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Prefacio

En la narrativa del escritor Jorge Luis Borges, reparamos en las siguientes líneas de su prólogo dedicado al El informe de Brodie de 1970, allí escribe:

“He intentado, no sé con qué fortuna, la redacción de cuentos directos. No me atrevo a afirmar que son sencillos; no hay en la Tierra una sola página, una sola palabra, que lo sea, ya que todas postulan el universo, cuyo más notorio atributo es la complejidad. Sólo quiero aclarar que no soy, ni he sido jamás, lo que antes se llamaba un fabulista o un predicador de parábolas y ahora un escritor comprometido. No aspiro a ser Esopo. Mis cuentos, como los de Las mil y una noches, quieren distraer o conmover y no persuadir. Este propósito no quiere decir que me encierre, según la imagen salomónica, en una torre de marfil. Mis convicciones en materia política son harto conocidas, me he afiliado al Partido Conservador, lo cual es una forma de escepticismo, y nadie me ha tildado de comunista, de nacionalista, de antisemita, de partidario de Hormiga Negra o de Rosas.” (Borges, 2013: 363).

A modo de epígrafe de nuestro prefacio, esta confesión del autor nos dispara múltiples metáforas. Recalar en ellas nos permite dirigir la proa a otras sucesivas metáforas. Borges, autor de espejos y laberintos, sedicente conservador, en su confesión trasluce aquello que asoma en clave en el proceso de producción científica. ¿Acaso no queda invadida por su condición política de partida la neutralidad sobre el objeto narrado, como su supuesta operación fundante: la separación entre el autor, su locución y su hacer social? El logro, pensamos, consiste en solapar una presentación ficcional a la ficción, liberando con ello “en apariencia” al relato de su alfarero.

Con distancias y en cercanías, acaso –nos preguntamos– la práctica científica no encierra esta imposibilidad y esta búsqueda de desatar lo ligado inexorablemente, todo aparato locutor queda impreso por la locución de sus actores. A la complejidad del objeto se integra la complejidad de la autoría y el horizonte que aquel porta, ya se trate del simple goce o de la búsqueda científica de la verdad, a la cual la belleza queda siempre tentada, sus reglas y sus métodos no la liberan, sino –y en todo caso– la ajustan. He aquí, volviendo a las líneas borgeanas, que la dualidad se aplica sin disimulo y acudimos a la idea exponencial de Aníbal Quijano (2014) para comprender que la dinámica de extremar dualidades sujeto-objeto, obra y autor agreguemos, son fabricaciones discursivas en la “colonialidad del saber”.

Este libro es un común de intento y de acción por transformar la realidad social que nos circunda y el diálogo está prestado a dilucidar dilemas de la sociología y la sociedad latinoamericana. En este solo enunciado aquella metáfora citada retorna, pues entre sociología y sociedad se libra el conflicto de la complejidad en la complejidad del conocimiento y del distanciamiento para recalar contemporáneamente en una ciencia de la “praxis”, ya mentada en la célebre filosofía impulsada por Karl Marx en sus “Tesis sobre Feuerbach”. Ciertamente queda en desafío e interrogación cuáles serán las condiciones científicas que aseguren el cambio social, las vertientes van desde el escepticismo hasta el radicalismo para subvertir el orden capitalista. Las ciencias sociales, más precisamente la sociología, han trasegado entre estos extremos. Desde su nacimiento europeo ha impuesto su método clásico de validación científica frente a lo que Zygmut Bauman (1976) ha postulado como la necesidad de “autenticación” social. Nadie desconoce que las ciencias resultan siempre un ensayo de verdad. Parafraseando a Michel Foucault, se trata de un juego de verdad, y por lo tanto su límite queda establecido en ese real social, que siempre se escapa a la interpretación o al curso del cambio sociológico propuesto. Y en ello encontramos una ventaja Sur, no hay clásico entonces que haya acertado aún a completar su insuficiencia. Más aún puede recordarse aquella versión de Rosa Luxemburgo acerca de la barbarie social como regresión, para descubrir que se trata –desde aquí– en realidad de una progresión, así los métodos racionales la han perfeccionado de un modo instrumental inimaginable antes[1].

