João Paulo Rodrigues
Según Adolfo Bioy Casares, durante un almuerzo en su casa en enero de 1963, Jorge Luis Borges y el también escritor Juan José Hernández hablaron sobre la similitud entre los negros y los monos. El motivo de la conversación sería la inexistencia de negros en Argentina, quienes de estar presentes en este país causarían “problemas”, a diferencia de los “gringos” y judíos, que no representaban ninguna amenaza. Aunque el autor de El Aleph argumentó que no se trataba de supuestas similitudes físicas, sí había “algo evidente en los negros que nos rechaza. Por eso los argentinos vemos a los brasileros como macacos” (Bioy Casares, 2006, p. 859). Unos años más tarde, durante otra conversación, esta vez con el editor y traductor norteamericano Norton Thomas di Giovanni, Borges confesó ser “racista”, porque si tuviera el poder “limpiaría” los Estados Unidos y Brasil de negros. Este último, aseguraba el escritor, estaba amenazado con convertirse en “África”, debido a su población de color. Ante la incredulidad de Di Giovanni, Borges concluyó la conversación repitiendo el diagnóstico: “nos parece un país de macacos” (Bioy Casares, 2006, p. 1263).
Aunque el informe es escueto y solo permite suponer posibles ironías o provocaciones por parte de Borges, los dos extractos del diario personal dan fe de la perpetuidad de tres aspectos del racismo en su forma argentina: Brasil como alteridad racial, la negritud definida por su africanidad y el color de la piel como justificación para el uso de epítetos ofensivos que deshumanizan al otro. Un cuarto elemento, no presente explícitamente en el relato de Bioy Casares pero que constituye el repertorio de esta forma de racismo argentino, es el intento de hacer reír con la asociación entre negros y monos.
La articulación del primer y del cuarto aspectos (alteridad y humor), más restringidos, con los otros dos (africanidad y deshumanización), más amplios, es el foco principal de este texto. Su principal argumento es que el racismo anti-negro como marca específica de la rivalidad argentina contra Brasil es parte de la historia de la circulación global de un imaginario que vincula a los africanos con los simios, circulación que explica por qué entre los principales vectores del racismo argentino, las representaciones pictóricas –con énfasis en las caricaturas– son tan importantes.
En este capítulo, hacemos el siguiente recorrido: discutimos el estrecho vínculo entre los enfrentamientos bélicos, la propaganda y la caricatura, refiriéndonos particularmente al caso sudamericano a partir de la Guerra de la Triple Alianza (1864-1870). A continuación, presentamos el concepto de simianización como un sesgo interpretativo del proceso de creación de un estereotipo que afecta a los africanos negros y afrodescendientes en el espacio atlántico desde el siglo XVIII. Por último, abordamos el éxito de la equiparación entre brasileños y monos en la caricatura argentina a principios del siglo XX.
Guerra y caricatura
Desde sus inicios renacentistas, la guerra ha sido un estímulo muy propicio para la caricatura, utilizando el ridículo como herramienta satírica. En esta actividad se destacan nociones como jerarquía, honor, heroísmo, virilidad (o masculinidad) y sacrificio. La guerra se convirtió rápidamente en una fuente de material creativo para las operaciones más básicas del humor, como la inversión y el rebajamiento. Además, para el humorista (así como para el militar), el tipo más fácil de “cargar” en contra es precisamente un enemigo real o presunto. Significativamente, la palabra charge en francés (que pasó sin traducir al portugués) significa tanto caricatura como un ataque en el campo de batalla.
Las décadas de 1860 a 1880 en los países de la América del Sur involucrados en confrontaciones bélicas fueron pródigas de caricaturas a partir de las cuales las revistas ilustradas ponían su arte a servicio del esfuerzo patriótico y el blanco de lo cómico en el extranjero. La movilización en la sociedad civil, marcada por el ánimo en pro de la nación creó una demanda por el comentario satírico que buscaba rebajar los ejércitos y los líderes enemigos. Durante la Guerra de la Triple Alianza, Cabichuí y El Centinela en Paraguay, Revista Ilustrada y Diabo Coxo en Brasil, y El Mosquito en Argentina se destacaron en el comentario gráfico cómico del evento bélico. Durante la Guerra del Pacífico, El Padre Cobos, en Chile, fue implacable en la producción de ilustraciones satíricas sobre Perú y Bolivia. Este desarrollo de la caricatura ocurrió en medio de intensos conflictos que los contemporáneos percibieron como definidores en la formación de las jóvenes nacionalidades del continente y, por lo tanto, creadores de una novedosa sensibilidad respecto la nación como signo central de las representaciones artísticas y del discurso político (Alambert, 2000; Baratta, 2012).
