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4 Los empleados de cuello blanco como el nuevo ejército urbano

“Hogareña”
La madre hace labores de punto
El hijo hace la guerra
A la madre le parece muy natural
Y el padre ¿qué hace el padre?
Hace negocios
Su mujer hace labores de punto
El hijo la guerra
Él negocios
Al padre le parece muy natural
Y el hijo y el hijo
¿Qué opina el hijo?
El hijo no opina nada absolutamente nada
La madre hace labores de punto el padre negocios
él la guerra
Una vez que la guerra haya concluido
Hará negocios junto con el padre
La guerra continúa la madre continúa hace labores
de punto
El padre continúa hace negocios
El hijo cae muerto él ya no continúa
El padre y la madre van al cementerio
Al padre y a la madre les parece muy natural
La vida continúa la vida con labores de aguja
guerra negocios
Negocios guerra labores de aguja guerra
Negocios negocios negocios
La vida con el cementerio.

Jacques Prévert

4.1 – El ornamento de la masa en la Alemania de los empleados

I

En el contexto del surgimiento de la denominada Escuela de Frankfurt, dos trabajos de investigación, con metodologías diferentes, coincidieron al orientar su atención en la figura de los empleados. Estamos hablando, por un lado, de Obreros y empleados en vísperas del Tercer Reich, bajo la dirección de Erich Fromm y, por otro, de Los empleados, de Siegfried Kracauer, que protagonizará las páginas por venir.

El trabajo de Fromm y su equipo se llevó a cabo en 1931. Su denominación no antecede al proyecto, pues en 1931 el Tercer Reich no era más que una expresión que sobrevolaba, ciertamente con firmeza, el territorio alemán. Según Wiggerhaus (2010), constituye la primera investigación empírica de la Escuela de Frankfurt. Su propuesta, sustentada en más de 3300 cuestionarios, procuró relevar datos acerca de las opiniones políticas, formas de vida, lecturas, gustos por el cine y el teatro de obreros y empleados alemanes (Fromm, 2012: 112). Su extensa búsqueda demostró la concordancia que poseían los interrogados con el conjunto de la sociedad alemana. Los entrevistados, resignados al devenir de la historia como la mayoría de la población en Alemania, evidenciaron que “el triunfo del nacionalsocialismo reveló una alarmante falta de capacidad de resistencia de los partidos obreros alemanes, que estaba en franca contradicción con su fuerza numérica” (ídem: 113). Fromm y sus dirigidos, además, encontraron que dentro de los adherentes a los partidos de izquierda también se situaban aquellos que apoyarían luego al Tercer Reich, en base a su odio a la desigualdad y su ambición de destruir a quienes presuntamente serían los responsables de las diferencias sociales en Alemania.

El emprendimiento de nuestro autor, por su parte, fue realizado en 1929 y se destinó a exhibir en la luz de la esfera pública la situación de los empleados berlineses, una población con caracteres desconocidos hasta entonces. Para ello, puso en práctica una serie de “observaciones participantes”, entrevistas y reflexiones que se convirtieron en crónicas para el Frankfurter Zeitung en torno al ejército uniforme de empleados de cuello blanco que comenzaron a ocupar las calles, las oficinas y los cuarteles de placer de la capital alemana. Aquellos grupos intermedios entre el proletariado y la burguesía (que, por eso mismo, eran del interés de Kracauer) conformarán un sector social cuya ubicación en la taxonomía de la lucha de clases se vuelve particularmente esquiva. Vale añadir que, a diferencia del proyecto liderado por Fromm, que reunió a un conjunto de estudiosos para un instituto de investigaciones, Kracauer, un descontento y solitario seguidor de huellas, construye el paisaje de los empleados como un cronista para un medio de comunicación y, aún más, demuestra de manera brillante su propio rol como comunicador.

Wiggerhaus advierte que el conformismo es el rasgo más fuerte en las masas asalariadas que estudia Kracauer. La ineluctable aceptación de lo dado[1] no necesariamente se fundamentará en las bondades del trabajo en las agencias o en los reductos burocráticos –más allá de sus virtudes respecto de las forzosas faenas en las industrias–, sino en su conjugación con los beneficios que aparentemente otorgan la industria de la diversión y los cuarteles de placer. Como esbozáramos arriba, no hay una ruptura entre trabajo y tiempo libre, sino una continuidad coloreada por la ratio. De acuerdo con Wiggerhaus,

si el capitalismo, sobre cuyo fin discutían por lo menos sus mismos partidarios bajo el signo de la crisis económica mundial y los gobiernos autoritarios, parecía no poder seguir adelante de la misma manera que hasta ese momento, por su lado los empleados de alto nivel igualmente parecían querer todavía menos otra forma de economía. Más bien, la disposición de los empleados a complementar “la existencia normal con todo su imperceptible horror” con el brillo y la distracción, a complementar el tráfago laboral con el tráfago de la diversión, parecía estarse convirtiendo más bien en un modelo para los obreros y no parecía que, por ejemplo, el período de racionalización de 1925 a 1928, que también había afectado a las plantas de empleados en las grandes empresas con maquinaria y métodos de línea de producción, hubiera acercado a los empleados a la actitud de los proletarios conscientes de su clase (Wiggerhaus, 2010: 149).

Sin subirse aquí a un pedestal desde el que se pudiera mirar a los empleados como alienados y carentes de posibilidades de tomar consciencia de su situación de clase, Kracauer rastrea las pistas para observar un estado de cosas en el cual el capitalismo se afianza en tanto remite la mejor manera de vivir a la existente. En ese cuadro, el descanso y la diversión no representan un detenimiento del trabajo, sino sus prosecuciones. Volvemos a indicar aquí el aspecto central, según nuestra lectura, de la investigación de Kracauer acerca de la conexión entre tiempo libre y trabajo: la ratio surgida de las conexiones sociales gobierna no sólo el trabajo, sino el tiempo libre, el entretenimiento y las relaciones que entre ellos se establecen. Si a inicios del siglo xix la rutina se delinea de manera tal que la distracción fuera excluida, pues es aparentemente improductiva, en la Alemania prehitleriana el tiempo libre desempeña un papel protagónico. Aún más, la distracción diagramada en el mundo de los empleados ni siquiera permite el auténtico aburrimiento: es la constante actividad la que se ofrece para ellos (para Kracauer, si uno nunca se aburre, puede decirse inclusive que ni siquiera existe; cf. 1995b: 334; 2006: 181)[2]. Si las novedosas entretenciones serán para Kracauer un motivo de interés e incluso de apoyo a partir de su potencialidad transformadora del ser humano durante la década de 1920, el informe sobre los empleados develará, además de aquellas cualidades, sus peligros constitutivos.

Leer el informe de Kracauer nos da lugar para decir que la identificación de lo potencial con lo actual se constituye como la piedra basal del conformismo. El dominio de la ratio supone tanto el éxito en la coordinación gubernamental de la población en sus divertimentos colectivos como en la resolución y la gestión de los problemas privados. En última instancia, las mutaciones del mundo, las tentativas insurreccionales de modificar lo existente se subordinan a los pequeños cambios requeridos en función de una mayor comodidad personal. Desde allí solamente se puede asumir que los procesos sociales y políticos no son modificables a grandes escalas, sino que cada individuo puede cambiar solamente su entorno inmediato. El mundo “es así” y no puede ser de otra manera. Hasta los destellos de objeciones de conciencia y de desobediencia civil a las injusticias globales tienen poca correlación con una oposición masiva a lo dado.

En la tesitura de los empleados predomina la “historia natural”[3]. Con esta expresión nos referimos a una conjugación de conceptos (que no son aquí dialécticos en sí mismos, como se lee en escritos de Adorno) que deriva en una acepción de la historia como un vector permanente, inalterable, lineal –incluso, mensurable por la ratio instrumental–. Ya lo anuncia la poesía de Prévert: todos los procesos históricos continúan, necesariamente, y no pareciera quedar mejor opción que ocuparse de los asuntos privados frente a su rostro impasible.

Oponiéndose a tal perspectiva, Kracauer apunta que hasta en Comte y Marx se encuentran resabios de una concepción de historia natural, cuyo trayecto tendría que seguirse ineludiblemente. En su libro sobre Historia, nuestro autor atisba que “como Comte y Marx piensan la historia humana en términos de historia natural, dan con tanta mayor razón por descontado que, como cualquier proceso físico, la historia se desenvuelve en un tiempo cronológico medible” (Kracauer, 2010b: 81). La historia natural aparece con un cariz determinista y con la tonalidad del destino. En este escenario, el yo fragmentado –más allá de sus pretensiones de afianzamiento bajo la máscara del yo teórico o del yo soberano que protagoniza las biografías como bestsellers– es un mero espectador del devenir histórico. El cosmos parece funcionar como un autómata al cual se contempla tanto con embeleso como con mansedumbre.

La mirada conformista de la historia como proceso natural que no se puede perturbar ofrece como contrapartida un panorama de una historia cerrada y prefigurada. Ello no lleva a Kracauer a resignarse, pues no deja de valorar la posibilidad de acción del sujeto (más allá de sus escisiones) sobre su mundo. Está presente en su escritura una mirada sobre la historia abierta (Löwy, 2005) donde los actos humanos quebranten lo establecido. Permanece la esperanza al acoger las vías por las que el ser humano pueda contribuir con un desarrollo de la razón en términos emancipadores –y no en la incompletud y en la instrumentalidad de la ratio–.

II

Invitamos a hacer una digresión, posando nuestra mirada en el contexto de producción de Los empleados. En el año que da comienzo la observación participante de Kracauer, 1929, la crisis económica en Estados Unidos sacudió el escenario mundial. Poco después, el avance del nazismo en Europa iluminó la inminencia de un colapso de la humanidad, con el trasfondo de la inflación alemana que dirimirá los caminos entre las múltiples crisis de la República de Weimar. Por otro lado, se levantaba una conjunción de producciones artísticas que, en diferentes ámbitos, buscaron romper con las formas de percibir y actuar, cuestionando incluso a los objetos artísticos y a la institución artística. Las vanguardias estéticas europeas tuvieron un momento de eclosión en el mismo período en que Kracauer llevó a cabo su trabajo.

En 1929 Picasso produce “Mujer en el jardín” y aparece la “Pecera con peces dorados” de Alexander Calder. Salvador Dalí confecciona su “El gran masturbador” y a la vez colabora con Luis Buñuel en Un perro andaluz, la expresión surrealista más original y representativa de aquel período del movimiento, según Kracauer (1996: 239). En ese mismo año, Breton decide escribir y publicar el Segundo Manifiesto del Surrealismo, donde el desafío por dar el golpe al mundo opresivo con la mano izquierda se hace indeleble.

