Nuestros cursos:

Nuestros cursos:

Aspectos psicosociales de la depresión

Susana Seidmann[1]

Considerar la depresión en el mundo actual nos lleva a pensar acerca de nuestro devenir en él. Hoy en día, la vida social se presenta con una velocidad vertiginosa, todo es rápido, y ello no facilita una adaptación fácil, confortable, cómoda. Todas las experiencias aparecen y desaparecen rápidamente, generan sensaciones de placer y displacer consecutivo, aprehensión y pérdida, no se puede sostener un logro porque rápidamente desaparece, hay un vértigo en las experiencias de la realidad. Es lo que Bauman (2003) define como realidad y relaciones líquidas. Esto produce altos niveles de frustración y pérdida, así como placeres evanescentes. En un contexto social tan complicado, con relaciones sociales fragmentadas, poco sólidas, los vínculos de apego, tan necesarios para la constitución de la fortaleza yoica, se ven amenazados y conducen a situaciones de inestabilidad emocional.

La sociedad de consumo necesita seres humanos interesados en adquirir vorazmente objetos producidos. La maquinaria comercial se ocupa de cebar la apetencia de las personas sin límite, con el fin de que consuman objetos para equilibrar su autoestima, aunque con ello se consuman a sí mismos. Esa exigencia sin freno es aprendida desde muy pequeños y rige la educación con las normas de ser el mejor, el que más produce, el más competitivo, el más aventajado, aunque no se disfrute apaciblemente lo que se hace. Desde el colegio, hay que tener más, de mejor marca, ser el más destacado, ser el primero es lo que importa, no se sabe para qué. Y la frustración se presenta a cada momento al no poder lograr todos los objetivos al instante. Esta carrera competitiva borra los valores de la vida y la transforma en un sinsentido, un significante vacío.

No hay vivencias afectivas, solo carreras competitivas. Este sinsentido afectivo conduce al vacío de la depresión. Se ha perdido el sentido de la vida.

Bauman (2003) señala que “la desintegración de la trama social y el desmoronamiento de las agencias de acción colectiva” (p. 19) conducen al “descompromiso y al arte de la huida”. Para que el poder fluya, el mundo debe estar libre de trabas, barreras, fronteras fortificadas y controles. “Cualquier trama densa de nexos sociales, y particularmente una red estrecha con base territorial, implica un obstáculo que debe ser eliminado” (pp. 19-20). Se desmantelan así las redes, para una mayor fluidez, las relaciones se hacen frágiles, vulnerables, transitorias, precarias. Esta es la “modernidad líquida” de la que habla el autor. El hecho de que haya muchas redes virtuales no quiere decir que sean redes de sostén. Son redes donde existe el consumo, la presentación de personas exitosas, pero no contienen sólidamente a las personas comunes reales.

Vayamos a otro de los autores clásicos que nos habla de la “era del vacío”, Gilles Lipovetsky (1983/1994/2000). Este autor define el proceso de “personalización” como central en la posmodernidad, refiriéndose al auge de la “legitimación del placer y de las aspiraciones individuales”, unidas a la “revolución del consumo”, el “vivir libremente sin represiones”. Lo vincula con el narcisismo, que cuando se extiende a la esfera social, se convierte en la “psicologización” de lo social, de lo político, de la escena pública. Se trata de un “hedonismo individualista legítimo” que se reitera y borra la esperanza de un proyecto futuro. Se ensalza, por el contrario, lo actual, lo inmediato, la satisfacción en el aquí y ahora, y se borra la percepción del tiempo social y los grandes problemas de la humanidad, como por ejemplo el cambio climático, las crisis energéticas, entre otros.

Estas consideraciones del mundo social nos conectan con los desórdenes del estado de ánimo.

A grandes rasgos, diferenciamos la depresión mayor, por su gravedad y síntomas característicos que la definen, de estados depresivos que son respuesta a estresores ambientales, ya sean psicosociales o culturales. Estos se manifiestan asimismo por sentimientos de sufrimiento y dolor, en un tiempo limitado, de soledad y pérdida, que la persona puede atribuirse a su manera de ser o a factores externos a sí misma. En el estilo atributivo interno, la persona se echa la culpa de la situación que vive; en cambio, cuando utiliza la atribución externa, lo hace con los demás, son los otros los que tienen la culpa de lo que está ocurriendo.

Existe también diversidad en el formato cultural de los cuadros depresivos. La expresión de los cuadros depresivos puede variar de acuerdo con las formas expresivas características de cada cultura, por ejemplo, los latinos y mediterráneos lo pueden expresar como “nervios o dolores de cabeza”; los chinos y asiáticos, como “debilidad, cansancio o desequilibrio”; en Medio Oriente, como “problemas del corazón”. También pueden aparecer imágenes de haber sido embrujados, tener calor en la cabeza, tener sensaciones de hormigueo, ser visitados por parientes fallecidos. Los niños y adolescentes tienden a presentar más quejas de malestares somáticos, irritabilidad y retraimiento.

