Martha Rosenberg
En un día muy conmovedor por la magnitud del paro, en el que además estoy recién aterrizada de regreso del 33° Encuentro Nacional de Mujeres (ENM), debo decir que pensaba, incluso fantaseaba, que cuando llegara iba a haber muy poquita gente y que íbamos a tener una charla en rueda de amigas, y me sorprende gratamente encontrarme con esta numerosa convocatoria que contrasta con esa expectativa.
Y en todo caso, se me confirma que este es un espacio, el espacio de las luchas por el derecho al aborto, que tiene una vitalidad extraordinaria. Porque subsiste y persiste vigorosamente a través de todos esos avatares y las sucesivas postergaciones que se mencionaban en la presentación de este encuentro. Y así venimos, creciendo desde hace trece años como Campaña. Y mucho antes, en el recorrido que hemos hecho tanto Ana María Fernández como yo.
Es decir, repito, ¡que este campo político es de una vitalidad extraordinaria! Y me alegro muchísimo por esto, porque indica que nos podemos preguntar el porqué de esta vitalidad del tema, de la pregunta y del interés, que indica algún motivo muy profundo, muy fundante, muy interpelante para muchas.
Y nos seguimos preguntando cómo es que, por ejemplo, en un día como hoy en que, creo que hay una especie de trastorno político generalizado, un paro general, hay una especie de… no quiero decir burbuja, porque me parece que sería un poco peyorativo. Pero sí hay un espacio en donde, sin renunciar a las conexiones que tiene con todos los otros espacios, podemos estar dedicándole tiempo, atención y esfuerzo a avanzar desde distintos abordajes en la comprensión de qué significa el tema del derecho al aborto.
Nosotras siempre lo abordamos de manera inter y transdisciplinaria. Y efectivamente esta facultad, es una facultad que tendría que hacer eje en este tema porque es un tema que hace a la construcción de subjetividad de las mujeres y de las personas con capacidad de gestar, por quienes estamos peleando, para que sean incluidas socialmente como sujetas de pleno derecho.
Bueno, para hoy, eché mano de textos míos, no diría antiguos, no diría viejos, podría decir anteriores. Además, quiero mencionar de nuevo que venimos, la semana pasada, del ENM que ha sido una experiencia muy importante y, sobre todo, muy conmovedora. Estuve pensando mucho alrededor de la cuestión de cómo hemos transmitido –mi generación–, la problemática del derecho al aborto voluntario como una problemática fundamental –con perdón de la palabra– de la política; la problemática del género, la problemática feminista de la emancipación de las mujeres, para decirlo con el término clásico.
Y como son trabajos anteriores al uso del lenguaje inclusivo –aunque siempre ha estado como preocupación la dificultad de hablar en un lenguaje que es androcéntrico en sus expresiones, preocupación por eludir ese reduccionismo hegemónico cuando hablamos desde el feminismo–, una de las sorpresas más grandes en este momento es cómo el lenguaje llamado inclusivo se ha generalizado de una manera impresionante. Por ejemplo, en el ENM, pululaban las niñas y adolescentes hablando, no siempre correctamente, con desidencias en “e”. No siempre correctamente, porque a veces se utiliza de una manera que no tiene mucho gollete. Quiero decir, todavía no está claro que se use siempre siguiendo la lógica inclusiva, es algo que brotó de una manera muy llamativa y que seguramente se va a ir elaborando como todos los cambios del lenguaje en el curso del uso, de las discusiones y de las creaciones que se produzcan al respecto.
Y decía que me preocupaba por la transmisión, primero porque corresponde a mi etapa de la vida ver qué hemos hecho con lo que nos ha tocado y cómo lo hemos transmitido. Y, además, porque esto demanda una respuesta tanto desde el enfoque de las luchas como desde el enfoque de la cooperación intergeneracional. Desde ambas actitudes creo que es una interpelación muy importante, a la que trato de ver cómo se responde. Y trato de ver qué de lo que propusimos, qué de lo que inventamos ha logrado permanecer. Y qué es lo que crea un equívoco, malos entendidos, y muchas veces negaciones de cosas que para una generación –para la mía– estaban clarísimas y estaban establecidas. Es decir, cómo la verdad se va construyendo sobre la base de sus limitaciones, de sus imposiciones, de los usos políticos que se hacen y de cierta posibilidad de mantener una apertura suficiente como para escuchar los efectos de las propias prácticas.
Demandas históricas y procesos instituyentes es el nombre de este evento. Me di cuenta de que es un título que permanentemente me trabajó a mí, en mi producción, tanto práctica como escrita. La idea de que hay una demanda histórica que uno puede escuchar, o no. Pero digamos también que la actitud de escuchar las demandas históricas hace que podamos operar sobre la realidad, o no. Es decir, si no hay demanda formulada es muy difícil que podamos encontrar algún tipo de práctica que sea transformadora de lo social.
