Transformaciones recientes, abordajes teóricos e incertidumbres del quehacer investigativo en Argentina
Cecilia Jiménez, Ana Inés Mallimaci Barral, Silvia Moreno y Verónica Trpin
En los últimos años, pandemia y pospandemia mediante, se han acelerado reconfiguraciones de la sociedad y el mundo del trabajo. El siguiente texto parte de la idea de que las profundas transformaciones que afectan al conjunto de las personas trabajadoras tienen consecuencias específicas para la población migrante. Asimismo, sostendremos que estas dinámicas modelan las formas en las que realizamos investigaciones sobre el mundo del trabajo, habilitando nuevos tópicos, revisiones teóricas, metodológicas y éticas que se vislumbran como necesarias y en tensión con emergentes anteriores.
El trabajo migrante: viejas y nuevas tendencias
En los últimos años, las poblaciones migrantes en Argentina ingresan y permanecen en el país a partir de empleos en sectores con altas tasas de informalidad. Las personas migrantes ocupan su tiempo en empleos con bajos salarios o trabajos no asalariados, de amplia disponibilidad horaria, y, en algunos casos, mediados por tecnologías como celulares y computadoras. Los años de pandemia permitieron vislumbrar las problemáticas de los empleos poco protegidos para enfrentar situaciones de crisis, a la vez que acentuaron sus condiciones más precarias. En este sentido, es posible afirmar que la disponibilidad de las personas trabajadoras a la precarización es anterior, se extiende más allá de la pandemia y se vincula con dinámicas globales. Como señala Pérez Sáinz (2023), la época de la globalización neoliberal se caracteriza por el predominio del trabajo sobre el empleo, lo que significa que la relación salarial ya no es predominante en este momento histórico, sino que se impone como formato la precarización.
El “nuevo proletariado informal” resulta de la exacerbación de la precariedad, siendo la mano de obra migrante un elemento clave en su configuración. Según Antunes (2012), la era de la precarización estructural del trabajo se caracteriza por los siguientes ítems:
- la erosión del trabajo contratado y regulado;
- la emergencia de “falsas cooperativas”;
- el emprendedurismo como forma oculta del trabajo asalariado, posibilitado por la flexibilización; y
- la degradación del trabajo inmigrante.
Un elemento novedoso es la emergencia y extensión de los trabajos de plataforma dado que, como señalan Scasserra y Partenio (2021), “cada vez son más personas las que encuentran en la economía de plataformas una oportunidad de generar ingresos o complementarlos, ya sea trabajando desde su casa o combinando horarios en una ‘jornada flexible’ con otros empleos remunerados” (p. 176). Así, el crecimiento del trabajo no asalariado fortaleció la figura de los/as trabajadoras por cuenta propia o “emprendedoras” y el avance de la terciarización (Alvarez Newman y Dovio, 2022). Sin embargo, la oportunidad de la flexibilidad laboral ya era característica en sectores “tradicionales” y poco regulados tales como el sector del trabajo en casas particulares y de cuidados. En escritos anteriores señalamos el hecho de que las trabajadoras valoran “la flexibilidad” de los trabajos de limpieza (Mallimaci Barral y Magliano, 2024), dado que permiten compatibilizar diferentes empleos, articular con las tareas de cuidados no remuneradas y otras actividades consideradas relevantes para las trabajadoras (como el activismo y el estudio). De esta manera, la flexibilidad emerge como un nuevo valor que, en ocasiones, disputa la ponderación de los derechos clásicos laborales.
Las estadísticas dan cuenta de que, si bien las tendencias vinculadas con el trabajo precario e informal han afectado históricamente la vida de los y las trabajadoras migrantes, representa una alerta el dato que la ENMA (Encuesta Nacional Migrante de la Argentina) registró en plena pandemia: un 42 % de las personas encuestadas declaró no estar registradas en sus empleos (Debandi et al., 2021). Según esta misma encuesta, se reconoce una fuerte presencia del trabajo por cuenta propia: el 22 % se identificó ocupada en trabajos independientes (monotributo social o trabajos de la economía popular). Si bien la pospandemia marca la recuperación del empleo en general, y del migrante en particular, se trata de ocupaciones que pueden definirse como de baja calidad. Según un informe de la Organización Internacional para las Migraciones (OIM), durante el año 2022, la informalidad laboral alcanzó al 60 % del empleo migrante, mientras que entre personas no migrantes este indicador fue del orden del 50 % (2023). Por otra parte, según el mismo informe, cuando se analiza el peso en conjunto del empleo asalariado no registrado y el cuentapropismo entre la población migrante, se observa que ambas representaron el 60 % de su empleo total, retornando a niveles similares a los que estaban vigentes antes de la pandemia.
