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Prólogo

Lucía Lionetti

Walter Benjamin, en su ensayo “Tesis sobre la filosofía de la historia”, cuestionaba las formas hegemónicas en las que se impuso el discurso histórico y aquellas lecturas oficiales de la historia, en tanto el relato de los sucesos del pasado está escrito por los ganadores. También discutió el concepto de progreso que tiene la modernidad. En esa visión lineal del tiempo, lo nuevo sucede a lo viejo sin ningún tipo de relación ni explicación. Como argumentó, siempre se mira hacia adelante, sin detenerse a analizar las consecuencias de lo que se ha hecho en nombre de ese progreso y sin prestarle atención a los perdedores que han quedado en el camino.

En gran medida, esta lúcida advertencia bien vale para esos relatos que fueron pilares de esas historias oficiales impulsadas por una “Historia Patria” que articulaba al país desde el centro. Una versión del pasado sustentada en acontecimientos pretendidamente nacionales, con una construcción del tiempo lineal que, en gran medida, ignoró y hasta distorsionó los procesos regionales. Si una vasta y valorada producción, en la primera mitad del siglo XX, cuestionó ese relato épico, para mediados del siglo XX, también se advirtió sobre los límites que encontraba la pretensión de construir una “historia totalizante”. La separación cada vez más marcada entre historia económica, social y política alejó a los historiadores de la visión global del pasado. La profunda crisis de paradigmas y la propia dinámica de la ciencia histórica derivaron en nuevos consensos. La recuperación de la centralidad de los sujetos sociales, la reducción de escalas de análisis, el interés por nuevas temáticas y metodologías –que apelaron a un abanico de fuentes documentales alternativas, como los registros orales, las imágenes, diversas publicaciones como prensa y revistas y la correspondencia epistolar, entre la serie de documentos no oficiales– fueron parte de esas nuevas historias a ser contadas.

Esa reacción frente a aquellos enfoques totalizantes de la historia serial de los Annales llevó a la emergencia de sugerentes y atractivos análisis, como los de la microhistoria. Sin embargo, derivó –no pocas veces– en estudios excesivamente “micros”, lo cual llevó a que, sus propios mentores, remarcaran la importancia de no perder de vista el contexto social donde se hacía el recorte de la investigación. Incluso, se propuso la denominación de microanálisis.[1] Como advierte Susana Bandieri, “la reducción de la escala de observación como recurso metodológico no implicó una renovación de la relación espacio-tiempo […] la historia regional perdió su rumbo, transformándose no pocas veces, en ‘historia de provincias’” (2018a, p. 15).

Aquella fragmentación, tal como reflexiona la autora, provocó respuestas como las que ensayaron los organizadores del 19th International Congress of Historical Sciences realizado en Oslo en el año 2000. Se volvió a revalorizar la idea de una historia global, discutiéndose nuevamente la definición posible de una historia pensada a escala del mundo. La conclusión fue que no se trataba de construir una historia total, sino de pensar en esa escala para entender la indisoluble unión entre lo global y lo local.[2] En el mismo sentido, en la revista de Annales, al año siguiente, Maurice Aymard (2001) y Roger Chartier (2001) advirtieron sobre la necesidad de identificar diferentes espacios o regiones que dieran cuenta de una unidad histórica en sus relaciones y cambios en la medida en que no se trataba solo de disminuir la escala de observación, la clave pasaba por la variación del foco con el que se analizaban los problemas.

Como continúa explicando Susana Bandieri,

los historiadores franceses reclamaban entonces, a comienzos del siglo XXI, construir una nueva historia donde el medio geográfico fundase su unidad sobre la diversidad y la complementariedad, más que sobre su homogeneidad climática y física; donde la economía se basase en el cambio y en la circulación de los bienes y de las personas y sobre la articulación del comercio interno y externo; donde la situación cultural estuviese marcada a la vez por la referencia a una unidad pasada y por la coexistencia, pacífica y conflictiva, de civilizaciones concurrentes; donde una posición geográfica, explotada y valorizada en un proceso histórico de larga duración, permitiese ver los contactos entre los países y los continentes, superando los límites y recuperando la noción de frontera como un espacio social de interacción. (2018a, p. 16)

