Teorías somáticas de las emociones
There were birds in the sky
But I never saw them winging
No, I never saw them at all
Till there was you
Then there was music and wonderful roses
They tell me in sweet fragrant meadows
Of dawn and dew
There was love all around
But I never heard it singing
No, I never heard it at all
Till there was you.
Meredith Willson
2.1. Presentación
¿Qué es una teoría somática de las emociones? Lo primero y más fundamental que se puede decir de una teoría somática es que busca defender una perspectiva no cognitiva de las emociones. Ahora bien, una teoría somática es algo más que el mero rechazo de la intervención cognitiva en la generación de emociones.
Entre sus tesis positivas, se encuentra una defensa de la “centralidad” del cuerpo para la producción emocional. Pero ¿qué significa que el cuerpo sea “central”? Antes incluso de poder reflexionar sobre el carácter de esta centralidad, nótese la problematicidad del concepto de “cuerpo” (Barlassina & Newen, 2014): si “cuerpo” se entiende en sentido amplio, englobando también al cerebro, entonces, cualquier teoría acerca de las emociones se convertiría, vacuamente, en una teoría somática. Tomado en un sentido más estricto, la tesis general del enfoque somático involucra un sentido de “cuerpo” más estrecho, que excluye al cerebro. Pero esto no quiere decir que las teorías somáticas excluyan al cerebro de la producción emocional (tesis que carecería completamente de sentido), sino más bien que el cuerpo, además del cerebro (es decir, como algo diferente del cerebro), juega un papel central en la emoción. En síntesis, el espíritu del enfoque somático, a través de esta tesis “estrecha”, es impedir que se dé cuenta de las emociones apelando a la actividad cerebral por sí sola.
Las teorías somáticas se oponen tajantemente a las teorías cognitivas puras, es decir, a las teorías que rechazan la participación del cuerpo en la producción de las emociones. Sin embargo, como analizaré a continuación, las teorías somáticas pretenden defender algo más fuerte que el mero reconocimiento de la “participación” del cuerpo, y se oponen en un sentido más estricto a las teorías cognitivas en general (tanto las puras, como las impuras).
Las teorías somáticas, como parte de la perspectiva no cognitiva de las emociones, ofrecen su solución al referido problema de las partes (1.2.1), al mismo tiempo que circunscriben el ámbito emocional a aquellos episodios que presentan una tipología fisiológica característica.
Cabe mencionar que estas teorías no cognitivas también han sido llamadas “teorías perceptuales” (Charland, 1997), haciendo foco en el aspecto o la fase perceptiva de aquel conjunto de cambios corporales.
En este capítulo revisaré las propuestas de diversos autores, canónicamente entendidos como defensores de perspectivas somáticas/perceptuales/no cognitivas de las emociones, con el objetivo de proveer un retrato adecuado de lo que estas tienen en común, esto es, partiendo de los casos, es decir, de diversos autores que defienden esta teoría de las emociones. Mi objetivo aquí será exhibir cómo estas diferentes versiones o teorías resaltan el valor o la relevancia del cuerpo para las emociones, configurando un modo peculiar de atender al fenómeno emocional.
2.2. La teoría del sentir: William James
Como tantos otros casos de codescubrimiento científico, la denominada “teoría del sentir” (feeling theory)[1] fue propuesta por dos pensadores de modo independiente y casi en simultáneo: William James (1884) y Carl G. Lange (1885). Esta teoría atrajo especial atención en el ámbito científico y académico, puesto que sugería que era erróneo el modo habitual en que las emociones eran entendidas hasta ese momento. Este modo tradicional las concebía como un estado psicológico interno resultante de una percepción de algún objeto o estado de cosas del medio ambiente, a su vez, causa de la expresión física, es decir, de la conducta propia o típica de la emoción en cuestión. De acuerdo con esta visión canónica, la percepción de un objeto o evento despierta un estado emocional que produce cierta manifestación, un conjunto de cambios corporales que son públicamente observables. Cabe destacar que los orígenes de estas ideas, ya cristalizadas en el sentido común de la época, se remontan a Las pasiones del alma (1649), donde René Descartes afirma:
Así la alegría hace el color más vivo y más bermejo, porque, abriendo las esclusas del corazón, hace que la sangre acuda más aprisa a todas las venas, y porque esta, tornándose más caliente y más sutil, infla ligeramente todas las partes del rostro, lo cual le da un aspecto más alegre y animado” (Descartes, 1649, art. 115, el énfasis es mío).
De acuerdo con esta descripción, es la emoción (en este caso, la alegría) la responsable causal de la serie de cambios corporales, que por esto resultan asociados al tipo emocional, y son concebidos como su expresión o manifestación. La estructura de las emociones, de acuerdo con esta comprensión estándar, puede ser representada por el siguiente esquema:
Figura 1

A simple vista, podría pensarse que esta teoría anclada en el sentido común de la época sería una teoría somática: el cuerpo juega un papel importantísimo, en cuanto es el vehículo expresivo de la emoción, o, al menos, uno de ellos. Sin embargo, no es este el sentido estricto del carácter somático de la teoría jamesiana. Y es por eso por lo que James se propone argumentar contra este modo estándar de concebir a las emociones, cuando afirma: “Mi tesis es que los cambios corporales siguen directamente la percepción del hecho, y que nuestro sentir de esos mismos cambios mientras ocurren ES la emoción” (James, 1884, pp. 189-190; énfasis del autor). Es decir, el sentido común dicta que, si enfrentamos un peligro, entonces tenemos miedo y luego, y, por ello, huimos. La sugerencia de James apunta a invertir la secuencia anterior sin dejar fuera ninguna de las variables que intervienen. Según esta, “un estado mental no es inducido inmediatamente por el otro, las manifestaciones corporales deben interponerse” (James, 1884, p. 190).
De modo que lo correcto sería decir que, ante la amenaza de peligro, los cambios corporales surgen de modo automático e inmediato, y es la percepción de tales cambios fisiológicos y conductuales la razón por la que sentimos miedo: “… nos sentimos tristes porque lloramos, furiosos porque golpeamos, o asustados porque temblamos; no es que lloremos, golpeemos o temblemos porque estemos tristes, furiosos o asustados, como cabría esperar” (James, 1884, p. 190).
La modificación que realiza sobre la concepción clásica o estándar queda representada en la figura 2.
Figura 2

Cannon sintetiza formidablemente la posición jamesiana:
Un objeto estimula uno o más órganos sensoriales; los impulsos aferentes pasan a la corteza y el objeto es percibido; entonces las corrientes llegan a los músculos y a las vísceras y las alteran de modos complejos; los impulsos aferentes de estos órganos alterados se remontan a la corteza y cuando se percibe transforman el “objeto-simplemente-aprehendido” en el “objeto-emocionalmente-sentido” (Cannon, 1927, p. 106).
Y eso es precisamente lo que constituye la esencia de las teorías somáticas, su inversión de la relación causal entre emociones y cambios corporales: “… no es que las emociones causen cambios corporales, más bien, son los cambios corporales que juegan un rol causal en la generación de emociones” (Barlassina & Newen, 2014, p. 640).
Pero ¿acaso todas las emociones comportan cambios corporales? Cabe recordar, tal como mencioné en el primer capítulo (1.2.1.), que el análisis de James se realiza en el seno de la distinción que traza entre emociones básicas y emociones sofisticadas (o sutiles) (James, 1890, p. 743), y que ya antes en What is an emotion? había excluido explícitamente a estas últimas: “Antes que nada debería decir que las únicas emociones que me propongo expresamente considerar aquí son aquellas que tienen una expresión corporal distintiva” (James, 1884, p. 189). Esta delimitación explícita sobre los tipos de emociones sobre los que versa su teoría (me refiero a las emociones básicas) no implica que no reconozca la existencia de otro conjunto de emociones, que además serán tematizadas por fuera del alcance de la teoría del sentir que desarrolla en esta oportunidad. Ejemplos de las emociones sofisticadas o no estándares son el placer intelectual que surge al resolver un problema matemático, o el fastidio (intelectual) o la frustración que resultan de no poder resolverlo (véase Stocker, 2009, para una revisión del tratamiento que han recibido las emociones intelectuales o no estándar).
