When consciousness is available,
feelings have their maximum impact,and individuals are also able to reflect and to plan.
They have a means to control
the pervasive tyranny of emotion:it is called reason.
The Feeling of What Happens
Antonio Damasio
6.1. Desde la polisemia
Este libro ha recorrido un largo camino desde el planteo inicial, frente a dos grandes teorizaciones acerca de qué son las emociones. Y, puesto que ambas pretendían dar cuenta del mismo fenómeno, y lo hacían de modos contrarios (técnicamente, no pudiendo ser ambas verdaderas), resultaron instituidas en la literatura sobre las emociones como teorías antagónicas e irreconciliables.
A esta altura puede decirse que ha quedado bien establecido que las emociones son fenómenos complejos, es decir, se trata de fenómenos en los que se encuentran involucrados aspectos diversos y elementos de diversa índole (apreciaciones acerca el entorno, alteraciones corporales, tendencias de acción, etc.). En los primeros capítulos de este libro (1-3), he mostrado cómo este carácter complejo (entre otras cosas) ha llevado a muchos investigadores a preguntarse cuál/es de el/los –si alguno/s– cumplen un rol esencial, cómo estas partes se coordinan en un todo coherente, y cómo dan lugar a tipos emocionales diversos, así como también señalé los problemas que surgen en el seno de cada uno de los enfoques somático y cognitivo (2.6 y 3.6., respectivamente).
Frente a esta situación, han aparecido respuestas de diverso calibre. Por una parte, se han ofrecido alternativas reconciliatorias, superando el pretendido antagonismo, lo cual dio lugar a los enfoques híbridos o psicosomáticos (capítulo 4), que también cuentan con sus propias limitaciones.
Por otro lado, y más recientemente, han comenzado a aparecer algunos ensayos que dan por superada la disputa, no a partir del compromiso o la conciliación, sino, por el contrario, en virtud del abandono de los lineamientos iniciales que condicionaron el debate. Me refiero a los enfoques corporizados y enactivos de la mente y la cognición (capítulo 5), que han irrumpido en la escena de la ciencia cognitiva clásica para sacudirla hasta sus cimientos y originar el nacimiento de la “nueva ciencia de la mente” o poscognitivismo. La consabida ruptura implicada en este viraje hacia el enactivismo incluye su propio conjunto de desafíos y ciertas ventajas con respecto al modo clásico de concebir la mente (y así, la cognición, la percepción y las emociones, entre otras cosas). Quedará pendiente para futuras elucidaciones indagar cuál es el alcance de la ruptura, es decir, si es tan radical como para socavar la posibilidad de realizar comparaciones, es decir, si cognitivismo y poscognitivismo son en realidad inconmensurables, y, si lo fueran, en qué sentido lo son (inconmensurabilidad empírica, teórica, metodológica, axiológica, etc.) (Kuhn, 1970).
Otra respuesta al problema planteado a partir de la complejidad del fenómeno y el impacto que esta ha tenido sobre la investigación de las emociones ha sido cuestionar la visión estándar que reúne a todas las emociones justamente bajo un ámbito común, el de lo emocional o lo afectivo, basándose en la idea (preteórica, posiblemente) de que las emociones conforman una clase natural (Griffiths, 1997, 2004; Rorty, 1980). En este sentido, se ha sugerido la posibilidad de prescindir del concepto general “emoción”, en virtud de la heterogeneidad de sus designaciones (apartado 1.2.1).
Sin embargo, habría un camino adicional que hasta ahora no ha sido indagado: una vez reconocida la manifiesta diversidad dentro del ámbito de las emociones, hay dos actitudes teóricas que se pueden asumir. Una es la que mencioné en el párrafo anterior: el eliminativismo del concepto de emoción, tal como defendió Griffiths (1997) (o de cualquier concepto, incluso del concepto “concepto”). Pero este es solo uno de los cuernos del dilema. La otra posibilidad es adoptar el pluralismo. En este último capítulo, buscaré defender la idea de que una mirada pluralista de las emociones permite, por un lado, acomodar más adecuadamente las intuiciones que se esconden detrás de los diversos enfoques clásicos (somático, cognitivo y psicosomático) y, además, echar luz sobre el verdadero espíritu del debate, que, mal concebido desde sus inicios, estructuró erróneamente la discusión.
6.2. Hacia el pluralismo emocional
Arnold discurre sobre las relaciones entre las emociones y los sentires, reconociendo su semejanza en cuanto que ambos indicarían apreciaciones de agrado/desagrado de alguna cosa o aspecto. Sin embargo, las emociones no son puramente sentires, ya que las emociones “se proyectan hacia un objeto mientras que los sentires meramente indican nuestras reacciones a un aspecto particular de un objeto o una situación” (Arnold, 1960, p. 32). Es decir, así entendida, la emoción propiamente dicha incluiría una suerte de elaboración ulterior, una conexión con el objeto intencional, vínculo que el sentir por sí solo no tendría, al menos no hasta que ocurra la reflexión pertinente.
