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A modo de cierre

La desobediencia radical
frente a lo instituido neoliberal para producir
más vida en las vidas vividas

Emerson Elías Merhy

En los últimos tiempos, cuando me invitan a reflexionar sobre las problemáticas como las que se encuentran en este libro, escribo privilegiando la dimensión del afecto que me acontece cuando leo a las compañeras y los compañeros que investigan o intervienen en problemáticas tan complejas como la salud mental. Mi memoria se activa, en producción intensiva, y pienso en mi propia experiencia, que en realidad no es mía solamente, sino que es una experiencia de muchos, una experiencia colectiva, del movimiento social, de la lucha brasileña contra la violencia, contra el racismo, contra la desigualdad.

Brasil es un país muy paradojal, tiene una economía que está dentro de los diez países que más producen en el mundo, pero también tiene un índice de violencia brutales. Por ejemplo, los colectivos de mujeres trans en Brasil tienen una edad media de vida de 35 años. Recuerdo los encuentros con colectivos de mujeres trans que tuvimos y tenemos hasta hoy: una de ellas, llamada Meu, decía que con sus 42 años “ya era una persona muy vieja” porque no la asesinaron antes de sus 35 años. Hay muchas situaciones que en Brasil indican que la violencia es muy estructural, y que son violencias que producen unos indicadores muy brutales. Tenemos 70.000 asesinatos de jóvenes en Brasil por año, 70 % son jóvenes negros de entre 14 años y 24 años. No es una guerra, es un exterminio, es un genocidio. Entonces Brasil es un país que tiene una historia de desigualdad y violencia muy terrible.

Desde la perspectiva de la memoria, recordé la situación que vivimos durante la dictadura y nuestra lucha contra ella. Una dictadura que duró veinte años y que muchos imaginan fue una dictadura blanda, liviana, porque en Brasil no teníamos tanta evidencia de gente muerta fruto de ese genocidio. Pero eso no es verdad. La dictadura brasileña tuvo un éxito total en la destrucción de la memoria de una manera muy fuerte hasta hoy. Sin embargo, en el momento que estoy escribiendo,[1] estoy viviendo uno de los días más encantadores de mi vida, y los brasileños estamos viviendo un día muy especial, porque hoy Jair Bolsonaro fue juzgado y considerado culpable por la justicia. Para los brasileros es un indicador increíble, dado que es la primera vez que enjuician y condenan a alguien muy vinculado a la dictadura militar, que defiende la muerte de una manera muy explícita y que defiende a los torturadores. Conseguimos −recién ahora, después de tantos años− empezar a construir la reparación de la memoria en Brasil. Estamos recuperando historias que desconocemos acerca de qué ocurrió con miles de personas.

Eso es importante, porque en nuestra lucha contra la dictadura hubo un efecto muy interesante. Soy de una generación que estaba en la universidad cuando empezó, una generación que luchó de una manera muy fuerte contra esa dictadura en las calles, pero también una generación que encontró otras maneras de enfrentarla. Primero fui guerrillero, después salí de la guerrilla y me ubiqué en otra experiencia política, bajo otra manera de comprender lo que podríamos hacer como política en Brasil. Empezamos a experimentar otras maneras de hacer las cosas y comenzamos una construcción que fue muy vital para nosotros, basada en la idea de que construir un proceso democrático necesariamente requería de la construcción de la libertad. Democracia y libertad eran los elementos centrales para nosotros, pero no como elementos de una discursividad de la gran política, sino que nos servía como una consigna para construir relaciones moleculares democráticas y relaciones donde podríamos experimentar libertad.

¿Y por qué yo hablo de la democracia y de la libertad como consignas que construimos por todo el territorio como una resistencia positiva a la dictadura? Porque cuando estábamos viviendo los años setenta comenzaron a observarse señales de que la dictadura estaba fragilizada. Ese fue el momento en que comenzamos a ampliar las conexiones entre los distintos colectivos que construían experiencias locales de convivencia democrática y experiencias de mayor libertad en diversos espacios: en los servicios, en los movimientos sociales, en el avance por la destrucción de organizaciones totalitarias como los manicomios, o de otros tipos, que representaban la violencia o la estructura de una dictadura en acto sobre los cuerpos y la vida de las personas. Una experiencia de genocidio muy evidente.