En este capítulo trataré sobre caricaturas de épocas de guerra y de épocas de paz que insinúan la posibilidad de conflicto, en el contexto más limitado de las relaciones entre Argentina y Brasil. Argumento que esa construcción del “otro” nacional en la ilustración de los dos países sostuvo un imaginario belicista en torno a la “guerra”, la “batalla”, el “conflicto”, el “enfrentamiento militar”, a tal punto que reelaboró –al menos en Argentina– el antiguo imaginario del género del grotesco por el cual se procede a un rebajamiento de aquel que es blanco de reproche o crítica. Creo que se puede decir que los dibujantes argentinos de fines del siglo XIX e inicios del XX se encuadran dentro del diagnóstico de Gilbert Millat sobre la “crónica gráfica” (Millat, 2008, p. 16): la caricatura expresa contenidos emocionales (“pulsiones” y “fobias”) a través de sus calidades metafóricas, se torna potente por su facilidad y rapidez de lectura y decodificación, de tal manera que puede ser instrumentalizada por el patriotismo, especialmente en tiempos de guerra, cuando los mensajes no deben ser ambiguos, una vez que la idea de unión interna y repulsa al extranjero debe ser comprendida sin complicaciones.
La representación más constante de los soldados y oficiales brasileños durante la Guerra de la Triple Alianza fue la de monos, como se ve en el ejemplo de la figura 1. Debido a las caricaturas de los líderes militares y sus tropas como animales, la historiografía destaca la deshumanización del enemigo como marca saliente de la prensa de los países beligerantes, la cual tuvo un fuerte cariz racial (Capdevila, 2008; Pires, 2018). La prensa ilustrada brasileña se refería a los paraguayos como “guaraníes” y “salvajes”. La prensa ilustrada paraguaya llamaba a los brasileños “macacos” (figura 1). Esta representación no se restringió al país de Solano López,[1] y continuó hasta el siglo XX, de forma que es necesario insertarla en el movimiento global de la iconología del racismo. Acá pretendo argumentar que ella se popularizó en la región del Río de la Plata en una dinámica bilateral de atritos entre Argentina y Brasil, pero el repertorio tenía procedencia más amplia, en la difusión de vínculos tejidos entre, de un lado, africanos y afro-descendientes y, de otro, los simios.

Figura 1. Anónimo, El Centinela (Asunción de Paraguay), 05/09/1867: soldados brasileños llevando el ataúd de los presidentes de Argentina y Uruguay y el emperador de Brasil.
La simianización
Como apuntan Burucúa y Kwiatkowski (2012), la caricatura es un género que ambiciona desvelar verdades profundas e incómodas, principalmente cuando recurre al repertorio de lo monstruoso y animalesco, destacando la desproporcionalidad, lo feo y lo repugnante para alcanzar un humor insolente. Así, se vuelve fácil entender que la representación de los brasileños como monos buscaba hacer evidente una característica “salvaje”. Pero ¿por qué exactamente el mono fue elegido por los caricaturistas argentinos entre fines del siglo XIX e inicios del XX? Una razón está en la difusión a partir de la Europa del setecientos y ochocientos, de la simianización de poblaciones africanas de color de piel oscura.
Según Hunt, Mills y Sebastiani (2015, p. 12), la simianización es un “estereotipo del mono” que “aunque utilizado en innúmeros contextos […] adquirió formas particularmente maliciosas en relación a África y personas de ascendencia africana”. Los primeros en impulsar el vínculo entre africanos negros y monos fueron algunos naturalistas y filósofos europeos de la Ilustración, como el alumno de Carl Linnaeus, Christian Emmanuel Hoppius (figura 2), o el jurista James Burnet, lord Monbodd (Sebastiani, 2015). El avance del abolicionismo fortaleció este género de simianización, politizando un debate de anatomía comparada sobre los límites entre los humanos y los monos. La perspectiva de deslegitimación de la esclavitud de africanos fue combatida con la deshumanización de estos a través de la ciencia, la cual se valió de grabados e ilustraciones para mostrar las similitudes entre personas negras y monos (Sebastiani, 2019).

Figura 2. C. E. Hoppius, Anthropomorpha, 1763. De izquierda a derecha: un “troglodita”, un “demonio”, un “sátiro” (chimpancé) y un pigmeo.
