Jaime Antonio Preciado Coronado y Pablo Uc[1]
Introducción
Hay una creciente maduración de los esquemas de integración regional latinoamericana (fuentes de cooperación económica, concertación político-diplomática y consolidación de la “autonomía” regional a nivel interestatal), que prefiguran un espacio de autonomía frente al histórico y nuevo panamericanismo, de factura hegemónica estadounidense, así como frente al impulso neoliberal renovado de la Unión Europea, y de países y bloques situados en el Pacífico asiático. Una tendencia a la integración autónoma latinoamericana y caribeña, si bien de matriz interestatal, que también acompañan y a menudo cuestionan actores y movimientos sociales con proyectos contrahegemónicos.
Con la decisiva incidencia de la proyección geoeconómica y geopolítica de China en la región, se están reacomodando las alianzas interestatales e intergubernamentales en torno del proceso de integración regional, así como la posición de actores y movimientos sociales que cuestionan la persistencia de conflictos asociados con el modelo de (anti)desarrollo, resultado de la crisis sistémica y global del capitalismo. La crisis se expresa en varios factores que no son ajenos a la proyección geoeconómica y geopolítica de China: un nuevo esquema de endeudamiento centrado en la re-primarización de la economía, la intensificación del neoextractivismo para una inserción ampliada de la región al esquema de acumulación de capital, y la reestructuración de los esquemas de dependencia, con un nuevo locus de financiamiento en instituciones estatales y privadas chinas, que lejos de representar “alternativas” en términos geopolíticos frente a EEUU, son complementarias a la hegomonía del capital financiero, encabezado por las instituciones financieras occidentales que prevalecen más que vigentes.
Este trabajo tiene como objetivo reflexionar sobre la cultura geopolítica de China, las implicaciones de su proyección geoeconómica y geopolítica sobre América Latina y el Caribe, y sobre los escenarios de triangulación geopolítica emergente entre EEUU-China y Latinoamérica.
Crece la importancia de la relación sino-latinoamericana
En su última gira a la región latinoamericana en 2012, el ex primer ministro chino, Wen Jiabao, propuso duplicar los intercambios con América Latina y empujó las negociaciones para un tratado de libre comercio con el Mercado Común del Sur (Mercosur). Entre 2001-2011, el comercio entre ambas regiones creció un 30% anual hasta rondar los 24 mil millones de dólares en 2011, lo que ha definido a China como el segundo socio comercial del subcontinente, después de Estados Unidos (EEUU) –y el primero de algunos países estratégicos en la región sudamericana como Brasil y Uruguay–. Un año después, su sucesor, Xin Jinping, declaró en su visita a México que:
“En los próximos cinco años, China va a importar productos valorados en más de 10 billones de dólares y va a realizar una inversión internacional de más de 500.000 millones, y más de 400 millones de chinos van a efectuar viajes internacionales. Así que el desarrollo de China va a ser una buena noticia para el resto del mundo. [Además] no nos cabe la menor duda de que cuanto más se desarrolle América Latina, más les convendrá al mundo y a China” (Prados, 2013).
La gira de Jinping en el mes de junio de 2013 por América Latina y EEUU refleja varias de las líneas estratégicas que parecen moldear la emergente triangulación geopolítica entre América Latina, China y EEUU. La escala inicial del primer ministro chino se efectuó en Trinidad y Tobago: la primera visita de un mandatario de la nación asiática al Caribe anglófono y el inicio formal de negociaciones con una nación referencial en la producción petrolera y gasífera de la cuenca caribeña[2]. Así lo demostró la previa reunión del embajador chino en Trinidad, Huang Xingynan, y el ministro trinitario de Energía, Kevin Ramnarine, en la que se discutieron posibles alianzas en las inversiones conjuntas en África: impulsar el desarrollo de las reservas de gas natural del país caribeño y la posible ampliación del Canal de Panamá (Primera, 2013). Por otro lado, su paso por Puerto Príncipe también implicó la reunión de Jinping con los líderes de Antigua y Barbuda, Barbados, Dominica, Granada, Guyana, Surinam, Jamaica y Bahamas, receptores de importantes préstamos provenientes de China para la creación de infraestructura turística y miembros de la Comunidad del Caribe (CARICOM), quienes menos de una semana antes se habían reunido con el vicepresidente estadounidense John Biden (Primera, 2013).
Su siguiente escala tocó un epicentro político y comercial en Centroamérica: Costa Rica, el único país de la subregión con el que China guarda relaciones diplomáticas. Además de haber establecido una agenda bilateral centrada en proyectos estratégicos de infraestructura, también se exploraron diversos proyectos que el país asiático proyecta en Centroamérica: tales como las inversiones para infraestructura en Honduras y Panamá, o el proyecto del canal interoceánico en Nicaragua.
México fue la tercera escala en la gira de Jinping. Ahí se hizo explícita la necesaria recomposición de las desequilibradas relaciones comerciales entre ambos países –aumento de exportaciones de México a China y de inversión china en el país latinoamericano–. A pesar de la aparente reestabilización diplomática –afectada por la política exterior del expresidente mexicano Felipe Calderón–, el balance de las relaciones no hizo desaparecer la incómoda definición de México como una economía vulnerable a la abrumadora exportación de manufactura china y como un territorio estratégico para la triangulación comercial de los productos chinos que pretenden llegar al mercado estadounidense. Finalmente, el premier chino visitó a su homólogo estadounidense, Barack Obama, frente a quien anunció un “nuevo modelo de relaciones” entre las dos potencias con el mayor poderío económico global, una senda de viabilidad diplomática ante el evidente escenario de rivalidad inter-hegemónica que se ha reflejado en los últimos años.
Además de la reveladora agenda estratégica del país asiático en la región, ha sido evidente el impacto simbólico de la ruta trazada por la diplomacia china en América Latina, la misma que recorrieron días previos tanto el presidente como el vicepresidente de EEUU. Resulta pertinente preguntarse si este coyuntural escenario –apenas esbozado en una gira diplomática– involucra la emergente disputa inter-hegemónica sino-estadounidense, en una triangulación que podría crear nuevas opciones estratégicas a los países de América Latina y el Caribe. Es decir, ¿cómo interpretar la triangulación geopolítica entre EEUU, China y América Latina? ¿Qué impactos tienen estos nuevos escenarios sobre la concreción de la integración autónoma latinoamericana y caribeña? ¿Se abren nuevos horizontes y alternativas?
La nueva cultura geopolítica de China
Una cultura geopolítica determina qué Estados son considerados amigos o aliados, y cuáles son definidos como enemigos reales o potenciales (Ó Tuathail, 2006). En el fondo, es necesario reconocer qué identidad nacional colectiva predomina y cómo ésta moldea las relaciones de un específico Estado con la comunidad internacional. De ahí la relevancia de identificar la redefinición de la cultura geopolítica de China en la actualidad, a fin de entender sus alcances y límites, particularmente en su proyección hacia América Latina.
Uno de los expertos del Council on Foreign Relations de Estados Unidos en temas de seguridad internacional y geopolítica en la región oriental asiática, Robert Kaplan, ha elaborado un análisis del futuro del poder estadounidense frente a la emergencia del poder asiático, en el que resalta el razonamiento planteado por Halford Mackinder a inicios del siglo XX: “mientras que Rusia, ese otro gigante euroasiático, básicamente era, y sigue siendo, una potencia terrestre con un frente oceánico bloqueado por el hielo, China, debido a una costa de 9.000 millas de clima templado con muchos puertos naturales, es un poder tanto terrestre como marítimo” (Kaplan, 2010: 12).
