Marina Mendoza e Inés Nercesian
En las últimas décadas el estudio de las élites ha cobrado una gran relevancia. En el campo académico las investigaciones crecieron de manera progresiva al calor de los cambios sociales que mostraron una profundización de los indicadores de concentración económica y política de las élites. Estos cambios fueron notables a partir de los años dos mil, la crisis financiera mundial de 2008, el “giro a la derecha” regional y la crisis generada por la coyuntura de la pandemia entre 2020 y 2021, que agudizó las desigualdades de manera ostensible. Junto con este crecimiento, también proliferó un conjunto de debates en torno a la definición de las élites. Quiénes son, cómo medirlas, por qué élites y no clases sociales fueron algunos de los interrogantes que vinieron a la saga. Estas cuestiones han sido el corazón de las polémicas, porque el modo en que se definen los sujetos influye también en los diagnósticos y en las propuestas de política tendientes a reducir la concentración de recursos y la reproducción de las desigualdades.
A diferencia de lo que ha ocurrido con las élites políticas, cuya definición ha suscitado menos controversias, el concepto de élites económicas ha sido más esquivo. Una posible explicación es el hecho de que, a diferencia de la élite política, cuyos miembros ocupan cargos públicos y son más permeables a intercambiar con la sociedad, la élite económica a menudo opta por un perfil bajo y reticente a la exposición pública, lo que torna más difícil el acceso a la información y al desarrollo de las investigaciones. Pero también una parte importante de las controversias ha radicado en la yuxtaposición de debates teóricos y metodológicos que, si bien están imbricados, no necesariamente son la misma cuestión.
La bibliografía sobre el tema se ha organizado en torno al estudio de la naturaleza de las élites, sus estrategias de reproducción y su acción política. Tasha Fairfield (2015) planteó la cuestión en términos del poder estructural de las élites, relativo al peso que poseen en la estructura productiva de cada país, y el poder instrumental, relacionado con la capacidad de organizarse y accionar políticamente. Aunque entendemos que esta es una diferenciación metodológica a los fines de operacionalizar y entender un mismo fenómeno que en última instancia es la dominación, este libro se centra en el estudio del accionar político de las élites. En particular, estudia las formas de acción y representación colectiva que encontraron las élites a lo largo de la historia para influir, condicionar o vetar las políticas públicas y reproducir su posición de privilegio. El libro busca reconstruir esa relación que existe entre las élites y las políticas estatales procurando mostrar distintas herramientas teórico-metodológicas y estrategias de recolección de datos para esa medición.
Es sabido que el ejercicio de la influencia de las élites o las formas que despliegan para condicionar las decisiones estatales son fenómenos difíciles de reconstruir empíricamente, dado que muchas veces la eficacia de ese accionar reside en su carácter opaco y secreto. Además, esos mecanismos son múltiples: un llamado telefónico, la participación en partidos mediante financiamientos no declarados, la intervención o captura de medios de comunicación, la construcción de ideología mediante centros de pensamiento, la presión sobre los decisores de política pública o sobre los representantes en las cámaras legislativas, entre otras tantas estrategias que incluyen, también, los vínculos interpersonales. A sabiendas de esta dificultad, este libro procura ofrecer algunos indicadores concretos que permiten identificar y describir algunos de los modos en que las élites construyen marcos y limitan los márgenes de acción de los decisores de política pública en un conjunto de países de América Latina, a través de acciones mediante las cuales se definen políticas que contribuyen a la reproducción de sus privilegios, o bien a través de las cámaras empresariales como su órgano de representación política.
Este es un libro temático, pero, ante todo, es un libro metodológico. Se trata del resultado de un largo trabajo de investigación desplegado por un período de cinco años en el marco del PICT “Estado, élites y políticas públicas en América Latina 2000-2018”, desarrollado en el Instituto de Estudios de América Latina y el Caribe de la Facultad de Ciencias Sociales de la Universidad de Buenos Aires. En estudios anteriores publicados a instancias del mismo proyecto analizamos una de las formas de influencia de las élites a través de la ocupación directa de cargos en el Poder Ejecutivo. Encontramos que uno de los modos de vehiculizar sus intereses y “saltar” las mediciones de la arena política se producía a través de presidentes empresarios y la ocupación sistemática de personas con sesgo empresarial en los gabinetes de gobierno (Nercesian, 2020) o bien mediante la ubicación de personas empresariales en ministerios o secretarías sensibles (Cassaglia, 2019; Nercesian y Mendoza, 2020).