Esta idea ha aparecido repetidas veces a lo largo de todo este trabajo, pero no es por su originalidad por lo que la destaco en esta oportunidad. El punto aquí es que esta observación no hace necesariamente que la teoría somática sea falsa o inadecuada. Más bien, esta reflexión pone de manifiesto que las teorías somáticas y las cognitivas de las emociones pretenden recoger sentidos diferentes del referente emocional, y al hacerlo realizan recortes distintos de ese dominio emocional, planteando enigmas diferentes y en principio intraducibles. Sin embargo, lo que he querido mostrar es que es plausible defender un enfoque amplísimo en el que estas teorías pretendidamente antagónicas se reúnan, aunque no necesariamente se reconcilien. El punto es que se puede mantener un enfoque general pluralista, donde cada teoría tenga un espacio, de acuerdo con los propósitos específicos que persigue y cumple.
Así, las teorías somáticas abordan problemáticas vinculadas a lo que Arnold circunscribe al mero sentir (aunque atribuyéndole pleno rigor emocional); mientras que las teorías cognitivas atienden más bien al modo en que esas reacciones, como indicadores de valoraciones de la interacción organismo/ambiente, se incorporan al “relato” que el sujeto realiza de su propia vida (donde ya no importa tanto la causa de episodio emocional, como el objeto intencional, conformado en el mismo relato/reflexión).
En este sentido, es posible ofrecer una posición que reúna muchas de las intuiciones que fueron apareciendo a lo largo de este libro, en un único marco plural común, donde se distinguen: (1) estado emocional, (2) episodios emocionales y (3) emociones como (meta)programas.
(1) Hay estados emotivos, en sentido somático: alteraciones corporales, fisiológicas y sentires, que nos permiten navegar en el ambiente y que cumplen un rol en la economía psicológica de las personas, sirviendo de base para la toma de decisiones, la moralidad, etc. Estos estados así entendidos son constructos teóricos con los que opera la ciencia experimental, en el sentido de que, lejos de ser directamente observables, son inferidos a partir de la conducta manifiesta del individuo (acciones, expresiones, etc.). Entendidas las emociones de esta manera, surge la pregunta acerca de cuáles serán agentes causales (externos) apropiados.
Estos estados se definen como constelaciones particulares de cambios en la actividad somática y/o neurofisiológica. Los estados emocionales pueden ocurrir sin que el organismo sea capaz de percibir estos estados. Los individuos pueden estar enojados como consecuencia de una causa particular y sin embargo no perciben el estado de ira en el que están (Lewis, 2008, p. 308)
Ejemplo de ello son los casos de Carlos, del conductor que maniobra para evitar un choque y solo en segunda instancia recapacita sobre el peligro que corrió y el miedo que tuvo (pero que no sintió en el momento en que reaccionó y consiguió evitar exitosamente la fuente de peligro), el de los infantes prelingüísticos que exhiben miedo frente a un precipicio visual, y tantos otros presentados a lo largo de estas páginas para ilustrar los diferentes puntos.
Naturalmente, estos estados, entendidos como constructos teóricos, inferidos a partir de otros elementos observables, no son los referentes típicos de los términos de emociones del lenguaje ordinario.
(2) Hay emociones, en un sentido más amplio, que incluyen otro conjunto de factores cognitivos, y que hasta pueden operar modificaciones sobre los estados fisiológicos iniciales (aquí están las emociones como motivos de Kenny; la emoción atravesada por el juicio de Solomon; la emoción secundaria de Damasio; la emoción resultado del monitoreo cognitivo y etiquetada, de Robinson; la emoción como conciencia reflexiva del sentir de Goldie).
La gramática de nuestros conceptos psicológicos ordinarios, entre los que se encuentran nuestros conceptos de emoción, rige precisamente en el ámbito de los episodios emocionales así distinguidos. En este sentido, cabe resaltar que Kenny está defendiendo una posición marcadamente wittgensteniana, según la cual “una explicación en términos de razones no es una forma de, no es reducible a, y es ciertamente incompatible con la explicación causal” (Wilson, 1972, p. 3). Es en este nivel en que me pregunto por las condiciones de adecuación de conceptos como “miedo” o “amor”, y en donde incumben expresiones del tipo “Hizo tal cosa por amor” o “Actuó así por miedo (a…)”. Kenny estaba pensando en este nivel, el de lenguaje ordinario, y es allí donde es relevante notar que todas las actitudes proposicionales (también las emocionales) tienen objetos formales. Aquí hay un concepto de emoción, aunque, siguiendo a Wittgenstein, podríamos decir que no hay una teoría de las emociones: “el ‘lenguaje ingenuo’, es decir, nuestro modo de hablar ingenuo, normal, no contiene ninguna teoría de la visión –no muestra ningún tipo de teoría, sino tan sólo un concepto de la visión” (Wittgenstein, 1967, p. 223). En este sentido wittgensteniano, mi aserción podría ser todavía más categórica y directamente rechazar que, en el contexto de la vida cotidiana, que obedece a razones, en el nivel personal y el de la psicología folk, opere una teoría en sentido pleno. Pero mi intención aquí no es tan extrema, especialmente en virtud de los avances que ha tenido la investigación de la psicología de sentido común en las últimas décadas (Balmaceda, 2014).
