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Reflexividad, situaciones y estrategias éticas en investigación cualitativa con población desplazada forzosamente

Ana I. Rovetta Cortés

“Son muy desconfiados”. “No sé si van a querer hablar con vos”. Cuando a inicios de 2018 comencé a realizar entrevistas en el marco de mi investigación posdoctoral, escuché estas y otras advertencias con cierta asiduidad. Quienes me las hacían, con buena intención y una leve dosis de paternalismo, eran personas argentinas involucradas en la “política de admisión activa de refugiados” (Welfens et al., 2019) que estaba estudiando: el Programa Especial de Visado Humanitario para Extranjeros Afectados por el Conflicto de la República Árabe Siria (en adelante Programa Siria). Las advertencias acontecían cuando, al terminar las entrevistas sobre sus experiencias de participación en el programa, les consultaba si podrían ponerme en contacto con población siria que había sido admitida en Argentina mediante esta vía.

Mi propósito, al solicitar un enlace con quienes habían llegado al país huyendo del conflicto armado que asolaba su país de origen, era conocer sus narrativas respecto a sus procesos de desplazamiento, arribo e inserción, así como sus perspectivas y valoraciones sobre el programa humanitario. Un objetivo que formaba parte de una pesquisa con la cual buscaba comprender mejor el nexo entre las políticas migratorias de los países de destino y los perfiles, los proyectos y las trayectorias migratorias de las poblaciones desplazadas por motivos políticos.

Mis interlocutores conocían mi intención. Sus reticencias no se debían a un recelo respecto a la investigación, sino que se basaban en las interpretaciones que hacían sobre el comportamiento de “los sirios” a partir de sus interacciones con ellos. Según su lectura, la guerra y algunas experiencias en destino los habían vuelto retraídos y recelosos.

A pesar de los temores de estos participantes en el estudio, logré mi propósito. En los siguientes 12 meses de trabajo de campo, conocí a más de medio centenar de personas procedentes de Siria arribadas a provincias del interior del país mediante el programa humanitario, realicé numerosas jornadas de observación participante y entrevisté a 25 de ellas.

Habiendo publicado los resultados obtenidos (Rovetta Cortés, 2024), mi intención con este escrito es compartir las encrucijadas y decisiones ético-metodológicas que experimenté y tomé durante el proceso de recolección de los datos[1]. Para ello, he dividido el capítulo en tres apartados. En el primero propongo un breve repaso por algunas nociones clave en la literatura sobre ética en investigación cualitativa con seres humanos. En el segundo respondo el siguiente interrogante ético: ¿cómo se establece un vínculo de confianza y se accede de manera respetuosa a las narrativas de población desplazada forzosamente mediante un programa humanitario específico? En el tercero ofrezco algunas conclusiones respecto a estas cavilaciones.

Breve revisión de la literatura sobre ética en investigación cualitativa con seres humanos

El desarrollo del trabajo de campo con población desplazada forzosamente conllevó numerosos retos y oportunidades en el plano ético. Detenerse sobre ellos vale la pena desde tres supuestos:

  1. Existe una relación ineludible y constante entre ética y metodología en cualquier investigación que implique la participación de seres humanos (Roth, 2004).
  2. Dado el carácter flexible y adaptativo de la investigación cualitativa, la reflexión sobre ética en investigación no puede reducirse al cumplimiento de principios éticos formales, estáticos y universales, sino que requiere de una revisión responsable, constante y situada del propio quehacer (Surmiak, 2018).
  3. Divulgar los pasos que se dan para unir la dimensión formal y la dimensión situada de la ética fomenta el debate académico sobre los modos en que se produce el conocimiento y sobre las responsabilidades que tiene quien investiga hacia los participantes del estudio y la sociedad en general (Meo, 2010).