Esta precariedad laboral explica, en parte, por qué las condiciones de vida de las personas migrantes no mejoran a pesar de las alzas en los indicadores de ocupación. En cuanto al tipo de empleo, en su edición del año 2023, los datos de la ENMA señalan que un 26,9 % de las personas migrantes que se encuentran trabajando en Argentina percibe una remuneración fija en relación de dependencia, aunque esto no implica necesariamente formalidad o salarios que superen la línea de pobreza. El trabajo por cuenta propia sube a un 27 % de la población encuestada, mientras que el 15,9 % realiza changas o trabajos esporádicos (Debandi et al., 2024).
El crecimiento del trabajo por cuenta propia entre la población migrante acompaña, tal como hemos señalado, transformaciones mayores del mundo del trabajo local y global. Así, tal como adelantamos, uno de los sectores que más atrajo mano de obra migrante en los años recientes fue el de reparto por medio de aplicaciones. Según un artículo escrito por Fernández Massi y Viego (2023), en las plataformas de reparto, hay cierto consenso sobre el perfil predominante: se trata en su mayoría de varones, jóvenes y migrantes. Haidar (2020) indica que en parte este perfil se relaciona con las condiciones sencillas de ingreso de los y las trabajadoras:
Se requiere identificación personal (DNI o residencia “precaria” para quienes son inmigrantes), teléfono celular con Internet, vehículo (en su mayoría bicicleta o moto, aunque durante la pandemia también se habilitaron repartidores en auto, mayormente choferes de Uber), e inscripción tributaria como monotributistas (p. 21).
Según la Organización Internacional del Trabajo (OIT), en la pandemia 70 % de las personas que trabajaban en las plataformas eran migrantes a nivel global (2021). En Argentina, la población migrante en el sector se concentra en el transporte de mercancías de tipo delivery (Pedidos Ya, Rappi) y no tanto en el transporte de pasajeros (Uber, Cabify y Didi), donde la población nativa representa una proporción mayor que la migrante (Haidar y Garavaglia, 2021). Tal como señalan Pedone y Mallimaci Barral (2019), si bien el trabajo en Uber es una opción entre la población migrante, para su acceso se requiere de cierto capital o ahorro anterior. Así, por ejemplo, parte de la población venezolana que viene con pocos ahorros “no accede a poseer auto. Para ellos existen otras opciones de fácil ingreso: trabajos de plataformas como los servicios de mensajería en bicicleta Rappi o Glovo” (p. 146).
Cabe advertir que, en relación con el cuentapropismo, las changas o los trabajos esporádicos, los porcentajes no varían significativamente según el tiempo de residencia de la población migrante. Lo cual descarta la idea de que se trata simplemente de primeros empleos de “llegada”. Asimismo, el trabajo con remuneración fija muestra una fuerte caída entre las personas que cuentan con más de diez años de residencia en el país, viéndose incluso superado por el cuentapropismo (Debandi et al., 2024, p. 155). Los datos permiten advertir sobre las mayores dificultades de las personas migrantes para acceder al mercado laboral formal, aspecto que no puede desvincularse del contexto socioeconómico actual de la Argentina, donde, pese a la recuperación del mercado de trabajo en la pospandemia, el tipo de trabajo que aumentó fue el cuentapropismo.
En síntesis, se advierte un empeoramiento de las condiciones de trabajo de miles de migrantes, al igual que lo ocurrido entre los sectores populares, y una cada vez mayor desprotección al ampliarse el autoempleo y los trabajos sin aportes jubilatorios u obra social, licencias, o vacaciones entre otros derechos. En este contexto, resulta un desafío debatir el abordaje del trabajo migrante y las formas que asumen nuestras investigaciones con y sobre migrantes.
Repensar la precariedad
La desregulación económica de las últimas tres décadas bajo el auge neoliberal ha derivado en una creciente jerarquización, precarización e informalización del empleo vinculada, en parte, a la tendencia de convertir a las personas asalariadas, que gozan de la protección de la ley laboral y convenios colectivos, en “contratistas” independientes que no tienen garantía de empleo y que ahora tienen que comprar sus propias herramientas y equipo, además de soportar todos los riesgos de accidentes, enfermedades o desempleo (Castles, 2013, p. 24). De esta manera, como señala Riesco-Sanz (2020), emerge un nuevo escenario en el que proliferan formas atípicas de empleo que se combinan con otras más tradicionales, y las instituciones clásicas del capitalismo del siglo xx se tensionan, desdibujan o resignifican. A esto se suma la mayor propensión de contratación de población migrante en puestos temporales en comparación con la población nativa.
