Mauro Centrella[1]
Inspirado en los estudios culturales Saturno y la melancolía, de Panofsky, Klibansky y Saxl, y La tinta de la melancolía, de Jean Starobinsky, me propuse investigar si algún elemento característico de la antigua melancolía persistía en la categoría diagnóstica que los psiquiatras llamamos hoy depresión.
Me parece importante destacar que los intentos de construir una historia de la melancolía que pueblan la literatura siempre encontraron dificultades para alcanzar una definición inequívoca de esta noción. Las descripciones coincidentes, o al menos comparables, son raras en las crónicas y anales de las distintas épocas.
Melancolía fue siempre un término vago, impreciso, polisémico, con acepciones muy diversas: astrológicas, filosóficas, religiosas, culturales, artísticas, y no solo temperamentales, caracterológicas o médicas.
En la civilización occidental el “mal de Saturno” adoptó múltiples rostros, y con el correr de los siglos su estatuto clínico, en vez de madurar y hacerse más preciso, se fue desfigurando.
Antigua Grecia
Los filósofos de la Antigüedad consideraban a la melancolía como constitutiva del ser humano. Un fenómeno natural, que como cualquier otro, invitaba a crear una cosmogonía que permitiera dar cuenta de sus orígenes. Una afección tan común debía necesariamente tener una proyección astral, ya que no todos los hombres eran golpeados por el mal de Saturno, pero sí eran susceptibles de padecerlo.
Cronos/Saturno: dios del tiempo
Cronos, hijo de los dioses griegos Gea y Urano, era el menor de los primeros doce titanes de la legendaria Edad de Oro.
Gea odiaba a Urano porque la obligaba a retener en su vientre a sus propios hijos aborrecidos, los cíclopes y los hecatónquiros (seres monstruosos de mil brazos).
A pedido de su madre, Cronos lideró una rebelión contra su padre, lo enfrentó impiadosamente, lo castró y lo encerró en el Tártaro. Desde allí, Urano profetizó que si Cronos engendraba hijos, sería derrocado por uno de ellos.
Unido con su hermana Rea, Cronos tuvo 5 hijos, a los que devoró para evitar que se cumpliera aquel funesto augurio.
Rea logró salvar a su sexto hijo, Zeus (padre de dioses y hombres), de las fauces de su padre ocultándolo y dándole de comer a Cronos una piedra en su reemplazo.
Una vez a salvo, Zeus fue criado en la isla de Creta por una ninfa. Cuando alcanzó la mayoría de edad, obligó a su padre a regurgitar a sus hermanos usando un pharmakon emético que le dio la titánide Metis, y cuando lo hubo derrotado, lo encerró en el Tártaro.
Cronos pasó así a ser un dios confinado, derrotado; para algunas tradiciones condenado a vagar por la tierra convertido en mortal (degradado). Taciturno, nostálgico de la antigua gloria, enfurecido por aquella traición y maldiciendo eternamente a su hijo. Es decir, melancólico.
En el Museo del Prado pueden verse dos obras que representan la locura del dios del tiempo devorando a sus hijos. Metafóricamente hablando: ¿acaso el tiempo no nos devorará a todos?
La primera es un óleo de 1636 pintado por Peter Paul Rubens: Saturno; y la segunda, de 1822, quizás sea la más negra de las pinturas negras de Francisco de Goya: Saturno devorando a su hijo. En Saturno, en el centro del cielo tormentoso que enmarca la escena de infanticidio/canibalismo se observa la antigua representación del planeta Saturno, aquella que imperaba antes del descubrimiento de sus anillos por la astronomía occidental.
El pensamiento griego era muy estricto con el cumplimiento de la regla de los 4 para todo aquello que remitiera a un orden universal. Tetractys (símbolo místico pitagórico) era clave en todas las armonías que gobiernan el mundo. La medicina hipocrática y su doctrina de las complexiones no fue la excepción. En el cuerpo había cuatro humores básicos: la sangre, la bilis amarilla, la flema y la bilis negra.