Por su parte, Aguirre Rojas, en una serie de advertencias que formula a la hora de hacer historia regional, retoma a Marc Bloch para señalar que es pertinente definir primero una región económica, política o cultural, para luego tratar de historizar a esa región, reconstruyendo su historia específica. Como argumenta en su artículo,

los historiadores que hacen historia regional, no solo deben tener claro el hecho de que la región remite siempre a una dialéctica de ciertos elementos con los fundamentos geográficos, sino también la situación de que la región es una realidad cambiante y efímera. Por eso el historiador tiene que ser capaz de detectar si la región histórica que aborda es realmente una individualidad coherente y con una clara dinámica vigente, pero también si ella está floreciendo, o decayendo, o si está apenas en su proceso de formación, o si simplemente ni siquiera existe en tanto tal región. (Aguirre Rojas, 2015, p. 288)

Según Sandra Fernández, para el caso de la Argentina, la cuestión de lo regional es una asignatura abierta por Carlos Sempat Assadourian a comienzos de los años sesenta, si bien comenzó a tener entidad y peso en el discurso historiográfico argentino casi treinta años después de publicados los primeros trabajos de este autor.[3] En estos tiempos, quienes abordaban sus estudios desde una perspectiva regional/local se debatían entre el análisis de “lo cercano” con fuerte impulso antropológico, la recuperación del trazo assadouriano para explorar objetos de estudios plausibles para definir la región y el redimensionamiento de las escalas de análisis (Fernández, 2018).

Más allá de los debates y de las dificultades –muchas de ellas vinculadas al menor rango epistémico que le han otorgado los propios pares del campo historiográfico– con los que se enfrentan quienes promueven la historia regional, puede sostenerse, entonces, que la única manera posible de volver operativo el concepto de región es –como señala Bandieri–:

a partir de las interacciones sociales que la definen como tal en el espacio y en el tiempo –tema abundantemente desarrollado por la denominada “geografía crítica” (Santos, 1985; Sánchez, 1991; de Jong, 2001)–, dejando de lado cualquier delimitación previa que pretenda concebirla como una totalidad preexistente, con rasgos de homogeneidad preestablecidos. (2018b, p. 7)

Ernesto Bohoslavsky (2018), coordinador del dossier que recuperó los intercambios nodales formulados en las jornadas organizadas en torno al texto que fuera compilado por Bandieri y Fernández (2017), hace pocos años, interpela a la comunidad historiográfica preguntando: “¿Es necesaria aun la historia regional tal como se la ha venido practicando? ¿No están acaso cumplidos en parte sus propósitos de reconocimiento de la diversidad histórica argentina?” (p. 44). A los efectos de dar posibles respuestas, identifica cuatro caminos posibles para recorrer en una historia regional renovada. El primero es la producción de nuevas síntesis historiográficas de historia argentina desde las regiones y no solo con las regiones adentro. El segundo es la comparación entre experiencias históricas regionales para cruzar perspectivas y detectar patrones comunes y divergencias. El tercer camino que sugiere es el de profundizar la apuesta por la metodología de la historia conectada que, aunque inicialmente fuera practicada como la historia de los saberes, mercancías y personas que atravesaban fronteras nacionales, no impediría que se valiera de esa metodología para comprender fenómenos de circulación entre regiones. La última sugerencia es extender el uso de la escala local para estudiar espacios centrales del país. Retoma la lúcida propuesta de Dipesh Chakrabarty (2008), quien sostuvo que habría que “provincializar Europa”, en el sentido de forzar al centro a que desnaturalice prácticas, sentidos y creencias que han sido elevados al carácter de universal, esa agenda sería factible de seguir en el sentido de regionalizar, desnacionalizar o desuniversalizar al área metropolitana (Bohoslavsky, 2018).

La región tiene su propia historia, la que tejen sus protagonistas, sus sujetos que la habitan y construyen esa espacialidad. Una vida propia, una cultura propia, no pensada como meramente periférica y como la expresión de una historia del interior que rescate los localismos (Agüero y García, 2010). A propósitos de esos relatos locales, es factible que, si se hiciera un relevamiento, sean más cuantiosos que la pródiga producción sobre la historia nacional, simplemente porque siempre ha existido y porque en casi todas las localidades del país siempre ha habido alguno o algunos letrados interesados en contar o reconstruir la historia de su terruño. Por lo regular, son historiadores diletantes, cronistas notables del lugar que, con coloridas narrativas, recuperaron efemérides, recolectaron leyendas y hazañas de personajes con colecciones de documentos de los archivos locales, no pocas veces acopiados con un sentido de pertenencia personal a contrapelo de considerar el reservorio documental como un patrimonio de la comunidad. Han sido crónicas que pueden ser relativamente interesantes y coloridas, que suelen remarcar sucesos trágicos o heroicos, pero siempre prestos a recordar y revivir la memoria de hechos que pertenecen a la localidad, con los que sus habitantes se identifican por la cercanía de los personajes y del entorno donde se desarrolla la historia. Cuestión fundamental en la vida de una localidad y que la historia nacional no ha podido proporcionar.

