Gerónimo de Sierra[2]
“Cada país, época, coyuntura tiene una singularidad que lo distingue de los otros. Pero también hay semejanzas, convergencias y resonancias. De ahí surge la idea de América Latina, como historia concreta y como imaginación.
La formación del pensamiento latinoamericano puede considerarse como la historia del nacimiento de la idea misma de América Latina… [la que] sintetiza temas diversos, distintas perspectivas explicativas, diferentes visiones de la Historia… Es como si un conjunto de autores, escritos científicos, filosóficos y artísticos, temas e interpretaciones, diera forma un pensamiento que no sólo expresa, sino también constituye a América Latina” (Ianni, 1990: 49-69[3]).
Para todos los estudiosos serios de América Latina –tanto extranjeros como del subcontinente–, ha sido siempre un desafío complejo situarse adecuadamente ante al dilema de la unidad/diversidad de la región. Salvo quizás en lo que hace a ciertos aspectos generales comunes –y cuando son tratados en forma muy superficial–, siempre aparece el tema de las diversidades y la necesidad de ahondar en las particularidades sociohistóricas de cada país o subregión para poder entender lo que sucede y cómo funciona cada sociedad nacional. No se trata por ello de anular el estudio de los aspectos comunes, sin los cuales el objeto mismo de análisis se esfumaría. Es la hipótesis de que no habría más Latinoamérica, sino “países latinoamericanos”. Si bien hay quienes sostienen esta tesitura, creo que es metodológicamente errónea y casi absurda. Pero no lo es menos la de quienes razonan –cualquiera sea el nivel de análisis en que estén situados o su enfoque, progresista o conservador– como si América Latina fuera analizable como bloque homogéneo y casi sin diferencias internas. Si se ahonda en estos enfoques se percibirá que en realidad empobrecen la comprensión de los procesos reales y la propia riqueza de los mismos; y, por lo tanto, flaquea su adecuación científica como método.
Esto puede parecer una consideración banal –e incluso heurísticamente inútil– pues algo similar podría decirse de los estudios sobre África, Asia, y la misma Europa. Sin embargo, estamos ante un real problema metodológico de cualquier estudio comparado entre regiones y entre sociedades nacionales, y creemos que no debería ser minimizado; más bien todo lo contrario. Es decir que los estudios latinoamericanos deberían al mismo tiempo analizar los elementos convergentes o comunes de los países –tratando de ver en cuanto determinan el desempeño y la estructura social misma de cada país–, junto con las diferencias y las evoluciones sociohistóricas específicas de las subregiones y países.
Siempre jerarquizar las diversidades
Dejando para después el tema de la unidad de América Latina en tanto objeto de análisis, nos interesa defender inicialmente el tema del necesario énfasis en el estudio de la diversidad. Diversidad en tanto multiplicidad de unidades societales, que tienen su propia y dispar configuración sociopolítica y sociocultural, con efectos pertinentes sobre las conductas sociales, tanto individuales como colectivas.
Ciertamente, hay muchas dimensiones y niveles en que puede ser definida y pensada la diversidad de América Latina. Pero al utilizar y jerarquizar ahora ese concepto no queremos referirnos a la obvia diversidad de rangos entre ricos y pobres, proletarios y burgueses, educados y analfabetos, alojados o sin techo, citadinos o campesinos, ya que ella siendo importante no deja de ser pertinente –aunque sin duda en grados diversos– para el estudio de cualquier sociedad nacional y cualquiera sea su grado de desarrollo, u origen histórico. Esos clivajes y diferencias existen y deben ser reconocidos y analizarse cuando se estudia también –por ejemplo– los Estados Unidos, Europa, Inglaterra, España, o Asia del Sudeste.
En realidad, lo que queremos señalar como paso metodológico siempre importante cuando se estudia el objeto “América Latina” es la necesidad de escapar –en algún momento del análisis– a la ilusión de que por el hecho de estar esos países en la misma región geográfica y ser mayoritariamente herederos de la colonización ibérica y hablar idiomas próximos, estaríamos ante sociedades homogéneas en su complejidad, diversificación, estructuración, grado de desarrollo material y político, etc. Esta simplificación existe más frecuentemente de lo que parece, aunque a menudo no sea explícita.
