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Introducción

Sergio Caggiano y Elizabeth Jelin

Los proyectos iniciales

¿Qué tiene que ver la fotografía de un incendio en la sierra cordobesa con la producción agroecológica en el cinturón de La Plata?, ¿un puesto de estepa patagónica yerma con un discurso de Evo Morales?, ¿la introducción de la extracción de litio en una salina de Jujuy con las imágenes en una página web de una empresa productora de verduras orgánicas en el área de La Plata? Son situaciones, experiencias, historias, imágenes y objetos muy diversos. Se habla de tierra, de prácticas productivas, de proyectos inmobiliarios y productivos, de disputas, de materialidades, de historia, de imágenes, de localidades situadas en el tiempo y en el espacio. Todas las situaciones que se presentan tienen espacio, y todas tienen tiempo. Largo y corto. Grande y pequeño, con vínculos entre lo microsocial y las grandes cuestiones que afectan al mundo entero.

Este libro nace de los hallazgos de dos proyectos de investigación vinculados, Luchas sociales por la apropiación y uso de espacios y recursos y Tierra, trabajo y relaciones sociales[1]. En ellos nos preguntamos cómo distintos actores, ubicados en espacios y conflictos diversos, se posicionan en ciertos escenarios espacio-temporales, cuáles son las estrategias de legitimación de sus demandas y qué uso hacen de las imágenes visuales, junto con los discursos verbales. El tema sustantivo se refiere a las prácticas y las confrontaciones alrededor de los usos y las apropiaciones de espacios, conflictos que tienen como objeto la propiedad de la tierra, así como el usufructo de materias y propiedades que algunos actores consideran “recursos” –tierra, agua, energía, aire–. Aborda también conflictos que no se desarrollan necesariamente a partir de un lenguaje común, por ejemplo el jurídico, para establecer derechos de propiedad o usufructo, sino que precisamente ponen en discusión los lenguajes y las categorías a partir de los cuales definir el vínculo con la tierra y el territorio, su uso, ocupación o recorrido. En estas disputas se enfrentan diferentes maneras de proponer el bienestar económico o el buen vivir, de proyectar la protección y el cuidado de la tierra o de la Tierra, la reproducción de la vida, etc.

En términos conceptuales, enfocamos la dimensión espacial (y su entrelazamiento con la temporalidad) en tales procesos de confrontación y lucha. Las espacialidades no únicamente como marco donde ocurren los fenómenos sociales, sino en cuanto construcciones sociales que inciden en los procesos, como elementos constitutivos de las luchas. Metodológicamente, nos preguntamos por el papel de las imágenes en estos procesos. Intentamos comprender la manera en que distintos agentes recurren a ellas, al lado de los discursos verbales y otros soportes materiales (objetos, edificios, marcaciones espaciales, etc.), en la conformación de sus posiciones para reclamar por derechos y recursos.

De los proyectos al libro

Siempre hay cambios y ajustes a lo largo del desarrollo de proyectos de investigación. La realidad se mueve. Pandemia, incendios, dificultades para el trabajo de campo, nuevas preguntas urgentes, etc. Todo eso se refleja en estos textos e imágenes y en esta introducción.

Con una excepción (el trabajo de Federico Rodrigo), cada capítulo del libro está centrado en una localidad, en un espacio donde se desenvuelve una dinámica social de confrontación alrededor de la apropiación de bienes y recursos, y refleja la diversidad de concepciones y visiones que tienen lxs participantes de dichas confrontaciones. El trabajo de Rodrigo, por su parte, sigue las intervenciones del gobierno de un Estado periférico (Bolivia) y su diálogo con organizaciones de base que, como las de los escenarios anteriores, tematizan el cuidado de la Tierra y de los saberes tradicionales como valores cruciales en juego en esas disputas.