Esas valiosas y numerosas contribuciones realizadas por la historiografía regional han sido promovidas por los renovados enfoques de la disciplina, acompañados de otra realidad incuestionable, como el exponencial crecimiento en las provincias de los núcleos de investigación y de las carreras de postgrado en las universidades después de los procesos de normalización. La profesionalización del cuerpo docente y la formación de investigadores e investigadoras llevaron a la apertura de nuevas temáticas y problemáticas que pusieron su foco en los estudios sobre los espacios regionales. A esta renovación de la historia regional han contribuido diferentes disciplinas sociales, como la economía, la demografía, la sociología, la antropología, la teoría literaria, los estudios culturales y las ciencias políticas. Estos cambios llevaron a poner en valor los archivos a nivel local, al tiempo que potenciaron el trabajo en favor de recuperar y preservar esos fondos documentales. Registros escritos, orales e imágenes fueron pilares a la hora de fomentar esos nuevos estudios.

El intercambio académico en congresos y reuniones promovió la formación de redes y la elaboración de proyectos colectivos de investigación multidisciplinar. Una prueba fehaciente es la conformación de la Red de Estudios Interdisciplinarios en Culturas y Regiones (REICRE), que ha llevado a que las editoras y algunas/os autoras/es de la presente publicación consigan producir esta contribución que amplía significativamente el conocimiento sobre el espacio social que trabajan, dando cuenta de estas nuevas perspectivas metodológicas, de los diálogos transdisciplinares y del abanico de temáticas exploradas. Por otra parte, el crecimiento y puesta en valor de universidades como la de La Pampa, y, de modo particular, de la licenciatura y el profesorado en Historia, ha nutrido de un conjunto de profesionales que se formaron en carreras de postgrado a nivel nacional e internacional. Un proceso que ha sido acompañado de forma continua desde los años de la normalización de la vida universitaria, posteriores a la última dictadura cívico-militar, por el diseño de una política académica que se materializa de modo contundente con la prolífica actividad del Instituto de Estudios Socio-Históricos de la Facultad de Ciencias Humanas.

La presente compilación es el producto de ese intenso y coherente trabajo. Sus editoras son parte de esa valiosa cantera de recursos humanos creativos que marcan una agenda académica en el campo historiográfico. Diálogos sobre cultura y región. Políticas, identidades y mediación cultural en La Pampa y Patagonia Central, siglos XX y XXI reúne todo el acervo de los aportes de la historia regional y del campo de estudios de la historia intelectual y cultural. Se consigue tender este puente a partir de colocar el foco en los sujetos, sus prácticas sociales y culturales, en los espacios de sociabilidad, en las prácticas de lectura, en las redes intelectuales y en la recuperación de tradiciones y memorias comunitarias. Un recorrido que, nuevamente, pone el acento en una exhaustiva indagación por fuera de la centralidad de Buenos Aires. Así, cada uno de los capítulos, acercan otras historias posibles, con otros matices, preguntas y sendas posibles de transitar. De hecho, en la introducción, se hace referencia a los prolíficos aportes que se han hecho y se continuarán produciendo en este campo de estudios. En este caso, las investigaciones que forman parte del texto rescatan una gran cantidad de corpus desconocidos o escasamente transitados que se triangulan con fuentes más tradicionales, trabajadas y recorridas.

Cada vez que se emprende la laboriosa empresa de compilar distintos trabajos, el desafío –y también el riesgo– que se asume es el de encontrar puntos de contacto, una suerte de hilo conductor, una coherencia entre las distintas líneas de investigación, atravesadas por enfoques disciplinares diferentes, estrategias metodológicas y categorías de análisis diversas. Esto, que puede ser un escollo o un punto de tensión, es la mayor riqueza del presente libro porque pone en evidencia un trabajo sostenido en el tiempo, con encuentros e intercambios que llevan a la fluidez a la hora de articular los capítulos dentro de las secciones que organizan el texto. Se advierte ese esfuerzo por buscar que esas categorías de análisis, enfoques teóricos, metodológicos y disciplinares se complementen, encontrando lecturas comunes y modos compartidos de concebir las tramas culturales. Una atenta lectura de esta publicación da muestra acabada de que el recorte de escala de análisis en lo regional atiende el contundente planteo que oportunamente formulara Paul Ricoeur (2000) al señalar la inconmensurabilidad de las dimensiones. Cambiar la escala de análisis no implica ver las mismas cosas más grandes o más chicas. Se trata de visualizar encadenamientos diferentes en configuración y en causalidad.

