Yasmina Suboh Jarabo
Abstract: Religious analysis about the treatises 6, 7 and 8 of Hernando of Camargo in Tribunal de la conciencia. The objective is to indicate how the author taught the way of perfection with de Sacrament of Communion. Both were connect, because each one they were necessary to prepare the soul if the believer wanted the union with God. This work analyses how Camargo connected this ritual with the spiritual exercises and experiences of each stage of the way of perfection. This book indicate how the spiritual authors used this Sacrament to teach the perfection life to believers.
Keywords: Hernando of Camargo, way of perfection, Sacrament of Communion, spiritual literature, devotion books
1. Introducción
Este artículo es un estudio de carácter literario–religioso centrado en los tratados 6, 7 y 8 que el fraile agustino, Hernando de Camargo, escribió sobre el Santísimo Sacramento, en la obra Tribunal de la conciencia con la disposición última para la Comunión, publicado en Madrid en 1628. Dichos tratados exponen cómo emprender el camino de perfección, por medio del Sacramento Eucarístico, describiendo cada ejercicio espiritual, actitud y vivencia del fiel, en los momentos previos y posteriores a comulgar, enseñanzas que coinciden con las explicaciones que los autores espirituales hicieron para transmitir el camino de perfección. El objetivo de este trabajo es analizar la conexión que Fray Hernando hizo del camino de perfección y el Sacramento de la Comunión, pues ambos ámbitos de la vida religiosa estaban bastante ligados, ya que tenían una misión común, preparar y purificar el alma del fiel para llegar a la unión con Dios. Debido a ello, se estudiará el mensaje y relevancia de la literatura espiritual en el siglo XVII español, la vida del autor y cada enseñanza que Camargo expuso en sus tratados, relacionándolas con los diferentes grados del camino de perfección, purificativo, iluminativo y unitivo, ligando los comentarios del fraile con las descripciones que generalmente se exponen en estas etapas. Por otro lado se analizará la importancia que tuvo la imagen de Cristo en los tratados de Camargo, vinculándolo con los comentarios que se hacían de Jesucristo en el camino de perfección. Por último se expondrán los maestros espirituales que influyeron en las enseñanzas de Camargo, concretamente en los momentos más místicos del Sacramento de la Eucaristía. Estos espirituales fueron Santa Teresa de Jesús, San Juan de la Cruz y especialmente Fray Luis de León, sobre todo cuando Fray Hernando comentó la unión del alma del fiel con Dios.
Tomando como referencia el libro de Camargo, la intención de este trabajo es continuar investigando las obras de devoción, dedicadas al Sacramento de la Comunión. El objetivo es analizar cómo los autores espirituales conectaron este ceremonial con el camino de perfección, con el fin de inculcar a los fieles cómo podían emprender la vida de perfección y espiritual por medio de este cercano sacramento.
2. La literatura espiritual y las obras de devoción
Para comprender la obra de Camargo y su mensaje es necesario exponer brevemente el ámbito cultural al que perteneció, la literatura espiritual. Esta literatura fue uno de los ámbitos culturales más destacados de la España del Siglo de Oro, cuyo objetivo era exponer un tipo de espiritualidad intimista de unión directa con Dios y un estilo de vida espiritual, en el que el fiel, si cumplía sus deberes de buen cristiano, no sólo conseguiría la salvación, sino la santificación, uniendo su alma con la divinidad. Si el fiel quería conseguir este fin, tenía que purificar y prepara su alma por medio de la oración mental, la meditación, las penitencias, las virtudes, reconocer sus pecados, pedir perdón por ellos y comprometerse a no volver a caer en las tentaciones. También debía tener presente la imagen de Cristo y su Pasión. Todo esto se realizaba dentro del llamado camino de perfección, en donde se purificaba y preparaba el alma para dicha unión (Suboh Jarabo 2016, 483–484).
Este camino estaba formado por tres grados. El primero era el purificativo, que correspondía a la parte más ascética. En él se llevaban a cabo los ejercicios de purificación y preparación del alma, lo que suponía grandes esfuerzos y sacrificios para la persona. El creyente tenía que despojarse de sus pecados, vicios y acabar con las tentaciones, así como embellecer su alma con las virtudes (Serés 2003, 13–14). A esta parte del camino estaban llamados todos los fieles sin excepción. El siguiente grado era el iluminativo, el más complicado y donde se producían, como mencionaban los espirituales, experiencias extraordinarias. La persona, aunque se encontraba purificada, debía seguir luchando, pues todavía no estaba preparada para la unión con Dios. Tenía que ejercitarse en las virtudes, la oración mental, la meditación, especialmente en la Pasión de Cristo, y recogerse del mundo exterior. También debía desarrollar una purificación pasiva, eliminando los posibles actos involuntarios o inconscientes que su alma podía cometer. Este grado era complejo, con momentos de desasosiego y sufrimiento, ya que la persona sentía que nunca llegaría a la unión. Por ello, Dios compensaba estas dificultades dando al fiel toques divino, como éxtasis, arrobos o locuciones, con la intención de dar esperanza al creyente para que siguiera luchando y no desfalleciera (Cilveti 1974, 19–26). Por último se encontraba el grado unitivo, donde el alma del fiel finalmente era santificada y unida a Dios, recibiendo su gracia, sabiduría y amor. Aquí se producía la transformación del alma con la divinidad, convirtiéndose en una sola cosa con él, pero de manera espiritual no sustancial (Andrés 1994, 8–12). En este grado el fiel ya no tenía que hacer ningún tipo de esfuerzo o sacrificio, pues se encontraba en un estado de paz, sosiego y descanso, en el que no hacía más que recibir el amor de Dios. Esto no significaba que el creyente se mantuviera inactivo, apartado de sus obligaciones y deberes, aspectos más propios de corrientes heterodoxas, sino que debía de seguir atendiendo al prójimo y transmitir las enseñanzas divinas.
