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Interregno 3

Mauro Centrella

La depresión es un fenómeno preocupante y omnipresente en nuestra sociedad, insiste tanto en el discurso común como en los medios de comunicación masiva. Según la Organización Mundial de la Salud (OMS), este flagelo ha alcanzado proporciones epidémicas en Occidente, donde afecta a personas de todas las edades y acecha nuestra existencia. Las mismas fuentes aseguran que todos estaríamos en riesgo creciente de padecerla en algún momento de nuestras vidas.

La filosofía contemporánea busca comprender estos fenómenos y establecer una relación causal entre el estilo de vida en las sociedades posmodernas, el capitalismo tardío y la depresión.

El psicoanálisis es una práctica discursiva que desempeña un rol fundamental para interpretar, al igual que en la clínica, cómo estos fenómenos dan cuenta de la estructura subyacente.

En 1929 Sigmund Freud escribió El malestar en la cultura, un texto que forma parte del conjunto de sus obras llamadas sociológicas, referencia obligada y clave de lectura, ya que cada época establece un diálogo particular con él.

Jacques Lacan, a partir de su propia lectura y en respuesta a El malestar… freudiano, se encargó de formalizar una teoría de los discursos que posibilitan el lazo social en general y el diálogo entre el psicoanálisis y las diversas disciplinas en particular.

El primero de los discursos que construye en su Seminario 17 de 1970 es el discurso del amo, al que identifica con el discurso del inconsciente. Un discurso marcado por la voluntad de dominio que está inspirado en la dialéctica del amo y del esclavo hegeliana. Este discurso caracterizaba abiertamente a la sociedad de control moderna. Hoy en día la actitud que se tiene frente a él en los medios de comunicación e íntimamente varía: por un lado, se lo oculta al considerarlo políticamente incorrecto, por otro, el sujeto actual, aquel que cada vez más frecuentemente “cae” en la depresión según la estadística, lo encarna y por eso ya no necesita de un soberano.

A primera vista, podría pensarse que desoír las exigencias impuestas por el discurso del amo sería un progreso para la humanidad en su conjunto. Sin embargo, este discurso desempeñaba y desempeña una función crucial tanto para la sociedad como para los sujetos: regular el goce. Impedir los excesos y limitar el imperativo superyoico. Es comúnmente sabido que la prohibición aviva el deseo, contrario al goce.

La alianza entre la ciencia y el liberalismo capitalista ha socavado el discurso del amo. Actualmente, el imperativo consumista se presenta como el nuevo rostro del superyó que ordena gozar, y los objetos del mercado se presentan como los únicos capaces de llenar nuestro vacío existencial y suturar la división subjetiva. Cuando los objetos se convierten en los únicos medios para alcanzar la plenitud, se produce una disolución de los lazos sociales, se genera una perturbación en la relación con el Otro.

Es por eso que el sujeto deprimido experimenta una profunda sensación de soledad y puede llegar a creer que no tiene nada importante que decir ni nada interesante que escuchar. La depresión existe en ese mutismo. El depresivo padece la desvalorización del poder de la palabra que caracteriza a nuestra época, ha roto los lazos que lo unían a la vida.

Desearía aclarar algunos conceptos psicoanalíticos que son, a mi entender, necesarios para continuar con la lectura de este trabajo. Para Freud, el ser humano, habitado por el lenguaje, no se rige por el principio homeostático de placer que controla la conducta de los otros animales. Freud descubrió un más allá del principio de placer en la fijación al trauma de la neurosis traumática, en el juego infantil y en la compulsión a la repetición neurótica. Estas observaciones lo llevaron a concebir la pulsión como “un esfuerzo inherente a lo orgánico vivo, de reproducción de un estado anterior que lo vivo debió resignar bajo el influjo de fuerzas perturbadoras externas”. Si existiese el principio del placer, estaría al servicio del regreso a lo inanimado, de la muerte. Esta es la arqueología del dualismo pulsional, la oposición entre pulsión de vida y pulsión de muerte.

El concepto de goce desarrollado por Lacan representa su contribución principal a la teoría psicoanalítica. Es la suma de libido y pulsión de muerte. Es decir, energía psíquica al servicio de la satisfacción de una pulsión, la pulsión de muerte.