Como fue desarrollado en el primer apartado, dicha precarización de las condiciones de trabajo para personas migrantes es parte de las tendencias globales de la pospandemia caracterizada por lo que Radetich (2023) denomina “uberización del trabajo”. Según Antunes (2024), el trabajo uberizado se expande mediante el uso de algoritmos para controlar los ritmos y tiempos del trabajo y la creación de nuevas formas de trabajo no asalariado, como los trabajos de plataforma y la prestación de servicios bajo la figura del contrato autónomo o de emprendimiento, que invisibilizan la precarización de las condiciones de vida de las personas, con una reducción de los derechos laborales, y de la división entre el trabajo productivo y reproductivo. Esto genera una sobrecarga especialmente para las mujeres que realizan teletrabajo. Tal como señalara Ibarra (2023), muchas personas dejan de tener el estatus de “trabajador” y pierden la protección social, o la legislación solo les asegura un mínimo de garantías. “Estos procesos de flexibilización laboral y formulación de ‘contrataciones atípicas’ se han exacerbado durante el periodo de globalización y han tomado mayores dimensiones en sectores de actividad como el de servicios” (Ibarra, 2023, p. 5). De esta manera, acontece una nueva apropiación del trabajo transnacionalmente disperso –desde la disponibilidad del tiempo sin límites y de espacios que se expanden en recorridos sin resguardos–, como modalidad extrema de explotación y puesta a disposición del cuerpo, los recursos y la vida de las y los trabajadores, mediados, en las últimas décadas, por aplicaciones móviles (apps) con geolocalización (Del Bono, 2019). De este modo, se presencia el tránsito de la figura del asalariado dependiente del Estado, las empresas y los sindicatos a un asalariado que se presenta sin empresa ni organizaciones sindicales, de un trabajo con dimensión colectiva a otro más personal (Riesco-Sanz, 2020).
Recapitulando, las dinámicas analizadas revelan formatos novedosos en el mundo del trabajo migrante en Argentina que nos invitan a cuestionar y repensar las definiciones con las que abordamos nuestras investigaciones. Las formas de nominar constituyen fundamentos subyacentes, frecuentemente implícitos, que estructuran nuestros marcos conceptuales de estudio. En este sentido, nos planteamos la necesidad de reflexionar sobre algunos de los supuestos a partir de los cuales construimos nuestros objetos, planificamos nuestras estrategias metodológicas y nos posicionamos en el campo y frente a las y los trabajadores. Por ello nos preguntamos cómo pensar la precariedad en este escenario, desde qué categorías analíticas.
Florencia Ferrari (2018) nos advierte acerca de las limitaciones de pensar el trabajo precario solo desde el contrapunto de lo “no precario”, replicable a otras dualizaciones –como “trabajo en blanco” y “trabajo en negro”, trabajo formal/trabajo informal– a las que solemos apelar en nuestros estudios sobre “el mundo del trabajo migrante” ante la urgencia de visibilizar el deterioro o la ausencia de derechos, la inseguridad y la incertidumbre asociadas y la especificidad de la condición migrante. En el intento por comprender las condiciones de trabajo en las que miles de personas migrantes “se ganan la vida”, la precariedad merece ser atendida como parte de una organización del trabajo que deriva de cambios socioeconómicos, políticos y de relaciones de clase en contextos de profundización del neoliberalismo. Relativizar la dicotomía estable-precario implica para la autora “proponer una conceptualización del trabajo asalariado como una relación social de producción, por lo que la precariedad debería analizarse en el marco de las históricas relaciones de fuerza entre las clases” (Ferrari, 2018, p. 15). De este modo, lo precario sería la norma frente a la excepcionalidad de la organización económica fordista, situación de la que “entran y salen” las personas en relaciones condicionadas estructuralmente, pero que son dinámicas, no lineales ni excluyentes (relaciones informales que pueden no vivenciarse como precarias, relaciones formales experimentadas como precarias, momentos de complementariedad entre trabajos formales y no estables).
En esta línea de trabajo, Antonella Delmonte (2022), en su tesis de doctorado, desarrolla las condiciones y las relaciones laborales en la industria textil a partir de la indagación sobre el modo en que las desigualdades de género y nacionalidad estructuran el mercado de trabajo de la confección y posibilitan prácticas de resistencia de los y las costureras. Entre sus conclusiones señala que el abordaje de las trayectorias laborales permitió vislumbrar las distintas racionalidades extendidas por las y los trabajadores al optar, de manera condicionada, por circular entre espacios formales e informales de la actividad textil. Delmonte (2022) señala:
A contramano de aquellas miradas del mercado dual que entienden estos dos mundos como excluyentes y reservados para tal o cual nacionalidad, en los recorridos analizados tanto las personas nativas como migrantes fluctuaron por espacios de trabajo “formales” e “informales”, alternándolos o incluso combinándolos de manera simultánea (p. 289).
