Ana Clara Camarotti, Pablo Francisco Di Leo y Daniel Jones
La consolidación del uso de drogas como problema público, la relativa ausencia o falta de efectividad de las respuestas terapéuticas y la demanda social al Estado para que asuma su responsabilidad en este campo configuran el escenario contemporáneo en que se desarrollan y ganan legitimidad iniciativas religiosas de tratamiento para el consumo problemático de drogas.
En Argentina las acciones desde instancias estatales y organizaciones de la sociedad civil en políticas de drogas han desatado un debate público amplio e intenso sobre los modos de abordar los consumos problemáticos. En este marco, las instituciones religiosas que trabajan en la recuperación de las y los usuarios de drogas, si bien gozan de creciente visibilidad y desarrollan una progresiva articulación con agencias estatales, concitan simultáneamente expectativas y dudas, por ejemplo, en relación con su funcionamiento y sus tensiones con los saberes psi y médicos.
Desde las ciencias sociales no se han indagado en profundidad las perspectivas de trabajo de estas iniciativas, el alcance de su cobertura y el tipo de articulación con el Estado y otras instituciones. En este sentido, como equipo de investigación nos propusimos un estudio que permitiese relevar y sistematizar las organizaciones religiosas que orientan su labor a personas con consumos problemáticos de drogas en el Área Metropolitana de Buenos Aires (AMBA);[1] explorar los enfoques en este campo de parte de actores religiosos, operadores socio-comunitarios y profesionales de la salud que trabajan en dichas organizaciones; y analizar las experiencias de personas que reciben atención en estas organizaciones, sus prácticas de cuidado, sus creencias y sus procesos de subjetivación.
El consumo de drogas como problema
El análisis de los consumos de drogas implica considerar la multiplicidad de significaciones sociales que se ponen en juego, prácticas individuales y colectivas, sujetos, sustancias y contextos socioeconómicos, políticos, culturales e ideológicos en los que dicho consumo se lleva a cabo (Zinberg, 1984). Para abordar este tema partimos de una perspectiva relacional, es decir, “la droga” no existe de manera independiente de las variadas formas de su uso, las que no siempre responden al estereotipo que circula en los discursos formales (como el jurídico y el sanitario) y en los del sentido común. Hay diversos modos de consumo, según sus frecuencias, cantidades y sustancias, pero también de acuerdo con el tipo de compromiso en el uso, definido por un sistema de relaciones y sus rituales alrededor de él (Castel y Coppel, 1994).
Por lo general, se concibe a las personas consumidoras de drogas desde alguna de las dos lógicas que hegemonizaron su abordaje: la que pretende su “cura”, o lógica sanitaria, y la que busca el “control”, o lógica punitiva (Nowlis, 1975; Kornblit, 1989; Touzé, 1992, 2006; Camarotti, 2010). Ambas están edificadas sobre la noción de conducta desviada, es decir, la falta de aceptación de ciertas normas sociales de quienes consumen drogas. Romaní (1999) encuentra que en las sociedades urbano-industriales contemporáneas emergió un nuevo fenómeno, etiquetado como drogadependencia: el consumo más o menos compulsivo de una o más drogas por parte de un individuo y la organización del conjunto de su vida cotidiana alrededor de este hecho. Las sustancias que producen la drogadependencia pueden ser tanto de uso ilegal (cocaína, marihuana, crack, éxtasis, pasta base) como legal (alcohol, tabaco, psicofármacos con prescripción médica). Existen diferentes formas de vincularse con las drogas, y cualquiera de ellas puede provocar daños a las personas si se constituye en un uso problemático, afectando negativamente, en forma ocasional o crónica, a uno o más aspectos de la vida de una persona: su salud física o mental; sus relaciones sociales primarias (familia, pareja, amigos); sus relaciones sociales secundarias (trabajo, estudio); y/o sus relaciones con la ley (El Abrojo, 2007).
A partir de la década de 1990, tres grandes acontecimientos introducen elementos novedosos para entender los consumos de drogas: a) la expansión del VIH/sida y de la hepatitis C; b) la incorporación de programas preventivos basados en la perspectiva de la reducción de daños; y c) la diversificación en las modalidades del uso de drogas. La transmisión del VIH/sida y la hepatitis C por vía endovenosa contribuyó a reforzar el estereotipo de los usuarios de drogas como personas autodestructivas y despreocupadas por su salud, así como “culpables” por diseminar la epidemia del sida. Precisamente los programas de reducción de daños apuntaron a disminuir la transmisión de dichas infecciones en personas que usaban drogas por vía inyectable. El tercer punto es la creciente visibilidad en esta etapa de nuevos consumos recreativos, a partir de la experimentación con drogas de síntesis, especialmente en jóvenes de niveles socio-económicos y educativos medios y altos (Rossi, 1998; Inchaurraga, 2001; Kornblit, 2004; Camarotti, 2006; Mendes Diz, Camarotti y Schwarz, 2008).