El capítulo 1, “El puesto y la cigüeña…”, de Maldonado, Spivak L’Hoste y Mombello, indaga materialidades y temporalidades en fricción entre diferentes proyectos de territorio. A partir del análisis del conflicto, que se dirime en la arena jurídica, por los derechos sobre la tierra entre la comunidad mapuche Newen Kurruf y particulares que detentan el carácter de propietarios del mismo predio, se desagregan las especificidades de cada proyecto de territorio y sus interacciones en la zona de Catriel, provincia de Río Negro. Estos proyectos se expresan en el puesto (referencia territorial de la comunidad) y la cigüeña (unidad de bombeo de pozos de petróleo, instalación típica de la industria hidrocarburífera). A lo largo de las décadas, estos proyectos con temporalidades y ritmos diversos, pero siempre solapándose en roce o fricción, fueron modelando los espacios y dando forma, paralelamente, a los procesos, las vidas y los sentidos que se produjeron –y que se siguen produciendo– en torno a ellos. Derivados de esta experiencia empírica particular, los proyectos resultan especialmente relevantes. Tanto aquel que hace a las lógicas de uso y significación del espacio de la comunidad que ocupa de manera tradicional el puesto, como el proyecto de territorio que imagina y produce la infraestructura de la industria hidrocarburífera en la región. El enfrentamiento judicial entre la comunidad y los particulares exacerba las asimetrías de las agencias involucradas en esos proyectos territoriales.

El texto de Agustina Triquell, “Llamas, brasas y cenizas (y la tierra aún caliente)…”, se propone mirar cómo diferentes actores configuran imaginarios de futuro a través del uso de imágenes cartográficas, fotográficas y digitales, y cómo elaboran consignas para aparecer en el espacio público. También propone analizar qué prioridades, especulaciones, saberes y valoraciones se disputan en las imágenes que se producen, circulan y consumen en relación con dos acontecimientos –una catástrofe natural provocada intencionalmente (los incendios de agosto y septiembre de 2020) y el proyecto de realización de una autovía (variante ruta 5) aprobado recientemente por el gobierno provincial en el Valle de Paravachasca (Córdoba)– y los modos en que las organizaciones socioambientales gestionan una relación entre ambos a través de ellas. El objetivo es construir figuraciones –la imagen-llama, la imagen-brasa, la imagen-ceniza– que permitan ubicar las relaciones existentes entre imágenes de diferentes registros, procedencias y temporalidades a través del modo en que distintos actores las significan y entraman narrativamente en sus apariciones públicas. Figuraciones posibles del tiempo y de las disputas en torno a los acontecimientos que afectan al territorio. Sus usos y sentidos proponen diferentes modos de hacer: arden con lo real, como registro indicial del acontecimiento, arden en movimiento, puestas en circulación, convirtiéndose en llamamiento, pero también como proyección hacia un afuera, como un resplandor que se proyecta en múltiples relatos de la experiencia vivida hacia fuera del territorio.

El capítulo de Federico Rodrigo, “La coproducción transnacional de la Pachamama…”, trae al proyecto una mirada en otra escala, que intersecta lo local con lo global. El trabajo analiza la articulación discursiva entre “vivencias” originarias y problemáticas ligadas a la agenda ambiental global que realizó Evo Morales en sus participaciones en foros y cumbres de Naciones Unidas y “de los pueblos” entre 2006 y 2010. A partir del análisis de sus presentaciones, reconoce la emergencia de figuras como la Pachamama y la distinción entre modos indígenas y occidentales en la relación humano-naturaleza, en el marco de diversos conflictos vinculados al posicionamiento de Bolivia en las relaciones internacionales. En esos ámbitos, las alusiones a prácticas originarias forman parte de la impugnación de una lógica que combina y relaciona un modo de explotación capitalista, imperialista y colonial. En este sentido, definiciones como la de “vivir bien” y la metaforización materna del planeta son planteadas como una reestructuración civilizatoria que se reactualiza en clave global y nacional, además de comunitaria.

En el capítulo 4, “Puna N1 ≠ Puna N2…”, Gonzalo Zubía centra la atención en la puna jujeña y el litio. La explotación de litio iniciada allí en 2014 generó un conjunto de acciones colectivas por parte de las comunidades indígenas alrededor de las Salinas Grandes, que denunciaron tareas de prospección minera en sus territorios comunitarios y la falta de consulta previa e informada. El repertorio de acciones colectivas dio visibilidad a los cambios que la exploración y explotación de litio estaba generando en la zona. En este contexto, las investigaciones que se ocuparon de estudiar este caso parten de la hipótesis del aterrizaje de la minería en la zona, es decir, del impacto del emplazamiento de complejos fabriles sobre lo que asumen como unidad y homogeneidad territorial de la puna. A fin de ampliar este campo de indagación, el trabajo problematiza la hipótesis del aterrizaje minero y propone, en cambio, considerar microprocesos que los emprendimientos mineros están generando en la zona y su correlación con otros procesos como la migración. El trabajo ofrece, además, un análisis situado de las subregiones de la puna, distinguiendo la complejidad de cada una. Más que considerar dos proyectos territoriales en disputa –el minero y el local–, el trabajo propone observar las zonas de contactos y los campos de interlocución y, entre ellos, las evidencias situadas acerca de cómo transiciona el paisaje puneño.