Cada uno de estos supuestos está ampliamente aceptado en la literatura sobre ética en investigación cualitativa con seres humanos (Takeda, 2021; Robinson, 2020); un área de conocimiento que ha crecido de forma significativa en los últimos veinte años, provocando una serie de transformaciones en los modos en que se define qué constituye un comportamiento moral en contextos de investigación (Wiles, 2013; Roth, 2004). Entre los avances que se han producido sobre este tema en la literatura académica, destaca la acuñación y el empleo de términos con los cuales reconocer y abordar los escollos o las disyuntivas éticas con que nos encontramos al realizar investigaciones con personas, sea cual sea el fenómeno estudiado y la posición que estas ocupen en la estructura social. Entre estos conceptos, y en función del interrogante que guía este capítulo, me interesa destacar tres: reflexividad ética, distinción entre estrategias pro y reactivas, y momentos éticamente importantes.

La reflexividad ética alude al proceso continuo de escrutinio crítico e interpretación, no solo en relación con los métodos de investigación y los datos, sino también con quien investiga, los participantes y el contexto de la investigación (Guillemin y Gillam, 2004). Este término busca ampliar el significado de la reflexividad, normalmente entendida como una herramienta metodológica, para discernir cómo actuar de manera ética, más allá de las recomendaciones contenidas en códigos, guías, directrices o lineamientos, y ser sensibles a las posibles cargas y perjuicios que existen para los participantes por el hecho de colaborar con nuestras investigaciones (Takeda, 2021), y para quien investiga.

La propuesta de diferenciación entre estrategias éticas proactivas y reactivas (Neale, 2013) entiende que las primeras refieren a los procedimientos planificados durante la fase de diseño del proyecto, y las segundas, a aquellos que tienen lugar durante el proceso de recogida de datos, en las interacciones con los participantes del estudio. Las estrategias proactivas están basadas en documentos sobre ética, mientras que las reactivas involucran el despliegue de decisiones in situ para lidiar con situaciones o acontecimientos que difieren de lo esperado y de lo consultado en la fase previa.

Los momentos éticamente importantes hacen referencia a “the difficult, often subtle, and usually unpredictable situations that arise in the practice of doing research [aquellas situaciones difíciles, a menudo sutiles y normalmente imprevisibles que surgen en la práctica de la investigación]” (Guillemin y Gillam, 2004, p. 262). Es decir, se trata de aquellas circunstancias en que es necesario pasar de una estrategia proactiva a una reactiva, pasaje para el cual el ejercicio de la reflexividad ética es crucial. Si bien estos momentos pueden adoptar la forma de obstáculos, retos o dilemas, por lo que generan preocupaciones o inquietudes respecto a cuál es la mejor forma de proceder, este tipo de situaciones no solo nos consiente reflexionar sobre nuestro desempeño ético y actuar ante el evento imprevisto encontrado, sino que también

they have the potential to be a source of data, which differs from and enhances other fieldwork data and adds to understanding by placing the researcher in a different relationship to the field [tienen el potencial de ser una fuente de datos que difiere de otros datos del trabajo de campo, los enriquece y contribuye a su comprensión al situar a quien investiga en una relación diferente con el campo] (Robinson, 2020, p. 2).

Así pues, gracias a estos momentos, podemos experimentar una disonancia entre lo que esperábamos que ocurriera y lo que efectivamente ocurre en cada contexto de investigación, y advertir particularidades que, tal vez, no hubiéramos descubierto de otro modo.

A continuación, utilizando estos tres conceptos, comparto las reflexiones, dudas y decisiones ético-metodológicas que tuve y tomé en una investigación con población desplazada forzosamente mediante un programa humanitario específico de cara a responder el interrogante de cómo establecer un vínculo de confianza y acceder de manera respetuosa a las narrativas de la población objeto de estudio. Cuestión que concreto en el siguiente apartado a partir de las cuatro preguntas específicas siguientes: ¿cómo conocer a la población desplazada?; ¿cómo sortear las barreras lingüísticas?; ¿cómo explicar mi interés académico por conocer sus trayectorias?; ¿qué ofrecerles más allá de la escucha activa de sus narrativas y el compromiso de compartir con ellas los resultados de la investigación? Para acompañar el relato, incorporo algunos fragmentos de mi diario de campo etnográfico que recogen ejemplos de los razonamientos, las incomodidades, o los recaudos que pensé, sentí o adopté in situ en cada caso.

