Marco A. Gandásegui, hijo[1]
Hemos dividido esta presentación en dos partes. La primera pretende dar cuenta del desarrollo de la sociología en América Latina en los últimos cuarenta años. El período coincide, por un lado, con el XI Congreso de ALAS, celebrado en Santiago de Chile en 1972, durante la Unidad Popular y cuando era presidente de la República de Chile el doctor Salvador Allende. Apenas un año antes del golpe militar pinochetista que inauguró una etapa nueva en el desarrollo capitalista en la región.
En la segunda parte, daremos cuenta de cómo por aquellas fechas se iniciaba la declinación de la tasa de ganancias del sistema capitalista a escala global y cómo influyó sobre América Latina. En la actualidad, el mundo enfrenta una crisis en varios frentes, consecuencia del colapso de las economías reales de los países que ocupan el núcleo central del sistema de acumulación capitalista. Hemos hecho especial mención de Ruy Mauro Marini y Aníbal Quijano, cuyos aportes teóricos han marcado los últimos cuatro decenios y los 20 congresos de Sociología convocados por ALAS.
En el marco del XXIX Congreso de ALAS, nuevamente en esta bella capital, enquistada en las faldas de la cordillera andina, es propicio engarzar ambos fenómenos que responden a una misma realidad. Comencemos por nuestro X Congreso de 1972.
Los congresos de Sociología de ALAS
1. En el X Congreso de ALAS en Santiago de Chile, en 1972, se produjo una ruptura significativa a nivel del pensamiento social latinoamericano. El cambio se venía anunciando a nivel de los movimientos sociales que sacudían a la región. La juventud llevó las grandes transformaciones que estaban en el debate al escenario montado por los científicos sociales de esa época.
El debate entre positivistas y funcionalistas, introducido en los primeros congresos –entre 1951 y fines de la década del sesenta– por sociólogos de la talla de Poviña y Germani, se hizo añicos ante la avanzada de la juventud de la época. Prácticamente, no quedó huella alguna en los anales académicos posteriores. A partir del X Congreso, surgió un nuevo escenario, con nuevos actores, nuevas instituciones e, incluso, una juventud que se apropió del nuevo debate. Las discusiones se centraron en un optimismo desbordante sobre las posibilidades de desarrollo como resultado de la industrialización, los avances en materia de educación y salud pública, la movilización de las clases obrera y campesina, y el despertar de una juventud que encabezaba a una clase media transformada.
Los grandes debates que estremecieron los cimientos de las ciencias sociales se dieron entre estructuralistas y marxistas. En los congresos de la década del setenta, los debates no planteaban de dónde venía la sociología o qué debería ser su objeto de estudio. Ambas preguntas habían encontrado su respuesta en la revolución cubana. Tanto estructuralistas como marxistas planteaban que la sociología era la mejor herramienta para estudiar las transformaciones que los pueblos de la región habían colocado sobre la agenda. A la vez, señalaban que las nuevas clases sociales, portadoras de esas transformaciones, eran los objetos de estudio.
Había nacido la llamada “sociología latinoamericana”, poderosa herramienta que invadió a los partidos políticos, sindicatos, gremios y movimientos sociales. Su impacto se sintió tanto en la región como en el resto del mundo. Las teorías del desarrollo y las nociones sobre la dependencia, debatidas en el congreso de 1972, se convirtieron en los ejes de todo debate a partir de esa fecha.
Como telón de fondo a este debate, se encontraba la revolución cubana con su experimento político, que generaba enormes simpatías a escala global. Igualmente, la experiencia truncada de la Unidad Popular en Chile. Los golpes militares que se sucedieron en el Cono Sur al principio se consideraban como un tropiezo en el camino hacia el proyecto de desarrollo, encabezado por los sectores populares. Poco a poco, el discurso militarista se convirtió en un proyecto de rearticulación capitalista, centrado en ajustes profundos. Se fue apoderando de la región la reacción violenta de los sectores más atrasados, quienes buscaban alternativas para continuar en el poder.