Para Lacan, al entrar en el orden simbólico el sujeto experimenta una pérdida inicial y constitutiva, el lenguaje desnaturaliza lo viviente, funciona como aquella fuerza perturbadora externa intuida por Freud. El “cuerpo” solo adquiere existencia cuando es construido culturalmente y separado de ese estado mítico en el que la satisfacción plena era posible. El goce es el resultado de la influencia mortificante del lenguaje sobre la carne.

En el ámbito psiquiátrico se otorga prioridad a los trastornos afectivos. La introducción de la categoría diagnóstica de trastorno depresivo mayor (TDM) ha tenido un impacto significativo en el campo psicopatológico, dado que limitó la extensión de otras entidades, como la melancolía y la psicosis maníaco-depresiva, y allanó diferencias más que sustanciales.

Lo que el psicoanálisis considera relevante en su praxis es la relación del sujeto con el deseo y el goce, es allí donde se despliega el sufrimiento inherente al ser hablante. Valerse de las herramientas del diagnóstico estructural resulta de vital importancia para el psiquiatra y previene actos iatrogénicos.

El psicoanálisis no acepta la depresión como una categoría clínica unitaria, como hace la psiquiatría con su TDM. Si la depresión entra en una categoría es en la de los afectos, y por eso puede presentarse en cualquier estructura. No es una inhibición, no es un síntoma.

Es cierto que, por lo general, son los afectos penosos los que llevan al sujeto a la consulta. Desde el vamos, el paciente acosa con su queja al terapeuta, necesita, demanda, desea algo de él.

El psicoanálisis reconoce la marcada repercusión corporal que tienen los afectos, pero cuestiona la “evidencia” o valor de verdad que residiría allí. Por más desgarradoras que sean estas experiencias para el sujeto, no orientan las intervenciones. Ya que, a diferencia de los síntomas, los afectos se experimentan pero no permiten un desciframiento.

La expresión de los afectos puede ser estándar, suele haber una configuración dominante para cada época. Eso hace que el médico frecuentemente entre en esa ilusión de empatía que le permite identificarse y lo confunde. Los afectos son engañosos porque no dan cuenta de sus causas. Para Lacan, el único afecto que no engaña es la angustia.

Lacan retoma la tradición cristiana para decir que la tristeza es un pecado. El depresivo ha rechazado el deseo (un bien espiritual) en pos del goce (terrenal) sin mediación ni dilación. Al claudicar frente al deseo en favor del goce, ha retrocedido ante el esfuerzo que implica hallarse en el inconsciente. Lacan señala esta falta simbólica como la cobardía moral del sujeto deprimido. Cobardía que no se orienta por el inconsciente y no se aviene al bien decir.

Entonces, podemos decir que la tristeza tiene su cara oculta, y las ideas de culpa que atormentan al depresivo enmascaran su responsabilidad subjetiva. La culpa es inversamente proporcional a la asunción de esa responsabilidad. Así, el superyó se fortalece cuando el sujeto abandona su deseo. El sadismo superyoico lo castiga.

En el campo de las neurosis, el psicoanálisis propone corregir la posición subjetiva del sujeto deprimido, que asuma la responsabilidad que le cabe por sus elecciones, y promueve el pasaje de la queja y el afecto depresivo al síntoma, ya que el análisis del síntoma en transferencia permite indagar en las causas, identificar esas elecciones, revitalizar el deseo y disminuir la mortificación que lo aqueja.

Referencias

Álvarez, A. (2006). La teoría de los discursos en Jacques Lacan: la formalización del lazo social. Buenos Aires, Letra Viva.

Freud, S. (1929 [1995]). El malestar en la cultura, en Obras completas, tomo XXI. Buenos Aires, Amorrortu.

Freud, S. (1920). Más allá del principio de placer, en Obras completas, Tomo XVIII. Buenos Aires, Amorrortu.

Muñoz, P. (2018). Goce y pulsión. Revista Universitaria de Psicoanálisis, 18, 15-25.

Soler, C. (2011). Los afectos lacanianos. Buenos Aires, Editorial Letra Viva.



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