Momentos, estrategias y reflexividad en el trabajo con población desplazada

Cómo conocer a la población desplazada fue una pregunta que me hice desde que diseñé la investigación. La relevancia de trazar una estrategia ética proactiva al respecto está directamente vinculada con el principio ético de la autonomía; esto es, la capacidad que tienen las personas que son contactadas por quien investiga para decidir libremente si desean participar o no en el estudio (Wiles, 2013). En el ámbito de los estudios del refugio, esta cuestión es particularmente significativa debido a que

[a]ccess to migration spaces and people is often controlled by gatekeepers, such as the government, United Nations, or non-governmental officials [el acceso a los espacios y las personas en situación de migración suele estar controlado por gatekeepers, como el gobierno, las Naciones Unidas o agentes de organizaciones no gubernamentales] (Clark-Kazak, 2021, p. 129).

Es decir, actores sociales con poder sobre los espacios y las poblaciones desplazadas. Evitar su intermediación, si bien recomendado, no siempre es posible, y es por ello por lo que, al hablar con las poblaciones desplazadas con quienes se desea trabajar, debe enfatizarse que su colaboración en el estudio es voluntaria e independiente del acceso a cualquier clase de ayuda, bien o servicio que provean otros actores sociales (Akesson et al., 2018).

Al diseñar el estudio, consideré que, en el marco del Programa Siria, encontraría relaciones asimétricas de poder entre los funcionarios del país de destino, las personas “llamantes” o las organizaciones “requirentes” (patrocinadores de refugiados) y la población procedente de Siria. Los funcionarios del país de destino son quienes deciden si conceden o no el permiso de entrada y residencia en el territorio a la población desplazada; los “llamantes” o “requirentes” son quienes seleccionan a personas con necesidad de protección internacional a las cuales se comprometen a asistir en materia de alojamiento, manutención y apoyo socioeconómico-laboral-educativo durante un período de tiempo predeterminado; y las personas afectadas por el conflicto armado son quienes, tras presentar su solicitud de participación en el programa con miras a dejar atrás contextos de riesgo, violencia o inseguridad, aceptan someterse a todo tipo de preguntas y averiguaciones por parte de “llamantes”, “requirentes”, funcionarios y, también, representantes de organismos internacionales, agencias de seguridad y otras organizaciones (a menudo religiosas).

En un intento de evitar el refuerzo de estos desequilibrios de poder, el plan de contacto con la población desplazada forzosamente que tracé inicialmente preveía llegar a la población de origen sirio admitida a través del programa mediante actores sociales ajenos a él. Mi pretensión era conocerla a través de las sociedades sirio-libanesas que existen en las distintas ciudades del noroeste argentino, fruto de las sucesivas oleadas migratorias que se produjeron tras la caída del Imperio otomano. Sin embargo, dicha estrategia proactiva no funcionó. Pese a acudir a las sedes de varias sociedades sirio-libanesas para presentarme y dar a conocer mi proyecto de investigación, no obtuve el contacto de ninguna persona siria recientemente arribada al territorio. Es más, los representantes de estas sociedades no solo me dijeron que no conocían a nadie, sino que negaban que hubieran arribado muchas personas mediante esta vía. Si bien esta última afirmación es correcta (a todo el territorio argentino, en los diez años en que estuvo vigente el programa, llegaron menos de 500 personas), había otro motivo para desconocer a esta población. El motivo, que yo ignoraba antes de comenzar el trabajo de campo, era la ideología imperante en estas organizaciones. Muchas de las sociedades eran pro-Assad (Baeza y Pinto, 2016) y consideraban, por ende, que no había motivos para que la población siria saliera del país.

Ante esta situación, y habiendo logrado establecer contacto con algunos “llamantes” en el NOA, ciudadanos y ciudadanas argentinos que habían gestionado, en diverso grado, el arribo y la recepción de personas sirias, opté por modificar mi estrategia y consultarles a estas personas si podrían ponerme en contacto con estas últimas. En otras palabras, acepté que el contacto inicial con personas en situación de desplazamiento forzado estuviera mediado por gatekeepers que tenían poder sobre ellas.

