Se ha señalado que uno de los principios que organiza la sociedad griega antigua es el de la división sexual entre el espacio público de la pólis, dominado por los varones ciudadanos libres, y el espacio privado del oîkos, reservado a las mujeres. Esta diferenciación, rigurosa y la mayor parte de las veces excluyente, viene acompañada de la jerarquización de los sexos que se fundamenta en la presunta superioridad biológica, psicológica y ético-política de los varones.[1] Consideradas desde el punto de vista jurídico como menores de edad, las mujeres estaban privadas de los derechos que correspondían a los ciudadanos y, destinadas a la procreación y cuidado de la familia, eran excluidas de los espacios de participación política y producción intelectual.
Ahora bien, este cuadro de situación no es un reflejo de la totalidad del mundo griego, sino sólo de algunas ciudades, principalmente de la Atenas de época clásica. Por este motivo, a la hora de estudiar el rol de las mujeres en la Grecia antigua es menester considerar tres variables: en primer lugar, la variable temporal, ya que su situación fue diferente en época arcaica, clásica y helenística; en segundo lugar, la variable geográfica, ya que las diversas regiones de la Hélade no poseían una única legislación para regular el comportamiento femenino; en tercer lugar, la variable socio-económica, puesto que la vida de las mujeres libres y pudientes era diferente de la de las mujeres pobres, esclavas y extranjeras.
Si consideramos la situación de las mujeres libres en época clásica, en Atenas estas se veían privadas de muchos derechos y prerrogativas de las que gozaban los varones, mientras que en Esparta existía una situación de mayor equidad, ya que las mujeres podían heredar propiedades, involucrarse en los negocios y participar de la política. También recibían un entrenamiento físico completo y exigente, y una educación intelectual que era superior a la de los varones, quienes sólo participaban del entrenamiento militar.[2] El fundamento de este tipo de instrucción era eugenésico: si varones y mujeres poseían el mismo tipo de fortaleza, concebirían los mejores hijos para servir al estado. Asimismo, en algunas ciudades jonias y eolias de Asia menor y en las islas del Egeo, como Lesbos, Quíos y Samos, las mujeres tenían acceso a una educación intelectual notable, centrada en el aprendizaje de la mousiké que comprendía aquellas disciplinas que, bajo el dominio de las Musas, contribuían a su formación artística e intelectual: la música propiamente dicha, la danza, la poesía y la gramática.[3] Lindos fue una de las ciudades en que las mujeres habrían tenido acceso a este tipo de instrucción, lo cual permite comprender por qué razón Cleobulina pudo dedicarse a la actividad intelectual. Sin embargo, como se desprende de T 6, la educación no les servía como arma de emancipación, sino que aseguraba que pudieran casarse jóvenes.
Gracias a su notable técnica de composición de enigmas, Cleobulina es parte de la tradición de mujeres intelectuales de la Antigüedad, integrada en su mayoría por mujeres no atenienses que se ocuparon de distintas ramas del saber, e. g. poetisas, matemáticas, filósofas.[4] Ahora bien, la reconstrucción de este canon presenta algunas dificultades. Por una parte, los textos de las mujeres intelectuales griegas han sufrido la misma suerte que la mayor parte de las obras de la Antigüedad: como no se han preservado, tenemos de ellos un conocimiento fragmentario e indirecto a través de las citas literales o referencias no literales que realizan otros autores de la tradición. Por otra parte, las fuentes que transmiten las ideas de las mujeres han sido escritas por varones que, ocupándose más del carácter sexual que del estatus intelectual de las féminas, optan por una de dos actitudes: o bien las tratan con excesiva complacencia, o bien las fustigan con abierta misoginia.[5]