En el presente libro estudiamos los modos de condicionamiento de las élites económicas por fuera del Estado, cómo se organizan colectivamente y cuáles son sus mecanismos de acción pública mediante los cuales se posicionan frente a la sociedad, a las decisiones estatales y los gobiernos de turno. En los distintos capítulos se encontrarán abordajes conceptuales propios de cada autor o autora, pero en todos ellos hallaremos que la categoría de élite es utilizada para realizar análisis empíricos, enmarcados dentro del problema más general de la dominación capitalista en América Latina.
Concretamente, los distintos capítulos abordan la relación entre las élites económicas y las políticas públicas entre 1960 y 2022 en seis países de la región: Argentina, Brasil, Chile, Colombia, México y Perú. Los capítulos toman en cuenta la relación de las élites con el Estado, los conflictos en torno a la tenencia y explotación de la tierra, los mecanismos de influencia que despliegan y las estrategias de reproducción de las élites para mantener el statu quo.
La periodización comienza en la década de 1960 pues consideramos que los procesos de neoliberalización conservadora iniciados en contextos de dictaduras institucionales de las Fuerzas Armadas (Rouquié, 1981; Ansaldi, 2004) –Argentina, Brasil, Chile–, de democracias con sesgos autoritarios –Colombia, México– o francos regímenes autoritarios –Perú– generaron las condiciones que favorecieron la concentración económica y fortalecieron el poder estructural y político de las élites. Luego de las transiciones a la democracia en la década de los ochenta, la consolidación del modelo neoliberal creó el andamiaje político, jurídico y económico que viabilizó estos niveles de concentración. Ese proceso fue transformándose y adaptándose a la morfología del capitalismo del siglo XXI caracterizado por una mayor extranjerización, globalización y financiarización. Si bien el libro propone entradas y enfoques diversos sobre el tema, hay un elemento común que los reúne: el aporte de la variable sociohistórica como una clave fundamental para comprender estos fenómenos cuyas trayectorias en América Latina han sido largas y complejas.
Como decíamos previamente, el concepto de élites tiene larga data y recorre un conjunto diverso de tradiciones, enfoques y perspectivas. Desde los trabajos pioneros que identificaron como objeto de estudio a esa minoría organizada que incide sobre el conjunto de la sociedad en las primeras décadas del siglo XX hasta la actualidad, proliferaron una serie de investigaciones que abordaron el fenómeno desde distintas aristas. Entre los primeros estudiosos de la teoría de las élites cuentan Vilfredo Pareto (1935), Gaetano Mosca (1939) y Robert Michels (1915), quienes comenzaron a analizar esa minoría política organizada que por su posición influye sobre el conjunto de las sociedades. Estos trabajos contribuyeron a delimitar a la élite como objeto de estudio, centrándose en la dimensión política del fenómeno. Tiempo después, el libro que abrió una línea de trabajo para el análisis de las élites económicas fue el del sociólogo estadounidense Wright Mills (1956). En su estudio sobre la sociedad de los Estados Unidos, identificó un proceso creciente de concentración de poder en la cúpula en tres dominios principales, constituidos por las élites económica, política y militar. La élite económica está constituida por los ricos corporativos, es decir, quienes ocupan un cargo de dirección en las empresas; en la cumbre del orden político se ubican los individuos del directorio político; y en la cumbre de la institución militar, quienes se encuentran en el escalón más alto del Ejército. Uno de los rasgos que identifica a estas élites es que se consideran a sí mismas y son consideradas por los demás como el círculo de las “altas clases sociales”, por tanto, forman una entidad social y psicológica más o menos compacta, tienen conciencia de pertenecer a ese mismo grupo social y constituyen el núcleo de la toma de decisiones más importantes de la sociedad. En su estudio, Mills cuestionaba tanto a las teorías pluralistas que sostenían que el poder era una entidad relativamente difusa, como a las teorías marxistas porque el concepto de clase dominante resultaba poco efectivo para el análisis del poder.
