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Las aporías del arte y la ciencia

Jordán Rosas Valdivia[1]

Arte y ciencia

“La obra de arte que necesita ser explicada ya no es obra de arte” (Pío XII).

Cuando nos preguntamos, por qué en nuestra sociedad, y por tanto al interior del sistema educativo, se otorga una indiscutible preferencia a la enseñanza/aprendizaje de las ciencias, y por ello, deliberada o inconscientemente, se soslaya o minimiza el valor de la educación por el arte, notamos que la pregunta necesariamente debe conducirnos a esbozar algunas respuestas.

Una primera aproximación consiste en reconocer que, en nuestro medio, se asocia la ciencia a la tecnología, y ambas a las mayores posibilidades de obtener vacante en el competitivo mercado laboral. En tanto que la labor artística, se la considera propia de diletantes y hasta de desadaptados, los cuales están casi siempre, condenados a “morirse de hambre”. Por otra parte, el rol que se le otorga a la ciencia, como explicación de la realidad, en su multiplicidad de manifestaciones, como descubridora de sus leyes, y por tanto, como dadora y sustento del progreso económico-social; parecieran arrogarle un rol no sólo superior, sino imprescindible, frente al quehacer artístico.

Asimismo, la ciencia, al detentar un carácter objetivo y comprobable, adquiriría mayor confiabilidad frente al arte, el cual, como sabemos, esencialmente es un quehacer subjetivo, y por ello en gran medida, arbitrario. Y estas diferencias y distancias se trasuntan al mundo educacional. Por tanto, aquí también, las actividades artísticas no tienen el boato de la importancia ni el lugar para ser consideradas imprescindibles. Niveles, a los que desde hace tiempo, ha llegado la ciencia. Así, por ejemplo, resultaría inconcebible que en el currículo escolar no se consignara por ejemplo, matemáticas, a diferencia de las asignaturas y las actividades artísticas, a las que se les ha dado un carácter recreativo o complementario en el mejor de los casos.

Graciela Fernández Troiano nos amplía el horizonte, con la siguiente explicación:

“Las diferenciaciones entre arte y ciencia, posiblemente con origen en la modernidad (Ilustración, cientificismo, neoclasicismo, romanticismo), que a pesar de los esfuerzos de algunos filósofos, científicos y artistas no se han diluido totalmente, establecen que la ciencia se basa en la razón: es mental, puesto que se requiere de la inteligencia para su desarrollo; produce saberes objetivos; origina conocimiento; se dirige al mundo para aplicar una metodología que le permite revelar verdades; sustenta la idea de progreso indefinido; es cosa seria; no es metafórica, trabaja desde la teoría y la abstracción y, a la vez, permite descubrir exactitudes sobre la realidad; da pie a la tecnología; es muy necesaria en el mundo para entender y solucionar problemas. La ciencia es un saber único y universal, sus verdades pueden aplicarse a cualquier cultura. El científico tiene gran poder de concentración, es metódico y mental, sin grandes emociones. En cambio, el arte, según esta concepción, se basa en lo emocional; lo que presenta es subjetivo; no necesita de la investigación; requiere de ‘capacidad’, para el arte se tenga o no se tenga condiciones; permite que el sujeto exprese su interior o que refleje en forma transparente el exterior; no es cosa seria porque su misión es entretener, conmover, adornar; usa la metáfora” (Fernández Troiano, 2010: 23-41).

Sin embargo, y a pesar de todo, para algunos especialistas, el arte no sólo puede equipararse a la ciencia, en cuanto reflejo y conocimiento de la realidad; sino que es cualitativamente superior a ella, precisamente por sus características específicas. Y su especificidad, básicamente tiene que ver con la internalización o degustación de lo bello. Por ejemplo, Jaques Aumont señala que:

“Ahora, lo bello no coincide ya con lo verdadero como en la metafísica clásica, sino que lo bello es igual a lo verdadero. En consecuencia, la sensación es igual a la razón, la capacidad de sentir lo bello es igual a la capacidad de conocer lo verdadero, y en esto la intuición de lo bello, tanto en Baumgarten como en los empiristas, es superior a la razón porque es más inmediata” (Aumont, 1997: s/p).

