Primeras palabras
El pensamiento y la obra del escritor alemán Siegfried Kracauer (1889-1966) ocupan un escondrijo pequeño y apartado en los anaqueles de la historia de las Ciencias Sociales y las Humanidades. Kracauer, quien fuera uno de los críticos culturales más renombrados de Europa entre las décadas de 1920 y 1930, está lejos de los autores canónicos para las reflexiones sobre comunicación, y sus escritos se ubican, modestamente, entre las minucias que invitan a ser exploradas en una suerte de cámara de maravillas. No obstante, sus penetrantes y meticulosas palabras poseen un enigmático brillo.
La atención por lo banal y lo desdeñado, que comparte parcialmente con Walter Benjamin, Theodor W. Adorno y Ernst Bloch[1], caracteriza a Kracauer como un autor cuyos aportes a las investigaciones sobre la cultura y la comunicación pueden adquirir singular valor. Entonces, ¿nos hallamos acaso frente a una especie de incunable? ¿Parte este libro del hallazgo de una perla en profundidades inexploradas? Lejos de ello. Sí estamos hablando de un autor cuya obra está atravesada por la comunicación y que se ubica, además, en el centro de múltiples cruces en la Teoría Crítica. Kracauer no sólo fue un estudioso de las formas históricas de interacción simbólicamente mediada, sino que ejerció el periodismo, brillando en el célebre medio liberal Frankfurter Zeitung y registró, en los más heterogéneos fenómenos de superficie, la clave para comprender y transformar un mundo fragmentado.
Se conoce a Kracauer principalmente por sus ensayos sobre cine y la fotografía. Sin embargo, aquí nos proponemos redirigir la mirada, pues no son menores sus indagaciones en las vías de sociabilidad y la arquitectura en el espacio urbano, la novela policial, la masificación de la fotografía, la biografía de grandes celebridades como bestseller de la clase media, las tillergirls y los empleados de cuello blanco en la Alemania prehitleriana, las cosas más concretas y las calles, así como sus recensiones literarias y su estudio sobre la historiografía, las salas de teatro y los puestos comerciales o “cuarteles de placer” –en palabras de nuestro autor–, y sus articulaciones con la rutina laboral de los miembros de las capas medias. Precisamente, las pesquisas recién mencionadas son las que desempeñarán un rol preponderante en el libro que se tiene entre manos, pues es allí en donde se desenvuelve con mayor intensidad la exploración kracaueriana de los girones y los guiñapos, de los retazos, que lo definirán propiamente como un trapero –un trapero en la alborada del día de la revolución, dirá Benjamin– de la sociedad de masas. Allí se construye el resorte con el cual intentaremos presentar a Kracauer como un autor potencialmente relevante para los estudios en Comunicación, más allá de su prolífica producción como crítico y teórico del cine.
Las líneas por venir trazan un camino que recorre sobre todo la obra temprana de Kracauer, situándose en las décadas de 1920 y 1930 –sin dejar de lado igualmente sus textos posteriores, primordialmente lanzados tras su exilio de Alemania en 1933–, procurando poner de relieve sus contribuciones a los estudios en Comunicación[2]. Claro que también contemplan su apertura a un público más amplio que enriquezca las discusiones aquí bosquejadas.
Antes de continuar, es necesario destacar que hay tres particularidades de Kracauer que trasuntan su obra y son claramente expuestas en su célebre Los empleados, que adquirirá protagonismo en nuestro estudio. En primer lugar, la heterogeneidad de formas, entre lo académico, la divulgación, el periodismo de investigación, el retrato de viñetas cotidianas y el ensayo. En segundo lugar, la explicitación de un estilo que hace a sus textos accesibles y legibles. En tercer lugar, un tono que mezcla humor y melancolía, con el cual se abordan los problemas de una sociedad que, aun con sus entretenimientos, se apresta para la catástrofe (cf. Gilloch, 2015).
El primer capítulo diagrama un retrato de nuestro autor, haciendo hincapié en sus vivencias en la Alemania en el período de la República de Weimar, su exilio a Francia y su definitivo asentamiento en Estados Unidos. La semblanza, a su vez, contemplará algunos de sus artículos y libros más destacados, como Los empleados y El ornamento de la masa, reconociendo que no hay una vinculación mecánica o unilateral entre biografía y obra, pero que hay puentes por tender entre ellas. El segundo capítulo construye un cuadro epistemológico-crítico nunca explicitado directamente en la producción kracaueriana. Allí, enfoca su mirada en la noción de mosaico, que cobra brillo en su proceder y ayuda a estudiar sus elaboraciones acerca de las relaciones entre sujeto y objeto, su investigación de huellas, la fenomenología de pequeñas imágenes, los espacios intermedios en pos de la construcción del conocimiento, así como el singular materialismo que de él se desprende.
