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Ontología del presente y problematización

Reflexiones metodológicas en la estela de la Ilustración kantiana

Guillermo Vega

Introducción

Entre los años 1978 y 1984 la reflexión foucaulteana parece intensificarse alrededor de cuestiones que podrían reconocerse en forma amplia como “epistemológicas”. Nuevos conceptos emergen a la par de discusiones o intervenciones que tienen por objeto echar luz sobre el tipo de trabajo y las herramientas categoriales que el filósofo francés despliega por entonces. Las modificaciones realizadas en su programa de investigación sobre una historia de la sexualidad constituyen la evidencia más clara del impacto de estas meditaciones. Entre el volumen primero, publicado en 1976, y los dos posteriores, de 1984, es posible advertir la presencia de nuevos elementos y perspectivas, así como también de problemas teóricos vinculados a los objetos de investigación que caracterizan los cortos cuatro años de su producción durante la década del 80.

Si se repasan las entrevistas, mesas redondas, polémicas, clases y demás intervenciones de la época, puede trazarse el derrotero de la reflexión foucaulteana en torno del pensar y de los objetos del pensamiento. El mismo revela la existencia de tres momentos clave en su meditación que, además de poder circunscribirse a un período específico, expresan decisiones teóricas de importancia. En efecto, la polémica con los historiadores, la recuperación de la Aufklärung kantiana y la introducción del concepto de problematización exponen el modo en que Foucault se decanta por un marco conceptual, asume una ontología y profundiza la elaboración de su metodología de trabajo, respectivamente.

En el presente escrito revisaremos los años que van de 1978 a 1984 a la luz de algunas meditaciones teóricas que los circunscriben. Entendemos que las formas didácticas en que se presenta el pensamiento de Foucault no hacen entera justicia a las elaboraciones y reelaboraciones estructurales que este realiza con respecto a su modo de trabajo, y que tienen lugar durante estos años. En consecuencia, antes que presentar el pensamiento de su última época como el resurgir del sujeto y las preocupaciones éticas, sostendremos que, en vistas a identificar las notas singulares de un trabajo histórico-filosófico, nos encontramos con una apuesta conceptual (las nociones de problema y racionalidad, desplazando las de período y hechos), una ontología del presente realizada a partir de la reflexión kantiana sobre la Ilustración, y un desarrollo metodológico que intenta dotar de espesor teórico la perspectiva (y los elementos involucrados) de una historia del pensamiento. En este escrito se recorrerán estos tres tópicos al modo de estaciones, entre las que existe familiaridad por el recorrido que las vincula, pero también una diferencia surgida de la singularidad y coyuntura en que fueron concebidas.

La polémica con los historiadores

Durante los años 1977 y 1979 Foucault lleva adelante una intensa reflexión en torno de las relaciones entre filosofía e historia, centrada en las estrategias de pensamiento o modos de trabajo intelectual. De esta época también data el artículo de Jacques Léonard, El historiador y el filósofo, el cual da inicio a una polémica sobre la rigurosidad del trabajo con los materiales históricos empleados en Vigilar y castigar. En esta recensión, publicada en el número 228 (1977) de los Annales historiques de la Révolution française,[1] Léonard manifiesta su incomodidad con el amplio período abarcado en la investigación foucaulteana, con la enormidad de temas que el libro recorre, con las ausencias de cuestiones centrales para el problema de la penalidad y con la extraña idea de una “estrategia sin estrategas”. Luego de pasar lista de los faltantes en la investigación, el historiador destaca que si se repusiera dicha información se podrían relativizar las grandes tesis del texto foucaulteano. “Podríamos [sostiene, no sin cierta ironía] continuar así durante largo rato, levantando el polvo de los hechos concretos en contra de la tesis de la normalización masiva” (Léonard, 1982, p. 12). Si bien sus últimas palabras sobre Vigilar y castigar son condescendientes y sumamente precisas en cuanto a la oposición foucaulteana a asumir una filosofía de la historia de corte hegeliano,[2] la institución del “polvo de los hechos” como tribunal de todas las enunciaciones posibles resulta contundente y provocadora.

La respuesta no tarda en llegar y lo hace en un escrito que lleva por título la imagen del agravio. En El polvo y la nube Foucault se concentra en la forma de la crítica abierta por Léonard: la escisión entre hechos e ideas, “los menudos hechos exactos contra las grandes ideas vagas; el polvo desafiando la nube” (Foucault, 1982, p. 38). Acepta el desafío lanzado por el historiador[3] y reordena la respuesta a la crítica recibida alrededor de tres puntos, los cuales establecen los límites de su reflexión metodológica acerca de las posibilidades y alcances de un trabajo histórico-filosófico. Estos son: a) la diferencia de procedimiento entre el análisis de un problema y el estudio de un período; b) la utilización del principio de realidad en la historia; y c) la distinción entre la tesis y el objeto de análisis (Foucault, 1982, p. 38). En este escrito nos centraremos en las dos primeras cuestiones, puesto que –arriesgamos– constituyen las primeras reflexiones en la dirección de una elaboración de las notas singulares de una historia del pensamiento, así como del uso de las nociones de problema y problematización para determinar su objeto.[4]

En cuanto a “la diferencia de procedimiento entre el análisis de un problema y el estudio de un período”, Foucault establece una distinción metodológica que separa su trabajo del de los historiadores a partir del objeto de análisis. No es lo mismo asumirlo bajo la forma de un problema que de un período: las preguntas cambian en su formulación tanto como los elementos relevados y los procedimientos varían en función de los objetos. El período exige exhaustividad en su recorrido, mientras que el problema demanda precisión en la identificación de su formulación. Una investigación que se realice dentro de esta última perspectiva requerirá exponer los documentos que revelen la forma del problema, el modo en que ciertos temas son objeto de crítica, “las razones y los límites” de los cuestionamientos posibles y, finalmente, el régimen de soluciones, respuestas, programas, etc., que se ofrecen como salida al mismo. Foucault afirma que quien quiere tratar un problema “debe seguir otras reglas: elección del material en función de los datos del problema; focalización del análisis sobre los elementos susceptibles de resolverlo; establecimiento de las relaciones que permiten esta solución” (Foucault, 1982, p. 42).