Los textos que en 1929 escribirán Ernst Bloch y Walter Benjamin podrían abrir profusos diálogos con el gran trabajo de Kracauer. Bloch publicará en Herencia de esta época (cuya primera parte, “Empleados y distracción”, desborda en elocuencia y en puntos de contacto con la obra de nuestro autor) “Una victoria para la revista”, donde denuncia el modo en que los periódicos se han volcado a un tono alegre para ser leídos festivamente, y las revistas se suman a ellos. Mientras las revistas francesas mantienen ciertos comentarios sagaces y estudios de literatura, las alemanas se añaden a la feria de distracciones que entretienen al empleado para que siga por el camino por el que va. La misma tesitura muestra el autor en “Furia y ganas de reír”, referido al Maratón Internacional de Danza Continua, que pondrá a competir parejas de baile durante día y noche con sólo quince minutos de descanso por hora, revelando alegres formas de sometimiento voluntario (añadimos que este artículo cabría ser incluido en una serie de reflexiones sobre baile y obediencia que se alzan en las piezas de Kracauer “El ornamento de la masa” de 1927 y “Girls y crisis” de 1931). Pero, claro, la producción de Bloch que se cruza de manera más fluida con Los empleados será “El centro artificial”, donde precisamente se delibera a partir de la investigación de Kracauer: Bloch separa a los obreros de los empleados. A pesar de la precariedad, del embrutecimiento, de su falta integración al proceso de trabajo, los empleados se contentan con una certificación de casta ciertamente ficticia. Y agrega: “Pero aquí la distracción es lo más importante, la distracción admitida ocultando la vida real. Reducen la vida a nada más que juventud, a comienzos exagerados, para que, así, la pregunta ‘¿a dónde vamos?’ ni siquiera surja” (Bloch, 2019: 48). Los empleados serán quienes no piensen en el mañana, quienes se evadan de sí y de los demás sin importar sus consecuencias.

Walter Benjamin escribirá su extenso artículo sobre “El surrealismo. La última instantánea de la inteligencia europea”, que relumbra (lo diremos de manera excesivamente breve) por sus reflexiones sobre la tarea del intelectual, el humanismo, la libertad, el ámbito de imágenes (Bildraum), el materialismo antropológico, la iluminación profana, la organización de la physis en la técnica y la organización del pesimismo. Por el momento, dejaremos a un lado las densísimas discusiones que de allí se derivan; observemos este último aspecto, porque nos devolverá a la lectura de Kracauer: Benjamin sostiene que

el surrealismo se ha acercado más cada vez a la respuesta comunista. Lo que significa: pesimismo completo. Desconfianza en el destino de la literatura, desconfianza en el destino de la libertad, desconfianza en el destino de la humanidad europea, pero sobre todo, desconfianza, desconfianza y desconfianza en todo entendimiento: entre las clases, pueblos, individuos. Y sólo una confianza ilimitada en la I. G. Farben (Benjamin, 2007: 314-315).

Aquí se conjuga la estimación y la sospecha hacia el surrealismo. La confianza en la I. G. Farben, la empresa química que fue consecuencia en 1925 de la fusión de las empresas Bayer, Basf y Hoechst, será poco después uno de los agentes financieros de mayor peso del Partido Nacional Socialista Alemán de los Trabajadores liderado por Hitler y a la postre productora del gas Zyklon B. Precisamente, en 1929, la I. G. Farben comprará el Frankfurter Zeitung, uno de los pocos bastiones del periodismo liberal y de izquierda integrado por autores y colaboradores judíos, que además fue el medio más atacado por Hitler en Mi lucha, donde se lo considera “el órgano sofisticado y altamente efectivo de la conspiración judía mundial, y un instrumento clave de la derrota de Alemania en la guerra” (Eksteins en Jay, 2017: 222). Este periódico, fundado por el banquero Leopold Sonnemann en 1856, mantuvo una popularidad (más allá de un número mediano de tiradas) por varias décadas, y la compra de la I. G. Farben no generó un cambio demasiado radical en un comienzo. Su orientación general persistió, pero las modificaciones graduales y cotidianas hacia la derecha produjeron desplazamientos que llevarían a su transformación definitiva. La aceptación de la negociación entre von Papen y Hitler en 1932 sería uno de los ejemplos más claros. Vale decir que la designación de Kracauer en 1930 a la sección cultural fue resultado de algunos de los movimientos llevados a cabo por la dirigencia de la I. G. Farben, que había desplazado Benno Reifenberg, anteriormente en el cargo (Traverso, 2006). Claro que, poco después, Kracauer también debería marcharse. Tal era el escenario en el que Kracauer se lanzó a escribir sobre las capas medias berlinesas.

El trabajo de Kracauer no es sólo una investigación sobre el tipo de los empleados, sino una reflexión en torno a la conformación del espacio público en la Modernidad. Lo indicamos nuevamente: en la obra de Kracauer no coinciden espacio público y opinión pública. De hecho, la opinión pública puede conformarse por las apreciaciones de la masa poblacional aun en momentos de sometimiento. En su libro sobre Offenbach, Kracauer sostiene que

dentro del mundo de los dioses y los hombres sólo hay un personaje que refrena a los demás, ante el que tiembla el propio Júpiter: la Opinión Pública. Dado que la dictadura napoleónica se basaba en la benevolencia de las masas, tenía que solicitar el favor de la opinión pública mucho más que cualquier otro régimen (Kracauer, 2015: 192).

Kracauer reconoce que el París del siglo xix será un territorio laberíntico, como un mesenterio, que da lugar a una verdadera flânerie que se embriaga en la ciudad e inspirará recuerdos donde lo onírico y la vigilia se mezclen, mientras que el Berlín weimariano borrará la memoria bajo un tiempo ininterrumpido (Bratu Hansen, 2019). Pero, al hablar de la opinión pública, no hay una gran distancia entre esta caracterización de la Francia decimonónica y la Alemania prehitleriana.

De su pesquisa se desprenden diferentes deliberaciones acerca de las condiciones de posibilidad de la configuración del espacio público en la Alemania de entreguerras –o, tal vez, del triunfo de lo social sobre lo político reflejado en la masa, lo cual, en definitiva, pone en una encrucijada al espacio público mismo–. Allí es posible situar una escena como la construida en el poema de Prévert, que describe el cuadro en el que se desarrolla lo siempre-igual de la cotidianeidad de la presunta “nueva clase media”. El paisaje de los empleados alcanza a ser pintado de la siguiente manera:

La vía pública, funcional y racionalmente aprestada para la circulación de ejércitos de ciudadanos o de transportes, también admitía el desfile sincronizado, el acto político desagregado en cuadros uniformes y el paseo repetido de consumidores liberados momentáneamente del rutinario horario de trabajo. Además, las tecnologías de la comunicación y de la representación ya comenzaban a configurar lo que décadas después sería llamado “sociedad del espectáculo” (Ferrer en Kracauer, 2008: 11).

Kracauer anticipa entonces trabajos como el de Debord –y, por lo tanto, de Agamben– o Bensaïd[4]. El continuo andar de las masas por las calles responderá a los planeamientos de la ratio que, en el diseño del espacio urbano, guiará las fuerzas que contribuirán con la consolidación de la distracción (el culto a la distracción también supone la obediencia a “una pura externalidad [donde] la audiencia se encuentra a sí misma” ante una fragmentada secuencia de espléndidas impresiones sensibles que se muestra como un todo homogéneo; Kracauer, 1995b: 326). El predominio de la ratio, tanto en el ámbito del trabajo como en el del entretenimiento, pero también en el diseño de la ciudad, sus tiempos y sus espacios, será característico en la sociedad en la que se afianzarían los empleados.

III

“Todas las personas se encuentran ahora muy estrechamente unidas entre sí” (Kracauer, 2018a: 51), dirá Kracauer en Ginster, alarmado porque a esa alianza subyacía la búsqueda generalizada de homogeneidad. La uniformización, atributo central de la racionalización del mundo de los empleados, demuestra el progresivo estrechamiento del espacio social en la Alemania de entreguerras. En la pretendidamente apacible vida cotidiana de los empleados, esto es, en la disolución de los antagonismos en la gran masa urbana –señalada por Adorno incluso en sus escritos musicales– se guardaba el secreto signo del terror por venir. Aún más, no es difícil conjeturar que los empleados berlineses serán el primer y más representativo caso de la población europea que se plegó al Tercer Reich.

En los decenios de incubación del fascismo [la xenofobia y el racismo] se manifestaba[n] en los grupos que no se manchaban las manos en el trabajo. Las capas medias y medias bajas fueron la espina dorsal de esos movimientos durante todo el período de vigencia del fascismo. […] No quiere ello decir que los movimientos fascistas no gozaron de apoyo entre las clases obreras menos favorecidas (Hobsbawm, 2003: 128).

Los empleados, reunidos en ese ejército que define a la masa urbana entre los desposeídos y los propietarios, en su medianidad, le otorgan preponderancia absoluta al bienestar privado por sobre el público, a la seguridad propia por sobre la libertad conjunta. Con palabras de Arendt, observamos el ascenso de lo social por sobre lo político, de la ley de lo privado (oykonomía) sobre la política como condición de posibilidad del fascismo y el nazismo[5].

En principio, los empleados de cuello blanco, ni proletarios, ni dueños de los medios de producción, se situaban en ese umbral, en ese entre-medio que atrae a Kracauer, sin definirse ni como capital ni como trabajo. No obstante, los aun sutiles padecimientos, las expoliaciones que signarán la historia de los nuevos sectores medios, los dejarán mucho más cerca de la situación de los obreros que lo que ellos mismos creerían. La ideología, como falsa conciencia, está aquí a la orden del día.

La presencia de los empleados no puede contemplarse por fuera del desarrollo del modo de producción capitalista. En el contexto de la Alemania posterior a la Primera Guerra Mundial, el capitalismo se ha constituido en una fina maquinaria que embellecerá las ataduras con las que se limitan las potencialidades emancipadoras de los seres humanos, que se observan a sí mismos como si fueran libres. Como dijéramos arriba: las luces que Kracauer admirará tempranamente del modo de producción capitalista se enhebrarán en múltiples peligros. A ello se sumará que sus crisis luego llevarían al nacionalsocialismo a un –falaz– rechazo del capitalismo.

Si observamos el conformismo alzado en las diversiones y las distracciones, diremos que el modo de producción capitalista es el triunfo ineluctable de lo actual, pues lo existente subsume cualquier posibilidad insurreccional emergente. La única democracia posible es la existente, la única política posible es la existente, la única definición de trabajo posible es la existente. No es otra cosa que el conformismo aquello que se pone en juego, que es estudiado por Kracauer a través de la recolección de girones y elementos menores. El conformismo es producto del miedo –como dirá Benjamin en un artículo sobre Julien Green– y confunde lo que puede ser, lo potencial, con lo que es.

En la sociedad de los empleados, donde la ratio acompaña el diseño de los grandes espacios urbanos como redes por las cuales circulan monótonamente colosales cantidades de indolente población, se supone que el problema de la libertad deja de ocupar un lugar principal en las preocupaciones generalizadas, ya que la única libertad posible es la existente. Sin embargo, Kracauer, en su póstumamente publicado trabajo sobre la historia, asume un posicionamiento claro: no existe la libertad en un escenario donde las mayorías son oprimidas con manifiesta violencia, y tampoco cuando la demagogia corroe con fluorescentes colores en la masa de ciudadanos la percepción de su propio sometimiento. “No hay libertad bajo regímenes totalitarios; y en vano se trataría de encontrarla en una sociedad que manipula a sus miembros para obtener su conformidad complaciente” (Kracauer, 2010b: 72-73). La perspectiva de Kracauer aporta una mirada para desarticular las apariencias de comunidad unida y homogénea tras la que se oculta la sociedad de masas. Incluso expresa que la apariencia de comunidad puede tener connotaciones aniquiladoras para la existencia misma de los seres humanos. En el grácil y armónico movimiento común de las poblaciones, en el coordinado acuerdo en el que todos van por el mismo camino –que no contradice al hormigueante andar diario de la multitud– asoman las tinieblas. Kracauer entiende que los regímenes tiránicos cuentan y han contado con el apoyo de las grandes masas, y ese apoyo se solidifica si las masas están satisfechas económica y materialmente. Eso no lo lleva a desdeñar a las mayorías o a minusvalorar sus consumos, sus gustos y sus costumbres, sino a estudiar los fenómenos de superficie que revelan su carácter potencialmente autodestructivo y opresor.