Nadie confunde obviamente Uruguay con Guatemala, ni Perú con Brasil, pero cuántos análisis de la estructura de partidos o del Estado, de sistemas educativos, de sindicatos o de movimientos sociales, etc., hacen enumeraciones y comparaciones (cuantitativas o cualitativas, de derecha o de izquierda, no es ése el tema ahora), sin contextualizar los datos en las estructuras societales globales de cada uno de esos países, su grado de desarrollo socioeconómico, el tipo de articulación entre niveles sociales y políticos, su diversificación de clases y estratos, su articulación específica con el capital extranjero, la amplitud y universalidad de los derechos ciudadanos, su tamaño o peso relativo, etc.
Cuidado. No estamos negando los elementos convergentes y similares de los países de la región, que son muchos y en definitiva están detrás –más allá de la pura geografía-– de la constitución desde hace mucho tiempo del objeto mismo de estudio “América Latina”. Estamos queriendo mostrar la necesidad de reconocer el carácter no anecdótico, folklórico o puramente casuístico, de las diferencias entre las sociedades, por ejemplo argentina y peruana. Señalar que las diferencias no son fruto solamente de una adición aleatoria de indicadores varios (étnicos, educativos, grado de industrialización, etc.), sino realmente y para cada país, de una “articulación global” entre niveles societales y, propiamente, de un “sistema de relaciones sociales” con efectos pertinentes sobre los actores. Puede haber varios países donde podrán suceder elecciones, huelgas obreras, o reclamos indígenas, pero su significado en el sistema de relaciones sociopolítico, la acción estatal y los escenarios futuros, será significativamente diferente en cada caso. Percibirlo, e incluirlo en el modelo de análisis es condición para un enfoque adecuado de las realidades que se quiere analizar.
Reconocer similitudes y convergencias
Ahora bien, reconocer las diferencias o particularidades importantes que caracterizaron a las diversas sociedades latinoamericanas –y que aún hoy las caracterizan, a pesar de los cambios y crisis del último tercio del siglo XX– no significa en absoluto opacar analíticamente los diversos elementos comunes que tuvieron y tienen los diversos países de América Latina. Y no se trata de una postura sentimental ni de cualquier tipo de romanticismo culturalista.
El primer gran aspecto aglutinante es el ya mencionado de los idiomas mayoritarios (de origen ibérico), y la matriz básicamente católica que la colonización impuso al continente y a la mayoría de sus pueblos originarios[4]. Aunque sin despreciar el importante factor cohesionador y facilitador de intercambios que ello implica, no debería exagerarse su importancia como factor explicativo de los procesos centrales de estas sociedades. Basta pensar en la rapidez con que Inglaterra y el resto de Europa suplantaron a España y Portugal como polo económico dominante, e incluso como creadores de modelos culturales y políticos para las elites latinoamericanas. Y ni que hablar del profundo influjo posterior de los Estados Unidos.
Otro aspecto tendencialmente común –con la relativa excepción de los países del Cono Sur[5]– es la importante presencia de poblaciones indígenas o negras, así como de una gran masa de mulatos y mestizos. Más allá del puro dato demográfico, ello importa, pues ese mestizaje muy “plural”, y construido en varios siglos, marca globalmente el patrón cultural y antropológico del continente; también importa por los efectos sociales y políticos derivados de las conductas excluyentes que las minorías blancas tuvieron hacia esos sectores de población durante un largo período histórico.
Mucho más importante que ello como factor común de Latinoamérica es su carácter de sociedades dependientes de las economías centrales –primero europeas y luego también de los Estados Unidos–, lo que determinó estructuralmente no sólo su modo de producción, sino también su matriz de acumulación económica, y la sometió a sucesivos impactos producidos por fluctuaciones venidas del exterior.
Es así como los ciclos expansivos coloniales e imperialistas, primero europeo –sobre todo “inglés”– y luego “norteamericano”, marcaron a todos los países de América Latina. Las fases expansivas y recesivas de la revolución industrial, las guerras de 1870, 1914 y 1939, la crisis de los años treinta, y la evolución del nivel de vida en el “centro” del capitalismo “atlántico” marcaron también a todos los países con ciclos de auge y deterioro de sus economía nacionales, todas muy dependientes de las materias primas exportables. Todo ello influyó fuertemente sobre la estructura interna de dominación y aspectos del formato de la estructura de clases y sus conflictos en todos los países latinoamericanos, cualquiera fuera su subregión y su lengua. Si bien en cada caso ello pasó por el tamiz de la respectiva sociedad nacional, todos los países fueron afectados al mismo tiempo durante cada nuevo ciclo histórico, aunque fuere en grados diversos. En eso siempre se han igualado –por ejemplo– Ecuador con Brasil, Honduras con Argentina, o Chile con México.