El “paso a paso” en la descripción del análisis de un problema ubica a Vigilar y castigar en la órbita de un tipo de trabajo que, a cierta distancia del de la filosofía y del de los historiadores, recorta los materiales y el período estudiado en función de la emergencia de una cuestión específica (por caso, la penalidad) y de sus transformaciones, haciendo hincapié en los modos de su tratamiento y de la objetivación reflexiva de sus principales elementos (resoluciones y modos de la relación entre problemas y respuestas o soluciones). En lugar del recorte temporal o de la mirada que busca asociar la manifestación histórica del objeto de análisis con un período, la propuesta foucaulteana parte de la primacía metodológica del problema, desde el cual se puede determinar “…el ámbito del objeto que hay que recorrer para resolverlo” (Foucault, 1982, p. 43). En consecuencia, la especificidad del objeto de análisis da lugar a dos maneras de hacer que se entrecruzan, pero que no se confunden, y guardan celosa distancia en cuanto al modo del tratamiento de los materiales históricos.[5]

El segundo aspecto, “la utilización del principio de realidad en la historia”, revela la centralidad de la noción de racionalidad en la tipología de estudios que Foucault adopta en el texto sobre la prisión. Con este término el francés alude al tipo de cálculo, a la ratio que rige el orden de las prácticas penales. En efecto, Foucault, a diferencia de los historiadores, no ubica lo que denomina “principio de realidad” en los hechos, lo que no quiere decir que lo desplace al plano de las ideas, tal como parece sugerir Léonard cuando se pregunta si el problema de Vigilar y castigar consiste en la descripción de una maquinaria (hechos) o de una maquinación (ideas) (Léonard, 1982, p. 14). Las racionalidades no son ideas, son regularidades, tanto por la presencia de elementos como de relaciones, identificables en los modos de composición que asume el pensamiento práctico. La palabra cálculo brinda una aproximación más precisa (Foucault, 1982, p. 44) y permite, por ejemplo, concebir la “razón penal” como una forma singular de entrelazar ideas, principios, programas, procedimientos, etc. Es por esta razón que la analítica del filósofo-historiador está más allá (o más acá) del polvo y la nube.[6] No se trata de tomar partido por las viejas dicotomías en base a las cuales se compone la figura del historiador caricaturizado por Léonard, sino de apelar a elementos que definen un tipo novedoso de análisis capaz de exponer a la mirada otros objetos (y/o ensayar un modo diferente de mirar). En esta perspectiva, el principio de realidad no está en los hechos ni en las ideas, sino en los cálculos, las estrategias que reúnen elementos, los procedimientos fijados y los efectos generados en diferentes órdenes; en suma, se sitúa en el nivel de la racionalidad práctica que rige y articula acciones. La realidad emerge como la sumatoria de estos puntos de fijación que no son ni hechos ni ideas, pero que los comprenden.[7]

El trabajo que Foucault propone, a diferencia del de los historiadores, consiste en el análisis histórico de una determinada racionalidad que, si bien no agota la totalidad de la realidad, no por ello es menos real. En consecuencia, al no estar anclada ni en los hechos ni en las ideas, la empresa foucaulteana clausura cualquier parentesco que pueda adjudicársele con las historias de los comportamientos, de las representaciones o de los conceptos. En efecto, la respuesta que Foucault da a Léonard manifiesta la densidad de su propuesta: el problema es aquello de lo que se habla (el objeto), mientras que la racionalidad es la realidad contextual en la que se inscribe a partir de un juego de tomas de distancia, cuestionamiento y aceptación. Objeto de análisis y principio de realidad, en otras palabras, problema y racionalidad; ambos elementos se entrecruzan y exigen que sus modos de correlación se determinen a partir del ejercicio de una analítica novedosa (Foucault, 1982, p. 48), que pivota entre la filosofía y la historia sin identificarse plenamente ni con una ni con otra.[8]

La diatriba con Léonard despierta el interés de los historiadores y en mayo de 1978 tiene lugar una mesa redonda en la que Foucault es invitado a repasar el modo de trabajo empleado en Vigilar y castigar. En dicha ocasión el filósofo sostiene que el foco de sus análisis está cifrado en los regímenes de prácticas que inducen aceptabilidad, es decir, modos de hacer y decir que, articulados por una lógica y una estrategia, tienen efectos tanto en el orden de la verdad (veridicción) como en el de la prescripción (jurisdicción) (Foucault, 1982, pp. 58-59). Aquí la racionalidad de las prácticas vuelve a ponerse en el centro de la cuestión, en oposición a otros modos de volver inteligibles los acontecimientos, tales como la crítica de la ideología, el análisis institucional o la teoría de la lucha de clases. De acuerdo con Foucault, hacer foco en los regímenes que las articulan permite establecer las condiciones de su aceptabilidad[9] al identificar las razones, estrategias y cálculos que anudan lo dicho y lo hecho bajo la forma de programas, prescripciones y codificaciones (Foucault, 1982, p. 59). Para el caso de la prisión, Foucault declara haber pretendido hacer la historia de la “práctica de encarcelamiento”, es decir, no de la institución carcelaria, menos de las teorías que la soportan o de las eventuales ideologías que encubren “los hechos”, sino de la racionalidad de las prácticas, de los problemas vinculados a ella, del circuito de su cuestionamiento y puesta en duda, etc. La dimensión problemática pasa a ser un índice constitutivo de los “hechos de actualidad”. En efecto, que se hable de la práctica penal, se la cuestione, se la objetive y problematice con tanta intensidad en una serie de países y en una misma época da cuenta de su actualidad y, por ende, de la exigencia que esta cualidad conlleva en cuanto a la dirección que el trabajo intelectual debe adoptar.[10]

Ahora bien, si la noción de racionalidad permite abordar la cuestión de la aceptabilidad bajo el supuesto de la presencia de cierta estabilidad constitutiva en un régimen de prácticas, la de problema apunta en la dirección de los objetos y sus transformaciones históricas. Para Foucault, el surgimiento de un problema supone una inquietud, una “no familiaridad” con lo aceptado, una toma de distancia, una “inaceptabilidad” parcial o general en relación con lo establecido como verdadero. Los cambios en los regímenes de prácticas (el paso al encierro como modo del castigo) y las transformaciones en las racionalidades que inducen aceptabilidad pueden ser abordados a partir de la identificación de la emergencia de nuevos problemas, de sus diferentes diseños e intentos de resolución (Foucault, 1982, p. 60). Las discontinuidades –cuyo indicador es el surgimiento e intensidad de un estado de problematización– hacen posible comprender, a contraluz, las continuidades como órdenes consolidados y naturalizados de racionalidades prácticas. En otros términos, si la referencia a los problemas permite visibilizar los objetos (la pena, la sexualidad, la locura, etc.) y ubicarlos en el orden de la precariedad y transformación histórica, la alusión a los regímenes orienta la atención hacia las racionalidades en tanto condiciones de la aceptabilidad de prácticas y objetos. Se intersectan aquí dos vectores: la estabilidad de las prácticas, su naturalidad, evidencia y aceptabilidad, frente a la problematización de las mismas, su puesta en crisis y la transformación de sus regímenes de veridicción y jurisdicción (Foucault, 1982, p. 76).