Asimismo, recordemos que esta posición tendrá en el romanticismo a uno de sus mayores portaestandartes.

Giordano Bruno fue uno de los primeros pensadores que bocetó las ideas modernas sobre el arte en su obra Del universo infinito y mundos; en ella, afirmó que la creación es infinita, que no hay centro ni límites; todo es movimiento, dinamismo y hay tantas artes como artistas. De esta manera, contribuyó a la difusión de la idea sobre la originalidad del artista. El arte no tiene normas, parámetros ni límites. No se aprende, puesto que nace de la inspiración.

El concepto de lo característico, que se inicia con Goethe y Hirt, da a entender a lo bello, como lo perfecto que es o puede ser un objeto de la vista, del oído o de la imaginación, entendiendo lo perfecto como lo que corresponde al fin, a lo que la naturaleza o el arte se proponen en la formación del objeto en su género y especie[2].

Arthur Schopenhauer dedicó el tercer libro de El mundo como voluntad y representación a la teoría del arte. Fundamentó que la única vía para escapar del estado de infelicidad propio del hombre es el conocimiento y la degustación del arte e identificó conocimiento con creación artística, señalando que es la forma más profunda de conocimiento. Por ello, la conciencia estética es un estado de contemplación desinteresada, donde las cosas se muestran en su pureza más profunda. El arte habla en el idioma de la intuición, no de la reflexión, siendo complementario de la filosofía, la ética y la religión.

A comienzos del siglo XX, Bergson causó enorme impacto, sobre todo por su afirmación de que lo artístico presenta una forma de intuición mucho más profunda y ligada al ser real de las cosas que la misma ciencia (Bergson, 1985).

Y es que lo perfecto, lo admirable, lo máximo, lo simulado, lo disimulado, lo grandioso, lo imponente, lo inefable, el misterio, en fin, la catarsis y la ataraxia, entre otras categorías, por supuesto que solamente se dan en el arte.

Y esto acaece porque lo característico del arte estriba en que refleja la realidad, mediante imágenes artísticas concretas, a diferencia de la forma lógica, abstracta y racional de la ciencia.

Asimismo, debe reconocerse que, entre estas dos formas de conciencia social, se dan un conjunto de especificidades, y a la vez, afinidades y correspondencias. El científico suele recurrir a imágenes y, hasta en determinadas ocasiones, valerse de recursos literarios para dar mayor fuerza y vivacidad al pensamiento que expone. Aun así, la característica básica e irrenunciable en su exposición estriba en la utilización de las categorías conceptuales, abstractas y lógicas, propias del quehacer científico. Asimismo, se acepta sin mayor objeción, que el artista, especialmente el literato, puede de vez en vez, y para otorgarle mayor precisión conceptual a sus personajes o a las circunstancias donde éstos se desenvuelven, hacer uso de un discurso lógico y asaz frío. Empero, estos recursos deben tener en el ámbito artístico una dimensión secundaria o complementaria, puesto que, de no ser así, estaremos frente a un artista mediocre y de talento limitado.

“Las obras en que la icasticidad cede su puesto a los medios conceptuales del reflejo de la vida son mediocres, artísticamente débiles […] El arte reproduce siempre la realidad en imágenes y sólo en imágenes” (Zis, 1976: 77).

Si bien es cierto que la ciencia es al lenguaje denotativo, como el arte, al connotativo; sin embargo, en su utilización práctica, se dan coincidencias y necesidades recíprocas. El artista ciertamente piensa por medio de conceptos, así como el científico debe acudir en su vida habitual a la metáfora y a la imagen. Sin embargo, en el quehacer profesional o especializado, las diferencias necesariamente deben darse, para desarrollar una actividad saludable y exitosa. Las imágenes artísticas, al ser aprehendidas por el hombre, le hacen surgir no sólo pensamientos, ideas, sino que fundamentalmente contribuyen para que cultive (lo que la ciencia no puede) sentimientos, vivencias, alegrías, tristezas, esperanzas, etc.; todo ello ha de influir en el afloramiento de principios morales.