Los dos últimos grados del camino de perfección tenían un carácter místico. Lo que sucedía en ellos era extraordinario, pues intervenía la divinidad. No dependía de la persona el entrar en estas etapas, sino de Dios. Según los espirituales, la divinidad era quien introducía a los fieles en estos grados, haciéndolo con quién quería y cuándo quería. Como explicó Santa Teresa “Verdad es que no en todas las moradas podéis entrar por vuestras fuerzas, aunque parezca que las tenéis grandes, si no os mete el mismo Señor del castillo” (Teresa de Jesús 2015, 270). Aunque sólo unos pocos llegaban a estos grados en vida, no quería decir que los fieles que no habían sido introducidos no conseguirían llegar a la unión con Dios. Comentaban los espirituales que, a pesar de que la divinidad no se hiciera presente, Dios estaba con ellos y también llegarían a dicha unión, siendo doblemente recompensados por sus esfuerzos, pero se produciría en el más allá. Por lo tanto, Dios en ningún momento les abandonaba.
Los autores espirituales dirigieron este mensaje a toda la sociedad, ya fuera clérigos o laicos, pues la teología mística tenía un carácter universal. Todas las personas estaban llamadas a la santidad y si purificaban sus almas conseguirían llegar a Dios. Señaló Rafael Pérez García que los autores espirituales, no hacían distinciones a la hora de trasmitir sus enseñanzas. Como ellos mismos indicaban, todas las personas eran hijos de Dios y Él no hacía diferencias por edad, sexo, estado o condición, sólo se fijaba en los actos y en la fe (Pérez García 2006, 73–76).
Hay que señalar también que la literatura espiritual estuvo influenciada por los acontecimientos de la Edad Moderna, con la expansión de las corrientes heterodoxas y las labores de la Iglesia para luchar contra estos movimientos. Tras el Concilio de Trento se produjo un reforzamiento de la Fe católica, frente a las teorías heréticas, acentuando el valor de sus ceremoniales y símbolos, dentro de la sociedad y las costumbres. El objetivo era poner fin a las teorías protestantes, opuestas a las devociones católicas, entre ellas el Sacramento de la Comunión, cuestiones que dejaron patentes los dictámenes del Concilio (López de Ayala 1798, 134–137).
Los autores espirituales no fueron ajenos a estos hechos y también lo reflejaron en sus obras. Por un lado, actuaron como arma ofensiva contra los planteamientos heterodoxos (Cilveti 1974, 147), acentuando la importancia de los elementos católicos para la vida espiritual y rebatiendo las teorías heterodoxas. Por otro, tuvieron una función pedagógica y evangelizadora, inculcando el camino de perfección, así como la correcta vida católica. Este aspecto ha sido estudiado por el historiador Carlos Álvarez Santaló, en Dechado Barroco del imaginario moderno y Así en la letra como en el cielo.
En cuanto a su estructura, la literatura espiritual era un campo cultural amplio. En él tenía cabida diferentes géneros, siendo el más conocido e investigado los tratados espirituales u obras místicas. Pero hay otros que, aunque se les han calificado de libros menores, siendo menos estudiados que los anteriores, por carecer de mayor carga doctrinal, tuvieron una considerable repercusión en la sociedad española del siglo XVII, como fueron las obras de devoción. A diferencia de los tratados espirituales, cuyos contenidos eran más teológicos, las obras de devoción, en cierto modo, tuvieron una considerable presencia en la sociedad de la época, siendo comunes las posesiones y lecturas individuales o colectivas de estas obras (Chartier 1993, 93; Santaló 2010, 65–68). Como menciona Peña Díaz “La omnipresencia del libro religioso alcanzó ámbitos más amplios […] tuvieron una difusión mucho más dilatada que la simple posesión, impregnando todas y cada una de las facetas de la vida cotidiana” (Peña Díaz 1997, 393). El ya citado Santaló ha indicado el valor de estas obras y cómo fueron utilizadas por la Iglesia, para influir e inculcar en la mentalidad social, sobre todo en los seglares, un comportamiento moral, religioso y espiritual, acorde con las circunstancias del momento. Es decir, tenían una intención pedagógica y evangelizadora.
Se propuso a los fieles […] que la posesión y lectura de libros religiosos formaba parte de alguna técnica de perfección. El hincapié de las élites eclesiásticas en la eficacia espiritual de su posesión y uso le dotó de una funcionalidad excepcional (Santaló 2012, 13).
Según Palomo (2011: 132–141) estos libros fueron instrumentos muy útiles para el mundo eclesiástico y laico. Indica que los misioneros y predicadores se ayudaron de ellos, para enseñar a los fieles las oraciones y ejercicios espirituales. Dentro del ámbito seglar, según el investigador, sirvieron de alimento espiritual o recreación pía y religiosa. Tal y como menciona Palomo, estas obras lo que hacían era edificar, dar un aprendizaje e instruir en las prácticas religiosas a los fieles, quienes tenían que interiorizar todo este mensaje. Por lo tanto, fueron guías de devociones cotidianas, con el fin de introducir a los fieles, de manera sencilla, en la oración mental.
En definitiva, las obras de devoción fueron fundamentales para iniciar a los fieles en el camino de perfección, sobre todo a los laicos. Aunque hay que tener en cuenta que serían las capas sociales con una mayor formación educativa las que pudieron tener acceso a su lectura, ya que el índice de analfabetismo en la Edad Moderna era elevado. En el caso de la sociedad con escasa formación, dicho mensaje era transmitido por medio de los predicadores, pues la intención de la Iglesia era que al menos les llegara a través de los sermones. Un claro ejemplo es el propio Camargo, que era predicador en el Madrid del siglo XVII.