Sin embargo, sí quiero enfatizar lo que considero fue el inicio del desarreglo, aquello que motivó un aparente diálogo (una disputa, más precisamente) entre cosas que eran, en rigor, considerablemente ajenas. Tal como se puede advertir a partir de la cita de Wilson del párrafo anterior, aquí la explicación causal sería metodológicamente inadecuada. Es, por otra parte, dentro del enfoque fisiológico, experimental, impersonal de la ciencia, esto es, específicamente dentro de la investigación sobre las emociones que lleva adelante el enfoque somático[1], donde la explicación en términos causales se vuelve pertinente. Resulta entonces que las condiciones de corrección son diferentes, pero no por eso compiten con las condiciones de atribución gramatical.
Es precisamente a partir de esta divergencia a partir de lo que, en situaciones como las del restaurante de Carlos y Estela (donde ella se muestra celosa, pero solo en segunda instancia se admite o reconoce enojada), las condiciones de atribución de emociones parecen entrar en conflicto. Aquel planteo de situación exhibe cómo se ven entremezclados diversos niveles de análisis: (1) estado emocional (monitoreando los niveles hormonales y expresiones faciales de Estela) y (2) episodio emocional[2].
La diferencia que estoy trazando entre los estados de las ciencias físico-biológicas, que atienden a la fisiología del cuerpo durante la emoción (las teorías somáticas de las emociones), y los episodios de las teorías que dan cuenta del uso de nuestro lenguaje ordinario –resaltando su dinamismo– encuentra cierta anticipación en Aristóteles, cuando decía:
El encolerizarse es un movimiento de tal cuerpo o de tal parte o potencia producido por tal causa con tal fin. De donde resulta que corresponde al físico ocuparse del alma […]. Por otra parte, el físico y el dialéctico definirían de diferente manera cada una de estas afecciones, por ejemplo, qué es la ira: el uno hablaría del deseo de venganza o de algo por el estilo, mientras el otro hablaría de la ebullición de la sangre o del elemento caliente alrededor del corazón. El uno daría cuenta de la materia mientras el otro daría cuenta de la forma específica y de la definición (Aristóteles, Acerca del alma, 403 a-b).
No obstante, “las afecciones del alma no son separables de la materia natural de los animales” (Aristóteles, Acerca del alma, 403 b17), y por tal razón no pueden ser estudiadas prescindiendo de ella (la materia). Aristóteles también critica en su Metafísica a los que pretendieron estudiarlas sin ocuparse del cuerpo correspondiente: “… es el físico quien estudia las formas o afecciones inseparables de un tipo determinado de materia y lo hace atendiendo a aquéllas y a ésta”[3]. Es decir, en Aristóteles se hallan anticipadas también algunas objeciones a las teorías cognitivas de las emociones.
La distinción que propongo entre el estado emocional del que hablan las ciencias psicosomáticas y el episodio emocional que protagoniza nuestros relatos de la vida cotidiana no es exhaustiva. El pluralismo que defiendo también hace sitio para otros enfoques, que, refiriéndose a las emociones, las conciben de modos completamente alternativos: la psicología evolucionista, cuya contribución específica apunta a explicar por qué tenemos las emociones que tenemos. En Melamed (2016a), analicé con cuidado esta opción teórica. En este sentido, las explicaciones evolutivas no tienen el mismo explanandum que las explicaciones proximales, y ha quedado demostrado que tanto las explicaciones evolutivas como las proximales son esenciales para la biología en general (Mayr, 1982), así como para las emociones en particular (Nesse, 1999).
El enfoque plural que defiendo podría reunir en la diferencia (i.e. sin sintetizar y eliminar las diferencias):
- El enfoque físico (reduccionista) –somático– de las causas materiales, psicología experimental (y donde cabrá hablar de estados emocionales).
- El enfoque personal, de la psicología de sentido común, donde rige la gramática del lenguaje ordinario y caben las explicaciones en términos de razones (y aquí hablaremos de episodios emocionales, con sus contenidos correspondientes: aquí una instancia de miedo reposará sobre algunos factores corporales, pero además estará constituido (y constreñido) por un conjunto de representaciones disponibles para el sujeto, i.e. dependerá, entre otras cosas, de la imagen que el individuo tiene de sí mismo, el tipo de explicaciones a las que pueda apelar).
- El enfoque adaptativo de la psicología evolucionista, donde las emociones son metaprogramas, escogidos por selección natural para llevar a cabo tareas de coordinación.
