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5 Continuidad: emociones enactivas

Una zorra gascona, otros dicen normanda,

casi muerta de hambre, vio en lo alto de una parra

unas uvas maduras en apariencia

y cubiertas de una piel bermeja.

La tunante de buen grado se las hubiera zampado;

Pero, como no podía alcanzarlas:

—Están verdes —se dijo—, son buenas para patanes.

¿No fue mejor que lamentarse?

   

Fábulas

Jean de la Fontaine

5.1. Presentación

Son múltiples las razones que llevaron a que durante mucho tiempo las emociones no recibieran un tratamiento adecuado. La reivindicación de las emociones como objeto de estudio científico implicó la subsunción de la “problemática” dentro de los estándares y los interrogantes de la ciencia cognitiva. Eso llevó a que, como he mostrado, la defensa de la “peculiaridad” de las emociones –i.e. la reivindicación de su condición específica y diferente de otros episodios propiamente cognitivos–, adquiriera la forma de una polémica en torno a la caracterización cognitiva o no cognitiva de las emociones, asumiendo en todos los casos el marco conceptual de la ciencia cognitiva, que marcaba el paso con conceptos claves como los de intencionalidad, representación, evaluación cognitiva, etc. Durante buena parte de la investigación acerca de las emociones, combatir los presupuestos del cognitivismo implicó hacerlo dentro de los límites de la ciencia cognitiva clásica u ortodoxa, de modo que negar el conjunto de implicaciones cognitivistas para las emociones equivalió a tomar posiciones del tipo somático/perceptual, que, valiéndose de las mismas nociones cognitivas, instrumentaba ciertas deflaciones para acomodar los ideales biologicistas/innatistas (y así se llegó a hablar de representaciones no conceptuales, valoraciones afectivas, valoraciones corporizadas, etc.).

Sin embargo, la ortodoxia cognitivista de claro espíritu cartesiano ha sido cuestionada en los últimos años por diversas razones, independientes del estudio de las emociones (Calvo & Gomila, 2008; Gallagher, 2005; Noë, 2004; Noë & Thompson, 2002; Rowlands, 2010; Stewart Gapenne & Di Paolo, 2010; Thompson, 2007; Varela, Thompson & Rosch, 1991). Así, poco a poco se ha erigido un nuevo campo de confluencia intelectual (no necesariamente homogéneo) que busca poner en tela de juicio algunos de los presupuestos cognitivistas más básicos. Ya sea para defender como para rechazar algunas de las ideas cartesianas, lo cierto es que el cognitivismo clásico asume sus premisas y los problemas conceptuales que de ellas emanan: cómo dar cuenta de los vínculos entre dos ámbitos (ontológicos, epistémicos o conceptuales) diferentes. Naturalmente, no todo el cognitivismo clásico se declara a sí mismo dualista. La resolución a aquel problema asume distintos perfiles: en un extremo, el clásico dualismo de sustancias o de propiedades; en el otro, diversas formas de monismo –reduccionista, funcionalista, naturalista, etc.–.

El punto que deseo subrayar es que los debates en torno a la caracterización de las emociones también se han articulado a partir de ciertas dicotomías cartesianas. Mientras que los enfoques somáticos se concentran en el cuerpo, y en cómo las alteraciones corporales influyen sobre la mente (y que traté en el capítulo 2), los enfoques cognitivos asumen que deben ocurrir ciertos cambios en la mente en primer lugar, y que son aquellos los relevantes para efectuar una adecuada caracterización de las emociones (que revisé en el capítulo 3).

En este capítulo intentaré mostrar cómo es posible abordar el fenómeno emocional sin buscar acomodar o subsumir el fenómeno a partir de los estándares existentes, sino poniéndolos en duda y contribuyendo a que se consolide un campo de estudio de las emociones con legitimidad propia: la ciencia afectiva. Así como su pariente más cercano –la ciencia cognitiva–, en la ciencia afectiva confluyen los hallazgos de un conjunto de disciplinas de la más diversa índole (psicología, neurociencia, etología, antropología, filosofía, etc.). Aunque este movimiento teórico no sea exclusivo de la investigación emocional, mi interés aquí está puesto en ver cómo el estudio de las emociones se podrá ver favorecido por esta revolución acontecida en el marco de las ciencias cognitivas, que, entre otras cosas, ha dado lugar a la vindicación de modos alternativos de concebir la mente y la vida en general, constituyéndose de este modo un nuevo paradigma: los enfoques heterodoxos de la ciencia cognitiva. Cabe señalar que la caracterización adecuada de este nuevo paradigma constituye un desafío en sí mismo, en cuanto que además posee la dificultad añadida de ser un campo disciplinar en plena expansión. En lo que sigue, asumiré ciertas posiciones de algún modo estándar en la presentación de la oposición de estos enfoques[1].

