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5 Preparados, ferias y bolsones: agroecología, un horizonte de innovación en el sector hortícola del Gran La Plata

Candela Victoria Díaz y Darío Martínez

En el cinturón hortícola del Gran La Plata, la agroecología se presenta como un conjunto de prácticas que se mezclan con otras provenientes de la agricultura convencional y que las tensionan y antagonizan. Durante los últimos años, a partir del incremento de participación de productorxs[1] en organizaciones que lxs nuclean, la problemática agroecológica se instaló en los debates acerca de las modalidades productivas, en diálogo con un conjunto de normativas que reconocen y tienden a promover la agricultura familiar a nivel nacional. En 2019, mientras realizábamos trabajo de campo con migrantes bolivianxs que trabajan en quintas de producción de hortalizas en la zona oeste del Gran La Plata, este proceso incipiente nos motivó a interrogarnos sobre los procesos de innovación en la producción agrícola.

En la zona estudiada, a partir de 2016, las condiciones económicas y eventos climáticos adversos marcaron la preocupación de lxs productorxs por los costos y promovieron renovadas valoraciones de los vínculos que mantenían con técnicxs y profesionales de distintos organismos públicos y del trabajo que realizaban. Luego, entre fines de 2018 y comienzos de 2019, el valor de lo producido apenas alcanzaba para sostener las condiciones de vida y el pago del alquiler de las quintas donde cultivaban, por lo que muchxs productorxs comenzaron a revisar su inserción en la horticultura y la posibilidad de continuar su tarea tal como la venían desarrollando. Por su parte, técnicxs y profesionales vinculadxs a la práctica hortícola realizaron diversas acciones que buscaban mantener la producción a pesar de estas dificultades.

Dentro de la perspectiva de análisis de las innovaciones (Thomas, 2008; Callon, 2008; Arce, 2013; Goulet y Vinck, 2013; Goulet, Aulagnier y Hubert, 2020), nuestra hipótesis, para el caso de la agroecología en la horticultura del oeste del Gran La Plata, es que, al mismo tiempo que hay añadiduras, también se producen sustracciones, y que, por tanto, es preciso analizar ambos movimientos para profundizar la comprensión de estos desplazamientos en la búsqueda de nuevos o alternativos modelos hortícolas. En ese interjuego, no exento de tensiones, proponemos analizar este proceso de acuerdo con los contextos específicos de dicha práctica, en los que lxs productorxs se desplazan entre lo convencional y lo agroecológico según las coyunturas particulares, dando forma de manera singular a la horticultura que desarrollan. En esta dirección, el análisis permitirá caracterizar las sucesivas reconfiguraciones que producen nuevas asociaciones entre elementos del proceso de producción y de comercialización (Goulet y Vinck, 2013), atendiendo a las diversas agencias que participan en dicha innovación (Ingold, 2010).

Para el análisis propuesto, recurrimos a entrevistas y conversaciones informales con productorxs migrantes bolivianxs y técnicxs de algunas de las organizaciones presentes en el oeste del Gran La Plata que promueven la agroecología, así como personal de programas institucionales de promoción de la agricultura familiar y de nuevas tecnologías en la producción hortícola en pequeña escala a nivel nacional. Comenzaremos con una breve caracterización del proceso que resultó en la visibilización e implementación de prácticas agroecológicas en el sector hortícola. Consideraremos también la incidencia de los factores climáticos y cambios en las condiciones económicas para el sector, como umbrales para realizar innovaciones en la producción y en la comercialización. Para ello, señalaremos en qué consiste la diferencia entre la agricultura convencional y la agroecológica. Por último, presentaremos algunas reflexiones sobre la implementación de prácticas agroecológicas en las quintas del sector hortícola, las sustituciones que efectúan y los aportes que realizan, donde la agroecología lleva a la visibilización de la producción hortícola y a la promoción de estrategias de comercialización directa.

Un contexto de revisión de los modos de producción hortícola

La implementación de prácticas agroecológicas en el cordón hortícola en la zona oeste de La Plata se intensificó en los últimos años. Lxs productorxs, trabajadorxs migrantes bolivianxs que, desde mediados de los años 90, han cobrado relevancia como actorxs centrales de las cadenas de producción hortícola en Argentina, y particularmente en el área de producción bonaerense (Benencia, 1997; Benencia y Quaranta, 2005; Benencia, 2006 y 2012), refirieron que el tipo de trabajo que habitualmente realizaban en la producción se vio modificado desde 2016, pasando de ser convencional a ser agroecológico. Sin embargo, su promoción en esta dirección por parte de técnicxs del INTA y profesionales universitarixs databa de más de una década atrás. ¿Por qué dichas transformaciones coinciden en desarrollarse a partir de 2016? ¿Cuáles fueron los elementos que materializaron este proceso?