Luego, en el siglo XIX, la frontera entre humanos y simios siguió siendo borrada como parte de la deshumanización puesta en marcha por la discriminación racial a través de representaciones o de fórmulas supuestamente científicas. También llegó al imaginario pictórico y gráfico (publicidad, historietas, caricaturas, grabados), y a la cultura de masas del siglo XX, como en la película King Kong, de 1933. La historia del gorila gigante y monstruoso que se enamora de una rubia estadounidense es solo el punto culminante de una serie de imágenes de orangutanes, chimpancés y gorilas que secuestran mujeres europeas, como por ejemplo el grabado de un cuento de Gustave Flaubert de 1837; dos esculturas de Émmanuel Frémiet, de 1859 y 1887; la portada de mayo de 1920 del semanario satírico berlinés Kladderadatsch (Hund, 2015). Este proceso de acercar el negro a los simios también se vio reforzado por los zoológicos humanos, exhibiciones públicas, bastante populares en Europa y Estados Unidos, de grupos de “salvajes” (africanos, nativos americanos, asiáticos y polinesios), a menudo junto a los animales que vivían en las mismas regiones, ocasiones en las que expositores, visitantes y comentaristas constataron las supuestas “similitudes” de negros y orangutanes, chimpancés y babuinos (Buckner, 2010; Bancel, Blanchard, Boëtsch, Deroo, Lemaire, 2004).
Las caricaturas argentinas del período evidencian que, si bien la simianización comparte un sentido amplio de deshumanización presente en el canon pictórico euro-americano, también contiene un significado más preciso en la construcción de la imagen de los brasileños por los argentinos. Además, marcan el paso de representaciones dramáticas, respetables o responsables, a cómicas, burlescas o satíricas.
De los conflictos bélicos a la rivalidad en el fútbol
La simianización de los brasileños es un recurso de estereotipia usado desde fines del siglo XIX hasta la actualidad en Argentina. Con el pretexto, inicialmente, de disputas diplomáticas, las caricaturas ayudaron a crear una dinámica de ataques y contraataques, apropiaciones y reapropiaciones entre la prensa argentina y la prensa brasileña, facilitadas por ser este el momento de auge, tanto en Buenos Aires como en Río de Janeiro, de semanarios ilustrados como El Mosquito, Don Quijote, Revista Ilustrada y, más tarde, Caras y Caretas, P.B.T., Fon-Fon, O Malho y Careta, que alcanzaron un enorme éxito por sus caricaturas y textos de humor. Después de 1910, las caricaturas también hacen referencia a la creciente rivalidad futbolística, fomentada desde los primeros partidos entre equipos argentinos y brasileños.
En la figura 3, vemos un ejemplo de la simianización en la caricatura argentina de finales del siglo XIX en el cual se articulan el tema bélico y gobernantes brasileños comandando soldados-monos. En este caso, se trata de una referencia a las tensas negociaciones entre Argentina y Brasil respecto a los tratados de paz de la Guerra de la Triple Alianza, que generaron fricciones entre los dos países sobre el tratamiento dado al vencido Paraguay. En la parte superior, se ve al expresidente y ministro plenipotenciario ante el gobierno brasileño Bartolomé Mitre y al ministro de Relaciones Exteriores Manuel Augusto de Montes de Oca en una postura de enfrentamiento, mientras que abajo el emperador D. Pedro II comanda un grupo de monos que forjan armas: “Trabajemos, muchachos, ocupémonos de las armas, mientras ellos se ocupan de… Montes de Oca”. El mensaje es claro: mientras los líderes argentinos discuten, los brasileños se preparan para la guerra.

Figura 3. Henri Stein, El Mosquito, 28 de abril de 1872.
En la figura 4, vemos otro ejemplo de casi tres décadas después, lo que atestigua la fuerza del estereotipo. En el contexto del conflicto por el territorio del Acre entre Bolivia y Brasil (1899-1904), vemos a un soldado brasileño amenazando con su bayoneta la inviolabilidad del territorio boliviano, representado por la carta sellada y por la delgada y despeinada Marianne (que simboliza la fragilidad de la República de Bolivia), mientras es aplaudido por Emilio Mitre, director de La Nación, un diario conocido por ser favorable a las posiciones brasileñas en el ámbito internacional. En la leyenda, se lee: “Lo del Acre no es macana según dicen los diarios, podrá ser al fin y al postre un solemne macacazo [sic]”.

Figura 4. Eduardo Sojo, Don Quijote, 15 de febrero de 1903.

Figura 5. Ríos, La República, 1.° de marzo de 1935.