De modo que, dentro del marco de la ciencia afectiva, el enactivismo se postula como un marco conceptual capaz de caracterizar a la afectividad de modo propio, genuino (no derivado).

5.2. Percepción, cognición y el cambio de paradigma

Permítaseme recordar la reflexión que Hanson (1971) realiza sobre la imparcialidad de la observación[2]. Si bien hay un sentido en el que puede decirse que dos personas que miran una misma cosa “ven lo mismo”, puesto que puede describirse el mismo proceso fisiológico por el cual se forma la misma imagen en sus retinas, también hay un sentido en el que puede afirmarse que esas mismas dos personas “no ven lo mismo”, dado que ven escorzos diferentes del mismo objeto. Pero existe un tercer sentido, distinto a los dos últimos y por demás interesante, en que dos personas pueden no ver lo mismo frente al mismo objeto, a pesar de que la recepción del input en los globos oculares sea idéntica. El ejemplo que utiliza Hanson para dar impulso a su reflexión es la forma en que Tycho Brahe y Kepler ven una misma puesta de sol. Al afirmar que estos dos científicos pueden ver cosas distintas frente al mismo atardecer, Hanson no se refiere a la idea de que interpretan de manera diferente las mismas observaciones, debido a que bajo tal perspectiva se encerraría una duplicación de componentes (uno óptico y otro interpretativo). Hanson, basándose en las figuras reversibles con las que los psicólogos de la Gestalt ya mostraban que la observación no era un fenómeno pasivo, intenta mostrar cómo científicos que fueron sometidos a distintos entrenamientos y educación, y que en consecuencia conciben el mundo a partir de teorías diferentes, pueden en ocasiones dar lugar a distintas organizaciones en la percepción. “¿Qué puede cambiar? Nada óptico o sensorial se ha modificado, y, sin embargo, uno ve cosas diferentes. Cambia la organización de lo que uno ve” (Hanson, 1971, p. 89).

La relevancia de este cuestionamiento de Hanson, para los propósitos de este trabajo, es doble: en primer lugar, apunta a marcar cierta diferencia de espíritu entre las perspectivas ortodoxa y heterodoxa –más allá de la discusión interesante, aunque no la profundizaré aquí, acerca de su (in)conmensurabilidad (Kuhn, 1970)–. En segundo lugar, en cuanto invita a revisar la noción estándar de la percepción, entendida como la recepción pasiva del estado de cosas en el mundo, los estados perceptivos como estados brutos que representan en la mente lo que hay en el mundo, y lo hacen de modo transparente; estados que han sido canónicamente opuestos a los estados interpretativos, valorativos, etc. (actividades paradigmáticamente cognitivas).

Una vez que se ha hecho lugar a estas críticas, la percepción en su totalidad debe ser redefinida, perdiendo su transparencia y su objetividad, antes características. Una consecuencia inmediata y sumamente interesante será que concebir a las emociones como percepciones (o sentires, de cambios corporales) ya no implicará de ninguna manera la pasividad del sujeto, ni la homogeneidad o uniformidad, haciendo sencilla la resolución de las objeciones canónicas a las teorías somáticas/del sentir (la que denominé “objeción de la univocidad fisiológica” (2.6.2.): ya no es necesario que cada emoción tenga una fenomenología distintiva, puesto que es el proceso mismo de la percepción el que puede dar lugar a experiencias emocionales distintas, de acuerdo a los intereses o la situación peculiares del organismo.

Pero, antes de entrar de lleno en el nuevo paradigma, resulta deseable convenir sobre los puntos en los que esta heterodoxia en la ciencia de la mente innova respecto de lo que llamamos “cognitivismo clásico” (ortodoxo). A tal efecto, retomaré brevemente algunos de los postulados básicos del cognitivismo clásico, que han sido presupuestos a lo largo del trabajo reconstructivo de los capítulos anteriores. Esta reconstrucción no pretende ser exhaustiva, sino meramente busca poner de manifiesto cierto conjunto básico de compromisos teóricos de los que se nutre el cognitivismo clásico (a fin de poder oponerlo, en las secciones que siguen, a la nueva ciencia de la mente).