Las tormentas de los veranos de los años 2016 y 2017 arrasaron invernáculos, viviendas, maquinaria y automóviles. También dejaron sin servicio de luz a las quintas –lo que permitía la provisión de agua para consumo humano y riego– y provocaron pérdidas de la producción y de los invernaderos que, en algunos casos, fueron totales. Las zonas de las quintas de Melchor Romero, Olmos, Abasto, Etcheverry y El Peligro sufrieron daños en la mayor parte de la producción cubierta (bajo invernaderos) y las hortalizas a campo. A ello se sumaba que el mal estado de las calles no asfaltadas anegadas dificultó el ingreso de los camiones a las quintas para la compra de verduras que luego comercializarían en el mercado regional o central. Esta situación restringió las habituales condiciones de comercialización e impidió a lxs productorxs recuperar lo invertido para continuar con el mismo volumen de producción.

Para el año 2018, la modalidad de producción habitual en el cordón resultó cada vez más difícil, y otras tormentas afectaron fuertemente las quintas, lo que redundó en una nueva pérdida de producción. Otros aspectos condicionaron aún más la realidad de lxs productorxs. Por un lado, la posibilidad de producir se vio afectada por el elevado incremento del costo del alquiler de las quintas y de las tarifas de los servicios de luz y agua, gastos que implicaban valores mayores al dinero obtenido en las ventas “a culata de camión”[2]. Además, la situación económica de las familias productoras se hallaba comprometida por deudas con los comercios de agroquímicos y por la imposibilidad de comprar materiales para el rearmado de invernaderos (rollos de nailon, maderas, cintas de plástico) destruidos por los temporales de los veranos de los años 2016 y 2017, cuyos precios se habían disparado. Si el trabajo en las quintas del cinturón hortícola platense era intensivo en condiciones normales, en una situación económica adversa se potenciaron exponencialmente la cantidad de horas y de dinero que implicaba el trabajo de lxs productorxs, y ello restringió aún más la posibilidad de permanencia de las familias productoras en el sector. Así expresó esta situación uno de lxs productorxs del cordón:

Y ahora ya estoy cansado de trabajar de esto […]. La cosa es: nosotros compramos los insumos en dólares y vendemos en pesos. Si no, tiramos. Hoy en día… tengo un invernáculo allá que no lo puedo techar. Antes yo los techaba, ponía bajo techo, viste… Y sale un montón de guita. Todo lo que usted sepa que es de la quinta… todo en dólares. Usted va a la agroquímica y enseguida está pa pa pa, cuánto está el dólar, y te cobran. Así que no se puede trabajar más. Muchos están dejando, no hay gente para trabajar, no quieren trabajar, y estamos por cerrar todo. Yo lamentablemente ya no quiero saber más nada de la quinta. Yo hago números… Porque yo hago números, eh, no me da para trabajar, para producir. Y aparte vienen los impuestos caros, yo pago alquiler, pago luz (productor hortícola, Abasto, Cooperativa Nueva Esperanza y Asociación 15 de Abril. Entrevistado en septiembre de 2019).

Mientras algunxs productorxs se vieron expulsadxs de la producción, otrxs realizaron cortes de calle[3] para visibilizar las adversas condiciones de trabajo en las que se encontraban y reclamar respuestas que posibilitaran sostenerse en la producción de verduras. Estas inquietudes comenzaron a ser parte de un horizonte común entre ellxs, como también entre técnicxs y profesionales vinculadxs al desarrollo agrícola y la promoción de la agroecología en la agricultura familiar, preocupadxs por una merma o un deterioro de la producción en la zona oeste del Gran La Plata.

El área hortícola del Gran La Plata concentra un tercio de la producción hortícola provincial y la mayor parte de las hortalizas que se comercializan en el Mercado Central de Buenos Aires, principal centro de consumo del país (García, 2012). La Plata, junto con Florencio Varela y Berazategui, integra el cordón sur del periurbano productivo hortícola y florícola del Área Metropolitana de Buenos Aires. A la vez, conforma “la estructura agraria más antigua del Área Hortícola Bonaerense (AHB)”, que “abastece entre el 60 y el 90% de la demanda de hortalizas del interior de la provincia de Buenos Aires” y otras provincias, mientras que el resto se produce en regiones especializadas (Fingermann, 2018). De ahí el interés de lxs diferentes actorxs en la promoción de prácticas que permitieran sostener la producción hortícola.

Según los relevamientos del INTA en el marco del Programa Cambio Rural ii (Cieza et al., 2015), en el año 2014 había cerca de cuatro mil productorxs hortícolas. No existen datos actualizados, ni se cuenta con datos oficiales actuales sobre la cantidad de productorxs que en los últimos años desarrollaron prácticas agroecológicas. Aunque se trata de una minoría, estas experiencias se encuentran presentes en varias organizaciones locales –la Unión de Trabajadores de la Tierra (UTT) y el Movimiento de Trabajadores Excluidos (MTE) rama rural, entre otras– que incorporaron la comercialización de bolsones de verduras producidas con reducción o sin el uso de agroquímicos en ferias de venta directa[4].