Hay dos capítulos, por último, anclados en una misma espacialidad y en la incorporación de nuevas formas de producción, la agroecología en el cinturón hortícola del Gran La Plata. En esa zona, la agroecología se presenta como un conjunto de prácticas que tensionan, antagonizan y se mezclan con otras provenientes de la agricultura convencional y de la orgánica. El texto “Preparados, ferias y bolsones…”, de Candela Díaz y Darío Martínez, se interroga sobre los procesos de innovación en la producción agrícola. Partiendo de un análisis que pone en relación los movimientos de sustracción y añadidura de diferentes elementos y actorxs, se atiende a las valoraciones que lxs productorxs ponen en juego, junto a técnicxs y profesionales, para así dar cuenta de la configuración de una modalidad alternativa de producción y comercialización. El texto muestra que el pasaje a esta forma de producción es el resultado de múltiples factores que interactúan en el escenario, desde condiciones climáticas adversas y precios dolarizados de insumos hasta la intervención de técnicxs e instituciones promotoras de estas formas productivas que introducen otras valoraciones como la salud y el cuidado de la tierra.

El capítulo “Hortalizas, cuerpos y trabajo…”, de Sergio Caggiano, estudia los lenguajes de valoración que motoriza la agroecología e intenta comprender los retos sociales y productivos que plantea. En algunos contextos la defensa de la agroecología toma la forma del discurso sanitario y de cuidado de la salud y el ambiente. En otros sobresale la reivindicación de saberes ancestrales y del respeto por la Madre Tierra o la Pachamama. Estos valores conviven con cálculos de costos y estimaciones del tiempo de trabajo necesario para la producción, así como con consideraciones sobre el tipo de relaciones laborales y sociales en general. El capítulo concentra la atención en lxs productorxs hortícolas migrantes, las organizaciones sociales que lxs nuclean y algunxs profesionales del Estado que promueven y llevan adelante la agroecología, así como en sus diálogos con aliadxs y contrincantes, analizando prácticas, discursos verbales e imágenes visuales con distinto grado de exposición pública. En términos metodológicos, el análisis recursivo entre texto e imagen permite explorar las múltiples capas de sentido que conviven en el impulso a la agroecología. No se trata de la simple coexistencia de lenguajes de valoración alternativos, sino de articulaciones específicas que los jerarquizan en una intervención sociopolítica que problematiza, en última instancia, el sistema de producción y comercialización de alimentos en su conjunto.

Cruces y convergencias

Más allá de sus respectivas particularidades, el tratamiento de los casos en los diferentes capítulos se estructura a partir de preguntas formuladas dentro de dos horizontes problemáticos.

Espacios y movilidades

Partimos del espacio como una producción social, lo que quiere decir que es resultado de procesos materiales y de prácticas que producen y reproducen la vida social (Harvey, 1998), lo cual implica, a su vez, que la configuración del espacio involucra conflictos sociales de distinta naturaleza (Lefebvre, 2013). El espacio es relacional, construido y múltiple (Massey, 2005), lo cual abre preguntas acerca de cómo las pujas en torno a la tierra producen espacios. En cuanto que interacción, todo proceso conflictivo se da sobre un espacio definido previamente al cual, a su vez, afecta. Las disputas circunscriben espacios, producen demarcaciones o cuestionan demarcaciones anteriores, definen formas de apropiación y de propiedad del espacio. También las interrelaciones sociales determinan usos legítimos o ilegítimos de ciertos predios. El descubrimiento de un “recurso natural” (que supone la instalación de todo un aparato conceptual), por ejemplo, puede ocasionar que un polígono sea destinado a su explotación. También las interrelaciones sociales y políticas definirán los límites del uso de la tierra para producir, para residir, para recreo, para preservación de la naturaleza, etc. Por otra parte, al tiempo que el espacio es socialmente producido, es “parte integral de la producción de la sociedad” (Massey, 2005: 123). Es decir, como parte de los mencionados procesos de apropiación material y simbólica, es un componente de los procesos identitarios y de las diferenciaciones sociales.