2.2.1. La centralidad del cuerpo sentido
El rol que el sentir recibe en este esquema es clave, al extremo de que la emoción no es ni más ni menos que ese sentir. La emoción es la respuesta fisiológica-conductual sentida, que anteriormente era concebida como la mera manifestación de la emoción, es decir, como algo que continuaba, que era posterior a la emoción propiamente dicha. Ahora bien, este es un sentir algo: es el sentir de los cambios corporales. De modo que el núcleo de una emoción está compuesto de un conjunto exclusivo (único) de cambios corporales, que son a su vez sentidos (felt) o de los que tenemos sentires. Lo que resulta doblemente importante, en primer lugar, porque esa univocidad en la conjunción de cambios corporales será lo que explique la variedad de tipos emocionales, i.e. a cada conjunto de cambios corporales, sentidos, le corresponde (produce) un tipo emocional distintivo. En segundo lugar, porque, como dijera James, “sin los cambios corporales que siguen a la percepción [del objeto], la última sería puramente cognitiva de forma pálida, sosa, desprovista de la calidez emocional” (James, 1884, p. 190). En efecto, mantiene que tales cambios corporales son siempre sentidos (felt) en el momento en que tienen lugar: “… las emociones disociadas del sentir corporal son inconcebibles” (James, 1890, p. 745). Todo lo expuesto queda exquisitamente resumido en el siguiente párrafo:
Si imaginamos una fuerte emoción, y luego tratamos de abstraer de nuestra conciencia de ella todos los sentires de sus síntomas corporales característicos, hallaremos que no nos quedó nada, ninguna “substancia mental” de la cual pueda ser constituida la emoción; todo lo que nos queda es un estado frío y neutro de percepción intelectual (James, 1884, p. 193).
Es decir, sin los cambios corporales que siguen la percepción de un evento, no habría emoción; si tuviéramos un encuentro peligroso, podríamos juzgar que lo mejor es huir, pero, en rigor, si solo realizáramos este juicio, no sentiríamos miedo, solamente juzgaríamos “fríamente” que estamos en presencia de algo peligroso.
2.2.2. El carácter inmediato de la emoción
En síntesis, las emociones así definidas no solamente posicionan a los sentires de los cambios corporales como el elemento constitutivo y central de la emoción, sino que además enfatizan su inmediatez. Las emociones no están constreñidas por ningún tipo de mediador o disparador cognitivo.
Como mencioné arriba, esta equiparación entre emoción y sentir visceral ha motivado la exigencia de un subconjunto de cambios corporales marcadamente distinto para cada emoción distinguible (corolario de la tesis somática fuerte), exigencia que se convirtió en un sólido camino de refutación para esta teoría (véase 2.6.2).
2.2.3. El “sentir” que es la emoción
Las emociones son el “sentir” de los cambios corporales, esto es, los cambios corporales son siempre sentidos, y este sentir constituye la emoción. No obstante, cabe señalar que, aun siendo difícil, es conceptualmente posible que los cambios corporales no sean sentidos. Para James, la distancia conceptual entre aquellas alteraciones y su correspondiente sentir consciente era ínfima (o nula). Sería Jesse Prinz, continuador de la teoría somática jamesiana, quien un siglo después trazaría algunas distinciones en el seno de aquello que para James era directo (véase capítulo 4, apartado 4.4).
2.2.4. ¿Condición necesaria o suficiente?
Más adelante me ocuparé puntualmente de las críticas que ha recibido la teoría del sentir jamesiana. No obstante, cualquier tentativa de reconstrucción de su teoría hace ineludible la consideración de algunas objeciones que recibió, que asimismo motivaron una fuerte discusión en torno a cómo deben interpretarse sus afirmaciones. Me centraré en estas últimas cuestiones, dejando el examen de las críticas a la teoría para el final del capítulo.
Mi lectura, bastante literal de James, asume que el autor está identificando a las emociones con los cambios corporales sentidos. Recuérdese su afirmación: “… nuestra sensación de esos mismos cambios mientras estos ocurren es la emoción” (James, 1884, p. 190). Así concebidos, los cambios corporales (específicos de las emociones) sentidos son condición necesaria y suficiente de las emociones. Esto es puntualmente lo que da lugar a lo que llamo “objeción de la univocidad fisiológica”, que trataré en el apartado 2.6.2. Sin embargo, existe cierta polémica en torno a cómo interpretar su doctrina. Por ejemplo, Jenefer Robinson (2005) duda de que James haya querido afirmar la tesis (tan) fuerte de que la emoción es idéntica a los sentires de los cambios corporales. En su lugar, defiende una interpretación más débil, de que los cambios corporales sentidos son necesarios, pero no suficientes, apoyándose fundamentalmente en la conclusión que extrae cuando invita a imaginar qué sucedería si se abstrajera de nuestra conciencia (de la emoción) todo sentir corporal. La respuesta de James es contundente: “… no queda nada, ninguna ‘materia mental’ de la cual la emoción pueda estar constituida, un estado frio y neutral de percepción intelectual es todo lo que queda”. Pero también aquí hay una polémica de interpretación: Robinson (2005, p. 29) entiende que “aquello que queda” debe entenderse como estando presente también en la emoción. Es decir, bajo esta elucidación, una emoción jamesiana es un estado complejo, compuesto de un estado neutral de percepción intelectual y el estado afectivo-sensitivo de cambios corporales. Para Robinson, James meramente está defendiendo la necesidad de la participación del cuerpo, pero no su suficiencia. Los cambios corporales sentidos son los responsables de la emocionalidad de la emoción (Robinson, 2017). Como dije antes, mi lectura está más apegada a las palabras de James, y entiendo que “aquello que queda”, ese estado de percepción intelectual fría, no es ni más ni menos que el estado perceptivo previo, el que hace que el sujeto huela un aroma, oiga una melodía, y a veces también vea un oso, o lo imagine, sin tener emoción alguna.
Pero esta disputa en torno a la correcta interpretación de las palabras de James no es nueva. Ellsworth (1994) llama la atención sobre lo que expresa la tesis fuerte, considerándola una mala recepción, casi caricaturesca de James. Mientras que Reisenzein et al. (1995) le responden, basándose en evidencia textual, que la teoría de James sostiene que las emociones son idénticas a los sentires de los cambios corporales, en línea con la interpretación de casi todo el siglo xx (que es la que yo también hago, la que denominé “tesis fuerte”)[2].
De todas maneras, resulta notable cómo se ven mezcladas dos cuestiones muy diferentes: qué habría querido decir James, una cuestión más exegética, por una parte, y la adecuación empírica de la teoría (sea lo que sea que esta sea), por otra. Reisenzein y Stephan (2014) parecen darse cuenta de esta confusión en la que muchos autores incurren –aquellos dispuestos a defender tanto como a atacar el insight jamesiano– y ofrecen un nuevo intento por dilucidar la verdadera intención de James. Allí, concluyen que el núcleo de la teoría somática jamesiana es que las emociones son sentires corporales (i.e. la tesis fuerte), aunque esta sea probablemente falsa. Aun así, es menester convenir en que esta motivó numerosas y prolíficas discusiones, tanto como interesantes ideas, cuyo valor se mantiene (Averill, 1992; Cannon, 1927; Reisenzein, 1996).
2.3. Las preferencias de Robert B. Zajonc
El trabajo que Zajonc ofrece en Feeling and Thinking (1980) surge como un rechazo a la aproximación dominante de su época que sostiene que todas las reacciones afectivas son consecuencia de un proceso cognitivo previo. Un siglo después, Zajonc está dando la misma batalla que diera James hacia fines del siglo xix (ciencia cognitiva mediante). El propósito general del trabajo de Zajonc es poner en tela de juicio ese supuesto comúnmente aceptado. Como consecuencia, conseguirá socavar una implicancia directa de esa concepción: la idea de que conocer (categorizar) un objeto sea condición de posibilidad para poder ser afectado por él.
Cabe resaltar la estructura “dialéctica” que se ha establecido en la historia del presente debate: la defensa no cognitiva de Zajonc se alza contra la posición cognitiva predominante en la época; que, a su vez (como quedará claro en el próximo capítulo), y de modo análogo, había sido diseñada en respuesta al descrédito que habían recibido las emociones por parte de otras posiciones no cognitivas que dominaran en su momento (por ejemplo, por parte del conductismo).
Siguiendo la presentación que hace Charland (1997), Zajonc defiende la idea de que el sentir es un sistema de procesamiento de información especial, gobernado por sus propias reglas y regularidades. El núcleo del argumento de Zajonc apunta a mostrar que el afecto (affect) es precognitivo. Sin embargo, si se analiza más estrictamente lo que propone Zajonc, se verá que se refiere a las preferencias, no a los estados afectivos, de manera que aún restaría establecer qué relación guardan estas preferencias que protagonizan sus experimentos con el afecto y las emociones en general. En cualquier caso, el punto de Zajonc es que existe evidencia experimental convincente que prueba que el procesamiento de información afectiva (que Charland identifica con los sentires) puede tener lugar sin la mediación cognitiva, esto es, sin estados representacionales del orden de los juicios[3].
Como mencioné recién, el recorrido que realiza para arribar a la conclusión de que existen (como mínimo, algunas) emociones independientes de la cognición surge del examen de un tipo particular de emoción: el implicado en las preferencias. Es decir, es a partir del estudio pormenorizado de las preferencias a partir de lo que sostiene “que es enteramente posible que el primer estadio de la reacción de un sujeto ante un estímulo sea afectivo” (Zajonc, 1980, p. 154). Su defensa se articula a partir de la presentación de un conjunto de experimentos destinados a mostrar que las preferencias no se producen como consecuencia de la categorización de los objetos (sino, dirá él, todo lo contrario). En particular, el fenómeno denominado “efecto de mera exposición” muestra cómo los sujetos que han sido expuestos a determinadas figuras, tales como ideogramas chinos, tienden a preferir los previamente expuestos sobre los nuevos, mostrando que la mera exposición es suficiente para crear preferencias. Estos resultados son reforzados con una segunda serie de experimentos, donde la exposición a los estímulos es subliminal. En la última, a pesar de que los sujetos no eran capaces de reportar cuáles objetos habían sido previamente observados, el efecto de mera exposición se mantuvo[4].