En esos mismos años sesenta, el concepto de élites comenzó a ser debatido dentro del campo del marxismo; Ralph Miliband y Nicos Poulantzas fueron los protagonistas de esos debates. Ambos tenían perspectivas diferentes y eran tributarios de dos tradiciones científicas, una ligada al empirismo inglés y la otra al racionalismo francés. Mientras que para Miliband era fundamental el análisis histórico del capitalismo, Poulantzas sostenía la importancia de construir teóricamente el concepto de Estado capitalista como parte de una teoría más general del modo de producción capitalista (Duhalde, 2009). Para Miliband, los conceptos de clase y élite eran compatibles. Según el autor, el término Estado define a un cierto número de instituciones en las cuales reside el “poder del Estado”, el cual se esgrime a través de las personas que ocupan las posiciones más destacadas y constituyen la élite estatal. Entonces la tarea consistiría en indagar la relación del Estado con la clase económicamente dominante, cuán íntima es esa relación y definir, en todo caso, si esa clase dominante es también una “clase dirigente”. En definitiva, se trata de saber si el control de las áreas importantes de la vida económica le aseguran además el control de los medios de decisión política (Miliband, 1972).
Para Poulantzas, por el contrario, el uso del concepto de élites disuelve los conceptos de clases sociales y Estado, y la relación entre ambos, en la idea de relaciones interpersonales de los individuos (Martusccelli, 2009). Así, en lugar de analizar la distribución de los agentes en clases sociales y sus contradicciones, el uso de la categoría élites plantea el problema en términos subjetivos y las explicaciones se fundan en las motivaciones del comportamiento de los actores individuales (Poulantzas, 1975: 14). En su lectura acerca del debate entre ambos intelectuales marxistas, Martuscelli (2009) sostiene que el núcleo diferencial de ambas posturas es que la tesis elitista plantea la separación de los poderes económicos y políticos, mientras que para Poulantzas no existe tal distinción.
Años después, el sociólogo sueco Göran Therborn, también de inspiración marxista, se sumó al debate sobre el uso de los conceptos de élites o clases en su libro ¿Cómo nos domina la clase dominante? (1979). El autor sostiene que existen tres enfoques: el subjetivista, que se pregunta por quién tiene el poder, donde podemos encontrar el enfoque pluralista y el elitista; el economicista, que se pregunta por cuánto poder; y el materialista histórico o marxista que, a diferencia de los otros enfoques, tiene como punto de partida los procesos sociales de reproducción y transformación. Para Therborn, identificar a la burguesía como clase dominante supone localizar el poder del Estado dentro de la matriz de la dinámica y las contradicciones del capitalismo, es decir, no se reduce a hallar si existe o no una clase dominante. Por tanto, corresponde estudiar el modo en que se reproducen las relaciones económicas, políticas e ideológicas de la dominación.
En América Latina, la pregunta por las élites incursionó con fuerza en los años sesenta en las ciencias sociales en sociedades que se presentaban cada vez más complejas. En Argentina, De Imaz desarrolló este campo de estudios empíricos y definió a la élite en términos de la posición institucional ocupada en espacios vinculados al ejercicio y la reproducción del poder, la riqueza y el prestigio (1962, 1964). A partir de estas ideas y de los aportes de Mills para estudiar a la élite, un conjunto vasto de estudios fue recuperando esas líneas de trabajo para analizar empíricamente a la élite económica definida como el conjunto de posiciones estructurales claves del poder económico ocupadas por diversos individuos según el momento histórico en un tiempo y lugar dados (Camp, 2006; Castellani y Heredia, 2006; Gaggero, 2006; Atria et al., 2017; Rovira-Kaltwasser, 2018; Cárdenas, 2018). Esas posiciones se refieren a la dirección de las firmas más importantes y a la conducción de las principales corporaciones empresariales (Castellani, 2016, 2018; Castellani y Heredia, 2006). Concretamente, la cúpula o la élite empresarial es definida como el conjunto de las doscientas empresas de mayor facturación. A diferencia de los análisis que ponen el acento en los procesos de cambios estructurales y la dimensión macroeconómica, el aporte de los estudios sobre las élites económicas es la mirada sociológica del perfil de la élite empresarial (Gaggero, 2006). Los estudios sobre las características de las élites también han tenido en cuenta el nivel de articulación y cohesión que poseen. Metodológicamente, muchos de estos estudios utilizaron el recurso del análisis de redes a partir del seguimiento de los empresarios y los puestos directivos de las empresas (Cárdenas, 2016; Aragón Falomir y Cárdenas, 2020; Waxeneker, 2017, 2020).