IV

Entra en escena el debate, entonces, en torno a la noción de comunidad en la literatura sociológica de Kracauer[6]. Podemos decir que

así como la palabra clave para comprender el humanismo renacentista se refería a la mentalidad estética, la del siglo xviii es iluminismo, o razón, la del siglo xix sería comunidad –y en nuestros países emancipación–. Las revoluciones burguesas dejaban su secuela de hambre y desigualdad, las masas de población requerían hacer verdad aquellos derechos que había prometido y traicionado la revolución francesa (Entel, 2005: 35).

Las banderas de la libertad, la igualdad, y la fraternidad, que estuvieron lejos de flamear incluso después de las revoluciones del siglo xviii en Europa, llevaron a un extremo sus inconsecuencias en el siglo xix. La miseria, la explotación iban a contracorriente de una tierra en la que supuestamente la “realización de la razón” ya se había producido. En el entorno de Kracauer, ya en el siglo xx, gobierna el beneplácito de los sectores medios, muchas veces construidos por el ascenso social de los explotados y que no reconocen como su igual al proletariado –desde ya, la alienación implica que el proletariado no se reconozca a sí mismo, como clase en general, o como clase subordinada en particular–.

La contraposición entre comunidad y sociedad subyace silenciosamente a la obra de Kracauer (autores como Löwy, 1998, proyectan esta tensión como uno de los centros de las preocupaciones de los intelectuales judíos socialistas y anarquistas de la Mitteleuropa, entre quienes se incluye a nuestro autor). No obstante, los modos de valorar la comunidad y la sociedad irán adquiriendo matices a lo largo de su producción. Tal oposición (parte de la estructuración del pensamiento kracaueriano en pares dicotómicos de categorías, como diría Vernik en Vedda y Machado, 2010: 123) nos regala aquí un capítulo más de su historia.

Ya en el temprano tratado filosófico sobre La novela policial, Kracauer confronta las nociones de comunidad y sociedad, anticipando tópicos que reaparecerán años después en su estudio en Weimar, Francia o Estados Unidos. Precisamente, en el emblemático capítulo sobre “el hall del hotel” –motivo que también forma parte de El ornamento de la masa y que ocupa una fugaz referencia en “Culto de la distracción” (1995b: 323; 2006: 215) para aludir a las salas cinematográficas de Berlín y su atención al brillo de la superficie para la diversión–, Kracauer percibe la separación, bajo el gobierno de la ratio, de los seres humanos entre sí y su falsa reunión bajo conceptos universales. Emerge aquí, asimismo, la noción de realidad del Kracauer temprano, que por otro lado parece no ser abandonada del todo y que remite a un estado de tensión entre el mundo concreto y lo incondicionado:

Lo que se manifiesta en el vestíbulo del hotel es la coincidencia formal entre las figuras, una igualdad que significa vaciamiento, no compleción. […] Se deja sin efecto una convivencia que ya es irreal en sí misma, pero esto no significa elevarse, desgarrándose, hacia la realidad; es mucho más un deslizarse hacia abajo en la mezcla doblemente irreal de átomos indiferenciados, de los cuales se forma el mundo aparente. Si en la casa de Dios se manifiesta la criatura que se reconoce como representante de la comunidad, en el hall del hotel va apareciendo de la misma manera el elemento básico insustancial al cual debe remontarse la socialización racional (Kracauer, 2010a: 64-65).

En el vestíbulo del hotel se materializa la sociedad moderna, impregnada de anonimato y de relaciones entre seres indiferentes, contrapuesta a la comunidad en la que los vínculos no se encuentran signados por la escisión que caracteriza a la fría multitud. El hall del hotel es un espacio vacío en el cual, a pesar de apartarse de la rutina, no forja relaciones diferentes que contribuyan con una integración bajo nuevos lazos comunitarios (cf. Frisby, 1986: 129).

Se puede comprender entonces por qué Kracauer despliega con la figura del hall del hotel una fenomenología de la Modernidad y la cultura de masas (cf. Koch, 2000). El autor francfortés mira con sospechas la configuración de la sociedad moderna, caracterizada por la ratio, el desarrollo del capitalismo, la individualización y la correspondiente división y especialización del trabajo. Su desconfianza, compartida parcialmente con sociólogos como Max Weber o Georg Simmel –aunque también, de algún modo y con matices, con Marx o Durkheim–, se correspondía inicialmente con una propuesta de realzar los valores de la comunidad premoderna, de lazos indesligables entre los seres humanos. La comunidad de la Edad Media europea se caracterizaba, para Kracauer, por hallarse “cargada de sentido”; todo remitía a la incidencia de la divinidad y lo superior.

Kracauer afirma que

en una época “cargada de sentido”, todas las cosas están relacionadas con el sentimiento divino. No hay un espacio vacío ni un tiempo vacío tal como los presupone la ciencia; espacio y tiempo constituyen antes bien, la ineludible cobertura para contenidos que se encuentran en alguna relación determinada con el sentido. El mundo entero está cubierto de sentido; el yo, el tú, todos los objetos y acontecimientos reciben de él su sentido y se ordenan en un cosmos de formas. A la vida le faltan la mala infinitud y el carácter íntegramente cuestionable de una época “desprovista de sentido” (Kracauer en Vedda, 2011: 63-64).

La clausura de la época plena de sentido, que bien ilumina Kracauer en su recensión sobre la Teoría de la novela, concedió espacio a la apertura de un mundo desencantado, en el que la ratio se levantó como la facultad que otorga respuestas a las incertidumbres ínsitas al desamparo trascendental[7].

Las reflexiones sobre la comunidad, que habitan el trasfondo de la obra de Kracauer, involucran a su vez la deliberación sobre los vínculos entre los seres humanos y la ley. El libro sobre La novela policial, al igual que otros escritos tempranos, expresa una exaltación de las pautas comunitarias que prima sin mayores miramientos y que diferencia a la comunidad respecto del pueblo. El pueblo equivale allí a la sociedad de masas en la que nadie se conmueve por el otro[8]; quienes conforman esa reunión de sujetos no se igualan más que por su compartida desconexión con lo superior, con la ley, y entre ellos mismos. En la comunidad confluyen quienes se relacionan con el misterio superior. En el pueblo coexisten figuras privadas y sin vinculación, “deja de ser una sociedad tan pronto como una comunión, aunque sólo sea aparente, vincule sus elementos entre sí”. La masa que compone al pueblo se halla en un estado de indiferencia; “no es legal, mucho menos ilegal, sino que se aproxima a la nada a la cual la ratio quiere remitir los significados” (Kracauer, 2010a: 100).

Se desprenden de estas palabras diferentes hilos. Por un lado, encontramos la “defensa” de Kracauer de una concepción de comunidad en la cual aún no se ha perdido el sentido que otorga la esfera de lo trascendente, el misterio superior que el hombre “real” –que se dirime, reconociéndose en el umbral entre lo terrenal y lo divino– acepta, circunscribiendo sus relaciones con el mundo y su legalidad a tal sentido. De allí surgen relaciones que no están corrompidas por el utilitarismo, por el gobierno impertérrito y violento de la naturaleza o la transformación del lenguaje en un mero conjunto arbitrario de signos. Por otro, se observa una suerte de equiparación o de sinonimia entre pueblo y masa; equivalencia que es puesta en entredicho en escritos posteriores. En “El ornamento de la masa” Kracauer manifiesta con claridad la diferencia masa y pueblo, al decir que

el portador de los ornamentos es la masa y no el pueblo, pues siempre que éste forma figuras estas no surgen del aire, sino de la comunidad […]. Los hombres excluidos de la comunidad que se consideran personalidades individuales con un alma propia también fracasan al tratar de construir nuevos modelos (Kracauer, 2008b: 52).

En principio, la concepción del pueblo aparece aquí muy próxima a la de comunidad y lejana a la de la masa delineada en la sociedad de los empleados. Esta disquisición terminológica se puede ampliar, por ejemplo, si nos enfocamos en Ginster, quien en su chaplinesco extrañamiento respecto a la marea humana “jamás había conocido pueblos, siempre tan solo a personas, a individuos” (Kracauer, 2018a: 47), o en el artículo “La comunidad de los acreedores”, publicado en el Frankfurter Zeitung el 15 de septiembre de 1931, donde la noción de comunidad ocupa una posición central –pero sin una reflexión minuciosa sobre ella–, o bien en el trabajo sobre Offenbach, en el que las referencias al pueblo son constantes desde su primer apartado y, aun sin ninguna definición precisa, se pueden ligar directamente con la noción de masa. Hay, también, palabras de alarma de nuestro autor cuando, en su viñeta “A propósito de los campos de trabajo” de octubre de 1932 –esto es, pocos meses antes de su exilio–, avizora que se agiganta una joven generación de burgueses deseosos de pertenecer a una comunidad popular con valores nacionalistas y antisemitas.

Al abordar esta discusión, se vuelve fundamental conducirnos nuevamente al artículo sobre “La Biblia en alemán”, donde Kracauer propone reflexionar acerca de la religión (desde un ateísmo religioso, cf. Löwy, 2015) como orientación teórica de las personas vinculada estrechamente con su praxis vital –factor del cual estarán lejos Rosenzweig y Buber, según Kracauer (Traverso, 2006)– para contrarrestar el desamparo trascendental propio de las sociedades de masas. Además, dado que se trata del opúsculo que expone el viraje de Kracauer de una crítica romántica de la Modernidad a un materialismo incipiente, tanto como la modificación de la perspectiva del autor respecto de la Modernidad (cf. Vedda, 2011, García Chicote en Vedda, Machado y Ciordia, 2012), proporciona también cambios en su forma de entender la comunidad. En “La Biblia en alemán”, su temprana apreciación de la comunidad medieval en la que todo está cargado de sentido es echada por la borda. Si bien los atributos de las sociedades modernas –tales como la racionalización, la individualización, la división del trabajo y el desarrollo del capitalismo– continuarán en el centro de las diatribas de Kracauer, dos consecuencias de su desarrollo serán valoradas en sus textos: a) no sólo se concretiza en la sociedad moderna la confección de un mundo desencantado, sino también un fino proceso de desmitologización y de resquebrajamiento de las verdades reveladas por parte de autoridades inamovibles y asentadas en el tabernáculo religioso que fuere; b) en las sociedades modernas se delinea la profusa extraterritorialidad, la puesta en un tembladeral de cualquier estado fijo que delimite la patria territorial o cognoscitiva de los seres humanos –lo cual, como fuera dicho, será apreciado por el autor desde la década de 1930 hasta su póstumamente publicado libro sobre historia–[9]. Incluso con los padecimientos propios de la condición de extraterritorialidad, del destierro y del desgarramiento que suponen el despojamiento de un lugar propio, Kracauer destaca su potencialidad para la apertura a la novedad, al pensar sin restricciones, a la aventura y a la convocante provisionalidad del conocimiento. Claro está, lo que hace cada cual con su extraterritorialidad –ya sea aceptarla sin crítica, ignorarla o hacer de ella la vía para transformar el mundo– varía en el mapa de los empleados.