A partir de estos resultados, Zajonc considera refutada la tesis general de que debemos conocer un objeto para poder establecer si nos agrada o no: “… es posible que algo nos pueda agradar, o que le podamos temer a algo, antes de que conozcamos con precisión qué es y quizás incluso sin conocer qué es” (Zajonc, 1980, p. 154).
En pocas palabras, según la perspectiva afectiva que defiende Zajonc:
Compramos los autos que nos “gustan”, elegimos los empleos y las casas que encontramos “atractivas”, y luego justificamos esas elecciones por varias razones que parezcan convincentes a otros, que nos preguntarán “¿Por qué ese auto?” o “¿Por qué esa casa”? Nosotros no necesitamos convencernos. Nosotros sabemos qué queremos (Zajonc, 1980, p. 155; las cursivas pertenecen al autor).
La caracterización de las reacciones afectivas (en oposición a las cogniciones frías) se completa con los siguientes rasgos: son ineludibles (no pueden ser controladas voluntariamente por procesos atencionales), irrevocables (una vez formadas, no cesan), inmediatas, imprecisas, difíciles de verbalizar, pero, no obstante, fáciles de comunicar y comprender.
En síntesis, puedo decir que, al menos respecto a este conjunto de emociones, las reacciones afectivas (específicamente las preferencias) tienen primacía y son independientes de la cognición, es decir, pueden existir antes e inclusive sin cognición mediante. Este punto es fundamental y merece ser destacado. Zajonc no pretende con esto dar por demostrado que todos los tipos de emociones sean de esta clase. Por el contrario, procura que las emociones (en particular las reacciones afectivas) se vean salvadas del error análogo que cometen los teóricos cognitivos, quienes, del hecho de que algunos elementos cognitivos, en determinadas circunstancias, contribuyan a la generación de emociones, pretenden concluir que el componente cognitivo es un componente necesario para todo tipo de emoción.
En suma, el balance de la propuesta de Zajonc es haber encontrado un resquicio donde situar a las emociones que carecen de elementos cognitivos que funcionen como mediadores o que les den forma. Y también reconoce que lo anterior es absolutamente compatible con la tesis de que existen otros tipos de emociones que son alcanzadas solo a través de juicios evaluativos.
2.3.1. Evidencia experimental
En respuesta a algunas objeciones que suscitara su trabajo de 1980, Zajonc avanza en demostrar la tesis de la independencia de las emociones respecto de la cognición, apelando a un nuevo conjunto de evidencia que se resume en los siguientes puntos:
- Reacciones afectivas exhiben primacía filogenéticamente y ontogenéticamente (Izard, 1984).
- Se pueden identificar estructuras neuroanatómicas distintas para emociones y cognición.
- Las reacciones emocionales suelen estar bajo el control del hemisferio derecho, mientras que los procesos cognitivos son fundamentalmente asunto del hemisferio derecho (Cacioppo & Petty, 1981; Schwartz, Davidson & Maer, 1975).
- Las características emocionales del habla estarían controladas por el hemisferio derecho, mientras que los aspectos semánticos del léxico, por el izquierdo (Ross & Mesulam, 1979).
- Se ha demostrado que existe una vía directa desde la retina hasta el hipotálamo en un gran número de especies, y, puesto que el hipotálamo juega un rol central en la activación y expresión de las emociones, el tracto retino-hipotalámico habilitaría al organismo a generar reacciones emocionales a partir de inputs puramente sensoriales (i.e. no transformados) (Nauta & Haymaker, 1969).
- Afecto y valoración están usualmente separados y no correlacionados.
- Los juicios afectivos se caracterizan por un efecto de primacía, mientras que la información evaluativa es más probable que sea alcanzada por efecto de lo más reciente.
- Si la valoración cognitiva es un determinante necesario del afecto, entonces un cambio de valoración redundaría en un cambio en el afecto. Pero esto frecuentemente no es así –la persuasión no suele funcionar como mecanismo para modificar actitudes (Petty & Cacioppo, 1981)–.
- Nuevas reacciones afectivas pueden ser establecidas sin la participación de ninguna evaluación aparente.
- La aversión al gusto puede ser establecida incluso cuando la asociación posible entre la comida (estímulo condicionado) y la condición retardada (la náusea) es suspendida (por uso de anestesia) (Garcia & Rusiniak, 1980).
- Pueden establecerse preferencias a determinados estímulos por exposición repetida (Kunst-Wilson & Zajonc, 1980).
- Los estados afectivos pueden ser inducidos por procedimientos no cognitivos y no perceptuales (en especial, Schachter y Singer, 1962).
De esta lista, el último punto reviste especial importancia, de modo que será desarrollado en un punto aparte (2.6.3.)
En esta oportunidad Zajonc concluye su trabajo destacando que, si por definición se pretende que los afectos o las afecciones tengan una evaluación cognitiva como precondición necesaria, es menester descubrir de qué modo estaría involucrada la cognición en cada uno de estos fenómenos. Asimismo, alega que, dado que muchos fenómenos emocionales pueden ser explicados sin evocar a ningún tipo de proceso cognitivo, el principio general que exige no postular procesos inobservables solo a efectos de resolver una situación explicativa debería ser aplicado en este caso.
Por otra parte, señala que, si uno se empeña en postular precursores cognitivos para todas las emociones, “uno está forzado a admitir la reducción de la cognición a procesos tan mínimos como los disparos de las células retinales. Por tanto, si aceptamos la posición [cognitiva] de Lazarus, todas las distinciones entre percepción, cognición y sensación, desaparecen” (Zajonc, 1984, p. 121).
Ahora bien, ¿de qué habla Zajonc cuando se refiere a la cognición? Aunque no brinde grandes precisiones, sí afirma que implica determinada “transformación de un input sensorial” en una forma que podría estar subjetivamente disponible. Esta operación, aunque se define por no ser necesariamente intencionada, racional o consciente, sí debe implicar un “mínimo de trabajo mental” (Zajonc, 1984, p. 118): “La cuestión no es cuánta información del entorno requiere el organismo sino cuán poco trabajo debe hacer sobre esta información para producir una reacción emocional” (Zajonc, 1984, p. 122).
Zajonc también resulta poco exigente con respecto al contenido de ese procesamiento. Me refiero a que, dado el carácter patentemente fragmentario de ese procesamiento, este da lugar a representaciones incompletas y muchas veces erróneas. Al respecto, dice:
La capacidad de responder afectivamente [affective responsiveness] es universal entre las especies animales. El conejo confrontado por una serpiente no tiene tiempo de considerar todos los atributos perceptibles de la serpiente con la esperanza de poder inferir de ellos la probabilidad, temporalidad o dirección del ataque. El conejo no puede detenerse a contemplar la longitud de los colmillos de la serpiente o la geometría de sus manchas. Si el conejo ha de escapar, la acción debe ser emprendida mucho antes de que se complete el proceso cognitivo […]. La decisión de escapar debe ser tomada sobre la base de un compromiso cognitivo mínimo (Zajonc, 1980, p. 156).
En síntesis, la cuestión crucial girará en torno a cuál es aquel mínimo de procesamiento de información implicado en una emoción. En ese sentido, Zajonc se pregunta si puede un input sensorial, sin transformar, generar directamente reacciones emocionales. Naturalmente, su respuesta, en el marco de su teoría no cognitivista, es que probablemente así sea.
2.4. Peter Goldie: una exploración filosófica
2.4.1. La sobreintelectualización de las emociones y la psicología de sentido común
Una de las cuestiones más sobresalientes de la perspectiva de Goldie (2000) es que su análisis de las emociones proviene de una perspectiva personal, propia de la comprensión de las mentes humanas de sentido común o folk, cuyas categorías, sostiene el autor, no compiten con las categorías científicas, ni en su estructura, ni en su función, en cuanto que sus propósitos sirven a intereses culturales de los seres humanos –y, por lo tanto, no universales– (Goldie, 2000b, p. 102). En cierto sentido, mantiene una suerte de compatibilismo no reduccionista entre las categorías de la ciencia y las de sentido común, del mismo modo que objetos como las plantas y las flores pueden ser categorizadas como las apropiadas o no para mi jarrón favorito, categoría que de ningún modo pretende substituir ni rivalizar con la clasificación o taxonomía científica. Los rasgos apreciables para un decorador de interiores naturalmente atenderán a aspectos fenomenológicos como color y textura, que no necesariamente concuerdan con las categorías relevantes para un botánico.