Comenzamos a experimentar espacios antimanicomiales, a producir encuentros más democráticos y espacios de más libertad con la gente. Eso fue interesante, porque fue la posibilidad de crear una perspectiva para imaginar qué hacer en una reforma en el campo de la salud. Antes de cualquier cosa, creo que una reforma debe producir democracia y libertad. Entonces construimos −en nuestra experiencia en Brasil− por afuera del discurso muy específico de la salud, la noción de que la salud es producir democracia y libertad. La noción de salud constituía una producción colectiva vinculada a la imagen del derecho social, con sus organismos y sus servicios como una parte de esa construcción, pero entendiendo que no era la única parte ni la fundamental.

Recuerdo que esto fue muy central, porque la primera imagen que nosotros construíamos en nuestras luchas cotidianas, como trabajadores de salud, como activistas de los movimientos sociales, era la noción de que la salud tenía que ver con la construcción de la ciudadanía de una manera permanente y muy amplia. Ahí vivimos como colectivo el cotidiano de experiencias muy profundas.

Cuando pensamos este proceso de la reforma en salud mental, consideramos a cada uno, cada una de las personas que vivieron cuarenta y cinco o más años prisioneros, cuando pudimos quebrar las cadenas y construir la posibilidad de la libertad, experimentamos juntos la producción de nuevas potencias de vivir en la vida que vivimos. Porque salud para mí es eso, es producir potencias de vivir en la vida que vivimos. Salud no es curar, salud no es diagnosticar, no es recetar un fármaco y hacer cosas así, salud es producir más vida en la vida que vivimos, eso es la salud. Y entonces cuando experimentamos eso, nos produce más vida en nosotros también.

Esto que describo es una experiencia que fue creciendo. Al principio no teníamos leyes, no teníamos políticas específicas para el campo de la salud, y en particular para el campo de la salud mental (nuestra ley de salud mental es del año 2001[2]). Empezamos a hacer cosas muy profundas, experiencias de deconstruir sin tener los beneficios legales para hacerlo. Eso es muy lindo, porque es una acción de rebeldía social, de confrontación social contra lo que existía; la fuerza era tan grande que conseguimos destruir muchos manicomios mucho antes de que la ley existiera. Pensando esto, vino a mi mente que los principales manicomios que destruimos en los años 1990 ya no existen más. Pero ¿por qué no destruimos todos los manicomios? La nuestra es una sociedad que es manicomializada, hay una cantidad infernal de manicomios en Brasil, que se reproducen de otras maneras. Pero algo que llama la atención es que, cuando hablo de los manicomios en Brasil, aquellos que fueron los principales ejemplos de la lucha que hicimos antes de la existencia de la ley de salud mental y que logramos derribar, hoy no existen más. Sin embargo, muchos de los manicomios que empezamos a deconstruir después de la ley resisten hasta hoy.

Pienso entonces que la manera más radical de cuidar es cuando nos adentramos en el campo de la desobediencia civil. Para cuidar, de hecho, hay que desobedecer. Porque si no desobedecemos, no cuidamos y la gente tampoco se cuida. Ahí mi memoria pasa también por la gente que vive en la calle. Yo no utilizo “situación de calle”, porque para mí son personas que viven en la calle. ¿Por qué? Porque en nuestra experiencia, que también es muy larga en la lucha en conjunto con la gente que vive en la calle, pudimos aprender con ellos y con ellas cosas que no sabíamos. Es muy bella la narrativa de alguien que está en la calle hablando de la vida. Son increíbles, son filósofos profundos. Aprendí mucho con la gente que vive en la calle.