V

Más allá de estimar ciertos rasgos de la sociedad moderna, el panorama que divisa Kracauer en la República de Weimar es claro. La escisión de los hombres entre sí y la indiferencia hacia los otros en función del privilegio y el enaltecimiento de lo privado son las facetas palmarias del espacio social habitado por los empleados. El gobierno de la ratio presente en los asuntos humanos, de la razón incompleta y subsumida únicamente a su versión instrumental, ha contribuido con la consolidación del paradigma inmunitario (al decir de Esposito, 2007). La individualización, en tanto fenómeno específicamente moderno, contiene una veta emancipadora –como la conquista de las libertades individuales– y a la vez un costado plenamente regresivo. “Cuanto más planificada se encuentra la racionalización, tanto menos tienen que ver los hombres entre sí” (Kracauer, 2008a: 141). Kracauer, como Adorno, mantiene una valoración positiva de la figura del individuo. Sin embargo, la progresiva separación entre los componentes particulares de la sociedad berlinesa (alejados entre sí en sus actos singulares y reunidos bajo la apariencia de comunidad en la masa) llega a alarmarle. El aumento gradual de la indolencia se mueve al compás de la división del trabajo, y la maquinización del cosmos habilita la destrucción y el sufrimiento prontos a arribar.

Con estas líneas, que nos dan ingreso a las tensiones del mundo de los empleados, tenemos la oportunidad de seguir el hilo de Kracauer para poner en cuestión las mismas condiciones de posibilidad de existencia del espacio público ante el advenimiento de la sociedad de masas. Concibiendo al espacio público como aquel en el cual todos pueden aparecer[10] como alguien para ser vistos y oídos, así como en el cual todos pueden actuar y efectuar sus discursos, su existencia se pone en riesgo si se disminuye a los ciudadanos a una mera función del gran mecanismo que los articula. La sociedad de los empleados no está conformada por la reunión de quienes se muestran como alguien, sino que en ella predominan los seres humanos en tanto son algo. Los empleados son oficinistas, abogados, bancarios; son funciones. Así, el estatuto ontológico del ser humano en tanto zoon politikon está ante un escenario que lo quiebra de manera permanente. En la gran urbe avistada por Kracauer, el sensus communis, constitutivo de lo político, es obliterado y derruido por la primacía que adquiere la realización de éxitos privados. Este panorama se amplía aún más cuando, con Bratu Hansen (2019), divisamos las tendencias no androcéntricas ni antropocéntricas que emergen en el informe de Kracauer.

En la sociedad del altocapitalismo, la burocratización gradual de todas las esferas de la existencia establece a la vez la separación de los individuos respecto de sí mismos, de los congéneres, de sus productos y de la ley que los gobierna; no por nada en el artículo “Aburrimiento”, volvemos a decirlo, expresa nuestro autor que el mundo se asegura de que uno no se encuentre consigo mismo (1995b: 332; 2006: 181). La alienación se muestra así como el gozne ineludible en la obra de Kracauer. De todos modos, no podemos remitirnos exclusivamente a la división del trabajo para buscar el factor determinante de tal resquebrajamiento de lo político y de todas las separaciones del mismo ser humano. El filósofo francfortés sugiere que el culto a la distracción, la pululación por los cuarteles de placer y la adoración indetenible a las producciones de la industria de la diversión son igualmente relevantes –no en tanto descanso y rehabilitación para el trabajo, sino como su continuación bajo el ala de la ratio–.

4.2 – Racionalización y uniformización

I

En el momento culminante del mundo desencantado, el dominio de la ratio se ha inmiscuido en todos los rincones que pudieran habitar los seres humanos. La racionalización de la cotidianeidad, en el hogar, en el trabajo, en las instituciones educativas, en las áreas de entretenimiento, define los modos de existencia de los empleados. Con la racionalización, que en el mundo de los empleados no es sino el gobierno de la ratio sobre la razón, el desenvolvimiento incompleto de la razón asoma en cada filigrana de la sociedad de masas. Hay en Kracauer un atisbo de apreciación de la Modernidad como un proyecto inconcluso (anticipando, en cierta forma, a Habermas), pues la razón, al no alcanzar aún su plenitud, se encuentra en un estado de truncamiento. Como dijéramos anteriormente, no hay aquí una dialéctica de la razón, sino una razón que todavía no ha desplegado todas sus cualidades. He allí, por ejemplo, el sustrato de la configuración y de la distribución de los cuerpos en los tiempos y los espacios en el mundo explorado por este curioso arquitecto-periodista-ensayista-filósofo-sociólogo-crítico cultural.

En las grandes ciudades, como Berlín, la mecanización sistemática de micromovimientos, la progresiva e incesante división del trabajo y la automatización de la percepción se fundirán en los avatares diarios de un conjunto social inédito en la historia de la humanidad. En las entrevistas de Kracauer a diferentes agentes de las empresas comerciales se transparenta la perforación que la racionalización ha producido hasta en los más ignotos sitios de las actividades diarias. A partir de su diálogo con el director comercial de una fábrica, Kracauer expresa: “‘La elaboración comercial del proceso de trabajo [dice] se encuentra racionalizada hasta el menor de los detalles’” (Kracauer, 2008a: 129)[11].

En el mundo de los empleados, en el cual rige la disciplina (y la biopolítica, pues el gobierno de la población se puede dilucidar inmediatamente), con su estructura reticular y sus refinados mecanismos de sujeción, cada proceder es objeto de cálculo; el gasto innecesario e improductivo de energías es delimitado en pos del provecho del trabajo eficiente de los empleados. El ser humano, subordinado a la tiranía de lo útil, se transforma en la pieza de una maquinaria que gradualmente perfecciona sus procederes. De hecho, los empleados son en sí mismos máquinas que han sido producidas en serie. La tiranía de lo útil y lo siempre-igual imperan a su vez sobre los seres humanos –y no sólo sobre los bienes culturales– y, entre ellos, en el conjunto homogeneizado de trabajadores de cuello blanco. Cada cual, con su función específica, forma parte de la totalidad que se reúne como masa. De acuerdo con Kracauer, se ha conformado una multitud de empleados no cualificados y cualificados que cumplen a cada instante con una actividad mecánica. “En lugar de los precedentes ‘suboficiales del capital’ ha aparecido un imponente ejército en cuyas filas surgen cada vez más hombres corrientes que son intercambiables entre sí” (Kracauer, 2008a: 114)[12].

II

Ahora bien, la anatomía política del detalle, propia de la disciplina, cobra un singular brillo si ponemos la lupa en la eficacia con la que se han escindido –como fragmentos– los diferentes habitantes del espacio urbano[13] recorrido por Kracauer. Un ejemplo representativo de tal separación es expresado en el capítulo “Selección” de Los empleados cuando se explicitan los criterios predominantes para la elección de personal en “una conocida gran tienda de Berlín”. Allí, un hombre influyente del departamento de personal afirma que el aspecto “agradable” es un parámetro fundamental con el que tienen que cumplir sus trabajadores y, por “agradable” se entiende al “color de piel moralmente rosado”.

Irrumpe Kracauer en la escena, sin ocultar su ironía:

Un color de piel moralmente rosado… esta combinación de conceptos hace que se torne súbitamente transparente la vida cotidiana que se halla saturada de escaparates decorados, de empleados y de revistas ilustradas. Su moral debe ser de color rosado, su color rosado debe estar matizado moralmente […]. Cuanto más avanza la racionalización, tanto más prolifera la presentación moralmente rosada (Kracauer, 2008a: 127, 128)[14].

Las sospechas de Kracauer en torno al “color de piel moralmente rosado” evidencian no sólo la enunciación de los cánones de belleza en la sociedad de los empleados (que a su vez es objeto de interrogación en su ensayo “La fotografía”, al dar cuenta de las burlas que provendrían de los espectadores de algunas fotos para con la vestimenta de una mujer fotografiada varias décadas atrás), sino también la expresión concreta de la racionalización que, en la división del trabajo, establece los requisitos que deben reunir todos aquellos que pretendan llegar a ser empleados de cuello blanco. De ese modo, la unificación y la uniformización que se vuelven condiciones de posibilidad del afianzamiento del ejército de empleados se inscriben hasta en la misma piel de los habitantes urbanos. Si se es “bello”, se es útil.

Presenciamos, por lo tanto, la puesta en marcha de una serie de transformaciones sociales que sistemáticamente derivan en la indiferenciada masa de empleados. Según Kracauer,

no es excesivamente osado afirmar que, en Berlín, está formándose un tipo de empleado que se uniformiza en dirección al color de piel anhelado. Lenguaje, vestimentas, gestos y fisonomías se asemejan, y el resultado del proceso es precisamente aquel aspecto agradable que puede ser reproducido ampliamente con la ayuda de fotografías. Una selección natural que se consuma bajo la presión de las relaciones sociales (Kracauer, 2008a: 128).

Las metafóricas invectivas de Kracauer acerca de la “selección natural” permiten observar al cosmos de los empleados como aquel en el cual la ratio moldea a los seres humanos en pos de definir su conveniencia y delinear así la supervivencia del más apto. Esta suerte de darwinismo social llega hasta los colores que hay que ennoblecer y define la velocidad con la que hay que moverse.

Hagamos un paréntesis. Esta situación pone en evidencia los peligros de la particular homogeneización que es mucho menos atisbada en otros escritos de Kracauer. Las ensoñaciones diurnas, el brillo de las comedias de slapstick, el circo (en un texto de 1923) o los teatros se observaban como una fuerza de extrañamiento y autopercepción novedosa (Gilloch, 2015; Bratu Hansen, 2019). A la vez, hay dos films que ocupan la atención de Kracauer y retratan el flujo de la vida cotidiana en las grandes ciudades: La calle, dirigida por Karl Grüne y estrenada en 1923, y Berlín: sinfonía de una gran ciudad, dirigida por Walter Rutmann y estrenada en 1927. Nuestro autor se ocupa de La calle en “El artista en nuestro tiempo” e “Imagen cinematográfica y discurso profético”, ambos de 1925, entre otros de sus ensayos cinematográficos, señalando que el film exhibe un rasgo de muchas ciudades alemanas, en donde la vinculación entre los habitantes aún es una tarea pendiente. El texto habla de un doble exilio, o hasta de un doble desamparo del investigador entendido como un caminante solitario: del interior del hogar pequeñoburgués y de la misma calle signada por el aturdimiento y el ajetreo; vale decir que en la sociedad de los empleados este caminante también es un sagaz acusador de lo existente. Por otro lado, al hablar de Berlín: sinfonía de una ciudad en De Caligari a Hitler, destaca las maneras por las cuales cobran vida los objetos inanimados en la película; por consiguiente, demuestra cómo la obra se ocupa de los reversos de la vida mecanizada, lo rechazado por el público. Nuestro autor señala en Teoría del cine que Ruttmann realiza un corte transversal (acción que, como dijimos, Kracauer también le atribuye a Kafka) de la cotidianeidad berlinesa a través de un certero registro de lo fugaz y que en el fluir de la masa queda a un lado.

La disposición de los cuerpos de los empleados, su unificación y uniformización, tiene su correlato en el sometimiento a la utilidad, inclusive, de la temporalidad y la espacialidad. La medición de tiempo y el espacio, como sistemas cuantificables matemáticamente, ampliará los márgenes para aumentar la eficacia de los empleados. De hecho, la racionalización habita la concepción y la percepción de la temporalidad del universo de los empleados.

Cada instante tiene que ser dedicado a una tarea específica, en la cual se “contribuye” a la causa común de cada empresa. Las tonalidades rojas, amarillas y verdes comparten el propósito de definir inclusive más racionalmente una empresa. “A partir del encendido y apagado de las pequeñas bombillas, el director de la empresa puede inferir en todo momento el estado en que se encuentran los trabajos en cada una de las secciones” (Kracauer, 2008a: 130). La obediencia a las luces que secuencialmente se apagan y se prenden en las empresas dispensa a los jefes de esforzarse en faenas que no son productivas para sus propósitos. Con las luces se ahorra tiempo. Así, la mecanización y la matematización del ámbito del trabajo se exhiben en la rigidez de los horarios –a cumplirse necesariamente– que granjean los contornos de la acción humana. Es por ello que Kracauer también mira en la tarjeta perforada al objeto con que se ejemplifica la expresión numérica de las posiciones de los empleados en la fábrica o la oficina. La divisa kantiana de la Respuesta a la pregunta ¿qué es la Ilustración?, que sugiere que el hombre no es una mera máquina –tal como se expone también en las diferentes formulaciones del imperativo categórico– es echada por tierra en el territorio de los empleados[15].