Siguiendo a Mackinder, Kaplan establece que la expansión de China más allá de sus fronteras “podría constituir el ‘peligro amarillo’ a la libertad mundial, ya que podría generar un enfrentamiento oceánico por los recursos del gran continente (euroasiático), una ventaja hasta ahora negada a Rusia, inquilino del pivote continental” (Kaplan, 2010). El alcance virtual de China se extiende desde Asia Central, con toda su riqueza mineral y de hidrocarburos, a las vías de navegación principales del Océano Pacífico. Más tarde, cuando los ideales democráticos se tensionan con la realidad, Mackinder predijo que “junto con Estados Unidos y el Reino Unido, China eventualmente guiaría al mundo por la construcción de una cuarta parte de la humanidad de una nueva civilización, ni muy oriental ni muy occidental” (Kaplan, 2010).
Para desarrollar el análisis de la cultura geopolítica china, es necesario plantear tanto las dimensiones estratégicas de su desenvolvimiento internacional como sus principales tensiones a nivel interno. Por otro lado, las perspectivas en torno a la emergencia de China como potencia global –y ante una virtual rivalidad hegemónica geoeconómica frente a EEUU– hacen que la cultura geopolítica se sitúe en el actual debate en torno al modelo chino, que alude al “sustancial y sostenido desarrollo y crecimiento económico de la República Popular China [RPC] desde finales de 1978, y las consecuencias políticas de ese crecimiento y desarrollo” (Chen y Goodman, 2012). Esto para otros autores ha significado un debate sobre el potencial Consenso de Beijing, en competencia con el neoliberal Consenso de Beijing.
Dimensiones estratégicas
Proyección geoeconómica internacional
Con una tasa de crecimiento anual promedio que superó el 8% de su Producto Interno Bruto (PIB) en 2009, y el 10% en el segundo trimestre de 2010, China se posicionó a inicios de la segunda década del siglo XXI, como el motor de la región oriental, por encima de Japón, y a nivel global sólo se encuentra por detrás de EEUU, que todavía concentra el 22.5% del PIB total del mundo. No obstante, para 2010, China se ha convertido en el principal exportador mundial, superando por primera vez a Alemania con 1,17 billones en productos exportados e incluso ha superado a Estados Unidos como el mayor productor mundial de automóviles. Por su parte, a fines de 2009, el comercio exterior de China confirmó una tendencia ascendente, subiendo un 32,7% con respecto a 2008. Además, las importaciones aumentaron en un 55,9% y actualmente es la segunda economía que recibe la mayor inversión extranjera directa (ALMD, 2010a; Reinoso, 2010).
Esta situación, sin embargo, debe contrastarse al considerar que, a pesar de que el PIB per cápita ha aumentado doce veces desde la década del setenta, a nivel mundial el dragón asiático se posiciona en el lugar número 86. De acuerdo con los indicadores de la Asociación de Naciones del Sudeste Asiático (ASEAN), 47% de los 1.320 millones de ciudadanos chinos (estimados para 2009) viven con menos de dos dólares diarios. Se trata de una situación de desigualdad que persiste como su talón de Aquiles en términos de desarrollo (Yao, 2010).
Aunque no se ha salvado del tsunami financiero y económico que sacudió al planeta en 2008-2009, China procesó con agudeza la lección de la crisis que agitó a Japón y a los dragones asiáticos en 1997 y 1998. De tal forma que captó el capital extranjero para modernizar un aparato de producción totalmente obsoleto y aumentar las exportaciones (ALMD, 2010a). Posteriormente, Pekín se concentró en el control del sistema bancario y la acumulación de las reservas financieras internacionales más grandes del mundo: a finales de septiembre de 2009, alcanzaron un récord de 2 billones 273 mil millones de dólares, de acuerdo con el banco central chino (LNA, 26.09.2010).
Esta cantidad de reservas, de la que una parte se concentra en fondos de inversión en poder del Estado –fondos soberanos de riqueza–, le ha servido para incidir en empresas extranjeras o para comparar bonos del tesoro estadounidense. Esta estrategia le ha permitido convertirse en su principal acreedor desde 2008. Según cifras del gobierno norteamericano, a fines de enero de 2010, China consolidó su lugar como primer acreedor con inversiones públicas y privadas por 739.600 millones de dólares en títulos del tesoro estadounidense (U.S. Treasury Department, 2010). La capacidad económica y comercial de China le ha proporcionado un poder sustancial en la dinámica del mercado internacional y le ha permitido construir sólidos puentes de intervención en una gran cantidad de mercados internos de la mayoría de los países del mundo.
La proyección geoeconómica de China pude interpretarse como un código de tres escalas:
A nivel local-regional, se ha concentrado en consolidar una dirección hegemónica comercial sobre el sudeste asiático, con el establecimiento de relaciones estrechas con los cuatro tigres asiáticos (Hong Kong, Singapur, Corea del Sur y Taiwán) y la imposición indirecta de su doctrina comercial ‘neo-capitalista’. Mientras que, como parte de la ASEAN+3 (China, Japón y Corea de Sur), el gigante asiático consolidó en 2010 un tratado de libre comercio con la organización, que reúne a las diez economías de la subregión –el mercado subregional con mayor número de consumidores en el mundo–, y se encuentra en proyecto de ser ampliado a la India, Australia y Nueva Zelanda (ASEAN+6). Esto ha otorgado a China una creciente influencia en la dirección del modelo de desarrollo de su área comercial inmediata, una relevante estabilidad política regional en su frente oriental y el desplazamiento de Japón como pivote hegemónico de la panregión oriental.
A nivel regional ampliado, la estrategia geoeconómica de China se sustenta en una proyección comercial hacia los países ex soviéticos como Kirguistán, Uzbekistán, Tayikistán, Pakistán e incluso la India, a cambio de seguridad energética, mediante provisiones fundamentales de petróleo, lo que aminora su dependencia al Oriente Medio y el Norte de África.
Mientras que, en la escala global, el proceso de expansión comercial a todo el mundo y el establecimiento de enclaves geoeconómicos en los países ricos en recursos naturales, tanto energéticos como hídricos y alimentarios, en el Norte y Este de África, América Latina y Asia, han sido la base de su expansión e influencia.
Variables estratégicas político-militares
La redefinición del código geopolítico chino, es decir, el conjunto de supuestos estratégicos sobre los que se basa su política exterior, está marcado por un gran salto adelante en la estructuración de ajedrez geopolítico regional e internacional. Así lo revela su sector estratégico-militar, como es el Ejército Popular de Liberación (EPL), que ha manifestado la necesidad de aumentar el gasto militar e incluso construir una base naval en Oriente Medio. En este sentido, Yang Li, general del EPL y miembro de la Universidad Nacional de Defensa, señala que “China ha sido empujada a la vanguardia de la escena mundial por la fuerza de las circunstancias y, una vez ahí, es mejor tomar la iniciativa, porque cuando se enfrentan desafíos y provocaciones, China debe mostrar su bandera y golpear fuerte” (Brown, 2010).
La proyección estratégica de China se ha extendido al plano diplomático y militar, elementos esenciales de las nuevas retóricas nacionalistas asiáticas. Como miembro permanente del Consejo de Seguridad, China pretende asumir nuevas responsabilidades internacionales. Así, intenta ser el país mediador entre EEUU y Corea del Sur con Corea del Norte; construir una estrategia coordinada para la mediación de los conflictos en Oriente medio y el norte de África; contener la diplomacia unilateral de los países occidentales y la OTAN en asuntos estratégicos de Eurasia y, por supuesto, definir la agenda regional del este y sudeste asiático. Esto se conjuga con su proyección como potencial mediador entre los países centrales de Occidente e Irán, y con el resto de los países con presencia islámica en Asia. Este código geopolítico con creciente proyección internacional también se ha visto reflejado en el impulso a un esquema de cooperación estratégica para salvaguardar la agenda internacional en materia antiterrorista, energética y de seguridad, como lo expresan las líneas de la Organización para la Cooperación de Shanghái (OCS).