De esta manera, la autora indica que los recorridos laborales no expresan de forma lineal y como anhelo de movilidad social una progresividad del empleo informal al formal.
En este sentido, se ponen en cuestión los estudios que priorizan una dimensión jurídico-estatal del trabajo que pueden llevar a dicotomizar y homogeneizar la experiencia obrera y obturar así el análisis de las múltiples posibilidades, condicionadas, en las que se despliega la agencia de la clase trabajadora en uno u otro espacio laboral” (p. 289).
Ganarse la vida en contextos migratorios
Estas investigaciones nos abren la posibilidad de analizar procesos más amplios desde los cuales las personas migrantes se ganan la vida, “incluyendo así no solo al trabajo asalariado sino también a las estructuras de aprovisionamiento, la inversión en relaciones sociales, las relaciones de cuidado y de confianza, entre otras” (Ferrari, 2018, p.23).
Las marcas de la migración en las trayectorias de las personas están ancladas en la profundización de desigualdades de clase, género y étnicas, por lo que cabe seguir preguntándonos por las diversas maneras en que las personas responden a tales condiciones. Ferrari (2018) se pregunta: “… ¿la precarización es una herramienta analítica adecuada para analizar este imperativo?, ¿qué es precario y qué no en una economía con altos valores de informalidad?” (p. 23). Quizá el trabajo precario ha sido una categoría de cierre que limita las posibilidades de análisis de la diversidad de prácticas y procesos involucrados en las formas de “ganarse la vida” y de construir “vidas que merecen ser vividas”. En este sentido, se trata de ampliar la categoría de trabajo para sumar actividades que rebalsen el empleo. Tal como lo señalaron desde hace décadas los estudios feministas, el sostenimiento de la vida supone la articulación entre diferentes actividades remuneradas y no remuneradas, de la disponibilidad de recursos que no son solo monetarios, de redes familiares, comunitarias, de amistad que permite entender, en los términos de De l’Estoile (2020), que, para sobrevivir, “el dinero es bueno, pero un amigo es mejor”. Siguiendo con el planteo, y tal como lo señalan Fernández Álvarez y Perelman (2020), resulta relevante dar cuenta del carácter histórico y culturalmente situado de esas formas de ganarse la vida en contextos específicos y de “la relación entre modelos abstractos y prácticas cotidianas, lo que implica afirmar la materialidad de dichos modelos y los efectos sobre conjuntos amplios de la población” (p. 8). De esta manera, empleos que definimos como precarios son actualmente inserciones buscadas, en un horizonte limitado de posibilidades, a partir de la valoración de la flexibilidad, del discurso de la meritocracia y de la narrativa emprendedora que se sostienen desde una mirada individualista del trabajo que hacen propia las personas trabajadoras. Tal como lo señalan Palermo y Ventrici (2020):
En muchos casos se trata de una “construcción managerial” que pretende elaborar una doctrina hegemónica que configure los sentidos del trabajo y que sean apropiados y naturalizados por los y las trabajadores […] imperativos que están indisociablemente imbricados con los potentes discursos contemporáneos del emprendedurismo y la meritocracia (s/n).
En este sentido, los elementos negativos incluidos en la noción de “precariedad” pueden no estar presentes entre las y los trabajadores migrantes. Por ello, comprender los significados desde el punto de vista de la población migrante requiere tomar distancia de las perspectivas clásicas sobre el mundo del trabajo que suelen atravesar las aproximaciones, también clásicas, sobre el trabajo migrante.
En los últimos años, en Argentina existen otros espacios que ponen en tensión las formas tradicionales de pensar el empleo y el trabajo. Uno de los campos que ha permitido cuestionar las miradas duales sobre el trabajo es el de la economía popular, un sector que presenta una fuerte composición migrante y surge en el devenir político de muchas organizaciones de desocupados y desocupadas luego de la crisis en 2001 (Gago, Cielo y Gachet, 2018)[1]. Dentro del campo de los estudios migratorios, estas impugnaciones se nutren también del enfoque de la autonomía de la migración (AoM), que parte de entender los desplazamientos poblacionales como una fuerza dinámica con capacidad de transformar los procesos políticos, económicos y culturales que atraviesan. Este posicionamiento lo aleja de las preguntas teóricas clásicas de los estudios migratorios para focalizar, en cambio, en el modo en que las migraciones condicionan las sociedades actuales (Casas-Cortés y Cobarrubias, 2020). Así, desde esta perspectiva se señala que las formas de autoempleo y producción en microemprendimientos, que se multiplicaron durante la segunda década de este siglo, están arraigadas en “cierta economía migrante” (Gago, 2014) que responde a formas comunitarias de organización socioeconómica. Como explica María Victoria Perissinotti (2020), es en este espacio en que las familias migrantes encuentran resquicios del mercado donde insertarse y reproducirse. Las prácticas de las economías migrantes desplegadas en estos contextos están principalmente destinadas a conseguir recursos para asentarse, invertir y producir. Se trata de prácticas que faciliten la permanencia en el contexto de destino. Si bien las condiciones laborales no necesariamente se ven modificadas, estas economías migrantes habilitan formas productivas basadas en cierta autonomía y cooperación. En ellas opera un saber hacer que viaja con las personas migrantes, es decir, conocimientos económicos previos desplegados en los países de origen se utilizan, reproducen y resignifican en los lugares de destino (ferias, costura, comercio, cuidados, trabajo agrícola). Este saber hacer, que forma parte de un aprendizaje procesual, no se agota en las poblaciones migrantes, sino que las desborda impregnando el campo laboral popular en su conjunto. Desde estos espacios laborales y vitales, se conjugan también modos de participación política de estas poblaciones.