Quienes participan de la mencionada red se han fijado como objetivo de máxima reflexionar sobre los modos de producir culturas regionales en Argentina y América Latina. Como advertirán los lectores y las lectoras de este texto, en “ese revés de la trama” (Fernández, 2008), podrán constatar que se consigue, más allá de abordar un espacio regional concreto, reconstruir una cartografía social y cultural que pone en conexión distintas escalas donde se transita por vínculos de comunicación, pero también de tensiones e hibridación. Puede reconocerse, incluso, que esa región que se estudia como el producto de una construcción cultural nunca lineal todavía no está acabada. Es una construcción y reconstrucción dinámica y permanente, donde los y las agentes sociales la reconfiguran. Ese entretejido de relaciones entre lo macro y lo micro permite comprender ese espacio social, con sus especificidades, singularidades, con zonas de contacto y puntos en común y no como una otredad fuera del centro. Atrás quedó esta idea de pensar a esas cartografías sociales como descentradas, como esa otredad donde lo que acaece es un espejo, reflejo (a veces distorsionado) de lo que la hegemonía política, cultural y social de la gran urbe marca como ritmo histórico.

Decía que los escritos que se reúnen en esta compilación no solo retoman los aportes de la historia regional, sino que dialogan con la producción proveniente de los estudios de la historia intelectual. Los espacios y trayectorias intelectuales a nivel regional manifestaron inquietudes específicas que no coincidieron necesariamente con los debates intelectuales de los centros, y esto permite aproximarse a las diferentes dinámicas políticas, culturales y sociales. De tal modo, la reconstrucción de los campos culturales y sus problemáticas es una forma de acceder a un conocimiento más profundo de las sociedades que los contienen.

Como lo dijeron María de los Ángeles Lanzillotta y Claudia Salomón Tarquini (2016), las fuentes de las que disponen quienes hacen investigaciones ligadas al mundo intelectual y de la cultura en espacios regionales son, por lo general, escasas; lo mismo ocurre con los archivos que se caracterizan, en muchas oportunidades, por la dispersión. De allí que sea compleja la reconstrucción de esos vínculos (Martínez, 2016).

Campos culturales que refieren a una cultura propia, la de su gente. Esa gente común y corriente, de la que se nutren sus referentes intelectuales, los mediadores y productores culturales que recuperan, reconstruyen y difunden lo que ese pueblo de a pie produce. Se recupera a esos sujetos que producen cultura, entendida como “pautas o telaraña de significados”, como sugerentemente lo ha explicado Clifford Geertz (1973). Como argumentó el máximo referente de la antropología simbólica, esa trama tejida por los propios sujetos sociales, en la que quedan ineluctablemente atrapados, dota de sentido sus conductas y permite hacerla comprensible. Se puede afirmar que no existe cultura sin sujeto ni sujeto sin cultura. Aquí, nos vamos a encontrar con sujetos que producen cultura y que definen su identidad a partir de esa producción y mediación cultural.

Los conceptos de cultura y de identidad constituyen una pareja indisociable. La identidad (las identidades), en tanto se construye a partir de la apropiación, por parte de los actores sociales, de determinados repertorios culturales considerados simultáneamente como diferenciadores (hacia afuera) y definidores de la propia unidad y especificidad (hacia adentro). Es decir, la identidad no es más que la cultura interiorizada por los sujetos, considerada bajo el ángulo de su función diferenciadora y contrastiva en relación con otros sujetos. En efecto, ya Immanuel Wallerstein (1992) señalaba que una de las funciones casi universalmente atribuida a la cultura es la de diferenciar a un grupo de otros grupos. Representa el conjunto de los rasgos compartidos dentro de un grupo y presumiblemente no compartidos (o no enteramente compartidos) fuera de este. De aquí su papel de operadora de diferenciación. Pensar las identidades desde una cualidad relacional y no como un conjunto de cualidades predeterminadas –raza, color, sexo, clase, cultura, nacionalidad, etc.– implica reconocer que es una construcción nunca acabada, abierta a la temporalidad, a la contingencia, una posicionalidad relacional solo temporariamente fijada en el juego de las diferencias (Arfuch, 2005).