En la década de 2000 se profundizaron algunas tendencias previas. Por un lado, se incrementó el consumo abusivo de alcohol y tabaco entre jóvenes, con una progresiva feminización del mismo. Por el otro, aumentó el consumo de drogas ilegales entre jóvenes, consolidándose dos perfiles contrastantes: sectores vulnerables que acceden a drogas baratas y de mala calidad (pasta base), y sectores sociales medios y altos que consumen mayormente drogas de síntesis (como el éxtasis). Simultáneamente, aumentó la medicalización de la vida cotidiana, en relación con el consumo creciente de psicofármacos con y sin prescripción (SEDRONAR/OAD, 2006; 2007a; 2007b; 2007c; 2009; 2011a; 2011b; Camarotti y Di Leo, 2007; INDEC, 2008).
A partir de 2010 se da una mayor visibilidad y disponibilidad de sustancias ilegalizadas para su uso en distintos sectores sociales. Los perfiles de consumidores (y las sustancias que utilizan) tienden a ser crecientemente heterogéneos, lo que produce una segmentación de mercados de drogas y rompe con un imaginario que asociaba su consumo exclusivamente a varones jóvenes pobres. Por otro lado, en los barrios marginalizados se profundiza un proceso de descomposición social de los entramados vinculares y comunitarios como resultado de la creciente presencia del tráfico de drogas y una escalada de violencia con intervención policial. A su vez, la temática de drogas gana visibilidad en el debate público, a través de funcionarios, referentes sociales y líderes religiosos, muchas veces planteada en términos de “flagelo” y demandando respuestas preventivas y asistenciales de mayor efectividad. Simultáneamente, otros discursos públicos sobre las drogas se centran en los consumidores como sujetos de derechos. En este contexto, se generan novedosas iniciativas y se profundizan otras en curso, desde el Estado y la sociedad civil, con perspectivas más integrales que contemplan las necesidades específicas de ciertas poblaciones. Muchas de estas iniciativas tienen un enfoque religioso o espiritual.
Antecedentes y planteo del problema de estudio
El análisis de la participación de las organizaciones religiosas en la implementación de las políticas de tratamiento de los consumos de drogas se inscribe en un área de vacancia en el campo de investigación. En Argentina, los estudios sobre religión y política se centran, en su mayoría, en la participación de la Iglesia católica e Iglesias evangélicas en los debates públicos sobre sexualidad, particularmente desde 2003, cuando comienzan a tratarse una serie de proyectos de ley y políticas públicas en este campo: la educación sexual integral (Jones, Azparren y Polischuk, 2010; Esquivel, 2013), el matrimonio para parejas del mismo sexo (Hiller, 2011; Carbonelli, Mosqueira y Felitti, 2011; Jones y Cunial, 2011; Vaggione y Jones, 2015) y el aborto (Felitti, 2011; Jones, Azparren y Cunial, 2013; Brown, 2014). Menor atención se ha puesto en su accionar en los campos educativo y de ayuda social, pese a la fuerte presencia del catolicismo (Zapata, 2004; Giménez Béliveau, 2008) y la creciente mediación evangélica de ayudas sociales (Carbonelli, 2011).
En lo que se refiere al uso de drogas, algunos artículos exploran el diseño, implementación y evaluación de las políticas de estupefacientes. Camarotti (2006) aborda las disputas e implicancias de los programas de supresión del uso de drogas y de reducción de daños; Corda (2012) da cuenta de los costos económicos, institucionales y de recursos humanos que debe enfrentar la política de drogas en nuestro país; y Corda, Galante y Rossi (2014) evalúan el impacto de estas políticas en cuanto al encarcelamiento de jóvenes de clases populares. Por su parte, Corbelle (2013) analiza los aportes de la sociedad civil en los debates legislativos sobre drogas, y Cunial (2014) compara las formas en que los decisores políticos y los hacedores de política pública enmarcan el problema del uso de drogas en Argentina. Específicamente los centros de tratamiento y asistencia para consumidores de drogas en Argentina han sido objeto de escasos análisis. Un estudio pionero fue el de Kornblit, Mendes Diz y Bilyk (1992), “Prevención de las recaídas en drogadicción”, y luego Kornblit, Guffanti y Verardi (2004), “La experiencia en comunidades terapéuticas desde la voz de los usuarios de drogas”, y Mendes Diz, Kornblit, Camarotti y Guffanti (2004), “Cambios percibidos por los consumidores de drogas dados de alta de comunidades terapéuticas”.