Una primera característica del espacio, considerado producto de la dinámica relacional, es estar constituido por múltiples capas. Este rasgo, presente en todos los capítulos del libro, motoriza las preguntas en algunos de ellos. Maldonado, Mombello y Spivak L’Hoste, por ejemplo, muestran cómo, en la disputa por tierras de la que participan familias, dependencias estatales y empresas petroleras en el norte de Río Negro, las memorias y prácticas de ocupación originaria conviven con los permisos de ocupación y escrituras de propiedad. Por otro lado, a los recortes que en el territorio dibujara la trashumancia ganadera, se sobreimprimieron los cercos de alambrado, primero como parte de la modernización de esa actividad y luego como organización del espacio para la explotación hidrocarburífera. Zubía, a su vez, en su trabajo sobre la explotación del litio en Jujuy, aborda directamente el anudamiento de dos operaciones de organización oficial del espacio, la que asigna derechos por capas sobre un corte topográfico vertical y la que delimita polígonos en la superficie (lotes privados o públicos, territorios comunitarios indígenas, jurisdicciones municipales, provinciales, nacionales, etc.). Sobre el eje vertical, las capas de polígonos superpuestas pueden coincidir, pero pueden también discrepar. En los textos de Caggiano y de Díaz y Martínez, se entrevé, sobre el espacio en permanente cambio del cordón verde hortícola de La Plata, la dinámica de espacios transnacionales que lxs migrantes sostienen con la circulación de personas, mercancías, afectos, conocimiento e información. Estos espacios se producen y reproducen informalmente más allá y más acá de las fronteras interprovinciales e internacionales y se articulan con ellas.

Para cualquiera de los casos, sigue siendo válida la advertencia de Lefebvre (2013) acerca de la imposibilidad de contar con todos los mapas que pudieran dar cuenta de los múltiples sentidos de estos espacios sociales, de las diversas capas intercaladas y combinadas que los conforman. Resulta válida también la sugerencia de Brenner de recorrer estas capas procurando identificar procesos de escalamiento y reescalamiento que no agotan los lugares, los territorios y las redes (Brenner, 2017). ¿Cómo pensar en esta clave las intervenciones de un líder político indígena como Evo Morales –y del Estado boliviano bajo su conducción–, su defensa de la Madre Tierra y la naturaleza y su reivindicación de prácticas presentadas como parte de saberes tradicionales indígenas? El estudio de Rodrigo de estas intervenciones ante organismos internacionales y otros Estados invita a indagar también su eventual impacto en movimientos de base de su país, de bolivianxs en el extranjero, como puede rastrearse en los casos de Díaz y Martínez y Caggiano y, acaso, en reclamos y reivindicaciones de clase media con trazos “pachamamistas”. Los procesos de escalamiento y reescalamiento involucran a los actores protagónicos de cada capítulo y a diversos actores secundarios, desde las grandes empresas transnacionales mineras o hidrocarburíferas hasta las comunidades originarias y migrantes, pasando por dependencias estatales de distinto nivel, desde emprendimientos inmobiliarios y comercializadoras de productos alimenticios orgánicos hasta clases medias preocupadas por la salud y el buen vivir, unos y otras poniendo a circular de manera específica discursos globales sobre el cuidado del ambiente en sus lugares, territorios y redes.

Nuestro interés por los procesos de espacialización incluyó desde un inicio preguntas por las movilidades. Los desplazamientos de distinto tipo influyen en la configuración dinámica del espacio. La movilidad se da entre estructuras construidas a las que afecta y transforma. Más aún, como señala Ingold, la existencia humana “se despliega no en lugares sino a lo largo de caminos”. Cuando las sendas o los caminos que las trayectorias extienden se entrelazan, forman nudos; los lugares son estos nudos. “Los lugares, entonces, son delineados por el movimiento, no por los límites externos al movimiento” (Ingold, 2011: 148-149).