Las organizaciones de productorxs hortícolas existen desde mediados de los años ´80 en el cinturón hortícola platense. Entre los años 2010 y 2015 el proceso de organización se incrementó, tanto en la cantidad de participantes y organizaciones como en el volumen de sus demandas (Seibane y Ferraris, 2017). En este proceso de expansión paulatina de la participación de productorxs en estas organizaciones, registramos una mayor intensidad a partir de 2016. En 2018, varios de estos grupos encontraron en los espacios de movilización y reclamo un escenario para compartir junto a otrxs productorxs una modalidad de producción alternativa a la desarrollada habitualmente:

Después en cada movilización que hacíamos empezábamos a fomentar, porque mucha [gente] había empezado a tomar un poco más de conocimiento de esto, de la agroecología, te preguntaban: “¿Esto es verdura agroecológica?” (productor hortícola, Abasto, MTE Rural. Entrevistado en abril de 2019).

Al mismo tiempo, a partir de los vínculos entre agentes oficiales del área de la agricultura familiar –particularmente técnicxs que habían participado del Programa Cambio Rural del INTA– y las organizaciones de productorxs de la zona, se llevó adelante la promoción de prácticas agroecológicas. Por medio de reuniones, visitas a las quintas y trabajo conjunto en parcelas de tierra y talleres de formación sobre la actividad biológica del suelo –a partir de recursos naturales no tóxicos–, en los que se proporcionaba el acceso a semillas y fertilizantes naturales de bajo costo, se desarrollaron e incorporaron técnicas e insumos vinculados a una modalidad agroecológica de producción hortícola. Por ejemplo, el uso de fertilizantes e insecticidas naturales (realizados a partir de plantas, bosta y otros elementos de bajo costo, como alcohol o vinagre), que hacía algún tiempo algunxs técnicxs de organizaciones, del INTA o de la UNLP compartían en las quintas, se implementó como una primera estrategia para desarrollar la producción con un menor costo de inversión. También la distribución en algunos casos de semillas criollas (no modificadas genéticamente) o recetas para extraer semillas de lo ya plantado que acercaron lxs técnicxs del INTA generó la posibilidad de sostener la producción hortícola para lxs productorxs migrantes bolivianxs insertxs, entre otras, en el MTE rama rural y en la UTT, dos de las organizaciones de mayor relevancia numérica en la zona.

Si bien estas iniciativas se venían desarrollando con anterioridad, los cambios de orientación política a nivel nacional en 2015, que desestimularon o invisibilizaron este tipo de producción, y los factores económicos y climáticos que venían afectándola limitaron la producción en la modalidad convencional. Este escenario despertó el interés por una modalidad alternativa de producción, como estrategia para afrontar las dificultades en las condiciones de vida y trabajo que supone el mercado de la producción y venta de hortalizas.

La integración a espacios colectivos de organización frente a la crítica situación posibilitó la visibilización de este sector productivo y sus demandas por medio de cortes de ruta en la zona, de reclamos en las oficinas de coordinación provincial para la producción de hortalizas y de la vinculación con actorxs universitarixs y funcionarixs de organismos públicos dedicadxs a la promoción de “buenas prácticas productivas” en el marco de la agricultura familiar[5]. Los talleres y las reuniones compartidos entre productorxs y técnicxs generaron la oportunidad de conversar y de probar en las quintas prácticas alternativas a las que se venían implementando. Entre talleres junto a técnicxs, movilizaciones de organizaciones y experimentación en las quintas de lxs productorxs, se fue compartiendo una modalidad de producir que ahora comprendía prácticas y verduras agroecológicas. En este proceso, entre los años 2016 y 2019, fueron convergiendo redes de trabajo que buscaron generar alternativas a la difícil situación de las familias productoras y colaboraron en la promoción de este modo de producción.

Una modalidad alternativa de producción entre agroquímicos y preparados

La modalidad habitual de producción, denominada por productorxs y técnicxs como “convencional”, es aquella que se realiza de manera intensiva en pequeñas parcelas de tierra e incorpora el uso de fertilizantes y productos químicos para el control de insectos y plagas. Esta práctica se caracteriza por una dependencia creciente de agroquímicos de alto costo, particularmente por sus precios dolarizados. Su uso implica una degradación de las propiedades naturales de la tierra y de su fertilidad, con la consecuente necesidad de ser suplantadas con la utilización de nuevos químicos para la continuidad de la producción.

Ante la crítica situación que atravesaban lxs productorxs, los intercambios con técnicxs posibilitaron el acercamiento a la producción agroecológica (Marasas, 2012; Sarandón y Flores, 2014) a partir de insumos naturales, que no requieren la inversión de importantes cantidades de dinero en químicos. Algunx de lxs productorxs cedía durante algunos meses algún surco a un técnicx para así mostrar en la práctica cómo este tipo de producción podría generar equivalentes resultados (hortalizas para comercializar), pero con un menor costo de producción. Estas experiencias eran compartidas entre productorxs y técnicxs en talleres y actividades de control y seguimiento en las quintas, donde se intercambiaban muestras de producción agroecológica.