La plataforma epistemológico-crítica nos revela cómo lee Kracauer las expresiones culturales de su época, que enhebran el desarrollo de la industria de la diversión y el conformismo de las grandes masas poblacionales, indicando el telón de desamparo trascendental[3] que se divisa en su reverso. Demos un paso adicional: la escena de los empleados alemanes de entreguerras se caracteriza por una continuidad entre trabajo y tiempo libre signada por el dominio de la ratio –que no coincide con la razón– involucrada en las relaciones sociales. La floreciente industria del entretenimiento se halla tan dominada por la ratio como el mundo del trabajo (por lo tanto, no estamos hablando solamente del jolgorio generalizado como ejemplo de la falsa consciencia, sino que además apuntamos al papel que en él trasunta la ratio). En terminología weberiana, diríamos que el estuche de hierro no contiene una cesura –mayor o menor– entre el tiempo libre y el entretenimiento, sino que, por el contrario, se amplía en ellos. Mientras que hasta inicios del siglo xix la distracción se desplazará lejos de la planificación de la rutina definida por el trabajo en la burguesía europea en pos de la productividad (cf. Moretti, 2014), en la sociedad de los empleados será un elemento protagónico[4].
El tercer y el cuarto capítulo posan su mirada, casi exclusivamente, en el informe de Kracauer para el Frankfurter Zeitung sobre Los empleados, vislumbrando el peso que adquieren sus palabras a propósito de la uniformización de los habitantes berlineses de fines de la década de 1920. Bajo el gobierno de la ratio, de la razón enturbiada que deviene en la razón instrumental y está implicada en todas las esferas en las que se desenvuelve el ser humano, imperan la burocratización, la matematización y el cálculo de toda acción posible. El “ejército de empleados” que se cierne sobre la capital alemana configura un nuevo tipo de población de las grandes ciudades, en un espacio intermedio entre capital y trabajo. Su andar cotidiano enlaza permanentemente el ámbito laboral y el tiempo libre ejemplificado por las visitas a los locales comerciales, los “cuarteles de placer”, las salas cinematográficas, los teatros y los espectáculos deportivos. Los empleados –bancarios, oficinistas, telefonistas, burócratas, transportistas, comerciantes–, contemplándose a sí mismos como un conjunto aventajado en el espacio social respecto de los sectores proletarios e industriales, se deleitan con los bienes culturales que propala la industria de la diversión sin advertir que el ámbito público se ha transformado en un asilo para desamparados, un receptáculo para que los compañeros de infortunio se consuelen mutuamente. Bien sabe Kracauer que la distancia entre los vocablos alemanes Publikum (que se refiere al público propiamente dicho) y Öffentlichkeit (traducible de modo literal al español como “publicidad” y alusivo a la esfera pública) guarda una coloración epistemológica, estética y política que revela los peligros de una época en la que lo público es, precisamente, un terreno de disputas permanentes.
En el trabajo y en los momentos destinados al tiempo libre, las nuevas capas medias se reúnen en una comunidad que, desde la mirada de Kracauer, es ficticia. Precisamente, la falsa comunidad de las masas, que no revela sino el mutuo aislamiento y sus potenciales riesgos en términos políticos, emerge como uno de los índices más salientes del cosmos de los empleados.
Claro que, como contrapartida, Kracauer no deja de ponderar los rasgos emancipadores que contendrán las mismas tramas culturales y los medios foto-cinematográficos, exponentes fundamentales del ornamento de la masa. Avista en ellos no tanto sus peligros como mecanismo para el sometimiento de las masas, sino sus cualidades emancipadoras aún en la distracción para enfocarse en la cotidianeidad de los seres humanos bajo el fulgor del extrañamiento y como vía de redención de la realidad física –expresión sobre la que volveremos luego–. Nuestro autor destaca la posibilidad de registrar con los primeros planos lo habitualmente ignorado, y los pequeños rincones que rondan la rutina en dimensiones mayores, realzando lo despreciado para poner en un tembladeral el orden que cotidianamente se legitima. Cierta celebración del cine y la imagen, de los divertimentos y las distracciones, poblará la obra de Kracauer. De allí que no podemos atribuirle a su obra posturas que eludan las ambivalencias propias de los medios y las expresiones culturales. Kracauer advierte las luces y las sombras que de ellos se desprenden. Y lo hace tanto en una temprana aproximación en cierto período de Weimar como en momentos de su vida en Estados Unidos, esto es, antes y después de Los empleados.