Siguiendo la reconstrucción que Rabossi (1995) hace de la ciencia cognitiva, como matriz teórica que aglutina a la filosofía (de la mente y del lenguaje), la psicología cognitiva, las neurociencias, la lingüística y la computación, se encuentran las siguientes ideas:

  1. Sistema cognitivo: se define a partir de la labor de procesamiento de la información.
  2. Procesamiento de información involucra reglas, elementos simbólicos con propiedades formales y operaciones computacionales (algorítmicas) sobre aquellos.
  3. Los elementos simbólicos tienen un carácter representacional.
  4. El estudio de los mecanismos cognitivos se da en un nivel de análisis abstracto, el nivel computacional (el software de la metáfora computacional).
  5. Todo proceso cognitivo abstracto posee asimismo una base física de implementación (el hardware) no específica, permitiendo que un mismo algoritmo o proceso computacional pueda implementarse en diversas bases físicas (tesis de la realizabilidad múltiple).

Hay varias maneras diferentes de presentar esta “nueva ciencia de la mente” y su oposición a la ortodoxia cognitivista, y, aunque la reconstrucción de los diversos modos constituye un tema sumamente rico e interesante, excede los límites de este trabajo[3]. En lo que sigue, ofreceré una caracterización alternativa específica (aunque parcial), cuyo espíritu es el de superar las limitaciones impuestas por la metáfora del ordenador, y sus implicancias conceptuales ligadas a la tesis funcionalista de la realizabilidad múltiple: el cuerpo humano no sería simplemente una implementación del “programa” emocional (entre otras posibles).

Susan Hurley ofrece un interesante diagnóstico de la ciencia cognitiva clásica y sus problemáticas. La autora caracteriza a la ciencia cognitiva a partir de lo que denomina “modelo sándwich” de la mente (1998), puesto que asume la doble disociación de la percepción y la acción, donde la primera es completamente pasiva, y la segunda, puramente activa. La visión input/output a la que se opondrá queda exquisitamente resumida en las siguientes líneas:

Una visión de la mente sostenida con mucha frecuencia tiene dos componentes principales. El primero es una visión de la percepción y la acción como separadas la una de la otra y como periféricas. El segundo es una visión del pensamiento o la cognición como el núcleo central de la mente, al menos para las criaturas con habilidades cognitivas. La cognición es virtualmente central, aun si la mera implementación de los procesos cognitivos fuese distribuida. La mente se descompone verticalmente en módulos: la cognición hace de interfaz entre la percepción y la acción. Percepción y acción no sólo están separadas la una de la otra, sino también de los procesos superiores de la cognición. La mente es un tipo de sandwich, y la cognición es el relleno (Hurley, 1998, p. 401).

Esta imagen capta a la perfección el espíritu de la ortodoxia cognitiva, y al mismo tiempo permite vislumbrar las razones por las que las emociones hayan quedado tanto tiempo fuera del interés de las investigadoras, así como también explica por qué su incorporación al estudio dentro del paradigma de la ciencia cognitiva se tradujo en una fuerte cognitivización del fenómeno. En esta concepción clásica, como también mencioné antes, la cognición se produce en un sistema central que sirve de mediador y transforma la información recibida por los sistemas periféricos de entrada (input), arrojando resultados a través de sus sistemas de salida (output), es decir, la acción. Nótese que el rol mediador de la cognición gravita, a su vez, sobre una concepción –también cristalizada– de la percepción, como sistema receptivo, pasivo, que incorpora de modo transparente (objetivo) cierta información que el mundo le provee, valiéndose de representaciones. De modo que, además de la consideración del modelo sándwich de la cognición, habría que explicitar la “tesis de la transparencia de la percepción”, cuyo cuestionamiento resulta fundamental a fin de proveer una presentación adecuada de qué son y cómo tienen lugar las emociones.

Esta visión segmentada de la mente es la que combatirán los enfoques heterodoxos de la mente, tal como expresan Varela, Thompson y Rosch en el emblemático libro The Embodied Mind:

El mundo y quien lo percibe, se definen recíprocamente. Este énfasis en la mutua definición nos permite buscar una vía media ente el Escila de la cognición como recuperación de un mundo externo pre-dado (realismo) y el Caribdis de la cognición como proyección de un mundo interno pre-dado (idealismo). Ambos extremos se basan en el concepto central de representación: en el primer caso la representación se usa para recobrar lo externo; en el segundo se usa para proyectar lo interno. Nuestra intención es sortear esta geografía lógica de “interno/externo” estudiando la cognición ni como recuperación ni como proyección, sino acción corporizada (Varela et al., 1991, p. 202).