De ahí que la función social del arte se concentra en su importancia educativo-formativa del ser humano; y qué mejor que le perfile su mundo espiritual.

Por otra parte, debe reconocerse que las imágenes que el quehacer artístico crea son individuales y concretas. Pero, cuando son verdaderamente valiosas, revelan rasgos comunes a todo un conjunto de fenómenos; y en donde pues, lo general se manifiesta en lo individual. Rendón Wilka, en Todas las Sangres de Arguedas, representa a una multitud de compatriotas nuestros, con un alto sentido de rebeldía, invencibilidad, infinita ternura y sentido comunitario. Un solo personaje literario puede representar a todo un pueblo.

Historia, ciencia y arte

El proceso histórico es eidético y esencial al ser humano y sus productos. Sin embargo, entre la ciencia y el arte se dan algunas diferencias que quisiéramos anotar.

La ciencia es social por su origen, contenido y esencia (puesto que no es sino la objetivación del mundo del conocimiento; es decir, una relación entre el sujeto cognoscente y el objeto conocido), por su desarrollo y, aun, por su finalidad.

En cuanto a su desarrollo, ella avanza mediante un proceso de colaboración, dado a dos niveles: 1) entre los científicos que viven el interior de una época o de un ambiente y 2) por la colaboración intrageneracional; y que nos permite explicarnos, por ejemplo, los descubrimientos espaciales, por la presencia y los aportes de una pléyade de científicos, ubicados en diferente estadios de la historia: de Ptolomeo a Copérnico (que creía que la Tierra se movía en círculo), de Kepler (que llegó a la elipse), de Galileo (que descubrió la ley de la velocidad uniforme de los cuerpos en el vacío, y que redescubrió el telescopio), de Newton (con su trascendental ley de la gravitación universal); hasta llegar a Einstein y a nuestros contemporáneos.

La historia del arte nos enseña cómo se han desarrollado las escuelas y tendencias en determinadas sociedades, y a lo largo del tiempo; asimismo, nos enseña las influencias de diverso tipo (estilos, colores, formas y aún temas) entre ellas y los artistas. Pero también por la historia del arte sabemos que la creación artística original no es acumulativa como en la ciencia, sino estrictamente personal. Si Mozart no hubiera compuesto su majestuoso Réquiem, nadie lo hubiera compuesto por él. Lo mismo podemos afirmar de Picasso con Las señoritas de Avignon.

Si no hubiera existido Vallejo, no existirían Los Heraldos Negros, Espergesia o Trilce, o si no hubiese vivido Alomías Robles, no tendríamos El Cóndor Pasa. Así de simple.

Esta característica, de ninguna manera, da a entender que el acto de creación artística es independiente o ajeno del contexto histórico en que el que se realiza. Sin embargo, hay que reconocer que su expresión específica guarda gran autonomía, dada la originalidad y el genio que el artista tiene y demuestra.

La ciencia avanza ascendentemente en un proceso de acumulación, colaboración intrageneracional y dependencia; y por tanto, sus descubrimientos dependen mucho más del momento histórico en que se producen que de la genialidad de los hombres que los llevan a cabo. Por eso es que nos podemos explicar que, de no existir Newton, hoy en día la humanidad sí hubiese llegado a formular la Ley de la Gravitación Universal, de similar manera podemos afirmar de Halley y su famoso Cometa, o de Wilhelm Röntgen y el descubrimiento de los rayos X. La pera cae cuando está madura.

Por otra parte, debe observarse que en las ciencias “duras” como desarrollo cognoscente no existe la posibilidad de valorar el pasado, en el sentido que fuese mejor que el presente; a pesar de que sus aplicaciones prácticas pudieran conducir a verdaderos estadios de calamidad y exterminio. Verbo y gracia, las bombas atómicas.