Otros estudios que han tomado las voces y experiencias de las personas atendidas en comunidades terapéuticas y en dispositivos ambulatorios para analizar críticamente el funcionamiento de dichos programas son los trabajos de Garbi, Touris y Epele (2012) y de Bianchi y Lorenzo (2013). Se destaca el “Estudio evaluativo de los tratamientos subsidiados por SEDRONAR” (SEDRONAR, 2011a) para construir la línea de base para evaluar y comparar entre la situación de inicio de los pacientes y la resultante al finalizar los tratamientos. La especificidad de las iniciativas de organizaciones religiosas ha sido poco indagada hasta el momento, pese a la visibilidad y la diversidad de su presencia en el campo de la asistencia por consumo de drogas. Se destacan los trabajos de Pawlowicz, Galante, Rossi, Goltzman y Touzé (2010) sobre la matriz religiosa del Programa de Doce Pasos, el de De Ieso (2012) sobre la dimensión espiritual en una comunidad terapéutica y el análisis comparativo de Grippaldi (2014) sobre construcciones biográficas en contextos de internación y de terapia grupal.
En este escenario de relativamente pocos estudios sobre los tratamientos por consumos de drogas, resalta la vacancia en cuanto a trabajos que exploren, desde miradas no simplificadoras y homogeneizantes, la especificidad de los dispositivos de orientación religiosa y espiritual. Dichas iniciativas han supuesto una pluralidad de perspectivas de abordaje, que van desde el trabajo territorial de los curas villeros hasta las comunidades terapéuticas evangélicas. Estas presentan distintos vínculos con la dimensión religiosa: líderes o grupos que se identifican con un credo y desde allí plantean su intervención; instituciones religiosas que desarrollan acciones socio-sanitarias en este campo; organizaciones que no se identifican como religiosas pero que trabajan desde un marco que incluye dimensiones espirituales y trascendentes.
Con el objetivo de aportar a cubrir dicha vacancia, presentamos el proyecto Iniciativas religiosas en prevención y asistencia en jóvenes con consumos problemáticos de drogas en el Área Metropolitana de Buenos Aires (AMBA), que fue seleccionado para su financiamiento por la Agencia Nacional de Promoción Científica y Tecnológica.[2]
Partimos de las siguientes preguntas: ¿qué lugar ocupan las dimensiones religiosas y espirituales en las estrategias terapéuticas frente al consumo de drogas? ¿Cómo se conformaron en nuestro país los dispositivos de atención en este campo? ¿Cuáles son los vínculos de las organizaciones religiosas que ofrecen tratamientos para las drogas con el Estado y con otras organizaciones de la sociedad civil? ¿Qué rasgos y tensiones presentan las distintas respuestas religiosas terapéuticas como las comunidades cerradas y los centros barriales? ¿Qué papel juegan las dimensiones religiosas y espirituales en la construcción de las subjetividades de las personas en tratamiento?
Para responder a estas preguntas, hicimos un primer relevamiento de las instituciones orientadas a la atención de usuarios de drogas en el AMBA, que quedó conformado por un total de 103. De ellas, veinticinco tienen una orientación religiosa o incorporan componentes espirituales en el tratamiento. El trabajo de campo se dividió en dos etapas. Para analizar las propuestas terapéuticas de las organizaciones relevadas y las perspectivas de sus referentes, visitamos las veinticinco instituciones y entrevistamos a un directivo de cada una de ellas. En la segunda etapa escogimos ocho buscando cubrir todas las modalidades de abordaje (comunidad terapéutica, centro barrial y tratamiento ambulatorio) y las principales orientaciones religiosas (católica, evangélica y judía) o espirituales. Para explorar las experiencias de quienes reciben tratamiento en estos dispositivos, entrevistamos entre tres y cinco personas en cada una de las instituciones seleccionadas. Complementamos esta información con observaciones participantes en dicho espacios. El corpus discursivo quedó conformado por veinticinco entrevistas a directivos y referentes. El total de personas en tratamiento entrevistadas fue de treinta y uno (veintiún varones y diez mujeres).[3]
Estructura del libro
En el capítulo 1, “Historia de los tratamientos para los consumos de drogas”, Ana Clara Camarotti y Martín Güelman plantean una periodización de las respuestas desarrolladas en Argentina para el tratamiento de los consumos de drogas, indagando sus vinculaciones con las transformaciones en los marcos jurídicos. Identifican cuatro etapas. La primera (1966-1982) se encuentra signada por el surgimiento de una serie de instituciones estatales y de la sociedad civil precursoras en el tratamiento específico del consumo de drogas. La segunda etapa (1983-1988) se inicia con la restauración democrática en Argentina y la consiguiente ampliación de las libertades civiles. En este contexto, emergieron iniciativas estatales y de la sociedad civil que adoptaron la metodología de la comunidad terapéutica y una perspectiva de trabajo abstencionista. La tercera etapa (1989-2007) se corresponde con la masificación del consumo de drogas y la consiguiente proliferación de instituciones de tratamiento. Finalmente, en la cuarta etapa (desde 2008 hasta la actualidad) comienzan respuestas orientadas a mejorar la inclusión social de las y los usuarios de drogas.