Mi pluralismo, come mencioné más arriba, supone adoptar el “cuerno” no eliminativista del dilema planteado por la diversidad de enfoques y fenómenos a los que una teoría de las emociones debe atender. Mis razones para separarme de Griffiths van más allá de la elección de conservar la categoría vernácula heterogénea “emoción”.
La distinción que propone Griffiths entre diversos tipos de emociones y las correspondientes diferentes teorías que se ocuparían de cada uno de ellos (véase apartado 1.2.) puede parecer coincidente con la partición que yo propongo, pero no lo es. Su distinción recorta el universo de lo que yo llamé “estados emocionales”, hay estados que pueden pertenecer al nivel de los programas afectivos (por ejemplo, el miedo), mientras que otros, al nivel de las emociones cognitivamente superiores (por ejemplo, el orgullo o el placer/gusto estético). Mi perspectiva pluralista no secciona el universo emocional de ningún modo. Por el contrario, muestra que existen diversos conceptos detrás del mismo nombre “miedo”: el (concepto de) miedo de la ciencia psicológica experimental (el sentido de estado inferido), y también habrá miedo como concepto del lenguaje natural, que opera en las explicaciones de nuestra vida cotidiana, al que le cabe el análisis conceptual de la gramática del lenguaje ordinario (el miedo que evita que el estudiante se copie en un examen).
No obstante, mi perspectiva y la de Griffiths están más cerca de lo que parece: aunque defienda una posición explícitamente eliminativista, al mismo tiempo admite que aquel concepto vernáculo, prescindible en el contexto de la investigación científica, sí podría mantenerse en el contexto de la vida cotidiana, en cuanto sirve a otro conjunto de propósitos, distintos de los objetivos que tiene quien persigue la comprensión científica –específicamente, Griffiths sugiere que el concepto ordinario puede ser analizado apelando a la teoría de prototipos (Griffiths, 1997, pp. 242-245)[4]–. Pero el pluralismo que propongo es amplio e incluye también a los conceptos científicos de emoción –no solo al estilo de la distinción de Sellars (1962) entre imagen científica e imagen manifiesta–, ya que admite un pluralismo al interior de diversos programas de investigación científica en torno a las emociones, tales como las neurociencias y la psicología evolucionista, como dije más arriba.
Se vuelve necesario, entonces, especificar un poco mejor en qué consistiría esta posición pluralista que estoy esbozando aquí. Tal como sostuvo Mitchell,
si la ciencia representa y explica la estructura de un mundo, es razonable preguntarse por qué existe tal diversidad de representaciones y explicaciones en algunos dominios. Una respuesta es que esto simplemente refleja la inmadurez de la ciencia (Kuhn, 1962/1970). Sin embargo, la historia nos muestra que muchas ciencias nunca muestran una disminución en la multiplicidad de teorías, modelos y explicaciones que generan. Este “hecho” del pluralismo, a primera vista, parece estar correlacionado no con la madurez de la disciplina sino con la complejidad de la materia. […]. En vez de explicar el pluralismo actual como sintomático de inmadurez, debemos invertir el orden de lealtad. La diversidad de perspectivas no es una vergüenza ni una señal de fracaso, sino más bien el producto de científicos que hacen lo que deben hacer para producir ciencia eficaz. El pluralismo puede simplemente reflejar la complejidad. Pero, ¿qué tipo de pluralismo? ¿Qué tipo de complejidad? (Mitchell, 2003, pp. 2-3).
6.3. Pluralismo explicativo y metodológico
Aunque abogar por un abordaje pluralista amplio no sea una absoluta novedad, su aplicación al ámbito de las emociones sí resulta original. Lo que estoy defendiendo implicaría la aplicación del marco del pluralismo explicativo, utilizado para dar cuenta, entre otras cosas, de la multiplicidad de enfoques en biología y psicología, ahora específicamente para el caso de las emociones.
Chemero y Silberstein (2008) reflexionan en torno a la naturaleza de las explicaciones en ciencias cognitivas y concluyen que no habría razones para adoptar ningún tipo de explicación específica y comprometerse con que este pueda ser utilizado para dar cuenta de todos los fenómenos cognitivos: “Podría creerse que algunos fenómenos cognitivos se explican mejor de manera reduccionista, otros con una historia mecanicista internivel y otros dinámicamente. Más precisamente, los mismos sistemas pueden ser beneficiosamente explicados dinámicamente y de manera mecanicista” (Chemero & Silberstein, 2008, p. 16). También Bechtel (1998), por ejemplo, defendió que los abordajes dinámicos y mecanicistas son complementarios[5].