Y pienso que la demanda que está en la base de las luchas por el derecho al aborto es la demanda de reconocimiento social de las mujeres. Y digo esto con plena conciencia de que estoy hablando de mujeres, de personas que se autoperciben y se nombran como mujeres, que son las creadoras, que inventaron esta demanda social, que es la demanda de reconocimiento de su protagonismo y de su libertad para decidir sobre sus vidas, sus cuerpos y sus proyectos vitales. Esta sería la demanda que está, como bien sabemos, historizada.
Es histórica porque ocurre en un determinado momento, no en cualquier lado, en determinadas ubicaciones geográficas, condiciones sociales, culturales y económicas.
La demanda histórica sobre el derecho al aborto tiene sus raíces en las primeras décadas del siglo XX, no solo por el movimiento feminista, también hubo movimientos muy importantes por el derecho a la salud que incorporaron la demanda por la legalización del aborto. Pero la cuestión, lo que se reclamaba, lo que se reclama, es que las mujeres no sean el medio dispuesto por la sociedad con el fin de sostener cierta continuidad de las generaciones, sino que sean sujetos de ese proceso ya que son las únicas que lo pueden realizar. La capacidad reproductiva de las mujeres es un poder enorme que tenemos. Exclusivo, no es compartido con el género masculino. Y es utilizado su dominio, su administración, para sostener la continuidad histórica del poder patriarcal en las sociedades desde hace milenios.
Es decir, este hecho biológico de que las mujeres puedan gestar y parir en su cuerpo, y que hace que la continuidad de un linaje, de una estirpe, dependa de su capacidad reproductiva biológica, es la causa de que el varón –que aliena su capacidad reproductiva con el semen, al depositarlo en el cuerpo de la mujer, que se lo entrega– tenga que restituir ese poder genésico alienado en la relación sexual coital, construyendo los sistemas jurídicos y sociales de dominación de las mujeres.
Es la estructura del poder patriarcal, el poder social estructurado de manera tal, que los varones recuperen el poder sobre la reproducción de las generaciones, que es un fenómeno absolutamente imprescindible para la continuidad social.
Entonces, se puede decir que la enorme construcción en la sociedad patriarcal es, tal vez, digna de que nos saquemos el sombrero, porque como estructura patriarcal produjo mucho desarrollo cultural, de ideas y de conocimiento. Es lo que tenemos ahora, sobre lo cual las mujeres estamos reivindicando, demandando reconocimiento de un protagonismo que siempre fue obturado, opacado, negado. Y, sobre todo, negado en su calidad de creación cultural y de creación simbólica. Siempre se pone lo reproductivo, la capacidad gestacional femenina, del lado de lo biológico, lo “natural”, y se lo recorta, se lo amputa, de su calidad de trabajo simbólico y cultural.
Esto, para intentar decir cuál es la demanda. La demanda histórica es la de las mujeres, de igualdad de derechos y de igualdad de reconocimiento social con los varones, que vienen organizando desde hace milenios la sociedad centrada en el poder masculino. Y no de todos los varones. El poder de dominación, el poder de reducción a objeto de los seres humanos que no responden a las muy estrictas características del Señor, el Dòmine, el Pater: varón heterosexual, blanco, propietario, adulto. Y no digo católico/protestante, pero habría que decirlo.
Es decir, esas son las demandas.
Ahora, me parece que lo que caracteriza el movimiento por el derecho al aborto es su carácter instituyente. La maternidad como institución está pensada sobre la base del modelo de la maternidad en la sociedad patriarcal. Y todo lo que se refiere a los últimos años –bastantes años, pero los últimos años de la historia– con respecto a las transformaciones del lugar de las mujeres en la sociedad, y del lugar de las mujeres en las estructuras de parentesco incluso, son derivadas de prácticas instituyentes en función de esta demanda y de este objetivo de las mujeres.
El tema del aborto aparece como una cuestión muy rechazada y muy descalificada, porque niega algo que es una pretendida verdad absoluta, una afirmación total de los sistemas patriarcales, que es la ecuación mujer = madre. Más allá de la práctica política derivada de las luchas por el derecho al aborto, la práctica del aborto –es decir, el hecho de que las mujeres aborten– es una desmentida muy fuerte a la ideología de género (esto que nos han endilgado ahora falsificándola con tan poca imaginación).
Las relaciones sexuales, la sexualidad de las mujeres es permitida, tolerada y hasta obligada, solamente en función de ser una sexualidad reproductiva. Y el aborto, desde mucho antes de que haya luchas por el derecho al aborto, lo que hace explícito, visible e inocultable, es que las mujeres no buscan solamente tener niñitos cuando tienen relaciones sexuales. Sino que buscan un placer y un goce específico que está absolutamente restringido, prohibido por los sistemas éticos y morales patriarcales.