Esta primera distinción entre movilidad o desplazamientos y lugares o espacios recortados (predios, polígonos, lotes) permite enfocar aspectos cruciales de algunos de nuestros casos. El alambrado, protagonista de la historia argentina (Richard y Hernández, 2018), permite una ganadería e inhabilita otra, basada en la trashumancia, e inaugura una serie de intervenciones productivas sobre el espacio que llegan hasta las explotaciones petroleras, como muestran Maldonado, Mombello y Spivak L’Hoste. El cercamiento está en el centro de las disputas. Las tranqueras y los candados, con sus carteles o sus banderas, indican su relevancia. La constatación o el reclamo de propiedad privada, propiedad comunitaria o jurisdicción estatal parecen apelar a este mecanismo común. Las diferencias y desigualdades aparecen respecto de los valores en juego y de los logros que cada actor puede alcanzar.

Respecto de la movilidad y los desplazamientos, es posible identificar modalidades particulares que tienen en sí mismas implicaciones sociales y políticas. En el puesto estudiado por Maldonado, Mombello y Spivak L’Hoste, por ejemplo, “las permanencias se narran como circuitos […] porque recorrer es el modo local de estar” (p. 36 de este volumen). Este no es, entonces, cualquier desplazamiento. Los recorridos y circuitos actualizan la historia de la trashumancia. Al darse en el ambiente y con el ambiente, exploran tentativamente el espacio, tienden sendas cuyos entrelazamientos configuran lugares. Al lado de estos caminos en permanente construcción, las rutas que conectan lugares y los caños que transportan hidrocarburos siguen otra lógica de movimiento, la que busca unir dos puntos. Son parte de la “infraestructura de superficies duras e impenetrables” que tienden a “suprimir los vagabundeos” (Ingold, 2012: 29). También en el capítulo de Triquell despuntan dos modalidades de movilidad emparentadas con estas. En la figuración imagen-ceniza, la autora reúne rastreos en los que pobladorxs relevan restos que han quedado tras los incendios del monte. Como contracara, también sobre las ruinas que dejó el fuego, emprendedorxs inmobiliarixs y gobierno provincial planifican una autovía para unir rápidamente la capital y los paisajes del lugar.

El movimiento del tipo transporte que une dos puntos conlleva, además, costos que siguen las líneas de la desigualdad social. Si Richard Sennett (1997) comprendió que la planificación moderna de avenidas, autopistas y medios de transporte favoreció la indiferencia del viajerx hacia el entorno que atraviesa, Segura mostró que lo opuesto “ocurre con los residentes de la periferia, para quienes desplazarse y cubrir grandes distancias supone múltiples esfuerzos”, e implica aprender y sentir en el cuerpo la distancia física y social con aquellos lugares hasta los cuales se ha vuelto necesario movilizarse (Segura, 2015: 133). Ante la necesidad de comercializar los productos de una quinta en el cordón verde periurbano, como las estudiadas por Díaz y Martínez y por Caggiano, el acceso a las rutas pavimentadas o la mediación de quienes cuentan con una movilidad adecuada se vuelven cruciales. En el caso estudiado por Zubía en la puna jujeña, convergen varios aspectos de esta problemática: ¿cuál es la relación entre la trashumancia tradicional en las comunidades originarias de la zona y el movimiento para acceder a un centro de salud o una escuela, lo cual se ha convertido en necesidad?, ¿cómo se construye la expansión de este segundo tipo de movimiento?, ¿qué actores están en condiciones de facilitar su realización?

Involucrando movilidades tanto como recortes y circunscripciones en múltiples capas, los distintos casos permiten ver proyectos territoriales en tensión. Estos suponen concepciones económicas, políticas, societales y ambientales. A veces se trata de proyectos que entran en enfrentamiento directo, como el del puesto y el de la cigüeña del capítulo 1, el de la Asamblea Paravachasca y el del gobierno provincial del capítulo 2 o los de un sector de una comunidad andina y las empresas extractivas de litio del capítulo 4. Al mismo tiempo, como este último capítulo permite ver, en cada caso hay porciones de las comunidades o familias locales que elaboran otros proyectos en diálogo desigual con las empresas y dependencias estatales.

La capacidad de proyectar y la voluntad misma de hacerlo están desigualmente distribuidas. Ante los megaproyectos estatales o empresariales, muchas veces las comunidades, asambleas y organizaciones de base elaboran sus proyectos en clave defensiva. Apelando a las palabras de De Certeau (2000), con sus proyectos territoriales algunxs actorxs despliegan estrategias en las que definen en buena medida las reglas del juego, y otrxs actorxs desarrollan tácticas para moverse en un tablero sobre el que tienen menos control.

