Susana Seidmann
¿Qué son las narrativas?
La narrativa es un género literario en el que se relata una historia que alude a un personaje y el desarrollo de las acciones o episodios que involucra, así como el tiempo en el que ocurre, el lugar y la personificación del narrador. Implica un devenir temporal, apunta a una meta y aparece, eventualmente, un desenlace. Existe una relación entre la vida y la historia que se relata, ya que esta refleja la perspectiva subjetiva que las personas desarrollan acerca de sus condiciones de existencia, sus deseos, sus miedos y sus proyectos (Bruner, 2003).
La narrativa se define como un campo de desarrollo nuevo en el área de las ciencias sociales. Su estudio comienza con los trabajos de los teóricos literarios rusos, en la segunda década del siglo XX. Su método exploró la forma de dar sentido a las experiencias cotidianas y familiares, que resultaba en la construcción de relatos, con una estructura particular.
Norman Denzin, investigador que desarrolló el abordaje cualitativo, sostiene:
Vivimos en el momento de la narración; está produciéndose el giro narrativo en las ciencias sociales […] Todo lo que estudiamos está dentro de una representación narrativa o relato. De hecho, como académicos somos narradores, relatores de historias sobre las historias de otra gente y llamamos teorías a esas historias (Denzin, 2003, p. xi).
Dominguez y Herrera, (2013) sostienen que
La narrativa es una condición ontológica para la vida; en un mundo construido y constituido por palabras existe una relación entre la vida y las narrativas, es decir que damos sentido narrativo a nuestras vidas, y asimismo, damos vida a nuestras narrativas.
En Estados Unidos, la escuela de la Nueva Crítica-Northrop Frye (1957) proveyó esquemas de análisis que, construidos en la literatura, migraron hacia diferentes abordajes científicos –antropología, psicología social, historiografía– y varias perspectivas teóricas –estructuralismo, fenomenología, psicología crítica, entre otros–.
Frye describe cuatro modelos de narración de una historia: como romance, como comedia, como tragedia y como sátira. Estos son esquemas de análisis que fueron generados en la literatura, y de allí pasaron a su utilización en otras disciplinas.
La narrativa opera como un componente esencial de nuestra comprensión de la realidad. Explora la relación entre una vida y la historia narrada sobre ella, en el contexto de los significados colectivos. En este proceso existe una dinámica de las historias personales y sociales. Se generan significados que enmarcan los modos de comprender experiencias de la vida, cómo se viven subjetivamente situaciones clave tales como la vida, la muerte, el crecimiento, las interacciones sociales, la niñez. Estos esquemas de significado hacen inteligibles los episodios significativos de la vida en cada ser humano. La misma experiencia puede cobrar diferentes significados y organización. Asimismo, las personas se posicionan de diferente manera frente a la experiencia, de modo que pueden tener un alto nivel de agencia o ser víctimas indefensas de las circunstancias y, por lo tanto, la construcción discursiva sobrepasa la práctica posible.
Con relación a este proceso, Bruner (1986) destaca la existencia de dos modos de pensamiento y de funcionamiento cognitivo, con formas específicas y diferentes de ordenamiento de la experiencia y construcción de la realidad: el modo paradigmático o lógico-científico, que busca valores de verdad a través de un sistema de expresión formal, y el modo narrativo, que conduce a la creación de historias vívidas, relatos de experiencias que transmiten intenciones, acciones humanas y realidades psíquicas ligadas a la experiencia cultural.
A partir del giro discursivo, en la década de 1970, cobra relevancia la narrativa, que sigue la influencia de la teoría literaria. Se centró en los relatos que las personas hacen sobre su experiencia y la manera en que el Yo se presenta como parte de la historia, su protagonismo, su reconstrucción de situaciones pasadas en su vínculo con la persona que lo escucha, y que Bruner define como una narración doble. Destaca la figura del yo distribuido, como un nexo con otros con los que estamos en relación, y habla del “Yo narrativo (que) cuando narra, no se limita a contar, sino que además justifica” (Bruner, 1991). De este modo, el Yo posee un significado utilizado en la práctica, en contextos culturales.
Pero las narrativas consolidan también los aspectos identitarios de las personas involucradas, se crea una continuidad encarnada del proceso histórico social, están íntimamente implicadas en la organización de las representaciones sociales. Ambas implican formas populares de darle sentido al mundo. Sostiene Bruner (2003) que “la creación de un Yo es un arte narrativo”, que se construye a partir de aspectos internos –la memoria– y externos –la estima y las expectativas de los demás– en un contexto cultural, que involucra lo que debe ser y lo que no debe ser, incorporando la figura del Otro.
El desarrollo de la narratología deriva de la crítica literaria –Escuela literaria de la Nueva Crítica (Frye, 1957) en Estados Unidos que proveyó esquemas de análisis de la literatura occidental para la comprensión de formas narrativas extraliterarias–. Es así que la narrativa opera como un proceso importante de dar sentido, más allá de cualquier tradición literaria, y se transforma en un componente esencial de nuestra comprensión de la realidad.
La creación de significados colectivos constituye un reservorio de la cultura de cada pueblo. Moscovici (1961, 1984) definió la teoría de las representaciones sociales como una antropología de la cultura. Este universo de significados orienta la construcción social de realidades objetivas y subjetivas. De este modo la construcción identitaria se fortalece en este proceso, que involucra también un aspecto performativo en la interacción intersubjetiva y consolida la construcción social de la realidad en un proceso témporo-geográfico.
Las representaciones sociales y las construcciones narrativas conforman discursos que se entrelazan entre sí y se complementan.