En la base misma del proceso de acumulación capitalista global (desarrollo), se inició la crisis del modelo. En 1973, EEUU desconoció el patrón oro; en 1976, Europa lanzó su proyecto de unión; y en China, el Partido Comunista anunció en 1978 su política de flexibilización. El capitalismo en EEUU no se repone de la baja de su tasa de ganancia, a pesar de seis décadas de una política de guerra permanente o de sus intervenciones en los mercados globales. Las crisis experimentadas a lo largo del período que se iniciara en la década del setenta estallaron en 2008 con el colapso del sistema.
2. La corriente dominante de los estructuralistas se ancló en la CEPAL. Los herederos de Prebisch y sus planteamientos sobre el intercambio desigual dieron luz a las nociones sobre la dependencia “asociada”. Surgió un debate entre dos tendencias muy diferentes, que utilizaban las nociones de la dependencia entre 1974-1985: por un lado los marxistas, quienes plateaban una versión de la “desconexión” y, por el otro, los estructuralistas con su versión de desarrollo “asociado”. Los congresos de ALAS –entre 1974-1985– en San José, Quito, Panamá, San Juan, Managua y Río recogieron estos debates.
Otra corriente marxista continuó planteando la teoría de los “modos de producción”.
3. El debate entre estructuralistas y marxistas pareció terminar en 1990 con el colapso de la URSS y la nueva moda que se apoderó de muchos sociólogos, que comenzaron a especular con la noción sobre “el fin de la historia”. Es decir, el fin de la lucha de clases. El fin de la clase obrera. El fin del trabajo. Nociones que años después serían descartadas como ideología por sus propios impulsores. También sufrió los embates del colapso del campo socialista la teoría de los “modos de producción”, que fue derrotada por la historia.
4. Entre 1995 (México), São Paulo (1997) y Concepción (1999), los dependentistas volvieron al debate, pero sin un referente concreto. Por un lado, el neoliberalismo hizo avances enormes en el mundo académico y, sobre todo, en los espacios gubernamentales donde el desarrollismo como ideología fue descartado. Por el otro, en Brasil reapareció la “promesa” de un desarrollo dependiente con las dos administraciones de Cardoso. A su vez, Negri y Hart trataron de construir el puente con su teoría del “imperio”.
5. Entre 2001 (Guatemala), 2003 (Arequipa), 2005 (Porto Alegre) y 2007 (Guadalajara), se produjo el giro a la izquierda en América del Sur y surgieron múltiples teorías que intentaron darle una explicación al fenómeno. Mientras que unos experimentos políticos nacionales se radicalizaron, otros tomaron un rumbo más de acuerdo con las políticas neoliberales. La teoría marxista de la dependencia y las propuestas de los sociólogos que impulsaban el estudio del sistema-mundo-capitalista encontraron un elemento en común: la crisis final del capitalismo era inevitable. El neoliberalismo fue declarado muerto en el Congreso de Buenos Aires en 2009.
6. En los Congresos de Buenos Aires (2009) y Recife (2011), la noción de la “descolonialidad” de Quijano se colocó en el centro de la mesa. La crisis de hegemonía de EEUU y la sorprendente emergencia de China se definieron como los ejes centrales para tratar de entender el futuro. La derrota del ALCA y la aparición del ALBA y CELAC definieron un nuevo tablero en la región.
7. El período 1972-2013 ha visto surgir nuevos actores, entre los cuales se destacan la mujer, los pueblos indígenas y los trabajadores informales. La desaceleración del crecimiento de las tasas de ganancia y la desindustrialización debilitaron a la clase obrera y a los movimientos campesinos. Ambos perdieron parte de su influencia entre los movimientos sociales. La creciente “clase media”, que era un factor político de primer relieve, a la cabeza de movimientos sociales significativos a mediados del siglo XX, se redujo en un indicador en manos de los tecnócratas que estudian las tendencias del consumismo.