La salud era el producto de la armoniosa mezcla (crasis) de estos cuatro humores. Es necesario distinguir la mezcla innata de la bilis negra que conforma la naturaleza del hombre, y que se pensaba imprescindible para funciones diversas como la adecuada coagulación de la sangre, del efecto patológico que conllevaba su exceso y su estancamiento.
Aunque este último humor nunca había sido visto, su dudosa existencia no impedía que a su alrededor se tejieran las más elaboradas hipótesis para dar cuenta de su influencia en el comportamiento humano. Este humor misterioso era un producto residual de la cocción de los alimentos; viscoso, pegajoso, de difícil circulación y eliminación, podía alternativamente calentarse o enfriarse. Su color negro: asociado al luto, al duelo, a la muerte y al elemento Tierra.
La melancolía era uno de los temperamentos básicos junto con el colérico, el sanguíneo y el flemático. El desarreglo humoral era provocado por un mal funcionamiento del bazo, ya que en la cultura antigua se consideraba que aquel órgano ejercía una labor de limpieza o purificación de elementos nocivos. Cuando la bilis negra se calentaba demasiado emanaba vapores que podían enturbiar el juicio al mismo tiempo que provocaban excitación sexual, por eso los melancólicos eran lascivos, según Aristóteles, y lujuriosos por naturaleza. Generalmente, la afección se manifestaba en una disposición anímica y fisiológica de desgano, cansancio y lasitud, de ahí que se la asociara al hastío, a la postración, a la pesadumbre y al carácter amargo.
Los ingleses del medioevo identificaban la disfunción del bazo (spleen) con el sentimiento de tristeza y hastío. El nombre del órgano pasó a ser sinónimo del malestar.
Los simbolistas franceses del siglo XIX, los poetas malditos –en palabras de Verlaine– adoptaron el término spleen para referirse a la inadaptación, la infelicidad y el libertinaje que caracterizaba a aquel movimiento. El sentimiento se volvió deseable, atractivo para todos aquellos artistas que quisieran estar a la vanguardia, y si no era genuino, se impostaba.
Platón decía que la manía o el furor dependían de la acción de un daimón, entidad que mediaba las relaciones de los hombres con los dioses. El daimón también poseía comúnmente a los profetas, a los poetas, a los sabios y a los enamorados, y les causaba entusiasmo, inspiración y una experiencia trascendental.
Aristóteles, en su Problema XXX: El hombre de genio y la melancolía, aseguraba que el genio nacía de la condición melancólica. El genio creador de algunos artistas, estadistas y políticos era producto de una singular lucidez, de la perspicacia que les permitía ver más allá de las apariencias y de una trágica concepción de la existencia. La obra de Aristóteles, por su autoridad, fijó durante siglos esta asociación.
Medioevo
A partir de la Edad Media, los melancólicos fueron considerados terrenales, carnales y propensos a ser endemoniados. A diferencia del daimón platónico, que elevaba al hombre, los demonios cristianos lo envilecían y condenaban a las almas a la perdición.
Muchas formas de presentación de la melancolía clásica: la tristitia, la acedia o acidia y la pereza, pasaron a ser pecados capitales. La acedia, un término casi olvidado en la actualidad, era un estado que asaltaba a los monjes y monjas en sus claustros y a los ascetas del desierto. Se caracterizaba por una marcada inquietud, la desidia por la vida monástica, y la pérdida de la fe en la perfección de la obra divina. Santa Teresa proponía castigar duramente a los acidiosos. Entre esos castigos figuraban las duchas frías, antigua práctica elegida para tratar la resequedad de los melancólicos y el calentamiento de la bilis negra, que era capaz de transformar la inacción de los enfermos en furor.
Como vemos aquí y como sucediera hasta bien entrado el siglo XX, el tratamiento por medios físicos suponía implícitamente un castigo. Muchos melancólicos fueron quemados impiadosamente en la hoguera por su tendencia a asumir la culpa aunque no tuvieran responsabilidad alguna en los pecados que se les reprochaban.