Por otro lado, es indudable que en todos los países latinoamericanos existió y existe un formato capitalista de tipo tardío y periférico[6], que además convivió con relaciones sociales atrasadas –sobre todo en el campo–, y que eso marcó sus sociedades, sus políticas y sus formas estatales.
También les es común un importante retraso, relativo en el desarrollo industrial, trabado históricamente tanto por las fuertes presiones del “centro”, que quería vender en Latinoamérica sus productos, como por los fuertes vínculos de complementariedad entre la matriz económica y social exportadora local y los países centrales compradores.
Es en ese contexto que, luego de la crisis de los años treinta, en buena parte de la región se produjo un gran impulso al papel del estado desarrollista y empresario. Ciertamente, con altibajos, según cada país, pero creando un fenómeno realmente “latinoamericano”, que en muchos casos generó un modelo político propio de “populismo integrador”, sobre todo de base urbana, pero no únicamente.
Ni que hablar de que todos los países fueron también objeto de fuertes y sucesivas presiones imperialistas, las que en los años de posguerra los llevaron a ser fuertemente implicados en la polarización Estados Unidos/Unión Soviética. Ya en los años ochenta y noventa, a todos ellos se los presionó con rigor para que aplicaran las recetas neoliberales del “Consenso de Washington”, privatizaran empresas públicas y flexibilizaran las leyes laborales. Y si bien es cierto que no todos fueron invadidos por los Estados Unidos en el siglo XX, todos sufrieron las presiones militares directas o indirectas, y en muchos casos la intervención de apoyo a los golpes militares regresivos y, por supuesto, represivos.
Las múltiples diferenciaciones y un esquema clásico
Pero, como ya dijimos, a ese momento del análisis en que se deben reconocer y estudiar las similitudes y convergencias entre las diversas sociedades y países, debe seguirlo el momento de la desagregación y diferenciación.
En rigor, los criterios para analizar y clasificar los países latinoamericanos en sus diferencias y clivajes no sólo han sido y son múltiples, sino que han evolucionado con el tiempo y a menudo responden –no siempre en forma explícita– a distintos modelos teóricos de análisis. Pero todos ellos tienen en común que jerarquizan las diferencias internas dentro del marco global “América Latina”.
Entre los criterios de diferenciación utilizados, se pueden mencionar brevemente ahora los clivajes ligados a variables como el “tamaño del país” (por ejemplo, Brasil y México vs. pequeños países); el “tipo de vínculo” con las economías centrales (por ejemplo, economías de enclave vs. economías de control nacional); el “predominio lingüístico” (por ejemplo, Brasil y parte del Caribe vs. los países hispanohablantes); el “grado de desarrollo industrial” (por ejemplo, antes de los años sesenta, Argentina y Chile vs. Perú y El Salvador); la “composición étnica” (por ejemplo, México vs. Costa Rica); el “desarrollo político e institucional” (por ejemplo, Uruguay vs. Bolivia) y así sucesivamente. A veces esos modelos comparativos y de diferenciación han combinado diversas variables con resultados sin duda de real utilidad analítica.
Junto a esos modelos analíticos y clasificatorios de diversidades, existe una organización clásica de las “diferencias” entre países sobre base primariamente geográfica, aunque en realidad recubre parcialmente también criterios socioculturales y socioeconómicos implícitos. Nos referimos al agrupamiento en Países Andinos, Centroamericanos, Caribe insular, Cono Sur, México y Brasil[7].
A pesar de su simplicidad aparente –y de algunas rigideces y puntos ciegos–, esa clasificación integra de hecho un buen número de variables significativas para el análisis que van mucho más allá de lo geográfico puro y de la ocupación del territorio.
Es evidente que, según sea la disciplina y el nivel de análisis, esos agrupamientos deben ser flexibilizados, pero si se acepta que tienen “fronteras móviles” siguen siendo útiles para un estudio no simplista y que no caiga en “unificaciones” abstractas y simplificadoras del continente.