Asimismo, en los talleres se realizaban en forma conjunta recetas de fertilizantes e insecticidas a partir de plantas o excremento de animales[6], al tiempo que se conversaba sobre las propiedades de cada uno de los elementos y su incidencia en la actividad biológica del suelo. En dichos intercambios, la elaboración de “preparados” para la fertilización de la tierra o la fumigación de las hortalizas, la práctica de su uso en algunas de las quintas, la toma de fotos para compartir sus resultados en talleres o con otrxs productorxs por medio de WhatsApp o en reuniones de la organización y los diagnósticos construidos entre técnicxs y productorxs sobre plagas que afectan a las hortalizas y los modos de combatirlas o tratarlas promovieron la circulación de recursos (semillas, plantines), saberes (recetas, estrategias, propiedades de las plantas y el suelo) y valoraciones (económicas, medioambientales) acerca de la implementación de prácticas agroecológicas en la producción hortícola. También permitieron compartir entre técnicxs y productorxs conocimientos sobre el trabajo agrícola.

En esta dirección, los talleres movilizaron saberes en torno a la actividad biológica del suelo, permitiendo revisar los insumos necesarios para contribuir a la fertilización de la tierra para la siembra y al crecimiento de la planta. Estas experiencias eran destacadas por lxs productorxs como un ejercicio distinto a aquel que caracterizaba los encuentros con los ingenieros de los comercios de agroquímicos (“las semilleras”), cuya forma de relacionarse con lxs productorxs consistía en la aplicación directa de agroquímicos en las hortalizas o en dar indicaciones sobre cómo aplicarlos cuando iban a comprarlos a los locales comerciales, sin conversaciones sobre las características del suelo o los componentes de la sustancia por aplicar en la tierra. Por el contrario, el experto que atendía indicaba qué, cuánto y cómo se debía aplicar en función del problema que lxs productorxs formulaban en el mostrador del comercio. Mientras que lxs técnicxs de organismos públicos, en vinculación con algunas de las organizaciones del cordón, buscaron promover soluciones dentro del abanico de políticas públicas tendientes a sostener o fortalecer la agricultura familiar y sus actorxs, y planificaron encuentros que comprendieran conversaciones y experimentaciones para compartir ideas acerca de lo que ocurría en las plantas, en los surcos y en las quintas y dialogar sobre técnicas, estrategias, insumos, modos de trabajar la tierra y comercializar la producción en vinculación con una modalidad de tipo agroecológica.

Este proceso conllevó redefiniciones en los modos de nombrar algunos de los elementos que componen su producción. Hubo un desplazamiento de los criterios para evaluar y resolver las afecciones del suelo y las hortalizas que llevó a revisar la consideración de los químicos como “remedios” para luego ser observados como “venenos”. Donde antes lxs productorxs evaluaban que la planta se enfermaba y necesitaba un remedio para curarla, ahora se diagnosticaba el estado de la tierra y de la planta en función de sus propiedades biológicas y se buscaba promover su cuidado, un cuidado de estas cualidades que atendiera a preservar los nutrientes que están en la tierra y en las hortalizas.

Los debates sobre las características del suelo que intervinieron en los encuentros y talleres, así como la experimentación junto a técnicxs, pusieron de relieve la cuestión del cuidado productivo de la tierra como una instancia a ser considerada junto a la protección de los alimentos que comercializar y la de la familia que trabaja en la quinta.

A partir de ello, la búsqueda de una modalidad de producción alternativa generó que los llamados “remedios” pasaran a ser los preparados confeccionados a partir de plantas, insumos o desechos naturales, vistos como productos que permiten “cuidar de las plantas para que no se enfermen”, pero también resguardar la salud de las familias productoras de las quintas, ya que algunxs de sus miembros sufren de afecciones respiratorias que causa el uso de químicos, y también la salud de lxs consumidorxs (productorxs hortícolas, Poblet y Olmos, UTT y MTE rural. Entrevistadxs en octubre y noviembre de 2018). Este cambio orientó una producción de hortalizas que no utilizara agroquímicos, o que los empleara de manera reducida, ya que la renovación de la tierra de los efectos de desmineralización producidos por su uso llevaría muchos años. En este sentido, los insumos químicos que se aplicaban bajo la lógica de la agricultura convencional y eran comprados en las semilleras (agroquímicas) comenzaron a ser denominados “venenos”.

Así se visualizaba que la intensificación de la producción que permitía mantener la oferta de hortalizas más allá de su carácter estacional requería de la utilización de insumos químicos que le quitaban nutrientes al suelo, lo que provocaba a futuro una merma en las cosechas. Como señala uno de lxs productorxs, esa constante aplicación generó una pérdida de fertilidad de la tierra, que solo podía sostenerse mediante una aplicación reiterada de agroquímicos:

El bromuro te dura un año, un año para plantaciones de tomate y morrón. Podés hacer dos plantaciones en ese tramo, en la temporada que se dice que son seis meses. Pero después, si de vuelta querés poner tomate, tenés que otra vez tomar. O sea, el suelo no te hace nada, directamente vive drogado el suelo, con pichicata, con pichicata, con pichicata, y donde lo hiciste faltar, tenés suelo muerto (productor hortícola, Abasto, MTE Rural. Entrevistado en abril de 2019).