Frente a la multiplicidad de explicaciones científicas que se brindan de un mismo fenómeno, es menester notar que muchas de esas surgen en respuesta a diversas preguntas. Michel Morange (2015) se interesa primordialmente por la diversidad explicativa en ciencias biológicas, donde se puede observar que las distintas subdisciplinas o áreas buscan dar cuenta de aspectos diferentes de un mismo fenómeno. Dado un fenómeno cualquiera, póngase por ejemplo el sistema visual de un animal, las alas de los pájaros o el corazón humano con su sistema circulatorio, hay (al menos) dos tipos de preguntas muy distintas para realizar: preguntas por el cómo, cuyas respuestas describen los mecanismos subyacentes; y preguntas por el porqué, cuyas respuestas sugieren escenarios evolutivos (Mayr, 1961). Estas preguntas diversas, a su vez, recogen intereses divergentes de los investigadores. Sobre estas ideas se han erigido diversas posiciones en torno a la desunidad de la ciencia (Cartwright, 1980, 1982, 1994; Dupré, 1983, 1996). Aunque también se ha defendido cierto pluralismo, apoyándose en una peculiar concepción ontológica de las clases naturales (Dupré, 1983, 1993).
La situación resulta un poco más complicada cuando las preguntas aparentan coincidir, y, sin embargo, presentan divergencias escondidas. Ese es el caso de las emociones. Las diversas teorías (somáticas, cognitivas) parecían preguntarse por el qué, pero manteniendo intereses discordantes: unos, dar cuenta de las relaciones causales (contingentes) entre eventos del mundo y reacciones emotivas; otros, explicitar las reglas que rigen el modo en que hablamos de nuestros estados emocionales (cómo los atribuimos a otros también), es decir, las reglas detrás de la aplicación de ciertos conceptos, y cómo estos desempeñan un rol fundamental en la comprensión de la acción humana (propia y ajena).
Morange utiliza el caso del cáncer[6] para ilustrar cómo en la investigación entran en competencia diversas explicaciones: en la teoría de la mutación somática, el cáncer es el resultado de una acumulación de mutaciones en las células tumorales, mientras que, en la teoría de células madre, el cáncer resulta de la proliferación de una pequeña fracción de células presentes en el tumor llamadas “células madre” (stem cells), y estas células precursoras son las responsables de la resistencia que presentan los tumores a los tratamientos disponibles. El asunto es que explicar el origen de uno u otro modo no responde exactamente el mismo conjunto de preguntas. Por el contrario, lejos de ser explicaciones antagónicas, aquellas serían totalmente compatibles y podrían combinarse en una: “las mutaciones ocurrieron en una población de células madre”, donde la teoría somática da cuenta de la progresión del tumor, mientras que el modelo de las células madre explica el fracaso de los métodos utilizados para su tratamiento (Morange, 2015, p. 33).
La coexistencia de diferentes explicaciones es también resultado de que los fenómenos estudiados se apoyan sobre cadenas causales extensas: explicar el cáncer de pulmón implica lidiar con la acumulación de mutaciones en las células del tejido pulmonar; pero también atañe a algunas otras cuestiones vinculadas al estilo de vida que llevaba el individuo, que en algunos casos incluye prácticas sabidamente dañinas, tal como fumar cigarrillos. Las dos explicaciones –las mutaciones en el nivel células y el consumo de tabaco– son, en efecto, una sola explicación, aunque la atención se focaliza en distintos pasos de la larga cadena causal, que va desde el hábito fumador, hasta el desarrollo del tumor (Morange, 2015). No reconocer esta riqueza, no ver que la explicación se da en diversos niveles, que existen causas directas y otras remotas, y quedarse únicamente con el aspecto somático de la mutación sería problemático. Como mínimo, sería notoriamente menos eficaz desde la perspectiva de la prevención y la educación para la salud, con el objeto de suspender o evitar hábitos que propicien la generación de tumores, e incentivar conductas saludables.
De este modo, Morange sistematiza las fuentes o los orígenes del pluralismo explicativo (en biología) de acuerdo a las siguientes cuestiones: (a) ontológicas: resultado de la dimensión histórica de los objetos biológicos; (b) epistémicas: (b-i) producto de la naturaleza ambigua de algunas preguntas que disparan o sostienen la investigación; (b-ii) por la existencia de tradiciones explicativas de larga data que entran en conflicto, a pesar de las transformaciones operadas sobre el conocimiento científico (explicaciones sine qua non –que relevan las condiciones de posibilidad–, explicaciones mecanicistas, etc.).
Cabe destacar que mi defensa plural no es un ataque al ideal de cientificismo, que el Círculo de Viena supo traspasarnos. No busco posicionarme respecto de la discusión global de la (des)unidad de la ciencia en general, ni tampoco en la psicología o biología en particular.
Por el contrario, en estas páginas finales, intenté vincular mis perspicacias pluralistas con defensas de enfoques plurales realizadas en otros ámbitos, diferentes también categorialmente (referentes a disciplinas enteras como la psicología o la biología, y hasta la ciencia en su totalidad)[7].