De cualquier forma, hay que tener siempre presente el problema planteado por el hecho de que, en varios de esos casilleros, las diferencias o distancias dentro de una subregión, o incluso dentro de un mismo país, son muy fuertes y traspasan los límites conceptuales del propio agrupamiento. Es el caso, por ejemplo, de Brasil y México, donde conviven características sociales, económicas y culturales de más de una de esas regiones. Lo mismo sucede con Venezuela y Bolivia, que –siendo del grupo “andino”– presentan diferencias muy significativas entre sí, en lo referente a sus estructuras sociales y en sus niveles económicos. Lo mismo puede observarse en Centroamérica, por ejemplo, entre Costa Rica y Honduras, y se podría seguir dando ejemplos.
Antes de analizar con más detenimiento uno de los ejemplos de fuerte diferenciación existente en la región, el bloque Cono Sur (Chile, Argentina, Uruguay) y sus aspectos singulares respecto al resto de Latinoamérica, veamos más brevemente otros ejemplos de diferencias y clivajes definidos desde otros principios de diferenciación.
La demografía étnica fue y es un fuerte principio diferenciador
No se necesita entrar ahora a un análisis afinado de todas las dimensiones que la antropología y la sociología han analizado y dimensionado en torno a la problemática etnicidad, cultura, raza, mestizaje, hibridez, discriminación, etc., para constatar que, desde el siglo XV en adelante, hubo en los territorios ocupados por España y Portugal una diferencia sustancial entre aquellos que ya estaban densamente poblados por sociedades complejas y muy avanzadas en diversas áreas, con aquellas que, o estaban semi vacías, o estaban pobladas por comunidades más nómades y que vivían básicamente de actividades colectoras.
En los primeros –más allá de las grandes matanzas y muertes masivas por enfermedades–, la masa indígena o mestiza siguió hasta hoy día constituyendo la mayoría o una parte muy importante de la población, aún después de las migraciones europeas de fines del siglo XIX y el XX. Algo bien diferente sucedió en los segundos territorios donde el desarrollo del siglo XX ya se dio con un peso decisivo de las nuevas capas migratorias, en general europeos blancos, aunque no sólo, claramente.
Lo importante en esto no son, obviamente, las diferencias étnico-culturales en sí mismas, sino el hecho de que en el primer caso las minorías blancas –primero ibéricas y luego criollas– impusieron a los indios y sus descendientes una dominación radicalmente excluyente de derechos de todo tipo, y ello durante siglos[8]. En cambio, en los otros casos, su desarrollo poscolonial y moderno –luego de aniquilar o arrinconar a buena parte de los indígenas– tuvo más espacio para la constitución de sociedades menos fragmentadas y excluyentes. En particular, con la más temprana expansión de las relaciones asalariadas y la organización de trabajadores y capas medias urbanas y rurales.
Sin jerarquizar esta dimensión diferencial de la estructura subregional no se podría –por ejemplo– entender adecuadamente el peso y la significación que tienen actualmente en buena parte de los llamados países andinos (e incluso en México y Guatemala) las grandes movilizaciones y reclamos de tipo étnico-político. Y tampoco entender las dificultades que tienen los otros países para comprender a fondo esos fenómenos reivindicatorios en su complejidad y también en su radicalidad constituyente.
Un gran clivaje con Brasil desde el Tratado de Tordesillas
La diversidad del idioma es de lejos el aspecto menos significativo de la gran distancia histórica que existió en Latinoamérica, y durante siglos, entre Brasil y el resto del continente. Mucho más importantes que la lengua fueron los efectos seculares del reparto de América del Sur entre los reinos de Castilla y Aragón, y Portugal, con el Tratado de Tordesillas de 1494, es decir, firmado pocos lustros después de la llegada de Colón al Caribe. Es a partir de allí que se fueron consolidando las estructuras culturales, políticas y también económicas, que han separado fuertemente ambos “lados” de América latina hasta muy recientemente (el tratado del Mercosur es un muy reciente comienzo de superación de esa división estratégica).
En primer lugar, cabe señalar que la ausencia en el lado atlántico de sociedades indígenas complejas, avanzadas y, sobre todo, numerosas como fuente de mano de obra semi-servil, favoreció la expansión del masivo tráfico de esclavos africanos hacia Brasil, con todos los efectos duraderos –aún hoy– sobre la construcción de ciudadanía y las relaciones sociales, en general.
