Marilina Del Valle
Introducción
En mayo de 1978 Michel Foucault es convocado a un debate con un grupo de especialistas del campo de la historia, cuya finalidad es poner en discusión las relaciones entre el procedimiento de investigación puesto en juego en sus propios análisis, particularmente sus estudios sobre el nacimiento de la prisión moderna, y el método del saber histórico. También en la segunda mitad de la década de 1970 se despliegan los análisis del filósofo francés acerca de la dimensión política de las prácticas de poder. Estos últimos encuentran su principal desarrollo en los dos últimos cursos del Collége de France de la década de 1970 titulados Seguridad, territorio, población y Nacimiento de la biopolítica, en los que traza los avatares de las prácticas políticas entre finales del siglo XVI y el siglo XX en lo que denomina la “historia de la gubernamentalidad”. En este escrito, nuestro objetivo es indagar las posibles correlaciones, reenvíos y desplazamientos entre las reflexiones de método que el filósofo francés esboza en el citado debate y las derivas de los análisis que despliega acerca de la política en los mencionados cursos.
Para ello, arriesgamos una analogía con la noción de “experiencia límite” a través de la cual atribuye los desplazamientos metodológicos entre sus libros a una relación circular entre las singulares experiencias históricas allí exploradas y la suerte de balance metodológico que realiza al cabo de tales exploraciones en el marco de libros, artículos y entrevistas. No obstante, sugerimos que en el derrotero eminentemente exploratorio de los materiales antes mencionados –tanto el debate como asimismo los señalados cursos– se cataliza aquella relación circular, en la medida en que en este caso las reflexiones metodológicas se realizan casi sobre la marcha de sus indagaciones en curso en torno de la historia de la gubernamentalidad. A partir de lo anterior, sugerimos que aun cuando en el debate de mayo de 1978 la temática discutida sean principalmente los análisis de Foucault acerca de las prácticas de encierro, el método de eventualización de regímenes de jurisdicción y veridicción elaborado en tales discusiones se perfila, antes bien, en torno a las indagaciones del filósofo francés acerca de las racionalidades gubernamentales. En este sentido, buscamos poner de relieve cómo los cuestionamientos que se le plantean desde el campo del saber histórico constituyen, de alguna manera, el espacio en el que el filósofo francés intenta poner a punto y reelabora los reajustes de método que se plasman en el derrotero de su historia de la gubernamentalidad. En tal sentido, aquel método de eventualización, construido en el período de relevo de las conferencias de 1978 y 1979 abocadas a la historia de la gubernamentalidad, puede ser leído de dos maneras. Por un lado, bajo la forma del fruto del primer tramo de las exploraciones del filósofo francés en torno del nacimiento de los Estados modernos –las que había desplegado recientemente en Seguridad, territorio, población–. Pero también, por otro lado, en la elaboración de aquel método de análisis empiezan a aparecer, aunque de manera todavía incipiente, las nuevas inquietudes, objetos y el método de análisis que vendría a tomar forma en el segundo tramo de aquella historia abocado al análisis de liberalismo –del que se ocupa en Nacimiento de la biopolítica–.
El análisis de la razón de Estado y la composición de efectos globales frente al principio de causalidad
En el seminario Seguridad, territorio, población (2006), Foucault inscribe sus análisis sobre la historia de la gubernamentalidad en un frente de discusión con lo que denomina la “sobrevaloración del problema del Estado” (pp. 136 y 157). Este fenómeno que orbita los discursos de la Fobia al Estado[1], consiste en plantear que tal institución, en virtud de alguna facultad de desarrollo endógena de la que estaría dotada, se inscribe en una inquietante pendiente de crecimiento indefinida a través de la historia, suponiendo una amenaza permanente para la sociedad civil. Por contrapartida, el filósofo francés busca “…resituar el surgimiento del Estado como objetivo político fundamental dentro de una historia más general, la historia de la gubernamentalidad o, si se quiere, el campo de las prácticas de poder” (p. 291). Desde este ángulo de análisis propone indagar cómo tales relaciones se constituyen, cómo retroceden, se desplazan y superponen en occidente moderno desde el siglo XVI hasta la actualidad. En la quinta clase del mencionado seminario, pretende presentar esta indagación en continuidad con sus previos análisis sobre las tecnologías de poder (pp. 140-146). En ese marco, afirma que sus indagaciones previas habrían procedido a partir de un triple movimiento de pasaje al exterior de las relaciones de poder.
El primero de tales movimientos consiste en salir de la institución para estudiar las tecnologías de poder, esto es, el conjunto móvil y heterogéneo de prácticas que permite recuperar la mirada genealógica. En este punto, destaca el alcance general, o, más bien, transversal de las tecnologías de poder estudiadas a partir de prácticas locales, su irreductibilidad a una escala en particular[2]. Al estudiar las prácticas de poder en instituciones locales, señala, apuntaba ulteriormente a aislar “detrás de la institución” (p. 141) la “economía general de poder” (p. 146) en la que aquellas diferentes prácticas se inscriben, que recorre y eventualmente desfasa el aparto institucional. El segundo pasaje al exterior apunta a evitar dirigir el análisis del poder hacia el éxito o fracaso en la ejecución de la función que se le asigna, analizando antes bien “las estrategias y las tácticas” (p. 143) definidas en el interjuego con los problemas que emergen permanentemente en las prácticas[3]. Afirma asimismo que las transformaciones de estas estrategias y tácticas pueden valerse incluso de los propios “déficits funcionales” (p. 143) o también –tal como anota en el manuscrito de la mencionada clase– llevar al desmoronamiento de una institución[4]. El tercer movimiento de pasaje al exterior se da respecto del objeto en tanto éste sea presentado bajo la forma de una suerte de realidad a priori que se impone como “la vara y la norma” (p. 143) del análisis. En este sentido, lo que busca es mostrar que en sus análisis previos la enfermedad mental, la delincuencia y la sexualidad, aparecían inicialmente, antes bien, bajo la forma de problemas que irrumpen en el campo de las prácticas de poder, para cuyo tratamiento se ensaya una serie de tecnologías, tácticas y estrategias apoyadas en la producción de saberes. Podría considerarse que tal análisis busca poner de relieve cómo a través de ese interjuego –y sólo a posteriori– aquellos problemas pueden devenir objetos, en el momento en que son integrados, dice Foucault, a “un campo de verdad con objetos de saber” (p. 143).
El objetivo del filósofo francés en tal recuperación en clave retrospectiva de sus análisis, es plantear el interrogante por la posibilidad de hacer extensivo aquel triple movimiento de pasaje al exterior de la institución en la que se ejercen las relaciones de poder, de su función y del objeto sobre el cual recaen, hacia un estudio del nacimiento de los Estados modernos (pp. 140-144). Ante la pregunta “¿Existe, en lo concerniente al Estado, un punto de vista englobador como lo era el punto de vista de las disciplinas en lo referido a las instituciones locales y definidas?” (p. 144) la apuesta es probar si alrededor de la recientemente acuñada noción de gubernamentalidad es posible realizar tal transpolación[5]. Si bien el objetivo del presente escrito no es detenernos en las exploraciones en torno al nacimiento de los Estados modernos que lleva a cabo bajo las coordenadas trazadas en la quinta clase del seminario 1977-1978, sino la apuesta metodológica allí ensayada, Foucault sigue precisando tal apuesta de manera lateral en las siguientes clases, por lo cual resulta necesario a tal fin atender también al ulterior derrotero del mencionado seminario. Vamos a ver que en esas nuevas reflexiones empiezan a atisbar los primeros trazos de la reelaboración metodológica que sólo a posteriori, en la Mesa redonda de mayo de 1978, vendría a llamar el procedimiento de “eventualización” (1982b, p. 60). En su búsqueda de localizar el momento y las condiciones bajo las cuales en Occidente moderno la figura del Estado habría ingresado en los análisis y las reflexiones sobre las prácticas políticas en Occidente moderno, sugiere que tal acontecimiento se produce en correlación con el despliegue y la articulación (2006, pp. 263-270 y 277-279) estratégica –y las eventuales tensiones– entre lo que llama sus tres “puntos de apoyo” (p. 138). Los tres elementos que se habrían conjugado entre fines del siglo XVI y el siglo XVII interviniendo en el proceso de “gubernamentalización del Estado” (p. 138) son el gobierno de las almas de la pastoral cristiana, el dispositivo diplomático-militar y el dispositivo de policía[6].
En primer término, el filósofo francés se detiene extensamente en el gobierno pastoral de las almas en el marco del cristianismo. Señala que la novedad de este arte de gobernar reside en la reelaboración que introduce en una serie de elementos ya presentes en la figura hebrea del pastor: la guía hacia la salvación, la imposición de la ley y la enseñanza de la verdad[7], elementos que entreteje dando lugar a la constitución de una nueva forma de subjetivación que resultaría decisiva en la historia del sujeto moderno (pp. 218 y 219). Insiste en que la importancia de aislar la configuración de la pastoral cristiana –aun a pesar del circunscrito alcance que habría tenido durante el medioevo– radica en que, de alguna manera, ulteriormente vendría a ser legada a los Estados modernos tal manera de gobernar (pp. 191-210). Habiendo finalizado su presentación de este primer punto de apoyo de la gubernamentalización del Estado, en la siguiente clase, lateralmente a la presentación del análisis del nacimiento de los Estados modernos, esboza una crítica del tradicional principio de causalidad (pp. 263-270 y 277-279). A partir de tal digresión, apunta a poner el foco del análisis en la serie de relaciones complejas de comunicaciones e interferencias que el gobierno pastoral de las almas habría trazado con el “gobierno político de los hombres” (p. 263) desde finales del siglo XVI[8].
En tal sentido, reconoce la necesidad de situar el nacimiento del gobierno político moderno a finales del siglo XVI sobre el trasfondo general de las guerras de religión[9], pero muy pronto busca desmarcarse de una lectura que ponga el acento en el relevo del Imperio de la institución de la Iglesia –ante la decadencia del poder religioso ejercido intensamente por esta institución durante el medioevo– por el del Estado. Antes bien, propone enfocar aquel análisis en las correlaciones entre dos procesos que pueden ponerse de relieve situando el análisis en el campo de las tecnologías de poder: el de la constitución de los Estados administrativos modernos y el de las rebeliones de conducta frente al poder pastoral en el campo de la religión. Sugiere, en esta dirección, que producto de los procesos de reasimilación de aquellas rebeliones en la Reforma y la Contrarreforma, la tecnología pastoral penetra en el aparato institucional de la Iglesia recién en el siglo XVI, alcanzando “una autoridad en la vida temporal de los individuos” (p. 66) que no habría tenido durante el medioevo. A partir de lo anterior, busca poner de relieve que lo que sucede en rigor a finales del siglo XVI no es la transferencia del poder de la Iglesia hacia el Estado sino la “intensificación, multiplicación, proliferación general del tema y las técnicas de conducta” (p. 268) en múltiples campos del cuerpo social –no sólo las prácticas religiosas– junto a una serie de tensiones, conexiones e intercambios entre el gobierno de las almas en la esfera de la religión y el gobierno político moderno. Así, plantea que el nacimiento de los Estados modernos podría pensarse bajo la forma del efecto de una serie de acontecimientos que guardan entre sí no tanto una relación de causalidad como de múltiples interacciones, apoyos y conflictos. En efecto, el filósofo francés resalta que la gubernamentalidad moderna resulta ulteriormente irreductible al pastorado –su “modelo arcaico” (p. 138)– y en el siguiente tramo de la mencionada clase se encamina a señalar esta ruptura y aislar los procesos a partir de los cuales aquellos Estados vienen a perfilarse en su singularidad (p. 268).
Llevando ahora el análisis hacia el terreno de las transformaciones acontecidas en el terreno de las prácticas de la soberanía, plantea que la razón gubernamental moderna constituida entre finales del siglo XVI y el siglo XVII, introduce una ruptura fundamental con respecto al gobierno por analogías en el que se habría fundado la monarquía medieval (p. 266). Señala que en el gobierno por analogías, el poder político desplegaba un continuum entre Dios y los hombres (pp. 263-291). Esto es, existía en aquel momento un encadenamiento ininterrumpido a través de una serie de “modelos externos” cuya referencia ulterior era la figura de Dios; el modelo del gobierno que ejerce Dios sobre el mundo, el modelo de la naturaleza en tanto ésta se encuentra regida por la ley divina, y, por último, el modelo del ‘pastor’, en tanto en el medioevo designaba ante todo el deber –compartido por el soberano con el padre de familia– de procurar la salvación extraterrenal de los súbditos al imponer la ley divina sobre la tierra. Después de analizar el esquema del gobierno por analogías medieval, Foucault plantea que si en el gobierno por analogías la naturaleza y el Estado se fundían en una suerte de bloque monolítico, una nota fundamental de los Estados temprano modernos es que se configuran introduciendo una ruptura entre ambos. La naturaleza, que antes remitía al espacio gobernado por Dios, se “desgubernamentaliza”, recortando un dominio ahora sólo sujeto a los principia naturae y que “ya no tolera ningún gobierno” (p. 276). Mientras que, por otro lado, se recorta un dominio específico de la política que empieza poco a poco a desbordar las formas de la soberanía.