8. Los neoliberales introdujeron en la agenda sociológica, a fines de la década del ochenta, la reducción de la pobreza como indicador de desarrollo, crecimiento o una combinación de ambos. También se propusieron metas para reducir la desigualdad. Mediante un sofisticado manejo de estadísticas y gráficas, inflaban las tasas de empleo y reducían la pobreza. Durante dos décadas, muchos congresistas presentaban sus hallazgos sin percatarse que sólo estaban acomodando la realidad a sus teorías. Con el estallido de la crisis en 2008, los esfuerzos teóricos de los neoliberales para convertir estos problemas en centro de debate desaparecieron. Sin embargo –como diría Gramsci–, al no ser reemplazados por nuevas teorías, siguen vigentes en los proyectos gubernamentales.
9. Los veinte años de hegemonía neoliberal transformaron las estructuras sociales latinoamericanas, introduciendo la desindustrialización, la des-campesinación, la desregulación y la flexibilización. Los efectos de estas políticas sobre la cuestión urbana, el empleo, la seguridad, la familia, la salud, la educación y la sexualidad se sienten, en la actualidad, como temas que deben ser abordados urgentemente con nuevos instrumentos y teorías más adecuadas.
10. El XXIX Congreso nos coloca en la encrucijada. A diferencia del XI Congreso de 1972, en 2013 estamos frente a una ruptura, que se resiste y que no logra definir a los actores centrales. Hay que recordar el impulso de la juventud latinoamericana de la década del sesenta, que logró descarrilar aquí en el Congreso de ALAS, en 1972, a esa sociología petrificada y exigió un nuevo enfoque, una sociología renovada. Quiero rendir homenaje a Nelson Gutiérrez, joven estudiante de Sociología de la Universidad de Concepción, quien en 1972 contribuyó, junto con la juventud de aquella época, a hacer realidad la sociología latinoamericana, que tanto impacto tuvo a escala mundial.
Fue una juventud que rebosaba de energía, que estaba segura que sus sueños se harían realidad. La reacción se levantó para destruir la esperanza y hacer pedazos los sueños, a sangre y fuego. El desarrollo del capitalismo, que entraba en una fase de declinación, hizo ajustes en los procesos de acumulación para intentar modificar la tendencia irreversible. Las políticas que fueran bautizadas con el nombre de “neo-liberales” no sólo fueron económicas, como muchos creen. Sus implicaciones fueron, sobre todo, culturales, sociales e, incluso, ideológicas.
La crisis de acumulación del sistema capitalista
La transferencia de riquezas de las clases subordinadas a los sectores dominantes se hizo mediante la ampliación, extensión y profundización de la explotación del trabajo social, la expropiación de los bienes comunitarios e incorporando nuevas regiones al proceso de acumulación del sistema capitalista. En el centro del sistema, se atacaron las conquistas sociales asociadas con el “Estado de bienestar”, se redujeron los salarios, se inició un proceso de “desindustrialización” y, finalmente, se cerró el ciclo con la expropiación de los bienes (viviendas) de los trabajadores. El sistema colapsó en 2008 con la explosión de la burbuja inmobiliaria en EEUU.
En la actualidad, el sistema se mantiene vivo sobre la base del despojo de los trabajadores, en general, y el fortalecimiento de un nuevo polo de acumulación capitalista centrado en China. La dirección política del sistema que estuvo concentrado en el llamado complejo industrial-militar, que implicaba una combinación de acumulación y represión, fue reemplazada por una cúpula financiera. Mientras que la llamada “economía-real” del centro se estancó (en recesión), la expedición de valores a futuro mantiene vivo el sistema. Esta tarea la realiza un grupo de 12 bancos, que cuentan con una red global inclusiva que atraviesa el sistema capitalista mundial.
Al mismo tiempo, el centro político, con sede en Washington, que pretende legitimar los residuos del sistema y ejercer su cada vez más débil hegemonía, continúa militarizando la economía mundial y buscando fórmulas ideológicas para conservar su dominación.