La dimensión histórica de la perspectiva ensayada por Foucault se materializa en el momento en que la dinámica mencionada se articula y despliega en un tiempo específico que no es el cronológico y que pertenece al presente y la actualidad. El presente adopta un estatuto acontecimental y se constituye como un momento caracterizado por la disrupción al interior de una trama de elementos: problemas que se formulan sobre la base de un alejamiento o cuestionamiento de las racionalidades aceptadas, soluciones que se esbozan a distancias variables de la formulación de los mismos, etc. El presente se organiza como una red móvil de inquietudes y sospechas que licúa la estabilidad de los consensos y las tradiciones. Paralelamente, la intensidad adquirida por la problematización, en cuanto secuencia de problemas y soluciones, da lugar a otra dimensión singular del tiempo: la actualidad. El alcance que algunos problemas adquieren queda reflejado en la repetición de sus formulaciones a través de todo lo dicho. El ejemplo más claro lo constituye la sexualidad durante la era victoriana, la cual fue objeto recurrente de enunciación en medio de un ensayo de regulación del intercambio entre los cuerpos. La actualidad del problema de la sexualidad expone la intensidad con que la divergencia introducida por el presente se enlaza a otras épocas, a partir de la recurrencia de objetos y temas, modificando o conservando el espesor primero de su formulación. La actualidad es, entonces, la intensidad problemática que algo presenta, su recurrencia, su carácter provocador, el parloteo constante que indica en medio de la escena del presente aquello que se tiene que atender.

La Aufklärung

Durante el mismo año en que tiene lugar el debate con los historiadores, Foucault dicta una conferencia en la Sociedad Francesa de Filosofía (27 de mayo de 1978) en la que aborda la cuestión de la crítica. La novedad de esta intervención pasa por releer la problemática kantiana de los límites del conocimiento y ponerla en relación con la pregunta por la Aufklärung y la salida de la minoría de edad (que el francés lee como arte de inservidumbre voluntaria). A través de este rodeo, Foucault identifica en el pensamiento de Kant un modo novedoso de enlazar razón y política (Foucault, 2018, p. 55), con un impacto importante sobre las formas en que se articuló la reflexión filosófica francesa y alemana entre los siglos XIX y XX. De acuerdo con la conferencia, las derivas que tuvo la relación entre crítica y Aufklärung pusieron al descubierto dos modos “nacionales” de plantear el conflicto entre racionalidad y poder que, pese a sus heterogeneidades, abrevan en un fondo común caracterizado por las implicaciones políticas del uso de la razón. El modo de abordar la relación entre estos dos elementos delimitó el espacio problemático en el que se mueve la reflexión contemporánea sobre la crítica y la Aufklärung, desde Weber a Habermas, pasando por la Escuela de Frankfurt, en la tradición alemana, y en pensadores como Cavaillès, Bachelard y Canguilhem, en lo que respecta a la francesa. El problema para ambas tradiciones radica en saber “qué pasa con esta racionalización en sus efectos de coacción y tal vez de obnubilación, de implantación masiva y creciente y nunca radicalmente cuestionada de un vasto sistema científico y técnico” (Foucault, 2018, p. 61). Esta cuestión, que –según el filósofo francés– es el problema de la filosofía moderna, se puede abordar de diferentes maneras, lo que implica, antes que nada, marcar diferencias, multiplicar, incrementar, desmontar “las formas de análisis del problema de la Aufklärung…” (Ibíd., p. 61), tal como se venían realizando hasta entonces. Para Foucault se trata de revisar la formulación del mismo, el modo de trabajo que en él se invoca, la especificidad del enfoque y la práctica del tipo de pensamiento que hace suya la pregunta por la Ilustración como estrategia de autodefinición. En consecuencia, el rodeo por el texto kantiano lo enfrenta a un desafío doble: la actualización de la pregunta por la Aufklärung en el siglo XX y la necesidad de redefinir la crítica como forma de abordaje de dicho problema.

Ante la necesidad de descentrar y multiplicar los modos de acceso a lo que considera el problema de mayor actualidad de la filosofía moderna, Foucault vuelve a plantear la especificidad de la práctica histórico-filosófica en la dirección en que había emprendido esta reflexión con ocasión de la disputa ante los historiadores. Pensar desde el marco propuesto por la Aufklärung implica llevar a cabo una aproximación singular a la relación entre racionalidad, poder y subjetividad, a fin de liberar “…los contenidos históricos por la interrogación sobre los efectos de poder con que los afecta esa verdad de la que supuestamente participan…” (Foucault, 2018, p. 62). Para que una empresa de este tipo sea posible se vuelve preciso abarcar con la mirada otros elementos, además de los adoptados por los historiadores (por caso, racionalidades y problemas), e incluir contenidos empíricos, a contrapelo del estilo de la filosofía, centrado fundamentalmente en el registro del saber.