El mensaje de estas obras, ya fuera por medio de su lectura o por las predicaciones, su fin era explicar la vida de perfección y los medios para desarrollarla, por medio de la oración mental, la meditación, las penitencias, las virtudes, así como el Sacramento de la Comunión y la imagen de Cristo, que fueron utilizados como herramientas principales para transmitir a los fieles estas enseñanzas. Se añadió también la cercanía de estos escritos, debido a que los autores espirituales emplearon temas y aspectos que formaban parte de la vida cotidiana de las personas, haciendo uso de un lenguaje sencillo y fácil de comprender (Suboh Jarabo 2017, 881). Debido a ello, su mensaje llegaba sin dificultad, en comparación con los tratados espirituales, destinados a un público especialmente eclesiástico y de mayor formación teológica.
Referente al Sacramento de la Comunión, que es el tema que trata la obra, es la esencia básica de la religión católica y parte fundamental de la vida religiosa. Este Sacramento es el más especial, pues en él se hacía presente la misión de Cristo en la Tierra, con su muerte y resurrección, por el perdón de los pecados de la Humanidad, ganando la vida eterna, para todas las personas, en el más allá (Plaza Simón 2014, 269–282). De ahí que los autores espirituales comentaran que en este Sacramento no se bebía del río que procedía de la gracia, sino de la propia fuente de la gracia que era Cristo. No obstante, los fieles no siempre le dieron este principal protagonismo a la Comunión. Aunque desde el siglo IV se fue formando el canon eucarístico, generalizando su práctica (Gómez Navarro 2006, 503), en la Edad Media decayó, convirtiéndose en un acto infrecuente por parte de los creyentes, a pesar de las recomendaciones de los espirituales. En el siglo XI se consolidó la costumbre de comulgar tres veces al año y en 1215, con el IV Concilio de Letrán, se intentó dar un impulso a este Sacramento estipulando, por lo menos, que se comulgara por Pascua. Gracias a los nuevos planteamientos de la Devotio Moderna, que reconocían la Humanidad de Cristo, y las enseñanzas de maestros espirituales, como Ignacio de Loyola o Juan de Ávila, se produjo en los siglos XV y XVI un incremento de la práctica de la comunión frecuente (Bel Bravo 2003, 592–593). El momento decisivo fue a mediados del siglo XVI, con el Concilio de Trento, donde se afirmó y defendió el Sacramento de la Eucaristía frente a los planteamientos heterodoxos. Los católicos reconocían la transformación del pan y el vino en el cuerpo y sangre de Jesucristo, la permanencia real de Cristo después de la consagración de las hostias, así como que la misa, instituida por Jesús, aplicaba la virtud del sacrificio de la cruz a la remisión de los pecados. En cambio, para los protestantes era todo lo contrario, pues sólo admitían la consubstanciación de la Eucaristía, es decir, una existencia simultánea entre el pan y el vino con el cuerpo y sangre de Cristo. Además, consideraban la misa como un mero ceremonial conmemorativo, y no admitían la adoración de Cristo en la Eucaristía e incluso que se le honrara en festejos, ni fuera llevada a los enfermos.
Trento reafirmó los planteamientos católicos de la Eucarística, en oposición a los protestantes, en tres sesiones. La primera fue la sesión XIII, del 11 de octubre de 1551, enfocada en la transubstanciación, la segunda la sesión XXI, del 16 de junio de 1562, donde se trató el uso de la comunión, y por último la sesión XXII, del 17 de septiembre de 1562, centrada en la misa como verdadero sacrificio (Gómez Navarro 2006, 504, 511–513). A partir de entonces, el Sacramento Eucarístico se convirtió en un elemento principal de la doctrina postridentina. Todo ello generó la creación de imágenes, libros y se incrementaron los ceremoniales dedicados a él, como el Corpus Christi. El objetivo era fomentar la comunión en la sociedad y reaccionar frente a los planteamientos heréticos. El investigador Daniel Rojo, en relación a esto, expone: “Trento […] hace de la Eucaristía y de su culto la visualización de la Iglesia Triunfante y Militante contra la falsedad y la herejía de las iglesias reformadas” (Rojo 2017, 862).
Trento además avaló la comunión frecuente “ […] con tal devoción de ánimo, y con tal piedad y reverencia, que puedan recibir con frecuencia aquel pan sobresubstancial, de manera que sea verdaderamente vida de su alma […]” (López Ayala 1798, 133–134), y fue defendida por bastantes espirituales de los siglos XVI y XVII. Algunos eran Francisco de Osuna, Bernardino de Laredo, Francisco de Vitoria, Cristóbal de Madrid o más recientes, Antonio Velázquez Pinto con su libro, Tesoro de los cristianos que para cada día les dejó Cristo en el verdadero maná sacramentado, publicado en Madrid en 1663, o Juan de Palafox en Año Espiritual, dividido en meses y semanas, Bruselas 1662. Esto generó una destacada producción de obras de devoción dedicadas al Sacramento Eucarístico, sobre su frecuencia a la hora de comulgar y los preparativos del fiel, antes de recibir el cuerpo y la sangre de Cristo.
