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Prólogo

Las IX Jornadas Académicas de la Escuela de Educación tuvieron como título “La educación afectiva y emocional: el desafío de una formación ciudadana sólida” y se realizaron de modo articulado con el Congreso Internacional de Educación del Carácter en Latinoamérica, conjuntamente organizado con la Universidad de Navarra y con el apoyo de la Templeton World Charity Foundation.

En estas Actas se recogen algunos de los valiosos e interesantes trabajos que fueron expuestos durante esos días por más de 300 profesores e investigadores provenientes de 13 países, estando representada gran parte de nuestro continente y también académicos europeos, estadounidenses, etc.

La riqueza de cada uno de los términos reunidos en el título de esta actividad me permitiría explayarme con entusiasmo, y más aún luego de escuchar a expositores internacionales que nos presentaron un panorama prometedor para nuestra labor de educadores comprometidos.

Voy sin embargo a concentrarme en un punto que subyace las diversas dimensiones implicadas: la concepción de la educación como una tarea personal para toda la vida, noción que tiene sus raíces en Aristóteles y la paideia clásica. El final de la obra educativa no viene determinado por una edad o un estado de supuesta perfección ya lograda. El perfeccionamiento personal siempre podrá aspirar a algo mejor y esto se visualiza claramente cuando traemos a colación finalidades de ricas resonancias: la vida buena, ser buen ciudadano, ser sabio, la amistad… Como dice la Prof. Aurora Bernal, “la paideia clásica es un proceso por el que el individuo aprende a ser humano de la mejor forma, adquiriendo el bien completo y la felicidad”.

Cuando nos referimos a ‘educación afectiva y emocional’ estamos haciendo un esfuerzo dialógico con la sensibilidad de nuestro tiempo sin renunciar a lo que consideramos el fundamento antropológico de la tarea educativa: “alentar el crecimiento de lo más específicamente humano del ser humano”. Se trata de recuperar y hacer presente en el discurso académico y público la palabra hábito, que por siglos estuvo pacíficamente presente en la cultura y con alcance universal. Su eliminación y casi proscripción es una pérdida grave, ya que distintos intentos del lenguaje pedagógico actual como las nociones de habilidades, destrezas, competencias, capacidades, etc., se muestran cortos para expresar la profundidad de la noción de hábito (Barrio Maestre, en prensa). Íntimamente sabemos que la educación no se limita a una provisión de destrezas, conocimientos o competencias. Por supuesto que incluye estos aspectos, pero entendemos que cuando hablamos de hábitos intelectuales y morales logramos profundizar en lo genuinamente humano de cada persona.

La educación tiene un carácter marcadamente práctico, y esto es especialmente visible si nos referimos a la formación cívica y ciudadana. No podemos aprender a ser buenos ciudadanos, a vivir la amistad, a buscar el bien común, a ser virtuosos, etc., escuchando pasivamente en clases magistrales o consumiendo material multimedia…

Creo que en muchos de los trabajos que se reúnen en estas Actas se logra percibir ese sentido educativo profundo que lleva al educador a facilitar el proceso de crecimiento verdaderamente humano que debe ser apoyado, acompañado, alentado, orientado. Esta tarea se comparte y articula entre múltiples actores, evitando una visión tecnocrática que proyecta peligrosamente al estado en ámbitos que no le corresponden. Los padres, las familias, los maestros, los amigos, los conciudadanos, toda la sociedad, son y deben ser educadores para que todos alcancemos la plenitud buscada.

El Comité Académico y todos los expositores y organizadores han realizado una magnífica tarea para que podamos seguir reflexionando y así poder contribuir al mejor desarrollo de las personas y las instituciones educativas. Un sentido reconocimiento por su profesionalismo y dedicación.

Julio C. Durand

Pilar, 27 de septiembre de 2018



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