido formados en Estados Unidos, incluido el propio gobierno mexicano, y que en realidad el único sostén de Martínez era su círculo cercano y sus militares fieles. Entonces, yo creo que la sociedad salvadoreña nunca había tenido un nivel de unidad alrededor de una causa, ni lo ha vuelto a tener desde ese año. Y creo que por eso, quizás, es por lo que ese fue un año excepcional, un año en que hubo un consenso de distintos sectores para derrocar al general Martínez.

DDA: Horacio, a mí me encanta el título que le pones siempre a tus novelas. Esta, en especial, tiene este hermoso título de Tirana memoria. Y desde ese título apuntas a esta dependencia en la historia de El Salvador, aunque el mismo comentario se puede ampliar para toda América Latina, de volver al pasado, de estar amarrado a estas fuertes experiencias históricas de transiciones políticas que, como dices, pueden presentarse constantemente como mojones históricos y que también pueden repetirse hoy, pues en Latinoamérica existe una tendencia a que el pasado vuelva, como si se tratara de una historia cíclica.

Pero, en esta novela, la tirana memoria es también una memoria de esperanza en la vía intimista en que construyes los personajes y la narración. La narrativa que construyes involucra una tremenda angustia de no saber en dónde están los seres queridos, de ignorar qué ha pasado con ellos, lo cual es una angustia compartida en toda América Latina por efecto de golpes de Estado. No obstante, hay más, pues subyace en tu narrativa la esperanza de que la historia pueda parir una nueva visión de sociedad. Esta tirana memoria, entonces, es un recurso que nos posiciona entre la repetición del pasado, su recuerdo, pero también la posibilidad de desprenderse de su tiranía.

Al final de la novela, dices que para ti la experiencia histórica es solo un motivo de ficción, pero realmente tu libro va más allá de eso, pues intentas dar una visión del pasado. ¿Cómo podríamos acercarnos a esa tiranía de la memoria en América Latina pensando en esta ficción que construye alternativas frente a la pesadez de las cadenas de ese pasado violento? ¿Es siempre tirana esa memoria o en tu ficción se ofrece una posibilidad de desviarla, de reconstruirla y también de dar esperanza cuando parece que hay menos posibilidades de que un mejor futuro sea posible?

HC: Bueno, la tiranía de la memoria es algo inevitable, no solo inevitable a nivel personal, sino a nivel colectivo y a nivel histórico. Y por eso no es gratuito que haya periodos, como ocurre ahora en algunos países, en donde se desatan debates acalorados en torno a la memoria histórica y en torno a cómo se ubican las fuerzas políticas con relación a esa memoria. Ahora bien, lo que yo me propuse en la novela, como tú bien lo mencionas, fue mostrar eso desde la perspectiva de la cotidianidad, porque la narrativa, la ficción funciona a partir de los detalles de la construcción de individualidades, y a mí en la novela me interesaba ver ese golpe de Estado, el golpe militar en sí, a partir de una voz con bastante ingenuidad política, que es la voz de uno de los personajes principales: Haydee. En ella ocurre una transformación que va de una visión conservadora al principio sobre los eventos y que, poco a poco, va cambiando para involucrarse en los hechos y así tratar de influir para cambiar la situación de opresión política en la que vive.

Para mí, la historia es un referente brutal. Y ese referente, que es lo que se puede llamar “verdad histórica”, lo utilizo para construir una ficción que permita acercarse a ella desde otra perspectiva, no desde la perspectiva de la interpretación de los eventos, sino desde la perspectiva de cómo se viven los eventos, de cómo se enfrentan los eventos, de cómo se vive el día a día, de cómo funciona la mente de los seres humanos en esta situación. La ficción está construida a partir de subjetividades y por eso yo enfatizo tanto en este personaje Haydee, que se va involucrando en la trama porque su esposo está preso y se va decantando políticamente, como los otros dos personajes, Jimmy y Clément. En la novela, los personajes ven las cosas desde su propia experiencia y están construidos a partir de individualidades. Tanto es así, que el último personaje, Pericles, ni siquiera participa en el golpe, porque está en la cárcel. Las individualidades, entonces, me permiten profundizar en los detalles, en los otros ángulos de la historia, en las preocupaciones del día a día.