Sin embargo, los sectores más extremistas de la Iglesia, a pesar de lo dictaminado en Trento, se opusieron a la comunión frecuente. Consideraban que estaban frivolizando el Sacramento y que los fieles no acudían debidamente preparados. El motivo fue el abuso que hizo de la comunión la corriente heterodoxa de los alumbrados, aunque en realidad ellos practicaban más una comunión cotidiana, que no frecuente. Comulgaban varias veces al día e incluso tomaban más sagradas formas en el mismo acto, pues decían que de este modo tendrían más gracia de Dios, perfección y estaban más unidos a la divinidad (Llorca 1980, 178–179; Pacho 2008, 83). La Inquisición denunció estos actos, como refleja el Edicto del Inquisidor General, Andrés Pacheco, del 9 de mayo de 1623: “29. I que quando comulgan, dizen que an menester mucha fe, porque con pocas formas, reciben poco a Dios. […]. 31. I que la gente que comulga con más formas, es más perfecta” (Pacheco 1623, s. fol.). Esta situación llevó al Santo Oficio a controlar, no sólo a los alumbrados, también las obras dedicadas a este Sacramento, las que trataban cuestiones devocionales, así como las que hacían referencia a la piedad popular. Aunque en sí estos libros no eran ofensivos a la Fe católica, la Inquisición temía que fueran mal interpretados o generaran confusión, a causa de explicaciones enrevesadas, imprecisas, malsonantes u ofensivas, provocando que las personas cayeran en ámbitos poco ortodoxos (Vega Ramos 2014, 138–142). Por todo ello, el Santo Oficio mandó expurgar muchas de estas obras, entre ellas la de Camargo, que fue mandada recoger por la Inquisición en 1646.
3. La obra Tribunal de la conciencia
Respecto al autor de la obra, Tribunal de la conciencia¸ fue escrita por el fraile agustino Hernando de Camargo. Nacido en Madrid en 1572, ingresó en la orden agustina, en el Convento de San Felipe el Real de Madrid, donde profesó el 26 de julio de 1588, permaneciendo hasta su muerte el 27 de marzo de 1652 (Méndez 1770, 153). Camargo fue Maestro en Sagrada Teología, destacado predicador de la Villa de Madrid, traductor y un prolífico escritor (Álvarez y Baena 1973, 388–389). Escribió 39 libros de diversos géneros: poesía, oratoria, historia, dedicados a la Virgen María y espiritualidad. Formó parte del círculo de amistades del dramaturgo Lope de Vega (Monasterio 1929, 94), quien elogió la labor poética del agustino, mencionando a él y su libro Muerte de Dios por vida del hombre, Madrid 1619, en su Laurel de Apolo, Madrid 1630. Además, Lope escribió un soneto en el libro de Camargo, La Virgen de la Humildad y la Humildad de la Virgen, Madrid 1634, con el título A Nuestra Señora de la Humildad. Catalina expuso, en relación a la poesía de Camargo, “Se allegó al de los grandes de la época por la viveza de los conceptos y entonación de la forma” (Catalina 1899, 32–33).
A pesar de la celebridad, prestigio y amistades de Hernando de Camargo, no es uno de los autores más conocidos en la actualidad. La mayor parte de los estudios que se han hecho sobre él son de investigadores antiguos, como por ejemplo Álvarez y Baena, Juan Catalina o Ignacio Monasterio. Los historiadores recientes, sin hacer estudios profundos, se han centrado en sus libros sobre la Virgen María, como Rafael Lazcano, y en su obra espiritual, Luz clara de la noche obscura, Madrid 1650, como Melquiades Andrés y Andrew Keitt.
En cuanto a la obra Tribunal de la conciencia con la disposición última para la Comunión, Madrid 1628, se puede decir que fue elaborada por dos autores. El libro en sí es una traducción de los escritos del autor portugués y fraile agustino, Tomás de Jesús, pero los tratados 6, 7 y 8 dedicados al Santísimo Sacramento fueron escritos por Hernando de Camargo. Como él mismo expuso en el apartado dirigido al lector, “Si bien añado yo muchas cosas hijas de mi propio estudio, para mayor adorno deste Tribunal […] los tratados del Santíssimo Sacramento todo es trabajo y estudio propio” (Camargo 1628, s.p.).
La intención de Camargo era enseñar el camino de perfección a todos los fieles, utilizando como medio el Sacramento de la Comunión, ceremonial cercano y conocido por todos los creyentes. La Comunión, de igual modo que en el camino de perfección, llevaba a la unión con Dios, en el que el fiel recibía a la divinidad en su interior, tras haber preparado previamente su cuerpo y alma. Por lo tanto, la mejor manera para encauzar a los fieles en la vida espiritual y en el camino de perfección era este Sacramento, que conectaba directamente con Dios.
Muy necesarios son los libros espirituales, para quien desea servir, y agradar a Dios: mas el pobre, que no tiene con qué comprarlos, con la frecuencia deste Sacramento, y con la disposición, y aparejo con que le recibe, puede recompensar la falta de los libros, porque aquí hallará la verdadera luz, y doctrina, para encaminarse en la perfección (Camargo 1628, 415–416).
A semejanza de los tratados espirituales, que enseñaban cómo preparar el alma para unirla con la divinidad, las personas que no pudieran acceder a ellos podían recurrir al Sacramento de la Comunión, ya que actuaba de forma similar. Recordemos que este Sacramento tenía un carácter especial y extraordinario, pues en él “recibimos la misma fuente de la gracia […] ponemos la boca en la misma fuente, que es Christo nuestro Señor” (Camargo 1628, 347). En concreto, ambos ámbitos no eran distintos, pues tenían un fin común, la unión del alma con Dios, tras una purificación y preparación de la misma. Se podría decir que, el Sacramento de la Comunión era una vía más sencilla para poder emprender el camino de perfección.