La reconceptualización de la cognición, de su rol y de sus relaciones con otros “subsistemas” de la mente invita asimismo a una reconceptualización de su relación con el mundo, del modo en el que se constituye el significado. En este contexto, el significado ya no resulta provisto por el mundo de manera acabada o completa. Pero esta situación no debe confundirse con la “incompletud” inherente a la percepción ­–en el sentido que ofrece Husserl y su versión fenomenológica­– que refiere a la variada disponibilidad de escorzos, y la multiplicidad de enfoques o perspectivas. Varela et al. sostienen que el organismo y el medio ambiente están mutuamente plegados (enfolded) de múltiples modos, y que “lo que constituye el mundo de un organismo es enactuado por la historia de acoplamiento estructural de ese organismo” (Varela, Thompson, & Rosch, 1991, p. 235). Así, los autores buscan separarse tanto de enfoques dualistas, dentro de los cuales el organismo se representa internamente estados de cosas en el mundo exterior (predados), como de abordajes radicalmente monistas, como la teoría ecológica de la percepción de J. Gibson (1986).

A pesar del distanciamiento explícito que manifiestan en sus textos, cabe destacar que Varela et al. comparten cierto espíritu con la propuesta de Gibson. Esto es así porque consideran que la idea gibsoniana de que el entorno exhibe ciertas affordances –i.e. oportunidades o facilitaciones para ciertas interacciones, vinculadas a las posibilidades sensoriomotoras del organismo– es compatible con su enfoque de la acción guiada perceptivamente o acción corporizada. Sin embargo, también llaman la atención sobre otros aspectos que son incompatibles con su visión enactiva. La teoría ecológica de la percepción visual de Gibson se propone describir la percepción de modo tal que muestre cómo se constituye el entorno o ambiente para quien lo percibe. El concepto clave para dar cuenta de esta constitución de significado perceptivo es la noción de “oportunidad para la acción” (affordance), que implica la postulación de propiedades no físicas, es decir, propiedades que no están en el mundo físico, sino que emergen de la interacción del organismo (con una historia y determinadas capacidades sensoriomotoras) con el ambiente[4]. Pero, además, y es allí donde los senderos se bifurcan, para Gibson “el mundo visual resulta de escoger información invariante en un ambiente” (Gibson, 1986, p. 197). Es decir, el enfoque ecológico es una teoría de selección de información (theory of information pickup), que ya se encuentra dispuesta de modo invariante en la realidad, lista para ser descubierta. Es en este sentido en que la teoría de Gibson de la percepción como detección directa es monista, e implica que el ambiente es independiente y está a la espera de ser descubierto (bajo la forma de “oportunidad para la acción”). Esto, tomado de modo estricto, es claramente incompatible con el enfoque enactivo, cuya tesis fundamental postula la emergencia del entorno o medio ambiente, que se concibe como enactuado por historias de acoplamiento. No obstante, en la literatura estas diferencias suelen pasarse por alto, primando el espíritu compartido.

La percepción directa de oportunidades para la acción implica la percepción directa de significados, y es precisamente aquello lo que posibilita que un mismo objeto físico pueda ser percibido de modo diverso por diferentes animales, o por dos seres humanos con distintos intereses. Gibson rechaza la idea de que los “valores” solo existan en la palabra o en la mente: si se piensa en términos de un entorno con oportunidades para la acción, no se necesita tomar partido por la disputa cartesiana y asumir que los valores deben ser físicos (objetivos) o mentales (subjetivos): “Existe un solo ambiente, aunque contiene muchos observadores, con oportunidades ilimitadas para que vivan en él” (Gibson, 1986, p. 129). Pero lo que es más importante aún, para los efectos de mi investigación en emociones, es que,

todas estas ventajas y lesiones, seguridades y peligros, estas oportunidades para la acción negativas y positivas son propiedades de las cosas tomadas con referencia a un observador, pero no propiedades de las experiencias del observador. No son valores subjetivos; no son sentires de placer o dolor añadidos a las percepciones neutrales (Gibson, 1986, p. 129).

Aquí Gibson está brindando la llave para entrar en el universo de los valores y, al mismo tiempo, la clave para sortear el problema de su estatus ontológico: las oportunidades para la acción no pertenecen ni al mundo físico ni al fenoménico, no son exclusivamente materiales, ni tampoco mentales.

Y esa es la clave de la perspectiva corporizada moderna de la mente, que asume una relación transaccional y recursiva entre el cuerpo y la mente (y el entorno), y que, al hacerlo, no se apoya sobre el dualismo cartesiano que trata a la mente y al cuerpo como causas separadas e independientes de las emociones (Barrett & Lindquist, 2008, p. 246).