De acuerdo con indicadores anunciados por Pekín en vísperas del inicio de la sesión anual de la Asamblea Popular Nacional (APN) en marzo de 2010, el presupuesto de defensa para ese año fue planeado para alcanzar los 532.110 millones de yuanes (alrededor de 70 mil millones de dólares), lo que supone un incremento del 7,5% sobre el gasto real efectuado en 2009, que superó en 2.050 millones de dólares lo planificado. Si se compara el presupuesto de 2010 con el de 2009, el ascenso es del 10,7%. Esta situación posiciona al país asiático en el segundo lugar a nivel mundial en gasto militar, sólo tras EEUU, y seguido por Reino Unido, Francia, Japón, Alemania, Rusia, Arabia Saudí, Italia y la India. Para 2011 el gasto militar de Beijing aumentó en más del 30%, lo que ha representado una inversión dos veces y medio mayor respecto a los inicios de la década pasada (Reinoso, 2010b).
De acuerdo con las declaraciones del Li Zhaoxing, portavoz de Parlamento Nacional, “el único propósito de la fortaleza militar china es proteger la soberanía y la integridad territorial” (Reinoso, 2010b). Aunque detrás de estas declaraciones se encuentra implícita la importante prioridad que otorga Pekín al mantenimiento de la presión sobre Taiwán para evitar que pueda declarar la independencia, y el reforzamiento del control sobre las regiones autónomas de Tíbet y Xinjiang, donde se registraron violentas revueltas étnicas en 2008 y 2009, respectivamente. Por otra parte, China considera a Taiwán como parte irrenunciable de su territorio, a pesar de que la isla ha sido gobernada como país soberano de facto desde que los nacionalistas de Chiang Kai-shek se refugiaron en ella tras perder la guerra civil contra los comunistas de Mao Zedong en 1949 (ALMD, 2010b: 65).
Este aumento en la capacidad militar china, no implica forzosamente que exista una direccionalidad bélica orientada a desatar una guerra contra sus rivales regionales o contra el propio EEUU. En todo caso, se trata de un simbólico fortalecimiento de su capacidad de disuasión regional, y de contención fronteriza, considerando la inestabilidad limítrofe que enfrenta tanto por grupos internos como por los países vecinos, con los que mantiene históricas pugnas territoriales y por recursos naturales, como es el caso de Japón (Brown, 2010).
Diplomacia y direccionalidad sobre el Oriente Medio y Asia Central
La política exterior china, respecto a la conflictividad más reciente en el Oriente Medio y el Norte de África, ha expresado una creciente autonomía frente a las directrices occidentales y con ello evidenciado el fortalecimiento de su coordinación diplomática con Rusia, bajo la defensa del principio de no intervención.
En relación con Asia Central, China se ha posicionado como el actor geopolítico fundamental en la esfera energética y comercial. Desde 2009-2010, China se ha convertido en el principal socio comercial de los Estados de Asia Central, superando a Rusia y a la Unión Europea. Respecto del ejercicio de poderes suaves en su política exterior, China ha promovido iniciativas de cooperación cultural y lingüística a fin de involucrar a las sociedades de Asia Central con su cultura y contribuir a frenar la ola de revoluciones de la primavera árabe, que pudiese generar inestabilidad a esta región estratégica, en la que pasa un oleoducto regional primario para sus intereses, y en la que paulatinamente se expresan los efectos devastadores de la manufactura y mano de obra sobre la economía nacional (Indeo, 2012).
También destaca el liderazgo de China en la Organización para la Cooperación de Shanghái (OCS) y el rol de esta organización en la consolidación de un proyecto de seguridad regional[3].
Junto con el bloque BRICS, China se ha convertido en un pilar fundamental de los proyectos diplomáticos de la nación Palestina por su reconocimiento como estado soberano, al considerarlo como contraparte bilateral, y al votar a favor de la resolución 67/19 de Naciones Unidas, elevando su estatus a “Estado observador no miembro” en la Asamblea General, misma que reafirma el derecho del pueblo palestino a la autodeterminación y reconocimiento de un Estado soberano que recupere las fronteras de 1967 (EP, 2012).
Paradojas y contradicciones del gigante asiático
Desde una perspectiva histórico-estructural, es de gran relevancia considerar los límites que enfrenta la proyección hegemónica de China en el sistema-mundo. Un primer elemento es la capacidad que China detenta para construir liderazgo internacional, entendida como la variable primordial para que las premisas del Consenso de Beijing asienten su proyección hegemónica.
Actualmente, China es miembro permanente del Consejo de Seguridad de la Organización de Naciones Unidas; en 2001 se incorporó a la Organización Mundial del Comercio; es un actor clave en el Grupo de los 20 (G-20); junto con Brasil, Rusia, India y Sudáfrica, ha constituido el grupo BRICS, cada vez más influyente en el escenario internacional. De hecho, para Alberto Cruz (2010), es posible identificar cuatro frentes de despliegue geopolítico internacional, basados en las coordenadas de Corea del Norte, Irán, América Latina y África. En cada una de ellas, China teje estrategias diferenciadas de influencia subregional, que guardan un simbólico pero claro ímpetu de rivalidad hegemónica, si se considera la sensibilidad de estos frentes en la agenda política estadounidense.
Por su parte, en la estructura financiera global, cabe destacar que, pese al notable ascenso de China y la India en el seno organizativo del Fondo Monetario Internacional, persisten profundas asimetrías en la capacidad de voto de los países emergentes. A pesar de su poderío geoeconómico, China ostenta solamente el 3.65% del voto frente a Japón (6.01%) y EEUU (17.67%). En este sentido, el voto de la potencia norteamericana constituye un veto de facto, ya que en las decisiones cruciales se requiere una mayoría del 85% (Jalife, 2010).
Contradicciones y paradojas de la cultura política interna
Desde una perspectiva también estructural, pero que involucra la agenda interna de China, destacan las siguientes dimensiones. Por un lado, la gigantesca demanda de recursos naturales, que implica un modelo económico como el chino, su estructura demográfica y el rol que juega para el futuro del cambio climático[4]. Por otro lado, el esquema de control-represión social interno, la crítica condición de la libertad de expresión y el respeto a los derechos humanos. Este conjunto de aspectos representan una fragilidad central en la proyección hegemónica de China, donde se reproduce y amplía una profunda asimetría social, y crece el descontento social expresado en crecientes protestas urbanas y campesinas, a la vez que persiste un rígido control del poder central, que combina represión de derechos fundamentales de ciudadanía y cooptación política clientelar mediante el aparato político del partido. Según informes oficiales del gobierno chino, “el ingreso mensual medio de las zonas urbanas es de 9.422 yuanes (1.165 dólares), frente a apenas 3 mil yuanes (371 dólares) en las zonas rurales, sin tener en cuenta a los emigrantes sin empleo, que van de una provincia a otra en busca de algún trabajo de jornalero…” (ALMD, 2010a: 67).
La creciente desigualdad entre ciudad y campo, y entre estratos sociales, ha derivado en importantes protestas de los movimientos campesinos contra la fuerte presión fiscal por parte de autoridades locales y la confiscación de tierras sin compensaciones financieras equitativas. Por su parte, los emigrantes internos consolidan iniciativas de movilización con cada vez más éxito, que han comenzado a delinear demandas por la elaboración de una agenda de derechos laborales básicos, ante la terrible precarización obrera que existe en el país: ausencia de contratos, protección social y salarial, sanidad y educación para sus familias, vivienda, etc. (Thornton, 2008).