Toda ciencia resulta escasa, por ello desde su origen es insaciable. Quizás, una clave de nuestro tiempo es la sintonía y convergencia subsistentes entre ciencia y sociedad capitalista, las que se han enlazado como nunca en siglos pasados. Con lo cual el desafío de una ciencia con conciencia no se reduce a las ciencias sociales, sino que abarca a todas, se añade entonces el debate sobre el curso mismo del futuro de las “fuerzas productivas”. De ahí que el conocimiento científico, como “bien común”, no puede ser planteado sino con descubrimiento de la unidad metodológica que eslabona sus productos al “marco epistémico”[2]. Es decir, nos encontramos en la necesidad científica de develar la unidad que enlaza los contenidos temáticos a sus metodologías y a su base productiva. Esta base contiene lo que se “ignora”, lo colocado en oscuridad, sus idearios y horizontes de sentido, como la dinámica social, que configuran los procesos de trabajo creativos, como el tipo de composición colectiva de sus productores.

Esta obra justamente da cuenta de la lectura de lo social y lo sociológico en el pensamiento latinoamericano y caribeño, sobre todo –y esto debemos destacar–, se trata de autores que, a la vez que arquitectos de pilares de la sociología crítica, han fortalecido el colectivo de creación ALAS. Sendos atributos son necesarios, pues la ciencia sin comunidad de pares resulta inexistente. Cada uno en su tempo, cada uno en su contexto, han bregado por la consistencia de su producción crítica, cada uno se ha entregado sin otra compensación que su vocación por lo común, creando las bases asociativas para el encuentro cognoscitivo. Así lo había observado tempranamente Orlando Fals Borda[3]:

“El VII Congreso Latinoamericano protocolizó la marcada transición que se venía operando hacia una sociología independiente y autóctona de la región. Se buscó articular una voz propia de los científicos sociales de nuestros países. El éxito en este sentido fue tan estimulante que a partir de ese congreso cristalizó un gran movimiento intelectual latinoamericano y latinoamericanista, que llevó a renovar parcialmente la anticuada asociación regional y que dio ánimo a los sociólogos locales para producir obras de envergadura que enaltecen la ciencia sociológica”. (Fals Borda, 1987: 71).

Aquí deseamos tentar al lector de este ensayo, para hacerlo profuso, interactivo y actuante. Pensamos entonces emprender su recorrido puntuando, a modo de mojones a largo de un recorrido, con el ánimo de sembrar expectativas, sin redundarlo, como quien ha avistado sendas y resuelve dibujar sus meandros, inventando una cartografía de cursos para impulsar al (co)lector para crear otras interpretaciones, muchas otras, para comprender lo necesario de nuestros pueblos siendo parte de ellos.

Este recorrido parte de un diagnóstico facturado colectivamente, esta función sociológica de recalar en el análisis de lo presente, a la vez que urgente, tópica y utópica ante la inminencia del XXX Congreso ALAS en Costa Rica 2015. América Latina y el Caribe mestizas han sido y son fusión social, como sus ciencias, pero para ser apropiadas requieren autonomía y que sus enunciados se ajusten a su praxis lo más estrechamente posible. Señalemos aquí que lo gestual de reunión de autorías ya es un signo de pensamiento colectivo. Más adelante volveremos sobre ello y ahora nos dirigiremos a la proa para avistar los mojones que se destacan en esta ruta de escalamientos.

El siguiente arribo tratase nada menos que hacer pie en el concepto de sistema, más precisamente sobre el “sistema-mundo” (Paulo Henrique Martins). La concepción de sistema resulta ineludible, las variantes de su abordaje son múltiples, en la propia disciplina va de extremo a extremo, desde la comprensión de su funcionamiento para detectar y conservar el orden social a la crítica de su metabolismo para denunciar su dominación. Su captura aquí refiere especialmente a esta unidad de relaciones en lo global, el economicismo, como la pretensión del implante utilitarista y la extensión de una cultura única, el propio finisterre del pensamiento norte y la necesidad del giro para abrevar en los movimientos sociales altermundistas, aquella alteridad que se gesta en fronteras como opción alter-sistémica.