No obstante, dentro de esa perspectiva personal, es sumamente crítico del marco en el que se inserta. Como parte central de su crítica, diagnostica una sobreintelectualización de las emociones, que resulta principalmente de la idea de que la intencionalidad[5] de las emociones pueda ser recogida exhaustivamente por creencias y deseos. De esto se sigue, a su vez, la suposición de que la conducta emocional se explica adecuadamente por creencias y deseos fríos, substraídos de sensibilidad (feelingless) (esto es, del mismo modo en que son explicables otras acciones que no son respuestas emocionales).
Goldie reconoce que la intencionalidad es una característica fundamental de las emociones, pero impugna tanto que esta sea la única nota esencial de las emociones, como que esta intencionalidad sea equiparada a deseos y creencias. En ese sentido, su perspectiva combate la tendencia por la cual las emociones son caracterizadas intrínsecamente como estados intencionales (dirigidos a objetos en sentido amplio) con su consiguiente implicación de cognitividad[6].
Según entiendo a Goldie, puede conceder que sea posible (y útil) explicar el comportamiento humano siguiendo los estándares propuestos por las explicaciones psicológicas de corte folk (apelando a estados mentales como creencias y deseos). Sin embargo, aquello requiere trazar una distinción en el seno de estas explicaciones que apelan a creencias. Para ello, considérense las siguientes situaciones, donde ambas involucran miedo (Goldie, 2000, p. 46).
Situación 1. Ana (o usted misma) escucha que la empresa para la que trabaja está por ser absorbida por una compañía internacional, por lo que algunos sectores de la empresa pasarán a ser superfluos, lo cual generará despidos. Ana no tiene mucha antigüedad en la empresa, de modo que el costo que tendría la empresa por despedirla es bajo. Además, está consciente de que su nivel de productividad tampoco es alto. Como resultado de estos y otros pensamientos y deliberaciones, Ana teme (como usted o yo haríamos) ser despedida, y comienza a buscar otro trabajo, porque quiere evitar quedarse sin empleo.
Situación 2. Juana (o usted) pasea por un camino, cuando de pronto ve un camión acercándose en su dirección. Atemorizada, se arroja fuera del camino del vehículo.
Tal como adelanté, las dos situaciones describen historias en las cuales la protagonista tiene miedo: en cada una de ellas, la protagonista siente miedo genuinamente, y es el miedo lo que explica su conducta de evitación (del desempleo o de ser arrollada por un camión). Asimismo, señala Goldie, también es posible, en ambos casos, apelar a creencias y deseos para explicar esas respuestas emocionales. Sin embargo, las creencias y los deseos no desempeñan el mismo rol en las explicaciones del comportamiento causado por el miedo de las situaciones 1 y 2.
Las diferencias más importantes están dadas, por una parte, por la alta probabilidad de que en la situación 1 el sujeto necesite ser muy consciente de sus creencias y deseos al momento de la experiencia emocional, y hasta quizás precise ser consciente de estar llevando adelante un razonamiento práctico; mientras que, en la situación 2, esa percatación, además de ser menos probable, es indudablemente innecesaria. En otras palabras, en una situación del tipo 2, la reacción emotiva (o el comportamiento causado por el miedo) no depende de que el sujeto tenga de hecho la creencia de que saltar es el mejor modo de salvarse (conjuntamente con el deseo de sobrevivir). Eso implica, por otra parte, que, en la situación 2, las creencias y los deseos que dotan de sentido a la respuesta emocional no son además causalmente explicativos de la respuesta emocional: uno podría decir que llegan muy tarde para eso (Goldie, 2000, p. 46).
En resumen, aunque se pueda apelar a creencias y deseos para explicar cualquier comportamiento emocional, no es adecuado concebirlos como causas, ni como partes constitutivas de la emoción. De modo que, en orden a echar luz sobre la respuesta emotiva, es más que plausible sostener que estos modos de hacer inteligible la conducta solo aparecen luego, en una racionalización posterior del evento.
2.4.2. Intencionalidad y sentires
Goldie realiza otro valioso aporte a la reflexión sobre la naturaleza de las emociones, conservando la meta general de mostrar que la fenomenología de las emociones, es decir, aquellas experiencias emocionales conscientes descriptas desde la perspectiva personal, no puede ser capturada valiéndose únicamente de los conceptos teóricos que surgen de la perspectiva impersonal de las ciencias –ni siquiera si la tesis materialista resultara verdadera– (Goldie, 2002). En la búsqueda de reparación de los problemas introducidos por las perspectivas superintelectualizantes, y con un patente espíritu jamesiano, Goldie reivindica el protagonismo de los sentires. De modo que el desafío de cara a la superación de los defectos de las teorías intelectualizantes consiste en dar cuenta de las emociones acomodando principalmente dos fuertes intuiciones. La primera de ellas es, como decía antes, que el sentir corporal (bodily feeling) (o de los cambios corporales en términos de James) está típicamente involucrado en las emociones. La segunda intuición está vinculada a la intencionalidad de las emociones. La intencionalidad de las emociones se sigue de la tesis de que los fenómenos mentales son necesaria y esencialmente intencionales, es decir, en el mismo sentido en que Brentano (1874) concebía a la intencionalidad como la marca de lo mental.
De esta manera, la propuesta de Goldie se puede dividir en dos partes. En primer lugar, siguiendo a Crane (1998, 2003), desarrolla una perspectiva perceptiva (i.e. una perspectiva intencionalista fuerte) de los sentires corporales. En este contexto los sentires –esto es, las sensaciones de las condiciones del propio cuerpo– son intencionales en cuanto son estados que se encuentran dirigidos a un objeto, en este caso, el cuerpo propio que atraviesa ciertos cambios[7]. Pero estos sentires corporales no bastan, no son suficientes para que el sujeto que los experimenta sepa qué emoción lo está atravesando. Según Goldie, como máximo alcanza a revelarle que está teniendo una emoción (indefinida) acerca de algo, que tiene propiedades determinables.
De modo que, en segundo lugar, Goldie introduce la noción de “sentir hacia ο” o “sentir para con o” (feeling towards), que presenta como un “pensar con [más] sentir” y caracteriza a partir de los siguientes ejes (Goldie, 2002, p. 241):
- Es un sentir ligado a cierto contenido (el contenido específico hacia el cual se dirige el sentir).
- Es un involucramiento emocional no reflexivo con el mundo más allá del cuerpo: no es conciencia de la condición del propio cuerpo o de uno mismo como experimentando una emoción.
En cuanto al contenido ligado al “sentir hacia”, Goldie se refiere a la noción de “contenido” como objeto (de una emoción, un pensamiento, etc.), pero de ninguna manera implica que este deba ser capturable proposicionalmente. Sin embargo, a pesar de esto, especifica que este contenido “es individuado de un modo suficientemente fino como para aprehender el modo en que el sujeto está pensando”, en oposición al contenido individuado puramente en términos de referencia (Goldie, 2002, p. 241).
Considérese el siguiente ejemplo. Durante mi infancia mis padres me advirtieron que no debía tocar artefactos eléctricos sin calzado, para evitar una electrocución. De modo que, mucho antes de recibir una descarga eléctrica accidentalmente, yo tenía conocimiento acerca del peligro de la descarga y miedo a recibirla, que se manifestaba también en mi comportamiento, respetando la regla de no tener contacto sin el aislamiento apropiado. Pero, cabe preguntarse, una vez que sufrí ese daño en primera persona, ¿se da algún cambio? ¿Tengo un conocimiento nuevo?[8] La respuesta de Goldie es compuesta: por un lado, existe un cambio en la actitud: antes conocía o veía el peligro, mientras que ahora siento el peligro, pienso en él con miedo (think of it with fear)[9], ahora comprendo de un modo nuevo qué significa que una descarga eléctrica es peligrosa (Goldie, 2002, p. 245). Por otra parte, si bien en un sentido referencial, el contenido de mi miedo no varía, se da un cambio en el contenido, en un sentido no referencial, en cuanto a que “el modo de pensar acerca de este mismo peligro es diferente […] es como llegar a ver una forma escondida en un dibujo o la forma de una cara en la superficie visible de la luna” (Goldie, 2002, p. 243). En otras palabras, el cambio que se da en el contenido, a pesar de que la referencia se mantenga idéntica, se puede expresar en términos de un cambio en el modo de presentación o sentido (Frege, 1892).
Respecto al segundo eje, advierte que ese compromiso con el mundo de ningún modo es –ni tampoco implica– una conciencia reflexiva. El punto es que es posible vincularse emocionalmente con el mundo sin tener que percatarse conscientemente de lo que está sucediendo a su alrededor. Las razones para esto son múltiples. Por una parte, porque pueden comprometerse emocionalmente también aquellos que son incapaces del pensamiento reflexivo, pero, además, porque quienes sí somos capaces de ello y de hecho tenemos conciencia reflexiva no la estamos actualizando en todo momento. Es decir, esta salvedad atañe tanto a aquellas criaturas carentes completamente de conciencia reflexiva, como a las personas adultas típicas que en determinado momento, y por la razón que fuera, no atienden reflexivamente a la situación que los rodea: todas ellas pueden vincularse emocionalmente con el mundo.