De acuerdo con Kracauer, la empresa mecanizada, donde la ratio se impone por sobre la razón, establece hasta los modos de entender qué es el ser humano en las sociedades fragmentadas. En “El viaje y el baile” se expone la restricción de la realidad –aun con cierta terminología que luego es abandonada en Los empleados– que conlleva la matematización del espacio. “Mientras los hombres dirigidos a lo incondicionado no están sólo en el espacio, sino que viven en él, las figuras de la empresa mecanizada están o bien en su lugar habitual o en otro” (Kracauer, 2008b: 46). El tipo del empleado se halla constantemente en espacios geográficos preestablecidos y previstos; todos sus movimientos y sus ubicaciones pueden ser antedichos por las planificaciones guiadas por cálculos matemáticos. La coreografía que reúne a los escindidos empleados tiende cada vez a desenvolverse con mayor prolijidad, en una diagramación racional que hasta moldea la sensibilidad.

III

A lo largo del informe sobre los empleados, Kracauer husmea en las palabras provenientes de las fuentes “autorizadas” para explorar cómo se concibe a la racionalización en la sociedad berlinesa. Un conjunto de citas nos ofrecerá un paisaje más cabal de la presencia de la racionalización –esto es, la razón enturbiada, la ratio–:

En el capítulo denominado “Breve pausa para airearse”, Kracauer hilvana elementos heterogéneos en pos de dar cuenta del sometimiento a los accionares de la ratio de todo aquello que forme parte de las industrias y las empresas. Así, propone que el

“Consejo Nacional para la Productividad” define del siguiente modo: “Racionalización es la aplicación de todos los medios que ofrecen la técnica y el ordenamiento planificado para incrementar la productividad y, con ello, para aumentar la producción de bienes, para abaratar éstos y, también, para mejorar su calidad” (Kracauer, 2008a: 133).

Nada escapa al gran objetivo: producir bienes culturales que son, en definitiva, artículos comercializables. Es por ello que la transformación de las empresas en ambientes agradables para la estadía de los empleados hasta incluye la reproducción de obras musicales, que de hecho llevan el ritmo de la producción.

Observamos entonces que hasta las falencias del mundo del trabajo son corregidas por el mismo modo de producción capitalista –que, desde ya, como característica inmanente, posee la cualidad de aquietar sus propias contradicciones– con el desarrollo de la Psicología del trabajo. Según Kracauer, a la vez que se produce la racionalización de las empresas, se tiene que generar el alegre estado de ánimo que la misma racionalización ha suprimido (Kracauer, 2008a: 136). Las penurias que provienen de la rutina y el sometimiento –aun sutil– de las empresas comerciales adquieren su contrapeso en diferentes actividades que sopesan los tonos desdichados de los empleados. Es una equilibración que redunda en la tranquilidad y la satisfacción del empleado; pero, sobre todo, en la “felicidad” por la ganancia de los patrones y en la armonía aun transitoria del mismo capitalismo.

La primacía de la utilidad como criterio para evaluar el desempeño de los empleados –y para juzgar a los seres humanos en general– constituye un factor decisivo en la reconfiguración de las relaciones intergeneracionales, lo cual se manifiesta en el desplazamiento de los adultos mayores del mundo de las empresas. Nos encontramos aquí con uno de los sitios más conmovedores del informe sobre los empleados, en donde la omnipresencia de la ratio en las dimensiones íntimas de la praxis vital alcanza particular altura.

Kracauer divisa, extrañado, que en la sociedad de los empleados la obsolescencia de los seres humanos comienza cuando se llega a los cuarenta años. Desde entonces, las empresas y las fábricas se permiten desecharlos. El pensador francfortés cita un memorando de la Unión de Asociaciones de Empleadores Alemanes:

La reestructuración de algunas empresas y la reorganización de su aparato administrativo –vinculada con las medidas de racionalización– han hecho necesaria la reducción de algunas fuerzas de trabajo viejas […] que era inevitable con vistas a mantener la rentabilidad de las fábricas. [Con ironía, le confiesa Kracauer a quienes lo leen]: ¡Ay, éstas también han racionalizado totalmente el lenguaje! […] La racionalización ya debe avanzar sobre los cadáveres de edad avanzada a raíz de que a éstos les corresponde el sueldo más elevado (Kracauer, 2008a: 150).

Kracauer encuentra alarmado en la desconsideración respecto de los adultos mayores un rasgo saliente de la época de los empleados: el desdén creciente a las generaciones precedentes. No sólo apuntaremos, con el autor, contra la limitación que se impone sobre los vínculos entre descendencias y ascendencias, sino también que con el palpitar de su prosa nos preguntamos acerca de las potencialidades autodestructivas del ser humano bajo el pretexto de la productividad y la consolidación de un sistema gobernado por la ratio. Lejos de colocar a las personas mayores como las depositarias de cierta sabiduría (al estilo de las comunidades premodernas), el capitalismo se deshace de ellas cuando dejan de ser útiles en tareas prácticas. Su aparente labilidad sólo las arroja a la condición de consumidoras y diseña espacios y tiempos para que no interrumpan el andar habitual de la maquinaria social.

A continuación, compartimos un extenso pasaje del mismo capítulo, en el que se nos brindan las reflexiones de Kracauer a propósito del sistemático proceso por el cual el sistema se deshace de los mayores y sobreestima a la juventud:

Si la vejez es destronada, sin duda la juventud ha ganado, pero la vida ha perdido. […] Cuanto menos segura está [una] actividad acerca de su propio sentido, tanto más estrictamente prohíbe que la masa de la población activa se pregunte por él. Pero si los hombres no pueden dirigir la mirada hacia un fin importante, también se les escapa el fin último: la muerte. […] La sobreestimación de la juventud representa una represión tanto como una desvalorización de la vejez que rebase la medida de lo necesario. Ambos fenómenos atestiguan indirectamente que, en las actuales condiciones económicas y sociales, los hombres no viven la vida. […] Los empleados mayores despedidos siguen envejeciendo, y todos los hombres viven una sola vez (Kracauer, 2008a: 157-159).

Dado que los seres humanos son considerados irremisiblemente reemplazables, aquellos cuya utilidad haya mermado serán velozmente desechados. Por otra parte, figuran en esta cita atisbos de la pregunta de nuestro autor por las relaciones entre generaciones y por la finitud. Esta discusión alcanza más deliberaciones en los textos sobre fotografía y cine. Incluso, el célebre ensayo de Kracauer sobre la fotografía incluido en El ornamento de la masa (Kracauer, 2008b: 19) comienza haciendo referencia al tono peyorativo con que los espectadores contemporáneos observan la vestimenta y el escenario captados por una foto protagonizada por su abuela cuando era joven. Esta escena se reitera en el artículo “El abordaje fotográfico” (Kracauer, 2016: 242-243), que da lugar al primer capítulo de Teoría del cine[16].

No obstante, la supuesta valoración de la juventud dista de fundamentarse en las fuerzas transformadoras de los jóvenes. Se observa que las nuevas generaciones contienen la cualidad preponderante de prestarse con facilidad a atender y aceptar todas las instrucciones que les son otorgadas. El hecho de cumplir eficazmente las tareas pautadas las dispensa de poseer conocimiento (Kracauer, 2008a: 132). En la ligera rutina de los empleados, coloreada por el énfasis en realizar lo establecido por el deber, la prescripción de cada movimiento que convierte la atención en costumbre es fundamental. Los jóvenes se ofrecen para eso tomando su consecución como la vía para arribar al éxito. La bandera de la patria de los empleados reza por una obediencia carente de reflexión.

Otra vez, y dando algún paso adicional respecto de los ya dados, señalamos que la divisa kantiana de la Ilustración, esto es, la salida de la minoría de edad, el rechazo a la pereza y la cobardía, el coraje de valerse por sí mismo, es despreciada sin ambages. El confort ya no solamente se encuentra en la esfera doméstica, sino que habita los espacios laborales, en donde una serie de sencillas instrucciones definen qué se debe hacer para concretar con eficacia las tareas encomendadas. No se trata de la ampliación de la comodidad al espacio público, sino de la victoria de lo privado, que se traslada hacia fuera del hogar y adquiere un protagonismo insólito.

Por su parte, como respuesta a esta situación, cualquier emprendimiento que implique hurgar en los desechos –como hace el trapero–, mirarse a la cara con aquello que la sociedad elude o ignora, cortar transversalmente con el pensamiento las edificaciones urbanas, lleva a enfocar su atención en quienes han sido arrojados fuera –inclusive– de los extremos de la sociedad. Tomando la expresión del libro sobre Las últimas cosas antes de las últimas, el proceder de Kracauer se ubica en la antesala del despojo humano.

IV

Señalamos en párrafos precedentes que una de las máximas virtudes de la ratio en el modo de producción capitalista consiste en encontrar, ante sus falencias, las formas de soldar las piezas que se escinden en su dominio y volver a equilibrarse, apareciendo como si fuera extraña a las relaciones sociales. Para ello, cobran brillo las agencias de colocación, compensando la falta de empleo de quienes quedan en los “márgenes de la sociedad”. En el capítulo “Taller de reparaciones”, Kracauer sostiene que

la oficina de empleo Berlín-Centro, es, directamente, una enorme empresa o, antes bien, el negativo de una gran empresa, pues aspira a racionalizar aquello que ésta deja sin racionalizar. En la agencia para empleados de comercio –una de las muchas oficinas de empleo– pude vislumbrar los métodos con que se efectúa el transporte de la mercancía fuerza de trabajo (Kracauer, 2008a: 170).

La racionalización del mundo de los asalariados de cuello blanco conlleva la asunción generalizada de que el trabajo no sólo es un medio para la producción de mercancías –ni la transformación teleológica de la materia en pos de la producción de bienes duraderos–, sino que la misma fuerza de trabajo se ha convertido en una mercancía. En un ámbito en el que los seres humanos, uniformados y uniformizados, son intercambiables entre sí –bajo el concepto abarcador de “empleados”, en una fijación casi esencialista de su identidad– como elementos necesarios del engranaje del modo de producción capitalista, la fuerza de trabajo se compra y se vende como cualquier mercancía. De esa manera, cuando un ser humano deja de ser “útil”, se lo convierte en un detritus que tiene que alejarse del centro de la ciudad. Es por eso que Kracauer, quien reconoce que somos como muñecos, explora el cosmos de los empleados incursionando en sus trastos.

Ahora bien, la producción artificial de seres humanos como desechos no es una característica inherente sólo al modo de producción capitalista. La constitución misma y la conservación de los Estados Nacionales y de sus respectivos gobiernos tienen como requisito primordial la presencia de expoliados (a los cuales son direccionadas sus promesas de bienestar). La crítica al Estado que se desprende de la textura kracaueriana puede llegar a tener una base en las proximidades de nuestro autor al anarquismo en su juventud (tal como apunta García Chicote en Vedda, Machado y Ciordia, 2012: 150). De hecho, Kracauer le confesará a Bloch en 1926 que se considera en última instancia como un anarquista, “seguramente lo suficientemente escéptico como para considerar al anarquismo en su forma actual como una distorsión de sus propósitos originales” (en Jay, 2017: 231).