En la continuidad de este tránsito, el análisis recala en la dominación planetaria, que de suyo con su solo enunciado recuerda un debate conceptual acerca de si conservar frente a la posible multipolaridad los significados de imperio e imperialismo, según se acentúe o no el dominio nacional polar o multipolar sobre el resto del mundo. El análisis geopolítico, que se había abandonado, actualmente es llevado al centro de la escena científica y emerge, oceánica, “China” (Jaime A. Preciado Coronado y Pablo Uc), y todo queda reformulado geo-políticamente. Hasta no hace mucho para el continente americano era una sociedad ausente, “pueblos del lejano oriente”. Así, en el espacio y la política latinoamericana, se abren compuertas, irrumpe en este siglo XXI, aviene naciente la multipolaridad frente a los bastiones hegemónicos europeos y estadounidense. ¿Se trata de una apertura para generar equilibrios entre poderes internacionales y mercados o acaso de la sustanciación de una nueva dominación con sus consecuencias sociales subalternas? Se construye aquí una interrogación de envergadura e inédita.

He aquí que resulta complementario en este contexto de América Latina comprender su unidad en su “diversalidad” (Gerónimo de Sierra), si bien el continente ha quedado históricamente troquelado por el dominio colonial en sus semejanzas transversales, ha quedado a la vez marcado por fronteras y estratificaciones sociales diferenciadas. Quedan abiertos así y en necesidad de problematizarse los caracteres sociales diversales. Se hace preciso investigar estos dos órdenes enlazados de lo uno y lo diverso, cuyas interioridades revelan singularidades como sus necesarias potencialidades federativas.

No queda sino avanzar, trazar un significado que es rumbo a la vez, porque este siglo marca una iniciativa que aguardaba, como los grandes ciclos históricos la gesta de “integración sudamericana” (Theotonio dos Santos). Habría que remitirse a las luchas por la independencia bolivarianas, sanmartinianas y artiguistas o a los esbozos post Segunda Guerra Mundial para encontrar semejanzas con los ímpetus de integración continentales de fines e inicio de siglo, tales como se concretan con el Mercosur, ALBA o CELAC e incluso acuerdos de integración extracontinentales con los países BRICS. Sin embargo, y al mismo tiempo por su vitalidad, se trata de un desafío “atrevidamente incorrecto” para la dirección que ha impreso desde los años ochenta la hegemonía neoliberal, que en reacción insufla su “espacio vital” e instala en los espacios geográficos potenciales de integración sudamericana, así como en México y países centroamericanos y caribeños, “sus tendencias centrífugas” (Luis Suárez Salazar) para generar el apartheid regional por medio de la Alianza del Pacífico y todos otros violentos artefactos divisorios como las políticas financieras desestabilizadoras, fracturas en las democracias representativas, bases y disputas fronterizas.

Por ello queda, en eslabón hilado, repensar en holograma persistente la gesta de “la resistencia cubana” (Pablo González Casanova), tan “insularizada”, sustraída como aquella otra, legendaria, como lo que fuera la rebelión independentista de Haití, para interpretar que su protagonismo social, contra todo bloqueo, va triunfando con la inclusión de su presencia, largo tiempo negada, en el concierto político latinoamericano y mundial sin haber arreado sus convicciones sociales socialistas. Éste no es el caso de ninguna potencia contemporánea, pues el capitalismo neoliberal con su violenta radicalidad las ha recolonizado internamente, des-haciendo paso a paso sus reminiscencias, ya sean colectivistas o socialdemócratas.