Justo antes de pasar a analizar ese dominio específico de la política, se ve en la necesidad de volver sobre la crítica al principio de causalidad que había esbozado en referencia a las relaciones entre el pastorado religioso y los Estados modernos (p. 277-279). Aludiendo esta vez a aquella ruptura del continuum de Dios a los hombres asociado al gobierno político medieval –que se encontraba terminando de analizar– busca desmarcar la apuesta de las clases del curso Seguridad, territorio, población respecto de la búsqueda de “mostrar la presunta fuente única” (p. 277)[10] que origina el nacimiento de los Estados modernos. Sugiere que para hacer tal historia es necesaria una grilla de inteligibilidad que permita, asumiendo que los Estados modernos no constituyen más que la “constitución o composición de efectos” (p. 278)[11], aislar cómo una multiplicidad de procesos pudo venir a entrelazarse y cohesionarse bajo un efecto de alcance masivo como el Estado[12]. Al concluir la misma clase –y anticipando las próximas– sugiere que el análisis de la constitución de los Estados modernos desde el punto de vista de una historia de la gubernamentalidad parte de los siguientes interrogantes: “¿qué pasaría si todas esas relaciones de poder que veamos formarse poco a poco a partir de procesos múltiples… y que poco a poco se coagulan y generan efectos… fueran precisamente el elemento sobre cuya base se constituyó el Estado?”[13]. Podría arriesgarse que si en el seminario Defender la sociedad el filósofo francés ya había puesto en duda el alcance –analítico y táctico– de los fragmentos genealógicos (2000, pp. 24-31), en Seguridad, territorio, población desafía capturar –sin reenviarla a la instancia totalizadora, concentrada y monolítica del Estado– la racionalidad más general, o también, transversal, en la que fue posible la articulación de las tecnologías de poder desplegadas a diferentes escalas. Tal clase de análisis se plasma, en efecto, en el seminario de 1978, en una búsqueda de aislar el conjunto de procesos y transformaciones que habrían dado lugar en las sociedades occidentales al nacimiento de una racionalidad política –o ratio status– irreductible ulteriormente a ese pastorado religioso extendido desde el siglo XVI[14], y que marca a su vez una ruptura fundamental con respecto a la soberanía medieval ajustada a modelos externos.
En efecto, si en las clases previas a la antes citada había analizado extensamente el poder pastoral, en las restantes busca poner de relieve, por el contrario, que el nacimiento de los Estados modernos no es precisamente el puro resultado de la intensificación del problema del gobierno –y su tendencia a penetrar en las instituciones políticas– sino que se configura a partir de las dificultades específicas que se presentan en el ejercicio de la soberanía entre finales del siglo XVI y el siglo XVII –y los concomitantes dispositivos que se ensayan para tratarlas–. Propone así un derrotero en el que busca presentar la constitución de un campo de análisis y reflexiones en torno a la razón de Estado, en estrecha relación con la emergencia del conjunto tecnológico constituido a partir del entrelazamiento de lo que llama los dispositivos diplomático militar y policial. Sugiere que la racionalidad política temprano moderna termina de tomar forma, en lo fundamental, en estrecha relación con el despliegue de tales dispositivos, que configurarían su segundo y tercer «punto de apoyo». Mientras que el dispositivo diplomático militar refiere al conjunto de las prácticas a partir de las cuales los emergentes Estados nacionales buscan sostener un relativo balance de fuerzas en el plano de la política externa, el dispositivo de policía alude al conjunto de prácticas que se ponen en juego en busca de optimizar el despliegue económico y militar al interior de las fronteras de unos Estados inscritos –en virtud del despliegue del dispositivo diplomático-militar– en una relación de competencia permanente con los otros Estados. A su vez, busca poner de relieve que la instauración de un modelo mercantilista dirigido hacia la intensificación del comercio, no es la causa sino el cálculo racional a partir del cual se analizan en la práctica política los mencionados dispositivos. También en esta línea, en la última clase del mismo seminario intenta desmarcarse de la lectura del nacimiento de los Estados modernos en clave economicista, recordando los diferentes elementos que habrían entrado en juego en su constitución y señalando que en el siglo XVII lo que acontece no es “…ese ingreso de la existencia humana en el mundo abstracto de la mercancía” sino “…un haz de relaciones inteligibles, analizables, que permiten ligar como las caras de un mismo poliedro una serie de elementos fundamentales” (p. 386).
Pero en el seminario Seguridad, territorio, población, aún habiendo renunciado a tomar como punto de partida universales a priori, Foucault se interesa asimismo por aislar el “prisma práctico reflexivo” (p. 323) constituido en tanto efecto de ese poliedro de elementos que se habrían conjugado en la constitución de los Estados modernos: “El problema consiste en saber en qué momento, en qué condiciones, con qué forma se comenzó a proyectar, programar, desarrollar el Estado en el seno de esa práctica consciente de la gente”[15]. La concepción moderna del Estado y de la política se perfila así, concomitantemente, en un campo de análisis y reflexiones en torno de la “razón de Estado”, organizado alrededor del problema general del equilibrio entre la constitución, el crecimiento y la conservación de las fuerzas públicas. En el marco de este campo de análisis, el Estado constituye, simultáneamente, un ‘estado de cosas’ presente al que debe ajustarse la organización de las prácticas políticas y de las vidas individuales, pero también configura una realidad futura nunca consumada, un perpetuo objetivo hacia cuya consecución estas vendrán a ordenarse, proyectarse y programarse. En el marco de la razón de Estado, asimismo, las instituciones tradicionales de la soberanía vendrán a ser cifradas y reelaboradas alrededor de las técnicas específicas que se introducen en el ejercicio de la práctica gubernamental. En tal presentación de los análisis sobre la razón de Estado, podría considerarse que empieza a asomar la idea de una racionalidad política en el marco de la cual vienen a coordinarse las diversas tecnologías de poder alrededor de un objetivo más general –en este caso el Estado– pero no bajo la forma de un universal a priori sino tal como se configura en ese campo de reflexiones definido por la gubernamentalidad política temprano moderna.
En el balance de los análisis sobre la razón de Estado que Foucault realiza en el resumen de tal seminario, no obstante, los presenta todavía en proximidad con el nivel de análisis genealógico emplazado en las tecnologías de saber-poder, bajo la forma de un análisis que, en continuidad con los problemas que dejaba abiertos en La voluntad de saber (2008) y Defender la sociedad (2000), se orientaba a indagar los mecanismos ensayados para la administración de la vida:
El curso se dedicó a la génesis de un saber político que iba a situar en el centro de sus preocupaciones la noción de población y los mecanismos capaces de asegurar su regulación. ¿Paso de un “Estado territorial” a un “Estado de población”? Indudablemente no, porque no se trata de una sustitución sino, antes bien, de un desplazamiento de acento y de la aparición de nuevos objetivos y, por lo tanto, nuevos problemas y nuevas técnicas (2006, p. 411).
Recupera así sus análisis sobre la razón de Estado señalando que configuran un estudio de la constitución de un ‘saber-poder’ político que toma a la población por objeto de conocimiento e intervención. Sin embargo, podría arriesgarse que en el marco de sus análisis sobre los tratados de la “razón de Estado”, se topa con un «saber político» que resulta de alguna manera irreductible a un puro correlato de las mutaciones técnicas. Según sugiere el filósofo francés en la misma cita, son los objetivos –que tienden a diseñarse en el nivel antes bien meditado de la racionalidad de las prácticas– los que, por un lado, habilitan u orientan el despliegue y proliferación de una serie de técnicas de poder. Pero también a partir de esos objetivos, por otro lado, se constituyen como problema –e inscriben así en lo real– un conjunto determinado de objetos. A partir de lo anterior podríamos considerar que en el seminario Seguridad, territorio, población, sobre la marcha de su tentativa inicial de abordar el nacimiento de la biopolítica, Foucault empezaba todavía incipientemente a atisbar en su especificidad el nivel de análisis de las racionalidades gubernamentales.
La reelaboración de la grilla de análisis bajo la forma de la eventualización de regímenes de jurisdicción y veridicción
Entre ambas series de conferencias dedicadas al análisis de la historia de la gubernamentalidad, poco antes de iniciar el seminario Nacimiento de la biopolítica, Foucault participa de un debate con un grupo de historiadoras e historiadores franceses titulado “Mesa redonda de Mayo de 1978” (1982b), contexto en el cual se ponen en discusión las distancias y proximidades entre su método de trabajo y el del saber histórico. Los interrogantes y los cuestionamientos que se le plantean en tal intercambio son la ocasión para que el filósofo francés relea sus propios análisis bajo la forma de un procedimiento de “eventualización” (p. 60). También sugiere en ese contexto, si bien de manera todavía incipiente, que el objetivo ulterior de tal procedimiento es poner de relieve cómo un determinado conjunto de prácticas puede ser atravesado por lo que llama un “régimen de jurisdicción y veridicción” (p. 67). Si bien los mencionados cursos se concentran en la cuestión de la política, y en el señalado debate se discute principalmente sus indagaciones sobre las prácticas de encierro, podría considerarse que existe un interjuego entre estos diferentes marcos a partir del cual Foucault reajusta el método de sus análisis en curso en torno de la política. Para leer tales desplazamientos, arriesgamos una analogía con la presentación que hace de sus obras bajo la forma de “experiencias límite” (2013). En una conversación del año 1978, el filósofo francés responde ante la pregunta de D. Trombadori acerca de las permanentes modificaciones en cuanto al método y al objeto que es posible encontrar a través de sus obras (pp. 33-39):
Cuando empiezo un libro no sólo no sé qué pensaré al final sino que no sé con demasiada claridad qué método voy a utilizar. Cada uno de mis libros es una manera de recortar un objeto y forjar un método de análisis. Una vez terminado el trabajo puedo, mediante una especie de mirada retrospectiva, extraer de la experiencia que acabo de hacer una reflexión metodológica de la que se desprende el método que el libro habría debido seguir (2013, p. 34).
Señala que tal reflexión la lleva a cabo generalmente en el marco de libros, conferencias y entrevistas en los que busca indagar en su método de trabajo (p. 34). Pero también indica, a su vez, que el balance metodológico formulado en aquellos intercambios le permite empezar a dar forma a las nuevas inquietudes y objetos de análisis que van a convertirse en el punto de partida de sus próximas investigaciones. En tal sentido indica: “Se trata más bien de reflexiones sobre un libro terminado, capaces de ayudarme a definir otro trabajo posible. Son una especie de andamiaje que actúa como relevo entre un trabajo que está terminándose y otro” (p. 34).
Atendiendo al estilo de trabajo que Foucault bosqueja en tal conversación, podría preguntarse si aquella circularidad entre el libro-experiencia y las discusiones de método puede hacerse extensiva a los reenvíos entre sus exploraciones acerca de la historia de la gubernamentalidad y la antes señalada propuesta analítica dirigida hacia la eventualización de regímenes de jurisdicción y veridicción. Dado el carácter eminentemente exploratorio de los mencionados cursos y el componente agonístico de las mencionadas discusiones metodológicas, es posible considerar que en estas últimas se acelera aquella suerte de dinámica circular a partir de la cual el filósofo francés caracteriza los desplazamientos entre sus obras, dando lugar a una interacción un tanto más desordenada. Tal como mostramos en el apartado anterior, en el seminario Seguridad, territorio, población, en el medio de la propia “experiencia política” que se encontraba explorando se intercalan diferentes reflexiones de método e incluso se ensayan reajustes en tal sentido. Si bien al inicio de tal curso encontramos un tanto elaboradas las coordenadas bajo las cuales proponía revisar el universal Estado, en las posteriores clases existen comentarios laterales relativos a cuestiones de método que no necesariamente se corresponden cabalmente con el marco analítico inicialmente fijado y que podría considerarse dan cuenta de nuevos desplazamientos en curso[16].