Retorno a la empiricidad, por un lado, y aproximación histórica a la relación entre verdad, poder y sujeto, por otro. Ni historia ni filosofía, en sentido estricto, sino un ejercicio histórico-filosófico[11] flexionado sobre un presente que se determina en razón de su actualidad. Para Foucault, la Aufklärung es el acontecimiento en el que el pensamiento se produce alrededor de un problema específico: la relación entre racionalidad, política y subjetividad.[12] Su actualidad viene dada por la vigencia que dicho problema tiene entre los siglos XVIII y XX. A su vez, en el centro del acontecimiento “Ilustración” se sitúa la pregunta por el presente histórico, que reluce como una nota identitaria: ser un tipo de problematización histórico-filosófica que hace posible realizar un diagnóstico sobre el presente. De esta manera, problema y modo de reflexión (crítica), pero también presente y actualidad, constituyen el legado de la empresa kantiana. De aquí que la actualidad de la Aufklärung no está anclada sólo a los elementos a los que se dirige (el presente histórico y la inquietud alrededor del tipo de relación entre razón, poder y subjetividad), sino también a las condiciones que hacen posible su formulación,[13] pues allí reside la alternativa de forjar una “historia propia” y articular una experiencia de desubjetivación.[14]

La relevancia de la herencia kantiana se sitúa en el alcance que tiene para un trabajo intelectual que pretende tener efectos políticos al provocarlos en el orden del conocimiento, de las relaciones con los otros y con uno mismo. La atención de Foucault puesta en el acontecimiento “Ilustración” no se caracteriza por la distancia o exterioridad del investigador con respecto a su objeto, sino por el involucramiento que relanza el problema de la relación entre filosofía, actualidad y presente en clave política. En efecto, la Aufklärung designa la relación que mantenemos con nuestro presente histórico, caracterizada por la pregunta por su singularidad, por lo que somos y, en consecuencia, por lo que podemos llegar a ser. Ubica la crítica como la estrategia de pensamiento que permite dar cuenta de los elementos que se conjugan y reúnen en un momento determinado, recuperándola, así, para el análisis de diferentes dominios de objetos (Foucault, 2018, p. 63). Plantear el problema de qué es la Aufklärung nos enfrenta a la modernidad en tanto presente histórico al que pertenecemos, al tiempo que nos obliga a dirigir la mirada sobre nosotros mismos y sobre los efectos de verdad que nos constituyen.

En consecuencia, la intervención de Foucault en la Sociedad Francesa de Filosofía resulta relevante por tres razones. La primera estriba en la centralidad que tienen los problemas para una mirada que busca constituirse en medio de la historia y la filosofía, tal como se presentaba en el debate con los historiadores. La Aufklärung mienta un acontecimiento histórico preciso que explicita la relación problemática entre razón, poder y subjetividad; con ello instala una inquietud que, bajo algunas alteraciones, recorrerá el lapso de tiempo que media entre los siglos XVIII y XX. La segunda razón radica en la singularidad y actualidad del modo de pensar que inaugura la pregunta por la Ilustración, puesto que a través de ella el presente se vuelve objeto de una crítica que se focaliza en las relaciones entre los tres elementos antes mencionados. La Aufklärung como flexión del presente sobre sí, como inquietud por el ahora que nos configura, es el acontecimiento que define nuestra modernidad e instala en el seno de nuestra historia su carácter productivo. Se abre aquí el espacio para una ontología del presente que no alude solo a su modo de ser en tanto acontecimiento, sino también a la relación que es posible establecer con el mismo a través del pensamiento y la problematización. Finalmente, la tercera razón: Aufklärung es el nombre que recibe la práctica histórico-filosófica que apunta a lo que relaciona, combina, intersecta, la verdad con el poder y la subjetividad. En tanto matriz de actividad analítica histórico-filosófica, se trata de un instrumento para abordar dominios múltiples en cualquier época. La figura de la Ilustración kantiana le sirve a Foucault para decantar un mecanismo de trabajo que hace posible el análisis de los modos en que las prácticas de coacción intersectan formas de saber y dinamizan procedimientos de subjetivación. En otras palabras, se trata de la Aufklärung como crítica. En síntesis, la Ilustración kantiana habilita tres tipos de desarrollo: a) el de la relación entre razón, poder y subjetividad (problema de la Aufklärung), b) el de una ontología del presente y, finalmente, c) el de la crítica.

Por otro lado, es preciso notar que la formación de Foucault se encuentra enmarcada en la deriva francesa que él mismo identifica para el problema de la Ilustración. La idea de una práctica histórico-filosófica que difiere de la historiografía y de la filosofía, y que hace de la Aufklärung kantiana su modelo, ya está presente en la introducción que escribe para la edición en inglés de Lo normal y lo patológico, publicada el mismo año en que tiene lugar la conferencia antes mencionada (Canguilhem, 1991, pp. 9-10). En dicho texto, afirmaba que con la Ilustración no solo la historia había pasado a ser uno de los principales problemas para la filosofía, sino que se había abierto una deriva del pensamiento que, a pesar de las particularidades adoptadas en Alemania y Francia, podía identificarse, sin embargo, alrededor de la combinación entre razón, dominación y emancipación (Giorgi y Rodríguez, 2007, pp. 46-47). Si la novedad de la Aufklärung kantiana pasa por hacer posible los planteos en torno de la dominación y la emancipación bajo la condición de que la razón sea puesta en relación con la historia, entonces el trabajo de Canguilhem constituye una estación ineludible en el itinerario del problema de la Ilustración en Francia. En efecto, Canguilhem destaca como “punto de vista del epistemólogo” una manera de hacer historia de la ciencia que no pretende exponer la totalidad del conocimiento logrado por una disciplina ni leer su evolución histórica a partir de los criterios del presente, sino introducir una perspectiva que atienda los cambios y discontinuidades que revelan “procesos de eliminación y selección de enunciados, teorías y objetos en función de cierta norma que no puede identificarse con una estructura teórica o con un paradigma actual…”. Y agrega, recuperando la importancia de la norma[15] al interior de la organización del saber: “No es apoyándose en una ciencia normal como se puede volver al pasado y trazar legítimamente su historia, sino más bien reconociendo el proceso normalizado del cual el saber actual no constituye sino un momento y cuyo futuro es imposible de anticipar” (Giorgi y Rodríguez, 2007, pp. 50-51). A pesar del esfuerzo que Dreyfus y Rabinow dedicaron a acercar los pensamientos de Kuhn y Foucault (Dreyfus y Rabinow, 2001), el texto sobre Canguilhem pone de relieve que la búsqueda de una “normatividad interna” de los saberes no es fácilmente asimilable a la estabilidad de una determinada teoría dentro del período de “ciencia normal” (Giorgi y Rodríguez, 2007, pp. 51-52). Esto hace que la historia de las ciencias no pueda ser equiparada palmo a palmo con la historia de las ideas, lo cual le confiere una especificidad que resulta atractiva para la empresa foucaulteana de consolidar una singular orientación histórico-filosófica a su perspectiva.