En este marco de persistentes desigualdades que aquejan a China, hay que añadir el tema de la represión a las minorías y la resistencia gubernamental frente a las demandas de autonomías regionales, de escala subnacional. Aunque es reconocida como República multiétnica, con 56 nacionalidades, el gobierno central chino enfrenta una profunda tensión y conflictividad derivada de las históricas y renovadas reivindicaciones étnicas, en las que se mezclan proyecciones separatistas y reivindicaciones autonómicas. Aunque el gobierno central creó la figura de cinco regiones autónomas –Mongolia interior, Ningxia, Guangxi, el Tíbet y Xingiang–, la arquitectura institucional del desarrollo regional y la sujeción relativa de los gobiernos autónomos han conseguido, contradictoriamente, exacerbar el descontento de las minorías étnicas. El valor supremo de la integridad territorial del Estado nacional se ha traducido más en represión y violencia que en estrategias de negociación y estabilidad de cara a las regiones subnacionales (Bulard, 2009).
Este complejo y contradictorio escenario interno dificulta hasta ahora que China construya un liderazgo internacional definido. La polémica agenda de derechos humanos y la sistemática represión mediática –incluyendo el control de la prensa y la Internet–, el estrecho horizonte para ampliar el ingreso per cápita, así como los precarios espacios para la libertad de expresión y libre manifestación (Nye, 2011) hacen latente un estallido social antisistémico que impide la expansión de un modelo de desarrollo regional sustentable. No obstante, su estrategia conectiva Sur-Sur y su gigantesco poderío financiero abren espacios diferenciados –aunque no necesariamente alternativos– en la geopolítica que proyecta China hacia regiones como América Latina, que enseguida serán revisados.
Una nueva triangulación geopolítica: China-EEUU-América Latina, y el imaginario de la autonomía regional
El estadounidense Consejo de Relaciones Exteriores (CFR) emitió el informe “Relaciones Estados Unidos-América Latina: Una nueva dirección para una nueva realidad”, en el cual expresaba textualmente que “la política estadounidense ya no puede ser basada sobre la suposición de que Estados Unidos es el actor exterior más importante en América Latina. Si hubo una era de hegemonía de Estados Unidos en América Latina, [ésta] se acabó” (CFR, 2008).
Por un lado, el informe urgía a la nueva administración estadounidense a fortalecer su proyecto hegemónico sobre la región, dado su carácter de “influencia natural” (la panregión americana), pero por otro lado, velaba la denominada tesis de la “irrelevancia latinoamericana”, según la cual América Latina no representa una prioridad en la agenda de la política exterior estadounidense, lo que convierte en “tácita” la política intervencionista de Washington en la región.
Las acciones ejercidas durante la administración de Barack Obama contradicen la tesis de “la irrelevancia latinoamericana”: el fortalecimiento de la estructura militar en la región (basus belli), mediante el establecimiento de siete nuevas bases militares en Colombia, que se unen a las existentes, y la reactivación de la IV Flota en el Atlántico Sur en 2008. Lo mismo ocurre con la puesta en marcha de la Iniciativa Mérida en México (2008) y extensivamente en Centroamérica, la cual prevé un paquete de 1.600 millones de dólares para la lucha contra el tráfico de drogas y la delincuencia organizada (Preciado, 2009).
Esta iniciativa resulta complementaria al Plan Colombia y a la ahora llamada Iniciativa Mesoamericana (antes el Plan Puebla Panamá). A esto se une el apoyo de ciertas cúpulas del Congreso y las Fuerzas Armadas estadounidenses al golpe de Estado en Honduras en 2009, la reocupación militar de Haití, tras el terremoto catastrófico de 2010, y el beneplácito por el golpe de Estado parlamentario a la presidencia de Fernando Lugo en el Paraguay en 2012. Los presidentes sucesores fueron reconocidos de inmediato por el gobierno estadounidense y se realizaron sus gestiones para su reconocimiento, también, en las instituciones panamericanas, como la Organización de Estados Americanos (OEA) y el Banco Interamericano de Desarrollo (BID). Estos acontecimientos puntuales refuerzan el poder duro en la política interamericana del gobierno de Obama.
Es importante agregar el hecho de que el comercio estadounidense con la región creció 139% de 1996 a 2006. De hecho, cabe reconocer, que EEUU sigue siendo el principal inversor en América Latina[5]. En 2012, “las exportaciones de Estados Unidos a América del Sur, el Caribe y Centroamérica ascendieron a 205 mil millones dólares, en comparación con los 110 mil millones de dólares de las exportaciones a China” (Muñoz, 2013). El caso más importante lo representan las exportaciones estadounidenses a México, que alcanzaron los 216 mil millones de dólares en 2012, aunque a la vez China se haya convertido ya en su segundo socio comercial, y el primero de Brasil y de Uruguay. Por otro lado:
“[L]as exportaciones de Estados Unidos a América Latina y el Caribe han disminuido durante la última década, y China ha ido llenando ese vacío, mientras que el comercio de la India con la región también crece considerablemente. Los Estados Unidos se han convertido en el segundo socio comercial de Brasil, después de China. El comercio bilateral entre ambos países alcanzó los 100 mil millones de dólares, pero el vicepresidente Biden dijo que ‘no hay razón’ para que ese número no alcance los 400 ó 500 mil millones” (Muñoz, 2013).
Por su parte, América Latina es ahora la principal proveedora de petróleo extranjero a EEUU (casi 30% de las importaciones, comparado con el 20% que provienen del Medio Oriente), y es también la mayor fuente de narcóticos ilegales que dinamizan la economía criminal norteamericana: 22 millones de personas consumen algún tipo de droga ilegal; entre 2008-2009 aumentó en 60% el uso de metanfetaminas, mientras que unas 750.000 personas habrían usado la droga éxtasis u otras drogas sintéticas que tienen como laboratorios sede la región latinoamericana y el propio EEUU (Chirinos, 2010).
Además, la migración se mantuvo de forma acelerada hasta el colapso financiero de 2008, a pesar de la decreciente capacidad doméstica de absorción de la mano de obra latinoamericana. En los hechos, los latinos son el 15% de la población estadounidense y representan casi 50% de la tasa total del crecimiento de la población. Estos factores reflejan cómo “el bienestar de América Latina afecta directamente a Estados Unidos” (O´Neil, 2008), lo cual configura una multiforme interdependencia entre EEUU y Latinoamérica.
La influencia, relevancia y redefinición de relaciones entre China y América Latina posee otras perspectivas. Para Cornejo y Navarro (2010) “América Latina no es una prioridad para China, ya que se ubica en un lugar menos importante que Estados Unidos, Asia o Europa. Pese a ello, la relación se ha intensificado y es vista incluso como una de las expresiones de dinamización autónoma de la región en la esfera comercial más importante, no sólo por la capacidad de diversificación comercial que rompe con la dependencia con el mercado estadounidense, sino también por las implicaciones simbólicas de tener como segundo gran socio al rival EEUU en el reposicionamiento hegemónico.
En términos más concretos y desde el punto de vista económico (con algunas pocas excepciones), el vínculo se basa en el intercambio de bienes manufacturados chinos por materias primas (petróleo, alimentos y minerales), provenientes de América Latina. En otros términos, se trata de un intercambio entre trabajo y renta del suelo. Desde un punto de vista político, “la región es importante en la disputa diplomática con Taiwán y como socia en la búsqueda de un mundo más multilateral” (Cornejo y Navarro, 2010:79). En contraste, para el analista Heinz Dieterich (2009), China podría llegar a convertirse en un modelo de potencia mundial para América Latina.