WM: Lo que me ha impresionado en esta novela, y me ocurre también en otras de tus obras, es el uso intertextual de fuentes de varios tipos. Entre ellas, una fuente muy importante es la de Juan Mario Castellanos,[3] el sociólogo salvadoreño que publicó un libro importante sobre estos años que te interesan en esta novela. En ese libro, él dice que polemiza con la visión extremadamente simplista que, desde los primeros años de la década de 1970, se institucionalizó en el seno de las organizaciones populares y revolucionarias salvadoreñas, buscaba interpretar el derrocamiento de la dictadura de Martínez como resultado de una insurrección popular. En el caso de tu novela, ¿hay algo, algún afán similar de contrarrestar, de polemizar contra esta interpretación simplista?

HC: Mira, la verdad es que yo nunca me lo planteé así, porque no comparto esa lectura del 44: de que eso fue una insurrección popular. Fue una huelga general, y la visión que plantearon en la década de 1970 la presentó como una revuelta popular, pero yo lo que creo es que, dependiendo de los momentos históricos en que se vive y de las fuerzas que se quieren imponer, es desde esa interpretación desde que se cuenta la historia. Entonces las organizaciones de la izquierda salvadoreña de los años setenta, los ochenta y quizá hasta principios de los 90, todo lo miraban en función de la confrontación directa con el ejército y las fuerzas del capital. No obstante, no fue así; entonces las organizaciones de izquierda no podían aceptar que ese golpe de 1944, que ese derrocamiento de Hernández Martínez fue realizado con el apoyo de parte de ese ejército salvadoreño, del capital y de Estados Unidos y que sin esas fuerzas no se hubiera podido derrocar al general en ese momento. El movimiento popular también participó, pero fue un movimiento muy desarticulado porque se trataba de un movimiento popular que había sido reprimido por ese dictador durante doce años, es decir, el movimiento popular por sí mismo no hubiera sido capaz de botar al dictador, porque no tenía los instrumentos organizativos para hacerlo.

Así, la interpretación de la que yo partí fue una interpretación más global, más apegada a lo que verdaderamente sucedió y no a partir de posicionamientos políticos e ideológicos, que son los que motivaron eso que critica Juan Mario Castellanos en su libro.

DDA: Bueno, me gusta ese señalamiento que hace Horacio con respecto a cómo ideológicamente la historia puede ser manipulada o ajustada dependiendo de las necesidades políticas que se tengan hoy, y en el caso de América Latina en general, en sus vínculos con la historia contemporánea, hay mucha evidencia al respecto. Ahora, Horacio, pensando en esto que señalas de un país con una meta compartida de echar abajo a Hernández Martínez, al Brujo, como le llamas en la novela, ¿qué posibilidades hay de entender esta historia a partir del concepto de “justicia”? En otras palabras, quisiera introducir a esta conversación la pregunta de si crees que hay o no hay golpes de Estado justos y, en esa vía también, que medites si hay o no hay golpes de Estado injustos, en el sentido en que un golpe de Estado como el que exploras en esta novela parecía necesario o fundamental para echar abajo una tiranía que, además, se había construido sobre la base de miles de indios muertos en la masacre de 1932 y en una fiera persecución a sus opositores.