Volviendo al debate de la Mesa redonda de mayo de 1978, podría decirse que la propuesta de análisis esbozada en tal marco, vendrá a constituir no tanto la estabilización de las coordenadas analíticas de una exploración ya concluida, como una prolongación del laboratorio metodológico de aquellas búsquedas todavía en curso en torno a la constitución de las prácticas políticas modernas por las que se encontraba transitando Foucault[17]. Como señalábamos anteriormente, en este nuevo marco presenta su propio trabajo bajo la forma de una eventualización de regímenes de veridicción y jurisdicción. En la medida en que describe tal procedimiento metodológico en busca de responder a las inquietudes, los interrogantes y las críticas que le plantean en el contexto de la discusión, se vuelve necesario atender también a estos últimos a la hora de presentar su propuesta de análisis. Al inicio del mencionado debate, se remarca al filósofo francés una serie de dificultades que podría encontrarse en sus trabajos desde la perspectiva de los análisis propiamente históricos. En primer lugar, se hace hincapié en la excesiva importancia que sus indagaciones habrían asignado a la prisión entre las múltiples formas de penalidad existentes en las sociedades del siglo XIX, y, en tal sentido, podría decirse, se pone en duda el alcance de tales indagaciones para reflejar «la realidad» de aquellas sociedades. Otro señalamiento se dirige a su rechazo de las explicaciones causales, y particularmente a su exclusión de las explicaciones que apelan lo social como grilla de inteligibilidad de los procesos históricos (p. 56) –y que se reconocen frecuentes, por contrapartida, en el ámbito de la historia–. En este sentido, se sugiere que las indagaciones foucaulteanas sobre las prisiones se limitan al análisis de un “proceso puramente eventual” (1982b, p. 56) irreductible a explicaciones causales.
Para responder a las mencionadas inquietudes[18], Foucault busca retomar en términos propositivos la referencia crítica a su trabajo bajo la forma de un análisis meramente dirigido a localizar y describir eventos, y lo presenta antes bien como un procedimiento de eventualización, al que atribuye dos funciones. Por un lado, en clave, podría decirse, negativa, al enfocar el análisis en los eventos y poner de relieve las discontinuidades que éstos comportan, la eventualización busca mostrar la contingencia y la singularidad de aquellos objetos que se nos presentan con evidencia (la locura, la delincuencia, la sexualidad, etc.). La eventualización, dice el filósofo francés, busca la “ruptura de las evidencias, aquellas evidencias sobre las que se apoyan nuestro saber, nuestros consentimientos, nuestras prácticas” (p. 61). Por otro lado, en clave propositiva, busca poner de relieve que tal procedimiento de eventualización no se conforma con exponer lo evidente en su arbitrariedad –o irracionalidad–. La eventualización, en su segunda función, se orienta hacia una “desmultiplicación causal” a partir de la cual se propone «explicar» su constitución a partir del conjunto de procesos en el que se inscribe. En tal contexto, se concentra principalmente en esta segunda función del procedimiento de eventualización. Nuevamente en discusión con el principio de causalidad, señala que la segunda función de la eventualización consiste en poner de relieve, al analizar un evento, cuáles son “las conexiones, los encuentros, los apoyos, los bloques, las relaciones de fuerza, las estrategias, etc., que, en un determinado momento, han formado lo que luego funcionará como evidencia, universalidad, necesidad” (p. 61)[19].
En este punto, desglosa la operación de desmultiplicación causal en tres operaciones interdependientes. En primer término, la eventualización realiza una desmultiplicación interna de los procesos, ya que un evento se piensa siempre constituido a partir de las interacciones y el entretejimiento de procesos múltiples. En segundo término, la eventualización da lugar, concomitantemente, a una “disminución de la gravedad causal” (p. 62), en la medida en que, al analizar un evento, lo que se busca no es descubrir la causa que lo produjo sino capturar su singular constitución desplazando el análisis hacia el conjunto heterogéneo de procesos cuyo entrelazamiento e interacciones lo hicieron posible. En este sentido, lejos de circunscribirse la eventualización a la insularidad del evento, encuentra en este último un fragmento dentro de un “poliedro de inteligibilidad cuyo número de caras nunca está definido de antemano y que jamás puede considerarse como totalmente acabado” (p. 62). En tercer término, por tanto, de tal tipo de análisis se desprende un “polimorfismo creciente” de los elementos, relaciones y dominios que se incorporan a la investigación a medida que ésta avanza[20].
Al concluir Foucault esta «defensa» del procedimiento de eventualización, en el mismo debate le plantean que presentando así su grilla analítica “…sólo considera uno de los extremos de su propia cadena” (p. 65), desconociendo una segunda dimensión de su trabajo que, afirman, se encontraría dirigida al estudio de racionalidades abstraídas de la contingencia de las prácticas (pp. 68 y 69). Le señalan que sería posible encontrar en ese otro extremo el análisis de un proceso de racionalización que configura una suerte de constante a través de los diferentes eventos y rupturas que intenta poner de relieve la eventualización. Para responder a esta crítica, el filósofo francés se esfuerza por precisar la particular naturaleza de la ‘razón’ o el régimen de prácticas que habría buscado aislar a posteriori a través de sus diferentes análisis.
Si bien concede que las prácticas se inscriben siempre en un “régimen de racionalidad”, aclara que su intención nunca fue analizar la racionalidad como un valor absoluto a partir del cual juzgar la racionalidad o irracionalidad de unas prácticas concretas[21] sino analizar esa racionalidad a partir de “dos ejes” (p. 66). Por una parte, el eje del poder: “la codificación-prescripción… (de qué manera constituye un conjunto de reglas, de recetas de medios en vistas a un fin, etc.)” (p. 66). Y por otra parte el de la producción de la verdad: “la formulación verdadera o falsa… (de qué manera determina un ámbito de objetos respecto a los cuales es posible articular unas proposiciones verdaderas o falsas)” (p. 66). A partir de lo anterior, en clave retrospectiva, sugiere que el objetivo de sus investigaciones previas habría sido arribar ulteriormente al “régimen de jurisdicción y veridicción” (pp. 65-59) en el que se inscriben las prácticas:
Si he estudiado unas «prácticas» como las del secuestro de los locos, o la medicina clínica, o la organización de las ciencias empíricas, o del castigo legal, era para estudiar este juego entre un «código» que regula unas maneras de hacer (que prescribe cómo seleccionar las personas, cómo examinarlas, cómo clasificar las cosas y los signos, cómo amaestrar los individuos, etc.) y una producción de discursos verdaderos que sirven de fundamento, de justificación, de razones de ser, y de principio de transformación a estas mismas maneras de hacer (p. 66).
Reelaborando en torno de aquella nueva noción el objeto de sus investigaciones afirma: “…mi problema consiste en saber cómo se gobiernan los hombres (a sí mismos y a los demás) a través de la producción de verdad” (p. 66)[22], y de tal manera reajusta su planteo inicial e indica que lo que busca es, antes bien: “eventualizar unos conjuntos singulares de prácticas para hacerlos aparecer como regímenes diferentes de jurisdicción y veridicción” (p. 67). Pero también en el mismo contexto vuelve a sugerir[23] que semejante análisis histórico emprendido en clave de eventualización, conlleva en sí una suerte de apuesta crítica de alcance «político». Afirma, en efecto, que el propósito de tal trabajo es “volver a situar el régimen de producción de lo verdadero y de lo falso en el centro del análisis histórico y de la crítica política” (p. 67).
Sin embargo, después de tal aclaración le vuelven a señalar que tal tipo de análisis parte de una concepción de la racionalidad que en virtud de su abstracción obturaría “los intentos de explicar la realidad” (p. 67), a partir de lo cual el debate da un nuevo giro. Tal crítica es el puntapié para que el filósofo francés se detenga a precisar el particular nivel de «lo real» en el que puede emplazarse, en efecto, el objeto de sus indagaciones en torno de diferentes formas de racionalidad[24]. En esta dirección, señala que si la operación implicada en el tipo ideal weberiano consiste en determinar a priori una categoría que sirva de “estructura de comprensión” a la que sujetar los comportamientos concretos, los esquemas racionales analizados en su trabajo se configuran a posteriori y en el interjuego con las prácticas, y ello por una serie de razones[25].
En primer lugar plantea que la apuesta de sus diversas investigaciones previas nunca fue descubrir un principio ideal a priori, sino arribar, podría decirse –siguiendo aquí los señalamientos de “El polvo y la nube” (1982)– al campo de racionalidad en el marco de la cual un evento singular pudo venir a ser elaborado, concitar interés y a constituirse como objeto de saber. En la medida en que tal racionalidad nunca comporta un efecto de clausura o saturación, su idealidad, dice Foucault, no es más que la de “una programación que puede quedar en suspenso” (1982b, p. 68). En segundo lugar, señala que en sus análisis el alcance «general» de las formas de racionalidad que se ponen en juego en las prácticas –i.e. las tecnologías disciplinarias– no manifiesta la preexistencia de algún tipo ideal abstracto al que se ajustan de manera necesaria las prácticas concretas sino, por el contrario, la “generalización y la puesta en conexión de técnicas diferentes que a su vez tienen que responder a unos objetivos locales” (p. 69). Esas racionalidades generales se conciben, antes que en un movimiento ascendente como aquel que dibujaba la previa apuesta analítica de abordar el universal Estado en tanto «efecto masivo», bajo forma del resultado de una suerte de relación estratégica y bidireccional entre las formas de racionalidad y los diferentes programas esbozados para responder a urgencias locales. No parece existir, no obstante, una distinción demasiado clara entre los programas considerados bajo la forma de cálculos racionales puestos en juego para ensayar una respuesta local y las “formas de racionalidad mucho más generales” (p. 68) en las que aquéllos se integran. En tercer lugar, y a partir de lo anterior, Foucault plantea que esa racionalidad concebida bajo la forma de un cálculo racional que no deja de estar inscrito en las prácticas, se encuentra ya inscrita en el campo de lo real[26]. Resalta que las formas de racionalidad investigadas en sus trabajos se constituyen siempre en un juego estratégico entre la previsión programática que orienta las conductas, sus efectos y las reformas más o menos exitosas a las que la dinámica de aquel juego puede dar lugar (p. 69).
En efecto, las racionalidades constituidas a fuerza de aquellas tensiones, aun cuando no encuentren su cabal traducción en las prácticas, lejos de reducirse a una mera abstracción o utopía sin efectos en lo real[27]: “…inducen toda una serie de efectos en la realidad… se cristalizan en unas instituciones, informan el comportamiento de los individuos, sirven de clave a la percepción y a la apreciación de las cosas” (p. 70). Al final de estas aclaraciones alude a las racionalidades así concebidas –en tanto razón de las prácticas– bajo la forma de regímenes de jurisdicción y veridicción:
…estas programaciones de comportamiento, estos regímenes de jurisdicción/veridicción no son unos proyectos de realidad que fracasan. Son unos fragmentos de realidad que inducen unos efectos de lo real tan específicos como los de la división de lo verdadero y de lo falso en la manera cómo los hombres se «dirigen», se «gobiernan», se «conducen» a sí mismos y a los demás (p. 71)[28].
Las reformulaciones metodológicas introducidas por el filósofo francés en el contexto del mencionado debate, que dan lugar a una propuesta analítica dirigida a eventualizar los universales para ponerlos de relieve en tanto regímenes singulares de jurisdicción y veridicción, tal como mostramos a continuación, no sólo intentan precisar y estabilizar la grilla analítica puesta en juego en sus análisis sobre los Estados modernos, sino también elaborar los instrumentos de método para el ulterior análisis de la gubernamentalidad liberal.
El análisis del liberalismo y la aproximación a la gubernamentalidad política desde la grilla de los regímenes de jurisdicción y veridicción
En primera clase del seminario Nacimiento de la biopolítica Foucault intenta precisar el singular objeto hacia cuyo análisis habría abocado el seminario precedente –Seguridad, territorio, población, y que iba a seguir indagando en las clases dedicadas al estudio del liberalismo y el neoliberalismo, esto es, las “artes de gobernar”–. Después de recordar que apuesta específicamente a estudiar dichas artes tal como se ponen en juego en el campo de la soberanía, se detiene en el particular sentido que atribuye a la noción de “arte” (2007, pp. 16-17). En el análisis de esta noción, continúa ajustando la elaboración del nivel de análisis de la racionalidad de las prácticas que se esforzaba por delimitar en la Mesa redonda de mayo de 1978. El cuestionamiento que se formulaba al filósofo francés en aquel contexto respecto al grado de abstracción de las racionalidades capturadas en sus trabajos, así como las dudas que se plantean respecto de la capacidad de tales indagaciones para restituir “lo real”, podría considerarse que reaparecen en esta nueva búsqueda de estabilización del objeto de sus análisis.