Dictaduras y transiciones mediante, la década de los noventa fue otro momento crucial que despertó el interés en las ciencias sociales. El avance del neoliberalismo, las políticas de liberalización del mercado, las privatizaciones, la extranjerización y las medidas de ajuste conservador despertaron los interrogantes acerca de quiénes son estas élites y los decisores de las políticas públicas que estaban cambiando el rumbo económico de los países. Estos trabajos estudian las transformaciones del capitalismo latinoamericano que estaban en curso y el modo de organización y acción de los grupos económicos. Existe cierto consenso en la bibliografía en que los grupos económicos que nuclean a diferentes empresas surgieron junto con el modelo de industrialización sustitutiva, que tuvo lugar en los años treinta y cuarenta, en el momento en que las economías de la región se volcaron al desarrollo del mercado interno, particularmente en el Cono Sur (Garrido y Peres Núñez, 1998). En otros países del área andina, este proceso se produjo de manera más tardía hacia los años sesenta y setenta (Durand, 2017) y en Centroamérica, hacia la década de los ochenta (Bull, Castellacci y Kasahara, 2014).
La conformación de grupos estuvo relacionada, más tarde o más temprano, con el proceso de industrialización volcado hacia el mercado interno, que permitió pasar de un modelo agroexportador a uno con mayor industrialización y diversificación de la economía. Estas transformaciones económicas se desarrollaron en el marco más general del desarrollo capitalista de carácter dependiente en América Latina (Ansaldi y Giordano, 2012). De estos análisis surgieron dos rasgos notables de los grupos en América Latina, el carácter familiar de la organización y la dependencia del Estado para su desarrollo, ya sea mediante políticas públicas de protección, como a partir de la obra pública (Garrido y Peres Núñez, 1998; Fernández Perez y Luch, 2015; Vázquez, 2000; Ossadón, 2012; Durand, 2013).
En el caso de los países de Centroamérica, el enorme poder que poseen las élites proviene de su control y dominio sobre la propiedad de la tierra, de los procesos de producción, transformación y comercialización interna y externa de los principales productos tradicionales de exportación, así como de la utilización del Estado para beneficio propio. En la década de los ochenta se produjeron cambios que afectaron el poder de esas élites y derribaron ese modelo agroexportador, se produjeron nuevos espacios y patrones de acumulación de capital vinculados a nuevas actividades dinámicas. Esa diversificación y recomposición de las élites económicas contribuyó a la disminución de la importancia relativa de las élites tradicionales y a cierta reconfiguración en el balance de fuerzas entre las élites económicas y entre éstas y el Estado y los otros actores sociales (Segovia, 2004, 2005, 2007, 2018).
Estudios que proponen analizar los patrones de acumulación, aunque utilizan categorías provenientes del campo del marxismo, realizan análisis empíricos similares a los estudios de las élites. Identifican y sistematizan al núcleo de las empresas de mayor facturación como estrategia de medición (Basualdo, 2006, 2017). En otros trabajos, el diálogo conceptual es más evidente. Retoman la categoría de élite económica para estudiar empíricamente las transformaciones de la cúpula empresarial, dentro de un marco general de la teoría de clases sociales. Así, observan quiénes son los sujetos que detentan el poder económico y al mismo tiempo identifican su capacidad de veto frente a determinadas políticas. Mediante el concepto de élite empresarial identifican a los sujetos que poseen el control del capital, y complementan esa perspectiva con un análisis de clases sociales, concretamente la burguesía (Schorr, 2004, 2021; Gaggero, 2016).