En los años 2010, quienes vivíamos en Brasil teníamos una percepción de que, en las calles de la ciudad de Río de Janeiro, los niños, las niñas, los y las adolescentes, estaban cambiando su manera de vivir en los espacios urbanos. Nos llamaba la atención la manera de vivir en particular en la calle: son nómades por la ciudad, pero tienen puntos fijos y hay un ritual de producción de territorio para vivir y para sobrevivir. Percibimos ese año que algo pasaba, que cambiaban la manera de hacer sus recorridos por la ciudad. En esa época, empezaba un movimiento en Brasil como consecuencia de que, en los años 2012, 2014 y 2016, iban a acontecer eventos internacionales muy grandes en la ciudad de Río de Janeiro: los Juegos Olímpicos en 2016, el Campeonato Mundial de Fútbol en 2014, y el encuentro que se denominaba del Grupo de los Veinte (G20). Percibimos que algo ocurría mientras aparecía la noción de que la ciudad tenía que presentarse como limpia para tener los eventos internacionales. ¿Y qué era una ciudad limpia? Era una ciudad que no tenía gente en las calles. ¿Y cómo limpiar la ciudad de la gente en las calles? Eliminando a la gente de las calles. Desde el grupo de “Micropolítica y cuidado” comenzamos entonces encuentros, junto a distintos grupos sociales y colectivos que también actuaban en las calles, en particular con un movimiento que se llamaba Se essa rua fosse minha (Si esa calle fuese mía, tomándola de una canción muy importante y romántica “… si la calle fuese de nosotros, si fuese mía…”). Era un movimiento interesantísimo que se sostenía con arte-educadores que vivían en las calles. La experiencia de ellos era muy fuerte: trabajaban con los niños y las niñas en las calles y cuando conseguían que se produjese más vida en las vidas vividas, muchos de ellos se convertían entonces en arte-educadores. Comenzamos a hacer un trabajo en conjunto con ellos para intentar comprender qué estaban haciendo con los niños y las niñas, con los y las adolescentes, y construimos un movimiento que nombramos Sinais que vem da rua (Señales que vienen de la calle).

¿Qué podíamos escuchar de lo que venía de las calles? Escuchábamos persecución, eliminación y matanza de los niños y de las niñas. Fue un movimiento importante, porque de alguna manera afirmó que si no hay desobediencia civil, no se defiende a los niños y las niñas de la calle. ¿Por qué? ¿Cuál es la política que se tiene para ellas y ellos? Una política de encarcelamiento, una política de eliminación y una política de patologización. Son niñas y niños muy diferentes que tienen problemas emocionales, a quienes se les pone un diagnóstico, y ahí se convoca a toda la represión de la biomedicina. Son niños y niñas muy rebeldes, muy violentos, entonces se propicia su encarcelamiento, se los criminaliza. O bien, dicen, son tan rebeldes que mejor matarlos. Es así y esto es muy brutal.

Entonces, es fundamental comprender que para que se produzca cuidado y de hecho se construya un sentido, tenemos que desobedecer de una manera muy radical, muy efectiva. Hay que apuntar al sentido de ruptura con la vida que hoy la sociedad nos ofrece. La sociedad que vivimos hoy, que es la sociedad capitalista neoliberal, que vive de la muerte de la gente, necesita matar para vivir. Es la manera más brutal que el capitalismo construyó hasta hoy. Mata cotidianamente, día a día, todo el tiempo, una cantidad enorme de gente. El neoliberalismo es genocida. Todos los que están ahí alimentándose de la producción neoliberal son genocidas. Entonces, hablar de cuidado es hablar de que nosotras/os debemos tener el coraje de enfrentar situaciones siempre muy críticas, siempre muy duras, pero es la manera en que podemos producir vida en nosotros y en los otros.


  1. El 28 de junio de 2023, la Justicia brasilera halló culpable de abuso de poder a Jair Bolsonaro y pidió su inhabilitación por ocho años.
  2. El 6 de abril de 2001, el Gobierno Federal promulga la ley N° 10.216 que dispone la protección de los derechos de las personas con sufrimiento mental y reorienta el modelo asistencial en salud mental. Ese texto refleja el consenso posible sobre una ley nacional para la reforma psiquiátrica en Brasil.


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