Ello también trajo consigo la revisión acerca del esfuerzo y el tiempo invertido en el trabajo realizado, y por tanto de las tareas en las quintas. Lxs productorxs comenzaron a destinar algunos surcos para la producción agroecológica, mientras continuaban con la producción convencional en el resto de la quinta. Ambos modos de producir comenzaron a convivir en una misma superficie de tierra donde lxs productorxs mantenían estrategias diferenciadas y combinadas o superpuestas.

En suma, se trató de un modo de hacer frente a las dificultades que implicaba el trabajo en horticultura desde 2016, ya que la producción realizada a partir de insumos naturales reducía costos y ofrecía la posibilidad de ir gradualmente endeudándose menos o de desendeudarse de los gastos efectuados en las agroquímicas, eludiendo a estxs actorxs de la cadena de producción. Como ya se dijo, su implementación también implicó una valoración del cuidado de lxs trabajadorxs y de lxs consumidorxs de las hortalizas producidas.

Esta valoración posibilitaba considerar a más largo plazo esta modalidad alternativa de producción, dado que también permitió orientar la atención al cuidado realizado como un agregado de valor a la hora de comercializar alimentos. Lxs productorxs identificaron que implementar prácticas agroecológicas suponía un mayor trabajo, en especial en aquellas cuestiones relacionadas con el seguimiento de la planta y el control de plagas para preservar los cultivos: la producción convencional implicaba menos demanda de mano de obra porque el agroquímico se aplicaba solo una vez y luego se cosechaban las hortalizas, pero requería de una mayor inversión monetaria, mientras que “la agroecología es más esfuerzo [mayor cantidad de horas de trabajo y tareas], pero menos dinero [para invertir]” (productor hortícola, Abasto, MTE Rural. Entrevistado en noviembre de 2018).

Estas diferentes valoraciones asociadas a cuidados económicos y medioambientales se pusieron en circulación a partir de un cambio en las condiciones estructurales para el sector y habilitaron espacios de interlocución entre productorxs y técnicxs en torno de un modo de producción alternativa. Ello movilizó un reenfoque respecto del uso de agroquímicos y la modalidad convencional, favoreciendo el desplazamiento hacia un tipo de práctica que otorga visibilidad a elementos hasta ese momento inadvertidos o invisibles: las propiedades de los suelos y las plantas pasan de ser soportes a ser considerados el punto de partida en el proceso de producción. En este movimiento, mientras que se produjo una reducción o sustracción del uso de agroquímicos, los bioinsumos se añadieron a la producción de hortalizas. Al mismo tiempo, el trabajo hortícola a partir del uso de estos últimos promovió un rol más activo de lxs productorxs en detrimento de lxs técnicxs de las agroquímicas y sus productos. Lxs productorxs pasaron de ejecutorxs (encargadxs de aplicar químicos) a responsables del proceso de producción (administrar, improvisar, desarrollar habilidades para una cosecha productiva, diagnosticar las características de la tierra y hortalizas, elaborar y utilizar preparados para cada caso). Ahora bien, los movimientos de las prácticas de la horticultura en una dirección alternativa no se dieron solo en el nivel de la producción, sino también en el de la comercialización.

Una modalidad alternativa de comercialización entre intermediarixs, ferias y bolsones

La experiencia de una producción de hortalizas que incorpora una modalidad de trabajo alternativa generó también movimientos en el nivel de la comercialización. No se trató exclusivamente de un modo de trabajo con la tierra a partir de la reducción o sustracción de químicos y el uso de preparados en su lugar, sino que las valoraciones asociadas a la producción hortícola se combinó con la propuesta de eludir a algunxs de lxs actorxs en la cadena de comercialización (como sucede en la venta a culata de camión), disputando las valoraciones sobre el aspecto y el precio instaladas por la supermercadización de los años 90 a partir de la intensificación de la producción bajo la modalidad convencional (García, 2012). Esta última descansaba en un tamaño homogéneo y un color brillante de las hortalizas.

La producción alternativa cambió las valoraciones preexistentes con respecto a la apariencia de las hortalizas por su tamaño, color y sabor, y movilizó a nuevxs actorxs implicadxs en la venta de verduras, así como espacios y elementos no contemplados previamente. La verdura que se cosechaba a partir de la implementación de prácticas agroecológicas es “más chiquita y manchadita”, pero “tiene sabor y es más sana”, mientras que, en la producción convencional, “es más grande, presenta mejor color, brilla, pero no tiene gusto” (productorxs hortícolas, Olmos y Abasto, MTE rural. Entrevistadxs en diciembre de 2018, marzo y abril de 2019)[7]. Estas observaciones que lxs productorxs fueron construyendo junto a técnicxs y profesionales en talleres y reuniones abrieron una nueva consideración respecto del producto del trabajo realizado, ya que, si bien este implicaba un mayor esfuerzo, se consideraba que las hortalizas que se producían eran más sanas. Las valoraciones relacionadas con el sabor, la alimentación saludable y el cuidado del suelo se agregaron como aspectos a considerar por lxs productorxs para el precio de venta de las hortalizas producidas.