En el capítulo 2, “Relaciones entre organizaciones de la sociedad civil y el Estado en las políticas sobre drogas”, Daniel Jones y Santiago Cunial exploran las vinculaciones de las organizaciones religiosas con el Estado, otras organizaciones de la sociedad civil (OSC) y otros actores no estatales en la implementación de políticas públicas de drogas en el Gran Buenos Aires. Con dicho fin, analizan las entrevistas a referentes de organizaciones católicas y evangélicas e identifican tres dimensiones centrales en sus vinculaciones con el Estado: las relaciones económicas; la articulación en los tratamientos propiamente dichos; y sus argumentos para explicar las situaciones de falta de apoyo y/o articulación. La delegación parcial por parte del Estado a estas OSC se produce como consecuencia de a) sus capacidades diferenciales; b) la doble legitimidad que detentan en tanto OSC y como organizaciones religiosas; y c) su mayor eficiencia en la provisión de tratamientos.
En el capítulo 3, “Las causas de los consumos de drogas según referentes de dispositivos de tratamiento”, Ana Clara Camarotti, Martín Güelman y Ana Laura Azparren abordan las conceptualizaciones sobre las causas de los consumos de drogas, indagando sus vinculaciones con las propuestas terapéuticas que desarrollan las organizaciones relevadas. Para ello, analizan las entrevistas a directivos y referentes y los registros de observación en las instituciones. Identifican analíticamente tres formas de conceptualizar el consumo de drogas: como expresión de la pérdida del sentido de la vida en las sociedades contemporáneas; como consecuencia de la exclusión social; y como enfermedad crónica, primaria y progresiva.
En el capítulo 4, “‘Desconexión total’. El aislamiento en los tratamientos en comunidades terapéuticas”, Martín Güelman estudia las distintas dimensiones del aislamiento de residentes en dos comunidades terapéuticas religiosas (una católica y otra evangélica) pertenecientes a redes internacionales. Analiza las entrevistas a directivos, referentes y residentes en dichas instituciones, quienes comparten un diagnóstico crítico sobre las sociedades contemporáneas, lo que coloca al aislamiento como requisito indispensable para el éxito del tratamiento. Los programas terapéuticos de ambas instituciones presentan una serie de características comunes que las distinguen de los otros dispositivos relevados: ausencia de profesionales de la salud en su equipo de trabajo; exigencia de abstinencia en el consumo de tabaco y psicofármacos; duración prolongada de los tratamientos; y fuerte impronta religiosa.
En el capítulo 5, “Los dispositivos del Hogar de Cristo en las villas de la Ciudad de Buenos Aires”, Ana Laura Azparren indaga sobre la dimensión territorial del abordaje de los consumos de drogas realizado por los curas villeros en el Programa Hogar de Cristo. Analiza entrevistas a sacerdotes, coordinadores, acompañantes pares, profesionales, personas en tratamiento; observaciones participantes en seis dispositivos en dichos contextos; documentos e informes elaborados en el marco de dicho programa. Los curas villeros realizan un abordaje territorial de los consumos de drogas no solo porque sus dispositivos se localizan en barrios de alta vulnerabilidad social, sino principalmente porque despliegan un conjunto de estrategias que buscan ejercer un control sobre esos territorios en disputa con otros actores sociales, políticos y religiosos.