Esta obra, a diferencia de los tratados espirituales, no sigue con exactitud los parámetros a desarrollar dentro del camino de perfección, pero Camargo los fue poco a poco integrando. El autor los adaptó a las necesidades y prácticas realizadas en los preparativos, previos y posteriores, al Sacramento de la Comunión. Referente a los aspectos místicos, propios de los tratados espirituales, el Padre agustino también los expuso tras el acto de comulgar. Indicó las experiencias extraordinarias que el fiel sentía en su interior, después de recibir la comunión.
4. Análisis de la obra
A continuación, se expondrá el camino de perfección a través del Sacramento de la Comunión, según las enseñanzas de Hernando de Camargo.
En el grado purificativo, al igual que los tratados espirituales, hizo hincapié en la oración mental, en la meditación de Cristo y su Pasión, las penitencias, pero sobre todo en la confesión “no basta llevar una persona contrición, mas es necesario que se confiese primero, como se determinó en el Concilio Tridentino” (Camargo 1628, 352). También en las virtudes, pues el fiel tenía que adornar su alma, ya que no era suficiente con la purificación, sino que había que prepararla.
No basta ser los pecados perdonados, y la confessión bien hecha: […] se requiere más grande ejercicio de caridad y perfección con una disposición de todas las virtudes, porque el alma quede adornada, lustrosa y acepta a los ojos de Dios (Camargo 1628, 354).
Camargo señaló sobre todo tres virtudes: la Fe en el cuerpo y sangre de Cristo, la Esperanza en la salvación y ayuda de Él, y la Caridad en que Dios aceptaría al fiel (Camargo 1628, 422–428). Además incorporó otros actos que ennoblecían el alma de la persona, pues era la disposición que debía tener antes de llegar a la divinidad. Dicha actitud era la humildad, comportamiento que destacaron todos los autores espirituales en sus obras. El fiel tenía que reconocer la grandeza, amor y misericordia de Dios, pero sobre todo, recordar sus culpas, imperfecciones y avergonzarse de sus pecados, por los que no era digno de que Dios le acogiera entre sus brazos “ya que no podemos llegar a este divino Sacramento con la disposición que él merece, suplamos esto con la humildad y reverencia” (Camargo 1628, 360). Para ello, el autor mencionó la parábola del Hijo Pródigo. No obstante, para que toda esta labor que conducía a Dios pudiera ser satisfactoria, el fiel tenía que estar dispuesto, desear estar con Dios y querer tenerle en su interior.
Nos avemos de llegar a esta mesa sacrosanta, es una grande hambre, y deseo de recibir al Señor. Assí como el manjar corporal entonces se logra, y nos aprovecha, quando se come con hambre y apetito: assí también dize San Agustín, este divino manjar entonces nos será de gran provecho, quando un alma se llega a recibirle con grande hambre, y deseo de unirse en Dios, y de alcançar copiosa gracia, y bienes espirituales (Camargo 1628, 367).
Todo esto se completaba con un recogimiento, alejándose de lo mundano, pues eran las tentaciones que ponía el demonio “Mas para despertar este hambre y sed hemos de perder la codicia a las mesas del mundo, conque el demonio nos combida” (Camargo 1628, 368).
Camargo reconocía la dificultad de esta etapa y sabía que algunos fieles encontrarían problemas para desempeñarla, debido a los esfuerzos y sacrificios que conllevaba. En estos casos, el agustino recomendaba que acudieran a los mediadores entre los fieles y Dios, los santos y la Virgen María. Decía que les recordara en sus oraciones, tomándoles como referentes de vida y comportamiento, pues por medio de ellos conseguirían llegar a su objetivo, ya que Dios vería el esfuerzo que el fiel estaba haciendo para unirse con Él (Camargo 1628, 372–375). Este rasgo puramente tridentino, refleja esa labor ofensiva de estas obras contra el protestantismo, inculcando la Fe católica.
El grado iluminativo se producía tras comulgar. Aquí Fray Hernando comenzó a mostrar los aspectos más místicos de sus enseñanzas, debido a los efectos que la divinidad provocaba en el alma del fiel, después de recibirle. Hablaba de experiencias sobrenaturales, como locuciones, y la sensación de sentir la presencia de Dios. Para ello tomó expresiones de los tratados místicos, indicando el carácter especial de este Sacramento, en el que se tomaba contacto directo con la divinidad, al igual que en el grado iluminativo del camino de perfección. Pero el espiritual advertía que los fenómenos que aquí se producían, sólo se hacían en aquellas personas que se habían preparado y tenían deseos de estar con Dios (Camargo 1628, 394). Quienes tomaban este Sacramento como una rutina, con el fin de aparentar, sin sentir su significado y lo que suponía para la vida de las personas, comentaba el autor: “a estos no es de espantar, que les falte la suavidad, la luz, e conocimiento, la fuerça que Dios comunica en este Sacramento, porque para estos viene el Señor encubierto” (Camargo 1628, 391–392).
En este momento Dios se hacía presente en el alma del fiel, abrasándole y llenándole por completo. Esto provoca que el creyente sintiera más deseos de estar con la divinidad, despojándose de todo aquello que le impedía estar con Él. Camargo lo comparaba con un hombre que se encontraba en el desierto y se iba deshaciendo de todo lo que le estorbaba,
tanto se comunica este Señor, tanto crece la luz y los rayos de su bondad: tanta fuerça haze a su alma, que se dexa penetrar del mismo bien; todo lo va dexando, y despidiendo de sí, por lograr a este Señor.
El fiel abandonaba sus malas costumbres, sus desordenadas aficiones y pasiones, por la luz y noticia que Dios le comunicaba (Camargo 1628, 395–396). En esta explicación se entremezclaba una purgación ascética con una pasiva. Ascética, porque todavía tenía que desligarse de las cosas mundanas que le impedían llegar a Dios. Pasiva, porque el creyente, al sentir la presencia de Dios, quería estar más con Él, por ello tenía que seguir luchando, internamente, con los impulsos que le querían seguir atando al mundo exterior.