Una situación un tanto diferente acontece con el arte, puesto que en algunas ocasiones, suele suceder que hay avance y a la vez retroceso, precisamente por no aguardar una relación umbilical o directa con el desarrollo social. Y en efecto, hoy por hoy tenemos la certeza de la valía mayor de las obras artísticas creadas en la Antigüedad Clásica, sobre todo en la escultura, y en el Renacimiento, con sus inmarcesibles pinturas, enfrente de algunas manifestaciones propias de la globalización, es decir, dadas en el mundo de hoy.

Asimismo, las ciencias “duras” no pueden utilizar las certezas del pasado para solucionar problemas en el mundo de hoy[3], tal el caso de los posesos, o de las sanguijuelas en medicina. En tanto que en el arte, personajes del pasado pueden ser recreados para avivar los sentimientos patrióticos y contestatarios; adecuándolos, por supuesto, a las nuevas circunstancias, en tal suerte que, insuflados de valores, puedan conmover a sus nuevos espectadores o lectores. Es conocido que el Renacimiento, para afianzar sus ideales de humanismo, utilizó temas religiosos tomados de la época anterior –la Edad Media–, por ejemplo: El Moisés, La Piedad, La última Cena. Para atizar los sentimientos nacionalistas, pueden tomarse motivos muy antiguos a la existencia del autor, tales como El juramento de los Horacios, de David o Los burgueses de Calais (los hechos ocurrieron en 1347) de Rodin. Una situación similar se presenta con Ulises de Joyce, El reino de este mundo de Alejo Carpentier o El paraíso en la otra esquina de Mario Vargas Llosa.

Existen manifestaciones artísticas del pasado, superiores a las que se dan en el presente y, con seguridad, se darán en el futuro. En tanto que en el mundo científico y como una constante que inexorablemente se cumple, encontramos que el adelanto de la ciencia y la tecnología de hoy es siempre superior y más completo que el del pasado; así como el de mañana será superior y mejor que el de hoy. Por cierto, esta aserción interviene la dialéctica con sus categorías, especialmente en las relaciones de verdad relativa y absoluta, como en las de verdad y error.

El valor del arte sobre la ciencia

Hemos dudado sobre la pertinencia de la siguiente pregunta: ¿Quién tiene mayor valor o nivel de superioridad, el arte o la ciencia? Por supuesto que una respuesta rápida y objetiva, nos lleva a aceptar sin mayor esfuerzo, que tanto el arte como la ciencia tienen en el quehacer humano su existencia plenamente justificada. Por consecuencia, esforzarnos por señalar cuál de las dos tiene superioridad frente al otro, no es un asunto serio, y en todo caso, sólo sirve para que diletantes de diversas clases, con sus iridiscentes escarceos pierdan inútilmente el tiempo; dado que la ciencia como el arte, tienen quehaceres específicos y a la vez complementarios.

Sin embargo, en los niveles de aceptación del gran público, que es profano y por desdicha mayoritario en estos menesteres, el fiel de la balanza se inclina ostensiblemente a favor de la ciencia. Y sobre las razones que amparan esta desigualdad, en alguna medida, las hemos tratado anteriormente. De lo que se trata ahora es de optar por una mirada disímil. Es decir, observar cuándo el arte se puede arrogarse una condición superior.

Por ejemplo, en las Ciencias Sociales, y especialmente en la Historia, son bastante conocidos aquellos pasajes donde Marx y Engels señalaban que habían aprendido más sobre economía, política y sociología en las páginas de la novela de Balzac que en las obras especializadas.

“Marx se remitía con agrado a la observación de Balzac, que se clamaba a sí mismo doctor en Ciencias Sociales. Así como conviene interpretar también la célebre observación de Engels sobre el contenido cognoscitivo de ‘La Comedia Humana’, cuya lectura le permitió comprender la sociedad de la época, incluso en sus pormenores económicos, mejor que las obras específicas de economistas y estadistas. Marx valoraba igualmente a Dickens, a Thackeray y a Charlotte Bronte, novelistas ingleses del siglo XIX, por considerar que sus libros contenían más verdades político-sociales que las obras de los políticos, historiadores o etnógrafos de aquel tiempo” (Zis, 1976: 45).