La crisis mundial y América Latina
En la actualidad, las sociedades que hasta hace poco eran la locomotora que arrastraba el tren productivo se han desactivado y apenas avanzan sobre rieles cada vez más carcomidos. Ahora son sociedades con trabajadores improductivos (la mayoría de los trabajadores están refugiados en el sector servicios), con recursos naturales encarecidos (difíciles de acceder) y sistemas políticos insostenibles (secuestrados y despojados por las “troikas” o la banca fuera de control).
El centro en la actualidad se deteriora y ya no es capaz de acumular capital. Una periferia no-dependiente (China) emerge como nueva locomotora industrial mundial. Tiene una clase obrera disciplinada, capaz de generar riquezas (ganancias), que son acumuladas y reinvertidas en el proceso. A su vez, la periferia dependiente (con algunos miembros nuevos) gira hacia un nuevo centro. Es el caso de América Latina, que se ha vuelto en un cliente agro-minero exportador de China.
EEUU se esfuerza por introducir una cuña en la región latinoamericana, creando un pacto político entre algunos países agro y minero exportadores (Chile, Paraguay y Chile), así como con Colombia, México y Centroamérica. La nueva Alianza del Pacífico incluiría a todos los países que quisieran sumarse, con la única excepción de China. Ya incluye a Vietnam (gobernado por el Partido Comunista) y Brunei (un sultanato islámico).
El Pacto del Pacífico tiene pocas probabilidades de sostenerse. Perú y Chile están comprometidos con sus exportaciones mineras. Igual Paraguay, con sus envíos de soja a la hambrienta economía china. En el caso de Vietnam, la exportación de productos textiles baratos quedaría interrumpido si se viera obligada a comprar algodón a sus nuevos socios: EEUU y Nueva Zelanda. El “modelo” vietnamita dejaría de ser competitivo, en la medida en que no pueda comprar el algodón a precios muy económicos a China.
Según Amín, China tiene un futuro que no podría contabilizarse en años. Esto se debe a que cuenta con una masa de campesinos-agricultores (una población cercana a los 800 millones de personas), con una economía basada en la propiedad comunal de la tierra. Aún no entra en la contradicción propia de la acumulación capitalista. Esa enorme masa de trabajadores fuera del sistema capitalista de acumulación le permite absorber las contradicciones generadas por el proceso de acumulación capitalista que tanto ha sorprendido al mundo.
En cambio, en América Latina, las reformas agrarias han despojado a los campesinos de sus tierras y los ha convertido en fuerza de trabajo disponible. El sistema de acumulación capitalista ha creado en América Latina una masa de trabajadores informales y precarios.
La generación de ganancias es absorbida por el centro a través de la asimetría existente en el proceso productivo. La extracción de ganancias por parte de las trasnacionales que operan en América Latina, según un informe reciente de la CEPAL, supera con creces las inversiones directas extranjeras.
En 2012, las inversiones extranjeras llegaron a un total de 173 mil millones de dólares: el 30% en el sector minero, el 40% en el sector servicios y el 20% en el sector industrial. En EEUU, se invirtieron 175 mil millones en el mismo año. En China, alcanzó los 118 mil millones.
Las inversiones en los sectores mineros y servicios han promovido un nuevo sector social, antes invisibilizado. Se trata de los pueblos originarios, que son objeto del despojo de sus tierras.
Hay dos opciones que se encuentran sobre la mesa en el debate en torno a la crisis o decadencia del capitalismo. El debate se remonta a varias décadas, pero emergió con fuerza inusitada con motivo del estallido de las bolsas de valores, bancarrotas bancarias y colapso del mercado en 2008.