Como afirman, en la introducción, Paula Laguarda y Anabela Abbona:

más que rasgos e individuos, desde esta perspectiva se requiere conocer y conceptualizar espacios y regímenes de sentido, y prestar especial atención a componentes como la heterogeneidad, la conflictividad y la desigualdad social de esas construcciones, su historicidad y los fenómenos de poder que las atraviesan y modelan.

Esa cultura fuertemente imbricada en procesos de orden político, económico, social, religioso, entre otros, es la que aparece aquí desde una dimensión regional. Se puede afirmar que, detrás de esta convergencia de la historia regional y la historia intelectual descentrada, se abreva en una historia social de la cultura a nivel regional.

Ciertamente, la historia social se ha vuelto más compleja. Las y los historiadores sociales relacionan mejor las estructuras y procesos con las percepciones y los hechos. El estudio de los intereses es complementado con el estudio de las experiencias. Las y los historiadores sociales han aprendido a tomar en serio el lenguaje. Hoy, tienen una mayor conciencia del carácter construido de sus objetos de estudio por la intervención semántica, social y política de los contemporáneos, así como por las categorizaciones del investigador. Son, ahora, más sensibles a la contextualización y han establecido nuevas alianzas con antropólogos e historiadores de la cultura. Su trabajo se ha hecho más autorreflexivo, avanzando en descodificar prácticas simbólicas.

Esa notable expansión y diversificación de la historia social, de algún modo, contribuyó a pensar en otros espacios, en otros actores, en otras formas de producir cultura. Este enriquecimiento de enfoques abona la perspectiva que coloca el interés analítico en esos otros intelectuales, los que no están en los supuestos centros o las metrópolis. Según Ana Teresa Martínez (2013), esos otros intelectuales no actuaban en un campo (relativamente) autónomo, o, si lo hacían, solamente alcanzaron posiciones marginales. Flavia Fiorucci expresa, en su contribución en este libro, que esa valiosa producción sobre el campo de la historia intelectual ha identificado la necesidad de ensanchar la agenda de investigación hacia espacios menos obvios o rutilantes de algunas metrópolis, e incorporarlos no como meros anexos o casos singulares, sino como parte de una dinámica que trasciende aquello que se identifica como “local”. Como sugerentemente propone, siguiendo a Martínez, “el reconocimiento de las asimetrías contextuales para desarrollar un proyecto intelectual no resulta para este programa historiográfico en imposibilidad, sino en diferencias”.

Más bien se trata, entonces, de indagar “entre centros y circulaciones que descentran”, reconstruir las redes, los vínculos locales, regionales, nacionales y transnacionales. Resulta como un campo de posibilidades pensar en términos de múltiples centros, tanto pequeños y medianos como parte de una trama de producción y circulación, y las diversas tramas de atracción e intercambios, entendiendo que todos estos circuitos gozan de una transversalidad con experiencias, intercambios e itinerarios cambiantes (Martínez, 2016, p. 18).

Entenderlos como “productores culturales” permite un abordaje no solo más amplio, sino que presta atención a los denominados “intelectuales de provincia” y a los “intelectuales de pueblo” (Martínez, 2013, p. 171). Dentro de esos productores, mediadores, intelectuales de provincias y locales, están los maestros y las maestras. Hace muchos años ya, en un artículo, se propuso –tal vez tempranamente para el tipo de indagaciones de la historiografía en nuestro país, donde los temas relacionados con la historia de la educación parecían de un menor rango de peso académico– la noción de un maestro y pedagogo, Víctor Mercante, como un “agente político e intelectual” (Lionetti, 2006). La hipótesis del artículo pasaba centralmente por verlo no como el claro exponente de un normalista centralista y verticalista, sino, más bien, como ese agente que desplegó –no sin contradicciones y desplazamientos– sus intereses en el campo de lo político, pero también en la búsqueda de un reconocimiento dentro del campo intelectual y pedagógico. El límite de ese trabajo pasó por tratarse de un normalista reconocido y visitado por la historia de la educación.