Pasaré entonces a las perspectivas que son manifiestamente heterodoxas, en este sentido de que defienden y se enmarcan en un paradigma poscognitivista, tal como la denominan Calvo y Gomila (2008).

5.3. Ciencia afectiva y enactivismo

Tal como mencioné anteriormente, el enactivismo es uno de los caminos que tienen origen en el cuestionamiento de las tesis fundamentales de la tradición cognitivista clásica, y se caracteriza por defender una concepción de la mente en la que rigen los siguientes criterios:

  1. Los seres vivos son agentes autónomos que activamente generan y mantienen sus identidades, y así enactúan (enact) o crean (hacen emerger) sus propios dominios cognitivos. Esta noción de “agente autónomo” se propone fundamentalmente poner en duda la imagen habitual de un sistema cognitivo (el sujeto) que tiene una relación epistémica con un objeto: el mundo, que exhibe información que se encuentra ya disponible, de modo completo, para quien quiera percibirla. Esa información preexistente sería meramente capturada por el individuo (es información que ingresa a través de los órganos receptivos), es decir, es aprehendida por todos los individuos del mismo modo. En su lugar, el enactivismo defiende una posición más bien constructivista[5], donde el individuo es agente, esto es, tiene un rol activo en la conformación del objeto que “percibe”. La información, el mundo, surge de las continuas interacciones del sujeto con el ambiente: es transaccional. De ello se sigue que:
  2. El mundo de los seres cognitivos no es un terreno externo, que ha sido especificado previa e independientemente al individuo y que este se representa internamente. Por el contrario, se trata de un dominio relacional, llevado a cabo por la agencia del ser autónomo, y su peculiar modo de vincularse con el ambiente.
  3. La cognición es una forma de acción corporizada: el acoplamiento sensorio motor entre el organismo y el medio ambiente modula, pero no determina, la formación de patrones endógenos y dinámicos de actividad neural. Esta actividad, a su vez, informa el acoplamiento sensorio motor, de modo que todo el organismo corporizado puede ser visto como un sistema autónomo autoorganizado que crea significado.
  4. La experiencia no es un asunto epifenoménico, sino una cuestión central a toda búsqueda de comprensión de la mente.

Colombetti y Thompson (2007) sintetizan la revolución conceptual a la que invitan desde el enactivismo, condensando tanto tesis corporizadas como extendidas de la mente, en las que los recursos ambientales desempeñan un rol necesario y constitutivo en la cognición (Clark, 1997; Clark & Chalmers, 1998). En pocas palabras, de acuerdo con la propuesta enactiva, que la mente humana sea corporizada implica, como mínimo, extender los límites de lo mental/cognitivo más allá de los límites del cráneo (i.e. la tesis de la mente extendida). La mente humana es corporizada en el organismo y situada en el mundo: “… el significado y la experiencia son creados por o llevados a cabo [enacted through] a través de la continua interacción recíproca del cerebro, el cuerpo y el mundo” (Colombetti & Thompson, 2007, p. 56).

Este cambio conceptual tiene consecuencias directas sobre la concepción de las emociones, que se manifiestan, en particular, a partir de la redefinición de la noción de “valoración” (noción central en el marco de las teorías cognitivas de las emociones): “La valoración no es un proceso cognitivo de evaluación subjetiva ‘en la cabeza’, y la excitación y la conducta no son concomitantes corporales objetivos. Más bien, los eventos corporales son constitutivos de la valoración, tanto estructural como fenomenológicamente” (Colombetti & Thompson, 2007, p. 58).

Resulta muy interesante ver cómo el enactivismo recupera un rasgo o noción proveniente del marco conceptual previo. Aunque estrictamente su surgimiento es anterior a ‘la revolución de las ciencias cognitivas’ del siglo XX, su apropiación y ulterior desarrollo sí fue responsabilidad de la concepción cognitiva clásica. Me refiero a la visión dimensional, originalmente concebida por Wundt (1910), retomada por Arnold (1960) de la mano de su noción de appraisal, y perfeccionada por Lazarus (1991) a partir de su tipificación en temas relacionales centrales, evolución que fui examinando a lo largo de los capítulos 3 y 4.