En este momento, especialmente, tenemos los poderes religiosos conservadores de nuestro país totalmente soliviantados por el hecho de que no solo la práctica del aborto demuestra esto, sino también el interés y las formas que adquieren las prácticas sexuales de la gente más joven. Realmente es un desafío muy grande y creo que es uno de los motivos por los cuales esta cuestión, la cuestión de la legalización del aborto, sufre tantos obstáculos, resistencias y postergaciones. Justamente, el hecho de que una mujer puede no querer seguir adelante un embarazo es una impugnación enorme a esta categoría de la maternidad como el fin último de la vida y la función de las mujeres y de su sexualidad.
Dentro de la división de las mujeres en Evas y Marías, evidentemente la que ha ganado la partida en nuestras sociedades occidentales judeocristianas es la mamá. Es María. Y María es un medio para la realización del Espíritu Santo y del Padre. Es esto tan elemental lo que está en juego, me parece.
Creo que, en el campo de lo psicológico, lo psíquico, esto ha sido un soporte muy sólido de esta ideología. Es decir, el papel protagónico de las mujeres en la reproducción de los seres humanos es un soporte que es al mismo tiempo reconocimiento y resistencia. Yo diría que es muy difícil aceptar que una mujer que se encuentra frente a un embarazo involuntario –por cualquier motivo, involuntario– no solo por violencia o por falta de acceso a métodos anticonceptivos sino también por errores en el uso de los métodos anticonceptivos o accidentes.
Un embarazo involuntario responde a muchas causales contingentes, digamos. Y es muy duro aceptar que una mujer puede decir: “No, esto no.” Porque “esto” (es decir, el feto, el embrión) es siempre el que es tomado como el punto de vista del que juzga. Siempre el abortado o la abortada soy yo, nunca soy la mujer que está con un embarazo que no quiere, no puede y no tiene obligación de seguir adelante. Casi todos los discursos contrarios al derecho al aborto se hacen desde el punto de vista del abortado. Porque se supone que todos tenemos la experiencia de haber sido paridos por una madre, varones y mujeres, experiencia universal de dependencia absoluta de un poder, de un vínculo con la madre, al cual es muy difícil renunciar. Es decir, que la deuda que tenemos con nuestras madres, la tenemos que pagar con una idealización que es, al mismo tiempo que idealización, no tener otro camino que ser la mamá que yo fantaseo. La que quiero, la que me quiere. La que odia o no me soporta o me hace no existir.
La idea de que el abortado es aquel que llegó a ser quien es porque la mamá no lo abortó es una idea que, fuera de toda lógica, está muy arraigada, que se usa mucho en las discusiones como argumento de sentido común para criminalizar el aborto: el caso de una señora que se enfermó, tuvo sífilis, no comía, el marido le pegaba, tenía once hijos y otros estragos. Y vos aprobás que esa mujer pueda abortar y acabas de abortar a Beethoven o a algún genio parecido. Es un argumento que se usa permanentemente. La idea de que una persona viene hecha, ¿no? Es una negación de la capacidad de las mujeres de instituir subjetividad humana en un proceso biológico. La mujer que está embarazada tiene que cumplir con ese embarazo y lo hace mediante la institución de una persona, un sujeto humano. Tiene que decir: “Este embarazo no es un atraso, no es una pérdida, no es una maldición. Este embarazo es mi hijo. Un hijo mío”. Y eso es un instituyente del que depende todo un proceso en el que se seguirán instituyendo distintos momentos, distintos rasgos, distintas capacidades en ese sujeto que depende, no solo durante el embarazo sino durante mucho más tiempo que el embarazo, de ese maternado.
Entonces, es muy duro aceptar que la señora no me quiso tener a mí. A mí misma, como soy yo ahora y es ella ahora. Es muy duro aceptar que no existía yo cuando la señora no quiso. Y que todo eso es obra de la señora que fue instalando humanidad en ese organismo que existe, pero que no existe como persona si este proceso de deseo materno no lo toma como objeto de sus cuidados y su trabajo. Su trabajo físico, simbólico y económico también. Cuántas mujeres trabajan para los hijos. Es decir, todo esto es una cuestión muy difícil de sacarle toda la cáscara que tiene. Y es una cáscara totalmente ideológica y religiosa.