Dichas cualidades, que se incorporaron a la producción hortícola por la implementación de una modalidad alternativa, traen observaciones de lxs productorxs respecto de su capacidad de establecer el precio de las verduras al momento de comercializarla. Esto implicó una revisión del habitual canal de comercialización, lxs intermediarixs.

Ante el difícil contexto que atravesaban lxs productorxs, esta valoración de la producción de un alimento sano que se fue construyendo entre talleres y procesos de seguimiento de la producción y de las cualidades de la tierra en las quintas de lxs productorxs, junto a técnicxs y profesionales, comenzó a ser compartida y discutida también en las reuniones de las organizaciones al evaluar estrategias alternativas de comercialización que permitieran recuperar ingresos. Ya no se trataba solo de ingresos que respondieran monetariamente a lo invertido para volver a iniciar el proceso de producción, sino que ahora también se consideraba el esfuerzo físico y de tiempo que la aplicación de esta modalidad alternativa conllevaba, así como el tiempo invertido en los saberes específicos en torno a las propiedades del suelo y de las plantas, y la elaboración de preparados que posibilitaba la producción de verduras menos atractivas en cuanto al aspecto, aunque más sanas.

A diferencia de la modalidad de producción convencional, en la que el canal central de comercialización son lxs intermediarixs, la alternativa abría caminos distintos de los recorridos, también en la comercialización. En la convencional, el precio es estipulado por lxs intermediarixs, dueñxs de camiones que compran cajones de verduras en las quintas de la zona para luego revender en el mercado central o regional. Entre las razones, una de las productoras señalaba: “Viene alguien y te pone el precio, te dice ‘Bueno, te pago tanto’” (productora hortícola y referente territorial, Poblet, UTT. Entrevistada en marzo de 2019). Y, si no accedían, podían ir a otra quinta a comprar lo que querían con el precio que buscaban. Ante una eventual pérdida de dinero, o si la verdura se pudría y tenía que ser desechada, lxs productorxs se veían condicionadxs a aceptar los precios ofrecidos en la venta a culata de camión por lxs intermediarixs. A su vez, en los casos en los que en las quintas se comenzó a probar una producción con preparados y menos químicos, el aspecto de la hortaliza solía volverse otro elemento por el cual los camioneros evaluaban su compra en un precio menor del habitual. Ello planteó nuevas valoraciones respecto de la comercialización y movilizó a buscar una alternativa que, al mismo tiempo que redujera los costos de producción, también permitiera garantizar la venta de lo producido a un precio que pudiera ser decidido por lxs productorxs. En esa búsqueda comenzaron a diseñar canales de comercialización como las ferias de venta directa (de productorxs a consumidorxs) y los bolsones de verdura con la participación de otrxs actorxs como técnicxs y profesionales en la coordinación del transporte y el lugar para la distribución espacial de los puestos de las ferias.

Si bien las ferias de venta directa eran un canal de comercialización preexistente donde lxs productorxs llevaban las hortalizas para que lxs consumidorxs las compraran, no eran el destino prioritario de las hortalizas de lxs productorxs. En las nuevas condiciones, las ferias comenzaron a constituir una modalidad de comercialización alternativa, que se gestionaba entre productorxs, organizaciones y técnicxs, y se proponía como una estrategia de respuesta frente a los bajos precios de las verduras que se les imponía a lxs productorxs en la cadena habitual de venta.

Otro canal alternativo consiste en el armado de un bolsón que contiene un conjunto variado de hortalizas de estación. A diferencia de la modalidad habitual, en la que cada productorx o familia evaluaba qué tipo de hortalizas y cuánto producir de cada una de ellas en su quinta, el armado de bolsones por organización requirió la coordinación entre productorxs para la siembra y cosecha de distintas variedades de hortalizas de estación, de manera de poder conformar un bolsón variado con la participación del conjunto de productorxs que integran cada organización. Las valoraciones respecto de las cualidades del suelo y de las plantas que la modalidad alternativa de producción había movilizado entre lxs productorxs permitieron que se repartieran cuotas de variedades de hortalizas, relacionadas con las características de la tierra y las experiencias de lxs productorxs para la producción de determinadas hortalizas o la coordinación de su cantidad (cuando más de unx producía una misma variedad de verdura), evitando la competencia entre productorxs al vender la misma verdura. El armado de los bolsones de verduras, que en un inicio fueron llevados a las ferias de venta directa y luego se comenzaron a distribuir en domicilios particulares, ofreció una estrategia de comercialización que incorporó la organización colectiva de lxs productorxs para aportar lo cosechado y garantizar su venta.