La primera explicación de la crisis señala que el crecimiento y expansión del sistema capitalista –por su propia naturaleza– experimenta problemas periódicos que merecen ser atendidos. Para ese fin, se deben considerar medidas de ajuste. Se destacan en estas filas dos premios Nobel de Economía. Por un lado, Paul Krugman, quien plantea que para salir de la depresión se necesita “claridad intelectual y voluntad política” (Krugman, 2012). Por el otro, participa activamente en el debate, el premio Nobel Joseph Stiglitz, quien señala la importancia de la regulación gubernamental de los mercados. Debe existir un equilibrio entre gobierno y mercado. Tanto Krugman como Stiglitz están afirmando que el capitalismo como sistema puede regularse y orientarse de tal manera que evite los obstáculos que provocan la inestabilidad de los mercados (Stiglitz, 2010).
En una línea similar, el profesor de la Universidad de Harvard, Dani Rodrik, asegura que el sistema capitalista tiene un número plural de opciones para frenar su caída en picada. La más importante se refiere a la fortaleza institucional del sistema. A su vez, menciona la enorme red global, que debe verse como un activo y no un pasivo (Rodrik, 2010).
En América Latina, se destaca José Antonio Ocampo, quien fuera ministro de Economía de Colombia, cuya candidatura a la presidencia del Banco Mundial fue lanzada por Brasil. También ha sido director ejecutivo de la CEPAL y subsecretario general de las Naciones Unidas para Asuntos Económicos y Financieros. “Se mudó al think tank de Joseph Stiglitz en la Universidad de Columbia (Nueva York). Igual que el Premio Nobel, cree firmemente en un ‘orden financiero internacional’ nuevo que transforme el actual, ‘tan cuestionado tras los colapsos financieros de EEUU y Europa’” (Ugarteche, 2012). Sin embargo, eran escasas las posibilidades de que Ocampo llegara a ocupar el cargo, sin el apoyo de quienes –como Washington y Bruselas– quieren conservar el actual orden mediante algunos ajustes cosméticos.
Según otros autores, las crisis del sistema tienen soluciones, siempre y cuando se hagan los correctivos. Unos plantean que el culpable de los problemas actuales es el llamado Tercer Mundo (Easterly, 2006). Martenson asegura que la crisis energética y el cambio climatológico son los culpables. Resueltos estos problemas, el crecimiento del sistema capitalista puede continuar su camino (Martenson, 2011). Thomas Edsall indica que la solución a la crisis se asocia con la necesidad de introducir recortes presupuestarios, sobre todo en los programas sociales, e, incluso, en el rubro de gastos militares (Edsall, 2012). Reinhart y Rogoff dan un paso adicional y aseguran que las crisis financieras son recurrentes y no importa de qué régimen económico se trate (Reinhart y Rogoff, 2009).
Tim Jackson asegura que los culpables de la crisis son los países emergentes, que quieren consumir lo mismo que los países del centro. Thomas Friedman señala que, cuando nos recuperemos de la depresión actual, el crecimiento se medirá no cuantificando las cosas que poseemos, sino por la felicidad de la vida.
El pakistaní Anwar Shaikh, profesor de la Universidad New School of Social Research de Nueva York, dice que para la ortodoxia no existe crisis. Los neoliberales presentan el sistema concebido por ellos como perfecto e ideal. Las crisis son consideradas como situaciones extrañas. La verdad, empero, es que las crisis son el producto de la búsqueda sistemática de mayores ganancias de los empresarios. La avaricia los lleva a sobreproducir. La consecuencia de esto genera desequilibrios.
Para estos autores, en términos eufemísticos, la crisis del sistema capitalista se asemeja a los límites que tiene el motor de un automóvil, que después de mucho uso debe ser objeto de reparaciones –a veces superficiales en otras ocasiones de fondo–. Son los ajustes que necesita cualquier motor que tiene más de una cierta cantidad de horas de uso o una cantidad dada de kilómetros recorridos. La solución es mecánica.