La novedad que opera Colombetti (2005, 2007, 2010, 2014), sin embargo, radica en la comprensión que le cabe de la naturaleza de aquellas valoraciones, en cuanto que “evaluar [evaluating] el mundo y responder emocionalmente a él no son procesos distintos” (Colombetti, 2014, p. 111). Desde su perspectiva enactiva, ella concibe el proceso de valorar (appraising) “como una actividad del organismo, no separada sino superpuesta con lo que usualmente son vistos como componentes corporales, no cognitivos de las emociones” (Colombetti, 2014, p. 112). Es decir, la propuesta de Colombetti va más allá de los planteos que intentaban recuperar el lugar del cuerpo en la emoción, como, por ejemplo, el trabajo de Robinson (2005). Para la última autora, luego de la percepción “neutral” del objeto –en el sentido de no afectiva–, en algunos casos sobreviene una valoración afectiva, que es la responsable de los cambios corporales y los sentires correspondientes. En este sentido, la propuesta de Robinson, como la de Prinz, es corporizada, en cuanto reivindica el valor del cuerpo, pero no consigue integrarlo verdaderamente al funcionamiento cognitivo del sujeto, como un todo orgánico.

Lo interesante de esta propuesta, y la razón por la que la encuentro más adecuada que las versiones híbridas dentro de la ortodoxia cognitiva, es precisamente que la valoración no surge aquí como consecuencia de una necesidad teórica. En las teorías cognitivas, desde Arnold hasta Lazarus, así como también en la teoría mixta de Robinson, la valoración se introduce en la economía conceptual para atender a una necesidad específica, responder el enigma: cómo dar cuenta de la variabilidad de reacciones emocionales, frente a estímulos idénticos; cómo dar cuenta de las reacciones emocionales opuestas que tenemos Antonio y yo frente a su mascota, la boa (véase el apartado 2.6.4, “El problema de la variabilidad emocional”). Manteniendo incuestionable la neutralidad de la percepción, la variabilidad debe explicarse por la participación de otro mecanismo. Cabe recordar las palabras de Arnold: “El estimar cómo nos afecta personalmente parece requerir un paso más allá de la percepción que no puede ser la función de ninguna modalidad sensorial sola ni de todas ellas juntas” (Arnold, 1960, p. 188). En el contexto del poscognitivismo es el organismo, en su corporalidad o a través de ella, el que aprecia, valora o juzga cuando responde afectivamente. No hay dos instancias ni cosas distintas, solo está el cuerpo reaccionando ante determinadas señales y valiéndose de determinados recursos –por ejemplo, los marcadores somáticos de Damasio (1994)–. Más aún, descomponer esa valoración, evaluación o juicio en cuatro, seis u ocho dimensiones da como resultado una versión superintelectualizante, hipercognitiva de la emoción y lo que sucede de hecho cada vez que una emoción tiene lugar en el organismo. Lo que busco remarcar es que el rol protagónico aquí lo tiene el organismo, como un todo, que tiene un cuerpo, ya que es el organismo como un todo el que valora: el que ve al entorno y sus potencialidades, en relación con sus intereses, metas, necesidades, etc., lo cual da lugar a peligrosidades, alegrías y demás. No obstante, no se sigue de esto que el análisis y la división de la emoción a partir de la interacción de ciertas dimensiones no tenga sentido. El punto es, más bien, que desmontar es post-hoc, la emoción ya tuvo lugar, el organismo ya hizo una apreciación de su situación en el entorno; luego, el análisis dimensional podrá funcionar en pos de una racionalización de lo ya acontecido, de la experiencia vivida.

Nótese que, compartiendo el espíritu conciliador de las versiones híbridas, el enfoque enactivo da un paso más: al quebrar los límites del marco conceptual del cognitivismo clásico, no le suma el cuerpo a la cognición, sino que evita la división en primer lugar. En ese sentido, dado que el enactivismo ofrece una respuesta interesante e iluminadora sobre el problema mente-cuerpo, la concepción que tiene de las emociones se nutre de ese beneficio.

En resumen, la propuesta de Colombetti y Thompson, al reapropiarse de la noción de valoración, más bien hace patente no solo cuán compatible esta es con el marco conceptual enactivo, sino incluso cuánto se avanzaría conceptualmente en un abordaje valorativo si este se atreviese a reemplazar su concepción cartesiana clásica de la cognición y la mente toda por aquella propia de la nueva ciencia de la mente. A continuación, entonces, explicaré cómo es que opera esta valoración enactiva.

5.3.1. Enacción, valores y construcción de sentido

Colombetti (2010) brinda algunas precisiones adicionales respecto del modo en que el organismo asigna valores, valiéndose de la noción enactiva de “construcción de sentido” (sense-making)[6],[7] de Di Paolo (2005). Aunque Di Paolo no se ocupe explícitamente de las emociones, Colombetti defiende que las actividades de construcción de sentido pueden ser naturalmente entendidas como el “reconocimiento del carácter emocional constitutivo de la enacción” (Colombetti, 2010, p. 147). En este sentido, la elaboración adecuada de estas nociones no solo arrojaría luz sobre la naturaleza de las emociones, sino que adicionalmente contribuiría a una mejor comprensión del carácter enactivo de la cognición y la relación organismo/ambiente.