Las élites económicas son entendidas como aquella minoría que detenta el poder a partir del control y dominio del capital, lo que les otorga influencia económica, social y política. Se definen en términos de los múltiples recursos que controlan y se organizan en grupos empresariales (Schneider, 2004; Gates, 2009; Bull, Castellacci y Kasahara, 2014; Undurraga, 2016). Algunos grupos económicos, en el marco del proceso de acumulación capitalista, optan por la diversificación como un modo de concentración de diversos recursos (que pueden ser económicos como medios de comunicación, institutos de pensamiento, centros de ideas o consultorías, entre otros). De ahí que algunos estudios los caracterizan como grupos económicos diversificados (Bull y Kasahara, 2017).
Esta ampliación y diversificación de recursos, además de la incursión en áreas que exceden el aspecto económico, trajo un nuevo concepto a las ciencias sociales, como es el de grupo de poder económico (GPE) (Durand, 2017). El término define una posición de poder más general que toma en cuenta las dimensiones económicas, políticas y discursivas del poder. Una estrategia metodológica efectiva es seguirles “la pista” a los empresarios antes que a las empresas, y estudiar cómo los “jefes” manejan los grupos.
Una élite o minoría selecta posee y dirige a estos gigantes modernos, y esta puede cumplir un rol dominante o dirigente. La élite de los grupos de poder económico y sus socios o competidores extranjeros, las multinacionales, concentran hoy más riquezas que ningún otro sector empresarial o grupo social (Durand, 2017: 16).
Desde este enfoque, éstos deben estudiarse no solamente en cuanto a su influencia económica en el mercado, sino también por el peso que tienen en la sociedad en general, a través de sus think tanks, obras de filantropía, financiamiento de campañas políticas, publicidades, estudios de abogacía y la histórica capacidad de lobby. Concretamente, los grupos de poder económico denominan a los jefes, y sus familias ejercen un control propietario y directivo sobre un conglomerado de empresas relacionadas entre sí que realizan transacciones de modo regular, como el movimiento de capitales, personal y mercancías al interior del grupo, incluyendo empresas en otros países y paraísos tributarios. En Perú y en América Latina (a diferencia de Estados Unidos, donde las empresas cuando crecen se expanden en términos de divisiones y se ubican en otros países), las empresas crecen creando o comprando otras, con lo cual el diseño es multiempresarial. Los grupos tienen que entenderse como entidades encabezadas por empresas grandes, altamente rentables que, a partir de los 1990, ampliaron su órbita de acción, de modo que surgió una serie de servicios especializados de asesoría en la forma de estudios de abogados y tributación, asesoría de imagen, encuestadoras, think tanks que se encuentran vinculados a ellos.
En la década de los noventa y comienzos de los dos mil, los cambios producidos en la cúpula empresarial por causa de la apertura económica, las privatizaciones y el ingreso del capital extranjero; y, por el otro, la participación de figuras provenientes del mundo empresarial en el campo de la política, dieron lugar a un conjunto de estudios acerca de la élite empresarial. Así, aparecieron trabajos sobre las transformaciones dentro del mundo empresarial, el proceso de importación de dirigentes de las casas matrices por parte de las trasnacionales y, en el caso de las empresas locales, el pasaje de la conducción familiar a la conformación de un cuerpo managerial (Luci y Szlecher, 2014; Szlechter, 2015; Luci, 2016).
El vínculo entre los empresarios y la política ha sido objeto de estudios con énfasis en esos mismos años (Viguera, 1996). La acción empresarial de manera individual o colectiva se convirtió en objeto de reflexión. La novedad en el primer cuarto del siglo XXI parecía ser la llegada al poder de los empresarios a la presidencia (Durand, 2010). Un conjunto importante de estudios puso foco en el activismo político empresarial y el ejercicio del poder político en las esferas ejecutiva y legislativa (Tirado, 2012; Vommaro, Morresi y Bellotti, 2015; Serna y Bottinelli, 2018; Gessaghi, Landau y Luci, 2020). No solamente hubo estudios sobre los principales dirigentes empresariales devenidos en políticos y presidentes (Nercesian y Cassaglia, 2020), sino que también se analizaron los gabinetes ministeriales de los gobiernos que presentaban sesgo empresarial (Canelo y Castellani, 2017a, 2017b; Nercesian, 2020). También ha sido relevante el análisis acerca del plano discursivo y la conformación de un sistema de creencias basado en la convicción aspiracional, el éxito y la felicidad que promueven este tipo de gobiernos (Canelo, 2019). Aunque no todos, muchos de estos análisis en los que se articulan los conceptos de élites y clases parten de una concepción del Estado que toma en cuenta su dinámica institucional interna, lo que no necesariamente entra en contradicción con la perspectiva de clases. Desde este enfoque, una clase o fracción de clase puede ser económicamente dominante, sin que sea políticamente gobernante (Codato e Perissinotto, 2001; Nercesian, 2020).