Consciente de los riesgos de coerción que puede haber en circunstancias en las cuales hay relaciones de dependencia y deferencia entre (posibles) participantes del estudio, recalqué que toda persona tenía derecho a decidir libremente si deseaba participar (o no), de hacerlo en el grado que deseara, y de dejar de colaborar si, o cuando, así lo prefiriera. Además, en San Luis, donde los responsables del Corredor Humanitario en esa provincia fueron quienes me dieron acceso al campo y donde todas las familias vivían en vecindad, en departamentos del campus en los cuales eran frecuentemente visitadas por ellos, tomé una serie de precauciones extra. Dediqué las primeras cuatro jornadas etnográficas a realizar observación participante y mantener conversaciones informales con quienes mostraban interés en interactuar conmigo. De ese modo, esperaba darles a las personas sirias la posibilidad de elegir si deseaban dialogar (o no), saber más sobre la investigación y evaluar si se sentían inclinadas (o no) a concederme una entrevista.

El siguiente extracto de mi diario etnográfico ilustra ese acercamiento:

En el descanso en la estación de servicio, a mitad de camino, converso con las familias y uso algunas de las palabras árabes que he aprendido en los últimos meses. Eso provoca sonrisas y comentarios sobre lo difícil que es aprender el otro idioma. Uno de los hombres, Jan, tras hablar con su esposa, me pregunta si querría ir a su casa a almorzar con su familia. Le digo que sí, que me encantaría, y quedamos para el domingo. […]. Me gusta que se vayan generando ofrecimientos por parte de ellos para ir a visitarlos a sus domicilios, sentir que no voy imponiendo demasiado mi presencia o forzando que me concedan entrevistas, porque en un contexto en el que están tan expuestos (entre sí y ante los trabajadores del corredor) no quiero que perciban que están obligados a hablar conmigo (extracto del diario de campo etnográfico, 28 de marzo de 2019).

Este fragmento, anotado tras una excursión diurna a Merlo, provincia de San Luis, con todas las familias sirias acogidas por el Corredor Humanitario, muestra mi estrategia reactiva ante un contexto en el cual las relaciones entre las personas de origen sirio y entre estas y sus patrocinadores eran constantes y estrechas, lo que, desde mi perspectiva, derivaba en menores posibilidades de privacidad y en que, potencialmente, algunas personas se sintieran presionadas a participar en mi estudio.

Mediante esta estrategia, en San Luis, 12 personas sirias, Jan incluido, mostraron curiosidad por conversar conmigo y, tras conocer el propósito de mi investigación, accedieron a ser entrevistadas. En el NOA, en cambio, de las 15 personas contactadas a través de gatekeepers, dos se negaron a participar. Una de ellas eligió no compartir sus razones. La otra me dijo explícitamente que no veía sentido a conceder nuevas entrevistas. Lo había hecho con anterioridad ante medios de comunicación locales y, según ella, no reportaban ningún beneficio.

En relación con los datos que obtuve ante el “momento éticamente importante” de conocer a la población siria, rescato dos:

  1. las interpretaciones sobre el conflicto armado en el país de origen incidían en los vínculos que los recién llegados podían (o no) establecer, y
  2. mi conjetura respecto a las asimetrías de poder entre patrocinadores y población desplazada era correcta: aunque en diverso grado, existían disparidades culturales, socioeconómicas y vínculos marcados por la dependencia y, a menudo, la deferencia. Motivo por el cual fue crucial recalcar el carácter voluntario de la participación en cada interacción.

En lo relativo a la barrera lingüística, al comenzar la investigación, consideré que era muy probable que, durante la fase de trabajo de campo, conociera a personas sirias que hablaran únicamente árabe, idioma del que conozco muy pocas palabras. Confiaba en poder interactuar sin problemas con quienes supieran inglés o francés como segundo o tercer idioma, pero, preocupada ante la perspectiva de no compartir una lengua común con algunas de las personas desplazadas, opté por leer textos sobre metodología cualitativa especializados en el trabajo con población refugiada y presté particular atención a aquellos que hacían referencia a pesquisas en contextos multilingües. Tras estas consultas, decidí que mi estrategia proactiva ante el obstáculo comunicativo sería contratar a un traductor que supiera castellano-árabe o inglés-árabe, y buscaría incorporarlo en mi investigación como “informante clave activo” (Temple y Edwards, 2006).