Los espacios psicoterapéuticos son claramente aquellos en los que se presentan narraciones en las que priman el dolor, la frustración y en general emociones que expresan sufrimientos difíciles, junto a los cuales se debe convivir y que no abandonan fácilmente a la persona. En la psicoterapia, se trata de trabajar con las narraciones consolidadas a lo largo de mucho tiempo y deconstruirlas para poder asignar otra definición a lo construido narrativamente, cuestionar la validez del comportamiento del protagonista y de las situaciones cotidianas, redefinir significados anquilosados y rutinariamente reproducidos en el correr del tiempo. Todo esto implica la generación de cambios y la apertura a nuevas formas de considerar los estilos vitales. En este sentido, trabajar con el enfoque narrativo abre puertas a la construcción de nuevos fenómenos subjetivos.
La utilización de enfoques narrativos en psicología encuentra a dos autores, el australiano Michael White y el neozelandés David Epston, en la década de 1980. David Epston, antropólogo en sus antecedentes curriculares, participó en el círculo académico de la terapia familiar, en el que conoció a David Epston y juntos generaron publicaciones y desarrollos en la terapia narrativa. Su obra clave es Medios narrativos para fines terapéuticos, publicado originalmente en Adelaide, Australia en 1980 (1993).
Estos autores son los creadores de la terapia narrativa, un enfoque de psicoterapia que se basa en la idea de que las personas construyen su vida a través de historias y narrativas. Se trata de un estilo terapéutico que utiliza metáforas para interpretar sucesos sociales.
White estudia la analogía del texto, cercano a la epistemología utilizada por Gregory Bateson. Sostiene que el lenguaje hablado y el escrito son diferentes, pero comparten espacios comunes, elemento importante para abordar problemas que les preocupan a las personas. Asimismo, White se vio influido por Michel Foucault, caracterizado como el “historiador de los sistemas de pensamiento”. Plantea que el poder se construye en el lenguaje.
También Gregory Bateson (1972/1976) desarrolla la idea de que la realidad objetiva no es asequible, salvo por la interpretación que se hace de ella, cuando menciona que “el mapa no es el territorio” sino tan solo uno de los significados posibles enunciados. Con relación a la obra de Bateson, sostiene Mark Engel (1976):
La idea central de Bateson es que nosotros creamos el mundo que percibimos, no porque no exista una realidad fuera de nuestras cabezas […] Sino porque nosotros seleccionamos y remodelamos la realidad que vemos para conformarla a nuestras creencias acerca de la clase de mundo en el que vivimos.
La narrativa involucra un orden y una secuencia, en los que lo importante es delimitar los significados atribuidos a los hechos como determinantes del comportamiento. Cuando los relatos persisten a lo largo del tiempo, eso contribuye a la continuidad del problema.
Una de las técnicas utilizadas es la externalización, que lleva a diferenciar la identidad personal de la caracterización del problema. La persona no es el problema. Poder verlo desde una perspectiva externa contribuye a diferenciarse y descristalizar el sufrimiento fijado a nivel individual y familiar. La visualización externa, desprendida de la persona, permite considerarlo como un evento posible de ser superado. La forma de abordar este enfoque es a través de relatos, cartas, contradocumentos, entre otros.
Es interesante diferenciar el problema de la solución, romper los eslabones de la asociación y otras analogías. Por ejemplo, una persona que sufre de un pertinaz sentimiento de soledad y temor al abandono, estados afectivos que lo conducen a comportamientos de mayor control sobre la persona que lo acompaña en la vida. La pareja siente una intensa sensación de sofoco e intromisión en su vida afectiva, un sometimiento al relato narrativo problemático, lo cual termina conduciendo al abandono de la relación. El relato narrativo se vuelve una realidad difícil de ignorar. Describir la dinámica relacional, desde una perspectiva narrativa, y externalizar el problema permiten abordar esta realidad dialógica.
Referencias
Bateson, G. (1972/1976). Pasos hacia una ecología de la mente. Buenos Aires: Lohlé.
Bruner, J. (1986). Actual minds, possible worlds. USA: Harvard University Press.
Bruner, J. (1991). Actos de significado. Más allá de la revolución cognitiva. Madrid: Alianza.
Bruner, J. (2003). La fábrica de historias. Derecho, literatura, vida. Buenos Aires: FCE.
Denzin, N. (2003). Foreword: narrative’s moment. En M. Andrews, S. Scla ter, C. Squire & A. Treacher (eds.), Lines of narrative (pp. xi-xiii). Londres: Routledge.
Denzin, N. & Lincoln, Y. (2000). Handbook of Qualitative Research. Thousand Oaks: Sage.
Domínguez de la Ossa, E., Herrera González, J. D. (2013). La investigación narrativa en psicología: definición y funciones. Psicología desde el Caribe, vol. 30, n.° 3, septiembre-diciembre, pp. 620-641. Universidad del Norte Barranquilla, Colombia. http://www.redalyc.org/articulo.oa?id=21329176009.
Engel, M. (1976). Prefacio. En Bateson, G. (1972/1976). Pasos hacia una ecología de la mente. Buenos Aires: Lohlé.
Frye, N. (1957). Anatomy of Criticism: Four Essays. USA: Princeton University Press.
Moscovici, S. (1961/1974). La Psychanalyse, son image et son public. Paris: PUF.
Moscovici, S. (2008). Psychoanalysis, its image and its public. Cambridge: Polity Press.
Moscovici, S. (1984a). The phenomenon of social representations. En Farr, R. y Moscovici, S. (eds.), Social representations. Great Britain. Cambridge University Press.
Moscovici, S. (1984b). The myth of the lonely paradigm: a rejoinder, Social Research, 51, 939-68.
White, M., Epston, D. (1993). Medios narrativos para fines terapéuticos. Barcelona: Paidós.