HC: Sí, claro. Es decir, para que haya un golpe de Estado, se necesita que el poder haya abusado de sus derechos. Se necesita que haya gente que haya sido afectada en grado sumo por el poder, en sus intereses, pero también en aspectos esenciales de derechos humanos. Porque hay golpes de derecha que son golpes que podríamos llamar “injustos”, que responden más a los intereses de los actores para establecer su poder. Por ejemplo, no se puede comparar el golpe de Hernández Martínez con el golpe contra Salvador Allende. Son cosas radicalmente distintas en cuanto a toda su configuración, pues los golpes de derecha son golpes desde la cúpula. En El Salvador también se han dado golpes de cúpula, como fue el golpe de 1979, pues se trató de un golpe para contener el movimiento revolucionario que estaba por radicalizarse y por crecer más. Ese golpe fue una barrera de contención, no respondió a un movimiento, pero también había gente con ideas de justicia, porque no dudo que el coronel Majano, más allá de querer formar parte de la Junta, tuviese una idea de que no se podía seguir masacrando a la población como se estaba masacrando. El golpe de 1944 en El Salvador es un golpe bastante paradigmático precisamente por esa unión de los distintos sectores. Es decir, fue consecuencia de toda la represión de la libertad de expresión, la represión contra la libertad de organización, contra los partidos políticos, contra todos los elementos de la vida democrática, etc. Así es que ese golpe, en ese sentido, fue esencial.

En mi novela la búsqueda de la justicia precisamente la vemos en el caso de Haydee, mientras que el sentido de la cúpula lo vemos en los otros dos personajes, en Jimmy y en Clément. Pero Haydee pelea en la novela por una justicia muy elemental, como todas las otras señoras que están con ella en el comité de madres o de esposas de presos políticos, ellas protestan contra la injusticia de que sus maridos estén presos por delitos que en ninguna situación democrática podrían ser vistos como tales: la libertad de expresión, la libertad de organización, la libertad de manifestación.

Entonces se dan los dos niveles: el nivel que apela por la justicia, que muestra cómo la justicia y la búsqueda de la justicia pueden modificar la conciencia de una persona y pueden apelar a que esa persona se mueva en una dirección que nunca esperó moverse y cómo, al mismo tiempo, hay personajes que no están preocupados por la justicia, sino por la intriga del poder. Yo creo que en un golpe de Estado siempre se conjugan una multiplicidad de intereses que van desde los intereses personales, particulares, egoístas, hasta los intereses que buscan restablecer la justicia.

Asimismo, no hay un solo golpe de Estado, sino que hay varios golpes de Estado que se están fraguando al final, o se juntan, o hay uno que se impone. Son varias conspiraciones que comienzan a suceder y de pronto una de ellas logra capitalizar la fuerza y a llevar hacia adelante la expectativa de triunfar. En el caso del 44, vemos cómo, con todas esas condiciones, las subjetividades de las personas involucradas en el golpe son determinantes para el fracaso; es muy fuerte lo que digo, pero es la cobardía de los mismos militares de la cúpula militar que después fueron fusilados lo que les impidió avanzar hasta las últimas consecuencias. Porque, si hubieran bombardeado el cuartel de la policía y hubieran matado a Martínez, santo y seña, ahí hubiera quedado todo. Pero estaban tan pegados a Martínez, que no pudieron tomar esa decisión; tenían parte de su conciencia amarrada al dictador.

Yo platiqué sobre golpes de Estado con alguna gente en México, durante mi exilio en ese país, y tuve acceso a salvadoreños mayores que habían participado en diversos golpes de Estado. Y una de las características que se pueden rescatar de esas experiencias es que, si no se tiene la decisión de ir hasta las consecuencias finales, por lo general luego se experimenta la derrota. Eso sucedió en el 44 con el golpe de Estado, y eso sucedió en el 72 con el golpe de Estado contra el general Fidel Sánchez Hernández: el golpe fue derrotado incluso cuando los golpistas tenían capturado al presidente en el cuartel insurreccional.

De esa forma, la falta de decisión lleva a la derrota de un golpe. El caso excepcional del 44 es que, derrotado ese golpe, se logra armar esa huelga general que logra acabar con el dictador. Entonces fue un golpe violento, pero no funcionó, y lo que sí funcionó fue la huelga pacífica. Si el golpe violento hubiera triunfado, ¿quién sabe qué habría sido después de El Salvador? La experiencia de la huelga fue una experiencia cívica muy importante que sin aquella derrota no hubiera acontecido.