Y una memoria martiana, que nos alcanza en este recorrido, hace de lo sugerido razón de ser, la noción y voluntad epistémica, en palabras del autor:

“El rico legado de Martí corresponde a una estrecha vinculación entre el concepto, la palabra y la acción. Sin esa vinculación, lo que Martí dice no se entiende bien, se entiende a medias, se entiende mal. El legado, en su versión escrita y vivida, no sólo alcanza una gran belleza, sino una gran fuerza. El pensamiento estrechamente vinculado a la acción le da otro sentido a la palabra. Funde la palabra con la cosa. Quien escucha la palabra sabe quién la dice. Y por quién la dice entiende que como promesa va a ser cumplida, y que como descripción o explicación de lo que pasa corresponde a hechos ciertos sobre lo que ocurre y sobre lo que es necesario hacer para lograr un objetivo”.

Así se esparce la memoria, una memoria que es praxis, y todo queda enhebrado para que nos detengamos en el siguiente peldaño: el movimiento indígena zapatista (Pablo González Casanova). Se trata de evitar todo lenguaje elusivo y acertar en el encuentro del lenguaje alterno, en sus múltiples e insoslayables claves, tales las enseñanzas de los ausentes presentes y señalar la corrosión del individualismo del intelecto neoliberal, asentado en todos los frentes, y el ser colectivo como razón de pensar y hacer. Emerge esa dialéctica que coloca la visión en su punto de mira: los desposeídos extinguibles por siglos, los arrojados al olvido, toman la palabra y se pronuncian, producen con su cuña una fractura en el discurso único. ¿Cuál ciencia –nos preguntamos–, ya desnuda su base epistémica, será ciencia si no se produce en inter-lenguaje con la sabiduría?

De la presencia vigente de los 43 de Ayotzinapa, estudiantes normalistas mexicanos, que se recoge en este discurso del zapatismo, nos lleva en puente para dirigirnos al análisis de las movilizaciones estudiantiles de Chile, que en los últimos años colocan en actualidad la reivindicación del acceso gratuito y universal a la educación pública. Los que se proyectan ininterrumpidamente cada día –en sus rebeldías– con la crítica al modelo educacional excluyente y a la reducción cognoscitiva (Eduardo Aquevedo Soto, in memoriam). Este cotejo implica también un desafío para alejarse de conceptos acerca de que estas movilizaciones juveniles tienden sólo a efectos de movilidad social, para pasar a interpretarlos como protagonistas intelectuales, quienes colocan en cuestión la criba sistémica que establece límites para nutrir masivamente el intelecto social como patrimonio de bienes públicos en común.

Estas y aquellas movilizaciones populares siempre han motivado la reflexión sociológica, de hecho se han abierto grandes debates sobre la naturaleza de lo popular y los renovados estudios sobre los populismos latinoamericanos emergentes que dividen al pensamiento crítico. Cabe con oportunidad así colocar en análisis los movimientos populares (Daniel Camacho Monge), que nos exigen desarrollar encadenamientos conceptuales más rigurosos que permitan acceder tanto a una comprensión más precisa sobre su composición social como sobre sus tendencias políticas para contrastarlas histórica y comparativamente desde la perspectiva del poder de las clases subalternas, sus potencialidades y fragilidades para el cambio.

El campo queda trazado en la primera parte del volumen y en nuestro avance con la obra quedamos en la apertura del saber “Sociedad” para acceder en esta segunda al quehacer sociológico.

Dejamos la última estancia sobre el estudio de los movimientos sociales y en esta etapa del recorrido los paisajes conceptuales se van enlazando para dirigirnos a las fuentes del conocimiento social: aquello que advertíamos entre la sintonía del objeto y las condiciones científicas contextuales. Así, se vuelve y se renace a la vez críticamente –y no de otra manera– a los inicios clásicos, al redescubrimiento de dos cursos posibles en las ciencias sociales, por un lado construcción de tabiques, por otro, la fusión de conexiones interdisciplinarias. La marca aquí consistirá en capturar el artefacto “economía”, colocarlo en la órbita de la economía política y dar por fin, materialidad a lo social determinante, y finalmente desenmascarar las representaciones de la economía neoliberal, una suerte éstas de geometrías de la dominación, y el renacer de la teoría de la dependencia y la creatividad intelectual (Theotonio dos Santos).