También entonces Saturno, el astro que recorre más pesadamente el firmamento, pasó a ser el planeta patrono de los melancólicos, la morada de Satán.
Los filósofos renacentistas rescataron del olvido los textos clásicos que los árabes habían salvado del oscurantismo, y volvieron a poner de moda la idea de que los artistas emancipados de su tiempo mostraban las características del temperamento saturnino: eran contemplativos, meditabundos, recelosos, solitarios, creativos.
Como vemos, a lo largo de la historia la melancolía también tuvo algunas connotaciones positivas, o al menos no tan terribles. Opino que hoy en día es la bipolaridad la heredera de aquellos méritos.
La iconografía de la melancolía
En su canónica obra de 1621: Anatomía de la melancolía, Robert Burton aludía a lo que en términos actuales podría calificarse como una epidemia de la afección que “sumía a jóvenes y a viejos en meses o años de mórbida apatía e incesantes terrores”. En el siglo XVII la melancolía era conocida como el mal inglés, pero a partir de la obra de Alberto Durero, Alemania la disputaría como la condición característica de su alma nacional.
Según Erwin Panofsky, el grabado Melencolía I de Alberto Durero (1514) representa la summa de los intereses del autor.
Erwin Panofsky quizás sea el crítico de arte más sobresaliente del siglo XX, heredero intelectual del gran Aby Warburg (1886-1929). Este genial predecesor fue un estudioso del pensamiento mágico, de la astrología y de la supervivencia del paganismo luego del Renacimiento. En lo personal, Warburg era también saturnino y fue paciente célebre de Ludwig Binswanger.

Melencolía I de Alberto Durero (grabado, 1514).
El grabado de Durero es una obra plagada de simbología. Es la síntesis de ciertas imágenes alegóricas de la melancolía y de las artes, una idea abstracta e impersonal simbolizada en una figura humana.
En el centro de la obra se observa una figura andrógina alada cubierta con una pesada túnica, en apariencia tan pesada que resulta difícil imaginarla alzándose en vuelo. Sostiene su cabeza con el puño cerrado en clara actitud pensativa. El puño cerrado se consideraba signo de la avaricia típica del temperamento melancólico. La mejilla apoyada en la mano expresa dolor, fatiga, pero también pensamiento creador. El rostro sombrío, casi negro, y la mirada perdida en el horizonte. Según los antiguos, los melancólicos eran aceitunados y de oscuro semblante, reflejo de la oscuridad de sus almas.
En la otra mano vemos un compás ocioso; y tirados en el piso varios instrumentos comunes al oficio del artista y del geómetra. Este caos indicaría que la contemplación es contraria a la acción, y que para el melancólico afanarse con herramientas prácticas resulta vano, carente de sentido.
La cabeza está coronada, pero no con la corona de laureles del vencedor. La guirnalda que la rodea está formada por ranunculáceas y berro, plantas acuáticas que se usaban para curar la desecación causada por los vapores de la bilis negra.
En el ángulo inferior izquierdo, sobre el piso y cubierto parcialmente por la túnica, vemos un clister, una jeringa de enema (la constipación era uno de los síntomas corporales más frecuentes en los melancólicos), recordemos que en el tratamiento de la melancolía los métodos catárticos también estaban muy difundidos entonces.
El edificio inconcluso representa la obra. El reloj de arena, el paso del tiempo y las incontables horas de la melancolía. La campana atada a una cuerda representa el llamado de la muerte y no puede verse en el grabado quién será el que tirará de ella. Estos dos elementos son probablemente en su conjunto un memento mori.
La playa desierta, el arco y la estrella fugaz son signos de malos augurios. El murciélago, animal tenebroso, hijo de la noche y enemigo de la luz, sostiene el cartel con el nombre del grabado: Melencolía I.
En la clasificación de Cornelius Agrippa (médico alemán versado en saberes esotéricos, astrología, lo oculto y la magia), la melancolía podía agruparse en 3 niveles: uno, el menor, gobernaba la imaginación y pertenecía justamente a los artistas.