6.4. El futuro de la filosofía de las emociones: heterodoxia y pluralismo
Una buena teoría (científica) de los estados emocionales será aquella que sea capaz de dar cuenta, entre otras cosas, de la variabilidad de reacciones emocionales entre distintos sujetos (intraespecie), e incluso en un mismo sujeto a lo largo de su vida. Esa es, creo yo, una de las cuestiones fundamentales que disparó y mantuvo vigente la investigación de las teorías cognitivas de las emociones, y que incluso quienes rechazaron la mirada hiperintelectualizante de las teorías cognitivas clásicas de las emociones mantuvieron como target (por ejemplo, Robinson, 2005).
En ese sentido, habiendo distinguido dos ámbitos teóricos diferentes, creo que habría buenas “razones” (aunque kuhnianamente no haya razones concluyentes) para completar el cambio de paradigma y abrazar la revolución enactiva. No por sus aciertos, al menos todavía, sino más bien por sus promesas.
El problema fundamental que anima el interés por las emociones podría ser resumido a partir de la siguiente pregunta: ¿cómo se inicia una emoción?; es decir, ¿qué es lo que hace que un objeto del mundo (uno y el mismo objeto del mundo) produzca reacciones emocionales disímiles en diferentes sujetos, o en dos instancias de la vida de un sujeto, o que incluso no genere directamente nada en un uno y en el otro sí?
Por ejemplo, una soga en el suelo puede “invitarme” a tomarla y usarla para jugar/saltar; puede darme miedo; puede no hacerme nada. Un objeto, muchas reacciones emocionales (o neutras). Dar cuenta de las emociones, en principio, implica necesariamente explicar ese abismo entre el objeto y la reacción ante el objeto.
Este es para mí el problema fundamental con las emociones. Y no solo para mí, en efecto, el cognitivismo dominante de fines del siglo xx se hizo cargo de la transversalidad de este “problema de la variabilidad” y brindó su solución (conjuntamente con otras motivaciones, véase 3.1.): no se trata del objeto materialmente idéntico, se trata de cómo uno lo valora. La polémica que suscitó esta respuesta, entonces, tuvo que ver con el modo en que se concibe ese valorar, por su génesis conceptual, de índole cognitiva.
Ahora bien, ese mismo problema es el que enfrenta Robinson, y cuya solución prevé que existan valoraciones afectivas –por definición no cognitivas– que operaran como “filtro”. Pero este recurso, además de tener algunos problemas relativos a la cuestión –no menor– de la economía conceptual/ontológica, no hace más que postergar el problema. Para la autora, hay reacción emocional si y solo si hay valoración afectiva. ¿Y cuándo hay valoración afectiva? La respuesta parece que simplemente es… bueno, cuando hay. A veces valoramos afectivamente, y a veces no. Y eso explica la diferencia entre pensar fríamente “Debo correr, eso es peligroso” y correr agitado en busca de refugio, como es distinto juzgar indiferentemente “Aquello es insultante” y sentir en el cuerpo propio que me están ofendiendo (o a alguien que aprecio).
Robinson se apunta a recoger el guante que dejó James y disputárselo con los cognitivistas: “James realiza la importante observación de que sin los cambios fisiológicos podría haber una percepción intelectual de que hay una situación peligrosa, pero no habrá respuesta emocional temerosa” (Robinson, 2005, p. 29).
Pero, además de Robinson –y los problemas que su perspectiva tendría–, aun cuando sus motivaciones y su diagnóstico sean completamente acertados, se pueden encontrar otros diseños conceptuales capaces de dar cuenta del “problema fundamental”. Me refiero a modos alternativos de concebir la ontología con la que operamos. Es decir, como mínimo, suspender o cuestionar la asunción hegemónica de la ontología aristotélica de sustancias y propiedades, para pensar en términos diferentes.
Pensar el problema desde esta perspectiva ontológica supone hacer la pregunta sobre cómo dar cuenta de que el objeto X produzca efectos diferentes, cuya respuesta cognitivista fue en clave interpretativa/valorativa (figura 10).
Figura 10

Una solución alternativa, en términos ontológicos, sería decir que no hay un único objeto, que no hay una percepción objetiva de una sustancia, sino que hay percepción de relaciones, y esas relaciones son individuo-dependiente. El individuo percibe el objeto a partir de sus potencialidades, intereses, expectativas, etc. En el sentido que Gibson advertía que
todas estas ventajas y lesiones, seguridades y peligros, estas “oportunidades para la acción” negativas y positivas son propiedades de las cosas tomadas con referencia a un observador, pero no propiedades de las experiencias del observador. No son valores subjetivos; no son sentires de placer o dolor añadido a las percepciones neutras (Gibson, 1986, p. 137).
Esta es una de las grandes ventajas que comporta adoptar un enfoque heterodoxo como el que se patrocina dentro el poscognitivismo: el cambio es también ontológico, i.e. no hay estados neutrales más valores (como en la figura 10), hay propiedades relacionales.