En todos los casos, la idea misma de proyecto, que se abre al futuro, subraya el hecho de que la configuración espacial es también temporal. En los fenómenos sociales, espacio y tiempo operan siempre como una díada compleja. Los entrelazamientos entre distintas escalas de la acción, entre lo personal y familiar, lo local y comunitario, lo provincial y nacional, y lo trasnacional o global, toman forma en múltiples temporalidades: largas, cortas y coyunturales; biográficas, familiares y sociales; de procesos y acontecimientos.

Procesos y lenguajes de valoración

El segundo horizonte problemático es el de los valores en juego y su jerarquización en las pujas en torno a la tierra y el territorio. Los procesos de apropiación de valor –cercamientos de nichos productivos, extracción de plusvalía o apropiación de la renta, entre otros– suponen claramente disputas. Sin desatender estos fenómenos, nuestro punto de partida es que la lucha sociocultural, política y económica comienza antes, en el proceso de atribución de valor, es decir, en la definición de los valores en juego. Como señala Graeber siguiendo a Turner, lo que finalmente está en juego “no es incluso la lucha por apropiarse del valor, es la lucha por establecer qué es el valor” (Graeber, 2001: 88).

Es en este sentido que prestamos particular atención a los lenguajes de valoración desplegados por lxs actorxs en los distintos casos estudiados. Los lenguajes de valoración diferentes suponen objetos y sujetos de valor distintos y criterios variados para su definición. Si, como ha escrito Wittgenstein, “los límites de nuestro lenguaje son los límites de nuestro mundo” (Wittgenstein, 1994: 143), no hay dudas de que nuestros valores tienen los límites de nuestros lenguajes de valoración. La identificación de estos diferentes lenguajes de valoración ha llevado a postular la idea de valores inconmensurables (Martínez-Alier, 2004; Leff, 2006; Gudynas, 2010), o sea que no pueden ser medidos por una vara común: ¿puede tasarse la naturaleza como condición para la reproducción de la vida?, ¿puede ponerse un precio a saberes y prácticas tradicionales? Al mismo tiempo, desde algunas perspectivas, se dedican no pocos esfuerzos a volver conmensurables muchos de estos valores de distinto orden (Kratena, 2002; Slootweg, Vanclay y Van Schooten, 2001), a veces remitiéndolos al sistema económico, aunque sea como sus “externalidades”, generalmente imaginando compensaciones financieras por su pérdida o daño. Los lenguajes de valoración no solo divergen, sino que pueden entrar en conflicto o tensión. Lograr imponer el lenguaje de valoración que prima en una disputa significa ganar una primera batalla clave.

Los lenguajes de valoración registran y modelan tres capacidades de los objetos y las relaciones que valorar. La primera es la capacidad de ser intercambiados por un equivalente. Incluye desde el intercambio de bienes en un trueque hasta el de fuerza de trabajo por salario en una relación laboral. ¿Cuál es el valor de los productos del trabajo hortícola en las quintas, por ejemplo, o el de la extracción de sal en un salar? Según la concepción hegemónica, el valor se asocia al precio que es capaz de recibir un bien según su demanda en el mercado (o, mejor, en un mercado). Pero también tiene vigencia la medición del valor según el trabajo o los insumos puestos en su elaboración. El establecimiento de equivalencias no se da, por lo demás, solo sobre productos transables. Ciertas relaciones no monetizadas pueden regirse por esta lógica, como lo recuerda el dicho popular “Favor con favor se paga”.

La segunda es la capacidad de acumular historia. Entran aquí desde elementos patrimoniales de un Estado o reliquias hasta recuerdos familiares. También paisajes naturales consagrados como tales. Estos valores suelen considerarse “impagables”. En estos casos los objetos no están a la venta, aunque pueden venderse o empeñarse en momentos de crisis. En cualquier caso, son protegidos ante la posibilidad de su pérdida o daño. El valor de prácticas y saberes tradicionales o ancestrales se reconoce en esta clave. El cuidado y la protección se extienden así a modos de hacer y a los resultados de esa actividad.