Dieterich considera que el problema estructural de China y de varios países latinoamericanos hace tres décadas eran los mismos: salir del status de región subdesarrollada e insertarse como potencia en el orden global. La proyección geopolítica de China, basada en una firmeza estratégica –entendida como “congruencia” entre su política exterior y sus prioridades de crecimiento interno-, y una flexibilidad táctica en la conquista de posiciones geoestratégicas a nivel global, como lo representa su despliegue en África, trazan un posible rumbo para varias de las políticas exteriores de la región latinoamericana (Dieterich, 2009).
Una interesante construcción de poder suave e inteligente, sin recurrir forzosamente al poder duro (con el que prácticamente ninguno de los países latinoamericanos cuenta en términos globales), que se ha visto reflejado, por ejemplo, en la consolidación de reuniones sistemáticas con la mayoría de los jefes de Estado de África, las cuales han dejado como resultado un afianzamiento de las nuevas relaciones Sur-Sur y del polémico Consenso de Beijing.
Una exhaustiva revisión bibliográfica de algunos de los principales ensayos académicos estadounidenses y chinos, de Richard Feinberg (2010), sobre la reestructuración emergente de las relaciones entre China, EEUU y América Latina destaca las amplias repercusiones estratégicas que implica la nueva dimensión económico-comercial que enfrenta la región latinoamericana ante la creciente influencia del dragón asiático.
Espacios para la autonomía
Es claro que la opción para pensar la integración autónoma latinoamericana se sustenta en la idea de unidad y cooperación desde un enfoque Sur-Sur, así como en el fortalecimiento de los esquemas autónomos regionales de América Latina, África y Asia. ¿Pero cómo definir las pautas de dicho camino a la unidad autónoma? Hay evidencias que sustentan la capacidad de la región, fundamentalmente sudamericana, para construir una “agenda para la desconexión” del caos financiero desatado desde el año 2008 en los centros de poder del sistema internacional: “Con 700 mil millones de dólares de reservas monetarias, 400 millones de habitantes, grandes reservas de hidrocarburos, autonomía energética, importantes yacimientos mineros, la mayor biodiversidad del planeta” (Zibechi, 2011a). Sudamérica posee los elementos necesarios para construir un esquema de autonomía en el ámbito geoestratégico. La amplia riqueza de recursos naturales no sólo le garantiza el abastecimiento en bruto de materia prima y autosuficiencia energética, sino la capacidad de invertir en la construcción de un modelo de desarrollo tecnológico-industrial alternativo, acorde con las nuevas agendas de sustentabilidad ambiental. De hecho, a partir de ciertas variables, América Latina pareciera ser una región que ya ha emergido a nivel internacional:
“Brasil es la séptima economía más grande del mundo, Argentina, Brasil y México ocupan asientos en el G-20, Chile y México se han unido a los países desarrollados de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico (OCDE). Durante la última década, América Latina se ha convertido en una región de países de ingresos medios, con un crecimiento más rápido que el promedio global y una reducción de los déficits comerciales, gracias a un alza en los precios de los commodities, la mejora de las inversiones y el crecimiento de los mercados internos” (Muñoz, 2013).
Esta riqueza y fortaleza estructural le ofrece a Sudamérica un margen de maniobra de creciente autonomía frente a los esquemas de desarrollo impuestos por el Consenso y posconsenso de Washington, así como también, frente a las emergentes pautas del modelo o Consenso de Beijing (Cooper, 2004; Chen y Goodman, 2010). Proyecto que si bien ofrece oportunidades de diversificación comercial frente al histórico horizonte unilateral del sistema interamericano impuesto por Estados Unidos, también se perfila como un modelo profundamente depredador, basado en un desregulado extractivismo y en una agresiva diplomacia comercial, que también vulnera la soberanía y los mercados internos de la mayoría de los países suramericanos.
El segundo elemento para considerar una agenda autónoma latinoamericana se sustenta en la nueva plataforma institucional de integración que ha dado un perfil renovado a la idea de integración y cooperación Sur-Sur. Cabe destacar, sin embargo, que a pesar del prometedor horizonte que constituye la recién creada Comunidad de Estados Latinoamericanos y Caribeños (CELAC, 2011), la cual representa el primer mecanismo hemisférico sin la participación de EEUU y Canadá, existen dos importantes sendas de integración regional con perfiles divergentes, e incluso conflictivos.
Por un lado, la orientación sur-latinoamericanista, que promete una creciente consolidación a través de la UNASUR, la cual ha garantizado la resolución de los conflictos regionales internos y los diferendos entre los países miembros sin intervención extra-regional: el proceso separatista en Bolivia (2007-2008), los procesos de desestabilización interna en Ecuador (2010), el permanente conflicto fronterizo Venezuela-Colombia, etc. Brasil participa en el Banco del Sur, orientado a solidificar la autonomía financiera comercial de la región; el Consejo Sudamericano de Defensa, concentrado en cerrar filas en el ámbito de seguridad regional; y el Consejo Electoral, para asuntos de transparencia en los procesos electorales de la región, que evalúa sin lineamientos impuestos por organismos externos (Páez, 2010).
Por su parte, el ALBA, además de su importante papel para frenar el proyecto panamericano del área de Libre Comercio de las Américas (ALCA) en su formato original, ha impulsado el Sistema Único de Compensación Regional (Sucre), el Banco del ALBA, y una plataforma de integración energética (Petroamérica) basada en otras maneras de conciliar el comercio y el intercambio, y en la que la iniciativa Petrocaribe ha sido la más exitosa, a pesar de la fragilidad que genera la petro-dependencia a Venezuela. Junto al MERCOSUR, este mecanismo ha sido “sensible” a la dimensión social y cultural de los pueblos, impulsando iniciativas, como los tratados de comercio entre los pueblos (TCPs), alternos a las formas clásicas del libre comercio (Páez, 2010). Además, el núcleo duro de la integración sudamericana expresado en el Mercosur aprovechó hábilmente la suspensión de Paraguay, tras el golpe de Estado parlamentario al presidente Lugo en 2012, para integrar como miembro pleno a Venezuela, principal productor petrolero de la región, y promete una próxima ampliación hacia Bolivia y Ecuador.
La otra senda de la integración en la región es la que perfila la recomposición de las estrategias neo-panamericanas (tratados de libre comercio bilaterales entre EEUU y países neoliberales: México, Colombia, Perú, al menos hasta 2011; o con alta fragilidad económica y política estructural: Centroamérica y el Caribe), además de un tipo de integración orientada de nuevo hacia el norte y el Pacífico, basada en la apertura intensiva de los mercados nacionales a los mercados globales. Su expresión más contundente se encuentra en la Alianza del Pacífico Latinoamericano, firmada en Lima, en mayo de 2011, por México, Colombia, Perú y Chile –y potencialmente Costa Rica–, que promete un mercado integrado con las bolsas de valores de los países y la eliminación de las tarifas aduaneras luego de 2020, así como la triangulación de los intereses geoestratégicos y comerciales del capital estadounidense y su proyección hacia el escenario geopolítico del Pacífico.