Esto no quiere decir que la conciencia reflexiva no cumpla ningún rol en la economía del sistema psicológico emocional, en especial en la perspectiva personal de Goldie. Más aun, el hecho de que para el autor la experiencia emocional sea independiente de la conciencia reflexiva no lo exime de la labor de vincularlas. Al respecto, Goldie propone el siguiente ejemplo. Usted está manejando un auto, cuando de pronto ve otro vehículo, fuera de control, que se aproxima en su dirección; usted comprende lo que está sucediendo, ve el peligro para usted y sus pasajeros y, con gran velocidad y destreza, reacciona para eludir el peligro. Luego, cuando su auto finalmente se detiene, usted piensa horrorizado cuán cerca estuvo de la muerte, se da cuenta de que está cubierto en sudor y siente su corazón latir fuertemente. Al recordar, al volver su pensamiento sobre la situación, diría probablemente que estaba aterrado (were afraid) mientras esquivaba al otro vehículo, pero que no sintió miedo (feel fear) en ese momento (Goldie, 2000, p. 62).
He aquí una diferencia con la perspectiva de William James. Como he expuesto, James insiste en que los cambios corporales deben ser siempre sentidos para que una emoción ocurra, lo que, a su vez, le sirve como criterio de demarcación entre emociones y “juicios a sangre fría”. Goldie, apartándose de James, afirma que es posible tener una emoción o estar en un estado emocional sin tener el sentir correspondiente –es decir que, como en el ejemplo, se puede tener miedo sin sentir miedo–[10]. Sin embargo, si la protagonista de la historia no fuera una persona adulta típica, sino una criatura no lingüística, ¿cabría hacerse la misma pregunta? Es decir, si un perro que está por ser atacado muestra signos de miedo (expresión facial, posición corporal, comportamiento, etc.), uno infiere que el animal tiene miedo; ¿acaso cabe preguntarse adicionalmente si este siente miedo? No parece haber instancias en que ese can tenga miedo, pero no lo sienta, en un sentido relevante. Recapitulando, se ha dicho que los seres humanos pueden tener emociones sin tener el sentir correspondiente, mientras que en los animales esa separación no es posible. Goldie bosqueja esta distinción con el fin de señalar que existe una ambigüedad en la aplicación del término inglés feel. Cuando se aplica a un animal no lingüístico, incapaz de tener conciencia reflexiva acerca de sus estados internos, el único sentido posible de “sentir” miedo es el sinónimo de “tener miedo” (la ambigüedad a la que me referí en el párrafo anterior se desvanece). Sin embargo, cuando se trata de un ser humano, ese “sentir” suele tener una connotación adicional. El conductor del ejemplo anterior, que reporta no haber sentido miedo mientras evitaba ser embestido por otro vehículo, se refiere a que no estaba siendo consciente de sus sentires, y las razones que explican esa falta de percatación oscilan desde la desatención total hasta la atención completa a otra cosa[11].
Pero aquí resulta necesario trazar una nueva distinción: que alguien sienta la emoción E puede indicar dos cosas:
- que el sujeto A tiene los sentires que son parte de su compromiso irreflexivo con el mundo;
- que A está percatándose conscientemente de que está teniendo cierto sentir, que reconoce como vinculado a E (sentir corporal, sentir-hacia o ambos)[12].
La ambigüedad resulta todavía más destacable cuando Goldie se hace las siguientes preguntas:
- ¿es posible que A esté teniendo una E y, sin embargo, no sienta E? (Goldie, 2000, p. 65). Por supuesto, la respuesta es positiva, y he dado cuenta de casos como este con el ejemplo del conductor. Pero, si el sujeto de esta pregunta fuera mi gata, la pregunta carecería totalmente de sentido. El quid de la cuestión es que, además de la vaguedad que existe entre “tener” y “sentir una emoción”, existe una ambigüedad dentro de la noción de “sentir”, en la medida en que para Goldie admitiría “grados”: hay sentires inconscientes (sentires corporales y sentires hacia) y hay sentires conscientes (cuando la conciencia reflexiva atiende a los sentires corporales o sentires hacia)[13].
- ¿Se sigue de responder afirmativamente a (1) que A no tiene sentires relacionados a E? No. Lo único que se sigue es que A carece de conciencia reflexiva sobre los pensamientos y sentires irreflexivos que tenía. El conductor tiene miedo, tiene sentires corporales: si no los tuviera, no cabría decir ni siquiera que tuvo miedo. Son los sentires que resultan de la interacción con el entorno los que dan cuenta de la diferencia entre la actitud del conductor del ejemplo y la de un conductor profesional que, entrenado para lidiar con situaciones semejantes, actúa sin miedo (no solo no siente miedo, sino que no teme en ningún sentido relevante). Nuestro conductor siente miedo, esto es, tiene la experiencia en sentido propio, recién cuando reflexiona, cuando vuelve su atención consciente sobre su estado previo.
En suma, el planteo de Goldie tiene la meta de subrayar cuánto de nuestra vida emocional es irreflexiva “cuando nuestro compromiso con el mundo es directo, sin la adición de la conciencia reflexiva de nosotros mismos como estando comprometidos de esa manera” (Goldie, 2000, p. 65). No obstante, en cualquier momento es posible que el sujeto tome conciencia de sus propios sentires, directamente a través de la propiocepción o indirectamente, como lo haría cualquier otro sujeto desde la perspectiva de la tercera persona.
A modo de síntesis, cabe destacar de qué modo la propuesta de Goldie se contrapone a las perspectivas sobreintelectualizantes. Las últimas, a las que Goldie también denomina “teorías adicionantes” (add-on theory) (Goldie, 2000), tienen una concepción según la cual, por una parte, la intencionalidad es captada por deseos y creencias, y a la que, por otra parte, para capturar la fenomenología de la experiencia emocional, se agregan sentires que son o bien no intencionales o bien son estados intencionales, pero están dirigidos al propio cuerpo. En tanto, la noción de “sentir hacia” que introduce Goldie, concebida como un sentir con intencionalidad en sentido propio que apunta hacia fuera del sujeto (versus la “prestada” de los sentires corporales), rompe con esa falsa dicotomía entre intencionalidad y sentires, mostrando que la fenomenología de las emociones y la intencionalidad están inextricablemente ligadas.
A su vez, aunque comparta el espíritu de la teoría del sentir de William James, mantiene ciertas diferencias con ella. Por un lado, como mencioné antes, James enfatiza que todos los cambios corporales deben ser, de un modo u otro, percibidos o sentidos (felt). Sin embargo, Goldie interpreta al sentir jamesiano como una exigencia de que necesariamente debe haber conciencia reflexiva de tales cambios corporales, y niega una cosa tal. Además, rechaza la idea jamesiana de que el sentir o la conciencia deba ser exclusivamente de los cambios corporales, y busca hacer espacio para los sentires “hacia” otros objetos.
Por último, creo que el enfoque de Goldie, con sus avances sobre la visión de James, puede sintetizarse en el siguiente cuadro (figura 3).
Figura 3

La línea punteada indica la no obligatoriedad de la dirección de la conciencia.
2.5. La perspectiva somática de las emociones
Como dije en la presentación, el objetivo específico de este capítulo consistió en la elucidación de las tesis fundamentales del enfoque somático a partir de la consideración de diversos autores. Comencé advirtiendo un sentido trivial de cuerpo, que fue descartado, lo que dio lugar al sentido “estrecho” con el que trabajé a lo largo del capítulo, esto es, el cuerpo en sentido extracraneal. Habida cuenta de esta primera dificultad, se presentaron algunas otras cuestiones, relativas a la fuerza o el alcance de las tesis. Al no haber acuerdo sobre estas entre los autores –ni siquiera existe acuerdo hoy respecto del modo adecuado de interpretar las pretensiones teóricas de James (como discutí en 2.2.1)–, a continuación, recogeré las diversas variantes (fuerte, débil, constitutiva, etc.) de las tesis somáticas. Lo que no debe perderse de vista es que, a pesar de estas diferencias, los diversos autores sí coinciden en una tesis básica o fundamental: la tesis somática general (TS).
2.5.1. Tesis somática general (TS)
Son los cambios corporales quienes desempeñan un rol fundamental en la generación de emociones (es falso que las emociones causen cambios corporales).
Aunque luego toman distancia en las especificaciones de la tesis básica, es decir, sobre cuál será el alcance de aquel rol. Por esto, esta tesis fundamental se especializa de dos modos diferentes o alternativos.
2.5.1.1. Tesis somática fuerte (TSF)
Las emociones son sentires de cambios corporales (sistema autónomo) que se siguen a partir del contacto con ciertos tipos de estímulos; i.e. los sentires de los cambios corporales son condición necesaria y suficiente.
- Corolario de la tesis fuerte: cada tipo emocional se corresponde con un conjunto único y específico de cambios corporales.
2.5.1.2. Tesis somática débil (TSD)
Las emociones están compuestas de sentires de cambios corporales que se siguen a partir del contacto con ciertos tipos de estímulos; i.e. los sentires de los cambios corporales son condición necesaria, pero no suficiente.