Habida cuenta del problema que surge con la desaparición de causas finales en biología, Weber y Varela (2002) hacen lugar para las finalidades de índole natural, echando mano a la teoría de la autopoiesis y su noción de sistema autónomo (Maturana & Varela, 1980). Según Weber y Varela, los organismos son autopoiéticos en dos sentidos: en cuanto (1) generan continuamente las condiciones para su propia conservación, esto es, a partir del intercambio con el ambiente, manteniendo cierta temperatura, etc., y así (2) establecen el límite entre ellos mismos y el entorno, constituyéndose a sí mismos como unidades. En esa delimitación/constitución, emerge el punto de vista del organismo, esto es, una perspectiva propia, orientada a la organización autopoiética, es decir, relativa a sus intereses y sus necesidades para la supervivencia.

Esto necesariamente implica adoptar una posición distintiva respecto al surgimiento del significado: el mundo no está ahí afuera, completo, esperando que el organismo lo conozca –se lo represente internamente–. Una vez más, no hay un mundo predado. El entorno es siempre aprehendido como significativo, y ese significado es relativo a la perspectiva o el punto de vista de cada sistema vivo. En ese sentido, recuperan la noción de Umwelt (Von Uexküll, 1921), o mundo egocéntrico (selfcentered world), que rescata la posibilidad de que dos organismos vivos que comparten el mismo ambiente físico-natural, no obstante, tengan distintos mundos significativos, en este sentido egocéntrico.

Pero la idea de construcción de sentido de Di Paolo da un paso más. En su búsqueda por dar lugar a la emergencia de distintos niveles de significatividad, Di Paolo (2005) propone explicitar un aspecto adicional de los seres vivos: su adaptabilidad (adaptivity) (monitoreo, control de regulación interna, control de cambios externos). El punto de Di Paolo es que estas propiedades están directamente implicadas por el presupuesto de que los organismos tienen una perspectiva acerca del mundo, de modo tal que adaptabilidad y autopoiesis “son esenciales para naturalizar la ‘construcción de sentido’” (Di Paolo, 2005, p. 430). En resumen, los sistemas vivos, por definición, están motivados a preservar su integridad (autopoiesis) y a satisfacer sus preferencias (adaptabilidad) (Colombetti, 2010, p. 149).

La relevancia de este conjunto de distinciones en este contexto radica en que la teoría de la autopoiesis no es meramente una teoría acerca de los organismos en cuanto sistemas vivos, sino que, siguiendo a Varela (2007, cap. 6), se asume que cualquier sistema autopoiético es un sistema cognitivo. En ese sentido, la teoría de la autopoiesis, como la teoría de construcción de sentido, es una teoría de la cognición de los sistemas vivos, qua sistemas cognitivos. La apuesta, entonces, es que este esquema de pensamiento permita además desarrollar una teoría de las emociones. En este esquema, las emociones básicas como miedo, ira, etc. –que fueran el eje de la investigación estándar en ciencia cognitiva–, serían solo “algunos de los muchos modos en los cuales el ‘construcción de sentido’ se manifiesta en la experiencia y el cuerpo” (Colombetti, 2010, p. 150).

El principal corolario de esta concepción es que, bajo estos supuestos, emoción y cognición no se distinguen, al menos, cualitativamente. Por el contrario, Colombetti destaca que su perspectiva no admite la posibilidad de que exista cognición no emocional (emotionless cognition).

5.4. Las teorías enactivas de las emociones

He dicho que el modo en que la “nueva ciencia de la mente” se opone a la ortodoxia cognitivista no es unívoco, cuestión que se ve agravada por tratarse de un espacio en pleno desarrollo.

En este capítulo me encargué de examinar uno de los modos en que se da esta rebelión contra la ortodoxia cognitiva clásica, a partir de la reivindicación de nociones como la de “corporización”, que, siendo tan antigua como William James, es ahora revisitada desde el poscognitivismo, configura el espacio enactivista. El proyecto de Colombetti apunta a proveer una visión enactiva de los aspectos valorativos de las emociones, mostrando que el elemento cognitivo pretendidamente irreducible de la visión cognitiva ortodoxa –la valoración– queda naturalizada en el marco de la ciencia enactiva, a la luz de la noción de construcción de sentido. Esto resulta notable, a su vez, en cuanto la noción de “construcción de sentido” rige para los organismos vivos en sentido amplio, desde los organismos unicelulares hasta los seres humanos con conciencia reflexiva, y este modo de concebir la vida y la cognición permite evitar ciertas objeciones en torno a la atribución de emociones a animales no humanos e infantes prelingüísticos.