Y aquí no hay salto sino significado, porque en estas avenidas también el arte tiene su palabra (Jordán Rosas Valdivia), y debiera resultar complementaria a las ciencias sociales, juego de verdad y belleza. De hecho, se trata siempre de un recurso frecuentemente no confesado, de hecho también se torna necesario no escabullir esta vital relación y afrontar que el conocimiento científico, además de validarse debe autenticarse, además de demostrar conmueve. La historia latinoamericana ha probado justamente estos fructíferos vínculos como íconos de la cultura, tales a modo de muy fugaces ilustraciones aquí, la arquitectura y los monumentos de los pueblos originarios, el muralismo mexicano, la estética “antropofágica” brasileña o la narrativa “real maravillosa” cubana y latinoamericana. Así, este enlace puede retornar y multiplicarse, como aquella mencionada teoría de la dependencia, puede re-emerger y, de hecho, surgen nuevas conjunciones de las expresiones latinoamericanas del arte social, entre arte y política, entre arte y ciencia.

En este punto del relato, asoma en foco un holograma sociológico, girando ante nosotros sus caras, al parecer se trata de historiar la vida y obra de Jacobo Arbenz Guzmán (Eduardo A. Velásquez Carrera), pero en realidad queda a la par revisitar la historia de Guatemala, la historia reticular de la lucha por recuperar la memoria, la biografía, el registro visual, el arte, la literatura y el bregar comprometido de una sociología “presencial”. Queda en rúbrica las marcas del deshacimiento centroamericano y las escarnecidas intervenciones del norte. El relato, la memoria, análisis e historia de vidas en paralelo se conjugan y traducen los hechos, pero, y al mismo tiempo, exigen el rigor metodológico puesto en juego cita a cita, vivencia a vivencia, una clase de autonomía.

Cabe en estos pasos detenerse en la atención a la recursividad en el montaje de pensar lo social como el paradigma elaborado por el movimiento intelectual en ALAS, desde el cual justamente ha germinado la sociología latinoamericana (Marco A. Gandásegui, hijo), secuenciada desde inicios de los setenta hasta hoy. Irrupciones encarnadas por las camadas juveniles para desbordar y contradecir los moldes funcionalistas y modernistas para culminar de comprender en el cauce crítico bifronte, las crisis del orden de acumulación y la “colonialidad del poder”. Y notar que la pregnancia del capitalismo global neoliberal no cesará de perpetuarse si no se acude a la interrogación sobre las fuentes de su reproducción, si no se acude también a sostener un nuevo bloque histórico de clases subalternas para prestar atención, en convergencia de interrogaciones, a los ensayos de resistencias y avances que se producen en países de la región.

El trayecto se dirige en pleno al derecho de la sociología latinoamericana materialmente existente. En esta etapa de mundialización, anudamos en este escalamiento, que la hipótesis que nos guía es la siguiente: no es posible comprender el pensamiento sociológico contemporáneo sin la lectura de los sociólogos latinoamericanos (José Vicente Tavares dos Santos). Si el nacimiento de la sociología remite a la autoconciencia social crítica y, a la vez, en la esfera de la praxis sociológica, se enmarca unidireccionalmente al norte, quedan expuestas así sus contradicciones y fisuras de soberanía. Por lo tanto, la existencia de la sociología de América Latina debiera ser tan reconocida urbi et orbi en la social theory, con ejercicio de equidad, con el mismo status que tienen las sociologías anglosajona, alemana o la francesa. Su ausencia en este concierto teórico revela mutuas deficiencias para su alcance universal.

Tomamos conciencia de que hemos inventado una cartografía y que la ruta tomada no es una sino muchas avenidas que se bifurcan a elección del viajero. De eso, justo es afirmarlo, se trata, porque lo volcado está listo a germinar a condición que el lector lo tome en sus manos y haga suya su interpretación. La obra brindada por estos obrantes culmina con un invitado, Aníbal Quijano, a quien consideramos en consenso nuestro preciado par, por sus protagonismos en ALAS, por sus luchas, su sabiduría y, por sobre todo aquí, por su nuestra sociología.