La tercera es la capacidad de subsistencia y reproducción, que refiere a la aptitud o el potencial de garantizar futuro: del planeta, de las generaciones venideras y la vida humana, de la familia (patrimonio, alianza, descendencia), de la comunidad, etc. Se valora la potencialidad con base en lo que se considera evidencia pasada de tal capacidad. Esta atribución de valor se activa cuando dicha capacidad de subsistencia y reproducción se pone en entredicho o está bajo amenaza. El cuidado del ambiente, de la naturaleza y del planeta en su conjunto suele darse en estos términos. También el control de los alimentos y su producción. El valor puede tomar la forma concreta de una compensación o de una limitación de la potencia destructiva o predatoria humana. Se paga por el daño o se impide la acción.

Como apunta Graeber (2001), el proceso de atribución (y el de apropiación) de valor se desarrolla en relación con audiencias colectivas concretas. La pregunta de Pries (1997) acerca de dónde (o en comparación con quiénes) miden sus éxitos lxs migrantes internacionales es ilustrativa. ¿Es en relación con la audiencia del lugar de origen o con la del lugar de destino (o con otras)? ¿Qué es lo que puede adquirir valor en el cálculo de ese éxito? Al no advertir respecto de qué audiencia colectiva lxs migrantes toman sus decisiones laborales, residenciales o educativas, y al evaluar desde la audiencia propia tales decisiones, lxs no migrantes pueden perder de vista los valores en juego y atribuir a lxs migrantes, por ejemplo, cierta tendencia a la “autoexplotación”. Pasando a otro de nuestros casos, ¿cómo es posible que sectores de una comunidad originaria brinden consenso a una empresa nacional o transnacional de explotación de recursos naturales a partir de concesiones de la empresa irrisorias en relación con sus presupuestos de funcionamiento y con el daño ambiental eventual que pueden causar? La existencia de audiencias específicas con respecto a las que los valores se definen puede señalar el camino para una respuesta.

Como en casi cualquier situación concreta, en los distintos casos estudiados coexisten diferentes concepciones de valor sostenidas por distintas audiencias. En ocasiones dichas concepciones simplemente divergen, pero generalmente se superponen, a veces englobándose unas a otras formando jerarquías, a veces articulándose y a veces colisionando. Lxs migrantes, volviendo a Pries, “se posicionan a sí mismos simultáneamente en el sistema de desigualdad social de su comunidad de origen y en la estructura social de su comunidad de llegada” (Pries, 1997: 37, énfasis en el original), sus acciones se ordenan de acuerdo con diferentes valores consagrados por al menos estas dos grandes audiencias. En el caso de una comunidad originaria ante un megaemprendimiento extractivo, conviven múltiples audiencias locales y globales imbricadas. La comunidad local recrea valores tradicionales integrando desde hace décadas pautas laborales y de consumo capitalistas, con sus aspiraciones y sus necesidades. Los valores globales y transnacionales, por lo demás, no llegan solo de la mano de las grandes empresas, la incorporación de recursos naturales en el mercado mundial y la apertura de horizontes de “desarrollo”. También llegan a través del activismo ecológico y sus proyectos estéticos y políticos de cuidado de la naturaleza y revitalización de las tradiciones. La forma que tome la coexistencia de valores para una misma audiencia o el diálogo –más o menos conflictivo– entre audiencias con distintos valores no puede predecirse. Lo único seguro es que siempre habrá tensiones y fricciones.

El lugar de las imágenes

Como señalamos antes, las imágenes visuales tuvieron un papel clave en el desarrollo de los proyectos. Interesadxs en continuar exploraciones anteriores de varixs miembros del equipo sobre los usos posibles de las fotografías y las imágenes en la investigación social, proyectamos sobre ellas inquietudes sustantivas y metodológicas.

Utilizamos imágenes procedentes de distintas fuentes y procedimientos específicos:

  1. fotografías tomadas por lxs investigadores, por sugerencia o indicación de las personas en el campo, o por oficio, intuición o simple curiosidad,
  2. fotografías y otras imágenes compartidas por las personas con las que hicimos los respectivos trabajos de campo, a veces en formato papel y otras puestas a circular virtualmente en dispositivos electrónicos, que formaban parte de los relatos o se convertían en la ocasión para desplegarlos, y
  3. fotografías e imágenes utilizadas por lxs actorxs protagónicxs de las disputas en espacios públicos (en sus sitios web o redes sociales, en manifestaciones públicas, piezas publicitarias o propagandísticas).