La segunda explicación de la crisis señala que el crecimiento y expansión del sistema capitalista –por su propia naturaleza– experimenta crisis cíclicas que transforman las estructuras del sistema capitalista periódicamente. En este caso, se destacan autores marxistas como Arrighi, Harvey y Frank.
Frank enfatiza la necesidad de reconocer la “unidad en la diversidad” cuando se habla de la transición. En primer lugar, “hay que reconocer la realidad de una estructura global que nos abraza”. A la vez, “el desarrollo histórico de un sistema-mundo de muy larga data”. En segundo lugar, hay que promover una “transición” en nuestra manera de pensar. “Esta transición en nuestra manera de pensar nos ayudaría a entender las transiciones reales y nos guiaría en la lucha social por lograr el bienestar”[2].
Estos autores se basan en la crítica de la economía política hecha por Marx. La acumulación capitalista tiene sus límites, en la medida en que el crecimiento de los costos de producción social tiende a neutralizar las ganancias reales. Las crecientes demandas salariales, el incremento de los costos de materias primas y el incremento de los gastos para legitimar políticamente los regímenes políticos borran los márgenes de ganancia capitalista.
¿Hacia dónde vamos?
El neoliberalismo es la etiqueta que los teóricos latinoamericanos le pusieron a las políticas que pretendían frenar (incluso, detener) la caída de la tasa de ganancia de las inversiones capitalistas a partir de la década del setenta. Reagan y Thatcher se convirtieron en los campeones de estas políticas en sus respectivos países. Adoptaron como guías ideológicas a los herederos de la corriente conservadora y reaccionaria de Mont Pelerin (Hayek y asociados).
La política consistía –fundamentalmente– en la flexibilización de la fuerza de trabajo, la privatización de las empresas públicas y la desregulación de la administración estatal (gobierno). Se suponía que los recursos ahorrados por este medio –la reducción de los salarios– y la transferencia de bienes públicos (de todos los “ciudadanos”) a las manos del capital (sector privado) permitirían mitigar la disminución en el proceso de acumulación capitalista. Las políticas neoliberales fracasaron –prueba de ello, las crisis en la “periferia” (Argentina, México, Rusia y otros países), y el gran “estallido” de 2008 y colapso de los grandes bancos norteamericanos–. La recesión iniciada a partir de ese estallido aún tiene al “centro” del sistema de acumulación capitalista, concentrado en los países del Atlántico Norte, postrado.
Gran parte de América Latina ha eludido los efectos de la recesión, gracias a la emergencia de China como nueva locomotora de la acumulación capitalista. Es el enorme excedente (plusvalía), creado por más de 100 millones de obreros industriales chinos, que genera más inversiones y demanda de recursos primarios (agro-mineros). La clase obrera china crece, cuantitativa y cualitativamente, mediante su incremento demográfico (tiene una reserva de trabajo de casi medio millón de personas) y su capacidad creciente de consumir/realizar su propia producción.
El gigante asiático ha convertido a la región latinoamericana en un gran proveedor de materias primas que necesita para su crecimiento económico. En otras palabras, América Latina ha vuelto a su status del siglo XIX, cuando era exportadora de materias primas para la acumulación capitalista (“desarrollo económico”) de Gran Bretaña y otros países. Es la llamada “reprimarización”.
China está avanzando rápidamente y transformando su estructura de clases y de acumulación (de plusvalía) capitalista. Es probable que, en un futuro cercano, deje de ser el exportador de bienes industriales de baja tecnología. Un escenario posible es que se transforme en un exportador de bienes y servicios de alta tecnología. Sus importaciones de materias primas podrían disminuir. Esta situación colocaría a sus socios agro-mineros exportadores –“primarios”– de América Latina en una situación difícil: desempleo, crisis de la balanza comercial y recesión.
La región tiene que aprovechar esta etapa de crecimiento y acumulación, generada por la asociación con China, para transformar sus estructuras económicas. Es una fase de transformaciones a escala mundial con características transitorias. De la misma manera que se abrió, en el futuro próximo se cerrará. Ese futuro lo podemos situar a mediados de la centuria o a fines del siglo XXI. ¿Quizás en el siglo XXII? No sabemos.