Según Fray Hernando, en esta etapa la divinidad se comunicaba con el fiel. Estos eran los llamados toques divinos de los tratados espirituales, signos de que el creyente estaba próximo a la unión. En este caso, Dios se hacía presente por medio de locuciones. Pero para que se produjeran de manera satisfactoria, la persona tenía que estar atenta, como decía el agustino: “abrir las orejas del alma”. La divinidad, tal y como expuso Camargo, se comunicaba con el creyente de manera familiar, amorosa y con confianza, igual que un padre y su hijo.
[…] representa sus necesidades, muéstrale sus llagas, habla con confiança de hijo a padre, […]. Allí le da este Señor noticia de su condición real, de su blandura, de su hermosura, de sus riquezas. Allí quita su velo. O que encuentro tiene allí el alma con Dios, y Dios con el alma (Camargo 1628, 402).
Mencionaba el agustino que en ésta comunicación, Dios le decía al fiel que siguiera la vida de perfección y rechazara las pasiones. Con ella encontraría la verdad, el sosiego, la esperanza y la unión con Él. Todo ello disponía más el alma a dicha unión y a recibir las Gracias de la divinidad “Estas pláticas, y estas vistas van disponiendo un alma cada vez más, para recibir cada día mayores mercedes” (Camargo 1628, 404).
Por último, el grado unitivo, donde se percibe con claridad la influencia de los maestros de la espiritualidad. Camargo lo explicó con una mayor carga mística, llegando incluso a tomar las definiciones de las enseñanzas de los espirituales. En esta etapa, el Padre agustino indicó que era una unión transformativa con Cristo, no olvidemos que se trata del Sacramento de la Comunión, aunque tampoco se alejaba del mensaje de los tratados espirituales. En ellos también decían que el fiel, previamente, tenía que transformarse en Cristo, si quería unirse a Dios, ya que Jesús era la puerta que conducía a la unión con la divinidad. Camargo comentó que era una unión especial, llena de amor y virtud, por la transformación del alma en Cristo, convirtiéndose en una sola cosa con Él “Por la perfecta unión en Christo, Él queda en mí y yo en Él por unión” (Camargo 1628, 430). Al igual que en las enseñanzas místicas, Fray Hernando señaló que esta unión transformativa era espiritual, no sustancial. Por ello, cuando lo explicó se basó en el mensaje de Fray Luis de León en su obra, De los nombres de Cristo.
Un hierro abrasado es fuego, no porque realmente lo sea, sino porque el fuego le penetró tanto, que le comunicó sus calidades, y efectos: assí el cuerpo de Christo dignamente recebido por la gracia, que produze en el alma, causa maravillosas calidades en el cuerpo de quien le recibe, refrenando lo irascible, templando lo concupiscible, moderando las pasiones. Y por aquí se viene a semejar con la carne de Christo, de modo que se llama la misma carne, el mismo cuerpo, en forma que se diga con verdad, él está en mí, y yo en él, y vive mi propia vida (Camargo, 1628, 434).
Al final, después de todos los esfuerzos y sacrificios, el fiel conseguía llegar a la unión a través de Cristo, transformándose en Él, por medio de este Sacramento. Tras comulgar, el creyente recibía la vida perfecta y virtuosa, saliendo animoso y triunfante, capaz de hacer frente a los enemigos de la Fe, pues Cristo le fortalecía, ya que se encontraba dentro de la persona. De este modo podía seguir luchando contra las tentaciones y mantenerse en el camino de perfección, pero ahora con la ayuda de Jesucristo (Camargo 1628, 387–389). Además, con esta unión, la persona salía también deificada, obteniendo la vida eterna, pues con la comunión se hacía presente la misión de Cristo en la tierra, el perdón de los pecados de la Humanidad y ganar la vida eterna, para todos, en el más allá. Si con Adán la Humanidad se condenó, con Jesús se perdonó y deificó.
Assí tocando dignamente, por contacto Sacramental, la salutífera carne de Christo, queda participante de un ser divino, queda en cierto modo deificado […]. Con mucha razón se llama este Sacramento Eucharistía, que quiere dezir buena gracia, y fuente de todas las gracias (Camargo 1628, 386).
Según Camargo, esta unión cambiaba a las personas, haciéndolas perfectas, pues “se trueca uno en otro” (Camargo 1628, 437), es decir, el fiel se hacía una sola cosa con Cristo. También, basándose en las enseñanzas del matrimonio espiritual de las obras místicas y del Cantar de los Cantares, añadió:
Después que un alma se une, y se desposa con su Dios por amor, y gracia en este Sacramento, queda transformado en Christo, y no tiene otro ser, otro lustre, otra alabança, que la que le da su Esposo: ve con los ojos de Christo, habla por la boca de Christo, los pensamientos son los de Christo, y las acciones de Christo: por esta razón las alabanças de Christo son las del alma, que dignamente le recibe (Camargo 1628, 410).
Fray Hernando reafirmó nuevamente el carácter especial y sobrenatural de este Sacramento, señalando que lo que se producía entre el fiel y Dios era un misterio, ya que se realizaba a “puertas cerradas con Dios” (Camargo 1628, 429). El autor, de la misma manera que en las obras místicas, mencionó que los aspectos generales eran comunes para todos, pero luego cada uno tenía su propia experiencia y camino, el que Dios le marcaba. El Padre agustino, para puntualizar más sobre los fenómenos extraordinarios que se producían en esta etapa, indicó las diferencias que había con ciertos aspectos del camino de perfección. Comentó que las noticias y mercedes que el fiel recibía de la divinidad eran a medias, pues no era la unión definitiva. Ésta la otorgaba Dios a quién quería y cuándo quería, si no en esta vida sería en el más allá. Aun así, la información que obtenía, por parte de Cristo, era la justa y fundamental, para incitar al creyente a que siguiera luchando en este camino, con el fin de conseguir la unión con Dios, y por ende, toda las noticias y maravillas de su Reino.