WM: Horacio, me interesa mucho lo que dices sobre el concepto de “golpe de Estado”, especialmente por sus usos y abusos actuales, por ejemplo, si pensamos en la actual dictadura Ortega-Murillo en Nicaragua, que utiliza este concepto “golpe de Estado” para aplastar cualquier movimiento social opositor. Coincido con tu posición sobre diferentes tipos de golpes de Estado, pero tal vez una faceta o un elemento que es importante en todos los golpes de Estado es la participación, por lo menos de una parte de los órganos de represión, es decir, del ejército. Sin esa participación de por lo menos fragmentos, fracciones de los órganos de represión, no creo que se pueda llamar “golpe de Estado” a un movimiento.

HC: A mí me parece que sí, que es así, porque por eso es un golpe de Estado, porque una parte importante del Estado golpea a quien controla el poder. Es un golpe dentro del Estado. Un golpe de Estado no es una fuerza que viene de afuera, sino que se trata de fuerzas internas del Estado. Y eso es muy importante de subrayar, porque los golpes siempre implican que el líder golpista sea un traidor y que ejerza el liderazgo para derrocar a quien está arriba, a quien se supone ha jurado lealtad. El líder golpista debe tener esa decisión; si no llega esa decisión, de seguro no triunfa el movimiento. No necesariamente tiene que matar al detentor del poder, pero sí tiene que estar dispuesto a llegar hasta las últimas consecuencias en su traición.

El golpe de Estado tiene que hacerlo alguien que ya participa de ese Estado y que está muy cerca del poder al que va a cambiar dentro del Estado. En el caso del 44, el golpe militar per se del 2 de abril fue dirigido por un compadre del general Martínez, pues por eso lo fusiló, por traidor. El golpe de Estado de Allende lo dirigió su jefe del ejército. Con otros objetivos y en otro contexto, el golpe de Estado del 72 lo dirigieron el jefe de la Brigada de Artillería. Y en el 79, también en El Salvador, el golpe de Estado lo dirigió parte de la cúpula militar.

Es muy difícil realizar un golpe de Estado sin contar con la participación de alguien que se encuentre dentro del círculo de poder que rodea al líder. Por eso, cuando mencionas a Ortega, que acusa a toda esta gente de querer propinarle un golpe de Estado, se trata simplemente de un abuso del concepto con un objetivo específico. A Ortega le podría dar un golpe de Estado su jefe del Estado Mayor, o su ministro de Defensa y no un opositor, que va a ir a competir en las elecciones.

DDA: Horacio, me gustaría volver al asunto del recuerdo y de la memoria, de estas cadenas pesadas que vienen del pasado y que se imponen sobre los personajes de tu obra. Tengo presente el cuento de Jorge Luis Borges, “La memoria de Shakespeare”, en donde el autor en alguna parte menciona que, a medida que el hombre va haciéndose viejo, tiene la tarea de cargar con sus recuerdos; al ver el vínculo que estableces entre este libro del que conversamos con otras de tus novelas como Moronga o El hombre amansado, me pregunto sobre cómo entre estos libros se expresa la tiranía de la memoria. Lo pregunto porque cargar en el caso de Borges remite al sentido del título de tu novela, porque los recuerdos se vuelven tiranos del ser humano, están allí combativos para decir lo que hizo una persona o la forma en que recuerda lo que hizo y lo que le hicieron, y, pensando en El Salvador como país, es posible que un país también pueda ser arrastrado por sus recuerdos, dominado por sus memorias, tanto que quiera romper como sea posible con ese pasado y darles la posibilidad a opciones radicales para que destruyan esas cadenas y de esa manera se pueda recomponer la esperanza del futuro. ¿Podríamos ver a El Salvador como un organismo viviente que recuerda y que se impone la tarea de romper con lo que no quiere cargar de esa memoria? ¿Podríamos interpretar a los intentos autoritarios actuales en El Salvador como una forma de desprecio del pasado y una especie de ajuste de cuentas con los gobiernos que ascendieron después de los acuerdos de paz?