Ahora bien, si se reemplazan las ciencias de la vida, que despertaron especial atención en Canguilhem, y en su lugar se analizan en clave semejante los elementos vinculados al orden de la política (poder, dominación, gobierno, etc.), es posible recortar una racionalidad/normatividad que puede ser abordada en forma similar a la del saber científico. En una conferencia dictada en 1982, en la Universidad de Vermont, Foucault revela el desvío que toma a partir de la herencia de Canguilhem al privilegiar la perspectiva analítica por sobre el objeto estudiado. Allí sostiene que “…es posible analizar la racionalidad política, así como se puede analizar cualquier racionalidad científica” (Foucault, 2013, p. 255). Dota, de esta manera, de continuidad a la mirada (punto de vista del epistemólogo) frente a la alternancia de los objetos de investigación. Esto no significa necesariamente que política y ciencia sean indiscernibles, sino que ambas están atravesadas por un tipo de racionalidad que es posible analizar a partir de los elementos y procesos de normalización involucrados en su estabilización.

La ubicación de Canguilhem en la estela kantiana permite a Foucault no sólo pasar de la inquietud por la constitución de las ciencias al orden de las racionalidades políticas (y restituir así el “problema de la Aufklärung”), sino también establecer la forma del problema que actualiza la importancia de la Ilustración: “¿en qué medida ese presente depende de un proceso histórico general y en qué medida la filosofía es el punto en que la historia misma debe descifrarse a partir de sus condiciones?” (Giorgi y Rodríguez, 2007, p. 44).[16] El proyecto de una práctica histórico-filosófica que encuentra su modelo en la Ilustración kantiana obliga al filósofo francés a cerrar la conferencia de 1978 con un excurso “metodológico” con el que trata de dotar de especificidad a su propio trabajo intelectual en relación con la centralidad conferida a Kant. En otras palabras, Foucault se mete de lleno con la noción de crítica.

Ahora bien, ¿en qué consiste la especificidad de la Aufklärung en cuanto actividad intelectual? Sabemos que la intervención de 1978 ante la Sociedad Francesa de Filosofía revela el interés de Foucault en lo que llama “foco de la crítica”, es decir, “el haz de relaciones que anuda el poder, la verdad y el sujeto” (Foucault, 2018, p. 52). La tarea de un análisis histórico-filosófico reside, entonces, en identificar y describir el nexo entre saber, poder y sujeto[17] a partir de tres niveles de acceso: el de la aceptabilidad (nivel arqueológico), de las condiciones de aparición y emergencia (nivel genealógico) y de las relaciones que se trazan entre diferentes elementos (nivel estratégico). La pregunta por los modos en que se naturaliza un sistema de saber-poder-sujeto (Foucault, 2018, p. 67), esto es, sus problemas y soluciones, conceptos, perspectivas, ideas, etc., requiere de una respuesta que recorra los tres niveles mencionados.

La realidad de un sistema histórico de saber-poder-sujeto[18] se despliega en el espacio que va desde el hecho concreto de su aceptación hasta el sistema que rige su aceptabilidad. Foucault llama a esta distancia positividad y destaca la perspectiva arqueológica como clave para su abordaje. A su vez, la genealogía representa otro nivel de acceso, esta vez en relación con el estatuto de “singularidad pura” asignado al sistema histórico que se encuentra en el foco del análisis. Singularizar un sistema es asumir que no representa ni “la encarnación de una esencia ni la individualización de una especie” (Foucault, 2018, p. 68). La perspectiva genealógica permite referirse a las positividades como singularidades y no como universales y, en consecuencia, devolverlas a un campo de inmanencia en el que las condiciones de aceptabilidad se encuentran diseminadas en una red causal (que no invoca exterioridad alguna). La cosa pasa por pensar las singularidades puras en función de la red que las produce como un efecto (Foucault, 2018, p. 69), asumiendo que dicha red es un conjunto difuso de interacciones entre sujetos, acciones y discursos que requiere de un desciframiento en clave estratégica.

En síntesis, arqueología, genealogía y estrategia son dimensiones de una mirada que da cuenta de la actualidad de objetos históricos –problemas, respuestas, etc.– a partir de la dinámica que se forja con el agrietamiento del régimen de aceptabilidad que los sostiene. Foucault llama acontecimentalización[19] (Foucault, 2018, pp. 65, 71) a una investigación montada sobre las tres dimensiones y dirigida a restituir la historicidad de los sistemas de pensamiento, y de sus objetos problemáticos. Un punto de vista histórico-filosófico “acontecimentaliza” lo que es aceptado en una época (un concepto, una idea, un problema, soluciones posibles, etc.). Con ello no revela su “falsedad”, puesto que no se trata de mostrar que detrás de lo verdadero se esconde ineluctablemente el error o la mentira,[20] sino que indica las condiciones bajo las cuales algo que no era –que no existía– pasó a ser, o también las condiciones bajo las cuales una ficción se tornó verdadera y, por tanto, real.

Para finalizar este apartado resta decir que, para fines de la década de 1970, Foucault comprende la empresa crítica como una labor de acontecimentalización, en la medida en que expone las condiciones de posibilidad del pensamiento. Con ello comienza a dar forma al punto de vista histórico-filosófico, aunque todavía necesita delimitar mejor la forma que asume el mentado “foco de la crítica”. La deriva kantiana (iniciada en forma temprana con la traducción de la introducción a la Antropología en sentido pragmático y el problema de la finitud en Las palabras y las cosas) muestra que las preguntas deben revisarse a la luz de las respuestas que invocan o que se ensayan. En 1980, Foucault afirma: “…tal vez no sea posible preguntarse “¿qué es la verdad?” sin preguntarse “¿cuál es el tipo de racionalidad que utilizamos en el presente para responder a la pregunta?” (Foucault, 2016, p. 130). La tarea crítica se dirige a la trama de lo que hace posible la emergencia de problemas, pero también de respuestas a los mismos. El cuestionamiento de una racionalidad, esgrimida como principio de realidad frente al polvo de los historiadores y la nube de los filósofos, exige otros elementos conceptuales para poder abordar el surgimiento de los problemas como acontecimientos en el orden del pensamiento histórico.