Representase acá una gloria con un passo muy ricamente aderezado […] y con las vozes hagan representación de lo que en el cielo passa. Pero mientras no llega el tiempo en que ella ha de aparecer, echase por delante una cortina, que lo cubra seguramente todo […] y aquella novedad poco esperada nos alboroce, nos alegre, y más nos prenda, y lleve tras sí (Camargo 1628, 390–391).
Debido a esto, explica el Padre agustino: “trae este Señor el rostro cubierto, y el libro abierto” (Camargo 1628, 415). Es decir, Dios sólo se mostraría por completo, dando toda la información, en el momento adecuado. En concreto, aunque no era la unión última con Dios, como se lee en los tratados espirituales, sí era el comienzo para conseguirla. Por medio de este Sacramento se llegaba a la unión transformativa del fiel con Cristo, quien era la puerta que conducía a la unión con la divinidad. Como decían los espirituales, sin el Hijo no se podía acceder al Padre.
En cuanto a la imagen de Cristo y su Pasión estuvo muy presente en las obras de literatura espiritual. Su intención era incitar, así como conmover, las almas y conciencias de los fieles a que llevaran una buena vida cristiana y dieran gracias a Dios por el gran sacrificio que había hecho por la salvación de la Humanidad. Sobre todo se remarcó su Pasión, con el objetivo de que el fiel sintiera los padecimientos y sufrimientos que Cristo tuvo que soportar, por el bien de todos. Por medio de ello, el creyente tenía que reflexionar sobre su vida y cómo debía comportarse (Barbieri 2001, 122–123; Pego 2001, 386–387). En el caso del libro de Camargo no fue menos, teniendo en cuenta que se centraba en el Sacramento de la Comunión, el ceremonial que conmemoraba la misión salvadora de Jesucristo.
La memoria de la Passión de Christo Señor nuestro, considerando aquel grande amor con que dio la vida por nosotros en una Cruz: porque una de las principales razones, porque el Señor instituyó este divino Sacramento, fue para que siempre tuviessemos en él viva la memoria de la Passión de Christo (Camargo 1628, 369–370).
El Padre agustino, aunque en sus enseñanzas hizo mención a la Pasión y lo que supuso, no la explicó detalladamente como en los tratados espirituales o las hagiografías, donde los relatos del dolor de Cristo fueron muy explícitos. El autor hizo hincapié en la imagen de Jesús como: salvador, modelo de vida a seguir, mediador, guía, maestro, amigo fiel, compañero de vida y en quien se podía confiar, pues nunca abandonaba a nadie. Según Camargo, Cristo era quien mejor conocía los tormentos y pesares de las personas, pues lo había vivido. Esta conexión especial y cercana que el agustino acentuó en su mensaje, mostrando la doble naturaleza divina y humana de Jesucristo, hacía que el camino de perfección, por medio de la Eucaristía, fuera mucho más accesible a los fieles (Camargo 1628, 510–517). También señaló el hecho de que las personas le tomaran como ejemplo de vida, para conseguir la unión con Dios. Las personas tenían que fijarse en Él, analizando sus propias vidas, comparándolas con la de Jesús. El fin era que reconocieran sus defectos y pecados, así como comprometerse a cambiar para seguir los pasos de Cristo, quien con su ayuda les conduciría a la unión con la divinidad. Por lo tanto, como lo explicó Camargo, había una estrecha relación entre Cristo y las personas, una relación de amistad y familiaridad, donde los fieles podían acudir a Él en busca de ayuda y consuelo, exponiéndole sus problemas y alegrías, al mismo tiempo que Cristo les acompañaba y ayudaba. Esta cuestión también la expusieron las obras espirituales, sobre todo Santa Teresa de Jesús.
Esta asistencia y compañía que nos haze en el Sacramento, es para facilitar la amistad, y familiaridad, que desea tengamos, con Él, y assí tenemos obligación de visitarle allí muchas vezes, de irnos a desenfadar con tal amigo a solas con Él, dándole cuenta de nuestras miserias, de nuestros bienes, y felicidades, y no tengamos cosa que allí no le comuniquemos, con toda la confiança que un compañero tiene con otro a quien de todo da cuenta, del bien, y del mal. Esta es una de las causas, que le movieron a acompañarnos en esta forma con título de compañero y amigo (Camargo 1628, 504).
Respecto a la influencia de las enseñanzas de los maestros de la espiritualidad, Fray Hernando se inspiró en tres célebres maestros, San Juan de la Cruz, Santa Teresa de Jesús y Fray Luis de León. Estas enseñanzas se percibieron especialmente en los puntos vinculados a los dos últimos grados del camino, que correspondían al ámbito místico. Referente a la influencia sanjuanista, se advierte en las explicaciones que Camargo expuso al tratar el carácter especial del Sacramento de la Comunión, señalando que era una fuente de vida y gracia, pues en él estaba Cristo. Palabras que recuerdan a las que el Místico comentó en su poema Cantar de la alma que se huelga de conocer a Dios por fe, haciendo alusión a esa fuente de vida a la que todas las criaturas acudían, pues en ella manaba toda luz y bien. También le inspiró las enseñanzas de San Juan al mencionar la purgación pasiva, cuando el fiel, tras sentir la presencia abrasadora de Dios en su interior, se iba despojando de todo aquello que le impedía estar con Él. Sus explicaciones recordaban el mensaje del Santo, en su Noche Oscura II. Camargo hizo alusión al desierto y San Juan al fuego que penetraba en un madero, pero en ambos casos, los iba abrasando hasta sacar los defectos y haciéndole perfecto para la unión.