El último ejemplo (figura 5) muestra un cambio en el tópico que motivó la simianización de los brasileños en la caricatura argentina a principios del siglo XX. En este período se verifica una transición de los conflictos bélicos al fútbol, deporte que, como se sabe, rápidamente se había popularizado tanto en Argentina como en Brasil. En marzo de 1934, se especuló con que River Plate, club que es conocido como “los millonarios”, iba a hacer una gira por Río de Janeiro y San Pablo. Pero las negociaciones fracasaron. En febrero de 1935, el equipo finalmente fue contratado para hacer amistosos en estas dos ciudades, oportunidad en la cual debutó la joven promesa y futuro ídolo José Manuel Moreno, quien había ganado varios campeonatos amateurs por las divisiones inferiores en 1934, lo cual está indicado por la lista de estos logros en la caricatura publicada con ocasión del retorno del equipo a Buenos Aires (“1934 – 4ª división – 2ª división – 1ª división internacional”). Encima de esta referencia, dos pequeños monos comentan, utilizando un curioso “portunhol”, las cualidades de Moreno: “Piramidal”, dice uno de ellos; “Non tein caroso, mas tein jueguito” –literalmente “Piramidal; no tiene bulto, pero tiene jueguito”. El diálogo es interesante y revelador de la fuerza del estereotipo, pues utiliza algunas jergas brasileñas para no dejar dudas sobre quiénes representaban los monos: “piramidal” significa “excepcional”, siendo muy utilizado en la década de 1930 para caracterizar bailes y desfiles de carnaval animados y concurridos en Río de Janeiro (recordemos que la gira ocurrió durante el mes en que normalmente se celebra la fiesta). “Caroso”, o “caroço” (la forma correcta en portugués) significa literalmente “bulto”, pero era utilizado en el comercio para designar a la persona que entra en una tienda, mira las mercancías por largo tiempo, hace preguntas sobre los productos, pero no compra nada. El diálogo, por lo tanto, podría traducirse más o menos así: “Excepcional, finalmente veremos a la estrella millonaria”, o “esta vez no hubo engaños, finalmente veremos los partidos de los equipos brasileños contra River Plate”.
Consideraciones finales
Johnson (1980) identificó en la caricatura norteamericana de los siglos XIX y XX el uso constante de una serie de tipos que representaban a los latinoamericanos (mujeres, niños, negros y mestizos), cada uno de los cuales señalaba una determinada característica que sería típica de estos pueblos (la fragilidad, la infantilidad, la salvajería y la violencia). No es sorprendente que la simianización, forma que se inserta en el mismo racismo que motivó estos estereotipos, busque destacar algunos de estos elementos como atributos típicos de la negritud: la bestialidad y la infantilidad. Un capítulo de la historia de los estereotipos racistas se elaboró justamente en Argentina, con un blanco específico: los brasileños. Aunque las caricaturas parecen haberse vuelto raras o incluso haber desaparecido, el apodo de “monos” para referirse a los brasileños estuvo presente en la prensa argentina durante la Copa de 1978, como se ve en una noticia del diario Crónica (Benítez, Marcarian, Juncal y Zicavo, 1978, pp. 10-11), y durante el torneo de fútbol de los Juegos Olímpicos de 1996, como en el famoso titular del diario Olé que decía: “Que vengan los macacos” (1996).
La caricatura argentina de finales del siglo XIX se reapropió de un tema explorado intensamente por la caricatura de guerra paraguaya, la cual utilizaba una aproximación entre negros y simios corriente en varios tipos de textos e imágenes que circulaban entre Europa y América. La caricatura argentina continuó reelaborando este tema durante la primera década del siglo siguiente, en un contexto de continuos conflictos diplomáticos, lo que estimuló así una alineación patriótica entre el público, los caricaturistas y los gobiernos. A partir de 1920, cuando desaparecieron los focos de tensión diplomática y el fútbol se volvió definitivamente popular, en particular los partidos entre equipos argentinos y brasileños, este deporte proporcionó el pretexto para la supervivencia del estereotipo.
El imaginario del género grotesco que está en el origen de la caricatura como género gráfico, en particular la animalización del objeto de la sátira como forma de menosprecio, sirvió perfectamente para que estas caricaturas de brasileños como monos fueran efectivas, en la medida en que su decodificación se basaba en un estereotipo de gran circulación en el mundo atlántico, y que la animalización lograba condensar de forma fácilmente comprensible un mensaje de ridiculización mediante el menosprecio y la degradación.
La amplitud de la posibilidad de decodificación es una de las marcas del género de imágenes en las que se encuadra la caricatura. La desproporcionalidad corporal, lo feo y lo repugnante, cuando se asocian a animales, poseen un fuerte atractivo caricaturesco y caracterizan un tipo de humor por rebajamiento bastante efectivo. Como una serie de atributos estaban asociados al supuesto parentesco o supuesta igualdad entre negros y simios, tales como la brutalidad y la inteligencia inferior, la simianización como recurso de identificación de los brasileños en el contexto de la rivalidad de Argentina hacia Brasil es un buen ejemplo de lo que Aby Warburg (2005, p. 466) calificó como “cultura figurativa cuya lengua [es] comprendida internacionalmente”.
Las caricaturas a que hacemos referencia muestran que, si bien la simianización comparte un sentido más general de deshumanización presente en el canon artístico y científico euroamericano, también tiene un significado más preciso en la construcción de una imagen burlesca de los brasileños junto a los argentinos, la cual aún circula bajo otras formas en la actualidad −y no solamente en Argentina, como demuestran las recientes actitudes racistas de hinchas españoles a jugadores afrodescendientes brasileños que ahí juegan (Alberto y Tavares, 2023; Sánchez, Pulido y Villar, 2024).
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