La problematización

Resulta sugerente que el texto de Kant sobre el cual gira la reflexión foucaulteana lleve por título Beantwortung der Frage: Was ist Aufklärung?, es decir, que desde el inicio plantee cierta centralidad de la respuesta en relación con la pregunta por la Ilustración. Y esto por la siguiente razón: preguntas y respuestas forman un conjunto articulado que no permanece inalterado, sino que se ve afectado y desestabilizado en forma constante por el pensamiento. Que las preguntas que realizan u objetivan problemas determinen de alguna forma el espacio de las respuestas es tan importante como el hecho de que las respuestas (o soluciones) tienen como condición para su formulación la remisión a una racionalidad específica e histórica, de la cual los problemas formulados también dependen, aunque no de forma absoluta (Foucault, 2014, p. 259). Unas y otras no se ofrecen en el vacío, sino que se enmarcan en un sistema que permite enunciarlas, en relación con el modo en que se plantean las dificultades. De acuerdo con esto, el problema de la Aufklärung (aunque también el de la locura o el de la criminalidad) se ubica en el centro de un sistema de preguntas y respuestas que deja entrever, en la trama de elementos que convergen, las racionalidades históricas que hacen posibles sus formulaciones y enlaces (dichas racionalidades serán el principio de realidad o la referencia “concreta” de las respuestas ensayadas).

Ahora bien, no siempre los sistemas de preguntas-respuestas se encuentran integrados bajo una misma racionalidad. Precisamente, Foucault sostiene que “la solución de un problema no se halla en la solución de otro planteado en otra época por gente diferente” (Foucault, 2013, p. 198). Algunos problemas solo se formulan ante la imposibilidad de las soluciones ofrecidas en un determinado momento histórico; quedan apenas presentados y desaparecen con el correr de los tiempos, o bien intensifican el grado de su escenificación en el orden de las dificultades cotidianas hasta tanto no sean posibles nuevas soluciones formuladas al interior de otras racionalidades. Surgen así los habituales tópicos de la permanencia y el cambio; hay problemas expuestos dentro de sistemas cerrados y otros enunciados en una apertura que provoca desplazamientos y transformaciones. Problemas en los que las preguntas y soluciones/respuestas forman un todo integrado a sus condiciones de formulación y enunciabilidad; otros, para los cuales dichas condiciones no son las mismas y, en consecuencia, se producen corrimientos, dado que las soluciones/respuestas no están en la misma diagonal que las preguntas. De acuerdo con ello, los problemas que se formulan al interior de desplazamientos se enuncian porque las racionalidades que ofrecían respuestas y soluciones habituales a los mismos son puestas en entredicho, sus dispositivos de aceptabilidad cuestionados y otros modos de enunciación convocados (Foucault, 2014, p. 261). De acuerdo con esto, podría decirse que los problemas que interesan a Foucault no son los que encuentran rápidamente sus respuestas o soluciones, dado que su formulación constituye solo un gesto protocolar que esconde la aceptación primera de una respuesta que lo enmarca y conforma. Los problemas que despiertan su atención son los que emergen en medio de una incertidumbre creciente, en un contexto dudoso, en la fragilidad de las convicciones y en la ausencia de respuestas o soluciones precisas. Pero fundamentalmente, lo que llama su atención es el proceso heterogéneo, pero dinámico (pues remite al pensamiento en tanto acción)[21] que hace emerger un problema en una cierta época (Foucault, 2014, p. 260). De aquí que denomine problematización al conjunto de actividades caracterizadas por lo que se dice y se hace para que las preguntas se formulen, las sospechas y denuncias se esgriman sobre un objeto, un tema, una verdad aceptada, etc. Todo ello constituye el núcleo duro de la actividad del pensamiento (Foucault, 1999, p. 359).

Recordemos que la pregunta por la Aufklärung es para Foucault el problema de “mayor actualidad” de la filosofía moderna, y ello, justamente, porque la relación entre lo que somos, la verdad que se instituye y las formas de poder que se ligan a ella no ha sido zanjada bajo formas lo suficientemente estables. Hacia fines del siglo XVIII la pregunta por la Ilustración habilita diferentes respuestas, como las de Kant, Mendelssohn, Lessing, Jacobi, entre otros.[22] Todas ellas se organizan alrededor del problema que la pregunta sintetiza, pero no necesariamente dicen lo mismo. La pregunta puede tener una misma forma, pero estar emplazada sobre racionalidades diferentes, las cuales promueven respuestas diferenciadas. La misma situación puede advertirse con respecto a otros temas, como el de organizar el gobierno de agentes económicos a partir del derecho o diseñar las técnicas de castigo para los delitos penales.

La problematización es el proceso dinámico de preguntas y respuestas, de dudas, de toma de distancia, etc., en cuyo seno se constituyen los problemas, al tiempo que les son asignadas respuestas-soluciones en función de los marcos de racionalidad disponibles. Se trata de un proceso a través del cual es puesto en cuestión aquello que se considera “aceptable” en un cierto momento. Las razones de dicha “puesta en cuestión”, aunque múltiples y variadas (acontecimientos políticos, cambios en los modos de producción, crisis paradigmáticas, etc.), no determinan de modo unívoco la forma final que adquiere una problematización. Esta no es un reflejo de las condiciones materiales o de las relaciones de fuerza sociales, aunque las comprende como elementos que incitan la actividad del pensamiento. Por otro lado, los “problemas” y, por ende, el abanico de soluciones posibles que convocan, son posibles cuando la dinámica de la problematización ha encontrado un punto de equilibrio que permite enunciarlos claramente y consolidar una racionalidad histórica que oficie de referencia para algunas soluciones ofrecidas (Foucault, 1999, p. 359). Podría sostenerse, en consecuencia, que los problemas son el resultado de procesos de problematización más o menos extensos, más o menos complejos, que pueden ser datados históricamente y recortados en sus singularidades en función de su alcance práctico.