En segundo lugar, la huida de la corte portuguesa hacia “su colonia”, con motivo de la expansión napoleónica sobre la península ibérica, modificó la ecuación del período independentista. En efecto, a diferencia del “lado castellano”, donde las guerras regionales derrotaron a los ejércitos coloniales debilitados, en Brasil la presencia de la Corte, más la clase ilustrada, autoridades religiosas centrales y la oficialidad militar superior favoreció la preservación de la unidad territorial de ese medio continente –contra diversas invasiones europeas y luego varios secesionismos locales– y constituyó un imperio local con vocación unitaria interna y también expansionista hacia su entorno.
De ahí ese clivaje inesquivable para un buen análisis de América Latina, que es el contraste entre la gran fragmentación de los territorios exhispanos y la unidad política y territorial de un “país continental”, y ello más allá de todas las fuertes tensiones regionales que siempre albergó Brasil en su seno.
Si bien fue un proceso con fluctuaciones, la dispersión en múltiples Estados Nacionales en la América Latina exhispánica fue agudizando las distancias entre ambos lados de la línea imaginaria de Tordesillas (que, además, Brasil siempre la fue corriendo hacia el oeste y el sur).
Es por ello que, aún hoy, cuando el Mercosur inició un verdadero cambio de estrategia en América del Sur (que incluye el ingreso pleno de Venezuela), hay tantas dificultades para compatibilizar esas dos partes del tablero. Esa dificultad se condensa en un aspecto quizás simbólico y discursivo, pero nada menor: el Proyecto Bolivariano que ha impulsado el presidente Chávez. En efecto, tiene algo de paradójico –y no deja de crear reales dificultades– que ese impulso unitario quiera sintetizarse con la imagen y el discurso de un dirigente predominantemente “andino”, como es el caso de Simón Bolívar, quien no tuvo ni tiene casi ninguna significación en Brasil, nada menos que el principal país de América del Sur[9]. Allí sólo conocen a Bolívar[10] los especialistas en historia de América Latina –que son pocos por cierto–, y su invocación discursiva y televisiva difícilmente llegará a tener algún efecto popular en ese país; incluso entre la mayoría de sus elites.
Concluyo este aspecto, repitiendo que las diferencias del proceso brasileño con el resto de los países son mucho más variadas y profundas que el idioma. Y ellas deben ser estudiadas en su especificidad para entender la América Latina de hoy y sus posibles escenarios futuros. Ello no anula, obviamente, sus similitudes en muchos otros aspectos con el resto del continente.
El Cono Sur, un bloque con particularidades significativas[11]
En esta última parte, nos detendremos, con cierto detalle, en un ejemplo –entre otros posibles– de la importancia que cobra analizar las diferenciaciones o especificidades subregionales, cuando se trata de comprender e intentar explicar procesos socioeconómicos y políticos “significativos por diferencia”, dentro de ese gran paquete global que es América Latina[12].
Junto a muchos de los elementos comunes del conjunto del subcontinente, que antes mencionamos, es fundamental percibir que dichos elementos pasaron por el prisma de las particularidades históricas de las sociedades sureñas y terminaron conformando matrices societales significativamente diferenciadas del resto. Veamos ahora brevemente algunos de esos elementos.
Una población originaria, que tuvo menor peso cuantitativo y menor desarrollo “civilizatorio” que en otras regiones de América Latina. Ello facilitó las guerras de exterminio llevadas adelante por España durante la colonia y, por lo tanto, su menor presencia demográfica, cultural y social cuando se desarrolla el capitalismo dependiente en la fase pos-independencia.
En buena medida, como corolario de lo anterior, hubo un gran peso de las posteriores migraciones europeas masivas, ahora ligadas a las crisis políticas y de empleo, generadas en el viejo continente por la revolución industrial capitalista y por sus impactos en el campo. Esas nuevas migraciones estaban compuestas por masas de campesinos pobres, obreros industriales desocupados con experiencia manufacturera y de luchas sociales, más algunos núcleos de empresarios con capital, que se radicaban en estos países.
Estos países también tuvieron una cantidad reducida de población esclava, importada de África, si se les compara con varios otros de Latinoamérica. Y, por lo tanto, también un menor impacto discriminatorio, excluyente en sus tradiciones políticas y de derechos ciudadanos.