Es importante no dar por supuesta una conducta como referida a la cultura de pertenencia de la persona, sino considerarla con precisión, diferenciándola como señal de la patología depresiva eventual. O sea que siempre es importante estar atento a los diagnósticos diferenciales. Pero también es necesario tomar en cuenta los valores de cada época. Considerando los aportes de Bauman y Lipovetsky, nuestra cultura actual, competitiva y con grandes deseos de éxito en diversos aspectos de la vida, genera fuertes presiones sobre sus hijos, lo cual interfiere con el desarrollo natural de sus habilidades y desnaturaliza los valores de cada adquisición a lo largo de la vida. Los hijos van sintiendo que nunca nada es suficiente para lograr el amor y aprobación de sus padres, sus figuras de apego, por más esfuerzo que empleen, no logran un fin… inexistente. Se produce un vacío de reconocimiento y valorización… Se inicia el camino al desapego.

Veamos ahora qué nos ilustra John Bowlby (1907/1990) acerca de su teoría del apego (1969/1980). ¿Por qué es importante considerar esta teoría? Por la relevancia de los vínculos tempranos que sellan la matriz o patrón de relaciones a lo largo de la vida.

Bowlby se pregunta: ¿cuál es el vínculo que une al niño con la madre? Y lo define como la conducta de apego, única conducta instintiva que implica la búsqueda de proximidad de la figura que protege.

Bowlby se enrola como psicoanalista, pero recibe múltiples influencias: de la etología de Lorenz imprinting–, de la psicología cognitiva, de la psicología experimental, de la teoría de Harlow sobre la naturaleza del amor. Las múltiples influencias lo llevan a desconocer el complejo de Edipo y el instinto de muerte, tal como los formuló Freud.

La manera en que se constituye el apego va a formatear las relaciones humanas durante el resto de la vida.

De este modo el vínculo de apego satisfactorio temprano va a dar cabida a relaciones positivas posteriores en el curso de la vida. Es necesario un vínculo cálido, presente y continuo en el comienzo de la vida para hacer posibles relaciones satisfactorias posteriores. Esto es común para todos los miembros de la misma especie. El apego implica un encuentro entre alguien que busca cuidados y un dador de cuidados. Cuando se juntan, emerge el apego que otorga seguridad al niño y le permite la exploración del entorno. Es una relación en la que ambos, madre-cuidadora y niño-cuidado, obtienen satisfacción y goce.

Cuando se establece un buen apego, el chico puede explorar el entorno. Cuando no se establece un buen apego, el chico no se puede desprender de la figura de protección. ¿Se acuerdan de Harlow y “la experiencia del amor” en el estudio de los monos? El mono criado por su madre mona, cuando aparece un peligro, acude inmediatamente a ella, que le da protección frente a un estímulo desconocido peligroso; el mono criado por la mona de felpa también acude a la mona de felpa, es decir, a su contacto suave y cálido. Pero ¿qué pasa con el que solo está con la mona de alambre que lo alimenta? Es un ejemplo metafórico, no tiene el contacto amoroso, suave y cálido. Remite a esa posición casi fetal de desamparo total. Esto es lo que pasa cuando no se establece un buen apego; se libra a su propia suerte.

Un apego temprano insatisfactorio predice problemas de relación en el resto del curso de la vida. No obstante, Bowlby considera que también estas situaciones pueden cambiar si se modifica el espacio de desarrollo del ser viviente, por ejemplo, si cambia el contexto de crianza de un animal y este adhiere a su cuidador humano. El autor pone como ejemplo los patitos recién nacidos que siguen a Lorenz, ya que es la primera figura viva que observan al nacer. Realizan con él el imprinting. Es decir que existe un ambiente de adaptación evolutiva en donde mejor se cumple la función biológica, aunque el ser viviente puede adaptarse a condiciones diferentes. La adaptación involucra un encuentro entre las tendencias genéticas y el ambiente de crianza que se complementan e intersectan.

Bowlby sostiene que el apego se desarrolla de acuerdo con la forma del funcionamiento del sistema nervioso central, modelo operante, estructura cognitiva similar a la construcción del objeto interno –el sí mismo se forma en contacto con la figura de apego–. Recibe la influencia del contenido hormonal, estímulos ambientales y estímulos propioceptivos.

También el apego puede revertir en diferentes momentos de la vida, de modo que el que ha sido cuidado se convierte en cuidador, esto es, los hijos con buen apego se transforman en cuidadores cariñosos de sus padres ancianos.