HC: Es muy interesante, David, pensar y tratar de encontrar asideros para esa memoria colectiva, esa memoria país. Es decir, pensar sobre cómo la memoria colectiva de un país funciona, cómo la memoria colectiva de un país se perpetúa, cómo la memoria colectiva de un país se esfuma. No tengo instrumentos analíticos para hacer algo así. Ahora, tú mismo lo has dicho: es imposible deshacerse del pasado. El personaje de Moronga intenta deshacerse de su pasado y lo mismo le ocurre al personaje de El hombre amansado, pero el pasado les cae como una pedrada.

Pero quizás el esfuerzo por deshacerse del pasado de un país puede darse cuando el poder es tomado por un nuevo sector social joven que tiene una visión del poder distinta de las generaciones que lo precedieron. En el caso de El Salvador, me da la impresión de que las fuerzas políticas que existían hasta ahora lo hicieron muy mal, así como lo hicieron bien en la guerra, lo hicieron tan mal en la paz, que esa memoria es la que quieren extirpar las nuevas generaciones.

Y siempre hay un líder que puede oler eso y tira la carnada a ver qué pesca. Entonces la gente cree que se va a deshacer de su pasado, pero no lo logra, y, cuando vuelve el pasado, vuelve con mayor fuerza porque los márgenes de lo posible, en lo político y en lo histórico, son reducidos.

WM: Horacio, me gustaría agregar a lo que dijiste, a lo que te preguntó David, algo más autobiográfico. En tu más reciente novela publicada este año, El hombre amansado, otra vez un miembro de la familia Aragón juega un papel importantísimo en la trama y está también tiranizado por la memoria, desarraigado, etcétera. ¿Cuánto tiraniza al escritor-ciudadano ser Horacio Castellanos Moya? Ya es la séptima novela de esta saga familiar, por llamarla así, entonces es impresionante que sigue preocupándote esta memoria, esta posmemoria también como es el caso de la novela Tirana memoria.

HC: Sí, mucho, mucho, mucho; me tiraniza mucho. Fíjate que yo había escrito ya varias novelas cuando comenzó esta saga de los Aragón, y comenzó con una novela titulada Donde no estén ustedes (2003), donde aparece por primera vez el embajador Alberto Aragón.

Yo no sabía cuando comencé esa novela que iba a escribir una saga sobre esa familia. Tan es así que la siguiente novela fue Insensatez (2004), que no tiene nada que ver con la saga. En su planteamiento, entonces, evidentemente hay cosas biográficas relacionadas con el autor, porque yo no puedo construir una familia de la nada, tengo que apelar a lo que conozco. Y es apelando a lo que conozco, a partir de lo que sé de primera mano, como puedo fabular. Hay casos en que se puede encontrar cercanía de un personaje con alguien de mi familia, cercanía inmediata, pero hay otros casos de personajes donde no hay nada así. Nunca he conocido a alguien que se parezca a un personaje como Haydee; no me basé en nadie para imaginar a esa mujer. Pero su esposo sí, su esposo está inspirado en alguien de mi familia. Hay gente que dice que es mi alter ego que saca lo peor de mí. Bueno, puede ser, pero no me siento cómodo pensando que el personaje soy yo, porque, si quisiera escribir sobre mí, escribiría memorias o una autobiografía. Me siento cómodo no siendo yo, siendo ese otro personaje que tiene cosas mías, por supuesto; en realidad todos mis personajes tienen cosas del autor, aunque no se basen en nadie, como en el caso de Haydee.

Yo comencé la saga con Donde no estén ustedes; precisamente esa novela se iba a llamar Tirana memoria, porque el personaje Alberto Aragón me llevó a la idea de Tirana memoria, y el final de esa novela son estos viejos recordando su vida. Así, Alberto es un personaje acabado, acabado por la memoria. Pero después dije “No, esto no va con eso”, y publiqué Insensatez y publiqué Desmoronamiento. Y después apareció la novela para la que el título ya estaba desde cuatro años antes, y ahí entró exactamente toda la idea de la memoria.