El trabajo migrante, la precariedad… ¿y la clase?
En el análisis de estas prácticas y saberes vinculados al trabajo productivo y reproductivo, se retoman antiguas reivindicaciones de las escuelas críticas de pensamiento, especialmente el feminismo, que demandan una necesaria resignificación de la noción de “trabajo liberal”. El trabajo como concepto ya no se limita a la capacidad de generar un ingreso, sino que se asume como la posibilidad de “mejorar la vida” de quienes forman parte de las organizaciones y sus familias, la vecindad y los barrios que habitan (Zibecchi, 2015; Fernández Álvarez, 2019). La reproducción social y los cuidados son afrontados por medio del trabajo cotidiano de sujetos colectivos, tornándose desde estas miradas en ejes centrales para sostener la vida (Vega Solís y Martínez Buján, 2017).
La inquietud que se plantea con relación a dichas interpretaciones gira en torno a los riesgos de “romantizar” a las personas migrantes y sus prácticas, al no situarlas en el marco de relaciones de clases sociales profundamente desiguales o en la tendencia por comprender este tipo de microrresistencias como ineludibles desafíos al orden social vigente. Sin embargo, la precariedad en el trabajo, las alternativas para construir otras formas de “ganarse la vida” ¿no resultan una reafirmación de los esquemas de dominación de un capitalismo más expropiador de la vida, profundamente extractivista? En este sentido, Silvia Federici señala que se expande “un método de extraer, de exprimir la tierra, de destruirla para saquear todos sus tesoros. Lo mismo pasa con las personas. Estamos enfrentando un capitalismo que exprime todo lo que puede para continuar su lógica de acumulación” (citado en Trujillo y Aguilar, 2017, p. 121). Para Nancy Fraser (2023), las tendencias de explotación y expropiación son parte de la estrategia de acumulación neoliberal sostenida en la expulsión de personas de la economía oficial hacia “zonas grises de la informalidad”, instalando la “acumulación primitiva” como proceso en marcha. Para la autora urge retomar debates que ensamblen a la producción con la reproducción social, es decir, “las formas de aprovisionamiento, provisión de cuidado e interacción que producen y mantienen a los seres humanos y los vínculos sociales. Este conjunto de prácticas se denomina de formas diversas, como ‘cuidado’, ‘trabajo afectivo’ o ‘subjetivación’” (p. 35). Además, es preciso entenderlas como formas de modelar sujetos pertenecientes a ciertas clases sociales. En trabajos anteriores analizamos las diferentes apelaciones a la categoría clase social en los estudios migratorios, no siempre tenida en cuenta en la comprensión del fenómeno (Jiménez Zunino y Trpin, 2022). Sin embargo, en el contexto descripto, nos resulta urgente retomar los análisis que posan su mirada sobre procesos de producción y reproducción de las clases sociales, consideradas objetivamente como agrupamientos de sujetos con probabilidades de compartir condiciones de vida semejantes (Weber, 1992). Asimismo, es preciso considerar el plano de la construcción de subjetividades, con procesos de enclasamiento y desclasamiento, en los que las iniciativas individuales se desgajan de las proyecciones colectivas y de las experiencias como trabajadores y trabajadoras. Como señala Dubet (2023):
Mientras las desigualdades de clase generaban condiciones y conciencias colectivas que “protegían” la dignidad de los individuos, a condición de encerrarlos en destinos y comunidades, el régimen de desigualdades múltiples es vivido como una serie de pruebas individuales. Cada cual se pregunta lo que vale y en qué medida es responsable de las desigualdades que sufre (p. 16).