Frente a tal reconfiguración en los escenarios de integración regional, Latinoamérica enfrenta una orientación no homogénea que cuestiona su cohesión, y amplía el desafío para consolidar su capacidad autonómica ante el escenario de reconfiguración de los poderes hegemónicos del sistema internacional y las nuevas relaciones internacionales. A saber: la rivalidad interhegemónica entre Washington y Beijing, y la creciente incidencia del dragón asiático en la región; el reajuste de poderes estatales en la Europa occidental ante la crisis de la Unión Europea; el reposicionamiento de los poderes emergentes agrupados en el bloque BRICS y en la conformación de nuevos liderazgos en el G20[6]; las consecuencias derivadas del nuevo papel de Brasil como actor global, ante la demanda de mayor simetría al interior de la región latinoamericana (premisa que defienden los bloques de integración sur-latinoamericana); el reajuste de las relaciones de poder económico en el sudeste asiático ante la conformación del TPP, encabezado por EEUU, y su enfrentamiento con el liderazgo de China en la ASEAN; el reacomodo de las potencias centrales en declive en los órganos financieros internacionales; y la nueva estructura de endeudamiento con China, que conlleva además a un nuevo enclave de desarrollo y dependencia extractivista.
Proyección geoeconómica de China sobre América Latina
En apenas diez años, China ha establecido relaciones económicas y diplomáticas con veintiuno de los treinta y tres países latinoamericanos, y la inversión china en los diferentes países latinoamericanos es mayor a los 50 mil millones de dólares[7]. De acuerdo con el Diario del Pueblo de China (2009), “hace veinte años, China era el decimosegundo socio de América Latina, cuyo volumen comercial apenas superaba los 8 mil millones de dólares, pero desde 2007 ocupó la segunda posición, multiplicando por trece aquella cifra y ahora sobrepasa los 100 mil millones de dólares” (citado en Zibechi, 2009).
Para finales de 2009, China se convirtió en el primer socio comercial de Brasil[8], la séptima economía del mundo, y en 2013, de Uruguay, superando la posición de Estados Unidos. Las estrategias geoeconómicas hacia América Latina, por otro lado, se han valido de un hecho singular, ya que el gigante asiático ha comenzado a otorgar créditos al desarrollo, lo que implica proyectos a largo plazo con la región latinoamericana, pero además, la simbólica capacidad de China para incidir en la “direccionalidad” de los proyectos de desarrollo de varios países de la región (Zibechi, 2009).
En una época de débil crecimiento económico, de caída de los precios de los productos básicos y con restricciones en el acceso a créditos, la presencia china ha sido recibida con beneplácito en varios países del cono sur como Bolivia, Paraguay, Ecuador, Venezuela, Brasil y Argentina. Los casos de los últimos cuatro son especialmente significativos, ya que en ellos China está invirtiendo en el área de exploración y explotación de recursos naturales, una de las puntas de lanza más importantes del proyecto geoeconómico chino contemporáneo en el mundo –expresado sólo con mayor intensidad en África–, como lo demuestra su política de préstamos respaldados por petróleo, los cuales:
“Han alcanzado los 59 mil millones de dólares, más de dos tercios del total de compromisos de China con la región […]. Desde 2008, Venezuela ha negociado seis de estos préstamos, por un total de 44 mil millones de dólares. Brasil firmó uno por 10 mil millones de dólares en compromisos en 2009. Ecuador firmó un préstamo por petróleo de mil millones de dólares en 2009 y un segundo en 2010. En julio de 2011 añadió dos más por 3 mil millones de dólares. [Mientras que] en el caso de Brasil, 85% de los préstamos corresponden a ese préstamo de 10 mil millones de dólares, aprobado en 2009 para financiar un ambicioso proyecto petrolero en alta mar, utilizando insumos chinos. En Argentina, todo el financiamiento de 2010 llegó en un solo préstamo: 10 mil millones de dólares para comprar trenes chinos” (Gallagher et. Al., 2013: 9-15).
Cabe señalar, sin embargo, que la proyección china no está forzosamente cernida a los países con más autonomía frente a EEUU, como lo demuestra la reciente gira en mayo de 2013 del presidente chino Xi Jinping a México, Trinidad y Tobago y Costa Rica, lo que parece abrir, en todo caso, una renegociación de los espacios de “influencia natural” estadounidense. China representa el segundo socio comercial de México –a pesar de las enormes brechas de asimetría entre ambos países–, mientras que Trinidad y Tobago –con sus importantes reservas de gas natural y petróleo– y Costa Rica[9], que también ha solicitado en 2013 su ingreso al TPP, parecen representar un enclave geopolítico de interés fundamental para China en Centroamérica y la Cuenca del Caribe.
Siguiendo en materia de comercio, China ha experimentado una vertiginosa evolución. En 1976 solo alcanzaba 200 millones de dólares, mientras que en 1988 ascendía a 2.800 millones. No obstante, vale la pena establecer cuidadosamente el contraste en la balanza comercial entre ambas regiones, en particular (y curiosamente) entre los países latinoamericanos con litoral en el Pacífico, dado que en términos estrictamente comerciales existen aún importantes asimetrías.
La Iniciativa del (Arco) Pacífico muestra “la creciente importancia de los países de Asia y del Pacífico como potencial comercial de los Estados de la región, algo que se ha profundizado por la creciente presencia de China como actor económico en América Latina” (Briceño, 2010: 55). De hecho, la dimensión de Asia como región, y China como actor central en la redefinición de la geoeconomía latinoamericana, puede verse expresada en los tres principales objetivos de la Iniciativa del Arco del Pacífico:
“[…] en primer lugar, actuaría como un bastión para defender las políticas económicas neoliberales aplicadas desde fines de los años ochenta. En segundo lugar, sería una respuesta al ‘eje ALBA’ y sus propuestas de crear un ‘eje antisistémico’, no capitalista y antiimperialista. Finalmente, constituiría una instancia para tratar de institucionalizar un espacio regional a partir del cual negociar con los países de Asia Pacífico, en particular con China” (Briceño, 2010: 55-56).
La región de Asia Pacífico tiene una creciente importancia como destino de las exportaciones de varios países. Chile envía 34% de sus exportaciones a esta región, Perú 22% y Costa Rica 12%, mientras que América Latina todavía no es destino enteramente preferente de los países asiáticos. Entre 2006-2008, en promedio, sólo 3,7% de las exportaciones de Asia Pacífico se dirigió al Arco del Pacífico Latinoamericano, mientras que las importaciones desde ese origen representaron 2,1% del total (Briceño, 2010:57). Sin embargo, es previsible que el crecimiento de China incremente el volumen y la calidad del intercambio comercial entre ambas regiones, lo cual contrapesará el diseño estadounidense del TPP.
En septiembre de 2010, la Gaceta Oficial del gobierno de Venezuela, publicó la ley 39.511, la cual aprueba un acuerdo de financiamiento a largo plazo entre los gobiernos de Venezuela y China. Se trata de un crédito de 20 mil millones de dólares para financiar diecinueve proyectos de desarrollo, que tendrá como base de la línea de crédito la venta de petróleo crudo. En septiembre de 2010 el presidente de Venezuela, al recibir los primeros 4 mil millones de dólares de uno de los acuerdos energéticos más importantes de la región, declaró: “Todo el petróleo que China pueda necesitar para consolidarse como una gran potencia está aquí” (Zibechi, 2009). Para evaluar el volumen total de la inversión china en Venezuela, “debe considerarse que la potencia asiática registró una inversión directa en el exterior de 56.500 millones de dólares en 2009, ¿cuánto de ella para Latinoamérica? La mayor de su historia, ya que el acuerdo con Venezuela representa casi 36% del total anual en su mejor año. Y en un solo país” (Zibechi, 2009). Venezuela ya envía a China cerca de 500 mil barriles diarios de petróleo, a los que deben sumarse 400 mil barriles que producirá una empresa mixta binacional que operará en la Faja del Orinoco. Y, finalmente, los 300 mil barriles del último acuerdo. Esto significa que, en total, las exportaciones de petróleo venezolano a China superarán el millón de barriles diarios. La misma cantidad que Venezuela exporta a Estados Unidos[10] (Zibechi, 2009).