Con el tiempo, la indagación rescató a los otros y las otras, a los y las menos rutilantes y lejanos/as de los poderes centrales. Un punto de inflexión significaron las jornadas tituladas Los otros intelectuales: curas, maestros, intelectuales de pueblo, periodistas y autodidactas, realizadas en septiembre de 2012. En el dossier que coordinó Flavia Fiorucci (2013), en la revista Prismas, se reunió un conjunto de trabajos que dejaron en evidencia que la historia intelectual desde las metrópolis dejaba fuera cuestiones importantes de la producción y circulación de bienes culturales.

En el caso particular de la historia cultural e intelectual de La Pampa y Patagonia, cuenta con valiosas producciones, tal como muestran las citas de los diversos trabajos que componen este libro. En ese sentido, la relevancia del aporte de esta nueva publicación pasa por recuperar otras agencias de figuras que alcanzan cierta notoriedad con un proyecto y despliegue intelectual. Se puede dar cuenta de sus límites, pero también de las evidentes condiciones de posibilidad con las que contaron en esos espacios. Se avanza en la recuperación de otras redes y espacios de sociabilidad y las variadas prácticas de lectura. De nuevo, aparecen centralmente maestros/as que fundan escuelas, crean bibliotecas, editan revistas y escriben libros, y lo hacen desde esa identidad normalista y desde su misión educadora, como analiza Flavia Fiorucci. Pero también en la clave de mostrar puntualmente la proyección de un educador, a partir de su capital de conocimiento y relacional, como propone Leda García al centrarse en la figura de Juan Ricardo Nervi. Un maestro y pedagogo reconocido más allá de las “fronteras pampeanas”, que hizo gala de su condición intelectual. Lo sugestivo del escrito es que puede profundizar sobre ese accionar a partir de recuperar los textos de dos de sus conferencias que expresan el papel que cumplieron sus lecturas en la formación de su pensamiento, las redes de sociabilidad y los contactos que su trayectoria profesional le permitió adquirir.

La conexión entre lo nacional y lo regional en la circulación de ideas y en la articulación entre políticas culturales, promovidas por elites y autoridades nacionales, se advierte fehacientemente en la propuesta de Melina Caraballo. Un aporte que se revela innovador al articular esos movimientos que institucionaliza la visión conservadora del folklore criollo, de la mano del nacionalismo católico, y el lugar de la mediación que llevaron a cabo las y los docentes normalistas que, en algunos casos, les permitió posicionarse como conocedores de una serie de saberes sobre folklore en un marco en el que, institucionalmente, no estaba aún reconocido a nivel nacional.

Esa suerte de folkloristas avant la lettre, como los define la autora, y su desempeño en la recopilación de estos registros muestra de qué modo esa identidad de los normalistas los diferencia de otro tipo de intelectuales de pueblo o provincias, como sostiene Fiorucci, por esos recorridos singulares y por ese tránsito entre la profesión, la vocación y la misión. La configuración de su identidad fue el producto de una combinación entre el proceso subjetivo, autorreflexivo y de autoasignación de un repertorio de atributos culturales, generalmente valorizados y relativamente estables en el tiempo, y el reconocimiento de los demás sujetos con quienes interactuaron dentro de sus comunidades. Por eso, puede afirmarse que las identidades de estas figuras intelectuales son identidades cualitativas que se forman, se mantienen y se manifiestan en y por los procesos de interacción y comunicación social (Habermas, 1987).

A la par que algunos y algunas profesionales del magisterio fueron referentes de ese mundo intelectual a nivel local y provincial, se puede identificar el avance –nunca lineal–de la escolarización y, con ello, los mayores porcentajes de alfabetización. Como se muestra en el hilo conductor del libro, la vida cultural del entonces Territorio Nacional de La Pampa se expandió entre los años veinte y treinta del siglo XX, fuertemente vinculada con escuelas, bibliotecas y otras entidades que tenían a los maestros y las maestras como principales promotores/as culturales.

La expansión de esos espacios de sociabilidad se acentuó en los años venideros, cuando se avanza en la reconstrucción de los acervos bibliográficos y la circulación de textos durante la gestión peronista (1946-1955), momento en que ese mayor dinamismo –tanto a nivel nacional y regional– se tradujo en una mayor presencia de las bibliotecas populares. De allí que también se retome como interés indagar en el vínculo que establecieron los habitantes pampeanos con el mundo de lo escrito. Esa suerte de democratización de bienes, prácticas y repertorios culturales le permite a Micaela Oviedo exponer la relevancia de la expansión del mercado de lectores y de sus prácticas de lectura y de qué modo otorgaron significados a las instituciones en donde participaron.