2.5.2. Tesis de la intencionalidad emocional
Los sentires corporales no son suficientes para que el sujeto que los experimenta sepa por qué emoción está siendo atravesado. Solo alcanza a revelarle que está teniendo una emoción (indefinida) acerca de algo, que tiene propiedades determinables.
Figura 4. Teoría somática de las emociones, donde flechas punteadas indican la contingencia del elemento o la etapa subsiguiente

2.6. Objeciones a la perspectiva somática de las emociones
La perspectiva somática de las emociones suele ser atacada frecuentemente por su flanco más “débil”, la versión jamesiana de la teoría del sentir. Me refiero a la teoría somática de James como la más débil porque, a pesar de su asombrosa intuición, su presentación teórica es apenas la inauguración del recorrido que sus conceptos presentarán. En efecto, el interés que recae sobre la teoría del sentir no es materia exclusiva del estudio histórico de la ciencia, ni de la sociología de la ciencia; más bien, la teoría jamesiana sigue resultando interesante en cuanto modelo de lo que son las emociones (Reisenzein & Stephan, 2014). Aquí me ocuparé de repasar las objeciones más destacadas que esta ha recibido, para luego, en los capítulos 4 y 5, atender a diversas vías de superación.
La célebre teoría del sentir debe su fama tanto a haber sido blanco de sucesivos ataques desde su publicación, como al renovado interés que surgió recientemente por recuperar su espíritu (que motivó que se hable de “teorías neojamesianas” de las emociones). Muchas de aquellas críticas son verdaderamente infundadas y carecen de interés para los propósitos de este libro[14]. Me centraré aquí en las objeciones más relevantes para la historia que estoy reconstruyendo, es decir, la polémica entre perspectivas somática y cognitiva.
Walter Cannon es famoso por las objeciones que formuló a la teoría James-Lange (Cannon, 1927, 1928). Aunque sus críticas se han consolidado como evidencia contra la teoría del sentir, cabe destacar que el trabajo de Cannon, aun siendo crítico de la teoría de James-Lange, conserva su espíritu fisiologista. La propia teoría de Cannon, comúnmente conocida como la teoría Cannon-Bard (por su colaboración con Philip Bard), es un abordaje estrictamente fisiológico en el que se ven disputadas ciertas particularidades de la teoría del sentir jamesiana, pero donde se mantiene el enfoque fisiologista. Dicho en otras palabras, se trataría de una crítica interna al paradigma. No obstante, conviene también subrayar que las objeciones de Cannon han sido asimismo recuperadas por los teóricos cognitivos, ahora sí, desde un punto de vista externo a la teoría somática, para atacar a la perspectiva global. Es quizás por eso por lo que el trabajo crítico de Cannon a la teoría del sentir de James haya quedado en la historia de la investigación sobre emociones como el conjunto de objeciones canónico a las teorías somáticas en general.
Las investigaciones experimentales que desarrollaron Cannon y Bard los llevaron a afirmar que en las emociones intervienen necesariamente un conjunto de estructuras subcorticales (hipotálamo y tálamo), oponiéndose a la teoría jamesiana (o, más bien, a la recepción de la teoría James-Lange), según la cual la experiencia emocional nacía de la recepción cortical de la información proveniente de la periferia: el latir agitado de mi corazón, la preparación de mis músculos para correr, etc.).
Como decía más arriba, la discusión que mantienen con la teoría del sentir jamesiano está asumiendo el marco teórico fisiologista, pero cuestionando algunas peculiaridades propias del proceso fisiológico, como, por ejemplo, qué tipo de estructuras cerebrales intervienen. El núcleo del cuestionamiento de Cannon y Bard descansa en si las emociones dependen de la recepción cortical de las señales periféricas o, por el contrario, si son las estructuras subcorticales las que juegan un papel decisivo en la producción emocional. Son famosos los experimentos que Cannon y Bard realizaron con animales, a los que previamente les habían extirpado el córtex cerebral, pero seguían exhibiendo respuestas emocionales, mientras que estas desaparecían cuando alternativamente se suprimía el hipotálamo. Como se puede anticipar, la estrategia que persiguen los autores ha versado en torno a exhibir disociaciones entre aquello que James pretendió asociar: emociones y cambios viscerales. A continuación, esquematizaré los resultados en cinco objeciones (2.6.1-2.6.5).
2.6.1. Objeción de la inhibición visceral
Cannon, Lewis y Britton (1927), siguiendo la línea de investigación inaugurada por Sherrington (1900), reportan haber mantenido saludables a los gatos después de haberles extirpado la división simpática –que, junto con la división parasimpática, conforman el sistema nervioso autónomo–. Naturalmente, esta eliminación provocó una serie de perturbaciones en el funcionamiento normal del animal (por ejemplo, las reacciones vasculares controladas por el centro vasomotor fueron suprimidas, así como también la inhibición de la acción del estómago y los intestinos; el hígado no podía ser apelado para liberar azúcar en el torrente sanguíneo, etc.). Sin embargo, todos estos impedimentos tuvieron escasa repercusión sobre la producción de respuestas emocionales en estos animales. La conclusión a la que pretenden arribar los autores a partir de estos resultados es que la suspensión de la actividad visceral no modifica la conducta emocional esperable, de modo tal que la pretendida necesidad que le reputaba la teoría jamesiana quedaría refutada.
Debe concedérseles cierto mérito por haberse aproximado empíricamente al que fuera un mero experimento mental para James (“Si imaginamos una fuerte emoción, y luego tratamos de abstraer de nuestra conciencia de ella todos los sentires de sus síntomas corporales característicos, hallaremos que no nos quedó nada”). Los experimentos de Sherrington y de Cannon et al. removieron los sentires quirúrgicamente. No obstante, debe decirse también que la objeción necesita ser medianamente morigerada, teniendo en cuenta que, en efecto, en los casos relevados no se pueden descartar por completo los efectos del cuerpo en sentido amplio, ni especialmente su sentir correspondiente[15].
2.6.2. Objeción a partir de la pretendida univocidad fisiológica
Esta es una de las críticas más estandarizadas contra la teoría somática. Aborda un corolario de la tesis somática fuerte (2.5.1.1.) que establece que, puesto que las emociones (en general) son sentires de cambios corporales, debe haber un subconjunto de cambios corporales distintivo de cada emoción, esto es, cada emoción debe tener una fisiología característica. Este conjunto específico de cambios viscerales tiene el doble propósito de demarcar, por un lado, estados emocionales de estados no emocionales y, por otro lado, distintos tipos de estados emocionales entre sí. No obstante, Cannon (1927) encuentra que los mismos cambios viscerales ocurrieron en emociones muy diferentes, así como también en estados no emocionales, por lo que concluye la inadecuación de la tesis fuerte, a partir de la refutación de su corolario. Debe señalarse que, con posterioridad a la crítica de Cannon de principios de siglo xx, se han desarrollado numerosas investigaciones cuyos resultados al menos ponen en duda esta imposibilidad de diferenciación. En ese sentido, distintos trabajos de Paul Ekman exhiben evidencia a favor de que existen patrones de activación distintiva del sistema nervioso autonómico para ira, miedo y asco (Ekman, 1977; Ekman, Levenson, & Scherer, 1983; Levenson, Ekman, & Friesen, 1990), aunque, por supuesto, esta cuestión dista de haber quedado zanjada ni conceptual ni empíricamente. En términos más recientes, Barrett (2017) ensaya la búsqueda de lo que denomina las fingerprints de las emociones, esto es, una configuración unívoca de cambios corporales (incluyendo el cerebro) que permitiría su identificación, del mismo modo que las huellas dactilares permiten la identificación unívoca de las personas. Naturalmente, esa búsqueda resultará infructuosa, lo que le servirá para abonar su perspectiva constructivista de las emociones.
2.6.3. Sobre la imposibilidad de la inducción artificial de una emoción
Es un hecho que la adrenalina actúa en el cuerpo imitando la acción de los impulsos nerviosos simpáticos, de manera tal que, si se inyecta directamente en el torrente sanguíneo, induce la dilatación de los bronquiolos, la constricción de los vasos sanguíneos, la liberación del azúcar del hígado, la suspensión de las funciones gastrointestinales, entre otros. Si las emociones son (consecuencia de) cambios viscerales, y han de identificarse a partir de ellos, la inducción artificial de esos cambios viscerales debería necesariamente dar lugar a una emoción. Pero experimentos como el de Marañon (1924) –y su continuación, por Schachter y Singer (1962), que presentaré a continuación– parecen indicar lo contrario. Canon se vale directamente de las palabras de Marañon, quien reconoce que existe una distinción manifiesta
entre la percepción de los fenómenos periféricos de la emoción vegetativa (es decir, los cambios corporales) y la emoción psíquica propiamente dicha, que no existe y que permite a los sujetos informar sobre el síndrome vegetativo con serenidad, sin verdadero sentir (Marañon, 1924, p. 301).