Mary Ainsworth (1954), discípula de Bowlby, investigó el vínculo de apego en diferentes contextos sociales, en Baltimore y en Uganda.

Considera que el apego es un lazo afectivo íntimo con una figura específica, con la que se tiene una interacción discriminada. Con ella se mantienen juntos en el espacio, con una distancia óptima que perdura en el tiempo y se va modificando lentamente.

El niño busca protección, consuelo, apoyo ante el peligro, el temor, la soledad, la enfermedad. El apego se estructura entre el cuarto y el sexto mes, gracias al desarrollo cognitivo del bebé, y dura toda la vida: el vínculo en la niñez es fundamental, tiene relevancia el primer año de vida y los cinco años siguientes; luego en la adolescencia se despega de los padres y se apega a los pares; en el adulto, la pareja es un vínculo muy largo; en la vejez, se revierte el apego, los hijos son figuras de apego de los padres ancianos, es decir, los que antes eran los receptores de apego, ahora tienen que ser dadores. A veces es muy difícil ese pasaje, esto se debe a que en nuestra cultura los hijos son criados como príncipes, no quieren dejar ese lugar y, en ocasiones, las personas mayores son abandonadas.

Las pautas de apego fueron desarrolladas por Mary Ainsworth: el apego involucra una sensación de bienestar recíproco, gratificante, un vínculo de confianza, accesible, cariñoso, colaborativo.

Por otro lado, los apegos no adaptativos son:

  • Apego ansioso-resistente: produce ansiedad de separación, es decir, el chico no generó confianza en la madre y cree que en cualquier momento lo va a abandonar. Se siente inseguro, maltratado, la madre tiene una respuesta tardía o inadecuada que potencia el sentimiento ansioso ante la amenaza de abandono.
  • Apego ansioso-elusivo: produce desapego. El chico que no recibe un vínculo de aceptación y protección de su madre ya no confía en ella y esto produce lo que Winnicott llama “falso self”. Hay una adaptación superficial, pero una desadaptación y desconfianza profunda de la calidad y confiabilidad de los vínculos humanos, un sentimiento de desamparo del cual se protege con desesperanza y desconexión afectiva. No espera nada de nadie, no se conecta profundamente con nadie, intenta vivir sin amor ni apoyo. Es distante, tiraniza, aislado, hostil, poco sociable, emocionalmente suficiente, narcisista. Esta situación lleva a la depresión.

¿Qué pasa con la ausencia temprana de la madre? Si esta vuelve en un tiempo razonable –algunos meses–, la sensación de desamparo se puede revertir. La ausencia de la madre pasa por tres momentos: un primer momento de protesta, donde el chico llora y busca a la madre con el llanto. Un segundo momento de desesperación, donde el llanto se hace monótono y pasivo, no exige, y un tercer momento donde el chico se reconecta con los alimentos, acepta los cuidados, pero esto le deja ya una marca: reprime-bloquea los sentimientos, ignora a la madre, se hace muy demandante de los demás, se encuentra ansioso, enojado y aquí el desapego le impide entablar relaciones profundas con otros. Un chico con desapego tiene una relación distante con los demás, es posible observarlo, se siente como que mira “a través de uno”, a alguien que está por detrás, y no que lo mira a uno. Esto es muy fuerte porque se siente la desconexión respecto de esta persona .

Esto nos remite al tema de la soledad. La soledad está directamente relacionada con el desapego. Un chico que no fue contenido, que no tuvo una relación de apego significativa, o sea que no tuvo ese contacto íntimo con el adulto que lo crio, tiene una sensación permanente de soledad. La soledad es un sentimiento prolongado, persistente, desagradable, penoso e involuntario de no tener relaciones significativas con otros y no sentirse querido. Es una apreciación subjetiva en que la persona se siente sola, siente que no tiene relaciones significativas ni reciprocidad con los demás, que no tiene vínculos cualitativamente positivos con los otros, llora y no hay manera de calmar esta carencia, este sentimiento de no reconocimiento de los demás. Esto es terrible, porque puede ser muy exitosa en diversas áreas, pero en su reconocimiento íntimo, en su autoestima se siente alguien fracasado, sin valor, sin afectos valiosos, sin reconocimiento, como un estancamiento. Cuando uno le pregunta, responde que se siente fracasado, que su vida es un fracaso.

El aislamiento es una situación distinta. Se puede estar separado de otros, por ejemplo, llegar a una ciudad, no conocer a nadie y estar solo, pero no sentirse mal. Reconocer la situación de desconexión pero que esto no produzca ansiedad, saber que responde a la falta de vínculos sociales, dado que es un recién llegado, carece de redes sociales y no es un problema personal. En cambio, el que se siente solo puede estar rodeado de gente y sentirse abandonado, que no tiene a nadie significativo que lo rodee. Puede sentirse solo en medio de una multitud.