Mediante la expresión “arte de gobernar”, remarca en la mencionada clase, lo que busca recortar ulteriormente no es “la práctica gubernamental real”, esto es, las múltiples estrategias que pudieron haberse implementado y reajustado en la tentativa de responder –o de reaccionar[29]– a tal o cual dificultad[30]. Antes bien, un análisis situado en el nivel de las artes de gobernar, apunta a capturar las maneras meditadas y calculadas de gobernar y los objetivos generales hacia los que se proyectan, pero también la actividad de reflexión a partir de la cual viene a definirse la mejor manera posible de gobernar[31]. En tal análisis, precisa, se busca: “…determinar de qué modo se estableció el dominio de la práctica del gobierno, sus diferentes objetos, sus reglas generales, sus objetivos de conjunto para gobernar de la mejor manera posible” (p. 17). A su vez, agrega que tal análisis comporta atender a los procesos que acontecen “dentro y fuera del gobierno” (p. 17). El desafío, podría arriesgarse, es capturar en su alcance transversal aquella racionalidad o programa que marca en su conjunto la orientación de las prácticas de poder modernas, sin hacer la historia evolutiva de la centralización de cada vez más espacios del cuerpo social bajo el aparato estatal (Foucault, 2006, pp. 144-145)[32].
Habiendo delimitado alrededor de tales “artes de gobernar” el campo de sus investigaciones acerca de las prácticas políticas modernas, afirma que en ellas busca sustraerse a las categorías que las investigaciones de la sociología, la historia y la filosofía política toman como objetos dados a la hora de analizar las prácticas políticas[33]. Ante las dificultades de sujetar a priori las prácticas al prisma de inteligibilidad fijado por universales –entre otros– como la soberanía, el Estado o la sociedad civil, el análisis de las artes de gobernar, por el contrario, se orienta a revisar el estatus de aquellos universales desde la “grilla de las prácticas” (pp. 17-18). Posteriormente en la misma clase, circunscribiendo esta vez el frente de discusión a los análisis históricos, plantea que si la “reducción historicista” (p. 18) opera partiendo de un universal para investigar su desarrollo a través del tiempo, la apuesta de sus indagaciones es hacer la historia de un conjunto de prácticas renunciado a partir de los universales bajo los cuales vinieron a ser cifradas[34]. Si bien podría decirse que el marco analítico de las “artes de gobernar” resulta próximo a la apuesta de una eventualización de los universales a través del análisis de la racionalidad de las prácticas, Foucault muy pronto busca integrar a tal presentación de su método de análisis la noción de régimen de jurisdicción/veridicción. En esta categoría, que apenas empezaba a atisbar en la mesa redonda de mayo de 1978, busca incardinar ahora la grilla analítica bajo cuyo prisma buscaría emprender sus análisis sobre el arte de gobernar liberal.
En la primera clase de tal curso, volviendo sobre sus análisis acerca de la razón de Estado, pone de relieve el desplazamiento fundamental que en el siglo XVIII introduce la economía política en el arte de gobernar. Plantea que si para la gubernamentalidad temprano moderna el desarrollo extensivo e intensivo de la intervención se presentaba como el «mejor camino» para el crecimiento del Estado, la economía política, inicialmente configurada bajo la forma de un instrumento de la propia razón de Estado, muestra que la frugalidad de las prácticas de intervención se presenta, paradójicamente, como la mejor vía para aumentar las riquezas del Estado (pp. 30-33). Se trata, por tanto, de una limitación que resulta irreductible a las diversas teorías del derecho público que desde el siglo XVII hicieron frente a la pendiente de desarrollo indefinida de la razón de Estado en busca de interponer un límite externo –natural o histórico[35]-. Poner de relieve tal inflexión hacia la autolimitación introducida por la economía política, y alrededor de la cual vendría a configurarse el gobierno frugal liberal, supone para el filósofo francés recuperar y reelaborar las exploraciones de Seguridad, territorio, población en torno de las tecnologías de seguridad, situándolas ahora, podría decirse, en el nivel de análisis de las “artes de gobernar”.
En el seminario de 1977-1978 había mostrado que las tecnologías securitarias se diferencian de la prohibición de la ley y de la reglamentación disciplinaria en virtud de su tendencia a hacer descansar el ejercicio del gobierno en la dinámica de auto-regulación de los intereses desencadenada al interior de la población. Había indicado también que estas nuevas tecnologías emergen en el siglo XVIII en la tentativa de hacer frente a los fenómenos propios de la coexistencia e interacción de los individuos dentro de un medio, tales como la circulación, la enfermedad, la escasez, etc., que escapaban a su tratamiento desde los mecanismos disciplinarios y de la ley[36]. En el seminario Nacimiento de la biopolítica, retoma aquellos análisis[37] pero con el objetivo de aislar el nuevo arte de gobernar en el que se impulsa el despliegue de tales mutaciones en el campo de las tecnologías de poder. Situando ahora el análisis en el nivel de las artes de gobernar, sugiere que en aquel momento el ámbito del mercado, y en particular los mecanismos inteligibles de intercambio y de formación de precios que se desarrollan en aquel espacio, se ponen de manifiesto en los análisis de la economía política bajo la forma de un lugar de formación de verdad acerca del ejercicio de la práctica gubernamental. A partir del estudio de tales mecanismos, los análisis económicos vendrán a calibrar la racionalidad de las prácticas de gobierno –o de su repliegue– en términos de utilidad/inutilidad, atendiendo a sus efectos positivos o negativos en los procesos de autorregulación espontánea de los procesos económicos[38]. En este contexto, señala Foucault, las leyes naturales que rigen el ámbito del mercado y sus objetos (recursos e individuos) van a hacerse extensivas también a la práctica gubernamental. De tal manera el mercado, tal como se pone de relieve en los análisis de la economía política, configura un nuevo prisma de inteligibilidad que, a diferencia del Estado en la racionalidad política temprano moderna, determina paradójicamente un principio de limitación interno a la propia práctica de gobierno[39].
En la primera clase del año 1979 también hace hincapié, si bien un poco a sobrevuelo, en que tal desplazamiento hacia la frugalidad de las prácticas de gobierno no comporta la demanda de una cabal eliminación de la intervención pública en busca del libre despliegue de la dinámica de los intereses o las libertades. Antes bien, sugiere que el arte de gobernar liberal lidia con la difícil articulación entre el régimen de verdad del mercado y el régimen de jurisdicción de la soberanía. En esta dirección, sugiere que lo que acontece en el siglo XVIII a partir de la constitución del régimen de verdad del mercado es “…la articulación con una serie de prácticas de cierto tipo de discurso que, por un lado, lo constituye como un conjunto ligado por un lazo inteligible y, por otro, legisla y puede legislar sobre esas prácticas en términos de verdad o falsedad” (p. 35). Sin embargo, si bien enfatiza que la jurisdicción configura un componente del gobierno liberal, el objetivo de la primera clase de Nacimiento de la biopolítica es antes bien hacer hincapié en el lugar central que tiene en aquel gobierno la evidencia del mercado, o también, el mercado en tanto lugar de formación de la verdad.
En la segunda clase del mismo seminario el filósofo francés matiza su primera aproximación al liberalismo bajo la forma de un arte de gobernar que encuentra su principio de autolimitación en la realidad del mercado tal como se presenta en los análisis económicos, y comienza a atender al acoplamiento entre el «polo» del régimen de verdad del mercado y el del régimen de la soberanía. Hace particular hincapié en la constitución paradójica que aquella superposición entre ambos de estos términos imprime en el gobierno «frugal» liberal[40]:
… durante este período del gobierno frugal inaugurado en el siglo XVIII, y del que sin duda todavía no hemos salido, veremos desarrollarse toda una práctica gubernamental, a la vez extensiva e intensiva, con todos los efectos negativos, las resistencias, las revueltas, etc., que conocemos, precisamente contra esas intromisiones de un gobierno que, no obstante, se dice y se quiere frugal (p. 44).
Posteriormente en la misma clase, recuerda los análisis sobre las tecnologías de seguridad elaborados en Seguridad, territorio, población, e inscribiéndolos en el nuevo entramado analítico que empieza a esbozarse alrededor del régimen de jurisdicción y veridicción del mercado señala:
…el mercado, de lugar de jurisdicción que aún era hasta comienzos del siglo XVIII, empieza a convertirse, a través de todas esas técnicas que, además, les mencioné el año pasado con referendo a las carestías, los mercados de granos, etc., en un lugar que llamaré de veridicción. El mercado debe decir la verdad, debe decir la verdad con respecto a la práctica gubernamental. En lo sucesivo, y de una manera simplemente secundaria, será su papel de veridicción el que rija, dicte, prescriba los mecanismos jurisdiccionales o la ausencia de mecanismos jurisdiccionales con los cuales deberá articularse (p. 50).
Para preparar el terreno de este análisis, Foucault se detiene por segunda vez a esbozar una serie de reflexiones metodológicas, ahora con la pretensión de estabilizar el proyecto más general en el que se habría inscrito el conjunto de sus indagaciones previas (pp. 50 y 51).
Comienza estas nuevas exploraciones metodológicas retomando la crítica del principio de causalidad tradicional que ya había bosquejado tanto en el análisis del Estado bajo la forma de un efecto global en Seguridad, territorio, población, como en la apuesta por una “desmultiplicación causal” (1982b, p. 61) de los universales que recentre la historia en los eventos en la Mesa redonda de mayo de 1978[41]. Insiste en que para arribar a la inteligibilidad de un objeto, en este caso la del espacio del mercado, no es necesario buscar «la causa» que lo origina (e.g. la transformación de los procesos económicos, el cambio en la mentalidad de la gente). Antes bien, señala que para analizar la constitución de la realidad del mercado hay que capturar la “relación poligonal o poliédrica” (2007, p. 51) entre un conjunto heterogéneo de eventos y procesos múltiples que habría permitido su constitución en el siglo XVIII. Menciona en esta dirección, a sobrevuelo, un conjunto de elementos que se habrían conjugado en la constitución del mercado bajo la forma de un régimen de jurisdicción y veridicción. Si bien incluye en ese grupo algunos factores que podrían llamarse económicos, tales como la situación monetaria, la intensificación de ciertos tipos de producción, etc.; sugiere que estos últimos se entretejen o incluso, podría decirse, se refuerzan a partir de otros, tales como la constitución de determinadas tecnologías de poder e instrumentos de reflexión. Si bien no da más precisiones respecto de estos dos últimos elementos, a tal altura del análisis, no resulta demasiado arriesgado vincularlos –respectivamente– a la emergencia de las tecnologías de seguridad y las teorías económicas. De esta manera, concluye que si a partir de este conjunto de elementos se busca analizar “…esa irrupción del mercado como principio de veridicción”, la operación que habría que hacer es “…llegar, mediante la puesta en relación de esos diferentes fenómenos… a la inteligibilidad de ese proceso” (p. 30).
A su vez, en contraposición con la pretensión de restituir la “instancia global de lo real” (1982, p. 46) que en otro contexto atribuía al saber histórico, afirma que “lo que permite hacer inteligible lo real es mostrar simplemente que fue posible” (p. 46). En tal análisis del nacimiento del mercado, por tanto, podría decirse que busca poner de relieve las condiciones bajo las cuales fue posible la constitución de esa realidad, de ese “dominio de objetos posibles” (Foucault, 2014, p. 32)[42] que desde mediados del siglo XVIII se convierte en grilla de inteligibilidad de lo real. Aquí podría arriesgarse que si la historia encuentra en estructuras generales como el Estado o la economía objetos a priori que convierte en principios de explicación del dominio de lo real –o bien del funcionamiento general de la sociedad– el filósofo francés apunta a poner de relieve que incluso objetos de semejante alcance pueden ser analizados bajo la forma de un efecto, o mejor, el efecto global de un conjunto de procesos heterogéneos.
Si bien en tal crítica del principio de causalidad Foucault se aproxima a las que ya había formulado previamente, introduce un giro a partir del cual pretende estabilizar la grilla analítica desde la cual buscaba capturar la constitución del mercado en tanto grilla de inteligibilidad de lo real. La inquietud del filósofo francés por aislar la constitución de tal prisma de racionalidad, corre ahora en paralelo con la búsqueda de recentrar el análisis en el nuevo objeto de los regímenes de jurisdicción/veridicción. En ese contexto plantea, en clave antes bien retrospectiva, que tanto las exploraciones en curso acerca de constitución de la realidad del mercado como sus trabajos previos podrían inscribirse en una “genealogía de los regímenes de jurisdicción y veridicción”[43]. En este sentido su hipótesis –bosquejada ya en Defender la sociedad[44]– es que si en Occidente moderno la formulación de discursos verdaderos puede alcanzar efectos tan poderosos, es en virtud del pasaje de los regímenes de jurisdicción hacia los regímenes de jurisdicción/veridicción. Así, asegura que, a través del análisis de experiencias como la psiquiatría, la penalidad o la confesión, lo que habría buscado ulteriormente es indagar las condiciones bajo las cuales es posible en las sociedades modernas:
…la constitución de cierto derecho de la verdad a partir de una situación de derecho, donde la relación derecho y verdad encontraría su manifestación privilegiada en el discurso, el discurso en que se formula el derecho y lo que puede ser verdadero o falso (p. 53).