Con el posicionamiento de Kracauer se destruye toda pretensión de remitir las nociones de libertad y de bienestar, el vivir bellamente, a la mera satisfacción de necesidades básicas. Más allá del valor que pueda atribuírsele al empleo en el contexto de la Alemania de entreguerras, el filósofo francfortés contempla con agudeza que la total ponderación del trabajo asalariado y el otorgamiento de ciertos beneficios –vacaciones pagas, mayor acceso a bienes culturales– no favorecen a la población, sino que ocasionan una apacible y moderada esclavitud y dan la garantía de obediencia. En el artículo “La revuelta de la clase media”, Kracauer se pregunta acerca de quién es este hombre común que disfruta de la casita del fin de semana: “es el pequeñoburgués individualista que creció en el liberalismo, al cual el Estado le permite ser un buen hombre y que seguramente es el menos indicado para crear el nuevo orden” (Kracauer: 2008b: 101). El pequeñoburgués, quien se atiene a su rutinario periplo del hogar al trabajo y viceversa, que cumple eficientemente las tareas que le son asignadas (sin abundar en la caracterización, es posible conectar a la figura que aquí se describe con la del padre de familia, que Hannah Arendt considera como aquella que representa al criminal del siglo), es el hombre de la masa que defiende la continuidad de lo establecido. Lo dado, de esa manera, define los caminos por los que se tienen que encauzar las potencialidades humanas y construye las barreras para cualquier novedad que pudiera llegar a irrumpir y trastocar sus jerarquías[17]. Y las agencias de colocación contribuyen sin dudas con la perpetración de las relaciones sociales ya tomadas como si fueran inconmovibles[18].

Las problemáticas relativas a la novedad son permanentemente objeto de atención de Kracauer. Ya en su artículo “Decadencia”, de 1923, declara que “muchos quisieran hoy cubrir la balada de organillo de la decadencia con el canto de sirenas de la renovación” (Kracauer, 2006: 175), lanzando una invectiva contra los colectivos políticos que se sienten llamados a una modificación voluntarista del mundo sin tener en cuenta las fuerzas existentes en él. Lo nuevo sólo puede aparecer en la transformación tajante de lo instituido. Bien sabemos que la obliteración de lo nuevo y el pregonar una renovación abstracta se vuelven primordiales para la persistencia de un estado de cosas oprobioso pero adorado por las mayorías. La maquinización global repercute, inclusive, en las potencialidades cognitivas de los seres humanos. En este cuadro también se clausura la creatividad y, por lo tanto, toda vía para generar lo inédito en el inescrutable cosmos de los empleados. No hablamos aquí de la creatividad como una producción surgida de la nada, sino que hablamos de “la actividad de crear, y se la define como la producción humana de algo a partir de una realidad preexistente, pero de tal forma que lo producido no se encuentre necesariamente en esa realidad” (Entel, 1988: 27). El mismo Kracauer lo dice en su libro sobre Offenbach: “una creación original nunca surge de la nada, sino que transforma lo ya existente” (Kracauer, 2015: 186). En la Berlín investigada por Kracauer no hay lugar para la creación de lo auténticamente novedoso, sino que lo nuevo no es más que la pantalla tras la que se refugia lo que siempre es igual –en este aspecto Kracauer es muy afín a Benjamin y a Adorno–. Las empresas están lejos de apuntar a la generación de algo que acontezca y corte transversalmente la ligera y a la vez flagrante expoliación; colaboran así con el sostenimiento del mundo aceptado con la relampagueante luminosidad de la aparente novedad (donde reina la apariencia, lo auténtico se convierte en objeto de burla, según dice Kracauer en el mismo trabajo sobre Offenbach).

Las novedades aparentes reflejan las relaciones humanas que se han transformado en relaciones entre mercancías reproductoras de sus condiciones de existencia y se reúnen según su provecho para el funcionamiento del mecanismo social. El hombre se ha convertido en sí mismo en un conjunto de piezas (ciertamente, Marx había percibido esto en el siglo xix) presuntamente ventajosas para la producción de sus bienes y, como contrapartida, potencialmente relevantes para su propia aniquilación. Cada fragmento de la sociedad de masas es colindante con el otro. Se revela así la desintegración del estatuto de la ciudadanía –como una figura que se reconoce en la ley que se da a sí misma–, en consonancia con las resquebrajaduras del espacio público.

V

Quien siga estas líneas habrá ya dilucidado las huellas de Lukács en los planteos kracauerianos. Sin dudas, Lukács influyó en la prosa y la metodología del filósofo francfortés. Fue arriba mencionado el uso de la expresión de desamparo trascendental, figura de Lukács clave en el pensamiento y en la obra de Kracauer, según nuestra lectura, y proveniente de Teoría de la novela. Se podría rastrear la incidencia de las reflexiones lukacsianas sobre la reificación en el trabajo sobre los empleados. No obstante, las distancias que toma Kracauer respecto de Lukács no son pocas. Aquí señalaremos algunas, a partir de la literatura sociológica de nuestro autor (más que en su desempeño como novelista, teórico de la novela o crítico de cine).

Por un lado, podría decirse que, si el Lukács de Historia y conciencia de clase se centra en la situación de los obreros fabriles, en quienes proyecta la noción de falsa conciencia, Kracauer pone la lupa en los empleados, oficinistas y dependientes como seres que no tienen vínculo directo en ningún momento con su producción. Las creencias sobre su ubicación como una nueva clase media, cercana a la burguesía, con la que empezará a compartir la asistencia a los cuarteles de placer en el tiempo libre, no se corresponde con el estado de cosas que conlleva, en cambio, su creciente proletarización (Machado en Vedda, 2008: 77). Por otro, los estudios de Lukács, en los que los fenómenos sociales concretos alcanzan relevancia en función del desarrollo espiritual de la humanidad (García Chicote en Vedda, Machado y Ciordia, 2012: 157), están lejos de centrarse en los pequeños objetos materiales específicos[19], las cosas (como diría Adorno, la res que hace a la realidad física) con las que nuestro trapero construye sus investigaciones. Hay en Lukács una sustanciación de categorías en detrimento de los objetos que se les subordinan, que son ajenas a los procesos interpretados y, además, están trazadas con un tinte romántico e incluso idealista (García Chicote, 2019: 29-30; cf. Jay, 2017).

Mientras tanto, volvamos a la relevancia del desamparo trascendental, que adquiere un innegable protagonismo en la polícroma estructura de la pluma de Kracauer. No es casual que en Los empleados se sostenga como bandera que el dominio de la ratio, de la razón enturbiada e incompleta, diseñe vínculos laborales ajenos a relaciones humanas auténticas y que son remitidas principalmente al puesto que cada cual ocupa en las empresas. Ya no es sólo la disolución de los lazos comunitarios configurados en un mundo pleno de sentido –más allá de que Kracauer también valorara la salida del cosmos medieval comunitario y la desmitologización ilustrada– la que impera en las sociedades del altocapitalismo y el estuche de hierro, sino la separación encubierta de los seres humanos tras la supuesta unión masiva en los ámbitos de trabajo –y agregaremos: en el tiempo libre– y según se delimiten sus funciones particulares. Allí está el desamparo trascendental que se proyecta sobre los modos existenciales de los compañeros de infortunio.

En definitiva, Kracauer mira con sobresalto aquello que Marx o Durkheim advierten respecto de la división social del trabajo (con las diferencias respectivas: Marx concibe la división del trabajo en el modo de producción capitalista como la condición necesaria de la perpetuación de la escisión de clases sociales mientras que Durkheim la valora puesto que la especialización brinda a cada cual la posibilidad de aportar a la sociedad desde las funciones que pudiera cumplir), esto es, el gradual distanciamiento de seres humanos bajo la fingida comunidad que los aúna en el trabajo y en el entretenimiento. Con este paisaje, pareciera que las glosas de autores como Benjamin en sus textos sobre Baudelaire, que retratan la subordinación del flâneur en un mundo conquistado por el taylorismo y la progresiva especialización, dialogan directamente con informes como el kracaueriano[20].

VI

El artículo “Los que esperan” muestra, coincidiendo en parte con lo expresado en “La Biblia en alemán”, que la disolución de las comunidades y las rasgaduras de la tradición serán las que conduzcan a la escisión entre los seres humanos.

A esto se agrega la maldición del aislamiento del individuo que afecta a estas personas. La tradición ha perdido su poder sobre ellas; desde el comienzo la comunidad no es una realidad para ellas, sino sólo un mero concepto: se encuentran fuera de toda forma y de toda ley, como partículas astilladas que de alguna manera se van afirmando con la corriente del tiempo. Restringidas por un exceso de relaciones económicas viven desvinculadas y aisladas en un mundo regido por el principio del laissez-aller en el cual todo tipo de unión supraindividual ya está quebrada (Kracauer, 2008b: 113).

Estas líneas, muy cercanas a su vez en el plano estilístico a La novela policial, dejan entrever una de las problemáticas que se encuentran en el centro de la obra de Kracauer: la separación y la indiferencia entre los seres humanos regidos por relaciones económicas. Siguiendo lo dicho anteriormente, tenemos la hipótesis que señala que el autor echa luz así sobre una de las condiciones de posibilidad del advenimiento de los totalitarismos[21].

En Los empleados, el distanciamiento de unos y otros adquiere un cariz ciertamente político. El capítulo “Entre vecinos” ofrece imágenes de seres humanos que en la masa dependen unos de otros y, sin embargo, pretenden alejarse[22]. Según Kracauer, “ha sido desde siempre un principio de los poderosos separar a aquellos cuya unión podría amenazarlos” (Kracauer, 2008a: 199). La tradición de los oprimidos no es otra cosa que el seguimiento del derrotero de su separación. El cisma de los expoliados ha redundado y redunda en el beneficio de los vencedores de la historia. Aún más, si se considera a la historia en tanto historia de la lucha de clases, se puede advertir que la junción de las clases dominantes se contrapone con la fragmentación de los subyugados.

Si bien hablamos de “clases sociales”[23] y de colectivos sociales, Kracauer en ningún momento deja de lado su valoración de la figura individual. Fue antes apuntado que su escritura destaca al extraterritorial que, en medio de la masa de desamparados, conserva su individualidad y presta atención a lo cotidiano como si fuera extraño. Pero el informe sobre Los empleados, al igual que en “El ornamento de la masa”, “Los que esperan” o “El grupo como portador de ideas”, embiste contra el idilio para con el tipo del individuo que compite con quienes pueblan su entorno en pos de la mera ganancia y de la acumulación de bienes culturales.

El albor y el ocaso de los empleados se basan en la exaltación de la individualidad que cohabita a su vez con la fascinación por las reuniones de las grandes masas. Sin embargo, las configuraciones masivas son para Kracauer la expresión de una falsa comunidad, cuyos lazos no contienen ninguna posibilidad concreta de liberación personal o conjunta, que redunda en el infortunio colectivo. De todas maneras, añadimos que la apreciación del mundo de los empleados como una falsa comunidad permite conjeturar que Kracauer mantiene en su investigación de 1929 una noción de “verdadera” comunidad en la que sus miembros sostienen vínculos indesligables en función de la tradición y de un ideal compartido.