Sin embargo, durante el trabajo de campo, fui encontrando varias dificultades para llevar a cabo esa estrategia. En primer lugar, tal y como anticipé en la introducción, cuando aún me encontraba entrevistando a personas “llamantes”, varias de ellas me advirtieron con frecuencia que, al conocer a “los sirios”, me toparía con su “desconfianza” y que sería muy difícil lograr que accedieran a participar en el estudio. Estos avisos me generaron cierta ansiedad, pues, aunque había interactuado con muchas personas en situación de desplazamiento forzado en el pasado, esta era la primera vez que lo hacía en el marco de una investigación. Ante las advertencias recibidas, acepté el consejo que me dio una patrocinadora de contactar primero a aquellas personas sirias que hablaban inglés. Dicha opción aplacó mis temores casi de inmediato, pues pude conocer a dos personas, establecer relaciones de confianza, entrevistarlas, comprender que buena parte de esa “desconfianza” de la que me habían hablado los patrocinadores era, para ellas, “hartazgo” ante el nivel de exposición al que habían estado expuestas desde que llegaron: a entrevistas en medios de comunicación locales, a visitas de funcionarios y representantes de organizaciones civiles en sus domicilios y a iniciativas supuestamente humanitarias que las involucraban como receptoras y para las cuales no habían sido consultadas.

Resolví consultarles a estas personas qué pensaban respecto a las entrevistas que quería hacer a quienes solo hablaban árabe. El consejo recibido fue que debía permitir que fueran familiares y personas de confianza, elegidas por cada potencial participante, quienes hicieran la traducción. Algo que, según un estudio de Priya Kissoon (2006), puede aumentar el grado de comodidad de los participantes de estudio. Adapté entonces mi estrategia y, debido a ello, fueron hijos/as, esposos/as y amigos/as quienes asumieron las traducciones en 11 entrevistas realizadas con población siria[2].

Esta opción tuvo consecuencias que registré en mi diario de campo:

Por momentos Hala y yo advertimos que [quien traduce] tiende a sintetizar algunas de sus ideas, pues sus traducciones son mucho más breves que los comentarios que ella hace. Esto genera una cierta complicidad entre nosotras, pues ambas nos sonreímos en varias ocasiones en que esto ocurre. Creo que ambas notamos y valoramos el esfuerzo que hace [la persona que traduce], quien lleva [menos de un año] en el país, por expresarse correctamente en español.
Me doy cuenta de que, pese a la simplificación del contenido, las principales ideas están, y de que muchos mensajes son muy potentes. Es posible que la principal limitación ante esta situación radique en no poder abordar determinados temas en mayor profundidad, y en quedarnos más en cómo ha sido la vida desde que llegaron a [ciudad argentina] que en cómo fue antes, pero el principal objetivo del trabajo pasa por conocer más acerca del Programa Siria, y eso es ampliamente mencionado (extracto del diario de campo etnográfico, 2 de septiembre de 2018).

Tal y como muestra este fragmento de mi diario, la mediación de traductores no profesionales comportó la pérdida de detalles en las narrativas. Una circunstancia que tuvo lugar con cierta frecuencia en las entrevistas multilingües realizadas. Pese a esta limitación, el clima distendido y de cercanía que se generó en cada encuentro posibilitó la emergencia de narrativas significativas sobre los procesos de participación en el programa, arribo y adaptación que las personas sirias estaban atravesando. Dado que mi objetivo era conocer estas narrativas y que la estrategia se había adoptado siguiendo los consejos de los propios participantes de estudio, proceder recomendado por Bren Neale (2013) y Kim Etherington (2007), el balance entre lo que se perdió en la traducción y lo que se captó resultó, desde mi perspectiva, suficientemente compensado.

En cuanto a los datos que obtuve a partir de este momento éticamente importante, cabe señalar, por un lado, que la lectura de los patrocinadores sobre la “desconfianza” tenía cierto sustento. Si bien la población siria con la que interactué no lo planteaba en esos términos, pude advertir un cierto recelo inicial en varios interlocutores debido a las experiencias previas vividas con otros actores sociales que se habían acercado a ellos tras su llegada al país. Por otro lado, comprendí que mi suposición de que algunas personas de origen sirio hablarían francés (como legado de la ocupación francesa entre 1920 y 1946) era errónea. Según me hicieron saber varias personas entrevistadas, solo la población adulta mayor hablaba aún dicho idioma. Los idiomas que identifiqué entre mis interlocutores, adultos no mayores de 55 años, fueron el árabe, el inglés o el armenio.