En tanto “historia de la verdad unida a la historia del derecho” (p. 53), la genealogía apunta a capturar las reglas a partir de las cuales, en las sociedades modernas, pudo venir a trazarse, en referencia a un conjunto determinado de objetos, la distinción entre lo verdadero –lo que se presenta bajo la forma de la evidencia– y lo falso. Tal pasaje de la jurisdicción a la jurisdicción/veridicción no alude, sin embargo, a una sucesión lineal –i.e desde la soberanía hacia la verdad del mercado– sino a un desplazamiento que es preciso contemplar en sus avances y sus retrocesos, como asimismo atendiendo a las superposiciones que comporta entre la verdad y el derecho (pp. 50-55). Habiendo reajustado así las coordenadas metodológicas, Foucault se aventura a indagar cómo se pone en juego tal desplazamiento hacia la jurisdicción/veridicción en el campo de las prácticas políticas.
Justo después de los antes mencionados señalamientos acerca del proyecto general de sus indagaciones, aclara que al poner de relieve en la clase anterior la autolimitación del arte de gobernar liberal a partir de la verdad formulada en el espacio del mercado: “…no me refería a una desaparición del derecho, sino al problema planteado por la limitación jurídica de un ejercicio del poder político cuya fijación era impuesta por los problemas de la verdad” (p. 58).
En tal dirección, retoma su análisis del arte de gobierno liberal concentrándose esta vez en los efectos que la constitución del régimen de verdad del mercado habría tenido en las reflexiones jurídicas. Plantea que desde finales del siglo XVIII, tales reflexiones habrían sido motorizadas y perfiladas, en lo fundamental, a partir de las problematizaciones liberales en torno de la difícil complementación entre la evidencia del mercado, y las formas jurídicas que el liberalismo se esfuerza por integrar como instrumento para regular la hiper-reglamentación hacia la que se orienta la razón de Estado[45].
En esta línea el problema no es tanto, como en las críticas de los juristas del siglo XVII, el de la limitación externa de la práctica gubernamental, sino, ante el despliegue de una práctica gubernamental que se ajusta a la evidencia económica:
…¿qué pasa entonces con el derecho público? E incluso: ¿qué fundamentos podemos encontrar para el derecho que va a articular el ejercicio del poder público, si tenemos en cuenta que hay al menos una región –y otras, sin duda– donde la no intervención del gobierno es una necesidad absoluta, no por razones de derecho, sino por razones de hecho o, mejor, de verdad? Limitado por respeto a la verdad, ¿cómo conseguirá el poder, cómo conseguirá el gobierno formular ese respeto por la verdad en términos de ley que debe observarse? (56)[46]
Seguidamente, señala que ese esfuerzo por hacer frente al problema de establecer, por la vía del derecho, una autolimitación que se ajusta a la verdad de mercado, va a impulsar significativamente las reflexiones jurídicas de los siglos XVIII y XIX, dando lugar a dos sistemas que interponen frente al poder público dos respectivas e irreductibles concepciones de la libertad.
Por un lado se encuentra el camino radical ligado al utilitarismo inglés[47], que presenta más directamente acoplado al arte de gobernar según la evidencia del mercado. En este caso el procedimiento consiste en delimitar las libertades que hay que respetar a partir –al menos en lo fundamental– de la medición y los diagnósticos de la economía acerca de los efectos que las prácticas de gobierno pueden tener en la dinámica natural de los procesos económicos, para a posteriori tratar de formular, vehiculizar y reivindicar en términos jurídicos ese campo de independencia de los gobernados. En el esquema utilitarista, por tanto, de lo que se trata es de una tecnología de gobierno que apunta a calibrar de manera permanente la independencia de los individuos atendiendo a la necesidad de autolimitación de la práctica gubernamental[48]. En el manuscrito del curso, destacando el carácter instrumental del derecho en este esquema, Foucault llama a esta vía “el método del residuo jurídico necesario y suficiente” (p. 40). Respecto del segundo sistema jurídico, que denomina “axiomático-revolucionario” y vincula a los legisladores de la Revolución Francesa, plantea que se encuentra muy apegado todavía al esquema tradicional de los derechos originarios –naturales o históricos[49]– en la medida en que pretende establecer a priori las libertades fundamentales que la práctica gubernamental debe garantizar a todo individuo de manera imprescriptible. Sin embargo, si atendemos también a un agregado del manuscrito del mismo curso, encontramos una ligera precisión respecto de tal caracterización. En ese contexto sugería que aquello que es aceptado bajo la condición de que garantice una serie de derechos fundamentales anteriores al ejercicio del gobierno, no es estrictamente la soberanía sino el propio ejercicio de un gobierno frugal[50]. En este agregado atisba una singularización del sistema axiomático-revolucionario respecto de la teoría tradicional de los derechos fundamentales.
Después de contraponer ambas variantes, el filósofo francés hace una breve digresión para destacar su coexistencia y la ambigüedad que ésta introduce en la concepción del derecho en el marco de la gubernamentalidad liberal. Llegando al final de la misma clase, no obstante, plantea que, aún en tales superposiciones, la vía que tiende a prevalecer en la configuración que toma el discurso jurídico liberal entre fines del siglo XVIII y el siglo XIX es la utilitarista. Atendiendo a lo anterior busca matizar su primera aproximación al liberalismo bajo la forma de una manera de gobernar que se autolimita a partir de la evidencia económica y sugiere que si tal autolimitación puede concretarse es a través de la vehiculización del principio de utilidad a través de las formas jurídicas (p. 64). En este sentido, plantea que el “segundo punto de anclaje” del gobierno frugal es “…la elaboración del poder público y la medida de sus intervenciones ajustadas al principio de utilidad” (p. 64). El arte de gobierno frugal, por tanto, viene a configurarse a dos niveles:
Intercambio por el lado del mercado, utilidad por el lado del poder público. Valor de cambio y veridicción espontánea de los procesos económicos, medidas de utilidad y jurisdicción interna de los actos del poder público… así articula la razón gubernamental los principios fundamentales de su autolimitación (p. 40).
Así, en tales reflexiones jurídicas en torno del problema de la utilidad, la gubernamentalidad liberal busca pensar la difícil superposición entre la autorregulación espontánea de los procesos económicos y la acción gubernamental requerida para dar curso a aquellos procesos[51]. En la racionalidad liberal, continúa Foucault: “…el problema de la utilidad… de la utilidad de cada uno y de todos, de la utilidad de los individuos y la utilidad general, será en definitiva el gran criterio de elaboración de los límites del poder público y de formación de un derecho” (p. 63).
A su vez, sugiere hacia el final de la misma clase que en tales análisis el correlato del poder público vendrá a perfilarse alrededor de la noción de interés. Esta noción traduce en su propia ambigüedad esa búsqueda de una articulación de la verdad económica y la soberanía. Si bien en el siglo XVII alrededor del problema de la felicidad del Estado el interés público habría empezado a prefigurarse en tanto objetivo del gobierno, en el nuevo marco el interés ya no es “el del Estado íntegramente referido a sí mismo y que no busca más que su crecimiento…” (p. 64). Antes bien:
Ahora, el interés cuyo principio debe obedecer la razón gubernamental es interés en plural, un juego complejo entre los intereses individuales y colectivos, la utilidad social y la ganancia económica; entre el equilibrio del mercado y el régimen del poder público (p. 64).
Si aún en la razón de Estado el soberano se encontraba legitimado para intervenir de manera directa sobre lo que se consideraba su territorio y sobre las personas en tanto habitaban en él, ahora el ejercicio del gobierno se orienta a manejar de manera discreta y calculada el juego de los intereses.
Hacia el final del mismo seminario, Foucault añade que esta proliferación de las reflexiones jurídicas se vincula al hecho de que las diferentes soluciones que el saber económico elabora para resolver el problema del ejercicio de la soberanía en el espacio del mercado resultan inviables, en la medida en que, de una u otra manera, no permiten concretar la articulación entre el lugar de verdad del mercado y el ejercicio de la práctica gubernamental. Los fisiócratas proponen mantener la omnipresencia de la razón de Estado pero reduciendo el ejercicio de la soberanía a una mera constatación de la evidencia del mercado, convirtiendo así al soberano en un “geómetra” (p. 333) de los procesos económicos. Mientras que la solución de A. Smith consiste en plantear que en tanto la mirada de un individuo soberano –a diferencia de los fisiócratas– es incapaz de alcanzar los procesos económicos, el ejercicio de la soberanía puede conservarse tal cual fue pensada desde la grilla de la razón de Estado, pero excluyendo el mercado de su campo de intervención. En este sentido, advierte que el arte de gobierno liberal se concreta finalmente a partir de la configuración de los discursos en torno a la sociedad civil:
…para mantener a la vez la unidad de ese arte, su generalidad sobre el conjunto de la esfera de la soberanía, para que ese arte conserve su especificidad y su autonomía con respecto a una ciencia económica, es preciso dar una referencia, un dominio de referencia, un nuevo campo de referencia, una nueva realidad sobre la cual ese arte de gobernar ha de ejercerse, y ese nuevo campo de referencia es, creo, la sociedad civil (p. 335).
Configurados a medio camino entre el derecho y la economía, los discursos liberales en torno de categorías como la nación, la sociedad civil o la sociedad, se perfilarían, entre finales del siglo XVIII y el siglo XIX, en tanto el resultado de los esfuerzos del arte de gobernar liberal para pensar el problema del ejercicio del gobierno en el espacio del mercado[52]. En efecto, en una ulterior lectura retrospectiva que el filósofo francés realiza de la historia de la gubernamentalidad en el seminario El gobierno de los vivos, vendrá a inscribir tanto sus análisis sobre la razón de Estado como los dedicados al liberalismo en el marco analítico de los regímenes de jurisdicción y veridicción. Plantea que aquellas artes de gobernar configuran dos diferentes maneras a partir de las cuales se articula el ejercicio del gobierno y la manifestación de la verdad en Occidente moderno en función de “cierto real que sería el Estado o la sociedad” (2014, p. 37).
Conclusiones
A partir de lo expuesto podemos poner de relieve algunas conexiones entre las reflexiones de método del debate de mayo de 1978 y el primer y segundo tramo de la historia de la gubernamentalidad. Si bien en tal debate el filósofo francés discute las relaciones entre el método puesto en juego en sus análisis sobre el nacimiento de las prisiones y el método del saber histórico, podría decirse que aquellas discusiones no dejan de estar atravesadas por sus análisis en curso en torno del problema del gobierno político. En efecto, allí recupera y reajusta algunos señalamientos metodológicos que empezaban a atisbar en sus análisis acerca de la razón de Estado, preparando el terreno para sus ulteriores análisis en torno del liberalismo y el régimen de veridicción del mercado. Podría decirse que el procedimiento de eventualización de regímenes de veridicción y jurisdicción a partir del cual presenta en aquel contexto sus indagaciones «sobre las prisiones», enlaza el primer y segundo tramo de la historia de las racionalidades gubernamentales y cifra de alguna manera el pasaje entre ambos.
Ya en Defender la sociedad Foucault había sugerido incipientemente la inscripción del análisis de los poderes locales en una apuesta o proyecto más general. Si en ese contexto, así como también en La voluntad de saber, esa articulación global –con la que se topa al avanzar en el propio análisis de las tecnologías disciplinarias– empezaba a explorarse alrededor de la constitución de las tecnologías biopolíticas, en el seminario Seguridad, territorio, población vuelve sobre aquella inquietud desde una incipiente grilla analítica de la gubernamentalidad. Si al inicio del seminario de 1977-1978 buscaba dar continuidad a la exploración de la biopolítica y las tecnologías securitarias, al avanzar en el análisis de estas últimas sujeta a un reacomodamiento y redireccionamiento el plan inicial para empezar a resituarlo en el nivel de las racionalidades políticas. En este nuevo contexto, se propone capturar la constitución de aquella forma de racionalidad de alcance transversal que permite el entrelazamiento y coordinación estratégica de las tecnologías de poder desplegadas a diferentes niveles del cuerpo social, y en cuyo marco habría sido posible el desarrollo articulado de las tecnologías disciplinarias y biopolíticas. A su vez, relee los poderes locales ya no tanto en términos de múltiples tecnologías como bajo la forma de un conjunto de prácticas de gobierno que recorren el cuerpo social encadenándose entre sí. Podría decirse que la noción de gubernamentalidad acuñada en tal seminario da nombre y traduce en su propia inestabilidad la serie de exploraciones a partir de las cuales el filósofo francés desafía alcanzar aquel objetivo sin reenviar el análisis de las relaciones de poder a la institución totalizadora del Estado. A la luz de las relaciones entre los seminarios en torno de la historia de la gubernamentalidad y las reflexiones metodológicas del debate de mayo de 1978, podrían distinguirse dos principales momentos en aquellas exploraciones.