Es notable cómo, a pesar de patrocinar una posición estrictamente fisiologista, Cannon se ve obligado a incorporar vocabulario psicologista. No obstante, debe tomarse en cuenta su propio descargo en un texto posterior:
Aunque usaré palabras con implicaciones psicológicas, tales como “miedo”, “ira”, “sentires”, y otras, permítaseme decir desde un principio que las uso solamente como conveniente termino abreviado para actividades complejas en el cerebro […]. Primero, ¿qué es una emoción? Desde el punto de vista fisiológico es un patrón típico de reacción (Cannon, 1928, p. 878).
De acuerdo a Cannon, “un fisiólogo no se ocupa de los asuntos psíquicos” (Heuer & Andrus, 1934, p. 748), razón por la que sus estudios durante la década de 1920 se centraron en las emociones sin experiencia (experienceless emotions), para proponer su propia teoría talámica de las emociones, nacida del seno de estas emociones sin experiencia (de las emociones de perros y gatos, por ejemplo)[16]. Sin embargo, Dror (2014) acentúa cómo, a pesar de su explícita cosmovisión fisiológica, al tratar la teoría James-Lange de las emociones, Cannon se vio obligado a dedicarse a los “asuntos psíquicos”, en especial, a la experiencia emocional (la emoción psíquica o psicológica a la que refería Marañon).
2.6.3.1. El experimento de Schachter y Singer
Cómo dije más arriba, el primero en efectuar una aplicación de este paradigma experimental fue Marañon (1924); sin embargo, el experimento canónicamente citado es el de Schachter y Singer (1962). Una de las diferencias fundamentales entre las experiencias de Marañon y Schachter-Singer es que los últimos enmascararon el procedimiento que llevaban adelante, haciéndoles creer a los participantes que se trataba de una prueba de visión. Marañon (según sospechan Schachter y Singer) habría sido menos cuidadoso en ese respecto, y los sujetos que participaron en su experiencia habrían estado al tanto de los procedimientos involucrados y sus efectos. Presentaré en primer lugar el experimento, para luego precisar algunas de sus interpretaciones.
Este experimento busca desafiar la tesis jamesiana de la suficiencia del sentir de cambios corporales para caracterizar a las emociones. La hipótesis que lo guía es que, para que estos cambios corporales califiquen como estados emocionales, deben estar acompañados de un juicio o una categorización que vincule esos cambios a ciertos objetos emotivamente relevantes. Para ello, los experimentadores se propusieron manipular los determinantes de los estados emocionales, que desde su perspectiva incluyen tanto aspectos fisiológicos como situacionales. Se le indicó al total de voluntarios que el experimento tenía como objetivo probar los efectos de una vitamina que mejoraba la visión (Suproxin). Siendo la premisa del experimento que los cambios corporales inducidos artificialmente no generarían por sí solos el estado emocional, los experimentadores procedieron a la manipulación fisiológica, con la inyección intravenosa de epinefrina (adrenalina) –conocida por provocar excitación en el sistema autonómico– en uno de los grupos (GA) y con la de una solución salina (placebo) en el grupo control (GP).
Dentro del grupo que recibió la inyección de adrenalina, un subgrupo fue advertido acerca de los efectos colaterales del Suproxin, tal como la aceleración del ritmo cardíaco (GAInf), mientras que otro subgrupo recibió información falsa acerca de sus efectos, como por ejemplo que producía dolores de cabeza (GAMalinf), y los restantes no recibieron información alguna, ignorando completamente sus efectos posibles (GAIgn). Con esto, se buscó la manipulación del alcance de las explicaciones que el sujeto da de sus propios estados corporales: los sujetos del GAInf tendrían una explicación apropiada de sus estados internos, mientras que los del GAMalinf tendrían una explicación inadecuada, y los del GAIgn, ninguna explicación.
Se los observó secretamente mientras se los hacía esperar para efectuar la supuesta prueba de visión (que obviamente nunca llegaría). En una de las salas de espera, los aguardaba un experimentador que actuaba eufóricamente, haciendo entre otras cosas aviones de papel (S1). En otra de las salas, se les pidió a los sujetos que completaran una encuesta ofensiva, a la vez que otro secuaz fingía enojarse por las preguntas contenidas en ese cuestionario (S2) –creación de situaciones de las que los sujetos derivarán cogniciones explicativas– (Schachter y Singer, 1962, p. 382).
Luego de la espera, todos los sujetos debieron completar un cuestionario acerca de sus estados físicos y psicológicos. Schachter y Singer, responsables del experimento, observaron que los sujetos que estaban con el experimentador que actuaba tontamente (S1) se comportaban alegremente, mientras que los sujetos que interactuaban con el secuaz iracundo actuaban como si estuvieran enojados.
Fisiológicamente, la epinefrina actuó de acuerdo con lo esperado, aumentando la frecuencia cardíaca, en comparación con el placebo. Según los autores, en la situación S1 (euforia), quedaba claro que “los sujetos eran más susceptibles al humor del experimentador infiltrado cuando no tenían explicación de sus propios estados”, en comparación con aquellos que sí disponían de esa información. En el análisis de la S2 (enojo), se sospechó del informe personal en cuanto suponían que el sujeto no expresaría enojo de participar en la prueba. Sin embargo, la conducta observada exhibió que los GAIgn estaban mucho más enojados que los GAInf y los GP.
2.6.3.2. Las interpretaciones del experimento
Esta experiencia ha sido interpretada por sus autores responsables como evidencia en favor del carácter cognitivo de las emociones. Prinz (2004b) llama esta postura “teoría etiquetadora cognitiva” (cognitive labeling theory) y la sitúa entre las teorías cognitivas impuras dado que para esta una emoción involucra tanto cambios corporales (estados fisiológicos), como interpretaciones cognitivas de esos estados[17]. Muchos otros autores, luego, se han apoyado en estos resultados para retratar posiciones de corte cognitivo, con diferencias de matices (Charland, 1997; Lazarus, 1991; Lyons, 1980; Power & Dalgleish, 2008; Prinz, 2004b; Solomon, 1976).
Lo curioso, desde mi punto de vista, es que esta experiencia podría ser presentada como evidencia en favor de la tesis contraria, puesto que la excitación inducida artificialmente consiguió despertar emociones en los individuos (aun si posteriormente ellos se percataron de que ese estado no fue originado por verdaderos estímulos emotivos, sino que, por el contrario, fueron generados en una situación anómala, y aquello produjera una reducción en su estado emocional). En ese sentido, acuerdo con Frijda (1994) en que las variables cognitivas pueden servir para limitar las ocurrencias emocionales, en lugar de funcionar como variable en la generación de emociones. En pocas palabras, la cognición quizás tenga más que ver con el control de las emociones que con su producción.
También Zajonc interpreta los resultados de Schachter y Singer como evidencia de que los “estados afectivos pueden ser inducidos por procedimientos no cognitivos y no perceptuales”. La excitación emocional puede ser inducida por drogas, hormonas o hasta por estimulación eléctrica del cerebro: por ejemplo, si se esconde Valium en determinado alimento, quien lo ingiera cambiará su estado de ánimo, tenga o no conocimiento de la droga que ha ingerido (y sus efectos). Si bien es posible que algunas características del estado inducido por el miorrelajante sean alteradas por un input cognitivo, como Schachter y Singer han mostrado, en el análisis final, al menos algunos aspectos muy significativos del cambio del estado emocional serán causados directamente por el Valium sin tener en cuenta qué información recibieron ni qué justificación ellos mismos ofrecen luego (Zajonc, 1984, p. 120). Esto, a su vez, se erige como una posible respuesta a la objeción de la imposibilidad de la inducción de una emoción.
En tercer lugar, están quienes afirman que el experimento no prueba concluyentemente nada. Es decir, no funciona como evidencia ni a favor ni en contra de ninguna de las dos perspectivas. En ese sentido, Deigh afirma que “nada excluye la posibilidad de que entre las cogniciones que los experimentadores inducen en los sujetos haya percepciones jamesianas de eventos emocionantes” (Deigh, 1994, p. 4).
2.6.4. El problema de la variabilidad emocional
Tomando en cuenta estas objeciones de modo global, es fácil notar que esta perspectiva luce demasiado rígida. Me refiero a que, puesto que, para diferenciar emociones, es preciso que estas sean suficientemente distintas (2.6.2.) y tan estables que, siempre que estos cambios acontezcan, las emociones también estén (2.6.3.), las emociones parecen ser reacciones inflexibles. El problema es que, así concebidas, no parece haber sitio para la variabilidad interpersonal, no se puede explicar cómo es posible que un mismo evento sea responsable de reacciones emocionales diferentes en distintas personas. Se puede ilustrar este punto nuevamente con el ejemplo de la serpiente. Si me encuentro en el bosque con una serpiente, la percepción del animal desencadenará una serie de alertas que (con suerte) me permitirán huir, y el sentir aquellas será el miedo. Este mecanismo adaptativo funciona en exceso, es decir, a veces me encuentro huyendo de ramas, pero, aun con estos “falsos positivos”, esta conducta de huida reporta grandes ventajas para la supervivencia[18]. Ahora bien, resulta que mi amigo Antonio, amante de las mascotas exóticas, adoptó una boa constrictora. Y, contra las predicciones que la teoría somática haría, cuando se encuentra frente a ella, no se desencadenan en él aquellos mecanismos que señalan peligro: Antonio no tiene miedo; por el contrario, él ama a su mascota. ¿Cómo es posible entonces que, frente al mismo estímulo, Antonio sienta alegría y ejecute tareas de cuidado, mientras que yo siento miedo agobiante?