En ese sentido es difícil, pensar que el efecto traumático, que es el que se corre y que se desplaza a la realización del aborto, en realidad es una situación del embarazo involuntario. Lo que es traumático es el hecho del embarazo que no espero, que no quiero, que me impusieron, que me violentaron. El embarazo involuntario es un shock traumático para la mujer. Tiene que elaborar, a partir de ese shock, una solución. Y las soluciones son dos: o sigo o lo interrumpo. Sigo con la gestación o aborto. No hay términos medios. Y entonces, muchísimas mujeres lo resuelven elaborando la situación traumática, insertándola en sus esquemas representacionales. Es posible integrar en su identidad un embarazo que no quisieron o que no decidieron o que les resulta inconveniente e inoportuno. De hecho, hay estadísticas de la Encuesta Permanente de Hogares en la cual, a la pregunta de si su último embarazo fue deseado o planificado, el 60% de las respuestas es no. Es decir, el último hijo tenido no fue planificado. Esto indica que, muchas mujeres, la mayoría, elaboran el hecho del embarazo no planificado o involuntario de manera de integrarlo en sus proyectos, en su identidad. Y lo pueden hacer porque tiene algún tipo de base relacional en la que esto es posible.
Ahora bien, hay muchas que no lo pueden integrar en sus proyectos, no lo pueden integrar en proyectos que mantengan sus sentimientos de identidad sostenible. Y esas son las que abortan. Muchas abortan espontáneamente. No todos los abortos son provocados. Y otras veces, abortan de manera voluntaria. Es este aborto, el aborto voluntario, el que queremos que se instituya como legal, que no sea más delito.
Fíjense que tenemos abortos legales (ILE), a condición de que sean involuntarios. Se supone que los abortos legales son porque peligran la vida y la salud o porque es un embarazo causado por violación. Entonces, se supone que la mujer es inocente del deseo de abortar. No es para nada así, porque muchas mujeres violadas siguen los embarazos, no quieren abortar o deciden no abortar. Y muchas mujeres cuya salud corre peligro también siguen sus embarazos. Así que el aborto legal, que descuenta que es contra la voluntad de la mujer, de todas maneras, necesita la voluntad de la mujer para ser hecho. Y por eso no se han cumplido las ILEs como es legal (lo que no significa obligatorio).
Lo que no se perdona es que el aborto sea voluntario. Este es el aborto que requiere todo ese cambio, un cambio social y cultural muy profundo.
A partir de la situación traumática del embarazo involuntario, se desplaza lo trágico hacia los discursos restrictivos del derecho al aborto que desplazan al hecho del aborto la vivencia trágica.
El hecho del aborto, la decisión del aborto, puede ser trágico. Sobre todo, si el embarazo fue deseado, si ese es un proyecto de la mujer. Hay muchas mujeres que queriendo tener un hijo y estando embarazadas, deciden abortar por muchos motivos que no vamos a enumerar pero seguramente ustedes conocen. Casos de embarazos deseados que, sin embargo, van al aborto por contingencias que se resuelven de esa manera, ante las cuales el aborto es la solución de una situación que es mucho peor que el aborto. Ante un embarazo involuntario o peligroso o que hace trastabillar la identidad de una mujer, su proyecto de vida, cuando ese es el problema, el aborto es la solución.
Ocurre que, para determinadas mentalidades, es muy difícil aceptar que el aborto pueda ser una solución que alivia el sufrimiento de una mujer. Siempre tiene que ser una tragedia, tiene que ser un sufrimiento espantoso, tiene que ser algo realmente cruel, demoníaco, etcétera. Estos son los argumentos que se utilizan en general en el debate. Muchas veces, incluso, se hace la defensa del derecho al aborto apoyándose en la idea de que el aborto es el mal. Y eso ocurre, frecuentemente, en las prácticas “psi”, no solo en las prácticas médicas en donde hay muchos que se dedican automáticamente a impedir abortos. No digo que todos, pero es lo que justifica la ideología corporativa médica: que están para salvar vidas, no para ayudar a abortos. Es un argumento banal y cotidiano de los médicos. Es cierto que la vida que les importa es la del feto y no la de la mujer. Entonces “salvar vidas” inmediatamente es salvar esa vida incipiente y la vida de la mujer… que se arregle.
Para volver a los términos del título: por un lado, me alegro de que se sostenga la demanda de hablar sobre el derecho al aborto en esta facultad y en este ámbito. Me alegro muchísimo y les agradezco mucho que hayan creado esta demanda y que se sostenga. Y que se esté haciendo, que haya prácticas con ese sentido instituyente, que estemos construyendo para conseguir, no sólo una mejor y más verdadera imagen de las mujeres, sino también una mejor y más verdadera construcción de la disciplina, de la psicología. Me parece que se lo merece.
- Intervención de Martha Rosenberg en la charla debate “Derecho al aborto: demandas históricas y procesos instituyentes” organizada por la Cátedra Libre del Derecho al Aborto en Psico el 24 de octubre de 2018 en Facultad de Psicología de la Universidad de Buenos Aires donde también intervino la Prof. Ana María Fernández.↵