La inversión de China en infraestructura y su basamento petrolero es contundente, como se explica en detalle más adelante cuando se analiza la estructura de préstamos. Vale destacar que las líneas de inversiones estratégicas también se encuentran en el ámbito de ciencia y tecnología, como lo representa el lanzamiento del satélite ecuatoriano “Pegaso” desde una base china, y el caso boliviano con el próximo lanzamiento del satélite “Tupaj Katari”, proyectado para 2013. Además, “han concurrido 64 becados a la Academia China del Espacio a capacitarse en el manejo del satélite y con el sueño de poder controlarlo desde la Agencia Boliviana Espacial, creada en 2010” (Stefanoni, 2013).
Otra dimensión de la influencia china en América Latina se relaciona con un fenómeno histórico: las comunidades chinas dispersas en toda la región latinoamericana. Cesarin (2010: 100) llama la atención al respecto, al considerar que éstas representan la estructura de una palpable economía de redes “verificables entre comunidades entrelazadas por lazos étnico-culturales, comunidades que hoy cuentan con poder de lobby, representatividad política e influencia económica”. Estas comunidades representan, por tanto, auténticos actores no estatales con incidencia cada vez más relevante en la generación de riqueza, cooptación y control de mercados internos a escala local y regional, que pueden consolidar y expandir valores culturales y dinámicas económico-comerciales en los diversos sitios en los que se desenvuelven, y un fuente fundamental de remesas generadas en el extenso territorio de América Latina.
La compleja estructura de endeudamiento con China: ¿nueva dependencia?
China y América Latina poseen intereses comunes en varios mercados estratégicos, pero no en todos. Los intercambios comerciales y la promoción de inversiones chinas en la producción de bienes primarios han generado escenarios positivos para los inversores asiáticos y los países latinoamericanos.
Es fundamental identificar el nuevo esquema de préstamos y endeudamiento trazado entre el gigante asiático –otorgados en su mayoría por el Banco de Desarrollo de China (BDC)[11] y el Banco Ex-Im de China (BEIC)– y la región latinoamericana. De acuerdo con Gallagher:
“Desde el año 2005 China ha concedido aproximadamente 86 mil millones de dólares en compromisos de préstamos a países latinoamericanos. El monto de préstamos es mayor que el otorgado por el Banco Mundial (BM), el Banco Interamericano de Desarrollo y el Banco de Exportación e Importación de Estados Unidos en el mismo periodo. China se ha convertido en una fuente adicional de financiamiento en la región, sobre todo para aquellos países que tienen problemas para acceder a los mercados mundiales de capital” (Gallagher et. al., 2013: 2-6).
En este sentido, los autores del informe “¿Un mejor trato? Análisis comparativo de los préstamos chinos en América Latina” mencionan que:
“En 2008, los préstamos se dispararon a 6 mil millones de dólares. En 2009, los préstamos se triplicaron nuevamente a 18 mil millones de dólares, lo que sobrepasa los 14 mil millones de dólares del BM y los 15 mil millones de dólares del BID. En 2010, los préstamos se duplicaron una vez más hasta los 37 mil millones de dólares, muy por encima de los niveles de préstamo del BM (14 mil millones de dólares) y del BID (12 mil millones de dólares). China superó al BM y al BID, pese al hecho de que, de 2006 a 2010, ambos bancos habían duplicado sus préstamos a la región” (Gallagher et. al., 2013: 7).
No obstante, el mismo informe también llama la atención sobre tres elementos a considerar sobre el esquema de endeudamiento sino-latinoamericano. El primero es que, aun cuando las condiciones de los préstamos parecen ser menos rigurosas que los otorgados por los países e instituciones occidentales, algunos paquetes de financiamiento, como los concedidos por el BDC, son más exigentes que los del BM. Por otro lado, aunque comúnmente se ha presumido que las tasas de interés de los préstamos concedidas por el BDC son más bajas que los del BM, el estudio de Gallagher (et. al., 2013:12-13) demuestra lo contrario. Lo que sí ocurre es que los montos otorgados por la banca china a los gobiernos latinoamericanos son ampliamente mayores que los otorgados por la banca occidental, y sólo en el caso de los préstamos otorgados por el BEIC, la tasa de interés es menor que los del BM o el BID, ya que recibe subsidios que provienen directamente del Ministerio de Economía chino, que los etiqueta como Ayuda al Desarrollo (ídem).
El segundo elemento es que los bancos chinos no se superponen al financiamiento occidental, ya que los préstamos del gobierno chino parecen orientarse a la industria pesada e infraestructura, mientras que los de las instituciones internacionales occidentales dicen orientarse también a proyectos de gobernabilidad, política social y medioambiente. Además, a diferencia de la deuda soberana a la que se han sometido tradicionalmente los préstamos concedidos por las instituciones occidentales, el financiamiento chino se sustenta en el respaldo de commodities, fundamentalmente en el petróleo. Aunque los préstamos sino-latinoamericanos parecen no imponer condiciones políticas, sí demandan compras de equipamiento chino a los países beneficiarios y garantizan la seguridad energética china, ya que durante el período de la deuda, los países prestatarios garantizan abastecimiento petrolero al gigante asiático.
El tercer elemento es que las pautas del otorgamiento de préstamos otorgados por el BDC no respetan los condicionamientos medioambientales y de gobernabilidad impuestos por el BM, el FMI, o el Banco Europeo de Inversión, lo que ha desatado intensas críticas por las plausibles “consecuencias” que pueden tener en el contexto de África y de América Latina. Esto puede ser visto como una amenaza a la gobernanza liberal occidental, o como un modelo liberador de préstamos no condicionados o intervencionistas (Gallagher, et. al., 2013: 19-20).
China no aparece directamente interesada en desafiar frontalmente la posición geoestratégica hegemónica estadounidense en la región latinoamericana, pero sí a negociarla. Su poderoso mercantilismo genera una estrategia agresiva de intervención comercial, la cual ha irritado a varios de los países latinoamericanos y ha comenzado a amenazar los esfuerzos estadounidenses y de varios actores regionales por controlar los estándares de democratización y de protección ambiental (Feinberg, 2010: 217). Por su parte, la estrategia de endeudamiento con la región, anteriormente detallada, –así como con África– vía petróleo puede ser leída como una de las estrategias de largo aliento más exitosas, ya que:
“[E]ntre sus siete acuerdos con Brasil, Ecuador y Venezuela, China recibirá aproximadamente 1.500 millones de barriles de petróleo durante los próximos diez años. Con el consumo chino de casi 8 millones de barriles diarios, los 1.500 millones de barriles constituyen alrededor de 6,5 meses de petróleo” (Gallagher, et. Al., 2013:17).
No resulta casual, por otro lado, que a pesar de que Chile, Colombia, Perú y México (todos miembros del Arco del Pacífico y del proyecto TPP –con la excepción del caso colombiano antes señalado–) poseen recursos naturales y mercados de alto interés para China, hayan recibido poco o ningún financiamiento. Los gobiernos de Argentina, Brasil, Ecuador y Venezuela recibieron el 93% del total de los préstamos concedidos a la región –de los cuales 69% del total fueron en materia petrolera y 61% del total a Venezuela y Ecuador, es decir, a las economías con mayor autonomía frente a EEUU y que lideran el proyecto de Unión de Naciones Sudamericanas (UNASUR), la Alternativa Bolivariana para los Pueblos de Nuestra América (ALBA) y, a excepción de Ecuador por el momento, todos miembros del Mercosur–.