Los análisis sobre las élites suelen dividirse entre los que se interesan por estudiar quiénes son los sujetos del poder y los que estudian los mecanismos de reproducción e influencias. El trabajo de Tasha Fairfield (2015) contribuyó de manera notable para ordenar estas reflexiones. La autora sostiene que las élites poseen un poder estructural, relativo a su peso en la estructura productiva de cada país, y un poder instrumental, relacionado con la capacidad de organización e influencia política. Y, a diferencia de los análisis que plantean la cuestión en términos de dicotomía, la autora propone ambos enfoques como complementarios. Así, cuanto más fuerte es el poder estructural e instrumental de las élites, más difícil resulta a los formuladores de las políticas públicas llevar adelante medidas que atenten contra sus intereses. Como estas minorías que tienen capacidad de influir son muchas, en los estudios más recientes se ha insistido en la importancia de hablar de élites en plural: élites empresariales (o corporativas), élites políticas, élites de medios de comunicación y élites tecnológicas (Cárdenas, 2018; Robles Rivera, 2021). Otros enfoques plantean una mirada más amplia de las élites, las cuales se encuentran estructuradas con base en distintos elementos –reputacionales, posicionales, culturales, relacionales–. Por tanto, la definición de la élite supone una combinación de estos elementos y condiciona, en última instancia, la elección del trabajo de campo (Atria et al., 2017).
Los cambios económicos producidos a nivel global en este primer cuarto del siglo XXI produjeron miradas críticas y alternativas al uso del concepto de élites. La financiarización del capital que se profundizó hacia 2008 produjo cambios significativos por los cuales según su enfoque la teoría elitista resulta obsoleta (Davis y Williams, 2017). Esta se refiere a la creciente importancia de los mercados financieros en el funcionamiento de la economía y sus instituciones rectoras tanto a nivel nacional e internacional. El mundo financiero ha aportado una contribución más rápida al 1 por ciento global y ha impulsado la expansión de la “clase rentista” (Dumenil y Levy, 2005; Piketty, 2014). Los salarios de directores, ejecutivos y líderes empresariales aumentaron de manera exponencial, incrementando la brecha de las diferencias. Esto ha producido transferencias verticales e incontrolables de ingresos y riqueza hacia arriba. Tras el proceso de financiarización, las élites se han convertido en una matriz estable a través de la cual opera el poder, dado que la financiarización funciona a través de coyunturas cambiantes. Esto implica que para estudiarlas se necesita una amplia gama de métodos que materializan, además, las medidas cuantitativas de posiciones, recompensas, recursos y los mapas de redes posicionales.
Este viraje hacia la financiarización donde se atraen y desarrollan nuevos productos financieros en desmedro del sector productivo no consiste solamente en superar las fronteras geográficas, sino que debe también transferir ciertas funciones ejercidas por las administraciones nacionales hacia arenas transnacionales privadas, y desarrollar, en el seno de los Estados, los mecanismos para garantizar los derechos del capital mundial mediante legislaciones, políticas y decisiones administrativas (Sassen, 2000). Las transformaciones en el capitalismo del siglo XXI han comenzado a tensionar los conceptos para caracterizar a las élites y los sujetos del poder económico en la sociedad actual. Estos posicionamientos se han dividido entre las visiones más extremas que plantearon la obsolescencia del concepto de élites, hasta aquellas intermedias que señalaron la necesidad de pensar las nuevas formas que han adquirido las élites y su accionar político y económico en el marco de las transformaciones capitalistas.
