14. Plutarco, Banquete de los siete sabios 150a-b
[150a] Esopo, quien hace poco tiempo atrás había sido enviado por Creso a lo de Periandro y al santuario del dios en Delfos, estaba presente sentado en un taburete bajo al lado de Solón, reclinado en un lugar más alto.[1]
—Una mula lidia —contó Esopo—, al ver la imagen de su propia apariencia en el río, y al asombrarse por la belleza y la magnitud de su cuerpo, comenzó a correr como un caballo encabritado. Luego, al darse cuenta de que era hija de un burro, frenó [150b] rápidamente la carrera, y renunció al relincho y el arrebato.
—Tú también eres lento y corres como una mula —dijo Quilón imitando a los laconios con su voz.
A continuación, Melisa se acercó y se recostó al lado de Periandro, y Eumetis se sentó al lado de Esopo[2] para comer.
15. Plutarco, Banquete de los siete sabios 155e-f
[155e] Una vez que esta discusión llegó a su fin, Eumetis se marchó junto con Melisa. Cuando Periandro bebió por Quilón de la gran copa y Quilón por Bías, Árdalo, tras levantarse dirigiéndose a Esopo, le dijo:
—¿No nos pasarías de una buena vez tu vaso? Porque estoy viendo que estos se pasan unos a otros la copa, como si fuera la de Baticles, sin compartir con ningún otro.[3]
[155f] —Pero este no es el vaso popular —respondió Esopo—, pues hace rato está disponible sólo para Solón.
16. Plutarco, Banquete de los siete sabios 157a-b
[157a] —Dado que la conversación sobre la administración de la casa ha surgido nuevamente —dijo Quersias—, ¿quién de ustedes podría explicar lo que se ha dejado de lado? Se deja de lado, creo, una cierta medida de la propiedad[4] que sea suficiente y conveniente de alcanzar.
—A los sabios —dijo Cleobulo— la ley ha concedido una medida, en cambio, a los más torpes les contaré el relato de mi hija, que ella contaba a su hermano. Decía que la luna pedía a su madre que le tejiera un vestidito [157b] a medida. Pero esta respondió: “¿cómo podré tejerlo a medida? Pues ahora te veo llena, luego menguante y después creciente”. Del mismo modo, querido Quersias, ninguna medida de la propiedad existe para el hombre necio y torpe, pues a causa de los deseos y de la suerte, la propiedad es en un momento una, luego otra, según las necesidades. Al igual que el perro del que nos habla Esopo, que pensaba hacerse una casilla, dado que en invierno se acurrucaba y enroscaba porque sentía frío, pero cuando en verano otra vez dormía extendido, se creía grande y pensaba que no era una tarea necesaria ni fácil construirse semejante casilla.
- Sobre la presencia de Esopo en Banquete de los siete sabios de Plutarco y su relación con Cleobulina, cfr. Estudio preliminar, apartado 3. 1. 2, “Esopo”.↵
- Aquí hay una laguna en el texto. Aísopon (“Esopo”) es una enmienda de Kaibel.↵
- Aquí hay una referencia a la leyenda según la cual el arcadio Baticles legó al hombre más sabio una copa de oro. Ninguno de los siete sabios se consideraba merecedor de ella, de modo que se la pasaban unos a otros. Cfr. Morales Otal, Concepción y García López, José, Plutarco. Obras morales y de costumbres, vol. II, Madrid, Gredos, 1986, p. 249, n. 124.↵
- Al tema de la administración de la casa se refiere Plutarco por medio del sustantivo oikonomía. Lo que se discute aquí es la posibilidad de hallar un criterio que permita establecer qué tipo y qué cantidad de posesiones se debe adquirir para satisfacer los deseos y necesidades. Sobre este problema y el sentido de la fábula de Cleobulina que se narra en este contexto, cfr. Estudio preliminar, apartado 4. 1, “Los enigmas de Cleobulina”.↵