El momento de explicar mi interés académico por conocer sus trayectorias de desplazamiento no requirió de una adaptación de mi estrategia ética proactiva. Desde el momento inicial, tenía previsto presentarme ofreciendo mi nombre completo, cargo, institución de pertenencia y motivación (académica y política) para investigar la temática, y dar un tiempo para que los potenciales participantes del estudio me hicieran las preguntas que estimaran oportunas respecto a mi trayectoria y al proyecto de investigación. Pese a los cambios en las formas de contactar a la población y de gestionar las traducciones, no modifiqué mi predisposición para dialogar y resolver cualquier inquietud que provocaran mi presencia o mi interés, y ello supuso que se entendieran ambos y pudieran establecerse relaciones de confianza y respeto que, en varios casos, se han mantenido tras la conclusión del trabajo de campo.

Finalmente, en lo que respecta a la cuestión de qué ofrecer a los participantes del estudio, cabe señalar que esta inquietud encuentra eco en la literatura especializada reciente, donde cada vez son más frecuentes: las discusiones en torno a la reciprocidad en la investigación (Surmiak y Męcfal, 2024); las condenas a las “investigaciones helicóptero”, en las cuales quien investiga “enters into a context, collects data, and leaves, potentially leaving participants feeling used [entra en un contexto, recoge datos y se va, dejando a los participantes con la sensación de haber sido utilizados]” (Baker et al., 2016, p. 608); y las propuestas de brindar apoyo a los participantes de estudio en función de sus necesidades y las circunstancias que rodean la investigación, siendo abiertos y realistas sobre lo que podemos ofrecer (Neale, 2013).

En mi experiencia de trabajo con población siria, además de garantizarles la escucha activa de sus narrativas y de comprometerme a publicar los resultados de la investigación cumpliendo con los principios éticos de beneficencia, autonomía y justicia (Rovetta Cortés, 2022), garanticé que compartiría con ellos los resultados una vez que estuvieran publicados y mostré mi disponibilidad para asistirlos en trámites administrativos y búsquedas de empleo. Dicho ofrecimiento fue aceptado en el NOA. En San Luis, en cambio, no se me solicitó ningún tipo de apoyo debido a que el personal de Corredor Humanitario realizaba tareas de acompañamiento cotidianas en materia de educación, trabajo y salud.

En el NOA varias personas me pidieron que las acompañara a la Dirección Nacional de Migraciones para traducir dudas con respecto a sus trámites y a delegaciones de la Policía para ejercer de testigo en sus peticiones de certificado de residencia. Asimismo, se me solicitó colaboración con trámites telemáticos, mediación en reuniones con representantes de una sociedad sirio-libanesa, y ayuda en el diseño de currículums y en su distribución.

Ninguna de estas intervenciones supuso un dilema ético. Procedí pensando en el bienestar de mis informantes y dejé registro de cada una en el diario etnográfico. Lo que me generó incomodidad y cuestionamientos internos fue gestionar un pedido de dinero:

Recibo el siguiente mensaje: “Me da mucha vergüenza pedirte esto, pero [mi segunda llamante] no me ha dado el dinero todavía, y mañana es el último día que tengo para pagar el alquiler, y no quiero pedirle dinero a la madre de [mi amiga]. Además, es tan complicado explicar todas estas cosas, como por qué [la llamante] me está dando dinero… Solo quiero preguntarte si me puedes prestar 3500 pesos [valor de ese momento: unos 90 dólares] hasta que [mi segunda llamante] me envíe el dinero. Estoy muy avergonzado de mí mismo, pero las cosas no están saliendo de la manera que planeaba, otra vez. Siento estar pidiéndote mucho, pero no podía pensar en otra persona a quien pedir ayuda” (extracto del diario de campo etnográfico, 8 de febrero de 2019).