Dos de los testimonios que hemos incluido en este volumen aportan diferentes versiones del canon de figuras intelectuales femeninas al que pertenece Cleobulina. En primer lugar, en T 7 Plutarco se dirige a Poliano y a Eurídice, dos de sus discípulos unidos en matrimonio, a fin de presentar ciertas recomendaciones sobre el rol que deben cumplir los varones y las mujeres en la relación conyugal. Aconseja a Eurídice no embellecerse con adornos costosos, sino imitar las acciones virtuosas de mujeres notables como Téano, Cleobulina, Gorgo, Timoclea, Claudia y Cornelia. Téano de Crotona (siglo VI a. C) fue una filósofa pitagórica y esposa de Pitágoras, con quien tuvo dos hijas que también se dedicaron a la filosofía: Mía y Arignota.[6] Este fue uno de los primeros en admitir mujeres en su círculo filosófico, ya que estas no eran consideradas inferiores a los varones, de modo que debían recibir la misma educación y actuar siguiendo las mismas normas de conducta.[7] A Téano se atribuye la autoría de las siguientes obras: Apotegmas de los pitagóricos, Recomendaciones que convienen a las mujeres, Sobre la virtud, Sobre la piedad, Sobre Pitágoras, Notas filosóficas y algunas cartas escritas en época helenística y firmadas con su nombre.[8] En los fragmentos que se conservan se abordan principalmente cuestiones metafísicas vinculadas con la teoría del número y la inmortalidad de las almas, y cuestiones morales asociadas con la conducta de las mujeres, la relación con sus esposos y la educación de los hijos.[9] También se adjudican a sus hijas algunas obras. A Mía se le atribuye una carta que en verdad fue redactada en época helenística. Está dirigida a Filis, una madre primeriza a quien se le da consejos sobre las cualidades de una buena nodriza y los cuidados apropiados para un niño recién nacido.[10] Arignota es autora de obras de contenido religioso: Báquicas, un escrito sobre los misterios de Deméter; Discurso sagrado; Sobre los misterios y Misterios de Dioniso (Suda, s. v. Arignota).
Gorgo (siglos VI-V), hija de Cleómenes I y esposa de Leónidas I, es señalada como el modelo de madre y esposa espartana. El anecdotario recopila dos intervenciones clave en asuntos de política exterior que revelan la significativa influencia que ejerció sobre los varones de su familia y sobre la sociedad laconia. A la edad de ocho o nueve años estuvo presente cuando Aristágoras, un embajador que representaba a las ciudades griegas de Jonia, acudió a Cleómenes para persuadirlo de apoyar la rebelión contra Persia y le ofreció una cuantiosa suma de dinero. En ese momento, Gorgo aconsejó a su padre expulsar al embajador porque ese episodio causaría su ruina (Heródoto, Historias V 51). Años más tarde, Demarato, quien se había exiliado en la corte de Jerjes, mandó un mensaje secreto a los espartanos para advertirles de la próxima invasión persa, escrito en una tabla de madera y cubierto con cera. Fue Gorgo quien propuso rascar la cera encontrando así el mensaje (Heródoto, Historias VII 239).[11]
Timoclea (siglo IV a. C.) fue una ciudadana tebana, hermana de Teágenes, general que luchó contra Filipo II y murió en la batalla de Queronea. Cuando las tropas de Alejandro invadieron la ciudad de Tebas en el año 335 a. C., un grupo de soldados asaltó la casa de Timoclea. Luego de ser violada por Hiparco, uno de los comandantes, este le pidió todo el oro y la plata que tuviera. Timoclea le dijo que había escondido sus bienes en un pozo en el jardín y, cuando Hiparco se acercó, lo empujó y le arrojó piedras hasta matarlo. Los soldados la capturaron y la llevaron ante Alejandro, quien la dejó en libertad, impresionado por su valentía (Plutarco, Vida de Alejandro 12. 1-6).