En una sola síntesis pudiera quizás quedar plasmado todo el compromiso hoy en esta etapa crucial para la praxis de una sociología emancipada: radicalmente alternativa a la colegialidad global del poder y a la colonialidad/modernidad/eurocentrada y que el Bien Vivir adquiere sentido alternativo como descolonialidad del poder (Aníbal Quijano Obregón). La historia de los últimos cinco siglos es un interminable gobelino desplegado de dominación, aquel ayer persiste en las huellas actuales sin desembarazarse de sus estigmas de raza/etnicidad, género y racionalidad instrumental. Colonialidades que no cesan luego de las sucesivas crisis capitalistas a partir de los años setenta, con dominio del capitalismo financiero, sus mascarones de proa: la flexibilidad laboral y el individualismo social, sumas del fundamentalismo de mercado neoliberal. Se trata de transformar lo reificado por un retorno, que es una réplica, una resistencia, a la “indigenidad” y ciertamente una renovación del ser social subyugado, en ese punto en que la dialéctica negativa reconoce la contracara de la colonialidad del poder como alternativa, alter-mundo posible y necesario. Agreguemos, como bifurcación de senderos de futuro.

Finalmente, como ya de algún modo se ha expresado todo este volumen, nos deja conmovidos y reflexionando, y como sus agradecidos editores invitamos con fervor a su atenta lectura, pues va de seguro tanto el valor de su contenido social y sociológico como de su disfrute. Cerramos aquí el círculo al volver a las líneas dadas a inicio de este prologar, memorando aquel gesto con que se inicia lo compilado para hacer del hoy latinoamericano y caribeño un pensamiento y una praxis asociada. Por todo ello, agradecemos inmensamente a todos y todas por la voluntad puesta en juego para llevar adelante esta obra contando con sus invalorables contribuciones en escena intelectual de horizonte compartido.

 

Buenos Aires, septiembre de 2015.

Alberto L. Bialakowsky[4]

Bibliografía

Bauman, Zygmunt 1976 Capítulo 3: “Crítica de la no-libertad” en Para una sociología crítica. Un ensayo sobre el sentido común y la emancipación (Buenos Aires: Ediciones Marymar).

Borges, Jorge Luis 2013 Cuentos completos (Buenos Aires: Debolsillo – Contemporánea).

Fals Borda, Orlando 1987 Ciencia propia y colonialismo intelectual. Los nuevos rumbos. (Bogotá: Carlos Valencia Editores).

Piaget, Jean y García, Rolando 1982 Psicogénesis e historia de la ciencia (México: Editorial Siglo XXI)

Quijano, Aníbal 2014 Cuestiones y horizontes. Antología esencial. De la dependencia histórico-estructural a la colonialidad/descolonialidad del poder (Buenos Aires: CLACSO).


  1. Boaventura de Sousa Santos ha realizado recientemente el ensayo de una observación del sistema mundial actual desde el futuro. Esta configuración queda perfectamente esbozada a través de su relato (2015 “Una reflexión sobre la utopía” en Página 12, Buenos Aires, 25 de septiembre). También en esta línea pueden consultarse los desarrollos de François Houtart sobre las crisis planetaria (2014 “De los bienes comunes al bien de la humanidad” en Ágora USB, Medellín, Vol. 14, Nº 1, enero/junio). Eduardo Grüner, con sus contribuciones ha alcanzado a definir esta tendencia del sistema en su (ir)racionalidad autodestructiva (Grüner, Eduardo (Coordinador) 2011 Capítulo: “Los avatares del pensamiento crítico. Hoy por hoy” en Nuestra América y el pensar crítico. Fragmentos de Pensamiento crítico de Latinoamérica y el Caribe (CLACSO: Buenos Aires).
  2. Debemos este descubrimiento a los aportes de Jean Piaget y Rolando García (1982).
  3. Expresidente ALAS, VII Congreso, Bogotá, 1964.
  4. Expresidente de ALAS, XXVII Congreso, Buenos Aires 2009.


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