A pesar de esto, nadie en su sano juicio podrá negar las diferencias esenciales y metodológicas entre el arte y la Historia. El arte de ninguna manera puede exponer el transcurrir de los hechos de una forma cronológica, fría e imparcial; y más aún, no puede sustentarse en las leyes de la ciencia histórica. Pero, asimismo, la Historia, a diferencia del arte, está baldada para escudriñar o descubrir en un solo personaje, la fuerza, la idiosincrasia o la esperanza y hasta el destino de un pueblo, tal como puede apreciarse en Hamlet, en Por quién doblan las campanas, en Así se templó el acero, o para nuestro caso, en Todas las sangres.

Como se comprenderá, el mundo real, en su multiplicidad infinita de manifestaciones, no puede ser reproducido tan sólo con los recursos de la ciencia, como tampoco, con los del arte. Hace falta la complementariedad, lo cual por el otro lado, de ninguna manera da pie a que pudiera pensarse que son intercambiables.

Dos o tres razones más a favor del arte, y que ya han sido expuestas: El arte en cuanto a su conexión con la belleza nos lleva a lo perfecto; en tanto que la ciencia es y será siempre un quehacer perfectible. Y coaligado a la aserción precedente, señalemos que toda obra artística es una obra acabada que no requiere perfeccionarse o completarse en el futuro, en tanto que en la ciencia, toda obra necesariamente se modifica y complementa en el devenir del tiempo.

El arte a través de un solo objeto (sujeto) puede llevarnos a la generalización; en tanto la ciencia, para arribar a este estadio, requiere ciertamente de varios, sometidos permanentemente a verificación.

Por otra parte, debe reconocerse que el desarrollo de la ciencia es generalmente lento, angustioso y difícil, pero, finalmente, ascendente y sin retrocesos traumáticos y definitivos. Sobre el particular, recordamos que Marx había señalado entre otras cosas que: “En la ciencia no hay calzadas reales, y quien aspire a remontar sus luminosas cumbres tiene que estar dispuesto a escalar la montaña por senderos escabrosos y difíciles” (Marx, 1964: XXV).

Arte y tecnología

En el siglo XX, como en el actual, las concepciones científicas y filosóficas, y sobre todo el desarrollo tecnológico, han desempeñado una gravitación significativa en el desarrollo y configuración del arte contemporáneo. Bástenos referirnos la Teoría de la Relatividad de Einstein, la Mecánica Cuántica, la Teoría del Psicoanálisis de Freud, la Biotecnología, la Clonación y el Genoma humano. Y no nos refiramos ya a la energía termo-nuclear, la conquista del espacio, la degradación medio ambiental, la comunicación satelital e Internet, etc.

Un acápite especial merece la máquina en su diversidad de expresiones, y alrededor de ella, las fuerzas sociales contrapuestas, que caracterizan nuestra época. Desde su aparición, ha sido motivo de inspiración. Por eso es que los impresionistas y el realismo social la utilizaron en diversidad de circunstancias. El tema de la locomotora rauda y estruendosa, los obreros, la fábrica y las tensiones.

El fordismo y la maquinización de la realidad fabril fueron expresadas magistralmente en Tiempos modernos de Charles Chaplin (1936). Las nuevas tecnologías hacen que el arte adecue sus funciones. En este sentido, debe observarse el papel de la fotografía, el cine y el video.

Hoy en día, se utiliza la computadora, Internet, la comunicación satelital, la imprenta digital en la producción artística, haciendo que los motivos de inspiración provengan no sólo del ámbito social y sus problemas, sino del mundo de la ciencia y la tecnología. Por otra parte, debe tenerse presente que, desde el siglo pasado y de consuno con el desarrollo tecno-científico, se hicieron observaciones valiosas sobre la relación entre arte y técnica, e inclusive se llegó a hablar de la época de la reproducción técnica del arte en sus distintas manifestaciones, tal es el caso de la obra de Walter Benjamin en: La obra de Arte en la Época de su Reproductibilidad Técnica (1936).

Al parecer, en nuestros días, el concepto de realidad ha entrado en crisis, por la emergencia de distintas corrientes del pensamiento. Y la pregunta aflora de inmediato: ¿Pensamos a partir de cómo miramos? o ¿vemos como pensamos?