La reconceptualización poscognitivista de la noción de valoración, antiguamente bandera del cognitivismo emocional, resulta central. Como traté extensamente en el capítulo 3, la postulación original de Arnold y los desarrollos subsiguientes de la noción de valoración cognitiva implicaban que la reacción emocional estaba constituida por ciertas apreciaciones que el sujeto realizaba del entorno, y su situación peculiar en él (sus intereses, metas, etc.). Esta formulación inicial implicaba mantener separados los dominios de la percepción y la cognición, puesto que esta valoración cognitiva (constitutiva de la emoción) sobrevendría ulteriormente a la percepción del objeto –percepción que así mantenía su ideal objetivo–. Es decir, la valoración cognitiva nacía para atender el problema de la variabilidad de las respuestas emocionales[8], frente a los hechos objetivos del mundo (así como también las teorías cognitivas en su vertiente etiquetadora brindaban una solución al problema de la unicidad fisiológica en cuanto productora de emociones).

Finalmente, resulta notable que aquello que surgía como una consecuencia indeseable o problemática en la discusión original entre enfoques cognitivos y somáticos (dentro de la ortodoxia cognitivista), a saber, el desvanecimiento de los límites precisos entre los dominios cognitivos, emotivos y perceptivos, en este contexto se convierte en una fortaleza: se conforma como una de sus tesis centrales, siendo la continuidad entre cognición y emoción una reivindicación explícita, en las dos direcciones: las emociones son cognitivas, pero, además, la cognición es emocional.


  1. Para profundizar sobre esta problemática, puede verse la reconstrucción que Burdman (2016) realiza sobre las tesis fundamentales y los puntos de desacuerdo entre enfoques ortodoxos y heterodoxos de la ciencia cognitiva, así como también ciertos matices que se dan en el seno de las nuevas perspectivas (heterodoxas) caracterizadas por ser corporizadas, enactivas, situadas y extendidas.
  2. El tratamiento que realiza Hanson remite siempre a Investigaciones filosóficas de Wittgenstein (1988) y los diversos trabajos de psicólogos de la Gestalt (por ejemplo, Köhler, 1940, 1947).
  3. Para un análisis detallado de las tesis en juego y la discusión de su interacción o incompatibilidad, pueden consultarse los trabajos de Rowlands (2010) y Burdman (2015).
  4. Existen algunas diferencias entre los seguidores de Gibson respecto de los compromisos ontológicos que asumen las “oportunidades para la acción”. Independientemente de cuál sea el modo adecuado de interpretar a Gibson, mi interés aquí responde exclusivamente a la recuperación que hicieran Varela, Thompson y Rosch, aun cuando pudiera objetarse por no ser fiel al espíritu de Gibson.
  5. Los vínculos teóricos habituales del enactivismo nos remiten hacia la fenomenología, cuyo marco teórico ha sido desarrollado de modo paralelo al de la ciencia cognitiva ortodoxa. Sin embargo, el espíritu de su cuestionamiento es comparable al de la “revolución copernicana” que opera Kant, aun cuando la constitución de ese conocimiento no dependa de categorías (entendidas como formas puras del entendimiento).
  6. Dada la cercanía de la postulación de estos conceptos, originalmente en inglés, no hay aún una traducción estándar de ellas. Un modo literal de traducirlo sería ‘dar sentido’ o ‘dotar de sentido’. Pero, teniendo en cuenta el tipo de actividad que nombra, i.e. con su carácter dinámico (en sentido de proceso, extendido en el tiempo) y agencial/activo de parte del sujeto, sigo la traducción que hace Burdman (2016) por ‘construcción de sentido’.
  7. Son aquellas “actividades de construcción de sentido” las que permiten distinguir entre encuentros netamente físicos y encuentros en cuanto sistemas propiamente cognitivos: solo en los últimos el organismo establece una interacción con el entorno y regula su acoplamiento a él: “Los intercambios con el mundo son inherentemente significativos para el que cognoce y esto es una propiedad definicional para el sistema cognitivo: la creación y apreciación de sentido o ‘construcción de sentido’ en breve” (De Jaegher & Di Paolo, 2007, p. 488).
  8. Véase apartado 2.6.4. para el tratamiento de esta objeción.


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