Claudia Quinta (siglo III a. C.) fue una matrona romana considerada una de las mujeres más castas y virtuosas. Estuvo encargada de traer la imagen de culto por medio de la cual se veneraba a la diosa Cibeles desde su santuario, ubicado en Asia menor, hasta Roma (Tito Livio, XXIX 14 y Ovidio, Fasti IV 305). Cuando el barco que traía la pieza encalló, los rezos de Claudia hicieron que se liberara. A la llegada de la estatua de la diosa a Roma se atribuye la buena cosecha y la victoria de los romanos sobre Aníbal. Cornelia (siglo II a. C.) fue otra destacada mujer romana, nacida en el seno de una familia noble, hija de Emilia Tercia y Publio Cornelio Escipión Africano. Recibió una educación centrada en la literatura y filosofía griegas. Se casó con Tiberio Sempronio Graco, con quien tuvo doce hijos, entre los que se cuentan Tiberio y Cayo, impulsores de una reforma agraria que los enfrentó a los aristócratas y les costó la vida. Cuando enviudó, rechazó la propuesta de casamiento de Ptolomeo VIII, rey de Egipto, y se ocupó de la educación de sus hijos, centrada al igual que la suya en el conocimiento de la antigua cultura griega. Escribió una gran cantidad de cartas de las que se conservan algunos fragmentos.
En segundo lugar, en el capítulo decimonoveno del cuarto libro de sus Stromata Clemente de Alejandría elabora una extensa lista de importantes mujeres que se destacaron por su carácter y sus acciones, con el objetivo de mostrar que al igual que los varones estas son capaces de alcanzar la perfección (teleiótes). De la tradición hebrea, Clemente recuerda a Judit, Ester y Susana. De la griega, menciona a Lisídica y Filótera;[12] a mujeres que tuvieron algún tipo de participación política, como las de Argos, lideradas por Telesila, y Leona, la amante de Aristogitón;[13] y a figuras femeninas de la mitología, como Atalante, ágil cazadora consagrada a Artemisa, Anticlea, la madre de Odiseo, quien murió esperando a que su hijo volviera, y Alcestis, quien decidió morir en lugar de su esposo. Asimismo, elabora una lista de mujeres intelectuales entre las que se incluye a las pitagóricas Téano y Arignota; a Temista de Lámpsaco, una epicúrea;[14] a Lastenia de Mantinea y Axiotea de Fliunte, alumnas de la Academia platónica; a Menéxena, Argeia, Teognis, Artemisia y Pantacleia, las hijas dialécticas de Diodoro Crono;[15] a Hiparquia de Maronea, la filósofa cínica, esposa de Crates de Tebas;[16] y a Arete, la hija de Aristipo de Cirene, quien educó a su propio hijo, apodado por este motivo Metrodídaktos (“educado por la madre”).[17]
En el pasaje incluido en T 8 Clemente hace referencia a Cleobulina junto con Aspasia, Corina, Telesila, Mía y Safo. Aspasia de Mileto (siglo V a. C.) fue una eximia intelectual del siglo V a. C., experta en retórica. Llegó a Atenas en torno al 450 a. C. y se casó con Pericles. Tras enviudar, volvió a casarse con Lisicles, a quien transformó en un hábil orador. Fue maestra de Sócrates y de su propio esposo.[18] Se le atribuyen algunos epigramas amatorios y Jenofonte señala que era experta en asuntos matrimoniales y en economía doméstica (Jenofonte, Memorabilia II 6. 36, Económicos III 14). Fue acusada de impiedad por el cómico Hermipo, como ocurrió con otros allegados al círculo de Pericles. Según testimonia Plutarco, el fundamento de la acusación habría sido el hecho de haber concertado citas entre su esposo y algunas mujeres libres en su propia casa (Plutarco, Vida de Pericles 32. 1). Esta opinión tergiversaría un hecho probable: que Aspasia recibía en su casa a mujeres y varones que acudían a escucharla y aprender sus enseñanzas (Plutarco, Vida de Pericles 24. 5).