A su vez, la importante distancia física –para los medios de transporte de la época– entre el Cono Sur y los Estados Unidos generó, durante buena parte del siglo XIX y XX, una relativa barrera a la presencia militar de aquel país. Ello liberó al Cono Sur de invasiones e intervenciones norteamericanas en gran escala, a diferencia de lo sucedido en México, Centroamérica y el Caribe. Como buena parte de lo exportable por la subregión era también producido en Estados Unidos (salvo ciertos productos tropicales de amplio consumo como las bananas), ello ligó por mucho tiempo su economía exportadora más fuertemente a Inglaterra, Alemania y Francia.
Sobre esos elementos, que podemos llamar estructurales y de larga duración, se fueron conformando, durante el siglo XX, unas estructuras sociales y políticas bastante particulares a la subregión y que podemos simplificadamente describir así:
- Un crecimiento económico, que incluyó más tempranamente una mayor industrialización –parcialmente estatal–, con cierto desarrollo del mercado interno, reduciendo el peso de los sectores oligárquicos tradicionales en la economía, y favoreciendo la expansión de los sectores industrial y de servicios con base urbana. Eso contribuyó a generar niveles de ingreso promedio bastante altos para la región, diferencial que se mantuvo, en parte, a pesar de las crisis de los años noventa.
- Un proceso paralelo y más precoz que el resto de América Latina, de urbanización, lo que incorporó masivamente población a las ciudades, aportando fuerza de trabajo para la industrialización. Eso no sólo favoreció la formación de una fuerza de trabajo asalariada formal, sino que ayudó a crecer al mercado interno como motor de la economía.
- Procesos tempranos impulsados desde el Estado, promoviendo la extensión de la educación primaria pública y gratuita. Ello redundó en fuertes bajas del analfabetismo, un impulso a la integración ciudadana, y una expansión creciente de la educación básica, media y superior.
- Asimismo, se crearon bastante tempranamente –por el Estado– sistemas de bienestar social, aunque bastante concentrados en los espacios urbanos y para los trabajadores formales (del estado y privados).
- La estructura de clases y la estratificación social se caracterizó –como aspecto diferencial– por una mayor clase obrera industrial y manufacturera, formalmente integradas al sistema productivo, así como por una presencia bastante amplia de sectores de clase media urbana y también rural.
- Se estableció una matriz sociopolítica, fundada en un desarrollo con cierta autonomía relativa entre Estado y sociedad civil, conviviendo con una densa red de movimientos y actores colectivos. La organización y desarrollo relativo de la sociedad civil fue –antes que en otros países– bastante más fuerte y con mayores espacios de autonomía relativa.
- El Estado Nacional y los partidos políticos se fortalecen bastante temprano como actores centrales de la política. Esto generó la extensión, también temprana, de altas tasas de participación ciudadana por la vía de la expansión del sufragio universal y la competencia entre partidos por el acceso al gobierno. Ello debilitó, con más antelación que en otros lugares, algunas de las formas oligárquicas puras de control social y del Estado.
Similares entre sí, pero también diferentes
Para enfatizar la importancia que le asignamos a la mirada analítica, que jerarquiza la dupla una/múltiple cuando se trata de estudiar América Latina, queremos ahora mostrar que, de todos modos sería, a su vez erróneo deducir de lo dicho en el párrafo anterior que ese marco diferencial común hace de Chile, Argentina y Uruguay países con sociedades, procesos políticos e historias básicamente similares. Ello supondría aceptar un determinismo ahistórico y fuera de lugar, por parte de esas similitudes estructurales generales mencionadas. Ellas ayudan, sin duda, a comprender varios aspectos diferenciales globales del proceso de conformación de esos países, pero no deben ocultar a su vez las diferencias en los procesos económicos, sociales y también políticos entre ellos.
Sólo para ejemplificar lo anterior, puede observarse que Chile tuvo un gobierno de coalición con socialistas, ya en los años treinta, y luego el gobierno de la Unidad Popular de Allende incluyó la coalición socialistas-comunistas, mientras que en Argentina nunca las luchas sociales obreristas y clasistas tuvieron representaciones políticas de masas a través de partidos de izquierda. A su vez, en Uruguay, si bien la ampliación de derechos ciudadanos y políticos fue más temprana y amplia, y el sistema político más estable, las izquierdas recién llegaron a tener peso político electoral significativo muchos años más tarde que en Chile.
Por su vez, el militarismo fue central en Argentina durante buena parte del siglo XX –y se dieron recurrentes golpes de estado–, mientras que el juego político civil y la estabilidad del sistema político fueron mucho mayores en Chile y, sobre todo, en Uruguay.