Los momentos y lugares en los que las condiciones políticas, sociales y económicas fuerzan la emergencia de nuevos problemas, la puesta en cuestión de viejas verdades y la labilidad de las respuestas ofrecidas, ofrecen –para el francés– una imagen en movimiento del pensamiento, una dinámica del mismo, y, por tanto, una dirección para el trabajo realizado desde el punto de vista histórico-filosófico (Foucault, 1999, p. 360). Pero, aun así, es necesario destacar que los problemas no cobran dicho estatuto si no logran, al perforar las condiciones de aceptabilidad de verdades, creencias y comportamientos asumidos, involucrar la dimensión subjetiva de quienes los formulan porque los viven, padecen, reproducen, o intentan solucionarlos (Foucault, 2017, p. 283). La dimensión problemática permite recortar un nosotros sobre el fondo abstracto de la humanidad (Foucault, 2009, p. 30) e involucrarlo directamente en la relación compleja que se abre entre fuerzas y enunciaciones “verdaderas” del tiempo que se constituye en su presente. De esta manera se comprende que la problematización sea presentada por Foucault como una respuesta dada a una situación concreta, realizada por individuos particulares que, en la medida en que actualizan la inquietud que los moviliza (a través de textos, instituciones, etc.), confluyen en una experiencia más o menos colectiva o de alcance general (Foucault, 2017, p. 283). Tal vez sea por ello que la noción de actualidad, recuperada por el francés de las lecturas kantianas sobre la Ilustración, se vuelve clave para dar cuenta de las razones por las cuales el pensamiento adquiere la dinámica problematizadora que lo caracteriza.

En efecto, el rodeo foucaulteano por la Ilustración permite comprender la relevancia de aquello que presiona sobre el presente e involucra a quienes piensan en medio de la trama misma de lo pensado (Foucault, 2013, p. 236). Como ya fue mencionado, las causas que disparan el pensamiento son múltiples, heterogéneas y no se reflejan en lo problematizado, aunque ofician de incitadoras. Los problemas (y sus respuestas), productos de una actividad problematizadora, son reacciones a situaciones concretas, aunque variables en intensidad y provocación (Foucault, 2017, p. 281). La pertenencia al tiempo y espacio de lo pensado introduce el eje de la subjetividad[23] como constitutivo del pensamiento y lo vincula a las restantes dimensiones de la experiencia (poder y verdad).[24] El presente anuda los ejes del poder, el saber y la subjetividad, al tiempo que actualiza el grado de aceptabilidad de la trama que liga un término con otro. Al involucrar al pensador en lo que piensa, al reclamar un nosotros, se dota al tiempo de una actualidad que cobra fuerza sobre la contingencia de los elementos que trazan la figura de una experiencia histórica. La pregunta que inaugura los problemas e instala la disrupción entre los regímenes de aceptación vigentes es aquella que interpela la actualidad del presente, es decir, la intensidad con que la red densa de relaciones que involucra modos de ser y efectos de poder de enunciados verdaderos se proyecta en un momento histórico. La problematización actualiza las relaciones presentes, las pone blanco sobre negro y cuestiona la naturalidad con la que se presentan.

Es posible definir la actualidad a partir de la intensidad con la que nos relacionamos con nuestro presente histórico. La “ontología del presente” foucaulteana nos muestra el modo en que el mismo cobra realidad en tanto y en cuanto está cargado de actualidad, esto es, atravesado por la forma (incierta, imprecisa, conflictiva, controversial) en que nos vinculamos con él. Existe un juego de pertenencia/distancia que teje la relación con el presente y que hace posible referirse a su actualidad. En su lectura de Foucault, M. Potte-Bonneville puntualiza la dimensión subjetiva de la actualidad al afirmar que la misma se define por lo que, de alguna manera, nos hace formar parte (Potte-Bonneville, 2007, p. 237). Esa manera en la que somos parte o estamos implicados –según el mismo autor– es la incertidumbre. Lo incierto, lo inquietante, obra como una condición para el pensamiento[25] y vuelve “actual” una cuestión, un tema, al revelarlo o plantearlo como problema para el que es preciso hallar una solución. Hay que entender la ontología del presente no bajo la modalidad de un realismo ingenuo que podría referirla a una estructura última de la realidad (v.g. los hechos de los historiadores), sino a una relación de distancia/pertenencia, atravesada por la incertidumbre o la duda, que la vuelve actual al intensificarse los niveles de imbricación y problematicidad.

En síntesis, la reflexión sobre la Ilustración conduce a Foucault a desarrollar una “ontología del presente”, en la que este se afirma con un modo de ser opuesto a la estabilidad de las creencias y definido más bien por la incertidumbre. El presente es una forma de anudamiento entre saber, poder y subjetividad atravesada por la inestabilidad de las relaciones entre los tres elementos. Al mismo tiempo, su actualidad pone en evidencia la intensidad que una determinada configuración de saber, poder y subjetividad tiene sobre un grupo de individuos en un momento histórico.

Finalmente, la singularidad de la empresa histórico-filosófica, que aparecía planteada en el año 1978, encuentra su especificidad en una historia del pensamiento en la que este es comprendido como problematización de un campo de experiencia. Las inquietudes foucaulteanas de estos años (conceptuales, ontológicas y metodológicas) están orientadas a identificar un tipo de trabajo singular –si se quiere filosófico–, que se diferencie del realizado por los historiadores. La discusión con Léonard obra como el telón de fondo de los años que conducen a reconocer en la historia del pensamiento el tipo de actividad intelectual que no sólo tendería a distanciarse de la historiografía por el objeto y el procedimiento adoptados, sino también por el proyecto político radicado en su seno.

Bibliografía

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Dreyfus, H. y Rabinow, P. (2001), Michel Foucault: más allá del estructuralismo y la hermenéutica, Buenos Aires: Nueva Visión.

Foucault, M. (2018), ¿Qué es la crítica? Seguido de La cultura de sí, Buenos Aires: Siglo Veintiuno Editores.

Foucault, M. (1999), Ética, estética, hermenéutica, Buenos Aires: Paidós.

Foucault, M. (2009), El gobierno de sí y de los otros, Buenos Aires: Fondo de cultura económica.

Foucault, M. (2016), El origen de la hermenéutica de sí. Conferencias de Darmouth, Buenos Aires: Siglo Veintiuno Editores.

Foucault, M. (2017), Discurso y verdad, Buenos Aires: Siglo Veintiuno Editores.

Foucault, M. (2013), La inquietud por la verdad, Buenos Aires: Siglo Veintiuno Editores.

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Giorgi, G. y Rodríguez, F. (2007), Ensayos sobre biopolítica. Excesos de vida, Buenos Aires: Paidós.

Léonard, J. (1982), “El historiador y el filósofo”, en La imposible prisión, Barcelona: Anagrama.

Potte-Bonneville, M. (2007), Michel Foucault, la inquietud de la historia, Bs. As.: Manantial.

Solé, J. (2018), ¿Qué es la Ilustración?: el debate en Alemania a finales del siglo XVIII, Bernal: Universidad Nacional de Quilmes.