Los procesos de acaparación de oportunidades y de recursos de una, cada vez más pequeña, clase dominante y la acumulación de desventajas múltiples de la gran mayoría (Saraví, 2020; Pérez Sainz, 2016) se presentan en un escenario despojado de relatos colectivos y de confrontación. La pregnancia de lógicas emprendedoras y meritocráticas hacen mella en un contexto de precarización de la vida que regresa a condiciones decimonónicas las condiciones de subsistencia. Efectivamente, el capitalismo posindustrial está animado por dinámicas de descolectivización, de reindividuación que tienen su nodo en la reconfiguración de la organización del trabajo y de las carreras laborales. La exhortación a ser un individuo, nos dice Castel, apoyada en un modelo biográfico, exige a las y los trabajadores a hacerse cargo de su recorrido laboral, “de hacer elecciones, de producir reconversiones, de hacer frente a cambios incesantes” (Castel, 2010, p. 25).
A partir de estas reflexiones, proponemos, en primer lugar, atender a la complejidad y diversidad de las trayectorias laborales de las personas migrantes, desandar las miradas lineales que construyen una movilidad social ascendente (o descendente) a partir del camino de la informalidad a la formalidad y, en cambio, analizar los recorridos laborales de las personas migrantes que desafían las dualidades clásicas y construyen nuevas formas de trabajo. Para ello se requiere poner entre paréntesis nuestras propias concepciones sobre lo que es “un trabajo digno”, los significados de “mejorar” y atender a las construcciones nativas sobre “la precariedad” (Ferrari, 2018), el trabajo “normal”, el trabajo “deseado” sin desatender las lógicas estructurales neoliberales que dan forma y organizan las opciones y los sentidos del trabajo, tanto los nuestros como los de las personas que entrevistamos. Tal como lo señalan Fernández Álvarez y Perelman (2020):
La combinación particular de un campo de oportunidades y un marco de referencia específico define “horizontes de expectativa”, en parte individuales y en parte colectivos. Estas nociones son, por supuesto, reflexivas: no solo se aplican a aquellos a los que pretendemos comprender, sino también a nuestra propia “forma de vida” (p. 5).
En este sentido, el campo de oportunidades acotadas de las poblaciones migrantes y el déficit temporal presente en sus vidas (sobre todo entre las mujeres) pueden expresarse en horizontes de expectativas que impliquen valores distantes a las formas protegidas de trabajo y encontrar en las relaciones laborales flexibles un objeto de deseo posible. En este contexto, la relevancia de la narrativa sobre el emprendedurismo, las nuevas formas de control presentes en las plataformas, menos visibles y que permiten percibirse como “sin jefes”, colaboran en la construcción de nuevos sentidos sobre la dignidad del trabajo. Pero, a la vez, tal como hemos señalado, este mismo contexto habilita nuevas formas colectivas de trabajo para hacer frente a las mismas dinámicas que también asumen la resignificación de la noción de trabajo, ya no en términos individuales, sino comunitarios. Estamos entonces en un escenario de profundas transformaciones, tanto en las prácticas laborales como en los sentidos que se construyen sobre el trabajo migrante, que nos plantea el desafío creativo de pensar nuevas definiciones y desarrollar una escucha atenta a las narrativas de las y los trabajadores.
Incidencias en el trabajo de campo
Para finalizar, nos interesa presentar dos aspectos vinculados con nuestro quehacer investigativo. Se trata de planteos metodológicos expresados en preguntas sobre las que no tenemos necesariamente una respuesta, pero que consideramos relevante discutir en esta producción construida a partir de una reflexión colectiva. De un lado, nos parece imperioso preguntarnos por el vínculo de investigación que es posible construir en el marco de una marcada escasez de dos de los recursos clave para nuestras pesquisas de índole cualitativa: el tiempo y el dinero. Por otro lado, atender a la mirada sobre las ciencias sociales y el trabajo de investigación que tienen las personas con las que establecemos relaciones en nuestros trabajos de campo. Ambas dimensiones, estrechamente vinculadas, ponen en jaque nuestro ingreso y permanencia en el trabajo de campo, así como la construcción de conocimiento social que considere las dimensiones éticas (no utilitaristas ni extractivistas) de nuestra labor.
El tiempo (y el dinero)
En primer lugar, nos preguntamos por la incidencia que tienen las diversas formas de ganarse la vida de las poblaciones migrantes de clases populares en las técnicas que utilizamos para investigar. Tal como se viene subrayando, las poblaciones migrantes, aunque no son las únicas, poseen poco tiempo por fuera de las actividades productivas y reproductivas. En conjunto, el tipo de inserción laboral, el tiempo de viaje, la necesidad del despliegue de trabajos comunitarios para sostener la vida individual, familiar y comunitaria, los trabajos de cuidados no remunerados en los hogares, especialmente para el caso de las mujeres, el tiempo de espera con el Estado para acceder a diferentes derechos y trámites vinculados con la condición migrante derivan en vidas atravesadas por un déficit temporal. ¿Y si le sumamos el tiempo destinado a las investigadoras sociales? Especialmente entre quienes trabajamos con técnicas cualitativas, la disponibilidad temporal de las personas trabajadoras resulta esencial para el desarrollo y éxito de nuestros trabajos. ¿Quiénes cuentan con este plus temporal? ¿Quiénes pueden comprender el tiempo de las entrevistas como parte de sus propias actividades?