Una solución viable para enfrentar los retos que presenta este período de transición sería incorporar a una parte sustancial de la población latinoamericana (específicamente a la clase obrera) al mercado como consumidores. Esta estrategia puede servir de base para iniciar un movimiento de la sociedad, en su conjunto, hacia la producción de bienes y servicios en la “punta tecnológica”.
El fin del neoliberalismo y el inicio de una nueva organización social tienen dos posibles “bifurcaciones” a la vista. Primero, el colapso de la estructura social como actualmente la conocemos y la emergencia de una situación de caos. En tal caso, pueden darse múltiples variantes. Depende del nivel de acumulación capitalista. Surgiría probablemente una forma u otra de “capitalismo salvaje” y dependiente. En lo político, no hay que descartar formas de dominación neocoloniales, guerras con potencias en decadencia o emergentes e, incluso, reordenamientos de las actuales fronteras.
Segundo, puede aparecer una sociedad con capacidad de regular la acumulación capitalista y determinar cómo son beneficiadas las distintas clases sociales, los grupos etarios y de género, así como los pueblos originarios y los grupos con intereses especiales. De esta variante, pueden aparecer muchas formas y diseños, dependiendo de las estructuras sociales y contextos culturales de cada país o región.
Me atrevería a decir que los únicos teóricos que han logrado esbozar una salida a la crisis actual y al sistema capitalista en su conjunto, tal como ha evolucionado hacia lo que conocemos hoy, son del llamado “Sur”. Por un lado, Samir Amin, el egipcio quien trabaja hace cuarenta años en Senegal. Por el otro, el brasileño Ruy Mauro Marini (fallecido) y el peruano Aníbal Quijano.
Veamos con un poco más de tiempo lo señalado por Quijano. Antes, sin embargo, ¿qué plantean Marini y Samir Amin? Para Marini, el capitalismo mundial funciona con una dialéctica de la dependencia (no confundir con las teorías de la dependencia estructuralistas o asociadas). El capital en esta etapa de su desarrollo logra generar ganancias sobre la base de las relaciones desiguales entre el centro y la periferia de su sistema. Mientras que en el centro del sistema, la masa obrera participa en la realización de la producción capitalista, en la periferia los obreros sólo reponen su fuerza de trabajo, pero no participan en la realización de su trabajo. Esta diferencia es apropiada por el sistema capitalista mundial y distribuida entre los propietarios del capital. Una vez superada esta barrera, el capitalismo como sistema puede ser reemplazado por una forma de producción igualitaria y justa.
Las tesis de Amín se insertan en las nociones de sistema-mundo capitalista y el desarrollo de larga duración. El mundo bipolar clásico (e, incluso, el unipolar menos común) tiende a diversificarse y estamos en una coyuntura que puede ver surgir un mundo multipolar. Es en este marco que se generan las implosiones, las primeras olas de implosión que vive el mundo en la actualidad. Según Amin, los primeros movimientos se originaron en América Latina, y “no es producto del azar que hayan tenido lugar en países marginales como Bolivia, Ecuador y Venezuela. Luego, la primavera árabe. Ya tendremos otras olas en otros países, porque no es algo que esté sucediendo solo en una región específica”. Los pueblos están rechazando las soluciones en el marco de este sistema. Luchan por trascender el neoliberalismo y los intentos de éste por construir un capitalismo con rostro humano, entrar en la lógica de la buena gobernanza, la reducción de la pobreza, la democratización de la vida política, etc., porque todos esos son modos de gestionar la pauperización, que es el resultado de esta lógica. La conclusión de Samir Amin es que ésta no es apenas una coyuntura, sino más bien un momento histórico, que se presenta formidable para el pueblo. Existen condiciones objetivas para construir amplios bloques sociales alternativos anticapitalistas, hay un contexto para la audacia, para plantear un cambio radical.