  1. Disponible en www.persee.fr/doc­/ahrf_0003-­4436_­1977_­num_­228_1_­4050.
  2. Posición en la que Foucault ya se había afirmado hacia fines de 1960 (ver la introducción a Arqueología del saber).
  3. Quien entiende que para ser competente en los estudios históricos: “hay que haber respirado prolongadamente el polvo de los manuscritos, envejecido en los depósitos de los archivos provinciales, haber disputado a los ratones los tesoros de los graneros de los presbiterios” (Léonard, 1982, pp. 7-8).
  4. En el último punto Foucault hace hincapié en un error en la lectura de Léonard, lo cual no aporta mayores elementos a la polémica.
  5. Para Léonard, la discusión de fondo es entre historia y filosofía, sin embargo, para Foucault la cuestión va más allá de los límites disciplinares, se trata, antes bien, de determinar el estatuto epistemológico de un objeto de investigación (problemas) y sus modos de acceso correspondientes.
  6. O bien no está ni en uno ni en otro “plano”, pero los comprende a ambos.
  7. “Un tipo de racionalidad, una manera de pensar, un programa, una técnica, un conjunto de esfuerzos racionales y coordinados, unos objetivos definidos y continuados, unos instrumentos para alcanzarlos, etc., todo eso es lo real, aunque no pretenda ser la realidad misma…” (Foucault, 1982, p. 46).
  8. “Mis libros no son unos tratados de filosofía ni unos estudios históricos; a lo más, unos fragmentos filosóficos en unos talleres históricos” (Foucault, 1982, p. 57).
  9. En otras palabras, la aceptabilidad es posible por la consolidación de un régimen de veridicción y de jurisdicción. Lo que se “acepta” no solo es un enunciado que funge como orden o mandato a partir de una descripción de un cierto estado de cosas, sino especialmente un “marco” veri-jurisdiccional que rige comportamientos posibles, es decir, aquello que vuelve verdadero u obligatorio un enunciado o un mandato.
  10. En la reunión con los historiadores Foucault delimita el trabajo histórico-filosófico al señalar que este se orienta a “remover una falsa evidencia, de mostrar su precariedad, de hacer aparecer no su arbitrariedad, sino la compleja vinculación con unos procesos históricos múltiples y, en muchos casos, recientes” (Foucault, 1982, p. 59). Se entrecruzan aquí aspectos vinculados a la “precariedad de lo real” y a la “actualidad” de los procesos históricos. Ambos elementos constituirán las bases de un proyecto crítico realizado desde una perspectiva histórico-filosófica.
  11. En la Mesa redonda del 20 de mayo de 1978, Foucault introduce la noción de eventualización como modo de caracterizar el trabajo histórico-filosófico que, en el marco de la conferencia referida, pasa a identificarse con la crítica. Este tiene dos funciones teórico-políticas: romper las evidencias y relevar los elementos (relaciones de fuerza, estrategias, conexiones, etc.) que colaboran en su consolidación (Foucault, 1982, p. 61).
  12. La noción de subjetividad es introducida por Foucault no solo porque sus investigaciones se veían vinculadas directamente con esta cuestión, sino también porque entendía que la misma estaba presente en la formulación kantiana del problema de la Ilustración.
  13. Como condiciones de la pregunta podemos señalar aquellas situaciones que implican una disrupción sobre la aceptabilidad y estabilidad de las racionalidades vigentes: inquietud, no familiaridad, emergencia de dificultades, etc.
  14. La conferencia de 1978 asocia la crítica con la inservidumbre voluntaria y las experiencias de desubjetivación. Hacemos notar que, aunque fundamental, aquí no seguiremos los temas relativos al alcance político de la crítica por limitaciones de espacio.
  15. La noción de “régimen de verdad” debe buena parte de su potencial conceptual a la normalización de la que habla Canguilhem.
  16. Es posible adjudicar cierta razón a Deleuze cuando señaló que los filósofos toman por objeto de reflexión la filosofía al final de sus días. En el caso de Foucault, es notable la preocupación sobre las particularidades del tipo de trabajo que realiza en el período 78-84. La palabra filosofía bien podría ser sustituida por crítica o por historia de los sistemas de pensamiento y estaríamos hablando de lo mismo, esto es, de la preocupación por establecer las singularidades de un modo de pensar que pone en relación la filosofía con la historia.
  17. “Se advertirá de inmediato que estos dos términos [saber y poder] tienen exclusivamente un papel metodológico: no se trata de señalar por su intermedio principios generales de realidad, sino de fijar, en cierta forma, el frente del análisis, el tipo de elemento que debe ser pertinente para este” (Foucault, 2018, p. 52).
  18. Foucault es esquivo con el término sujeto en esta conferencia, por momentos lo menciona, por momentos solo alude a saber-poder; sin embargo, la trilogía que luego se definirá como “campo de experiencia” (saber, poder, sujeto) ya está presente desde el volumen I de Historia de la sexualidad.
  19. O eventualización.
  20. La perspectiva analítica foucaulteana escapa no sólo de la lógica verdad-falsedad, que parece arrastrar la noción vulgar de ideología, sino también de los debates sobre el sentido y sinsentido de los problemas, que caracterizan a algunas polémicas de la filosofía del lenguaje a partir de Wittgenstein.
  21. Dice al respecto, en la introducción no publicada al segundo volumen de Historia de la sexualidad: “el pensamiento se considera como la forma misma de la acción, la acción en cuanto implica el juego de lo verdadero y lo falso, la aceptación o el rechazo de la regla, la relación con uno mismo y los otros” (Foucault, 2013, p. 189).
  22. Para profundizar sobre el debate, ver el texto de Jimena Solé, ¿Qué es la Ilustración?: el debate en Alemania a finales del siglo XVIII.
  23. Frente a las tradiciones francesa y alemana de la Ilustración, en las que prevalece la cuestión de la razón y el poder, la lectura de Foucault introduce la dimensión de la subjetividad.
  24. Recordemos que Foucault entiende que el pensamiento se liga a un campo de experiencia que está caracterizado por tres ejes: verdad, poder y subjetividad. El pensamiento, en tanto problematización, recorre la trama histórica que vincula a estos tres elementos produciendo desarticulaciones y nuevos emplazamientos.
  25. Una condición y no un estímulo, pues este último término está reservado para las condiciones materiales y la trama de relaciones de fuerza.


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