En un primer momento, situado en el seminario Seguridad, territorio, población, propone salir del universal Estado para analizar en clave genealógica las múltiples tecnologías de poder que circulan a través de las prácticas del aparato estatal. Para ello esboza una lectura «retrospectiva» de sus análisis sobre las prisiones, en la que hace hincapié en que aquellas tecnologías que se ponen de relieve en las prácticas de encierro, conforman una “economía general” cuyo alcance es ulteriormente transversal e irreductible a una determinada escala. Sobre la marcha de tales clases, Foucault emprende el desafío inicial de hacer extensiva la grilla de análisis genealógica a las prácticas de poder que se despliegan a través de la institución estatal. Al poner a prueba tal ‘pasaje al exterior’ del Estado, propone inicialmente releer el nacimiento de los Estados modernos bajo la forma de un «efecto global» resultante de la interacción y cohesión de un conjunto de procesos múltiples, o también, como el resultado de una composición de efectos que presenta alcance masivo o global. En esta dirección pone de relieve cómo se conjugan en la constitución de los Estados modernos el despliegue de los aparatos diplomático militar y policial en el campo de las prácticas propiamente políticas, que tienen su correlato económico en el mercantilismo. Esto acontece sobre el trasfondo de una intensificación generalizada del problema de la conducta a múltiples escalas del cuerpo social, fenómeno que traba un juego de conexiones e interferencias con unas prácticas de gobierno todavía ajustadas a las coordenadas de la razón de Estado. Así, la operación de “pasaje al exterior” del Estado permite arribar al nacimiento de una gubernamentalidad política de carácter hiper-administrativo e incardinada en el principio de «gobernar cada vez más», atendiendo tanto a su nacimiento entre finales del siglo XVI y el siglo XVII, como asimismo a su eventual retroceso y reacomodamiento, sin apelar a una ontología interna que se conforma con evidenciar en el Estado una inquietante facultad de desarrollo endógeno. Sin embargo, podría decirse que ulteriormente el análisis del Estado bajo la forma de un efecto global tiende a llevar al límite la mirada genealógica inicial y a demandar la elaboración de nuevos instrumentos de análisis; aquellos que poco a poco el filósofo francés empieza a explorar a medida que despliega el alcance analítico de las nociones de gobierno y gubernamentalidad. En el contexto de ese análisis, las múltiples tecnologías de poder que se conjugan en la constitución del efecto masivo del Estado, empiezan a ser releídas en los términos de una diversidad de conductas y prácticas de gobierno que recorren el cuerpo social, las cuales se busca, con avances y retrocesos, entramar alrededor de los objetivos de conjunto definidos bajo el prisma de la razón de Estado.
Si bien en la mesa redonda de mayo de 1978 Foucault no retoma el problema del análisis del Estado, podría decirse que allí implícitamente recupera y profundiza la propuesta de análisis esbozada en sus indagaciones sobre la razón de Estado, pero también la desplaza. En ese contexto, presenta su trabajo bajo la forma de un procedimiento de eventualización, y sugiere que en ese marco el análisis de «eventos» no busca remitir estos úlitmos a causas únicas sino operar una desmultiplicación que permita capturar en su ascendente complejidad el poliedro creciente de procesos en el que aquellos eventos se inscriben. Podría considerarse que esta operación se conecta de alguna manera con el desafío de alcanzar formas de racionalidad cada vez más generales a través del análisis genealógico señalado en el contexto de la misma discusión. También sugiere en aquel debate que el cálculo racional en virtud de la cual se programan las conductas se sitúa a medio camino entre la abstracción y la realidad. Esto es, aún cuando en su diseño inicial –incluso por definición– la programación racional nunca encuentre su cabal reflejo en las prácticas y mecanismos en los que se traduce, no por ello se reduce a una mera utopía. En este sentido, señala que la racionalidad de las prácticas «induce efectos de realidad» en la medida en que comporta efectos de transformación –más o menos logrados– en las instituciones y constituye la grilla de inteligibilidad, o también, la verdad a partir de la cual los individuos se conducen a sí mismos y a los otros. A su vez, sin detenerse en el particular sentido que ulteriormente daría a estas nociones ni en las relaciones que establecen entre sí, insiste en señalar que el objetivo ulterior del procedimiento de eventualización es arribar a aquellas racionalidades o programas poniéndolas de relieve en tanto diferentes regímenes de jurisdicción/veridicción ligados a relaciones de gobierno.
Finalmente, podría decirse que, en Nacimiento de la biopolítica, en busca de precisar el particular ángulo desde el cual pretende abordar la constitución del liberalismo, la propuesta del filósofo francés se inclina cada vez más hacia el estudio de la racionalidad de las prácticas tal como intenta esbozarla en el debate de Mayo de 1978. Tal concepción de la racionalidad de las prácticas es también vehiculizada en este nuevo marco a través de la noción de “arte de gobernar”. En tal contexto, busca remarcar que su pretensión no es arribar a la forma real de las prácticas políticas, sino aislar aquello que se define bajo la forma de la mejor manera posible de gobierno en los cálculos y los programas que se elaboran –o que pueden elaborarse– en el ejercicio de las prácticas de gobierno. Preparando el terreno para su ulterior análisis del liberalismo, sugiere que en tanto tal arte de gobernar –y las racionalidades políticas en un sentido más general– configura un “arte”, es posible pensarla poniendo el acento en sus objetivos de conjunto sin desatender el derrotero a veces exitoso y otras malogrado por el que transita y los efectos que puede tener este último sobre su constitución (e.g. la paradójica superposición entre el derecho y la veridicción/jurisdicción del mercado, traducida en la constitución del espacio de la sociedad civil). En tal sentido, podría decirse que si la «utopía» que orienta la gubernamentalidad temprano moderna es la de la realización del Estado, la práctica gubernamental liberal se dirige hacia la (imposible) frugalidad del gobierno. El liberalismo puede constituirse, con avances y retrocesos, bajo la forma de un gobierno que «se dice y se quiere frugal». En tal nuevo marco vendrá a tomar más forma la noción de regímenes de jurisdicción/veridicción, como también, podría decirse, la apuesta de alcance político que envuelve el análisis de estos últimos. Esto puede notarse en la lectura restrospectiva de la historia de la gubernamentalidad de Del gobierno de los vivos, a partir de la cual es posible sugerir que lo que hace posible en Occidente moderno la articulación de las múltiples prácticas de poder desplegadas a diferentes escalas, es la penetración de los regímenes de verdad (del Estado, el mercado o la sociedad) en las prácticas de poder de alcance político.
Bibliografía
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- Foucault distingue asimismo una segunda deriva «paradójica» en tal sobrevaloración del problema del Estado, que si bien no lo señala explícitamente podría ubicarse en la órbita de ciertos discursos del marxismo. Esta segunda deriva consiste en reducir el Estado a un instrumento de procesos que acontecen en el plano de la economía, mientras que al mismo tiempo se lo presenta bajo la forma del objeto privilegiado de las luchas políticas o revolucionarias y el espacio en cuya apropiación se juega la victoria de estas últimas.↵
- En unas notas del manuscrito del curso en las que esboza el problema de las resistencias instaladas en el dominio de las tecnologías de poder, y apelando para ello al ejemplo del fenómeno de las disidencias religiosas, sugiere que estas últimas presentan un carácter antes bien transversal concomitante al de las propias tecnologías de poder: “…es muy posible alcanzar efectos globales, no mediante enfrentamientos concertados, sino por ataques locales o laterales o diagonales que ponen en juego la economía general del conjunto” (Foucault, 2006, p. 145). Y precisa en referencia a tal ejemplo: “… los movimientos espirituales marginales, multiplicidades de disidencia religiosa, y que no atacaban en modo alguno a la Iglesia Católica, hicieron vacilar en definitiva no sólo todo un sector de la institución eclesiástica, sino la manera misma de ejercer el poder religioso en Occidente” (pp. 145 y 146).↵
- En el manuscrito señala que la desinstitucionalización y desfuncionalización permite poner de relieve -frente al tipo de análisis, podría decirse, enfocado en el desarrollo endógeno del poder del Estado- la permeabilidad y permanente estado de transformación al que se someten concomitantemente las tecnologías de poder en la relación con sus «objetos»: “Las tecnologías de poder no son inmóviles, no son estructuras rígidas que apuntan a inmovilizar los procesos vivientes en virtud de su misma inmovilidad. Las tecnologías de poder no dejan de modificarse bajo la acción de muy numerosos factores” (p. 145). ↵
- En el manuscrito de la citada clase apunta: “…cuando una institución se desmorona, no es forzosamente porque el poder que le servía de base ha quedado fuera de circulación. Puede ser porque se ha tornado incompatible con algunas mutaciones fundamentales de esas tecnologías” (p. 145).↵
- En tal sentido afirma: “Si se procuró hacer ese triple movimiento de pasaje al exterior con respecto a las disciplinas, es esta posibilidad, en el fondo, lo que querría explorar ahora con referencia al Estado. ¿Se puede pasar al exterior del Estado como se pudo hacerlo… con respecto a esas diferentes instituciones? ¿Existe, en lo concerniente al Estado, un punto de vista englobador como lo era el punto de vista de las disciplinas en lo referido a las instituciones locales y definidas?” (p. 144).↵
- Al presentar sus análisis sobre el nacimiento de los Estados modernos señala Foucault en el seminario Seguridad, territorio, población: “Ahora trataré de mostrarles que esta gubernamentalidad nació, [en primer lugar,] a partir de un modelo arcaico que fue el de la pastoral cristiana; segundo, sobre la base de un modelo o, mejor dicho, una técnica diplomático-militar; y tercero y último, les mostraré que esa gubernamentalidad sólo pudo adoptar las dimensiones que tiene gracias a una serie de instrumentos muy particulares, cuya formación es contemporánea, precisamente, del arte de gobernar, y que llamamos “policía” en el sentido antiguo del término, el de los siglos XVII y XVIII. La pastoral, la nueva técnica diplomático-militar y, por último, la policía, fueron a mi entender los tres grandes puntos de apoyo sobre cuya base pudo producirse ese fenómeno fundamental en la historia de Occidente que fue la gubernamentalización del Estado” (p. 138).↵
- Apelando a una serie de textos vinculados a las comunidades cristianas de los siglos III a VI, plantea que allí la pastoral cristiana redefine, en primer lugar, el tema de la salvación, haciendo depender esta última de un juego complejo de interconexiones entre los “méritos y deméritos” (p. 218) del pastor y de su rebaño (pp. 194-219). En segundo lugar, el pastorado cristiano plantea que el pastor no es un “hombre de la ley” sino, antes bien, lo que se traza es una relación de servidumbre integral y permanente de un individuo con respecto a la voluntad de otro (pp. 207 y 208). En tercer lugar, la cuestión de la verdad en el pastorado remite no tanto a la imposición de la verdad como a la producción de una verdad oculta.↵
- Recién en ulteriores conferencias dedicadas al nacimiento de los Estados modernos vendrá a detenerse más en las relaciones entre el poder pastoral y el nacimiento de los Estados modernos (2008b y 2015). En “El sujeto y el poder” afirma: “…desde el siglo XVI, una nueva forma política de poder se ha estado desarrollando sin cesar. Esta nueva estructura política, como todo el mundo sabe, es el Estado. Pero la mayoría de las veces, el Estado es visto como una clase de poder político que ignora a los individuos, atendiendo solo a los intereses de la totalidad o, debería decir, de una clase o un grupo de entre los ciudadanos. Esto es completamente cierto. Pero me gustaría señalar el hecho de que el poder del Estado (y esta es una de las razones de su fuerza) es una forma de poder a la vez individualizante y totalizante” (2015, p. 325).↵
- Señala en referencia a las rebeliones de conducta: “Como de todos modos es preciso rendir a la causalidad y al principio de causalidad tradicional un mínimo de homenaje, me limitaré a agregar que ese paso de la pastoral de las almas al gobierno político de los hombres debe resituarse en un contexto determinado que ustedes bien conocen” (2006, pp. 263 y 264).↵