Corina de Tanagra fue una compositora de poesía lírica coral. Se creía que era contemporánea de Píndaro, dado que en algunos testimonios se dice que logró vencerlo en cinco competiciones. Pausanias señala que en su tumba había una pintura de la poetisa en un gimnasio de Tebas, atando su cabello como señal de la victoria sobre el poeta (Pausanias, Descripción de Grecia IX 22. 3). Sin embargo, se ha mostrado que habría nacido más tarde, en el siglo III a. C.[19] Su mayor innovación fue haber hecho de los mitos tradicionales sobre dioses y héroes temas propios de la poesía lírica.[20] Sus composiciones están escritas en una variante dialectal local propia de la región de Beocia.
Telesila (siglo V a. C.) fue una poetisa y guerrera oriunda de Argos. Organizó a las mujeres de su ciudad para defenderse del ataque de Cleómenes, rey de Esparta. En efecto, dado que no había suficientes guerreros, armó a las mujeres que estaban en condiciones de luchar y las apostó en el lugar donde los lacedemonios atacarían. Cuando estos las vieron, se retiraron del combate por miedo a ser odiados, o bien por matarlas, o bien por ser derrotados por ellas (Pausanias, Descripción de Grecia II 20. 8). Para honrar esta hazaña, los argivos habrían erigido a Telesila una estatua en la que se la vería colocándose un yelmo para luchar junto a libros que se encontraban desparramados por el suelo. También se cree que conmemoraban el día de la victoria por medio de una celebración en la que mujeres y varones intercambiaban sus ropas (Plutarco, Las virtudes de las mujeres 245c). De sus himnos se conservan nueve fragmentos, dirigidos a Artemis, Apolo y a las mujeres. También se le atribuye la creación de un nuevo tipo de verso, el llamado “telesíleo”. En T4-5 se indica que Cleobulina, Telesila y Praxila adquirieron notoriedad en la misma época. Praxila (siglo V a. C.) fue una poetisa oriunda de Sición que se dedicó a la composición de poemas breves, canciones para beber e himnos, de los que conservamos escasos fragmentos. Es autora de un ditirambo titulado “Aquiles” y de una composición sobre Adonis de la que quedan tres hexámetros. Se hizo famosa por la expresión “más estúpido que el Adonis de Praxila”, ya que en este último poema, cuando Heracles preguntó a Adonis cuál era la cosa más bella del mundo, este respondió “el sol, la luna y algunas frutas”. Se le atribuye la invención del metro llamado “praxíleo”.
Safo (siglos VII-VI), nacida en Mitilene, una ciudad de la isla de Lesbos, ha sido una de las mujeres intelectuales más famosas del mundo antiguo. Pertenecía al mismo círculo aristocrático que el poeta lírico Alceo. A causa de las disputas entre diversas familias aristocráticas y la instalación de la tiranía, se vio obligada a exiliarse por un corto período de tiempo.[21] Se cree que estuvo a cargo de un grupo de jóvenes mujeres que, unidas por lazos pedagógicos y amorosos, aprendían junto con ella la educación musical.[22] Se dedicó principalmente a la composición de poesía lírica y en algunos de sus brillantes poemas expresó el deseo que sentía por otras mujeres [23] Conservamos también himnos en honor a Afrodita y Hera, epitalamios y canciones satíricas para coros de mujeres. Antífanes escribió una comedia titulada Safo donde se atribuye a la poeta lesbia un enigma:
Existe una criatura femenina que protege a sus crías
en su propio vientre. Aunque mudas,
a través del oleaje marino y de la tierra firme toda, ellas lanzan un grito resonante
a cualquier mortal que deseen. Es posible que las escuchen
quienes no están presentes, pero tienen el sentido
de la escucha, y también un sordo (Ateneo, Banquete de los sabios 450e-451b; Antífanes, PCG II 196).
En la obra el personaje que representa al padre de Safo propone que la criatura femenina es la ciudad y sus vástagos, los oradores. Sin embargo, Safo rechaza esta respuesta y ofrece la correcta:
La criatura femenina es la carta,
que lleva dentro de sí las letras como crías.