En este punto se advierte una diferencia entre las personas organizadas en diversos tipos de agrupaciones y las que no lo están. En el primer caso, suele ser más probable encontrar la disponibilidad temporal necesaria para hablar con las investigadoras dado que puede ser resignificado como una actividad de la organización. Así, la reciprocidad, que la mayoría intentamos construir en el campo, se advierte como posible. Sin embargo, emprender procesos de “coinvestigación” con activistas añade complejidades en función de los acuerdos acerca de qué datos construir y sistematizar en cuanto que insumos al doble servicio de contribuir en la producción de conocimiento científico, y de sustentar empíricamente las demandas y reivindicaciones socioproductivas de organizaciones procedentes del campo popular. Esto supone un ejercicio constante de negociación y adecuación en el intento de compatibilizar “la academia y sus plazos” con “la militancia y sus posibilidades”. También puede imponer limitaciones al priorizar los intereses comunes y poner en segundo plano aquellas temáticas que no logran consenso.
El tiempo de las personas no organizadas suele ser más esquivo, salvo que el vínculo se encuentre mediado por una relación de confianza. Es en estos casos donde las formas de empleo que implican jornadas extensas o el hecho de tener que estar “disponible” a las demandas del algoritmo dificultan la disponibilidad temporal, la necesidad de contar con un paréntesis, entre las actividades diarias, para poder participar de una entrevista. Un problema que, en ocasiones, no puede ser saldado, especialmente cuando los espacios laborales no pueden ser visitados, y que requiere estrategias creativas por parte de quienes investigamos: entre otras, disponer de dinero (tema que será discutido más abajo), entrevistar en tiempos de viajes entre actividades, ofrecer redes de contacto, acompañar a realizar trámites, etc.
No obstante, aun cuando el acceso puede resultar más complejo, las negociaciones suelen limitarse a la fijación de algún momento y espacio oportunos para efectuar el intercambio, y las expectativas sobre los resultados de estos intercambios también suelen ser más bajas. En ocasiones ese tiempo es tomado como momento de catarsis, de reflexividad, de comprensión de las propias condiciones de vida. También es un tiempo de construcción de la propia trayectoria como biografía (Bertaux, 2005), que en las poblaciones migrantes es rica en itinerancias y vaivenes.
Manejar recursos dinerarios colectivamente es otro punto de debate y resulta claro que añade muchas más complejidades a los vínculos y las relaciones en el trabajo de campo. En el caso de trabajar con grupos organizados, la claridad y la transparencia son herramientas fundamentales para no levantar expectativas irreales en cuanto a los alcances de los financiamientos. Mientras que entre las personas no organizadas se impone cada vez más como tendencia la retribución monetaria por el tiempo destinado a la entrevista. ¿Qué nos dicen estas estrategias metodológicas de los cambios en el mundo del trabajo y de los condicionantes propios y ajenos en nuestro trabajo con migrantes? Consideramos que es necesario convertir estas estrategias en parte de la reflexión metodológica que debe acompañar nuestra tarea investigativa sin dejar de lado las potenciales consecuencias que puedan tener en el diseño del trabajo de campo.
Las representaciones sobre las ciencias sociales, las universidades y el Conicet
Para terminar estas reflexiones, nos interesa analizar una temática que compartimos quienes investigamos en el campo de las ciencias sociales, especialmente entre quienes analizamos a poblaciones de sectores populares. Las distancias sociales (Grignon y Passeron, 1991; Bourdieu, 1993) existentes y evidentes entre nuestras condiciones de vida (¿la casta?) y las personas con las que solemos conversar en nuestras investigaciones se solapan actualmente con la expansión de una percepción estigmatizada sobre nuestro trabajo. No se trata de una situación específica de quienes investigamos el mundo del trabajo o las poblaciones migrantes, sino de una realidad que atraviesa el conjunto de las ciencias sociales. El sentido común, que comienza a instalarse en vastos sectores de la sociedad, a partir de una política de fuerte ajuste y desfinanciamiento de la investigación considerada “no productiva”, asume que se trata de ciencias que no son útiles y, sobre todo, que nuestros empleos e investigaciones forman parte de aquellos gastos que el Estado debería dejar de solventar en miras de mejorar las condiciones de vida del resto de la población. Los intercambios que se producen en nuestros trabajos de campo están atravesados por el cuestionamiento sobre la “utilidad” de los resultados de nuestro trabajo. A ello se añade que la financiación de nuestras investigaciones, en caso de haberla, torna incierto el despliegue de estrategias que sean atractivas para elaborar climas de confianza en el campo. Por otra parte, entre algunos grupos activistas, la denuncia del “extractivismo académico”, sin duda con muchos fundamentos, resulta en otra limitación para el acceso al campo que comparte con lo dicho más arriba la sospecha hacia las ciencias sociales y sus investigadores.