En este sumario estado de la cuestión hemos procurado mostrar los distintos enfoques en torno al concepto de las élites que se desarrollaron en el campo de las ciencias sociales pari passu la transformación de las relaciones capitalistas y las estrategias de dominación en América Latina. Como vimos más arriba, los estudios sobre las élites se organizaron en el campo de debates en torno a cinco núcleos: 1. las investigaciones que se enmarcan en la corriente llamada elitista, entendiéndola como una minoría organizada; 2. los estudios en torno al concepto de élites que se encuentran dentro del campo del marxismo, ubicados en el marco de la teoría más general de la dominación capitalista; 3. quienes estudiaron el modo de organización material de las élites, a través de la conformación de los grupos económicos; 4. los análisis sobre el empresariado como sujeto histórico, estudiando su perfil sociológico y el mundo del management; y 5. los estudios más recientes que ponen en tensión el concepto de élite a partir de la dinámica globalizada y financiarizada del capitalismo.
Por la naturaleza de este trabajo de compilación de textos, el libro adopta un enfoque amplio de la categoría de élite económica, considerada como grupos de individuos que, debido a sus recursos económicos y conexiones mantienen una posición de privilegio para influir en el rumbo económico y político de las sociedades. El libro se estructura en cuatro capítulos que compilan el trabajo de las personas que integran el grupo de investigación, centrados tanto en análisis de caso único como en ejercicios comparativos. Estudiar empíricamente las élites económicas es una tarea compleja. La opacidad de los datos, la reticencia para acceder a fuentes orales o escritas, la evasión y elusión fiscal y las posibles implicancias políticas que puedan suscitar las investigaciones sobre las élites son algunas de las dificultades.
Por tanto, esta compilación aspira a ser un aporte metodológico, una caja de herramientas de algunas de las posibilidades de abordaje de las élites económicas y su capacidad de influencia. Particularmente, indagamos en dos grandes modalidades mediante las cuales se reproduce el poder de las élites económicas: por un lado, las políticas públicas, que nos permiten observar casos de captura de la decisión estatal en períodos específicos de gobierno; y, por el otro, los mecanismos de influencia de estos actores desde las cámaras empresariales que los aglutinan.
En el primer capítulo, Roberto Cassaglia analiza comparativamente los casos de Argentina y Brasil, enfocándose en el carácter que asumió la relación entre poder económico y poder político durante las presidencias de Mauricio Macri (2016-2019) y Michel Temer (2016-2018). Para lograr este objetivo, el trabajo identifica y sistematiza los posicionamientos públicos de las principales entidades representativas de los tres sectores dominantes de la economía a través de sus órganos de difusión, comparando, asimismo, estos resultados con las experiencias neoliberales de la década de 1990. Se enfoca en el estudio de la acción colectiva y la capacidad de influencia de las élites a partir de la utilización del método comparado y la elaboración de una original base de datos sobre los posicionamientos de las principales entidades representativas de las élites.
En el segundo capítulo, Vannessa Morales Castro estudia el caso colombiano y se enfoca en la acción política del gremio agrícola más importante del país en el marco de discusión de la reforma agraria (1960-1980). Para estudiar la acción gremial del empresariado agrícola, analiza los discursos de las élites rurales emanados desde el órgano informativo oficial para determinar su incidencia en el fracaso de la reforma.
En el tercer capítulo, Marina Mendoza analiza comparativamente la relación entre las élites económicas y la política pública en Chile y Perú entre 1970 y 2022, identificando desde un enfoque sociohistórico cuáles fueron las principales políticas fiscales, tributarias y económicas que contribuyeron a consolidar el poder de las élites ligadas al extractivismo desde el inicio del superciclo de commodities en la región en los dos mil. El trabajo sostiene que las políticas fiscales y económicas que tendieron a favorecer a los grupos económicos de estos sectores permiten evidenciar las formas de reproducción del poder de las élites económicas de estos países.
En el cuarto y último capítulo Inés Nercesian estudia el caso de México durante la crisis de 2020-2022. Analiza la acción colectiva de las cámaras empresariales mexicanas durante el gobierno de Andrés Manuel López Obrador frente a la política tributaria. El artículo sostiene que las élites económicas tienen un alto nivel de cohesión y una fuerte organización política que les ha permitido influenciar en las políticas estatales y construir marcos de condicionamiento para los decisores de políticas que moldean el rumbo económico mexicano.
Como se mencionó anteriormente, este libro es un documento de trabajo que busca, principalmente, ser un aporte teórico y metodológico para el análisis empírico de las élites económicas en América Latina.
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