¿Cuántos enigmas contiene un enigma?
Walter O. Kohan
Tengo ante mí la edición todavía en borrador de El enigma de Cleobulina. Hace pocos días me la envió Victoria. Me emocionó tanto con su invitación a escribir este prólogo que ni siquiera me atreví a dudarlo, aunque ya no esté tan cerca de los griegos y aunque el nombre “Cleobulina” me resulte mucho más que un enigma. Al final, ¿cómo un alumno le puede decir que no a un pedido tan cariñoso y generoso de su maestra? Otro enigma: el de la educación, el misterio de una vida que no deja de inspirar otras vidas.
Cuando el archivo me llegó, enseguida me di cuenta de que la tarea no iba a ser fácil. Pero ya era tarde para pensarlo porque negarme a escribir este prólogo no se me podría ocurrir. De modo que aquí estoy, frente a El enigma de Cleobulina, buscando una infancia de su infancia, un inicio de su inicio, un prólogo de su prólogo. Y quien busca sin cesar algo siempre encuentra, aunque ni siquiera sepa lo que estaba buscando. O justamente por eso, porque es preciso no saber lo que se busca para poder de verdad encontrar algo. De modo que vamos a ver lo que estoy encontrando y espero que este encuentro inspire otros encuentros que este enigmático libro puede provocar.
En la primera sentencia del Estudio preliminar, Mariana y Victoria dicen que “uno de los propósitos centrales de este libro es estudiar los enigmas de Cleobulina de Lindos”. Vuelvo al título: El enigma de Cleobulina. Vuelvo a la primera línea del estudio preliminar. Vuelvo al título. Una y otra vez. Me pregunto por la diferencia que va del singular al plural. Y del plural al singular. Creo entender: el título, en singular, se refiere al enigma de la figura de Cleobulina. La preposición “de” indica allí el sujeto. Cleobulina es un enigma. En la otra oración, en cambio, la que está en plural, la preposición “de” indicaría pertenencia: lo que el libro se propone estudiar son los enigmas formulados por Cleobulina y, como estos son más de uno, por eso el plural. En cambio, el título estaría en singular porque se refiere al enigma que la propia figura de Cleobulina constituye. La diferencia está clara aparentemente. Pero si es así, ¿por qué entonces colocar el título del libro en singular? ¿No hay por lo menos dos enigmas, el de la figura y el de sus enigmas? ¿Por qué el título del libro sólo refleja un enigma? El lector debe estar de acuerdo conmigo: la cosa promete, ya vamos por tres enigmas y recién hemos comenzado a leer la primera línea del libro.
La continuidad de la lectura de El enigma de Cleobulina sólo multiplica los enigmas y también los saberes, lo que nos deja otro enigma para pensar: el de la relación de los enigmas con el saber. Una primera mirada pondría tal vez a los enigmas del lado del no saber. Sin embargo, parece que quienes formulan enigmas saben bastante y son hijas de sabios, como Cleobulina, hija de Cleobulo, uno de los siete sabios. ¿De qué lado están entonces los enigmas, del saber o del no saber?
No hay cómo no recordar por un instante a Sócrates, Platón y el enigma del oráculo: nadie es más sabio que Sócrates en Atenas, dice la Pitia, según Platón en Apología. Sócrates sale a refutar (elénxon tò manteîon) sabiendo que no podrá hacerlo porque ¿quién puede creer que el oráculo no dice la verdad? De modo que Sócrates sabe que nadie puede ser más sabio que él en Atenas y ¿qué es lo que descubre? Que efectivamente es el más sabio porque no sabe, igual que todos los otros, pero reconoce que no sabe, a diferencia de todos los otros. ¿De qué lado está entonces Sócrates, del saber o del no saber? No hay caso, tiene razón Derrida, Sócrates y Platón, esa dupla, son el “enigma absoluto” de la filosofía.[1] De modo que Derrida nos deja otro enigma: el de los enigmas absolutos y relativos.
El caso es que Cleobulina, según aprendemos en el Estudio preliminar de El enigma de Cleobulina, es un enigma desde su nombre. Es que al parecer su verdadero nombre era Eumetis, o sea, una buena mêtis, alguien que sabe hacer uso de las ambigüedades del lenguaje, intuitivo, sagaz, pícaro, sutil, entre otras virtudes. Su nombre describiría perfectamente sus cualidades de hacedora de enigmas. Así, por más sabio y famoso que haya sido su padre, no deja de ser enigmático por qué no se la llamó por su nombre que daba cuenta tan precisamente de sus cualidades. Un nuevo enigma.
Otro enigma de Cleobulina es el de su madre, de quien no se tiene noticia. Este es otro arte de los griegos: hacer de lo más seguro, indudable, incuestionable, un enigma. Claro, aquí el enigma toma la forma menos simple de una problemática de género de enorme complejidad que el libro ayuda a situar. En ese sentido, alerta que visiones simplistas que asignan a los varones el espacio público de la pólis y a las mujeres el espacio del oîkos son propias apenas de algunas ciudades, como Atenas, y de algunos períodos en particular, de modo que a la hora de estudiar el rol de las mujeres en la Grecia clásica sugiere considerar al menos tres variables: temporal, geográfica y socio-económica.