Y es que tenemos que referirnos a la subjetividad del tiempo de Bergson, al papel de la hermenéutica, de las mentalidades etc. Asimismo, observar las maneras cómo el pensamiento de Kierkegaard, Nietzche, Heidegger, Gadamer, Foucault, Habermas, etc., se reifican en el arte abstracto, donde el artista ya no refleja la realidad, sino su mundo interior, sus sentimientos, sueños y pesadillas.

Y por supuesto, nos referimos a Marx, con la problemática de la estructura y los actores sociales. La cantidad de artistas en todos los ámbitos de la creación y que, de una u otra manera, se han movido bajo su pensamiento, es notable. Bástenos mencionar a César Vallejo, Oquendo de Amat, Pablo Neruda, García Márquez, Máximo Gorki, Bertolt Brecht, Serguéi Prokófiev, Aram Jachaturián, Mijaíl Shólojov, Sergei Eisenstein, Paolo Passolini, José Saramago, a los mexicanos David Alfaro Siqueiros, Diego Rivera, José Clemente Orozco, Frida Kahlo, etc.

En la historia de la cultura, encontramos a hombres polifacéticos que han destacado en el mundo de la ciencia, la tecnología y el arte. A guisa de ejemplo, recordemos que:

En la eclosión del Renacimiento, destacaron varios artistas y científicos. De ellos, mencionemos a Leonardo, Miguel Ángel y a Galileo Galilei.

  • Leonardo da Vinci, pintor florentino y a la vez artista, científico, ingeniero, inventor, médico, matemático, escultor, arquitecto, urbanista, botánico, músico, poeta, filósofo y escritor.
  • Miguel Ángel. Pintor, escultor, poeta y arquitecto (una de sus obras más importantes fue la construcción de la cúpula de la Basílica de San Pedro).
  • Galileo Galilei. Destacado astrónomo, filósofo, matemático y físico. Tuvo conocimiento e interés por casi todas las artes (música, literatura, pintura).

Siglos después, podemos mencionar a:

  • Salvador Dalí. Artista español, interesado por el pensamiento científico y el psicoanálisis durante el pasado siglo.
  • Ernesto Sábato. Destacado físico nuclear, que después recalara con éxito en la literatura y la pintura. (El túnel, Abbadón el exterminador, Sobre héroes y tumbas).

Extrañación y arte

Sabernos que el trabajador, durante el transcurso de su actividad, despliega su humanidad y la materializa en sus productos; sin embargo, éstos, ya acabados, es decir, humanizados, absorberán y dominarán a su productor, desprovisto por tanto de su humanidad, que ha sido plasmada en el producto. Por consecuencia, el trabajador ahora se troca ni más ni menos en cosa. Entonces, el hombre que labora, necesariamente se desfigura, rebaja su condición de ser humano hasta llegar a una cosa, a un animal, y por esto es que se huye del trabajo, porque en éste se esclaviza, y sólo recobra su libertad cuando está lejos. Si el trabajador no tiene nada en propiedad, si su esencia humana no es de él, ya que la materializa a favor de los otros, mediante la producción de bienes y servicios, deviene al final, no teniendo ya nada en propiedad, ni siquiera sus actos personales, íntimos y “sagrados”.

Asimismo, la humanidad como proceso sólo se mide en relación a lo natural; cuanto más lejos esté, más será su humanidad; pero si el hombre sólo actúa en función de sus características naturales, ¿puede hablarse de humanidad en su vida particular? La crisis del capitalismo posibilita hoy, con mayor facilidad que antes, comprobar que ni siquiera la satisfacción de las necesidades naturales o “animales” es posible; y entonces, sobre los pliegues más íntimos puede que columbre una luz de solución: el suicidio. Pero, como se sabe, tampoco esto es posible por razones obvias.

“El proletario –dice Gorz–, no encuentra nada que sea ‘natural’, que se dé por supuesto. Ni siquiera el famoso ‘instinto de conservación’. No es ‘natural’ para él querer comer, respirar, dormir, vivir, cuando la sociedad impugna la legitimidad de esas necesidades en nombre de las exigencias del orden social ‘conforme a la naturaleza y a la ley divina’ […]” (Gorz, 1964: s/d).