- En tal sentido señala: …si me piden mostrar la presunta fuente única de la cual manan el Estado y su separación de la naturaleza, así como la separación de los principia naturae y la ratio status, y me piden, en suma, encontrar el uno que va a dividirse en dos, sólo conseguirán que me dé por vencido de inmediato. Pero ¿no hay otros medios de constituir la inteligibilidad que sería o tal vez sea preciso establecer en historia? ¿La inteligibilidad no debería proceder de otra manera y no por la búsqueda de un uno que se divide en dos o produce el dos? ¿No sería posible, por ejemplo, no partir de la unidad y ni siquiera de la dualidad naturaleza-Estado, sino de la multiplicidad de procesos de una extraordinaria diversidad, en los cuales encontramos justamente las resistencias al pastorado, las insurrecciones de conducta, el desarrollo urbano, el desarrollo del álgebra, las experiencias sobre la caída de los cuerpos […]? Y se trataría entonces de establecer la inteligibilidad de dichos procesos, mostrando cuáles fueron los fenómenos de coagulación, de apoyo, de refuerzo mutuo, de puesta en cohesión, de integración. En síntesis, todo el haz de procesos, toda la red de relaciones que a la postre indujeron como efecto masivo la gran dualidad [naturaleza-Estado]” (pp. 277 y 278).↵
- Propone como grilla de inteligibilidad: “…algo que podríamos llamar constitución o composición de efectos. ¿Cómo se componen efectos globales, cómo se componen efectos masivos? ¿Cómo se constituyó ese efecto global que es la naturaleza? ¿Cómo se constituyó el efecto Estado a partir de mil procesos diversos, entre los cuales me limité a señalarles algunos? El problema es saber cómo se constituyeron esos dos efectos, cómo se constituyeron en su dualidad y según la oposición esencial, creo, entre la agubernamentalidad (con “a” inicial) de la naturaleza y la gubernamentalidad del Estado. Ahí está el quiasmo, ahí está el cruce, ahí está el efecto global; pero esa globalidad, precisamente, sólo es un efecto, y el análisis histórico debería ponerse en juego en el sentido de la composición de esos efectos masivos” (p. 278).↵
- En la presentación de una conferencia del año 1979 en la que busca sintetizar sus análisis sobre la razón de Estado señala: “Es evidente que mi intención no es tratar aquí el problema de la formación de los Estados. Ni tampoco explorar los diferentes procesos económicos, sociales y políticos de donde proceden. Mi pretensión tampoco es la de analizar los diferentes mecanismos e instituciones que utilizan los Estados para asegurar su permanencia. Me gustaría solamente proponer algunas indicaciones fragmentarias sobre algo que se encuentra a mitad de camino entre el Estado, como tipo de organización política y sus mecanismos, a saber, el tipo de racionalidad implicada en el ejercicio del poder de Estado” (2008b, pp. 120 y 121).↵
- En ese contexto, destacando el frente de discusión con los discursos inflacionarios del Estado, señala: “Tendríamos que decir entonces que el Estado no es en la historia esa especie de monstruo frío que no dejó de crecer y desarrollarse como un organismo amenazante y colocado por encima de una sociedad civil. La cuestión sería demostrar que una sociedad civil, o, más simplemente, una sociedad gubernamentalizada, introdujo a partir del siglo XVI algo, ese algo a la vez frágil y obsesionante que se llama Estado” (2006, p. 291).↵
- “No digo que el Estado haya nacido del arte de gobernar ni que las técnicas de gobierno de los hombres nacen en el siglo XVll. Como conjunto de las instituciones de la soberanía, el Estado existía desde miles de años atrás. Las técnicas de gobierno de los hombres también eran más que milenarias. Pero el Estado tomó la forma que le conocemos a partir de una nueva tecnología general de gobierno de los hombres” (p. 146).↵
- Y continúa: “… a partir de cuándo se convirtió en un objeto de conocimiento y análisis, a partir de cuándo y cómo empezó a ser parte de una estrategia deliberada y concertada, desde cuándo los hombres comenzaron a invocarlo, desearlo, codiciarlo, temerlo, rechazarlo, amarlo, odiarlo” (p. 290).↵
- Mientras que el plan inicial de los seminarios de finales de la década de 1970 era profundizar el análisis de las tecnologías biopolíticas, en el despliegue de las clases el eje de tales investigaciones termina desplazándose hacia las “racionalidades gubernamentales” que sirven de marco para el despliegue de la biopolítica (2008, p. 359). ↵
- A excepción de La voluntad de saber, el grueso de los análisis en torno de la biopolítica y la totalidad de las indagaciones en torno a la historia de la razón gubernamental moderna que el filósofo francés despliega en la segunda mitad de la década de 1970, no configuran la materia prima de sus obras. Sin embargo, podría arriesgarse que entre las investigaciones en torno a la política y las discusiones en torno a la cuestión del método que realiza entre uno y otro tramo de aquellas investigaciones, se presenta una relación un tanto más desordenada y en la que se cataliza aquella secuencia a partir de la cual Foucault caracteriza los desplazamientos entre sus obras. Si entre el libro-experiencia y el método se traza una relación de sucesión circular, podría decirse que entre los cursos de finales de la década de 1970 en torno de la «experiencia política» y las reflexiones de método se producen antes bien mutuas interferencias.↵
- Señala en este punto una serie de razones que justificarían la importancia que confiere a la prisión (1982b, pp. 55 y 56). Afirma que su interés por la prisión radica en dos razones. En primer lugar, hasta aquel momento el problema de la prisión había sido abordado en las claves jurídica, sociológica e institucional, pero se encontraban pocos estudios acerca de la práctica de encarcelamiento. En segundo lugar, veía en el análisis de aquella práctica una vía posible para arribar ulteriormente a los criterios y procedimientos a través de los cuales se opera la división entre los comportamientos susceptibles o no de castigo. En tercer y último lugar, en el momento en que escribía Vigilar y castigar la práctica de encarcelamiento ya estaba siendo puesta en cuestión con intensidad al interior de las cárceles y el fin del libro era de alguna manera precisar el blanco de aquellas críticas o de ese malestar, para poner de relieve que estos resultaban irreductibles a las instituciones, las teorías o las ideologías y combatían antes bien un “régimen de prácticas” (pp. 57-58).↵
- Poco antes en el mismo debate, haciendo referencia a sus análisis sobre el problema de la prisión y las transformaciones fundamentales que comporta en las prácticas punitivas en el siglo XIX, Foucault sintetiza tal doble funcionalidad de la eventualización cuando señala que en tal procedimiento: “se trata de remover una falsa evidencia, mostrar su precariedad, de hacer aparecer no su arbitrariedad, sino la compleja vinculación con unos procesos históricos múltiples y, en muchos casos, recientes” (p. 59). Y precisa: “Este cambio brusco no constituye para mí un resultado ante el cual habría que detenerse. Yo he partido de esta discontinuidad que era en cierto modo la mutación «fenomenal» y he intentado, sin borrarla, explicarla” (pp. 59-60).↵
- En el manuscrito del seminario Seguridad, territorio, población (2006), al caracterizar el objeto de la grilla de análisis genealógica, haciendo referencia particularmente al ejemplo de las tecnologías disciplinarias, esboza lateralmente una imagen similar. En busca resaltar que tales tecnologías se constituyen siempre en relación con los problemas que tratan, anota que el análisis de las tecnologías de poder, las tácticas y las estrategias pone de relieve las relaciones de poder atendiendo a “su manera de formarse, conectarse, desarrollarse, multiplicarse, transformarse a partir de algo muy distinto de sí mismas” (p. 145). En ese contexto, si bien de manera antes bien dispersa y lateral, sugería la posibilidad de pensar en un carácter expansivo en las tecnologías de poder, pero no atribuido, como en la ontología interna del Estado (p. 291), a una facultad de desarrollo endógena de la que éste estaría dotado; sino, por el contrario, a su capacidad de desarrollarse, interconectarse y multiplicarse en busca de hacer frente, o mejor, en cierta relación agonística con los problemas que trata. También en ese contexto señala, tomando el ejemplo de la penetración de la tecnología disciplinaria en la institución militar: “…puede decirse que la disciplinarización del ejército se debe a su estatización. Se explica la transformación de una estructura de poder en una institución por la intervención de otra institución de poder. El círculo sin exterioridad. Siendo así que esta disciplinarización… en relación, [no] con la concentración estatal, sino con el problema de las poblaciones flotantes, la importancia de las redes comerciales, las invenciones técnicas… toda esa red de alianzas, apoyos y comunicaciones constituye la ‘genealogía’ de la disciplina militar” (p. 145).↵
- En tal sentido señala: “…no se trata de calibrar unas prácticas con la medida de una racionalidad que llevaría a apreciarlas como formas más o menos perfectas de racionalidad; sino, preferentemente, de ver cómo se inscriben en unas prácticas, o en unos sistemas de prácticas, unas formas de racionalizaciones, y qué papel desempeñan en ellas” (1982b, p. 66).↵
- El filósofo francés desliza en la citada afirmación que esos conjuntos de prácticas, pensados en los términos de regímenes de jurisdicción y veridicción, permiten la configuración de unas relaciones específicas de gobierno, que podría inferirse bajo la forma de poder irreductible a la pura codificación de los comportamientos. El gobierno descansaría además en la producción de la verdad a partir de la cual los sujetos no sólo conducen a los otros sino también se conducen a sí mismos. Esta relación entre el gobierno y la verdad, apenas atisbada en el mencionado debate, vamos a ver que empieza a esbozarse en los análisis sobre el liberalismo en el seminario Nacimiento de la biopolítica, aunque va a desplegarse en sus diferentes dimensiones recién en la etapa ética de sus investigaciones.↵
- En el comienzo del curso, sostenía que la ruptura con los universales constituye la “función teórico política” (p. 61) de la eventualización, sin detenerse posteriormente a precisar de qué se trata esa dimensión política.↵
- Ver 1982b, pp. 67-72 y 1982, pp. 43-48.↵
- “Cuando me esfuerzo en analizar la racionalidad propia del encarcelamiento penal, o de la psiquiatrización de la locura o de la organización del ámbito de la sexualidad, e insisto respecto al hecho de que, en su funcionamiento real, las instituciones no se limitan a desarrollar este esquema racional en el estado puro, ¿estoy haciendo un análisis en términos de tipo ideal? No lo creo, por varias razones” (1982b, p. 68).↵
- “Programas, tecnologías, dispositivos: nada de todo eso es el «ideal tipo». Yo intento ver el juego y el desarrollo de diferentes realidades que se articulan entre sí: un programa, el vínculo que lo explica, la ley que le da valor coercitivo, etc., no son menos reales (aunque de otro modo) que las instituciones que les dan cuerpo o los comportamientos que, más o menos fielmente se ajustan a ellos” (p. 69).↵
- Cabe señalar que la concepción foucaulteana del liberalismo posteriormente toma forma en ese espacio a medio camino entre la utopía y sus efectos en lo real: “No puede decirse, por tanto, que el liberalismo sea una utopía jamás realizada, salvo que su núcleo se sitúe en las proyecciones de sus análisis y las críticas que se vio en la necesidad de formular. No es un sueño que tropieza con una realidad y no logra inscribirse en ella. Constituye -y esa es la razón de su polimorfismo y de sus recurrencias- un instrumento crítico de la realidad; de una gubernamentalidad anterior, de la que intenta deslindarse; de una gubernamentalidad actual que procura reformar y racionalizar mediante una disminución de sus pretensiones; y de una gubernamentalidad a la que se opone y cuyos abusos quiere limitar. De modo que podríamos encontrar el liberalismo, en formas diferentes pero simultáneas, como esquema regulador de la práctica gubernamental y tema de oposición a veces radical” (2007, p. 362). Ver también 2014, pp. 33-34.↵
- Y añade, abriendo el frente de discusión con la concepción de lo real en el campo del saber histórico: “Entender estos efectos bajo su forma de acontecimientos históricos -con lo que esto implica para la cuestión de la verdad (que es la cuestión misma de la filosofía)-, es más o menos mi tema. Ya ven que no tiene nada que ver con el proyecto (muy hermoso por otra parte) de entender una «sociedad» en «el todo» de su «realidad viviente»” (1982b, p. 71).↵
- Nos permitimos aquí arriesgar un vínculo con la ulterior distinción que el filósofo francés esboza en “El sujeto y el poder” (2015) entre dos situaciones posibles en las relaciones de fuerzas. Las relaciones de poder/gobierno en las que es posible “manipular e inducir acciones de una manera calculada” y las relaciones entre estrategias en las que, ante las rupturas introducidas por las resistencias “uno debe conformarse con reaccionar a éstas [a las acciones de los otros] después del evento” (1983, p. 225).↵