En cuanto a las definiciones de soledad, es posible encontrar muchísimas y el inglés es particularmente rico en este sentido. Por ejemplo:

  • Aloneness: no tiene traducción al castellano, es estar solo objetivamente, transitoriamente. No es penoso, uno está solo.
  • Aloofness: es la desconexión de ir a la deriva, retraimiento, apartamiento psicológico.
  • Solitude: es la experiencia positiva del creador, por ejemplo, alguien que se retira a crear algo.
  • Reclusión: es una condición autoimpuesta, como la del anacoreta.
  • Desencuentro: incomprensión, distanciamiento.
  • Pérdida de alguien querido: sentido como algo irrecuperable, pérdida de alguien que nos quería y que menoscaba la capacidad de disfrutar, decidir y compartir. Cuando alguien que nos quería se muere, uno lo siente como algo irrecuperable, vivido como una herida interna que no cura.

¿Cuál es la diferencia entre intimidad y apego? Hay una diferencia importante: la intimidad implica simetría y reciprocidad. Esto es lo que se supone que debería existir en las relaciones adultas, un espacio de confianza, empatía y valor. El apego es una relación de protección, seguridad y sentimientos intensos, pero de carácter asimétrico.

¿Qué pasa en las relaciones adultas, por ejemplo, en las de pareja? ¿Qué existe? No solo apego, sino que tiene que haber además intimidad, la confianza de la intimidad y de la reciprocidad. Vemos cómo aquí hay que hilar fino, y cómo muchas personas no llegan a tener ambas, de modo que se quedan en la dependencia, porque el apego, de alguna manera, también implica dependencia. Pero si uno puede moverse de uno a otro, del apego a la intimidad, enriquece la relación.

Por otro lado, hay diferentes tipos de soledad:

  • Soledad por aislamiento emocional: se trata de una relación a la que le falta la figura de apego. Uno no tiene con quién contar y esto lleva a la depresión.
  • Soledad por aislamiento social: es lo que mencionamos antes sobre el aislamiento a causa de que no hay gente, lo cual produce ansiedad. La persona llega a un espacio, a una ciudad, y no hay nadie conocido; esto conlleva ansiedad porque la existencia de personas que me rodean provee insumos sociales: apego, integración social, reaseguramiento. Provee elementos sociales en las relaciones sociales. Cada situación provee algo: alianzas, guías.

La soledad impacta en la salud mental y afecta también a la salud física. En este sentido, la soledad tiene mucha importancia y cuando uno ve a una persona muy sola tiene que empezar a agudizar la mirada. ¿De qué manera afecta la soledad? Una persona sola se deprime, se alcoholiza, tiene ideas suicidas, se accidenta, puede carecer de habilidades sociales, retraerse, ponerse violento, y aquí puede haber todo tipo de problemas.

Las necesidades sociales tienen también una base sociobiológica y se sabe pragmáticamente que la gente que vive sola, sin red de apoyo social, que no tiene a nadie que la cuide, que no tiene ninguna representación de nadie que esté dispuesto a ayudarla, sin figuras de apego sólidas, se enferma más: tiene más infecciones, le cuesta más tiempo curarse, aparecen con frecuencia enfermedades inmunitarias (sobre todo después de alguna situación terriblemente estresante) y necesitan más tiempo para recuperarse. Un ejemplo de esto es el duelo: existe un gran vínculo entre duelo y quiebre inmunitario. Muchas veces se observa que cuando muere un miembro de una pareja que tuvo un vínculo bueno y largo, el segundo miembro también muere. Por eso, para la gente mayor, en ocasiones una mascota es un apoyo social importante, implica sentir que uno vuelve a casa y alguien lo espera.

Cualquiera de las enfermedades graves está ligada con la soledad y el estrés crónico. Las redes sociales son apoyos importantes para este tipo de situaciones. Suplen muchas veces las pérdidas importantes de la vida, ayudan a reconstruir tejidos sociales dañados o rotos. Son una ayuda social invaluable.

Referencias

Bauman, Z. (2003). La Modernidad líquida. Buenos Aires: FCE.

Bowlby, J. (1988). Una base segura. Buenos Aires: Paidós.

Bowlby, J. (1993). La separación afectiva. Barcelona: Paidós.

Lipovetsky, G. (2000). La era del vacío. Ensayo sobre el individualismo contemporáneo. Barcelona: Anagrama.


  1. Doctora en Psicología. Psicoterapeuta clínica, investigadora y docente.


Deja un comentario