Ahora bien, ¿cómo puede reunirse todo esto en una perspectiva coherente? Un atisbo de solución podría ser el siguiente: el problema en torno a lo emocional fue concebido al revés. En lugar de preguntarse cómo se agrega el afecto a la percepción fría o neutral, qué mueve el organismo al valorar, juzgar, actuar, o percibir afectiva/emotivamente, debe asumirse que la percepción afectiva está desde el comienzo mismo[8].
Este es el modo más satisfactorio de cumplir la exigencia de Prinz:
Al desarrollar una teoría de la emoción, no debemos sentirnos obligados a complementar estados corporizados con pensamientos significativos: en su lugar, deberíamos poner significado en nuestros cuerpos y permitir que las percepciones del corazón revelen nuestra situación en el mundo (Prinz, 2004a, p. 58).
Esto me recuerda una experiencia reciente que resulta significativa a la luz de esta discusión: en el contexto de una reunión de trabajo, un colega comenzó a hacer comentarios agraviantes sobre mi pareja, sin explicitar su nombre; en mi interior, me preguntaba si acaso se estaba refiriendo a él, pero, sin embargo, mi cuerpo se percató mucho antes de que interviniera mi voz para preguntar “¿Estás hablando de…?”, mi corazón ya latía agitado, mi voz brotó ligeramente quebrada. Lo que me remite a la sugerencia de James Russell de substituir la pregunta por “las emociones”, por la búsqueda de caracterización del afecto básico (Barrett, 2006; Russell, 2003; Russell & Barrett, 1999), de gran parecido con la reivindicación que Zajonc (1984) hiciera respecto de la primacía del afecto:
La idea a explorar es que la ecología de la vida emocional no sea una de largos períodos de la vida normal no emocional, puntuada por la experiencia ocasional de las emociones básicas. En su lugar, la vida emocional consiste en las continuas fluctuaciones de los sentires primitivos simples que llamo afecto básico (sentir bueno o malo, energizado o enervado) y en la percepción ubicua de las cualidades afectivas de los objetos y eventos (Russell, 2005, p. 27).
En este sentido, resulta importante hacer dos aclaraciones. La primera, de carácter general, es que ningún pluralismo bloquea la posibilidad de llevar adelante cambios teóricos, conceptuales, o científicos. Es decir, la invitación a mantener una perspectiva plural no implica necesariamente la convivencia ilimitada de todos los abordajes que se propongan explicar un fenómeno o algún aspecto de él. Por el contrario, es posible que aparezca una teoría que las reemplace (a todas, o a algunas de ellas) ya sea por fuerza de la unificación o de la especialización más profunda.
En segundo lugar, y específicamente dentro del ámbito emocional, el marco pluralista que apunto no requiere que se efectúe el reemplazo descripto por Russell de modo completo, sino meramente la redirección de la investigación de nivel (1); mientras que, en el nivel (2), de la psicología de sentido común, aquello que él defiende que son “construidos psicológicamente” (los episodios emocionales prototípicos) pueden ser mantenidos en sus mismos términos. Es decir, las explicaciones fisiologistas típicas del nivel (1) podrían resultar más adecuadas si se constituyera una genuina ciencia afectiva que apunte a dar cuenta de los estados emocionales, partiendo del hecho de que nuestra vida está constituida por estos hechos afectivos básicos o primitivos, sin que ello signifique el abandono total de las nociones emocionales que forman parte de nuestras referencias cotidianas.
De este modo, estaríamos en mejores condiciones de explicar por qué “amor” significa (se usa para hablar de) el tipo de vínculo que me une a mi pareja (y a mis amigos), el sentimiento constante, pero ligero en intensidad, el trasfondo de mis interacciones con los sujetos en cuestión; que me llevan a buscar la primera edición del libro favorito de mi pareja, cocinar las galletitas preferidas de mi hija, preparar una fiesta sorpresa para mi padre, etc., todos estos ejemplos de actividades, de índole muy diversa, pero que realizo por amor; y que eventualmente me producirá cierto suceso, de alta intensidad y corta duración (ese sentir en el cuerpo, “mariposas en la panza”, que a veces me hace llorar, a veces reír, otras reír y llorar a la vez).
En este sentido, lo que busqué mostrar es que la polémica histórica entre teóricos somáticos y teóricos cognitivos de las emociones puede ser mejor entendida cuando se atiende a las motivaciones que tenían las investigadoras y los investigadores. Solo así habrá de verse que las preguntas que se hacían en rigor eran distintas, y por eso daban lugar a respuestas tan alejadas. Una perspectiva plural habilitará a mantener las distintas motivaciones, legitimándolas aun en su divergencia.
