Del problema como objeto a la problematización como práctica
Luciano Nosetto
1. Problema
Cuando, en el decir corriente, afirmamos tener un problema, señalamos con ello una cuestión que merece atención especial o que concita particular inquietud. Un problema es aquello que se recorta del fondo indiferente de los menesteres cotidianos, desacomodando con ello el curso ordinario de las tareas y los días. Cuando un asunto deviene problemático, su sombra se proyecta sobre todas nuestras restantes ocupaciones. Y, allí donde el problema gana en intensidad, llega al punto de desordenar la sucesión esperable de nuestras horas de sueño y de vigilia. Lo problemático es aquello que incomoda, que preocupa y que desvela.
Apacigua saber que no todo es problemático. Es cierto que muchas veces decimos que hay personas que “se hacen problema por todo” o que “hacen de todo un problema”. Pero, diciendo así, apuntamos a desestimar la gravedad de los problemas en liza o a marcar el absurdo de quien no puede distinguir lo relevante de lo irrelevante. Lo cierto es que lo problemático es lo que reclama un tratamiento diferencial, lo que aspira al estatus de lo destacado, lo raro o lo distinto.
Puede decirse que, en el gobierno de los asuntos comunes, los problemas constituyen un objeto o insumo fundamental. Los expertos planificadores sostienen que toda estrategia de intervención pública debe partir de la clara definición del problema que se pretende resolver. La planificación estratégica enseña que un problema es la distancia que media entre la situación deseada y la situación actual. Esto es decir que, para que haya política, algo de la situación presente debe generar especial incomodidad, preocupación o desvelo. Sobreviene de inmediato la pregunta de quién define lo que resulta problemático y lo que no. Hay quienes responden que el primer momento en toda política pública es la emergencia de cuestiones socialmente problematizadas, que generan presión sobre el sistema político y obligan a tomar cartas en el asunto. Para que algo resulte un problema y concite la intervención del gobierno, es necesario entonces que el reclamo social salga a la luz y resulte objeto de interés público.
En la construcción de los temas de interés público, la contribución de la investigación social resulta especialmente relevante. Quienes nos dedicamos al conocimiento social justificamos los sacrificios involucrados (tanto los propios como los ajenos) en la relevancia que la investigación social tiene al momento de comprender mejor nuestras sociedades, de visibilizar los problemas que requieren atención y de contribuir a las alternativas de solución. Consistentemente, a quien se inicia en la investigación social se le reclama que defina cuál será su problema de investigación. Manuales y cursos de metodología insisten entonces en la importancia de hallar la pregunta o cuestión problemática que habrá de desencadenar el diseño de la investigación subsiguiente. En los más de los casos, estos problemas aparecen bajo formulaciones de cierto grado de generalidad, como “el problema de la pobreza”, “el problema habitacional”, “el problema del embarazo adolescente”. Procediendo así, la noción de problema se vuelve equivalente a la de “tema”, lo que permite parcelar el campo de las ciencias sociales en una pluralidad de áreas temáticas específicas, susceptible cada una de ellas de un abordaje técnico especializado.
2. Problematización
Pareciera entonces que los problemas hacen las veces de fundamento o cimiento sobre el que se edifica la política pública tanto como la investigación científica. Así vemos erigirse sendos edificios, los del poder y el saber, construidos conforme una arquitectónica política común que prevé para cada problema una oficina. Con lo dicho, puede describirse un modelo de gestión institucional de los problemas, que promete encauzarlos en los edificios gemelos del poder y el saber. Cierto que, si inflamáramos la descripción que venimos de hacer, diseminando en ella los adjetivos apropiados, este retrato se convertiría en una denuncia de los abusos y perversiones de los dispositivos de poder-saber. Diseminando adjetivos de signo contrario, escribiríamos el elogio de una sociedad que busca atender conjuntamente los riesgos a los que cualquier persona puede verse expuesta. Pero no interesa aquí repartir condenas ni elogios, sino ofrecer una clave de comprensión.
Y bien, el inconveniente de una comprensión como la que venimos de ofrecer es la de tomar a los problemas como cosas dadas de antemano, frutos en todo caso de pasiones irrefrenables o de necesidades objetivas, que en un segundo momento concitan la atención del poder y el saber. Esta reificación de los problemas, como objetos dados, nos hace perder de vista que, a efectos de que algo se vuelva problemático, es necesario operar una toma de distancia respecto de lo dado, que permita identificar una coyuntura específica como una situación que incomoda, que preocupa o que desvela.
Precisamente, al acto que toma distancia de las conductas y arreglos dados, para señalar el carácter inquietante de esas configuraciones, Michel Foucault lo llama “problematización”. Problematizar es, entonces, distanciarse de las conductas y arreglos dados, para hacer ver su carácter contingente y para pensarlos a la luz de otras posibilidades.
A resultas de esta comprensión, una coyuntura es problemática porque no debe ser como es (pues su existencia no es fruto una ninguna necesidad, sino mera contingencia histórica) y porque debe ser como no es (pues la incomodidad, preocupación y desvelo que genera nos llama a transformarla).
Nada es problemático: todo es problematizable. Diciendo así, asumimos que los problemas no son datos de una realidad primera sino efectos segundos de actos de problematización. Y, como es evidente, estos actos de problematización resultan de un calado epistemológico y político especialmente hondo. Pues son ellos los que definen qué puede ser tenido por problemático en una coyuntura determinada y qué resulta del interés de los dispositivos del poder y el saber.