En este extracto de mi diario etnográfico, transcribí literalmente el mensaje de texto que me envió Carlin, un joven adulto que un par de meses antes había sido expulsado de la residencia de su “primera llamante”, donde vivía desde su arribo, después de un presunto incidente relacionado con el consumo de marihuana, sobre el cual existían (y existen) distintas versiones.

Tras la ruptura prematura del vínculo con la persona que se había comprometido a alojarlo durante un año, comenzó su búsqueda para conseguir otro lugar donde vivir. Su “segunda llamante” mantuvo el apoyo financiero que venía brindando; sin embargo, debido al aumento continuado en los costos de vida que estaba (y está) experimentando el país, Carlin se encontró con serias dificultades para salir adelante. Ante esta situación, varias personas sirias recién llegadas y yo le ofrecimos distintas muestras de apoyo. En mi caso, le entregué productos de la canasta básica. No obstante, recibir el mensaje hizo que me cuestionara sobre dónde estaban los límites que podía y debía (o no) poner.

Pese a la incomodidad, tal y como resolví en las intervenciones no materiales, opté por poner en primer lugar el bienestar de Carlin y darle el importe que solicitaba. Pensé que lo peor que podía ocurrir era que no me devolviera el dinero y estimé que era un riesgo que podía asumir. No obstante, no tuve que hacerlo. Dos semanas después Carlin me devolvió el monto.

Los datos que confirmé a partir de esta aproximación a la práctica de la reciprocidad fueron los siguientes:

  1. que las personas sirias que residían en provincias del NOA se encontraban en situaciones de mayor vulnerabilidad que aquellas que habían llegado a San Luis,
  2. que hallarse en una circunstancia de desamparo institucional tenía efectos negativos, tanto materiales como psicológicos, en sus procesos de inserción en la sociedad de destino.

Conclusión

En este capítulo he expuesto las estrategias éticas proactivas que diseñé de cara al trabajo de campo con población siria desplazada forzosamente, he identificado tres momentos éticamente importantes y el proceso de reflexividad ética que seguí para transformar las estrategias iniciales en estrategias reactivas que permitieran sortear los obstáculos de contacto, idioma y reciprocidad para continuar con el relevamiento de datos. Asimismo, he explicado que cada uno de los momentos éticamente importantes atravesados supuso una oportunidad para obtener una comprensión más amplia sobre el contexto de estudio y los distintos actores sociales involucrados en él.

A modo de cierre, deseo resaltar que he compartido estas cavilaciones sobre momentos, estrategias y reflexividad ética no desde la convicción de haber obrado siempre de un modo éticamente intachable, sino desde el deseo de transmitir las dudas, los temores y los recaudos que acompañaron mi desempeño. Unas sensaciones que, si bien incómodas, incentivaron las búsquedas que realicé para superar cada encrucijada o escollo. Gracias a ellas me sumergí en la literatura sobre ética en investigación social cualitativa, registré en el diario de campo todas mis reflexiones (racionales y emocionales) sobre las interacciones que generé, consulté con otros profesionales su parecer respecto a determinados momentos éticamente importantes, y les pregunté a los propios participantes del estudio qué estrategia les parecía más oportuna para aproximarme a otras personas con la investigación. Difundir los procedimientos que seguí para vencer recelos/hartazgos ajenos e inquietudes internas y encontrar respuestas éticamente responsables a los interrogantes planteados es mi modo de seguir promoviendo el debate sobre las maneras en que se producen los datos en investigaciones cualitativas, y sobre las obligaciones, las negociaciones y los compromisos que asumimos quienes trabajamos con seres humanos.

Referencias bibliográficas

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  1. Este texto se elaboró en el marco del proyecto de investigación PIP 2023-2025 11220220100208CO, RESOL-2024-436-APN-DIR#CONICET, “Control migratorio y luchas migrantes desde una perspectiva de género. Un análisis desde Gran Buenos Aires y Gran San Salvador de Jujuy”, dirigido y codirigido por Sandra Gil Araujo y Carolina Rosas, respectivamente.
  2. Esta estrategia condujo también a otro dilema ético: el de la compensación económica. El cual resolví, tras varias consultas telefónicas con la Dra. Beatriz D. Cortés, con la entrega de obsequios a los traductores.


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