Lo mismo podría decirse de las dictaduras militares de los años setenta en los tres países, que más allá de sus similitudes ideológicas, el apoyo común de los Estados Unidos, sus prácticas de terrorismo de estado y su combate a las fuerzas progresistas, tuvieron sin embargo orígenes concretos, prácticas económicas, y procesos de crisis y caída bastante diferentes en su desarrollo y en su temporalidad.
Vemos entonces que la complejidad de las sociedades latinoamericanas exige, justamente, para su estudio, un tipo de teoría y de método, que resista tanto la tentación simplificadora, que borra las fuertes especificidades nacionales o subregionales, como la tentación contraria, que disuelve el objeto de estudio en una casuística nacional absoluta y desagregada. Es decir, que creemos firmemente en la importancia científica, cultural y también política de los estudios latinoamericanos como tales; y de su enseñanza curricular. En ese aspecto, debemos recoger y potenciar la rica y larga tradición de trabajo académico hecho en la región, así como también en Europa y los Estados Unidos.
Bibliografía
Calderón, Fernando y dos Santos, Mario R. 1995 Sociedades sin atajos. Cultura, política y reestructuración económica en América Latina (Buenos Aires: Ed. Paidós).
Cardoso, Fernando Enrique y Faleto, Enzo 2002 (1969) Dependencia y Desarrollo en América Latina; Ensayo de interpretación sociológica (México: Siglo XXI Editores).
Cuevas, Agustín 1978 El Desarrollo del Capitalismo en América Latina (México: Siglo XXI Editores).
González Casanova, Pablo (editor) 2007 (1979) América Latina. Historia de Medio Siglo, (México: Siglo XXI) Vols. I y II.
Touraine, Alain 1987 Actores sociales y sistemas políticos en América Latina (Santiago de Chile: PREALC).
Vekeman, Roger y Segundo, José Luis 1962 “Ensayo de tipología socioeconómica de los países latinoamericanos” en Aspectos sociales del desarrollo económico en América Latina (Bruselas: UNESCO).
- Artículo publicado en Cairo, Heriberto y de Sierra, Gerónimo (org.) 2008 América Latina una y diversa (San José: Ed. Universidad de Costa Rica).↵
- Expresidente ALAS, XVII Congreso, Montevideo, Uruguay 1987.↵
- Frases del sociólogo y politólogo brasileño –uno de los mayores latinoamericanistas de ese país– tomadas de su artículo “La idea de América Latina”, en Roitman y Castro (edits.) 1990 América Latina: entre los mitos y la utopía, páginas 49-69 (Madrid: Ed. UCM).↵
- Obviando ahora –en honor a la brevedad– la diversidad lingüística del Caribe y de los países que tienen aún hoy una fuerte implantación de poblaciones originarias. Y obviando también la enorme expansión más reciente de muchas otras religiones y sectas en el subcontinente.↵
- Siempre que en este artículo hablemos de Cono Sur, nos estaremos refiriendo sólo a Chile, Argentina y Uruguay. ↵
- Con la sola excepción actual de Cuba, durante breves períodos de Nicaragua, y tendencialmente del Chile de la Unidad Popular.↵
- Que por cierto es el criterio de agrupamiento que se utilizó para los módulos regionales en el Proyecto AMELAT II de la Universidad Complutense y su Maestría de Estudios Contemporáneos de América Latina, cuyas actividades docentes están en el origen de este libro.↵
- Brasil es un caso especial, pues organizó en gran escala la importación de esclavos, pero en este aspecto generó una sociedad igualmente polarizada y excluyente como en el caso anterior.↵
- No sólo por ser más grande, sino tener el mayor PBI y la mayor población. Amén de ser, en las últimas décadas, el país con mayor desarrollo industrial de América Latina.↵
- Algo similar sucede con otros referentes de las luchas de independencia de España, como San Martín, Sucre, O´Higgins, etc. ↵
- Reitero que en este artículo sólo me refiero a Chile, Argentina y Uruguay.↵
- Debe quedar claro que se trata sólo de un ejemplo entre otros posibles, elegido para ilustrar con un caso empírico la lógica de nuestra proposición. Perfectamente, podríamos haber ejemplificado con América Central o el Caribe Insular.↵