Mi intención no ha consistido en hacer una defensa epistemológica a priori del pluralismo en general. La tesis que defiendo es que, considerando que los enfoques somático y cognitivo persiguen diferentes motivaciones, y así se ocupan de distintos fenómenos, puede darse una versión metateóricamente más adecuada de la discusión. La sensación de que ambos enfoques intentan responder la misma pregunta, “¿qué son las emociones?”, es en realidad producida por la ambigüedad de la pregunta, situación que se ve agravada por el hecho de que los participantes de la disputa, como suele ocurrir, no son conscientes de las divergencias que mantienen –como dice Kuhn, la inconmensurabilidad suele ser invisible (Kuhn, 1970, capítulo 11).
Sin embargo, el hecho de que el pluralismo, en el sentido indicado, pueda servir para entender esta disputa en un momento histórico específico no implica que no puedan existir razones para que se produzca el cambio teórico, para que ambos enfoques sean reemplazados por uno más integrador, o incluso que los dos enfoques se rompan en un conjunto de subdisciplinas todavía más especializadas. El pluralismo, en este sentido, debe ser compatible con el hecho de que efectivamente los enfoques son abandonados y reemplazados por otros en la historia de la ciencia. En este sentido, dentro de la polémica sobre la que versa este libro, puede vislumbrarse la revolución desde la ciencia cognitiva clásica (que incluye somaticismo y cognitivismo), hacia el poscognitivismo (corporizado y enactivo). El pluralismo que he utilizado como marco de comprensión de la disputa (histórica) no resulta, en ningún sentido, un obstáculo para que, si fuera el caso, este cambio se complete.
- En rigor, debe decirse que este tipo de explicación causal le incumbe a la ciencia cognitiva en general, de modo tal que al enfoque cognitivo de las emociones, en tanto es parte de ella, también le cabría. La cuestión, en última instancia, depende de que asuma (o no) la idea de que hay una continuidad entre las teorías de la ciencia cognitiva y las teorías folk psicológicas (Fodor, 1987, Capítulo 1).↵
- Una crítica al punto vista cartesiano ha sido que ha tratado a la explicación de la conducta en términos de motivos o deseos, por ejemplo, como una explicación en términos de un evento mental ‘fantasmal’ previo que causó la conducta en cuestión (este sería precisamente el punto de partida del sentido común que discute James).↵
- Calvo Martínez, traductor al español de Acerca del Alma, desataca las múltiples interpretaciones que estos párrafos han tenido desde la Antigüedad, y defiende su interpretación en virtud de la consonancia de lo que establece Aristóteles en Metafísica, VII 11, 1036b 22 y ss.; y también un poco más adelante en Acerca del Alma, cap. I, libro 3, 407b12-27. ↵
- También en el seno de la discusión en torno a la estructura de los conceptos se da una discusión equivalente a partir de la multiplicidad de tipos de estructuras detrás de los conceptos. Esto motiva tanto posiciones eliminativistas del concepto general “concepto” (Machery, 2009), como pluralistas (Laurence & Margolis, 1999) que defienden que los conceptos pueden tener núcleos atómicos vinculados a prototipos, teorías internalizadas, etc. (esto es, las teorías alternativas que se proponen dar cuenta de la estructura de los conceptos), o bien que directamente a cada estructura diferente le corresponde un concepto propio (Weiskopf, 2009).↵
- El pluralismo explicativo se opone de manera general al unitarismo, esto es, a la idea de que hay un único tipo de explicación aceptable. En ciencias cognitivas, el enfoque unitarista es defendido por los mecanicistas. Independientemente de las razones filosóficas que hubiera para adoptar enfoques unitarios o pluralistas en general, habría razones puntuales para abandonar el imperialismo mecanicista (Barberis, 2013).↵
- Nótese que es el mismo ejemplo del que se vale Griffiths (1997) para sostener la necesidad de eliminar ciertos conceptos del habla científico: “cáncer” no refiere a ningún fenómeno homogéneo en la naturaleza, no es un término de clase natural puesto que tiene lo que los filósofos del lenguaje denominan “referencia parcial”. Del mismo modo ocurriría con “emoción”, que reúne programas afectivos, emociones cognitivamente superiores y emociones atravesadas socioculturalmente. ↵
- La conclusión pluralista a la que arriba Dupré (1993) es que la ciencia debe ser vista no como un concepto de clase natural, sino como un “parecido de familia”, implica entre otras cosas que la unidad de la ciencia concebida clásicamente a partir de la noción de reducción es insostenible. ↵
- Un modo interesante de respaldar este punto es preguntarse qué sucede cuando no está el afecto. ¿Tenemos información de qué pasa cuando, siendo esperable que las haya, no hay reacciones afectivas/emocionales? Ramachandran postula que el síndrome de Capgras se produce por ruptura a nivel neuroanatómico (la ruta que llega directamente a la amígdala) y al no dar lugar a la generación de sentires y da lugar al delirio del impostor (Ramachandran, 2011; Ramachandran & Blakeslee, 1998). Es decir, la falta de respuesta afectiva, es tomada como input o dato para la constitución del objeto ‘padre’.↵