Aunque mudas, estas hablan a quienes están lejos,
a cualquiera que deseen,
y puede suceder que alguien,
aunque esté casualmente cerca del que lee, no escuche.[24]
- La jerarquización de los géneros ha sido justificada, entre otros, por Aristóteles. Cfr. Política 1259a35-1260b25 y Generación de los animales 732a1-20. Sobre este tema, se puede consultar los trabajos de Femenías, María Luisa, “Women and Natural Hierarchy in Aristotle”, Hypathia, vol. 9, 1994, pp. 164-172 y Saïd, Suzanne, “La nature féminine: féminin, femme et femelle dans la biologie d’Aristote”, en Le monde à l’envers. Pouvoir féminin et communauté des femmes en Grèce ancienne, París, Les Belles Lettres, 2013, pp. 19-53.↵
- Sobre las mujeres espartanas, véase el trabajo de Pomeroy, Sarah, Spartan Women, Nueva York, Oxford University Press, 2002. Sobre los principios de la educación espartana, cfr. Marrou, Henri-Irénée, Histoire de l’éducation dans l’Antiquité, París, Éditions du Seuil, 1948, pp. 40-54.↵
- Cfr. Marrou, Henri-Irénée, op. cit., pp. 74-77.↵
- Sobre la tradición de mujeres intelectuales griegas, consúltese Wider, Kathleen, “Women Philosophers in the Ancient Greek World: Donning the Mantle”, Hypatia, vol. 1, 1986, pp. 21-62; Waithe, Mary, A History of Women Philosophers, vol. 1: Ancient Women Philosophers 600 B. C.-500 A. D., Dordrecht, Kluwer Academic Publishers, 1987 y Plant, Ian, Women Writers of Ancient Greece and Rome. An Anthology, Norman, University of Oklahoma Press, 2004. También pueden ser útiles los trabajos de Salisbury, Joyce, Encyclopedia of Women in the Ancient World, Santa Bárbara, ABC-CLIO, 2001 y Lightman, Marjorie y Lightman, Benjamin, A to Z of Ancient Greek and Roman Women, Nueva York, Facts On File, 2008 (1° ed. 2000). Se debe tener en cuenta que la diferenciación entre disciplinas comienza a gestarse paulatinamente a partir del siglo IV a. C., en parte gracias a la labor de Platón, quien se ocupa de demarcar el campo de la filosofía del de la poesía, la retórica y la matemática. Al respecto, cfr. Nightingale, Andrea, Genres in Dialogue. Plato and the Construct of Philosophy, Cambridge, Cambridge University Press, 1995, pp. 10-15.↵
- Wider, Kathleen, op. cit., p. 23.↵
- En algunos testimonios se dice que Téano fue esposa de Brontino, discípula de Pitágoras y madre de un varón, Telauges, que habría sido sucesor de Pitágoras y maestro de Empédocles. No se sabe si Damo, hija de Pitágoras, era también hija de Téano. Véase el testimonio de Diógenes Laercio, VIII 42-43 y las observaciones de Macris, Constantinos, “Théano”, en Goulet, Richard (dir.), Dictionnaire des philosophes antiques, vol. VI: de Sabinillus à Tyrsénos, París, CNRS Éditions, 2016, pp. 820-839.↵
- Entre las mujeres pitagóricas, se debe distinguir a quienes fueron contemporáneas de Pitágoras y a las que lo sucedieron. Estas últimas, llamadas “neo-pitagóricas”, vivieron en época helenística y escribieron algunas cartas y textos en prosa, incluidos en la edición de Thesleff, Holger, The Pythagorean Texts of the Hellenistic Period, Åbo, Åbo Akademi, 1965 y traducidos al español por Solana Dueso, José, Las filósofas pitagóricas. Escritos filosóficos y cartas, Amazon E-book, 2014. Las principales referencias a las mujeres pitagóricas se encuentran en las obras dedicadas a la vida de Pitágoras, especialmente, la biografía que Diógenes Laercio presenta en el octavo libro de sus Vidas y sentencias de los filósofos más ilustres, la Vida de Pitágoras de Porfirio y la Vida de Pitágoras de Jámblico. Sobre las mujeres pitagóricas, cfr. Pomeroy, Sarah, Pythagorean Women. Their History and Writings, Baltimore, The Johns Hopkins University Press, 2013.↵