Durero logró con esta obra fundir dos tradiciones diferentes, el ideal alegorizado de una facultad creadora con la imagen perturbadora de un estado de ánimo destructor.
Para la psiquiatría clásica, la manía y la melancolía eran afecciones intelectuales. La manía se caracterizaba por numerosos delirios que afectaban varias esferas de relación, mientras que en la melancolía los delirios eran más circunscriptos.
Según los tratadistas decimonónicos, la melancolía se producía cuando la tristeza no se manifestaba y se interiorizaba. Su origen: la excesiva meditación reflexiva. En las letras españolas, ¿no es acaso el Quijote cervantino el prototipo del hombre apesadumbrado, nostálgico, que perdiera el juicio por la excesiva lectura de libros de caballería?
El melancólico desconoce la causa de su tristeza y se concentra y preocupa por alcanzar ese saber hasta el delirio.
En el siglo XVIII el término melancolía había recibido tantas acepciones que Jean Étienne Dominique Esquirol (1772-1841) decidió inventar la palabra lipemanía para referirse a la melancolía en la que dominaban las pasiones morales tristes.
Lipemanía resultó una categoría puente en la emergente disciplina psiquiátrica para promover la transición: afección del intelecto/distorsión del afecto que caracteriza a la depresión moderna.
La lipemanía incluía algunas presentaciones que actualmente podrían clasificarse como depresiones psicóticas.
En 1880 Jules Cotard describió una forma de delirio al que llamó delirio de las negaciones, una condición infrecuente en la que el melancólico despliega ideas nihilistas, la persona piensa que carece de órganos internos, que no puede morir o que ya está muerta, y que el mundo ha dejado de existir.
En 1882 describió el delirio de enormidad, macromanía, macrosomatognosia, también típico de las formas graves de melancolía.
Ludwig Kahlbaum en 1874 describió la catatonía o locura de tensión, un síndrome que afecta con frecuencia a los pacientes que presentan cuadros de melancolía estuporosa.
Las clasificaciones actuales conservan el término melancólico solo en referencia a los síntomas de inhibición psicomotriz que se observan en las depresiones más profundas.
Lo que actualmente llamamos depresión conserva pocos elementos de la antigua melancolía. Es por eso que no puede pensarse una continuidad entre ambos términos. A mi criterio, lo más sobresaliente es la común multiplicidad de acepciones que cada término logró absorber. La depresión es síntoma, síndrome, trastorno y campo de proyección de temores atávicos.
Juliana Schiesari introduce una perspectiva de género y asegura que la melancolía era característica de los hombres de genio, mientras que la depresión contemporánea pasó a estar connotada por la negatividad, la pasividad, lo femenino y el ámbito doméstico.
Para Byung Chul Han (La sociedad del cansancio), la depresión, actualmente epidémica en Occidente, es producto de la imposibilidad del sujeto posmoderno de cumplir con el imperativo que ha interiorizado del “Yes, You can!”.
El sistema ya no necesita doblegar al sujeto porque ha logrado que se someta voluntariamente a este mandato. La premisa del emprendedor: “Eres tu propio amo”, enmascara la esclavitud y la extenuación por el esfuerzo infinito: el burn out. La depresión sería el resultado de aquella imposibilidad, de la frustración por no poder estar a la altura de la tiranía de la felicidad.
Para Lacan, que retoma la tradición cristiana del pecado, es una forma de cobardía moral, que surge cuando el sujeto retrocede ante su deseo.
A diferencia de la melancolía, la depresión actual es una afección cuyo impacto es siempre negativo y no redunda en ninguna ventaja adaptativa.
Referencias
Klibansky, R., Panofsky, E., Saxl, F. (2006). Saturno y la melancolía. Alianza Editorial.
Starobinski, J. (2016). La tinta de la melancolía. Fondo de Cultura Económica.
- Médico (UBA). Especialista en psiquiatría. Docente de UBA Medicina y UBA Psicología.↵