  1. Incluso la protesta contra el mundo establecido que se transforma en costumbre redunda en conformismo. En “Cambio de destino del arte”, Kracauer apunta contra la aceptación indiferente del grito y la rabia tal como los manifiesta el expresionismo. “Uno acaba por insensibilizarse frente a la catástrofe declarada permanente” (Kracauer, 2006: 56). Cuando la protesta se vuelve incesante y se integra al sistema social, es despojada de sus propósitos. Esta actitud se entiende en el cuadro general de Berlín; de acuerdo con lo dicho por nuestro autor en su artículo “Repeticiones”, del 29 de mayo de 1932: Berlín es un lugar donde se olvida rápida y furtivamente, como “si esta ciudad dispusiera del poder mágico de borrar todas las memorias. Es el presente, y pone su amor propio a ser toda presente. La gente que permanece mucho tiempo en Berlín acaba por no saber verdaderamente de dónde vienen” (Kracauer, 2017: 116, la traducción es nuestra). Cada día es una renovación de lo mismo; la existencia es un conjunto de puntos iguales, consecutivos, más que una línea. Todo se reitera sistemáticamente y desgarra cualquier atisbo de desarrollo de una sensibilidad acorde a la diferencia.
  2. Ampliamos en esta instancia nuestras consideraciones sobre un motivo que arriba fuera apenas bosquejado: el tedio, del cual Kracauer se ocupó tempranamente. En noviembre de 1924, publicó en el Frankfurter Zeitung “Aburrimiento” (Langeweile), un incisivo texto que reúne varios de los tópicos que también llamarán la atención de Benjamin –y, de más está decirlo, de Adorno, Bloch o Horkheimer–, tales como la alienación, la liquidación del individuo y las nuevas formas de vida en la sociedad de masas. En parte, el crítico francfortés procederá de la misma manera que lo hace en sus glosas sobre “Los que esperan” (2008b: 111-124), esto es, estableciendo una taxonomía de los modos de aburrimiento. Inicialmente, retrata el cosmos donde los empleados de la República de Weimar se guían por una ética del trabajo que equipara el ser y el deber ser dando el refugio para la opresión bajo la satisfacción del cumplimiento de las tareas renuentes al tedio. Frente a esa situación, Kracauer señala tres formas de aburrimiento. Por un lado, aparece el aburrimiento vulgar, fugaz, que transcurre “tan pronto como se ofrece una actividad más grata que la moralmente sancionada” (ídem: 182). Es el aburrimiento del día a día, el que pasa prácticamente inadvertido. Por otro lado, está el “correcto aburrimiento en horas de fiesta”; el aburrimiento del domingo que, en lugar de habilitar el encuentro consigo mismo, se llena de divertimentos, paseos en las calles de letreros luminosos, asistencia a las salas cinematográficas o teatrales, observaciones de la masa como espectáculo de sí misma o simplemente se disuelven en el hogar escuchando la radio. Nada hay aquí de la fiesta como pausa, como excepción o como encuentro consigo mismo. Esta forma de aburrimiento es la que prima para Kracauer en la época en la que –a través de los medios y los viajes turísticos– las fronteras que se derriban entre los continentes no hacen lugar a la estimación por lo extraterritorial y los outsiders, sino que contribuyen con un imperialismo ilimitado de Occidente. Por último, el derrotero lleva a Kracauer al extremo (lo cual es curioso, en tanto es un amante de los espacios intermedios) de decir que, si uno no se aburriese, ya no estaría presente en absoluto y, por consiguiente, “sería un objeto más del aburrimiento […]. Pero si está presente, entonces uno debe aburrirse por fuerza del abstracto estrépito que le rodea, que no soporta que uno exista, y aburrirse de sí mismo, de existir en él” (Kracauer, 2006: 185). Emerge allí lo que considera como el aburrimiento legítimo, que se asienta en un terreno propio para el encuentro con la mismidad, con el yo sin fragmentaciones, en el que la pasión revela las opresiones de la rutina con nuevas formas y cejan los hábitos maquinales. El aburrimiento ofrece un resquicio para la resistencia a los ataques permanentes de los shocks que proporcionan los mecanismos laborales y los cuarteles de diversión. Representa una pausa liberadora respecto de las mismas inacciones en las que el individuo se ve envuelto cotidianamente. Y en esa pausa reaparece el esperar, la vacilante apertura en la que el entorno nos dice algo, nos devuelve la mirada, nos habla. Se aproxima quien se aburre a una felicidad no solicitada por las sociedades regidas por el entretenimiento y el culto a la distracción, pues trasciende el mero estado de cosas. “Obviamente, si se tiene paciencia, aquella paciencia que forma parte del aburrimiento legítimo, se experimentan dichas que casi no son terrenales” (ídem: 186). El aburrimiento legítimo es, entonces, propiamente liberador. Al inmiscuirse en el problema del aburrimiento, Kracauer se suma a un debate que se trazaría desde la filosofía antigua, el romanticismo alemán, hasta Heidegger, Jankélévitch o Benjamin.
  3. Algunos autores, leyendo textos como Para una crítica de la violencia, de Benjamin, describen la concepción de historia natural a la luz de la historia de la violencia mítica: “La historia natural es el nombre que recibe esta eterna repetición de emergencia y decadencia en una trama de formas simbólicas, el fin de un orden de significado concreto y es, por definición, una historia de la violencia” (Maura Zorita en Benjamin, 2010: 35).
  4. No es casual que Daniel Bensaïd, en el plan general de su inconcluso libro El espectáculo, estadio último del fetichismo de la mercancía (Bensaïd, 2011: 133), incluyera un apartado tentativo sobre “Benjamin y Kracauer, fantasmagorías y cuentos maravillosos de la Modernidad”.
  5. Esta situación, de advenimiento de la oscuridad, se expresa en una irónica acotación de Kracauer en su artículo “Manifestación cotidiana” a propósito del film Sin novedad en el frente, del estadounidense Lewis Milestone, cuya primera presentación en Berlín, el 4 de diciembre de 1930, fue interrumpida por activistas nazis: “Por desgracia, el señor doctor Goebbels no quiere dejarse doblegar por el espíritu de simpatía, y la oficina de la inspección general de las películas, que se reúne en secreto, probablemente va a ceder delante de sus amenazas (Kracauer, 2017: 35, la traducción es nuestra). Añadimos que la novela de Erich Maria Remarque, que inspirará al film, tendrá múltiples puntos de contacto con Ginster.
  6. La riqueza de los debates actuales sobre lo común nos invita a incursionar por las escrituras provenientes de múltiples autores y disciplinas. En función de los riesgos que observa Kracauer bajo la apariencia de comunidad homogénea en la sociedad de los empleados, leemos las siguientes palabras de Jean-Luc Nancy: “Que la obra de muerte –sustrayendo de hecho a la muerte su dignidad, en la aniquilación– se haya llevado a cabo en nombre de la comunidad –aquí la de un pueblo o una raza autoconstituida, allá la de una humanidad autotrabajada– es lo que ha puesto fin a toda posibilidad de basarse sobre cualquier forma de lo dado del ser común” (Nancy. en Esposito, 2007: 11).
  7. De las glosas de Kracauer se derivan potenciales reflexiones acerca de las modificaciones que se producen en las concepciones de tiempo y espacio bajo la destrucción del escenario pleno de sentido y la construcción del mundo desencantado. Si bien el autor alemán no se involucra directamente en tales planteos, que nos permitirían observar la secularización de tiempo y espacio (que se tornan cuantificables y mensurables), sí nos da algunas pistas de la relevancia de tal movimiento para configurar el cosmos de los empleados.
  8. Hay textos de Kracauer en los que la noción de pueblo, sin contornos demasiado exactos, se aproxima a la de masa. Es el caso del artículo “Verano de las artes en Stuttgart. Exposición del Werkbund sobre ‘la forma’”, en donde dice que “la cultura de la sociabilidad, en cuyo interior florecieron las cosas ornamentadas, ha ido dejando un terreno cada vez más libre a las distracciones de masas. Hay que añadir que, también, desde un punto de vista puramente económico y social, el tratamiento marcadamente individualizado de los objetos de uso cotidiano resulta prohibitivo: un pueblo que tiene que ganarse lo necesario con su trabajo debe dar forma a lo esencial antes que desperdiciar sus fuerzas en los adornos superfluos de la vida privada” (Kracauer, 2011: 23). Este texto, además de suponer la cercanía entre los términos pueblo y masa, aún no evidencia la consideración de Kracauer acerca de que la misma masa, en la República de Weimar, se había vuelto un ornamento. A ello se aproximará la pieza de 1927 denominada “El gentío en las calles de París”, donde se reconoce que “el pueblo no es un pueblo de iglesia, y su cultura no aspira a subir al cielo. Nuestros románticos no podrían hacer con él un estado” (Kracauer, 2018b: 152). Kracauer mira con cierta sospecha al pueblo, distanciado de cualquier tendencia de unión auténtica, a la vez que se ríe de los románticos que perseguirían una suerte de comunidad basada en lazos que no podrían decaer.
  9. Estas dos líneas se corresponderán con los años de “americanismo” de Kracauer (Bratu Hansen, 2019), quien además llegará a ofrecer cierta visión escatológica al decir que América “debe desaparecer”, esto es, ser superada en términos liberadores, pero a partir de la integración y la consumación de las potencialidades que ella misma brindará para la reconfiguración del cosmos. Claro que, tras el exilio de 1941, América será el lugar que dará asilo para que el mismo Kracauer no desaparezca y establezca nuevas zonas de contacto en ámbitos metropolitanos (Von Moltke, 2016).
  10. La perspectiva desde la que nos posicionamos aquí para hablar del espacio público es muy próxima a la de Hannah Arendt. La relevancia de la propuesta de la autora alemana reside en que no reduce la aparición a un horizonte “puramente fenomenológico, sino que lo extiende propiamente a una dimensión ontológica […]. La polis nace cuando la preocupación por la vida individual queda sustituida por el amor hacia el mundo común” (Esposito en Birulés, 2000: 119).
  11. Sin dudas, estas expresiones nos conducen a considerar la fortaleza residual de la tecnología de poder disciplinaria, según la describe Michel Foucault. Aun asumiendo que las instituciones que forman parte de los estudios de Foucault no son precisamente las empresas que recorren los empleados de cuello blanco o las fábricas con aumento de burócratas, sus palabras no dejan de tener vigencia. Tomamos aquí una sola definición de disciplina, la que se da en Vigilar y castigar: “una política de las coerciones que constituyen un trabajo sobre el cuerpo, una manipulación calculada de sus elementos, de sus gestos, de sus comportamientos. […] La disciplina fabrica así cuerpos sometidos y ejercitados, cuerpos ‘dóciles’. La disciplina aumenta las fuerzas del cuerpo [en términos económicos de utilidad] y disminuye esas mismas fuerzas [en términos políticos de obediencia] […] La disciplina es una anatomía política del detalle” (Foucault, 2004: 141-143). No podemos decir que Foucault y Kracauer estén hablando en los mismos términos. Sin embargo, tampoco nos atreveríamos a sostener que las propuestas de uno y otro son definitivamente inconmensurables entre sí. Apenas intentamos poner en diálogo las palabras provenientes de cada autor. Inclusive, Rolf Wiggerhaus destaca la potencial afinidad entre Foucault y la Escuela de Frankfurt. Según Foucault, citado por Wiggerhaus: “Si hubiera estado familiarizado con esa escuela, si hubiera sabido de ella en esos momentos, no habría dicho tantos absurdos como dije y habría evitado muchos de los rodeos que di al tratar de seguir mi propio y humilde camino –mientras que la Escuela de Fráncfort ya había abierto avenidas–” (Wiggerhaus, 2010: 12).