Esa ampliación del campo de investigación sobre la diversidad de agentes intelectuales, los circuitos, artefactos y productos culturales que circulaban, que ponen en juego diversas escalas de análisis (local, regional, interregional, nacional e internacional), recuperan los vínculos de comunicación, pero también de conflicto, de tensión y de hibridación, como sostienen las editoras. Una clara demostración de lo lábiles que suelen ser las fronteras entre centros y periferias, pero también entre capitales e interiores, permitiendo abordar aspectos más innovadores. Tal es el caso de la propuesta de Florencia Prina, quien estudia la conformación del campo artístico pampeano, entendiéndolo como un mundo del arte –retoma la conceptualización de Becker (2008)– al que presenta en su condición doblemente periférica (respecto de los centros artísticos nacionales, pero también de otros espacios regionales), donde las acciones de agentes privados y de actores del Estado provincial movilizan intereses y proyectos que confluyeron en la consolidación tardía del campo. Nuevamente, aquí, se reconstruyen esas redes de artistas e intelectuales en espacios artísticos locales, que les permite conformarse como un espacio autónomo y diferenciado, con reglas propias y definidas. Como explica la autora, los plásticos pampeanos tuvieron una gran participación en el proceso de construcción de la identidad cultural provincial y su propia identidad como artistas pampeanos, con sus acuerdos, pero también con sus tensiones.[4]

En una misma senda innovadora, Ana Romaniuk estudia, a través del abordaje de cuatro registros fonográficos, el vínculo entre ciertas canciones y poesías creadas en la provincia de La Pampa y la representación del espacio geográfico. Muestra de qué modo estas producciones sonoras pueden generar identificaciones con el paisaje cultural entre los años sesenta y setenta. Retoma los trabajos realizados por investigadoras pampeanas (Salomón Tarquini y Laguarda, 2012; Laguarda et al., 2011; Salomón Tarquini, 2016; García, 2013) sobre las políticas culturales llevadas adelante, tanto por organizaciones del Estado como por las iniciativas privadas, para trazar un recorrido por estas construcciones identitarias que vincularon la música y la poesía con el paisaje, el entorno natural y la actividad humana en esa provincia. Una aproximación que deja abierta, tal como lo explica, la posibilidad de seguir explorando sobre el lugar que ocupan la “cultura del campo” y la “cultura del oeste” en esa pampeanidad. En definitiva, una construcción de configuraciones simbólicas que, atravesadas por lo sonoro y la mediatización de la voz en el disco, consiguen desbordar la palabra escrita.

En la última sección, el capítulo de Verónica Domínguez vuelve a recuperar la centralidad de una maestra: Berta Vidal de Battini, también analizada en otro contexto por Melina Caraballo.[5] Aquí, el interés pasa por analizar de qué modo esta educadora coordinó la implementación de una segunda Encuesta de Habla Regional (1950), impulsada por el Consejo Nacional de Educación y el Instituto de Filología de la Universidad de Buenos Aires (UBA), en todas las escuelas de las provincias argentinas y territorios nacionales. En este caso, lo que se revisa y analiza son los cuestionarios y respuestas a partir de los legajos remitidos desde los Territorios Nacionales de Chubut y Río Negro en pos de poner en evidencia la presencia de las lenguas indígenas registradas por las y los educadores. Se retoma ese rol de maestros y maestras como mediadores, en sus instancias de apropiación (y tal vez se podría decir de resignificación) de los instrumentos de colecta proporcionados, atendiendo las tradiciones disciplinares en las que se inscriben y los cruces implicados con las iniciativas predecesoras. El capítulo reseña el marco ideológico en el que se sustentó la encuesta, las instrucciones y recomendaciones diseñadas para maestros y maestras que oficiaban de colectores/as y algunas de las respuestas registradas. Así, se reconstruye la trayectoria académica de Berta Vidal de Battini y su labor en la confección de instrumentos de registro, pero también reafirmando el relevante rol desempeñado por maestros y maestras en esa mediación entre las disposiciones estatales y la realidad lingüística territoriana.