Esta purgativa y amorosa noticia, o Luz divina, que dezimos, de la mesma manera se ha en el Alma purgándola, y disponiéndola para unirla consigo perfetamente, como el fuego en el madero para transformarlo en sí. […] comenzándole a inflamar por defuera, y calentarle, viene atransformarle en sí, y ponerle tan hermoso como el mesmo fuego (Juan de la Cruz 1618, 448).
Sobre el influjo teresiano, se percibe especialmente cuando comentó la comunicación de Dios con el creyente. Sus explicaciones recordaban a las enseñanzas que la Mística Doctora expuso en su obra Moradas, al tratar las locuciones entre Dios con el fiel, y cómo el alma se iba disponiendo más, sintiendo mayores deseos de estar con la divinidad.
Otra manera tiene Dios de despertar al alma […]. Que son unas hablas […] Tenía tanta fuerza estas palabras, […] y quedaba muy esforzada y alegre con tan buena compañía; que veía claro […] para andar con […] un miramiento grande de no hacer cosa que le desagradase (Teresa de Jesús 2015, 218).
También se observa las enseñanzas de Santa Teresa, cuando el agustino hizo mención a Cristo. Por un lado, al indicar que era la puerta que conducía a la unión con Dios, que recordaba las palabras de la Santa “Y veo yo claro (y he visto después) que para contentar a Dios y que nos haga grandes mercedes, quiere que sea por manos de esta Humanidad sacratísima” (Teresa de Jesús 2001, 145). Por otro, la relación amistosa y familiar entre Jesús y los fieles, que se asemejaba a las enseñanzas que la Mística expuso en su obra Camino de perfección. La Santa hablaba de Cristo como maestro, buen amigo que ayudaba a los fieles y nunca les abandonaba, así como compañero de vida, al que había que acudir para contarle nuestros pesares y alegrías (Teresa de Jesús 1980, 109–112).
En cuanto a Fray Luis de León fue el espiritual que más se mostró en sus escritos, llegando a tomar su mismo mensaje, no olvidemos que ambos clérigos eran de la misma orden religiosa, agustinos. Se observó claramente su presencia en la explicación que Camargo expuso sobre la unión transformativa del fiel con Cristo, y cómo se convertía en un solo ser con Él, pero de manera espiritual, cambiando por completo su alma.
De arte que, como hierro que se enciende del fuego, aunque en el ser es hierro y no es fuego, en el parecer es fuego y no hierro; ansí Cristo, ayuntado conmigo y hecho totalmente señor de mí, me apura de tal manera en mis daños y males, y me incorpora de tal manera en sus saludes y bienes, que yo ya no parezco yo, el enfermo que era, ni de hecho soy ya el enfermo, sino tan sano, que parezco la misma salud, que es Jesús (Luis de León 1907, 439).
5. Conclusión
Tras analizar los tratados de Hernando de Camargo, se percibe con claridad la conexión que el autor quiso hacer entre el camino de perfección y el Sacramento de la Comunión, con el fin de enseñar a los fieles otro medio para conseguir emprender la vida de perfección y espiritual. El agustino, de entre todos los sacramentos, escogió precisamente el que tenía una unión directa con la divinidad, el Sacramento de la Eucaristía, como muy bien dejaron patentes los maestros de la espiritualidad y el Concilio de Trento, ya que en él se encontraba la fuente de la Gracia, Cristo. Este Sacramento, de igual manera que el camino de perfección, conllevaba una preparación y purificación previa del alma del fiel, si quería unirla con Dios, actos que coincidían con los ejercicios que se hacían en el camino de perfección. Debido a ello, el autor conectó los ejercicios ascéticos y vivencias místicas que se exponían en el camino de perfección con las que se realizaban y sentían en el Sacramento Eucarístico. Aunque esta vía no conducía a la unión transformativa con la divinidad, ya que se producía con Cristo, incluso ese detalle coincidía con las explicaciones del camino de perfección. Como se ha mencionado, los espirituales señalaban que era necesario que el fiel se transformara previamente en Cristo si quería llegar al Padre. Por lo tanto, los tratados de Camargo son un buen ejemplo de cómo los autores espirituales del siglo XVII español continuaron la labor, iniciada por los maestros del siglo XVI, de trasmitir las enseñanzas divinas, la vida espiritual y el camino de perfección, a todos los fieles. Para ello utilizaron medios cercanos, comprensibles y cotidianos, con el fin de enseñar fácilmente este mensaje, como fue el Sacramento de la Comunión.
Sería interesante continuar analizando las obras devocionales de la España del siglo XVII, especialmente las dedicadas a la Eucaristía, con el objetivo de estudiar cómo los espirituales adaptaron este ceremonial para inculcar la vida de perfección. Aunque estas obras carecían de un importante peso doctrinal, como sí sucedía con los tratados espirituales, tuvieron un papel fundamental en la sociedad, por su función evangelizadora y pedagógica, fruto de la mentalidad postridentina. Además, por medio de estas obras, se puede comprender las circunstancias que se vivieron en torno al Sacramento de la Comunión, la repercusión de este rito y los controles que la Inquisición llevó a cabo para evitar su abuso. Por todo ello, aunque algunos investigadores han tomado interés por este género literario, aún queda mucho que investigar. Si seguimos analizando con detalle las obras de devoción, comprenderemos mejor la importancia que tuvieron y la influencia de sus enseñanzas, para inculcar el camino de perfección a todos los fieles, por medio de este accesible y conocido Sacramento.
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