En el capítulo 6, “El proceso de conversión en los tratamientos en instituciones católicas”, Romina Ramírez indaga las experiencias de conversión de personas en tratamiento en tres organizaciones católicas en el Gran Buenos Aires, explorando los cambios en sus creencias y prácticas religiosas durante el proceso de recuperación. Identifica tres grandes dimensiones que permitieron a estas personas mantenerse “limpias” y avanzar en el tratamiento hasta su culminación: relato de salvación del consumo intensivo, que alude al acercamiento a la institución y a las estrategias aprendidas para alejarse del consumo; reconstrucción de la persona, que incluye el conjunto de cambios subjetivos para llegar al ideal de persona buscado; y reconciliación, en el que se retoma el contacto con las personas, lugares o momentos que los impulsaron al consumo.
En el capítulo 7, “Narrativas del yo y agencias en personas en tratamiento por consumo de drogas”, Pablo Francisco Di Leo aborda la construcción de las identidades de personas en tratamiento por consumo de drogas, indagando sobre las configuraciones y articulaciones entre sus agencias, autonomías y heteronomías en dicho proceso. Analiza los relatos de las treinta y un personas en tratamiento entrevistadas, en los que identifica tres grandes tipos de narrativas del yo: de la crisis; de la transformación; y de la (re)orientación moral. Sus agencias y autonomías se conforman en una elástica tensión con múltiples formas de heteronomía –personajes, instituciones y creencias– que les suministran los soportes y los marcos referenciales en relación con los cuales construyen sus identidades y orientan sus acciones.
Finalmente, en la “Estrategia metodológica de la investigación”, Ana Laura Azparren y Martín Güelman describen las actividades realizadas para alcanzar los objetivos del proyecto de investigación. Sintetizan el enfoque epistemológico y las características de las técnicas de construcción de datos. Luego presentan la estrategia de relevamiento de instituciones religiosas y espirituales de tratamiento de los consumos de drogas en el Área Metropolitana de Buenos Aires y caracterizan los dispositivos relevados. Por último, describen el trabajo de campo, así como las consideraciones éticas seguidas en la investigación.
Agradecimientos
Queremos agradecer a las instituciones que nos abrieron sus puertas para realizar las entrevistas y a las personas que accedieron a ser entrevistadas compartiendo sus vivencias y reflexiones.
A la Agencia Nacional de Promoción Científica y Tecnológica, del Ministerio de Ciencia, Tecnología e Innovación Productiva de la Nación, por financiar el presente estudio, en su convocatoria PICT 2012, en un contexto de crecimiento y consolidación del sistema científico argentino.
Al Instituto de Investigaciones Gino Germani de la Facultad de Ciencias Sociales de la Universidad de Buenos Aires, donde se desarrolló el proyecto, por constituirse como un escenario institucional propicio para la investigación crítica y el intercambio plural.
A nuestro equipo, Paloma Dulbecco, Martín Güelman, Ana Laura Azparren, Santiago Cunial y Romina Ramírez, con quienes transitamos y disfrutamos de este recorrido con debates, lecturas y aprendizajes que se plasman en este libro.
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- El Área Metropolitana de Buenos Aires es la “(…) zona urbana común que conforman la Ciudad Autónoma de Buenos Aires y los siguientes 40 municipios de la Provincia de Buenos Aires: Almirante Brown, Avellaneda, Berazategui, Berisso, Brandsen, Campana, Cañuelas, Ensenada, Escobar, Esteban Echeverría, Exaltación de la Cruz, Ezeiza, Florencio Varela, General las Heras, General Rodríguez, General San Martín, Hurlingham, Ituzaingó, José C. Paz, La Matanza, Lanús, La Plata, Lomas de Zamora, Luján, Marcos Paz, Malvinas Argentinas, Moreno, Merlo, Morón, Pilar, Presidente Perón, Quilmes, San Fernando, San Isidro, San Miguel, San Vicente, Tigre, Tres de Febrero, Vicente López y Zárate, entre otras jurisdicciones que podrán integrarse” (página web del Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires).↵
- Proyecto financiado por el Fondo para la Investigación Científica y Tecnológica (PICT 2012-2150). Grupo responsable: Ana Clara Camarotti, Pablo Francisco Di Leo y Daniel Jones. Grupo Colaborador: Ana Laura Azparren Almeira, Santiago Cunial, Paloma Dulbecco, Martín Güelman y Romina Ramírez.↵
- Durante el desarrollo del trabajo de campo tomamos los resguardos éticos de rigor para preservar el anonimato, la identidad y la integridad moral, social, psicológica y cultural de los sujetos que participen en las entrevistas, de manera informada y voluntaria, asegurando también la confidencialidad de sus respuestas (ver “Estrategia metodológica de la investigación”).↵