La procreación de su vida alienada, animalizada, empieza con la procreación de la vida; en otros términos, la enajenación pasa a ser en él algo natural, aun cuando se considere libre lejos del trabajo, y más nítidamente, cuando procrea su existencia postrada es porque procrea el poder de los otros. Lo auténticamente natural en el mundo de la enajenación adquiere un distinto tamiz, como la auténticamente inhumano pasa a constituirse en inherente a la propia naturalidad, por tanto el trabajador:

“Sólo se siente como un ser completamente libre en sus funciones animales, cuando come, bebe y procrea o, a lo la sumo, cuando se viste y acicala y mora bajo un techo, para convertirse en sus funciones humanas, simplemente como un animal. Lo animal se trueca en lo humano y lo humano en lo animal”. “Comer, beber, procrear, etc. –prosigue Marx– son también indudablemente, funciones auténticamente humanas. Pero, en la abstracción, separadas de todo el resto de la actividad humana, convertidas en fines últimos y exclusivos, son funciones animales” (Marx, 1968: 79).

Por consecuencia, podemos afirmar que el hombre sólo logra su condición humana, cuando sus actividades fundamentales, como el comer, el procrear, pernoctar, etc., están ligadas al mundo de la cultura y el arte.

Sin embargo, debe advertirse que así como el arte sirve a los intereses más puros y humanos, y por ello contribuye a que vayamos dejando nuestra condición natural o animal, a veces también, está al servicio de los intereses más obscuros, al promover e incentivar nuestras pulsiones montaraces, teñidas de ferocidad, haciendo realidad, una vez más, la calificación que alguna vez hiciera Tomás Hobbes al señalar al hombre como el lobo del hombre. En este sentido, nos viene a la memoria por ejemplo, El Manifiesto sobre la guerra colonial de Etiopía de Marinetti –fundador del futurismo– cuando escribe:

“Desde hace veintisiete años nos estamos alzando los futuristas en contra de que se considere a la guerra antiestética […] Por ello mismo afirmamos: la guerra es bella, porque, gracias a las máscaras de gas, al terrorífico megáfono, a los lanzallamas y a las tanquetas, funda la soberanía del hombre sobre la máquina subyugada. La guerra es bella, porque inaugura el sueño de la metalización del cuerpo humano. La guerra es bella, ya que enriquece las praderas florecidas con las orquídeas de fuego de las ametralladoras. La guerra es bella, ya que reúne en una sinfonía los tiroteos, los cañonazos, los altos el fuego, los perfumes y olores de la descomposición. La guerra es bella, ya que crea arquitecturas nuevas como la de los tanques, la de las escuadrillas formadas geométricamente, la de las espirales de humo en las aldeas incendiadas y muchas otras… ¡Poetas y artistas futuristas… acordaos de estos principios fundamentales de una estética de la guerra para que iluminen vuestro combate por una nueva poesía, por unas artes plásticas nuevas!” (Marinetti, 1935: s/d).

Y es que los procesos de enajenación, cosificación o extrañamiento, no sólo que se han expandido hasta fagocitar todos los niveles de nuestra existencia, sino que también se han profundizado hasta alcanzar nuestra más honda raíz.

En una sociedad materialista, consumista e impersonal como la que tenemos en nuestros días, el arte oficial (u orgánico, como diría Gramsci) se dirige a la excitación de lo sensorial, jamás al intelecto. Y mucho menos a propiciar consideraciones morales en el espectador.

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  1. Expresidente ALAS, XXIV Congreso, Arequipa, Perú 2003.
  2. Cf. Ministerio de Educación Nacional 2000 Educación Artística: Lineamientos Curriculares (Bogotá) Página 27.
  3. Debemos reconocer que las ciencias sociales y en primerísimo lugar la Historia sí están en condiciones de revisar, sacar provecho y extraer lecciones del pasado, para modificar o dirigir adecuadamente situaciones del presente.


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