3. Gubernamentalidad
De allí que, más que pensar a los problemas como la materia prima de la política pública o de la investigación social, como el objeto primero con el que lidian cuerpos técnicos, administrativos o científicos, convenga pensar más bien que los problemas son efecto de actos de problematización que se dan en el marco de relaciones contingentes de poder y saber. Esto es decir que los problemas son efecto de problematizaciones sedimentadas, que borran las marcas de su propia contingencia.
Esto lleva a pensar que las racionalidades de gobierno guardan una relación muy estrecha con los modos de problematización. Nos vemos aquí tentados a conjeturar que toda gubernamentalidad remite y contribuye a un régimen de problematización adecuado.
Pero, por obra de la reversibilidad, el acto de problematizar puede ser también vehículo de la crítica a la racionalidad de gobierno del presente y de la mostración de los límites del régimen de problematización que le es adecuado. Racionalizar el gobierno equivale a restringir el campo de las problematizaciones posibles y, por ello mismo, problematizar de otro modo equivale a criticar a las racionalidades del presente.
4. Historia del presente
Ahora bien, esta problematización crítica que Foucault pone en marcha no tiene por efecto soltar amarras y devolvernos a un océano de posibilidades indefinidas, lo que en verdad equivaldría a perdernos en un naufragio. Más bien, Foucault inscribe los problemas en una historia. Aprendemos entonces que otros climas y geografías han lidiado de otros modos con los desafíos implicados por la vida, el trabajo y el lenguaje; que en otros tiempos se han trabado otras relaciones con la enfermedad y la muerte, con lo anormal y lo peligroso, o con el cuerpo y los placeres. Así se habilita una historia de las problematizaciones que, en la variedad de los modos en que los problemas han sido pensados, permite tomar distancia de nuestro presente y reconocer en nuestra propia historia otros modos de abordarlos.
De este modo, el ejercicio del pensamiento reactiva el carácter problemático de lo tenido por dado. Reactivación que no consiste más que en desfamiliarizarnos de las certidumbres del presente, para acercarnos a ellas como si fuesen artefactos de una cultura extraña (disposición arqueológica) y para resituar estos artefactos en la historia de otros tantos modos de problematización, reconocibles en nuestro propio linaje (disposición genealógica). La problematización resulta así una operación del pensamiento que toma distancia de lo familiar y lo inmediato para reconocerse en lo extraño y lo distante.
En esta línea, si la problematización resulta posible, si es posible tomar distancia de la sociedad en que estamos inmersos, no es tanto porque el sujeto que piensa guarde en el fondo de su corazón una chispa de individualidad no alcanzada por el poder ni el saber. Parece ser, más bien, que si es posible pensar de otro modo es porque toda configuración presente, toda coyuntura histórica, por más compartida que parezca, está habitada por un espesor de experiencias sedimentadas que pueden ser exploradas y reactivadas. Es este el sentido que debe atribuirse a la idea de que toda historia es una historia del presente.
5. Este volumen
Contribuciones a la historia del presente son los capítulos que integran este volumen colectivo, compilado por Daniel Chao y Marilina Del Valle.
Esto es evidente ya desde el primer capítulo, en que Guillermo Vega aborda la noción de problematización acuñada por Foucault como doble decantación de su intercambio con los historiadores en torno al método y de su lectura de Kant en torno a la ilustración. Así, el capítulo a cargo de Vega se demora en el hiato entre la publicación del primer y segundo tomo de Historia de la sexualidad, para reconstruir allí una maniobra que inicia con una reflexión sobre los modos de interrogación de la historia, que se desplaza a la pregunta kantiana sobre la ilustración y la actualidad, y que se resuelve en la postulación de una ontología del presente.
Similar interés moviliza el capítulo a cargo de Marilina Del Valle, dedicado a articular el intercambio con los historiadores con los desplazamientos metodológicos observables entre el curso Seguridad, territorio población (1978) y el curso Nacimiento de la biopolítica (1979). Conforme la fina reconstrucción de Del Valle, sería a partir de la conversación con los historiadores que Foucault encontraría el modo de reajustar su método para destrabar los estudios conducentes a una historia de las gubernamentalidades.
A su tiempo, Aldo Avellaneda articula un diálogo entre la problematización y la historia conceptual, evaluando ambas perspectivas a partir de sus comprensiones del lenguaje y su afuera, del tiempo y su ruptura, y de la experiencia y su vivencia (¿saber, poder, ética?). En este marco, el contrapunto con Reinhardt Koselleck permite articular una lectura renovada de los estudios foucaultianos sobre las artes de gobierno, brindando claves metodológicas relevantes para balizar investigaciones históricas puntuales.
Sobre la base de estas reflexiones epistemológicas tanto como políticas, los dos capítulos subsiguientes proveen, precisamente, claves para el abordaje histórico de cuestiones puntuales. Así, Joaquín Bartlett se dedica a una problematización de las prácticas contemporáneas comprendidas bajo la denominación de “coaching”, para dar a ver el modo en que estas prácticas dan forma a ciertos objetos (como el concepto de “libertad”) y tanto como a cierto sujeto (que se agencia en función de un determinado gobierno de sí).
En línea similar, Daniel Chao se apoya en el distanciamiento que provee la problematización para evaluar los modos de comprensión del objeto “Estado” disponibles en dos expresiones relevantes de la historia política argentina y latinoamericana, a saber: las de Oscar Oszlak y Juan Carlos Garavaglia.
El libro cierra con la traducción de una entrevista a Colin Gordon en ocasión del trigésimo aniversario de la publicación de The Foucault Effect: obra colectiva, texto programático y referencia canónica de los estudios (post)foucaultianos de la gubernamentalidad.