Quijano enfoca el problema desde otra perspectiva. ¿De qué sirve que el sistema capitalista tenga que distribuir en forma más equitativa la riqueza si las relaciones sociales siguen enquistadas en instituciones prisioneras de ideologías colonialistas, racistas y sexistas?
Existe un “patrón de poder” que articula y define la existencia social de la población del planeta Tierra. De ese patrón de poder da cuenta la teoría de la “Colonialidad del poder”. Este sistema de dominación social fundado sobra la construcción del concepto de “raza” (asociado a conceptos como “género” y “etnia”) define el eje de poder. Quijano insiste en que no sólo está en crisis ese aspecto financiero del sistema capitalista, más bien lo que está en crisis es el patrón de poder.
La crisis del capitalismo actual es muy distinta a las anteriores. Los cambios que se experimentan en la actualidad transformarán las relaciones capital-trabajo. Quijano señala que es riesgoso hacer predicciones, pero cita a Rosa Luxemburgo, quien vivió otro “atormentado período” que acuñó con el término de “barbarie tecnológica”. Quijano observa en la actualidad las constantes “guerras privadas”, nuevas formas de conflictos sin aparente solución. El conjunto de estos conflictos crea un nuevo “colectivo”, que empuja en diferentes direcciones, pero que pueden confluir y crear nuevas condiciones sociales. Incluso puede producir un discurso social “que no tiene origen intelectual o teórico”. Más bien, proviene de la necesidad de sobrevivencia.
Es un movimiento, agrega Quijano, que aún no tiene “visibilidad” y urge apoyarlo para que se legitime. Esa “gente” no lucha sólo para su sobrevivencia. Lo hace para “todos los habitantes de la Tierra”. Para Quijano hay una luz, existe la utopía, y se pregunta ¿qué hacer con el poder? El mismo se contesta y plantea que “el conflicto comienza a hervir. Esa gente que dice ‘¡ya no!’, aún no tiene legitimidad política, no es un actor determinante, pero podría serlo pronto”.
Un leninista diría que falta la dirección desde afuera. Un socialdemócrata clásico señalaría que le falta organicidad desde la base. Un liberal no le prestaría mucha atención, porque es una masa amorfa que sólo puede ser moldeada por ese “patrón de poder”. El neoliberal, encerrado en su mundo idílico, cierra el debate con un contundente grito de “fin de la historia”.
Quedan en el tintero dos preguntas que faltan contestar:
¿Hay posibilidades de que los trabajadores pauperizados, los pueblos originarios despojados y las capas medias en transición logren llegar a un acuerdo –un bloque histórico– para encaminar los países de la región hacia un objetivo que refleje sus intereses?
¿Se están dando pasos en esa dirección en algunos países de la región?
Santiago de Chile, 4 de octubre de 2013.
Bibliografía
Easterly, William 2006 The White Man’s Burden (Nueva York: Penguin).
Edsall, Thomas B. 2012 The Age of Austerity (Nueva York: Random House Digital).
Krugman, Paul 2012 End This Depression Now (Nueva York: W.W. Norton).
Martenson, Chris 2011 The Crash Course (Nueva York: Wiley).
Reinhart, Carmen y Rogoff, Kenneth 2009 This Time is Different. Eight Centuries of Financial Folly.
Rodrik, Dani 2010 One Economics, Many Recipes: Globalization, Institutions.
Stiglitz, Joseph 2010 Freefall: America, Free Market, and the Sinking of the World Economy.
Ugarteche, Oscar 2012 “Ocampo al Banco Mundial” en ALAInet (Quito), 31 de marzo.
- Expresidente ALAS, XIII Congreso, Ciudad de Panamá, Panamá 1979.↵
- La version original de la frase es: “This transition in thinking could also help us to understand the real transitions that there are and to guide us in the struggle for the good and against the socially bad difference. A Luta Continua!”↵