2.6.5. Sobre el carácter intencional de las emociones
Una teoría de las emociones que las caracterice a partir del sentir de los cambios corporales no puede acomodar la intuición de que las emociones son acerca de algo; es decir, no puede dar cuenta de la intencionalidad de las emociones. Esta objeción hace mella particularmente en las versiones tempranas de las teorías somáticas (la de William James en todas sus versiones –débil, fuerte– y la de Robert Zajonc).
Sin embargo, como presenté en el punto 2.4., existen versiones somáticas más recientes, de inspiración jamesiana, que han hecho lugar a la objeción y se han ocupado de dar cuenta de la intencionalidad de las emociones, tal es el caso de Goldie puntualmente, de la mano de la noción de “sentir hacia”. Naturalmente, no es la única –y probablemente tampoco la mejor– manera de sortear esta dificultad. Pero basta aquí mencionarla para mostrar cuál es el alcance de la objeción al enfoque somático pretendidamente ubicua.
Los detractores externos a la perspectiva somática, esto es, los teóricos cognitivos, han hecho especial énfasis en esta objeción, conjuntamente con la objeción por la imposibilidad de inducir artificialmente emociones, para hacer énfasis en la necesidad de un aspecto o una dimensión (según sea el caso) adicional a los cambios viscerales. A continuación, en el capítulo 3, me ocuparé de estas teorías cognitivas.
- Respecto a las razones para esta traducción, véase nota 14.↵
- Un siglo después de la publicación original de James, el legado jamesiano y en particular esta polémica interpretativa siguen siendo objeto de discusión, tal como ha quedado registrado en un número especial de la revista Emotion Review (Deigh, 2014; Dror, 2014; Ellsworth, 2014; Laird & Lacasse, 2013; Reisenzein & Stephan, 2014).↵
- Charland señala una dificultad adicional: si el hecho de que Zajonc utilice de modo equivalente las nociones de “emoción” y “afecto” implica que estos sean realmente equivalentes (es decir, que las emociones se reduzcan al afecto [affect]), entonces, como quedará más claro en el próximo capítulo, Zajonc y Lazarus no estarían hablando de lo mismo cuando hablan de emociones: Lazarus usa el término “emoción” en un sentido mucho más amplio. Sin embargo, también debe notarse que, aunque no coincidan prolijamente, resulta suficiente que las emociones en sentido amplio de Lazarus incluyan el afecto (emoción en este sentido más restringido de Zajonc) para que estén hablando de lo mismo, al menos en ese respecto, y de ese modo que la discusión tenga sentido.↵
- Véase Zajonc (2001) para una versión más reciente del fenómeno de la mera exposición. Otros resultados experimentales que refuerzan la hipótesis de la primacía de la afección son (Murphy & Zajonc, 1993; Winkielman, Zajonc, & Schwarz, 1997). También Adolphs et al (2005) presentan evidencia en favor de la posibilidad de discriminación (y preferencia) entre estímulos que no son conscientemente percibidos (o recordados), sugiriendo una disociación fuerte entre la preferencia y el reconocimiento. Según ellos mismos, esta disociación sería además compatible con la distinción entre, por una parte, una vía gustativa ventral límbica (que incluye a la amígdala, al hipotálamo y regiones del ganglio basal) que parece ser suficiente para una discriminación conductual básica del gusto y, por otra parte, de una vía cortical dorsal que sería necesaria para un procesamiento y aprendizaje gustativo complejo (Pfaffmann, Norgren, & Grill, 1977).↵
- Si bien aquí se refiere a la intencionalidad en el sentido de direccionalidad o acerquidad, en otro artículo también critica la perspectiva por la cual la acción intencional, ahora entendida como la acción producida de acuerdo a razones, puede ser explicada satisfactoriamente por referencia a estados mentales, tales como creencias, deseos e intenciones, o, alternativamente, que cualquier otro tipo de explicación eventualmente se resolverá en una explicación en términos de deseos y creencias (Goldie, 2007, p. 103). Nótese que, más allá de la homonimia, las críticas a la intencionalidad en sus dos sentidos están estrechamente vinculadas. ↵
- Varela, Thompson y Rosch (1991) señalan que el cognitivismo se opone a la convicción preteórica de que “la cognición y la conciencia forman parte de lo mismo”, en el sentido de que su determinación del dominio de la cognición cruza explícitamente la frontera consciente/inconsciente. Según ellos, “para los cognitivistas, la pareja inseparable está constituida por la cognición y la intencionalidad (representación), no por la cognición y la conciencia” (Varela et al., 1991, p. 50). Volveré sobre este punto en el capítulo 3, cuando revisemos las teorías de las emociones de corte cognitivo. ↵
- Goldie (2002) dice que los sentires corporales tienen una intencionalidad “prestada” de la intencionalidad del sentir hacia, que mencionaré a continuación. Lo que recibe prestado no es la intencionalidad propiamente dicha, en cuanto los sentires de cambios corporales ya son intencionales (precisamente son acerca de los cambios en el cuerpo), sino que presta la direccionalidad de los sentires hacia fuera del cuerpo, “hacia el mundo que está más allá del cuerpo” (Goldie, 2002, p. 247).↵
- En el mismo sentido en que Jackson se pregunta si Mary aprende algo nuevo al salir de la habitación y tener su primer contacto con objetos de color (Jackson, 1982, 1986). Goldie presenta el caso de Irene –la científica del hielo–, retomando el trabajo de Stocker (1983), y aprovechando el tratamiento de Jackson, dice: “Irene es una científica del hielo. Como tal, conoce todas las propiedades del hielo. En particular, posee el conocimiento completo de los peligros que pueden surgir al caminar sobre hielo; frente a un estanque o lago cubierto de hielo, ella sabrá donde está el peligro. Sin embargo, ella nunca ha sentido miedo (algo improbable, pero no más que Mary y su mundo blanco y negro). Luego, un día, Irene sale a caminar sobre hielo, cae, y por primera vez siente miedo –miedo hacia el hielo peligroso. Ahora sabe ‘desde adentro’, qué es sentir miedo” (Goldie, 2002, pp. 244-245).↵
- Ahora que tengo un sentir “hacia” ese peligro, me encuentro emocionalmente comprometida con el mundo, y preparada para actuar de un modo distinto para la acción causada por esa emoción (Goldie, 2000b, p. 61).↵
- El autor nota que la respuesta posible de un jamesiano sería que, a pesar del relato del sujeto, debió haberlo sentido, socavando la autoridad de la primera persona. ↵
- Prinz (2005a) también acude a la atención para explicar el pasaje de la inconciencia a la conciencia. ↵
- Aquí estaría la experiencia emocional en sentido propio. ↵
- Esto es claramente polémico, Prinz, por ejemplo, reservará el término “sentir” a la percepción consciente de los cambios corporales. ↵
- El mismo James (1894) repasa muchas de estas objeciones, dirigidas tanto a su versión como a la de Lange. Puede verse Ellsworth (1994) y Reisenzein et al. (1995) para una discusión de la teoría James-Lange, su recepción y sus diversos modos de interpretación. ↵
- Cannon mismo admite esta limitación: “debe ser admitido, por supuesto, que no tenemos base real para afirmar o negar la presencia de una “emoción sentida” en estos animales” (Cannon, 1927, p. 109).↵
- El sentido presente de “experiencia” concuerda con la clarificación conceptual que traza Lewis (que tematicé en el capítulo anterior y supondré a lo largo de todo el libro), y que articula con la distinción de Goldie (2000) entre “tener una emoción” y “sentir una emoción”, esto es, entre estar en el estado fisiológico específico y tomar consciencia acerca de su sentir: “… por ejemplo, es posible tener un estado emocional específico pero ser inconsciente de él, ignorarlo, o incluso negarlo” (Lewis, 2008, p. 308).↵
- El determinante crucial para el tipo de emoción experimentada era cómo el individuo explicaba la activación o excitación (arousal).↵
- Debido a la rapidez de procesamiento de la vía subcortical, las representaciones que arroja resultan difusas, inacabadas, y genera a veces reacciones emocionales inadecuadas para determinados estímulos. El costo de un falso positivo (i.e. por una rama que genera una señal de alerta) es ínfimo en comparación con el beneficio que implica para su huida y supervivencia. Este error luego será subsanado cuando, por su parte, la vía cortical, al precio de tomarse un tiempo más prolongado, le proporcione al sujeto las representaciones más definidas o precisas, para que el sujeto sea capaz de descartar la información irrelevante y estar listo para atender a lo que sí concierne a su bienestar.↵