Por lo tanto, el cuarto capítulo se cerrará con la articulación entre la valía de los primeros planos, inherente al cinematógrafo, con la concepción kracaueriana de historia, retornando allí a los planteos epistemológico-críticos inicialmente bosquejados con una luz renovada. Incluso, escudriñando el libro Historia. Las últimas cosas antes de las últimas, exploraremos la perspectiva de Kracauer en tanto ofrece un estudio de la historia como historia de las potencialidades y los nuevos comienzos, sobre todo a partir de la analogía entre historia y medios foto-cinematográficos. Lejos de afirmarse en el relato historiográfico que asuma a los “hechos” como aquello que ha acaecido de modo último e inmutable, Kracauer brinda una singular propuesta, que enaltece aquellos procesos que ocurrieron antes de esos hechos tomados como definitivos. Así, no se aboca a poner énfasis en las “últimas” cosas, sino en “las últimas cosas antes de las últimas”. El interés de Kracauer, por consiguiente, se centra en el estado de “semicocción”, en el entremedio, en la antesala de la efectuación irrevocable. Luego, nuestras conclusiones, siempre provisorias, sugerirán vías para continuar con el estudio de este enigmático pensador.
A modo de advertencia, aclaramos que la lectura de este libro no será dirigida por la exclusiva concatenación de temas, tópicos y motivos. Se propondrá una suerte de recorrido en espiral, volviendo sobre lo dicho para ampliarlo y transformarlo. Claro que, por momentos, se buscará interpretar las mutaciones semánticas que experimentan ciertos conceptos a lo largo de la biografía de Kracauer en términos cronológicos, pero no será la linealidad la que prime. Los pasos serán lentos, a veces interrumpidos. Dado que se trata de un trabajo de presentación, hay cierto margen de generalidad intencional, que constituye una invitación para profundizar y posteriormente penetrar con más rigor en áreas específicas de la producción de este autor.
- La relación de Kracauer con los autores aquí mencionados le produjo a él mismo cierta incomodidad. En una carta enviada a Theodor W. Adorno el 1.º de abril de 1964, en pleno –y definitivo– exilio norteamericano, Kracauer expresa que “es interesante que los jóvenes críticos evoquen una y otra vez la afinidad existente entre tú, yo, Benjamin y Bloch. Para ellos conformamos un grupo que se distingue del fondo de la época […]. Encuentro interesante y extraño percatarme del aspecto que nosotros, que nos conocemos intensamente, mostramos hacia afuera” (Vedda, 2011: 51). Estas expresiones, a propósito de un artículo de Joachim Günther sobre la reunión de textos de Kracauer bajo la denominación de El ornamento de la masa –como señala Miguel Vedda–, echan luz sobre la defensa de la propia singularidad del pensador alemán y su renuencia a formar parte de grupos o colectivos de ideas.↵
- Cierto es que Kracauer no ha tenido un lugar central en las conformaciones de las teorías más representativas de dicho campo disciplinar. Dentro de las recepciones latinoamericanas, no hay referencias a Kracauer en el valioso libro de M. Wolf La investigación de la comunicación de masas (1985). Por otro lado, en Historia de las teorías de la comunicación, A. Mattelart y M. Mattelart incluyen una fugaz alusión a Kracauer entre sus descripciones de la Escuela de Frankfurt y, en particular, de la producción de W. Benjamin. “Como Siegfried Kracauer (1889-1966), cuyo recorrido intelectual cruzó o precedió el suyo, Benjamin destaca la observación de los detalles, de los fragmentos, de los ‘residuos de la historia’, con el fin de reconstruir una totalidad perdida. En esto ambos están influidos por la fenomenología de Husserl y las premisas metodológicas de Georg Simmel: la atención a las manifestaciones de superficie para acceder a la esencia de una época [Kracauer, 1922]” (A. Mattelart y M. Mattelart, 1999: 55). Si bien la figura de Kracauer no ocupa en esta cita un lugar ni subsidiario ni subordinado respecto de autores como Benjamin, tampoco se ubica en un sitio particularmente destacado. En próximas páginas revisaremos que la posición de Kracauer se proyecta principalmente sobre la Teoría Crítica, y, en una forma más discreta, sobre la denominada Escuela de Frankfurt.↵
- Se trata de una expresión donde reverbera el Lukács en Teoría de la novela, libro al cual reseña en un artículo publicado en la Neue Blätter für Kunst und Literatur entre 1921 y 1922. Se mantendrá en Teoría del cine (cf. Kracauer, 1996: 354-355). Constituirá también el nombre de un capítulo del informe sobre los empleados berlineses y será recobrada por Adorno en Minima Moralia.↵
- No escapa de la mirada kracaueriana la consolidación de masas poblacionales en las “provincias”, tal como señala nuestro autor en “Culto a la distracción” (cf. Kracauer, 1995b: 324). No obstante, las masas de las pequeñas ciudades no están tan sobrecargadas por el trabajo y por la irrestricta aparición de divertimentos y distracciones como las que se ubican en las grandes ciudades.↵