- Suda, s. v. Téano I y Téano II, y Estobeo, I 125-126. Se cree que bajo el nombre “Téano” habría que considerar a dos mujeres diferentes: una sería la autora del fragmento conservado del escrito Sobre la piedad y otra, la autora de las cartas. Sobre el carácter y transmisión de los escritos pitagóricos de época helenística, cfr. Thesleff, Holger, An Introduction to the Pythagorean Writings of the Hellenistic Period, Åbo, Åbo Akademi, 1961, pp. 71-77.↵
- Una interpretación de los fragmentos de contenido filosófico de Téano se encuentra en Waithe, Mary, op. cit., pp. 12-15.↵
- Cfr. Thesleff, Holger, The Pythagorean Texts of the Hellenistic Period, op. cit., pp. 123-124 y Centrone, Bruno, “Myia”, en Goulet, Richard (dir.), Dictionnaire des philosophes antiques, vol. IV: de Labeo à Ovidius, París, CNRS Éditions, 2005, pp. 573-574.↵
- Sobre Gorgo, cfr. Paradiso, Annalisa, “Gorgo, la spartiate”, en Loraux, Nicole (dir.), La Grèce au féminin, op. cit., pp. 115-131 y Gardella, Mariana, “Los apotegmas de Gorgo, la espartana”, Symploké, vol. 8, 2018, pp. 8-16.↵
- Lisídica y Filótera eran dos mujeres símbolo del decoro: aquella por bañarse vestida, esta por levantarse la túnica a medida que el agua cubría su cuerpo desnudo.↵
- En 514 a. C. Harmodio y Aristogitón decidieron asesinar a Hipias, tirano de Atenas, y a su hermano, Hiparco. Si bien lograron matar a este último, Harmodio perdió la vida y Aristogitón tuvo que huir. Para encontrarlo, Hipias torturó a Leona, quien se mordió y tragó su propia lengua para no delatar a su amado. Por esta hazaña se erigió una estatua de bronce de una leona en la ciudad Cfr. Pausanias, Descripción de Grecia XXIII 1-2 y Plinio el Viejo, Historia natural VII 23. 87.↵
- Temista y su esposo, Leoncio, habrían conocido a Epicuro durante su estadía en Lámpsaco, donde organizó una comunidad filosófica de la que estos formaron parte. Se conservan algunos fragmentos de cartas escritas por Epicuro a su discípula. Cfr. Diógenes Laercio, IX 5. Lactancio, Instituciones oratorias III 25. 15 sostiene que Temista es la única mujer digna de ser llamada “filósofa”, pero Cicerón, Del supremo bien y del supremo mal II 68 afirma que no vale la pena leer ninguno de sus libros. Cfr. Dorandi, Tiziano, “Thémista de Lampsaque”, en Goulet, Richard (dir.), Dictionnaire des philosophes antiques, vol. VI: de Sabinillus à Tyrsénos, París, CNRS Éditions, 2016, pp. 848-849.↵
- Cfr. Jerónimo, Contra Joviniano I 42 (SSR II F 6, FS 206).↵
- Sobre Hiparquia, cfr. Diógenes Laercio, VI 96-98 y Suda, s. v. Hiparquia (SSR V I 1-2). Hiparquia pertenecía a una familia noble. Cuando se enamoró de Crates, reununció a sus riquezas para seguirlo. Adoptó el modo de vida cínico y decidió invertir el tiempo en su educación. La actitud de Hiparquia es un símbolo de la crítica de los cínicos a tres aspectos de la vida social: el matrimonio, la sexualidad y la condición de las mujeres. Cfr. García González, Jesús y Fuentes González, Pedro, “Hipparchia de Maronée”, en Goulet, Richard (dir.), Dictionnaire des philosophes antiques, vol. III: d’Eccélos à Juvénal, París, CNRS Éditions, 2000, pp. 742-750.↵