Creemos que este cuestionamiento podría ser un incentivo para trabajar en respuestas elaboradas, contemporáneas y situadas sobre el sentido específico de nuestro trabajo y de las ciencias sociales en general y el lugar del conocimiento científico como uno de los saberes válidos acerca del mundo social.
De esta manera, la legitimidad que en otras épocas otorgaba el hecho de ser investigadores se ha visto resquebrajada. Sin tener respuestas definitivas, dejamos planteada la necesidad de construir nuevas estrategias y vínculos con quienes trabajamos, nuevos pactos éticos, y avanzar en nuevas prácticas de investigación social que permitan el reconocimiento de la importancia del pensamiento social.
Algunas palabras finales
En este texto intentamos esbozar las perplejidades que surgen en este momento al pensar el mundo del trabajo. La instalación de la informalidad y la precariedad como condición que impregna el mundo laboral (no solo el migrante) nos interpela a reflexionar sobre los propios instrumentos de observación y de construcción de conocimientos, considerando que quizás el termómetro con el que medimos la precariedad y el déficit de condiciones de un “buen empleo” está desfasado. A la clásica oposición de los estudios del trabajo entre “trabajo/empleo”, retomada aquí desde Pérez Sainz (2023), y que ha configurado el desarrollo del capitalismo históricamente, se añade la denuncia que los feminismos vienen haciendo sobre las actividades que sostienen y reproducen la vida como trabajo invisibilizado; y las formas en que las organizaciones colectivas resisten y generan alternativas desde condiciones muy precarias para procurar llevar vidas dignas.
En este escenario se precisa evitar la deriva miserabilista-populista de las ciencias sociales críticas (Martín Criado, 2024), que oscilaría entre la magnificación de la dominación social de las y los migrantes de sectores populares y la acentuación de su capacidad de agencia, romantizando los nuevos formatos de generación de estrategias de vida, sean organizativas o individuales: ¿cómo comprender adecuadamente las lógicas prácticas movilizadas por los sujetos investigados, sin prejuzgarlas de individualistas, conservadoras, autoexplotadoras, irracionales, etcétera?; ¿de qué modos restituir un valor ético a sus opciones vitales, sin naturalizar o idealizar sus condiciones de vida desaventajadas?
Asimismo, necesariamente de modo complementario emergen otras preguntas: ¿cómo dar cobertura a estos formatos de trabajo invisibilizados sin naturalizar su precarización?; el lugar de la denuncia de la precariedad ¿acaso no normativiza condiciones propias de un universo perdido?; ¿qué estrategias es posible elaborar desde el conocimiento de las vidas precarias como investigadoras, si perdemos un marco analítico que tienda a funcionar como parámetro?; y, en esta construcción de parámetros, ¿no estamos imponiendo nuestras propias condiciones de trabajo como empleadas del Estado, aunque cada vez más precarizadas también?
Retomamos aquí la pregunta que formuló Andrés Pedreño Cánovas (2006) en la primera década de los 2000, a propósito de la economía informal y de las estrategias de trabajo y de vida de la población migrante en España: “¿Cómo se lo monta la otra mitad?”. ¿Qué elaboraciones realizan los sujetos de manera individual, familiar o colectivamente para sostener sus vidas en el mar de la precariedad? ¿Y cómo capturamos los sentidos que asumen estas prácticas desde la perspectiva de sus mundos posibles, sin dejarlos encapsulados, analíticamente, en lógicas que los excluyen de los bienes históricamente construidos del desmantelado Estado social? No tenemos estas respuestas, para abordarlas es necesario avanzar en más investigaciones y fomentar reflexiones colectivas entre diferentes actores. Esperamos que así sea.
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- En su definición ha sido clave la conformación de la Central de Trabajadores de la Economía Popular (CTEP) en 2011, y en 2019, la Unión de Trabajadores de la EP (UTEP). Ambas entidades luchan por el reconocimiento de las y los trabajadores de la EP al tiempo que discuten las clasificaciones impuestas por los organismos internacionales de emprendedores y microempresarios.↵