Conclusiones
El triángulo geopolítico China-Estados Unidos-América Latina y el Caribe reproduce más condicionamientos a la búsqueda de formatos de integración regional y desarrollo latinoamericanos, que proyectan y reproducen la conservación de nuestra posición periférica subordinada en el esquema capitalista mundial. China, no obstante ese escenario contradictorio, abre perspectivas y potencialidades para la tendencia hacia la integración autónoma de nuestra región.
El escenario de rivalidad interhegemónica sino-estadounidense por su parte, repercute en América Latina en distintos niveles de disputa que tensan y redefinen alianzas estratégicas en la geopolítica mundial. Algunas de ellas se expresan en la Alianza del Pacífico, eje de concreción latinoamericana del Acuerdo de Asociación Trans-Pacífico (TPP, por sus siglas en inglés: Trans-Pacific Partnership) proyectado por EEUU; los múltiples acuerdos de libre comercio e iniciativas de seguridad subregional que hacen persistir el rol de dominación geopolítica estadounidense; la creación y desenvolvimiento de la Comunidad de Estados Latinoamericanos y Caribeños (CELAC), que ha replanteado la capacidad de concertación e integración autonómica subcontinental, y la tendencia sur-latinoamericanista, expresada en múltiples proyectos con creciente solidez institucional y fortaleza continental: la Unión de Naciones Suramericanas (UNASUR), la Alianza bolivariana de los Pueblos de Nuestra América, Tratados de Comercio entre los Pueblos (ALBA-TCP), Mercosur, etc.
En este sentido, la apertura de nuevos espacios que complejizan las relaciones internacionales y concretan paulatinamente el imaginario de un orden pluripolar de rasgos autónomos –expresada en foros multilaterales, la creación del bloque Brasil-Rusia-India-China-Sudáfrica (BRICS), los espacios de concertación Sur-Sur, etc.– parece encontrar un proyecto concreto para América Latina. Destaca el Foro de Cooperación China-América Latina y el Caribe, promovido por China para profundizar los lazos entre este continente y la región Asia-Pacífico, así como el acercamiento entre la CELAC y la potencia oriental.
En todo caso, la consolidación creciente de proyectos de inversión, de un nuevo esquema de endeudamiento proveniente del financiamiento chino en los países latinoamericanos, de una plataforma de relaciones políticas centradas en la matriz energética y recursos naturales, no sólo ha significado una creciente tensión geoeconómica y comercial entre China y EEUU, sino un rediseño de las relaciones geopolíticas de un triángulo en el que los países latinoamericanos y sus proyectos de inserción internacional autónoma enfrentan obstáculos y potencialidades.
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- Jaime Antonio Preciado Coronado es expresidente ALAS, XXVI Congreso, Guadalajara, México 2007.↵
- De acuerdo con cifras del Ministerio de Energía de Trinidad y Tobago, su producción de gas se ha duplicado en los últimos diez años. “Hoy se calcula en 42,2 mil millones de metros cúbicos, que representan el 1,3% de la producción mundial y la cuarta parte del gas que se produce en América Central y del Sur. Trinidad es el sexto exportador mundial de gas, la mayor parte se vende en los mercados de Estados Unidos, España, Reino Unido y Argentina” (Primera, 2013).↵
- En 2005, la OCS demandó a EEUU un plan programático para el retiro definitivo de sus tropas de los países miembros de la organización, fundamentalmente de Uzbekistán y Kirguistán –dos países exsoviéticos en los que tiene bases militares, y que son claves en el “arco interior del corazón continental euroasiático”–, bajo la consideración de que la agenda antiterrorista sería asumida por los miembros de la organización, incluyendo su soporte al programa de reconstrucción de Afganistán y una nueva reconfiguración de la seguridad regional asiática (Varadarajan, 2005).↵
- El posicionamiento estratégico de China está directamente vinculado a su gigantesca demanda de recursos naturales y su rol en el futuro del cambio climático: el carbón representará alrededor de un 62% de la provisión neta de energía China en 2035, hoy el principal país emisor de dióxido de carbono (ALMD, 2010d: 70-71). El consumo total de energía en “China crecerá alrededor de un 133% entre 2007-2035, esto es, de 78 a 132 cuatrillones de unidades térmicas británicas (BTU, en inglés) […] lo que significa que los 104 cuatrillones de BTU que China necesita incorporar a sus insumos energéticos en el próximo cuarto de siglo equivalen al total del consumo energético de Europa y Oriente Medio en 2007” (Klare, 2010).↵
- Estados Unidos sigue siendo el mayor país inversionista, aunque su porcentaje respecto al total cayó drásticamente en Brasil (del 21% al 14%) y en México (del 49% al 32%). En Centroamérica, en cambio, el porcentaje de la IED procedente de los Estados Unidos aumentó ligeramente, del 26% al 30% (CEPAL, 2014).↵
- Aunque supera los alcances planteados en este trabajo, no se puede dejar de mencionar que la rivalidad ruso-estadounidense en torno a Ucrania y otros focos conflictivos en el mundo, abre también un espacio de competencia entre Rusia y China por la geoeconomía y la geopolítica latinoamericana. Particularmente en lo relativo al complejo industrial militar, minería, energéticos y alimentos. Por ello, el bloque BRICS enfrentará también nuevos escenarios de rivalidad interna respecto del rol de Brasil en Latinoamérica.↵
- Un elemento de carácter estratégico, que debe considerarse, tiene que ver con la posición político-diplomática de los países latinoamericanos y caribeños respecto al reconocimiento del gobierno de Taiwán. De los veintitrés países que todavía reconocen a Taiwán como gobierno legítimo, doce se encuentran en Centroamérica y el Caribe (Feinberg, 2010: 222).↵
- No se debe perder de vista, sin embargo, que Brasil participa de un pragmático posicionamiento frente al financiamiento internacional, ya que a pesar de su redirección al oriente, en el último lustro fue depositario del 93% de los grandes préstamos del BM y el BID (junto con México), a diferencia de Venezuela, que no recibió ninguno por parte del BM, y apenas un préstamo “menor” del BID, por 6,028 millones de dólares (Gallagher et. al., 2013: 9).↵
- Cabe señalar que las relaciones diplomáticas entre China y Costa Rica se remontan apenas a junio de 2007, cuando el país centroamericano rompió relaciones diplomáticas con Taiwán. Para los primeros siete meses de relaciones entre el gigante asiático y Costa Rica se alcanzaron los 1.560 millones de dólares en comercio bilateral (BBC, 2007).↵
- Blomberg advirtió el 2 de febrero que “las exportaciones de crudo y productos del petróleo a los EEUU promediaron 792 mil barriles por día en los primeros once meses de 2013. Sería el ritmo anual más bajo desde 1985, de acuerdo con los datos que publicó [1-2-2014] el sitio web de la Administración de Información de Energía de los EEUU”.↵
- “El BDC apoya mayormente las políticas macroeconómicas de China –diseñadas en los Planes Quinquenales–que se enfocan en ocho áreas de desarrollo: energía eléctrica, construcción vial, ferrocarriles, petróleo y petroquímica, carbón, correo y telecomunicaciones, agricultura e industrias relacionadas e infraestructura pública (BDC)” (Gallagher, et. al., 2013: 4). Mientras que el objetivo del BEIC es: “facilitar las exportaciones e importaciones de productos mecánicos y electrónicos chinos, completar un conjunto de equipos y productos nuevos y de alta tecnología, ayudar a las empresas chinas con ventajas comparativas en sus proyectos de contrato en el extranjero e inversiones en el exterior y promover las relaciones de China en el extranjero y la cooperación económica y comercial internacional” (ídem.).↵