Estas imágenes fueron usadas de diferentes maneras, y también de diferentes maneras son exhibidas a lo largo del libro. Algunas nos orientaron en nuestro trabajo de campo. El tiempo detenido de la fotografía ayudó a mirar y percibir aspectos inadvertidos de los fenómenos en estudio. Se reproducen en el libro apenas como ilustrativas de un escenario, de un entorno o de una actividad, aunque en su momento permitieron reparar en elementos que escapan al flujo de la palabra hablada e incluso a la observación in situ. En algunos capítulos las imágenes compartidas o puestas a circular en redes sociales y espacios públicos por lxs actorxs sociales han sido analizadas en relación con estas preguntas clave del proyecto: ¿cuál es el lugar de las imágenes visuales en las disputas por la tierra?, ¿cómo distintos agentes recurren a ellas en la conformación de sus posiciones en dichas disputas?, ¿cuál es el papel de estas imágenes y cuáles sus relaciones con otras materialidades, especialmente los discursos verbales?

A propósito de ello, sin pretender ingenuamente que las imágenes funcionen en soledad o de manera autónoma, partimos sí de que presentan trazos irreductibles al lenguaje verbal. “[L]o esencial consiste en que el signo verbal y la representación visual nunca se dan a la vez” (Foucault, 1999: 48). Por eso mismo, el análisis busca captar la dialéctica entre imagen y texto (Burucúa y Malosetti Costa, 2012). Sus lógicas particulares de producir sentidos sociales se entrelazan. El análisis, entonces, busca que sus especificidades se iluminen recíprocamente. En ocasiones se ponen por escrito hallazgos conceptuales o sustantivos resultantes de la interpretación de elementos visuales (capítulo 6), y en otras se explora la posibilidad de que, al lado de las palabras, la elaboración de figuraciones visuales pueda expresar parte del argumento al recuperar el funcionamiento contextual y asociativo de las imágenes (capítulo 2).

La pregunta que nos planteamos acerca del lugar de las imágenes visuales en las disputas por la tierra y el territorio asume que estas participan en las dinámicas de la hegemonía. La producción, circulación y consumo de imágenes interviene en la estabilización de un sentido común visual y en sus desafíos (Caggiano, 2012). Visualizaciones y ocultamientos, inclusiones y exclusiones, jerarquías y sesgos participan de la producción y reproducción de relaciones de poder y formas de desigualdad, así como de formas de resistencia. Los aspectos netamente formales también están ideológicamente informados y entrenan en modos de mirar y de mostrar. Más arriba esbozamos una pregunta: ¿hay trazos formales comunes entre las fotos de predios alambrados con carteles que señalan la propiedad privada o el derecho de explotación de una empresa en determinada zona (explotación petrolera, emprendimiento inmobiliario, etc.) y las de tranqueras con carteles de tierras recuperadas por comunidades originarias? Otras imágenes utilizadas por empresas, Estados y organizaciones sociales que comparten claros rasgos formales son las tomas cenitales de una porción de terreno ejecutadas con la ayuda de un dron. Sobre el cuadro de la fotografía, la mirada cartográfica y celestial recorta manzanas con casas de un barrio proyectado, invernaderos y campos de las quintas de producción hortícola, piletones de agua cristalina de una empresa litífera. ¿Qué puede significar este modo compartido de mirar y mostrar? En este caso, como en los demás, las fotografías nos recuerdan una característica desafiante del estudio de la hegemonía: la zona común de los discursos y las imágenes en disputa, el espacio de inteligibilidad que el conflicto mismo precisa para desarrollarse. Con base en esta zona común y sobre ella, los actores procuran extender e imponer sus lenguajes de valoración.

Bibliografía

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  1. Se trató, respectivamente, de un Proyecto de Investigación Científica y Tecnológica (PICT) seleccionado por la Agencia Nacional de Promoción Científica y Tecnológica (ANPCyT) para recibir apoyo a través del Fondo para la Investigación Científica y Tecnológica (FONCyT), y de un Proyecto de Investigación Orientado (PIO), seleccionado y aprobado para recibir financiamiento por la Universidad Nacional de La Plata (UNLP) y el Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas (CONICET).


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