Esta forma del enigma, el silencio sobre su madre, toca a esta Cleobulina de nombre paterno y hace de este libro una pieza necesaria para ayudarnos a hablar de lo que no se podía hablar y a pensar en lo que no se podía pensar en tiempos de Cleobulina. Es en ese punto donde la filología y la filosofía se confunden, y donde un libro sobre una enigmática mujer en una cultura que, al menos en ciertas ciudades, silenciaba a la mujer se vuelve un testimonio necesario, imperioso, urgente para pensar el trasfondo político de algunos enigmas.
El Estudio preliminar es así también una introducción al estudio del papel de la mujer en la Grecia clásica y, como tal, presenta mujeres mencionadas en uno de los testimonios de Cleobulina: Aspasia, Corina, Telesila, Mía y Safo [T 8]. Prueba de que el trasfondo es político y de que el enigma de Cleobulina no es fácil de descifrar lo muestra que el principal testimonio de su figura sea nada menos que Banquete de los siete sabios de Plutarco, donde Cleobulina permanece en silencio y sus enigmas aparecen en boca de otros personajes como Tales o Esopo, siempre hombres. No parece alentador que en su testimonio principal el sujeto del enigma esté en silencio. Ni que sean varones los portavoces de la voz de una mujer. Sin embargo, este es tal vez el secreto principal de Cleobulina, de sus enigmas, de este libro que la presenta: los enigmas no están hechos para ser resueltos, sino para ser pensados, para aumentar y no para disminuir los problemas que permiten pensar, y es allí donde los enigmas se encuentran con la filosofía o se vuelven un motivo para ella. Y donde las respuestas fáciles y rápidas no encuentran mucho sentido. Porque, como dicen Mariana y Victoria, un enigma es “un motor que fuerza a pensar”.
Aun cuando no resuelva el enigma de Cleobulina ni se proponga hacerlo, el libro nos ofrece una enorme cantidad de elementos que lo hacen extremadamente interesante para cualquiera que se sienta intrigado no sólo por el o los enigmas de Cleobulina, sino de un modo general por algún enigma. Nos presenta distintos tipos de enigmas y cuatro de sus usos fundamentales entre los griegos: simposial, pedagógico, religioso y filosófico. Introduce, contextualiza y traduce los cuatro enigmas atribuidos a Cleobulina: el de la ventosa, el del buen ladrón, el de la flauta y el del año.
Al Estudio preliminar sigue la traducción de testimonios de Cleobulina organizados en las siguientes secciones: “Datos biográficos”, “La educación de Cleobulina y su lugar entre las mujeres intelectuales de Grecia”, “La presencia de Cleobulina en la comedia”, “Pintura de Cleobulina en Banquete de los siete sabios de Plutarco”, “Cleobulina, Esopo y la tradición de la fábula”, ”Definición y clasificación de los enigmas” y “Los enigmas de Cleobulina”, con una sección para cada uno de los cuatro enigmas mencionados. El libro se cierra (¿o se abre?) con una “Colección de juegos con palabras”, imperdible, insospechada. Dejaré las secciones de esta parte como un enigma que vale un libro.
Quiero terminar este prólogo con un enigma, el de la lengua. Mariana y Victoria muestran que había dos palabras en griego para decir “enigma”: aínigma y grîphos. Una fuente (Luciano) las diferencia porque “en relación con el aínigma cualquiera reconoce que ignora, pero en relación con el grîphos se ignora, a pesar de que se cree saber”. Para Pólux, en cambio, la diferencia entre aínigma y grîphos radicaría en que el aínigma tiene diversión (paidián); el grîphos, también seriedad (spoudén). Mariana y Victoria agregan que la distinción no se mantiene en las fuentes y los términos se vuelven intercambiables.
Recuperemos la diferencia, que es una forma de recuperar un enigma y de recuperar un espacio para pensar. No importan tanto las palabras, sino lo que nos hacen pensar. Llamemos al bueno de Pólux. Una de las palabras griegas para decir “enigma” (aínigma) tiene dentro la diversión (paidiá). Podríamos decir entonces que el enigma (aínigma) tiene dentro a la infancia, pues la palabra “diversión” (paidiá) remite también a “infancia”. ¿Es un enigma una forma de infancia? No hay enigma sin pregunta. No hay infancia sin pregunta. No hay pensamiento sin pregunta. La pregunta es la infancia del pensamiento. ¿Es un enigma una infancia del pensamiento? Estamos por terminar y hemos encontrado el inicio. Podemos terminar sonriendo, hemos encontrado a la infancia. Encontramos un enigma y una pregunta, estamos listos para pensar.
Walter O. Kohan
Febrero de 2018, Vancouver (que, como Victoria sabia y enigmáticamente dijo, “es una ciudad dos veces señalada con tu muy entrañable ‘V’”).
- Derrida, Jacques, La carte postale. De Socrate à Freud et au-delà, París, Flammarion, 1980, p. 56.↵