Esa “gesta lingüística etnográfica” federal que promovió el borramiento de las lenguas indígenas, pero que no dejó de relevar las etnografías y el desplazamiento lingüístico de la región, entra en diálogo con el último capítulo que cierra este texto. En su escrito, Ignacio Roca, desde un enfoque en términos de una “multivocalidad revisada” o desde los llamados “estudios críticos del patrimonio”, busca analizar su propia praxis como sujeto, antropólogo y funcionario estatal, en el marco de esa articulación entre las comunidades indígenas, los centros académicos, los actores civiles y los organismos del Estado provincial en La Pampa, en relación con la gestión del patrimonio arqueológico. A lo largo de su escrito, presenta tópicos nodales en torno al modo en el que el pueblo ranquel se instituyó como elemento clave de pampeanidad, entrando en tensión con ese imaginario nacionalista de la “araucanización de las pampas”, como gentilicio extranjero a la nación argentina. Expone la distribución desigual del poder en tanto cada Estado nacional construye un campo de interlocución, en el cual los actores y grupos se posicionan como parte del diálogo, a la vez que entran en conflicto con otros actores y grupos. Como destaca, si bien las fronteras nacionales y provinciales han sido una construcción, impuestas arbitrariamente y dejando, en muchos casos, a un mismo pueblo indígena separado de uno u otro lado, su materialidad también es innegable y las dinámicas de las relaciones al interior de las provincias han ido perfilando “formaciones provinciales de alteridad”, identidades extrañas, otredades no pertenecientes al “nosotros” hegemónico.

Todos los trabajos aquí reunidos revelan rigor heurístico, producto de una exhaustiva y minuciosa recuperación de registros documentales como fuentes oficiales, textos y escritos, canciones y tradiciones orales. El esfuerzo metodológico se pone en diálogo con sólidos enfoques teórico-conceptuales, que permiten –más allá de las distintas tradiciones disciplinares– avanzar sobre esos registros culturales más variados, complejos e inclusivos. Nuevamente, puede pensarse que esa producción, mediación y circulación cultural muestra lo resbaladizo a la hora de considerar el “centro” o los “centros”, tal como advirtió Ana Teresa Martínez (2013). Una vez más, como supo decir Ricardo Pasolini (2013) –recuperando a Darnton–, al retomar cartografías sociales como las que se transitan en esta publicación, pueden visualizarse esos espacios donde parecieran “suceder las verdaderas cosas” (p. 13). El rigor de estos trabajos y sugerentes análisis dan cuenta de lo mucho y bueno que se ha avanzado en este campo que pone en relación lo regional, lo local y la producción cultural. Pero, también, anuncia lo mucho que esta REICRE va a seguir generando en la producción de conocimiento. No queda más que agradecer la estimulante y generosa posibilidad que me dieron de aprender y de disfrutar más allá de transitar tiempos aciagos y de introspección.

Referencias bibliográficas

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  1. Al respecto, se puede remitir sobre estos debates al dossier “La microhistoria en la encrucijada”, Prohistoria, Año III, Nº 3, Rosario, primavera de 1999. Otro trabajo que avanza sobre esta cuestión es el de Revel (2015).
  2. Ver: Actes “Perspectives on Global History: Concepts and Methodology”, 19th International Congress of Historical Sciences, Oslo, 2000, pp. 3-52.
  3. La citada autora se refiere puntualmente al trabajo de Sempat Assadurian, C. (1982). El sistema de la economía colonial. Mercado interno, regiones y espacio económico. Instituto de Estudios Peruanos. Como sabemos, si bien este texto significó un punto de inflexión en los estudios coloniales, también sentó las bases para comenzar a discutir lo regional.
  4. Al respecto, un trabajo estimulante sobre el papel de los artistas, en este caso particularmente en torno a la figura de Berni y su circulación por la escena artística europea y luego su radicación –y circulación– en el país, que se convierte en adalid de un arte nuevo, es el de Fantoni (2014).
  5. También cabe señalar que, en un pormenorizado y atractivo escrito, M. S. González sigue la trayectoria de dos educadoras de la ciudad Azul –provincia de Buenos Aires– y comprende su accionar en un proyecto más amplio referido a una “obra pedagógica” que traspasa las aulas. Advierte también, en un enfoque en clave de género, de la historia de la educación, de la historia cultural y de la historia intelectual, cómo estas docentes operaron como articuladoras y mediadoras culturales, lo que le permite comprobar que fue precisamente la condición de educadoras la que las habilitó a irrumpir con fuerza en lo público y comenzar a adentrarse como gestoras culturales (González, 2021).


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