La gestión de las ferias y los bolsones otorgó nuevas tareas a lxs productorxs, quienes, junto a técnicxs de las organizaciones, coordinaron tareas para economizar esfuerzos y garantizar la comercialización. Así describió una productora cómo se gestionó este proceso:

Se empezó como a conseguir ferias y […] hacíamos bolsones con las variedades que hacíamos. Después ya como que fue creciendo, ahora tienen mercaditos [las organizaciones]. Tienen todo un sistema que la verdura que vos plantás, ya está vendida directamente. Llegamos a ese nivel de organización que todos los que hacen agroecología saben qué tienen que plantar. Se planea en reuniones qué variedades planta cada uno o se dan cupos de producción. Por ejemplo, si a vos te gustan, por decir, los tomates, entonces, toda la temporada que vos hagas tomate, la comercializadora de la organización te saca todo. No se pierde nada, no se tira verdura como en la convencional. Y te paga un precio fijo, que nosotros decimos cuánto es. Entonces, ahí económicamente como que nos levantó un montón (productora hortícola, Poblet, UTT. Entrevistada en marzo de 2019).

El aspecto económico es uno de los elementos presentes en esta modalidad alternativa de producción y comercialización. El desplazamiento de lxs intermediarixs dio lugar a la visibilización de las ferias de venta directa y los bolsones como alternativa que provee de mejores condiciones a lxs productorxs para la comercialización. Se trata de una estrategia que posibilitó sostener la horticultura y hacer frente a la crítica situación vivida por lxs productorxs, en combinación con una menor pero persistente venta a culata de camión.

Estas iniciativas dieron espacio al surgimiento de un nuevo rol de lxs productorxs, que además deben participar en varios otros roles: el de referentxs técnicxs encargadxs del seguimiento de la producción en diferentes quintas de la organización, de recomendar el uso de preparados para el rendimiento de lo plantado, distribuir las cuotas de producción, armar bolsones y organizar las ferias. Todo esto incluye debates para consensuar el precio por el que las verduras serán comercializadas.

En este camino alternativo, lxs productorxs transitaron de un papel de soporte de la producción a un rol más activo también en el nivel de la comercialización. Desplazar al intermediario como eslabón central de la cadena de comercialización implicó esfuerzos de coordinación para alcanzar grados de convergencia. Fijar el precio, marcar cupos de siembra y colocar la totalidad de la verdura producida son acciones que caracterizaron un nuevo rol por parte de lxs productorxs respecto de la modalidad convencional.

Reflexiones finales

A partir de nuestro trabajo de campo, observamos que factores económicos y climáticos se articularon en un contexto de revisión de los modos de producción convencional y orientaron la producción de hortalizas en un camino alternativo. La afección de abundantes lluvias que inundaron las quintas y fuertes vientos que derribaron, volaron o rompieron postes y náilones de los invernaderos, sumada a los altos costos dolarizados de los materiales para la producción, entre ellos insumos químicos, son materialidades que cooperaron en el despliegue de un conjunto de acciones de productorxs y técnicxs que movilizaron la producción hacia la implementación de prácticas agroecológicas.

La búsqueda de alternativas que permitieran mantener la producción y los ingresos familiares de lxs productorxs, así como favorecer su crecimiento, movilizó un conjunto de valoraciones que llevó a repensar la producción hortícola como una actividad asociada a nuevos elementos y roles no contemplados anteriormente. Se visibilizó la actividad biológica del suelo y el impacto perjudicial del uso de químicos a los nutrientes de la tierra, así como a la salud de lxs productorxs. Al mismo tiempo, promovió renovados roles de lxs productorxs, quienes se involucraron en etapas y decisiones que antes no les competían, lo que generó una nueva forma de dar sentido al trabajo y los elementos que lo componen.

Nuestro acercamiento a esta experiencia de cambio permite plantear algunas reflexiones finales. En primer lugar, la introducción de una nueva modalidad de producción y comercialización es el resultado de la conjunción de varios factores, y no de una causalidad lineal o unívoca. Los precios de los insumos y los avatares climáticos fueron el caldo de cultivo para que pudieran cobrar protagonismo otrxs actorxs, lxs técnicxs y profesionales en la temática (INTA y extensionistas universitarixs) y lxs promotorxs de las organizaciones de la economía popular. Aunque presentes desde antes, se incorporaron al escenario de producción en una coyuntura específica que permitió experimentar las nuevas formas de organización productiva y mercantil. Cabe señalar, sin embargo, que esta nueva forma más colectiva de organización no cambió el régimen de tenencia de la tierra. Lxs productorxs siguen trabajando sus parcelas –sean propias o alquiladas– de manera individual o familiar.