  12. Vale aquí volver a buscar las afinidades con las palabras de Foucault: “En la disciplina, los elementos son intercambiables puesto que cada uno se define por el lugar que ocupa en una serie, y por la distancia que lo separa de los otros. La unidad en ella no es, pues, ni el territorio [unidad de dominación], ni el lugar [unidad de residencia], sino el rango: el lugar que se ocupa en una clasificación, el punto donde se cruzan una línea y una columna, el intervalo en una serie de intervalos que se pueden recorrer unos después de otros” (Foucault, 2004: 149).
  13. Kracauer mira con desencanto su época en sus trabajos sobre arquitectura: “Estamos demasiado enfrentados como para convenir en un compromiso que nos reuniera a todos” (Kracauer, 2011: 102). Esta reunión, que tampoco supone el aglutinamiento de la masa bajo una falsa comunidad –o a favor de un líder carismático–, nunca llega a producirse. Por otro lado, aquí encontramos otra vez la inclusión deliberada de Kracauer en un colectivo humano, lo cual es poco habitual en su obra.
  14. La ironía ocupa un lugar escondido, pero protagónico, en los trabajos de Kracauer. Aparece, por un lado, en su forma más usual, en tanto figura retórica que pretende expresar lo contrario de lo que manifiestamente se dice y, por otro, por la vía de la cita indirecta libre –como en las líneas arriba citadas, donde se refiere a las expresiones de su interlocutor para situarlas en otro contexto–. Sin embargo, Theodor W. Adorno encuentra algunas zonas riesgosas en la ironía de Kracauer. En la caracterización de su mentor en “El curiosos realista”, Adorno le otorga algunas líneas al informe sobre los empleados y las clases medias del espacio urbano: “Económicamente proletarizadas, de ideología fuertemente burguesa, aportaron un elevado contingente a la base de masas del fascismo. Como bajo condiciones de laboratorio, el libro sobre los empleados provee anticipadamente una ontología de aquella consciencia sólo en la fase más reciente integrada sin costuras en el sistema global. Lo perjudica en todo caso el tono de ironía que se recrea. Tras el horror que esa consciencia ayudó a incubar, suena a la vez inocuo y un poco arrogante, precio de la hostilidad de Kracauer a una teoría que, si se aplicase rigurosamente, sofocaría la risa en la garganta […]. Lo que mejor muestra hasta qué punto llevó su osadía Kracauer en el libro sobre los empleados es su crítica a la racionalidad de la racionalización técnica” (Adorno, 2009: 383). Según Kracauer, los payasos de circo tienen la misión de volver irónica nuestra vida fantasmal y subvertir sus jerarquías. La ironía atraviesa Calles de Berlín y de otras ciudades, al igual que Ginster, quien se asombra en su participación del ejército del gusto de sus compañeros por usar uniforme: “La idea de que una bayoneta pudiera asociarse a una vestimenta tal le pareció extravagante” (Kracauer, 2018a: 92). De todos modos, es probable que el escrito de Kracauer en donde impere con mayor contundencia la ironía sea el libro sobre Offenbach. Allí busca constantemente fórmulas irónicas para describir las escenas del Segundo Imperio: desde el primer apartado, “La libertad guiando al pueblo” en referencia al cuadro de Delacroix y que dice que “por de pronto, el pueblo era guiado por Luis Felipe” (Kracauer, 2015: 28), hasta decir que “la opereta pudo surgir porque la sociedad en la que surgió era ‘de opereta’” (ídem, 198) o que la situación de Francia se había vuelto desagradable para los monarcas europeos puesto que se encontraban ante una república. La ironía se vuelve incluso un medio por el cual toma posición el enunciador como un investigador lejano a la figura de un científico social que pretenda mostrarse objetivo y neutral (cf. García Chicote en Vedda, Machado y Ciordia, 2012: 160). Podemos añadir que la ironía es también objeto de reflexión por parte del mismo Kracauer en su libro sobre la novela policial. Desde un ángulo diferente al que lo caracterizaría al mismo autor en Los empleados, la ironía se mira en su escrito temprano como un elemento subsidiario de la ratio (Kracauer, 2010a: 118). Queda allí apuntado que la superioridad del detective respecto del policía que no puede resolver el caso se asienta en la ironía de la que se vale la ratio, que se manifiesta en toda su plenitud a la vez que parece oculta en el proceder del detective, incluso dejando en ridículo al mismo policía. Asimismo, con la terminología teológica de sus escritos tempranos, Kracauer afirma en su recensión sobre la Teoría de la novela de Lukács que “el sujeto literario que aspira a dar forma a este mundo desmembrado debe recurrir a la ironía como medio artístico, pues sólo mediante este sobreponerse a la propia interioridad puede acceder a la realidad escindida de su yo. La ironía es la ‘autocorrección de lo quebradizo’, es la más alta libertad alcanzable en un mundo sin Dios” (Kracauer, 2006: 134). Como queda aquí sugerido, las pistas para investigar la cuestión de la ironía en Kracauer están bien claras.
  15. En el libro sobre Los empleados y, más aún, en la obra de Kracauer en su conjunto –o, al menos, la que es aquí expuesta–, se pone en evidencia la exaltación de la concepción renacentista y moderna del hombre-máquina. En palabras de Foucault, el hombre-máquina ha sido planteado a la vez en dos registros, “el anátomo-metafísico, del que Descartes había compuesto las primeras páginas y que los médicos y filósofos continuaron, y el técnico-político” (Foucault, 2004: 140), conformado por reglamentos escolares, militares, hospitalarios, y por procedimientos tanto empíricos como reflexivos para controlar o corregir al cuerpo. En el contexto de la sociedad de masas, ambos registros son particularmente relevantes, pues delimitan los derroteros emprendidos en la rutinaria existencia de los empleados.
  16. Este problema nos conduce directamente a reflexionar sobre los nexos entre fotografía y moda, de ambas con la muerte, así como habilita a preguntarse acerca de la imagen fotográfica como sinécdoque de la cultura de masas, el mundo que se ha tornado fotografiable, la percepción, el tiempo y la memoria. Es un tópico muy relevante en la escritura kracaueriana desde “Calico World” de 1926, su célebre “La fotografía” de 1927, pasando por “La Kürfurstendamm como Siegesallee” de 1931, y llega hasta sus estudio acerca de Proust en su libro póstumamente publicado sobre historia. Sugerimos la lectura de Vedda (en Kracauer, 2010b), Von Moltke (2016) y Bratu Hansen (2019).
  17. La concepción kracaueriana del pequeñoburgués no sólo se remite al género masculino. De hecho, pone la mirada en las pretensiones pequeñoburguesas de las mujeres de su época. En el capítulo “Pequeño herbario” de Los empleados, el autor sostiene: “Su ideal es pequeñoburgués: tener un prometido que desarrolle el sentido de la familia, y que gane lo suficiente para que ellas ya no necesiten trabajar; lo único que quieren es tener hijos” (Kracauer, 2008a: 178).
  18. En el mismo año de publicación de Los empleados, Kracauer lanza su artículo “Sobre las oficinas de empleo. La construcción de un espacio”, que se encarga de la situación de estas instituciones en relación con el escenario de los obreros (y no de las presuntas capas medias). El pasaje hacia el empleo que representan las oficinas está atascado y despreciado en general. Aún así, los obreros del metal, textiles, cerrajeros han de acatar sus órdenes, que hasta son indicadas con un cartel que reza “Parados, cuidad y proteged la propiedad común” (que nunca les pertenece, vale añadir). Entonces, ¿qué hacen los obreros? Esperan, pero no en esa paciencia actuante que anteriormente destacáramos, sino que “la espera se convierte en un fin en sí mismo” (Kracauer, 3018b: 87). El panorama aquí descrito es ciertamente más desolador que en Los empleados.
  19. La afición de nuestro autor por lo pequeño es constante y se muestra a la vez en sus artículos sobre arquitectura. Sostiene en un texto publicado en el Frankfurter Zeitung en 1930, a propósito de los proyectos de memorial berlinés a partir de la Primera Guerra Mundial: “Sin duda, el mejor proyecto será el que se aparte de toda falsa grandeza, el que sea tan sobrio como debemos ser nosotros, y no quiera representar más de lo que nos corresponde” (Kracauer, 2011: 100). En estas líneas, que también sitúan a Kracauer en un colectivo y adquieren un claro tono anticipatorio, pues reniegan de cualquier concepción de una grandeza inherente al pueblo alemán, leemos también que lo pequeño significa la contraposición a lo grandioso y que en ello se concentra una deliberación política.
  20. Richard Sennett da cuenta de la presencia de la racionalización y la planificación, teniendo en mente la especie de argamasa en la que se cimienta el trabajo en las sociedades modernas: “Los burócratas que se niegan a dar un paso hasta que no estén previstas todas las metas, todos los procedimientos y los resultados deseados de una determinada política. Éste es un sistema de conocimiento cerrado” (Sennett, 2012: 40). La cerrazón intrínseca a la configuración de la burocracia impide la instalación de cualquier tipo de novedad que la desestabilice.
  21. Las reflexiones de Kracauer sobre el gradual aislamiento en la sociedad de masas se encuadran sin ambages en el contexto de las producciones teóricas de la Escuela de Frankfurt. Theodor W. Adorno expone la contradicción entre la atenencia a lo-siempre-igual en el aislamiento ante la negatividad que lo enfrenta: “En el aislamiento, los estímulos se vuelven obtusos y generan patrones de lo reconocido […]. El poder de seducción del estímulo sobrevive únicamente allí donde más enérgicas son las fuerzas de la negación: en la disonancia, que desprovee de credibilidad al engaño de la armonía existente” (Adorno, 2009b: 19).
  22. El modelo de urbanita, habitante de la gran ciudad, se distingue por su carácter intelectualista de la vida anímica. Afirma Simmel que el tipo del urbanita afectado por cientos de modificaciones individuales genera un órgano de defensa ante el desarraigo con que le amenaza su medio entorno: “en lugar de con el sentimiento, reacciona frente a estas en lo esencial con el entendimiento […]. Esta racionalidad, reconocida de este modo como un preservativo de la vida subjetiva frente a la violencia de la gran ciudad” (Simmel, 1986: 248). Asimismo, las relaciones de este tipo de individuo con otros hombres se dan mayormente de modo racional, como si los otros fuesen números, desde una posición de lejanía, o hasta como de enemistad. Estos vínculos son propios de una sociedad caótica y a la vez calculadora, en la cual predomina la economía monetaria, que socava la individualidad de las personas, y en la que existe un mundo objetivo por sobre el subjetivo. Según Simmel, el fenómeno anímico característico de las grandes ciudades es la indolencia, como consecuencia de la enorme cantidad de estímulos propia del medio, ante los que no se responde, intentando preservar su individualidad. Así, “la esencia de la indolencia es el embotamiento […] la significación y el valor de las diferencias de las cosas y, con ello, las cosas mismas, son sentidas como nulas” (ídem: 252). Desde ya que el entrelazamiento de las obras de Kracauer y Simmel se proyecta sobre un terreno muchísimo más amplio que el aquí ofrecido.
  23. No podemos dejar de apuntar que las expresiones de Kracauer han sido ya anticipadas por Marx –quien igualmente no contempló con gran amplitud la situación de una presunta clase media en la lucha de clases–. De hecho, el parágrafo VI del apartado sobre Feuerbach de La ideología alemana habla de “la competencia de los individuos y la formación de las clases”, así como de “la comunidad ilusoria de los individuos en la sociedad burguesa” –lo cual sería fundamental en la escritura de Kracauer–. Expresa Marx: “La competencia aísla a los individuos, no sólo a los burgueses, sino aún más a los proletarios, enfrentándolos los unos con los otros, a pesar de que los aglutine” (Marx, 2005: 62). En definitiva, el escenario que observa Marx ofrece el preámbulo de la configuración de las grandes masas urbanas que ocupan el centro de la atención de Kracauer.


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