WM: No quisiera terminar esta conversación sin tocar un tema que me parece sumamente interesante. En su prefacio al libro de Gabriela Selser, Banderas y harapos,[4] publicado hace algunos años, Sergio Ramírez escribió que la historia con mayúscula se cuenta con relatos de historia en minúscula. Y esto es lo que estás haciendo en esta novela: también cuentas desde los márgenes, desde tres personajes marginales, un pintor bohemio, un alcohólico mujeriego y una mujer apolítica creyente archicatólica. Y creo que eso te permite contar la historia de una manera diferente, mucho más diversificada.

¿Cómo lograste escribir de manera tan verosímil este diario de Haydee? Es un diario, como dijiste, completamente inventado, pero creo que es la primera novela en la que logras realmente darnos una imagen muy verosímil de una mujer muy conservadora que después, en el transcurso de los acontecimientos, se politiza.

HC: Yo había tratado anteriormente en La diabla en el espejo (2000) desarrollar una voz femenina, pero esa era una voz que yo oía en mi hábitat, por lo que la construí con mayor facilidad. En el caso de la voz de Haydee, te soy sincero, no sé de dónde salió; sé que no era un personaje que yo iba a desarrollar en la novela, porque inicialmente quería que la voz fuera la de su esposo, la de Pericles. Quería que Pericles, desde la cárcel, contara lo que estaba pasando, y esa fue mi intención original, pero hice muchos intentos para hacerlo y fracasé. Y fracasé porque Pericles es una especie de espía, es un hombre de secretos, y era muy difícil, me era muy difícil meterme en ese hombre de secretos y encontrar un dispositivo narrativo para contar la historia. Entonces me bloqueé. Ya tenía el final de la novela, ya tenía la parte de Pericles al final y quería hacerle el pasado la tirana memoria; quería construir el pasado. Haydee ya existía en mi mente como la esposa de Pericles, a la que él iba a hacer referencia desde la cárcel cuando ella le llevara la comida o cosas de esas, pero no era un personaje central. Esas son las limitaciones y al mismo tiempo los talentos de un narrador. Esa limitación se convirtió en virtud para mí, porque me llevó a un silencio, a un bloqueo que de pronto se destapó con algo totalmente inesperado, que era la voz de Haydee. La voz de Haydee me cayó del cielo porque no era algo en lo que yo estaba trabajando. Y una vez que comencé a probar esa voz, cuando llevaba como 15 o 20 páginas, me dije “Esta es; me puedo meter en la mente de esta mujer más fácil que en la de su marido”. Yo tenía un cuadro cronológico con todo lo que pasaba y entonces me metí ya en el detalle de la vida de la mujer y en la voz de la mujer y en sus preocupaciones, en sus vivencias, en su día a día, en su mentalidad.

DDA: Quiero agradecerle muchísimo a Horacio Castellanos el tiempo que nos ha dado para esta conversación, que ha sido realmente muy enriquecedora, tanto en su visión de la historia de El Salvador, como en la construcción de la ficción de Tirana memoria y otras de sus novelas.

WM: También de mi parte, muchas gracias a Horacio. Para quienes no conocen la novela, todavía está accesible y se puede comprar y les recomiendo la lectura de este texto dentro de la obra completa de Horacio, ya que siempre, siempre es un gusto tanto estético como histórico leer sus novelas.

Muchísimas gracias, Horacio, y hasta luego.

HC: Muchas gracias, Werner, y muchas gracias, David. Ha sido un placer conversar con ustedes. ¡Hasta la próxima!


  1. Castro Morán, Mariano, Relámpagos de Libertad (San Salvador: Editorial Lis, 2000).
  2. Patricia Parkman, Insurrección no violenta en El Salvador (San Salvador: Dirección de Publicaciones e Impresos, 2003).
  3. Juan Mario Castellanos, El Salvador 1930-1960. Antecedentes históricos de la guerra civil (San Salvador: Dirección de Publicaciones e Impresos, 2001).
  4. Gabriela Selser, Banderas y harapos. Relatos de la revolución en Nicaragua (Managua: Anamá Ediciones, 2016).


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