En segundo lugar, no se trata de una transformación total de la modalidad convencional a la agroecológica. Lxs productorxs incorporan lo nuevo, pero no desplazan totalmente la forma de producción y los canales de comercialización preexistentes. La incorporación de lo nuevo es gradual, en una combinación de consideraciones económicas que minimicen el riesgo, junto a las nuevas valoraciones adquiridas, referidas a la vitalidad de la tierra y a la salud de productorxs y consumidorxs. El balance, creemos, es inestable, y habrá que seguir acompañando el proceso a lo largo del tiempo para constatar si, en el caso de la zona estudiada y sus productorxs, se trata de una respuesta a la coyuntura económica y climática vivida o si es el inicio de una transformación más profunda, que incorpora valores no mercantiles como la salud y la vida de la tierra.

En tercer lugar, el análisis realizado es un primer paso de un camino de investigación más amplio. Quedan muchas cuestiones abiertas, que formularemos aquí como preguntas. ¿Entre lxs productorxs, quiénes se incorporaron a la nueva modalidad y quiénes permanecieron en la agricultura convencional? ¿Hay dimensiones sociales reconocibles en esto? ¿Hay diferencias étnicas, de clase o nivel socioeconómico, de género, de edad, de composición familiar? En otro orden de preguntas, ¿cuáles son las desavenencias y los conflictos que la modalidad colectiva de decisión implica? Hemos hecho referencia a cambios importantes en la “sociabilidad productiva”: decisiones colectivas sobre quién produce qué, fijación de tareas y de precios, reparto de responsabilidades. ¿Cómo se establecen las jerarquías y los criterios de autoridad? ¿Qué relaciones de género, generación, y orientación política están presentes en esta nueva experiencia colectiva? ¿Cuál es el papel de las agencias estatales?

Finalmente, la agroecología como forma de producción (con sus connotaciones y valoraciones de la salud de la tierra y de la gente) y la venta directa o de cercanía son ideas promovidas en el mundo contemporáneo a nivel global. ¿Cuáles son las articulaciones entre las experiencias micro, individuales y grupales, en una zona específica cercana a la ciudad de La Plata, con este movimiento global? Cuando se habla de escalas de la acción social, sabemos que los entrelazamientos y solapamientos son permanentes. ¿Cómo mirarlos en espacios locales concretos?

En suma, este trabajo abre la puerta, a partir de la dinámica entre lo convencional y lo agroecológico, entre los remedios, los venenos y los preparados, entre la culata de camión y el bolsón y la feria, para explorar y seguir investigando cómo se producen los cambios sociales, donde, para usar la formulación de Raymond Williams, nos encontramos con “lo hegemónico, lo residual y lo emergente”.

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  1. A lo largo del capítulo, utilizamos la X en la flexión nominal de género con el propósito de evitar cualquier modalidad de lenguaje sexista y agilizar su lectura.
  2. La venta “a culata de camión” refiere a una modalidad de comercialización que lxs productorxs desarrollan en sus quintas con camioneros que realizan compras mayoristas de cajones de verduras para luego comercializarlos en el mercado regional o central. Estos, intermediarios de la cadena de comercialización, ingresan al circuito de la horticultura al ofrecer el transporte de verdura a mercados centralizadores.
  3. Entre fines de 2018 y principios de 2019, se realizaron cortes en los cruces entre la ruta 2 y la ruta 36, y en la rotonda de 197 y 44, intersecciones de calles que son de circulación central para camiones en el traslado de alimentos, entre otros productos, y que resultan accesos de comunicación con los mercados frutihortícolas de La Plata, Florencio Varela y Buenos Aires.
  4. El bolsón de verduras se arma a partir de un conjunto variado de hortalizas de estación. Este nombre surge de las bolsas de nailon donde se reúnen entre 5 y 7 kg de verduras para transportarlas y venderlas. Por su parte, las ferias de venta directa son espacios de comercialización que gestionan las propias organizaciones de productores, junto a la universidad local o las dependencias estatales. Su propósito consiste en desarrollar un canal directo entre productorxs y consumidorxs en el que lxs productorxs llevan sus hortalizas a los puestos donde lxs consumidorxs realizan sus compras de alimentos. Las ferias tienen un carácter itinerante, según los días de la semana, por distintos puntos de la ciudad.
  5. Esta denominación refiere a una línea de trabajo impulsada con el Programa Cambio Rural para la implementación de buenas prácticas agrícolas. Luego, la Res. 5/2018 (bit.ly/Res-5-18) estableció pautas para su certificación en la producción de verduras, la cual entró en vigencia a principios del año 2021.
  6. Dichos fertilizantes o insecticidas son productos elaborados por productorxs o técnicxs, cuyas recetas comprenden el uso de plantas, desechos de animales, elementos de bajo costo como agua, alcohol, vinagre, etc. Son denominados “bioinsumos” o “(bio)preparados”.
  7. Una mayor profundización del tema está en el capítulo “Hortalizas, cuerpos y trabajo. La agroecología como discusión de las relaciones sociales de producción”, de Sergio Caggiano.


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