- Cfr. Diógenes Laercio, II 72; Suda, s. v. Aristipo; Estrabón, XVII 3. 22 y Temistio, Discursos XXI 244b (SSR IV A 160, B 1, 3; FS 347-348, 648, 651).↵
- Cfr. Platón, Menéxeno 235e-236c; Plutarco, Vida de Pericles 24-25, 32, 37 y el estudio de Solana Dueso, José, Aspasia de Mileto. Testimonios y discursos, Barcelona, Anthropos, 1994, pp. XI-XXXV. También se puede consultar los testimonios del diálogo Aspasia redactado por Esquines y preservados en Cicerón, Sobre la invención I 31. 51-53; Quintiliano, Institución oratoria V 11 27-29 y Victorino, Sobre la retórica I 31. 240-241 (SSR VI A 70, FS 1250-1252).↵
- West, Martin, “Corinna”, The Classical Quarterly, vol. 20, 1970, pp. 277-287.↵
- Al respecto, cfr. Collins, Derek, “Corinna and Mythological Innovation”, The Classical Quarterly, vol. 56, 2006, pp. 19-32.↵
- Sobre el carácter político de la poesía de Safo, cfr. Parker, Holt, “Sappho’s Public World”, en Greene, Ellen (ed.), Women Poets in Ancient Greece and Rome, Norman, University of Oklahoma Press, 2005, pp. 3-24.↵
- No es claro qué grado de institucionalidad tenía este grupo, si se trataba de un círculo de seguidoras y compañeras o, como se ha alegado, de una cofradía (thíasos). Sobre esta tema, véase las observaciones de Williamson, Margaret, Sappho’s Immortal Daughters, Massachusetts, Harvard University Press, 1995, pp. 79-84 y de Calame, Claude, “Sappho’s Group: An Initiation into Womanhood”, en Greene, Ellen (ed.), Reading Sappho. Contemporary Approaches, Berkeley-Los Ángeles, University of California Press, 1996, pp. 113-124.↵
- Un interesante tratamiento de este tema se encuentra en Williamson, Margaret, op. cit., pp. 90-132 y Paradiso, Annalisa, “Sappho, la poétesse”, en Loraux, Nicole (dir.), La Grèce au féminin, op. cit., pp. 41-53. Asimismo, es preciso tener en cuenta que, a pesar de que existe una gran cantidad de testimonios que permite estudiar la sexualidad masculina y las prácticas homoeróticas entre varones en la Grecia antigua, es poco lo que se sabe sobre la sexualidad femenina y, en particular, sobre las relaciones homoeróticas entre mujeres. Esto se debe a que la mayor parte de los escasos documentos antiguos con los que contamos han sido escritos por varones que estaban excluidos de los contextos en los que las prácticas homoeróticas femeninas se desarrollaban. Por este motivo, los fragmentos de los poemas sáficos son una preciosa fuente para el estudio de la sexualidad femenina y el desarrollo de una experiencia erótica que trasciende los límites de los discursos androcéntricos. Cfr. Downing, Christine, “Lesbian Mythology”, Historical Reflections / Réflexions Historiques, vol. 20, 1994, pp. 169-199; Greene, Ellen, “Apostrophe and Women’s Erotics in the Poetry of Sappho”, en Greene, Ellen (ed.), Reading Sappho. Contemporary Approaches, op. cit., pp. 233-247 y Skinner, Marilyn, “Woman and Language in Archaic Greece, or, Why is Sappho a Woman?, en Greene, Ellen (ed.), Reading Sappho. Contemporary Approaches, op. cit., pp. 175-192.↵
- Dado que el enigma hace referencia a la experiencia de lectura de una carta se entiende por qué pueden “escuchar las letras”, i. e. leer, tanto las personas sordas como aquellas que están lejos. En uno de los fragmentos de Heráclito encontramos un contraste similar. Cfr. Clemente, Stromata V 116 (DK 22 B 34).↵