- “No estudié ni quiero estudiar la práctica gubernamental real, tal como se desarrolló determinando aquí y allá la situación por tratar, los problemas planteados, las tácticas elegidas, los instrumentos utilizados, forjados o remodelados” (2007, p. 17).↵
- “Quise estudiar el arte de gobernar, es decir, la manera meditada de hacer el mejor gobierno y también, y al mismo tiempo, la reflexión sobre la mejor manera posible de gobernar. Traté, entonces, de aprehender la instancia de la reflexión en la práctica de gobierno y sobre la práctica de gobierno… la manera cómo, dentro y fuera del gobierno y, en todo caso, en la mayor contigüidad posible con la práctica gubernamental, se intentó conceptualizar esa práctica consistente en gobernar” (p. 17).↵
- Al inicio de una serie de conferencias del año 1979 en las que busca resumir el trabajo del seminario Seguridad, territorio, población señala: “Todos sabemos que en las sociedades europeas el poder político ha evolucionado hacia formas cada vez más centralizadas. Desde hace decenas de años los historiadores han estudiado la organización del Estado, con su administración y burocracia. Me gustaría sugerir, a lo largo de estas dos conferencias, la posibilidad de analizar algún otro tipo de transformación en estas relaciones de poder” (2008b, p. 98).↵
- Es necesario, afirma: “…dejar de lado como objeto primero, primitivo, ya dado, una serie de nociones como, por ejemplo, el soberano, la soberanía, el pueblo, los sujetos, el Estado, la sociedad civil: todos esos universales que el análisis sociológico, así como el análisis histórico y el análisis de la filosofía política, utilizan para explicar en concreto la práctica gubernamental” (2007, p. 17).↵
- “Parto de la decisión, a la vez teórica y metodológica, que consiste en decir: supongamos que los universales no existen; y planteo en este momento la pregunta a la historia y los historiadores: ¿cómo pueden escribir historia si no admiten a priori la existencia de algo como el Estado, la sociedad, el soberano, los súbditos?” (pp. 18 y 19).↵
- Recuerda también que el arte de gobernar temprano moderna, en su infinita proyección hacia la realización del Estado, comporta la persecución de unos objetivos ilimitados en el campo de la política interna, que dan lugar concomitantemente a la formulación de diversas críticas jurídicas. Sin embargo, sugiere que estas críticas no llegan a penetrar en lo fundamental en el ejercicio de una práctica gubernamental que habría permanecido hasta principios del siglo XVIII ajustada al principio de “gobernar cada vez más”.↵
- En el seminario Seguridad, territorio, población, Foucault señalaba en busca de reconstruir la estrategia propuesta por Abeille para el tratamiento del problema de la escasez: “…la escasez se frena en virtud de cierto “dejar hacer”, cierto “dejar pasar”, cierta “permisividad”, en el sentido de “dejar que las cosas caminen”. Así, cuando los precios muestren una tendencia al alza se dejará que suban. Se va a permitir la creación y el desarrollo de ese fenómeno de carestía y penuria en tal o cual mercado, en toda una serie de mercados, y esa realidad misma a la cual se otorga la libertad de desarrollarse, ese fenómeno, va a provocar justamente su automoderación y su autorregulación. De ese modo ya no habrá escasez en general, con la condición de que para toda una serie de gente, en toda una serie de mercados, haya cierta escasez, cierta carestía, cierta dificultad para comprar trigo y por consiguiente cierta hambre… el acontecimiento escasez, entonces, queda disociado. La escasez como flagelo desaparece, pero la penuria que hace morir a los individuos no sólo no desaparece, sino que no debe desaparecer” (pp. 62 y 63). Ver también pp. 48-64.↵
- Foucault se explaya sobre las tecnologías securitarias en las primeras clases del curso Seguridad, territorio, población (2006, pp. 15-108), antes de empezar a esbozar -sobre la marcha de las posteriores clases- el nuevo marco de análisis situado en el nivel de las racionalidades gubernamentales.↵
- En la siguiente clase señala que en el arte de gobernar liberal: “…el mecanismo natural del mercado y la formación de un precio natural van a permitir -cuando, a partir de ellos, se observa lo que hace el gobierno, las medidas que toma, las reglas que impone- falsear y verificar la práctica gubernamental” (2007, p. 49).↵
- En tal sentido señala: “… el principio de esa limitación no debe buscarse en lo que es exterior al gobierno, sino en lo que es interior a la práctica gubernamental, es decir, por el lado de los objetivos del gobierno. Y la limitación se presentará entonces como uno de los medios, y acaso el medio fundamental, de alcanzar precisamente dichos objetivos. Para llegar a ellos es menester tal vez limitar la acción gubernamental. La razón gubernamental no tiene que respetar esos límites por el hecho de que en alguna parte, al margen, al margen de ella, antes que el Estado, en torno del Estado, haya una serie de límites fijados de manera definitiva. No, en absoluto. Deberá respetarlos en cuanto puede calcularlos por iniciativa propia en función de sus objetivos y como el mejor medio de alcanzarlos” (27). Y más adelante, en el mismo sentido, dice que la economía política: “…retoma con toda exactitud los objetivos correspondientes a la razón de Estado y que el Estado de policía, el mercantilismo y la balanza europea habían tratado de alcanzar” (p. 31).↵
- Ya en la clase anterior había señalado que en el siglo XVIII la noción de naturaleza “…va a bascular enteramente alrededor de la aparición de la economía política” (p. 33).↵
- Al encontrarse esta vez el análisis centrado en la constitución del espacio del mercado como objeto de análisis de la economía política y ello en relación con el ejercicio del gobierno, podría decirse que la crítica de aquel principio tiende a direccionarse hacia posibles lecturas economicistas. En otros términos, tiende a buscar desmarcarse de la concepción de la economía política bajo la forma de una ideología. En tal contexto señala haciendo referencia a los análisis de la clase anterior: “Cuando yo hablaba de ese acoplamiento producido en el siglo XVIII entre cierto régimen de verdad y una nueva razón gubernamental, y esto en relación con la economía política, no quería decir de ninguna manera, por tanto, que se hubiera producido, por un lado, la formación de un discurso científico y teórico que sería la economía política, y, por otro, que los gobernantes hubiesen sido seducidos por ésta o bien que se hubieran visto obligados a tenerla en cuenta por la presión de tal o cual grupo social” (p. 50).↵
- Ulteriormente en El gobierno de los vivos relee la noción de “razón de Estado” en los términos de la “estructura racional” bajo cuyo prisma vendrá a evidenciarse -a revelarse- la verdad acerca de un campo de objetos posibles. En el marco de la razón de Estado, señala, la relación entre poder y verdad se pone de manifiesto en “…la idea de que no puede haber gobierno si aquellos que gobiernan no ajustan sus acciones, sus elecciones, sus decisiones, a un conjunto de conocimientos verdaderos, de principios fundados racionalmente o de conocimientos exactos, los cuales no se revelan simplemente de la sabiduría en general del príncipe o de la razón a secas, sino de una estructura racional que es propia de un dominio de objetos posibles y que es el Estado” (2014, p. 32).↵
- En la clase anterior señalaba al presentar el régimen de verdad del mercado: “Se trata de mostrar las interferencias en virtud de las cuales una serie completa de prácticas -a partir del momento en que se coordinaron con un régimen de verdad- pudo hacer que lo que no existía (la locura, la enfermedad, la delincuencia, la sexualidad, etc.) se convirtiera sin embargo en algo, algo que, no obstante, siguió sin existir (2007, p. 36)”.↵
- En Defender la sociedad Foucault inscribía en un proyecto próximo al del seminario de 1978-1979 sus análisis sobre el racismo de Estado: “Mi problema sería, en cierto modo, el siguiente: ¿cuáles son las reglas de derecho que las relaciones de poder ponen en acción para producir discursos de verdad? O bien: ¿cuál es el tipo de poder susceptible de producir discursos de verdad que, en una sociedad como la nuestra, están dotados de efectos tan poderosos?”. Y continúa: “No hay ejercicio de poder sin cierta economía de los discursos de verdad que funcionan en, a partir y a través de ese poder. El poder nos somete a la producción de verdad. Eso es válido para cualquier sociedad, pero creo que en la nuestra esa relación poder, derecho y verdad se organiza de una manera muy particular”. Y concluye: “Por lo tanto: reglas de derecho, mecanismos de poder, efectos de verdad. O bien: reglas de poder y poder de los discursos verdaderos. Ése fue, más o menos, el ámbito muy general del recorrido que quise hacer, recorrido que realicé, bien lo sé, de manera muy parcial y con muchos zigzags” (2000, p. 34).↵
- Posteriormente señala en el resumen del mismo curso: “Sin duda, el liberalismo no deriva más de una reflexión jurídica que de un análisis económico. Lo que le dio origen no es la idea de una sociedad política fundada en un lazo contractual. Pero, en la búsqueda de una tecnología liberal de gobierno, se puso de manifiesto que la regulación a través de la forma jurídica constituía un instrumento mucho más eficaz que la sabiduría o la moderación de los gobernantes… El liberalismo no buscó dicha regulación en la “ley” por un juridicismo que le fuera natural, sino porque la ley define formas de intervenciones generales excluyentes de medidas particulares, individuales y excepcionales, y porque la participación de los gobernados en la elaboración de la ley, en un sistema parlamentario, constituye el modo más eficaz de economía gubernamental”. Y concluye poniendo de relieve que, aún a pesar de su alianza estratégica, existe una irreductibilidad fundamental entre el arte de gobernar liberal y las formas jurídicas: “…así como la economía política utilizada en un principio como criterio de la gubernamentalidad excesiva no era liberal ni por naturaleza ni por virtud, e incluso no tardó en inducir actitudes antiliberales… la democracia y el Estado de derecho no fueron forzosamente liberales, ni el liberalismo necesariamente democrático o apegado a las formas del derecho” (2007, p. 363).↵
- Y agrega en el mismo contexto en busca de aislar el problema de la gubernamentalidad liberal: “¿cómo podrá formularse en derecho esa autolimitación sin que, a pesar de ello, el gobierno quede paralizado y, asimismo, sin sofocar -y este es por cierto el problema- ese lugar de verdad cuyo ejemplo privilegiado es el mercado y que, en ese concepto, hay que respetar?”.↵
- En el manuscrito del curso también llama a este camino “inductivo o residual”, contraponiéndolo al camino “deductivo” que reserva para la variante axiomática-revolucionaria.↵
- En el manuscrito del curso afirma que esta primera concepción del derecho consiste en “…interrogar la razón gubernamental, la necesidad de su propia limitación, para reconocer a través de lo que es preciso dejar en libertad los derechos a los cuales se puede dar acceso y jerarquía en la práctica gubernamental”. (2007, p. 39).↵
- Aquellas que, como antes señalábamos, habían atravesado las críticas de los juristas a la razón de Estado.↵
- En el manuscrito de la clase anterior, había caracterizado de manera un tanto más específica esta primera solución indicando que consiste en “…interrogar los derechos fundamentales, hacerlos valer en su totalidad y de una vez. Y a partir de ahí, sólo permitir la formación de un gobierno con la condición de que su autorregulación los reproduzca todos” (ibíd., p. 40). En este sentido podría decirse que la autorregulación de la práctica gubernamental es tolerada sólo en la medida en que se espera que su despliegue se dirija a garantizar ciertos derechos fundamentales determinados a priori.↵
- Acercándose así el liberalismo, podría decirse, a esa configuración simultáneamente individualizante y totalizante que habían soñado los teóricos de la razón de Estado. Foucault, Michel. “Omnes et singulatim. Hacia una crítica de la «razón política»” (2008b, pp. 135-136). La gubernamentalidad liberal sería en este sentido individualizante en tanto se encuentra dirigida a velar por la libre iniciativa individual y totalizante en tanto se orienta ulteriormente a asegurar -a partir de la habilitación del interjuego de los intereses individuales- la dinámica espontánea que se espera ver desarrollar en el espacio total del mercado.↵
- “¿Qué es la sociedad civil? Pues bien, me parece que la noción de sociedad civil, el análisis de la sociedad civil, todo ese conjunto de objetos o elementos que se pusieron de manifiesto en el marco de esa noción, es en síntesis un intento de responder al interrogante… ¿cómo gobernar, de acuerdo con reglas de derecho, un espacio de soberanía que tiene la desventura o la ventaja, según se prefiera, de estar poblado por sujetos económicos?” (2007, p. 335).↵






